Capítulo 12: La Voz de los Inocentes

Subaru Nakajima estaba en la cocina, pelando patatas con movimientos mecánicos mientras escuchaba el sonido de la televisión en el salón. Su esposa, Morinoko, cortaba verduras a su lado, tarareando una melodía navideña con una sonrisa tranquila. Habían tenido un día bastante agitado después del incidente en el centro comercial, pero al menos habían logrado completar las compras para la cena navideña y, lo mejor de todo, sin arruinar su presupuesto mensual. Subaru estaba más que agradecida de que su tarjeta no hubiera sufrido daños fatales.

Sin embargo, la tranquilidad de la cocina contrastaba con la atmósfera del salón. Ginga, su hermana mayor, estaba sentada en el sofá, sosteniendo el control remoto como si fuera un salvavidas, haciendo zapping sin encontrar nada interesante. Su expresión era inusualmente apagada, y sus hombros parecían hundidos, algo completamente fuera de lo normal para la normalmente enérgica y decidida Ginga. Subaru no pudo evitar mirarla de reojo mientras pelaba las patatas. Algo andaba mal, pero sabía que su hermana era del tipo que prefería tragarse sus problemas en lugar de compartirlos.

Morinoko, sin embargo, era otra historia. Al notar el estado de Ginga, dejó el cuchillo sobre la tabla de cortar y se limpió las manos con un paño. Subaru levantó la vista, preguntándose qué iba a hacer su esposa. Sin decir palabra, Morinoko salió de la cocina y se dirigió al salón con pasos firmes.

Ginga apenas levantó la mirada cuando Morinoko se plantó frente a ella, bloqueándole la vista de la televisión. Sin previo aviso, le quitó el control remoto de las manos. Ginga parpadeó, desconcertada, y levantó la cabeza para encontrarse con la mirada seria de su cuñada.

—¿Quieres dejar de una vez esa actitud como si el mundo se hubiera acabado? —le espetó Morinoko, cruzando los brazos frente al pecho.

Ginga la miró con una mezcla de sorpresa y confusión, como si no pudiera creer lo que acababa de escuchar. Subaru, que observaba la escena desde la cocina, dejó de pelar las patatas, intrigada.

—Despierta, mujer —continuó Morinoko, con un tono firme pero no carente de calidez—. Es Nochebuena, y no deberías dejar que un mal rato arruine la noche. Sí, fue espantoso y tuviste miedo, pero ya pasó. Así que deja de estar deprimida.

Sin darle tiempo a responder, Morinoko tomó las mejillas de Ginga entre sus manos y las apretó, sacudiéndola ligeramente.

—Tienes personas que se preocupan por ti, así que deja de estar como una idiota —le dijo, mirándola directamente a los ojos.

Al soltarla, Ginga bajó la mirada hacia el suelo. Sus hombros temblaban ligeramente, y Subaru no estaba segura de si estaba conteniendo lágrimas o risas. Pero, de repente, Ginga se dio una bofetada con ambas manos y respiró hondo. Cuando levantó la cabeza, sus ojos brillaban con una determinación renovada.

—Tienes razón, cuñada —dijo finalmente, su voz cargada de energía. Se levantó de un salto y, para sorpresa de todos, abrazó a Morinoko con fuerza—. ¡Te amo, Morichii!

Subaru dejó caer el cuchillo que estaba usando. ¿Morichii? ¿Desde cuándo Ginga le ponía apodos a Morinoko? Pero antes de que pudiera procesar lo que acababa de escuchar, Ginga hizo algo que las dejó completamente boquiabiertas. Se inclinó y le dio un beso rápido en los labios a Morinoko.

Morinoko se quedó congelada, su rostro completamente rojo mientras Ginga se apartaba con una sonrisa. Subaru, que miraba desde la cocina, casi dejó caer la bandeja de patatas. Pero la cosa no terminó ahí.

Con la misma energía, Ginga se dirigió hacia Subaru, la abrazó con fuerza y le dijo:

—¡Te amo también, Subie!

Subaru abrió la boca para responder, pero antes de que pudiera decir algo, Ginga se inclinó y le dio un beso rápido en los labios, igual que lo había hecho con Morinoko.

Cuando Ginga se separó, Subaru se quedó inmóvil, sus ojos tan abiertos que parecían a punto de salirse de sus órbitas. Para cuando logró recuperar algo de compostura, Ginga ya había dado un paso atrás, sonriendo con satisfacción.

—Voy a cambiarme —anunció con despreocupación, antes de dirigirse a su cuarto con pasos ligeros.

El silencio en la cocina y el salón era absoluto. Morinoko y Subaru se quedaron mirándose mutuamente, ambas con expresiones de completa incredulidad. Finalmente, fue Morinoko quien rompió el silencio.

—¿Qué… qué demonios acaba de pasar? —preguntó, llevándose una mano a los labios aún rojos por el beso.

Subaru negó con la cabeza lentamente, incapaz de formular una respuesta coherente.

—No lo sé… pero estoy segura de que necesito un trago.

La cena estaba servida, y el ambiente en la mesa era una mezcla de tranquilidad navideña y una extraña incomodidad que Subaru y Morinoko aún no lograban sacudirse. Ginga, sentada frente a ellas, parecía completamente despreocupada, incluso radiante, mientras daba pequeños saltitos en su silla con una sonrisa que podría iluminar toda la habitación. La imagen contrastaba fuertemente con las miradas confusas y reservadas de Subaru y Morinoko, quienes seguían tratando de procesar el por qué Ginga las había besado antes de la cena.

Ginga fue la primera en romper el silencio.

—¿Vamos a comer ya? ¿Puedo comer, Morichii? —preguntó con su habitual tono animado, refiriéndose a Morinoko con su recién adoptado apodo.

Morinoko, aún algo desconcertada, solo logró tartamudear una respuesta afirmativa.

—S-sí, claro.

Ginga agradeció con entusiasmo y comenzó a comer sin más preámbulos, sumergiéndose en la comida como si no hubiera un mañana. Subaru y Morinoko se miraron entre sí, compartiendo una expresión de resignación antes de seguir el ejemplo de Ginga y empezar a comer.

—Esto está delicioso, Morichii. Cocinas de maravilla —dijo Ginga, con la boca llena, mientras tomaba otra porción.

Morinoko, algo sonrojada por el halago, respondió con modestia.

—Gracias. Pero no fue todo mío. Subaru hizo el puré de patatas.

Ginga levantó una ceja y removió el puré con sus palillos hasta encontrar una cáscara de patata.

—Ah, con razón hay cáscaras aquí —comentó con un toque de picardía.

Subaru frunció el ceño, ofendida.

—¡Disculpa por no ser una gran chef! —replicó, claramente molesta.

Ginga se encogió de hombros y le dedicó una sonrisa despreocupada.

—Tranquila, Subie. La cocina nunca fue lo tuyo, pero esto es aceptable.

Morinoko, incapaz de contenerse, estalló en carcajadas.

—¡Está rico, Subaru! No le hagas caso —dijo, tratando de animar a su esposa mientras se servía un poco de pollo.

La comida continuó en relativa calma, hasta que Subaru, incapaz de contener más su curiosidad, decidió abordar el elefante en la habitación.

—Ginga, ¿puedes explicarnos por qué nos besaste? —preguntó, cruzando los brazos.

Ginga, que estaba a medio bocado de un trozo de carne, levantó la mirada, masticó un poco más y luego respondió con una naturalidad desconcertante.

—Porque las amo —dijo antes de tragar y hacer un exagerado gesto de beso con los labios.

Subaru hizo una mueca de incredulidad, mientras Morinoko la miraba como si estuviera frente a un extraterrestre.

—No puedes andar besando a todo el mundo que quieres, Ginga —recriminó Morinoko, tratando de mantener la compostura.

