DISCLAIMER: Los personajes de "Candy Candy" no me pertenecen, son propiedad de Kyoko Misuki e Yumiko Igarashi. Realizo esta historia con fines de entretenimiento y sin ningún ánimo de lucro, sólo el ferviente deseo de liberarme de la espinita clavada en el corazón después de ver el anime y leer el manga. Por siempre seré terrytana de corazón.
DESEOS DE AÑO NUEVO © 2017 by Sundarcy is licensed under CC BY-NC-ND 4.0. Está prohibido la reproducción parcial o copia total de este trabajo.
DESEOS DE AÑO NUEVO
By: Sundarcy
o-o-o
Capítulo 24: TE AMO
Residencia privada, Chelsea
Manhattan, Nueva York
06 de enero de 1920
No pasó mucho tiempo para que Eleanor se retirara de la casa de Terrence con el alma ligera y una satisfacción que le iluminaba el semblante. Había logrado algo crucial: su hijo, al fin, estaba decidido a actuar. Deseaba con todo su ser que Terry recuperara esa felicidad que por tanto tiempo se le había negado, y aunque sabía que aún quedaban pasos por dar, al menos ahora el curso de los acontecimientos empezaba a inclinarse a su favor.
Mientras su chofer la trasladaba por el camino que la alejaba de la residencia de su hijo, Eleanor dejó escapar un suspiro sereno. Su rostro reflejaba alivio y esperanza a la vez, como si acabara de depositar un deseo en manos del destino.
—Gracias, Dios mío. — murmuró al tiempo que sonreía agradecida.
Desde la ventanilla, sus ojos se posaron por última vez en la casa que dejaba atrás. Su mirada se mantuvo fija unos segundos, deseando dejar un último rastro de su anhelo en aquel lugar. Sus labios se entreabrieron y su voz, casi un susurro, se deslizó en el aire:
—Confío en que permitirás que ellos puedan reencontrarse.
El clima matutino parecía cómplice de su anhelo, porque el cielo, antes cubierto de un velo gris, comenzaba a despejarse, y los primeros rayos de un tímido sol invernal se filtraban entre las nubes. De la misma manera, una brisa ligera rozó el automóvil, en lo que parecía una respuesta de la propia naturaleza que quería sumarse a su esperanza. Eleanor cerró los ojos por un instante, dejando que su deseo se elevara en silencio. En su interior, imaginó un puente invisible entre Terry y Candy, dos almas que, estaba convencida, seguían aún entrelazadas.
Dentro de la casa, Terrence permaneció en el estudio unos minutos más después de la partida de su madre. El eco de las palabras que habían compartido todavía flotaba en el aire, pero el silencio que ahora lo envolvía le daba el espacio necesario para ordenar sus pensamientos.
Llevándose una mano al rostro, él exhaló despacio. Su mente comenzó a trabajar a un ritmo vertiginoso, trazando líneas de acción, explorando escenarios y sopesando consecuencias. Cada idea tomaba forma con una claridad inusitada, y con cada pensamiento, la decisión se afianzaba más en su interior. Podía sentir la energía latente en su propósito, como una corriente interna que lo impulsaba hacia adelante, mientras que en el centro de toda esta contemplación, sólo había una certeza ineludible: Candy.
¿O acaso solamente era la idea de ella lo que lo sostenía? Tal vez… Aunque también había algo más que todavía le rondaba en la cabeza: ¿qué pasaría si la joven pecosa que había poblado sus pensamientos durante años ya no existía?
A pesar que su madre le había hablado de segundas oportunidades y de caminos que aún podían cruzarse, la realidad podía ser implacable. ¿Y si al verla de nuevo, descubría que la Candy real no era la misma que en sus recuerdos? ¿Y si el tiempo la había transformado hasta hacerla irreconocible en su esencia? ¿Si la mujer que era ahora no se parecía en nada a aquella muchacha indómita que había amado?
El miedo lo embistió de nuevo, instalándose en su pecho con un peso casi físico. Durante años se había aferrado a la imagen de ella que habitaba en su memoria: la niña pecosa de espíritu libre, la hermosa joven de sonrisa luminosa y ojos chispeantes. Su Candy. Sin embargo, si continuaba aferrándose a esa visión, ¿no estaría prolongando un engaño? Si quería buscar a la verdadera Candy, a la mujer que existía en el presente, ¿no debía renunciar primero a aquella sombra que había alimentado en su mente por tanto tiempo?
La sola idea no le sentaba nada bien. Sabía que era lo más sensato, y aun así, la tristeza lo invadía con la crudeza de una pérdida real. Porque dejar ir a la Candy de su mente no era solamente desprenderse de una ilusión: era despojarse de una parte de sí mismo. Era admitir que el pasado se había ido, que el amor que una vez compartieron podía no haber sobrevivido al tiempo.
El dilema lo paralizó por varios segundos. Una parte de él le gritaba que debía soltarla, que la Candy de su imaginación no era más que un eco del pasado, una proyección de su propio anhelo. Pero otra parte más visceral, más desesperada de sí mismo, se resistía a hacerlo, porque temía que al dejarla ir, perdería para siempre lo único real de ella que todavía le quedaba, si es que al final descubría que era él quien ya no encajaba en el mundo de ella.
Por más que se había preparado para enfrentar muchas verdades, no estaba seguro de poder soportar esa; pues en el fondo, debía reconocer que una parte de él aún ansiaba encontrar en Candy a la chica que había perdido. Pero si ella ya no era la misma… ¿qué quedaba entonces de él? ¿Podría seguir siendo el hombre que un día la amó?
Con un suspiro pesado, Terrence se pasó la mano por el cabello, intentando domar la maraña de pensamientos que lo sacudían. No importaba cuánto lo analizara, únicamente encontraba más cuestionamientos de este tipo.
¡Se acabó! Debía dejar de sobrepensar las cosas, era momento de actuar, y sólo una verdad persistía incuestionable: tenía que verla… aunque por ahora solamente pudiera ver a la Candy de su imaginación.
Respiró hondo y avanzó lentamente hacia la biblioteca. Al llegar a la puerta que la conectaba con el estudio, se detuvo con la mano en el picaporte. Sus nudillos estaban tan tiesos que parecía que su cuerpo se resistía a dar el siguiente paso.
"Si cruzo esta puerta… ¿qué me espera al otro lado?"
Frunció los labios, sintiendo la tensión acumulándose en su mandíbula. No podía permitirse más dudas. Inspiró profundamente una vez más y, reuniendo todo su valor, giró el picaporte.
Al cruzar el umbral, su corazón empezó a palpitar en un latido errático. La escena que estaba viviendo tenía un aire inquietante de déjà vu. Era como aquella madrugada de Año Nuevo, cuando su pecosa apareció en su biblioteca por primera vez, aunque en esta ocasión algo era distinto.
Sí… Candy estaba allí y su sola presencia sobresalía con esa luz etérea que desprendía. Sin embargo, en lugar de recibirlo con una expresión de asombro como aquella vez, ella se encontraba ahora de espaldas a él, frente a uno de los estantes. Sus hombros ligeramente caídos delataban incertidumbre, y no se movía, parecía que el peso de sus pensamientos la mantenía anclada al suelo. La luz tenue que se filtraba por la ventana envolvía su figura en una penumbra melancólica, intensificando una sensación de fragilidad que irradiaba de ella sin darse cuenta.
Verla ahí le provocó a Terry un inesperado alivio. Había estado temiendo que las palabras de Eleanor hubieran disipado la ilusión, que su decisión de buscar a la verdadera Candy terminara por borrar a la que existía en su mente. Por suerte, no fue así, su pecosa seguía ahí, y con ello, una infinita calma le llenó el alma.
Por su parte, ella mordía su labio inferior con suavidad mientras sus ojos recorrían los libros distraídamente. Cada título que leía se volvía borroso en su mente, pues su atención estaba atrapada reflexionando sobre todo lo sucedido con Terry en su estudio antes de que lo dejara a solas con su madre.
