Agradecimientos: Muchísimas gracias a Caelum Whisper por su inestimable colaboración en este capítulo, vía PM, para la reescritura de las partes en las que estaba atascado. Sin tu ayuda, al mostrarme otro enfoque posible, lo más probable es que hubiera caído en un círculo vicioso de borrado-reedición-frustración-y-vuelta-a-empezar-a-escribir-desde-el-comienzo, y hubiera detestado proseguir con «Aurora».

También añado los agradecimientos a aquellos guest que me siguen y hacen reviews: July65, NewKid, Maverick, Lila y en especial a Mkol, por tomarse la molestia de vuestras breves palabras de ánimo. Y os aliento para que os inscribáis a la página de Fanfiction.

NO DOY LOS AGRADECIMIENTOS a todos los chat-bots estafadores de Discord que vuelven una locura acceder a mi cuenta.

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Este capítulo se correspondería con «Primer Encuentro». Transcurre el Martes, 18 de enero de 2005.

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CAPÍTULO 6:
No deseada – Misbegotten

Ella me observó un breve instante con una franca expresión sorprendida plasmada en su semblante para, a continuación, esbozar una media sonrisa desdeñosa y muy enigmática. El viento había remitido y su cola de caballo no se zarandeaba, como un metrónomo invertido tras su cabeza, tan hipnotizante. Luego, sin más, me lanzó una mirada llena de simulada indignación y posó su mano sobre su chaqueta, donde se hallaba su corazón y la nota que tan celosamente había resguardado en clase.

—¡Santo cielo, no se me ocurriría cometer algo tan mezquino! —exclamó... no, declamó de súbito Gail Rouse, con una voz ligeramente aquilatada y cadenciosa—. Si bien, lo que llaman «integridad» no es más que las riendas que se le imponen a las voluntades briosas que anhelan cabalgar libres hacia sus verdaderas pasiones, ¿no te parece? —soltó en un tono fastuoso y pujante, más propio de un personaje sacado de una obra de teatro victoriana que de otra cosa.

«¿Pero qué co...?», me quedé atónita, hasta que caí en la cuenta de que yo misma me había valido de una inflexión demasiado pomposa, rayana en lo excesivo, en mis anteriores palabras acusatorias.

Me estaba devolviendo la pelota y retándome al mismo tiempo.

¡Pues vale! ¡Acepto el desafío!

—Yo... —musité con cierta ronquera, dándome cuenta de lo ridículo que resultaba, pero al mismo tiempo, deseosa de ponerme a prueba a mí misma—... dudo que hayas herrado el corcel más noble de tus caballerizas, mas ¿no habrás trocado un jamelgo patizambo llamado «molicie» con el lugar que le corresponde al indómito corcel de la «voluntad»?

Gail Rouse enarcó su ceja y ensanchó la media sonrisa, para subir la apuesta a una media luna profusa de dientes. Sonreí con comedimiento, dominando en mis labios una risita que amenazaba con arruinar la puesta en escena que ambas interpretábamos.

—¡Válgame el cielo, que atacas sin dilación mi más que buena disposición! —prosiguió repentinamente con un sorprendente acento inglés que parecía procedente de más allá del Atlántico—. Cuando, en verdad, sólo me mueve el deseo de velar por vuestro bienestar —enfiló la puntera de su calzado hacia la derecha en una postura relajada a pesar de que el frío nos estaba calando en los huesos.

—No pongo en tela de juicio la sinceridad o sapiencia de su admonición, sólo la índole viciosa de su trasfondo —apostillé, conteniendo la risita en forma de un leve chiflido.

Era casi como regresar una vez más a la feria renacentista de Gold Canyon que visitaba cada año junto con mi madre y ver a todos esos actores del método metidos en faena con sus roles... No, esto era incluso mejor, incomparablemente mucho más interactivo.

