Abre los ojos.

El cuerpo le arde de dolor, haciendo que se encoja entre retortijones. Aprieta los músculos mientras sus sentidos buscan la concentración. Está tumbada en un suelo duro, tendida sobre una manta y una capa la cubre el cuerpo.

Respira un aire frio y cerrado. Concentra su mente en la respiración.

Diez latidos. Repite dos veces.

Recupera el control y se gira para quedar boca arriba. Parpadea para acostumbrarse a la escasa luz; un techo de piedra sobre su cabeza, sombras de antorchas y rastros de hollín. Tiene heridas en la espalda y en los brazos, también en hombros y la pierna izquierda. Un eco de sus recuerdos toma forma. Fuego. Gritos. Creía que estaba ardiendo en Oblivion...

Mueve la cabeza hacia la izquierda.

Una amplia sala subterránea, con antorchas a lo largo de las paredes de piedra y una chimenea donde hay un grupo reunido. Soldados y civiles armados, la mayoría hombres, tensos en sus posturas, parecen discutir en voz baja. Hay una mujer con peto de cuero sobre una camisa verdosa vieja apartada en una silla. Tiene el pelo rubio cortado de forma apresurada y una quemadura desde la frente a la mejilla.

Vuelve a mirar el techo. Un rugido retumba en su mente. Durante unos momentos, duda, hasta que el instinto confirma que es un recuerdo. Deben estar en los túneles bajo Helgen, donde fue arrastrada tras la emboscada. Su respiración y latido se controlan. Un temblor cortante se extiende por su cuerpo. Un latido doloroso que empieza a sanar. Su magia asoma entre el cansancio y el dolor, con una fuerza que agradece a los Divinos.

Gruñe al levantarse, apoyando las manos en la manta debajo de ella. El dolor en el brazo derecho y la espalda se reanuda pero la magia se extiende con una sensación cálida. Apoya la espalda en la pared con un suspiro. La capa de tela es vieja y fina pero suficiente para abrigar en esta estancia. Docenas de personas, tal vez más, están amontonadas en el centro de la sala, tan pegadas que parece que solo asoman cabezas y hombros. Hay muchos heridos cubiertos de vendas. Niños y perros abrazados, tenues gimoteos y llantos, un silencio cargado de tragedia.

Es un almacén; hay grandes armarios y barriles más allá del montón de heridos. En la pared donde está apoyada, hay otra chimenea junto a muchas cajas y mesas, donde hay cuencos de comida y jarras. Tres mujeres y dos hombres se encargan de llevarla hasta los heridos. Hay un niño con la mitad del cuerpo enrojecido y vendado junto a una anciana sin pelo, con la cabeza roja de quemaduras, sentada en una silla, ambos vigilando en silencio el caldero. En la pared de enfrente, junto a la chimenea, ocho personas permanecen en un silencio tenso. Tres soldados, tres rebeldes y dos civiles armados.

Las tragedias no distinguen de bandos.

- Tomad.

Eyra gira la cabeza. De pie, una mujer joven le tiende un cuenco humeante. Tiene poco pelo, rasurado, y la mitad de la frente enrojecida. Tiene vendas que le cubren un brazo y hombro. Eyra levanta la mano.

- Te traere algo más. Queso y pan.

- Gracias.

La mujer asiente, dando la vuelta y alejándose. Sujeta el cuenco mientras el rugido vuelve a su mente. Una magia muy poderosa que ha destruido un fuerte y quemado a muchas personas. Ha derrotado incluso a magos imperiales y hechiceros thalmor.

Eyra se lleva el cuenco al rostro; el vapor caliente roza sus labios y entra por la nariz. Vuelve a sentir la magia tirante y el dolor en su piel. Da un sorbo a la sopa, que contiene patatas y algunos trozos de verduras y carne de conejo. La calidez desciende por su garganta, una sensación agradable y calmada. Aparte del calor, saborea gotas de poción calmante. Flores de montaña y algún tipo de hongo de cueva. No es experta pero hay lecciones básicas que todo guerrero debe saber, y guarda en la mente las enseñanzas de su madre.

- Saludos, guerrera- baja el cuenco, frente a ella, un joven soldado de pelo rojizo y rostro surcado de rasguños-. Los rebeldes te arrastraron y pusieron a salvo. Tienes quemaduras y las heridas de la escaramuza pero la magia te ha curado bastante estas horas.

- ¿Me ha curado uno de vuestros magos?

- La cuestor aseguró tu estado y no te dio prioridad. Te dio una poción.

- Eras el recluta de la lista, junto a la capitán roja- el hombre asiente, algo tenso-. ¿Qué ha pasado?

- Un dragón. Real y enorme. Escamas negra como la noche sin estrellas. Un aliento abrasador que quemaba carne, hierro y piedra. Sus alas negras alzaron una tormenta que envolvió el fuerte y tapó el sol. Fue un infierno.

