Lavellan

Nuevamente, Lavellan y compañía se dirigieron hacia el campamento, aunque esta vez en peor humor, la tristeza acompañándolas como una más del equipo. Dejaron al sollozante alcalde, que no emitía palabra, a cargo de unos exploradores, que lo llevarían ante la justicia lo antes posible. Lavellan ni se dignó a mirarlo más, sabiendo que su magia haría el resto.

Leliana sabía cómo actuaba ella. Y esa runa, que las conectaba, ya le habría dado un aviso.

El grupo se dirigió hacia Irelin y Strife, explicándoles la situación que se había dado en el cruce, esta vez sin saludos alegres. Mientras se lo contaban, un cuervo sonó en lo alto, casi como un mal augurio.

Pero Lavellan sonrió bajo su capucha, alegre, sabiendo que significaba eso.

Harding desvió su la vista hacia él, cuando vio que se acercaba a ellos, sin explicación, cortando en seco lo que le estaba diciendo a los exploradores.

Súbitamente, el cuervo se convirtió en un halo de luz, transformándose en una bella mujer en un solo instante.

—Me atrevo a decir que no fue más que una mera demostración de fuerza de parte de los evanuris.

La mujer, que se hacía llamar Morrigan, con paso elegante, se acercó a ellos, despacio. Sus ojos negros como el carbón se fijaron por un momento en Lavellan, dedicándole una sonrisilla de complicidad. Su pelo, corto, sujeto por una corona metálica, se agitó, cuando ladeó la cabeza hacia ellos, mientras que su atuendo rojo, extraño, pero fascinante, se arrugó al posar una mano en su cadera. Harding soltó un grito de alegría al verla, juntando las manos.

— ¡Lady Morrigan! —exclamó, mientras se acercaba a ella.

—Para ti solo Morrigan, exploradora Harding— le sonrió de vuelta ella, con amabilidad, al ver el entusiasmo de la enana—. Cuánto tiempo sin verte.

Strife se dirigió a Rook para hacer las presentaciones pertinentes, mientras Morrigan la miraba, con esa sonrisa perenne. Aun así, Lavellan suspiró con pesadez, sabiendo que se venía ahora, mientras sentía como clavaba el rabillo del ojo en ella, al ver su capucha, cubriéndola.

—Rook, te presento a Lady Morrigan, la bruja de la espesura, una vieja...conocida. Pensé que podría ayudarnos —le dijo Harding, ampliando la presentación que había hecho Strife. Se giró hacia la elfa, con una mano levantada. A su lado, estaba Lavellan, quién dio un paso hacia detrás, intentando ocultarse un poco detrás de Neve, mientras Harding le explicaba lo que ya sabía a Rook: que Morrigan, hace años, había ayudado a la Inquisición en la lucha contra Corifeus, siendo una experta en magia élfica, siendo solo superada en conocimientos por Solas.

Lo que era bastante lógico, pensó Lavellan, mientras se colocaba la capucha mejor. Desde luego, no creía que existiese nadie que supiese más que un propio dios élfico antiguo, que había vivido toda la historia en sus propias carnes, a pesar de haber pasado mil años sumido en un profundo sueño.

Morrigan carraspeó, y se inclinó hacia un lado, con humor, mirándola directamente, lo que hizo que Lavellan se encogiese en sí misma.

Ya empieza, ya.

— ¡Inquisidora Lavellan, cuánto tiempo! —exclamó con falsedad, juntando sus manos y haciendo que todo el campamento se enterase, si tenían la audición correctamente. Un silencio incómodo se instauró en el aire, con Strife e Irelin dirigiendo su mirada lentamente hacia ella.

— ¿Has dicho...Inquisidora?

Lavellan se llevó una mano hacia su rostro, maldiciendo a su vieja amiga Morrigan.

Como le encantaba hacerla sentir incómoda. Y ahí iba su plan de mantenerse en el anonimato.

Con un suspiro, bajo su capucha, mirando directamente a los lideres de los exploradores del velo.

—Hola, Strife. Hacía tiempo que no te veía. ¿Desde la última reunión en el Palacio de Invierno, quizás?—preguntó con una mueca incómoda a Strife y saludándolo, tardíamente, mientras ignoraba la sonrisa maliciosa de Morrigan.