—Yo quiero a muy pocas personas, y ustedes son unas de ellas —respondió Ginga con una sonrisa inocente.

Subaru suspiró, resignada, mientras Morinoko se llevaba una mano a la frente.

—¿Sabes qué? Déjalo ahí. Pero si quieres demostrar tu cariño, no lo hagas con besos. —El tono de Morinoko era firme.

—¡Awww, no seas así, Morichii! —protestó Ginga, haciendo un puchero.

—¡Que no! —replicó Morinoko con determinación.

—Bueno, ¿qué tal uno chiquito todos los días para que no se olviden de mi amor? —bromeó Ginga, alzando los brazos teatralmente.

—¡Ugh, qué asco, Ginga! —exclamó Morinoko, claramente frustrada.

Subaru no pudo contener la risa y comenzó a reírse a carcajadas. En ese momento, el reloj marcó la medianoche. Subaru, recuperando la compostura, levantó la mirada hacia sus acompañantes.

—Feliz Navidad —dijo con una sonrisa, inclinándose hacia Morinoko para darle un beso en los labios—. Feliz Navidad, mi amor.

Antes de que el momento pudiera permanecer romántico, Ginga se levantó de golpe y corrió hacia ellas.

—¡Awwww, yo también, yo también! —exclamó con entusiasmo.

Morinoko rompió el beso de inmediato y la miró con exasperación.

—¡Que no, Ginga! —protestó, pero Ginga no hizo caso y la envolvió en un fuerte abrazo.

—Feliz Navidad, Morichii —dijo con dulzura antes de soltarla y dirigirse a Subaru para hacer lo mismo.

Mientras las abrazaba, Ginga las miró a ambas con sinceridad.

—Gracias por sacarme de ese agujero —dijo con una sonrisa cálida.

Antes de que alguna pudiera responder, Ginga añadió:

—¡Voy por sus regalos! —Y salió corriendo hacia su cuarto.

Morinoko y Subaru se quedaron mirándose, aún procesando el momento.

—En el fondo, es buena niña —comentó Morinoko con una sonrisa.

—Sí que lo es —coincidió Subaru.

Ginga regresó poco después con dos paquetes, uno para cada una. Morinoko, algo desconfiada, agitó el suyo y escuchó algo sólido dentro. Con cautela, comenzó a abrirlo, y cuando finalmente vio el contenido, sus ojos se abrieron como platos.

Dentro había un dildo, grande y llamativo. La sonrisa despreocupada de Ginga no dejó lugar a dudas de que lo había elegido a propósito.

—Espero que lo disfrutes, Morichii —dijo Ginga con una sonrisa traviesa, inclinándose para besar la mejilla de una Morinoko completamente pasmada. Luego se dirigió a Subaru con el segundo paquete.

—El tuyo también es especial —le dijo antes de desaparecer rápidamente hacia su habitación.

Morinoko volteó lentamente la mirada hacia Subaru, su expresión llena de incredulidad.

—…No pienso abrirlo —fue lo único que Subaru pudo decir.

Reiko llegó a su casa cerca de las diez de la noche del 24, exhausta y adolorida tras el enfrentamiento en los terrenos Takamachi. Evelyn la dejó en la puerta principal, con una expresión de preocupación poco común en ella. Reiko, a pesar de su estado, intentó escabullirse con la esperanza de evitar preguntas incómodas. Sin embargo, sabía que eludir a Alexei, el jefe de seguridad de los Yamauchi, era tan factible como lanzar una roca al sol y esperar que se rompiera. En cuestión de segundos, Alexei la interceptó, con su habitual seriedad.

—Señorita Reiko, ¿qué ha pasado? —preguntó, aunque su tono dejó claro que no estaba dispuesto a aceptar excusas vagas.

Antes de que pudiera inventar algo, Utena descendió las escaleras tras ser alertada por Alexei. Su madre, imponente como siempre, se detuvo al pie de la escalera, cruzando los brazos mientras la evaluaba con una mirada de hielo. Reiko sintió que su sangre se congelaba.

—¿Qué significa esto, Reiko? —preguntó Utena, señalando con la mirada sus visibles heridas.

Sin tener muchas opciones, Reiko explicó, algo titubeante, que había tenido una "riña" con Alicia de los Takamachi, la hermana mayor de Ruby, en el dojo de los Takamachi. Intentó minimizar los detalles, pero Utena no era alguien fácil de engañar. La indignación de su madre era palpable, y su reacción fue inmediata.

Utena tomó su teléfono y, sin demora, marcó el número de Shiro Takamachi. La conversación que siguió fue un torbellino de acusaciones y recriminaciones. Utena exigió explicaciones sobre por qué su hija estaba en tal estado, culpó a Shiro por no haber garantizado su seguridad y exigió disculpas inmediatas por parte de Alicia. Reiko, sentada en una silla mientras el médico de los Yamauchi evaluaba sus heridas, solo podía escuchar desde la distancia mientras su madre dejaba claro que no aceptaría un no por respuesta.

El médico confirmó que sus heridas ya habían sido tratadas adecuadamente y que solo necesitaba reposo y analgésicos para el dolor. Sin embargo, la noticia de que tendría que enfrentarse nuevamente a Alicia para recibir sus disculpas no le hizo ninguna gracia. "Genial, otra vez con mi verdugo", pensó con resignación.

La medianoche pasó, y Reiko se encontraba en su habitación, recostada en su cama. A su lado, varios regalos envueltos permanecían sin abrir. Su cuerpo aún dolía con cada movimiento, y la idea de disfrutar la Navidad le parecía lejana. Sus pensamientos vagaban entre las imágenes de Ruby y el caos que había desencadenado en su vida.

De pronto, su teléfono vibró, sacándola de su letargo. Al desbloquearlo, vio que había recibido un mensaje en Line. Su corazón dio un brinco al leer el nombre del remitente: Ruby.

Con manos temblorosas, abrió el mensaje. La pantalla mostró un breve texto acompañado de una imagen:

"Feliz Navidad, Reiko. Espero que tengas muchos regalos y que hayas llegado bien a tu casa. Muuuuahh"

El texto estaba seguido por una selfie de Ruby, enviándole un beso al aire. Su sonrisa y la ternura en su expresión hacían que la foto pareciera sacada directamente de un sueño. Reiko se quedó mirando la pantalla, incrédula, mientras sentía cómo su rostro se calentaba de inmediato. Era el mejor regalo que podría haber recibido.

Sin pensarlo dos veces, guardó la foto en su galería y rápidamente la configuró como fondo de pantalla. Por un momento, olvidó el dolor físico y la vergüenza de las últimas horas, concentrándose únicamente en la felicidad que Ruby le había regalado con ese simple gesto.

Se recostó nuevamente, mirando la foto con una sonrisa boba en el rostro. "¿Había valido la pena enfrentarme a Alicia solo para demostrar que voy en serio con Ruby?", se preguntó.

La respuesta era clara: Sí. Joder, sí que valía la pena.

La nochebuena transcurría tranquila en los territorios Takamachi. Ruby estaba con sus hermanas, Fate y Alicia, disfrutando del tiempo en familia junto con Precia y Saori. Las tres madres habían llegado especialmente para pasar la celebración con Ruby, quien se sentía plena estando rodeada de su familia. Sin embargo, en un rincón más apartado de la casa, se desarrollaba una conversación mucho más seria.

Shiro y Lindy se encontraban en el despacho, alejados del bullicio festivo. Shiro sostenía un vaso de sake mientras su semblante reflejaba el peso de los eventos recientes. Lindy, con un vaso de whisky en mano, escuchaba atentamente mientras su mirada alternaba entre curiosidad y preocupación.

