Resplandor entre Tinieblas

Por
WingzemonX

Capítulo 161.
Consistorio Extraordinario

El avión del padre Jaime Alfaro aterrizó en Baton Rouge poco después de las ocho de la noche. El cielo estaba totalmente nublado, sin ninguna estrella visible en el firmamento. Había estado amenazando casi todo el día con soltar una fuerte tormenta, pero en general sólo hubieron lloviznas esporádicas que dejaron el pavimento húmedo, y una sensación casi sofocante en el aire.

Desde el aeropuerto, el sacerdote tomó un taxi que lo llevó hacia su destino final, una bonita casa residencial de dos pisos y cerca de madera, a cinco minutos de la Universidad Estatal de Luisiana. El taxi se estacionó justo frente a la casa y, tras pagar su cuota, Jaime se bajó del vehículo, y camino con cuidado por el jardín de césped verde hacia la puerta principal. Parecía un barrio agradable, aunque algo silencioso, pese a que aún no era tan tarde. Quizás el clima impredecible había obligado a todos a refugiarse temprano en sus casas.

Una vez en el pórtico de la casa, y después de limpiarse un poco los zapatos en el tapete delante de ésta, Jaime presionó el timbre, que resonó como una campanilla en el interior. Un par de minutos después, la puerta fue abierta por su anfitriona de esa noche.

—Buenas noches —saludó el sacerdote a la mujer que le había abierto, retirándose su sombrero con cortesía—. ¿Profesora Winter?

La mujer en la puerta le sonrió con amabilidad. Tenía su cabello rubio oscuro sujeto detrás de su cabeza con una cola de caballo, y usaba una blusa holgada y casual; ideal para estar cómoda, considerando el vientre abultado que se notaba discretamente debajo de la blusa.

—Padre Alfaro —murmuró la mujer, no como una pregunta si no como una afirmación—. Bienvenido, pase.

Se hizo en ese momento a un lado, dejándole el camino libre.

—Se lo agradezco —pronunció el sacerdote con gentileza, mientras ingresaba con paso cauto hacia el interior—. Qué acogedora casa.

—Muchas gracias —le respondió la mujer, cerrando con cuidado la puerta de nuevo.

Desde el recibidor, los oídos del padre Alfaro captaron el sonido de un televisor encendido en la estancia a unos cuantos metros de él; voces animadas y sobre actuadas, acompañadas de algunas risas grabadas y música divertida. Un show infantil, supuso. E igualmente supuso que la otra persona que había ido a conocer esa noche, debía estar en esa dirección.

Jaime se sintió tentado en encaminarse directo para allá, pero tuvo la sensatez de esperar y acatar lo que su anfitriona le indicara.

—¿Gusta un poco de té? —le preguntó justo en ese momento la mujer en cuestión a sus espaldas.

—Un café estaría bien, si no es mucha molestia. Sin azúcar.

—¿No es un poco tarde para café? —comentó ella a su vez, un tanto confundida. Jaime soltó una pequeña risilla nerviosa.

—Quizás, pero en realidad no espero dormir mucho esta noche —aclaró—. Traigo aún el horario de Roma, después de todo.

—Un café, entonces —accedió su anfitriona—. ¿Pasamos a la cocina?

La mujer se encaminó hacia el lugar designado que, como Jaime bien supuso, era justo en la dirección contraria a la estancia con la televisión. Así que le tocaría aguardar un poco más, quizás aprovechar para saber más de primera mano con qué estaba por encontrarse, antes de ir de frente. Así que sin chistar, la siguió hacia la cocina.

Al avanzar por el pasillo, se cruzó con una pared de la cual colgaban algunas fotografías, en las cuales la persona más recurrente era, por su puesto, su anfitriona, la profesora Katherine Winter, famosa antropóloga y teóloga de la Universidad Estatal de Luisiana. Pero también había dos rostros que se repetían de vez en cuando en aquellos cuadros: un hombre y una niña.

Jaime no tardó en teorizar de quienes se trataba. Por supuesto, se había enterado de lo que había ocurrido con su esposo y su hija en su última misión en Sudán. Una verdadera tragedia; de esas que te hacían perder la fe…

Al llegar a la cocina, Jaime tomó asiento en la pequeña mesa redonda, mientras la profesora le preparaba su café.

—Tenía muchos deseos de conocerlo —comentó Katherine, mientras el agua hervía y ella echaba unas cucharadas de café instantáneo en una taza—. El padre Costigan hablaba muy bien de usted.

—También de usted, profesora —indicó Jaime, sonriente—. Era un buen hombre. Terrible lo que le ocurrió.

—Sí… terrible —masculló la Katherine en voz baja, y su rostro se ensombreció notablemente al instante.

Las circunstancias de la muerte del padre Costigan, su amigo en común, resultaban aún extrañas, pero todo apuntaba a que había sido un terrible accidente; un incendio provocado por alguna vela caída sobre unos libros en su celda de retiro. Algunos, claro, apuntaban a algo más. Pero para Jaime, y como determinaba su puesto, la mayoría del tiempo si se podía explicar una tragedia como un simple accidente, no había caso en darle más vueltas.

Katherine vertió el agua en la taza, la revolvió con el café, y unos segundos después se aproximó a la mesa con la taza humeante, y la colocó delante de su invitado. Jaime la tomó y la acercó a su rostro, percibiendo un poco su aroma, antes de dar un primero sorbo. No era una maravilla; era difícil para él encontrar un café verdaderamente bueno en esa parte del mundo, en especial siendo instantáneo. Pero cumplía su cometido, aunque le hubiera gustado ponerle un poco del contenido de su licorera para darle más cuerpo, pero no quería que la profesora Winter se llevara una mala impresión de él tan rápido.

—Felicidades, por cierto —pronunció de pronto, desconcertando un poco a su anfitriona que había tomado asiento en la silla delante de él.

—¿Qué? —pronunció confundida. Jaime señaló entonces con su taza en dirección a su vientre—. Oh, gracias —respondió risueña, colocando instintivamente sus manos sobre su panza, casi pareciendo protectora al hacerlo.

—¿Cuánto tiempo tiene? —preguntó Jaime con curiosidad.

—Estoy comenzando mi semana veinticuatro.

—Qué bendición.

—Por supuesto —respondió Katherine, esbozando una escueta sonrisa que, por algún motivo que no supo descifrar, a Jaime le pareció un poquitín falsa.

—¿Ya sabe el sexo?

—Niño. Eso parece.

—¿Y ya pensó en algún nombre?

Jaime notó como la profesora vaciló un momento antes de responderle.

—Ben, como su padre. Él era mi compañero. Falleció durante nuestra investigación en Haven.

—Cuánto lo siento —se lamentó Jaime con sinceridad.

—Descuide —respondió ella con la calma inherente de alguien ya más que acostumbrada a las tragedias en su vida—. Supongo que leyó el expediente.

—Sí, el del caso. Y también el suyo.

Aquella repentina afirmación claramente desconcertó un poco a la profesora Winter, aunque quizás no demasiado. Jaime supuso que entendería mejor que nadie que una investigación exhaustiva tendría que haberse hecho antes de que algún enviado del Vaticano pudiera poner siquiera un pie en esa casa. En su anterior trabajo, las cosas de seguro eran muy similares.

