La boda de Sesshomaru y Rin era todo lo opuesto a las anteriores: elegante, impecable, cuidadosamente planeada hasta el último detalle. Kagome, en un vestido largo de tonos suaves, caminaba del brazo de Inuyasha, esta vez como su acompañante oficial. El ambiente era solemne, pero el aire estaba cargado de historia.
La mesa familiar del novio los esperaba con un lugar reservado junto a los padres de Inuyasha.
—¿Así que por fin ustedes dos formalizaron su relación? —preguntó el padre de Inuyasha con una sonrisa amplia, mirando con curiosidad a la pareja frente a él.
Kagome apenas tuvo tiempo de abrir la boca antes de que Inuyasha contestara:
—¡Nunca! —dijo, casi riendo.
—¿Estás loco? —añadió, tomando su copa—. Como amigos estamos bien. Lo otro sería raro.
No lo dijo con malicia. No lo dijo para herir. Pero el golpe fue certero. Kagome sonrió por inercia, pero por dentro, se encogía. Su corazón se sintió apretado, chiquito, invisible.
El padre de Inuyasha asintió lentamente, cambiando de tema.
—Inuyasha, he estado pensando… me gustaría que fueras mi padrino de bodas.
Inuyasha lo miró como si no hubiese escuchado bien.
—¿Su boda? ¿Con mi mamá?
—Sí —respondió su madre con una sonrisa tímida—. Queremos volver a casarnos.
Inuyasha dejó su copa sobre la mesa con más fuerza de la necesaria.
—No entiendo por qué. Ya se divorciaron una vez. ¿Qué les hace pensar que ahora sí va a funcionar?
Su madre no perdió la dulzura en la mirada.
—No lo sabemos. Y eso es lo bonito… lo emocionante. No saber si funcionará, pero aun así querer intentarlo.
Él negó con la cabeza, dolido, confuso.
—Denme tiempo. No sé qué responderles ahora.
Y se levantó, alejándose de la mesa sin mirar atrás.
Kagome los observó en silencio, luego se volvió hacia ellos con una sonrisa suave.
—No se preocupen. Él terminará diciendo que sí. Solo necesita procesarlo a su manera.
Se disculpó y salió en su búsqueda.
Lo encontró junto a la piscina, de espaldas, contemplando el reflejo de la luna en el agua. La superficie brillaba como un espejo líquido, y el silencio a su alrededor parecía sostenerlo todo.
Kagome se acercó lentamente y posó una mano sobre su hombro, apenas rozándolo. Pero la tensión en el aire era tan densa que, sin pensarlo demasiado, le tomó la mano y lo arrastró con fuerza hacia el borde.
—¡¿Qué haces—?! —gritó él, pero ya era tarde.
Ambos cayeron al agua, salpicando luz y silencio por igual.
Emergieron entre risas y resoplidos. Inuyasha la miró empapado, completamente desconcertado.
—¿¡Estás loca!? ¿Qué te pasa?
Kagome no podía parar de reír.
—Relájate. Por una vez en tu vida, Inuyasha. Deja de tomarte todo tan en serio. Disfruta algo, aunque sea por un momento.
Él no respondió de inmediato. Se quedó ahí, flotando, dejándose llevar por la calidez inesperada del agua.
El silencio regresó, esta vez más suave, menos tenso.
—No los entiendo —dijo él finalmente, rompiendo la calma—. A mis padres. Cuando era niño, los escuchaba pelear todas las noches. Gritos, reproches, indiferencia… como si se odiaran. Y ahora que ya no estoy cerca, ahora resulta que se aman más que nunca.
Kagome se fue acercando, despacio, sin prisa, como si su cuerpo entendiera algo antes que su mente.
—¿Dónde estaba ese amor cuando más lo necesitaba? —murmuró él.
Ella lo abrazó. No como siempre. No como amiga. Fue un abrazo lleno de comprensión, de ternura profunda, de amor que no se atreve a nombrarse.
—Lo que ellos están pasando… es de ellos. Solo ellos pueden entenderlo. Pero aunque su relación no funcionara antes… aun así fueron los mejores padres que pudiste tener, Inuyasha.
