Capítulo 28

Acuerdos en la Oscuridad

El lunes amaneció gris y frío en Sapporo, las nubes bajas se encontraban cubriendo el cielo como una sábana de plomo. Subaru Nakajima conducía su Toyota Corolla negro por una carretera secundaria, el zumbido del motor estaba llenando el silencio mientras se dirigía a los terrenos Takamachi, tal como habían acordado con Nanoha en el balcón del Auditorio Nikko dos noches atrás. Sus manos apretaban el volante con más fuerza de la necesaria, sus ojos verdes fijos se mantenían en el camino mientras su mente giraba con preguntas que no tenían una respuesta fácil. ¿Por qué Shiro? ¿Qué sabían? ¿Qué eran realmente los Takamachi? Pero sobre todo, la pregunta que Nanoha le había clavado como un cuchillo resonaba una y otra vez: "¿Aún sigues confiando en el sistema?"

Subaru pisó el acelerador con un movimiento brusco, el Corolla comenzó a ganar velocidad en una carretera vacía flanqueada por pinos altos y oscuros. El velocímetro marcó 120 km/h, y el viento silbaba contra las ventanas mientras un Torii rojo emergía en el horizonte, sus vigas lacadas se encontraban brillando bajo la luz tenue del amanecer. Era la entrada al territorio Takamachi, un dominio privado que se extendía por hectáreas de bosque y colinas, protegido por muros invisibles de poder y tradición. Subaru desaceleró al acercarse, con el motor ronroneando mientras atravesaba el Torii y un escalofrío recorriendo su espalda como si cruzara un umbral entre mundos.

Treinta minutos después de pasar el Torii, la entrada principal apareció a la vista: una puerta doble de acero negro flanqueada por dos torres de vigilancia, cada una con guardias armados y cámaras giratorias. Subaru conocía el lugar; había estado allí muchas veces, primero como capitana y luego como mayor, siempre en visitas oficiales o personales relacionadas con los Takamachi. Estacionó el Corolla frente a la puerta, apagando el motor pero permaneciendo dentro mientras la seguridad iniciaba su protocolo. Dos guardias con uniformes oscuros se acercaron, uno liderando un pastor alemán entrenado como perro antibomba, mientras el otro sostenía un detector de explosivos portátil. El perro olfateó el perímetro del auto, con su hocico rozando las llantas, mientras el detector zumbaba contra la carrocería. Subaru observó en silencio, su respiración se mantenía contenida hasta que el guardia con el detector levantó una mano.

—Todo limpio —dijo, con su voz monocorde resonando en el aire frío.

Subaru abrió la puerta y salió, alzando las manos en un gesto automático mientras señalaba su cinturón con la barbilla. Aunque estaba de licencia tras el incidente del muelle, aún tenía permiso para portar su arma, una pistola Glock 19 que llevaba por costumbre más que por necesidad.

—¿Puedo tomarla para que la resguarden? —preguntó, con un tono respetuoso pero firme.

El guardia, un hombre de rostro estoico y ojos oscuros, asintió sin expresión.

—Adelante —respondió, sosteniendo una caja de acrílico transparente.

Subaru desmontó el arma con movimientos precisos, quitando el cargador de la recámara y deslizando la Glock en la caja. El guardia cerró la tapa con un clic y pasó a la revisión manual, sus manos estaban palpando los bolsillos y costados del traje negro de Subaru con una eficiencia mecánica. Cuando dio el visto bueno, señaló un arco detector de metales a pocos metros. Subaru caminó hacia él, pasando bajo el arco con un paso seguro, pero un beep agudo resonó al instante.

Un guardia detrás del detector, más joven y con el ceño fruncido, señaló su cintura.

—Sáquese todos los objetos de metal —dijo, con un tono cortante y sin paciencia.

Subaru alzó una ceja, metiendo la mano en su chaqueta.

—Probablemente sea mi placa —respondió, sacando la insignia de mayor de la policía y pasándola por el detector.

El beep volvió a sonar, confirmando su teoría. Ella giró hacia el guardia con una sonrisa seca.

—Es la placa —dijo, con una voz grave pero tranquila.

El guardia apretó los labios, su paciencia claramente se encontraba al límite, pero antes de que pudiera replicar, una voz familiar cortó el aire.

—Está bien —dijo Signum, emergiendo desde una de las torres con pasos largos y seguros—. Es personal de confianza.

El guardia enderezó la espalda al instante, haciendo una señal militar con la mano.

—Comprendido, comandante —respondió, retrocediendo con un asentimiento.

Signum, alta y elegante en un uniforme negro con detalles rojos, miró a Subaru con una sonrisa de lado que suavizó sus rasgos afilados. Su cabello rosa estaba recogido en una coleta alta, y sus ojos azules brillaban con una mezcla de nostalgia y diversión.

—Es bueno verla nuevamente, Capitana Nakajima —dijo, con una voz cálida pero con un toque juguetón.

Subaru rió, con una carcajada breve que rompió la tensión mientras guardaba su placa.

—Mayor ahora, Signum —respondió, con su tono subiendo con un matiz de orgullo.

Signum inclinó la cabeza, su sonrisa ampliándose.

—Lo sé —dijo con complicidad—. Pero para mí siempre será mi capitana.

Subaru rió de nuevo, sacudiendo la cabeza mientras se ajustaba el traje.

—La seguridad está más fuerte que nunca —comentó, señalando a los guardias y las cámaras con un movimiento de la barbilla.

Signum suspiró, y su expresión se endureció mientras comenzaban a caminar hacia el interior de los terrenos Takamachi. El camino de grava crujía bajo sus botas, y el aire olía a pino y tierra húmeda.

—No queremos repetir lo que pasó con Shiro-sama —respondió, su voz era baja pero cargada de peso—. Nunca más.

Ambas caminaron en silencio, con el eco de sus pasos resonando en el sendero flanqueado por árboles altos. Subaru sintió el peso de esas palabras, un recordatorio de la muerte de Shiro Takamachi y las sombras que aún envolvían a la familia. Finalmente, Signum rompió el silencio, deteniéndose frente a una puerta de madera tallada que marcaba la entrada a la residencia principal.

—Nanoha-sama la está esperando —dijo, girándose hacia Subaru con una mirada seria.

Subaru suspiró, sus hombros cayeron ligeramente mientras asentía.

—Lo sé… —respondió, con una voz grave cargada de una mezcla de resolución y nerviosismo.

Signum abrió la puerta con un movimiento suave, dejando que Subaru entrara primero. El interior de los terrenos Takamachi se alzaba ante ella, un mundo de secretos y poder que estaba a punto de desentrañar, o al menos intentarlo.

Subaru caminaba junto a Signum por los terrenos Takamachi, y no importaba cuántas veces los hubiera visitado, siempre la sorprendía. Era como dejar atrás el bullicio moderno de Sapporo para adentrarse en una antigua Kioto atrapada en el tiempo. La infraestructura era una obra maestra de armonía: tejados curvos de tejas negras brillando bajo la luz grisácea del amanecer, puentes de madera arqueados sobre ríos cristalinos que serpenteaban entre jardines de grava y cerezos, faroles de piedra alineados en senderos que parecían susurrar historias de siglos pasados. Pero no era solo tradición; la tecnología se entrelazaba sutilmente con lo clásico —cámaras ocultas en los aleros, paneles solares disfrazados como tejas, drones pequeños zumbando discretamente sobre los tejados— sin romper el aire místico que envolvía el lugar.

Los terrenos eran vastos, una mini ciudad dentro de sí misma. Casas de madera y papel arroz se alzaban en hileras ordenadas, hogar de empleados, personal administrativo y la milicia privada de los Takamachi, cada grupo con su propio espacio y privacidad. Subaru podía ver a sirvientes barriendo los senderos con escobas de bambú, guardias en uniformes oscuros patrullando con walkie-talkies, y administradores con tabletas revisando horarios bajo la sombra de un puente. Era un mundo autosuficiente, y en el centro de todo estaba Nanoha Takamachi, no solo como regente, sino como una especie de líder feudal de esta comunidad. Subaru no pudo evitar maravillarse: ¿Qué tan poderosa es realmente esta familia?

Mientras cruzaban un puente de madera que crujía bajo sus botas, Subaru observó al personal de limpieza interactuando entre sí, risas suaves y saludos amistosos llenaban el aire. Signum, a su lado, rompió el silencio con una voz baja pero cargada de significado.

—Todos se encuentran ya más tranquilos desde que Nanoha-sama regresó a sus labores —dijo con su mirada fija en un grupo de sirvientas que doblaban ropa junto al río—. Fueron semanas difíciles, capitana. No sabíamos si la regente lo iba a lograr.

Subaru asintió con sus manos metidas en los bolsillos de su traje mientras seguía el paso firme de Signum.

—Lo imagino —respondió con un tono grave pero suave—. Es difícil perder un ser querido, más si es alguien cercano.

Hizo una pausa, mirando de reojo a Signum antes de añadir con cautela:

—Además, si le sumas la muerte de alguien…

El silencio cayó entre ellas, pesado como el aire húmedo que las rodeaba. Siguieron caminando con el sonido de sus pasos sobre la grava resonando en el sendero, hasta que Signum lo rompió con una voz más baja, casi reflexiva.