—¿La princesa de China, aquí? ¿En tu propia casa? —dijo Lindy con incredulidad, dejando su vaso sobre la mesa—. Pero si esa mujer no sale de su castillo, y cuando lo hace, la prensa la sigue a todos lados, sin mencionar que lleva consigo medio ejército chino.

Shiro asintió con gravedad antes de tomar un sorbo de sake.

—Vino de encubierto, Lindy. Con un grupo de élite, especialistas en infiltración. No eran simples guardaespaldas; esos tipos eran lo mejor de lo mejor. Cada uno de ellos podría haber pasado por Signum si lo hubieran querido. Fue una demostración de poder, de inmunidad. Sabía que nadie aquí podía tocarla sin consecuencias catastróficas.

Shiro se detuvo un momento, dejando que sus palabras calaran. Luego agregó:

—¿Sabes lo que habría pasado si Signum o cualquiera de mis hombres hubiera disparado? O peor aún, si le hubieran dado... —Shiro exhaló profundamente, como si la sola idea lo estremeciera—. Dios, Lindy, en este preciso momento China estaría bombardeando Japón.

Lindy bebió un sorbo de whisky, reflexionando sobre lo que acababa de escuchar.

—Felizmente supiste manejar la situación —comentó con un suspiro aliviado—. Pero dime, al final, ¿qué fue lo que quería?

Shiro dejó el vaso en la mesa, cruzando los brazos y mirando hacia la sala principal. Con un gesto de cabeza exagerado, señaló hacia Nanoha, quien en ese momento conversaba animadamente con Ruby y las demás.

—¿Nanoha? ¿Por qué? ¿Es por ser tu heredera? —preguntó Lindy, frunciendo el ceño.

—Exacto —respondió Shiro—. Xiaomao no confía en mí, ni en los Yamauchi, ni en ti. Ella quiere manipular a Nanoha, usarla como una herramienta para garantizar que los chinos tengan vía libre en nuestros negocios. Nanoha será grande, Lindy. Más grande de lo que incluso ella misma se imagina. Estoy seguro de que tomará el lugar de los Yamauchi.

Lindy apartó la mirada hacia Ruby, quien reía alegremente con Precia. Su expresión se suavizó, pero sus ojos se llenaron de determinación cuando volvió a mirar a Shiro.

—Utena Yamauchi quiere comprometer a Reiko con Ruby —dijo de repente.

Shiro detuvo su vaso de sake a medio camino hacia sus labios, su mirada se endureció.

—Pensé que eso ya lo habías rechazado en la reunión de fin de año, Lindy.

Lindy suspiró, defendiéndose con calma.

—Lo que dije fue que lo íbamos a pensar. No tomé una decisión definitiva.

Shiro terminó de beber su sake, dejando el vaso con fuerza sobre la mesa.

—¿Vas a comprometer a Ruby con los Yamauchi? —preguntó con tono acusador.

Lindy negó con la cabeza, firme.

—No, Shiro. Mis hijos y mis esposas son mi vida, creo que eso ya lo he dejado claro. Lo que Ruby quiera hacer es lo que se hará. No la voy a obligar, ni nadie me va a obligar. Y te aseguro que la primera persona que lo intente...

Lindy tomó otro sorbo de su whisky y concluyó con una amenaza velada, pero poderosa:

—...será devorada por la Leona de Galia.

Shiro sonrió levemente, reconociendo la fuerza de Lindy. Le sirvió otra ronda de whisky y se sirvió más sake.

—Por nuestros hijos —brindó Shiro, alzando su vaso.

—Por nuestros hijos —repitió Lindy, chocando suavemente su vaso contra el de Shiro antes de beber.

En ese momento, el reloj marcó la medianoche. Desde la sala principal, Ruby se separó de las demás y corrió hacia su madre Lindy, con una gran sonrisa.

—¡Feliz Navidad, mamá Lindy! —dijo Ruby, abrazándola con fuerza.

Lindy dejó su vaso sobre la mesa y se inclinó a la altura de Ruby, devolviendo el abrazo con ternura.

—Feliz Navidad, mi amor —respondió Lindy, besando su mejilla.

Por un instante, toda la tensión se disipó, y ambos padres compartieron una mirada que transmitía orgullo y amor por sus hijos.


Navidad había pasado, las familias aun se encontraban reunidas para disfrutar de los días libres, todo debía de ser felicidad y amor familiar, sin embargo en los terrenos de los Takamachi había una una pareja con una visible discusión.

Alicia estaba sentada frente a Miyuki, quien permanecía de pie con los brazos cruzados y una expresión de desaprobación que hacía temblar el ambiente. La postura relajada de Alicia, siempre tan segura de sí misma, había desaparecido por completo, sustituida por una incomodidad evidente mientras trataba de evitar la mirada de su prometida.

"¿Cómo es posible que seas tan irresponsable, Alicia?" comenzó Miyuki con un tono cargado de enojo, su voz clara y directa. "¡Es una niña de 17 años!"

Alicia alzó ligeramente la mirada, apenas lo suficiente para murmurar con voz queda: "Tiene 19…"

"¡LO QUE SEA!" exclamó Miyuki, su paciencia al borde del colapso.

"¡Eres mayor que ella! Vas para los 30 y te comportas como si fueras una adolescente. Dios santo, Alicia. ¿Qué creías que estabas haciendo? ¿Sabes lo que habría pasado si hubieras herido seriamente a esa niña? ¿O peor, si la hubieras desfigurado? ¿Estás tratando de empezar una guerra contra los Yamauchi?"

Alicia no respondió. Bajó la mirada, sus dedos entrelazándose de manera inquieta mientras su mente trataba de formular una excusa coherente.

Finalmente, murmuró: "Fue el calor del momento… Ella dijo que le gustaba Ruby."

Miyuki la miró, incrédula, como si Alicia acabara de decir algo completamente fuera de lugar. "¿Y…?" dijo alargando la palabra mientras cruzaba los brazos con más fuerza.

"Ósea, cuando tu hermana tenga relaciones… ¿tendrán que venir a pedirte permiso primero?" respondió Miyuki, como si su razonamiento fuera obvio, Alicia solo responderá con un sonoro "obvio".

Miyuki soltara un suspiro exasperado, llevándose una mano al rostro. Cerró los ojos, tomó aire y luego habló con voz firme: "¡No seas ridícula, Alicia! ¡Déjala crecer! Ruby no siempre va a ser una niñita. En algún momento tendrá que vivir su vida, hacer sus elecciones, y tú no puedes interferir en todo."

Alicia siguió jugando con sus dedos, evitando la mirada de Miyuki. En voz baja, dijo: "Pero es mi hermanita…"

Miyuki sacudió la cabeza, claramente frustrada. "Sí, al igual que Fate, y no te comportas así con ella. ¡Mírala! Está casada con MI hermana, y yo no estoy haciendo un escándalo por proteger a Nanoha. ¿Entiendes mi punto?"

Alicia soltó un suspiro, finalmente asintiendo con la cabeza, aunque todavía no convencida. Miyuki se pasó una mano por el cabello, tratando de mantener la calma. "Dios santo… Si así eres con Ruby, no quiero imaginar cómo serás con nuestra hija algún día. ¿Le vas a poner un cinturón de castidad?"

Ante la pregunta, Alicia levantó la mirada con seriedad y respondió sin dudar: "Obvio."

Miyuki parpadeó, estupefacta, antes de soltar una risa sarcástica que reflejaba su incredulidad. "Sabes qué, es imposible contigo." Señaló la puerta con un movimiento firme. "Ponte de pie. Vamos a ir donde los Yamauchi, y le vas a pedir disculpas a Reiko. Y no, ¡deja de poner esa cara! Arriba."

Alicia se levantó con pesadez, como si el mundo entero estuviera en su contra. Aún con el orgullo herido, sabía que no tenía escapatoria.

