Había muchas cosas raras en Wano.
El aire era distinto: denso, el olor de las hojas húmedas mezclado con humo y pólvora, que se distinguía a pesar de la brisa marina.
Cuando llegó, no había nadie. Solo el barco encallado, el sonido de las olas rompiendo contra la playa, y el bosque, que parecía lleno de cosas que se ocultaban en las sombras… pero su presencia era fuerte e indómita.
Le gustaba eso. Lo desconocido. Lo salvaje.
Wano olía a aventura.
No le preocupó separarse de los demás. Seguro estarían bien. Siempre lo estaban.
Apenas empezaba a emocionarse con la situación cuando conoció a Tama.
Estaba sola, pero no parecía asustada. Era pequeña, delgada, pero valiente. Aunque apenas y había conseguido escapar de otros piratas, sonreía.
Le dio arroz sin dudar.
Estaba caliente, pero el sabor era raro. Le faltaba sal… o algo. Era muy diferente a la comida de Sanji.
Pero comió igual. No le importaba si llenaba el estómago.
Después supo que era todo lo que ella tenía.
Si lo hubiera sabido antes…
Bueno. Tal vez lo habría compartido.
Tampoco pensó mucho en lo del agua.
Estaba sucia y olía raro. Tenía veneno, dijo alguien.
A él no le pareció tan grave.
Pero Tama se desmayó. Así que tendría que buscar algo para curarla.
Fue entonces que ella mencionó a Ace.
Lo dijo como si fuera normal. Como si fuera cosa de todos los días llamarlo "hermano mayor".
Eso le provocó una sensación extraña.
No dolía… pero pesaba.
Ace también había estado allí.
Ace también la había querido proteger.
Así que ahora él haría lo mismo.
El camino desde la casa de Tama era largo, pero no le importaba.
Iba montado sobre el lomo de un Koma-inu gigante, con una katana colgada al cinto y ropa de samurái.
El viento le pegaba en la cara y el suelo seco pasaba a toda velocidad bajo sus pies.
Era emocionante. Como si estuviera dentro de una historia que todavía no terminaba de entender.
La llanura era hostil.
Casi sin sombra, cruzada por caminos polvorientos y rodeada de bestias enormes: tigres con colmillos de sable, jabalíes del tamaño de un barco, lagartos con ojos que brillaban como fuego.
Le daban ganas de quedarse a pelear con ellos.
Pero no tenía tiempo.
Tama necesitaba ayuda.
Y fue entonces que lo vio.
Zoro.
Estaba en medio del camino, con su katana aún desenvainada, rodeado de bandidos derrotados.
Con esa expresión suya que no decía nada… pero que decía todo.
Ni siquiera lo pensó. Saltó del Koma-inu con una carcajada.
Por un momento, se olvidó del mundo.
—¡Zoro! —gritó, y se lanzó sobre él sin frenar.
Zoro apenas tuvo tiempo de girarse antes de que lo derribara.
—¡Tsk…! ¿Qué haces, idiota? —gruñó, aplastado en el polvo.
—¡Te extrañé! —rio él, sin moverse.
Zoro solo suspiró.
No habían terminado de saludarse cuando el cielo pareció ponerse más pesado.
Una presencia extraña se acercaba por el camino.
No era una bestia salvaje, ni un bandido cualquiera.
Este venía caminando lento, como si no tuviera apuro. Como si todo lo que ocurría alrededor no tuviera nada que ver con él.
Llevaba una capa negra que ondeaba con cada paso, y una mirada hueca, como si su cabeza estuviera en otro mundo.
Le resultaba vagamente familiar, aunque no sabía por qué.
Tampoco recordaba su nombre… si es que lo había escuchado alguna vez.
Pero eso no importaba.
Porque el tipo venía buscando pelea.
Y él no pensaba retroceder.
Menos si eran subordinados de Kaido.
Se enderezó con una sonrisa.
Sus dedos apretaron con más fuerza el mango de la katana.
Zoro lo vio con el rabillo del ojo.
Y comentó.
