-Raíces-

Parte III. Más cerca que nunca


No la entendía. No entendería a esa mujer ni aunque volviera a nacer cien veces y su destino terminara siendo exiliarse por autoimposición en el Reino del Trébol en todas esas ocasiones.

Le acababa de confesar que había cometido uno de los crímenes más atroces que se pueden llevar a cabo: había matado a su propio padre cuando apenas era un niño.

Era cierto que tenía sus motivos, que el asesinato podría estar justificado porque ese hombre maltrataba sistemáticamente a su hermana y estaba completamente convencido de que, si no hubiera puesto remedio a la situación, habría sido él quien hubiera acabado con la vida de Ichika.

De todos modos, la justificación no cambiaba los hechos. Cualquiera a quien le narrara ese episodio podría pensar que era un monstruo y, sin embargo, la reacción de Charlotte había sido decirle que siempre había creído que era una buena persona y besarle los labios de una forma tenue y a la vez pasional, como nunca antes lo había experimentado.

Yami no tenía mucha experiencia con las mujeres. No se podía decir que fuese nula, porque sí que se había dado algunos besos que habían acabado en unos roces furtivos sobre la ropa y ya. Pero nunca estuvo demasiado centrado en las mujeres. De hecho, no entendía la obsesión que tenía Finral por todas y cada una de ellas.

Sí que sabía lo que era sentir deseo sexual, también podía percibir el atractivo femenino, pero nunca había buscado explícitamente tener algo con alguna. Suponía que era porque ninguna conseguía llamarle completamente la atención. O eso pensaba antes de darse cuenta de que las miradas prolongadas que le dedicaba a Charlotte y las bromas ácidas que le dirigía tenían un sentido oculto que no hacía mucho que había logrado descifrar.

Era un hombre tan hermético que ni siquiera él mismo era capaz de comprender sus propios sentimientos. Afortunadamente, estaba avanzando en ese terreno. Había reconocido abiertamente que Charlotte era alguien importante en su vida y se acababan de besar. Eran pasos de gigante y que no se hubiese imaginado dar hacía algunos meses.

Yami era alguien bastante práctico. Las preocupaciones no lo solían atormentar, porque no veía sentido a darle vueltas en la cabeza a las cosas si no existía una solución clara. Siempre había sido así. Siempre hasta que ella lo cambió, por supuesto.

Cuando supo que Charlotte estaba enamorada de él comenzó a cavilar la situación, fundamentalmente por ser tan extremadamente inusual. Esa fue la sorpresa de su vida, sin duda. Tras unos días de aceptación, comenzó a imaginársela confesándole sus sentimientos directamente a él. La veía en sueños e incluso en su mente cuando estaba despierto, con las mejillas sonrosadas por completo, los dedos de las manos temblándole con violencia y los labios entreabiertos mientras le decía, de forma muy queda, que lo quería. Con el tiempo, comenzó a pensar en ella de más, a imaginarla en todo tipo de situaciones que, estaba seguro, no era momento de recordar.

En cualquier caso, nada había pasado como su mente había conjeturado. Charlotte había sido práctica, como él solía ser, le había hablado sincera, directamente y, lo más importante y definitivo, había sido ella quien había dado el paso y lo había besado.

Cuando la unión de sus labios finalizó, Yami se abrazó a su cintura, posando el rostro sobre su abdomen, porque no era ni siquiera capaz de mirarla a los ojos. En ese momento, sintió una congoja impropia de su carácter arrollador que llegó casi a estrujarle el corazón.

¿Así se sentía amar a alguien? ¿Tanto miedo daba? ¿Con esos sentimientos había estado lidiando Charlotte? Le pareció un abismo todo aquello. Le dio vértigo incluso.

Sin embargo, Charlotte cortó el abrazo, se sentó a su lado y lo obligó a mirarla. Sus ojos parecían ver directamente dentro de su alma y, de nuevo, eso consiguió asustarlo. Nunca se había mostrado tan vulnerable delante de alguien, nunca había verbalizado su pasado, sus pecados y, aunque sentía que era un alivio poder haberlo hecho y que ella no lo considerara un motivo de distanciamiento, también tenía una sensación de vacío extraña que le atravesaba todo el cuerpo.

