Marcas
Po se sentó en la mesa del comedor con un bostezo, no había dormido nada y se sentía adormilado… pero no se arrepentía absolutamente de nada . Se estremeció levemente aún sintiendo un ligero ardor en la espalda. Era una quemadura deliciosa, viva, como si aún tuviera sus garras en la piel.No es que le molestara… de hecho, cada vez que lo recordaba, una sonrisa de satisfacción se dibujaba en su rostro.
El recuerdo volvió con claridad brutal.
Ella debajo de él. Su cuerpo tenso, el control luchando por no ceder… hasta que él la tomó. Despacio. Profundo. Cada movimiento cuidadoso y delicado. En ese instante, cuando la invadió por completo, cuando su respiración se hizo una sola con la de ella, sucedió.
El mundo pareció detenerse un segundo.
Y entonces la oyó.
Un gemido. Su nombre, apenas un susurro escapando de sus labios.
—"…Po…"
Suavemente. Como si lo sintiera en el alma.
Y al mismo tiempo, las garras.
Se aferró a él con fuerza, las garras atravesando su espalda sin contenerse por primera vez. Profundas. Definitivas. No fue dolor. Fue placer. Un acto reflejo, visceral. Como si en ese momento, justo cuando él la hizo suya, ella necesitara hacerlo.
Su cuerpo tembló bajo el suyo. Él apretó los dientes, no por el ardor, sino por lo que significaba. Porque ella, que siempre se contenía, se aferró como si no quisiera dejarlo ir jamás.
Po respiró hondo, todavía sintiendo esas marcas como si fueran nuevas.
Sabía que no podía dejarlas a la vista.
No esas.
Así que, en un impulso estratégico (o eso se decía a sí mismo), se puso una de sus túnicas de ceremonia. No la más formal, pero sí una que le cubriera los hombros y parte de la espalda. Con suerte, solo parecería que estaba teniendo un día especialmente "espiritual".
Pero cuando se sentó a la mesa, Mono alzó las cejas en cuanto lo vio.
—¿Y ese look, maestro elegante? —preguntó con burla, echándose una uva a la boca—. ¿Qué es hoy, el Festival del Panda?
Po sonrió con falsa confianza.
—Se ve bárbaro ¿verdad? — dijo con una sonrisa de autosuficiencia
—Bárbaro no es la palabra que usaría… —Mono lo miró con una ceja arqueada—. Aunque es cierto que hay algo… distinto.
Po tragó saliva. Mantenía la espalda muy recta, demasiado. Como si con eso pudiera evitar que algo se escapara.
—¿Tienes frío o estás ocultando un mal corte de pelaje?
—Solo me vi al espejo esta mañana y dije: "Hoy voy a deslumbrar".
—Ajá… —Mono afinó la mirada, ladeando la cabeza—Oye ¿qué es eso?. ¿Qué te pasó en la espalda?
Po parpadeó. —¿Eh?
—Eso. —Mono señaló, y Po siguió su mirada hasta notar que observaba su hombro … y las marcas.
Arañazos.
Po se tensó un segundo,Maldita sea …pero trató de disimular con una risa nerviosa. Esperaba que su pelaje y la túnica fueran suficiente para ocultarlas.
—Ah, esto… ¡Nada! Me caí, ya sabes, cosas de guerrero.
—¿Te caíste… de espaldas?
—Eh… sí.
—¿Y te arañaste?
—Bueno, fue una caída muy… específica.
Mono no parecía convencido. De hecho, se veía más interesado.
—Espera, espera. —Se inclinó más, con una mirada cada vez más astuta—. Esas marcas… parecen garras.
Po se quedó ó cerrar más su túnica casi que de manera involuntaria
Por dentro, su mente comenzó a correr.
Las del pecho no eran un problema, pensó. Eran más superficiales, más controladas… caricias con filo su pelaje podía ocultarlas fácilmente .Pero las de la espalda… esas eran distintas.
Eran profundas. Intensas. Hechas justo en el instante en que Tigresa se quebró y se entregó sin reservas. No fueron solo marcas de deseo. Fueron necesidad. Instinto. Fue su forma de decir soy tuya… pero también te reclamo como mío.
Una urgencia silenciosa, de aferrarse a él no solo con el cuerpo, sino con todo lo que sentía. De marcarlo. De sellar lo que estaban compartiendo como algo más que físico.
