Capítulo 23
Conflictos Familiares
Tres días después del atentado que casi desató una guerra, el Hotel Imperial en Beijing había recuperado una calma tensa. Los guardias chinos se retiraban poco a poco de los pasillos, Zafira estaba de vuelta con el grupo tras su liberación, y las maletas ya estaban casi empacadas para el regreso a Japón. Pero para Nina Iseri, la paz era una ilusión. Esa noche enfrentaría una prueba final: una audiencia privada con la Emperatriz Xiaomao Tang, donde interpretaría una pieza especial en su honor. Para una rockera rebelde de 14 años acostumbrada a escenarios bulliciosos y festivales escolares, esto era un mundo extraño y sofocante.
Y lo odiaba.
No dudaba de su talento. Nina confiaba en su voz, en su capacidad de encender un escenario con pura energía. Pero esto no era un concierto. Aquí no podía improvisar ni descontrolarse. Tenía que vestirse formalmente, controlar cada nota, respetar la solemnidad de la ocasión. Todo lo que detestaba de la música. Estaba nerviosa, aunque se negara a admitirlo frente a los demás.
Ruby lo notó de inmediato. Después de meses juntas, conocía los signos: el tamborileo inquieto de los dedos de Nina en los bolsillos de su chaqueta de cuero, el tarareo inconsciente de la melodía que cantaría, el leve temblor en sus piernas cuando se perdía en sus pensamientos.
—Amor, relájate —susurró Ruby, tomando su mano con suavidad mientras estaban sentadas en la suite—. Sé que esto no es tu estilo, pero después de lo que pasó en la coronación, esto debería ser pan comido.
Nina bufó, desviando la mirada hacia la ventana donde las luces de Beijing parpadeaban en la distancia.
—Fácil para ti decirlo. No eres tú la que va a cantar frente a una emperatriz que casi muere por un dron explotando.
Ruby sonrió con un brillo divertido en los ojos y la jaló un poco más cerca.
—No puedes engañarme. Te conozco. Estás nerviosa, pero lo harás increíble.
Nina gruñó, intentando mantener su fachada de dureza.
—No estoy nerviosa. Solo… quiero practicar un poco más.
—Ajá. Y por eso no puedes quedarte quieta.
—Ruby…
—Lo digo en serio —insistió Ruby, su voz cálida pero firme—. Eres Nina Iseri, la chica que gritó en medio de mi casa que sería la mejor vocalista de Japón. Esto no es nada para ti.
Nina no pudo evitar sonreír levemente. Ruby siempre sabía cómo sacarla de su cabeza.
—Sabes exactamente cómo hacerme sentir mejor, ¿verdad?
—Por supuesto. Para eso estoy aquí.
Nina suspiró y se separó con suavidad, ajustándose la chaqueta.
—Voy al salón de música a ensayar.
—¿Quieres que te acompañe?
—Nah. Prefiero hacerlo sola por ahora.
Ruby la observó con ternura y le dio un beso rápido en la mejilla.
—Nos vemos más tarde, estrella de rock.
Nina sonrió y salió de la habitación, dejando atrás el calor reconfortante de Ruby. Mientras caminaba por los pasillos del hotel, su mente seguía dando vueltas. El eco de las alarmas de la coronación aún resonaba en su cabeza. ¿Y si su voz temblaba frente a Xiaomao? ¿Y si la Emperatriz, que había enfrentado un atentado sin inmutarse, pensaba que no era suficiente? ¿Y si este formalismo la hacía perder su esencia?
Sacudió la cabeza. No. Después de ver al guardia japonés arrestado y drones explotar, esto no debería asustarme tanto. Se enfocaría en la música y haría lo que mejor sabía hacer.
Estaba tan sumida en sus pensamientos que casi chocó con alguien al doblar una esquina.
—¡Hey, Nina! —exclamó una voz familiar.
Era Riko, apoyada contra la pared con su habitual aire despreocupado, una chaqueta deportiva colgando de sus hombros y las baquetas girando entre sus dedos.
—¿A dónde vas con esa cara de funeral? —preguntó, cruzándose de brazos con una sonrisa burlona.
Nina bufó.
—Voy a practicar para esta noche.
—¿Otra vez? —Riko arqueó una ceja—. Tú nunca practicas tanto a menos que te obliguemos.
—Esta vez es diferente.
—Oh, ya veo. La temida Emperatriz Xiaomao —dijo Riko, fingiendo un tono dramático.
—Cállate.
Riko rió y le dio un golpe ligero en el hombro.
—Vamos, después de lo de la coronación, esto es un respiro. Cantas, Nina. Es lo tuyo. Así que relájate y deja que la música fluya.
Nina suspiró y sonrió levemente.
—Gracias, Riko.
—Para eso estamos las amigas. Ahora vamos, no quiero perderme tu ensayo.
Llegaron al salón de música en el sótano del hotel. Al abrir la puerta, un sonido melancólico llenó el aire. Haruka Maatsura estaba sentada al piano, tocando con una precisión casi mecánica. La melodía era suave pero cargada de tristeza, como si reflejara el peso de los últimos días. Su expresión era neutra, pero sus dedos contaban una historia distinta.
Nina y Riko se quedaron en silencio, esperando a que terminara. Cuando la última nota se disipó, Haruka suspiró y, sin girarse, habló con su tono frío habitual.
—Si van a quedarse ahí como estatuas, al menos no respiren tan fuerte.
Riko se rió y empujó suavemente a Nina hacia adelante.
—Vamos, Maatsura, no seas tan intensa.
Haruka giró la cabeza y las miró con una ceja alzada.
—¿Vinieron a practicar?
—Sí —respondió Nina, acomodando su partitura en el atril—. Quiero asegurarme de que todo salga bien esta noche.
Haruka se levantó con elegancia y le hizo un gesto para que se acercara.
—Entonces comencemos.
El ensayo fue intenso. Haruka marcaba el tempo con precisión quirúrgica, corrigiendo cada error de Nina con exigencia. Riko, aunque no tocaría en la presentación oficial, usaba las baquetas para marcar el ritmo en sus piernas, ayudando a Nina a encontrar su flow. Al principio, Nina estaba tensa, su voz rígida por los nervios. Pero poco a poco, cerró los ojos y se dejó llevar. La música dejó de ser una obligación y volvió a ser su refugio.
Tras una hora de práctica, Nina se estiró y recogió sus partituras.
—Gracias, chicas. Me alegra saber que estarán conmigo esta noche.
Riko soltó una carcajada y cruzó los brazos.
—¿Nosotras? ¿Crees que vamos a estar en el escenario contigo?
Nina parpadeó, confundida.
—¿Eh? ¿No van a tocar?
Haruka suspiró, como si la pregunta fuera obvia.
—Hay músicos profesionales para eso. Nosotras solo te ayudamos a practicar.
Nina sintió un escalofrío de pánico recorrer su espalda.
—Entonces… ¿estaré completamente sola en el escenario?
Haruka la miró con seriedad.
—No estarás sola. Estarás con la música. Y si realmente quieres ser una artista, más te vale acostumbrarte a eso.
Nina tragó saliva. Haruka tenía ese aire implacable que siempre la intimidaba, pero no podía negar que tenía razón. Antes de que pudiera responder, la puerta del salón se abrió con un leve crujido.
Sayaka Shimizu entró con pasos cautelosos, su contrabajo colgado al hombro. Su cabello azul oscuro caía en ondas sueltas, y sus ojos esmeralda recorrieron la habitación antes de posarse en Haruka. La tensión se volvió palpable al instante. Nina y Riko ya sabían quién era: la ex de Haruka, la chica que había tocado con ellas en el ensayo anterior y desató una tormenta silenciosa.
Sakura Takahashi apareció detrás de Sayaka y la empujó suavemente hacia adelante.
—No te quedes en la puerta, Sayaka —dijo con voz amable pero firme—. ¿No ibas a practicar?
Sayaka abrió la boca, pero tardó en responder.
—S-sí… solo…
Su voz era frágil, casi un susurro. Haruka, con los brazos cruzados, la miró con una expresión indescifrable.
—¿Solo qué? —intervino Haruka, su tono cortante como un filo.
Sayaka bajó la mirada y se aferró a la correa de su contrabajo.
—Nada —murmuró, caminando con pasos nerviosos hacia una esquina del salón.
Sakura suspiró y lanzó una mirada a Haruka.
—No hagas esto más difícil de lo que ya es, please.
Haruka no respondió. Solo observó cómo Sayaka colocaba su contrabajo con cuidado, como si temiera romperlo. Nina frunció el ceño. Aunque ya sabía de su historia gracias al último ensayo, la tensión entre ellas seguía siendo un misterio. Riko, a su lado, susurró:
—Esto va a explotar otra vez, ¿verdad?
Nina asintió apenas, sin apartar la vista. Sayaka tomó aire con dificultad y lo soltó en un suspiro tembloroso. Acomodó el contrabajo, sus dedos temblando levemente sobre las cuerdas.
Haruka dio un paso adelante, su voz fría cortando el silencio.
—Si vas a tocar, hazlo bien.
Sayaka apretó los labios y asintió. Respiró hondo y comenzó.
Las primeras notas fueron profundas, vibrantes, llenando la sala con una intensidad que contrastaba con su timidez. Su técnica era impecable, cada movimiento preciso y cargado de emoción. Nina y Riko intercambiaron una mirada de asombro.
—Wow… —susurró Riko.
Sakura, con una sonrisa de orgullo, alzó su violín y se unió al contrabajo. El sonido era sublime: el violín de Sakura, elegante y emotivo, se entrelazaba con el tono grave y apasionado de Sayaka. Era una sinfonía improvisada, pero perfecta.
Haruka entrecerró los ojos. Su mano se cerró en un puño sobre su falda. Sabía que Sayaka era talentosa, pero verla brillar así, después de todo lo que habían pasado, era frustrante. La última nota vibró en el aire, y la sala quedó en silencio. Sayaka respiraba agitada, consciente de la mirada de Haruka sobre ella.
Haruka se acercó, inclinándose lo suficiente para susurrarle al oído.
—¿Ves que cuando lo intentas lo haces bien?
Sayaka se estremeció. Haruka se enderezó, su expresión inquebrantable, y salió del salón con pasos firmes, azotando la puerta tras de sí. El estruendo hizo que todos dieran un respingo.
Sakura suspiró y colocó una mano en el hombro de Sayaka.
—Tocaste hermoso.
Nina miró a Riko, confundida.
—Esto se pone más raro cada vez.
Riko negó con la cabeza.
—Drama de ex, supongo. Pero aquí hay más de lo que vemos.
Sayaka, sin responder, recogió su contrabajo y salió lentamente, su mirada perdida en la puerta que Haruka había cerrado con furia.
Haruka salió del salón de música con pasos firmes, cada uno más pesado que el anterior. Apenas cruzó la puerta, la azotó con fuerza, el estruendo resonando en el pasillo como un eco de su propia rabia interna.
¿Por qué me comporto así?
El pensamiento la golpeó con tanta fuerza que sintió un nudo apretarse en su garganta. Caminó rápidamente por los pasillos del hotel, su espalda rígida, su mirada fija en el suelo. No quería que nadie la viera así. No quería que nadie la viera… débil.
Pero lo estaba.
Su pecho subía y bajaba con cada respiración agitada, y su mente giraba en un torbellino de pensamientos caóticos.
Sayaka…
Verla ahí, en la sala de música, había despertado una avalancha de emociones que creía bajo control. Rabia. Frustración. Nostalgia. Y lo peor de todo: ese sentimiento que se negaba a desaparecer.
La seguía queriendo.
Por más que intentara convencerse de lo contrario, seguía sintiendo algo por Sayaka.
Y eso la hacía sentir estúpida.
Se llevó una mano a la cara, cubriéndose los ojos mientras su paso se volvía más errático. En su mente, la imagen de Sayaka tocando el contrabajo con tanta pasión y perfección se repetía una y otra vez. La manera en que su cabello se movía con el ritmo, la forma en que su expresión cambiaba cuando se entregaba a la música…
Es hermosa.
Ese pensamiento la golpeó con más fuerza que el anterior.
No solo era hermosa. Era perfecta. Y eso la desesperaba.
Haruka apretó los puños.
¿Por qué tenía que ser así? ¿Por qué Sayaka tenía que ser tan increíble cuando se lo proponía, pero al mismo tiempo, tan malditamente tímida y asustada?
Si siempre hubieras sido así…
No terminó la frase en su cabeza. No quería responderse.
Sintió un ardor en los ojos y parpadeó con fuerza, negándose a… no. No.
Pero fue inútil.
Una lágrima rodó por su mejilla, y luego otra.
Apretó los dientes y se limpió el rostro con furia. No iba a llorar por Sayaka. No ahora. No después de tanto tiempo.
Pero el temblor en su pecho no desapareció.
