Mente tóxica Parte 6

La doble de Luz alzó la mano derecha con un gesto preciso. La jabalina, aún clavada cerca de la joven humana y la bruja mayor, vibró como si despertara de un letargo antes de salir disparada hacia su palma extendida. Sin embargo, antes de alcanzarla, su forma se disolvió en el aire. En su lugar, emergió una manta, la misma que había llevado en su anterior forma infantil.

—De todos modos... —continuó, mientras se la colocaba a modo de capa sobre los hombros—. Llevabas un buen tiempo fastidiándome con tus sermones baratos.

Descendió suavemente, deslizándose por el aire hasta aterrizar frente a Camille y Luz. Sus ojos recorrieron a ambas con desdén, hasta detenerse en su madre.

—¿Y tú? —su mirada se volvió gélida—. Como no formas parte de mi plan, te pido amablemente que te marches.

Cerró su mano izquierda en un puño y...

—¡Camille!

El suelo se volvió blando y traicionero bajo Camille, arrastrándola como arenas movedizas. Luz reaccionó al instante, aferrándose a su brazo y tirando con desesperación.

—No, no, no. Vas a estar bien... Vas a estar bien... ¡Resiste! Solo...

—Lusine... mi niña... —susurró Camille, dedicándole a su hija una sonrisa triste mientras se hundía más y más—. Lamento haber sido una pésima madre...

Su voz se quebró en un susurro ahogado, desvaneciéndose en el aire justo antes de que el suelo la arrebatara de las manos de Luz. En un instante, Camille desapareció, engullida sin dejar rastro, como si jamás hubiera existido.

—De verdad esperaba no tener que llegar a esto —murmuró Lusine, cerrando los ojos.

Arrodillada en el suelo, Luz alzó la cabeza y clavó en su doble una mirada abrasadora, encendida de furia y desafío.

—¡¿Cómo pudiste hacerles eso a tus padres?! ¡Ellos solo querían ayudarte! —exclamó, extendiendo las manos hacia los hongos anaranjados que trepaban por los troncos como heridas vivientes—. ¡¿No ves el daño que te hace esa porquería?!

Frente a ella, Lusine transformó su manta en una sierra dentada

—¡Cállate y muere! —susurró con un veneno hirviente en la voz.

Sin dudarlo, giró la sierra con una velocidad letal, su filo rugiendo al buscar a Luz… pero solo encontró el vacío.

El golpe rasgó el aire, cortando nada más que la sombra de su enemigo.

—¿Piensas que soy débil? —dijo Luz, reapareciendo de repente detrás de su doble con su característica sonrisa de nutria, pero con un lado oscuro. Su postura era baja y errática, como si estuviera a punto de tropezar a propósito, pero con una agilidad que la hacía lista para moverse en cualquier momento—. Tal vez lo fui al principio, pero la Dama Búho me enseñó magia, y mi hermano me entrenó en el estilo de la nutria ebria.

Lusine atacó nuevamente, la sierra cortando el aire con un rugido ensordecedor. Luz, con un ágil giro y un rodamiento, esquivó el golpe.

—Cuando termine contigo, cada parte de tu cuerpo irá en una linda cesta de picnic —dijo Lusine con voz sibilante, mientras Luz desaparecía de nuevo—. Será un regalo inolvidable para él.

—Lo sabía —respondió Luz, reapareciendo detrás de uno de los árboles del bosque—. Todo esto es por Luis, y yo solo soy un peón en este juego de venganza.

.

.

.

En la sala de la Casa Búho, el tintineo de los frascos se mezclaba con el murmullo burbujeante de los ingredientes desperdigados sobre la mesa. Un aroma espeso y picante flotaba en el aire, envolviendo la estancia en una calidez inquietante.

Eda, acomodada en el gran sofá a la derecha de Lusine, agitaba con paciencia un florero de cristal que contenía un líquido amarillo brillante. Sus ojos destellaban con la satisfacción de un trabajo bien hecho, el reflejo dorado de la mezcla parpadeando en sus pupilas.