Ella no se arredró, dio un paso lánguido hacia su derecha y cargó con más ahínco:

—¿Temes que si te apartas del diáfano camino de la rectitud y la integridad, en el que tan celosamente te guareces, te veas desamparada... o quizás liberada? —vacilé un segundo de más porque Gail Rouse había tocado una fibra inesperada. Tardé demasiado en elucubrar una respuesta y atacó sin miramientos con una breve sentencia—. ¿O tan sólo es «cobardía» vuestro fiel cicerone por las sendas de la vida?

Dio otro pasito más hacia su derecha.

—Mas has desenmascarado tu doble juego lleno de mordiente, tal que un escorpión se aguijonea a sí mismo —argüí logrando que ella diera un leve respingo y dejase de andar unos instantes—. Sólo aquellos de baja catadura y que tienen su brújula moral desviada y retorcida, llamarían «cobardía» a aquello que no es más que la «conciencia» de los justos y rectos.

—¡Acusaciones graves vertéis sobre mi honradez! —alzó su mano al aire con dramática parsimonia, para ganar tiempo como un actriz a la que se le hubiera esfumado todas sus líneas de la cabeza, antes de señalarme de forma acusadora—. ¿Acaso no seréis vos la que proyecta sus propias flaquezas, revelando las recónditas sombras de vuestro corazón?

No me iba a dejar amilanar tan fácilmente, con la mente bullendo como una cacerola al fuego, repliqué:

—Os aventuráis en demasía con vuestras conjeturas, Abigail Rouse —fui a las bravas, elevando un poco mi barbilla en un gesto de altivez recargada, como si estuviera realmente ofendida—. Mi alma está tan clara como un lago en calma, sin mácula que ofusque su transparencia. Vos, en cambio, navegáis en muy turbias aguas, soslayando sus compromisos.

Ella fingió estremecerse dramáticamente de ese terror inoportuno que le aquejaba, o quizás aprovechó una fortuita corriente de aire gélido que nos refociló y espoleó:

—¿Debo sufrir todas las calumnias que vuestra lengua incisiva ose arrojar contra mí, sin que medie la eventualidad de defender mi inocencia? —ladeó un poco su cabeza en una pose socarrona y absolutamente carente de candidez.

—No os juzgo ni os difamo, mas el cielo arderá en las llamas del Fin del Mundo antes de que quebrante mis... ¡Tiempo muerto! ¡Tiempo muerto! —me detuve e hice una señal en forma de "T" con las palmas de las manos extendidas, como el entrenador Clapp al solicitar un receso durante los breves partidillos de voleibol—. ¡Ay! ¡Lo siento! Si sigo hablando así, se me va a desencajar la mandíbula —añadí frotando mi mentón, que percibía ligeramente distendido.

Gail Rouse estalló en carcajadas, aunque intentó contenerse, igual que antes en clase, tapándose la boca con la mano.

«No hay manera de superarla», llegué a esa inevitable conclusión, al verla tan plácida. Supe que ella podría proseguir con aquel toma y daca, ideando frases grandilocuentes todo el día sin sudar ni una gota, ni repetirse dos veces, de igual manera que podía llegar a sostener un duelo de miradas sin parpadear con un cuadro... y ganarlo.

—¿Estabas en un grupo de teatro? —curioseó ella, todavía con el alborozo en su voz.

Negué adusta, con una convulsión rápida de mi cabeza, sin pretenderlo. Estaba un tanto contrariada porque en Phoenix habría querido participar en la obra de Romeo y Julieta, pero mi voz apenas me salía en clase, cuando me instigaba a mí misma a hablar las veces que el profesor me lo solicitaba. Mucho menos podría haber recitado ante un teatro repleto de espectadores que estuvieran pendientes de todas mis palabras. Seguramente me habría ruborizado hasta la lipotimia o el aneurisma. O quizás habría tropezado con mis propios pies y derribado la mitad del atrezzo que hubieran dispuesto en el proscenio. Si ahora había podido entonar con soltura esas frases era porque estábamos completamente a solas...

—¿Y tú?

