Disclaimer: Los personajes de Harry Potter son propiedad de J.K. Rowling. La historia pertenece a Inadaze22

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Capítulo cinco

Primera parte: Mi error favorito

23 de agosto

A mi madrastra le encanta limpiar.

Le gusta demasiado limpiar, más que cualquier otra cosa, y realmente desprecia el desorden y la suciedad de cualquier tipo.

Ella y Draco se llevarían de maravilla.

Anne sistematiza todo. Es obsesiva a un nivel casi patológico. Organiza la ropa de todos los armarios por colores y texturas; ni siquiera el armario de los abrigos se salva de su ira. Clasifica las servilletas según su grosor y color. Ordena las películas por mes y año de estreno. Y no me hagan hablar de los muebles. Creo que ya he dejado claro mi punto de vista.

Durante mis veranos cuando estaba en Hogwarts, las pocas semanas que pasaba en la casa, recuerdo despertarme cada mañana y encontrar que una o dos habitaciones estaban completamente diferentes de cuando me acosté. Siempre veía a Anne sentada en el sofá o en el suelo de la habitación que había cambiado y que deliraba sobre lo mucho que le gustaba alinear su chi o alguna otra basura que leía en libros de autoayuda o de decoración. Me recuerda un poco a Trelawney por su forma de actuar.

«—Mira dentro de tu mente, mira con tu ojo interior... Por favor».

Nunca fallaba: tres días después, siempre eran tres; se quejaría y volvería a reorganizar todo.

Aun así, me considero una persona organizada, como ella, pero no tan extrema. En realidad, Anne cree que, de alguna forma, se me ha contagiado su dedicación a la perfección y su insaciable necesidad por el orden, pero eso es una mentira. Limpiar me da una sensación de logro y orgullo. Y organizar es como resolver un rompecabezas. Es una especie de catarsis para mí. Nadie puede decirme cómo limpiar, ni siquiera mi padre, a quien le gusta decirme cómo hacer las cosas, incluso cómo vivir mi vida.

Hoy, antes de salir para la casa de mis padres, me levanté al amanecer y limpié todo el departamento desde el techo al suelo; en parte utilizo magia y también limpio a la antigua usanza, con agua y jabón. Y cuando llego, puntual, Anne me recibe con un plumero en la mano; obviamente estuvo haciendo lo mismo que yo.

—Oh, Hermione, llegas justo a tiempo. Acabo de terminar de limpiar y estoy a punto de servir el almuerzo —se toma un momento para examinar mi atuendo y su sonrisa muestra su aprobación—. Te ves de maravilla con ese vestido.

Ann lee demasiadas novelas románticas del siglo XVIII y está obsesionada con la caballerosidad y con enseñarme cómo actúan, caminan, hablan y visten las damas de bien... Estoy segura de que, si fuera por ella, organizaría una fiesta con hombres de traje y peluca, y que las mujeres llevarían corpiños con vaporosos vestidos, elegantes tocados y abanicos adornados. Quiere que sea tan educada y sofisticada como la gente de ese siglo, bueno, como la gente en esas novelas.

Buena suerte con eso; estos días estoy en esta interminable montaña rusa emocional.

Cuando me abraza, tengo que usar toda mi fuerza de voluntad para no vomitarle encima. El perfume que lleva es absolutamente horrible. Huele como si hubieran rociado un vertedero con ambientador de vainilla. Se echa hacia atrás y sonríe, demasiado alegre.

—¿Sentiste mi perfume? Es maravilloso, ¿verdad?

Extremadamente —respondo secamente, sintiéndome un poco débil—. ¿Dónde está papá?

—En el salón.

—Disculpa —le doy una última sonrisa y salgo de la cocina tan rápido como me permiten mis pies. Odia que la gente corra en casa.

Mi padre está exactamente donde ella dijo. En el salón, que tiene un aspecto completamente distinto al de la última vez que estuve aquí, está sentado en su sillón azul favorito; Anne lleva años intentando deshacerse de aquel sillón. Está viejo y polvoriento e incluso yo no logro verle el valor sentimental, pero es su favorito y no discuto con eso. Sus ojos están fijos en el televisor que está emitiendo un especial sobre la historia de la odontología; en estos momentos habla de los dentistas en la Edad Media.

Cuando papá me ve desde su visión periférica, pulsa el botón de pausa del televisor, se levanta y me atrae para darme un abrazo.