Al llegar a su habitación, abrió la puerta de golpe y la cerró tras de sí sin preocuparse por el ruido. Caminó directamente hacia la ventana y apoyó las manos en el alféizar.
Beijing se extendía ante ella, con sus edificios modernos y sus calles llenas de vida. Pero a pesar de la belleza de la ciudad, Haruka solo sentía un vacío inexplicable.
Apoyó la frente contra el cristal frío y dejó escapar un suspiro tembloroso.
Estoy sola.
Había estado rodeada de gente toda la mañana. Nina, Riko, Sakura, Sayaka… pero al final, ahí estaba. Sola en una habitación, con sus propios pensamientos como única compañía.
Se mordió el labio inferior.
¿Por qué sigo tratándola así?
¿Por qué no pudo felicitarla como lo hacían las demás? ¿Por qué siempre tenía que atacarla?
Sabía la respuesta.
Porque si no la atacaba… tendría que aceptar que todavía le importaba demasiado.
Que todavía la quería.
Y eso dolía más que cualquier otra cosa.
Dejó caer la cabeza contra la ventana y cerró los ojos.
—Soy una idiota… —susurró.
Y por primera vez en mucho tiempo, se sintió realmente tonta.
Tonta por haberla dejado ir.
Tonta por seguir amándola.
Tonta por no saber qué hacer con esos sentimientos que la estaban destrozando desde dentro.
Y tonta por saber que, tarde o temprano, tendría que enfrentarse a ellos.
Haruka seguía apoyada contra la ventana de su habitación, con la mirada perdida en los edificios de Beijing. Su reflejo en el vidrio la observaba con la misma frialdad con la que ella solía mirar a los demás.
La frustración hervía en su interior.
No solo por Sayaka.
No solo por la forma en que su corazón se aceleró al verla tocar con tanta pasión.
Sino por sí misma.
Por la persona en la que se había convertido.
"¿Ves que cuando lo intentas lo haces bien?"
Había susurrado aquellas palabras con veneno, casi escupiéndolas en su oído, como si fueran un castigo. Como si hubiera querido hacerle daño.
Y lo peor de todo… era que ni siquiera estaba enojada con Sayaka.
No.
Estaba enojada consigo misma.
Su agarre en el alféizar se tensó, sus uñas clavándose en la madera.
—Soy una idiota… —murmuró, pero las palabras se sintieron demasiado pequeñas para describir lo que sentía.
La relación con Sayaka siempre había sido un enigma para ella. Un arreglo entre familias, un lazo que no nació del amor, sino de las expectativas. Para Kendo Matsuura, todo debía seguir un propósito, una estructura preestablecida, un legado que debía continuar.
Haruka nunca se había atrevido a cuestionarlo.
Nunca se había detenido a preguntarse si quería seguir ese camino.
El apellido Matsuura no era solo un nombre. Era una carga.
Un linaje de pianistas prodigios, íconos en la música clásica mundial. Su padre lo había dejado claro desde que tenía memoria: Haruka no podía ser menos que eso.
No podía fallar.
No podía permitirse ser "promedio".
No podía permitirse distracciones.
Y Sayaka…
Sayaka había sido una distracción.
Desde el primer momento en que sus ojos se cruzaron, Sayaka había sido un desvío en el camino que su padre había trazado para ella.
Pero entonces, ¿por qué verla tocar la hacía sentir así?
¿Por qué su pecho se apretaba de esa manera al recordar su expresión mientras tocaba el contrabajo?
¿Por qué verla brillar en solitario cuando ensayaba a solas la hacía sentir tanto… orgullo y rabia al mismo tiempo?
Cerró los ojos, intentando bloquear esos pensamientos.
No tenía tiempo para esto.
El evento de la sinfónica en Japón estaba a la vuelta de la esquina. Los Matsuura volverían a demostrarle al mundo por qué su apellido era sinónimo de excelencia.
Y Haruka no podía permitirse fallar.
Había invitado a Nina a participar como parte de un pago. Un intercambio. Ella la había ayudado a mejorar su canto con técnicas líricas, y a cambio, Nina estaría presente en la sinfónica.
Era un trato simple. Sin emociones involucradas.
Al menos, eso era lo que se decía a sí misma.
Pero en el fondo, Haruka sabía la verdad.
Sabía que había invitado a Nina porque quería verla brillar.
Porque envidiaba su libertad.
Nina Iseri era todo lo que Haruka no podía ser.
Ella cantaba con el corazón, no con la mente.
Se expresaba sin miedo. No estaba encadenada por un apellido.
Era libre.
Y Haruka la envidiaba por eso.
Envidiaba verla sin miedo. Envidiaba que pudiera simplemente existir sin cargar el peso de generaciones sobre sus hombros.
Odiaba que, en el fondo, deseaba lo mismo.
Suspiró y se pasó una mano por el rostro.
No. No había tiempo para pensar en eso.
El evento estaba cerca, y ella tenía que asegurarse de estar a la altura.
De su padre.
De su apellido.
De todo lo que los Matsuura representaban.
Porque si no…
Si no, Kendo Matsuura se aseguraría de recordarle que un Matsuura no puede permitirse ser débil.
Y Haruka…
Haruka no tenía derecho a ser otra cosa.
El reloj marcaba las seis de la tarde cuando Nina regresó a su habitación en el Hotel Imperial. Se detuvo frente al espejo, observándose con una mezcla de incredulidad y ansiedad. Ruby había elegido su atuendo: un vestido negro elegante con detalles plateados, sutil pero sofisticado. No era su estilo, pero esa noche no era solo Nina la rockera, era Nina la intérprete.
Suspiró y deslizó los dedos por su cabello, intentando calmar el torbellino de nervios en su pecho.
La Emperatriz Xiaomao la esperaba.
Después de drones explotando, disparos y tensiones al borde de la guerra, cantar debería ser fácil. Pero no lo era.
Se miró directamente a los ojos en el reflejo, intentando encontrar en ellos la determinación que la había llevado hasta allí.
—Puedes con esto —susurró, como un mantra.
La puerta se abrió y Ruby entró con una sonrisa suave, sosteniendo una chaqueta ligera. Se acercó con cuidado, ajustando el cuello del vestido con un toque gentil.
—Estás preciosa —susurró con dulzura—. Lista para brillar.
Nina resopló con una risa nerviosa, intentando ocultar su tensión.
—Lista para no arruinarlo, querrás decir.
Ruby rodó los ojos con diversión y le dio un apretón en la mano.
—Vamos, estrella de rock. Todos te están esperando.
Bajaron al vestíbulo del hotel, donde ya los esperaban Lindy, Chrono y el grupo Harlaown. Afuera, un convoy de autos negros blindados estaba alineado en la entrada, flanqueado por guardias chinos armados.
Una mujer joven, de rostro severo y vestida con un uniforme gris impecable, se acercó con una tableta en la mano.
—你们好 (Hola a todos) —dijo en mandarín, su voz firme y profesional—. Soy Zhang Ying, asistente de la Emperatriz. Es hora de ir al Palacio Interior. Por favor, síganme.
Nina y Ruby intercambiaron miradas.
—¿Entendiste algo? —murmuró Nina.
—No, pero sonó importante.
Chrono, con una expresión serena, tradujo rápidamente mientras subían a los autos.
El trayecto transcurrió en silencio, con la ciudad de Beijing deslizándose por las ventanas. Los rascacielos modernos contrastaban con los templos antiguos, las luces brillaban contra el cielo oscuro, pero Nina no podía concentrarse en el paisaje.
Su mente estaba atrapada en la canción.
Los acordes.
El ritmo.
El peso de lo que venía.
Había practicado. Pero nada podía prepararla completamente para esto.
El convoy se detuvo ante la imponente entrada del Palacio Interior, dentro de la Ciudad Prohibida. Los techos curvos, los dragones dorados tallados en las columnas, la majestuosidad de la arquitectura imperial… todo irradiaba historia y poder.
Cámaras de televisión y drones zumbaban en el aire, capturando cada segundo para una audiencia nacional e internacional.
Nina tragó saliva cuando vio las pantallas gigantes proyectando la llegada del convoy.
Esto es demasiado grande.
La seguridad fue exhaustiva. Guardias revisaron cada bolso, escanearon a cada persona con dispositivos de última tecnología y confiscaron temporalmente los teléfonos.
Cuando un guardia pasó un detector sobre Nina, ella sintió un escalofrío. Su rostro era impasible, su postura rígida.
Ruby se inclinó hacia ella y le susurró al oído:
—Después de los drones, no me sorprende que estén paranoicos.
Finalmente, les dieron acceso al Patio Central, que había sido transformado en un escenario de ensueño.
Las filas de músicos profesionales vestían trajes tradicionales hanfu y afinaban sus instrumentos clásicos:
Erhus (violines chinos de dos cuerdas)
Pipas (laúdes de cuatro cuerdas)
Guzheng (arpa china)
En el centro del escenario, un trono elevado esperaba a Xiaomao, rodeado de banderas rojas y doradas.
Las cámaras giraban en todas direcciones, y una multitud de dignatarios extranjeros y oficiales chinos llenaba las gradas.
Esto no es un festival escolar. Esto es… gigantesco.
Nina fue conducida al área de preparación.
Una mujer de mediana edad, con un moño impecable y una túnica azul, se presentó con una expresión serena.
—Iseri-san, soy Xiang Pue. Dirigiré a la orquesta esta noche. ¿Estás lista? —habló en un japonés fluido.
Nina asintió, aunque su corazón latía como un tambor desbocado.
—S-sí. Solo… hagámoslo.
Xiang Pue le entregó la partitura final y señaló a los músicos.
Mò lì huā.
Flor de Jazmín.
Una canción antigua, hermosa, delicada. Pero en sus manos… debía volverse algo más.
Nina había practicado.
Pero al ver a los músicos —todos adultos, todos profesionales, todos mirándola con expectación— sintió que el aire se le escapaba.
—No estoy segura de poder seguirles el paso —murmuró, apretando la partitura.
Nina respiró hondo y miró hacia el público.
Vio a Ruby y al grupo Harlaown en una sección reservada, sus rostros llenos de apoyo.
Pero también vio las cámaras.
Los drones.
Las pantallas transmitiendo su imagen en tiempo real.
El sonido de un gong retumbó, y la Emperatriz Xiaomao Tang apareció en el trono.
Su hanfu rojo, los bordados de dragones, su mirada serena pero imponente…
El público guardó silencio al instante.
Xiaomao hizo un gesto elegante con la mano.
—Es tu momento —murmuró Nina.
Dio un paso al frente.
Las luces la cegaron.
Los músicos tomaron sus posiciones.
El guzheng comenzó a tocar.
Notas suaves, delicadas, flotando en el aire como pétalos.
Nina cerró los ojos y…
Su voz salió temblorosa.
—茉莉花,茉莉花...
Los erhus entraron demasiado rápido.
El ritmo se desajustó.
Un pequeño error, pero en un escenario como este, era un abismo.
Nina abrió los ojos, las cámaras la enfocaban, los músicos la observaban con seriedad.
No estoy a la altura.
El aire se volvió pesado. El pánico subió por su pecho como un fuego abrasador.
Corre.
Sal de aquí.
No perteneces a este mundo.
Pero entonces vio a Ruby, su sonrisa era su ancla. Sus labios formaban un "Tú puedes" silencioso. Vio a Lindy, su expresión de aprobación. Y vio a Haruka, en la penumbra del escenario, con los brazos cruzados, observándola con intensidad. Como si la desafiara a rendirse.
No. Esto es lo mío, soy Nina Iseri.
Respiró hondo.
Abrió los ojos.
Y cuando el guzheng repitió la introducción, lo sintió en su alma.
La voz de Nina se elevó.
—茉莉花,茉莉花…
Esta vez, fue pura, poderosa, profunda.
Los erhus siguieron su ritmo, esta vez acompañándola, en lugar de competir con ella. Las pipas se deslizaron suavemente entre los versos, acentuando su canto. Los tambores entraron con un golpe preciso, dándole peso a cada nota.
Y en ese momento, Nina dejó de ser una chica de catorce años en un escenario extranjero.
Era una artista.
Era la dueña de cada acorde, de cada sonido, de cada emoción.
El público sintió el cambio, los dignatarios chinos, que al inicio la observaban con formalidad, ahora se inclinaban ligeramente, sorprendidos.
Las pantallas gigantes proyectaban su imagen con una claridad impresionante, transmitiendo en vivo a toda China y al resto del mundo.
En Tokio, en Osaka, en Sapporo, las redes explotaban.
¿Quién es ella?
¿Quién es esta chica que transforma una melodía clásica en algo tan… conmovedor?
El segundo verso llegó y Nina lo sintió correr por sus venas.
Cada palabra en mandarín, cada sílaba, cada vibración en su garganta…
Todo estaba vivo.