El ardor seguía ahí, sordo pero presente. Y con él, la memoria vívida de su cuerpo temblando bajo el suyo, de ese suspiro entrecortado que escapó de sus labios, cargado de más emoción que cualquier palabra.
Po cerró los ojos un segundo. Ese fue el momento. El instante exacto en que dejó de contenerse.
Po tragó saliva. Sabía que no podía inventar muchas más excusas antes de que Mono empezara a lanzar teorías.
—¿Fuiste atacado? —preguntó Mantis, uniéndose a la conversación con una cucharada de arroz a medio camino de su boca.
—¡Sí! Exacto. Ataque sorpresa. Sucedió tan rápido que ni me di cuenta.
Mono cruzó los brazos, analizando.
—Curioso. Porque esas marcas… —sus ojos brillaron con picardía—. Parecen de alguien que sabe exactamente cómo hacerlas.
Po tragó saliva.
—¿Quién te atacó? —insistió Mantis.
—Ah… un… eh… ¡un lobo! ¡Sí, un lobo salvaje en el bosque!
Mono alzó una ceja.
—¿Un lobo?
—Sí.
—¿Aquí?
—Ajá.
—¿Y justo en la espalda?
—Ejem… sí.
Mono sonrió de lado.
—¿Y este lobo… tenía rayas?
Po se atragantó con su arroz, tosió tratando de recuperar la compostura, pero Mono no apartó la mirada, con una sonrisa cada vez más ladina.
—¿Qué clase de pregunta es esa? —Po soltó una risa nerviosa—. ¿Desde cuándo los lobos tienen rayas?
—Buena pregunta… —Mono se cruzó de brazos—. Entonces, ¿por qué pareces tan nervioso?
—¿Yo? ¿Nervioso? ¡Ja! Para nada. Estoy tan tranquilo como… como… —Se metió un bocado de arroz para ganar tiempo.
Mantis lo miró con desconfianza.
—Ahora que lo mencionan, estás actuando raro.
—¿Raro? ¡No estoy actuando raro! —se apresuró a decir Po.
Mono apoyó un codo en la mesa, evaluándolo.
—Po…
—¿Sí?
—¿Te atacó un lobo?
Po abrió la boca, pero se quedó en blanco.
Mono alzó las cejas.
—¿O te atacó otra cosa?
Po sintió un escalofrío. Sabía exactamente qué estaba insinuando, y lo peor… es que tenía razón.
—No sé de qué hablas —dijo, volviendo a comer como si su vida dependiera de ello.
—Oh, yo creo que sí sabes.
—No. No sé.
—Sabes.
—No sé.
—Sabes.
—¡No sé, Mono!
—Bien, entonces déjame verlas.
Po se atragantó otra vez.
—¿Qué?
—Las marcas. Vamos, muéstrame.
—¡¿Por qué querría hacer eso?!
—Porque tengo la sensación de que fueron hechas con muuucha intención.
Po casi se ahoga.
—¡Cállate! Estás delirando simio
—Ajá… —Mono se giró lentamente hacia la mesa donde estaba Tigresa, bebiendo su té con total calma. Como si nada de esto tuviera que ver con ella.
Pero Po sabía que sí tenía que ver con ella.
Mono entrecerró los ojos y murmuró:
—Interesante… muy interesante.Quizás podemos pedir una tercera opinión...
Po sintió que le caía una gota de sudor frío por la nuca.
—Mono, no hagas esto…
Pero era demasiado tarde.
Mono sonrió con malicia y se giró por completo hacia Tigresa.
—Oye, Tigresa…
Ella bajó la taza con tranquilidad y lo miró.
—¿Sí?
Po sintió que su alma abandonaba su cuerpo.
—¿No viste a ningún lobo anoche? —preguntó Mono con total inocencia.
Hubo un silencio denso.
Tigresa sostuvo la mirada con una calma perfecta, como si no entendiera la pregunta… pero Po vio la chispa en sus ojos.
Y entonces, con la voz más serena del mundo, respondió:
—No. No vi ningún lobo.
Pero la forma en la que dejó la taza sobre la mesa… la forma en la que sus garras recorrieron el borde sin quererlo…
Po supo, en ese instante, que esto no había terminado.
Ni de lejos.
Mono entrecerró los ojos con diversión.
—Ajá… ya veo.
Po tragó saliva.
Tigresa tomó otro sorbo de té, imperturbable.