—No te entiendo, Reina de las Espinas.

—¿Por qué? —le preguntó, sonriente, proyectando una paz que nunca había sentido en su ki.

—Te acabo de contar algo grave —sentenció él.

Charlotte le acarició las manos. Se le veían tan pequeñas, tan delicadas y pálidas al lado de las suyas. Tan cálidas también. La miró atentamente. Era una mujer verdaderamente bella. Tenía los ojos más azules que había visto en toda su existencia y también los más magnéticos, los más especiales.

—Pero tiene una explicación.

—Maté a mi padre, Charlotte —le repitió con severidad.

Notó cómo su gesto se endurecía, cómo su ki se contraía. Sus labios mostraron algún que otro signo de rigidez, pero la unión de sus manos no finalizó. Por el contrario, comenzó a acariciarle los dedos despacio, haciendo que la extrañeza y la sensación de abismo se elevaran hasta niveles que no podía medir tan siquiera.

—Yo también he matado a gente.

—Pero lo hiciste para proteger a los demás.

—Pues como tú —replicó ella. Volvió a sonreír, esta vez con cierta pena en su gesto—. Lo hiciste para proteger a tu hermana. Cualquiera habría actuado igual. Yo, sin duda, lo habría hecho.

Yami, por fin, sonrió con alivio. A pesar del abismo, a pesar del miedo y de la fragilidad expuesta que lo aterraba, sentía que Charlotte era la persona idónea para haberle contado ese suceso de su pasado.

Se acercó a ella, con las manos aún entrelazadas, y le posó la frente sobre la suya. Sintió su aliento en los labios. Descendió hasta su mejilla y le dio un beso suave en la línea que separaba su cuello de su rostro. Finalmente, la besó despacio, del único modo con el que se había atrevido a actuar por el momento.

—De verdad que no te entiendo —le susurró cuando se separaron, encima de los labios.

—¿Por qué? —le repitió ella, con la voz temblándole por la expectación.

—No entiendo que estés enamorada de mí.

—No hay que entenderlo —declaró con seguridad—. Solo me pasó. Lo siento, pero no te lo puedo explicar.

Yami se rio en un tono tan bajo que aquella no pareció su risa. El corazón le latió con felicidad dentro del pecho. Tal vez, esa era otra forma de reír, de su corazón latir, de simplemente sentir.

La besó de nuevo, esta vez permitiéndose adentrar la lengua en su boca. Sintió las manos de Charlotte posándose en su nuca, subiendo de vez en cuando hasta que sus dedos, finos y delicados, se enredaban entre las hebras oscuras de su pelo.

Los dos se tumbaron juntos en la cama, de lado, abrazándose. Besándose de una forma que Yami no conocía, pero no por no tener práctica, sino porque no sabía cómo se sentía besar a una mujer a la que quería. Porque tampoco imaginaba que lo haría de esa forma tan intensa durante las primeras veces que compartiera esas caricias con Charlotte.

No estaba seguro de hasta donde podía llegar, no quería sobrepasarse, pero deseaba con ahínco que todo ocurriera entre ellos. Como en sus sueños, como en sus profundos deseos, como en sus más absurdas y aun así ansiadas fantasías, que ahora estaban a punto de cumplirse por un caprichoso giro del destino. Un giro que, por otra parte, había ido forjándose durante años, y que había explotado cuando Charlotte finalmente había decidido que no podía aguantar más, que debía decirle cómo se sentía de verdad.

Para su sorpresa, ella se le adelantó. Le metió una mano debajo de la camiseta con cierta duda.

—¿Puedo seguir? —le preguntó, separándose, mirándolo a los ojos.