—Cuánto tiempo sin verte, Hermione.

Siempre dice eso, pero por nuestra salud y seguridad, intentamos vernos cada tres meses, a menos que suceda una emergencia. No es que tengamos una mala relación. Simplemente, no es muy buena. Nuestras conversaciones no suelen durar más de quince minutos.

En quince minutos solo alcanzamos a decir: "¿cómo estás?" y luego de eso pasamos al territorio en el que él me dice lo que debería hacer con mi vida.

—He estado un poco ocupada con el trabajo, papá.

—Oh, tu nuevo trabajo. Leí eso en tu carta. ¿Cómo te va?

Vivo demasiado lejos para venir de "pasada", así que las cartas y las escasas llamadas telefónicas nos sirven.

—Va bien.

—¿Qué es exactamente un Sanador?

—Es el equivalente mágico a un médico —le explico—. Tengo pacientes, atiendo urgencias, curo a la gente con magia, hago rondas y eso.

Se le ilumina el rostro.

—¿Así que eres como un médico?

Sonrío ante su emoción.

—Sí.

—Maravilloso.

Mi padre siempre ha tenido grandes ambiciones para mí. Estoy segura de que, si lo dejara, me diría cuál debería ser mi carrera, quiénes deberían ser mis amigos, qué tipo de auto debería conducir y con quién debería salir. Siempre ha creído que soy especial, más de lo que todos creen que soy, así que cuando recibí mi carta de Hogwarts, quedó extasiado al comprobar que su teoría era cierta. Brilla de orgullo cuando se me escapa que la gente me llama la bruja más brillante de mi generación.

Ahora, estando en la casa, siento que me asfixio. No sé cómo va a reaccionar ante la noticia de mi embarazo, si es que decido contárselo. Anne es más predecible que papá. Probablemente, se marchará y nos dejará para que hablemos, discutamos o posiblemente nos matemos. Es pacifista y, para ser sincera, creo que nunca la he oído levantar la voz. Papá, en cambio, es un enigma. Nunca sé cómo va a reaccionar. Solo espero que, si se lo digo, apoye cualquier decisión que tome. Pero en el fondo, sé que se sentirá decepcionado. Es como si esperara que fuera perfecta y responsable, que no cometiera errores y que no hiciera estupideces. Pero si nunca cometo errores, ¿cómo se supone que voy a aprender? ¿Cómo voy a vivir? ¿Cómo es que voy a crecer?

Quiere que siga teniendo diez años y sea inocente para siempre, pero no soy como la imagen que tiene de mí.

No creo que papá pueda entender todo por lo que he pasado o el hecho de que soy mucho más madura que la mayoría de la gente de mi edad.

Piensa que solo soy un cerebro andante y no cree que pueda cocinar mis propias comidas sin su ayuda.

En serio. De vez en cuando, Anne envía un paquete con comida con una nota que dice: "Para asegurarme de que comas bien".

Ginny gritó la primera vez que abrió uno de los paquetes.

Después de eso, siempre lo tiraba a la basura antes de que alguien lo viera, porque le traen recuerdos y unos muy desagradables. Verán, Anne es una inventora... A la que le gusta cocinar. Esa es una muy mala combinación. A ella le gusta poner un montón de mierda junta para ver si combinan... Por lo general no es así.

Anne sale por la puerta de la cocina sosteniendo un sartén humeante y con guantes para el horno. Si llevara un enterito, luciría como esos hombres que trabajan con residuos peligrosos de los hospitales muggles. Pone el sartén en el centro de la mesa, mira la comida con adoración y junta las manos antes de quitarse los guantes.

—Espero que les guste. Es lasaña de soja y tofu.

La miro con escepticismo mientras ella pone un poco en un plato para papá.

Mi estómago se agita y no en el buen sentido.

Por supuesto, pone una cantidad enorme en mi plato.

Mi tenedor toca la masa blanda de la lasaña y me reconforta un poco ver que la comida no ha derretido el tenedor... Aún. La picó con el tenedor y miró a mi papá, que se la está comiendo como si estuviera buena o algo así. Es ahora o nunca, así que tomo un poco, cierro los ojos y me meto el tenedor en la boca.

Al principio la pruebo para ver si no me derrite los dientes, pero es inofensiva. Excepto por el sabor. Me cuesta tragar, pero lo hago. Abro los ojos y veo la mirada esperanzada de mi madrastra.