—A todos nos cuesta, ¿sabe? —dijo con sus ojos azules fijos en el horizonte—. La primera muerte. Todos somos humanos.

Subaru giró hacia ella, alzando una ceja mientras Signum continuaba.

—¿Recuerda usted, capitana? ¿Quién fue su primero?

Subaru suspiró, mirando hacia adelante mientras los recuerdos la golpeaban como una ola fría. Sus pasos no se detuvieron, pero su voz tembló ligeramente.

— Sí, lo recuerdo —respondió, con un tono grave cargado de peso—. Un muchacho con un arma en un operativo SWAT. Una banda de narcos. Tendría… qué, ¿dieciocho años? Estaba desquiciado, tenía una rehén. Le disparó en la pierna mientras negociábamos. No tuvimos opción. Siempre me voy a acordar de su cara.

El silencio volvió, roto solo por el murmullo del río a su izquierda. Signum asintió, su expresión comenzó a endurecerse mientras hablaba.

—El mío fue un iraní —dijo, su voz sonaba baja pero firme—. Cuando formaba parte del ejército, en un despliegue a Irán con los americanos. Tenía solo diecinueve años en ese entonces, capitana. A todos nos duele. La regente lo sabe ahora.

Subaru apretó los labios con el eco de esas palabras resonando en su mente mientras seguían avanzando hacia la mansión principal, un edificio imponente de madera oscura y ventanas de papel arroz que se alzaba al final del sendero. Pero no pudo contenerse más y rompió el silencio de nuevo.

—Nuestros casos son diferentes, Signum —dijo, subiendo su voz con una mezcla de frustración y convicción—. Estábamos de servicio, cumpliendo órdenes. Nanoha-sama actuó por venganza.

Signum siguió caminando con una postura recta como siempre, pero su respuesta llegó tras una pausa, su tono se volvió frío pero cargado de desafío.

—¿Qué haría usted si alguien tomara la vida de su esposa y supiera dónde está? —preguntó, girándose ligeramente hacia Subaru—. ¿Esperaría?

Subaru se detuvo en seco, el simple hecho de imaginar a Morinoko muerta hacia que la sangre subiera a su rostro. Sus manos se cerraron en puños, y su respiración se aceleró mientras la furia la atravesaba como un relámpago.

—Yo… yo… —balbuceó, conteniendo la rabia que le quemaba el pecho.

Signum giró hacia ella por completo, abriendo la puerta principal de la mansión Takamachi con un movimiento suave mientras una sonrisa amarga cruzaba su rostro.

—Ahora tiene su respuesta, capitana —dijo, su voz baja pero cortante como una espada.

La puerta se abrió, revelando un vestíbulo amplio con tatamis impecables, paredes de madera pulida y un aroma a incienso que flotaba en el aire. Subaru permaneció inmóvil por un segundo, su rostro aún permanecia rojo mientras procesaba las palabras de Signum. La pregunta de Nanoha volvió a ella, más fuerte que nunca: "¿Aún sigues confiando en el sistema?" Y por primera vez, no tuvo una respuesta clara. Signum la miró desde el umbral, esperando en silencio, y Subaru finalmente dio un paso adelante, entrando en la mansión con el peso de sus dudas colgando sobre ella como una sombra.

La oficina de Nanoha era un espacio que combinaba tradición y modernidad: un escritorio de caoba lleno de documentos ocupaba el centro, flanqueado por estanterías con libros antiguos y una pantalla digital que mostraba gráficos en tiempo real. Un mapa gigante de Sapporo y varias ciudades internacionales colgaba en una pared, punteado con marcas rojas y líneas cruzadas que trazaban rutas y conexiones. El aire olía a papel viejo y tinta, y la luz tenue de una lámpara de papel arroz iluminaba la escena.

Nanoha estaba sentada en su escritorio, revisando una pila de papeles con contratos, alianzas y proyectos, todo organizado en montones precisos. Su yukata negra con detalles blancos le daba un aire de autoridad serena, y sus ojos lavanda escaneaban los documentos con una mezcla de concentración y cansancio. A su lado, Hayate, la vice regente del clan, tecleaba en una laptop con una mano mientras con la otra tachaba y marcaba documentos impresos con un lápiz. Su cabello castaño estaba recogido en una coleta desordenada, y sus ojos azules brillaban con una mezcla de concentración y exasperación.

—Sabes que puedes trabajarlos todos en la computadora y dejar el lápiz y papel de lado, ¿verdad? —dijo Nanoha, apoyando el rostro en una mano sobre el escritorio con una sonrisa mientras miraba a Hayate—. No era necesario imprimir todo.

Hayate negó con la cabeza, haciendo un sonido de desaprobación con la lengua.

—Tch tch —respondió, sin levantar la vista de sus papeles—. ¿Y negar el romanticismo del olor al papel y el carbón del lápiz? No gracias.

Nanoha rió, con un sonido ligero que llenó la sala con una calidez momentánea.

—Eres tan conservadora hasta en ese aspecto —dijo, con un tono juguetón.

Hayate alzó una ceja, dejando el lápiz sobre la mesa.

—Soy historiadora, Nanoha, por Dios —replicó con una voz fingiendo indignación—. No me pidas dejar mis costumbres.

Nanoha negó con la cabeza, riendo de nuevo.

—Está bien, está bien —concedió, poniéndose de pie con un movimiento fluido y caminando hacia el mapa colgado en la pared.

Sus dedos rozaron una marca específica, un puerto en Sapporo, mientras su expresión se volvía más seria.

—Papá dejó muchos negocios y tratos inconclusos —dijo su voz fue bajando con un matiz de cansancio—. Algunos no tienen validez legal…

Hayate dejó de teclear, girándose hacia ella con una mirada preocupada.

—Mizuki y la abogada están en ello —respondió con un tono práctico—. La cosa es saber qué vamos a hacer con los negocios ilegales, Nanoha.

Nanoha suspiró, marcando el puerto con un círculo rojo en el mapa.

—Este se usó para tráfico de armas… —murmuró, acariciando el papel con una mezcla de tristeza y resignación—. Ay, papá…

Hayate dejó los documentos a un lado, cruzando los brazos mientras miraba a su amiga.

—Nanoha, tú no tienes la culpa de los negocios de tu padre… —dijo, suavizando su voz.

Nanoha suspiró de nuevo, más profundo esta vez.

—Lo sé… pero los heredé todos, Hayate —respondió, girándose hacia ella con una determinación que contrastaba con su tono—. Tengo que hacerme cargo.

Hayate se recostó en su silla, sus ojos escaneaban a Nanoha con curiosidad.

—Entonces, ¿cuál es el plan? —preguntó, subiendo su voz con una mezcla de escepticismo y expectativa.

Nanoha se dio la vuelta por completo, apoyándose contra el borde del escritorio mientras una sonrisa traviesa cruzaba su rostro.

—Los absorbemos y luego los eliminamos —dijo con un tono firme pero con un brillo infantil en los ojos.

Hayate parpadeó, inclinando la cabeza con confusión.

—¿Ah? —respondió subiendo su voz una octava.

Nanoha rió, cruzando los brazos mientras explicaba.

—No podemos deshacernos de los tratos sucios así de simple —dijo, volviendo su tono más serio—. Generará una ruptura y el clan colapsará. Tenemos que ganarnos su confianza, tomar control de sus operaciones y después… ¡pum!, los cerramos.

Hayate parpadeó de nuevo, procesando las palabras mientras una ceja se alzaba lentamente.

—¿Quieres adueñarte de todas las operaciones ilícitas y luego cerrarlas? —preguntó, con un tono cargado de incredulidad.

Nanoha soltó una sonrisa amplia, como el de una niña que acaba de hacer una travesura brillante.

— Sí —respondió con entusiasmo.

Hayate suspiró, pasándose una mano por la cara mientras dejaba caer el lápiz sobre la mesa.

—Eso es peligroso, ¿sabes? —dijo con preocupación—. Tendrás enemigos… Tendremos enemigos.

Nanoha se sentó en su silla, girándola ligeramente mientras miraba a Hayate con una confianza que rayaba en la temeridad.

—Tranquila —dijo suavizando su voz pero con un filo juguetón—. Nadie se va a meter con el Demonio Blanco.

Hayate la miró con una expresión extraña, sus ojos comenzaron a entrecerrarse mientras intentaba descifrar qué acababa de decir su amiga. Abrió la boca para responder, pero un golpe en la puerta la interrumpió. Nanoha giró hacia la entrada y enderezó su postura al instante.

—Pase —dijo volviendo a su autoridad de regente.

Signum abrió la puerta, entrando con una reverencia leve antes de hacerse a un lado.

—Nanoha-sama, la Mayor Nakajima está aquí —anunció con un tono respetuoso pero firme.

Subaru entró detrás de ella, su traje negro contrastando con el ambiente cálido de la oficina. Sus ojos verdes escanearon la sala rápidamente, deteniéndose en Nanoha antes de inclinarse en un saludo formal.