—¿Por qué la pregunta? —añadió con fingida curiosidad.
Mono sonrió.
—Oh, no es nada… Solo que Po aquí dice que fue atacado por un lobo anoche.
Tigresa arqueó una ceja y finalmente miró a Po.¿Qué acaso no se le podía ocurrir una excusa más tonta?
—¿Un lobo?—preguntó ella mirando al panda casi como si lo juzgara, "¿es en serio?" Pensó ella.
Po casi sintió que su silla temblaba con él encima.
—Eh… sí. Ya sabes… un lobo. Uno grande. Con garras. Y dientes.
Mono sonrió aún más.
—Y con rayas, al parecer.
Po lanzó un puño contra la mesa.
—¡Que no !
Silencio.
Mantis lo miró con las antenas alzadas.
Mono también.
Tigresa se limitó a apoyar la barbilla en una mano, como si todo esto le pareciera un espectáculo moderadamente entretenido.
Pero sus ojos, con la precisión de una cuchilla, se deslizaron apenas hacia el cuello de Po. Donde sabía que estaba la marca.
La marca que ella había dejado.
Un recuerdo que aún ardía en su memoria.
Los jadeos quedaban atrapados en su garganta, apretados, temblorosos. Entonces sus colmillos rozaron el cuello de Po, un roce apenas consciente, desesperado, buscando una salida para todo lo que sentía.
—¿Tigresa…?
No podía hablar. Solo pudo morderlo. Hundir los colmillos con un gemido ahogado, desesperado, salvaje.
—Lo siento —susurró, apenas separando los labios de su piel.
Po bajó la mano hasta su nuca, firme, cálido, su respiración tan agitada como la de ella.
—No te disculpes —murmuró, con voz baja, profunda, ardiendo contra su oído—. Si eso es lo que necesitas para dejar salir lo que sientes… hazlo.
Su tono no tenía duda. Ni miedo. Solo entrega. Solo certeza.
—Hazlo, Tigresa —susurró—. Soy tuyo.
Y ella lo hizo.
Lo mordió otra vez. Solo lo justo. Solo lo necesario. Lo suficiente para que el temblor en su vientre no se convirtiera en un grito.
Solo lo suficiente para recordar.
De vuelta al presente, el pelaje de Po cubría la marca. Ningún ojo curioso podría verla. Nadie sospechaba… al menos no de esa marca
Y entonces, en su interior, sonrió.
Porque era su secreto.
Su mordida.
Suya.
Y él lo sabía también.
Y por la forma en que evitaba mirarla directamente, por cómo apretaba la mandíbula, ella supo que él también lo estaba recordando.
Y que le gustaba.
Po sintió que el aire se espesaba.
—Quiero decir… —tosió el panda — ¿qué? ¿Me van a interrogar como si fuera un criminal?
—Oh, Po… —Mono apoyó un codo en la mesa—. Nadie aquí te está acusando de nada, amigo
—Exacto —Mantis asintió—. Solo queremos asegurarnos de que estás bien.
—Sí, eso. —Mono sonrió. Demasiado.
Po sintió que su cara ardía.
—Yo… estoy bien. Perfectamente bien.
—Bien, entonces. —Mono se estiró como si nada—. Aunque… sería una pena que Shifu notara algo raro, ¿no?
Po sintió que su alma se evaporaba.
Mono sonrió con pura malicia.
—Imagínalo… el maestro Shifu, caminando despreocupado por el pasillo… cuando, de repente, ve unas extrañas marcas en tu espalda. ¿Qué pensará?
Po lo miró, horrorizado.
El aludido le guiñó un ojo y se llevó un melocotón a la boca.
—¿Qué habría de pensar? Somos guerreros, tenemos marcas de batalla todo el tiempo— respondió Po con fingida seguridad
—Y vaya batalla salvaje — dijo el primate con saña
Antes de que Po pudiera encontrar una salida, la voz tranquila de Víbora interrumpió la conversación.
—Basta ya, chicos —dijo con suavidad, pero con ese tono que no admitía discusión—. Dejen a Po en paz.
Po suspiró aliviado… por exactamente dos segundos.
Porque en cuanto Víbora se giró hacia él, su mirada fue implacable.
—Po, esas heridas necesitan ser tratadas. No se ven tan superficiales . Ven conmigo, te las voy a curar.
—¡No, no, no! No hace falta, de verdad, estoy bie-
—No es una opción.