Yami simplemente asintió, ella se sentó sobre la cama y él se incorporó un poco para que le quitara la camiseta. Cuando lo hizo, se sentó encima de él y gimió por primera vez, tras sentir la dureza contra su intimidad, ambas solo separadas por la tela de su ropa. La vio quitándose la camiseta, con decisión, y después el sujetador.

Pudo apreciar durante algunos segundos sus senos, de los que no apartó la vista ni un instante, hasta que ella se echó sobre su cuerpo y los sintió sobre su pecho. Jadeó de manera profunda. Charlotte lo volvió a besar, esta vez con ansia, y empezó a mover sus caderas de manera constante, lo que provocó que él llevara las manos hasta aquella parte de su cuerpo, para moverla al ritmo que necesitaba.

Tras algunos minutos de besos, jadeos y movimientos frenéticos, Charlotte se levantó de la cama y Yami la acompañó. Se quitó el pantalón y la ropa interior y después se tumbó en el colchón, así que él aprovechó para quitarse toda la ropa que aún llevaba puesta también.

Cuando volvió a acercarse a la cama, pudo observar detenidamente su desnudez. Tenía las manos posadas sobre el abdomen, justo debajo del pecho. No parecía inquieta en absoluto. Era delicada, era preciosa y perfecta, y él estaba a punto de corromperla con su oscuridad para siempre sin arrepentimiento alguno.

Se colocó encima, con los antebrazos apoyados en el colchón, a ambos lados de su cuerpo. La besó y empezó a acariciarle los hombros. La miró de nuevo. Le sonreía de una forma tan genuina y afable que apenas podía creer que ese fuera el rostro de Charlotte Roselei, que no solía dedicar ese gesto casi nunca y prácticamente a nadie.

Cuando pensaba que la unión de sus cuerpos por fin se iba a materializar, Charlotte se le adelantó, como llevaba haciendo durante todo ese encuentro. Coló la mano entre sus cuerpos hasta llegar a su miembro. Se sorprendió al sentir su toque y la forma en la que, poco a poco, fue acariciándolo. Solo atinó a gemir, a mirarla y a sentir el mayor placer que había experimentado en toda su existencia. Conocía esa sensación, él mismo se satisfacía cuando lo necesitaba, pero era algo completamente distinto recibir esas atenciones por parte de otra persona. Todo se magnificaba mucho más, por supuesto, cuando se daba cuenta de que esa persona era Charlotte.

Las caricias se intensificaron y, como sentía que pronto llegaría al límite, le habló para detenerla.

—Para, Charlotte. —Ella lo hizo al instante. Notó que se preocupó, así que le aclaró la situación—. No quiero que esto se acabe todavía.

Charlotte asintió, sonriendo. Colocó los brazos a los costados de su cuerpo, dispuesta a recibirlo por completo. No sabía por qué, pero sentía algo de inquietud. Después de todo, esa era la primera vez que estaba tan íntima y profundamente con una mujer. Que llegaba tan lejos. No sabía si ella tenía algún tipo de experiencia en ese ámbito, pero no se atrevía a preguntar.

Supuso que, para calmar su propia ansiedad, le hizo aquella pregunta:

—¿Estás nerviosa?

—No —contestó sin titubeos y Yami supo que era verdad, no solo por su tono de voz, sino también por las inalterables fluctuaciones de su ki.

Simplemente, estaba expectante. Era como si llevara mucho tiempo pensando que ese día iba a llegar, así que su mente estaba preparada. Siempre iba un paso por delante. Se sentía un poco inexperto a su lado y hasta un tanto inseguro, pero decidió confiar en ella.

Suspiró profundamente, asintió y le abrió las piernas. Se hundió en su interior despacio, con toda la delicadeza que pudo. La escuchó gemir cuando entró definitivamente, así que supo que todo iba bien. Antes de comenzar a moverse, se inclinó sobre su pecho para besarle los senos y ella, instintivamente, abrió más las piernas, se aferró a su cintura con ellas y colocó las manos sobre su espalda.

