Me desperté con el sonido de mi propio grito, me reincorporé de un salto a la vez que sentía mi cuerpo temblar y el sudor recorrer mi piel. Las paredes de color verde oliva me hicieron dudar unos segundos y caí del sofá al no poder calmar mi cuerpo inquieto. El golpe que me di contra el parquet frenó los espasmos de mi cuerpo nervioso y me quedé mirando el techo a la vez que escuchaba mi respiración acelerada y el latido de mi corazón salir por mi boca.

—¿Sherry? —preguntaron abriendo una de las puertas para entrar al salón.

—Estoy bien —respondí como pude a la vez que me levantaba rápido del suelo para volver al sofá.

Gin no dijo nada más, se dirigió a la cocina y volvió con un vaso de agua y yo asentí agradeciéndole el gesto antes de beber el agua lentamente. No era la primera vez que dormía en el apartamento de Gin, tiempo atrás, habíamos pasado muchos fines de semana aquí dentro, y ahora, se había vuelto forzadamente mi hogar. Y mis pesadillas aprovechaban ese conocido escenario para atormentarme todavía más.

Gin se levantó recogiendo el vaso para marcharse de nuevo, pero yo le agarré del pantalón que llevaba para frenarlo. Él se giró mirándome confuso y yo me senté a un lado para dejarle algo de espacio.

—¿Te quedas un rato?

Él dudó unos segundos, pero acabó dejando el vaso de nuevo sobre la mesa para sentarse en el sofá.

Estas últimas tres semanas ni siquiera había tenido permiso a salir de aquí. Desde que Ron nos había encontrado, trabajaba todo el día junto a mi portátil y por la noche dormía, o al menos intentaba hacerlo. Y así día tras día, solo podía perder el tiempo entre fórmulas, documentos o proyectos. Y Gin, aunque no fuese precisamente un buen hablador, era la única persona con la que podía conversar.

No habíamos vuelto a mencionar nada de lo que había sucedido antes de volver a pisar esta casa. Él no había mencionado a Vodka y yo no había mencionado a Shinichi. Se mantenía más reservado de lo habitual, desapareciendo y apareciendo cuando Ron lo reclamaba, y yo, me limitaba a trabajar mejor de lo que lo había hecho nunca para mantener a Shinichi y al profesor en la zona segura, aun sin saber siquiera si seguían vivos o si no era más que una amenaza falsa para mantenerme de nuevo sumisa a ellos. Habían sido unas semanas algo jodidas para ambos.

—El sofá no parece muy cómodo para dormir —habló observando mi cara y mis ojos cansados.

Yo giré la mirada tratando de esconderme. No me gustaba que me mirasen tan fijamente justo después de haberme sentido tan vulnerable por una pesadilla, y todavía menos si se trataba Gin.

—No es el sofá precisamente lo que no me deja dormir —respondí acercando las rodillas a mi pecho.

Gin se había ofrecido desde un principio a quedarse en el sofá para que yo pudiese quedarme en la cama, pero no veía justo invadir su territorio de esa manera y no quería, ni estaba preparada para dormir en su cama. Ya no íbamos a dormir juntos y yo no era nadie para robar su cuarto ni su espacio. Estaba bien ahí, daba igual si era más o menos incómodo, volvería a acostumbrarme con el tiempo como hacía siempre.

Sentí su presencia pesada y ni siquiera tenía claro porque le había pedido que se quedase, no sabía que decirle.

—¿Cómo llevas el trabajo? —preguntó él iniciando de nuevo la conversación —. He escuchado que has hecho avances.

—Bien, supongo. No sé qué es peor, si estar todo el día en el laboratorio, o estar aquí frente a la pantalla del ordenador —contesté rodando los ojos.

No me gustaba el hecho de volver a trabajar para ellos, pero prefería estar encerrada en ese cuarto a tener la obligación de ir a cazar o "trabajar" como Gin hacía. Se había vuelto un lobo solitario desde que Vodka murió. Para ellos ya no era de fiar como lo había sido antes, no se molestaban en implicarle en operaciones importantes de grupo ni era el idóneo para transportar información confidencial. Ahora no era más que un miembro con la reputación demasiado manchada que solo podía dedicarse a limpiarles la mierda que otros miembros no querían hacer. Estaba segura de que él hubiese preferido morir a pasar por tal humillación.