Y entonces lo hizo suyo.
Cuando llegó al coro, su voz cambió, los tonos suaves y tradicionales se mezclaron con su esencia rockera.
No fue un cambio brusco.
Fue natural, orgánico, un crescendo que transformó la canción en algo nuevo, en algo único.
En algo suyo.
Los músicos lo notaron. Se miraron entre sí, algunos con sonrisas contenidas, habían tocado esta pieza cientos de veces, pero nunca así el ritmo subió ligeramente, los tambores adquirieron más fuerza.
El público se inclinó hacia adelante.
Incluso Xiaomao, impasible en su trono, alzó levemente el mentón, observando con curiosidad. Li Wei, el inflexible guardián de la Emperatriz, levantó una ceja.
Los músicos se adaptaron a ella. Nina había tomado el control del escenario.
Y todos lo sabían.
El crescendo llegó, los violines se elevaron, las pipas añadieron una intensidad envolvente. Los tambores rugieron como truenos distantes.
Y entonces…
Nina soltó la última nota.
Potente.
Perfecta.
Llena de alma y fuego.
El guzheng vibró en armonía con su voz, los tambores golpearon una última vez, como el latido final de un corazón desbocado.
Silencio.
Por un segundo, el mundo entero pareció contener la respiración. Y luego, como una ola gigante, el estallido de aplausos inundó el Palacio Interior. Las pantallas mostraban a la audiencia de pie, rugiendo con entusiasmo.
Los dignatarios extranjeros aplaudían con aprobación.
La Emperatriz Xiaomao, desde su trono, asintió con una leve sonrisa en los labios.
Li Wei cruzó los brazos, pero sus ojos reflejaban respeto.
Y en algún rincón del escenario, Haruka exhaló con un leve orgullo, aunque nunca lo admitiría en voz alta.
Nina jadeó.
El sudor resbalaba por su espalda, su corazón latía con fuerza.
Lo había hecho. Lo había logrado.
Bajó del escenario todavía temblando por la adrenalina.
Antes de poder procesar todo, Ruby se lanzó sobre ella en un abrazo tan fuerte que casi la derriba.
—¡ESO FUE INCREÍBLE! —gritó, ignorando las miradas de los guardias—. ¡Sabía que lo harías!
Lindy se acercó con una sonrisa serena.
—Le diste un toque especial —comentó con aprobación—. La Emperatriz parecía impresionada.
Chrono, con los brazos cruzados, asintió.
—Nada mal, Iseri. Nada mal.
Nina rió, sin aliento, sin palabras.
En lo alto del escenario, Xiang Pue la observó con una sonrisa críptica.
—Tu voz llegó lejos esta noche, Iseri-san.
Nina tragó saliva.
No era solo su voz, era ella, por primera vez en su vida, el mundo la había escuchado.
Y nunca más la olvidarían.
Un oficial del palacio, vestido con un traje gris impecable y un brazalete con el emblema del dragón dorado, avanzó entre la multitud con una presencia casi militar.
Su postura era rígida, su mirada estoica, y cada paso que daba parecía imperturbable, como si la seguridad del Palacio Interior dependiera de su sola existencia.
Nina sintió un leve escalofrío al verlo detenerse frente a ella.
—Iseri-san, la Emperatriz Xiaomao desea hablar con usted.
El aire pareció detenerse en su pecho.
—¿Qué?
Notó que Ruby la miraba con ojos muy abiertos, pero en lugar de reflejar sorpresa o miedo, su expresión se llenó de orgullo.
Ruby tomó la mano de Nina y le dio un apretón suave antes de soltarla.
—Ve —susurró—. No todos tienen la oportunidad de hablar con una Emperatriz.
La garganta de Nina estaba seca, pero asintió con la cabeza y se obligó a enderezar los hombros.
Sus pasos resonaron en el mármol mientras seguía al oficial a través de un pasillo de seguridad, cruzando puertas altísimas con relieves dorados de dragones y fénix enredándose entre sí.
Todo el lugar irradiaba historia, poder y tradición.
Cada detalle, cada luz, cada sombra, le recordaba que estaba en otro mundo.
Un mundo en el que ella, hasta hace unos minutos, no creía pertenecer.
Y sin embargo, ahora estaba aquí.
La sala privada del Palacio Interior era una obra de arte en sí misma.
Las paredes estaban decoradas con pergaminos antiguos, pinturas de paisajes montañosos y caligrafía de épocas imperiales.
Al fondo, sobre un estrado de madera tallada, se encontraba la Emperatriz Xiaomao.
Vestía un hanfu rojo profundo, con bordados de dragones y flores de loto que parecían moverse con cada respiro.
Sus ojos oscuros la observaron con una calma inquebrantable, como si pudieran leer cada emoción de su alma.
A su lado, de pie con elegancia, estaba Lin Mei, la mano derecha de la Emperatriz.
El oficial que escoltó a Nina hizo una reverencia y se retiró en silencio.
La Emperatriz habló primero, su voz suave, pero firme, con el peso de alguien que no estaba acostumbrada a ser desobedecida.
—你有天赋 (Tienes talento).
Nina no entendió nada.
Pero Lin Mei, con su tono profesional y neutral, tradujo al instante.
—La Emperatriz dice que tienes talento.
Nina se tensó ligeramente.
La Emperatriz continuó, observándola con una leve sonrisa.
—你在日本浪费了它 (Lo estás desperdiciando en Japón).
Lin Mei tradujo sin dudar.
—Dice que en Japón estás desperdiciando tu talento.
Nina parpadeó.
—¿Disculpa?
Xiaomao la observó unos segundos, luego hizo un gesto con la mano, y una asistente apareció con un pergamino sellado.
—我想给你一个机会 (Quiero ofrecerte una oportunidad).
Lin Mei lo tradujo, su voz impecable.
—La Emperatriz desea ofrecerte una beca en la Academia Nacional de Música de Beijing.
El silencio pesó en la habitación, el corazón de Nina latió más rápido, era una oferta enorme, la academia más prestigiosa de China.
Un camino seguro a la excelencia, a la fama, a la grandeza.
Pero en su pecho, la respuesta ya estaba clara.
No.
Porque su vida no estaba aquí, porque su corazón no estaba aquí.
Nina sonrió en una mueca, llevándose la mano a la cabeza mientras reía un poco incómoda.
—Es un honor, pero ya tengo otros planes.
Lin Mei parpadeó por primera vez, sorprendida de lo que Nina había respondido. Pero rápidamente lo tradujo correctamente para la Emperatriz.
Xiaomao alzó una ceja, divertida.
—你的心在哪里? (¿Y dónde está tu corazón?).
Lin Mei tradujo con naturalidad.
Nina suspiró y se cruzó de brazos.
—En Japón.
Xiaomao sonrió ligeramente, una expresión casi juguetona.
Era una sonrisa de emperatriz, una que sabía que la vida siempre era impredecible.
—祝你好运 (Buena suerte en tu futuro).
Lin Mei lo tradujo al instante.
—La Emperatriz te desea mucha suerte en tu futuro.
Nina hizo una profunda reverencia, como había aprendido a hacer en China.
—Gracias.
Xiaomao la observó alejarse, su expresión enigmática, con la confianza de alguien que siempre tenía la última palabra.
Cuando Nina desapareció por la puerta, Xiaomao se inclinó apenas hacia Lin Mei.
—她是个好歌手 (Es una buena cantante).
Lin Mei asintió.
—是的 (Sí).
Xiaomao jugó con su abanico de seda, observando aún la puerta por la que se había ido Nina.
—我想让她在金霞的生日上唱歌 (La quiero para que cante en el cumpleaños de Jinxia).
Lin Mei no dudó.
—我会安排的 (Lo arreglaré).
Ambas se quedaron mirando a Nina desde el balcón que daba al patio principal como se reunía con Ruby en una esquina al final del pasillo.
Ajena a la conversación que acababa de definir su futuro sin que ella lo supiera.
El silencio aún flotaba en el aire tras la potente interpretación de Nina Iseri en el Patio Central del Palacio Interior. Los últimos ecos de 茉莉花 (Mò lì huā, Flor de Jazmín) reverberaban entre las columnas talladas con dragones, mientras el aroma a incienso y sándalo se mezclaba con la brisa nocturna. Las luces de los drones giraban en lo alto, proyectando haces dorados sobre la multitud, y las pantallas gigantes repetían en cámara lenta los momentos finales: Nina con los ojos cerrados, su cabello ondeando, su voz alcanzando una nota imposible que había hecho vibrar hasta el guzheng. El público, una mezcla de dignatarios chinos, diplomáticos extranjeros y millones de espectadores a través de las transmisiones nacionales e internacionales, seguía murmurando con asombro y entusiasmo. Los aplausos habían sido ensordecedores, un rugido que aún resonaba en los oídos de todos.
Pero en medio de aquella efervescencia, Haruka Matsuura permanecía inmóvil junto a una de las gradas reservadas, su rostro una máscara de serenidad estoica. Vestía un kimono negro con bordados plateados, sencillo pero impecable, como si cada pliegue hubiera sido calculado para reflejar la perfección que su apellido exigía. A su lado, Kendo Matsuura, su padre, observaba el escenario con los brazos cruzados, su chaleco burdeos y su postura rígida proyectando una autoridad silenciosa. El hombre era una figura imponente: cabello gris peinado hacia atrás, ojos penetrantes que parecían diseccionar todo lo que veían, y una calma glacial que intimidaba sin esfuerzo.
Haruka mantuvo la mirada fija en el escenario, donde los músicos profesionales se encontraban desarmando y guardándooslo sus instrumentos. Por fuera, Haruka era la imagen de la compostura. Por dentro, estaba sorprendida, casi desconcertada. Nina nunca había ensayado esos arreglos en el hotel. Los cambios en el tono —el giro rockero en las notas altas, la intensidad cruda que había irrumpido en la suavidad tradicional de la pieza— habían sido improvisados, espontáneos, algo que ningún músico clásico entrenado bajo las reglas estrictas de Kendo Matsuura se habría atrevido a intentar sin meses de preparación. Y, sin embargo, no había arruinado la canción. La había transformado en algo vivo, algo con alma, algo que trascendía las partituras y llegaba directo al corazón de quienes escuchaban.
Haruka lo notó. Lo sintió. Pero no lo reflejó. No podía. No con su padre a su lado.
Kendo descruzó los brazos lentamente, ajustándose el cuello del chaleco con un movimiento preciso, como si incluso ese gesto fuera parte de una coreografía ensayada.
—Estuvo bien —dijo finalmente, su voz neutra, desprovista de cualquier emoción más allá de una evaluación técnica—. Para un evento como este, fue aceptable.
Haruka permaneció en silencio, esperando. Sabía que no había terminado. Con Kendo, nunca terminaba con un simple comentario.
Y no tardó en llegar.
—Pero algunos músicos desafinaron en el segundo verso —continuó, su tono cortante como una navaja afilada—. Y el tempo del erhu se adelantó medio compás en el puente. Errores pequeños, pero perceptibles.
No miró a Haruka al hablar, sus ojos aún fijos en el escenario donde Nina ahora saludaba tímidamente a la multitud. Ella sabía que su padre había captado cada imperfección, cada nota fuera de lugar que el público general jamás notaría bajo el hechizo de la voz de Nina. Para la mayoría, la presentación había sido una obra maestra, un momento que quedaría grabado en la memoria colectiva de China y más allá. Para Kendo Matsuura, había sido una ejecución pasable con fallos corregibles. Haruka apretó los labios sutilmente, conteniendo el impulso de defender a Nina. No porque quisiera contradecirlo —eso era impensable—, sino porque, en algún rincón de su mente, reconocía que él tenía razón desde un punto de vista técnico. Pero también sabía algo que Kendo no admitiría: la magia de Nina no estaba en la perfección, sino en la pasión.
—¿Es esta la chica que invitaste para la sinfónica? —preguntó Kendo, rompiendo el silencio con esa calma que escondía un juicio implacable.
Haruka cerró los ojos un instante, dejando escapar un suspiro tan discreto que apenas movió su pecho.
—Sí —respondió, su voz casi automática, entrenada para no vacilar ante él.
Hubo una pausa. Uno de esos silencios pesados que Kendo usaba como herramienta, dejando que el peso de sus palabras se asentara antes de continuar. Haruka lo conocía bien: era el preludio a una crítica o una orden. O ambas.
—No es perfecta —dijo finalmente, su mirada aún clavada en el escenario, donde Nina se reunía con Ruby y los Harlaown—. Le falta pulir su control vocal. Las notas largas tiemblan en los finales, y su respiración es inconsistente en los crescendos.
Otro silencio. Haruka tensó los hombros, pero mantuvo el rostro impasible. Sabía que discutir sería inútil. Kendo no veía el arte como un sentimiento, sino como una ecuación que debía resolverse con precisión absoluta.