Po abrió la boca, pero la mirada de Víbora no le dejó espacio para réplica.
—Levántate. Ahora.
Po se hundió en su asiento, buscando ayuda con la mirada. Pero nadie hizo nada. Mantis parecía entretenido,Grulla comía sin decir una sola palabra, Mono sonreía como si fuera la mejor mañana de su vida, y Tigresa…
Tigresa simplemente se puso de pie con la misma calma implacable de siempre.
Y cuando pasó a su lado, lo sentenció con una sola frase:
—Será mejor que encuentres una forma de tapar esas marcas, Panda.
Se inclinó apenas, lo suficiente para que su voz solo fuera para él.
Po sintió que su cerebro se derretía.
Y cuando ella se alejó con la misma elegancia de siempre, supo que no tenía escapatoria.
Porque si algo estaba claro…
Era que Tigresa no tenía ninguna intención de hacerle la vida fácil.
El dojo seguía en calma, solo perturbado por el leve sonido del ungüento siendo mezclado y la respiración tensa de Po.
Las marcas en su espalda ardían bajo el toque meticuloso de Víbora, pero nada comparado con la presión creciente en su pecho.
—En definitiva no son nada superficiales …—sentenció la serpiente
Víbora se tomó su tiempo, recorriendo cada rasguño con la punta de su cola, aplicando el bálsamo con cuidado.
—Podrías haber dicho que no.
Po apretó la mandíbula.
—Dudo que el lobo hubiera desistido de pelear — respondió burlón
Víbora sonrió apenas.
—Ajá. Un lobo.
—Sí. Con garras muy afiladas.
—¿Que casualmente tienen el mismo patrón que las garras de Tigresa?
Po se tensó.
—Es una coincidencia.
Víbora dejó escapar un leve suspiro, como si estuviera perdiendo la paciencia con la torpeza de su amigo.
—Po.
El panda mantuvo la vista en el suelo.
—Solo di la verdad.
—La verdad es que no pasó nada.
—¿Ah, no?
—No.
Víbora inclinó la cabeza.
—¿Entonces no fue Tigresa?
Po tragó saliva.
—¡Claro que no!
—Porque si no fue Tigresa, entonces voy a tener que decirle a Shifu que hay un lobo rondando el Palacio con garras afiladas como las de un felino.
Po cerró los ojos.
—Víbora…
Ella sonrió.
—¿O acaso quieres decirme que esto fue algo… consensuado?
Po sintió el calor subirle por el cuello.
—¡No! Digo… no así.
—¿No así? —Víbora fingió sorpresa—. ¿Y cómo fue entonces?
Po gruñó, sintiendo cómo el peso de la conversación lo acorralaba contra una pared invisible.
—Nada. No fue nada, ¿okay?
Víbora lo observó un segundo más, dejando que el silencio trabajara a su favor.
Hasta que finalmente, con un tono más directo, dejó caer la pregunta que Po temía.
—Tú y Tigresa… tienen algo, ¿verdad?
El panda sintió que su corazón saltaba en su pecho.
—¡No!
—Po.
—¡No tenemos nada! —soltó apresurado—. Solo somos amigos.
Víbora entrecerró los ojos.
—¿Amigos?
—Sí. Solo amigos.
—¿Amigos que se dejan marcas en la espalda?
Po se removió en su sitio.
—Eso fue… un accidente.No fue ella.
—Un accidente muy interesante.
—¡Víbora!
Ella sonrió, divertida.
—¿Por qué te alteras tanto si es mentira?
Po cerró los ojos y respiró hondo.
—Porque sigues insistiendo en algo que no es cierto.
Víbora negó con la cabeza con un gesto casi fraternal.
—Po, te conozco. Y la conozco a ella. —su cola recorrió una de las marcas con cuidado — Y lo que veo aquí… no es un simple accidente.
Po mantuvo su boca cerrada
Víbora suspiró.
—Tigresa no es fácil de leer. Lo sabes. Siempre fue la más distante, la más reservada… Como si llevara una muralla alrededor todo el tiempo.
El panda alzó la mirada, en silencio.
—Pero contigo… —Víbora sonrió con suavidad—. Contigo la vi reír, Po. No una sonrisa educada, no una de esas que lanza por compromiso. Reír de verdad.
Po tragó saliva.