—Más o menos, no —respondió inextricablemente Gail Rouse, mucho más esquiva que yo, pero al ver mi ceja levantada decidió aclararse—. Aprendí vuestro idioma leyendo obras de teatro y novelas del romanticismo en la biblioteca pública de Québec, ¡me llevé un chasco tremendo al comprender que no hablabais de ese modo todo el rato!

Una suave brisa agitó un mechón suelto de su cabello y ella se lo apartó a duras penas de su frente con un gesto nervioso, no tan sereno como daba su impresión. Mientras que yo me arrebujé, aún más si cabe, bajo la gruesa capucha de mi anorak.

—Así que también eres una ratona de biblioteca —musité (exasperada porque no hacía más que ver un Arca del Diluvio de metáforas en torno a la chiflada chica chippewa) sin que llegara a oírme o leerme los labios, mientras se batía en duelo con aquel céfiro.

—Aunque me gusta más la literatura francesa que la inglesa... —prosiguió tras amarrar aquel tirabuzón rebelde detrás de su oreja.

—¿Déjame adivinar, tu favorito son Los miserables de Víctor Hugo? —arrojé ese dardo a ciegas, figuradamente hablando. Nunca podría acertar con uno de verdad.

Como me respondiera que su predilecto era Justine del Marqués de Sade, daría por perdida mi torpe intentona de comprenderla y saldría huyendo como alma que persigue el diablo derechita a la oficina principal.

—No, De la Tierra a la Luna de Julio Verne —sonrió educadamente, y expectante.

Era un clásico intemporal, todo el mundo lo había leído o, al menos, decían haberlo hecho porque había visto las adaptaciones de las viejas películas. Aparentemente una elección inocua, pero que no reflejaba absolutamente nada de su carácter.

De repente el talón de mi bota de agua chocó suavemente con algo metálico que había a mi espalda, al removerme un poco en el sitio, cansada de estar tantos minutos enhiesta:

Era la pata de cabra de la única motocicleta del instituto Forks.

Me invadió súbitamente el vértigo al percibir esa incoherencia, tal que si el planeta entero hubiera virado abruptamente sobre su eje y ahora saliera el Sol por el Oeste. Miré por el rabillo del ojo que la cálida y acogedora oficina principal estaba situada a mi derecha en lugar de detrás de Gail Rouse. ¡Todo a nuestro alrededor no estaba en su sitio correcto! De algún modo que no pude explicarme, yo había emulado sus pasos mecánicamente, pivotando inconsciente un cuarto de vuelta mientras declamábamos.

«¿Cómo si fuera el movimiento de un vals?», elucidé de manera irónica, sobrepasada por aquella extraña situación.

Nunca bailaba y mucho menos lo haría desde el incidente de la bo...

—También intento ponerme al día con mi inglés leyendo algo de literatura moderna —me interrumpió Gail Rouse los turbios y confusos pensamientos que me apabullaron—. ¿No tendrás alguna sugerencia interesante a la que hincarle el diente?

Tragué un nudo de saliva al ver su media sonrisa de orgullosa carnívora.

Garras y colmillos de Jo Walton —respondí lo primero que se me vino a la cabeza y luego farfullé a la desesperada—. Lo compré hace poco, va de dragones.

Era un vulgar reduccionismo, casi como afirmar que Cumbres Borrascosas era una guía inmobiliaria del norte de Inglaterra. Pero supuso un esfuerzo titánico que pudiera decir esas simples palabras, porque acababa de pisparme de sus verdaderas intenciones. Un parpadeo de sus pestañas y sus ojos azul-imposible-del-cielo-de-Phoenix contemplaban fugazmente a mi izquierda, otro pestañeo y danzaron a la derecha, antes de revoltear de regreso al frente con un último titilo de sus párpados.

En menos tiempo que se da un suspiro Gail Rouse se había cerciorado que ya no había nadie más en el aparcamiento que nosotras dos.

Estábamos a solas.

Sin testigos.

Nadie.