Desde que había visto a Strife y a Irelin, los había identificado rápidamente, y había tratado casi de mantenerse en las sombras. No quería quitarle el liderazgo a Rook, quién había empezado a confiar en Lavellan pero el peso de su título hacía que muchas veces que se intimidasen y se dirigiesen solo ella, como la autoridad que era pero sin la verdad por delante, temiendo su ira si la ofendían.

Cosa que no entendía, porque nunca había hecho nada para instaurar ese temor, pensó, arrugando el rostro, mientras se mantenía en silencio, observando a los exploradores, quiénes estaban estupefactos ante su presencia.

Aunque claro, aquella vez que interrumpió el Concilio Exaltado, el consejo más importante de toda Thedas, en mitad del Palacio de Invierno, levantándose sin mirar hacia atrás y dejando a la Divina Victoria con la palabra en la boca...

O la otra vez, cuando acusó al Qun de aquella rebelión con el Aliento del dragón, arriesgándose a una guerra civil...

O cuando apareció de nuevo interrumpiendo el Concilio, declarando la absorción de la Inquisición por parte de la Capilla, sin pedirle permiso a nadie, ni siquiera a la Divina Victoria...

Vale, se dijo, torciendo el gesto, quizás si se tenía merecido la reputación que gastaba. Esa reputación que la ponían como una elfa implacable, tanto en la batalla como en las palabras, que no se dejaba intimidar por nada ni nadie.

—¿Inquisidora? — Strife se inclinó torpemente en una media reverencia, confuso, interrumpiendo sus pensamientos—. ¿Qué hace aquí? ¿Por qué no nos mencionó nada?

Lavellan miró a Rook con una súplica, consiguiendo solo que la elfa se encogiese de hombros, sonriéndole y negando con la cabeza. Entonces, Lavellan movió bruscamente la cabeza hacia Morrigan, dedicándole una mirada que podría fulminar una montaña en un instante.

Morrigan se tapó la boca con la mano, ocultando una risa bajo una falsa tos. Irelin se tapó a su vez la boca pero por la conmoción al conocerla, quedándose sin palabras. Todo el campamento empezó a murmurar, al ver a sus lideres de esa manera y reconociéndola a su vez, algunos incluso atreviéndose a señalarla.

Entonces, Irelin se inclinó hacia Strife, con la boca aun tapada y susurrando:

—Pero... Es muy joven, ¿no, Strife? ¿No me dijiste que la habías conocido hace ocho años? Y que ya tenía sus veintipicos años en ese momento.

Strife asintió, dirigiéndose a Lavellan, quien había escuchado el murmullo perfectamente. Por un momento, rezó a cualquier dios para que Strife no le preguntase. Pero, al parecer, ninguno acudió a su llamada.

—Es cierto, Inquisidora, que no parece que haya crecido...nada. Parece tener la misma edad que cuando la vi en el Concilio —dijo Strife, cruzándose de brazos.

Por culpa de esa pregunta, todas se giraron a mirarla, extrañada. Neve inclinó la cabeza, curiosa, al mirarla.

—Pues sí que pareces joven, ahora que lo pienso. Diría casi de la misma edad que Rook —miró a la pelirrosa, que también fruncia el ceño analizando a la Inquisidora— Y tu tenías, Rook...

—Veintitrés. Tengo veintitrés años —contesto la elfa, en voz baja, con algo de tensión.

Lavellan se encogió de hombros, ocultando su nerviosismo y buscando algo con lo que defenderse.

—Tengo buenos genes, al parecer— comentó con gracia Lavellan, pretendiendo que era una cuestión sin importancia.

Pero había un pequeño detalle y es que no lo era. Más le valía que no preguntasen más, pensó con la tensión acumulándose en todo su cuerpo. En ese momento, Morrigan se acercó a ella, posando sus manos en los hombros de Lavellan, con una sonrisa.

—Lavellan siempre ha tenido muy buen cutis. En la Inquisición le preguntábamos si era mayor de edad, de lo joven que parecía —se inclinó hacia ellos, como si fuese a contar un secreto—. Le llegamos a llamar asaltacunas a Solas muchas veces, por eso mismo.

Lavellan le clavó un codo, mientras se sonrojaba, abruptamente. Morrigan emitió un ruidito de queja, mirándola.

—Es la verdad, Lavellan. Ya sabes que...

—Bueno, bueno, entonces, Morrigan, ¿no? — Rook interrumpió a la bruja, lanzándole un salvavidas a la Inquisidora y posando las manos en la cadera, al ver su incomodidad.