—Pero tiene potencial —añadió, su tono suavizándose apenas lo suficiente para que Haruka lo notara—. Es aceptable.
Haruka abrió los labios, pero no dijo nada. Aceptable era lo más cercano a un elogio que Kendo Matsuura ofrecía. Y aún así, se sentía como una condena a medias. Él giró la cabeza ligeramente, sus ojos encontrando los de su hija por primera vez en la conversación.
—Entrénala más. La sinfónica es en dos meses. No toleraré menos que la excelencia.
Ella asintió, un movimiento mecánico.
—Lo haré.
Sabía que ese era el fin de la conversación sobre Nina. Pero Kendo no había terminado. Sin apartar la mirada del escenario, dejó caer otro nombre como si fuera una piedra en un estanque tranquilo.
—Sayaka está en el mismo hotel que nosotros.
Haruka se tensó de inmediato, un nudo formándose en su garganta. No esperaba escuchar ese nombre ahora, no aquí, no de él. Su padre continuó, su voz tan calma e implacable como siempre.
—Pero no las he visto juntas.
Haruka desvió la mirada al suelo, mordiendo sutilmente su labio inferior. El sonido de los aplausos y las voces de la multitud se desvanecieron en un zumbido lejano. No sabía qué responder. No quería responder. Pero Kendo no le dio opción.
—Deberían verse —dijo, sin inflexión, como si fuera un hecho irrefutable. Una orden disfrazada de sugerencia.
Haruka respiró hondo, el aire fresco del patio llenando sus pulmones mientras intentaba mantener la compostura.
—Sí —murmuró, porque era lo único que podía decir.
Kendo hizo una pausa breve, luego bajó la mirada hacia su hija con esa expresión analítica que siempre la hacía sentir como un instrumento bajo inspección.
—Sayaka es un prodigio —declaró, y el peso de esa palabra cayó sobre Haruka como una losa—. No debes perder el contacto con gente de ese calibre. Su talento eleva el tuyo. La necesitas para la sinfónica.
Ella no respondió. No podía. Porque sabía que su padre lo decía sin intención de debatirlo. Porque sabía que, técnicamente, tenía razón: Sayaka era un prodigio, su habilidad con el contrabajo era casi sobrenatural, un don que Haruka había admirado desde el primer día. Pero también porque en su corazón aún rugía una tormenta de emociones no resueltas —amor, resentimiento, nostalgia— que Kendo nunca entendería ni le importaría entender.
Haruka suspiró, un sonido apenas audible que se perdió en el murmullo de la multitud. En silencio, aceptó la carga que una vez más recaía sobre sus hombros: la expectativa de ser perfecta, de rodearse de perfección, de no fallar. Nunca fallar.
El regreso al Hotel Imperial fue tranquilo. Los autos negros del convoy avanzaban por las calles de Beijing, ahora silenciosas bajo el cielo nocturno. Las luces de los edificios se reflejaban en las ventanillas, y el zumbido del motor era lo único que rompía la calma. Nina iba sentada junto a Ruby, su cabeza apoyada en su hombro, agotada pero satisfecha.
Lindy y Chrono hablaban en voz baja sobre el vuelo de regreso a Japón al día siguiente, mientras Ruby mantenía una mano firme en la de Nina, su pulgar trazando círculos en su piel.
En una intersección, el convoy se detuvo brevemente, y Nina vio a Riko caminando por la acera, su vestido de gala no combinaba con sus baquetas personalizadas las cuales estaban girando entre sus dedos como si fuera una estrella de circo. Abrió la ventanilla y la llamó.
—¡Riko!
Riko Hoshisora se giró, su rostro iluminándose con una sonrisa traviesa, y corrió hacia el auto con la gracia de alguien acostumbrado a ser el centro de atención.
—¡Nina, la reina del escenario! —exclamó, apoyándose en la ventana—. ¿Qué fue eso en el Palacio? ¡Casi me haces tirar mi té de perlas de la emoción!
Nina rió, el cansancio dando paso a una chispa de energía.
—No exageres, Riko.
—¿Exagerar? —Riko fingió ofenderse, llevándose una mano al pecho con dramatismo—. ¡Por favor! Te juro que vi a un guardia de Xiaomao sacando un pañuelo para secarse los ojos. ¡Y eso que esos tipos son de piedra! Vas a tener que darme clases para impresionar así a mis primos ricos.
Nina soltó una carcajada, y Ruby se unió, sacudiendo la cabeza.
—No le hagas caso, Nina. Pero sí, estuviste increíble.
Riko guiñó un ojo.
—Oye, si te aburres de cantar para emperatrices, únete a mi banda imaginaria. ¡Yo seré la líder, obviamente, porque soy una Hoshisora!
—¡En tus sueños! —replicó Nina, aún riendo—. ¡Yo soy la estrella aquí!
El conductor tocó la bocina suavemente, y Riko se apartó con una risita.
—¡Nos vemos en Japón, diva! ¡No te olvides de esta humilde noble!
Nina agitó la mano mientras el auto arrancaba, el momento cómico aligerando el ambiente. Ruby le dio un apretón en la mano, sonriendo.
—Hoshisora-san nunca decepciona.
—No, y me alegra —respondió Nina, recostándose de nuevo en su hombro.
El resto del trayecto fue silencioso, el agotamiento asentándose en todos. Al llegar al Hotel Imperial, el grupo Harlaown bajó del convoy y se reunió en el vestíbulo. Lindy dio las últimas instrucciones.
—El vuelo sale mañana a las diez. Descansen bien.
Chrono asintió con cansancio, y Nina y Ruby se quedaron atrás con Ririka, la maid personal de Ruby, quien las esperaba junto a la escalera. Vestida con su uniforme impecable, Ririka tamborileaba los dedos en el pasamanos, su expresión mezcla de fastidio y curiosidad.
—Vaya noche, ¿eh, señorita Iseri? —dijo, ajustándose el delantal—. Supongo que ahora es famosa.
Nina sonrió débilmente, demasiado cansada para responder con ingenio. Ruby, sin embargo, tomó la iniciativa, acercándose a Ririka con una mirada decidida.
—Riri-chan, necesito que hagas algo por mí.
Ririka arqueó una ceja.
—Digame milady ¿Desea que les traiga una copa pequeña de champán para celebrar? Aunque ustedes son menores y no pueden tomar.
—No —dijo Ruby, su tono firme pero con un dejo juguetón—. Quiero que dejes la habitación esta noche. Solo Nina y yo.
Ririka parpadeó, procesando las palabras, y luego frunció el ceño.
—Milady… ¿Me estás echando de nuestra habitación? Tengo ordenes de la jefa supervisora para quedarme con ustedes y atenderlas.
—Lo sé —respondió Ruby, dando un paso más cerca—. Pero solo por esta noche, Riri-chan. Por favor. Necesitamos privacidad.
—Pero, milady, ¿donde me voy a quedar?—protestó Ririka—
Ruby sonrió, su mirada suavizándose pero sin ceder.
—No hay discusión. Una noche. Ve con Lexie, ella te dará un lugar. Por favor.
Ririka abrió la boca para replicar, pero al ver la determinación en los ojos de Ruby, suspiró profundamente, dejando caer los hombros.
—Está bien, milady. Hablare con la jefa supervisora.
Nina rió por lo bajo, y Ruby asintió.
—Entendido, Riri-chan. Gracias.
Con un resoplido teatral, Ririka se alejó hacia el pasillo donde estaba la habitación de Alexandrina, murmurando algo sobre "la jefa supervisora se va a enfadar". Nina y Ruby intercambiaron una mirada cómplice antes de subir a su habitación en el tercer piso.
La puerta se cerró con un clic suave, y el silencio las envolvió. La luz tenue de las lámparas proyectaba sombras cálidas, y las cortinas dejaban entrever el brillo lejano de Beijing. Nina dejó caer su chaqueta en una silla, suspirando de alivio.
—Finalmente solas —murmuró, girándose hacia Ruby.
Ruby no respondió con palabras. Sus ojos brillaban con un deseo ardiente, y antes de que Nina pudiera reaccionar, la tomó por la cintura y la atrajo con fuerza, sus labios chocando en un beso feroz, hambriento. Nina jadeó contra su boca, sorprendida por la intensidad, pero respondió al instante, sus manos subiendo al cuello de Ruby, enredándose en su cabello mientras el calor entre ellas explotaba.
Ruby rompió el beso solo para jadear contra sus labios.
—Tu voz allá arriba… me volvió loca. Estuviste tan increíble que no puedo contenerme. Quiero recompensarte, amor.
Nina sonrió, su respiración entrecortada, el agotamiento olvidado ante el fuego en los ojos de Ruby.
—Entonces hazlo —susurró, desafiándola.
Ruby gruñó suavemente, sus manos deslizándose bajo el vestido de Nina con urgencia. Tiró de la tela hacia arriba, quitándoselo en un movimiento rápido y dejándolo caer al suelo, exponiendo la piel de Nina al aire fresco de la habitación. Sus dedos trazaron un camino ardiente por su espalda, desabrochando el sujetador con un chasquido y arrojándolo a un lado. Nina tembló bajo su toque, pero no se apartó; en cambio, tiró del vestido de Ruby con igual desesperación, arrancándola por encima de su cabeza y dejando que sus cuerpos se encontraran, piel contra piel.
—Eres mía esta noche —murmuró Ruby, su voz ronca de deseo mientras empujaba a Nina hacia la cama.
Nina cayó sobre el colchón, sus ojos brillando con anticipación mientras Ruby se cernía sobre ella como una leona en celo, su cabello cayendo como una cortina alrededor de sus rostros. Los labios de Ruby bajaron por su cuello, mordiendo suavemente la piel sensible antes de besar un camino hacia su clavícula, sus manos explorando cada curva de Nina con una mezcla de adoración y hambre. Nina arqueó la espalda, un gemido escapando de sus labios mientras Ruby deslizaba la ropa interior hacia abajo, quitándola con un movimiento decidido.
Ruby se detuvo un momento, mirándola con una intensidad que hizo que el corazón de Nina latiera más rápido.
—Dios, eres perfecta —susurró, antes de inclinarse para besar su abdomen, sus manos abriendo los muslos de Nina con firmeza.
Nina jadeó, sus dedos aferrándose a las sábanas mientras Ruby descendía más, sus labios y lengua encontrando la vagina se Nina húmeda, abrió la boca y saco su lengua y como una leona empezó a devorarla. El placer la golpeó como una ola, sus caderas moviéndose instintivamente contra la boca de Ruby, que trabajaba con una mezcla de habilidad y urgencia, sus manos apretando los muslos de Nina para mantenerla en su lugar. Los gemidos de Nina llenaron la habitación, cada uno más fuerte que el anterior, mientras Ruby la llevaba al borde con una determinación feroz.
—Ruby… por favor… —suplicó Nina, su voz quebrándose mientras el calor crecía insoportable.
Ruby respondió subiendo de nuevo, sus labios capturando los de Nina en un beso salvaje mientras sus dedos reemplazaban su boca, moviéndose con un ritmo rápido y profundo en la vagina de Nina que hizo que ella se arqueara contra Ruby. Sus cuerpos se presionaron uno contra el otro, sudorosos y temblorosos, el roce de sus pieles intensificando cada sensación. Ruby mordió el labio inferior de Nina, su propia respiración entrecortada mientras sus movimientos se volvían más desesperados.
—Te amo tanto —gruñó Ruby, sus palabras entremezclándose con los jadeos de Nina—. Quiero que sientas lo que me hiciste sentir esta noche.
Nina alcanzó el clímax con un grito, su cuerpo tensándose mientras oleadas de placer la recorrían, sus uñas clavándose en la espalda de Ruby. Esta no se detuvo, sus dedos y labios prolongando el éxtasis de Nina hasta que un segundo orgasmo la golpeó, dejándola temblando y sin aliento. Ruby la siguió poco después, su propio placer estallando mientras se frotaba contra Nina, un gemido gutural escapando de su garganta mientras colapsaba sobre ella.
Permanecieron así, enredadas en las sábanas arrugadas, sus cuerpos cálidos y sudorosos pegados el uno al otro. Ruby besó la frente de Nina, su respiración aún agitada mientras trazaba líneas perezosas en su espalda.
—Eres todo para mí —susurró, su voz ronca pero llena de ternura.
Nina, exhausta y satisfecha, se acurrucó contra ella, sonriendo débilmente.
—Te amo más.
El silencio las envolvió, cálido y reconfortante, mientras el mundo afuera desaparecía.