—Kinemon dijo que no causemos problemas…
Bueno, tendrían que disculparse después ¿no?
Porque no pasó ni un segundo más.
Todos los bandidos atacaron a la vez, como si hubieran estado esperando la señal.
Simplemente sonrió, entusiasmado.
Y desenvainó la katana.
El filo relució bajo el sol con un sonido limpio.
Zoro giró el cuello hacia él, frunciendo el ceño.
—Oye ¿de dónde sacaste esa espada?… déjame darle un vistazo —dijo, mientras partía el aire con un corte suyo—. Ni siquiera sabes cómo usarla.
No respondió.
Pero lo escuchó.
Y le dio risa.
Estaba seguro de que Zoro estaba celoso.
Era obvio.
La katana se veía increíble.
Pesaba justo lo necesario.
Y hacía un ruido genial cada vez que atacaba a alguien.
Zoro volvió a quejarse, entre bloqueos y fintas:
—No es un palo, idiota. ¡Y no la agarres así! Vas a arruinar el filo.
Y justo cuando empezaban a calentar motores, el Koma-inu rugió.
No uno de esos rugidos para asustar enemigos.
Sino uno apurado, como si estuviera diciendo "¡vamos, idiotas!"
Y antes de que pudieran lanzar el primer golpe serio, los arrancó del suelo con los dientes y se echó a correr.
Luffy sintió el tirón en el estómago y, por un momento, pensó en protestar.
Pero entonces recordó a Tama.
No les costó mucho encontrar ayuda para ella.
Terminaron en un lugar extraño: un pueblo hecho con lo que sobraba de otros.
Las casas eran torcidas, levantadas con pedazos de chatarra, techos parchados con madera vieja y lonas. El viento silbaba entre los huecos, pero no se colaba dentro.
La gente era delgada. Tenían los ojos hundidos, los labios agrietados. Caminaban lento, como si les pesara el cuerpo. Aun así, sus miradas eran suaves.
Presencias débiles, sí… pero cálidas. Como brasas apagadas que seguían ardiendo por dentro.
Casi no tenían nada, pero le dieron medicina a Tama. Y un tazón pequeño de oshiruko. Hirviendo, dulce. A ella le temblaban las manos al recibirlo.
Decía que no tenía con qué pagarlo.
Le dijeron que no importaba.
También les contaron muchas cosas, sobre cómo se enfermaban sin remedios, sobre como toda el agua estaba sucia, cosas sobre como todo antes era diferente pero ahora morían de hambre.
Él no entendió todo. Algunas cosas no tenían sentido o eran demasiado complicadas. Solo sabía que, al final, siempre aparecía ese nombre.
Kaido era la causa. Kaido era el problema.
Eso lo había entendido bien.
Y justo cuando parecía que las cosas se calmaban, aparecieron esos tipos otra vez.
Los mismos que perseguían a O-Tama. Aprovechando un breve descuido para salir corriendo con ella en brazos.
Y claro, no iba a dejarlos escapar.
Fue tras ellos casi por inercia. Zoro apenas y logró seguirlo.
Los persiguieron hasta otro lugar. Uno completamente distinto.
El pueblo era limpio. Tranquilo.
Las casas no estaban hechas de chatarra, sino de madera bien cortada y pintura reciente. No se oía el estómago de nadie.
Se notaba que allí comían todos los días.
Se notaba demasiado.
Los hombres que los habían provocado terminaron en el suelo.
No costó nada recuperar a la pequeña. Ni siquiera sudaron.
Y entonces lo vio.
Un gran barco en la calle principal, con velas doradas. Cajas apiladas como montañas. Frutas, carne, dulces, pan. Oshiruko.
Todo listo para ser enviado a otro lugar. Tal vez a una fiesta. No le importaba a donde.
El estómago rugió sin pedir permiso.
No lo pensó.
No lo dudó.
Simplemente lo tomó.
Todo.
El barco entero.
Porque tenía hambre.
Porque se veía rico.
Porque sí.
Y cuando volvió al otro pueblo, la gente no entendía nada.