Lavellan casi le plantó un beso, mientras el alivio la recorría de arriba a abajo. Morrigan las miró, alternativamente pero siguió la jugada, suficientemente satisfecha de la incomodidad que había pasado su amiga.

—Exactamente. Estoy aquí para ayudar en todo lo que pueda contra este nuevo peligro, ofreciendo mis conocimientos —informó, posando una mano en sus caderas.

—Eso es de agradecer la verdad— le sonrió Rook, amable, mientras le guiñaba un ojo a Lavellan. Ella solo le sonrió de vuelta, agradecida.

—¡Oh, vaya! No hace falta darlas—dijo Morrigan aunque, esta vez, perdió la sonrisa—. Cambiando de tema, Solas tuvo muy buenos motivos para encerrar a los dioses, aunque parezca el villano de la historia.

A Lavellan no se le pasó esa frase, encarnando las cejas con sorpresa.

¿Eso que oía en Morrigan podía ser algo de admiración hacia Fen'Harel?

Se pellizco en el brazo no protésico, haciéndose daño en el proceso.

Vale, no era un sueño.

Morrigan había alabado a Solas. Por el Hacedor.

—Solo para asegurar, ¿sabes que tu viejo amigo es el Lobo Terrible, verdad? — le preguntó Rook, cruzando los brazos. Morrigan soltó una pequeña risa.

—Eso me han contado, lo que vendría a explicar porque sabía tanto de la historia élfica antigua... y porque se enfadaba cada vez que yo intentaba explicársela—rodó los ojos, apoyando una mano en la cadera, mientras sonría ampliamente ante los recuerdos que probablemente estaba reviviendo—. Aun así, os aseguro que poseo gran parte de conocimiento antiguo.

Lavellan también revivió esos recuerdos, recordando aquella vez que fueron al templo de Mythal, donde Morrigan y Solas no hacían más que discutir sobre los dioses élficos. Sonrió, sin poder evitarlo, aunque esa sonrisa contenía tristeza y añoranza.

Echaba de menos esos tiempos.

Echaba de menos a ese Solas.

Bellara dio toquecitos con el pie al suelo, inquieta al mirar a Morrigan.

—Espero que sea suficiente contra esta nueva amenaza. No queramos que se repita lo del Cruce D' Meta por el mundo —dijo, sombríamente.

—Es nuestra culpa, Morrigan —Lavellan se abrazó a sí misma, agachando la vista—. Lo tuvimos ahí, pero no pude... No pudimos detenerlo. Solo lo interrumpimos, lo que provocó que se escaparan los dioses—Lavellan se mordió el labio, con la culpabilidad quemando por todo su cuerpo. Morrigan se acercó de nuevo a ella, apoyando una mano en su hombro, mientras la miraba con empatía.

—No pasa nada. Encontraremos la forma de superarlos—apretó su hombro, consolándola.

Sabía lo duro que había sido para Lavellan encontrarse con Solas. Probablemente, era la única que sabía lo que le había costado.

La única que sabia todo lo que había sufrido realmente en estos años.

Morrigan se separó de ella, tras un último apretón silencioso, volviendo a su posición al lado de los exploradores—. Podemos empezar a arreglar todo, por ejemplo, dejando de ver a los evanuris como divinidades imposibles y como los magos poderosos y antiguos que son. Necesitamos magia a su altura.

Empezó a moverse en el sitio, pensativa, mientras intentaba buscar alguna solución.

—Por casualidad, ¿no tendría Solas alguna herramienta mágica durante el ritual?

Lavellan entonces lo recordó.

La daga. La daga ritual de lirio de Solas, que sostuvo, mientras apuñalaba a Varric sin piedad. La misma que ella utilizó al poco de ocurrir eso, mientras no le quedaba otra solución.

—Tenía una daga— Harding se adelantó a ella, informando a Morrigan de lo mismo que había pensado Lavellan—. Pero se perdió entre todo el caos— lamentó la enana, agachando la vista.

—Entonces, os recomendaría ir a buscarla. Mejor en vuestras manos que en la de los dioses —Morrigan encogió un hombros, ladeando la sonrisa.

— ¿Podría tener algo más Solas que nos pudiese venir bien? Estamos en su... Bueno, él lo llama El Faro —le informó Rook, llevándose una mano al pelo, jugando con él, inconscientemente.