El soldado aparta la mirada. Sin más palabras. Tal vez peor que Oblivion. Los dragones fueron derrotados hace miles de años, las leyendas hablan del valor de los grandes héroes, de dragones aislados en Elswynr y otros lugares. Un dragón enorme y negro es excepcional. Son características que susurran antiguas leyendas...

- ¿Cuánto tiempo ha pasado?- el hombre vuelve la mirada, sus ojos enrojecidos-.

- Horas. No sabemos cuantas. Llegasteis una hora después del amanecer.

Eyra bebe otro sorbo. El soldado mira hacia su espalda, donde el grupo reunido sigue en silencio y lanzándoles miradas tensas. Baja el cuenco. Los dos civiles armados parecen fuera de lugar, confusos y resignados, tienen pinta de ser guerreros retirados. El rencor entre soldados y rebeldes es palpable en el ambiente.

- ¿Qué discutís?- el soldado hace una mueca-.

- Acabamos de cerrar un acuerdo, podría decirse. Nos ha costado bastante. La distribución para buscar ayuda, ya que Falkereath está más cerca pero los rebeldes solo ayudarán hacia el norte, a Cauce Boscoso. Y de ahí, se irán por el cruce, subiendo el río Blanco.

- ¿Pretendéis informar a Carrera Blanca?- la mujer herida vuelve a acercarse, y el soldado coge el cuenco que le tiende con un asentimiento y la mujer responde antes de marcharse-.

- Farengar Fuego Secreto es uno de los grandes hechiceros de Skyrim. Necesitamos su ayuda para esta amenaza.

El hombre se arrodilla, dejando el cuenco. Se miran fijamente, y puede ver el profundo agotamiento, así como el miedo que intenta camuflar. Y no por ella. Los asuntos mundanos han quedado hundidos ante las garras de un dragón. Se levanta rápidamente, cruzándose de brazos y dándose la vuelta para mirar a la gente amontonada. Ambos deben estar pensando en las mismas leyendas.

El devorador de mundos. Alduin, el primogénito de Akatosh, quién fue derrotado por los grandes héroes de antaño. Negro y enorme, el más poderoso de los dragones, su aliento capaz de devorar los huesos del mundo. Derrotado según las canciones, recuerda que leyó un libro en la Gran Biblioteca y un viejo poema en Bruma que presagiaban que regresaría algún día.

Eyra observa a una mujer caminar entre los heridos; armadura imperial ligera con hombreras de cuero, la piel bronceada de los cyrodianos del sur y el cinturón de una maga, con bolsas y pociones. Tiene un moratón oscuro en el rostro, la tez pálida y parte del pelo canoso quemado.

- Supongo que es vuestra oficial, la maga que ha supervisado a los heridos- la mujer pasa entre la gente sin apartar la mirada al sufrimiento-.

- Lo es. Prefecto Inna de Bravil. Es quien... ha dicho que necesitamos toda la ayuda. Incluyendo la tuya. Ella te informará.

El soldado se aleja para reunirse con la oficial. ¿Va a pedirle su ayuda? Comprende la desesperación de la situación para todos, sin importar bandos y guerras, pero no tiene sentido. Es una criminal que iba a ser ajusticiada. Que mató a soldados. Y está en mal estado... Aunque viendo la sala puede que sea de las que más suerte han tenido.

Da otro sorbo mientras contempla al soldado y la prefecto hablar ante la mirada de los reunidos junto a la chimenea. La desconfianza es palpable, y la desesperación. La prefecto se acerca mientras el soldado se dirige al final de la sala, caminando entre los heridos. Hay llantos de niños, adultos y perros, una cacofónica de susurros lastimosos. La mujer cyrodiana tiene el rostro lleno de arrugas y marcas de edad en la piel bronceada.

Eyra deja el cuenco de la sopa y coge un trozo de pan.

- Estás mejor de lo que deberías.

Eyra levanta la mirada a la mujer, al sonreír, nota la tirantez de su rostro, probablemente tendrá quemaduras en la cabeza, seguramente haya perdido pelo como ha visto en los demás.

- Tu magia es poderosa. Por esa razón, pese al peligro que supones, te ofrezco un trato. Acompáñame hasta Carrera Blanca. Una vez a las puertas, podrás irte. No creo que seas una prioridad en este momento.

- ¿Me pides arriesgar mi vida por vosotros?

- Te pido que lo hagas por tu pueblo. Pese a tus crímenes y una guerra, decidiste volver a tu patria. Eso dice algo de ti, nórdica.

Eyra se termina el queso y el pan, sin apartar la mirada de la mujer de pie frente a ella.

- Huía del Imperio, prefecto.

- Podrías haber huido a Morrowind o Páramo del Martillo, o alguna de las muchas islas. Pero volviste a tu patria, pese a los riesgos.