Aún estaba considerando qué hacer en cuanto estuviera otra vez con él, cuando lo sintió entrar justo en ese momento y su cuerpo entero se tensó. Si bien su instinto demandaba que se volviera hacia él, que lo enfrentara y que resolvieran de una vez por todas las dudas que tenían, el miedo la inmovilizó. Temía encontrarse con su mirada, temía que su presencia provocara una nueva discusión. Y, sobre todo, temía que él se negara a escucharla de nuevo.
—¿Cómo estuvo la conversación con tu madre? — preguntó en voz baja al cabo de un rato, rompiendo el mutismo, todavía sin volverse hacia él. —¿Está todo bien con ella?
Terry tardó un segundo en responder, buscando las palabras correctas.
—Sí, está todo bien. Ya se retiró a su casa.
—Me alegro…
La joven esbozó una sonrisa apenas perceptible, aunque luego, al darse cuenta de cómo podrían interpretarse sus palabras, agregó apresuradamente:
—No me alegro de que se haya ido, sino que me alegra que todo esté bien con ella.
Su nerviosismo le arrancó una leve sonrisa a Terry, un gesto que pasó inadvertido por ella. La observó en silencio, percibiendo cómo una curiosa combinación de ternura y remordimiento se apoderaba de él. Había algo en la Candy frente a él, en la frágil determinación con la que intentaba mantenerse firme, en la vulnerabilidad que se filtraba entre sus palabras, a lo que no podía ser indiferente. De nuevo, era como si su corazón insistiera en que ella no era solamente una proyección de su mente, sino la auténtica Candy, y esa noción no hacía más que sacudir su calma peligrosamente.
Antes de que pudiera recuperarse, su pecosa eligió ese preciso instante para girarse hacia él y verlo de frente. Sus ojos verdes buscaron los de Terrence, encontrándose con una mirada cargada de emociones: angustia, anhelo y algo más que ardía bajo las sombras de una decisión que parecía eclipsar todo lo demás.
—Candy… — susurró el castaño, su voz quebrándose por el peso de lo que sentía.
Ella tragó con dificultad, casi no pudiendo sostener la intensidad de aquella mirada tan abrumadora.
—Perdóname, por todo — siguió él, temiendo no poder decírselo y que ella desapareciera. —No es verdad que no confíe en ti. Voy a escucharte, lo juro.
Candy sintió un suave estremecimiento recorrer su cuerpo, un eco de la sorpresa que la agarró desprevenida. Sus hombros, rígidos desde que él había entrado, comenzaron a relajarse ligeramente, permitiendo que una brizna de esperanza se filtrara en su interior. Quizás sus palabras no se perderían en el vacío esta vez, sino que al fin encontrarían un puente hacia él.
Sin embargo, fue entonces cuando Terry desvió la mirada, y su expresión cambió. Algo oscuro nubló su semblante, apagando en un instante aquella frágil ilusión. Candy contuvo el aliento, sintiendo cómo el aire a su alrededor se volvía denso y expectante al oírlo hablar:
—Pero primero hay algo muy importante que debo hacer.
Su tono fue firme, pero contenía una nota de resolución que la alarmó. Estaba por preguntarle a qué se refería, cuando él giró sobre sus talones y salió de la biblioteca con paso decidido. Atrapada entre la confusión y la inquietud, la joven pecosa tardó varios segundos en reaccionar para luego ser arrastrada detrás de él.
El sonido de los pasos firmes del joven actor resonaron en el pasillo, y en el momento en que Candy se puso a su lado justo el instante que llegaron al pie de las escaleras, su corazón estaba ahora martillando duramente contra su pecho.
—¿A dónde vamos? — interrogó ella, sintiendo la tensión en cada fibra de su ser.
Terrence paró su caminata brevemente, volviéndose hacia su pecosa con una expresión que parecía contener todo el dolor y anhelo de libertad acumulados durante años.
—Voy a acabar con la mentira de mi vida.
Aquella frase tan súbita golpeó a Candy como una granada. Su mente demoró un poco en procesarlas, y aunque su pecho se agitaba inquieto por lo que aquello pudiera implicar, no dijo nada. Simplemente sentía que lo que fuera que él estuviera a punto de enfrentar, necesitaría de todo el apoyo posible de su parte.
Lo siguió hasta el vestíbulo, donde Terry recogió sus llaves sin vacilar. El aire estaba repleto de tensión, cada segundo conteniendo la promesa de algo irrevocable, pues él tenía un propósito claro en su mente: hablar con Susana y acabar con la farsa que lo había mantenido encadenado durante los últimos cuatro años.
Cuando subieron al auto, ella lo miró fijamente desde el asiento del copiloto. En un gesto silencioso, acercó una de sus manos hacia la mano de él que presionaba con fuerza la palanca de cambios.
—No importa a dónde vayas, Terry. Estaré contigo.
Él le dirigió una breve mirada, sus ojos suavizándose por un instante al contemplarla.
—Gracias... Candy.
Sin perder el tiempo y con el motor rugiendo como fondo, ambos partieron hacia un nuevo enfrentamiento en la casa de Susana, donde las mentiras se encontrarían por fin cara a cara con la verdad.
TyC TyC TyC TyC TyC
Casa Marlowe, Lower East Side
Manhattan, Nueva York
06 de enero de 1920
No le tomó mucho tiempo a Candy darse cuenta que se dirigían a la casa de las Marlowe, por lo que no le sorprendió cuando arribaron a aquella residencia envuelta en una atmósfera densa e incómoda que pareció envolverla de inmediato. En cuanto llegaron, una inquietud sorda se instaló en su pecho. ¿Qué quería hablar Terry con Susana?
Se sentía fuera de lugar incluso antes de cruzar el umbral, pero tampoco fue capaz de detenerlo ni de cuestionarle nada. Había algo en la firmeza de su postura, en su mirada imperturbable, que dejaba en claro que nada lo haría retroceder. Lo que fuera que estaba a punto de hacer allí era supremamente importante. Resignada, Candy liberó un suspiro. Por mucho que no deseara estar en compañía de esas mujeres, optó por acompañarlo en silencio.
Mientras tanto, dentro de la casa, la señora Marlowe y Susana pasaban el tiempo en la sala, sin imaginar la inminente tormenta que estaba por ocurrir. La madre bordaba calladamente, aunque de vez en cuando alzaba la vista y lanzaba miradas furtivas a su hija, su ceño fruncido delatando una preocupación que no se atrevía a expresar en voz alta.
En cambio, Susana estaba absorta en un cuaderno de apuntes, escribiendo muy inspirada un libreto de aquellas historias que ella creaba y que últimamente se habían convertido en su refugio. En estas narraciones, ella siempre era la hermosa e invencible heroína, y el protagonista masculino, un galán idealizado que le recordaba bastante a Terry, siempre caía perdidamente enamorado de su encanto.
La pesada sombra de pensar que tales historias eran totalmente diferentes a su realidad le dejaban a veces un amargo sabor de boca, sin embargo, eso no la detenía. Porque, al final, cada historia, por más absurda que fuera, le ofrecía algo que su propia vida no le daba: el amor del héroe, el final feliz que siempre se le escapaba de sus manos en su día a día.
—¿Te encuentras mejor, hija? — cuestionó su madre de pronto, rompiendo el silencio bajo el que habían caído desde que entraron en la sala.
Susana levantó la vista de su cuaderno con lentitud, haciendo un esfuerzo por concentrarse en la pregunta de su madre. Sus ojos se posaron en la mujer mayor, y a pesar que intentó sonreír, algo en su expresión mostraba un cansancio más profundo.
—Estoy bien… todo estará bien. — dijo en un susurro, esperando que al pronunciar esas palabras pudiera darles peso y hacerlas reales.
Regresando sus ojos a su cuaderno, sus dedos se aferraron con fuerza a la libreta, deseando como nunca que sus pensamientos y su vida pudieran ser controlados con la misma facilidad con la que ella dirigía las palabras que plasmaba en sus historias.
—Ahora sólo queda poner en marcha lo que te dije, mamá.
La Señora Marlowe estaba por replicar, cuando una de sus empleadas irrumpió apresuradamente en la sala indicando que el actor Terrence Graham había llegado a la casa y quería entrevistarse con la señorita Marlowe.
—¡Terry! — exclamó Susana, dejando de lado sus angustiantes pensamientos anteriores.