—¡Oh! — Morrigan juntó las manos, emocionada—. El legendario santuario de Fen'Harel. Se dice que, a través de su eluvian, el Vi'Revas, se podía viajar a cualquier parte del mundo mientras hubiese otro eluvian conectado y en funcionamiento.

—Pero ahora mismo no funciona— comentó Neve, haciendo un ligero puchero—. Solo lleva hacia Arlathan, así es como llegamos aquí.

—Yo puedo echarle un vistazo y arreglarlo, seguramente— Bellara interrumpió, algo nerviosa, mientras entrelazaba sus manos, jugando con sus dedos.

—Estaríamos agradecidas si pudieses arreglarlo, la verdad— la tranquilizó Rook con una sonrisa, agradeciendo la ayuda. Bellara asintió, satisfecha, pero volvió a torcer el gesto.

—Bueno, siempre y cuando siga funcionando como un Eluvian. Con toda esta magia descontrolada...—sacudió la cabeza, desesperada ante los pensamientos que la recorrían—. Es que parece una pesadilla hecha realidad. Nuestros dioses. ¡Nuestros dioses, —recalcó, alzando las manos— están matando y corrompiendo el mundo! — juntó sus manos, nerviosamente, otra vez—. ¿Cómo nos enfrentamos a eso?

Lavellan abrió la boca, para tranquilizarla, pero Rook dio un paso al frente, dispuesta a hablar.

Y Lavellan escuchó a su líder, con una pequeña sonrisa.

—Paso a paso. Y en equipo. Bellara, eres una experta en artefactos élficos. Tu ayuda es inestimable ahora mismo —le dijo Rook, señalando con una mano. A continuación, se giró hacia la maga de hielo—. Neve es la mejor detective que conozco, seguramente podrá encontrar a quién necesitemos. — Se giró hacia Harding y Lavellan, ladeando la cabeza—. Harding, tú eres una exploradora exquisita, encontraremos rápidamente la daga de lirio de Solas gracias a ti. Y tú, Lavellan...—se detuvo, con una sonrisa ladeada, clavando esos ojos tan extraños en ella—. Bueno, creo que no hace falta que diga mucho de ti, Inquisidora— le dijo, con cierto retintín hacia su título, pero de buen grado. Lavellan le devolvió la sonrisa, entornando los ojos, contenta.

Puede que tuviesen sus diferencias, pero Rook le empezaba a caer bien.

Y eso era un gran paso para su amistad, que empezaba a cimentarse, poco a poco.


Las chicas volvieron por un momento al Faro, para descansar un poco. Después de una hora, que aprovecharon para charlar entre ellas, se dirigieron hacia el eluvian de nuevo, quedándose Neve y Bellara, una para recuperarse y la otra para ir toqueteando el Vi'Revas, prometiéndoles que "procuraría no estropearlo para no dejarlas tiradas".

Lavellan rezó a todos los dioses que conocía para que eso fuese verdad. Volvieron al bosque, esta vez en la zona del ritual, dispuestas a encontrar la daga de Solas, sin falta.


Lavellan llegó a las ruinas de la zona del ritual, tragando saliva al ver los escombros que habían quedado tras la explosión mágica. Todo se le venía de golpe, los sentimientos, los recuerdos.

El ver a Solas otra vez, su mirada violeta recorriéndola como si fuese un sueño. Como Varric cayó, apuñalado por el propio Fen'Harel, aunque fuese un accidente.

Lo que tuvo que hacer ella, más tarde, con esa misma daga.

Su respiración comenzó a acelerarse, sin poder evitarlo. Sacudiendo la cabeza, intentó quitarse los malos recuerdos y se acercó a Harding y a Rook, que estaban más delante de ella.

—Tendría que haber disparado— se lamentó Harding, al alzar la mirada hacia las escaleras derruidas, delante suya. Rook negó con la cabeza, frunciendo los labios ligeramente.

—No hubiese servido de nada, Harding. Lo sabes.

— ¡Lo sé, pero...!

— ¿Pero qué? — le cuestionó Lavellan, cruzándose de brazos, al llegar a su lado. Su pelo ondeó con el viento, ya que esta vez había decidido no ponerse la capucha—. ¿A quién le estas echando la culpa, Harding? Porque espero que no sea a ti misma... —bajó el tono de voz, con cierta amenaza en sus palabras.

—¡A nadie, Inquisidora! — le rebatió Harding, furiosa. Lavellan sólo le levantó una ceja, cuestionándola sin decirle nada más. Harding suspiró, rindiéndose ante la evidencia.