—La vi relajarse. Hablar más. Buscarte con la mirada como si fueras su centro de gravedad. Nadie había logrado eso con ella.
Él bajó la vista, apretando los puños sobre sus piernas.
—Cuando tú estás cerca, es como si… —ella dudó un segundo, pero continuó— como si por fin encontrara un lugar donde bajar la guardia. Y créeme, eso en Tigresa… no pasa por accidente.
Hubo un silencio cargado. Y entonces, Víbora bajó la voz, como si volviera a ver la escena en su mente.
—¿Recuerdas Gongmen…? Cuando llegamos y se abrazaron. No lo dijo nadie en voz alta, pero todos lo vimos. Fue la primera vez que ella abrazó a alguien… Y fuiste tú.
Po parpadeó, sorprendido por el recuerdo. Lo tenía guardado, atesorado en su memoria , sí, como un tesoro invaluable. Pero escucharlo de alguien más… se sentía distinto.
—Y luego, durante la batalla, cuando todos pensamos que no saldrías de esa explosión… —la voz de Víbora se quebró apenas, contagiada por la emoción que arrastraba el recuerdo—. Ella perdió el control. Perdió su espíritu de lucha por un instante. Yo la vi, Po. Vi cómo se le partía el corazón ahí mismo. Como si el mundo se le viniera abajo.
Po cerró los ojos.
—Nunca había pasado. Nunca. No con nadie.
Él no supo qué decir. Solo sintió el peso de esas palabras clavarse en el pecho como otra de esas marcas que no se veían… pero que ardían igual.
Po cerró los ojos un instante.
—No hay nada de malo en admitir lo que sientes.
Po se tensó.
—No estoy…
—Los sentimientos no son algo de lo que debas avergonzarte, Po.
Y ahí fue donde Po perdió la batalla.
Porque antes de poder detenerse, antes de poder medir sus palabras, las dejó salir con la fuerza de quien ha estado conteniéndose demasiado tiempo.
—¡No me avergüenzo de nada! —soltó, con una firmeza que ni él esperaba.
Víbora parpadeó, sorprendida por el cambio en su voz.
Po sintió cómo el calor le subía por la nuca. Tragó saliva, quiso dar un paso atrás, pero algo en él ya no quería esconderse más.
—Lo que pasó… —murmuró, bajando la mirada— fue… lo que tenía que pasar.
Su voz apenas era un susurro. Pero ahí, en esa frase, había una confesión envuelta en silencio.
—¿Entonces… sí fue ella? —preguntó Víbora, más suave ahora.
Po no respondió de inmediato. Solo mantuvo la vista fija en el suelo, los hombros tensos, la mandíbula apretada. Luego, casi imperceptiblemente, dijo:
—No todos los arañazos duelen.
Fue un intento de desviar. De no decirlo, pero sí.
Víbora lo observó, captando lo que no se decía.
—Y algunos… —añadió ella en voz baja— incluso se desean.
Po cerró los ojos un instante.
No afirmó. No negó.
Pero tampoco se defendió.
Y eso, para Víbora, fue respuesta suficiente.
Él apretó la mandíbula, cerrando los ojos un segundo.
Pero Víbora solo sonrió.
—Los sentimientos no son algo de lo que debas avergonzarte, Po. — reiteró la serpiente
Él sintió el golpe de esas palabras más fuerte que cualquier otra cosa.
Porque no solo era lo que decía.
Era cómo lo decía.
No con burla.
No con presión.
Sino con comprensión.
Y justo cuando sintió que su defensa flaqueaba y ella descubriría todo …
El sonido de unos pasos resonó en la entrada del dojo.
Firmes. Seguros.
Po no necesitó girarse para saber quién era.
Pero lo hizo.
Tigresa estaba allí.
Con los brazos cruzados.
Y con una expresión que hizo que el aire se sintiera pesado.
Hola! Espero que esten disfrutando el fic hasta ahora. Antes de subir los capitulos que vienen quiero que me confiesen en comentarios, ¿les gusta el tono con el que estoy manejando la intimidad de nuestros personajes? ¿O quieren algo un poquito mas subidito de tono? Puedo darles más, todo lo que me pidan se los doy , yo sé que les gusta el lemmon pero si quieren mantenerlo en la tonica que está yo los obedezco ¡Pero diganme algo! Hablenme , escribanme mis niños. Que estoy aqui para hacer realidad lo que quieran .
Los TQM