Él solo reía, con las mejillas llenas de comida y el olor del banquete impregnado en el aire.
Como si nada.
Aunque no era nada.
Porque, para los de ese lugar, lo que hizo fue grande.
Demasiado grande.
Y entre el caos —la gente gritando de alegría, el sonido de los barriles abriéndose, los niños llenando cubos con agua limpia como si fueran tesoros—, alguien más apareció.
Una cara conocida entre tantas nuevas.
Torao.
No parecía particularmente feliz de verlo.
Ni sorprendido.
Solo lo miró.
Los brazos cruzados. Las cejas en alto.
—Mugiwara-ya esto es un declaración contra el país de Wano.
—¿Eh?
Luffy se limpió la boca con el dorso del brazo.
—Eso era de Kaido. Llevarlo así… es rebelión directa. —Torao lo decía con la misma calma con la que alguien señala que está lloviendo.
Pero él solo rio.
—Este es mi pago, por la comida que Tama me dio —dijo, como si eso explicara el universo entero.
Y para él, lo hacía.
Luego alzó la mirada, olfateó el aire como si pudiera seguir el aroma y señaló sin dudar:
—¡Oigan! ¡La carne! ¡Déjenme un poco antes de que se la acaben!
Saltó hacia la pila más grande como si fuera un tesoro que pudiera desaparecer de un momento a otro.
Como si nada de lo que acababa de hacer tuviera peso.
Como si robarle un barco entero a Kaido fuera solo una anécdota graciosa.
Y mientras él comía, reía y lamía sus dedos con satisfacción, la gente del pueblo lo miraba como si no supieran si agradecerle o temerle.
Porque nadie hacía eso.
Nadie se atrevía a tanto.
Nadie desafiaba al monstruo y luego se sentaba a almorzar como si nada.
Pero ya estaba hecho.
La comida estaba repartida.
El agua corría limpia.
Los niños reían.
Los estómagos estaban llenos.
Y la chispa…
La chispa ya estaba encendida.
No se necesitó mucho más.
Pasaron unas horas.
No muchas.
Apenas las suficientes para sentirse a salvo.
Para reencontrarse.
Para que sus nakamas llegaran.
Para que los aliados aparecieran, uno a uno, como piezas de un rompecabezas que por fin empezaba a encajar.
Trazaron planes.
Se asignaron tareas.
Había mapas en el suelo, voces firmes, propósitos compartidos.
Como si todo tuviera sentido.
Como si, por una vez, estuvieran un paso adelante.
Y justo entonces, el cielo cambió.
Las nubes se oscurecieron de golpe, pesadas como piedra.
El viento trajo un rugido que no era humano ni animal.
Era algo más. Algo viejo. Algo que dolía solo con existir.
Y allí estaba él.
Kaido.
No en forma humana.
No con palabras o amenazas.
En su forma de dragón. Inmenso. Descomunal. Cubriendo el cielo con su sombra.
Sus ojos, dos faroles encendidos en mitad de la tormenta.
Miraban hacia abajo.
Hacia ese pequeño pueblo.
Como si aún estuvieran ahí.
Como si supiera lo que había pasado.
Como si le diera lo mismo.
Luffy dio un paso al frente.
No dudó. No preguntó.
Porque para él, era simple.
Solo tenía que vencer a Kaido.
Y todo se arreglaría.
Así que fue.
Gritó. Se estiró.
Usó todo lo que tenía.
Golpeó con fuerza.
Con furia.
Pero no bastó.
Kaido ni siquiera se movió.
Ni siquiera gruñó.
Solo atacó.
Una vez.
Y él… cayó.
No perdió el sentido.
No del todo.
Pero el cuerpo no respondió.
Las piernas no se movieron.
Los dedos no cerraron el puño.
La boca no pudo formar un grito.
Solo estaba ahí.
Tendido.
El rugido aún resonaba en sus huesos.
El golpe seguía vibrando en su pecho.
Y el mundo… el mundo ya no giraba igual.
Su corazón seguía ardiendo.