Jaime tomó otro sorbo de su taza, antes de volver a hablar.

—He de decirle que, dados sus antecedentes, me sorprende bastante que haya contactado con la Santa Sede para la revisión de este asunto.

—Y a mí me sorprende que hayan atendido mi petición tan rápido —respondió la profesora con humor.

—Bueno, si seis meses lo considera rápido…

—Si se refiere a mi labor anterior desmintiendo milagros, de cierta forma ambos hacíamos el mismo trabajo, ¿no le parece? —declaró Katherine con ferviente determinación. Jaime la observó con interés—. Ambos revisamos bajo nuestras lupas si la labor de Dios se encuentra presente o no. La diferencia es que yo hacía mis investigaciones siempre con la intención primaria de encontrar la respuesta no religiosa.

—¿Y piensa que yo no hago lo mismo? —inquirió Jaime, algo defensivo.

Katherine no respondió de inmediato, y en su lugar se quedó observando muy fijamente al sacerdote; demasiado fijamente para el gusto de Jaime, tanto que supuso que debía estarlo analizando de alguna forma. Él estaba más acostumbrado a estar del otro lado en esos asuntos.

—¿Cuánto lleva trabajando como Inspector de Milagros, padre? —preguntó la profesora tras un raro.

—Cerca de diez años —respondió Jaime sin vacilación—. Algunos dirían que es mucho, otros que es poco.

—¿Y cuántos casos ha logrado catalogar de forma exitosa como milagro en ese tiempo?

Jaime le sonrió, un tanto divertido por su pregunta. No era inusual que se la hicieran, de hecho. Parecía que era de las primeras cosas que la gente quería saber en cuanto se enteraban qué trabajo hacía exactamente para la Santa Sede.

—He visto muchas cosas interesantes; muchas —le respondió con tono calmado, mientras bebía un pequeño sorbo de su taza—. Le aseguro que aburrido no ha sido. Pero si algo he podido sacar de todas estas experiencias, es que el enfoque que personas como yo, o personas como usted, tenemos al hacer esta labor, necesita ajustarse un poco.

—¿Qué quiere decir? —preguntó Katherine, confundida.

—No hay forma científica de probar un milagro, ¿correcto? —señaló el sacerdote—. Lo único que podemos hacer es usar la ciencia a nuestro alcance para poder explicar lo inexplicable. Y si algo no puede ser explicado por la ciencia, entonces la conclusión es que es obra de Dios. Pero la realidad es que debemos de considerar un tercer, e incluso un cuarto, factor en ese panorama.

Katherine guardó silencio unos instantes, mientras su cabeza daba vueltas en aquella afirmación, y las piezas encajaban para darle forma a una posible idea.

—¿Al Diablo?

—Por supuesto que sí —exclamó Jaime, riendo un poco—. Siempre es probable que el Oscuro tenga sus manos metidas, intentando engañarnos. Pero también puede haber algo más, ¿no lo cree? Cosas que resultan imposibles de explicar por nuestra ciencia actual, pero que tampoco tienen por qué tener a Dios o al Diablo involucrados.

—¿Algo cómo qué?

—No lo sé —respondió Jaime encogiéndose de hombros, antes de dar otro sorbo de su café—. ¿Extraterrestres, quizás? Si lo supiera, haría mi trabajo mucho más sencillo, se lo aseguro.

Katherine lo miró, claramente confundida por sus extrañas palabras. Quizás se rompía un poco la cabeza intentando entender a qué punto quería llegar con aquello, y quizás el propio Jaime se lo preguntara también. Pero era probable que no hubiera uno como tal; parafraseando a esa película que ciencia ficción que había salido cuatro años atrás: "los viejos como yo ya no nos molestamos en llegar a un punto."

Tras un rato de deliberación, Katherine pareció rendirse con aquello, y mejor dirigir la conversación hacia donde ella misma deseaba llegar en un inicio.

—Quizás no pasé diez años investigando y desmintiendo milagros como usted, padre. Pero le aseguro que en todas mis investigaciones y viajes, nunca vi algo siquiera similar a Loren. Y podría apostar que usted tampoco.

Jaime se sintió poderosamente intrigado por aquellas palabras, y en especial por la convicción que las acompañaba. Dio un sorbo cuidadoso de su taza, y la colocó con delicadeza en el platito delante de él, decidido a dejarla de lado de momento.

—¿Qué cree que es, profesora Winter? —preguntó Jaime con sincera curiosidad. Sabía lo que el expediente decía sobre las cosas que la niña había hecho, pero en verdad quería saber cuál era su teoría, considerando su trasfondo de experiencia.

Katherine adoptó una postura mucho más seria, pero se le notó un tanto cohibida en un inicio. En el fondo, por más convencida que estuviera de lo que estaba por decir, era bastante consciente también de lo absurdo que podría llegar a sonar.

—¿Lo que yo creo? —masculló en voz baja—. Creo que es un ángel, padre; en toda la extensión de la palabra. Una enviada a la Tierra por Dios mismo con una misión.

Jaime sonrió, intentando no parecer condescendiente al hacerlo. Por supuesto, no era la primera vez en sus diez años realizando esa labor que escuchaba a alguien hacer una afirmación como esa, o parecida. Aunque rara vez venía de alguien que había dedicado una parte importante de su vida a desacreditar justamente ese tipo de cosas.

—¿Y qué misión es esa? —preguntó, curioso.

—Eso no lo sé —admitió Katherine—. Y al parecer Loren tampoco. Por eso esperaba que justo ustedes pudieran ayudarla a descubrirlo. Yo sé que ella está aquí para lograr algo grande; algo que cambiará al mundo entero.

—Qué interesante —indicó el sacerdote, asintiendo—. Bueno, al menos ha captado mi curiosidad, profesora. ¿Cree que pueda conocerla ahora?

—Seguro —Katherine sin dudarlo, y rápidamente se puso de pie; o al menos lo más rápido que el peso adicional que debía cargar en ese momento se lo permitió—. Está en la estancia. Acompáñeme.

Jaime no tuvo que escuchar la invitación dos veces, antes de también levantarse de su silla y seguirla de regreso al pasillo.

—Por cierto, acepto esa apuesta —comentó abruptamente cuando ya cruzaban el marco de la cocina.

Katherine se giró a mirarlo con confusión.

—¿Disculpe?

—Dijo que está segura de que nunca he visto algo como esta niña —aclaró Jaime—. Bueno, le apuesto cincuenta.

La profesora no pudo evitar soltar una risilla divertida por tan repentina y curiosa propuesta, en especial considerando de quién venía.

—¿Acaso tiene permitido apostar, padre? —preguntó con sincero interés.

—El padre Alfaro, quizás no —le contestó él con tono divertido—. Pero Jaime, bueno, a ese muchacho le gusta ponerle un poco de emoción a la vida.