Yami sintió una punzada intensa de placer. Realmente no quería que aquello terminara demasiado pronto, pero esa sensación de calidez desconocida que le recorría todo el cuerpo por primera vez no le permitiría aguantar mucho tiempo.

Se empezó a mover. Los dos gimieron al unísono al notar la humedad, la fricción, que pronto se acompasó al ritmo de los dos cuerpos. Yami se puso entonces de rodillas, le sujetó las piernas con firmeza y aceleró los movimientos aún más. La vio estrujando la sábana con las manos, extasiada por el placer.

Como había predicho, aquel encuentro no se prolongó por demasiado tiempo, pero acabó con un estallido potente e intenso por parte de los dos.

Exhausto, se echó en la cama, al lado de Charlotte. Ambos se giraron y ella lo miró de nuevo con la vehemencia propia del amor brillando en sus pupilas. Esperaba que en sus ojos, también pudiera ver ese sentimiento, lo anhelaba de todo corazón, porque su fuerte no eran las palabras y aún no se sentía preparado para expresárselo de forma directa.

Ella parecía comprenderlo, porque cada vez que se quedaba mirándola durante más de dos segundos seguidos, le sonreía con verdad.

La atrajo hacia su pecho. Estaba tan abrumado por todos los sentimientos que estaba experimentando esa noche que estuvo mucho rato en silencio, lidiando con sus emociones y sus pensamientos. Hasta que ese hilo se cortó por las palabras que pronunció Charlotte.

—Creo que ya debería irme.

Yami le alzó el rostro y frunció el ceño.

—¿Dónde vas a ir a estas horas?

—A mi base —le contestó con obviedad.

—Es muy tarde. Y está lloviendo.

Eso era cierto. La lluvia caía con fuerza y no había un solo signo de que fuera a parar pronto.

—Sí, pero…

—¿Pero qué?

Charlotte se sonrojó y él le sonrió, porque esa faceta retraída que tenía también le encantaba. Le fascinaba el contraste entre esa guerrera fuerte y fiera que era en las batallas, esa mujer decidida que lo había guiado esa noche, aunque ni siquiera sabía si tenía experiencia, y la Charlotte más tímida y vergonzosa. Todas sus facetas, todas las aristas de su ser le gustaban.

—Bueno, yo… —titubeó con nerviosismo, pero Yami no la dejó acabar.

—¿Es que no te quieres quedar a dormir conmigo?

Charlotte se irguió, apoyando la mano sobre el colchón. Lo miró con fijeza.

—¿Quieres que me quede?

La sorpresa absoluta que sus palabras destilaron lo hizo reír. Esa era la Charlotte más insegura, la que necesitaba que le demostrara que su compromiso era real.

—Pues claro que sí.

Sin mediar palabra, Charlotte se abrazó a su cuerpo. Lo apretó con fuerza, le besó el hombro y él, completamente en paz, se comenzó a quedar dormido mientras escuchaba la lluvia cayendo en la calle y sentía la calidez de su cuerpo envolviéndolo por completo.


Dio un par de vueltas en la cama, se tapó hasta debajo del cuello con la sábana y se acurrucó de nuevo. De pronto, cuando su consciencia logró despertar, se acordó del lugar donde estaba.

Abrió, con inusitada lentitud, sus ojos. Todavía era de noche, pero en la penumbra de la habitación, pudo ver a Yami durmiendo bocabajo, a su lado, con el rostro girado hacia donde ella estaba tumbada. El flequillo le caía en la frente sin cuidado alguno, así que se lo acarició apenas tocándoselo con la yema de los dedos para no despertarlo.

Sentía una felicidad enorme recorriéndole cada célula de su ser. Nunca había estado tan enamorada de él. Jamás. Ni siquiera cuando tenía dieciocho años, en una época en la que el ser humano lo magnifica todo. Sentir que Yami la correspondía estaba haciendo que su amor por él se aumentara aún más, y eso que siempre lo había considerado totalmente imposible.

Además, había sido muy cuidadoso con ella en una situación que, sí, era placentera, pero también algo compleja. No podía imaginar que pudiera tener tanta paciencia, tanto tacto, tanta cautela.