El haki brotaba como fuego salvaje.
Pero no bastaba.
No entonces.
Podía sentirlo.
El sabor metálico en la lengua.
La presión en las costillas.
La furia.
De haber prometido proteger…
y fallar.
La voz de Tama, riendo.
El mapa bajo sus dedos.
Las miradas de sus nakamas.
Todo se desdibujaba con el peso de la derrota.
Y, aun así, algo dentro de él no se rendía.
No podía levantarse.
Pero tampoco se apagaba.
Entonces llegaron las cadenas.
El arrastre.
La oscuridad.
Por eso es que ahora estaba en una celda.
Trabajar, comer y dormir se había vuelto su nueva rutina.
Los días pasaban arrastrándose, idénticos, repitiéndose como si quisieran borrarlo.
Pero él no era fácil de borrar.
Ni de quebrar.
Seguía esperando el rescate que Kanjuro le había prometido.
Confiando.
Aguantando.
Los guardias no se cansaban de repetirlo: que lo iban a doblegar, que su espíritu terminaría cediendo.
Pero no estaban ni cerca.
En realidad, se sentía más motivado que nunca.
Más enfocado.
Como si aquella caída no lo hubiese detenido, sino marcado el comienzo de algo.
Ni bien sus heridas sanaron, empezó a fortalecerse.
Arrastrando esas piedras enormes.
Una tras otra.
Hasta que dejaron de parecer pesadas.
Hasta que dejó de notar el kairoseki debilitando su cuerpo.
Hasta que ganó velocidad.
Y se sentía más fuerte.
Trabajar, comer y dormir.
Era simple.
Mientras más trabajaba, más comida obtenía.
Incluso podía compartir algunos de sus kibi-dangos con los más débiles.
Pero en las noches…
En las noches todo era distinto.
El silencio caía como una manta pesada.
Y por más agotado que estuviera, no lograba dormirse tan fácil.
Antes no era así.
Antes, el cuerpo pedía descanso y él obedecía.
Pero ahora, algo faltaba.
Algo que se había vuelto parte de su rutina sin que lo notara.
Algo que se le había quedado pegado a la piel.
O alguien.
Pensaba en Nami.
Sin querer, sin planearlo.
Simplemente aparecía.
En medio de la oscuridad, recordaba esos encuentros clandestinos.
Robándole horas al sueño.
Sus cuerpos tan cerca que no había espacio para pensar.
Solo tocar.
Solo sentir.
El calor de su piel.
Sus manos buscando sin miedo.
Su boca, impaciente.
Las respiraciones mezclándose hasta perder el ritmo.
Eso también lo mantenía despierto.
El recuerdo.
El cuerpo reclamando lo que había tenido.
Lo que deseaba volver a tener.
No era algo que pudiera apagar.
No con trabajo.
No con cadenas.
Porque cuando pensaba en ella…
no pensaba en palabras bonitas.
Pensaba en cómo temblaba contra él.
En cómo lo apretaba entre sus piernas.
En cómo lo miraba justo antes de besarlo como si el mundo fuera a romperse.
Y eso lo dejaba más despierto que cualquier golpe.
Más vivo que cualquier promesa.
Pero no era momento de pensar en eso.
No ahora.
No ahí.
Esos pensamientos no tenían lugar en una celda.
No con el hedor del sudor y el hierro oxidado.
No con los gritos de fondo y las cadenas al cuello.
Así que los apagaba.
O lo intentaba.
Apretaba los dientes.
Se forzaba a dormir.
A soñar con golpes certeros y planes cumplidos.
Con Kaido cayendo, no con Nami gimiendo su nombre.
Había algo más importante por hacer si es que quería cumplir sus promesas.
Y entonces, como si el universo lo supiera, la suerte volvió a sonreírle.
Una chispa. Un descuido. Una oportunidad.
Eso fue todo lo que necesitó.
Y en cuestión de horas, él y los demás habían tomado el control de la prisión.
Pasillos en ruinas. Guardias vencidos.