Roma se encontraba realmente movido y concurrido esa mañana en torno al Vaticano. Tres días atrás, se había dado a conocer la noticia de que el Papa había convocado a un consistorio extraordinario del Colegio Cardenalicio, que se reuniría justamente ese día en el Salón del Sínodo a puerta cerrada, salvo por algunos invitados especiales.

El motivo concreto del consistorio no se había dado a conocer de forma pública, salvo que era para discutir asuntos de carácter urgente concernientes al futuro de la iglesia. Una declaración tan vaga, pero que a la vez escondía detrás una dosis de alarma, disparó de inmediato las teoría de la gente. Se barajeaban multitud de ideas, incluyendo incluso la dimisión del Santo Padre.

Fuera el motivo que fuera detrás de esa reunión, debía ser algo muy importante para haber sido convocada con tan poca anticipación. Se esperaba que se hiciera algún comunicado al final de ésta para acallar todas las dudas y preguntas.

Acudiendo a la invitación abierta del sumo pontífice, en los últimos días los cardenales habían ido llegando a la Santa Sede desde diferentes partes del mundo. Se esperaba que acudieran la mayoría, salvo aquellos que por salud u otras obligaciones le fuera imposible realizar el viaje.

Pero los cardenales no habían sido los únicos que habían tenido pocos días para planear el viaje, empacar sus cosas y subirse a un avión. Adicional a ellos, los periodistas, algunos curiosos, y otros más habían tenido que hacer casi lo mismo, desde puntos remotos del mundo. Y entre ellos se encontraba la hermana Greta Fraueva, a quien de alguna forma la noticia del consistorio le había llegado hasta lo más profundo del Amazonas en donde se encontraba realizando una investigación, y tuvo que volver en carrera a la ciudad con tal de poder estar en Roma ese día; y aun así, le tocaba llegar al menos una hora tarde de lo programado.

Greta había entrada al Vaticano esa mañana, pareciendo casi una más de los tantos turistas que visitaban el recinto, aunque con mejores credenciales. Aunque era una mujer consagrada a Dios en cuerpo y alma, no era una monja en el sentido estricto (ya no, al menos), por lo que su vestimenta resultaba menos rigurosa. Esa templada mañana de noviembre, su atuendo era una blusa blanca holgada, una falda larga color beige, con un abrigo delgado café atado con un cinturón alrededor de su cintura, y unas botas gruesas de suela ancha, ideales para caminar en la selva. Completando su look iban un par de grandes gafas oscuras, y un vaso de café de Starbucks en su mano derecha, del cual daba uno que otro sobro mientras se dirigía con paso firme a donde se suponía debía estar.

Estaba cansada, con sueño, hambre, y le dolían los pies y la cabeza. Pero estaba acostumbrada al sufrimiento; era una parte constante de su labor. Lo que en verdad no toleraba era que la hicieran pasar por todo eso, sin siquiera una explicación más detallada del porqué. Ya que a ella tampoco le habían informado cuál era la urgencia de todo ese asunto; sólo que tenía que dejar todo lo que estaba haciendo, y estar ahí. Y como mujer obediente temerosa de Dios, descripción que al parecer debía ser un halago, hizo lo que le pidieron y ahí estaba.

Pero eso no significaba que no quisiera algunas respuestas. Y justo se encontró con la persona que quizás podría darle algunas, mientras se dirigía a la sala de la reunión.

Su colega, el padre Leonardo De Carlo, al parecer aguardaba por ella. Lo divisó ahí parado justo en la entrada del edificio al que se dirigía, mirando nervioso y ansioso su reloj. Reconoció de inmediato su complexión fornida, hombros anchos y cabellera rojiza con marcadas entradas. Vestía por su puesto su atuendo de sacerdote y su alzacuello blanco. En cuanto percibió la presencia de Greta, se giró rápidamente hacia ella, casi alarmado.

—Greta —pronunció con una interesante mezcla de alivio y enojo—. Gracias a Dios, ya estás aquí.

—Hola a ti también, De Carlo —le saludó ella de malagana, pasando a su lado y siguiendo de largo sin intención de detenerse ni un instante—. Gracias, a mí también me da gusto verte. Qué amable, tú también te ves bien.

El sacerdote bufó con molestia y se apresuró a andar a su mismo ritmo por el impoluto pasillo iluminado de techos altos.

—Ya habrá tiempo para tu sarcasmo, hermana —le recriminó—. Ahora tenemos que apurarnos, el consistorio ya debió comenzar. ¿Por qué tardaste tanto?

—¿En serio lo preguntas? —le respondió Greta con marcado desdén—. Me acabo casi literal de bajar de un vuelo de once horas. Vine lo más pronto posible, dado lo apresurado de todo esto. Y estaba a mitad de un trabajo importante que tuve que dejar a medias, si acaso debo recordártelo.

—Créeme cuando te digo que esto es más importante que cualquier otro caso que hayas estado investigando por allá.

—¿De qué se trata entonces? ¿Por qué tanto misterio? —cuestionó la religiosa, marcadamente exasperada.

Al no recibir una respuesta inmediata, la hermana se detuvo abruptamente, e hizo que su acompañante hiciera lo mismo, tomando firmemente su brazo con una mano. Y era bastante fuerte, en realidad; incluso un hombre grande como De Carlo, tenía que detenerse si ella lo "solicitaba" de esa forma.

El sacerdote se giró a mirarla, y Greta se retiró de un tirón sus lentes oscuros con la otra mano. El sacerdote notó de inmediato la chispa de decisión que brillaba en sus ojos cafés.

—¿Tiene acaso que ver con la Orden Papal 13118? —preguntó Greta sin vacilación alguna en su voz.

De Carlo rehuyó de su mirada, girándose hacia el lado contrario. Carraspeó un poco, y con un movimiento brusco de su brazo se zafó de su agarre.

—No sé mucho, ¿de acuerdo? —le respondió con algo de tosquedad—. El Cardenal Montgomery nos dará los detalles que debamos saber, en cuanto termine su presentación ante el Colegio de Cardenales.

A Greta no le convencía una explicación tan escueta como esa, pero supo que no podría sacarle nada más de momento. Así que sin chistar, reanudó la marcha, y De Carlo igual un instante después.

—¿Y en verdad nos dejarán presenciarlo? —preguntó Greta, curiosa.

—Es una ocasión especial, así que sí.

—No creerás que realmente lo han encontrado… ¿o sí?

De Carlo vaciló un instante antes de responder.

—No lo sé —susurró con voz enigmática—. Sólo estoy seguro de que el cardenal no hubiera pedido este consistorio si no tuviera algo importante que presentar.

Hizo una pausa. Un par de hombres en sotanas negras pasaron caminando por el pasillo en su dirección contraria, y De Carlo guardó silencio hasta que estos estuvieron a una distancia adecuada. No tenía ningún motivo objetivo para hacerlo; no era que estuviera por pronunciar algún secreto de estado, en realidad. Pero simplemente no se sintió cómodo para hacerlo, hasta que no hubiera ningún otro par de oídos ajenos cerca de ellos.

—¿Supiste lo de Alfaro? —preguntó de pronto, tomando visiblemente por sorpresa a su acompañante.

