2. Bienvenido, Andrés
Sara entró veloz por la puerta de su casa, aun sin creer lo atrasada que estaba. El desgaste emocional de las últimas veinticuatro horas la hizo olvidar por completo el evento que ella misma había planeado para darle la bienvenida oficial a Andrés.
El mayor de sus hijos se había ido de intercambio por un año completo, y si bien había vuelto hace dos semanas ya, la feria ecuestre anual de San Marcos había mantenido ocupados a todos los Reyes-Elizondo, tanto así que no habían tenido la posibilidad de reunirse todos al mismo tiempo.
Para estas alturas sabía que Andrés ya había compartido su experiencia con la mayoría de los integrantes de su familia, pero aún así sentía la obligación maternal de celebrar lo bien que le había ido a Andrés en ese viaje por el cual se esmeró tanto.
—¿Ma?
Sara dio un respingo al escuchar la voz de Andrés.
El chico salía de su habitación ya arreglado, claramente listo para recibir a los invitados; y aunque al principio portaba una expresión confundida, Sarita supo de inmediato cuando Andrés unió los puntos en su cabeza por la sonrisa de medio lado que le dio.
La había visto salir la tarde anterior vestida con la misma ropa que traía en ese momento, y para alguien de su edad no era difícil saber que Sara Elizondo no había dormido en casa; y, que para peor, venía llegando recién pasadas las doce del día.
—No le digas a tu hermana.
Sara tuvo la esperanza de oírse autoritaria, pero incluso para sus propios oídos la frase sonó suplicante.
Andrés no dijo nada. Solo le sonrió divertido y, apoyándose en el umbral, vio como su mamá desaparecía por la puerta de su habitación de manera apresurada.
Como siempre ocurría cuando se juntaba toda la familia, el bullicio en la mesa era grande. Todos hablaban al mismo tiempo, varias conversaciones ocurriendo en simultáneo mientras la comida seguía su curso.
—No quiero ver lo que estás mascando, Erick —reprochó Gaby a la vez que le tiraba un trocito de pan que le cayó justo en el pecho.
Norma, al escuchar a Gaby, solo le dio una mirada de reproche a su hijo, mirada que Erick sabía no podía ignorar, el trozo de pan que planeaba tirarle de vuelta a Gaby quedando inerte en su mano.
La chica le sacó la lengua como burla, y sin más siguió con su comida, con una sonrisa de burla y satisfacción en el rostro.
—¡Propongo un brindis por el músico de la familia! —exclamó Oscar mientras se ponía de pie.
El silencio se hizo en la mesa, cada uno de los presentes agarró su copa o vaso según fuera el caso, y esperaron a que Oscar continuara.
—Sobrino, creo que puedo hablar por todos los que estamos acá. No sabes lo orgulloso que estamos de ti, la beca parecía imposible de conseguir y lo lograste. A este paso serás el mejor y más reconocido músico de la región…
—¡Del mundo! —interrumpieron los mellizos al unísono, generando una oleada de síes entre los presentes.
—… ¡por supuesto que del mundo! —continuó Oscar—. Así que échale pa delante, canijo, que te queremos ver triunfar. ¡Salud!
—¡Salud! —gritaron todos.
Sarita abrazó a Andrés de lado, orgullosísima de su hijo, y el chico solo se dejó querer, agradecido por el cariño de su familia y, sobre todo, por el apoyo de su mamá, quien nunca lo juzgó por querer seguir el camino de la música como sí le pasó a varios de sus compañeros de clase.
—Franco estaría muy orgulloso de ti, sobrino.
Andrés se puso tenso de inmediato, a lo que Sara le dio un apretado beso en la mejilla antes de soltar el abrazo en el cual lo tenía envuelto para sobarle la espalda con cariño, sabiendo lo que provocaba el que hablaran de Franco en Andrés.
—Puede ser. Pero no está aquí, ¿o sí? Así que te agradecería que no mencionemos más ese nombre por hoy, ¿queda claro? —esta vez la que habló fue Sara, y lo hizo con un tono de voz autoritario dejando en claro que lo contrario no era opción.