—Nanoha-sama —dijo, con voz grave resonando en el espacio—. Gracias por recibirme.

Nanoha sonrió, levantándose de su silla con un movimiento fluido mientras Hayate observaba en silencio aún con su lápiz en la mano.

—Mayor Nakajima —respondió Nanoha—. Bienvenida. Tenemos mucho de qué hablar.

Nanoha se levantó de su silla con un movimiento fluido, dejando atrás el escritorio lleno de documentos y caminando hacia donde estaban Subaru y Signum en la entrada de la oficina. Hayate, aún estaba sentada con su laptop y los papeles esparcidos, alzó una ceja con curiosidad, manteniendo su lápiz entre sus dedos mientras observaba la escena. Nanoha giró hacia ella, ofreciéndole una sonrisa rápida pero firme.

—Ya vuelvo, Hayate —dijo, con una voz cálida pero con un tono de autoridad—. Te dejo a cargo.

Hayate parpadeó, inclinando la cabeza antes de responder con un tono seco pero obediente.

— Sí, regente —dijo, volviendo su atención a los documentos con un suspiro contenido.

Nanoha le sonrió de nuevo, una chispa de complicidad brillo en sus ojos antes de girarse hacia Subaru y Signum. Su semblante inmediatamente cambió mientras salía de la oficina, la calidez que mostró con Hayate se esfumo dando paso a una seriedad que endureció sus facciones. Cerró la puerta tras de sí con un clic suave y comenzó a caminar por el pasillo, Subaru y Signum comenzaron a seguirla en silencio. El aire se volvió más pesado con cada paso con el sonido de sus botas resonando contra los tatamis.

—No esperaba verla pronto, Mayor Nakajima —dijo Nanoha con una voz baja pero cortante mientras avanzaban.

Subaru ajustó su postura, sus manos metidas en los bolsillos de su traje mientras miraba a Nanoha de reojo.

—Lamento si llegué en un mal momento, Nanoha-sama —respondió, Subaru en un tono grave cargado de disculpa.

Nanoha negó con la cabeza, aun manteniendo su expresión imperturbable.

—No —dijo, con una voz firme—. Si hubiera sido un mal momento, no le habría aceptado la visita.

Subaru asintió en silencio, y ambas continuaron avanzando, adentrándose en un área más restringida de los terrenos. Los pasillos de madera y papel arroz dieron paso a paredes de concreto gris y puertas metálicas, el ambiente había cambiando a uno de seguridad máxima. Nanoha lideraba el camino con pasos seguros, Signum a su lado la seguía como una sombra protectora mientras se acercaban a una zona marcada con líneas amarillas y cámaras giratorias, Nanoha detuvo su paso y giró ligeramente hacia Subaru.

—El acceso a esta área solo la tienen pocas personas —dijo bajando su tono con una seriedad que rayaba en lo ominoso—. No tiene permitido filtrar la información que reside dentro del área de contención. ¿Entendido?

Subaru afirmo, sintiendo el peso de la advertencia en cada palabra.

—Tiene mi palabra, Nanoha-sama —respondió con su voz firme.

Llegaron a un control de seguridad, una barrera de acero vigilada por dos guardias armados en uniformes negros. Ambos saludaron con un gesto militar preciso, primero a Nanoha y luego a Signum, sus rostros se mantenían estoicos bajo las gorras.

—Deme un pase de invitado para la Mayor Nakajima —ordenó Nanoha.

El guardia de la izquierda asintió sin dudar.

—Como ordene la regente—respondió, girándose hacia una consola y extrajo una tarjeta magnética de un compartimiento.

El guardia se acerco a Subaru y le entregó el pase, quien lo tomó con un movimiento rápido, colgándoselo al cuello mientras seguía a Nanoha y Signum hacia una puerta blindada. Los guardias escanearon sus credenciales en un panel biométrico, y la puerta se abrió con un zumbido grave, revelando un pasillo estéril iluminado por luces fluorescentes. Nanoha continuó liderando el camino con su yukata ondeando tras ella como una bandera oscura.

—Tengo su palabra, Mayor Nakajima, de que lo que hable o vea aquí no se lo dirá a nadie, ¿cierto? —dijo Nanoha, su voz resonaba en el pasillo con un tono que era más una advertencia que una pregunta.

Subaru asintió, manteniendo su mirada fija en la espalda de Nanoha.

—Tiene mi palabra —repitió.

Llegaron a una última puerta, resguardada por dos guardias adicionales armados con rifles automáticos. Al ver a Nanoha, se apartaron al instante, abriendo la puerta con un movimiento sincronizado. El sonido metálico de los cerrojos al desbloquearse llenó el aire, y Nanoha entró primero, seguida por Signum y Subaru.

Dentro, Subaru se detuvo en seco, sus ojos se abrieron de par en par ante la escena frente a ella. Una mujer embarazada estaba sentada en una silla acolchada en el centro de una celda de vidrio reforzado. Era delgada, casi demacrada, su piel estaba pálida contrastando con el vestido gris suelto que llevaba. Un suero conectado a su brazo goteaba lentamente, y sus manos descansaban sobre su vientre abultado, acariciándolo con movimientos lentos y mecánicos. Sus ojos, vacíos y opacos, no transmitían nada, como si toda vida hubiera sido drenada de ella.

Nanoha se detuvo a unos metros de la celda, cruzando los brazos mientras miraba a la mujer con una mezcla de tristeza y resolución.

—Le presento a mi tía —dijo, su voz cortante pero cargada de un dolor contenido—. El cerebro detrás del asesinato de mi padre. O eso es lo que nosotros creemos.

Subaru permaneció en silencio, con su mirada fija en la mujer mientras Nanoha continuaba.

—Desde que está aquí, solo come lo necesario —explicó con frustración—. Últimamente está rechazando la comida. Creemos que no tiene ganas de vivir ya que el bebe debería de nacer en los próximos meses, lo único que hace es poner en peligro a su niño mas que su vida. La doctora cree que ella esta haciendo esto para que la operemos de cesárea de urgencia y salvemos al niño.

Subaru quedó de piedra con el peso de la escena y la explicación de Nanoha golpeándola como un martillo. La mujer frente a ella parecía una cáscara vacía y su embarazo el único signo de vida en un cuerpo que había renunciado a todo lo demás. Tras un momento de silencio, Subaru respiró hondo y giró hacia Nanoha.

—¿Ella ha dicho algo? —preguntó, su voz grave rompiendo el aire tenso.

Nanoha negó con la cabeza, sus ojos fijos en su tía.

—No —respondió con un tono seco—. Nada desde que la trajimos aquí.

Subaru suspiró, apretando sus manos en puños antes de relajarse. Giró hacia Nanoha con una mezcla de determinación y cautela.

—¿Puedo hablar con ella, Nanoha-sama? —pidió, firme pero respetuosa.

Nanoha la miró por un segundo levantado una ceja, evaluándola, antes de asentir con un movimiento lento.

—Adelante —dijo, señalando la celda con la barbilla mientras Signum permanecía en silencio a su lado, observando. —Sin embargo dudo que el resultado sea diferente al que hemos intentado—

Subaru dio un paso adelante, el sonido de sus botas resonaba en el suelo frío mientras se acercaba a la celda, su mente girando con preguntas y el peso de lo que estaba a punto de enfrentar.

Subaru se detuvo frente a la celda de vidrio reforzado, su mirada se mantenía fija en la mujer demacrada que acariciaba su vientre abultado con movimientos lentos y mecánicos. El silencio en el área de contención era opresivo, roto solo por el goteo del suero y el leve zumbido de las luces fluorescentes. Giró hacia Nanoha, quien permanecía a unos metros con los brazos cruzados, su yukata negra proyectaba una sombra severa contra el suelo.

—Nanoha-sama —dijo Subaru—. ¿Puedo entrar a la celda?

Nanoha la miró por un segundo, sus ojos lavanda evaluaban a Subaru con una intensidad fría antes de negar con la cabeza.

—No, Mayor Nakajima —respondió, con un tono firme y cortante—. Hay un límite hasta donde usted, como invitada, puede llegar. El hecho de que esté aquí es solo porque yo lo he permitido. Los invitados no entran a esta área.

Subaru asintió lentamente, tragando su frustración mientras retrocedía hasta una línea amarilla pintada en el suelo, marcando el perímetro permitido. Un guardia se acercó y colocó un micrófono de pie frente a ella, ajustándolo con un movimiento rápido antes de retroceder. Subaru respiró hondo, enderezando los hombros mientras miraba a través del vidrio a la mujer que Nanoha había presentado como su tía.

—Soy la Mayor Subaru Nakajima, de la policía de Sapporo —comenzó con su voz resonando a través del micrófono con una autoridad que intentaba mantener firme—. Su nombre es Crystela, ¿correcto?

La mujer, Crystela, no respondió. Sus manos continuaron acariciando su vientre, y sus ojos vacíos permanecieron fijos en un punto invisible frente a ella. Subaru frunció el ceño, ajustando su postura mientras continuaba.

—Necesito hacerle algunas preguntas sobre el asesinato de Shiro Takamachi —dijo subiendo su tono con una mezcla de urgencia y cautela—. ¿Por qué lo hizo? ¿Para quién trabaja? ¿Actuó sola?