Tras observar sus facciones relajadas durante muchos minutos que a ella le parecieron nimios segundos, se levantó despacio. Se sentó en la cama, Yami se movió y se giró hacia el otro lado, dándole la espalda. Así sería mucho más fácil irse.

No estaba huyendo. Lo que había pasado entre los dos había sido maravilloso, lo llevaba esperando durante mucho tiempo y confiaba en que fuese el inicio de su vínculo, pero era una persona autoexigente, responsable en exceso, y debía irse a trabajar.

Se vistió a oscuras, buscando la ropa a tientas. Se peinó con las manos como pudo, se deshizo e hizo la trenza del flequillo de nuevo y se ató el grimorio a la cintura. Salió de la habitación, no sin antes dirigir de nuevo la mirada hacia la cama, donde Yami, ajeno a su marcha, seguía durmiendo.

Se mordió el labio inferior y se obligó a salir de la habitación y cerrar la puerta, porque sabía que, si se quedaba ahí durante algunos instantes más, se volvería a meter en la cama con él. Yami no la dejaría irse en todo el día y eso no se lo podía permitir.

De camino a las escaleras, se encontró milagrosamente con el baño. Al mirarse al espejo, se dio cuenta de que estaba hecha un desastre, así que arregló su peinado, se lavó la cara y se colocó todo lo mejor que pudo la ropa, estirándola con las manos para que no estuviera tan arrugada.

Bajó las escaleras con sigilo, con seguridad de que nadie en esa base la escucharía. Llegó finalmente a la puerta, sujetó la manija y, justo cuando la iba a mover para salir de la base de los Toros Negros, la luz se encendió y escuchó una voz que no se esperaba por nada del mundo.

—¿Te vas a ir sin desayunar?

Del susto, Charlotte se dio la vuelta y se apoyó con brusquedad contra la superficie de la puerta, provocando un ruido que reverberó en toda la entrada. Con la respiración agitada por la impresión, miró a la hermana pequeña de Yami, que la observaba con una mezcla de sosiego y algo extraño que se le antojó como apatía.

—Y-yo… —titubeó, llena de vergüenza.

Se sintió patética. No le salían siquiera las palabras. No contaba con que Ichika, con la que apenas había hablado, la interceptara justo cuando estaba a punto de irse. No sabía qué le iba a contestar, ni siquiera estaba segura de haber escuchado bien lo que le había dicho. ¿Le había preguntado de verdad si se iba a ir sin desayunar?

—¿Qué me dices, te quedas?

—Tengo que ir a trabajar.

—¿A las siete y media de la mañana? ¿Un domingo? —le espetó con ironía.

Sin duda, se parecía a su hermano.

—Yo trabajo todos los días.

—Pues hoy no. Te lo tomas de descanso. No me vas a rechazar la invitación, ¿verdad?

Charlotte dudó. No quería ser antipática y tal vez esa era una buena oportunidad de conocer a alguien que era fundamental en la vida de Yami. Y de saber quizá más del pasado del Capitán de los Toros Negros también.

—No, claro que no.

Ichika asintió, la condujo hasta la cocina. Ella se sentó a la mesa, que era de color marrón y estaba situada en una esquina de la estancia. Vio a la joven preparando té y pronto pudo oler el aroma de la misma bebida que Yami le había ofrecido el día anterior.

La cocina tenía una decoración algo cargada, pero no era caótica para nada. Estaba limpia y recogida. Le resultó gracioso que todos los mitos que había sobre esa base fueran falsos.

—¿Te llamabas Charlotte?

—Sí. Tú, Ichika, ¿no?

La hermana de Yami se dio la vuelta, dejó dos tazas humeantes sobre la mesa y asintió. Después, se sentó justo enfrente de ella. Trató de no quedarse mirándola durante mucho rato, pero era una persona que le intrigaba mucho.