—Mmm...

—¿De verdad te gustó?

Sabe a estiércol de vaca. Bebo un largo trago de agua antes de picar la "lasaña" con el tenedor. No sé si tengo la fuerza y la voluntad para comer más y así proteger sus sentimientos.

—Oh, está maravillosa.

—¿Quieres ensalada?

La ensalada sonaba como una buena idea. Al menos hasta probarla. No quiero ni saber lo que tengo en la boca; es algo crujiente y viscoso, pero lo mastico con cuidado y trago todo antes de intentar sonreírle a Anne.

—Sabe bien.

—Yo misma hice la vinagreta —me informa con una sonrisa.

Eso lo explica todo. Utilizo todas mis fuerzas para concentrarme en la tarea de mantener una expresión seria. ¿De qué demonios hizo la vinagreta? ¿Una mezcla de animales atropellados con una pizca de muerte para conseguir ese agradable sabor ácido? Después de unos peligrosos bocados más, finjo saciedad y se lleva el plato a la cocina.

—¿Has visto el salón? —me pregunta Anne.

Doy un sorbo de agua; es probablemente la mejor parte de la comida.

—Sí.

—¿Qué te pareció? Ha cambiado desde la última vez que estuviste aquí.

«—Rápido, inventa algo. Sé que ha cambiado, pero no sé qué».

—Es muy... —empiezo, haciendo movimientos con las manos, intentando pensar en una palabra y rezando para que sea acertada—. Reconfortante...

Ella hace gestos de felicidad.

—Eso es exactamente lo que quería. El Feng Shui para el alma dice que la clave de una habitación confortable es un camino despejado. Entonces el chi fluye y la mente se relaja.

No tengo ni idea de lo que está hablando.

—Es fascinante.

—Deberías probarlo en tu departamento.

—Por supuesto, lo haremos —miento.

Papá se excusa durante unos quince minutos para salir, probablemente, para fumar. Lo curioso es que mi padre te dirá que no es un fumador; eso no es verdad. No cuenta esas noches en las que se fuma dos o tres cajetillas mientras Anne no se entera de nada, pero yo lo sé. Solo fuma cuando necesita pensar, o eso dice. No cree que cuente, pero si ponen uno de esos anuncios contra el tabaco, emite un gruñido de apoyo como si estuviera pensando en escribir una carta felicitando a la Fundación Antitabaco o como mierda se llame.

Es propio de él creerse inmune a los errores, que es intachable.

—Entonces, ¿qué hay de nuevo contigo? —Anne pregunta durante el postre, el cual he decidido saltarme. Es una especie de cheesecake del que no me fío. Papá está de vuelta; lo engulle como si nunca hubiera comido cheesecake en su vida... Quizá el tabaco le ha debilitado las papilas gustativas.

Me encojo de hombros para disimular la tensión.

—No mucho, estoy cansada. Mañana estaré de guardia por 24 horas.

—Eso es mucho tiempo —comenta, levantándose de la silla para ir a la cocina—. ¿Alguien quiere vino?

Me han ofrecido tanto vino desde que me enteré de que estoy embarazada que mi respuesta es automática.

—No, gracias.

Anne me mira, angustiada.

—Pero es tu favorito. Lo compré para ti. Incluso lo he enfriado como a ti te gusta.

Intento suavizar la situación sin revelar nada.

—Lo siento mucho, Anne, pero no estoy de humor...

—¿Para tu vino favorito? Vamos, solo bebe una copa —intenta tentarme.

Por supuesto, con firmeza me atengo a mi respuesta original.

—No, no quiero. Estoy de guardia.

—Sí, mañana y es solo una copa, hoy.

Mi irritación relampaguea.

Mira, Anne, no quiero una maldita copa de vino.

Parece bastante aturdida por el tono de mi voz. Ahora está a punto de llorar y me siento culpable por haberla atacado. Anne frunce el ceño.

—¿Por qué no?

Papá también levanta la vista y me mira con curiosidad.

, ¿por qué no?

Mi mente entra en pánico, pero estoy demasiado irritada como para temer revelar este secreto.

—Porque no puedo.

Parece que ninguna respuesta les basta. Papá me mira divertido.

—¿Y por qué no puedes?

—¿Por qué eso sería de tu incumbencia? —refunfuñó sombríamente.