La emoción en su voz era innegable, aunque por dentro sentía un retorcido conflicto. No esperaba que él apareciera tan pronto, de hecho, había asumido que no lo vería hasta la partida a Inglaterra, algo que si bien no terminaba por agradarle del todo, habría sido lo mejor para lo que ella estaba planeando en relación a esa odiosa rueda de prensa en dos días que él pretendía obligarla a asistir.
Su estrategia iba a ser simple: iba a llamarlo más tarde para decirle que se iría al hospital, fingiendo estar enferma desde hoy para que llegada la temida fecha pudiera tener un subterfugio que le evitara ir a ese condenado lugar a toda costa. Sin embargo, con Terry presentándose ahora en su casa de manera inesperada, su precaria excusa se tambaleaba antes siquiera de intentarla.
Después de comunicar la inesperada visita, la empleada salió de la sala, e inmediatamente, el apuesto actor ingresó a la estancia con un paso firme que resultaba casi arrogante. Colgando su abrigo en uno de los percheros de la pared, se encaminó pausadamente hacia las Marlowe con una presencia que llenaba el espacio. Candy venía tras de él, siguiéndolo con renuencia, por más que obviamente las otras mujeres no podían verla. El hecho de que Terry llegara sólo unas horas después de haberlas dejado en su casa las llenaba de curiosidad y sospecha.
—Al menos no tuvo la desfachatez de desaparecer por semanas y no presentarse aquí hasta días antes de la gira. — comentó la Sra. Marlowe sin siquiera saludar, disparando sus acusaciones como un dardo.
Manteniendo su imperturbable compostura, Terrence enarcó su ceja izquierda, sonriendo levemente con burla.
—El comentario no viene al caso, señora. Creáme, yo también puedo querer decirle todo lo que pienso sobre usted. Pero, por respeto o lo poco que aún me queda de él, prefiero ahorrármelo y me abstengo de ofenderla. — repuso con calma mordaz, dejando claro que no estaba dispuesto a tolerar más provocaciones.
La socarrona sonrisa de Terry se amplió aún más, satisfecho al notar que la mujer pareció quedar aturdida. El tono sarcástico del castaño la había golpeado de lleno. Sin poder hablar, la señora Marlowe únicamente entreabrió sus labios y su rostro se tiñó de un ligero tono rojizo.
Aprovechando su turbación, Terrence giró entonces hacia Susana, quien lo miraba fijamente desde su silla de ruedas. Su semblante se tornó más serio al dirigirse a ella:
—He venido a hablar contigo, Susana.
—Por supuesto, Terry.— accedió ella con una sonrisa que se desdibujó sólo por un segundo. —Déjame guardar mis libretos un momento.
En lo que la rubia guardaba rápidamente su cuaderno en los cajones de la mesa, el joven actor enfocó su mirada en la señora Marlowe, que permanecía inmóvil en su lugar, observándolo con desconfianza.
—¿Qué querías hablar conmigo? — inquirió la ex actriz, terminando de guardar sus cosas, y dirigiéndose a Terry con una mezcla de curiosidad y ansiedad en la voz.
Él no despegó su mirada de la señora Marlowe y respondió sin titubeos:
—Lo que tengo que decirle a Susana es en privado con ella, por lo que le pido que se retire, señora. No se preocupe que no tomaré mucho tiempo.
La mujer mayor se tensó, su rostro adoptando una expresión de sorpresa y desdén combinados.
—¡Susy es mi hija! Lo que tenga que decirle a ella en privado, también me lo puede decir a mí.
Terry dejó escapar un suspiro que delataba que la simple existencia de aquella conversación le pareciera un fastidio innecesario.
—¡Vaya! Qué concepto tan… innovador tiene usted sobre la privacidad. No sabía que ahora las conversaciones privadas vienen con público de cortesía. La verdad no me interesa seguir sus ridículas nociones, esta conversación es entre Susana y yo, señora. Así que, otra vez le sugiero que se retire.
La respuesta fue como un golpe para la señora Marlowe, quien se removió un poco en su asiento, ahora muy indignada.
—¿Cómo se atreve a decirme que me vaya de mi propia sala? ¡Qué atrevimiento el suyo! ¡Yo de aquí no me muevo!
Sin apartar su vista de ella, los labios de Terrence se fueron curvando en una media sonrisa cargada de ironía que no alcanzaba a suavizar la frialdad en sus ojos.
—Parece que las palabras no son lo suyo, señora. Déjeme repetírselo de una forma que quizás entienda.
Aclaró su garganta y, con estudiada parsimonia, señaló hacia la salida. Su tono no tenía ni un gramo de amabilidad, pero sí una generosa dosis de sarcasmo:
—¿Ve ese rectángulo de madera con bisagras? Sí, eso es lo que la gente con algo de sentido común usa para salir de los lugares cuando ya no son bienvenidos. Bueno, lo que tiene que hacer es ponerse de pie, mover esos pies que tanto se aferran al suelo y dirigirse hacia la puerta. Luego, con un pequeño aunque significativo esfuerzo, atraviesa el umbral y… ¡voilà! Problema resuelto, todos contentos.
Levantó una ceja y chasqueó los dedos una vez, como si estuviera animándola a reaccionar.
—Espero que eso sea más directo y que esta sea la última ocasión que se lo digo o es que… ¿acaso tengo que deletreárselo para que al fin lo comprenda?
La boca de la señora Marlowe se abrió sorprendida, y sus ojos chisporrotearon de ira, dispuesta a contestarle justo cómo se merecía.
—¿Quién se cree usted para hablarme así? ¿El rey de Inglaterra? Porque si es así, déjeme decirle que ni siquiera llega a bufón de la corte. Lo único que tiene es una cara bonita que atrae a las mujeres y un golpe de suerte que lo puso donde está. Si mi Susy no se hubiera dignado a mirarlo, seguiría siendo un pobre diablo más, un don nadie sin gracia ni talento, viviendo de migajas y del favor de otros. Así que no se equivoque, muchachito: sin mi hija, usted no es absolutamente nada.
Él no se inmutó, ni siquiera pestañeó, y su leve sonrisa irónica no vaciló de su rostro ni un instante ante el predecible veneno de la mujer. Interiormente estaba contemplando el distintivo placer que le daría la reacción de la Señora Marlowe si es que le decía que si bien no era el rey de Inglaterra, técnicamente pertenecía a una de las ramas secundarias de la familia real por su línea paterna, tenía más sangre azul en sus venas de lo que cualquier persona que esta petulante mujer hubiera conocido en su vida.
Seguramente, si se enteraba, ella se atragantaría con su propio veneno y, con suerte, dejaría de hablar tonterías por varios minutos. Lo consideró unos momentos, pero después se dijo que no valía la pena, la madre de Susana no se merecía ni el derecho de saber aquel simple detalle de su pasado aristocrático.
Años de práctica en los escenarios, habían vuelto a Terrence un maestro en controlar sus emociones y ninguna cantidad de ofensas o insensateces podía atravesar su impenetrable máscara de indiferencia. O bueno, casi impenetrable, pues cuando sus ojos se posaron fugazmente en Candy, quien observaba furiosa la escena con el ceño fruncido y los labios apretados, su fachada flaqueó por un instante.
—No le hagas caso, Terry. — le pidió su pecosa con suavidad, intentando tranquilizarlo. —Esa mujer sólo habla tonterías, no le des el placer de caer en su juego.
"Lo sé." — pensó él, suspirando y relajando un poco sus hombros que se habían puesto rígidos.
Y solamente porque era su pecosa quien se lo decía, permitió que una suave sonrisa, auténtica y sin rastro de ironía, se asomara en su rostro por unos segundos. Candy siempre tenía ese efecto en él, lograba devolverle algo de calma incluso en medio del caos.
Sin embargo, esa tranquilidad no duró mucho. En cuanto volvió su atención a la señora Marlowe, su tono recuperó toda su afilada autoridad.
—Señora, no sé si lo ha olvidado entre tanto derroche de extravagancia, pero el "bufón sin talento" que tanto desprecia es el mismo que paga las deudas de esta casa, sus vestidos ridículamente estrafalarios, sus otras estúpidas excentricidades, y hasta la tapicería horrorosa de ese sofá al que se aferra sentada como si fuera su trono. Así que, si le incomoda mi presencia en su casa, le sugiero que haga algo revolucionario: ¡páguese usted misma sus lujos! Mientras tanto, le recomiendo que use la puerta como cualquier persona normal y desaparezca de mi vista.