—No —respondió Greta, dibujando una nada disimulada expresión de desagrado—. ¿Qué hizo ahora ese viejo ebrio?

—Greta —le reprendió De Carlo, alarmado por sus palabras.

—No empieces, que tú sabes muy bien la opinión que tengo de ese…

—Falleció, Greta —musitó De Carlo en voz baja, pero agresiva.

Aquello impresionó tanto a Greta, que sus pasos se detuvieron al instante, como si hubiera perdido de pronto la movilidad de todo el cuerpo. Sus ojos se abrieron muy grandes, y se fijaron en su acompañante, incrédulos.

—¿Qué? —susurró despacio—. ¿Hablas en serio?

De Carlo asintió lentamente.

—Tampoco tengo todos los detalles de eso, pero creo que una cosa está relacionada con la otra. Dicen que descubrió algo, y lo comunicó antes de morir. Y que ese es el motivo de todo esto.

Greta escuchó sus palabras, las entendió y guardó en algún rincón de su mente. Sin embargo, no las procesó del todo en ese instante, pues su mente aún estaba ocupada con la primera noticia.

¿Jaime Alfaro estaba muerto? Ambos habían tenido sus diferencias por años, pero nunca le hubiera deseado la muerte. Se preguntaba cómo había sucedido. Lo último que supo era que lo habían llamado como Inquisidor para juzgar los hallazgos de sus colegas del Scisco Dei en Estados Unidos. ¿Había sido ahí en donde había ocurrido? El hombre había recorrido el mundo entero, yendo a lugares peligrosos y lejanos al igual que ella, ¿y había terminado muriendo en los Estados Unidos? Qué destino tan poco envidiable…

Pero no podía ignorar el hecho de que no era el único de sus amigos (si es que podía considerar a Jaime como tal) que había muerto repentinamente en aquel país. E irónicamente, los dos nombres que rondaban su mente tenían bastante relación; más de la que a Greta le gustaba.

—¿Estás bien? —escuchó la voz de De Carlo pronunciar a su lado, y sólo hasta entonces fue capaz de reaccionar de nuevo.

—Sí, claro —respondió en voz baja, intentando demostrar entereza—. Qué Dios lo tenga en su gloria —añadió, al tiempo que se persignaba rápidamente.

—Amén —respondió De Carlo con Solemnidad—. Vamos.

Los dos reanudaron rápidamente su marcha. Si ya iban tarde antes, ahora con mucha más razón.

Mientras avanzaban, un pensamiento rápido cruzó por la mente de Greta, aunque intentó por todos los medios deshacerse de él de inmediato: "al menos ahora, quizás, Gema y él pudieran estar juntos en la otra vida..."

Ambos se encontraban a pocos pasos de las puertas de la sala de reuniones, por lo que no tardaron mucho en llegar hasta ella. No obstante, y como era de esperarse, la puerta era custodiada por dos miembros de la Guardia Suiza, y por un obispo de sotana negra y solideo morado. En cuanto los dos recién llegados parecieron tener intenciones de pasar, los dos guardias cerraron sus lanzas entorno a la puerta, y el obispo se paró justo delante de ésta.

—No pueden pasar —les indicó el obispo con dureza. Y al hacerlo, fue claro cómo su mirada se fijó significativamente más en Greta que en su acompañante.

Antes de que Greta usara aquello como excusa para desquitar aún más su estrés de la mañana, De Carlo se apresuró a intervenir.

—Soy el padre Leonardo De Carlo del Scisco Dei, y ella es mi colega, la hermana Greta Fraueva. Tenemos permiso especial del Cardenal Montgomery para asistir al consistorio como oyentes.

El obispo miró a cada uno con marcado escepticismo en su rostro; y de nuevo, Greta juraría ante Dios Padre que su desdén era mayor al mirarla a ella. El obispo resopló un poco, y tomó en ese momento la tableta electrónica que llevaba bajo su brazo y la revisó rápidamente; posiblemente en efecto buscando la lista de personas autorizadas.

El asombro fue más que evidente en su rostro en cuanto en efecto encontró justo los dos nombres que le acababan de dar, acompañados de dos fotografías que concordaban con las dos personas frente a él, aunque tuvo que mirar a Greta varias veces antes de estar seguro.

Sin tener más herramientas para retenerlos, se hizo resignadamente hacia un lado, y le indicó a los guardias que hicieran lo mismo.

—Adelante —pronunció el obispo con reticencia.

—Dios los bendiga —le respondió Greta con una sonrisita sarcástica en los labios mientras pasaba a su lado. De Carlo se apresuró a simplemente pasar, sin decir nada.

El recinto estaba ocupado a quizás un cuarto de su capacidad, lo que hacía quizás un poco extraño que hayan elegido un sitio tan amplio para una reunión como esa, que casi parecía más una sala de ópera o para conciertos de alguna índole.

Al ingresar, lo que primero que Greta y De Carlo notaron fue el mar de solideos rojos adornando las cabezas de los cardenales presentes. La mayoría estaban sentados en los asientos de las filas de más adelante en las gradas. Sin embargo, en el escenario principal se hallaba una larga mesa ocupada por ocho cardenales, cuatro a cada lado; y en el centro de ellos, en el lugar de honor, por supuesto se encontraba en Santo Padre en persona, sobresaliendo de entre todos por sus ropajes pulcros y blancos, y el solideo del mismo tono en su cabeza. Su asiento semejaba ligeramente a un trono de espalda alta, aunque aún mantenía cierta modestia en su diseño.

Había algunos otros invitados como ellos, que se distinguían por usar ropajes diferentes, y de los cuales Greta intuyó que ella era la única mujer; no le sorprendió. Pero en su mayoría eran cardenales; hombres mayores de túnicas negras y distintivos rojos. Greta contó que de debían ser alrededor de cien, quizás un poco más, contando a los sentados en la mesa. No estaban todos, pero eso era lo esperado. De hecho, le sorprendía que en verdad hubieran acudido tantos; por la premura del llamado, pero también si acaso el tema que iban a tratar era justo el que Greta sospechaba.

Entre los presentes que presidían la mesa de honor, Greta y De Carlo divisaron de inmediato al cardenal Montgomery, sentado a dos lugares a la derecha del Papa. Aunque no era muy difícil verlo, pues era el único de pie en ese instante, con el micrófono de su lugar en la mano, por el cual hablaba con firmeza, mientras todos los demás, incluido el Papa, lo escuchaban atentamente.

—…todos estos últimos incidentes que les he relatado, y que se suman a todos los ocurridos en los años anteriores, han estado pasando en tan sólo el último par de meses, en diferentes ciudades de la costa oeste de los Estados Unidos; principalmente en Los Ángeles.

—Cómo me lo temía —suspiró De Carlo—. El cardenal Montgomery ya comenzó.

La buena noticia era que parecía haber empezado hace poco. De Carlo ya conocía bien la descripción de los hechos que el cardenal iba a relatar ese día, así que igual luego podría darle un resumen a su compañera.

