4 Tonos ocres

¡Bam! Era su cabeza que había se había estrellado con la pared.

Algo la zarandeaba, abrió los ojos y el niño cachetón apreció en su campo de visión —¿Está bien? Hemos chocado con una montaña, mi abuela no se despierta, ¡ayúdeme! —le dijo en voz baja Kenta.

—Ho mi cabeza me palpita, espera, arrgh ahí voy —Rin se agarró la cabeza y se puso de pie tambaleándose, a pesar de que estaba muy obscuro, alcanzó a distinguir que el resto de las personas estaban igual que ella o seguían inconscientes o quizá algo peor. Se dirigió a la abuela del niño y le tomó pulso, se encontraba viva, solo con ungolpe en la frente. —Probablemente deje un chipotín, pero está viva, creo que solo debe descansar un poco. —Recorrió el piso mirando por las ventanas, afuera estaba muy obscuro, pero gracias a la uñita de luna que brillaba en el firmamento, alcanzó a ver que la parte frontal del barco estaba hundida en una montaña de arena... —Kenta, creo que debemos salir de aquí… —le susurró al niño.

Rin y Kenta trataron de abrir la puerta, pero por la arena no podían ni moverla un poquito.

El policía se levantó del piso con su hermoso rostro sangrando, manchando la camisa blanca de su traje.

—Noto —susurró el apellido de Rin y ella corrió a ayudarlo.

—¿Señor Takahashi está bien? Me dijo Kenta que chocamos contra una montaña de arena.

—Huele a sangre —dijo el policía olfateando como si fuera un perro.

—Es que usted está sangrando —le explicó Rin corriendo por su mochila de mano para sacar unos pañuelos desechables y limpiar la cara del policía.

—No es mi sangre, huele a mucha más sangre.

—Pues a lo mejor viene del segundo piso —comentó Kenta al ver que la gente de alrededor se encontraba golpeada y desorientada pero bien.

Eso pareció apremiar al policía quién se incorporó rápidamente y caminó hacia la puerta para ayudarles a abrirla, pero tampoco pudo.

—En el piso de arriba hay otra puerta y probablemente no está atascada con arena, pero… —Rin contempló las espaleras que daban hacia el segundo piso del barco y el policía le negó con la cabeza.

Del lado izquierdo también estaba atascada la puerta, aunque con menos arena. Alrededor había algunas ventanas laterales rotas y sin mucha arena. —Que el niño se pase por la ventana —dijo el policía, pero sus ojos delinearon los redondos cachetes y la pancita regordeta, probablemente no iba a poder salir sin lastimarse entre los vidrios rotos.

—Yo lo haré —dijo Rin. —El policía asintió y mientras, inspeccionó a la gente de alrededor. Les indicó guardar silencio y prepararse para salir.

El niño alumbraba a Rin con la luz del su celular para que pudiera pasar por la ventana con cuidado de no cortarse, pero ya cuando llevaba medio cuerpo de fuera, su pantalón de algodón se quedó atorado en algún fierro de la ventana. El policía los vio en apuros y "amablemente" jaló el pantalón para liberarlo, provocando que el cuerpo de Rin resbalara rápidamente hacia afuera por la gravedad, acabando con el pantalón junto con el calzón a media nalga. Su cuerpo dio una media vuelta y ¡tum! cayó de espaldas en la arena con un sonido seco, seguido de un gemido doloroso.

—¿Estás bien? —preguntó Kenta asomándose por la ventana seguido del policía, quién también quiso comprobar su estado.

—Sí, ¡no me dolió! —dijo el Rin con lágrimas en el rabillo del ojo y Kenta soltó una risita.

Se levantó y caminó dolorosamente hacia la puerta de la izquierda para tratar de quitar la arena.

En eso, otra mujer delgada también les quiso ayudar, salió por la ventana cayendo casi igual que Rin y juntas quitaron la arena con sus manos. Minutos después con la fuerza del policía y otro hombre fornido, lograron abrir la puerta y sacar a todos los del primer piso.

El policía sacó a la abuela en brazos y también les pasó el equipaje al resto de las personas para salir él al último.

—Creo que estamos en las dunas de Tottori —dijo una persona, otras personas estuvieron de acuerdo con el comentario y el policía les dijo que trataran de salir de las dunas en completo silencio, el hombre fornido y él iban a checar el segundo piso para sacar a la gente.

Rin, Kenta y la abuela se quedaron a esperar a los dos hombres afuera del barco, a pesar de que el policía les dijo que se fueran. Por alguna razón Rin se sentía más segura al lado de él y tenía la impresión de que Kenta se sentía seguro al lado de ella.

El policía tomó un pedazo de madera de una de las mesas rotas y subió con el hombre voluntario al segundo piso… pero a los pocos minutos salieron del barco.

—Dinos qué está pasando —exigió el hombre en voz baja, pero amenazante, al policía.

—No lo sé.