Miyuki la miró de reojo mientras ambas se dirigían hacia la puerta. "Y más vale que lo hagas bien, Alicia. Esto no es negociable." El silencio las acompañó mientras salían de la habitación, dejando atrás cualquier resistencia.

El viaje sería largo, y las disculpas de Alicia, mucho más difíciles. Pero sabía que Miyuki tenía razón, aunque admitirlo sería la batalla más grande de todas.

El camino hacia la mansión de los Yamauchi se sentía interminable para Alicia. Mientras las colinas blancas cubiertas de nieve comenzaban a dominar el paisaje, indicando que estaban cerca de su destino, Alicia suspiró y mantuvo la vista en el vidrio del auto, reflejando su evidente aburrimiento. La atmósfera dentro del vehículo era pesada, pero Miyuki no estaba dispuesta a dejar pasar nada.

"Compórtate, Alicia. Por favor. Y quítate esa cara o yo misma te la cambio, y no será amorosamente," le advirtió Miyuki con firmeza.

Alicia dejó escapar otro suspiro antes de asentir con la cabeza. Sabía que no tenía escapatoria, así que prefirió no discutir. El auto se detuvo suavemente frente a la majestuosa entrada de la mansión Yamauchi. La gran estructura, imponente y tradicional, parecía tan fría como el aire de las montañas que la rodeaban.

Al bajar del vehículo, el personal de seguridad ya las estaba esperando. Algunos de los guardias miraban a Alicia con curiosidad y cierta intriga, pues la noticia de que una Takamachi había golpeado a la hija de Utena Yamauchi había corrido como pólvora. Una pelea entre las dos familias más influyentes del país no era algo que pasara desapercibido. Alicia, consciente de las miradas, optó por evitar el contacto visual, manteniendo su expresión desinteresada mientras seguía a Miyuki.

En la entrada principal, Utena Yamauchi las esperaba, observando a Alicia con una desaprobación tan evidente que se podía sentir en el aire. Su mirada recorrió a Alicia de pies a cabeza, tomando nota de su polerón largo, los pantalones cómodos y los tenis deportivos que llevaba puestos.

"Estás vestida como una salvaje, Alicia. La verdad, no me sorprende," comentó Utena con un tono cargado de sarcasmo y desprecio.

Alicia, fiel a su naturaleza de no quedarse callada, levantó una ceja y respondió con frialdad: "Y usted parece una vieja tetona, pero no lo andamos diciendo, ¿verdad?"

El comentario de Alicia dejó a Utena y a Miyuki completamente boquiabiertas. Miyuki, horrorizada por el descaro de su prometida, rápidamente bajó la cabeza en una reverencia de disculpa hacia Utena.

"¡Discúlpate ahora, Alicia!" ordenó Miyuki con una mezcla de enojo y desesperación.

Alicia, visiblemente contrariada, protestó: "¡Pero ella empezó!"

Miyuki no estaba dispuesta a tolerar ninguna excusa. "¿Acaso no entiendes la gravedad del asunto? Esto no es un juego. Hay temas que deben tratarse con seriedad."

Mientras todo esto ocurría, Reiko, quien estaba sentada en las escaleras del vestíbulo superior, escuchó el intercambio. Al oír el insulto que su madre había recibido, no pudo evitar estallar en una risa tan fuerte que resonó por toda la entrada. La carcajada, genuina y sin filtros, llamó la atención de todos, incluyendo a Utena, quien volteó a ver a su hija con una mirada de desaprobación. Sin embargo, la reacción de Reiko había roto momentáneamente la tensión en el ambiente.

Miyuki aprovechó el momento para avanzar hacia Utena y, con toda la seriedad que podía reunir, dijo: "Estamos aquí para ofrecerle una disculpa a Reiko por el altercado que ocurrió con Alicia. Espero que podamos resolver este asunto de forma adecuada."

Utena observó a Miyuki y luego volvió su atención hacia Alicia, quien, aunque intentaba aparentar desinterés, parecía ligeramente avergonzada. Finalmente, Utena suspiró y asintió con la cabeza.

"Sigamos. Quiero escuchar esta disculpa directamente de ella," dijo Utena antes de girarse y caminar hacia el interior de la mansión.

Alicia miró de reojo a Miyuki, quien le devolvió una mirada que claramente decía: "Compórtate o habrá consecuencias." Resignada, Alicia la siguió en silencio, mientras el sonido de los pasos de todos resonaba en el imponente vestíbulo de la mansión Yamauchi.

Alicia y Miyuki siguieron a Utena hacia el interior de la mansión Yamauchi, cruzando varios pasillos decorados con una elegancia imponente, hasta llegar a un amplio patio interno. El lugar estaba rodeado de árboles cuidadosamente podados y una fuente central que reflejaba la luz de las lámparas que colgaban de los techos. Allí, junto a su madre, se encontraba Reiko. Aunque visiblemente mejor y con los vendajes bien ocultos bajo su ropa, Reiko no podía disimular el nerviosismo que sentía al ver nuevamente a Alicia.

Utena se detuvo al centro del patio, cruzando los brazos y mirando a Alicia con una sonrisa cargada de sarcasmo. "Y bien, estoy esperando, Gorilicia," dijo, dejando caer el apodo con intencional malicia.

Alicia levantó una ceja, claramente irritada por el apodo. Sabía que Utena lo hacía a propósito, pero se contuvo de responder. En su lugar, soltó un suspiro pesado, inhaló profundamente y miró directamente a Reiko.

"Reiko," comenzó, con un tono serio y formal que contrastaba con su habitual desparpajo, "lo siento mucho. No debí haberte golpeado ni retarte a un duelo sabiendo que no podías ganar. Fue inapropiado y completamente innecesario. Lo siento mucho."

Miyuki dejó escapar un pequeño suspiro de alivio, pensando que Alicia finalmente estaba manejando bien la situación. Sin embargo, eso no duró mucho.

Alicia, mirando a Reiko a los ojos, continuó con su disculpa, pero esta vez su tono cambió. "Sin embargo," añadió, "no puedes salir con mi hermana. Tocarla, y te juro que te saco los ovarios con mis propias manos."

La declaración cayó como una bomba en el patio. Reiko, Utena, y la misma Miyuki abrieron la boca en señal de sorpresa. El rostro de Utena parecía cambiar de incredulidad a una furia contenida, mientras que Reiko solo parpadeaba, demasiado aturdida para reaccionar. Miyuki, por su parte, se tomó la cabeza con ambas manos, completamente horrorizada, como si estuviera viviendo una pesadilla.

"¡ALICIA TAKAMACHI!" exclamó Miyuki en un grito lleno de indignación, reprendiéndola en el acto. Su tono resonó en el patio, haciendo que incluso los guardias que observaban desde lejos dieran un paso atrás.

Alicia bajó la cabeza, murmurando algo que sonaba como una disculpa, aunque apenas audible. Utena, que parecía estar procesando lo que acababa de escuchar, parpadeó varias veces antes de cruzar nuevamente los brazos.

"¿Eso es todo?" preguntó Utena, su tono cargado de incredulidad.

Alicia levantó la mirada, con una expresión que parecía mezclar cansancio y terquedad. "Sí, lo siento mucho," repitió, como si eso bastara para resolver todo.

Utena cerró los ojos, respirando profundamente como si intentara controlar su temperamento. "Esas son las disculpas más simples, vagas y con menos ética que he visto en toda mi vida. La verdad, no me sorprende viniendo de ti."

Alicia, incapaz de resistir la oportunidad de responder, la miró de reojo con una sonrisa sarcástica. "Bueno, al menos yo no soy tan amargada como usted. Apuesto a que no tener sex—"

Antes de que pudiera terminar su frase, Miyuki reaccionó como un rayo, colocando su mano sobre la boca de Alicia con fuerza, impidiéndole continuar.