Le señaló rápidamente a Greta dos asientos en la fila central, y de inmediato se dirigieron a ellos intentando no hacer ruido ni perturbar. Ambos tomaron asiento a lado del pasillo, y escucharon atentos. Greta dio un sorbo de su café de forma despreocupada, y sólo hasta entonces De Carlo recordó que lo traía consigo, y se maldijo por no habérselo quitado en la puerta.

Por su lado, el cardenal continuaba hablándoles claro y directo a sus demás colegas, con solidez y fuerza en cada una de sus palabas. Todos los cardenales presentes, y por supuesto el Santo Padre, tenían sus miradas y sus oídos bien puestos en él; aunque con emociones diferentes dibujadas en sus rostros.

—Muertes, accidentes, sucesos inexplicables —recalcó Montgomery—. Y todos ellos han tenido de una u otra forma como centro a una sola persona en común. El sospechoso en cuestión del que ya les he hablado largo y tendido: Damien Thorn, de diecisiete años.

Aquel nombre hizo retumbar algo en la cabeza de Greta.

—¿Damien Thorn? —repitió en voz baja, mirando a su acompañante con expresión inquisitiva. Éste se limitó, de momento, a sólo asentir.

A Greta aquel nombre le sonaba de algo, pero no ubicaba de momento de dónde.

El cardenal continuaba con su exposición, sin disminuir la intensidad de su voz.

—La gran mayoría de la información que les he compartido, ya era del conocimiento de los cardenales Robles, Erasmus y O'Brien. Sin embargo, a esta larga lista de tragedias, con pesar debemos sumar la muerte de nuestro colega, el padre Jaime Alfaro de la Compañía de Jesús, designado como Inquisidor para evaluar los hallazgos del padre Babatos en los Estados Unidos. Los hechos completos detrás de esta tragedia se siguen investigando. Pero de lo que tenemos certeza es que esa noche, poco después de su conferencia con los cardenales, el padre Alfaro se presentó en el pent-house de Thorn en Beverly Hills, con intenciones aún desconocidas. Ahí recibió un disparo, herida que le provocaría la muerte al corto tiempo. Se suscitó poco después una explosión de origen desconocido. Pese a sus heridas, el padre Alfaro de alguna forma logró bajar desde el pent-house a la planta baja, en donde los paramédicos en escena intentaron socorrerlo. Sin embargo, tal parece ya no había mucho que pudieran hacer por él.

»Pero el hecho más importante, y que hace necesario que se revise todo lo antes visto con mayor cuidado, es la declaración del padre Alfaro antes de morir, y que fue compartida con el padre Babatos. El padre Alfaro aseguró haber visto claramente la marca de la bestia, en la parte trasera de la cabeza de Thorn, durante su confrontación en aquel pent-house. Según nos relata el padre Babatos, sus palabras exactas fueron las siguientes…

El cardenal tomó el manojo de papeles que usaba como sus notas, y ubicó justo la parte que necesitaba, para leerla textualmente:

—La vi, vi la marca de la bestia en el cuerpo de Thorn. Está en su cabeza, oculta entre su cabello, pero yo la vi. Fue completamente calcinado vivo, pero en su carne quemada la marca se mantuvo intacta, y pude verla claramente. Era la marca del Anticristo, tan perdurable que ni siquiera el fuego mismo la borró. Damien Thorn es el Anticristo, yo vi con mis propios ojos de lo que es capaz. Se levantó de entre los muertos como si nada. La Orden Papal 13118 debe ser ejecutada cuánto antes…

Al terminar de leer, el cardenal bajó sus notas y alzó su mirada. La sala entera se había sumido en un profundo y casi escalofriante silencio, mientras todos de seguro intentaban terminar de procesar tan electrizante descripción. Sin importar la opinión que cada uno pudiera tener sobre el tema que se estaba tratando, era difícil que aquellas palabras dejaran a cualquiera indiferente.

En el caso de Greta, era evidente que aún le faltaba llenar algunos huecos para tener la imagen completa de los hechos. Aun así, la descripción del cardenal le había servido para comprender algunos puntos importantes.

Frederic Babatos había estado investigando a este tal Damien Thorn en los Estados Unidos, y creyó descubrir algo lo suficientemente sustancioso como para solicitar la presencia de un Inquisidor, en este caso Alfaro, para que examinara sus pruebas y diera su veredicto. El procedimiento estándar establecido en la Orden Papal 13118, y que se había aplicado ya varias veces en esos últimos diecisiete años con diferentes candidatos.

Hasta ahí no había nada extraño, y resultaba una historia que Greta ya había escuchado en otras ocasiones. Sin embargo, el resto de lo que el cardenal había dicho era lo que no tenía sentido para ella.

¿Alfaro había ido a encarar él personalmente al muchacho candidato a ser el Anticristo? Eso era justo lo contrario a lo que un Inquisidor debía hacer para mantener su objetividad. ¿En qué estaría pensando? El tipo no le caía nada bien por motivos personales, pero nunca lo hubiera tachado de alguien tan imprudente… al menos cuando estaba sobrio. Aunque independientemente de eso, resultaba impactante escuchar que fue justo eso lo que provocó su muerte, lo que hizo que a Greta volviera parte del impacto que había sentido hace rato cuando De Carlo se lo contó. Pero también le hacía cuestionarse si el cardenal Montgomery y sus demás colegas del Scisco Dei no estarían tomando todo eso como un intento de venganza.

Necesitaba saber más detalles sobre cómo había sucedido exactamente esa muerte.

Pero si lo ya dicho no era suficiente, encima de todo eso, ¿resulta que convenientemente en su enfrentamiento con ese chico había logrado ver la marca de la bestia en él, y sobrevivido lo suficiente para informarle de eso a Babatos? Esa parte de la narrativa en particular no le olía bien, y estaba segura de que no sería la única en esa sala con la misma sensación.

Una vez que las emociones se asentaron, el cardenal Montgomery siguió hablando.

—La marca de la Bestia era la última condición que siempre hizo dudar de cualquiera de los sospechosos anteriores. Pero en esta ocasión contamos, por primera vez, con una declaración de parte de uno de nuestros Inquisidores más confiables, ni más ni menos, de que la marca está ahí, presente en este muchacho.

»Eminencias, Su Santidad, es nuestro deber honrar el deseo de nuestro hermano caído, y hacer lo que es nuestro deber. Es por eso que solicito, en base a todo lo que han oído, que se le permita a la Oficina de Exorcistas, y a su rama de avanzada, la Orden del Scisco Dei, a ejecutar las acciones estipuladas en la Orden Papal 13118. Debemos, como mano ejecutora de Dios, acabar con el Anticristo ahora que aún no tiene todas sus fuerzas, y prevenir las calamidades que han de venir. El tiempo apremia, así que debemos actuar cuánto antes.

Lanzada esa ferviente declaración, Montgomery tomó asiento, dejando de nuevo que sus palabras reverberaran en la sala entera, que se sumió de nuevo en el silencio, pero no por mucho en esa ocasión. Tras sólo unos segundos, desde el centro de la mesa de honor, el Papa se enderezó en su silla, carraspeó un poco, y aproximó su rostro hacia el micrófono colocado justo delante de él.