Un motín que se expandía como fuego entre la niebla.
Encontraron a figuras importantes —según los demás—.
Lideres, guerreros, leyendas vivas.
A él no le importaban sus títulos.
Lo que le importaba era que todos querían lo mismo:
Derribar a Kaido.
Recuperar lo que les había sido arrebatado.
Se armó un ejército sin planearlo.
Una fuerza que no había buscado, pero que estaba ahí.
Viva. Hambrienta. Lista.
Y aunque todavía quería regresar con sus nakamas,
aunque el deseo lo seguía quemando por dentro,
sabía que aún tenían mucho que hacer antes de la batalla.
Tenía que entrenar mucho más todavía.
Porque esta vez, no iba a caer.
Esta vez, Kaido iba a perder.
Chopper llegó cargando a Luffy sobre la espalda, como si no pesara más que una mochila. Pero cualquiera que lo viera sabría que no era poca cosa. Luffy no se movía, no hablaba, no abría los ojos.
Dormía.
Según Chopper, no había despertado desde la noche anterior.
Al parecer, su entrenamiento lo había dejado tan agotado que no reaccionó ni siquiera cuando Chopper lo dejó tendido a mitad del bosque, ajeno al ruido y al ir y venir de los samuráis que seguían dando indicaciones sobre el asalto a Onigashima.
Ni el bullicio.
Ni las pisadas.
Ni el sonido metálico de las armas al ser revisadas.
Nada lo inmutaba.
Dormía profundamente, con el sombrero bien afirmado sobre el pecho y una expresión tranquila, casi feliz, dibujada en el rostro.
Nami lo miro llegar, sin necesidad de acercarse.
Estaba bien.
Eso bastaba.
No corrió a abrazarlo. No lo llamó por su nombre.
Se quedó unos segundos ahí, en silencio, observándolo como quien repasa algo familiar.
No se sorprendió.
Nunca dudó que volvería.
Solo le parecía curioso cómo, después de todo, seguía teniendo ese efecto en ella. Ese leve alivio que se colaba sin permiso.
La certeza muda de que todo iba a estar bien, aunque todavía quedaran batallas por pelear.
Incluso cuando Luffy despertó, todo siguió su curso.
Sin dramatismos.
Sin interrupciones.
La mayoría apenas se giró para comprobar que estaba consciente. Otros ni lo notaron, demasiado concentrados en revisar el plan, repasar rutas, distribuir las cargas.
La batalla era inminente.
Y había un orden que seguir.
En medio de esos preparativos, alguien encontró las armaduras.
Una pequeña colección olvidada entre cajones, cubiertas de polvo, de estilos y tamaños distintos.
No hizo falta mucho.
Luffy, Usopp, Chopper y Brook reaccionaron como si fuera el tesoro más valioso del mundo.
Una carcajada bastó para desatar el caos: en cuestión de minutos estaban envueltos en placas de metal, gritando como guerreros ancestrales, convencidos de que con eso bastaba para volverse invencibles.
Hasta Robin se rio.
Pero Nami…
Nami los miraba sin decir nada.
No fue molestia.
No exactamente.
Fue algo más leve, más escondido.
Una pequeña incomodidad que se quedó con ella mientras avanzaba ruidosamente hacia donde estaba escondido el Sunny.
Un nudo apenas perceptible, que no tenía forma ni nombre, pero que se aferraba a su estómago como si no quisiera soltarse.
El reencuentro con el Sunny fue menos épico de lo esperado, pero no por eso menos significativo.
Después de semanas lejos, algo en ver su silueta familiar recortada contra la maleza —aunque chamuscada y cubierta de hollín— les devolvió una sensación parecida al hogar.
Las velas estaban quemadas en los bordes.
Los restos ennegrecidos de explosivos aún colgaban de la cubierta.
Y los tablones tenían más rasguños que de costumbre.
Pero seguía ahí.
Entero.
Firme.
—¡¿Lo ven?! ¡Les dije que mi barco era invencible! —exclamó Franky con el pecho inflado, mientras acariciaba amorosamente una barandilla.