Silencio. Crystela no levantó la mirada, ni siquiera parpadeó. En cambio, un sonido suave comenzó a escapar de sus labios: una nana en chino, tarareada con una melodía lenta y monótona que llenó la celda como un eco inquietante. Subaru apretó los puños, el sonido estaba perforando su paciencia mientras intentaba de nuevo.

—Crystela, por favor —insistió endureciéndose—. ¿Quién ordenó la muerte de Shiro? ¿Qué ganó con esto? Si no habla, no podremos entender—

El tarareo continuó, ininterrumpido, las notas flotaban en el aire como un velo que bloqueaba cualquier intento de conexión. Subaru respiró hondo, su frustración precia aún mas mientras probaba otra táctica.

—¿Sabe lo que está en juego? —preguntó con un filo de advertencia—. Hay un niño involucrado, su hijo. Si no coopera, no podremos ayudarla.

Nada. Solo la nana, palabras en chino susurradas entre los tarareos como un mantra que Crystela repetía para sí misma. Subaru giró hacia Nanoha, buscando una señal, pero la regente permanecía inmóvil, su rostro era una máscara de seriedad. Con un suspiro, Subaru intentó una última vez.

—Crystela, si tiene algo que decir, este es el momento —dijo con una mezcla de autoridad y súplica—. No puedo ayudarla si no habla.

—Es suficiente, Mayor Nakajima —interrumpió Nanoha, cortando el aire con su voz como un látigo mientras daba un paso adelante.

Subaru apretó los dientes, enderezándose mientras giraba para darle la espalda a la celda. El tarareo de Crystela seguía llenando el espacio, un sonido que se clavaba en su cabeza como un clavo. Estaba a punto de dar un paso hacia Nanoha cuando una voz débil pero clara rompió el silencio.

—Qué bueno que ya se haya recuperado del golpe en la cabeza después de lo del rifle —dijo Crystela, su tono monótono pero cargado de una precisión inquietante.

Subaru giró inmediatamente, sus ojos abriéndose de par en par mientras se encontraba con la mirada vacía de Crystela. La mujer no había levantado la vista, sus manos seguían acariciando su vientre, y el tarareo de la nana en chino retomó su curso como si nada hubiera pasado. Pero esas palabras específicas resonaron en su cabeza, ¿rifle? ¿Golpe en la cabeza? golpearon a Subaru como un relámpago. ¡El incidente del rifle francotirador que fue robado de la comisaria en el incidente del barrio de las testarossa el año pasado!, aquel en donde la noquearon y las cámaras de seguridad no captaron nada, ¿Cómo podía Crystela saber eso?

—¡Diga algo más! — exclamó Subaru, dando un paso hacia la celda mientras su voz subía con desesperación—. ¿Cómo sabe eso? ¡Hable!

Signum dio un paso adelante, posando una mano firme en el hombro de Subaru.

—Es suficiente, capitana —dijo, con una voz baja pero con una autoridad que no admitía discusión.

Subaru presionó los dientes, su respiración se aceleró mientras la furia y la confusión giraban en su pecho. La mano de Signum la mantuvo en su lugar, un recordatorio silencioso de los límites que no podía cruzar. Crystela no volvió a hablar, su tarareo siguió llenando el aire como una barrera impenetrable. Subaru giró con un movimiento brusco, siguiendo a Nanoha mientras Signum la escoltaba por la espalda, sus pasos resonaban en el pasillo frío mientras salían del área de contención.

Nanoha lideró el camino en silencio, su expresión se mantenía imperturbable pero sus ojos brillaban con una mezcla de tristeza y cálculo. Subaru caminaba detrás, su mente aun estaba girando con preguntas que no tenían respuesta: ¿Qué sabía Crystela? ¿Cómo lo sabía? ¿Qué estaba escondiendo Nanoha? La nana en chino seguía resonando en su cabeza, un eco que no podía sacudirse mientras dejaba atrás la celda y la mujer que parecía saber más de lo que dejaba entrever.

Subaru siguió a Nanoha por los pasillos de la mansión, dejando atrás el área restringida de seguridad y adentrándose en una zona más cálida y tradicional. Los pasillos de concreto dieron paso a madera pulida y tatamis, hasta que llegaron a una puerta de caoba tallada con intrincados diseños de dos zorros persiguiéndose en círculos. Nanoha se detuvo, girándose hacia Signum con una expresión seria.

—Signum, déjanos a solas —dijo tranquila.

Signum inclinó la cabeza en una reverencia leve.

—Como ordene, Nanoha-sama —respondió, retrocediendo mientras Nanoha abría la puerta y hacía un gesto a Subaru para que entrara.

La oficina del antiguo regente Shiro Takamachi era un santuario de recuerdos: un escritorio de caoba dominaba el centro, cubierto de marcas de uso y rodeado por estanterías llenas de libros antiguos y trofeos. Un gran ventanal ofrecía una vista panorámica de los terrenos Takamachi, los tejados curvos y los ríos que brillaban bajo la luz del sol. Nanoha cerró la puerta tras ellas con un clic suave, siguió caminando hacia el escritorio y lo acaricio con nostalgia antes de colocarse frente al ventanal, exactamente como lo hacía su padre.

—¿Sabe que mi padre usaba esta oficina para hacer su trabajo de regente del clan? —dijo Nanoha, su voz era suave pero cargada de melancolía mientras miraba el horizonte—. Pude tomar esta oficina, pero no pude. Hay demasiados recuerdos aquí. Mi padre se colocaba justo en esta posición cuando hablaba con alguien, mirando el horizonte… su reino.

Subaru permaneció en silencio, de pie cerca de la puerta con sus manos en los bolsillos de su traje mientras escuchaba. Nanoha se dio la vuelta, sus ojos lavanda se encontraron con los de Subaru con una intensidad que cortó el aire.

—He cumplido con mi promesa, Mayor —dijo con su tono volviéndose más firme—. Le he permitido ver a mi rehén e interrogarla. Los resultados fueron tal y como yo los había imaginado.

Subaru suspiró, manteniendo su molestia a raya mientras cruzaba los brazos.

—Entonces, Nanoha-sama, si sabía cómo iba a acabar, ¿por qué me invitó en primer lugar? —preguntó, con una mezcla de confusión y desafío.

Nanoha rió, un sonido breve pero genuino, antes de mirarla con una sonrisa que no alcanzó sus ojos.

—Pensé que la que resolvía los misterios era usted, Mayor —respondió con un tono juguetón pero con un filo calculado—. La he traído aquí por otro motivo. Mostrarle a mi rehén ha sido una muestra de confianza.

Subaru la miró fijamente, su expresión se endurecía mientras procesaba las palabras.

—Es igual a su padre, Nanoha-sama —dijo.

Nanoha sonrió con una chispa de algo indescifrable cruzando su rostro.

—No, Mayor… ya lo verá —respondió, caminando hacia el escritorio.

Con un movimiento lento, colocó sobre la caoba una pila de libros, carpetas y fotos. Eran imágenes de personas importantes: políticos con trajes caros, oficiales militares en uniformes impecables, y figuras de la policía con insignias relucientes. Los ojos de Subaru se abrieron de par en par al reconocer una foto en particular: Genya Nakajima, su padre, Comandante Jefe de la Policía de Tokio, sonriendo en un evento formal. No era tonta; era como sumar uno más uno. Estas eran pruebas.

—¿Qué es esto? —preguntó Subaru con su voz temblando con un temor que confirmaba sus peores sospechas.

Nanoha cruzó los brazos.

—Son evidencia de los negocios ilícitos que los Takamachi han hecho —respondió, cortante—. Pruebas, si quiere decirlo. Negocios turbios, tráfico de influencias, de armas, construcciones que benefician a los inversores y a los Takamachi como tal. Tratos que mi padre hizo.

Subaru presionó los dientes, alzando la mirada hacia Nanoha con una furia contenida. Sus manos temblaron mientras señalaba las pruebas.

—Puedo arrestarla ahora… —dijo con su voz subiendo con una mezcla de ira y desesperación—. Lo tengo todo aquí.

Nanoha rió de nuevo, esta vez más fuerte, y estiró las manos hacia adelante, mostrando las muñecas como si invitara a esposarla.

—¿Bajo qué cargos, Mayor? —preguntó, su tono era burlón pero afilado—. Yo no he cerrado nada, los he heredado. Además, inténtelo. Le aseguro que no saldrá de esta sala y, si por algún motivo lo logra…

Señaló un archivo grueso en el escritorio con la palabra "Policía" escrita en letras negras.

—La policía está comprada, Mayor —continuó, su voz fue bajando con una certeza gélida—. ¿Cómo creía usted que mi padre tenía tanta influencia? ¿Por qué cree que, en un segundo, su hermana, destinada a estar presa de por vida por orden de los Harlaown, de Lindy Harlaown, fue liberada con una llamada de mi padre?

Subaru presionó los dientes con tanta fuerza que sintió un dolor agudo en la mandíbula. La furia la consumió, y con un movimiento brusco, golpeó el escritorio con ambos puños, haciendo temblar los libros y las fotos.

