La fiebre de Gin empezó a subir entrada la noche, su respiración era algo entrecortada y su cuerpo se cubrió en sudor. Sabía que estaba acostumbrado a luchar, a resistir cualquier tipo de debilidad, aunque su cuerpo estuviera a punto de colapsar. Busqué entre su ropa para cambiar su camisa mojada. No podía hacer mucho más que esos pequeños detalles y darle la medicación a la hora adecuada, pero esperaba que fuese suficiente para hacerle mejorar pronto. Mientras tanto, el espacio compartido con Vodka se volvía cada vez más molesto e incómodo.
Vodka salió de la habitación para preparar café cuando el cielo empezó a sonrojarse con el amanecer y yo bostecé apoyando la cabeza sobre mis brazos cruzados. Su respiración era algo más lenta ahora que la fiebre parecía estar más controlada y cerré los ojos más aliviada al ver que la atención había servido de algo.
Cinco minutos después, Vodka entró en la habitación, su presencia incómoda en medio de esa quietud tensa. Traía dos tazas de café humeante, pero cuando vio a Sherry dormida, se detuvo un momento. Sus ojos recorrieron la habitación con cautela, como si algo pudiera romperse en cualquier momento. Colocó una de las tazas sobre la mesita de noche y observó a Gin, que seguía en la misma postura, respirando con más calma. Por un momento, daba la sensación de que en la habitación reinaba la paz, pero él sentía de todo menos eso.
Gin despertó con un gruñido bajo, un sonido que provenía del fondo de su garganta, como si todo su cuerpo aún estuviera en guardia, incluso en su estado de debilidad. Intentó mover el brazo, pero el dolor lo detuvo. Volvió a gruñir, esta vez con más frustración, mientras trataba de acomodarse, como si se negara a aceptar su fragilidad.
—No deberías moverte, has dormido un día entero y has perdido mucha sangre —comentó Vodka, su voz rasposa por la preocupación, como si estuviera a punto de decir algo más, pero se detuviera ante la mirada dura de su compañero.
—¿Qué haces aquí? —preguntó Gin, con la voz rasposa, pero imponente.
—Escuché que tuviste problemas y...te seguí —respondió Vodka, sin atreverse a decir más.
—Eres un idiota, no debiste hacerlo —dijo palpando el vaso de agua que había sobre la mesita de noche para calmar su garganta seca. Su apariencia no era muy buena, pero su voz, mantenía esa frialdad cortante, esa dureza que a veces parecía un muro impenetrable
—¿Por qué está aquí? ¿Por qué no la has matado? —le preguntó Vodka sin poderse callar mucho más esas preguntas. Intentando encontrar algo con lo que poder defenderle, buscando respuestas de algo que todavía no podía entender.
Gin bajó la mirada para observar a Sherry mientras dormía, y se quedó pensando unos segundos antes de contestar. La incomodidad de esa cercanía, de la presencia de ella en el mismo espacio, no se evaporó, pero algo en su rostro cambió. Solo un poco. Sus ojos no dejaban de mirarla, como si buscara algo en ella. Su respiración parecía tranquila, y en su rostro dormido, pudo ver esa paz falsa que nunca le quedaba bien a alguien como ella. Algo en su interior se removió, pero no lo dejó salir. No podía. Estaba claro que pensaba en lo que había sucedido, en los momentos en los que había tenido la oportunidad de acabar con ella, y sin embargo, no lo hizo.
—Estuve a punto de hacerlo —respondió, bajando su voz un tono.
Recordaba ese instante, esa noche en el callejón, el frío metal de la pistola, el brillo de los ojos de Sherry llenos de miedo y resignación. Fue un momento cercano a la muerte, y a pesar de su naturaleza, Gin se había detenido.
—Se acaba de quedar dormida —dijo Vodka finalmente, rompiendo el silencio y señalando a Sherry con un leve movimiento de cabeza.
Gin frunció ligeramente el ceño al escuchar esas palabras, pero su mirada se desvió hacia ella una vez más. La vulnerabilidad que había mostrado en esos momentos, esa imagen de Sherry tan frágil, parecía alterar algo en su interior. Le hacía acordarse al pasado que habían compartido.