El rostro de la señora Marlowe tenía un tono tan escarlata que parecía a punto de ebullición. Sus labios se abrieron y cerraron en un intento inútil de articular una réplica, pero la declaración de Terry había surtido efecto: se quedó sin palabras.
Muy nerviosa por la situación, Susana decidió intervenir, a fin de evitar que la disputa escalará aún más y su madre colapsara de pura indignación.
—¡Mamá! Déjame sola con Terry.— le rogó a su madre, viéndola con ojos suplicantes.
—Pero Susy…
—Mamá, por favor. — insistió con la mirada, hasta que finalmente su madre, con la dignidad en ruinas, accedió con una mueca de derrota.
—Está bien. — masculló, levantándose de su asiento con una rigidez forzada, tomando consigo el bordado que había estado haciendo antes que el actor llegara.
Entrecerró sus ojos con desconfianza hacia él, estrujando entre sus manos el paño del bordado, deseando que en vez de la tela fuera el cuello de ese sinvergüenza que para ella era Terrence lo que estuviera presionando. Luego, caminó hacia fuera del salón, murmurando improperios entre dientes con un fastidio que nunca podía disimular. El sonoro portazo con el que salió pareció resonar en toda la casa, acabando su diatriba.
—Tan sutil como siempre —comentó él con indiferencia, entornando sus ojos.
Visiblemente incómoda, Susana trató de retomar la conversación una vez se hubo ido su madre.
—Perdona a mamá, está un poco tensa por lo qué pasó en la fiesta. Pero, dime... ¿qué sucede?
Terry alzó una mano en un gesto que pedía silencio, inclinando su cabeza a un lado como si escuchara algo sospechoso. Se acercó a la puerta con pasos sigilosos y, de repente, dio un fuerte golpe contra la madera. Del otro lado se oyó un respingo asustado, seguido de un ahogado "¡Ay!" en una voz que resultaba extrañamente parecida a la de la señora Marlowe.
Abriendo la puerta para comprobar sus sospechas, se encontró con la mujer tambaleándose, claramente pillada en plena faena de espionaje. Se cruzó de brazos y la miró con fingida sorpresa.
—¡Vaya, vaya! ¡Qué inesperado! Y yo que pensaba que los únicos que rondaban por los pasillos sin ser invitados eran los fantasmas, pero ahora resulta que esta casa no está embrujada, sino más bien acechada por una mujer de nariz entrometida y dos orejas indiscretas. — comentó con una ceja en alto, lleno de sorna. —Dígame, señora, ¿qué es lo que pretende? ¿Teme que mi conversación con Susana terminé con una reducción en sus gastos? ¿O acaso está esperando que yo le pague alquiler por estar en su sala? Porque a este paso, no me sorprendería que hasta de respirar cerca de su casa me va a querer cobrar. ¿En serio hasta ese punto planea lucrar ahora o simplemente ya le agarró el gusto a cobrar por fisgonear? ¿Le resulta demasiado rentable con lo chismosa que es?
La señora Marlowe pasó de la vergüenza a la rabia en un parpadeo, enrojeciendo como un pavo que estaba a poco de explotar. Sin embargo, al verse descubierta, y sin armas con las cuales contraatacar, prefirió irse, lanzándole una última mirada furibunda para luego desaparecer por los pasillos y perderse de su vista.
—¡Tu madre no tiene límites! — exclamó el joven actor, cerrando la puerta con fuerza detrás de él y caminando hacia uno de los sillones dobles desocupados frente a la ex actriz, donde terminó sentándose.
Susana intentó reprimir una mueca, pero al final decidió defender a su madre:
—Por favor, Terry, mamá sólo está preocupada…
Él soltó una risa seca, carente de todo humor.
"¿Preocupada?" — se dijo con amarga consternación. —"A tu madre únicamente le preocupa perder los cheques que me saca cada mes."
Sin embargo, en lugar de decir en voz alta aquella verdad incómoda, escogió algo diferente e irónico:
—Eso sí, hay que reconocer su talento. Tu madre tiene una habilidad innata para meterse donde no la llaman. Si dieran premios por eso, tendría la repisa llena de ellos.
Susana lo miró con reproche, para luego mover la cabeza con desaprobación.
—Estás exagerando, Terry. Sabes que mamá solamente quiere lo mejor para nosotros. Y aunque a veces sea un poco… intensa, sé que con el tiempo la entenderás mejor. Además, no veo por qué te molesta tanto, si al final del día, no puedes decir que no disfrutas un poco de la atención que te da. Después de todo, sé que te encanta siempre ser el centro de interés, sobre todo porque sabes brillar bajo los reflectores.
Las cejas del castaño se alzaron, algo sorprendido de que ella siquiera pensara algo así de él. Aquello no tenía nada que ver con su forma de ser. Sin embargo, lentamente su expresión anonadada fue tornándose pensativa. Apoyando una mano en el brazo del sofá, dejó escapar un suspiro, mientras sus ojos azules verdosos, repletos de una franqueza inusual, la estudiaban con detenimiento.
—¿En qué piensas, querido? — inquirió ella, algo confundida y nerviosa por su insistente escrutinio.
Sin dejar de mirarla directamente, por primera vez en toda la conversación, la voz de Terrence careció de sarcasmo al decir:
—Pienso en lo poco que me conoces en realidad, Susana. Después de todos estos años, aún no me entiendes.
—¿De qué hablas, Terry?
El joven actor volvió a suspirar para darse ánimo, tomando un segundo para ordenar sus pensamientos antes de lanzar la pregunta que flotaba en su mente desde hace tiempo.
—Dices que me amas, aunque la verdad es que casi no sabes nada de mí. Dime, Susana… ¿qué es exactamente lo que conoces de mí que hace que me ames como aseguras?
Parpadeando con perplejidad, la seguridad de Susana tambaleó por un instante, desconcertada por tal cuestionamiento. No obstante, decidió recurrir a lo que mejor sabía hacer: halagar. Enderezando la espalda e hinchando el pecho con renovada confianza, una sonrisa encantadora apareció en sus labios para después responder:
—¿Qué sé de ti, Terry? Sé que eres extraordinario, inigualable. Un verdadero prodigio de los escenarios. Cada mirada tuya… cada palabra que pronuncias en los estrados es una obra maestra. Eres el actor más grande de nuestra generación… no, de todos los tiempos. Si Shakespeare estuviera vivo, escribiría sólo para ti. Incluso el mismísimo John Barrymore (*1) se retuerce de celos cada vez que pisas un escenario.
Terrence enarcó una ceja, sacudiendo su cabeza con aire de resignación.
—No trates de darme halagos innecesarios y exagerados, Susana. Odio que alguien me adule tan falsamente. — sus ojos la atravesaron con una mirada fría, que parecía verla más allá de sus palabras. —Me hace recordar los tiempos cuando tenía que soportar cientos de adulaciones de personas estúpidas sólo por obtener las gracias de mi padre. Quiero que me digas algo de mí que no sepan los demás.
Susana pareció estremecerse bajo el pesadez de su tono, pero mantuvo su sonrisa, aunque esta temblaba ligeramente en las comisuras.
—Sé que eres inglés y alérgico a las almendras. — mencionó con rapidez, aferrándose a esa información, esperando que eso pudiera salvarla.
Incrédulo porque se le ocurriera decir aquello, Terry resopló, moviendo su cabeza con exasperación.
—Eso lo sabes recién desde hace unos días, y por si no lo recuerdas, casi me matas en el proceso cuando te enteraste.
—¡Eso fue un accidente! Yo no sabía que serías alérgico a mis galletas.
—¿No te sorprende que después de tantos años sepas tan poco de mí?
Si bien la ex actriz abrió la boca para replicar, no encontró palabras. Bajó la mirada a sus manos, retorciéndolas nerviosamente sobre su regazo.
—Eso no es mi culpa tampoco, es sólo por ti. Yo siempre he estado interesada en saber más sobre ti, pero tú te encierras tanto en ti mismo que nunca me has contado algo sobre ti.