La magnitud de esa afirmación casi hizo que me tambaleara y aplastara la motocicleta. ¡Todo había sido una taimada argucia para ganar tiempo!

Debía de haber confiado mejor en mi primer instinto al suponer que era una emboscada.

—Pero, ¿va de dragones en plan J. R. R. Tolkien o George R. R. Martin? —persistió ella en su ambivalente trapaleo con más expectación si cabe.

—No sabría decirte la diferencia, creo que me he perdido entre tantas «erres» —bromeé con una risa histérica y ese chiste tonto para salir del paso, mientras el viento arreciaba más fuerte en nuestro derredor. Un espasmo de dolor cruzó como un rayo por su rostro y vi una posible salida. Barboteé una parrafada en un instante—. ¿Tylenol? Digo, ¿has tomado un algún analgésico para la regla? A mí me funciona bastante bien el Tylenol. No es que le esté haciendo publicidad encubierta, ni nada por el estilo. —negó con la cabeza, antes de que se me ocurriera tararear algún jingle televisivo de la marca que recordara—. Quizás tengan en la enfermería o ahí mismo —señalé con el pulgar, como si hiciera autostop, la puerta de la oficina principal. Dónde seguro que estaba la pelirroja entrometida de esta mañana, junto a la dulce calefacción y su mini-jungla de escritorio.

—Gracias, pero no lo necesito —interrumpió Gail Rouse mi perorata sin sentido, antes que de pudiera insistir en buscar resguardo de las inclemencias—. Estoy mucho mejor.

«¡Y yo me chupo el dedo!»

Desvió su mirada de mi rostro y se centró un poco más abajo, a la altura de la clavícula o tal vez en algún punto tras las sombras bajo mi capucha.

—¡No te muevas, Bella! —prorrumpió en un susurro, arrugando el entrecejo y abriendo los ojos, como asustada por algo que acababa de ver. Me quedé petrificada, aun más que antes—. Creo que tienes un escarabajo pegado en el pelo.

Aunque una parte de mi cerebro me decía que era evidentemente un embuste, la parte que no perdía de vista su mano acercándoseme a mi cuello, mi exaltada imaginación me estaba jugando una mala pasada y casi sentía corretear al insecto por mi nuca, de lo convincente que era su farsa, con sus minúsculas patitas puntiagudas y reptantes.

Entrecerré los ojos cuando sus dedos comenzaron a trepidar por la solapa del abrigo y el recuerdo del estruendo de una cascada de agua, después de que Eloise Hammond tirara de la cadena del retrete, ensordeció el silbido cortante del álgido viento en mis oídos.

Sólo tuve una opción cuando percibí el incongruente aroma de la creosota demasiado cerca, antes de que me pescara por el cogote y me tuviera a su completa merced:

Me comporté como una cría de ocho años a la que le hubiera dado un ataque de histeria.

—¡Quítamelo! ¡Quita! ¡Rápido, quítamelo! —Manoteé rápidamente, apartándome de su lado y despojándome de la capucha, al mismo tiempo que casi le propinaba un guantazo con mi baile de San Vito—. ¡Quítamelo, por favor! ¡Quita! ¡Quita! ¡Quita! ¡Rápido!

—Cálmate, cálmate, Bella, cálmate —me solicitó Gail Rouse con un suave y grave arrullo tranquilizador, como el que se le haría un bebé que estuviera llorando sin parar; mostrándome que sostenía algo de color negro entre las puntas de los dedos índice y pulgar, del tamaño de una goma de borrar—. Ya te lo he quitado, ¿ves?

Era un inmóvil escarabajo que me parecía tan enorme como un tren de mercancías.

«¡Entonces, ¿era de verdad?!» apenas pude hilvanar ese pensamiento. Ella se apartó de mí junto con aquel insecto, un paso hacia atrás, mientras que yo mantenía la mirada fija y alerta, medio esperando a que agitara sus élitros y saliera volando con el viento... El escarabajo, no Gail Rouse, por supuesto.