—Sigue siendo una niña tonta —respondió Gin sin querer darle importancia , pero algo en sus palabras no sonaba tan convencido como quería. Estiró la mano para intentar alcanzar el paquete de cigarrillos que Vodka acabó entregándole junto al encendedor, y se acercó un cigarro a los labios con impaciencia antes de seguir hablando—. Deberías marcharte, estar aquí solo te va a traer problemas —comentó expulsando el humo lentamente—. No le digas a nadie que me has visto, no vuelvas a llamarme y no vuelvas a aparecer por aquí, Vodka.
Era una orden clara, sin posibilidad de discusión. Vodka asintió lentamente entendiendo perfectamente cada palabra, inclinó la cabeza como si le hiciese una reverencia, como si fuese consciente de que esa despedida no iba a ser común, y se marchó de ahí. Ya no podían ser compañeros, no después de todo lo que había pasado. Ya nada podría ser como antes. Gin ya no necesitaba a nadie, ni siquiera a él.
Me desperté sintiendo un fuerte dolor en el cuello y gemí mientras me acariciaba la nuca para calmar la mala postura con la que había dormido. Tenía los brazos dormidos y mis ojos seguían cansados.
—Vaya, has dormido menos de lo que esperaba —escuché hablar justo a mi lado, sintiendo su presencia de repente.
Parpadeé un par de veces observando a Gin y me rasqué los parpados pesados.
—Estás despierto —dije con la voz algo ronca.
—Tú también —Contestó con su tono habitual.
—¿Cómo te encuentras? —pregunté peinando mi pelo con los dedos, observando la hora antes de entregarle de nuevo la medicación.
Notaba su mirada sobre mí, pero yo no busqué sus ojos en ningún momento. No quería sentir preocupación por él, ni que me golpeara la nostalgia que me causaba la familiaridad de tratar sus heridas.
—Estoy bien, aunque creo que para ti hubiese sido más fácil que me hubiese desangrado en el suelo, ¿no crees? —dijo antes de tomarse las pastillas, tanteando mi humor, aunque yo no estaba para idioteces.
—Cállate. Ahora mismo, no hay nada fácil para ninguno de nosotros dos —comenté apartando la mirada para darme cuenta de que Vodka no parecía estar cerca.
—Se ha marchado —contestó Gin antes de que pudiese preguntar.
Yo asentí y me levanté necesitando espacio para mí misma, habían pasado muchas cosas y no podía pensar con claridad teniendo constantemente a Gin a mi lado. Preparé algo caliente sabiendo que, tanto Gin como yo, necesitábamos algo más que unos fideos o comida preparada si queríamos recuperar algo de energía, sobretodo él.
No pareció protestar cuando acerqué su plato caliente a la cama y yo me acomodé en la silla con mi plato entre mis manos.
—No deberías molestarte tanto —comentó mientras acababa su plato.
Sabía a lo que se refería, sin embargo, quise hacerme la loca.
—También lo he hecho por mí, la comida que sueles traer, es un asco. Así que no tienes nada que agradecer —contesté haciendo que una mueca parecida a una sonrisa apareciese en su rostro.
Recogí los platos y volví a cambiarle el vendaje antes de sentarme de nuevo en la silla. Necesitábamos hablar, la familiaridad que había entre ambos no compensaba la tensión del ambiente, que últimamente no había hecho más de crecer. No podíamos alargar la espera sin hacer ni decir nada. Las cosas se habían torcido para Gin, y para mí, todavía podía haber un resultado todavía peor.
—¿Por qué te ha disparado Vermouth? —pregunté cruzando los brazos sobre mi pecho, puede que algo más directa a lo que a él le hubiese gustado —. Tienes que contarme que ha pasado.
Gin gruñó con pocas ganas de continuar con la conversación, pero ambos sabíamos que en ese momento teníamos un reloj de arena sobre las cabezas y el tiempo se nos agotaba poco a poco, grano a grano.
—Debía matarte, eso ya lo sabes —respondió con poco interés por dar detalles.
Resoplé cruzando los brazos, insatisfecha por sus pocas palabras.
—La pregunta es, ¿Por qué has montado todo esto, Gin? ¿Por qué has puesto en juego tu lealtad tomando el error tan estúpido de dejarme con vida cuando lo tenías todo tan fácil? ¿O puede que las ganas de querer seguir jugando conmigo fuesen mayores a las de matarme? —pregunté sin poder callar, sintiendo como la molestia volvía a brotar con rapidez —. Eres retorcido.