—¡Si no tenemos esto, entonces en qué creer! —gritó, su voz resonando en la oficina—. ¡La gente necesita creer en algo!

Nanoha la miró en silencio, sus ojos se mantuvieron serios pero sin pestañear ante el estallido de Subaru. Tras un momento, habló con su voz calmada pero cargada de peso.

—Para eso la he traído —dijo—. Para que empiece a creer. Aunque usted no lo dude, yo también estoy harta. Sin embargo, como un tumor que se ha extendido por todo el cuerpo, este no puede extraerse de raíz porque mataría al paciente. Tienen que haber fases.

Nanoha dio un paso más cerca, su mirada era penetrante clavándose en Subaru.

—Mayor, no puedo deshacer lo que mi padre ha hecho de la noche a la mañana —continuó—. Pero puedo absorberlo y destruirlo. Tengo un plan, pero no puedo hacerlo sola. Necesito gente en quien confiar.

Hizo una pausa, sus ojos escaneando a Subaru con una intensidad que la dejó helada.

—¿Es usted una persona en quien pueda confiar, Mayor? —preguntó, en una voz baja pero resonante.

Subaru quedó de piedra, su mente estaba girando mientras balbuceaba.

—Yo… yo… —intentó responder, pero las palabras se le atoraron en la garganta.

Nanoha suspiró, dando un paso atrás mientras caminaba hacia la puerta, pasando por el lado de Subaru.

—Lo dejo a su propia decisión, Mayor —dijo, en un tono neutro—. Si elige creer, llámeme. De lo contrario, esta reunión nunca se dio.

Subaru permaneció inmóvil, sus puños aún estaban temblando mientras procesaba todo lo que había escuchado. Nanoha giró el pomo de la puerta, abriéndola con un movimiento lento, pero antes de salir, se giró hacia Subaru una última vez.

—Y otra cosa, Mayor —dijo, esta vez endureciendo su voz con una advertencia gélida—. La próxima vez que golpee algún recuerdo de mi padre, haré que Signum le ponga una bala en la cabeza. ¿Quedó claro?

Subaru alzó la mirada, encontrándose con los ojos de Nanoha, que brillaban con una mezcla de furia contenida y autoridad. Antes de que pudiera responder, Nanoha salió, con su voz resonando en el pasillo.

—Signum, enséñale la salida a la Mayor —ordenó en voz alta, sus pasos se iban alejando mientras dejaba a Subaru y Signum solas en la oficina.

Signum entró desde el pasillo, su expresión era neutra pero con una leve sorpresa en los ojos mientras miraba a Subaru, quien seguía de pie junto al escritorio, atrapada entre la furia, el shock y las interrogantes que Nanoha había plantado en su mente.

Subaru salió de la oficina de Shiro Takamachi detrás de Signum, la puerta se cerró tras ellas con un sonido suave que resonó en el pasillo. Sus pasos eran pesados sobre los tatamis, el eco de sus botas resonaba contrastando con el andar silencioso de Signum. La mente de Subaru giraba en un torbellino de furia y desconcierto, las palabras de Nanoha y las pruebas sobre el escritorio todavía estaban quemándole el alma. Mientras avanzaban por el pasillo iluminado por lámparas de papel arroz, Subaru rompió el silencio su voz estaba temblando con una mezcla de incredulidad y desesperación.

—No puedo creerlo —dijo, en un tono grave subiendo con cada palabra—. Todo por lo que lucho… ¿es una mentira?

Giró hacia Signum, sus ojos verdes brillaron con furia contenida mientras la encaraba.

—¿Es por eso que dejaste SWAT? —preguntó con su voz cortante—. ¿Por eso Zafira y Vita se fueron contigo?

Signum detuvo su andar, girándose hacia Subaru con una calma que contrastaba con la tormenta en los ojos de la mayor. Sus manos descansaron a los lados, y su mirada azul se clavó en Subaru con una mezcla de comprensión y tristeza.

— Sí —respondió de manera baja pero firme—. El sistema por el que creíamos estaba vendido. No podíamos seguir sirviendo a algo que ya no tenía honor.

Subaru explotó, dando un paso hacia ella mientras sus manos se cerraban en puños.

—¡¿Por qué no me lo dijeron?! —gritó, su voz resonó en el pasillo—. ¡Podría haber hecho algo, podría haber…!

Signum suspiró, interrumpiéndola con un tono suave pero implacable.

—Porque eres muy pura, Capitana —dijo, con una honestidad cruda—. Aún crees en el sistema. No ibas a venir con nosotras. Queríamos proteger eso en ti, aunque fuera por un tiempo.

Subaru retrocedió un paso, con su frustración desbordándose mientras se pasaba las manos por el cabello.

—¡Mi padre también está metido en esto! —espetó, quebrándose—. Toda la policía, el jefe con el que trabajaba… ¡Todo es una mierda!, inclusive el jefe con el cual tu trabajabas.

Signum inclinó la cabeza, su expresión fue suavizándose mientras dejaba escapar un suspiro profundo.

—No conociste bien a Shiro-sama —dijo con su tono volviéndose más reflexivo—. Sus acciones tuvieron un propósito.

Subaru alzó la mirada, sus ojos entrecerrándose con una mezcla de desafío y súplica.

—Entonces ilumíname —respondió cortante—. Dime qué propósito tenía todo esto.

Signum la miró por un momento, evaluándola, antes de negar con la cabeza ligeramente.

—Esa será una conversación para otro día —dijo, girándose para seguir caminando—. Vamos.

Subaru la siguió a regañadientes, sus pasos fueron más lentos mientras procesaba la evasiva de Signum. Mientras avanzaban por un pasillo que daba a un jardín interior, Signum comenzó a hablar de nuevo, su voz era suave con un tono más cálido.

—No todo es oscuridad en el clan, capitana —dijo, señalando con la barbilla hacia el exterior—. Hay cosas buenas aquí. Mira.

A través de una ventana abierta, Subaru vio a Miyuki Takamachi y Alicia Harlaown paseando por los jardines. Miyuki, en una yukata azul clara, caminaba con pasos cuidadosos junto a Alicia, quien estaba visiblemente embarazada, su vientre estaba abultado bajo un vestido holgado de color crema. Alicia apoyaba una mano en su espalda, su cabello rubio brillaba bajo la luz del sol mientras reía por algo que Miyuki decía. Subaru detuvo su andar por un momento, observando la escena con una mezcla de sorpresa y melancolía.

Signum se detuvo a su lado, cruzando los brazos mientras miraba a las dos mujeres.

—La vida es un ciclo eterno —dijo con una voz baja pero cargada de significado—. Así como Shiro-sama partió, una nueva vida está por nacer. Alicia-sama debe estar en las mismas semanas que Crystela.

Subaru giró hacia Signum, sus ojos se abrieron ligeramente ante la comparación. Antes de que pudiera responder, Signum reanudó el paso, guiándola hacia la salida. El resto del camino transcurrió en silencio, el crujir de la grava bajo sus botas marcaba el ritmo mientras dejaban atrás los jardines y llegaban a la entrada principal donde estaba estacionado el Corolla negro de Subaru.

Un guardia se acercó con pasos rápidos, sosteniendo la caja de acrílico que contenía la Glock 19 de Subaru. La abrió y se la entregó con un saludo militar.

—Su arma, Mayor Nakajima —dijo, retrocediendo tras cumplir su tarea.

Subaru tomó la pistola y el cargador con un movimiento mecánico, guardándolos en su cinturón mientras Signum la miraba desde un metro de distancia.

—Espero poder trabajar con usted en un futuro, capitana —dijo Signum, en un tono neutro pero con un trasfondo de esperanza.

Subaru no respondió. Sus labios se apretaron en una línea fina mientras abría la puerta del Corolla y subía al asiento del conductor. Cerró la puerta con un golpe seco, sus manos se aferraron al volante mientras dejaba caer la frente contra él. El silencio dentro del auto era asfixiante, y tras un momento, soltó un grito frustrado que resonó en el espacio cerrado.

—¡Mierda! — exclamó, quebrándose mientras golpeaba el volante con un puño.

Signum la observó desde afuera, su expresión era imperturbable pero sus ojos brillaban con una mezcla de empatía y resignación. Giró sobre sus talones y regresó al interior de los terrenos Takamachi, dejando a Subaru sola con el peso de sus decisiones y las grietas en todo lo que había creído alguna vez.

Los días habían pasado en un torbellino de tensión y silencio tras la visita de Subaru a los terrenos Takamachi. Era miércoles, y una nueva reunión del círculo interno había sido convocada. Utena Yamauchi, la matriarca de la familia Yamauchi, había regresado de Rusia y llamó a los líderes de las familias de élite a su mansión en las afueras de Sapporo. El círculo interno era un grupo cerrado, un consejo secreto de las cabezas de las familias más poderosas de Japón y más allá, cada una representada por una máscara con un animal o símbolo temático que ocultaba su identidad ante el mundo exterior. Shiro Takamachi había usado una máscara de zorro, astuta y elegante, durante décadas. Ahora, por primera vez, Nanoha Takamachi asistiría como regente del clan Takamachi, no como la sombra de su padre, sino como su sucesora.