—Ya no estás en un mundo civilizado, Bella —pronunció mi nombre con un deje de recelo, mientras bajaba lentamente la mano, apartándola de mi vista— Aquí es normal que la fauna autóctona sea más imprudente, al fin y al cabo, todavía es su territorio.

Mi intuición quisquillosa me susurraba que no se estaba refiriendo a molestos insectos, pequeños mamíferos peludos o siquiera a un puma hambriento que rebuscara entre la basura... Pero, ¿de qué si no?

Antes de que pudiera replicarle, el resplandor cegador de los faros de un coche, que se había internado en el aparcamiento, barrió la pequeña esquina en la que nos hallábamos. Solté en un suspiro de alivio el aliento contenido que me tenía al borde del desmayo.

¡Un testigo!

Cuando Gail Rouse volvió su rostro hacia el recién llegado, se le ensombreció el gesto:

—Qué duermas bien, Bella Swan —se despidió con desaire, sin despegar la mirada del nuevo vehículo que se acercaba lentamente a mi furgoneta con un amplio rodeo.

—¿Y que no deje que me piquen las chinches? —apostillé al recordar las veces que mi madre me arropaba en Phoenix y me repetía esas mismas palabras cuando era pequeña.

Fue un reflejo automático.

Gail Rouse se envaró y giró bruscamente la cabeza, me fulminó con una mirada intensa unos más que prolongados segundos. Daba la impresión de que la broma no le había hecho ni pizca de gracia. Durante ese instante sentí un estremecimiento de verdadero pánico, hasta se me erizó el vello de los brazos.

Los faros del vehículo, un todoterreno largo y de color marrón, parpadearon varias veces consecutivas exigiendo su atención. Se acercó a su moto, agarró el manillar fuertemente con sus encallecidas manos y quitó la pata de cabra de una precisa patada (¿coz?), pero no se montó para arrancar el motor. En lugar de eso, la hizo rodar en punto muerto y se encaminó hacia el todoterreno que venía a su encuentro.

Yo no me atreví a dar un paso, ni a darle la espalda, hasta que estuvo a un buen trecho.

«¡¿Analgésicos?!», me sulfuré al recapacitar en mi anterior ofrecimiento de interesado altruismo que había caído en saco roto. «¿Tylenol, Advil, Percocet, Vicodin? ¡¿Por qué no mejor medio tarro de Lithonate, maldita perturbada del demonio?!»

Gail Rouse me había tendido una terrorífica encerrona y literalmente hablando me había arrinconado entre la espada y la pared (o la motocicleta, mejor dicho) por culpa de ese dichoso papel que la había alterado... No, espera, no podía ser por eso. Ya había tendido su trampa mucho antes de que siquiera nos viéramos por primera vez en el comedor o en el aula de Biología.

Entonces, ¿por qué...?

Entré por la puerta de la oficina como una apisonadora fuera de control, todavía desconcertada por las conclusiones que estaba sacando. La secretaria me contempló apabullada cómo tenía el cabello alborotado por el clima y mis torpes aspavientos y quité esos oscuros pensamientos mientras me atusaba nerviosamente las greñas.

—¿Te encuentras bien, cielo? —preguntó preocupada al verme hecha un guiñapo.

—Ahora, sí —dije, con la respiración agitada—. Es que... me... dí cuenta... a medio... camino que no se lo... había entregado y he vuelto —improvisé entrecortadamente una pobre excusa para mi retraso rebuscando entre la ingente cantidad de cosas acumuladas ese día en mi mochila. Me dirigí apresuradamente hacia el escritorio y le entregué el comprobante de asistencia con todas las firmas.

—¿Cómo te ha ido el primer día? —me preguntó de forma maternal.

—Bien —mentí con voz débil.

No pareció muy convencida.

—¿Quieres una taza de café? ¿Té? —ofreció al ver mis tiritones.