El silencio se instaló entre nosotros por varios segundos. Yo le miré exigiendo respuestas y él me miró de vuelta con pocas ganas de dármelas. Seguíamos pisando lodo bajo los zapatos, embarrados y atascados.
—Sueño con matarte, constantemente —aclaró, acercándose una mano para enroscarla en mi cuello, apretando de una manera en la que apenas utilizaba la fuerza para cortarme la respiración—. Y cuando te tengo así de cerca...
—¿No eres capaz de matarme? —pregunté adelantándome, sin desviar la mirada, sintiendo como la rabia empezaba a subir por todo mi cuerpo, como si fuese un volcán que acaba de entrar en erupción.
—Puedo matarte cuando quiera, Sherry —me rectificó apretando ligeramente el agarre de sus dedos, como si quisiera que no olvidase su precisión.
Sin embargo, su agarre se acabó aflojando con los segundos. Supongo que era algo diferente, cuando lo que pasaba, no era que no pudiese hacerlo...era que no quería hacerlo. Y eso removió algo dentro de mí que no quería ser removido de ninguna manera.
—Ya estoy muerta por dentro, no tiene que haber mucha diferencia—dije con un tono demasiado calmado, como si ya no existieran los miedos que antes me paralizaban—. Hazlo— le animé todavía con sus manos sobre mi cuello. Con la mirada fija, completamente convencida.
Gin gruñó a la vez que apartaba la mano —. Sal de la habitación —ordenó, con un tono serio y la frialdad de nuevo palpable en su voz.
Yo me levanté de la silla recogiendo los platos antes de salir y me senté en el sofá apoyando la cabeza en el reposabrazos, creando una distancia necesaria para ambos. Cerré los ojos intentando conciliar el sueño, pero fue imposible. Todavía sentía los dedos de Gin recorriendo mi cuello, y su manera de actuar, me provocaba más insomnio. La cabeza empezó a dolerme, así que cerré los ojos con más fuerza obligándome a poner la mente en blanco, pero solo conseguí que apareciesen fragmentos de mi vida para recordarme cada uno de los errores que había cometido. Al cabo de las horas, no pude más con esa fatiga y acabé corriendo hacia el baño para devolver lo poco que había en mi estómago. Me lavé los dientes y la cara, pero no levanté la mirada, no quería ver mi reflejo en el espejo. Volví al salón arrastrando un poco el paso, y esta vez, caí rendida en un corto sueño sin sueños.
Me desperté con el olor a tabaco y fruncí el ceño al notar que mi dolor de cabeza solo había empeorado, me reincorporé en el sofá y acaricié el puente de mi nariz intentando aliviar la presión de mi cabeza.
—¿Café? —Preguntó Gin haciendo que alzará la cabeza para mirarle.
—Deberías estar haciendo reposo —contesté con la voz algo más fría de lo que yo misma esperaba, tapando un bostezo con mi mano.
Gin ignoró mi comentario y se acercó al sofá entregándome una de las tazas que cargaba y yo la acepté entrecerrando los ojos con alivio en el momento en que percibí el olor a café y el calor en mis dedos.
—Tenemos que irnos de aquí, este lugar ya no es seguro —habló sacando un cigarrillo para acompañarlo con el café.
—¿Tenemos? No puedes seguir arrastrándome a tu camino—resoplé en desacuerdo.
—¿Acaso te apetece volver con el FBI? Porque Vermouth te habrá matado antes de que tengas oportunidad de llegar a ellos, y si por cualquier cosa no lo consigue, no te librarás de unos cuantos años en la cárcel por más secretos que reveles ni por más acuerdos que se inventen.
—Puede que…—dije cerrando la boca mientras trataba de pensar con claridad.
Me acordé de Kudo y del profesor. Quería verlos, que las cosas volviesen a ser como antes, en ese periodo donde todo parecía ser algo más estable. Pero no era real. No quería volver para ser el conejillo de indias del FBI, ni pretendía luchar una guerra yo sola contra Vermouth ni contra la organización, porque era una guerra que no podía ganar. No estaba segura de que fuese la decisión más inteligente, pero aunque sonase bastante loco para cualquiera, salir de ahí junto a Gin y buscar una salida antes de preocuparme por perderle de vista, fue una opción a valorar. No era la primera vez que nos utilizábamos, pero al menos, esta vez ambos éramos plenamente conscientes.