—Casi está listo —musitó para sí misma, inclinando ligeramente la cabeza mientras examinaba la sustancia con mirada experta—. Solo falta un último ingrediente. Algo poderoso. La última vez usé unos sacos biliares extirpados, pero…

—¿Qué tal Luminalis? —sugirió Matt desde su sitio, sentado a la izquierda de Lusine.

Eda parpadeó un par de veces antes de soltar una carcajada. Se echó hacia atrás en el sofá con una risa ronca y divertida, su melena blanca agitándose levemente con el movimiento.

—Ay, tontito —dijo entre risas—. Esa cosa se extinguió hace décadas. No hay manera de conseguirla.

Matt se sonrojó y bajó la mirada. Frente al trío, Luis permanecía de pie con los brazos cruzados y el ceño fruncido. Su mente trabajaba a toda velocidad, encajando piezas sueltas en un pensamiento que apenas comenzaba a tomar forma. Y entonces...

—Veré lo que hay en la cocina.

.

.

.

Luz estaba arrodillada en el suelo, escondida tras el tronco rugoso de un árbol. Su libreta de dibujo descansaba sobre la tierra, y su bolígrafo se deslizaba con urgencia sobre el papel. Con la lengua fuera en un gesto de concentración, terminó de trazar el glifo: un círculo de luz, rodeado por dos flechas que giraban hacia atrás. Su única oportunidad.

—¡Luz! —el grito de Lusine retumbó en el bosque—. ¡Estamos solas! Puedes correr, pero no esconderte.

Luz se colocó el bolígrafo tras la oreja derecha y tomó su dibujo con cuidado. Luego se puso de pie, y fijó la mirada en el nuevo glifo.

—Funcionará —susurró con firmeza—. Tiene que funcionar.

Aspiró hondo y contuvo el aliento. Entonces, desapareció.

Lusine frunció el ceño.

—Sal de una vez y ríndete —gruñó, avanzando con su gran sierra en mano—. Porque este es tu fin. Pero como soy piadosa, te daré una muerte rápida.

De pronto, una voz femenina surgió justo detrás de ella, tranquila, pero cargada de intención:

—Ahora ya no estaremos solas, "hermana".

Antes de que Lusine pudiera reaccionar, Luz presionó el glifo de la hoja que sostenía en la mano izquierda con su derecha. Al instante, el papel se transformó en flechas azules luminosas que comenzaron a girar a su alrededor y al de Lusine, formando un torbellino resplandeciente.

Pronto, las extremidades de Lusine comenzaron a encogerse. Su ropa se desvaneció, dando paso a su forma de niña pequeña, vestida con su pijama de visón. Su enorme sierra se deshizo, convirtiéndose nuevamente en una manta que terminó sujetando con ambas manos. Sus ojos se abrieron de par en par, reflejando una mezcla de confusión e incredulidad.

A sus espaldas, la tierra tembló. Camille emergió del suelo con una expresión de desconcierto que pronto se convirtió en alivio.

Al mismo tiempo, como un ave fénix, Manazar se reformó literalmente de las cenizas, con su postura imponente y su mirada serena.

Luz, en cambio, suspiró con alivio al ver que en su brazo derecho había reaparecido la bolsa con las compras del mercado nocturno, la misma que había extraviado desde que cayó en la trampa de Lusine.

—¡Genial, casi todo está aquí! —murmuró con una leve sonrisa mientras revisaba el interior. Luego, dio un salto de victoria y exclamó—: ¡Woohoo! ¡Mi nuevo hechizo de recuperación fue un éxito!

Pero el momento de calma duró poco. Lusine, ahora una niña pequeña nuevamente, apretó los puños sobre su manta y lanzó una mirada furiosa a Luz.

—¡Maldita seas, Luz! ¡Ténlo por seguro que esto no se quedará así!

Antes de que pudiera decir algo más, Camille se acercó y, con suavidad pero con determinación, levantó a Lusine en sus brazos.

—Se acabó, pequeña —murmuró, acunándola contra su pecho mientras le acariciaba la cabeza con ternura—. Has perdido.