Jimena le dio un codazo a Oscar y rápidamente le quitó la copa que tenía en la mano, el mensaje claro para el resto de los presentes, quienes rieron al escuchar las quejas del hombre.
—Yo creo lo mismo, tío —le susurró Gaby cuando la atención que recibía su tío se disipó—. Papá estaría orgulloso de Andrés.
—Y de ti también, Gabs. —le respondió Oscar, también en un susurro, a la vez que le guiñaba el ojo.
Doña Gabriela aprovechó el momento para llamar la atención de la mayor de sus hijas.
—Sarita, ¿cuándo te darás una vuelta por el club?
Sara rodó los ojos sabiendo lo que se venía.
Conocía de sobra las tácticas de su mamá, y ya se había vuelto repetitivo el tema. Llevaba más de un año intentado que Sarita "rehiciera su vida", presentándole al menos la mitad de los solteros del club ecuestre. Y claro, Sarita había aceptado una que otra salida para darle en el gusto, pero ninguno de los hombres con los que se había visto le había llamado la atención.
Sin querer, Albin se le vino a la mente.
Fingiendo prestar atención a lo que le decía su mamá, recordó la noche anterior.
Luego de desahogar sus penas de amor con el español, Albin le había contado sobre su última ruptura y poco a poco Sarita agarró confianza. Lo que empezó siendo algo así como un monólogo, terminó en una conversación muy bizarra sobre sus exes que se extendió hasta el amanecer.
Y cuando la habitación había empezado a ser iluminada por la luz del día, Albin le propuso quedarse a dormir aunque sea por un par de horas, preocupado de que no condujera cansada como estaba. Incluso se ofreció a dormir en el cuarto contiguo para no incomodarla. A eso, Sara le respondió entre risas.
—No seas ridículo, esta es tu cama. Además, ya nos vimos todo, ¿qué es compartir la misma cama por unas horas?
Horas más tarde, descansada y con el estómago lleno luego de que Albin le hiciera el desayuno, Sarita se iba a casa con el número de él entre sus contactos. No estaba segura de si llegaría a hablarle, el solo hecho de pensar en la noche anterior la hacía sonrojarse de la vergüenza, y pensar en verle la cara de nuevo a quien había sido su pañuelo de lágrimas ni diez minutos después de habérselo cogido le daban ganas de encerrarse en casa y nunca más salir.
Aún así, se sorprendió revisando el teléfono.
Tenía un solo mensaje, y era del español.
_
Albin Duarte
"¿Almorzamos la semana que viene?"
‾‾‾‾‾‾‾‾‾‾‾‾‾‾‾
El corazón se le aceleró de pura ansiedad. ¿Será que Albin no solo había sido amable ante una mujer rota?
Había una sola manera de averiguarlo.
Tecleó un simple "Claro" acompañado de una carita sonriente, y a continuación volvió a bloquear el móvil para dejarlo sobre la mesa con rapidez. Se sintió juvenil con su reacción, pero no podía evitar esa mezcla de ansiedad y vergüenza que le provocaba el pensar en el español.
Su teléfono vibró con un nuevo mensaje.
_
Albin Duarte
"¿El martes en el club? Aún no estreno la membresía."
‾‾‾‾‾‾‾‾‾‾‾‾‾‾‾
_
Sara Elizondo
"Me parece bien"
"Te encantará la comida de ahí. Chef con estrella michelín"
‾‾‾‾‾‾‾‾‾‾‾‾‾‾‾
El español respondió de inmediato con una serie de emojis de caritas sorprendidas, lo que provocó una sonrisa en Sarita.
—¿Me estás escuchando, Sara?
La castaña miró a su mamá sin decir nada, su mente aún en la conversación con Albin.
—Tía Sara, el teléfono no se usa en la mesa. —Erick estiró la mano como pidiendo el aparato, tal como ella misma muchas veces le hizo a él y al resto de los Reyes-Elizondo más jóvenes.
Gaby rio por lo bajo, y hasta Andrés portaba una sonrisa divertida.
Sarita solo rodó los ojos y guardó el teléfono en su bolsillo trasero.
—Bueno, supongo que no escuchaste nada.
—No, mamá. Lo siento. ¿Me repites?