—Porque soy tu padre... Y tú eres asunto mío. Entonces, ¿por qué no puedes beber vino?

Mi frustración llega al máximo. No soy asunto suyo; no he sido asunto suyo desde que tenía dieciocho años. Quizá desde hace más tiempo.

—Estoy esperando tu respuesta, Hermione Granger.

Golpeo la mesa con el puño, los platos repiquetean y los sobresalto a los dos.

—Bien, ¿quieren saber por qué no puedo tomar vino? —mis palabras salen antes de que pueda pensarlo—. Es porque estoy embarazada... Así que, si me hacen un favor, déjenme en paz antes de que mis hormonas, que ya están alteradas, me vuelvan loca y vuelque la mesa o me ponga a llorar.

Anne se queda boquiabierta.

Incómoda con el tenso silencio que invade la habitación, Anne, sin decir palabra, se escabulle para esperar a que pase el monzón que está a punto de empezar en este comedor. Papá se limita a sacudir la cabeza, decepcionado. La mirada que me dirige me hace querer hacerme un ovillo. No estoy acostumbrada a que me mire con tanto pesar, como si hubiera cometido un error imperdonable. Niego con la cabeza y me muerdo el labio con fuerza, pero no hay forma de evitar que caigan las lágrimas. Malditos cambios de humor.

—¿Estás qué? —El frío de sus palabras hace que un escalofrío me recorra la espina dorsal.

—Estoy embarazada... —Repito, temblorosa, intentando que mi voz suene más fuerte—. Apenas tengo unas nueve semanas...

—Bueno —habla mi padre después de otro momento de silencio con un encogimiento de hombros—. Puedes abortar, ¿no? Estás en el momento adecuado. Solo tienes que ir y deshacerte de eso, tener más cuidado y seguir adelante con tu vida.

Sus palabras me hacen tambalear. Hasta el punto de que solo puedo quedarme allí sentada, conmocionada e indignada porque me haya dicho eso... Y en mi cara. ¡No lo puedo creer! Es la primera persona que me lo dice tan cruelmente, tan directa y descaradamente, casi con desdén. Como si este bebé no importara, como si fuera una molestia que se interpone en el camino de su hija y su vida perfecta. Nunca pensé que reaccionaría así y de repente me siento disgustada. Me repugna y me duele que mi padre, el hombre que me dio la vida, sea la única persona que no está entusiasmada con este bebé ni con la idea de ser abuelo.

Apenas puedo ver por las lágrimas que se agolpan en mis ojos, suplicando ser derramadas, y estoy temblando. Se me quiebra la voz.

—No es tan fácil, papá.

Da un sorbo a su bebida.

—Claro que lo es, Hermione. Nadie quiere un bastardo. Quizá dentro de un par de años...

Siento que mi cuerpo se pone rígido.

—Bueno, quizá sí —cruzó los brazos con obstinación.

Con desdén, levanta la mano.

—Adelante, hazlo. Arruína tu vida.

—Tengo mucho dinero ahorrado de mi último trabajo. Tengo veintiún años y no hay ninguna razón por la que no pueda tener a este bebé. Soy adulta, es mi cuerpo y haré lo que...

Congelada, me doy cuenta de repente de que he tomado una decisión.

—No sabes nada sobre ser madre.

—En primer lugar, más sobre ser madre que sobre ser padre —le gritó enfadada—. Los padres no apartan a sus hijas cuando ellas los necesitan. Los padres simplemente no alejan a sus hijas.

—Herm...

Mi corazón se acelera mientras sigo despotricando.

—En segundo lugar, ¡no estaré sola! Este bebé tiene un padre que quiere estar en su vida; ¡un padre que está luchando por su vida! Me tendrá a mí, ¡al cien por ciento! Tendrá a mis amigos, que lo querrán como si fuera suyo. Este bebé ya tiene el mundo, papá, ¡y ni siquiera ha nacido!

Por favor —se burla—. El padre te dejará por la próxima puta que encuentre y entonces, ¿dónde estarás? Con veintiún años, un bebé y un montón de mierda. Ningún hombre quiere eso, Hermione.

—Eso no lo sabes —estoy temblando de rabia.

—Esperaba algo mejor de ti, Hermione. Esto no es propio de ti, eres responsable, eres inteligente...