—Agradezco su detallada explicación, cardenal Montgomery —pronunció el Santo Padre con voz calmada—. Creo que nos ha expuesto varios puntos que…

—Su Santidad —intervino de pronto una voz, y justo después alguien se paró desde el extremo derecho de la mesa. Las miradas de todos se giraron al mismo tiempo hacia aquel individuo—. Le ruego me disculpe que interrumpa, pero requiero se me permita hablar antes de que cualquier deliberación comience.

Con voz grave y severa, al igual que su porte y expresión, el cardenal Amari Erasmus hacía que su presencia se hiciera notar en esa sala. Muy pocos se animaban a darle la contra al cardenal sudafricano, y un puñado de ellos estaban justo en esa sala; pero no eran ni de cerca la mayoría.

—Adelante, cardenal Erasmus —respondió el Papa, indicando con una mano que podía proceder. Erasmus aceptó gustoso la invitación.

—Aquí vamos —pronunció Greta en voz baja, soltando un largo suspiro.

El cardenal Erasmus era un viejo conocido de todos ellos; el líder no oficial de la facción de la Iglesia que repudiaba la Orden Papal 13118, al Scisco Dei, y de paso todo lo que tuviera alguna relación directa o indirecta con La Oficina de Exorcismos; ellos y el cardenal Montgomery incluidos.

—Eminencias, Santo Padre —comenzó a pronunciar Erasmus en su micrófono—. Como bien el cardenal Montgomery hizo notar, gran parte de esta información que nos presentó, el padre Alfaro nos la había ya expuesto ese mismo día al cardenal Robles, al cardenal O'Brien, y a mí. Pero lo que mi colega quizás olvidó mencionar es que la conclusión final de este caso, que el propio padre Alfaro nos dio de su propia voz, y que nosotros tres podemos atestiguar, fue que la evidencia presentada no era suficiente para sacar una conclusión definitiva. Sí, aceptó que todos estos hechos comentados eran extraños, inusuales, y horribles tragedias, y los tres estuvimos de acuerdo. Así como lo estuvimos cuando él mismo nos expresó que aun así, no había nada concreto que pudiera ligar a Damien Thorn con esta… figura del Anticristo, o la Hermandad que supuestamente lo protege.

El menosprecio, casi indiferencia, con la que pronunció aquellas últimas palabras al referirse al Anticristo y a la Hermandad, sonaron casi parecidas a como si estuviera hablando del pequeño e insignificante monstruo de un cuento para niños. Eso hizo hervir la sangre de Greta, pero usó todo su autocontrol para no reaccionar de más; aunque sin darse cuenta, sus uñas terminaron encajándose contra la piel de su antebrazo, hasta hacerla sangrar un poco.

Sin toda la información, Greta por supuesto podría tener sus reservas de que este chico fuera el Anticristo que tanto habían buscado. Sin embargo, nunca tendría la osadía de insinuar que no se trataba más que de un bobo cuento para asustar a los niños. ¿Qué sabía ese viejo cardenal como para decir algo así? Él no había visto ni sentido lo mismo que Greta o sus demás colegas; no había visto directo a los ojos de la maldad pura, y haber tenido que esforzarse por no desviar la mirada.

Ignorante de la reacción que había causado en ella, y aunque lo supiera de seguro no le importaría, Erasmus proseguía con su declaración.

—El caso estaba justo por ser cerrado al día de siguiente de este lamentable hecho. Así que me resulta bajo por parte de la Oficina de Exorcistas que intente darle más vueltas a un asunto que, repito, ya estaba cerrado, y malgaste el tiempo de todos nosotros, y en especial el de Su Santidad.

—Erasmus, por favor —intervino el Papa, alzando una mano en señal de paz. Sin embargo, la clara provocación no pasó desapercibida para Montgomery, que al instante se paró también de su silla, dispuesto a replicar.

—Cuando Alfaro les presentó su conclusión, él no tenía la información que obtuvo después. La marca de la bestia…

—¿Cuál marca? —replicó Erasmus con tono casi burlón, interrumpiéndolo—. ¿Tienen alguna fotografía o algo que pruebe la existencia de la dichosa marca? ¿Tienen la declaración grabada de Alfaro de que él la vio? ¿Tienen algún otro testigo de dicha conversación además del padre Babatos? ¿Sabe acaso alguien aquí siquiera qué ocurrió en ese pent-house?

Erasmus le dio oportunidad a su colega de responder, pero Montgomery guardó silencio. Y aunque le doliera admitirlo, Greta estaba de acuerdo con el cardenal Erasmus. Una declaración de segunda mando antes de morir, como la que describía el Cardenal Montgomery, era débil en el mejor de los casos.

Al no recibir una réplica satisfactoria, una sonrisa victoriosa se dibujó en los labios de Erasmus.

—Eso pensé —declaró con actitud altanera, y se giró entonces hacia el resto de los presentes—. El cardenal Montgomery sólo intenta confundirnos, y darle más peso a la supuesta declaración de un hombre fallecido, bajo extrañas circunstancias, y que por supuesto no puede pararse aquí a confirmarlo o refutarlo.

—¿Insinúa acaso que el padre Frederic Babatos miente? —exclamó el cardenal Montgomery, sonando tan ofendido como si se hubiera referido a él mismo.

Erasmus se encogió de hombros, indiferente.

—Insinúo que al menos uno de los dos podría estar interpretando la verdad a su conveniencia.

—¿Cómo se atreve? —espetó Montgomery, sus ojos chispeando de ira.

—Cardenal Erasmus —intervino el Papa en ese instante con severidad—. Le pido que por favor modere más sus palabras. Los demás cardenales aquí presentes merecen respeto, y yo también de paso.

—Me disculpo, Su Santidad —respondió Erasmus con actitud más sosegada, aunque no demasiado—. Pero me temo que toda esta situación amerita que ciertos papeles sean hechos de lado de manera momentánea, con el fin de no caer en la locura. Lo que el padre Montgomery nos está pidiendo, con palabras quizás más elegantes, es que aprobemos el asesinato tácito de un joven de diecisiete años, basándonos únicamente en una serie de hechos extraños que la Oficina de Exorcistas ha decidido interpretar para que se ajusten a su versión, y en una supuesta declaración antes de morir, que a lo mucho entra en la categoría de mero rumor. ¡Casi como si estuviéramos en plena Inquisición! Sólo le falta sugerir que secuestremos al muchacho, lo llevemos a algún sótano oscuro, y lo torturemos hasta la muerte. Y esta forma de actuar, inspirados por el miedo y la superstición, no es la forma en la que debe comportarse la Iglesia Católica moderna y tolerable que Su Santidad se está esforzando por construir. La existencia misma de la Orden Papal 13118 debería ser puesta en duda. No es más que una proclamación que da carta libre a los mercenarios de la Oficina de Exorcistas, el Scisco Dei, para espiar, acosar, y matar en nombre de la Iglesia. Y de paso, quizás debemos preguntarnos si una Oficina de Exorcistas aún tiene cabida en esta nueva Iglesia.