Y aunque nadie dijo nada, todos lo pensaron: cualquier otro barco habría sido destruido.
Mientras algunos recogían escombros, otros empezaban a preparar las velas de repuesto.
Había mucho que hacer y poco tiempo.
Y como parte del orden práctico —o tal vez por simple higiene— alguien propuso un baño.
—Los que han estado en el bosque o durmiendo al aire libre, ¡al agua ya! —gritó Sanji, casi como si fuera una ofensa personal.
Chopper, Brook y Zoro ni siquiera discutieron. El primero fue feliz, el segundo no tenía sentido del pudor y el tercero solo gruñó algo ininteligible.
Pero Luffy se quedó atrás.
—¡Voy, voy! ¡Es que esto no se sale! —gritaba desde su camarote, forcejeando con las placas de la armadura que aún colgaban de su cuerpo.
Nadie se ofreció a ayudar.
Todos sabían que, si alguien era capaz de quedar atrapado en su propia armadura, era él.
Nami dudó unos segundos.
Ese nudo leve seguía ahí, apretando justo detrás del esternón.
Lo encontró sentado en el suelo, con el pecho descubierto y medio cuerpo envuelto en cintas, correas y trozos metálicos que no parecían estar diseñados para quitarse fácilmente.
—No es tan difícil si empiezas por los broches —dijo, apoyándose en el marco de la puerta.
Luffy levantó la vista y sonrió, como si recién entonces notara su presencia.
—¡Ah! ¿Tú sabes cómo? ¡Es que no se suelta! Aunque me veía genial hace un rato…
Nami soltó una risa corta, pero no se acercó.
Mirarlo así, peleando con un montón de cosas inútiles mientras hablaba como si nada, no ayudaba a calmar ese leve malestar.
—¿De verdad las armaduras son tan geniales? —preguntó finalmente.
—¡Claro que sí! — dijo con energía, casi saltando en su lugar —¡Hasta Robin dijo que se veía bien!
Nami asintió, aunque sin muchas ganas.
—Sí… se veían muy felices.
—¿Estás enojada?
—No.
Y no mentía. No era enojo.
Era más parecido a la inseguridad.
Un pensamiento que no lograba sacarse de encima.
Se hizo un pequeño silencio.
Luffy volvió a tirar de un broche, sin éxito.
Nami suspiró, cruzando el umbral sin decir nada más. Se arrodilló frente a él, sin que hiciera falta pedírselo, y empezó a soltar uno de los broches con un movimiento ágil.
—Tienes una extraña habilidad para enredarte con cualquier cosa —murmuró.
Luffy solo rio, bajando los brazos como si confiara plenamente en que ella resolvería el problema.
Con cada pieza que caía al suelo con un tintineo metálico, la habitación se iba volviendo más liviana.
Cuando terminó con el último enganche, Nami estiró la mano hacia su cabeza, sin pensarlo demasiado. Deshizo el moño alto que él llevaba atado con un lazo improvisado, revelando un cabello más largo, despeinado y claramente olvidado.
—Tienes el pelo hecho un desastre —dijo, apartándole algunos mechones de la frente—. Usopp debería cortártelo.
Luffy no dijo nada. Solo asintió notando como se agitaba su cabello, era una buena idea.
Nami se sentó sobre sus talones, mirándolo de reojo. Luego, con un tono más casual, dejó caer:
—Sigo sin entender qué tienen de genial las armaduras.
Luffy no dudó.
—¡Es que cuando usas una armadura así pareces un auténtico samurái! —dijo, orgulloso, inflando el pecho—. ¿No es genial?
Ella lo miró, seria.
—No —respondió sin dudar—. No lo es.
Él frunció el ceño, desconcertado.
No era que Nami le llevara la contra —estaba acostumbrado a eso, casi era parte de su dinámica—. Pero esta vez se sentía distinto. Como si algo la estuviera molestando de verdad, desde hace rato, aunque no supiera cómo decirlo.
Antes de que pudiera preguntar, Nami habló.