—¿Crees que yo quería que pasara esto? ¿Que lo hice a propósito? ¿Crees que esto fue planeado? No. No soy perfecta, papá, y no puedo estar a la altura de esa imagen perfecta que tienes de mí. Sí, hice algo estúpido. Este bebé fue un error, pero empiezo a pensar que es un buen error; el mejor que he cometido.

—Sé razonable... Deshazte de eso.

Las lágrimas se derraman por mis mejillas.

—No.

—Entonces no quiero que vuelvas aquí hasta que hayas tomado la decisión correcta. Al final, verás que tengo razón... Y quizá cuando seas madura y estés casada, puedas tener un bebé de verdad.

La barrera se rompe y mis hombros tiemblan por los violentos sollozos.

—¡Es un bebé de verdad! Si mamá estuviera viva...

—Pero no lo está, ¿verdad? Te he criado desde pequeña... Solo me tienes a mí.

La determinación que he reunido detiene mis lágrimas.

—Te equivocas. No solo te tengo a ti. Tengo amigos. Amigos que me conocen mejor que tú. Me tengo a mí misma... Y ahora tengo a este bebé. Y, ¿sabes qué, papá? Es todo lo que necesito. Me ha ido bien todo este tiempo y me seguirá yendo bien sin ti.

Mi silla cae al suelo cuando me levanto bruscamente. Tengo el rostro enrojecido, el pulso acelerado y la cabeza palpitante por su ataque hacia mi persona y sus críticas a este bebé.

Tiro la servilleta a la mesa y salgo furiosa de la habitación hasta la puerta principal, sin siquiera mirar atrás, dando un portazo tan fuerte que se rompen las bisagras.

OoOoOoOoOoOoOoOoOoO

Segunda parte: El naufragio de un día

No hay tiempo para gritar ni para correr... Lo único que puedo hacer es prepararme para el impacto que sé que se avecina.

Todo sucede muy rápido.

Acabo de salir de la desastrosa comida y, tras salir a toda velocidad, ciega de ira, recupero la compostura y voy más despacio, pensando ante todo en la seguridad de este bebé.

Mentalmente, he hecho una lista de cosas para hacer: comprar vitaminas prenatales, ir a la librería a por todos los libros sobre embarazo, buscar un obstetra, darle la noticia a Pansy y volver a casa para leer todos esos libros. Pero es curioso cómo la vida interrumpe todos tus planes.

Escucho un chirrido de neumáticos, el impacto del lado del pasajero, el violento crujido de metal contra metal hace que mi auto caiga en picada. Agarro el volante con todas mis fuerzas mientras el auto da vueltas por toda la carretera. Voy dando tumbos hacia delante. Mi cabeza choca con el airbag, que se despliega y, por la fuerza del golpe, me estrello contra la ventanilla, que se hace añicos de inmediato. Me hago para atrás. Creo oírme gritar.

La gente dice que el instante entre la vida y la muerte es el que muestra más claridad. Se lo he oído decir a Harry, que ha estado más cerca de la muerte que nadie. Intento no ser de las que se preocupan por cosas minúsculas o debaten sobre las curiosidades del mundo. Si me lo permito, estoy segura de que puedo llegar a ser esa persona. La vida, ahora mismo, es exactamente lo que es: vivir. No la doy por sentada, no más que cualquier otra persona de mi edad, pero no le presto suficiente atención.

Hasta ahora.

Dando vueltas en una espiral descontrolada, mi visión está borrosa y, aunque sé que hay sol, no lo veo. Todo lo que puedo hacer es aferrarme a la vida. No soy religiosa, pero mientras doy vueltas, rezo. Rezo para que este bebé esté a salvo. Ahora lo tengo todo claro. Sí, este bebé es un error, pero creo que en mi corazón siempre he querido quedármelo. Creo que es mi mente la que finalmente ha aceptado la decisión. Y entonces se acabó y un entumecimiento que recorre el cuerpo. Una parte de mí grita de dolor, pero estoy demasiado mareada como para saber exactamente dónde me duele.

Gimo y respiro entrecortadamente, deseando calmarme. Hay cristales por todas partes y estoy cubierta de fragmentos que brillan a la luz del sol. Maldita sea. Hay mucha luz... No puedo evitar pensar que no debería haber tanto sol en un momento como este. No importa, estoy feliz de estar viva. No tengo que mirar a mi alrededor para saber que mi auto es un desastre. Eso tampoco importa. Nada importa, excepto la seguridad del bebé.