Aquella declaración final no hizo más que hacer que las emociones, ya en ese momento tan exacerbadas, terminaran de explotar. No sólo en el cardenal Montgomery, sino en gran parte de los cardenales presentes. La sala se llenó de golpe de oleadas de exclamaciones tanto de apoyo como de censura a las palabras del cardenal Erasmus; algo totalmente impropio, más esperado de una reunión del parlamento de cualquier país, que de una reunión de las figuras más importantes de la Iglesia Católica.

El Papa observó todo ese pequeño caos, con consternación.

—Orden, por favor —gritaba cómo podía el Decano del Colegio Cardenalicio, sentado a la derecha del Santo Padre, intentando que su voz se hiciera escuchar—. Les pido a todos que guarden la compostura, de una buena vez. Ésta no es la forma de comportarse en presencia de Su Santidad, por Dios.

Las súplicas del decano acallaron parte de las voces inconformes, pero no todas.

—Y yo que pensé que esto sería aburrido —susurró Greta con humor, inclinándose hacia su acompañante para que la escuchara.

—Me alegro que te estés divirtiendo —ironizó De Carlo con malestar.

—Esto es mera política, Leonardo. Liberales contra Conservadores; los que quieren reformar por completo la Iglesia, y los que quieren que siga todo justo como ésta. Cuando la realidad es que se necesita un poco de ambas cosas, y tú lo sabes tan bien como yo. Estos ancianos hace mucho que no están en el frente de batalla. Y mientras se sientan aquí a discutir, el mal gana fuerza y terreno, sin tener que esforzarse mucho, en realidad.

—Las cosas tienen su manera de hacerse por un motivo.

—¿Y cuál es ese motivo? ¿Tú lo sabes?

Greta resopló con desdén. No era que en verdad esperara una respuesta.

—Dicho eso, tengo que admitir que estoy un poco de acuerdo con el cardenal Erasmus —masculló, casi como si el decir aquello le doliera. De Carlo se giró a mirarla, claramente sorprendido—. Lo siento, pero si esa supuesta declaración de Alfaro es la carta fuerte que tienen para señalar a ese muchacho como el Anticristo, me sorprende incluso que Su Santidad haya accedido a conceder este consistorio. Y en especial que me hayas hecho viajar desde el corazón del Amazonas hasta acá por esto.

De Carlo suspiró, exasperado y cansado.

—Podrás haber tenido tus opiniones personales sobre Alfaro, pero no puedes cuestionar su credibilidad como Inspector de Milagros.

—Yo no afirmaría eso con tanta seguridad —masculló Greta con sorpresivo desaire—. ¿Están seguros de que no estaba tomado cuando lo dijo?

—Greta —exclamó De Carlo con clara reprimenda en su voz.

—¿Lo están o no? —insistió, pero De Carlo ya no estaba dispuesto a darle ningún tipo de respuesta. Greta supo al instante que quizás se había pasado un poco, considerando que el pobre hombre había muerto; una idea que aún tenía problemas para digerir del todo.

Tras mucha insistencia, los ánimos se fueron calmando, y todos los cardenales volvieron a tomar sus asientos; incluidos Erasmus y Montgomery, aunque en sus rostros aún se reflejaba el descontento. No estaba claro para nadie como proseguir con esa reunión, y por la mente de algunos, incluido el propio Papa, pasaba la idea de darla por finalizada.

Antes de hacerlo, sin embargo, desde el lado izquierdo de la mesa, alguien más se puso de pie, y se hizo notar no con una voz grave y potente como la de Erasmus, sino con un tono mucho más calmado y armonioso, que contrastó bastante con el caos de hace unos momentos.

—Su Santidad —pronunció el cardenal Joaquín Robles, esbozando una amplia sonrisa, casi despreocupada—. Si me permite, quisiera también tener la oportunidad de decir algunas palabras.

La atención de todos se fijó inequívocamente en el cardenal sudamericano. Además de desempeñar en esos momentos el papel de Camarlengo de la Santa Sede, había sido uno de los tres cardenales que escucharon la exposición y conclusión original de Jaime Alfaro, al igual que Erasmus. Así que no era loco esperar que tuviera algo que ofrecer a la mesa; aunque no era seguro que fuera algo bueno.

—Sólo si lo que va a agregar pone algo de orden y paz, cardenal Robles —indicó el Papa, casi rozando la súplica.

El cardenal dejó escapar una discreta risilla divertida.

—Lo intentaré, Su Santidad —respondió al fin, asintiendo. Se dirigió entonces hacia el resto de los presentes, como lo habían hecho sus dos colegas anteriormente—. Sólo quería recordarles a todos que el propósito de este consistorio no es discutir la legitimidad de la Orden Papal 13118, y mucho menos la continuidad de la Oficina de Exorcistas. Esos son temas que no deberían discutirse en este sitio, a reserva de que Su Santidad así lo vea conveniente. Pero mientras eso no ocurra, los protocolos deberán respetarse, y ejecutarse como es debido.

Sus palabras fueron recibidas con una silenciosa aceptación.

—Aclarado eso —continuó—, el propósito de estar todos aquí esta tarde, es discutir si este muchacho, de nombre Damien Thorn, cumple o no las condiciones estipuladas en la Orden Papal 13118, y las acciones a realizar acorde a ésta. Y como el cardenal Erasmus bien expuso, casi todas las pruebas expuestas por el cardenal Montgomery ya habían sido presentadas con anterioridad por el padre Alfaro, marcando el caso de este chico como no concluyente. Así que, en términos simples, y sin necesidad de entrar en más discusiones, todo se reduce a la declaración de la marca de la Bestia compartida por el padre Babatos, y si podemos confiar lo suficiente en ésta. Y me parece que, a criterio de Su Santidad, lo mejor para zanjar el asunto será someter esta cuestión a votación. ¿Aceptamos la supuesta declaración antes de morir del padre Alfaro, compartida por el padre Babatos, como una prueba a anexar a este caso? ¿O las circunstancias de dicha declaración son lo suficientemente atípicas como para tomar una decisión tan importante basándonos en ella? Me parece que eso haría toda la distinción entre sí esto debe seguir siendo discutido, o no.

—Yo estoy de acuerdo —declaró de inmediato Erasmus con convicción.

«Por supuesto que está de acuerdo», pensó Greta con ironía. Sabía muy bien que si sometían la cuestión a votación, muy pocos de los cardenales presentes votarían a favor. Ella misma, aún desde su posición no del todo objetiva, tenía sus dudas si acaso lo haría. Por suerte, si acaso lo podía decir así, a nadie ahí le importaba su voto.

—Su Santidad, si me permite… —intentó intervenir Montgomery, antes de que la situación se fuera por una dirección que sería claramente desfavorable para su caso. Pero todo lo ocurrido claramente ya había puesto a prueba la paciencia del pontífice.

—Suficiente, Montgomery —exclamó el Papa, algo cortante—. Ya he escuchado bastante de su parte, y lo agradezco. Pero creo que como Robles señaló, sería mejor escuchar la opinión de todos los demás.