—¿A dónde quieres ir? —pregunté mirándole desplegar un mapa de reojo, gimiendo al hacer un mal gesto con su costado adolorido.
—Todavía no lo tengo claro —respondió con el ceño fruncido, analizando cada ruta y cada montaña que aparecía en el papel, parando el dedo índice en una zona en concreto —. Tenemos que ir hacia el norte.
—No puedes conducir así, deberíamos esperar hasta mañana como mínimo —protesté al notar como la venda que cubría su pecho estaba algo manchada de sangre.
—Estaré bien —contestó restándole importancia —. Coge lo que necesites —ordenó mientras comprobaba la munición de su beretta y la guardaba bajo su gabardina.
Ásentí sin moverme. Todavía no entendía como podía estar siguiéndole el rollo, pero en mi cabeza, entre mis pensamientos enredados, pensaba que tenía sentido.
—Toc, toc... ¿ya os vais? —intervino una voz femenina desde la puerta principal—. Y nosotros que veníamos de visita…
Mi sangre se heló al reconocer su voz y Gin frunció el ceño y apretó los dientes en cuanto vio aparecer a Vermouth.
—Lo siento, jefe —escuché decir a Vodka, apareciendo justo al lado de la rubia mientras su pistola apuntaba a su cabeza—. Yo no quería...
—¡Cállate! —le gritó Vermouth antes de darle un golpe con la culata de su pistola para mantener su boca callada.
Gin dio un paso para acercarse a mí cuando se adentraron a la habitación y apretó los puños al ver que Ron también había aparecido. El ambiente se hizo todavía más pesado con su presencia.
—Es decepcionante, Gin —habló Ron haciendo que todos nos quedásemos callados.
Se acercó a Gin con el paso lento, el parquet crujía bajo sus pies y su mirada se veía desafiante. Giró la cabeza para mirarme de arriba abajo antes de volver a mirar a Gin y yo sentí un escalofrío desagradable recorrer todo mi cuerpo.
El puñetazo que le dio a Gin me hizo dar un pequeño salto y taparme la boca para no emitir sonido. Lo escuché gemir de dolor, pero en ningún momento decidió defenderse.
—¿Así es como agradeces las cosas? —le preguntó Ron antes de propinarle otro puñetazo.
—Gin...—habló Vodka casi en un susurro, lo justo como para que Ron se percatarse y se diese la vuelta para mirarle.
—Vodka, nunca has sido el mejor de los asesinos, sino todo lo contrario...eres demasiado descuidado. Si tanto te importaba tu compañero, ¿Por qué no borraste el GPS de tu coche? —preguntó balanceando la pistola en sus manos como si nada, soltando incluso hasta una pequeña risa—. Eres un inútil, siempre lo has sido. Pero esta vez, he de dar las gracias a tus descuidos y errores, por que nos han traído hoy aquí. Todavía tengo una conversación pendiente con Gin, pero llegados a este punto…tu trabajo ha acabado, Vodka —explicó apuntando a su frente para dispararle sin dudarlo.
El cuerpo de Vodka cayó al suelo a la vez que la sangre roja y espesa salía a borbotones por su cabeza. Esta vez no pude evitar soltar un pequeño grito y vi como Gin no apartaba la mirada, negándose a mostrar un ápice de debilidad.
—¿Esto es todo por lo que has luchado? —Preguntó Ron apoyando la boca de su pistola en su barbilla para que alzase la cabeza — Sinceramente, esperaba algo más de ti.
Tragué saliva sabiendo lo vergonzoso que debía ser eso para Gin. Un hilo de sangre empezó a correr por su pómulo y su mirada no conseguía expresar esa frialdad que estaba acostumbrada a lucir. Ron se había propuesto pisotear todo su orgullo y arrebatarle el prestigio que tantos años y dura lealtad le había costado conseguir. Bajó la boca de su pistola para apretar sobre el vendaje de su pecho, presionando en el punto exacto de su herida, hurgando con su pistola para intentar escuchar los sonidos que emitía de dolor. Con intenciones de humillarlo todo lo que pudiese.
—Basta ya —hablé agarrando el brazo de Gin para apartarlo.
Ron quitó la sonrisa de su rostro para girarse a mirarme, me agarró del pelo y me acercó a su rostro sin apartar la mirada afilada.