El rugido sordo de los motores del avión llenaba la cabina como un murmullo constante, un telón de fondo que se mezclaba con el zumbido del aire acondicionado y el leve crujir de los asientos de cuero. Nanoha estaba sentada junto a la ventanilla, su reflejo apenas visible en el cristal oscurecido por la noche. En su mano sostenía un vaso de agua helada, las gotas de condensación deslizándose entre sus dedos mientras miraba las luces de Beijing desvanecerse en la distancia, como si la ciudad misma se despidiera de ella con un parpadeo final. Pronto, el avión cruzaría el Mar de China Oriental. Pronto, estarían en territorio japonés. Y pronto, enfrentaría a su padre.
Shiro Takamachi. Un zorro.
Las palabras de Xiaomao resonaban en su mente como un tambor distante, implacable, imposible de silenciar. "¿Sabes cómo ha sobrevivido tu clan todos estos años?" "Pregúntale a tu padre cuando regreses a tu país." Cada sílaba había sido pronunciada con una certeza afilada, como si la Emperatriz supiera algo que Nanoha apenas comenzaba a intuir. Frunció el ceño y apoyó la cabeza contra el respaldo del asiento, el cuero frío contra su nuca contrastando con el calor que sentía en su pecho. No era solo curiosidad lo que la carcomía; era un presentimiento, una sombra que se alargaba desde el pasado de su familia y que ahora amenazaba con alcanzarla.
Cerró los ojos un momento, dejando que el murmullo del avión llenara el vacío de sus pensamientos. ¿Qué tanto sabía Xiaomao? ¿Qué secretos guardaba Shiro que ni siquiera ella, su hija, conocía? Los Takamachi siempre habían sido una familia de fuerza y honor, o eso le habían enseñado. Pero las palabras de la Emperatriz habían plantado una semilla de duda, una grieta en la imagen que Nanoha había construido de su padre. Y esa grieta crecía con cada kilómetro que el avión avanzaba hacia Japón.
La brisa helada del aire acondicionado rozaba su piel, erizando los vellos de sus brazos bajo la chaqueta ligera que llevaba. Intentó concentrarse en el frío, en el peso del vaso en su mano, en cualquier cosa que despejara la niebla de su mente. Pero no era suficiente. Las preguntas giraban como un torbellino: ¿Qué había hecho su padre para mantener al clan a flote? ¿Qué precio había pagado? ¿Y por qué Xiaomao, una figura tan distante, parecía saber más de su familia que ella misma?
Un movimiento a su lado la sacó de su ensimismamiento. Fate se había inclinado levemente hacia ella, apoyando un brazo en el descansabrazos que las separaba. Sus ojos borgoña la observaban con esa mezcla de suavidad y perspicacia que siempre lograba atravesar las defensas de Nanoha. El cabello rubio de Fate caía en mechones sueltos sobre su hombro, y la luz tenue de la cabina resaltaba las líneas de su rostro, dándole un aire casi etéreo.
—Sigues pensando en eso, ¿verdad? —preguntó Fate, su voz baja y cálida, apenas un susurro para no despertar a Hayate Yagami, que dormía en el asiento contiguo, con los auriculares puestos y la cabeza inclinada hacia un lado.
Nanoha soltó un suspiro pesado, el aire escapando de sus pulmones como si llevara consigo parte de su tensión. Dejó el vaso sobre la mesita plegable con un leve tintineo, el hielo chocando contra el cristal.
—No puedo evitarlo —admitió, su mirada volviendo a la ventanilla, aunque ahora solo veía la negrura del cielo nocturno salpicada de estrellas lejanas.
Fate entrelazó sus dedos con los de Nanoha en un gesto instintivo, su piel cálida contra la de ella, que aún estaba fría por el vaso. El contacto era un ancla, un recordatorio silencioso de que no estaba sola en esto, sin importar cuán oscuro se volviera el camino.
—¿Estás preocupada por lo que pueda decirte tu padre? —preguntó Fate, su tono suave pero cargado de una comprensión profunda.
Nanoha la miró por un segundo, sus ojos lavanda encontrándose con los de Fate. Había una vulnerabilidad en su mirada que rara vez dejaba salir, pero con Fate no había necesidad de esconderla. Volvió a fijar la vista en la ventanilla, el reflejo de ambas apenas visible en el cristal.
—Estoy preocupada de que Xiaomao tenga razón —confesó, su voz temblando ligeramente en las últimas palabras.
Fate no respondió de inmediato. Dejó que el silencio se asentara entre ellas, un espacio donde las palabras de Nanoha podían respirar, donde su peso podía sentirse plenamente. Apretó su mano un poco más, un gesto pequeño pero firme, mientras observaba el perfil de Nanoha: la línea tensa de su mandíbula, el ceño fruncido que delataba la tormenta en su interior.
—¿Qué harás cuando lo enfrentes? —preguntó finalmente, su voz un hilo de calma en medio del caos que Nanoha sentía.
Nanoha tardó en responder. Sus dedos se apretaron alrededor de los de Fate, como si buscara en ellos la respuesta que no encontraba en sí misma.
—No lo sé —admitió, y esas tres palabras cayeron como piedras en el silencio de la cabina.
Ese era el problema. No tenía un plan. No sabía qué esperar de Shiro, ni qué preguntas hacerle para desentrañar el acertijo que Xiaomao había dejado caer como una bomba. ¿Cómo enfrentas a alguien que ha sido tu roca, tu héroe, cuando de repente te dicen que podría ser algo más —o algo menos— de lo que creías? Solo sabía que tenía que hablar con él, que no podía seguir ignorando la sombra que se cernía sobre los Takamachi, una sombra que ahora sentía más cerca que nunca.
Fate presionó suavemente su mano, llevándola a sus labios para depositar un beso ligero en sus nudillos.
—Sea lo que sea, estaré contigo —dijo, su voz firme, cargada de esa certeza inquebrantable que siempre había sido el faro de Nanoha en las tormentas.
Nanoha giró la cabeza para mirarla, y encontró en los ojos de Fate esa luz que nunca fallaba en sostenerla, incluso en sus peores momentos. Una sonrisa pequeña, apenas perceptible, curvó sus labios.
—Gracias —murmuró, y aunque la palabra era simple, llevaba consigo todo el peso de su gratitud.
Fate sonrió, una expresión suave que iluminó su rostro, y apoyó su frente contra la de Nanoha en un gesto cariñoso. El contacto era cálido, íntimo, un refugio momentáneo contra las dudas que la perseguían. Permanecieron así unos segundos, respirando al unísono, hasta que el avión vibró levemente, una turbulencia ligera que marcaba su entrada en el espacio aéreo japonés.
Nanoha cerró los ojos, dejando que la sensación del movimiento la anclara al presente. El peso de la conversación con su padre seguía ahí, una carga invisible que presionaba sus hombros, pero había otra conversación que no podía posponer más. Se enderezó en su asiento, respirando hondo para reunir el valor que necesitaba. Sus ojos se posaron en Hayate, quien dormía plácidamente a su derecha, los auriculares colgando torcidos sobre sus hombros y un mechón de cabello castaño cayendo sobre su frente. Había un aire de paz en su rostro que contrastaba con la tensión que Nanoha sentía, y por un momento dudó en despertarla. Pero no podía esperar más.
Extendió una mano y le dio un toque ligero en el brazo, sus dedos rozando la tela suave de su chaqueta. Hayate murmuró algo incoherente, un sonido entre un gruñido y un suspiro, pero no se movió. Nanoha insistió, dándole otro toque un poco más firme.
—Hayate —susurró, manteniendo la voz baja.
Tras unos segundos, Hayate parpadeó soñolienta, frotándose los ojos con el dorso de la mano mientras un bostezo escapaba de sus labios. Sus auriculares cayeron sobre su regazo, y el leve zumbido de la música que aún sonaba se escuchó en el silencio.
—¿Mmm? ¿Ya llegamos? —preguntó, su voz ronca por el sueño mientras se estiraba con un crujido audible de sus articulaciones.
Nanoha negó con la cabeza, su expresión seria.
—Todavía no.
Hayate entrecerró los ojos, captando de inmediato el tono en la voz de Nanoha. El sueño se desvaneció de su rostro como si alguien hubiera encendido una luz, reemplazado por una mezcla de curiosidad y alerta.
Se enderezó en su asiento, ajustándose la chaqueta con un movimiento rápido, y la miró con atención.
—¿Qué sucede? —preguntó, su voz ahora clara, toda traza de somnolencia desaparecida.
Nanoha hizo una pausa, sus dedos tamborileando nerviosamente contra el descansabrazos mientras elegía las palabras con cuidado. El murmullo del avión parecía amplificarse en ese momento, como si el universo mismo contuviera el aliento. Finalmente, levantó la mirada y encontró los ojos de Hayate, sosteniéndolos con una determinación que ocultaba su propia incertidumbre.
—Necesito hablar contigo sobre lo que pasó en el Palacio —dijo, su voz firme pero cargada de una vulnerabilidad que no podía disimular.
Fate permaneció en silencio a su lado, su mano aún entrelazada con la de Nanoha, un apoyo tácito que le daba fuerza. Dejó que la conversación tomara su curso, su presencia un recordatorio constante de que no estaba sola en esto.
Hayate, ahora completamente despierta, se quitó los auriculares por completo y los dejó sobre la mesita plegable frente a ella. Sus ojos, normalmente brillantes con un toque de picardía, se volvieron serios, reflejando la gravedad del momento. Se inclinó ligeramente hacia Nanoha, apoyando los codos en las rodillas, y le sostuvo la mirada con una intensidad que hizo que el aire entre ellas se cargara de expectativa.
—Te escucho —dijo, su voz baja pero segura, invitándola a continuar.
Nanoha tomó aire, el sonido de su respiración mezclándose con el zumbido del avión. Sus dedos apretaron los de Fate una vez más, buscando anclarse mientras las palabras comenzaban a formarse en su mente. Había llegado el momento de enfrentar no solo a su padre, sino también las piezas del rompecabezas que Xiaomao había dejado caer, y Hayate era una parte esencial de eso.
—Cuando Xiaomao habló conmigo después del atentado… —empezó, su voz temblando ligeramente antes de estabilizarse—. Dijo cosas sobre mi familia. Sobre mi padre. Cosas que no entiendo, pero que no puedo ignorar. Y creo que tú podrías saber algo, o al menos ayudarme a descifrarlo.
Hayate frunció el ceño, procesando las palabras de Nanoha. El avión vibró de nuevo, una turbulencia suave que apenas se sintió, pero que pareció subrayar la tensión del momento. Nanoha continuó, su mirada fija en Hayate, buscando cualquier señal, cualquier pista que la guiara en la oscuridad que se avecinaba.
—Necesito saber qué está pasando, Hayate. Antes de que llegue a casa y todo esto me explote en la cara.
Hayate respiró hondo, su expresión suavizándose por un instante antes de endurecerse de nuevo con una mezcla de resolución y cautela. Se recostó en su asiento, cruzando los brazos mientras sus ojos se perdían momentáneamente en la penumbra de la cabina.
—Está bien —dijo finalmente, su voz firme pero cargada de una seriedad que rara vez mostraba—. Hablemos. Pero prepárate, Nanoha. Si Xiaomao dijo algo sobre tu padre, no va a ser fácil de escuchar.
Nanoha asintió, el peso de esas palabras asentándose en su pecho como una piedra. Sabía que estaba a punto de cruzar una línea, de abrir una puerta que tal vez no podría cerrar. Pero no había vuelta atrás. No ahora.
Tenia que soltarlo, tenia que hablar.
El rugido sordo de los motores del avión llenaba la cabina como un zumbido constante, un eco que parecía amplificar el silencio tenso entre los asientos. Nanoha Takamachi miraba a Hayate Yagami con una expresión que era a la vez decidida y frágil, como si estuviera al borde de un precipicio que no podía ver del todo. Fate Harlaown seguía sosteniendo su mano, los dedos entrelazados con los de Nanoha en un agarre firme pero cálido, una ancla silenciosa que la mantenía a flote mientras las olas de sus pensamientos amenazaban con arrastrarla. El aire acondicionado zumbaba en el fondo, enviando ráfagas frías que rozaban la piel expuesta de sus brazos, pero no podían enfriar el calor que ardía en su pecho. Era hora de decirlo todo, de desenterrar las palabras que había guardado desde aquella conversación en el Palacio Interior.
Hayate lo sabía. Había estado allí, en las sombras de aquel momento, cuando Xiaomao Tang había apartado a Nanoha para hablar en privado tras el caos del atentado. Había visto cómo Signum, la estoica jefa de seguridad de Nanoha, y Li Wei, el guardia implacable de la Emperatriz, se tensaron visiblemente cuando Xiaomao insistió en que la conversación fuera a solas, detrás de las puertas insonorizadas de una sala apartada. Hayate no había preguntado entonces, respetando el silencio de Nanoha, pero sus ojos siempre habían sido perspicaces, captando más de lo que dejaba entrever.
Y ahora, en el estrecho confines del avión, con Japón acercándose en el horizonte, ese silencio ya no podía sostenerse.