Su parecido con Yami era notorio, pero había algo que no le recordaba del todo a él. Era mucho más seria, parecía más introvertida y sus facciones eran más suaves. Quizá se parecía a su madre, pero no se atrevería a preguntarle algo así, cuando apenas la conocía.

—¿Qué tal con mi hermano?

—Bien —le contestó ella, algo seca.

No quería parecer cortante en exceso, pero esa situación la ponía tan nerviosa… Su cerebro no se había preparado para esa interacción y a ella, una mujer tan cuadriculada, no le gustaba esa sensación sofocante de no tenerlo todo bajo control.

—Ya, lo veo. Puedo imaginar que habéis pasado una noche… entretenida.

El comentario, lleno de un sarcasmo impetuoso, la hizo sonrojarse por completo. Escondió la cara detrás de sus manos, tratando de no desmayarse ni tampoco de salir huyendo de ahí para no volver jamás.

—Dime que no nos has oído, por favor.

—Gracias a Dios, no. No me gustaría traumatizarme de por vida.

—¿Entonces… cómo lo sabes? —le dijo apenas con un aliento, amortiguadas las palabras por la forma en la que seguía escondiendo su rostro.

—Charlotte, te lo repito otra vez: es domingo y son poco más de la siete y media de la mañana. Y estabas intentando irte con la luz apagada y en silencio.

Claro. Eso tenía sentido. Ella misma se había delatado. Sentía que la vergüenza la iba a engullir en cualquier momento. Ojalá tuviera magia espacial y pudiera abrir un portal para desaparecer de allí al instante.

Charlotte logró apartarse las manos de la cara. La miró con timidez. Su gesto seguía impasible. De alguna forma, eso la logró tranquilizar un poco. Se irguió sobre la silla. Era una mujer adulta y debía aceptar las consecuencias de sus actos. Era lógico que, ya que Ichika la había pillado tratando de irse tan temprano de la base, atara cabos rápido y supusiera lo que había pasado, más si Yami le había hablado sobre su situación. Lo que no era tan normal era que se lo mencionara como si estuviesen hablando de cualquier otra trivialidad.

Ichika entonces se levantó. Le pareció que le estaba sirviendo el desayuno. En efecto, así era. Lo pudo comprobar cuando volvió con dos bandejas, que depositó encima de la mesa. En cada una había dos cuencos: uno contenía sopa y el otro, arroz. A su lado, se encontraba un plato con un filete de pescado asado.

Arqueó una ceja con sorpresa. ¿Qué clase de desayuno era ese? Buscó a Ichika con la mirada. Por primera vez, le estaba sonriendo. Con sorna. Justo como hacía su hermano. Primero, la observó con minuciosidad. Quería saber el orden en el que comía, cómo utilizaba aquellos utensilios que le había puesto, que eran básicamente dos palos que se estrechaban en una punta. Sintió, de forma absurda, que esa chica le estaba poniendo una especie de prueba.

Sujetó aquel artefacto. Intento coger la comida en varias ocasiones; en todas se le cayó. Sin embargo, poco a poco, consiguió sujetar la comida y llevársela a la boca. Aunque eran sabores que no estaba acostumbrada a probar por la mañana, no le desagradó del todo una vez que se familiarizó con la sensación.

Al terminar, Ichika recogió. Charlotte le ofreció su ayuda, pero no se lo permitió y, de hecho, le había dado la impresión de que lo había tomado incluso como una especie de ofensa, así que ni siquiera le insistió. Tal vez era algo cultural y realmente no quería molestarla.

Cuando terminó, la hermana pequeña de Yami se sentó de nuevo. Sorpresivamente, comenzó a hablar.

—Mi hermano puede parecer algo tosco, pero en el fondo es muy sensible. Cuando me encontré de nuevo con él, pensé que quizá el tiempo le había endurecido el corazón y ya no era así. Pero me equivoqué. Afortunadamente, sigue siendo como aquel chico de trece años al que acompañaba a pescar.