Nanoha había asistido a estas reuniones últimamente, siempre a la derecha de Shiro, observando desde los márgenes. Pero esta vez era diferente. No usaría la máscara de zorro de su padre; había encargado una propia: una máscara de oni blanco con marcas rojas que serpenteaban como sangre seca y cuernos dorados que brillaban con una autoridad feroz. Vestía un traje blanco impecable, cortado a medida con líneas limpias y una capa corta que ondeaba tras ella como un estandarte, un contraste audaz con la tradición oscura del círculo. Signum, acudiría como su guardiana de confianza, vestida con un uniforme negro ajustado y una espada ceremonial en la cintura, su cabello rosa recogido en una coleta alta.

El viaje desde Sapporo hasta la mansión desde los Yamauchi había sido silencioso, el motor del Bugatti Chiron negro rugia bajo las manos expertas de Signum. Llegaron a los terrenos Yamauchi al atardecer, un complejo moderno de vidrio y acero escondido entre colinas boscosasles daba la bienvenida, su diseño angular constataba con la estética tradicional de los Takamachi. Signum estacionó el Bugatti en el parking designado, un espacio subterráneo lleno de autos de lujo: un Rolls-Royce Phantom, un Lamborghini Veneno, un Porsche 918 Spyder. Apagó el motor con un zumbido suave y giró hacia Nanoha.

—Hemos llegado, Nanoha-sama —dijo

Nanoha asintió, ajustando los puños de su traje blanco mientras salía del auto. Signum la siguió, cerrando la puerta con un clic que resonó en el garaje. Subieron por una escalera de acero hasta la entrada principal, donde Alexei, el guardia de seguridad de los Yamauchi, las esperaba. Era un hombre imponente de origen ruso, casi dos metros de altura, con una cicatriz cruzándole la mejilla izquierda y un traje gris que apenas contenía su musculatura. Sus ojos grises escanearon a Nanoha y Signum con una precisión militar.

—Identifíquense —ordenó, su voz grave con un leve acento.

—Nanoha Takamachi, regente del clan Takamachi —respondió Nanoha, en un tono sereno pero autoritario—. Acompañada por Signum, mi guardiana.

Alexei asintió, sacando un escáner portátil de su chaqueta. Pasó el dispositivo por las credenciales que Nanoha le entregó, luego revisó a Signum, deteniéndose en la espada ceremonial.

—Sin armas dentro —dijo, señalando la espada con la barbilla.

Signum inclinó la cabeza, desmontando la funda con un movimiento fluido y entregándosela sin protestar.

—Es ceremonial, pero cumplo con las reglas —respondió neutra.

Alexei gruñó en aprobación, guardando la espada en una caja de seguridad antes de señalar el camino.

—Siganme —dijo, girando sobre sus talones y guiándolas hacia el interior.

La mansión Yamauchi era un laberinto de pasillos de mármol blanco y paredes de vidrio que reflejaban el crepúsculo. Alexei las llevó a través de un vestíbulo decorado con esculturas abstractas y lámparas de diseño, hasta una puerta doble de acero negro marcada con un símbolo circular grabado: el sello del círculo interno. Se detuvo, girándose hacia Nanoha.

—La sala designada —anunció, dando un paso atrás—. Pueden entrar.

Nanoha asintió, sacando la máscara de oni blanco de una bolsa de terciopelo que llevaba consigo. La sostuvo por un momento, sus dedos rozaron los cuernos dorados antes de colocársela sobre el rostro. La máscara encajó perfectamente, cubriendo la mitad superior de su cara y dejando sus labios visibles, los ojos lavanda brillando a través de las aberturas con una intensidad feroz. Signum permaneció a su lado, sin máscara, en su papel como guardiana eximiéndola de la tradición. La demonio blanco estaba lista.

Con un movimiento firme, Nanoha empujó las puertas, que se abrieron con un siseo hidráulico, revelando una sala circular bañada en luz tenue. Una mesa redonda de obsidiana ocupaba el centro, rodeada por doce sillas de alto respaldo, cada una ocupada por una figura enmascarada. Las máscaras variaban en diseño: un tigre dorado con colmillos curvos, un dragón negro con escamas brillantes, una serpiente plateada con ojos de rubí, un halcón gris con plumas talladas. Los miembros del círculo interno estaban sentados en silencio, sus trajes oscuros y elegantes contrastaban con la extravagancia de sus máscaras. Al frente, Utena Yamauchi, la convocante, llevaba una máscara de una serpiente que parecían arder bajo la luz, su cabello negro caia en ondas sobre un vestido carmesí.

Nanoha avanzó hacia la mesa, Signum se mantuvo a su derecha como una sombra protectora. Los ojos detrás de las máscaras se giraron hacia ella, evaluándola, y un murmullo bajo recorrió la sala. No era la máscara de zorro de Shiro lo que veían, sino el oni blanco de Nanoha, un símbolo de su propia autoridad.

Utena Yamauchi inclinó la cabeza, su voz resonando con una mezcla de curiosidad y autoridad.

—Bienvenida, regente Takamachi —dijo, en un tono suave pero cortante—. El círculo interno reconoce tu presencia. Comencemos.

Nanoha tomó asiento en la silla que una vez ocupó su padre, el respaldo alto crujió ligeramente bajo su peso mientras ajustaba su traje blanco. La máscara de oni blanco con cuernos dorados brillaba bajo la luz tenue de la sala circular, y sus ojos violeta escanearon a los demás integrantes del círculo interno sentados alrededor de la mesa de obsidiana. Las máscaras la observaban en silencio, un jurado de sombras evaluando a la nueva regente.

Utena Yamauchi, rompió el silencio, su voz resonando con una mezcla de formalidad y condescendencia.

—Antes de comenzar, permíteme ofrecerte mis condolencias, Regente Takamachi, por la muerte de Shiro —dijo, inclinando la cabeza ligeramente—. Era un hombre excepcional.

Uno a uno, los demás miembros murmuraron sus pésames, sus voces resonaban detrás de las máscaras: "Lo sentimos mucho", "Una gran pérdida", "Shiro será recordado". Nanoha sabía que esas palabras eran vacías, un ritual hueco entre personas que solo se lamentaban por la pérdida de un aliado útil, no por el hombre. Mantuvo su expresión neutra, asintiendo con una cortesía calculada.

—Gracias a todos —respondió de manera suave—. El legado de mi padre está en buenas manos, tanto en lo que heredé como en los negocios que dejó atrás.

Hizo una pausa, lanzando una mirada lenta y deliberada a cada integrante, dejando que el peso de sus palabras y la máscara de oni blanco se asentaran en la sala. Un hombre con una máscara de tigre dorado, sentado a tres sillas de distancia, inclinó la cabeza hacia ella.

—Tu máscara es diferente a la que usaba Shiro —comentó, su voz grave resonando con una curiosidad apenas disfrazada.

Nanoha sonrió bajo la máscara, un gesto que no alcanzó sus ojos.

—Sí —respondió con serenidad, aunque en su voz latía un sutil desafío—. Es cierto que me fue confiado el legado de mi padre... pero yo no soy él. El legado del Zorro murió con él. Ahora, ha nacido uno nuevo: el del Demonio Blanco.

Un murmullo bajo recorrió la mesa, las figuras enmascaradas intercambiando miradas rápidas antes de susurrar entre sí. Utena alzó una mano, silenciando el rumor con un movimiento elegante.

—Comencemos —dijo, su tono volviéndose práctico—. Los Harlaown no estarán presentes hoy debido a un 'inconveniente' extranjero. Pasemos a los asuntos del día.

La reunión del círculo interno se desplegó como una danza macabra de poder. Utena Yamauchi lideró la discusión con una precisión gélida, su máscara destellaba bajo la luz tenue mientras enumeraba los puntos con una autoridad que no admitía réplicas.

Utena abrió con un informe sobre un nuevo contrato con una empresa naviera de Singapur, un negocio aparentemente legítimo para transportar bienes electrónicos —televisores, procesadores, baterías— que triplicaría las ganancias de tres familias en la mesa. —Los impuestos serán manejados por nuestros contadores en Panamá— dijo con su voz cargada de una sonrisa audible, dejando claro que la evasión fiscal era un engranaje clave. Nadie cuestionó; todos asintieron como si fuera rutina.

Un hombre con la máscara de serpiente plateada golpeó la mesa con un dedo enguantado, su voz fue subiendo con una irritación contenida. —Las bandas de Osaka están interfiriendo con mis camiones de opio en la ruta a Kioto. Dos cargamentos perdidos esta semana, cinco kilos cada uno.— Un integrante con la máscara de halcón gris respondió con una calma escalofriante: —Mis hombres pueden encargarse. Tengo una unidad en Hiroshima que puede 'persuadirlos' por un 15% del próximo envío.— El acuerdo se selló con un asentimiento seco, la violencia implícita aceptada sin pestañear.