Hayate apoyó el codo en el descansabrazos, su postura relajada pero sus ojos fijos en Nanoha con una intensidad que cortaba a través de la penumbra de la cabina. La luz tenue de las lámparas superiores proyectaba sombras suaves sobre su rostro, resaltando las líneas de concentración que marcaban su frente.
—Sabía que tarde o temprano me lo dirías —dijo, su voz baja pero cargada de una certeza tranquila, como si hubiera estado esperando este momento desde Beijing.
Nanoha desvió la mirada, un destello de culpa cruzando sus ojos mientras sus dedos tamborileaban nerviosamente contra el borde de la mesita plegable. Había querido proteger a Hayate de esto, mantenerla al margen hasta que tuviera respuestas claras. Pero ahora, con las palabras de Xiaomao resonando como un tambor en su cabeza, esa protección parecía inútil. Fate permaneció en silencio a su lado, su presencia un pilar firme, su mano un recordatorio constante de que no estaba sola en este torbellino.
Hayate no apartó la mirada, su paciencia firme como una roca.
—Dime, Nanoha —insistió, su tono suave pero implacable—. ¿Qué te dijo Xiaomao?
Nanoha hizo una pausa, su respiración atrapada en su garganta mientras reunía el valor para dejar salir las palabras. El murmullo del avión parecía amplificarse, un eco que subrayaba la gravedad del momento. Finalmente, exhaló lentamente, el aire escapando de sus pulmones como si llevara consigo un peso que había cargado demasiado tiempo, y comenzó a hablar.
—Me llamó corrupta —dijo, su voz temblando ligeramente antes de estabilizarse.
Hayate parpadeó lentamente, un movimiento casi deliberado mientras procesaba la palabra.
—¿Qué? —preguntó, su tono plano pero con un filo de incredulidad.
Nanoha negó con la cabeza rápidamente, levantando una mano para aclarar.
—No a mí. A mi padre.
Hayate se inclinó hacia adelante, el respaldo de su asiento crujiendo bajo el movimiento. Sus ojos se clavaron en Nanoha con una mezcla de curiosidad y alarma, el brillo de la historiadora emergiendo tras su fachada tranquila.
—Dijo que Shiro Takamachi es un hombre que haría lo que fuera necesario para proteger a su clan —continuó Nanoha, su voz ganando fuerza a medida que las palabras fluían—. Incluso traicionar a aliados si eso significaba el bienestar de su familia.
Hayate no reaccionó de inmediato. Su rostro permaneció inmóvil, pero sus dedos se curvaron ligeramente contra el descansabrazos, un signo sutil de que las palabras de Nanoha la habían golpeado.
No era alguien que se dejara llevar por suposiciones apresuradas; su mente, afilada por años de estudiar historia y desentrañar verdades ocultas, procesaba cada detalle con cuidado. Pero lo que Nanoha decía no era una acusación menor. Era una grieta en la narrativa que todos habían aceptado sobre los Takamachi, una familia de honor y sacrificio.
Nanoha tragó saliva, sintiendo el peso de su propia confesión presionando su pecho.
—Dijo que si quiero saber la verdad… debo preguntarle a mi padre cuando regrese a Japón —añadió, sus ojos cayendo momentáneamente al vaso de agua frente a ella, las gotas de condensación brillando bajo la luz como lágrimas congeladas.
Hayate exhaló con fuerza, un sonido que cortó el aire entre ellas. Pasó una mano por su cabello castaño, despeinándolo ligeramente mientras su mente comenzaba a girar, conectando puntos invisibles.
—Xiaomao no es alguien que hable sin información —dijo finalmente, su voz baja pero cargada de una certeza que hizo que el corazón de Nanoha latiera más rápido—. Si dijo eso, tiene algo concreto.
Nanoha cerró los ojos unos segundos, la presión en su pecho volviéndose casi insoportable. Sabía que Hayate tenía razón. Xiaomao Tang no era una mujer de palabras vacías; cada frase que pronunciaba estaba respaldada por el peso de su autoridad y los recursos de un imperio que documentaba todo con una precisión obsesiva.
—Lo sé —murmuró, abriendo los ojos para encontrar la mirada de Hayate.
Hayate se recostó en su asiento, cruzando los brazos mientras su mente trabajaba a toda velocidad. Sus dedos tamborilearon contra su bíceps, un hábito inconsciente que emergía cuando estaba inmersa en un rompecabezas histórico.
—¿Y qué piensas hacer? —preguntó, su tono más suave ahora, casi compasivo.
Nanoha la miró directamente a los ojos, su mandíbula apretándose con una resolución que ocultaba el miedo que bullía debajo.
—Voy a preguntarle —dijo, su voz firme a pesar de la tormenta en su interior.
Hayate asintió lentamente, su mente ya procesando la información con el ojo crítico de una historiadora. Se inclinó hacia adelante de nuevo, apoyando los codos en las rodillas, y la miró con una seriedad que rara vez mostraba fuera de sus investigaciones.
—Xiaomao no sacó esa información de la nada —dijo, su voz bajando a un tono más grave—. Si te dijo que tu padre es un hombre que traiciona y vende alianzas, significa que ella tiene registros. Registros históricos. China documenta todo, Nanoha. Todo.
Nanoha se tensó, un escalofrío recorriendo su espalda como si el aire acondicionado hubiera intensificado su frío.
—¿Registros? —repitió, su voz apenas un susurro, como si temiera la respuesta.
Hayate la miró con una intensidad que hizo que el espacio entre ellas se sintiera más pequeño, más cargado.
—Sí. Registros históricos. Si tu familia estuvo involucrada en algo importante —algo que afectó a China o a sus intereses—, los chinos lo saben. Tienen archivos que Japón nunca ha visto, o que fueron enterrados deliberadamente.
Nanoha sintió un nudo formarse en su garganta, el aire en la cabina volviéndose más pesado, más difícil de respirar.
—¿Cómo qué tipo de cosas? —preguntó, su voz temblando ligeramente a pesar de sus esfuerzos por mantenerla firme.
Hayate tomó aire antes de responder, sus ojos entrecerrándose como si estuviera hojeando mentalmente las páginas de un libro invisible.
—Familias que desaparecieron. Clanes que fueron absorbidos o eliminados —dijo, su tono mesurado pero cargado de una gravedad que hizo que el corazón de Nanoha se acelerara.
Nanoha frunció el ceño, inclinándose hacia adelante ahora, sus manos apretándose en puños sobre sus muslos.
—¿De qué estás hablando? —preguntó, la confusión mezclándose con un creciente temor.
Hayate cerró los ojos un momento, como si necesitara ordenar sus pensamientos antes de dejar salir una verdad que sabía que cambiaría todo. Cuando los abrió, su mirada era afilada, casi cortante.
—La Gran Guerra entre Japón y China no fue solo un conflicto militar —explicó, su voz baja pero firme—. Fue una guerra donde no solo se conquistaban territorios… se tomaban familias enteras. Clanes enteros fueron borrados, absorbidos por otros o reconstruidos bajo nuevos nombres para ocultar lo que realmente pasó.
Nanoha sintió un nudo apretarse en su estómago, una sensación fría y punzante que se extendía desde su centro hasta sus extremidades. El murmullo del avión parecía desvanecerse, dejando solo el eco de las palabras de Hayate resonando en su cabeza.
—¿Quieres decir que…? —empezó, pero su voz se quebró, incapaz de terminar la pregunta.
Hayate asintió lentamente, su expresión sombría.
—Es posible que algunos clanes hayan desaparecido de la historia porque fueron absorbidos por otros. O peor aún… reconstruidos con nuevos nombres para borrar su pasado. Y si Xiaomao sabe algo sobre los Takamachi, entonces hay una conexión que no conocemos.
Nanoha sintió un latido en su pecho, fuerte y doloroso, como si su corazón intentara escapar de la verdad que se estaba formando ante ella. Sus manos temblaron ligeramente, y Fate las cubrió con las suyas, un gesto silencioso que le dio un ancla en medio del caos.
—Xiaomao mencionó a los Fiasse —dijo Nanoha, su voz apenas audible, como si pronunciar el nombre en voz alta lo hiciera más real.
Hayate levantó la cabeza rápidamente, sus ojos abriéndose con una mezcla de sorpresa y reconocimiento.
—¿Los Fiasse? —repitió, su tono subiendo ligeramente por la incredulidad.
Nanoha asintió, su mirada fija en Hayate mientras las palabras de Xiaomao regresaban a ella con una claridad escalofriante.
—Dijo que no siempre fueron los Fiasse —continuó, su voz ganando fuerza a medida que las piezas comenzaban a encajar—. Que antes tenían otro apellido. Y que los Takamachi los secuestraron y los convirtieron en lo que son ahora.
Hayate parpadeó, claramente tomada por sorpresa. Sus manos se detuvieron en su regazo, y por un momento, la historiadora parecía perdida en sus propios pensamientos, buscando en su vasto conocimiento algún indicio de lo que Nanoha estaba diciendo.
—Eso… no está en ningún libro de historia —dijo finalmente, su voz baja y cargada de asombro—. Ni en los registros oficiales japoneses, ni en los textos que he estudiado sobre la Gran Guerra.
Nanoha se tensó aún más, sus uñas clavándose en las palmas de sus manos.
—Entonces, ¿de dónde lo sacó Xiaomao? —preguntó, su voz temblando con una mezcla de frustración y miedo.
Hayate se quedó en silencio unos segundos, sus ojos entrecerrándose mientras procesaba la enormidad de la pregunta. Luego habló, su tono más bajo, más grave, como si temiera que las paredes del avión pudieran escuchar.
—Si la Emperatriz tiene esa información, es porque China tiene registros de los Takamachi que Japón no tiene —dijo, cada palabra pronunciada con cuidado—. Archivos secretos, probablemente guardados en los anales imperiales. Cosas que nunca salieron a la luz porque alguien —tal vez tu familia— se aseguró de que quedaran enterradas.
Nanoha sintió un mareo, una oleada de náusea que la obligó a cerrar los ojos por un momento. Las imágenes de su infancia —Shiro riendo con ella en el dojo, enseñándole a sostener una espada de madera, contándole historias de honor y valentía— chocaban violentamente con la sombra que Xiaomao y ahora Hayate estaban pintando. ¿Quién era realmente su padre? ¿Qué había hecho para que los Takamachi sobrevivieran?
Fate, que había permanecido en silencio hasta ese momento, finalmente habló, su voz cortando a través de la niebla que envolvía a Nanoha.
—Nanoha, ¿qué vas a hacer cuando hables con tu padre? —preguntó, su tono suave pero firme, sus ojos dorados buscando los de Nanoha con una intensidad que exigía una respuesta.
Nanoha abrió los ojos y apretó los puños, sus nudillos blanqueándose bajo la presión.
—Voy a preguntarle la verdad —dijo, su voz temblando al principio pero endureciéndose con cada palabra—. Necesito saber quién es él. Quiénes somos nosotros.
Fate apretó su mano con fuerza, transmitiéndole su apoyo sin necesidad de palabras. Sus dedos se entrelazaron más profundamente, un lazo que no se rompería sin importar lo que viniera.
Hayate suspiró, recargando la cabeza en el respaldo del asiento con un movimiento cansado. Pasó una mano por su rostro, como si intentara borrar la tensión que se había acumulado en sus rasgos.
—Espero que estés lista para lo que venga, Nanoha —dijo, su voz suave pero cargada de una advertencia sombría—. Si Xiaomao tiene razón, y si esos registros existen… esto podría cambiar todo lo que sabes sobre tu familia.
Nanoha cerró los ojos de nuevo, el peso de esas palabras asentándose en su pecho como una losa. No lo estaba. No estaba lista para enfrentar a Shiro, para desenterrar secretos que podrían destruir la imagen que tenía de él, de los Takamachi, de sí misma. Pero no había otra opción. La verdad estaba ahí afuera, esperando en las sombras, y ella tenía que encontrarla.
El avión vibró ligeramente, una turbulencia que apenas se sintió, pero que pareció subrayar el silencio que cayó entre ellas. Nanoha respiró hondo, abriendo los ojos para mirar a Hayate y Fate, las dos personas en las que más confiaba en este momento.
—Tengo que hacerlo —dijo, más para sí misma que para ellas, su voz un susurro decidido en la penumbra de la cabina.
El avión tocó tierra en el Aeropuerto de Nuevo Chitose en Sapporo con un leve estremecimiento, el chirrido de las ruedas contra la pista resonando en la cabina como un eco de la tensión que Nanoha Takamachi llevaba en su interior. El zumbido de los motores se apagó lentamente, reemplazado por el murmullo de los pasajeros recogiendo sus pertenencias y el traqueteo de las maletas en los compartimentos superiores. Nanoha permaneció inmóvil por un momento, su mirada perdida en la ventanilla donde las luces de la pista parpadeaban bajo un cielo grisáceo, cargado de nubes bajas que anunciaban nieve. Estaba en casa. En Japón. En Sapporo. Y eso significaba que el enfrentamiento con su padre, Shiro Takamachi, estaba a solo unas horas de distancia.