En el momento en que decido quedarme con el bebé, ocurre algo como esto y ahora estoy atrapada entre lágrimas que no puedo derramar y trozos de cristal en mi cabello.

Me cuesta mantener la calma. No puedo pensar en nada excepto en el bebé. No me preocupo por mí. Solo me importa mi bebé... Y me doy cuenta de que estoy pensando como una mamá. Me siento como una madre. Soy una madre.

Así que, por el bien del bebé, me impongo calma, me siento y respiro. Inhalar y exhalar.

Un hombre pelirrojo se acerca corriendo a mi ventana rota y al instante me pregunto si será pariente de los Weasley.

—¿Estás bien?

Inhalo. Exhalo.

Noto que empieza a formarse una multitud en la acera.

«—Mantén la calma, Hermione, mantén la calma».

—Sí —hablo despacio—. Creo que sí. Me duele la cabeza.

Me pone una servilleta en la cabeza, me duele un poco y hago una mueca de dolor.

—Estás sangrando. ¿Cómo te llamas?

—Hermione... Hermione Granger.

—Bueno, ojalá nos hubiéramos conocido en mejores circunstancias, pero soy Ted, soy instructor de yoga y ahora mismo, lo mejor que puedes hacer es mantenerte muy tranquila. Mi mujer está llamando a emergencias.

Suena como un instructor de yoga y puede que no lo conozca y que no lo vuelva a ver, pero ahora mismo, me siento aliviada de que esté aquí conmigo. Hay algo en él que me reconforta y tranquiliza, su presencia y su voz. Me encuentro relajada, cierro los ojos momentáneamente, pongo la mano en mi estómago.

—Bien, lo estoy.

Inhalo. Exhalo.

A continuación, una mujer rubia y delgada se acerca corriendo a la ventanilla, con un teléfono en la oreja, hablando frenéticamente.

—La operadora quiere saber si tienes alguna enfermedad preexistente, señorita...

—Shelly, cariño, se llama Hermione... Y estamos tranquilos.

—Sí, está calmada —respira hondo y actúa con seriedad, aunque le tiembla la voz—. Todos están en camino. Hermione, ¿tienes alguna enfermedad preexistente que debamos conocer?

—Estoy embarazada de nueve semanas.

Shelly jadea audiblemente.

La tranquilidad de Ted se rompe por un momento y murmura.

—Mierda.

«—Bien dicho, Ted, bien dicho. Yo estoy pensando lo mismo».

Encuentra su tranquilidad y doy gracias a Merlín por ello porque, si él se altera, yo también lo haré.

—De acuerdo, vamos a seguir tranquilos, ¿entendieron?

Sí, voy a mantener la calma. Inspiro y exhalo, cerrando los ojos para ralentizar mi ritmo cardíaco. Voy a mantener la calma. No enloqueceré. Oigo los tacones de Shelly tintinear contra el pavimento mientras se aleja y le cuenta a la operadora exactamente lo que le he dicho y creo que le están dando consejos. Ted sigue sujetando firmemente la servilleta en mi cabeza.

Todo queda en silencio. Ahora mismo no lo soporto. Necesito que alguien me hable. Que alguien me hable y me distraiga.

—Ted —habló con la voz temblorosa—. ¿Puedes decirme qué pasó?

—Estábamos justo detrás de ti. Ni siquiera vi el otro auto hasta que se saltó el semáforo y te golpeó. Creo que el otro tipo está borracho. Ahora mismo está desplomado en su asiento; creo que alguien lo está vigilando, para asegurarse de que no huya.

Shelly vuelve rápidamente.

—Me han dicho que no te muevas hasta que ellos lleguen. ¿Hay alguien a quien quieras llamar?

—No me sé de memoria el número de nadie —rebusco en mi bolsillo tan suave como puedo y extraigo mi teléfono—. Pero tengo mi teléfono.

Con un suspiro de alivio, abro mi teléfono. Quedan dos barras. Gracias a Merlín. Me tiemblan los dedos al buscar el botón de marcación rápida a Ginny; rápidamente pulso el botón y me acerco el teléfono a la oreja. Vuelvo a mirar el auto destrozado e intento que no cunda el pánico. Tengo que hacer esta llamada. Tengo que hacerlo.