Rechacé su oferta con una leve negativa de mi cabeza. ¡Quería irme del instituto lo más rápido posible! Pero me percaté de que el aparcamiento todavía no sería un lugar seguro y me aproximé al radiador que lanzaba corrientes de aire subtropical en aquel cubículo, frotando las manos entumecidas del terror.

La sonrisa candorosa de la pelirroja hizo asomo de nuevo.

Casi podía comenzar a respirar sosegada de igual manera que remitía el constante ulular del vendaval contra la fachada del edificio; miré tras unos minutos el minimalista reloj de la pared en blanco y negro, con su inextinguible tic-tac y me pregunté cuándo echaba el cierre el conserje y hasta dónde podría postergar mi regreso con excusas, sin que el jefe de la policía local se viera alarmado y decidiera llamar a la guardia nacional.

—Quédate el tiempo que necesites para entrar en calor, Isabella —rompió el encanto la pelirroja, adivinando mis tribulaciones. Quería irme a un lugar donde la palabra «calor» no se asociara a un electrodoméstico. Querría regresar a Phoenix. Quería regresar a mi hogar... Pero, como siempre, mis deseos siempre tenían que ser relegados al olvido.

Fruncí el ceño y contemplé el letrero situado delante del teclado de su ordenador.

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Shelly Cope – Secretaria de dirección

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«¿Cope? ¿La misma señora Cope que había divulgado mi nombre a los cuatro vientos?»

—No me llamo así —emití ciñendo más si cabe mi fruncido de ojos —Es Bella Swan.

Mi voz no tenía la suficiente convicción, no porque me tembletearan los dientes, sino porque no terminaba de creerme esas palabras. ¿Qué derecho tenía de apelar a un lugar y a un nombre (junto con un padre) que había rechazado desde que era pequeña?

Era una farsante.

Un estorbo.

No debería estar aquí.

Nunca habría ningún lugar para mí.

Era la hija no...

La señora Cope me miró incrédula, pensando seguramente que se me había aflojado algún tornillo. Me eché la mochila al hombro y salí escopetada de aquel claustrofóbico cuarto, desoyendo por completo las palabras de aquella mujer entrometida y superficial, que se inventaría algún chisme extravagante y jugoso sobre mí, le dijera lo que dijera.

Caminé medio encorvada y con la capucha echada hasta la altura de barbilla, no porque me cobijara del viento, el cual había cesado de castigar esa pequeña parcela de tierra anegada de agua que todos estos insensatos se atrevían a llamar «ciudad de Forks», sino porque de esa manera pensé que podría llegar a salvo hasta el trasto.

—No, ni hablar, Burns —escuché gruñir a Gail Rouse en la quietud invernal—. No pienso prometértelo. No, justo cuando tú estabas a punto de quebrantar tu juramento.

Refrené inconscientemente el paso ante el tono íntimo y condescendiente que empleó con el que deduje que sería su tutor. No es que quisiera escuchar a hurtadillas (¡De veras!), pero mis botas de agua hacían un ruido escandaloso cuánto más rápido iba.

—Sólo estaba comprobando —repuso una voz más grave, sosegada y armoniosa—. No iba a hacer nada en Port Angeles, Gail. Te lo juro.

—Ya, lo que tú digas —musitó airada tras unos segundos—. Este es un asunto que implica a los míos no a ninguno de los vuestros, ¿vale? No tienes vela en este entierro.

—Al menos prométeme que esta vez no harás algo precipitado —reclamó Roth Burns—. Tendremos tiempo de sobra después de que llegue la graduación.

«¿Qué narices estoy escuchando?», discurrí mientras aflojaba mis pasos más y más. Aquella no era una conversación subrepticia entre amantes, se parecía más a una discusión entre hermanos, aunque no tenía ningún ejemplo en mi vida personal para confirmarlo. Tampoco llegaba a ser del todo una monserga o un sermón, aunque sus palabras eran duras, su tono tenía un incomprensible carácter ecuánime y asertivo.