"¡Lo siento mucho, Utena-sama!" dijo Miyuki rápidamente, inclinándose en una reverencia profunda y empujando la cabeza de Alicia hacia abajo para que imitara el gesto. "Le aseguro que esto no volverá a pasar. ¡Le pedimos disculpas por todo este inconveniente!" añadió, su voz cargada de desesperación.

Utena las observó por un momento, su mirada alternando entre severa y exasperada. Finalmente, soltó un largo suspiro y agitó la mano como si quisiera que se fueran ya.

Miyuki, aún sujetando a Alicia, se enderezó y comenzó a alejarse del patio, jalándola consigo. "Disculpen nuevamente, y gracias por su comprensión," dijo Miyuki antes de salir del lugar a toda prisa, dejando a los Yamauchi atrás.

Mientras caminaban de regreso al auto, Miyuki se inclinó hacia Alicia y, con un tono bajo y cargado de advertencia, susurró: "Esto no ha terminado, Alicia. Tú y yo vamos a tener una muy larga conversación en el auto."

Alicia, a pesar de todo, esbozó una pequeña sonrisa. "Lo que tú digas, amor," respondió, sabiendo perfectamente que su noche apenas comenzaba.


Ruby había pasado los últimos días emocionada por la llegada del Año Nuevo. Ahora, mientras se dirigía al Hokkaido Shrine junto a sus tres madres, vestida con un elegante kimono rosa decorado con flores blancas y detalles en rojo, abrazaba con cariño un oso de peluche que Evelyn había ganado para ella en un puesto de tiro al blanco. La pequeña familia avanzaba entre la multitud, empujada por la marea de personas que se congregaban alrededor de los templos y los numerosos puestos que ofrecían dulces, recuerdos, y juegos para los asistentes.

Reiko, en cambio, detestaba estas tradiciones. El bullicio de la gente, las largas filas, y el tener que cumplir con una ceremonia que le parecía innecesaria hacían que su paciencia estuviera al límite. Vestida con una yukata roja, adornada con motivos dorados y una faja negra con bordados tradicionales, intentaba sobrellevar el momento con la música a todo volumen en sus audífonos. Detrás de ella, Utena, impecable en un kimono negro con un aire de autoridad, observaba cada uno de sus movimientos.

"Recuerda comportarte. No quiero que repitas el escándalo del año pasado," dijo Utena con severidad.

Reiko suspiró y, con una mezcla de resignación y fastidio, avanzó hasta el altar. Arrojó la moneda, dio las palmadas tradicionales, e intentó pensar en un deseo. Durante años, nunca había sabido qué pedir; tenía todo lo que podía desear materialmente, pero esta vez algo diferente vino a su mente. Cerró los ojos con más fuerza, y la imagen de Ruby apareció como un rayo en su pensamiento. Supo en ese instante cuál era su deseo: estar con Ruby. Con el corazón latiendo rápido, volvió a aplaudir y se retiró del altar, esquivando a su madre, que aún oraba con devoción.

Ruby, mientras tanto, disfrutaba de su tiempo esperando a que sus madres terminaran. Estaba de pie junto a Evelyn y Ririka, sosteniendo un manju que había comprado en uno de los puestos. "¿Quieres un poco, Evy?" preguntó, extendiendo la mano con una sonrisa.

Evelyn, siempre profesional, negó cortésmente. "No, Milady, pero gracias. Disfrútelo usted."

Ruby giró hacia Ririka, quien estaba a su lado. "¿Riri-chan, tú quieres?"

Ririka sonrió con dulzura, aunque por dentro estaba deseando aceptar. "Gracias, Milady, pero no. Por favor, disfrútelo usted."

Ruby suspiró mientras mordía el dulce y miraba a su alrededor. "Hay mucha gente hoy..."

Ririka rió levemente. "Es Año Nuevo, Milady. Todos vienen a pedir deseos y a empezar el año con esperanza."

Ruby asintió, mirando la multitud, cuando de repente sus ojos se fijaron en una figura familiar: Reiko. Con sus audífonos puestos y la música claramente alta, caminaba con una expresión neutral que bordeaba el fastidio. Ruby sonrió ampliamente al verla y, con determinación, avanzó hacia ella. Evelyn y Ririka la siguieron con la mirada, pero ninguna intervino.

Con toda la confianza del mundo, Ruby se colocó detrás de Reiko y le tapó los ojos. "Adivina quién soy," dijo juguetonamente.

Sin embargo, Reiko no la escuchó. El volumen de sus audífonos era tan alto que ni siquiera se dio cuenta de quién era. Molesta, giró rápidamente para encarar a quien creía que era un desconocido entrometido. Pero al girarse, se encontró con Ruby, que le sonreía tiernamente. Su yukata rosa y su cabello dorado suelto la hacían parecer un ángel bajo la luz del atardecer.

"Te vas a quedar sorda, Reiko," dijo Ruby con una sonrisa mientras lo señalaba suavemente.

Reiko, completamente embobada, apenas podía procesar lo que veía. Antes de darse cuenta de lo que hacía, las palabras salieron de su boca como un susurro sincero: "Te amo."

Ruby parpadeó, sorprendida, pero no pudo evitar que sus mejillas se tiñeran de un leve color rosado. "¿Qué dijiste?" preguntó, aunque su sonrisa delataba que había escuchado perfectamente.

Reiko tragó saliva y desvió la mirada, luchando por recuperar la compostura. "Dije... ¿qué haces aquí?" improvisó, aunque su tono tembloroso la traicionó.

Ruby rió suavemente. "Es Año Nuevo, Reiko. Todo el mundo viene al templo a pedir un deseo. ¿Tú pediste algo?"

Reiko, incapaz de mentir en ese momento, miró a Ruby a los ojos y, con una sinceridad que la tomó por sorpresa, respondió: "Sí. Pedí por ti."

Ruby estaba roja, como tomate. Había escuchado todo. Reiko, normalmente algo más reservada, estaba inusualmente directa. Antes de que pudiera siquiera responder, sintió unos brazos rodeándola por detrás y pegándola contra un cuerpo cálido.

"¿Te están molestando, mi vida?" dijo una voz suave y seductora que Reiko reconoció de inmediato. Frente a ella estaba una mujer que conocía solo de vista. Era rubia, con un cuerpo despampanante, pechos enormes y un flequillo que cubría parcialmente sus ojos, aunque detrás de los mechones se alcanzaban a distinguir un par de pupilas púrpura. Saori Harlaown, una de las esposas de Lindy Harlaown, estaba frente a ella. Era evidente que era familiar de Ruby.

"Mami Saori, Reiko no me está molestando," respondió Ruby mientras giraba un poco para ver a su madre.

Reiko, por su parte, sentía cómo el corazón le latía con fuerza. Estaba frente a la madre biológica de Ruby, y aunque nunca lo había confirmado directamente, el parecido entre ambas era innegable. La mismas forma de ojos, los mismos rasgos delicados. Sin embargo, lo único que su mente podía procesar en ese momento era un pensamiento: Si Ruby heredó sus genes de Saori... entonces aún puede desarrollarse más como ella. Ese pensamiento le hizo subir un rubor intenso al rostro, uno que no pasó desapercibido para Saori.

"Ah, apuesto a que está pensando cosas pervertidas... niña sucia," dijo Saori con un aire juguetón, mirando a Reiko con malicia.

"¡Ah... eh... no, no!" tartamudeó Reiko, completamente roja y tratando de justificarse.

"¿Quién está siendo pervertida ahora?" se escuchó una nueva voz, firme y clara. Reiko volteó a mirar hacia la fuente, y frente a ella apareció otra figura que conocía: Precia Harlaown, la otra esposa de Lindy. Su cabello castaño cenizo claro estaba perfectamente arreglado, y llevaba un kimono que irradiaba elegancia.

