Daños colaterales

Ino Yamanaka era la flor más bella de su generación, la kunoichi más prometedora de Konoha, y la genin que renegaba de su suerte al verse en un grupo que, además de deplorable, era celebrado por su padre.

Inoichi Yamanaka reía a todo pulmón al oír a su hija lamentarse por su nuevo grupo; en concreto le divertían las razones de sus quejas. Ella quería estar en el equipo del chico que le gustaba, en cambio y en palabras de ella: «El par de bolsas que me asignaron es más un castigo que un pago justo por todos mis esfuerzos».

Lejos de la historia clásica de una chica linda despreciando a un par de chicos poco agraciados, lo que le causaba aversión era que no veía mucha actitud de mejorar por parte de esos dos holgazanes. La arrastrarían, la alejarían de sus metas y sus sueños.

—Sabes que los equipos se asignaron en base al desempeño de los estudiantes. Si estás con esos chicos es porque fuiste la primera de la clase. Deberías tomarlo como un honor y dar lo mejor para ayudar a tus compañeros.

—¡Pero me esforcé mucho para poder estar con Sasuke, y ahora él está con la frentona de Sakura! Qué horror.

La frustración quería ceder al llanto, el tono de su voz subió una octava y las lágrimas contenidas destellaban a la naranja luz del atardecer. La chica se frotaba las sienes por el coraje que le punzaba la cabeza. El ángel de papá estaba sufriendo; la madre de Ino le hizo un gesto a su marido para que cerrara el hocico y consolara a su retoño.

La culpa carcomió el corazón del señor Yamanaka. En realidad, estaba en los planes de Iruka poner a Ino en el Equipo Siete y así compensar mejor las carencias de Naruto; los dos estudiantes más brillantes de la clase, Ino y Sasuke, asegurarían el desarrollo eficiente y fomentarían la disciplina del rebelde Uzumaki.

Fue por insistencia de él y sus compañeros, de que sus hijos estuvieran en el mismo grupo, que Ino fue sacada del grupo siete y puesta en el diez. Era lo mejor, o eso creyó Inoichi en su momento; ese chico Uchiha solo la distraería, y aquel otro chico, Uzumaki, podría ser peligroso si su bestia despertaba. No, por mucho que le doliera la frustración de su hija, fue lo mejor. Fingiendo demencia, Inoichi decidió cambiar de tema.

—Cariño, dime, esa Sakura era amiga tuya, ¿verdad? ¿Qué pasó para que ahora te expreses así de ella?

Ino guardó silencio, todavía le dolía la traición de la niña que alguna vez consideró su mejor amiga. Esa frentona egoísta fue capaz de destruir una amistad solo por un pene, uno que jamás sería suyo, de eso se encargaría Ino. No, Sakura no merecía su odio ni su recuerdo, Yamanaka se quedaría con Sasuke Uchiha, y cuando eso sucediera aquella niña plana sufriría por todo lo que estaba haciendo. Entonces Ino se sentiría mal por dedicarle esas duras palabras, por odiarla. No, Ino era mejor que eso, no debía desearle más mal que el que Sakura cosecharía en el futuro.

—Ella no me va a ganar… —farfulló.

Se levantó de la mesa, se despidió de sus padres y fue a su recamara para descansar; el día fue pesado y le dolía ligeramente la cabeza. La actitud de Shikamaru era frustrante, y el indolente de Choji, siempre apoyando las acciones de su amigo el zángano, tampoco le facilitaban la vida. Se echó en su cama y suspiró. Sus planes se fueron al drenaje desde el día que fue separada de Sasuke; al menos en la academia podía verlo diariamente.

No, la vida puede ser injusta, pero ella era Ino Yamanaka y no se dejaría vencer fácilmente. Fue la primera estudiante de la academia, también podría ser la mejor kunoichi de la aldea. Se esforzaría, no dejaría de esforzarse para ser la mejor, entonces Sasuke no podría negar su valía, y si no llega a caer con eso, ella se haría Hokage y le ordenará que se casen.

«Sí, ya lo verás, Sakura. Ya lo verá todo el mundo, Sasuke será mío».

Al lado sur de la ciudad, otra chica de la misma edad y con mucha menos convicción se dedicaba a secar los platos. Diligente, hacía todo lo posible por agradar y sentirse útil. Hinata Hyuga era una esfinge difícil de ser leída: feliz, alegre, triste, enojada; siempre tenía la misma expresión, siempre tenía la cabeza baja.

Kurenai tuvo que aprender a entenderla por sus acciones; cuando Hinata estaba de buen humor era participativa, se le podía oír una ligera risa, incluso tenía ganas de hablar. En cambio, en sus días grises era opaca, taciturna, como un cadáver andante sin alma. El día que salieron a celebrar la graduación y asignación del Equipo Ocho, Hinata parecía eso, una sombra gris.

Naruto Uzumaki era un chico por el que sentía una profunda admiración, o eso le dijo ella a su sensei hacía tiempo. Boba, tan inocente que creyó que podía engañar a alguien.

Cuando lo vio en la reunión de asignación de equipos tuvo la esperanza, se dio permiso para soñar con estar en el mismo equipo que él; después de todo, si Naruto logró el milagro de graduarse con ella, el destino podría obrar el milagro de unirlos. Kurenai se sintió mal por la chica cuando esta se lo comentó de camino a casa. Para Hinata eso de sufrir decepciones ya era una costumbre.

Ni por asomo se le hubiera ocurrido integrar a Naruto a su grupo. Kurenai era una novata también, ese era su primer equipo. Conocía a Uzumaki y comprendía que no tenía la experiencia para lidiar con él; ni ella, ni el Hokage, ni Hiruka, ni nadie mentalmente sano creería que eso era una buena idea. Tampoco era una posibilidad integrar a Hinata al Equipo Siete, su pupila no tenía la salud emocional para ser considerada genin.

Hinata Hyuga tenía potencial, un poderoso Kekkei Genkai fluía por sus venas; también era una niña diligente que seguiría sin objeción las instrucciones de su sensei, y no se podía dejar de lado la dedicación que le daba a su entrenamiento, aunque no rindiera el fruto esperado. Sin embargo, a pesar de todas esas virtudes, ese año no se habría convertido en genin de no ser por su mentora. Tal vez, pensó Kurenai, lo mejor hubiera sido que tanto ella como Naruto repitieran año, y así formar un equipo después, cuando los tres fueran más maduros.

El hubiera no existe, las decisiones tomadas los habían separado y tal vez era lo mejor por el momento. Ahora Hinata estaba mejor, hizo dos nuevos amigos y desarrolló sus habilidades sin la ansiedad provocada por tener al lado a un chico que la pusiera nerviosa.

—Hinata —Kurenai se dirigió con dulzura a su pequeña amiga—. Si quieres puedo hacer té y platicamos.

—¿Uh? —la chica levantó la mirada, con la cara de boba de siempre—. ¿Platicar de qué?

—De lo que gustes. De tu día, de tus compañeros…, de chicos.

Hinata miró hacia la ventana cuando Kurenai mencionó «chicos». Por un segundo, la invitación al té se le antojaba con sabor a vinagre y miel. Quería, pero la vergüenza le abrumaba.

—¿De chicos? —Repitió Hinata, como si la palabra le quemara la lengua.

Kurenai sonrió. Sabía que esa timidez era un muro, no falta de interés. Ella también tuvo doce años.