—No puedes asegurar que... —Gail Rouse se detuvo de sopetón, igual que mis pasos. Levanté la cabeza gacha y me atreví a mirar por el borde de la capucha, sabiendo que ellos dos ya me habían pillado entrometiéndome en su conversación. Estaba a apenas diez pasos de mi furgoneta, pero no pude moverme al contemplarles.

El conductor del todoterreno era un pelirrojo (¡¿otro más?!) con la cabellera ensortijada como un nido de pájaro teñido de sangre. Era bien difícil saber su edad (como estimó Jessica) porque su cutis lechoso estaba tan cuajado de pecas oscuras y abrasadas por el sol inclemente, que se asemejaba a la cáscara de un huevo de golondrina. Las pocas marcas gestuales que pude distinguir se correspondían con alguien acostumbrado a sonreír profusamente, pero no arrojaron luz sobre su misterio.

Pero fueron sus ojos, oscuro azul profundo del mar, los que me dejaron pasmada.

Me miraban con la misma suspicacia que Gail Rouse en ese preciso momento. Ambos, como dos gotas de agua, me observaron detenidamente al unísono. A pesar de que debía ser obvio que no compartían un vínculo de sangre, supe al verlos que habían convivido tan estrechamente que habían acogido algunas de las peculiaridades del otro.

—¿Ella es…? —comenzó a decir el conductor pelirrojo.

—Sip, la misma. Isabella Marie Swan —le interrumpió Gail Rouse repentinamente, mi corazón comenzó una arritmia o aprender a bailar breackdance después de escucharla.

Aquello me perturbó mucho más que todo lo anterior, porque no me lo esperaba.

Pues estaba segura que nadie, absolutamente nadie, de Forks conocería mi segundo nombre de pila. Jamás lo usaba, Charlie mucho menos, ya que sospechaba erróneamente que fue mi abuela la que convenció a mi madre de que regresara a California conmigo y se divorciara. En toda la documentación de ingreso al instituto vi que el recuadro estaba vacío. Tampoco en mis historiales médicos de California y Arizona estaba registrado ese dato en particular. Sólo en mi permiso de conducir aparecía una casi imperceptible y solitaria «M». Que yo supiera, el único documento en el que se hallaba era en mi partida de nacimiento.

Pero Abigail Rouse lo sabía.

—La supuesta hija pródiga del Jefe de policía —añadió ella con un retintín juguetón.

—¿Supuesta? —me robó Roth Burns aquella impertinente pregunta de los labios, dejando de mirarme por un segundo y quedándose clavada en la nuca de su protegida.

¡¿Cómo lo sabe...?! ¡¿Cómo se atreven a decirlo en voz alta?!

Sentí un hormigueo en las palmas de las manos y me entró un ansia de pegar a alguien. Estaba sorprendida. Por lo general, no era una persona violenta, pero en ese instante estaba deseando atizarle una bofetada a la completamente chiflada chica chippewa.

—No estoy segura. Puede que haya perdido mi toque —murmuró ella sin despegar su mirada, de pronto sufrió un espasmo de terror al contemplarme y tuvo que parpadear varias veces como en la cafetería—. Burns, vete a casa.

—Pero, ¿y lo de Port...?

—No te preocupes, te prometo que hoy no haré nada precipitado —capté que mentía a medias Gail Rouse. De hecho, era como si se hubiera descorrido un velo ante mi ojos y ahora pudiera vislumbrar que ella no tenía ni un solo hueso sincero en su cuerpo.

—Nos vemos en casa —se despidió Roth Burns, más como una tajante orden que como una muestra de afecto, antes de arrancar el motor y marcharse a la fuga de aquel sitio dejado de la mano de dios.

Di un paso en dirección a mi furgoneta, pero su presencia silenciosa e insidiosa era tan intensa que casi estuve a punto de doblar la rodilla y caer de bruces.

La fulminé con la mirada.

—¿Qué quieres ahora? —espeté furibunda, harta ya de tantos melodramas.

Hizo una breve pausa, evaluándome, y luego deseé que no hubiera sido tan sucinta.