"Ella está pensando cosas pervertidas de Ruby," dijo Saori mientras señalaba a Reiko con un dedo juguetón.

"Mamaaaaaaa, no digas cosas así sin pruebas," reclamó Ruby, haciendo un adorable puchero que solo añadió más caos a la escena.

Precia rió con suavidad, jalando tiernamente a Ruby hacia sí y dándole un beso en la mejilla con afecto maternal. "No estaba pensando nada de eso," intentó defenderse Reiko, desesperada. "Solo... me sorprendió conocer a las mamás de Ruby. No sabía que tuvieran tan buen cuerpo..." añadió, nerviosa, hundiéndose más con cada palabra que decía.

"¿Estás intentando ligar conmigo, niña? Soy casada, ¿sabes?" respondió Precia con una ceja arqueada y un toque de diversión en su tono.

"¡Nooooo!" exclamó Reiko, su rostro completamente rojo.

"¿Quién está tratando de ligar contigo?" se escuchó una tercera voz, esta vez con un tono firme y autoritario que hizo que Reiko sintiera cómo se le helaba la sangre. Lentamente, giró la cabeza, y ahí estaba, la reina de las leonas, Lindy Harlaown, la apodada "Leona de Galia". Su presencia era imponente, su cabello verde agua resplandecía bajo la luz, y junto a ella estaba Alexandria Seraphine, cuyo semblante serio hacía que Reiko se sintiera como una presa frente a un depredador.

"Eh... ah... yo... Ruby..." intentó explicarse Reiko, pero las palabras simplemente no salían. En ese momento, lo único que quería era que la tierra la tragara.

Ruby, al darse cuenta de lo nerviosa que estaba Reiko, se interpuso entre ella y sus madres. "¡Mamis, no la molesten!" dijo con un puchero en los labios. Sus tres madres la miraron incrédulas, para luego estallar en una carcajada conjunta y sonora.

"Dios mío, niña, te faltan ovarios. ¡Que te defienda mi niña de 14 años!" exclamó Saori entre risas.

Reiko bajó la mirada al suelo, su rostro aún completamente rojo. No había forma de escapar de la humillación que acababa de sufrir. Apenas podía soportar lo que estaba pasando cuando una nueva voz se unió a la conversación.

"Creo que es suficiente, Lindy. No voy a tolerar ni una humillación más a mi hija," dijo Utena Yamauchi mientras se acercaba. Su porte elegante y su semblante serio hacían que su presencia fuera igual de imponente que la de Lindy.

Reiko, al ver a su madre, caminó hacia ella con pasos pesados, buscando refugio.

"Nadie la estaba humillando, Utena. Simplemente nos reíamos del comentario que hizo mi preciosa hija," respondió Lindy con una sonrisa que no alcanzaba sus ojos.

Utena alzó una ceja, claramente molesta. "A mí no me pareció ver eso," replicó con firmeza.

"¿No sería la primera vez que los Yamauchi interpretan algo que creen que es verdad?" dijo Lindy, contrarrestando con un tono afilado.

"¿Qué estás queriendo decir, Lindy?" preguntó Utena, su tono frío y cortante.

"Absolutamente nada, Utena. ¿Por qué no mejor dejamos este asunto aquí y seguimos con las festividades? Es año nuevo, ¿no es mejor llevar todo en paz?" Lindy sonrió, aunque su mirada permanecía fija en Utena.

Utena respiró hondo y se cruzó de brazos. "Lindy, siempre has tenido una manera única de interpretar las cosas a tu conveniencia. No puedo permitir que el orgullo de mi familia sea manchado."

Lindy soltó una leve risa, pero sus ojos seguían mostrando un destello de desafío. "Y tú, Utena, siempre tan intransigente. A veces me pregunto si alguna vez podrás ver más allá de tus propias convicciones."

La tensión entre ambas era palpable, mientras sus palabras chocaban como espadas en un duelo verbal.

Utena dio un paso adelante, estrechando la distancia entre ellas. "Quizás, Lindy, algún día entenderás que la protección de una hija va más allá de un simple comentario."

Lindy mantuvo su posición, sin retroceder. "Y quizás, Utena, entenderás que no todo se trata de proteger, sino también de permitir que crezcan y cometan sus propios errores."

"Sí... Vamos, Reiko," dijo Utena mientras jalaba a su hija hacia sí. Antes de marcharse, se detuvo y añadió: "Queda pendiente tu respuesta sobre el compromiso, Lindy. Sin embargo, creo que lo más apropiado es que esto quede en eso, una propuesta, nada más."

Reiko sintió que la sangre se le helaba al escuchar la palabra "compromiso". Miró a su madre con ojos suplicantes y apenas logró murmurar: "Mamá..."

"Nos vemos en la junta de inicio de año, Lindy. Señoras," se despidió Utena, jalando a Reiko para retirarse del lugar.

Ruby veía cómo Reiko era llevada por su madre, sus miradas encontrándose por un momento. Ruby quiso gritar algo, pero sus labios no se movieron. En su lugar, solo pudo quedarse allí, viendo cómo Reiko desaparecía entre la multitud.

el auto que llevaba a Utena y Reiko de regreso, el ambiente estaba cargado de tensión. Utena no había dicho una sola palabra desde que salieron del templo, lo que solo aumentaba el nerviosismo de Reiko. El silencio pesaba como una losa, y el único sonido en el vehículo era el suave ronroneo del motor y el ruido lejano de la nieve siendo aplastada bajo las ruedas.

"Mamá..." intentó decir Reiko, rompiendo el silencio con cautela, pero Utena la interrumpió con un tono firme y medido.

"Sabes perfectamente por qué estoy molesta," dijo Utena, sin apartar la vista del camino. Su postura era erguida, controlada, pero su tono tenía un filo que hacía que Reiko encogiera los hombros. "Hiciste el ridículo frente a las Harlaown, y peor aún, te permitiste ser humillada frente a varias de las mujeres más influyentes de Japón."

"No fue así," intentó defenderse Reiko, alzando un poco la voz, aunque no tanto como para sonar desafiante. "Ellas solo estaban bromeando."

"¿Bromeando? ¿Eso es lo que crees?" Utena giró ligeramente su cabeza, dedicándole una mirada que hacía que cualquier intento de justificación quedara atrapado en la garganta de Reiko. "Reiko, esto no es un juego. Si planeas estar con Ruby, tendrás que demostrar mucho más que nerviosismo y balbuceos. Las Harlaown no son cualquier familia, y si tú no estás a la altura, no solo te arriesgas a perderla, sino también a arrastrar nuestro apellido contigo."

Reiko apretó los labios, mirando fijamente sus manos. Sus dedos jugaron con la tela de su yukata, buscando una salida a la presión que sentía. Sabía que su madre tenía razón. Ruby no solo era especial para ella, también era el centro de una tormenta de alianzas, influencias y expectativas. Pero aun así, el amor que sentía por Ruby era sincero, y no podía evitar sentirse abrumada por todo lo que eso implicaba.

"Y no olvides," continuó Utena, su tono más frío. "Nosotras no somos las únicas interesadas en Ruby. Los Yanamoto ya han enviado emisarios, y los Fujiwara no se quedarán atrás. Ambos clanes ven en Ruby una oportunidad para fortalecer sus lazos con los Harlaown, y no dudarán en mover sus piezas para hacer sus propuestas más atractivas."

El corazón de Reiko dio un vuelco. Al escuchar el apellido Yanamoto, su mirada se endureció y sus manos se cerraron en puños. Recordó vívidamente a Miki Yanamoto, la chica que había regalado aquel perfume a Ruby en el centro comercial. La misma que había captado la atención de Ruby durante aquel intercambio inocente y que había llenado a Reiko de celos.