La verdad es que no tiene motivos para negarse a la oferta o escupir a la mujer. Ciertamente había muchos mejores sitios para huir, como le decía S'nia.

- ¿Estabas en la emboscada?- observa la tensión en los bordes de los ojos oscuros de la mujer-.

- Fuimos los refuerzos solicitados por los vigilantes de Stendarr, buscábamos por el norte del lago. Éramos la unidad más cercana y vimos la magia entre los árboles. Cuando llegamos, quedaban pocos thalmor y vigilantes, y vosotros os mantuvisteis en silencio hasta atacar a los jinetes de los flancos. Parecía que ibais a huir, pero cargasteis contra la formación. Admito que ese movimiento no lo esperaba. El orco destrozó el flanco derecho y aguantó muchas heridas antes de morir. La khajitta mató arqueros y otros dos jinetes y huyó en cuánto vio que eras derribada por un golpe de escudo.

Eyra sonríe con tristeza, un orgullo se alza en su corazón. Dhokk habrá sido recibido con honores por su dios. Un grupo de thalmor y vigilantes derrotados por cuatro mercenarios. Y unos cuántos soldados más. Será otra patada en el estómago del Dominio. Y S'nia ha sobrevivido, como siempre. Por suerte, todavía no hace mucho frio, podrá resistir la dureza de Skyrim.

- Gracias por la información, prefecto. Aún con mayor motivo, me sorprende que recurras a darme un trato...

La puerta se abre. Lentamente.

La prefecto y el grupo reunido en la chimenea se giran alarmados, con las manos en las armas, algunos desenvainan. Dos soldados entran con las manos en alto. Los gritos de reconocimiento terminan la naciente tensión del momento. Otros dos soldados entran. La capitán roja es la última y al verla, la prefecto se adelanta para recibirla.

El destino está empeñado en matarla.

Una cosa es un puñado de soldados desesperados, pero ahora, no están tan faltos de ayuda, y duda que esa capitán acepté dejarla libre. Boethian debe haber recurrido a Azura para maldecir su destino.

Los soldados se reúnen y hablan, abrazos emocionados al verse vivos. Algunos civiles se levantan para recibirles. Los rebeldes observan tan tensos como ella. El trato que hubieran hablado acaba de desvanecerse para todos. Eyra baja su mirada. Solo tiene una camisa holgada. Se da cuenta que tiene a su lado un pantalón de jinete, con cuero reforzado en los muslos. También unas botas y brazaletes imperiales. Se lleva las manos al cuello. Ha perdido el amuleto de Akatosh que le entregará el viejo sacerdote de Cheydithal. Una lástima, le había cogido tanto apego como el que tuvo de Talos en su infancia.

Apoya la espalda en la pared y observa a los soldados hablar, un destello de alegría en la tragedia. Algo que puede compartir en silencio. S'nia se las arreglará para ocultarse en los bosques de la comarca y seguir viva. Llegará a Paraje de Ivar, donde su tía Dyva le dará refugio, al menos un tiempo.

Eyra responde a la mirada fija de la capitán mientras la prefecto sigue hablando. La mujer roja vuelve la mirada a sus soldados, da una orden y se marchan por donde han venido. Las dos oficiales imperiales caminan hacia ella. Eyra endereza la espalda, desafiante. La capitán tiene el rostro severo, la mitad de la frente al rojo vivo, destacando incluso en su piel. Tiene parte del pelo quemado, y se ha cortado la mitad lo más rasurado posible.

- Has logrado sobrevivir.

- Igual que tú- la capitán hace una mueca-.

Ambas mujeres se miran en silencio. La capitán se gira hacia la multitud, con los brazos en la cintura. Tiene una antigua cicatriz que recorre el brazo izquierdo, puede que fuera de magia; es alargada y rugosa, una quemadura mal cicatrizada hasta el codo. La capitán vuelve la mirada hacia ella.

- Sea así, mercenaria. Espero que cumplas, sino te perseguiré personalmente hasta arrastrarse a los salones de Arkay.

- Suficiente, capitán. Temía que me matarás aquí mismo.

- Sería un riesgo teniendo en cuenta tu poder y que hay una panda de rebeldes dispuesto a derramar nuestra sangre.

- Conveniencia. No hay nada más confiable en tiempo desesperados.

La mujer suelta un gruñido y se da la vuelta, acompañada de la maga, para acercarse a los hombres reunidos. Las recibe un hombre de fuertes brazos y espalda ancha, de largo pelo rubio sin barba. Una tensión evidente que deben ceder ante la conveniencia. El cruce del rio Blanco es uno de los lugares más estratégicos de Skyrim, el punto donde seguir la carretera que bordea la Garganta del Mundo. Haya muerto el jarl Ulfric o no, la guerra continuara.