Lusine se quedó rígida por un momento, pero luego sus labios comenzaron a temblar y sus ojos se llenaron de lágrimas. La rabia y la impotencia se desbordaron en un sollozo ahogado, y, sin poder contenerse más, rompió a llorar.

Manazar se colocó a su lado, observándola con una expresión comprensiva.

—Shh, aquí estamos… —dijo con suavidad.

Lusine hundió el rostro en el hombro de Camille, aferrándose a su madre como si temiera que desapareciera. Camille la sostuvo con más fuerza, meciéndola levemente.

—No estás sola… —susurró.

Manazar posó una mano en la espalda de Lusine, brindándole su silencioso apoyo.

Luz contempló la escena con una mezcla de alivio y pesar. Al final, todo esto estaba llegando a su fin.

—La familia Nocelum reunida… Supongo que este juego de roles se terminó, ¿no?

Camille le dedicó una sonrisa cálida.

—Mientras sigamos aquí, sigues siendo nuestra "otra hija", así que…

—Ven aquí —completó Manazar con tono amigable.

Luz sonrió y dio un paso adelante, uniéndose al abrazo familiar. Luego, dirigió la mirada hacia Lusine.

—Puede que te lo hayas buscado, pero aun así... lamento de verdad lo que Luis te hizo —le dijo con voz firme, aunque en su tono había un dejo de cansancio—. No voy a justificarlo, porque sé cómo es él. Siempre me ha preocupado su manera de ver el mundo, cómo se aferra a sus propias reglas sin importar a quién lastima en el proceso. Es imprudente, terco, obsesivo y... últimamente, he notado que hay ciertas cosas que lo inquietan más de lo normal.

Hizo una pausa, desviando la mirada por un instante antes de volver a fijarla en Lusine.

—Él me contó todo lo que pasó en el cementerio del espejo, y quiero creerle, pero todavía tengo una duda. En las noticias dijiste que te usó como su juguete… —su voz bajó apenas, volviéndose más inquisitiva—. Sé que a veces la necesidad de imponerse lo consume… pero también sé que hay otras necesidades que pueden nublarle el juicio. Así que dime, Lusine… ¿eso es cierto?

Camille y Manazar intercambiaron una mirada antes de fijar sus ojos en Lusine.

—Dilo, mi pequeño visón con un lado luminoso —instó Manazar con su voz suave pero inquebrantable.

—La verdad, hija —añadió Camille.

Lusine apretó los labios, sus ojos oscurecidos por la duda. Por un momento, la incertidumbre nubló su mirada, pero finalmente, con un movimiento lento y deliberado de su índice, hizo que un cuadro de recuerdo emergiera del suelo detrás de Luz con un sonido seco y profundo.

.

.

.

El cuadro mostraba a Lusine sentada en el cementerio del espejo, su espalda apoyada contra una de las estatuas de los ilusionistas. Su rostro estaba marcado por el desconcierto, su mirada perdida entre la niebla densa que flotaba sobre las lápidas y las esculturas rotas.

¿Estoy viva? —preguntó con la voz vacilante.

Frente a ella, Luis sostenía una bolsa de espectrosporas en su mano derecha, su expresión sarcástica y fría.

Oh, por fin despiertas, Cenicienta Durmiente —dijo con tono burlón, señalando hacia una carreta desvencijada—. Tu carroza espera.

El corcel que la arrastraría era un enorme gusano-ratón, arrastrándose con un sonido grotesco, mientras el guardián del cementerio alzaba los cadáveres de los amigos de Lusine, colocándolos uno a uno sobre la carreta.

Pero primero tienes que limpiar —añadió Luis con una sonrisa de indiferencia, señalando las estatuas rotas que se alzaban como testigos del caos.

Lusine clavó la vista en la bolsa de espectrosporas. Su respiración se agitó, y un impulso desesperado la llevó a extender la mano hacia él.

Dámelas —suplicó con un susurro tembloroso, apenas audible—. Las necesito.