La multitud de curiosos crece. Oigo algunos gritos entrecortados.

De repente, me siento asfixiada.

Ted murmura.

—Calma, mantén la calma.

Me limito a asentir, aunque siento que estoy perdiendo los nervios.

—Quizá debería hacer la llamada por ti, Hermione —habla Shelly—. Quizá tienes algún traumatismo craneal, una hemorragia interna o algo así. ¿Estás segura de que estás bien?

«—Oh, ¿así que ahora Shelly es doctora?»

—Estoy bien, de acuerdo. Mantendré la calma... —Ojalá, Ginny, conteste el maldito teléfono.

—Probablemente estás en shock.

que estoy en shock. No puedo sentir nada, excepto este latido sordo en mi cabeza donde Ted sostiene la servilleta.

—Shell, ahora no, ¿bien? Estamos tratando de mantenerla tranquila; no hay que alterarla metiéndole ideas en la cabeza, querida.

—Tienes razón.

Finalmente, oigo la voz de Ginny murmurar un rápido hola.

Está en una cita, lo sé, pero me alivia tener a alguien conocido con quien hablar.

—Gin, soy yo. Tuve un...

Por supuesto, ella me interrumpe.

—Hermione, ¿le has dicho a tu padre...?

—Se lo dije. Más bien se lo grité —sacudo la cabeza y vuelvo al tema en cuestión—. Pero eso no importa ahora, en serio, tuve un accidente y estoy en mi auto. Necesito que vengas muy rápido porque creo que me estoy quedando sin energía y voy a enloquecer.

Ginny empieza a entrar en pánico. Lo oigo en su voz y en su respiración.

—¡Mierda! ¿Dónde estás?

Abro la boca para contestar, pero me doy cuenta de que, con todo el alboroto, los giros y las volteretas, no tengo ni idea de dónde estoy. Mantén la calma. Mantén la calma. Ginny grita.

—¡Hermione tuvo un accidente! —lo que no me ayuda a mantener la calma. En vez de eso, cierro los ojos y hablo despacio—. Deja de gritar, Gin. Voy a darle el teléfono a un tal Ted para que él te diga cómo llegar, ¿bien?

—Bien, espera, ¿estás bien?

—No me estoy muriendo —son las últimas palabras que le digo a Ginny antes de entregarle el teléfono a Ted. Mantengo mi respiración tranquila mientras escucho cómo le dice a una frenética Ginny dónde estamos.

Cuando cuelga, me devuelve el teléfono, riéndose ligeramente.

—Tu amiga está muy nerviosa.

—Sí, se preocupa por mí.

—Obviamente, ¿estás bien?

—Sí —estoy intentando no entrar en pánico.

Oigo las sirenas y mi cuerpo se relaja un poco.

Antes de que pueda decir algo, Ted se mueve y de repente en su lugar aparece un ángel; es un bombero. Que inmediatamente se arrodilla.

—¿Estás bien?

Un poco frenética, le respondo.

—Sí, estoy bien. Me duele la cabeza, pero necesito saber si mi bebé está bien.

Le silba a alguien.

—Tráeme eso —y vuelve a mirarme—. ¿Cuánto tienes?

—Nueve semanas.

—Bien —me pone con cuidado el collarín, me desabrocha el cinturón de seguridad y, despacio y con cuidado, me saca del auto y me tumba en la camilla. Comienza a atarme las piernas para mantenerme inmóvil en caso de haber sufrido una lesión grave. A continuación, revisa el auto y desaparece.

Rápidamente lo sustituyen dos médicos. El miedo y el pánico se apoderan de mi pecho y creo que no puedo respirar. Ya no veo a nadie. Ted y Shelly se han ido. Desde mi posición, puedo ver la gravedad del accidente. Mi auto... Mi auto está completamente destrozado. No queda nada del lado del pasajero. Está aplastado hasta el punto de quedar irreconocible.

Se desata el caos.

—Voy a necesitar que responda algunas preguntas...

—Despejen. Tenemos que asegurar la escena...

—En qué punto...

—Tu nombre es...

—¿Tiene dolor abdominal?

Mi cabeza late fuerte y no solo por el dolor, sino por la ansiedad. Estoy al límite.