Exhalando profundamente, Terrence se pasó una mano por su cabello en frustración.
—Puede que eso también sea cierto, pero en honor a la verdad, la realidad es que nunca me has inspirado la confianza necesaria para hacer algo así… para querer contarte algo sobre mí.
La confesión fue directa y brutal que resultó en una herida abierta la cual Susana no pudo ignorar. Ella alzó el rostro, sus labios temblando por la indignación y el miedo que comenzaba a apoderarse de ella.
—¿Y ahora resulta que de eso soy culpable también?
—¡No! — espetó él con una mezcla de frustración y autoculpa que le quemaba el pecho. —Yo también tengo mi parte de culpa en esto, Susana. He callado mucho tiempo. He permitido que esto siga avanzando, sabiendo que estaba mal. Y ahora… ahora debo hacer algo al respecto. Algo que debí haber hecho hace mucho tiempo, pero hasta ahora recién tengo la claridad de mente y el coraje de hacer.
—¿Qué tratas de decir con eso, Terry? — dijo Susana con el corazón la boca.
Contra toda lógica, una chispa de esperanza empezó a formarse en su interior, creyendo la absurda idea que muy probablemente Terry se le iba declarar y por fin le pediría matrimonio, uno de sus mayores sueños a punto de hacerse realidad.
Aquella noción la llenó de tal emoción que sus manos volaron a su pecho, y una sonrisa radiante cruzó por su rostro. Con su corazón latiendo aceleradamente, su mundo se detuvo en su eje, esperando las siguientes palabras de Terrence:
—Ya no puedo continuar con esto. No puedo seguir viviendo esta mentira.
La sonrisa de Susana se desvaneció instantáneamente, como si alguien le hubiera arrancado la luz del alma. Su rostro se contrajo en incredulidad, mientras un muy marcado brillo de temor se instaló en sus pupilas bajo el efecto de esa declaración que empezó a resonar en sus oídos.
—No entiendo qué quieres decir.
Desviando la mirada, Susana volvió a fijarla en sus manos que temblaban ligeramente sobre su regazo, haciendo todo lo posible para evitar encontrarse con los ojos de él.
El castaño suspiró cansadamente con una expresión que sólo reflejaba su molestia.
—Sabes perfectamente de lo que hablo. — repuso con voz firme.
Odiaba que Susana quisiera hacerse la tonta, ella nunca lo había sido. Podría querer hacerlo parecer a los demás, pero no lo engañaba a él. Le diría esto de una vez por todas o se dejaba de llamar: Terrence Graham Grandchester.
De pronto, ella levantó la vista para verlo fijamente con sus ojos llenos de súplica y angustia. Inclinó la cabeza a un lado, adoptando una expresión inocente que siempre había funcionado con otros, pero que sabía que con el joven actor era un arma de doble filo.
—Empecemos de nuevo, Terry. — aclamó suavemente, esperando que sus palabras pudieran envolverlos en una burbuja de falsa esperanza. —No nos casemos si tú no quieres, pero podemos volvernos más cercanos. Sólo la convivencia diaria nos dará esa cercanía. Yo sé que en el fondo me amas, sólo que todavía no te has dado cuenta.
Terrence entrecerró los ojos, endureciendo el rostro, preso de la más absoluta consternación. Frunció el ceño, estudiándola, buscando una explicación racional en esas palabras. ¿Estaba Susana proponiéndole lo que él estaba pensando?
"Debo estar malentendiendo lo que me dice." — se dijo a sí mismo.
—¿A qué te refieres exactamente? — titubeó con cierto dejo de escepticismo.
—Vivamos juntos. — anunció con decisión, dejando al joven actor boquiabierto y sin prácticamente nada de aire en sus pulmones.
Por un minuto, Terry se quedó en silencio, incapaz de procesar completamente lo que acababa de escuchar. Cuando finalmente recuperó el aire, dejó escapar un resoplido seco, más de incredulidad que de burla.
"Sí, resultó ser justo lo que estaba pensando." — concluyó para sí mismo, mientras una mueca de disgusto luchaba por asomar en su rostro. Sus pensamientos comenzaron a atropellarse unos a otros.
¿Susana se había vuelto loca? Bueno, él siempre sospechó que ella no estaba muy bien de la cabeza, pero nunca creyó que fuera para tanto. ¿Comprendía ella las consecuencias de semejante proposición?
Aquella idea simplemente lo horrorizaba. No sólo por lo que significaría para la reputación de Susana, sino también por todo lo que implicaría para él: más tiempo con ella, más exigencias, más control, y lo peor de todo… menos paz.
—¿Escuchas lo que estás diciendo? — bajó el volumen de su voz más consternado que antes. —¿Comprendes lo que significa?
—¡Claro que lo sé! — insistió con una obstinación que rozaba lo desesperado. —Conozco muy bien las consecuencias de lo que pensarán los demás, pero aun así quiero hacerlo.
A pesar que la intensidad en su mirada le provocó un escalofrío, él no dejó de mirarla. Inclinándose un poco hacia adelante, sus próximas palabras fueron como cuchillos, directos y afilados.
—¿Quieres seguir mendigando amor, Susana? ¿Acaso no te tienes ni un poco de respeto a ti misma?
La ex actriz estrujó sus labios con fuerza, aunque sus ojos ardían con una determinación casi frenética.
—Poco me importa mi dignidad, si te pierdo.
Terry la observó, sus ojos brillando con una mezcla de compasión y amargura. La veía por lo que realmente era: una mujer desesperada por retener algo que nunca había sido suyo.
—Susana… — murmuró con abundante lástima. —Si después de todo este tiempo sigues pensando que esto puede funcionar, es porque realmente nunca me has conocido.
Un pesado silencio cayó súbitamente entre ambos, al tiempo que las palabras de Terry resonaban en la sala como un eco imposible de ignorar. Sin embargo, una vez pudo recuperar su ímpetu anterior, ella no dudó en contratacar:
—¡Claro que te conozco! ¿No me oyes que estoy dispuesta a dar todo por ti? ¡Quédate mi dignidad! ¡Písame el orgullo si quieres, no me importa! Pero quédate conmigo, Terry.
En el acto, el castaño se enderezó, levantándose del mueble y llevándose una mano al rostro con un suspiro pesado.
—No pienso seguir escuchándote. Vine aquí con un único propósito, y ese es…
—¡No! ¡No te atrevas a decirlo! — lo interrumpió en un grito, todo su rostro por fin dejando de lado su estudiada tranquilidad. —¡No lo digas!
—Susana, entiende. Tú y yo no podemos seguir juntos.
La desesperación de la mujer se transformó en algo más oscuro, casi amenazante, al tiempo que su voz adquiría un tono bajo y peligroso.
—¡El que no entiende eres tú! Te amo demasiado como para dejarte ir. ¡Eres mío! — sus ojos lucían desorbitados por la ira y el miedo. —¡Y sólo conmigo te quedarás!
El castaño retrocedió un paso con una expresión de cansancio absoluto.
—Eso es precisamente de lo que hablo.
La pesadez en su voz parecía cernirse sobre sus hombros, haciendo que cerrara sus ojos un breve instante. Cuando con languidez los abrió, fijó su mirada en aquella mujer de nuevo, taladrándola con una sinceridad que dolía.
—No entiendes el amor, Susana. Hace mucho tiempo que eso que decías sentir por mí dejó de ser amor, es más… ni siquiera estoy seguro si alguna vez lo fue.
El rostro de Susana se transformó, pasando en segundos de la completa desesperación a una inmensa ira como si le hubieran dicho la más horrible ofensa.
—¿Cómo te atreves a dudar de mis sentimientos por ti? ¿No te he demostrado muchas veces cuánto te amo? — proclamó resentida, moviendo sus manos a su alrededor frenéticamente. —¡A diario vivo la prueba de los grandes sacrificios que he tenido que sufrir por amor a ti!
Tomando aire para controlar su respiración agitada, volvió a enfrentarlo con mucha más energía:
—¿Acaso no lo recuerdas, Terry? ¡Me sacrifiqué para salvarte! — recriminó, repitiendo la misma excusa que siempre usaba. —Y lo hice porque te amo más que a nada en el mundo. Por eso no te irás, porque lo que hice te hace mío. ¡Mi amor por ti te hace completamente mío!