Luis la observó con una calma helada y, después de un momento, replicó con suavidad aparente:

¿Las necesitas? —repitió, como si la idea le pareciera absurda—. Qué curioso. Porque yo necesito que primero repares estas estatuas. Hazlo y después hablamos.

Resignada, Lusine dibujó un círculo mágico con su índice derecho. La magia fluyó desde sus manos, reparando las estatuas, cada fragmento de piedra regresando a su forma original.

Luis la observó en silencio, su mirada fija, como si estudiara cada uno de sus movimientos. Finalmente, cruzó los brazos y murmuró, con una mueca de desdén:

Sabes, no entiendo por qué te juntaste con ellos —dijo, señalando hacia los cadáveres—. Ni quiero hacerlo.

Lusine apretó la mandíbula, pero no dejó de canalizar su magia, cada palabra de Luis como un filo que le cortaba por dentro.

No los conocías como yo —respondió con voz dura.

Luis soltó una risa corta, vacía de humor.

Clásico.

Cuando terminó, Luis la acompañó hasta la carreta. Lusine subió y tomó las riendas, lista para partir, su corazón apesadumbrado al mirar los cuerpos de sus amigos apilados en la parte trasera. El guardián del cementerio los cubrió con una carpa verde y murmuró con una tristeza inexplicable:

Pobres muchachos…

Lusine tragó saliva, el nudo en su garganta ahogando su voz. Miró a Luis, con una mirada que suplicaba respuestas.

Ahora dame la bolsa —le rogó.

Luis la observó por un instante, sus ojos duros, evaluándola. Con un suspiro profundo, sus pupilas se tornaron rojas como la sangre, y en un solo movimiento brusco, envolvió la bolsa en llamas negras. La bolsa se desintegró en el aire, reduciéndose a cenizas ante los ojos horrorizados de Lusine.

Condenado hijo de...

Luis la encaró.

Los vicios no son bonitos.

La respiración de Luis se volvió entrecortada, como si las palabras le pesaran en el pecho. Un par de lágrimas resbalaron por sus mejillas, pero no hizo nada para detenerlas. Simplemente las dejó caer, su expresión reflejando desolación.

Sé lo que se siente cuando algo se mete en tu cabeza y no puedes quitártelo. No importa cuánto lo resistas, siempre te gana.

La atmósfera se volvió densa, el silencio entre ellos cargado de dolor.

Yo también tengo un vicio, ¿sabes? —dijo Luis, su voz rasposa, con una sonrisa amarga que deformaba su rostro—. Necesito sentir el cuerpo de una mujer, entregarme a ese momento, y tal vez algo más salvaje y desenfrenado, como compartirla con alguien más o perderme en una experiencia sin límites, rodeado de cuerpos que me hagan olvidar quién soy o lo que podría ser.

Alzó la vista hacia Lusine, una sonrisa sombría curvando sus labios.

Supongo que tienes suerte de parecerte a mi hermana. Como te dije antes, no soy un monstruo, al menos no del todo. Tengo mis límites.

Con un gesto brusco, se frotó el rostro, borrando las lágrimas con una presión casi violenta, mientras sus pupilas volvían a su color natural, lentamente.

Y si planeas delatarme...

Entonces, le dedicó una sonrisa suave, una que dejó perpleja a la doble de su hermana gemela, mientras alzaba el pulgar derecho en señal de aprobación.

Sería lo correcto.

.

.

.

El cuadro se hundió de nuevo en el suelo, dejando tras de sí un silencio espeso. Luz, con los brazos cruzados, observó fijamente a la familia Nocelum. Sus ojos reflejaban una mezcla de asombro y desconcierto.

—Muy bien… Definitivamente, él necesita ver a un profesional —suspiró, cerrando los ojos por un instante. Luego, se llevó la mano derecha a la frente, como si el peso del cansancio se le hubiera asentado en la piel—. Aunque creo que yo también. Solo mírenme. Me refugio en la fantasía para escapar de la realidad… y eso no es precisamente un signo de cordura.