Me quedé mirándole mientras pensaba en cada uno de los errores que habíamos cometido y que justo ahora nos tenían de nuevo sentados frente a frente en este sofá, en una casa a la que nunca había pensado regresar.

—¿Cómo hemos llegado hasta aquí? —pregunté en un susurro, sin apenas darme cuenta.

Él se quedó mirándome sin decir palabra, era una pregunta con una respuesta algo más compleja de lo que parecía a simple vista. La respuesta fácil, era decir que jodiéndola mucho y tropezando con demasiadas piedras.

Estar tan cerca de él durante todas estas semanas no hacía más que rebobinarme en la cabeza el pasado que habíamos compartido, comparando cada gesto o palabra que decía o se callaba. Había pasado ya un tiempo, pero no el suficiente como para que ambos nos viésemos tan distintos, tan miserables. Acerqué mi mano a su mejilla para acariciar la nueva cicatriz que adornaba su cara y él no se apartó frente a mis manos heladas. No quedaba mucho de esas dos personas que se habían mirado con puro deseo tan solo un par de años atrás.

Y pese a todo, había vuelto a salvarle la vida frente a Ron. Había rogado y negociado para incluirlo en el acuerdo seguro. Podía escuchar en el interior de mi cabeza a Kudo gritándome por actuar como una estúpida, pero Shinichi no estaba ahí, él no podía salvarme esta vez y no podía devolverme a la tierra cuando mi mente se volvía oscura.

Apenas me di cuenta de que me había inclinado para besarle, fue el tacto frío de sus labios lo que me hizo chocar con esa realidad. Gin agarró mi mejilla para que no pudiese alejarme y abrió la boca para devolverme el beso, y la típica urgencia que siempre transmitía, me hizo sonreír por un segundo. Su pelo largo me hacía cosquillas en el cuello y mis manos se acercaron a su jersey con más rapidez de la que esperaba. Gin me frenó en ese momento y mi boca se sintió fría cuando se separó lentamente de mí. Me mordí el labio un poco avergonzada y me maldije por no pensar las cosas y ser realmente tan estúpida.

—Deberías tratar de dormir algo, es tarde —comentó levantándose del sofá para volver a su habitación, como si no hubiese pasado nada.

Yo asentí sin mirarle a la cara y me quedé sentada en el sofá, con su olor todavía perceptible a mi alrededor. Me agarré la cabeza resoplando mientras me enfadaba conmigo misma y me recosté en el sofá cerrando los ojos con fuerza para obligarme a dormirme, pero fue inútil. Me quedé mirando el techo hasta que amaneció, pensando en como iba a mirarle o que iba a decirle al día siguiente.

Pero los siguientes dos días no cruzamos palabras, Gin me evitó descaradamente y yo me limité a continuar con mi trabajo a la vez que mi mal humor se concentraba. Las dos noches intenté armarme de valor para frenarlo y hablar con él, pero a último momento siempre me hacía pequeña y él volvía a encerrarse en su habitación.

Y al tercer día, me desperté algo más cabreada y con un resfriado que solo logró aumentar mi malestar. No vi a Gin por ningún rincón del apartamento y me cargué la taza de café antes de abrir mi ordenador y sentarme a trabajar, como siempre. Era demasiado pronto, pero con lo poco que lograba dormir últimamente, lo único que podía hacer para aprovechar el tiempo, era ponerme a trabajar. Mantuve la caja de pañuelos cerca para controlar cada vez que estornudaba y apreté el puente de mi nariz varias veces para tratar de concentrarme y aliviar la congestión. No entendía porque me enfermaba siempre en los cambios de estación, era algo realmente molesto que difícilmente podía evitar.