Charlotte no pudo hacer otra cosa que sonreír. Se imaginaba a un Yami adolescente cuidando a su hermana pequeña, trenzándole el pelo, jugando con ella. Inevitablemente, imaginó también aquellas veces en las que había tenido que protegerla de las palizas de su padre. Su rostro incluso se ensombreció.

—No te voy a mentir; aún tengo que conocerlo mucho más. Pero sé que es un hombre noble.

—Lo es —afirmó—. Y no te puedes imaginar la intensidad con la que quiere a los demás, a los que son verdaderamente importantes para él. No le hagas daño, Charlotte.

—No lo haré. Te lo prometo.

Por primera vez en toda la conversación, la Capitana de las Rosas Azules se sintió cómoda totalmente. Hablaron mucho más de Yami, de su pasado, de sus experiencias. Ichika incluso le contó que a un hombre con sus dimensiones y tan brusco como era le daban miedo los insectos.

Sin embargo, la mente de Charlotte se quedó anclada en lo que Ichika le había dicho anteriormente. Que no le hiciera daño. No tomó aquellas palabras como una amenaza, ni siquiera como una advertencia, sino como una petición. Yami había sufrido mucho durante su juventud, tanto en su tierra natal como en el Reino del Trébol, así que comprendía que su hermana se preocupara por su bienestar.

Era lógico que le pidiera eso, porque no la conocía, pero no debía albergar duda alguna; ella jamás sería la causante de su dolor.


Yami se estirazó completamente cuando se despertó, aún sin abrir los ojos. Ya era de día, lo podía notar por la luz que se colaba entre las cortinas de su habitación, inundándola por completo de claridad. Se quedó algunos segundos con los brazos y las piernas abiertos. Se sentía descansado, pero no había dormido tanto como solía hacerlo los domingos.

Abrió los ojos y se dio la vuelta en el colchón en cuanto se dio cuenta de que estaba solo. Pero era comprensible; sabía que Charlotte madrugaba mucho a diario. Tal vez, incluso estaría ya en su base. Se concentró en sentir el ki de aquellos que estuvieran en el edificio. Se llevó una gran sorpresa al constatar que Charlotte seguía allí y que además estaba en la cocina y en compañía de su hermana.

Eso sí que era raro. Se sentó en la cama y se encogió de hombros. Sin más dilación, se levantó, se puso la ropa interior y, tras coger ropa limpia del armario, se fue a ducharse.

No podía negar que le había preocupado un poco que Charlotte se hubiese ido sin decirle nada. Entendía que era por trabajo, pero ¿no podía dejar de ser tan intransigente ni un solo día? No sabía cuántas vueltas había dado la situación para que finalmente estuviera con Ichika, pero le parecía algo divertido.

Tras acabar, se vistió, se secó el pelo como pudo y decidió bajar las escaleras. Al entrar en la cocina, vio a Charlotte y a su hermana sentadas a la mesa, conversando animadamente. Era una imagen inusual, pero que le encantó. Podría acostumbrarse a vivir así sin problema alguno.

Se acercó por detrás de Charlotte, que le estaba dando la espalda. Le abrazó los hombros y le dio un beso en la sien que la dejó descolocada. Y avergonzada, por supuesto. Su hermana lo miraba sonriente.

—Buenos días.

—Buenos días, hermano. Es inusualmente temprano para ti, ¿no?

—¿Qué hora es?

—Las diez y media.

Yami, desde que se despertó, se había asombrado mucho al comprobar que Charlotte aún seguía allí. Estaba seguro de que a esa hora llevaría al menos dos horas trabajando si hubiese estado en su base. La notó bastante callada y no sabía si algo la tenía preocupada o si la situación se le hacía incómoda.

—Tu hermana me ha invitado a desayunar —dijo Charlotte finalmente.

—¿Ah, sí? Qué bien —afirmó con sinceridad, porque le encantaría que las dos mujeres más importantes de su vida se llevaran bien—. ¿Para tu hermano mayor no hay desayuno? —le preguntó entonces a la joven.