Camille, con los ojos llenos de lágrimas, sostuvo a Lusine con más fuerza. Su voz temblaba, pero la sinceridad de sus palabras era innegable.

—Lo juzgué mal —murmuró, con un sollozo atrapado en la garganta—. Creí que solo era un pequeño monstruo sin corazón. Pero vi el sufrimiento en sus ojos. Pobrecito…

Luz la miró con tristeza.

—A diferencia de mí, él entendió rápido que la vida es injusta y el dolor, inevitable. Nunca pudo ser inocente ni aferrarse a sueños ingenuos. Además, desde que llegamos a las Islas Hirvientes, se volvió el avatar de Long Horse, un demonio anti-mágico cuyo poder se activa con el sufrimiento. Cada vez que extingue la magia, soporta su propio dolor, reprimiéndolo y convirtiéndolo en su propósito, pero eso no significa que no lo sienta.

Camille bajó la mirada hacia Lusine y le acarició suavemente el cabello.

—Lo que más me duele es haberlo subestimado sin pensar en todo lo que ha soportado.

—Luis es un verdadero héroe a la fuerza —dijo Manazar con pesar.

Un sonido viscoso irrumpió en la conversación, húmedo y pegajoso como carne podrida deslizándose sobre sí misma. Primero fue un murmullo espeso, luego un crujido grotesco. Los hongos adheridos a los árboles comenzaron a estremecerse. Sus colores vibrantes palidecieron hasta volverse de un tono enfermizo, y sus superficies palpitaban como si algo retorcido se agitara en su interior. Un hedor dulzón, casi empalagoso, comenzó a invadir el aire.

Los sombreros de los hongos se agrietaron con un chasquido seco y pegajoso, dejando escapar un aliento fétido antes de abrirse en bocas repletas de dientes irregulares. Entre sus pliegues oscuros, múltiples ojos comenzaron a parpadear, observando con un hambre insaciable.

Pero lo peor vino después.

Las bocas se deformaron, sus rasgos estirándose y contorsionándose hasta que dejaron de ser simples hongos. Donde antes solo había dientes y carne blanda, ahora emergían rostros humanoides, o más bien, horrendas imitaciones de ellos.

Los hongos, ahora con los rostros de Bria, Angmar y Gavin, observaron a Lusine con una familiaridad inquietante. Sus ojos brillaban con un fulgor cálido, casi acogedor, y sus sonrisas eran esas que solo los viejos amigos comparten.

—Lusine… —Bria fue la primera en hablar, su voz suave, envolvente—. Es hora.

—Ya sabes qué hacer —murmuró Gavin, con una sonrisa ladeada, su boca escurriendo un líquido oscuro que ignoró con indiferencia—. No querrás descontrolarte, ¿verdad?

—Siempre a la misma hora —añadió Angmar con dulzura, su tono ligero, casi travieso—. Como debe ser.

El aire se espesó con el aroma dulzón de los hongos, una fragancia cálida, reconfortante, como un abrazo en una noche fría. Lusine sintió un cosquilleo recorriéndole la piel, cálido y envolvente, como la nostalgia de un hogar que sabía que no debía añorar.

—No tienes que resistirte tanto, ¿sabes? —Bria ladeó la cabeza, sus ojos brillaban con una mezcla de ternura y diversión—. Lo hacemos por tu bien.

—Solo un poco y todo será más fácil —susurró Gavin, entrecerrando los ojos como si compartiera un secreto—. ¿No es mejor así?

—No queremos que sufras —canturreó Angmar, su voz trenzada con una calidez embriagadora—. Solo tómala, como siempre.

—No es malo seguir la rutina —dijo Bria, con una sonrisa cómplice—. A veces, lo único que hace falta es dejarse llevar… y obedecer.

Luz sintió un escalofrío recorrerle la espalda.

—Esto es como las pesadillas de Azura… —susurró—. Mamá, Papá, Hermana, ¿qué está pasando?

Camille la aferró con más fuerza, como si temiera que se deshiciera entre sus brazos.