Montgomery apretó con fuerza los labios, resistiendo quizás el impulso de decir algo más; algo quizás fuera del lugar. Resignado, volvió a sentarse en su silla, en silencio. Robles igualmente se sentó, al parecer conforme con haber logrado que su propuesta se hiciera escuchar. Mientras que Erasmus sonreía satisfecho, seguro de que aquellos que pensaban igual que él en la sala lo apoyarían sin chistar.

El Papa se dirigió entonces hacia el resto de los cardenales, sentados en las primeras filas de aquella sala.

—Quién esté a favor de aceptar la declaración del padre Alfaro, por favor alce…

Antes de que la petición del Santo Padre terminara de surgir de sus labios, un escándalo más se hizo presente, distrayendo por completo la atención de todos, incluida la suya. Sólo que en esa ocasión no venía de entro de la sala, precisamente.

Había al parecer un ajetreo en el pasillo tras la puerta principal de la sala; algunas voces alzadas de más para el tipo de recinto en el que se encontraban.

—¡Dije que no puede entrar…! —escucharon todos que alguien pronunciaba con fuerza, y a Greta le pareció reconocer vagamente como la voz del obispo en la puerta.

Poco tiempo tuvieron para preguntarse qué ocurría o con quién hablaba, antes de que las puertas del recinto se abrieran de golpe de par en par, azotándose con algo de fuerza. Varios de los presentes saltaron alarmados de sus asientos, incluida Greta que instintivamente llevó una mano a su costado, en busca de un arma de fuego que no estaba ahí.

Los rostros pálidos y nerviosos se giraron hacia la puerta, por la cual ingresaba a la sala la figura delgada y blanca de una persona, que avanzó por el pasillo central de forma vaporosa, casi como si flotara sobre los escalones en lugar de caminar por ellos. Era una chica, una joven mujer en atuendos blancos de novicia, de rostro redondo y blanco, con dos grandes ojos azules centellantes que miraban fijos al frente sin pestañear siquiera.

—¿Y ésta quién es…? —susurró Greta, confundida, siguiéndola con la mirada. Al pasar justo a su lado, sintió un singular aire cálido y reconfortante que giraba a su alrededor, como un tierno abrazo.

Notó también que no venía sola, pues unos pasos detrás de ella ingresó otra monja, aunque ésta en hábitos marrones, de apariencia bastante mayor, y rostro tan consternado y asustado como el de todos los demás presentes.

—¿Qué significa esto? —exclamó el decano, evidentemente ofendido y confundido a la vez por tal entrada tan fuera del lugar.

—Eminencias —pronunció con voz firme la novicia, mientras bajaba los últimos escalones hasta colocarse justo frente a la mesa de honor—. Les pido disculpen que interrumpa de esta forma. Me temo que no estoy tan familiarizada con los protocolos de este recinto. Aun así, considero importante que mi voz sea escuchada en este consistorio.

—Esto es inaudito —exclamó Erasmus, escandalizado—. Saquen a esta chiquilla de aquí.

Los dos guardias suizos de la puerta se aproximaban detrás de la novicia con apuro, más que dispuestos a acatar la orden sin necesidad de que se lo dijeran. Pero antes de que alcanzaran a la novicia o a su acompañante, otra instrucción diferente se hizo presente.

—Alto —pronunció en alto el Santo Padre de pronto, parándose rápidamente de su silla—. No le pongan un dedo encima.

La sala entera se quedó congelada ante el resonar de la voz del sumo pontífice. Los guardias se quedaron a unos metros de las dos intrusas, con sus manos estiradas para tomarlas, pero sus miradas alzadas en dirección de aquel que presidía la mesa.

—Su Santidad… —musitó el decano, consternado, y Erasmus igualmente pareció dispuesto a decir algo. Pero él no los escuchaba en esos momentos.

—Déjenlas, pueden irse —les indicó el Papa con severidad a los dos guardias, y estos de inmediato obedecieron, retrocediendo sus pasos hacia la entrada. El obispo, desde el umbral, también miró estupefacto esto, pero tampoco tenía como debatirle al Papa en persona.

Los guardias salieron, las puertas se cerraron, y la atención de todos se enfocó de nuevo en las dos recién llegadas. O, más específico, en la más joven de aquellas mujeres.

El Papa volvió a sentarse, soltando un pequeño quejido al hacerlo; síntoma irremediable de su edad.

—Acércate, pequeña —le indicó con un tono más amable a su inesperada visitante—. Tú… eres Loren, ¿no es así?

Aquel nombre provocó cierta reacción entre los presentes. Algunos porque quizás por sí solo el nombre les revelaba bastante. Pero otros, como Greta, les impresionaba más que nada que el Papa en persona la conociera. ¿Quién era esa novicia como para entrar de esa forma a un consistorio sin permiso, y ser recibida de esa forma por el Santo Padre en lugar de ser sacada a patadas del Vaticano por su atrevimiento…?

—Así es, Su Santidad —masculló la novicia con voz nerviosa, atreviéndose a dar un paso más hacia la mesa—. Soy Loren McConnell. Aunque tengo entendido que algunos por aquí me llaman "La Iluminada". Y otros, simplemente "Bruja".

—Modera tu lengua, niña —le reprendió Erasmus con severidad.

—Me temo que llevo ya cerca de diez años moderando mi lengua, eminencia —le respondió la jovencita, no con condescendencia, sino con la frialdad propia de simplemente estar señalando un hecho—. Y la situación actual me empuja a dejar de hacerlo de una vez.

Murmullos de confusión e indignación se hicieron presentes entre los cardenales. Mientras que Greta, aún ignorante de qué pasaba realmente, sonrió entre divertida y contenta. En verdad, ese consistorio estaba resultando ser mucho menos aburrido de lo que hubiera podido imaginar.

—¿Qué has venido a decirnos, hija mía? —preguntó el Santo Padre con voz moderada—. Tienes todos nuestros oídos, sólo para ti.

La joven se paró firme y alzó la barbilla. Recorrió su mirada lentamente por los cardenales sentados en esa mesa, analizando las diferentes expresiones en sus rostros; y percibiendo, aunque fuera escuetamente, las emociones que los dominaban en esos momentos.

Respiró hondo, exhaló todos sus nervios fuera de su cuerpo lo mejor que pudo, y entonces comenzó a decir lo que había ido a decir de una buena vez…

FIN DEL CAPÍTULO 161

Notas del Autor:

—El personaje de Katherine Winter que aparece en el Flashback del inicio, pertenece igual que Loren a la película The Reaping o Prueba de Fe del 2007. Dicha escena se ubicaría unos meses (alrededor de seis) después del final de la película, y un poco menos de diez años antes del inicio de esta historia.

—En este capítulo se muestra también dos versiones alternas de dos personajes provenientes de la franquicia de The Omen. El primero es el padre De Carlo, inspirado en el personaje del mismo nombre de la película Omen III: The Final Conflict (1981), caracterizado en esta versión como un miembro activo del Scisco Dei, y con el nombre de pila de Leonardo. El otro es la hermana Greta Fraueva, inspirada en el personaje del mismo nombre de la serie de televisión Damien (2016), retomando casi por completo su papel y personalidad, aunque con algunos cambios y libertades que se irán viendo con más detalle en el futuro.