Ichika se levantó de malas maneras, como solía hacer todo. Siempre parecía estar enfadada, aunque sabía que no era verdad. Mientras le preparaba la bandeja, Yami posó la mano encima de la de Charlotte, que descansaba sobre la mesa.

—¿Va todo bien? —le susurró.

—Sí, todo genial. No te preocupes.

Yami sonrió al saber que sus palabras eran sinceras. Finalmente, Ichika le llevó el desayuno y se lo dejó en la mesa.

—No debería habértelo preparado, que tú tienes también manos para hacértelo. Pero ya que lo había hecho para nosotras…

—Gracias, mocosa.

Desayunó mientras conversaba con su hermana y Charlotte, en un ambiente tan agradable que no quería que se acabara. Tras algún rato más, la Capitana de las Rosas Azules le informó de que se iba. Se despidió de Ichika y él decidió acompañarla a la puerta.

Salieron de la base. Por fin había dejado de llover, aunque todo a su alredor seguía húmedo. Yami tenía la imperiosa necesidad de fumarse un cigarro, pero sabía que a Charlotte le molestaba mucho el humo, así que descartó esa posibilidad.

Si era sincero consigo mismo, no podía dejar de pensar que Charlotte iba a irse sin decirle nada y que Ichika se la había encontrado y la había invitado a desayunar. Quería comprobar si estaba en lo cierto.

—¿Te ibas a ir esta mañana sin despedirte de mí?

—No es eso… Bueno, sí —se contradijo y sus mejillas se empezaron a colorear de un tono sonrosado—. Pero no es por lo que te crees. Tenía trabajo.

—Estás bien con todo lo que ha pasado entre nosotros, ¿no?

—Sí, por supuesto.

—Genial. Porque tendremos que ir perfeccionando la técnica.

Charlotte le empujó la cara con la mano y, completamente sonrojada, comenzó a caminar, dejándolo unos pasos por detrás. Él se rio con una carcajada estruendosa y después la siguió.

Al ponerse a su lado, le dio la mano y ella la aceptó.

—Te acompaño a casa.

—Realmente… Tu hermana me ha obligado a tomarme el día libre, así que, ¿por qué no vienes a mi base y luego nos vamos a comer juntos?

Yami sonrió, le soltó la mano y la abrazó por los hombros, sintiendo además cómo ella le rodeaba la cintura con uno de sus brazos.

—Esa es una idea estupenda.

Continuaron caminando hasta adentrarse en el bosque para cruzar hacia la ciudad.

Sería una locura meterse tan pronto en la base de las Rosas Azules, pero en realidad le daba igual saltarse pasos, tirarse al vacío, abrazar ese abismo que la noche anterior le daba tanto miedo. Porque al otro lado estaba Charlotte esperándolo, con su sonrisa tenue en los labios, y eso era lo único que realmente le importaba.


Continuará...


Respuesta a los reviews anónimos:

Yo-Atzin: Muchísimas gracias por leer y comentar en esta y otra historia. Me alegra un montón que te estén gustando mis fanfics, de verdad. Y perdona por la demora, pero para ser lectora mía hay que tener un poquito de paciencia jaja más este año, que estoy hasta arriba. En cualquier caso, espero que te haya gustado esta parte. :)


Nota de la autora:

Pues por fin me ha dado la vida para actualizar esta historia. Estoy superocupada y perdí un poquito el hilo, sinceramente. Pero me ha salido finalmente. Muchas gracias por la paciencia que me tenéis.

Podríais pensar que este es buen cierre y creo que lo es, pero aún me queda un capítulo más que quiero desarrollar. Espero poder hacerlo el mes que viene. Y después me quedo quitecita al menos hasta julio jaja, no voy a empezar nada más para dejarlo abandonado por meses. Aunque si pasara algo demasiado relevante en el manga, imagino que tendría que, pero lo haría intentando que fuera un capítulo único.

En fin, no tengo mucho que decir, solo que espero que os haya gustado mucho esta parte también.

¡Nos leemos en la próxima!