Las horas empezaron a pasar y el trabajo no avanzaba como de costumbre, tenía los ojos irritados y me dolía la garganta hasta con el simple echo de intentar tragar. Me levanté para buscar algún tipo de analgésico por el apartamento y preparé un vaso de agua después de tomar la pastilla. Miré el reloj por primera vez y luego volví a posar la mirada en el piso vacío. Suspiré y volví frente a mi ordenador, cruzando los brazos para intentar calmar el dolor de cabeza antes de continuar. Tenía documentos que entregar como para rendirme por un resfriado.

Cuando llegó Gin el sol ya estaba anaranjando. Encendió las luces al ver el apartamento a oscuras y se la encontró en la mesa del salón, dormida sobre los brazos cruzados frente al ordenador. Se acercó a ella recogiendo sus cosas con cuidado y apartó el ordenador antes de apoyar una mano en su hombro para despertarla.

—Estás hirviendo —comentó con el ceño fruncido.

Le apartó el flequillo de la frente para comprobar mejor su temperatura y la cargó para estirarla sobre la cama y poner un paño húmedo en su frente.

—Eres una irresponsable —comentó molesto, aun sabiendo que ella no lo escuchaba.

Tenía las mejillas rosadas y el pelo de su nuca mojados por el sudor de la fiebre. Gin resopló y dejó un vaso de agua en la mesita antes de sentarse en el salón a fumarse un cigarro. La comida que había traído seguía en la bolsa y él se acercó para sacar la botella de vino del interior y buscar un sacacorchos para servirse una buena copa. Últimamente solo le recorría la rabia por el cuerpo, luchando para alimentar el poco orgullo que podía mantener a flote. Se acabó bebiendo toda la botella sin tocar los recipientes de comida y se quedó mirando el culo de vino que quedaba en su copa.

El timbre del apartamento llamó su atención un rato después y él se levantó dejando la copa sobre la mesa para abrir la puerta con su mano izquierda apoyada en su beretta.

—Buenas noches, cariño —saludó Vermouth, sonriendo con la mejor de sus sonrisas—. ¿Me dejas pasar? —preguntó entrando igualmente al interior antes de que él le diese permiso.

—¿Qué haces aquí? —preguntó Gin, molesto por su simple presencia.

—Comprobando —contestó sin más, observando meticulosamente el salón antes de pararse a mirarle con los brazos cruzados —. ¿Dónde está? —preguntó entre dientes —Ron me ha dicho que no ha recibido el trabajo de hoy.

Gin se apoyó en la mesa para mantener cierta distancia con ella y observó su prepotencia antes de responderle.

—En el cuarto. Está enferma —contestó sin más.

Vermouth rodó los ojos y se cercó a la puerta ignorando el gruñido molesto de Gin. La habitación estaba algo oscura, pero podía verse la figura de la pelirroja con la poca luz de la noche. La rubia entró y se sentó a los pies de la cama haciendo que Gin entrase a la habitación con cara de pocos amigos.

—Deberías salir de la habitación —dijo Gin con un tono de pocos amigos.

Ella rió brevemente y se levantó con lentitud, dándole un último vistazo antes de disponerse a salir del cuarto. Se pavoneó por el salón y jugó un par de segundos con la botella de vino vacía que había dejado Gin sobre la mesa antes de sentarse en el reposabrazos del sillón. Con esa estúpida sonrisa todavía marcada en su cara y pocas intenciones de marcharse.

—No te enfades, solo tenía que comprobarlo. Ya sabes que tu palabra ahora causa cierta duda —comentó jugando con los rizos de su pelo.

—Supongo que ahora ya puedes marcharte —dijo él, invitándola a salir de la mejor manera que sus dientes apretados le dejaron.

—Pero si acabo de llegar Gin, ¿Por qué no nos tomamos un trago primero? —preguntó ella después de reír, acercándose a una de las vitrinas para agarrar una botella de licor y servirse un pequeño trago antes de entregarle otro a él.

Gin aceptó el trago esperando que, seguir un rato su juego, hiciese que se marchase con más rapidez. Pero Vermouth, había aparecido con ganas de clavar las uñas, y él, ya conocía de antemano la sonrisa que le mostraba y el juego de sus pestañas.