Una mujer con una máscara de dragón negro habló con un tono seco y cortante. —El envío de rifles desde Corea del Norte, cuatrocientas unidades de AK-103 llegó con tres días de retraso. Los intermediarios exigen un recorte del 25%.— Utena intervino, con una voz afilada como una navaja: —Págales lo justo, un 10%, y haz que el próximo retraso tenga consecuencias. Un accidente en su almacén debería bastar. No toleramos ineptitud.— Los demás asintieron, la amenaza flotando como humo en el aire, tan natural como respirar.

Un hombre con una máscara de cuervo azul levantó una carpeta marrón, su voz resonó con una mezcla de orgullo y cinismo. —El nuevo ministro de defensa está abierto a sobornos. Podemos asegurar contratos militares, drones, misiles guiados, si duplicamos la oferta del año pasado, veinte millones de yenes en efectivo.— Utena aprobó con un gesto rápido de la mano. —Hazlo. Necesitamos ese acceso antes de las elecciones. Asegúrate de que el dinero pase por las cuentas de las Caimán.— La sala guardó silencio, la corrupción política un juego viejo y bien practicado por la gran mayoría de los miembros del circulo.

El hombre con la máscara de tigre dorado gruñó con una voz grave. —Los Takahashi están construyendo un casino en mi sector del distrito Ginza sin permiso. Tres pisos ya levantados, sin mi aprobación.— Utena lo miró fijamente, su máscara inmóvil. —Envía a tus chicos —dijo—, pero mantenlo discreto. Un incendio pequeño, nada de cuerpos. Que paguen compensación después.— La sala rió, un sonido frío y cortante que subrayaba su inmunidad, como si la ley fuera un chiste que solo ellos entendían.

Cada tema destapaba la extensión de su red: negocios legales como cortinas de humo, operaciones ilícitas como el verdadero sustento, y una autoridad que los colocaba por encima de cualquier justicia. Tráfico de opio, armas, sobornos, extorsión —todo tejido en una red que abarcaba Japón y más allá, protegida por su riqueza y sus máscaras. Nanoha escuchó en silencio, su máscara de oni blanco permanecía inmóvil mientras memorizaba nombres, rutas, porcentajes y tratos, cada palabra archivada en su mente como munición para su plan.

Al concluir la reunión, Utena dio un golpe seco en la mesa con la palma.

—Terminamos por hoy —anunció, levantándose con un movimiento fluido.

Los demás integrantes siguieron su ejemplo, las sillas se deslizaron hacia atrás con un crujido colectivo. Mientras Nanoha se ponía de pie, ajustando su capa blanca, el hombre con la máscara de tigre dorado se acercó a ella, su figura alta proyectaba una sombra sobre la obsidiana. Su voz era baja, conspiradora, mientras se inclinaba ligeramente.

—Sobre el negocio del puerto con tu padre —dijo, su tono cargado de interés—. El tráfico de armas desde Sapporo a Vladivostok. Shiro y yo teníamos un acuerdo: dos cargamentos mensuales, AK-47 y munición pesada, movidos por mis barcos a cambio de un 40% de las ganancias. Supongo que estás al tanto.

Nanoha lo miró a través de la máscara, su expresión permanecia oculta pero sus ojos brillaban con una calma calculada.

— Sí, lo sé —respondió suave pero firme—. No se preocupe. Los negocios siguen igual.

El hombre asintió, extendiendo una mano enguantada que Nanoha estrechó con un agarre breve pero seguro.

—Bien —dijo él—. Me alegra que el legado de Shiro no se pierda.

Ambos se soltaron, y el hombre se alejó, mezclándose con los demás mientras salían de la sala. Nanoha esperó a que la puerta se cerrara tras él antes de limpiarse la mano discretamente contra su traje, en un gesto de desprecio contenido. Giró hacia Signum, quien permanecía a su lado como una estatua, y habló en un susurro bajo.

—Signum, manda a alguien a seguirlo —ordenó—. Con él comenzaremos a conseguir información para poner a prueba el plan.

Signum inclinó la cabeza, una chispa de comprensión en sus ojos azules.

—Entendido, Nanoha-sama —respondió.

Nanoha ajustó la máscara de oni blanco, girándose hacia la salida con Signum a su derecha. La reunión había terminado, pero para ella, el verdadero juego apenas comenzaba.

Habían pasado días desde que Subaru se reunió con Nanoha en los terrenos Takamachi, y la noche había caído sobre Sapporo, un manto oscuro salpicado de luces que titilaban en la distancia. Nina estaba en el instituto, pues era día de semana, y Ginga trabajaba hasta tarde como barista en un bar nocturno del centro. En su apartamento, Subaru estaba sola con su esposa, Morinoko, ambas desnudas sobre las sábanas revueltas de su cama. El aire olía a sudor y a la calidez de sus cuerpos, pero Subaru estaba perdida en sus pensamientos, su mirada estaba fija en el techo mientras Morinoko se movía a su lado.

Morinoko se echó encima de ella, presionando sus pechos contra los de Subaru, sus pecas brillaban bajo la luz tenue de la lámpara. Subaru suspiró, sintiendo los pezones de su esposa rozar los suyos, un contacto que normalmente la habría sacado de cualquier trance, pero esta vez solo profundizó su silencio.

—¿En qué piensas? —preguntó Morinoko suavemente pero con un toque de curiosidad mientras apoyaba los codos a ambos lados de Subaru.

Subaru giró la cabeza ligeramente, encontrándose con los ojos marrones de su esposa.

—Nada importante —respondió, en un tono evasivo.

Morinoko frunció el ceño, presionando más sus pechos contra los de Subaru mientras la abrazaba del cuello.

—Cada vez que te juntas con esa ex tuya terminas con dilemas y pensamientos extraños —dijo, con su tono subiendo con una broma fingida—. Te voy a prohibir verla.

Subaru rió, en un sonido breve pero genuino que rompió la tensión en su pecho.

—Signum no es mi ex, amor —respondió, con su voz suavizándose mientras giraba a Morinoko con un movimiento rápido, colocándose encima de ella.

Morinoko rió, atrapada bajo el peso de su esposa.

—No te creo nada —replicó, con sus manos subiendo para acariciar el rostro de Subaru.

Subaru sonrió, inclinándose para besarla con una intensidad que borró momentáneamente las sombras en su mente. Sus labios se movieron con hambre, y luego bajó lentamente, dejando un rastro de besos por el cuello de Morinoko hasta detenerse en uno de sus pechos. Tomo con su boca un pezón con suavidad, saboreando la piel cálida mientras susurraba contra ella:

—Me encantan tus pecas.

Morinoko rió, un sonido ligero que llenó la habitación, Subaru respondió llenando de besos los pechos de Morinoko, bajando por su estómago hasta llegar al vello púbico. Lo lamió con delicadeza, sus manos abrieron suavemente las piernas de Morinoko antes de posicionarse en la entrada de su vagina. Comenzó a practicarle sexo oral, su lengua se movía con una mezcla de ternura y precisión que hizo que Morinoko se derritiera. Cada lamida, cada succión, arrancaba gemidos bajos de su garganta, y Subaru intensificó el ritmo hasta que Morinoko llegó al clímax, su cuerpo temblaba mientras se aferraba las sábanas.

Exhausta pero satisfecha, Subaru subió para abrazar a Morinoko con fuerza, besándola profundamente mientras sus respiraciones se mezclaban.

—Eres mi todo —susurró contra sus labios, su voz era grave cargada de emoción.

Morinoko sonrió, besándola en la mejilla con una suavidad que contrastaba con la pasión que había sentido minutos antes.

—Te amo —respondió en un susurro cálido.

La ronda de sexo continuó por un rato más, un vaivén de caricias y susurros, hasta que Morinoko cayó rendida, su respiración era lenta y profunda mientras dormía en los brazos de Subaru. El reloj marcaba casi las 2:00 a.m., y Subaru se deslizó de la cama con cuidado, poniéndose una camisa blanca que le llegaba a los muslos. Salió al balcón de su habitación, el aire frío de la noche la golpeaba mientras miraba las luces de Sapporo extenderse como un mar infinito.

Giró la cabeza hacia Morinoko, dormida y vulnerable bajo las sábanas, y las palabras de Signum volvieron a resonar en su mente: "¿Qué haría usted si alguien tomara la vida de su esposa y supiera dónde está? ¿Esperaría?" Subaru apretó los dientes, la furia regresaba mientras imaginaba a Morinoko arrancada de su vida. ¿Podría confiar en sus colegas? Las cabezas estaban compradas, la policía estaba corrupta; lo había visto en las pruebas de Nanoha, en la foto de su propio padre, Genya, entre los cómplices de Shiro. Y luego, las palabras de Nanoha: "¿Es usted una persona en la que pueda confiar, Mayor?"

No sabía si podía confiar en Nanoha. Era una Takamachi, parte del mismo legado podrido que ahora juraba destruir. Pero también era la única que le había mostrado la verdad, que le había abierto los ojos a la mentira que había jurado defender. Si tenía que jugársela, no tenía a nadie más. Su familia, Morinoko, Ginga, Nina, dependían de ella, y no podía dejarlas a la suerte de un sistema que las traicionaría.

Con la mente decidida, Subaru tomó su teléfono del borde del balcón y marcó un número. El tono sonó tres veces antes de que una voz somnolienta respondiera al otro lado.