—Vale, si, es verdad, a mí misma. Pero es que intentamos acabar con una cosa y solo hemos conseguido dos peores. Y Varric...

—Varric supo lo que podía pasar, Encaje— le debatió Rook, con suavidad—. Todos lo asumimos. Pero no pasa nada. Ahora, es momento de buscar cada uno nuestras fortalezas y aprovecharlas.

Lavellan asintió, en acuerdo con ella. Después, hizo un gesto con la cabeza, indicando uno de los laterales de la escalera derruida.

—Sigamos, vamos a buscar la daga.


Se adentraron en las ruinas, abriendo una doble puerta. Lavellan dirigió una última mirada a lo alto de las escaleras, donde había visto a Solas, sin poder evitarlo. Su corazón dio un vuelco al recordarlo.

Solas, suspiró su nombre en el interior, como un rezo pero ella se lamentó, acto seguido.

Estúpido corazón, se dijo, cerrando por un momento los ojos.

Estúpido mago apóstata, estúpido dios que la había enamorado, tantos años atrás, y ella aún no quería soltarse de esa mano que la llevaba a la perdición, de esos brazos que la habían consolado y abrazado tantas veces, con calidez, para después soltarla, en el peor momento.

Para emplear esas manos en destruir el Velo y destruir el mundo, a la vez.

Pero encontraría la solución. Y lo salvaría, fuera como fuera.

Se dio la vuelta, siguiendo a Rook y Harding, cerrando la puerta tras de sí. Rook señaló un sitio, más adelante. Se veía unos rastros de luz azulada a través de la tierra, como una herida sangrante aún fresca.

—Aquí — se agachó, apoyando la mano en el suelo—. Un rastro de magia pura. Muy fuerte.

—Seguramente, la daga de Solas— observó la Inquisidora, viendo las marcas del suelo.

Ellas le asintieron, en acuerdo con ella, cuando un gruñido se alzó en el aire, tenebroso. Alzaron la vista, en alerta.

Un engendro oscuro estaba al fondo, mirándolas y en su mano...

— ¡La daga! — exclamó Harding, señalándola. El engendro se dio la vuelta y huyó, con la daga en sus manos, como si fuese un preciado tesoro que no quería soltar.

Rook empezó a correr, persiguiéndolo. Las demás siguieron su paso, aunque fueron varias veces interrumpidas por engendros tenebrosos, que derrotaron rápidamente. En una de esas, Rook remató a uno, mientras preguntaba, en alto:

— ¿Por qué demonios se llevaría un engendro la daga?

—Puede que la magia que tiene los atraiga— le contestó Lavellan, rematando a otro con un corte limpio, mientras la miraba.

—Apostaría por eso— apoyó Harding, tensando su arco y soltando otra flecha.

Siguieron persiguiéndolo, deslizándose por una rampa de tierra. Llegaron a un callejón sin salida, donde el engendro de detuvo, gruñendo y chorreando saliva.

—Amigo— jadeó Rook, recuperándose de la carrera—. Eso que llevas en la mano es nuestro.

El necrófago gruño aún más, como si la hubiese entendido. Lavellan no pudo evitar sonreír un poco, al ver esa escena tan cómica.

—Vale, pues si no quieres a las buenas... ¡lo tendrás a las malas!

Rook hizo una serie de gestos con la mano, molesta. El ambiente alrededor del engendro chasqueó y una tormenta se desató sobre él, friéndolo en el acto y haciendo que soltase la daga. Con un lamento, el engendro desapareció por la pared, escalando y huyendo.

Lavellan aplaudió, lentamente, asombrada por la pelirrosa.

—Algún día nos tienes que dar una explicación de tu magia —le pidió a Rook, con la curiosidad en su gesto. Rook ladeo una sonrisa, mirándola.

—Un secreto por un secreto, Inquisidora.

Después, se giró hacia la daga. Lavellan sostuvo el aliento, mientras la pelirrosa se acercaba al arma.

La daga parpadeó, como si se alegrase de verlas. Y Lavellan tragó saliva, mientras veía ese parpadeo, que parecía ser más potente cuando ella lo miraba, como si la daga supiese que había hecho.

Como si se riese de ella.

Rook se agachó delante del arma, con sus ojos brillando por el verde azulado de la hoja.

—La daga. Al fin.

Acercó una mano a ella, pero Harding la detuvo, alzando un brazo. Se agachó, con Rook y Lavellan a cada lado. Con indecisión, cogió la daga en sus manos.