—Todavía no había encontrado la ocasión de disculparme por dispararte, ya sabes, cosas del trabajo —dijo acercándose poco a poco a Gin para apoyar una mano sobre su pecho —. Me alegra verte recuperado.

Su disculpa era igual de falsa que su sonrisa, pero a Gin no le interesaba retorcerse en más problemas en su situación. Agarró su mano para apartarla y ella cruzó los brazos tras su cuello como si no acabase de rechazarla.

—¿No te da morbo? La traidora durmiendo en la habitación de al lado, y nosotros aquí...tan cerca—comentó separando una de las manos para acaparar el dobladillo de su jersey y pasar por debajo para acariciar su torso, subiendo la mano hasta la cicatriz que ella misma le había hecho, apretando sus dedos para escucharlo gemir de dolor —. ¿Qué te parece una reconciliación como las de antes? —preguntó enredando una pierna en su cadera para clavar el filo de su tacón tras sus piernas.

—Solo era un pasatiempo, nunca llegaste a interesarme, Vermouth, ¿es que todavía no te has rendido? —preguntó él intentando humillarla, provocando que su enfado la hiciese actuar todavía más descaradamente.

Se apartó de su torso para bajar lentamente, parando las manos en la hebilla del cinturón, poniendo la mirada más lasciva que había aprendido a mostrar.

—Yo te puedo dar lo que ella ya no quiere darte —dijo agarrando el cuero de su cinturón.

Ella esperaba que Gin cediese como había pasado tiempo atrás, aunque en el fondo la utilizase para pensar en otra mujer. Sin embargo, Gin agarró su muñeca, retorciéndosela con fuerza antes de apartarla a un lado con desprecio.

—¿Es que no me has entendido? Lárgate —dijo con un tono tajante que logró frenar sus movimientos, dejándola extrañamente parada, con la sorpresa en la cara—. Eres patética, aquí, de rodillas al suelo ¿no te ves? —dijo consiguiendo que su puta sonrisa desapareciese para chocar de cara con la peor de sus humillaciones.

Vermouth no volvió a cruzar palabra, se levantó como si no hubiese perdido parte de su dignidad y se marchó intentando recomponerse por el camino. Gin era consciente de que ese incómodo encuentro podría salirle bastante caro en un futuro, pero no la soportaba, no soportaba esa manera que tenía de jugar con él, ni todas esas facetas tan falsas como ella y que mostraba a su antojo por mero interés.

Me desperté sintiendo que el cuerpo me hervía y una repentina tos hizo que la garganta me raspara obligándome a intentar reincorporarme. Me apoyé una mano sobre mi pecho para calmar la tos y sentí mi cuerpo caliente y el corazón acelerado. Intenté tocar mi cabeza para calmar el dolor, pero una mano se interpuso en medio para tocar mi frente.

—Todavía tienes fiebre —comentó Gin antes de ofrecerme un par de pastillas y un vaso de agua.

Yo me tragué los medicamentos sin protestar y me bebí casi todo el contenido del vaso de agua.

—¿Qué hora es? Dejé el trabajo a medias —dije reincorporándome preocupada por el informe del ordenador.

—¿Acaso crees que puedes trabajar así? —preguntó frunciendo el ceño —. No me metas en más problemas y descansa para recuperarte.

—Vaya, eso me ha sonado hasta dulce viniendo de ti—contesté con una pequeña sonrisa y la voz algo ronca y somnolienta.

—Duerme un poco —repitió—. La fiebre te hace delirar —contestó dejando un plato de sopa caliente al lado antes de volver al salón.