—Esas muertes no fueron accidentales, fue lo que dijo el guardia, un zombie.

—Debemos salir de aquí, andando.

Rin no entendió de qué estaban hablando así que preguntó mientras todos subían la duna —¿Y las personas del segundo piso? ¿Y el capitán?

—No lo lograron —dijo el policía.

—Por qué mientes, di la verdad, el zombie se los comió —replicó el hombre con voz un poco alta.

—Hay un niño presente —el policía señaló al pobre de Kenta que estaba con la cara azul.

Rin no sabía si estaba azul del esfuerzo de subir las dunas o del miedo a que se lo comieran, quizá ambas, así que lo tomó de la mano y cambió de tema.

Cuando salieron de las dunas, se encontraron con que el primer grupo ya había logrado abrir la puerta de las oficinas donde rentan Buggy para manejar en la arena. Aunque algunos llamaron a la policía, taxis y ambulancias; nadie atendió los teléfonos. El señor Takahashi les aseguró que en la mañana él mismo reportaría el incidente pero que guardaran silencio durante la noche. Esperaron así todos juntos en un calor húmedo e infernal a que llegara el amanecer.

Al día siguiente 11 de agosto a las 5 de la mañana el sol ya iluminaba el lugar y la gente comenzó a dispersarse. El policía llamó a sus colegas y Rin se despidió de Kenta y la abuela. Era el momento perfecto para practicar el desapego. Por la experiencia que le dejó la escuela secundaria, sabía que los trabajos en equipo jamás salen bien; demasiadas opiniones y nada de acciones, pero la verdad es que sí le dolía separarse de Kenta, la abuela… y el policía.

—Vamos a ir a Shimane, tengo un hermano ahí. Guarda el teléfono de la casa —la abuela le dictó el número a Rin por si algún día quería visitarlos y si es que lograban sobrevivir. Rin también anotó su número en el celular de Kenta, hicieron reverencias de despedida y se desearon suerte.

Ella se quedó una hora más merodeando en el lugar cargando su celular, ya que la noche anterior, todo mundo se había peleado por los enchufes disponibles. También encontró una mochila más grande, probablemente del staff de los Buggy sacó lo que había ahí y metió todas sus cosas abandonando su maleta de rueditas con los juguetes para los primos y la mini mochila de mano que traía.

Estuvo tan atenta en su tarea que cuando giró para despedirse del policía, se dio cuenta que ya estaba sola, ya no había nadie más en el lugar. Su mandíbula se tensó, al saberse nuevamente desamparada en una prefectura desconocida, exhaló fuerte y trató de concentrarse en el presente.

Compró varias botellas de agua de la máquina expendedora, buscó alguna máquina de comida alrededor, pero sólo había de bebidas, «bueno, por un día sin comer no pasa nada» pensó y salió del lugar.

Caminó al lado de carretera, a su derecha podía ver el inmenso mar, tan ajeno a todo lo que pasaba en tierra, nuevamente recordó que no debía temer a la muerte ya que de todos modos la vida no tenía algún sentido. Sin embargo, no podo evitar sentir ese absurdo miedo a morir.

Después de caminar algunos minutos y no toparse con nadie, la idea de que en verdad iba a morir se hizo más fuerte, así que para tener un pretexto mental y convencerse a sí misma de que no valía la pena aferrarse a la vida, comenzó a recapitular todas las cosas malas que le habían pasado desde que tenía memoria, la discriminación a su género, su mamá pegándole para que se comportara como una señorita y dejara de jugar con sus hermanos, su papá dándole todo lo que siempre quiso con tal de que no molestara, la envidia que sentía por sus hermanos y el amor inmensurable que obtenían por parte de su madre, todas las veces que le dijeron que era la vergüenza de la familia por estudiar artes, las veces que su mamá se encolerizaba con ella por alguna estupidez que Rin cometía y le dejaba de hablar por meses, el bullying en la escuela, etc. Hasta que comenzó a llorar desesperadamente y caminó más rápido como si eso la fuera llevar al descanso eterno.

«Maldita sea, debí traer un cuchillo para cortarme las venas, quizá con las gubias se pueda, o quizá deba dejarlo a manos de la naturaleza» sus pensamientos rumiantes se traslapaban sin control, ya iba hasta trotando, los ojos le ardían por haberlos tallado con arena en la cara. De pronto una bolsa de papitas cayó frente a ella, churritos sabor camarón; sus favoritos. Miró hacia el cielo como si de verdad dios le hubiera mandado comida chatarra, cuando una risa nasal la sacó de su alucine.

—¿De verdad crees que te va llover comida? —el policía estaba al otro lado de la carretera con una mochila parecida a la que ella había robado.

Rin miró hacia ambos lados de la carretera por si acaso y cruzó para caminar al lado del policía —Creí que ya se había ido —dijo limpiando su cara y rogándole a los dioses que no la hubiera visto llorar. Abrió las papitas y comió.