Eyra cierra los ojos. Escucha su latido y respiración, la magia sanando su cuerpo. Algún mago rebelde ha tenido que curarla o darla algo, pues se está recuperando muy rápido. No tiene dudas. Es un momento desesperado para todos. Un dragón es una gran amenaza, y si es Alduin, será el principio del fin del mundo.

Se levanta, cogiendo el pantalón, con menos dolor del esperado. Se viste con un poco de dificultad, gruñendo ante el dolor en el brazo y la espalda. La prefecto tiene razón; está demasiado bien para haber sobrevivido a una emboscada y el aliento de un dragón. Y eso explica que la consideren poderosa. El pantalón le queda algo justo pero servirá durante unos días. Se agacha para coger las las botas, un cinturón de cuero y los brazaletes de acero. No es la primera vez que usa uniforme imperial. Espera que está vez acabe mejor que la persecución por Kvatch. Fue una locura pero tampoco había elección. La exigencia de un príncipe daedrico debe cumplirse. No fue su peor crimen, pero atrajo la atención de la Legion y los thalmor, lo que terminó condenando a la compañía.

Camina hasta las mesas amontonadas, donde hay muchos taburetes y sillas. Dos mujeres que están comiendo en una mesa la miran atentamente. Eyra se acerca a otra mesa, dejando los brazaletes y sentándose para colocarse las botas, algo que le resulta más doloroso. La espalda tira debido a las quemaduras que debe tener aunque haya sido aplacado por magia. El brazo derecho no se queda atrás, recuerda que le dieron un pisotón en la mano y luego una espada atravesó el brazo y retorció su carne. No podrá manejar el arma con esa mano.

Al terminar con las botas, estira la espalda y respira profundamente. Sigue viva y con alguna bendición mágica inesperada. No puede quejarse. Escucha dos pares de botas. Gira la cabeza, viendo al joven recluta pelirrojo junto a una chica aún más joven, de pelo rubio y ojos verdes, menuda para ser nórdica. El hombre lleva en las manos un peto de cuero reforzado con una fina capa interior de malla; típica de exploradores y jinetes.

- Te entregamos equipo imperial. Espero que tengas un respeto a este hecho.

- Lo tendre. Aunque me arriesgo a ayudaros. ¿Quién me asegura que la prefecto no me mate, o que no me detengan en Carrera Blanca?

Ambos jóvenes se miran confusos, ligeramente tensos. De reojo observa que tras ellos se acerca la capitán. Ni un poco de respiro. Eyra se levanta, moviendo los pies para comprobar la sujeción. Los dos jóvenes claramente no saben que hacer ante ella.

- Soldados. No va a morderos estando todos presentes. Ayudadla.

Los jóvenes reclutas se acercan para colocarla el peto de cuero. La mujer roja se coloca frente a Eyra.

- ¿Qué opináis de la idea de la prefecto, reclutas?- sin verles el rostro, intuye el sobresalto de ambos soldados-.

- Es... arriesgado, señora- dice el hombre, con la voz vacilante-. Pero estamos desesperados. Es un alivio que hayáis aparecido.

La capitan asiente, sin apartar la mirada de Eyra. Varios soldados y rebeldes se mueven entre los heridos, dirigiéndose al fondo de la sala, donde la prefecto parece organizar bolsas y armas. Una niña se acerca hacia ellos, se estremece ante la mirada de los adultos. Le tiende un odre. Eyra asiente y le da las gracias. La niña hace un rápido asentimiento y se marcha. Es de las pocas que no parece herida ni tampoco se le ha quemado pelo.

- ¿Y tú, recluta?- pregunta a la chica. Eyra da un trago al odre, aguamiel Espino Negro, cosecha decente-.

- La guerrera... ha aceptado ayudar- la capitán vuelve la mirada a la joven-. Y no es una rebelde, pues viene de Cyrondill... La prefecto debe tener algún motivo de peso.

La capitán asiente. Tapa el odre y lo sujeta al cinturón. La supervivencia es el mayor motivo que existe, capaz de hacer traspasar todas las líneas respetadas y establecidas por las sociedades.

- Espero que cumplas tu palabra, mercenaria.

- Lo hare- inclina la cabeza sin apartar la mirada-. Recordaré tu amenaza.

La capitán sonríe por primera vez y se da la vuelta. Los dos reclutas se mueven rápidamente para seguirla. Coge los brazaletes de la mesa, que cubren la mitad del antebrazo. Observa a la capitán quedarse en la chimenea junto a tres de las ocho personas que estaban; la mujer de la silla y otros dos hombres, uno se ha sentado en un taburete. Eyra se coloca el cinturón de cuero, vuelve a asegurar el odre. Se siente extrañamente bien. Sea cuál sea el camino que recorran, está preparada para luchar, y agradece profundamente a los Divinos haberle dado otra oportunidad.