—¿Mayor? —dijo Nanoha, en un tono confundido pero alerta.

Subaru contuvo el aire, su corazón latió con fuerza antes de hablar.

—Elijo creer, Nanoha-sama —dijo, con una voz grave resonando con una mezcla de resolución y miedo.

El silencio al otro lado fue breve, pero suficiente para que Subaru sintiera el peso de su decisión. Luego, Nanoha respondió, con una voz más firme.

—Bienvenida, Mayor Nakajima —dijo antes de colgar.

Era jueves por la mañana, y Subaru Nakajima no podía creer lo que veía frente a la puerta de su apartamento en Sapporo. Nanoha Takamachi estaba allí, vestida con una chaqueta gris elegante y una sonrisa cómica en el rostro, acompañada por Signum, su sombra de siempre, y una chica desconocida con gafas y un traje negro impecable. Nala, la labradora de Subaru, ladraba frenéticamente desde el interior, su cola golpeaba el suelo mientras Subaru la detenía con un pie en el umbral.

—Buenos días, ¿Mayor? —dijo Nanoha, su tono juguetón mientras inclinaba la cabeza—. ¿Nos permite la entrada a su hogar?

Subaru, aún procesando la escena, parpadeó y ajustó su agarre en la puerta.

— Sí, por favor, pase, Nanoha-sama —respondió cargada de sorpresa—. Disculpe el desorden.

Nanoha entró con un paso ligero, seguida por Signum y la chica desconocida. Nala continuó ladrando, sus orejas erguidas mientras saltaba excitada. Subaru alzó una mano para usar un comando, pero Signum se adelantó con una voz firme y resonante.

—Sitz —ordenó, y Nala se sentó al instante, su cola deteniéndose en el aire.

Luego, con un tono igual de autoritario, añadió:

—Platz.

Nala se echó al suelo obedientemente, descansando la cabeza entre las patas. Subaru giró hacia Signum con una ceja alzada, impresionada pero con un toque de incredulidad.

—Es un perro SWAT —dijo Signum, sonriendo de lado mientras se ajustaba el uniforme negro—. Sé cómo controlar a los que han pasado el entrenamiento.

Nanoha observó la escena desde un metro atrás, mordiéndose el labio para contener una risa mientras sus ojos brillaban con diversión. Las tres mujeres avanzaron hacia la sala, un espacio acogedor con un sofá desordenado, cojines tirados y una mesa cubierta de tazas de café vacías. Antes de que pudieran sentarse, Morinoko apareció por el marco que dividía la sala de la cocina, vestida con una camiseta holgada y unos shorts, sosteniendo una taza humeante.

—¿Quién es, cielo—? —comenzó, deteniéndose en seco al ver a los invitados, sus ojos se abrieron de par en par.

Subaru tomó suavemente la mano de Morinoko, guiándola hacia adelante con una sonrisa tensa.

—Amor, ella es Nanoha-sama, cabeza de la familia Takamachi —dijo—. Y, bueno, a ella ya la conoces, es Signum.

Morinoko alzó una ceja, su mirada saltaba entre Subaru y Signum antes de soltar, fuerte y claro:

—Tu ex.

A Subaru se le cayó la cara, sus mejillas se enrojecieron mientras Signum adoptaba una expresión cómica, sus ojos se abrieron con una sorpresa fingida. Nanoha no pudo contenerse más y estalló en una carcajada sonora, inclinándose hacia adelante mientras se sujetaba el estómago.

—¡No sabía que la Mayor era tu ex, Signum! —dijo entre risas—. ¡Bien escondido lo tenían!

Signum carraspeó, enderezándose con una mueca mientras intentaba mantener la compostura.

—Nanoha-sama, creo que es un malentendido —dijo firme pero con un leve temblor de vergüenza.

Nanoha fue calmando su risa, respirando hondo mientras se limpiaba una lágrima de la comisura del ojo con el dedo.

—Perdón, perdón —dijo, recomponiéndose con una sonrisa—. Mayor, señora Nakajima, me disculpo por interrumpir en su hogar. Pero tengo asuntos de trabajo que discutir con su esposa. Vengo acompañada por la jefa de seguridad, Signum Wolkenritter, y mi secretaria en jefe, Mizuki Toudou.

Señaló a la chica de gafas, quien inclinó la cabeza con una precisión casi robótica, sus ojos oscuros brillaron tras los lentes. Morinoko cruzó los brazos, alzando una ceja con escepticismo.

—Está bien —respondió, con un tono seco pero aceptando la situación.

Subaru señaló el sofá, aún procesando la invasión de su espacio.

—Siéntense, por favor —dijo con una mezcla de cortesía y confusión—. ¿Por qué están aquí?

Nanoha se sentó con una gracia natural, cruzando las piernas mientras le dedicaba a Subaru una sonrisa de lado.

—Porque decidió trabajar con los Takamachi, Mayor —respondió, su tono era ligero pero con un filo calculado.

Subaru suspiró, sentándose frente a ella mientras Morinoko tomaba una silla cercana.

—Tengo entendido que regresará de servicio el lunes entrante —continuó Nanoha, inclinando la cabeza.

Subaru alzó una ceja, la información confidencial pinchándole el orgullo. Recordó las pruebas en la oficina de Shiro, la corrupción de la policía, y solo asintió.

— Sí —dijo tensa.

Nanoha sonrió, un destello de satisfacción cruzo su rostro.

—Necesito a alguien de confianza en la policía —dijo, volviéndoosla su tono más serio—. Alguien que no pueda ser comprado.

Subaru frunció el ceño, cruzando los brazos.

—No puedo seguir comportándome como hipócrita, Nanoha-sama, no puedo seguir actuando como si nada hubiese pasado —respondió, con su voz endureciendose— mi moral no me lo permitiría, quizá cometa errores y si los altos cargos sospechan que sé algo, me sacarán… o algo peor.

Nanoha asintió, como si esperara esa respuesta.

—Lo sé —dijo suavizándose—. Por eso necesito a alguien incorruptible. Todavía hay gente buena en la policía, Mayor. Piense en los novatos de su comisaría, en los chicos con los que ha trabajado años.

Subaru apretó los dientes, su mente saltaba a los rostros de sus compañeros: los jóvenes idealistas, los veteranos honestos que aún creían en el uniforme. Nanoha se inclinó hacia adelante con sus ojos clavándose en los de Subaru.

—Voy a convertirla en la comandante de la policía de Sapporo —anunció, su tono firme y definitivo.

Subaru quedó de piedra, sus ojos se abrieron mientras procesaba las palabras.

—¿Qué? —balbuceó—. Yo… yo…

Nanoha continuó, ignorando su shock.

—El actual comandante, Tomori, cumple 78 años pronto. Su retiro es inminente, y las promociones están a la vuelta de la esquina —explicó, señalándola con un dedo—. Antes de que las cabezas de la policía central pongan a un títere a dirigir Sapporo, nos adelantaremos. Pondremos a alguien de confianza. A usted, Subaru Nakajima.

Signum dio un paso adelante resonando con una certeza tranquila.

—No hay nadie mejor para dirigir la policía de Sapporo que usted, Capitana —dijo—. Nadie mejor para empezar a eliminar la mala hierba.

Nanoha asintió, con su sonrisa con un toque de complicidad.

—Es uno de los pasos para limpiar Sapporo de esta porquería de sistema corrupto —añadió—. Necesitamos empezar desde adentro.

Subaru bajó la mirada, sus manos apretaban en su regazo mientras pensaba. Otro títere significaría más de lo mismo: órdenes compradas, casos enterrados, vidas perdidas en la sombra. Nanoha tenía razón, aunque le doliera admitirlo. Suspiró, alzando la vista con una mezcla de resignación y determinación.

—Acepto —dijo grave pero firme.

Nanoha rió, extendiendo una mano hacia ella.

—Bien hecho —dijo en un tono cálido pero triunfante.

Subaru dudó un segundo, mirando la mano de Nanoha, antes de estrecharla con un agarre sólido. Mizuki Toudou, a un lado, se ajustó los lentes con un movimiento preciso, su voz corto el aire en ese momento.

—Entonces tendremos que prepararnos desde ya —dijo—. Discursos, documentos, presentaciones para la promoción. Hay mucho que hacer.

Nanoha giró hacia Mizuki con una sonrisa.

—Mizuki es una excelente secretaria —dijo—. Te ayudará en el proceso.

Mizuki la corrigió al instante, subiendo su voz con un toque de orgullo.

—No soy una excelente secretaria, Nanoha—dijo, ajustándose los lentes de nuevo—. Soy la mejor secretaria de Japón.

Nanoha rió, en un sonido ligero que llenó la sala, mientras Subaru alzaba una ceja, sorprendida por la confianza de la chica. Mizuki giró hacia ella, sus ojos oscuros brillando con determinación.

—Hay mucho trabajo que hacer, Comandante Nakajima —dijo, enfatizando el título como si ya fuera oficial.

Subaru parpadeó, aún procesando el torbellino de la mañana, pero asintió lentamente. El camino que había elegido estaba trazado, y no había vuelta atrás.