—El cuerpo de Lusine está pidiendo otra dosis.

Manazar suspiró y se cruzó de brazos.

—Su mente se aferra a la adicción, exigiendo más espectrosporas —explicó con voz cansada.

Luz miró a Lusine con el corazón latiéndole en el pecho como un tambor de guerra.

—¡No los escuches, hermana! —exclamó con urgencia—. ¡No dejes que sigan envenenándote!

Camille la sostuvo con fuerza, su agarre temblando entre miedo y amor desesperado.

—¡Resiste, hija! —suplicó.

Manazar, con su voz grave pero cálida, posó su mano izquierda sobre la cabeza de Lusine.

—Tú eres más fuerte que ellos —dijo con convicción—. Lucha, mi pequeña visón… Lucha por ti.

Lusine entreabrió los ojos. Sus pupilas, nubladas, se fijaron en los hongos que siseaban con sonrisas torcidas.

—Nos veremos pronto —susurró.

Pero antes de que alguien pudiera reaccionar, esbozó una última sonrisa—extraña, serena—y su figura se desvaneció entre los brazos de Camille.

.

.

.

De repente, desde la cocina de la casa búho, Luis gritó, casi con desesperación:

—¡Mimosa!

Eda y Matt, aún sentados en el sofá, se miraron, confundidos.

—¿Corchito?

Luis respondió con un profundo suspiro, casi inaudible, como si algo lo estuviera agotando.

—¡Ugh!

Eda frunció el ceño, alzó la voz y exclamó con firmeza:

—¡Luciano Noceda, más te vale que...!

En ese momento, Lusine abrió los ojos y se acomodó en el sofá.

—¡Nena, estás de vuelta! —exclamó Matt, saltando hacia ella y envolviéndola en un abrazo, comenzando a llenarle la mejilla izquierda de besos.

—Eso, eso, así nene, ya extrañaba tus salivosos besos —le dijo Lusine con una pequeña sonrisa, para luego fruncir el ceño y empujarlo, agregando—: Ok, suficiente.

Al alejarlo, su mirada se dirigió hacia Eda, observando la poción que esta sostenía.

—¡Rápido, Dama Búho! ¡Mi...! ¡Oh, no...!

Antes de que Eda pudiera responder, Lusine se volvió bruscamente hacia Matt y lo agarró por los hombros con una fuerza casi desesperada. Sus ojos, desorbitados, reflejaban una ansiedad frenética.

—¡Matty! Por favor. ¡Las espectrosporas! ¡Dámelas, ahora! ¡LAS NECESITO!

—Listo.

Cargando un tazón de cerámica con lo que parecía ser una ensalada y un tenedor dentro, Luis entró a la sala con una expresión decidida.

—Luminalis fresco.

Todos lo miraron, pero él solo se acercó e hizo lo siguiente: primero, clavó el tenedor en el tazón, sacando una lechuga cubierta con un líquido blanco viscoso, y la metió en el florero de cristal que Eda sostenía, haciendo que la poción brillara. Segundo, le entregó el tazón de ensalada a Lusine, quien se tensó al mirarlo a él. Con mirada fría, le ordenó:

—Cómetela toda, te hará bien.

Lusine, todavía aturdida, obedeció y comenzó a comer con ansiedad.

—Tranquila, nena, no te atragantes —advirtió Matt con preocupación.

Mientras tanto, Luis dio unos pasos hacia atrás y sacó su celular, observando la pantalla con satisfacción.

—Nada mal, inseléctricos.

Eda frunció el ceño al olfatear la poción en el florero y luego la ensalada de Lusine. Su expresión se ensombreció de inmediato, reflejando una incomodidad evidente. Sin pronunciar palabra, se puso de pie con brusquedad, le arrojó la poción a Matt y marchó a grandes zancadas hacia Luis.

Sin previo aviso, le propinó una sonora bofetada que resonó en la habitación. Con los brazos en jarra y la voz afilada como una daga, le espetó:

—¡¿Qué, en el nombre de las verrugas de mi espalda, hacías en mi cocina?!