Ha sido un accidente grave. Me dicen que tuve mucha suerte. La gente que sufre este tipo de accidentes no sale tan bien parada como yo. Se sorprendieron de que no tuviera ningún hueso roto. Pero, ¿y si el bebé…? No, no puedo permitirme pensar así, no ahora. Sobre todo, cuando no sé nada. Quiero gritar, maldecir y decirles que se den prisa y me lleven al hospital, pero, de algún modo, consigo responder a la pregunta del paramédico mientras el otro llama por radio al hospital más cercano. Tengo heridas en los codos, la cabeza y las rodillas, pero no sabrán nada hasta que me hagan la ecografía.

Me estremezco, pero mantengo la calma cuando me aplican peróxido y vendan los cortes y rasguños; me ponen hielo en el corte de la cabeza, que probablemente necesite suturas. Pienso en un remedio mágico... Uno que no implique puntadas.

Cierro los ojos para aliviar mi dolor de cabeza y pronto siento una mano en el hombro.

—Estoy aquí —Ginny me sostiene el hielo de la cabeza y quiero echarme a llorar del alivio que siento—. Estoy aquí, ¿bien? Deja que hagan su trabajo. He llamado a Pansy y se reunirá con nosotras en el hospital, ¿de acuerdo?

Me limito a asentir y finalmente dejo que las lágrimas rueden por mis mejillas.

OoOoOoOoOoOoOoOoOoO

Tercera parte: No hay yo en la palabra equipo

—Oye, vamos a entrar, Mione. —Pansy me rodea firmemente con los brazos mientras Ginny abre la puerta de nuestro piso con la varita. Pansy me ayuda a pasar el umbral de nuestra puerta—. Seguro que tenemos un buen baño relajante para ti.

—No tienen que hacer esto. Yo puedo...

Tanto Ginny como Pansy me miran con reproche, pero es Ginny quien habla.

—Hermione, sabes tan bien como yo que no debes estar sola ahora. Deja de ser tan terca y déjanos ayudarte.

—Sí, Mione, te queremos —sonríe Pansy—. No estaríamos aquí si no fuera así. Ahora, vamos a limpiarte. Todo ese cristal en tu cabello me está poniendo nerviosa. No hace falta que te lastimes más. —Pansy me suelta, saca su varita y, con un movimiento rápido, todos los cristales desaparecen—. Así está mejor.

Las sigo hasta mi baño, me siento en el inodoro mientras Ginny abre el grifo y Pansy saca varias toallas del armario. Pansy agarra mi bata del gancho de la puerta y me la tiende; niego con la cabeza.

—No quiero oírlo, Hermione. Chocaste con un conductor borracho, tu auto está destrozado y acabas de pasar la tarde en el hospital. Me alegro de que estés bien.

—Sí, pero odio ser una molestia.

Ginny me ayuda a ponerme la bata.

—No, tú harías lo mismo por nosotras sin pensarlo. Queremos ayudar. Para eso están las amigas.

Sonrío.

—Gracias, chicas... Por todo.

Me desnudo sin mediar palabra y me meto en la bañera, hundiéndome en el agua tibia y burbujeante que me alivia al instante.

—¿Chicas?

—¿Sí? —responden al instante.

—¿Pueden...? —cierro los ojos y trago con fuerza—. ¿Pueden quedarse?

Ginny asiente y se sienta en el suelo junto a la bañera mientras Pansy se sienta frente a Ginny.

—Estaremos aquí.

Pansy me mira.

—Sabes, está bien llorar. Ha sido un día muy largo.

No necesito más ánimos.

No pasa ni un minuto y ya no noto la diferencia entre el agua y mis lágrimas. Me quedo con la cabeza entre las manos mojadas, llorando hasta que no puedo más. Pansy y Ginny se sientan en silencio mientras lloro para sacarlo todo, el miedo que he sentido hoy, la preocupación, el estrés, el dolor, todo. Y cuando me limpio los ojos con las manos, disfruto de la sensación de estar purificada. Tomo aire y les sonrío a mis amigas.

—Me siento mucho mejor.

Ginny sonríe.

—Qué bien.

Pansy se levanta, va al lavabo y se mira en el espejo.

—¿Ha dicho algo el médico sobre el bebé?

Mis ojos se mueven entre Ginny y Pansy antes de que mi sonrisa se ilumine un poco.

—Que está bien y... Bueno, me lo quedaré.

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Notas: ¡Ahhh! La decisión ya fue tomada, se quedan con el bebé.

Naoko Ichigo