Me rasqué los ojos e intenté peinar mi pelo con los dedos antes de empezar con la sopa. No estaba segura de que Gin hubiese encontrado tiempo para hacerla él mismo, aún así agradecía que se hubiese encargado de traer algo para calmar mi garganta. El resfriado me había quitado gran parte del gusto, pero aún así mi cuerpo agradecía el líquido caliente. Dejé el plato vacío en la mesita y miré por la ventana para percatarme de que volvía a ser de día. Mi cuerpo no se sentía descansado, pero no parecía haber dormido tampoco poco. Me dejé caer de nuevo en la cama debatiendo en si debía o no debía seguir durmiendo, y por primera vez, me di cuenta de que estaba en su cama. Mis ojos se abrieron con una tonta sorpresa y me tapé con la sábana hasta la nariz antes de cerrar los ojos. Apenas tenía que esforzarme para encontrar su olor entre las sábanas, y eso me hizo recordar el último beso que habíamos compartido, no mucho más de un par de días atrás. Todavía escuchaba la voz enfadada de Shinichi en mi cabeza, pero aún así, recordaba ese momento más de lo que me gustaría.

El ataque de tos me apartó de mis pensamientos y me quedé hecha un ovillo mientras mis ojos volvían a cerrarse sin esfuerzo. Me pasé el día entrando y saliendo del sueño, pero dormir en una buena cama y tomar los medicamentos adecuados, lograron reducirme el resfriado y la fiebre al tercer día.

Bostecé antes de rascarme los ojos, sentía los músculos entumecimiento de no moverme y me moría por darme una ducha para quitar todo rastro de sudor que había dejado la fiebre, así que no dudé en levantarme cuando sentí que mi cuerpo ya no se sentía tan pesado. El apartamento se sentía silencioso así que no me preocupé en cambiarme antes de salir de la habitación para dirigirme a la puerta del baño, la sorpresa, fue tener que frenar de repente al topar de frente con Gin, que casualmente salía de darse una ducha. Me miró de arriba abajo, parando unos segundos en mis piernas blanquecinas y yo me ruboricé al percatarme de que yo apenas llevaba una camiseta ancha y estiré hacia abajo el dobladillo de mi camisa esperando que no llegase a verme también la lencería.

—¿Estás mejor? —preguntó acercando la toalla a su pelo mojado a la vez que se divertía con mi sonrojo.

Yo asentí con la mirada baja y él se apartó para que yo pudiese pasar y cerrar la puerta. Apoyé la espalda en la puerta y me mordí el labio llena de vergüenza antes de desnudarme y abrir el grifo. Me quedé unos minutos bajo el agua, estaba segura de que el agua tan fría no era lo idóneo para salir del resfriado, pero aun así ayudó a despertar mis músculos.

Cuando salí, Gin estaba sentado en el sofá con un cigarrillo posado en los labios, últimamente, lo veía siempre así, con la apariencia tranquila, pero la mente llena de ruido. Me senté a su lado y él me acercó una de las dos tazas de café que había sobre la mesa. Me había puesto un vestido de punto de color ocre, pero todavía sentía su mirada sobre mí como cuando me había estudiado frente al baño y eso me hizo volver la mirada al café para no enfrentar sus profundos ojos, esperando que no notase mi torpeza al agarrar la taza. El café era fuerte, amargo y sabía de maravilla, apenas pude reprimir el suspiro de satisfacción al tomar el primer sorbo.

—Siempre has tenido buen café en casa —comenté oliendo el agradable olor que desprendía la taza.

—Supongo que compensa la comida preparada que traigo la mayoría de noches.

Sonreí reconociendo lo poco que se cocinaba en esa casa. En el pasado, habíamos compartido varias horas en la cocina mientras discutíamos en que debíamos hacer para cenar, pero ahora, el trabajo y la organización ocupaba demasiado espacio como para preocuparnos en esas cosas tan simples y básicas. Volví a beber de mi taza y le miré tímidamente mientras la dejaba sobre la mesa.

—Quería hablar contigo —dije algo cortada.

—¿Hablar? —preguntó alzando una ceja antes de beber de su taza.

—Sobre lo del otro día...creo que no te debí besar—respondí intentando enmendar mi error a la vez que me mordía el labio.

Él alargó el nerviosismo entre mi pecho mientras me miraba fijamente durante unos largos segundos, decidiendo finalmente dejar la taza al lado de la mía para agarrar mi barbilla y acariciar mi labio, justo como lo había hecho semanas atrás. Pero esta vez, sin opresión ni agresividad, sin daño... provocando hasta cosquillas bajo su tacto.