Él no dijo nada. Solo cerró los ojos. Respiró hondo. Se dejó sostener.
Kagome se separó apenas un poco, lo justo para que sus rostros quedaran peligrosamente cerca. Podían sentir el aliento del otro, el calor de sus labios a centímetros.
Hubo un silencio distinto, un espacio entre palabras donde el mundo pareció suspenderse. Inuyasha sintió un impulso extraño recorrer su cuerpo. No era solo deseo. Era algo más complejo. Más fuerte.
Pero no.
No podía.
Prefirió pensar que nada de eso había sucedido.
Kagome fue la primera en romper el momento.
—Vamos. Deberíamos salir de aquí. Ir a descansar.
Asintió. Salieron del agua en silencio, sin mirarse demasiado. Ambos sabían lo que había pasado. Lo que casi pasó.
Y los dos decidieron, sin decirlo, que lo mejor era no hablar de eso.
Al menos por ahora.
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El agua de la piscina aún resonaba en sus oídos, como un eco lejano que se mezclaba con el latido acelerado de sus corazones. El trayecto desde la piscina hasta la habitación fue silencioso. No porque no hubiera nada que decir, sino porque lo que se sentía era tan fuerte, tan nuevo, que ninguno de los dos se atrevía a romperlo.
La habitación estaba tibia, iluminada solo por una lámpara tenue junto a la cama. Ambos estaban empapados, el cabello aún goteando, la ropa pegada al cuerpo. Kagome cerró la puerta y se quedó ahí, de pie, dudando. Inuyasha, detrás de ella, dejó las llaves sobre la cómoda sin decir palabra.
—Inuyasha… —su voz era apenas un susurro.
Él la miró.
—¿Podrías ayudarme con esto?
Giró lentamente, dándole la espalda. Levantó el cabello con ambas manos, dejando al descubierto su espalda mojada, descubierta por un cierre que iba desde la nuca hasta casi la base de su columna.
—Rin me ayudó por la tarde, pero ahora…
Inuyasha tragó saliva.
—Claro —dijo, y se acercó.
Apoyó una mano en su hombro desnudo, suave, y con la otra tomó el cierre. Lo bajó con lentitud, sin darse cuenta de que su respiración se estaba haciendo más profunda. El cierre se deslizó despacio bajo los dedos de Inuyasha, revelando poco a poco la piel húmeda y desnuda de Kagome. Sus hombros, su espalda, el inicio suave de su cintura. Cada centímetro parecía una confesión que ella le estaba entregando sin palabras.
Kagome cerró los ojos al sentir su aliento cerca, su mano firme pero temblorosa sobre su hombro. Cuando sus labios rozaron su cuello por primera vez, un escalofrío le recorrió el cuerpo entero. Ese beso fue apenas un susurro contra su piel, pero encendió algo dentro de ella. Algo que llevaba mucho tiempo dormido.
Inuyasha bajó lentamente los tirantes de su vestido, sus dedos acariciando sus brazos en el proceso, con una delicadeza casi reverente. El vestido cayó suavemente a sus pies, dejándola completamente desnuda ante él. Su respiración se agitó.
Kagome se giró, cruzando los brazos frente a su pecho, no por vergüenza… sino por costumbre. Pero Inuyasha no le dio tiempo a ocultarse. Llevó sus manos a la cintura, atrayéndola hacia él, y sus labios se encontraron en un beso que era una promesa y un juramento al mismo tiempo.
La pasión entre ellos era palpable, como una entidad viva que los envolvía. Inuyasha recorrió con sus manos la curva de su espalda, bajando hasta su firme trasero, apretándola contra él, dejando que sintiera su erección a través de la tela mojada de sus pantalones. Kagome gimió suavemente contra su boca, sintiendo cómo la excitación la inundaba.
—Inuyasha, quiero sentirte —murmuró, y él respondió con un gruñido de aprobación.
Se separaron el tiempo suficiente para que Inuyasha se deshiciera de su ropa empapada, revelando su cuerpo tonificado y su miembro erecto, listo y ansioso. Kagome lo observó con ojos llenos de deseo, su mirada se detuvo en su virilidad, y sin pensarlo, se arrodilló frente a él.