—Eres un pirata —dijo, con una seriedad inesperada—. Y eso, para mí… es mucho más genial.
Las palabras quedaron suspendidas en el aire, flotando entre los dos.
Luffy parpadeó, sin saber muy bien qué decir. Pero su expresión cambió. Como si algo, finalmente, hiciera clic.
Entonces ella sacó algo de su bolso, con cierto aire de disculpa.
—Por eso en cuanto vi esto... pensé que podía gustarte —dijo, ofreciéndole el bulto envuelto en una tela modesta.
Luffy desató el nudo con cuidado. Frente a él, se desplegó una levita negra de líneas sencillas, con algunos detalles dorados que brillaban apenas con la luz tenue de la habitación. No era llamativa, ni recargada. Pero había algo en su forma, en cómo caía la tela, que le daba carácter.
Era una prenda para alguien que tenía claro quién era. Un capitán.
—No tienes que usarla si no quieres —dijo Nami, bajando un poco la mirada. De pronto, la idea entera le parecía ridícula. No sabía por qué le había molestado tanto que le gustara más esa armadura… ni por qué se había sentido tan tonta al traerle un regalo.
Pero Luffy no dudó.
—Voy a usarla —afirmó con firmeza, como si fuera la decisión más obvia del mundo.
Sostenía la levita con ambas manos, los ojos iluminados, como si acabara de recibir un tesoro inesperado. Como si no pudiera creer que alguien hubiera pensado en él de esa forma.
La atmósfera se volvió más liviana. Incluso Nami pareció relajarse un poco al verlo así, tan él.
Luffy dio un paso hacia ella, tal vez para decirle algo más, pero apenas se acercó, Nami levantó una mano en el aire, frenándolo.
—Ni se te ocurra —advirtió, volviendo a recuperar el tono práctico de siempre—. No quiero ni pensar cuántos días llevas sin ducharte. Los agradecimientos pueden esperar hasta que huelas a humano otra vez.
Él se rio con esa carcajada suya tan despreocupada, sin tomarse a mal el comentario. Luego dejó la levita con cuidado sobre su hamaca, justo al lado del sombrero, como si ambas cosas fueran igual de importantes.
—Entonces me baño —dijo simplemente, y se fue caminando como si nada, sin mirar atrás.
Nami se quedó sola en el camarote, rodeada por el eco de la risa de Luffy, la levita perfectamente doblada, y un montón de piezas de armadura apiladas en el suelo.
Suspiró.
—Idiota —murmuró, pero esta vez, le costó que le saliera sin una sonrisa.
El clima de camino a Onigashima era tan salvaje como el destino que los esperaba.
Una tormenta parecía haberse instalado de forma permanente sobre sus cabezas, y la lluvia empapaba la cubierta sin tregua. El Thousand Sunny se sacudía entre olas imponentes, pero la tripulación no cedía. Todos daban lo mejor de sí para domar al mar enfurecido.
Fue en medio de ese caos que Luffy salió nuevamente del camarote.
Llevaba puesta la nueva chaqueta. La tela negra ondeaba con el viento, cortando el agua como si no pudiera tocarlo. Aunque algunos sabían —o al menos sospechaban— el origen de la prenda, nadie dijo nada. No hacía falta.
Todos coincidían, de forma tácita, en una cosa: el capitán se veía bien.
Y él lo sabía. No por vanidad, sino por esa simple alegría que le daba sentir algo suyo… algo que alguien le había dado con cariño.
Caminó hasta apoyar una mano firme sobre la barandilla, disfrutando del momento. El viento, el olor a sal, la energía en el aire.
Entonces la vio.
Nami estaba cerca de la proa, empapada hasta los huesos, dando instrucciones con voz clara, sin titubeos. Y aunque últimamente se le había hecho costumbre mirarla solo porque sí, esta vez lo que captó su atención no fue su silueta, ni sus piernas descubiertas, ni su cabello agitándose con la brisa.
Fue otra cosa.
No le costó mucho reconocer el patrón. El mismo diseño, el mismo color. Parte de la armadura que él se había quitado unas horas antes.