—Tienes razón...No me debiste besar —contestó negando ligeramente con la cabeza a la vez que se acercaba lentamente a mí.

Notaba el olor de su champú mezclándose con el mío y su aliento rozar mi boca. Estaba tan cerca que mis ojos se entrecerraron y los músculos de mi boca se entreabrieron como si recordasen ese movimiento, como si se moviesen por rutina. Y él sonrió frente a mi reacción antes de cortar el poco espacio que quedaba entre ambos.

Sus labios se sentían mucho más cálidos esta vez, la urgencia seguía estando ahí, como si fuese su firma, pero parecía que pasaba su lengua con delicadeza, como si por una vez también quisiera disfrutarlo. Yo le devolví el beso a la vez que cerraba los ojos, intentando obviar la situación en la que me encontraba, medio embriagada por el sabor que dejaba en mi lengua. Una parte de mí se alarmó rápidamente y me ordenó alejarme tajantemente, pero mis ojos no se abrían y mis manos se abrazaron a su cuello sin escuchar mis propias órdenes.

Sus dientes rozaron los míos cuando el beso se volvió más impaciente, su mano derecha me mantenía cerca de él mientras me agarraba por la nuca y su mano izquierda me acarició la clavícula y el hombro antes de separar su boca de mis labios para morder la piel de mi cuello.

—Dime que pare, Sherry —lo escuché decir con la voz algo más ronca.

Sus palabras hicieron cosquillas a mi cuello y mi cabeza se inclinó hacia atrás ofreciéndole inconscientemente más espacio. No podía ver su cabeza enterrada en mi cuello, pero lo noté sonreír contra mi piel antes de bajar su boca por la clavícula, desabotonando los botones que mantenían el vestido cerrado sobre mi pecho. Su mano izquierda acarició la curva del sujetador y yo me mordí el labio intentando pensar con claridad, pero sus manos eran más rápidas que mis pensamientos.

Abrí la boca para hablar, pero la volví a cerrar rápidamente cuando noté sus dedos acariciar mis costillas y mi espalda se curvó como si se quisiera acercar a él, era un reflejo de sus caricias, y yo no podía reaccionar. Besó la piel sobre mi estómago y empezó hacer camino hacia abajo, muy lentamente. Mi vestido había desaparecido y no me había dado cuenta en el momento en el que él se había desprendido de su camisa.

—Dime que pare, y lo haré—volvió a decir parando en la curva de mi cintura, aumentando mis nervios y latidos al sentir que su boca estaba demasiado cerca de la lencería de mis caderas.

Abrí la boca de nuevo intentando encontrar las palabras, pero estaban todas atascadas en algún punto de mi garganta. Mi mente estaba en blanco, y notar como sus dedos se apretaban sobre mi cintura, solo consiguieron hacerme emitir un gemido vergonzoso.

La rabia, el rencor, el reproche, la traición...todas las emociones que sentíamos se fusionaron mientras nuestros cuerpos se peleaban en busca de algún tipo de liberación, algo que hiciese desaparecer todo eso, aunque fuese solo por un breve instante. Sentía nuestra ira mezclada entre nuestras lenguas, e incluso percibía la tristeza y oscuridad que habíamos vivido. Me acarició la espalda y volvió a mi boca antes de bajar a mi pecho y volver a sonreír.

—¿De qué te ríes? —pregunté antes de morderme el labio para no avergonzarme con cualquier ruido que pudiese salir por mi boca. Su sonrisa se ensanchó justo antes de volver a besar mi piel y ajuntar nuestras caderas para que gimiera entre dientes.

—Por un momento, trataba de imaginar en la cara que pondría tú amigo el detective si te viese así, entre mis brazos —dijo subiendo lentamente hasta mi rostro.

—Cállate, idiota—contesté acercando mis labios a los suyos para que dejase de hablar a la vez que clavaba mis uñas en su espalda, segura de haber dejado unas bonitas pinceladas.

—Tranquila, cariño. Esa es una imagen hecha solo para mis ojos—contestó cuando nos separamos para recuperar el aire.