—¿Por qué no has podido quedarte allá de dónde demonios hallas venido? —rugió con una voz como carámbanos de hielo quebrados, fría y cortante hasta el extremo.

La furia fue creciendo en mi interior a un ritmo cada vez más vertiginoso, acelerando mis latidos de mi corazón a un staccato que resonaba en mis oídos. Apreté fuerte los puños y quise esconderlos en los bolsillos de mi anorak para que no los viera.

En los dos días que llevaba en Forks nadie me había preguntado por los motivos de mi viaje, no de una forma tan directa, imperiosa y grosera como lo hizo ella. Era la única pregunta para la que no tenía una respuesta, ni quería tenerla, porque no podía ponerme a recapacitar sobre aquellos sentimientos después de la boda de Phil y de mi madre.

Entonces estallé delante de Abigail Rouse.

Sentí que los ojos se me llenaban de lágrimas de rabia que se derramaron sobre mis mejillas y por una vez el cielo de Forks no me ayudaba a disimularlas con su lluvia sempiterna. Rechiné los dientes para intentar contenerlas, pero fue del todo inútil.

Ella me miró con incredulidad, pero su rostro estaba tenso y permanecía a la defensiva.

Después comencé a sollozar cuando mi respiración frenética se volvió más errática.

Aquello la desagradó y frunció su frente. Ceñuda, sacudió la cabeza y murmuró para sí:

—Esto va a ser mucho más complicado de lo que pensaba —dijo asqueada Gail Rouse.

En cuanto me dio la espalda para montar en su moto me lancé directa hacia el trasto, si bien una parte de mí (una parte completamente irracional y fuera de sí) quería agarrarla del pelo y hacerle tragar todas aquellas ofensas con una buena ración de barro.

Trasteé a duras penas con los mandos en la penumbra oscura de la cabina del Chevy y acerté a introducir las llaves justo cuando vi, por el espejo retrovisor, salir la moto de Gail Rouse con un zumbido no más fuerte que el de un abejorro a la carrera.

Every smile you fake
Every claim you stake
I'll be watching you

Me sobresaltó la radio, aunque su volumen apenas estaba por encima de del motor.

Every move you make
Every step you take
I'll be watching you

Apagué esa melodía, la misma que tocaron sin letra en el baile nupcial de mi madre, casi arrancando de cuajo el botón que se había aflojado. No podía, no quería, recordar ese día, una vez más. El día que decidí que no podía quedarme más tiempo en Phoenix.

Continuará…

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Tylenol: marca comercial del paracetamol en Estados Unidos, un fármaco que se utiliza como un antipirético y analgésico.

Advil: marca comercial de ibuprofeno en Estados Unidos, un fármaco que se utiliza como analgésico.

Percocet: marca comercial de una mezcla de paracetamol con oxicodona en Estados Unidos, un fármaco que se utiliza como analgésico.

Vicodin: marca comercial de una mezcla de paracetamol y hidrocodona en Estados Unidos, un fármaco que se utiliza como analgésico.

Lithonate: marca comercial del carbonato de litio (Li2CO3) en Estados Unidos un fármaco utilizado para el tratamiento y profilaxis del trastorno bipolar.

Disclaimer musical: la canción que Bella escucha durante su trayecto por la mañana al instituto es Sweet dreams (are made of this) del grupo Eurythmics, no la versión de Marilyn Manson. Y la que ponen por la radio al arrancar el motor es una pequeña parte de Every breath you take del grupo Police. Por si os lo estáis preguntando: No, el Trasto NO es Bumblebee disfrazado de Chevy de los años 50...

Nota sobre la moto de Gail:No se trata de una de las dos motos que arregla Jacob en el libro «Luna Nueva», es decir, estas todavía están oxidándose en el garaje de los Marks, en esta línea alternativa del Meyerverso. Para los que sean fans del motor y otros interesados en detalles como ese, Gail cabalga una Kawasaki KLR 250-D5 de 1985.