A pesar de todas sus quejas, ahí estaba. Llevándola.
La sonrisa se le dibujó sola.
Se acercó entre la lluvia, esquivando cuerdas y cajas con una agilidad natural. No dijo nada al principio, solo se colocó a su lado. Ella lo notó, claro, pero no lo miró enseguida.
—Creí que no te gustaban las armaduras —dijo al fin, sin vueltas—. No pensé que usarías una.
Nami soltó una breve risa por la nariz.
—No pensaba hacerlo.
—¿Y por qué lo hiciste?
Ella finalmente giró el rostro hacia él, el agua deslizándose por sus mejillas.
—Sería un desperdicio si nadie la usaba —respondió con desdén fingido.
Era ese tono.
El mismo que usaba para provocarlo. Retador, afilado, como una sonrisa que apenas se dibujaba pero que uno sentía con fuerza. La clase de voz que empleaba cuando lo retenía un rato más en el cuarto de navegación sin decirlo con palabras. El tipo de gesto que decía más de lo que permitía admitir.
Luffy tragó saliva sin querer.
No era común que se le secara la garganta, pero ahí estaba. Lo desconcertaba esa manera en la que Nami lo miraba por un segundo y después apartaba la vista, como si no tuviera importancia… cuando claramente la tenía.
Desvió la mirada solo un segundo, suficiente para verla bien.
Los tirantes ajustados al brazo resaltaban la curva de sus hombros, y el cinturón improvisado con una pieza más de la armadura ceñía su cintura con un estilo que no estaba en ningún manual de combate. El metal mojado brillaba contra su piel, y cada movimiento que hacía parecía coreografiado por el viento.
Se veía fuerte. Se veía hermosa.
Y llevaba algo suyo.
Luffy no sabía si era el momento, pero sí sabía que no quería dejarlo pasar del todo.
—Te queda bien —dijo, sin esconder la sonrisa—. Muy bien.
Nami giró hacia él una ceja arqueada, la comisura de la boca curvada apenas hacia arriba.
—Lo sé.
Y por un instante, bajo la lluvia que no paraba y el cielo que rugía, hubo una pausa. No era larga, ni dramática, pero bastó para que él sintiera que lo que fuera a pasar después no cambiaría una cosa: quería volver a verla con esa armadura. Quería volver a verla bien. A salvo.
—Todavía no te agradecí por la chaqueta —agregó Luffy, un poco más serio.
Nami lo miró de reojo, como si ya supiera a dónde iba eso.
—Después —dijo, firme, pero sin dureza—. Cuando todo esto termine.
Él asintió, y no supo si era por la promesa o por ella, pero de pronto todo se sentía un poco más real. Y un poco más posible.
-000-
Como he comentado antes empecé a gestar este fic en 2018 y en algún momento entre ese año y el actual se publicó el arco de Wano, en cuanto vi la escena de la armadura Samurai, en mi cabecita y corazón shipper se escribió este capítulo pasando por cambios y correcciones mentales miles de veces hasta llegar al día de hoy, para muchos es un capítulo más, para mi es algo que esperaba hacer hace mucho. Pero, en fin, dejando de lado mis fantasías personales quiero agradecer los follow y los comentarios.
Alias Tesin: Como siempre es un gusto recibir tu reseña, me alegra que hayas disfrutado la mezcla entre lo emocional y lo intenso.
Aespeciales: Me maravilla que te tomes el tiempo en hacer una review tan larga, muchas gracias. También los momentos que me han parecido más significativos son esos momentos suaves, el beso en la frente, el primer abrazo, ese pequeño gesto en la cabeza del sunny, aunque desde el principio aclaré que el fic era lemmon, creo que para llevar todo con naturalidad esas escenas son clave y valoro que también las disfrutes, aunque no niego que las escenas como las de la cocina son mucho más divertidas de escribir, también tienen su encanto.
En fin, como siempre feliz de que lean el capitulo y si llegan hasta aquí les mando un fuerte abrazo.