Y entonces, todo se fue al traste.

La daga empezó a iluminarse, como si quisiese rivalizar con la luz del propio sol. De improviso, Harding jadeó con dolor, sus venas iluminándose en azul, haciendo que sus amigas se acercasen a ella, preocupadas. La enana miró a Rook con miedo.

Y Lavellan abrió los ojos desmesuradamente, mientras lo entendía de golpe. La daga de Solas no era el lirio refinado al que ella estaba acostumbrada, no.

Era lirio puro, crudo, como recién sacado de la veta.

Y no se había dado cuenta hasta ahora, porque a ella no le había afectado en el ritual fallido, cuando debería haberlo hecho.

Pero lo peor de todo era que eso estaba afectando a la enana, que torció el gesto, dándose cuenta de este hecho al instante.

—Lirio...

Con un suspiro, cayó a los brazos de Rook, quien dijo su nombre, alarmada. La daga descendió hacía el suelo, cayendo entre ellas. Rook fue a cogerla, pero Lavellan le pegó en la mano, negando.

—No. Es peligroso.

Entonces, posó una mano en la daga, sin llegar a tocarla. Y susurró unas palabras, que una vez robó a alguien, reforzando las runas que estaban en ese arma.

La daga parpadeó, con las runas brillando en su superficie. Lavellan la sostuvo, suspirando, mientras miraba a Rook, que tenía a la enana en brazos, inconsciente, pero viva.

Tendrían que volver al Faro cuanto antes para desintoxicarla.

—Listo. Ahora deberíamos poder...

Súbitamente, el suelo tembló a consecuencia probablemente de esa magia tan potente que había tenido que realizar, enfureciendo a algo desconocido.

Al final, era un hechizo prohibido hace tiempo.

El barranco dónde se encontraban empezó a derrumbarse. Rook y Lavellan cayeron hacia un lado con un grito, sin poder evitarlo y Harding se precipito al vacío, sin Rook poder sostenerla por el golpe que recibió contra el suelo. Rook abrió los ojos desmesuradamente, alarmada mientras Lavellan gritaba el nombre de la enana, alertada.

—¡HARDING!

Las dos se acercaron, asustadas por su amiga, mirando hacia el barranco buscando algún rastro de ella.

—No, joder, no...—murmuró Rook, a su lado, quedándose pálida a momentos.

—Este es el himno eterno, la plegaria y la proclamación.

Justo entonces, la voz de Harding se alzó en lo alto, mezclada con una cacofonía de voces, más antiguas, más profundas.

Una voz que parecía venir de la mismísima tierra.

—Isatunoll.

Harding se alzó de la tierra delante suya, como si las rocas se separasen para ella, como si la hubieran salvado de esa caída mortal, en un estruendo, con un brillo fantasmal azul en los ojos. Su postura destilaba poder, antigüedad, mientras clavaba esos extraños ojos en ella.

Lavellan tragó saliva, acercándose a Rook arrastrándose, mientras esta solo observaba a su amiga, sin palabras, con la daga en la mano, firmemente apretada.

—Libres otra vez. Completos otra vez. Aquí, otra vez. Otra vez...—Hardin inspiró, mirando hacia el cielo, como si rezase haca alguien. Pero, de la nada, Harding se desplomó estrepitosamente en el suelo, con un jadeo. Sus amigas se acercaron, rápidamente, para revisar su estado.

Para comprobar que seguía siendo la enana que conocían.

—Harding— Lavellan puso sus manos en la espalda de la enana, preocupada, mientras Rook cogía sus manos, apretándoselas, con esa palidez en su rostro aún.

—La escucho...

Harding las miró, asustada, saliendo ese susurro de su boca, casi como si no hubiese querido hacerlo. Pero tragó saliva, hablando nuevamente:

—La canción de la roca... la escucho—Bajó su mirada al suelo, confusa— ¿Qué me pasa?

Sin previo aviso, antes de que sus compañeras pudiesen responderle, el engendro de antes apareció, atacándolas por sorpresa. Rook intento alcanzar su daga y Lavellan levantó la daga de lirio, rápidamente pero sabía que no les iba a dar tiempo para contraatacar.

El engendro estaba ya delante suya, gruñendo, mientras abría la boca hacia ella, dispuesto a morderla. Lavellan apretó la daga, esperando el dolor del mordisco.

Pero no ocurrió.