—No me amas, Susana. El amor nunca…
Él vio cómo ella comenzó a sacudir su cabeza en terca negación de sus palabras.
—¡Escúchame bien! — gritó con firmeza para que ella le prestará atención, lo que cumplió su cometido porque ella se sobresaltó y lo miró atentamente. —El verdadero amor nunca es egoísta, Susana.
—¿Tú qué sabes de amor? — siseó, apretando sus dientes. —Si no logras entender el amor que siento por ti, es porque no conoces el verdadero significado de esa palabra.
Terry suspiró, apartando la mirada de ella para enfocarla en otra dirección, como si hablara con alguien más.
—Te equivocas, Susana. Sé más de amor de lo que tú podrías comprender algún día.
Siguió girando la cabeza lentamente hasta que sus ojos encontraron a quien estaba buscando: su pecosa. Su expresión cambió por completo, sus labios se curvaron en una suave sonrisa, y su mirada adquirió una calidez que parecía derretir todo lo más próximo a él.
—He vivido amando a una sola mujer desde que tenía quince años. Desde que la vi por primera vez… — su voz era baja, casi un susurro, aunque estaba llena de una intensidad que electrizaba el aire. —… He vivido amándola desde entonces.
Candy sintió todo el mundo a su alrededor temblar, en ese mismo instante sintió que dejó de respirar.
—¡No! — chilló Susana, parecía como enloquecida, un reflejo del caos en su interior. —¡No digas más! Tú me amas a mí. ¡Debes amarme! ¡He dado todo por ti!
Si bien Terry no alzó la voz, lo siguiente que dijo fue firme e implacable cuando volvió a enfocarse en ella.
—El amor no se escoge con la cabeza, Susana. Es el corazón el que decide. Y el mío ya eligió hace mucho tiempo. Aunque quisiera amarte, no podría. Porque cuando el Sol arde en tu corazón, ninguna otra llama puede reemplazarlo.
—¡No sabes lo que dices!
Sacudiendo su cabeza, ella trató de borrar aquellas dolorosas palabras de su mente.
—Claro que sé lo que digo. Perdóname, pero… la que no quiere entender eres tú. No puedo amarte, Susana. Y si soy honesto, ni siquiera quiero intentarlo.
—¡Es que no has puesto el suficiente empeño en amarme! — le reprochó con los ojos llenos de lágrimas que comenzaron a brotar sin contención. —Yo te amo más que mi vida misma desde que te conocí. Con mi amor bastará por ahora, con el tiempo aprenderás a amarme. Debes hacerlo… ¡me lo debes, Terry!
Frustrado, Terrence crispó sus manos en puños, por poco manteniendo la calma.
—El amor no se obliga, Susana. Es hasta ahora que lo comprendo plenamente. El amor no es una imposición ni un sacrificio eterno. Fluye de manera natural, como el aire que respiras. Te llena, te hace sentir completo… como si algo perdido dentro de ti finalmente volviera a su lugar.
Hizo una pausa, sintiéndose repentinamente extraño de estar diciéndole esto a Susana, aunque a la vez incapaz de parar pues tenía que hacerle entender. Sus ojos brillaban con emoción y sinceridad combinados.
—Cuando amas de verdad, vives por todo lo que ella es…
Sin darse cuenta, sus ojos se desviaron hacia Candy, quien lo miraba con el alma al descubierto. Terry tragó con fuerza, su voz quebrándose por un momento antes de seguir:
—Es como si el tiempo no pasara, como si un instante con ella pudiera durar para siempre…
—¡Basta! ¿Qué es lo que necesito para que me ames? ¡Dímelo, por favor! — suplicó Susana en un gemido lastimero que la hizo sollozar más desesperada. —Haré lo que sea para que te quedes conmigo. ¡Sólo dímelo y lo haré!
Él negó con la cabeza y un destello de compasión asomó en su mirada.
—No hay nada que puedas hacer. Esto va más allá de cualquier esfuerzo o sacrificio. Ya no puedo seguir con esto, porque estoy seguro de que nunca podré amarte.
—¡No! — la ex actriz se cubrió sus oídos con sus manos en un acto reflejo. —¡No pienso seguir escuchándote!
—¡Susana, por favor! Entiende lo que digo.
—¡No te oigo! ¡No te oigo! — comenzó a gritar con fuerza en lo que parecía una ataque de histeria.
—¡Deja de comportarte como una niña, Susana!
Ella no lo escuchó, simplemente estalló en lágrimas más intensas, que sólo reflejaban la frustración y la rabia que se apoderó de ella.
—No puedes dejarme, Terry.— se lamentó amargamente. —¡No puedes! ¡Yo te salvé la vida!
Volviendo a suspirar profundamente, la siguiente declaración del castaño resonó con el peso de la verdad.
—Es cierto, tú me salvaste la vida. Siempre te estaré agradecido por eso. Pero antes de que llegaras tú a mi vida… alguien más me había salvado.
Creyendo no haber escuchado bien, Susana sacó sus manos de sus oídos y lo miró con incredulidad, incapaz de comprender. Aprovechando la oportunidad, Terry continuó con su voz teñida de nostalgia.
—Ella me salvó de mí mismo. No lo entendí en ese momento, pero yo era mi propio enemigo. Antes de conocerla, vivía atrapado en una oscuridad sin fin, sin sueños, sin propósito. Ella fue quien iluminó mi camino. Me miró de una manera en la que nadie lo había hecho antes…
Decidió parar unos segundos mientras una sonrisa cargada de emociones llenó su rostro. Susana lo vio con horror, adivinando hacia dónde iba todo.
—Me vio como realmente soy, y aún así… creyó en mí. Nunca me obligó a quedarme con ella, nunca tuvo que pedírmelo. Yo quería estar con ella. ¡Todavía quiero estar con ella!
—¿Cómo estás tan seguro que ella quiere estar contigo ahora? No pareció poner mucha resistencia cuando se marchó de tu lado y te dejó. — expresó Susana con veneno en su afán por lastimarlo. —Ella supuestamente te amaba mucho en ese entonces, ¿cierto? Pues déjame corregirte, Terry. ¡Ella nunca te amó! ¡Se marchó de tu vida por su propia voluntad! ¡Nadie la obligó a hacerlo!
Entonces supo que había tocado una fibra sensible en él, porque lo vio cerrar fugazmente sus ojos con dolor.
—Así no fueron las cosas. Ella se fue porque yo la dejé marcharse. ¡Fui un verdadero estúpido! Me sentía atrapado entre la espada y la pared. No supe que hacer para causar el menor daño posible. Como un idiota, yo me dejé manipular por ti y tu madre. La dejé ir, aún sabiendo que ella era la única persona que tenía un verdadero derecho sobre mi vida y corazón.
El rostro de él se endureció de tal manera que hizo temblar de miedo a Susana.
—Al final, se dio el peor de los resultados. Porque en toda esta historia, todos terminamos siendo infelices de una u otra forma. No es justo para ninguno de los dos. No soy feliz contigo, Susana, y tú tampoco lo eres conmigo.
Ella empezó a negar con la cabeza tercamente, no queriendo aceptar tales afirmaciones, pero él la detuvo.
—¿Acaso me vas a decir que eres completamente feliz conmigo?
—¡Yo lo soy, Terry! Sólo tenerte conmigo me es suficiente.
Aprovechando esta oportunidad, la joven se acercó con su silla de ruedas hacia él y lo tomó de la mano, aferrándose a esa mentira.
—No seas así. ¡No me mientas más, Susana!
Terrence separó bruscamente su mano de la mano de la ex actriz, quien retrocedió, sintiendo su rechazo con una punzada de enojo que fue extremadamente notoria en su cara.
—Dices que me amas a pesar de todo, pero en el fondo sé que me has ido odiando poco a poco por mi indiferencia. Cuando piensas que no me doy cuenta, yo he notado muchas veces que me miras con rencor. Todos estos años contigo no han cambiado nada de mis sentimientos. Todo eso solamente ha logrado que te resientas conmigo, por no poder amarte como tanto quieres que lo haga.
Respirando hondo, él ya no pudo contener lo que por tanto tiempo había guardado en su interior.