Enterré la cabeza en su cuello escondiendo mi pudor y me quedé pensando por un par de segundos en que esa respuesta podía sonar dulce y cariñosa para la mayoría, pero no estaba segura de que tuviese el mismo significado viniendo de los labios de Gin.

—Deja de llamarme cariño.

Esta cercanía solo logró añadir más preguntas. ¿Hasta qué medida podían haber cambiado las cosas entre nosotros? Y a la vez... ¿cuántas cosas no habían cambiado nada en absoluto?

El olor a tabaco me hizo parpadear tiempo después, percatándome de que me había quedado dormida. Parpadeé un par de veces más sintiendo calor bajo mi cuerpo y me sonrojé al notar mi pecho desnudo apoyado contra el suyo. Tuve la inercia de taparme con la pequeña manta de sofá que nos cubría y agarré lo primero que vi para cubrir mi cuerpo antes de empezar a maldecirme interiormente. Él sonrió al notar mi nerviosismo y me agarró de la cintura antes de que pudiese separarme de él.

—¿A dónde vas con tanta prisa?

Intenté coordinar mis manos sobre los botones para abotonar la camisa mientras evitaba mirarle y me cabreé conmigo misma por haber caído de nuevo en sus manos con esa facilidad.

—Esto ha sido un error —dije sin saber bien que señalar, de una manera muy directa y segura, en voz alta, para intentar creérmelo yo también.

—¿Te refieres a acostarnos? No lo creo —contestó él sin apagar su estúpida sonrisa, acabando su cigarro antes de aplastar la colilla en el cenicero —. Esto... —dijo repitiendo el mismo gesto que yo había hecho—...se llama atracción.

—Deja de decir gilipolleces, Gin —le corté riendo brevemente, levantándome del sofá a la vez que cruzaba los brazos—. Yo no te atraigo, al menos no de una manera romántica. Solo tienes interés en tenerme solo para ti, eres la persona más posesiva que conozco.

—¿De verdad crees que me jugué el cuello por ti de esa manera por el simple echo de que me apetecía jugar un rato a intentar matarte? —preguntó molesto por mi respuesta.

—Claro que lo creo —volví a cortarle rodando los ojos —. Estamos hablando de ti, Gin. Y que yo sepa, siempre has sido alguien frío y retorcido.

—Si piensas toda esa mierda, ¿por qué no me has apartado cuando te he besado yo esta vez? ¿Por qué te acuestas conmigo? —preguntó levantándose para acercarse de nuevo a mí—. ¿Por qué no te has deshecho de mí cuando has tenido la oportunidad? Porqué podrías haberte ido con Vermouth y dejar tu mente tranquila de una vez por todas mientras mis sesos se derramaban por aquella habitación. Hubiese sido un problema menos para ti y para tus amigos de Beika si le hubieses dejado apretar el gatillo.

Sentí que se me encogía el estómago y me hacía pequeña teniendo a Gin tan cerca con esa mirada penetrante. No sabía que responderle porque yo tampoco tenía la respuesta de ello y me volví a morder el labio recordando lo estúpida que era y lo poco que razonaba las cosas últimamente.

—¡Cállate! —le grité sin querer escuchar ni una palabra más—. Yo tampoco sé porqué lo hice, Gin. Supongo que yo no soy como tú y no tengo la necesidad de matar a todo lo que haya a mi alrededor, o puede que simplemente sea una gilipollas y una niñata como tú dices. Todavía no lo sé —contesté sabiendo que mi negación no iba a cambiar ningún hecho.

No estaba preparada para aceptar ni asumir nada y Gin fue capaz de ver la confusión en mi rostro. Era como estar dando vueltas, girando en una línea que se suponía que era recta. Me entraron ganas de llorar, pero respiré hondo a la vez que bajaba la mirada para reprimir las ganas. No entendía del todo porqué sentía impotencia, quería que la rabia que sentía por él floreciera en este momento, pero solo podía sentir el estúpido cosquilleo que habían dejado sus dedos sobre mi piel y la culpabilidad de sentir que había recaído en una abstinencia que no conocía.