Fate Harlaown, sentada a su lado, le dio un apretón suave en la mano, sacándola de su trance. Nanoha giró la cabeza y encontró los ojos dorados de Fate, llenos de una calma que contrastaba con la tormenta que rugía en su pecho.
—Estamos aquí —dijo Fate, su voz baja pero firme, un recordatorio silencioso de su promesa de estar a su lado.
Nanoha asintió, forzando una pequeña sonrisa que no llegó a sus ojos, y se levantó junto a Hayate Yagami, quien ya estaba ajustándose la chaqueta con un aire de resolución. Las tres salieron del avión en silencio, sus pasos resonando en la pasarela mientras el aire frío de Hokkaido las recibía como un golpe helado.
Pero no fue el clima lo que hizo que Nanoha se tensara cuando llegaron a la terminal: fue el destello de las cámaras y el murmullo creciente de las voces que las esperaban.
El arribo de los Takamachi era un tema que los reporteros tenían en mente desde que los eventos en Beijing se transmitieron al mundo. Apenas Nanoha, Fate y Hayate atravesaron las puertas de llegada, una oleada de periodistas las rodeó, micrófonos y cámaras empujándose entre sí en un frenesí caótico. Las luces cegadoras de los flashes golpearon los ojos de Nanoha, y las preguntas llegaron como una avalancha.
—¡Takamachi-san! ¿Qué puede decirnos sobre el atentado en la coronación de Xiaomao Tang? —gritó un hombre con una grabadora en la mano.
—¿Por qué los Takamachi siempre están metidos en problemas? —preguntó una mujer con un micrófono rojo, su tono acusador cortando el aire—. ¿Es cierto que su familia tiene vínculos con tensiones internacionales?
—¡Nanoha-san! ¿Qué papel jugó usted en Beijing? ¿Está su clan involucrado en el conflicto con China?—otro reportero se abrió paso, su cámara zumbando mientras grababa cada movimiento.
Nanoha se detuvo en seco, el peso de las preguntas aplastándola como si fueran piedras arrojadas desde todas direcciones. Su respiración se aceleró, y por un momento, el caos la paralizó. Pero antes de que pudiera responder —o colapsar bajo la presión—, una figura alta y autoritaria se interpuso entre ella y la multitud.
Signum, la líder de la seguridad de los Takamachi, avanzó con pasos firmes, su pistola enfundada en su cinto ajustada a su cintura proyectaba una amenaza silenciosa que hizo retroceder a los reporteros más atrevidos. Su cabello rosado ondeaba ligeramente con el movimiento, y sus ojos afilados recorrieron a la prensa con una mezcla de desdén y advertencia.
—Hagan espacio —ordenó, su voz cortante —Los Takamachi no responderán preguntas ahora. Aléjense.
Varios guardias uniformados se unieron a ella, formando una barrera humana que empujó a los periodistas hacia atrás. Algunos protestaron, gritando más preguntas, pero la presencia imponente de Signum y su equipo los obligó a ceder terreno. Fate tomó el brazo de Nanoha con suavidad, guiándola hacia adelante, mientras Hayate caminaba atrás de ellas junto con Carim, lanzando miradas de reojo a la multitud con una mezcla de curiosidad y cautela.
El cuarteto avanzó hacia una camioneta negra que los esperaba en la salida, su motor ya encendido y emitiendo un zumbido bajo. Signum abrió la puerta trasera con un movimiento rápido, y Nanoha subió al vehículo, seguida por Fate, Hayate y Carim. Las puertas se cerraron con un golpe seco, silenciando el clamor de los reporteros mientras el conductor aceleraba hacia los terrenos Takamachi, ubicada en las afueras de Sapporo, entre colinas cubiertas de pinos y nieve.
Dentro del vehículo, el silencio era pesado, roto solo por el sonido de los neumáticos contra el asfalto y el leve crujir del cuero de los asientos. Nanoha miraba por la ventana, sus manos apretadas en su regazo mientras el paisaje urbano daba paso a carreteras más tranquilas, flanqueadas por árboles desnudos y campos helados. Su mente era un torbellino, buscando las palabras que diría a su padre. ¿Cómo empiezo? ¿Cómo le pregunto algo así sin romper todo lo que tenemos? Las acusaciones de Xiaomao resonaban en su cabeza —"un hombre que traicionaría a aliados", "pregúntale a tu padre"—, y cada kilómetro que se acercaban a la mansión hacía que su corazón latiera más rápido.
Intentó imaginar la conversación: "Papá, ¿qué hiciste? ¿Qué somos realmente los Takamachi?" Pero las palabras se sentían torpes, insuficientes para abarcar la enormidad de lo que sospechaba. Quería respuestas, pero también temía lo que descubriría. ¿Y si Shiro confirmaba todo? ¿Y si su familia, su legado, estaba construido sobre mentiras y sangre?
El vehículo giró por un camino privado, y los terrenos Takamachi aparecieron a la vista: el enorme torii de color rojo daba la bienvenida desde la entrada sur a los terrenos, el vehículo fue avanzando hasta llegar a la entrada principal de los terrenos, una estructura imponente de madera y piedra, con tejados curvos al estilo tradicional japonés pero modernizada con ventanales amplios y luces discretas que iluminaban el jardín cubierto de nieve. El conductor detuvo el auto frente al parking principal, y Nanoha respiró hondo, girándose hacia Fate y Hayate. Sus ojos buscaron los de ellas, desesperados por un poco de valor.
Fate le sonrió, una expresión pequeña pero cargada de fuerza, y apretó su mano una vez más.
—Puedes hacerlo —dijo, su voz un susurro firme que cortó a través de las dudas de Nanoha.
Hayate asintió, su mirada seria pero alentadora.
—Estamos contigo, Nanoha. Sea lo que sea, lo enfrentaremos juntas.
Nanoha cerró los ojos por un instante, dejando que sus palabras la envolvieran como un escudo. Luego, con un suspiro profundo que liberó parte de la tensión en su pecho, abrió la puerta y bajó del vehículo. Sus botas crujieron contra la nieve mientras avanzaba hacia la entrada, Fate y Hayate siguiéndola de cerca pero dándole espacio. Signum las escoltó hasta el interior, donde el calor de la mansión contrastaba con el frío exterior, y un sirviente las recibió con una reverencia.
—Su padre está en el despacho, señorita Nanoha —dijo el hombre, su voz baja y respetuosa—. La está esperando.
Nanoha asintió, su garganta seca, y comenzó a caminar por los pasillos familiares de la mansión. Las paredes estaban decoradas con pinturas de paisajes y espadas antiguas, reliquias de un pasado que ahora se sentía cuestionable. Cada paso resonaba en el suelo de madera pulida, un eco que parecía amplificar el latido de su corazón.
Cuando llegó al despacho, la puerta de roble estaba entreabierta, dejando escapar un leve resplandor de luz. Nanoha empujó la puerta con mano temblorosa y entró. Shiro Takamachi estaba sentado tras un amplio escritorio de caoba, su figura imponente incluso en reposo. Frente a él había un caos organizado: periódicos esparcidos con titulares sobre la tensión entre China y Japón, cartas selladas con emblemas gubernamentales, y un mapa de Asia con marcas rojas que Nanoha no pudo descifrar. Shiro alzó la vista al verla, sus ojos oscuros brillando con una mezcla de alivio y cansancio. Su cabello empezaba a volverse grisáceo, estaba despeinado, y las arrugas en su rostro parecían más profundas de lo que Nanoha recordaba.
—Nanoha —dijo, su voz grave pero cálida, levantándose de la silla con un movimiento lento—. Bienvenida a casa.
Ella se quedó en la entrada, incapaz de moverse por un momento, mientras Shiro rodeaba el escritorio y se acercaba. Él le puso una mano en el hombro, un gesto familiar que alguna vez la habría reconfortado, pero que ahora se sentía extraño, cargado de preguntas sin responder.
—Tu presentación al público en Beijing fue un bautizo de fuego —comenzó Shiro, su tono llevando un matiz de orgullo—. Lamento no haber estado allí, hija. Pero estuve moviendo cosas desde aquí para que la situación no escalara más allá. Controlaste bien las cosas, mejor de lo que esperaba.
Nanoha frunció el ceño, sacudiendo la cabeza lentamente.
—Papá, yo prácticamente no hice nada —dijo, su voz baja pero firme, cortando a través del elogio—. Todo lo que pasó… fue más grande que yo.
Shiro la miró por un momento, su expresión indescifrable, y luego asintió, retrocediendo hacia el escritorio. Se apoyó contra el borde, cruzando los brazos mientras un silencio pesado se asentaba entre ellos. Los titulares de los periódicos parecían gritar desde la mesa: "Tensión en el Pacífico", "China acusa a Japón de interferencia", "Takamachi en el centro del escándalo". Nanoha respiró hondo, sus manos temblando ligeramente mientras las palabras que había ensayado en el avión finalmente encontraron su voz.
—Papá… necesitamos hablar —dijo, su tono firme pero cargado de una vulnerabilidad que no podía ocultar—. Sobre lo que Xiaomao Tang me dijo en Beijing.
Shiro arqueó una ceja, pero no mostró sorpresa. En cambio, su rostro se endureció ligeramente, como si supiera que este momento llegaría tarde o temprano.
—¿Qué te dijo? —preguntó, su voz calmada pero con un filo que delataba su cautela.
Nanoha tragó saliva, dando un paso adelante.
—Dijo que eres un hombre que traicionaría a aliados por el bien del clan. Que has hecho cosas… cosas oscuras… para mantenernos a flote. Y que si quería la verdad, debía preguntarte a ti.
El silencio que siguió fue sofocante. Shiro no apartó la mirada, sus ojos clavados en los de Nanoha como si midiera cada palabra, cada emoción que cruzaba su rostro. Finalmente, suspiró, pasándose una mano por el cabello mientras una risa amarga escapaba de sus labios.
—Xiaomao siempre ha sido una zorra astuta a pesar de su corta edad—dijo, su tono mezcla de admiración y resentimiento—. Supongo que no debería sorprenderme que haya desenterrado algo.
Nanoha frunció el ceño, su corazón latiendo más rápido.
—¿Entonces es verdad? —preguntó, su voz temblando con una mezcla de incredulidad y miedo—. ¿Todo lo que dijo? ¿Que has traicionado, que has vendido alianzas?
Shiro se enderezó, caminando hacia la ventana que daba al jardín cubierto de nieve. La luz grisácea del exterior proyectaba sombras largas sobre su rostro, dándole un aire casi espectral.
—No es tan simple, Nanoha —dijo, su voz más baja ahora, cargada de un peso que ella nunca había escuchado antes—. Sí, he hecho cosas. Dentro y fuera de la ley. Algunas de nuestras empresas… sirven como tapaderas. Tratos con el gobierno, con ciertas… organizaciones menos respetables. Mafias, si quieres llamarlo así. Todo eso es cierto.
Nanoha sintió un escalofrío recorrer su espalda, sus manos apretándose en puños a sus costados.
—¿Por qué? —preguntó, su voz quebrándose—. ¿Por qué harías eso?
Shiro giró hacia ella, sus ojos brillando con una intensidad feroz.
—Porque era necesario —respondió, su tono firme, casi desafiante—. Este mundo no perdona a los débiles, Nanoha. Los Takamachi no habrían sobrevivido sin esas decisiones. Los regentes de este clan se han ensuciado las manos, yo he ensuciado mis manos para que tú, tu madre, tus hermanos… para que todos ustedes pudieran vivir sin cargar con ese peso. Todo lo que he hecho ha sido por la familia. Y tu también lo harás, porque te darás cuenta que es la solución mas optima para el bienestar de tu familia.
Nanoha dio un paso atrás, su mente luchando por procesar lo que escuchaba. Las imágenes de su infancia —Shiro enseñándole a pelear, riendo con ella en el comedor— se desmoronaban bajo el peso de esta nueva verdad. Pero aún había más. Respiró hondo, forzándose a continuar.
—Xiaomao mencionó a los Fiasse —dijo, su voz temblando pero decidida—. Dijo que no siempre fueron los Fiasse. Que los Takamachi los secuestraron, los convirtieron en lo que son. ¿Qué significa eso?
Shiro la miró por un largo momento, sus labios apretándose en una línea dura. Luego suspiró, un sonido cansado que parecía arrastrar siglos de secretos.
—Tarde o temprano ibas a saberlo —dijo, volviendo al escritorio y sentándose pesadamente en la silla—. Los Fiasse… sí, los creamos nosotros. Hace generaciones. No eran japoneses originalmente. Eran chinos, del clan Zhào, una familia poderosa durante la Gran Guerra.