—La verdad nos estamos haciendo daño los dos. Ya no soportas que yo no te corresponda y yo ya no soporto vivir de esta manera. Estoy cansado de fingir, de cumplir expectativas que nunca quise cumplir, de hacer cosas que odio solamente para mantener esta farsa. ¡Detesto que me impongan las cosas! Y lo que es peor, ni tú ni tu madre lo han entendido, únicamente se empeñan tantas veces en querer forzarme a hacer lo que ustedes quieran, y al final sólo termino sintiéndome absolutamente asfixiado. ¡Quiero tener libertad de hacer lo que yo quiera!
Sin poder irse contra esas acusaciones, Susana se limitó a mirarlo con el rostro lleno de más rabia que tristeza.
—Nunca encontrarás a alguien como yo, Terry. Nadie te amará como yo lo hago. — sus palabras iban cargadas de reproche, quebrándose al final. —¡Ella nunca será como yo!
Él asintió, estando totalmente de acuerdo con ella al menos en eso.
—Ese es el punto: ella nunca será como tú. — su respuesta fue tan serena como devastadora. —Lo siento, no quiero sonar cruel, pero tengo que ser sincero contigo. Esto es lo que pasa: no deseo una vida contigo.
Susana dio un respingo de sorpresa al escucharlo, como si la hubiera golpeado físicamente.
—¿Cómo puedes decirme eso, Terry? — su rostro estaba contorsionándose por un fuerte rencor que ya no podía ocultar. —Después de todos estos años a tu lado, años en los que trataste de redimir tu nombre luego que te fuiste de los escenarios. ¿Quién estuvo a tu lado cuando todo esto pasó? ¿Acaso fue ella? ¡No! ¡Fui yo! ¡Yo fui la que te apoyó todo este tiempo! La que te ayudó a levantarte y estuvo a tu lado apoyándote hasta que resurgiste.
Soltando una risa amarga, Terry le lanzó una mirada que estaba repleta de ironía y frustración.
—¡Eso no es cierto! Yo mismo me levanté, yo mismo libré mis propias batallas solo. ¡Nadie me ayudó! Tú nunca me ofreciste ni siquiera una palabra de consuelo. Tu madre y tú sólo intentaban forzarme en hacer lo que ustedes querían, te empeñabas en forzarme a que te amé. En lugar de ayudar a levantarme, me hundiste más. En vez de apoyarme, tú solamente me ataste con tus cadenas, y me asfixiaste con tus demandas junto a tus falsas expectativas.
La fuerza de su indignación hizo que él alzara la voz, dejando salir otra parte de su frustración que había contenido durante años.
—¡Luché! ¡Luché contra todo yo solo! Luché contra mis propios demonios. No sabes lo fácil que pudo haber sido para mí volver a caer en el maldito alcohol, perderme a mí mismo y nunca volver a encontrarme. Era la solución más sencilla, sí, pero hubiera sido la salida más cobarde. No lo hice… ¿y sabes por qué?
Se acercó un poco a la ex actriz para enfrentarla con aire desafiante.
—Si me he mantenido firme hasta ahora en esto, creo que sólo fue por el recuerdo de ella y también por la vaga esperanza de volver a ser la persona que siempre he sido, en el fondo quería volver a ser yo, el Terry de antaño. Pero estaba atado, atrapado en estas malditas cadenas de las que no me había logrado liberarme. Lo que verdaderamente me molesta es que tú te creas con el derecho de reclamarme por haber estado a mi lado apoyándome, cuando tú sabes muy bien que eso no fue así.
Susana empuñó las manos, sus ojos brillaban con ira y celos, unos indecibles celos que le hacían perder la cabeza.
—¡Sigues hablando de ella como si fuera perfecta! — aulló enfadada. —Pero te dejó. ¡Te abandonó! ¿Eso es amor? ¡No, Terry! Yo soy quien realmente te ama. ¡Ella no te merece y nunca te merecerá!
—No tienes idea de lo que dices. Ya ni vale la pena seguir explicándotelo. —declaró cansadamente, no queriendo seguir exponiendo sus argumentos a la terca mujer. —Sólo te pido que aceptes que todo lo que sentí por ella fue real, algo que nunca podré sentir por ti.
—¿Por qué me dices esto? — se cubrió su rostro con aparente dolor. —¿No ves que me haces sufrir, Terry?
—A ti nunca te ha interesado mi sufrimiento. — respondió con una soltura que parecía casi cómica. —Todos estos años a tu lado me han ido apagando. A pesar que tú siempre has sido consciente de ello, nunca te ha importado.
—Tú eres lo único que tengo, Terry. No puedo perderte.
Los ojos del joven actor se suavizaron un poco antes de hablar de nuevo:
—Lamento que te formarás esperanzas con esto, pero yo nunca te he mentido, Susana. Siempre he sido sincero contigo, yo jamás te he pedido matrimonio y nunca te he ofrecido mi amor.
En un último intento por aferrarse a lo que quedaba, la ex actriz profirió totalmente afligida:
—¡Eres un egoísta, Terry! ¡Todo este tiempo te he dado mi vida, y así me pagas! Mi madre siempre tuvo razón sobre ti. Nunca serás más que un hombre desgraciado e ingrato.
Si bien él recibió esas palabras como un golpe en el estómago, no perdió su fachada de calma.
—Si eso piensas de mí, entonces no entiendo por qué sigues aferrándote a alguien que claramente no amas de la manera que dices. — suspiró con agotamiento. —Te repito que estoy cansado, Susana. Exhausto de esta vida, de esta relación, de todo esto. Y, sinceramente, también estoy profundamente hastiado de tu madre y de su constante intromisión.
—¿Qué pudo haberte hecho mi pobre madre para que merezca tal rechazo?
Él miró acusadoramente, sorprendido de que siquiera lo cuestionara.
—¿Todavía tienes que preguntarlo? Tanto ella como tú tratan de ser dueñas de mi vida. Dime… ¿Acaso mi vida les pertenece?
Susana se encogió en su sitio, mirándolo con los ojos llenos de lágrimas, reflejo de la desesperación de alguien que se veía perdiendo todo.
—No puedes dejarme, Terry. Estás tan confundido que no sabes lo que dices.
—No estoy confundido, Susana. — la interrumpió él con firme calma. —Nunca he hablado con tanta claridad en mi vida. Esto se terminó. Y es hora de que ambos lo aceptemos.
Los sollozos entrecortados de Susana se apagaron y sus lágrimas se detuvieron. Empuñando las manos en su regazo, lo enfrentó con la voz llena de rabia:
—¡No lo harás! ¡No te irás, Terry! ¡No dejaré que me deseches como un zapato viejo! ¡Y mucho menos volverás con ella! ¡No lo permitiré!
Los ojos de Susana empezaron a arder con un fuego que parecía obsesivo, sus pupilas estaban dilatadas por la furia mientras lo miraba como si quisiera aferrarse a él con la sola fuerza de su voluntad. Sin embargo, lejos de dejarse amedrentar, las facciones de él se endurecieron aún más, y su mirada denotaba una calma peligrosa.
—Yo soy el que decide sobre mi vida ahora y nada me va a detener.
Poco a poco, el rostro de la ex actriz se torció en algo que apenas se asemejaba a una sonrisa, lucía más a una mueca cruel que a una expresión de alegría. Sus ojos brillaban con una satisfacción retorcida cuando dejó caer su siguiente frase como un golpe letal:
—¿Oh? Eso es lo que tú crees, pero lo que no sabes es que yo sé algo que tú ignoras… y por más que intentes, ya no podrás volver con ella nunca.
Frunciendo el ceño, Terrence tuvo un mal presentimiento que le recorrió la espalda cual escalofrío helado. Su instinto le gritó que algo estaba terriblemente mal.
—¿De qué estás hablando? — su voz se volvió grave y amenazante.
Susana inclinó levemente la cabeza, deleitándose con el momento. Luego, con la crueldad de quien lanza un puñal directo al corazón, pronunció las palabras que lo hicieron tambalear.
—Esa mujer tuvo un accidente de auto y resultó gravemente herida. No pudieron hacer nada para salvarla, para estos momentos, ella ya debe estar muerta.