Gabriela la miró con cara de pocos amigos.
—La abuela te decía que hay un nuevo miembro en el club, ¿un extranjero, creo? —Gaby miró a su abuela pidiéndole confirmación, a lo cual Gabriela solo asintió—. Suena interesante, ¿no crees, mamá?
—Ay Gaby, no empieces tú también.
—Pero mamá, ¿no te suena bien salir con un español? Imagínate que te susurren al oído con ese acento.
Andrés rio nervioso, algo más pálido que hace dos segundos. A diferencia de Sara, a quien se le tiñeron las mejillas de un leve rojo.
—¿Que quieres un novio español, dices?
—Que va, tía —, interrumpió León—. Que a Gaby le gustan los hombres locales. ¿O Nino no es de por acá? —Gaby se sonrojó ante la mención de su compañero de clase.
—¿Nino? —Sara la miró divertida, aprovechando el cambio de roles en la conversación—. ¿Cuándo lo traes a cenar para conocer a mi futuro yerno?
La pregunta hizo sonrojar más a Gaby de lo que estaba antes. Le tiró la servilleta al bocota de su primo y avergonzada escuchó como el resto reía con su reacción.
La conversación en la mesa cambió de rumbo y Sarita sintió que había esquivado una bala. No tenía dudas de que el español del que habló su mamá era Albin, y no tenía ganas de ahondar en aquello, porque ¿cómo le explicaría que ya lo había conocidoíntimamente?
No había manera.
Además, ni siquiera estaba segura de si Albin quería volver a verla con esa intención. ¿No había mencionado él algo sobre amistad? Y hasta donde ella sabía, los amigos no eran para tener sexualidad.
De todas formas, debía admitir que no estaría mal volver a verlo con esa intención. Dejando de lado el ataque de pánico, Sarita se lo había pasado bien en su compañía: Albin era un gran conversador, bastante centrado y maduro a pesar de ser al menos quince años más joven que ella, y parecía tener buenos consejos bajo la manga. Y qué decir de su habilidad en la pista de baile; Sarita hace mucho tiempo no bailaba con alguien que no le pisara los pies.
Pero lo más importante, hace mucho tiempo no se sentía cómoda en la compañía de un hombre. Y con Albin lo había logrado sin siquiera intentarlo.
No podía evitar sentir curiosidad por saber si la química sexual había sido real o se la había inventado en su cabeza para cubrir el recuerdo de Franco.
Lo que sí sabía, es que definitivamente no le molestaría averiguarlo.
La familia se había retirado hace muy poco, y el sol apenas se escondía en el horizonte cuando Andrés bajaba las escaleras apurado.
—¡Nos vemos mañana! —gritó justo antes del último escalón, mochila al hombro y muy perfumado.
—A ver, Andrés. Detente ahí. —el joven hizo caso, y con ojos impacientes vio como su mamá se giraba sobre la silla para mirarlo, las facturas que revisaba aún en mano—. ¿A dónde vas tan arreglado?
—Por ahí —respondió divertido.
—Ay, ya —la fachada de madre estricta se le cayó en un segundo. Se paró de la silla para acercarse a él y con curiosidad inquieta le preguntó—. ¿Me vas a contar quien te tiene tan contento?
Andrés consideró por un segundo en sacarse la pregunta de encima como siempre lo hacía cuando su mamá lo acorralaba con cosas como esas. "¿Quién te tiene sonriendo así?", "¿Para quien tan perfumado?", "¿Alguien que yo conozca?". Esas eran preguntas frecuentes en la última semana.
Al principio no supo si el hecho de que su mamá estuviera tan pendiente de él y Gaby y de las cosas que ambos hacían fuera de casa era una bendición o una maldición. Sin embargo, con el pasar de los días, se sintió agradecido de la familia que tenía, especialmente de su mamá, que a pesar de haber alcanzado fondo con el abandono de su papá, siempre había estado ahí para él.
En las buenas y en las malas.
—Pronto, ma. Te lo prometo.
Andrés le dio un beso en la coronilla antes de seguir con su camino, dejándola gratamente sorprendida en el inicio de la escalera.