Harding levantó sus manos, defendiéndolas y convirtiendo en roca al engendro, matándolo al instante.

Mythal'enaste...—soltó Lavellan, en un suspiro, con una sensación de Deja'vú, mientras miraba el engendro se rompía deshaciéndose en cenizas.

Esto iba a ser para largo.


Volvieron al Faro, confusas, pero a salvo, con Harding totalmente recuperada de la nada. Se reunieron alrededor de la mesa, con Neve y Bellara, a quiénes le explicaron que había pasado.

Lavellan le acercó un té a Harding, quién se lo agradeció en voz baja, sin alzar la vista. Se quedó de pie al lado del sofá donde estaban Rook y Harding, con Bellara y Neve delante suya. Un silencio se acomodó entre ellas, quiénes no sabían explicar lo que había pasado con la enana.

—Entonces, ¿algo se apoderó de ti? — le preguntó Neve por enésima vez. Y, por enésima vez, Harding le respondió:

—Si. Pero...no es una pposesión, ¿verdad? —preguntó con nerviosismo Harding, el té temblando ligeramente en sus manos.

—No, los enanos no pueden ser poseídos— le respondió Neve—. No están conectados al más allá.

—Pero tampoco pueden hacer magia— continuo Rook—. Y tú la hiciste—frunció el ceño, confusa—. Aunque, realmente, no la sentí como magia. Era...diferente.

Volvieron a sumirse en un silencio pensativo.

Y Lavellan se dio cuenta que era su oportunidad para hablar.

—Una vez, hace diez años— empezó Lavellan, cortando el silencio. Todas las miradas se dirigieron a ella, atentas a sus palabras—, conocí a una enana. Valta. No puedo entrar en detalles, ya que le prometí guardar el secreto— se disculpó Lavellan, mirando a Harding—. Pero creo que puede ser parecido. Traeré unos papeles antiguos sobre esa misión. Te sonarán, pero no llegaste a leerlos nunca, seguramente.

—Valta...—Harding agachó la cabeza, pensativa—. Sí que me suena— Movió la cabeza de un lado a otro—. Pero ¿qué es este poder igualmente? — le insistió Harding—. Se parece al sentido de la roca, ese sentido que obtenemos los enanos y que nos ayuda a detectar los minerales y demás— Harding se detuvo, al mirar a Lavellan, quién había fruncido los labios ante sus palabras—. Pero no es eso.

—No—confirmó Lavellan, cruzándose de brazos. Harding la miró suplicante, buscando respuestas, pero Lavellan solo negó, disculpándose en voz baja.

Rook dio una palmada en el aire unos segundos después, rompiendo la tensión que se instauró en ellas.

—Bueno, sea lo que sea, deberías sentirte orgullosa, Harding— Con entusiasmo, le agarró las manos entre las suyas, sus ojos brillando al mirar a la enana —. Es un don, Harding. Estoy segure.

Harding suspiró, quizás no del todo convencida por la elfa.

—Eso espero. Bueno...— Mirando hacia el techo, suspiro aún más profundo, con muchas preocupaciones envueltas en ese suspiro—. Informaré a los guardias grises de la corrupción...y me echaré un rato.

—De acuerdo. Yo voy a intentar contactar con Solas, para buscar más respuestas de los planes de los dioses— le dirigió una mirada significativa a Lavellan, quién solo asintió, entendiendo que quería decir—. Descansa, Harding.

Harding asintió, aunque Lavellan supo que, en su intento de consolarla, solo le había dado muchas más preguntas que respuestas, mientras otro pensamiento se colocaba en su mente, casi sin quererlo, alterando su corazón y haciendo que latiese más rápido.

Volvería a encontrarse con Solas, una vez más.

Y parte de ella no podía esperar para hacerlo.


Todo había empezado siendo un desastre. El Ritual, el Cruce D'Meta...

Aun así, no se rendían.

Con los ojos puestos en el Lobo Terrible, nuestro equipo nunca supo que esto que le había ocurrido a la exploradora enana solo había el preludio, el preludio de una guerra, entre enanos y dioses, un recuerdo enterrado hace mucho tiempo, en el que Rook confiaba que su amiga podía controlar, pero otros, como Lavellan, sabían mucho más de lo que podían decir.

Ahora, Harding estaba conectada a la roca, a los enanos y a los titanes, con todos sus secretos que solo había que cavar un poco...para desenterrarlos.

FINAL SINOPSIS