Nanoha parpadeó, su respiración deteniéndose por un instante.
—¿El clan Zhào? —repitió, la palabra sintiéndose extraña en su lengua.
Shiro asintió, su mirada perdida en los periódicos frente a él como si viera el pasado reflejado en ellos.
—Su declive comenzó con un secuestro —explicó, su voz baja pero firme—. El regente de los Takamachi en ese tiempo secuestró a la princesa del clan Zhào. No fue un acto de capricho, Nanoha. Fue estrategia. De ese secuestro nació un hijo, un hijo ilegítimo entre los Takamachi y los Zhào. La guerra continuó, y el clan Zhào fue llevado a la extinción, diezmado por los conflictos y las traiciones. Pero ese niño… necesitaba protección.
Nanoha sintió un nudo en el estómago, su mente girando mientras intentaba seguir el relato.
—¿Protección? —preguntó, su voz apenas un susurro.
Shiro levantó la mirada hacia ella, sus ojos oscuros brillando con una mezcla de orgullo y remordimiento.
—Le dimos un nuevo apellido: Fiasse —continuó—. El regente Takamachi se casó con otra mujer y tuvo una hija legítima. Pero sin heredero viable para el clan Zhào, ese hijo ilegítimo… tuvo que asegurar la continuidad. Se encamo con su media hermana, la hija del regente. De esa unión nacieron los Fiasse, un clan creado para servir y proteger a los regentes Takamachi. Hasta el día de hoy, esas prácticas persisten. Los Fiasse son nuestros guardianes, nuestra sombra, y su sangre está entrelazada con la nuestra.
Nanoha se quedó inmóvil, su respiración atrapada en su garganta mientras las palabras de Shiro se asentaban como un veneno lento. El horror la golpeó como una ola, su mente tambaleándose ante la imagen de incesto, traición y manipulación que él describía con tanta naturalidad. Sus manos temblaron, y dio un paso atrás, sus ojos abiertos de par en par.
—¿Qué… qué acabas de decir? —susurró, su voz quebrándose mientras las lágrimas amenazaban con brotar—. ¿Incesto? ¿Secuestros? ¿Eso es lo que somos?
Shiro se levantó de nuevo, acercándose a ella con una calma que contrastaba con el caos en su interior.
—Nanoha, escúchame —dijo, su voz firme pero con un dejo de súplica—. Todo lo que he hecho, todo lo que nuestros ancestros hicieron, fue por el bienestar del clan. Por la prosperidad. Por tu felicidad, por la de tu madre, por la de todos nosotros. Este mundo es cruel, y los Takamachi hemos sobrevivido porque tomamos las decisiones que otros no se atreven a tomar. No estoy orgulloso de cada paso, pero no me arrepiento si significa que tú estás aquí, viva y segura.
Nanoha lo miró, sus ojos llenos de una mezcla de incredulidad, furia y dolor. Las lágrimas finalmente escaparon, rodando por sus mejillas mientras su voz temblaba.
—¿Segura? —repitió, su tono subiendo con cada palabra—. ¿Cómo puedo sentirme segura sabiendo que mi familia está construida sobre esto? ¿Que tú… que nosotros… hemos hecho cosas tan horribles?
Shiro extendió una mano hacia ella, pero Nanoha retrocedió, negando con la cabeza.
—No lo entiendo, papá —dijo, su voz rompiéndose—. Pensé que eras un héroe. Pensé que los Takamachi eran honorables. Pero esto… esto es monstruoso.
Shiro bajó la mano, su rostro endureciéndose de nuevo, aunque sus ojos brillaban con un dolor que no podía ocultar.
—El honor es un lujo, Nanoha —dijo, su voz baja y cortante—. La supervivencia no lo es. Algún día lo entenderás, cuando tengas que proteger lo que amas. Los Fiasse, las empresas, los tratos… todo eso nos ha mantenido en pie. Y mientras yo viva, seguiré haciendo lo que sea necesario para que los Takamachi no caigan.
Nanoha lo miró fijamente, su respiración agitada mientras las lágrimas seguían cayendo. El hombre frente a ella era su padre, pero también un extraño, un rey oscuro que gobernaba un imperio construido sobre secretos y sangre. No sabía cómo responder, cómo reconciliar el amor que aún sentía por él con el horror de lo que había confesado. Su mente era un caos, y su corazón estaba desgarrado.
Sin decir otra palabra, dio media vuelta y salió del despacho, la puerta cerrándose tras ella con un golpe sordo. Shiro se quedó solo, mirando el espacio donde ella había estado, sus manos apretándose en puños mientras el peso de su legado caía sobre él una vez más.
Fuera, en el pasillo, Nanoha se apoyó contra la pared, deslizándose hasta el suelo mientras las lágrimas fluían libremente. Fate y Hayate, que habían esperado cerca, corrieron hacia ella al verla colapsar. Fate se arrodilló a su lado, envolviéndola en un abrazo mientras Nanoha sollozaba contra su hombro.
—¿Qué pasó? —preguntó Hayate, su voz suave pero urgente, arrodillándose también.
Nanoha levantó la mirada, sus ojos rojos y llenos de dolor.
—Es peor de lo que imaginaba —susurró, su voz rota
—Mucho peor.
La puerta del despacho se cerró tras Nanoha con un golpe sordo que resonó en el silencio de la mansión, dejando a Shiro Takamachi solo en la penumbra de la habitación. Por un momento, se quedó inmóvil, mirando el espacio vacío donde su hija había estado, el eco de sus palabras —"¿Eso es lo que somos?", "monstruoso"— cortando el aire como cuchillas.
Lentamente, sus hombros se hundieron, y con un suspiro pesado que parecía arrastrar el peso de décadas, regresó a su silla detrás del escritorio. El crujir del cuero bajo su peso fue el único sonido mientras se sentaba, sus manos temblando ligeramente por primera vez en años.
Sobre la mesa, los periódicos y las cartas gubernamentales parecían burlarse de él, sus titulares gritando verdades a medias y especulaciones que no llegaban ni cerca de la profundidad de lo que acababa de confesar. Shiro apartó los papeles con un movimiento brusco, dejando al descubierto una botella de sake y un pequeño vaso de cerámica que guardaba en un cajón para momentos como este.
Desenroscó la tapa con dedos firmes, el aroma cálido y terroso del licor llenando el aire, y se sirvió un trago generoso. El líquido ámbar brilló bajo la luz tenue de la lámpara antes de que lo llevara a sus labios, bebiéndolo de un solo movimiento. El calor le quemó la garganta, pero no fue suficiente para ahogar el frío que sentía en su interior.
Sabía que Nanoha no lo tomaría bien. Ella era demasiado pura, demasiado brillante, un contraste cegador contra las sombras que él había cultivado durante toda su vida. Nanoha era la menor de sus hijos, la tercera, la luz que había iluminado sus días más oscuros. La amaba con una intensidad que pocas veces había expresado, un amor que lo había llevado a construir este imperio corrupto, a ensuciarse las manos una y otra vez para protegerla. Pero también sabía que no estaba lista para esto, para la verdad desnuda de los Takamachi. Y sin embargo, era la única que le quedaba.
Kyouya, su hijo mayor, estaba en Tokio, dirigiendo como regente de los Tsukimura, un hombre capaz pero atrapado en las redes de otra familia, demasiado lejos para cargar con el legado directo de los Takamachi. Miyuki, su segunda hija, no tenía madera de liderazgo; era una alma gentil, más inclinada a sanar que a gobernar, incapaz de soportar el peso de las decisiones que este clan requería. ¿Qué le quedaba entonces? Solo Nanoha. Volvió a servirse sake, el líquido derramándose ligeramente sobre el borde del vaso mientras su mente giraba. No estaba lista, pero no tenía otra opción.
Nanoha se estaba haciendo mayor. En unos años, entraría en una etapa donde la fertilidad se desvanecería, y con ella, la posibilidad de asegurar la línea de sangre Takamachi. Por eso, años atrás, había tomado medidas que ella nunca aprobaría. Tras congelar los óvulos de Miyuki para preservar el linaje, había ordenado lo mismo con los de Nanoha, todo bajo el pretexto de "precaución médica". Sabía que su hija no se acostaría con su medio hermano —no solo porque era lesbiana, algo que él había aceptado en silencio hace mucho, sino porque su moral nunca lo permitiría—. Pero los Fiasse, ese clan creado en las sombras de la traición y el incesto, necesitaban continuidad. Y él, como regente, no podía dejar que esa cadena se rompiera.
Se sirvió otro trago, el sake derramándose más esta vez, manchando los bordes de un periódico con un titular sobre la Emperatriz Tang. Maldijo entre dientes, sus labios curvándose en una mueca amarga. Esa mocosa china sabe demasiado, pensó, el alcohol avivando su resentimiento. Xiaomao Tang era intocable, una figura que jugaba con el poder como si fuera un tablero de Go, moviendo piezas que él no podía alcanzar. Había desenterrado los secretos de los Takamachi, los había arrojado a la cara de Nanoha, y ahora él estaba pagando el precio.
Las horas pasaron en un borrón de sake y reflexión. Shiro se hundió en su silla, el vaso vacío rodando entre sus dedos mientras miraba la ventana, el cielo grisáceo oscureciéndose con la llegada de la noche. Su mente repasó cada palabra de la conversación con Nanoha, cada mirada de horror en sus ojos. La había perdido, lo sabía. No del todo, quizás, pero algo entre ellos se había roto, y no estaba seguro de poder repararlo. Finalmente, se levantó, el mareo del alcohol apenas perceptible bajo el peso de sus pensamientos, y salió al jardín trasero de la mansión.
La nieve caía en copos lentos y silenciosos, cubriendo el paisaje en un blanco inmaculado que contrastaba con la oscuridad de su alma. Caminó sin rumbo entre los pinos desnudos, sus botas crujiendo contra el suelo helado, el aire frío cortando su rostro como un castigo que merecía. El montsuki negro que llevaba ondeaba ligeramente con la brisa, y por un momento, se permitió sentir la paz del silencio, un respiro del caos que había desatado.
Entonces, lo sintió. Una presencia detrás de él, un cambio sutil en el aire que lo hizo tensarse. Giró lentamente, su mano deslizándose instintivamente hacia el bolsillo interior de su montsuki, donde guardaba un pequeño puñal ceremonial. Pero antes de que pudiera alcanzarlo, una figura emergió de las sombras: un hombre de rasgos chinos, su rostro parcialmente oculto por un tapabocas negro, sus ojos oscuros brillando con una determinación letal. En sus manos sostenía un par de cuchillas cortas, las hojas reflejando la luz de la luna entre la nieve.
Shiro sonrió de lado, una mezcla de resignación y desafío curvando sus labios.
—Así que al fin vinieron por mí —murmuró, su voz ronca pero firme.
El asesino no respondió con palabras. Se movió con una rapidez inhumana, su cuerpo un borrón contra el blanco del jardín. Shiro intentó esquivar, pero el alcohol y los años lo traicionaron; la hoja del intruso se hundió en su estómago con un sonido húmedo y sordo. El dolor explotó en su interior, un fuego que lo hizo jadear, sus ojos abriéndose de par en par mientras la sangre caliente empapaba su montsuki.
El asesino se inclinó hacia él, su aliento frío rozando la oreja de Shiro mientras susurraba:
—Larga vida al clan Zhào.
Shiro tosió, un gorgoteo de sangre subiendo a su garganta mientras el hombre retiraba la hoja con un movimiento limpio. Cayó de rodillas, la nieve manchándose de rojo bajo él, sus manos temblando mientras intentaba detener el flujo. Su mente, en sus últimos momentos, giró a toda velocidad. ¿Cómo había pasado esto? La seguridad de los Takamachi era impenetrable, dirigida por Signum y supervisada por… un nombre emergió en su mente como un relámpago: Fiasse Crystela. La actual líder del clan Fiasse, leal en apariencia, pero con sangre Zhào corriendo por sus venas. Alguien la había dejado pasar al asesino. Alguien con autoridad superior a Signum, Fiasse Cryastela lo había traicionado.
Sonrió de lado, una risa rota escapando de sus labios mientras la nieve seguía cayendo sobre él.
Internamente, lamentó que su última conversación con Nanoha hubiera sido tan amarga, que no hubiera tenido tiempo de explicarle, de pedirle perdón. Su visión se nubló, el blanco del jardín desvaneciéndose en oscuridad, y con un último esfuerzo, sus labios se movieron, susurrando al viento helado:
—Los amo…
Su cuerpo se desplomó, la nieve cubriendo lentamente la sangre mientras su vida se apagaba. El asesino se alejó en silencio, desapareciendo entre los árboles como un espectro, dejando tras de sí al hombre que había construido un imperio sobre secretos, ahora reducido a un cadáver en el frío de Hokkaido.