—¿Qué te pasa, Sherry? —preguntó a la vez que yo apretaba los dientes — ¿Quieres que hablemos sobre las largas vacaciones que te has tomado? Solo espero que hayas podido recargar energías, porque tu ratonera necesita que vuelvas al trabajo.
Mi sangre heló y reprimí las ganas que tenía de escupirle en la cara. No quería volver.
—Suéltame. Yo no os pertenezco —solté con la mirada llena de odio, provocando que la sonrisa de Ron creciese.
—¿Estás segura de eso? Porqué si esta idea no te convence ,también puedes acompañarnos ahora mismo a hacerle una visita a tu amigo el detective y al abuelo de su vecino, ¿qué te parece? Estoy seguro de que podríamos divertirnos un rato todos juntos., ¿te parece mejor idea?
Yo negué rápido con la cabeza. Cualquier cosa menos eso.
—¿Ves? Todo es ponerse a negociar un poco, Sherry —sonrió orgulloso del control que era capaz de ejercer —. Ya estamos mayores para jugar al escondite. Te quedarás con Vermouth y reanudarás todos los proyectos que dejaste a medias, empezando por el aptx —especificó consiguiendo que tanto yo como Vermouth arrugásemos la nariz con disgusto.
—No.
—¿Qué has dicho?
—No me quedaré con Vermouth —especifiqué —. Me quedaré con Gin. Como antes —rectifiqué sin querer mirar a Vermouth—. Hace un momento y ablabas de negociar, ¿no? —pregunté con la cabeza bien alta, tratando de mostrar firmeza.
No sabía bien de donde había sacado el poderío para hablarle de esa manera. Ni Haibara, ni Shiho, hubiesen sido capaces, pero Sherry, tenía el sentido de la supervivencia agudizado. No quería volver, pero lo haría si de esa manera los mantenía a todos a salvo. Iba a hacer lo que fuese para que no se realizase otra masacre, porque había mucha sangre inocente que no debía ser derramada nunca.
Ron se giró algo pensativo mientas clavaba su mirada en Gin, que respiraba con algo de dificultad. Su sonrisa se ensanchó antes de emitir una carcajada y mi bello se erizó frente a ese sonido tan repugnante para mis oídos.
—¿Pretendes tratar de salvar la vida de la persona que mató a tu hermana y que luego deseaba matarte a ti? —preguntó empezando a divertirse con esa conversación —¿Qué es esto? ¿Una puta historia de amor de la Nippon TV?
Apreté los dientes con ganas de lanzarme a su yugular y apoyé mis puños sobre el parquet manchado de sangre a la vez que mis nudillos se ponían blancos. Los odiaba a todos, incluido a Gin, pero si tenía que volver a pasar por toda esa mierda, prefería la compañía incómoda con Gin ante a la de Vermouth. Vermouth, era una caja de sorpresas demasiado explosiva, sabía todavía menos de ella que lo poco que sabía de Gin, por no destacar lo realmente mala que había sido siempre nuestra relación. No quería encontrarme ni a solas en una habitación con ella. Y sí, puede que hubiese alguna otra razón más o menos retorcida para preferir a Gin, pero ese no era momento para empezar a destapar todo eso.
Ron se inclinó hasta ponerse a la altura de Gin.
—En mi cabeza, no estaba la opción de dejarte con vida esta noche —dijo a la vez que apuntaba a su frente con su pistola.
El sonido metálico de la bala introduciéndose en el cañón mientras cargaba resonó en mi cabeza sin dejarme pensar —¡Si le disparas no colaboraré! —grité cerrando los ojos con cierto miedo a escuchar un segundo disparo.
Ron retrocedió el cañón de su pistola sin borrar la sonrisa de su rostro, clavando la mirada en Gin mientras disfrutaba de cada segundo.
—¿La estás escuchando? —preguntó con cierta diversión, pero Gin se limitó a apretar los dientes— ¿Tú que opinas? ¿Serás capaz de aprovechar una segunda oportunidad? Ya sabes que con nosotros ese es un privilegio que no solemos ofrecer, pero que diablos...haces demasiado bien tu trabajo.
Gin, asintió lentamente, y yo, no se porque, suspiré de alivio. Teníamos una segunda oportunidad y aunque ello solo significase que nuestra muerte quedaba aplazaba, significaba también que habíamos conseguido un poco más de tiempo para pensar en que hacer.