Con una mano suavemente acarició sus testículos, mientras que con la otra rodeó la base de su pene. Inuyasha miró cómo su lengua salía para saborear la punta de su miembro, haciéndolo gemir de placer. Kagome comenzó a mover su boca, succionando con fuerza.
—Oh, Kagome… —jadeó Inuyasha, entrelazando sus dedos en su cabello.
Ella aumentó el ritmo, mirándolo a los ojos, disfrutando del poder que tenía sobre él. Inuyasha temblaba, luchando contra el impulso de empujar más profundo en su boca, de poseerla completamente. Pero quería disfrutar de cada segundo, de cada sensación que Kagome le proporcionaba con su boca experta. Finalmente, no pudiendo soportar más, Inuyasha la levantó del suelo, besándola con una intensidad que robaba el aliento. La llevó hasta la cama, donde la tumbó suavemente, admirando su cuerpo desnudo y listo para él. Se inclinó y besó cada centímetro de su piel, desde sus pechos hasta su vientre, bajando lentamente hasta su sexo húmedo y palpitante.
—Quiero oírte gritar mi nombre —dijo Inuyasha, antes de sumergir su lengua en su intimidad.
Kagome arqueó la espalda, un gemido ahogado escapó de sus labios mientras Inuyasha la saboreaba, su lengua explorando cada pliegue, cada rincón de su sexo. La estimulación era exquisita, y Kagome se aferró a las sábanas, su cuerpo temblando bajo el toque experto de Inuyasha.
—¡Dios, Inuyasha, no pares! —suplicó, sintiendo cómo la presión se construía dentro de ella.
Inuyasha no tenía intención de detenerse. Quería que ella alcanzara el cénit del placer, quería que su nombre fuera el último en sus labios cuando la ola de éxtasis la golpeara. Y así fue. Con un grito que resonó en la habitación, Kagome se vino, su cuerpo convulsionándose bajo el toque maestro de su amante.
Antes de que la última ola de su orgasmo se desvaneciera, Inuyasha se posicionó entre sus piernas, el cabezón de su pene presionando contra la entrada de su sexo. Con un empujón firme y controlado, se hundió en ella, sintiendo cómo su intimidad se ajustaba perfectamente a su miembro.
—Kagome —exclamó Inuyasha, cerrando los ojos por un momento para absorber la sensación de estar dentro de ella.
Kagome lo recibió con un gemido, su cuerpo aún sensible de su orgasmo anterior, ahora estimulado por la penetración profunda de su amante. Inuyasha comenzó a moverse, sus caderas marcando un ritmo que pronto los llevó al borde de la locura. La habitación se llenó del sonido de sus cuerpos chocando, de los gemidos y jadeos que se entrelazaban en un concierto de lujuria.
El placer era abrumador, y ambos sabían que no duraría mucho. Inuyasha aumentó la velocidad, cada empujón más profundo, más desesperado que el anterior. Kagome lo animaba, pidiendo más, pidiendo que la llevara al límite una vez más.
Y entonces, como una marea imparable, el orgasmo los golpeó a ambos. Inuyasha se hundió profundamente, vaciándose dentro de ella con un gruñido gutural, mientras Kagome se contraía a su alrededor, su sexo apretando su miembro en un abrazo que parecía no tener fin.
Después, cuando sus respiraciones se calmaron y sus corazones dejaron de latir con tanta fuerza, se quedaron abrazados, la piel pegajosa por el sudor y el cuerpo aún entrelazado. Inuyasha besó suavemente su frente, sus mejillas, sus labios.
Permanecieron así un largo rato, sin decir nada. El pecho de Inuyasha subía y bajaba sobre el de Kagome. Su mano le acariciaba el cabello. Ella le acariciaba la espalda con los dedos, en círculos lentos.
—Inuyasha… —susurró.
—Shh —dijo él, besándola suavemente—. No ahora. Solo… quédate.
Y ella se quedó.
Ambos sabían que la mañana traería preguntas, dudas, consecuencias. Pero por esa noche, no importaba nada más.