—¿Qué pasa, Reiko? —preguntó Utena, notando el cambio en la expresión de su hija a través del retrovisor.

—Nada —respondió Reiko en un tono seco, mirando por la ventana para evitar el contacto visual con su madre.

Utena arqueó una ceja. No era difícil darse cuenta de que algo en el apellido Yanamoto había molestado a su hija.

—¿Nada? —insistió Utena, manteniendo su tono inquisitivo—. Por tu mirada, parece que los Yanamoto te sacan de tus casillas.

Reiko soltó un suspiro profundo, incapaz de mantener su compostura.

—Es solo que... esa familia no me parece adecuada para Ruby —dijo, su voz más baja de lo habitual.

—¿Ah, sí? —Utena entrecerró los ojos, claramente esperando una explicación—. ¿Y qué te hace pensar eso?

Reiko cerró los ojos por un momento, su mente inundada por la imagen de Miki Yanamoto. Recordaba su sonrisa confiada, su actitud despreocupada, y cómo parecía conectar con Ruby sin esfuerzo. Era una espina clavada en su costado.

—Es complicado —murmuró finalmente Reiko, tratando de esquivar el tema.

—No me gusta cuando ocultas cosas, Reiko —dijo Utena con firmeza, volviendo a concentrarse en la carretera—. Si hay algo que valga la pena discutir, quiero escucharlo.

Reiko no respondió de inmediato. En su mente, sabía que expresar sus celos no haría más que darle razones a su madre para subestimarla. Pero las emociones eran difíciles de contener, especialmente cuando se trataba de Ruby.

—Simplemente creo que los Yanamoto no son tan... confiables como parecen —dijo finalmente, aunque sabía que sus palabras no eran del todo ciertas.

Utena no insistió más, pero hizo una nota mental del evidente malestar de su hija. Había algo más profundo que Reiko no estaba compartiendo, y aunque la conversación quedó en suspenso, el nombre de los Yanamoto dejó una sombra en el ambiente durante el resto del trayecto.

Por su parte, Reiko miró por la ventana, intentando calmarse. Sabía que la verdadera prueba no sería demostrarle a su madre que estaba a la altura de las Harlaown, sino ganarle la partida a alguien como Miki Yanamoto, que parecía tener todas las cartas para acercarse a Ruby. En ese momento, Reiko juró que haría todo lo posible para dejar claro que ella era la mejor opción para el corazón de Ruby.

Utena, notando el silencio prolongado de su hija, suspiró profundamente. "Reiko, te digo esto porque quiero que seas fuerte. No por mí, no por nuestra familia, sino por ti misma. Si realmente amas a Ruby, entonces demuéstralo. No solo a ella, sino a todos. Pero para eso, necesitas estar lista para enfrentarte al mundo, incluso cuando sientas que estás sola."

Reiko levantó la mirada hacia su madre, sus ojos buscando algún indicio de ternura detrás de esa fachada de dureza. No encontró ninguna palabra de consuelo, pero algo en la firmeza de Utena la hizo asentir con determinación. En el fondo, sabía que su madre tenía razón. Si quería estar al lado de Ruby, tendría que ser capaz de enfrentarse a cualquier desafío, por grande que fuera.

"Entendido, mamá," dijo finalmente, su voz baja pero cargada de seriedad. Utena la miró de reojo y, aunque no dijo nada, un leve destello de orgullo cruzó sus ojos antes de volver la vista al camino.

El auto continuó su camino, atravesando el paisaje nevado de Hokkaido mientras la noche caía lentamente. La luna brillaba sobre el manto blanco, iluminando los pensamientos de ambas mujeres. Para Reiko, este inicio de año no era solo un cambio en el calendario. Era el inicio de algo más grande, un desafío que estaba dispuesta a enfrentar, sin importar lo que costara.


Subaru suspiró pesadamente mientras se quitaba el abrigo y lo colgaba en el perchero del pasillo principal de su apartamento. Había sido un día largo, con el caso de Nicolo Testarossa pesándole en la mente. A pesar de que oficialmente el caso había sido archivado, algo no encajaba en todo aquello. Pero en ese momento, su energía estaba completamente agotada y lo único que quería era un poco de tranquilidad. Sin embargo, la escena que encontró al entrar en la sala principal de su apartamento lo hizo reconsiderar.

Nina su sobrina estaba sentada en el sofá, afinando su guitarra eléctrica con expresión concentrada, mientras Ginga la observaba con una mezcla de interés y diversión. Cada vez que Nina probaba una nota, Ginga aplaudía entusiasmada, lo que claramente exasperaba a su sobrina.

—¿Puedes dejar de aplaudir, tía? ¡Me desconcentras! —gruñó Nina, mirando a Ginga con los ojos entrecerrados.

—Pero había escuchado que los músicos aplauden para seguir el ritmo o algo así —respondió Ginga con una sonrisa inocente.

Nina dejó de tocar y, con un suspiro de frustración, replicó: —Eso es un metrónomo, tía, ¡y lo estás haciendo mal!

Ginga no pudo evitar reír mientras se inclinaba hacia Nina y le jalaba las mejillas con cariño. —No seas una amargada, Nina. Solo intento aprender.

Subaru, viendo la escena, no pudo evitar sonreír levemente. Cerró la puerta detrás de ella, dejó sus llaves en la entrada y acarició la cabeza de Nala, su labradora, que había corrido a saludarla con la cola moviéndose de lado a lado. Luego, caminó hacia Morinoko, que estaba de pie en la cocina preparando algo caliente, y la saludó con un beso en los labios.

—¿Qué hace Nina aquí, amor? —preguntó Subaru, con el cansancio reflejado en su voz.

Morinoko le devolvió la sonrisa. —Tiene un concierto con su banda a las 11 de la noche en The Groove Pit. Como el lugar está cerca de aquí, decidió venir antes para prepararse.

Subaru la miró incrédula, levantando una ceja. —¿A las 11? ¡Amor, tiene 14 años! ¿Cómo es que sus padres le permiten salir tan tarde?

Desde la sala, la voz de Nina resonó fuerte y clara. —¡No soy una niña, tía! —protestó mientras seguía ajustando las cuerdas de su guitarra.

Subaru se asomó por el marco de la puerta para mirarla y respondió con firmeza: —Sí lo eres, Nina. Tienes solo 14 años. ¡Eres una niña!

Nina, ignorando por completo el comentario, soltó una nota alta con su guitarra y, acto seguido, comenzó a afinar su voz con una interpretación improvisada. Su tono era claro, fuerte y preciso, lo que hizo que Subaru y Morinoko se quedaran en silencio por un momento, impresionadas. Incluso Subaru, que no era fan del rock, no pudo negar que la voz de Nina era extraordinaria.

—¡Eso fue increíble! —aplaudió Ginga emocionada, esta vez con aún más entusiasmo.

Morinoko miró a su sobrina con orgullo. —Es su sueño, ¿sabes? Mi hermana lo sabe, y por eso se lo permite. Además, sabe que su tía, la gran Mayor de la policía de Sapporo, va a acompañarla. Por eso sus padres están tranquilos.

Subaru la miró con una mezcla de incredulidad y resignación, señalándose a sí misma. —¿Yo? ¿En serio?

Morinoko se acercó a Subaru, le dio un beso en la mejilla y sonrió. —Te lo encargo, mi amor. Yo tendré listo el futón extra en la sala para cuando vuelvan las dos.

Subaru supo en ese momento que no había escapatoria. Con un suspiro de resignación, miró a Morinoko, quien le devolvió una sonrisa tranquilizadora. Mientras tanto, en su mente, ya podía imaginarse rodeada de adolescentes hormonales en un concierto lleno de música que probablemente no le gustaría en absoluto.