—Fui a buscar comida y cuando regresé ya no estabas.

—Yo también busqué comida, pero solo había maquinitas de bebidas.

—Había comida chatarra en un almacén para empleados en el edificio de souvenirs.

—Ya veo…

—¿Por qué estabas llorando?

Rin apretó los labios —hum…

—No me digas si no quieres.

—Me estaba mentalizando para el final.

El policía levantó una ceja, pero no dijo nada más y caminaron en silencio un largo rato.

De pronto una patrulla apareció al lado de ellos —Takahashi Taisho, disculpe la demora.

El señor Taisho abrió la puerta y le indicó a Rin que subiera, después él también subió y el policía conductor los llevó a la ciudad.

—Para aquí y espera —el señor Takahashi le ordenó al policía que venía manejando. Él salió del auto y le indicó a Rin que también saliera —Este es un hotel. Te recomiendo que vayas a Shimane con la abuela y Kenta.

—Gracias, pero no quiero ser una carga. Mi madre me dijo que debo llegar a Corea, así que buscaré otra manera de salir del país. Gracias por haberme ayudado hasta ahora. Que le vaya bien señor Takahashi. —Rin hizo una reverencia de agradecimiento y se metió al hotel. El señor Takahashi se fue con el otro policía sin mirar atrás.

El interior del hotel parecía hecho de oro, luces rojas y verdes se reflejaban en las paredes, se sentía como una corona dorada con gemas de colores que brillaban tímidamente por aquí y por allá.

Rin se acercó a la recepción, pero en eso, sus ojos no pudieron evitar ver como unos deditos se asomaban de una larga y delgada coladera dorada que recorría un pequeño perímetro del área. Ya debía estar alucinando, a lo mejor el golpe en su cabeza estuvo más fuerte de lo que pensó.

La recepcionista le brindaba una tímida sonrisa, Rin quería preguntar si ella también había visto los deditos sobresalir por las rendijas, pero dada la naturalidad con la que se conducía la muchacha, decidió comportarse como si fuera lo más normal del universo.

—Buenas tardes, quiero la habitación más barata que tenga.

—Ho de hecho aquí tenemos en el primer piso 3 habitaciones grandes que son compartidas, o sea es estilo hostal, son 3 literas de 2 niveles por cada cuarto y duerme con desconocidos. En los cuartos hay casilleros donde puede guardar sus cosas de valor. Al fondo a la derecha tenemos onsen, el de la izquierda es de hombres y el de la derecha es de mujeres.

—Muchas gracias, entonces tomaré la opción de cuarto compartido. —Rin se dirigió hacia la habitación 2. Trataba de no acercarse a las orillas del inmueble porque ahí estaban las rejillas y tenía miedo de descubrir al portador de los deditos y justo por eso, tenía pensado tomar una de las literas superiores.

Dos literas de arriba ya estaban ocupadas y solo quedaba una libre, las de abajo no estaban ocupadas. Colocó su mochila en la última litera de arriba, tomó la toalla y el yukata que estaba sobre la cama para ir abañarse al onsen. Después llevó su ropa sucia al cuarto de la lavadora, metió unas monedas y regresó al cuarto a esperar la media hora que tardaba la lavadora.

Mientras se puso a dibujar al señor Takahashi de memoria a lápiz.

A la media hora fue por su ropa y de regreso al cuarto se asomó discretamente hacia la rejilla de la esquina en el suelo, pero no vio nada, se veía todo negro. Un poco más tranquila subió a su litera a seguir dibujando hasta que llegó la noche y los otros dos huéspedes llegaron, era un señor y un joven. Parecía que no se conocían.

Antes de disponerse a dormir tomó el retrato del policía y escribió "mi ángel de la guarda amargado; me salvas me abandonas, me salvas me abandonas, me salvas me abandonas". Cerró su cuaderno de dibujo y lo guardó bajó la almohada.

Escribió un mensaje a su mamá contándole el fallido intento por escapar. Inmediatamente la mamá le respondió muy enojada diciéndole lo inepta que era, que no solo había llegado tarde con su tía y que por ende les habían perdido el rastro, sino que ahora tendrían que gastar más dinero para sacarla de ahí, ya que el plan era que Rin saliera de manera legal y segura del país. Su mamá le indicó que regresara Osaka en tiempo récord para ver si lograban escapar juntos, ya que ellos iban a ser sacados de la isla con otros doctores, pero de manera ilegal y eso costaba muchísimo dinero.

Esto solo terminó por sumergirla más en la tristeza. No tenía ni idea de cómo regresar a Osaka de manera inmediata, por su culpa su tía y primos habían desaparecido, no había comido más que papitas de camarón, ni siquiera sabía qué iba a hacer mañana. Sintiéndose abandonada por el policía guapo, odiada por su familia y creyéndose la persona más inútil del mundo, se quedó dormida.