—Esto va a ser una noche larga... —murmuró para sí misma Subaru mientras Nala se acurrucaba junto a sus pies.

Eran las 10 de la noche, y la fría brisa de la ciudad acompañaba a Subaru y Nina mientras caminaban por las calles. Subaru, aún con su uniforme de policía, avanzaba con paso firme al lado de su sobrina, quien llevaba su guitarra al hombro, resguardada en su funda negra. Nina miraba de reojo a su tía, claramente incómoda por la forma en que iba vestida.

—Si vas vestida así, tía, van a pensar que la policía está haciendo una redada en el local. No es buena idea —comentó Nina, con un toque de sarcasmo.

Subaru, sin inmutarse, respondió con firmeza: —Nada de eso. Con esto demostramos que quien quiera pasarse de listo contigo va directo al calabozo.

Nina suspiró, rodando los ojos. —Tía, sé defenderme. Al primer tipo que intente algo le pateo en las bolas y lo dejo tirado en el piso.

Subaru la miró incrédula, deteniendo sus pasos por un momento. Nina le devolvió la mirada y preguntó: —¿Qué?

Subaru negó con la cabeza y regresó su vista al frente. —Nada, nada... Solo que cuando tenía tu edad, las cosas eran más tranquilas.

Nina soltó una risa sarcástica. —Ajá... porque eres una boomer.

Subaru alzó una ceja, confundida. —¿Una qué?

—Nada, tía… no lo vas a entender —respondió Nina, intentando contener una sonrisa.

Cuando llegaron a The Groove Pit, el local de conciertos, el personal de seguridad observó a Subaru con intriga. La mayoría no estaba segura de si realmente era una oficial de policía o si se trataba de alguien con un disfraz. Subaru no tardó en darse cuenta y, con un tono amenazante, dijo:

—¿Quieres que te muestre mi placa?

El hombre negó rápidamente con la cabeza y les dio acceso al lugar. Nina, a su lado, se tapó la boca para contener la risa. —Bien hecho, tía —le dijo, burlona.

Subaru la ignoró, aunque no pudo evitar sentir una pizca de satisfacción. Había impresionado a su sobrina, aunque no pensaba admitirlo.

Dentro del local, Nina se reunió con su banda: un grupo de cuatro chicas. Tres de ellas parecían mayores, mientras que otra tenía una edad similar a Nina. No hubo tiempo para presentaciones formales, ya que estaban contra el reloj. En la sala de preparación, las chicas comenzaron a afinar sus instrumentos y a tocar melodías de prueba para asegurarse de estar sincronizadas. Subaru observaba todo con una mezcla de curiosidad y desconcierto. Para ella, aquello parecía ciencia extraterrestre, pero no podía evitar sentirse orgullosa al ver a Nina en su elemento.

Cuando llegó el momento del concierto, Subaru se posicionó a un costado del escenario, donde podía observar a su sobrina sin mezclarse con el público. La música comenzó, y el público enloqueció cuando Nina tomó el micrófono. Su voz era potente, afinada y perfecta para el estilo de rock que interpretaban. Los gritos de adolescentes llenaron el lugar, algunos alabando a Nina, otros a las demás integrantes de la banda. Subaru miraba todo aquello con incredulidad, preguntándose cómo su sobrina, que parecía tan despreocupada, podía generar tanto impacto en el escenario.

A las 2 de la madrugada, el concierto había llegado a su fin. Mientras las chicas de la banda proponían ir a celebrar, Subaru se encargó de poner un alto:

—Nada de eso. Cada una tiene que ir a su casa. No es posible que señoritas como ustedes estén tan tarde en la calle.

Las chicas de la banda estallaron en risas, comentando que la "tía policía" de Nina era muy graciosa. Nina, con una sonrisa resignada, despidió a sus compañeras antes de iniciar el camino de regreso junto a Subaru.

El trayecto hacia el apartamento fue silencioso, pero no incómodo. Nina sabía que había hecho una actuación increíble, y Subaru no podía estar más orgullosa, aunque no lo dijera en voz alta. En medio de ese silencio, Nina decidió romperlo con una confesión inesperada:

—Tengo una beca para ir a Shirayuri Joshi Kōtō Gakkō.

Subaru se detuvo en seco, mirando a su sobrina con sorpresa. —¿Cómo? ¿La preparatoria esa de señoritas y todo?

Nina también se detuvo y miró al cielo, como intentando ordenar sus pensamientos. —Sí. Sabes que Shirayuri Joshi Kōtō Gakkō tiene su enfoque en artes, etiqueta y liderazgo. Muchos músicos que salen de esa preparatoria tienen la vida artística asegurada.

Subaru entrecerró los ojos, aún incrédula. —¿Y cómo conseguiste la beca?

Nina se encogió de hombros. —Me escucharon cantar en la plaza Shujikuro. No sabía que esa plaza era parte de las instalaciones de la preparatoria. Yo solo quería atraer gente para que compraran boletos para uno de nuestros conciertos, así que se me ocurrió hacer un pequeño concierto a capela. La directora pasó en ese momento y… bueno, lo demás ya lo sabes.

Subaru no podía creer la suerte de su sobrina. Con cierta duda, preguntó: —¿Irás?

Nina chasqueó la lengua. —No lo sé. Es una preparatoria de ricas. Seguro me van a expulsar cuando le rompa los dientes a alguna niña mimada.

—Entonces no le rompas los dientes a nadie, Nina —respondió Subaru con tono serio. —Aprovecha las oportunidades que te da la vida. Luego te arrepentirás de no aceptar.

Nina suspiró, bajando la mirada. —Ya he aceptado, tía. Iré en abril… Lo único es que no sé si dure.

Subaru sonrió y pasó un brazo por los hombros de su sobrina, abrazándola con fuerza. —Tú puedes, tigresa.

Nina rio, negando con la cabeza mientras ambas reanudaban su camino por las calles vacías, acompañadas únicamente por el eco de sus pasos en la madrugada helada de Sapporo. Eran las 2:20 am, y el futuro de Nina Iseri apenas comenzaba.

El resto del camino lo recorrieron en silencio, con las calles desiertas de Sapporo como testigo. Nina, con su guitarra al hombro y su futuro artístico frente a ella, y Subaru, con su uniforme de policía aún puesto, pensativa y orgullosa de estar junto a esa joven que, a pesar de su rebeldía, tenía un corazón enorme.

Al llegar al edificio, Subaru abrió la puerta y dejó pasar a Nina primero. Nala, la labradora, corrió hacia ellas moviendo la cola, emocionada de verlas regresar. Mientras Nina se agachaba para acariciarla, Subaru colgó las llaves y dejó escapar un último suspiro del día.

—Por cierto, tía —dijo Nina, mientras jugaba con Nala—. Gracias por venir conmigo hoy. Sé que no es tu tipo de música, pero… significa mucho para mí.

Subaru se cruzó de brazos, apoyándose contra la pared. —No me hagas llorar ahora, tigresa. Es mi trabajo cuidarte.

Nina se levantó, sonriendo. —Sí, claro, tía dura. Pero sé que te gustó mi concierto.

Subaru negó con la cabeza, riendo suavemente. —Lo admito, tienes talento. Pero no dejes que se te suba a la cabeza, ¿de acuerdo?

—Tranquila, tía. Mi ego ya está bastante inflado. —Nina guiñó un ojo antes de dirigirse al futón que Morinoko había preparado para ella.

Mientras Subaru apagaba las luces, no podía evitar pensar en lo lejos que podría llegar Nina. Tal vez la preparatoria Shirayuri Joshi Kōtō Gakkō era el comienzo de algo grande para su sobrina. Y, aunque los días de Nina en la escuela serían seguramente caóticos, Subaru sabía que esa niña rebelde tenía el potencial de conquistar cualquier escenario que se propusiera.