El corazón de Terry se detuvo en su pecho por segundos interminables de absoluto vacío. Tuvo que pasar un tiempo antes de que se diera cuenta que estaba conteniendo la respiración, a las justas fue consciente que necesitaba respirar. Un frío aterrador le recorrió la espina dorsal, helándole la sangre y dejándolo paralizado. Su mente se negó a procesarlo de inmediato, como si con sólo rechazarlo pudiera hacerlo falso. Pero entonces, la realidad lo golpeó con la fuerza de un puño en las entrañas que lo hizo reaccionar.
—¿Qué… qué demonios has dicho?
La fiereza de su voz no parecía humana, fue como un gruñido gutural lleno de incredulidad y rabia. Su rostro se transformó en una máscara de furia descontrolada que lo hacía parecer otra persona. Sus manos se cerraron en puños temblorosos, su respiración se volvió errática, y los músculos de su mandíbula se contrajeron con tal fuerza que un dolor punzante se disparó por su cabeza. Bajo toda esa ira ardiente, también había algo más: un terror indescriptible.
—¡Ni se te ocurra repetirlo! ¿Cómo te atreves a decir algo así?
La expresión de Susana no se inmutó, al contrario parecía estar inquietantemente satisfecha con su reacción, y no contenía ni rastro de remordimiento.
—Digo lo que sé. Es así, no sabes cuánto me alegro que esté muerta. — expresó con placer venenoso, deseosa de herirlo tanto como él la había lastimado a ella. —Ese telegrama que te llegó al teatro decía lo que te digo. A estas horas, ella debe estar incluso enterrada.
El aire en la habitación se volvió irrespirable. Terry perdió toda la fuerza en sus piernas y se dejó caer en el sillón que estaba detrás suyo, como si su cuerpo ya no pudiera sostener el peso de su alma. Su rostro, normalmente altivo, ahora estaba destrozado. Sus ojos eran un mar turbulento que brillaban con lágrimas no derramadas, y su respiración era un jadeo tembloroso. Parpadeaba sin cesar, luchando por un enfoque entre tanto miedo que lo embargaba.
—¿Muerta? No… no.
Su voz era a las justas un murmullo, quebrado y vulnerable, que rogaba que no fuera cierto. Sus manos no dejaban de temblar al tiempo que se las llevaba al rostro, intentando aferrarse a algo, a cualquier cosa.
—No… no. Candy, no... Por favor, mi Candy, no.
Las lágrimas finalmente comenzaron a rodar por sus mejillas junto a un sollozo desgarrador que escapó de su garganta, un sonido tan crudo y profundo que parecía provenir desde el mismo núcleo de su ser.
—Terry…
La dulce voz, casi vacilante, de su pecosa resonó en la sala, tan inesperada como un rayo en un cielo despejado.
Él alzó la vista con sus ojos anegados de lágrimas, buscando la fuente de aquella voz que conocía tan bien. Y allí estaba ella. No era un espejismo, ni un recuerdo fragmentado: era Candy. La Candy que había estado acompañándolo todos estos días, aunque ahora parecía más real que nunca.
—Candy… ¡Por Dios, Candy!
Su voz se quebró bajo el peso del dolor que había estado reprimiendo. Su pecosa lo miraba con ojos húmedos y brillantes. En su mirada había ternura, esa exquisita calidez que podía envolverlo por completo, como un bálsamo sobre una herida abierta. Sin embargo, esta vez él sintió que el alma se le partía en mil pedazos, que todo lo que no le había dicho, lo que había reprimido por orgullo, por miedo, por dolor, estaba a punto de explotar dentro de sí... Y así fue.
—Te he amado tanto, Candy… tanto, que ya ni recuerdo cómo era mi vida antes de conocerte. Ahora lo sé con seguridad: mi vida comenzó realmente el día que te conocí. No empecé a vivir hasta que te amé, hasta que descubrí lo que significa amar con el corazón y el alma.
Cada palabra que salía de sus labios era una confesión, un grito desgarrador que surgía desde su corazón.
—Es tan difícil describirlo… —continuó, sus ojos encontrándose con los de ella, brillando con una mezcla de devoción y desesperación. —Las palabras son insuficientes… insignificantes, para expresar lo que siento. Es algo tan grande que carcome mi pecho, me consume y desborda, y aún así no me satisface. Porque quiero amarte aún más. Mi corazón lo ruega. Lo necesita. Tenerte conmigo, día tras día… eso es lo único que deseo.
Con uno de los más dulces tonos que ella alguna vez le había escuchado en su vida, él prosiguió:
—Mi gran y única verdad es esta. Te amado desde el primer instante que te vi, Candy. Me cambiaste toda la vida, y desde entonces no habido ni un sólo día que no deje de pensar en ti. Hace tiempo que mi corazón ya no me pertenece, lo tienes tú y sólo contigo se quiere quedar. Para mí, nunca nada cambiará.(*2) Te amo y te amaré siempre.
La joven pecosa sentía que su propio corazón iba a estallar en su pecho. Sonrió aún a pesar de las lágrimas que invadían sus ojos y se iban desbordando por sus mejillas, pero antes de poder responderle, algo extraño ocurrió.
De pronto, sintió un silbido que llenaba sus oídos y su cabeza comenzó a latir sin piedad. Sus manos volaron a sus costados instintivamente para estabilizarse a la par que sentía que la habitación comenzaba a dar vueltas.
Destellos de recuerdos comenzaron a golpear su mente, sacudiendo con fuerza su conciencia de las circunstancias actuales. Se desplomó contra el otro asiento del sillón donde se sentaba Terry, con la cabeza entre las manos mientras se daba cuenta de lo que estaba sucediendo. Los recuerdos que ahora inundaban su conciencia eran nuevos para ella y, sin embargo, familiares. Era como recordar fragmentos de un sueño olvidado: la cena de Año Nuevo, los niños yendo a dormir, Jimmy apareciendo intempestivamente en el Hogar y… el accidente.
Tomó una bocanada profunda de aire, apenas conteniendo un sollozo que amenazaba con romper su compostura. Lentamente, levantó el rostro de entre sus manos, con lágrimas aún en los ojos, pero con una nueva comprensión iluminando su semblante.
—No era necesario que me lo dijeras, Terry. Siempre he sabido que me amas. Siempre me lo has demostrado con tus acciones. — habló suavemente con la voz aún llena de emoción.
Terry la veía fijamente, sus ojos desesperados buscando alguna señal en la amadas facciones de ella, una confirmación que pudiera calmar el torbellino de emociones dentro de él
—¿En verdad moriste? — preguntó finalmente en un susurro lleno de miedo.
Ella no respondió de inmediato porque dejó que sus pensamientos se acomodaran. La duda abundaba en su mente y buscó en sus nuevos recuerdos algo que pudiera asegurarle que no podía estar muerta. Mientras consideraba aquella grave posibilidad, la respuesta se le hizo cada vez más clara y su convicción aumentó. Aunque no podía explicar por qué estaba con Terry en forma espiritual sin estar muerta, de alguna manera se sentía demasiado viva para haber fallecido.
—Concéntrate, Terry.
Acercándose hacia él, ella se inclinó hasta quedar justo frente a su rostro.
—¿Qué es lo que dice tu corazón? ¿Qué es lo que sientes?
Finalmente, conteniendo el aliento y viéndose reflejado en esas lagunas esmeraldas, trató de concentrarse en lo que le decía su corazón. Perdiéndose en los ojos de su pecosa, el caos de su mente se acalló, sumiéndose en el único lugar donde las mentiras no existían: su corazón. Allí, en lo más profundo de sí mismo, la respuesta siempre había estado esperándolo. De alguna manera lo entendía todo, como si nunca hubiera habido más grande verdad que esta.
—Eres tú. — declaró con completa seguridad.
Suspirando, sus ojos empezaron a brillar con una chispa de vida que había estado dormida por mucho tiempo, mientras acariciaba con la mirada la carita pecosa de Candy.
—Siempre has sido tú.
Por alguna razón, él siempre sintió que lo sabía. Su corazón se le había dicho todo este tiempo, sólo que no había querido escucharlo. Era Candy, la que había estado con él todos estos días.
—Sí, soy yo. Candy, tu Candy. Tuya, porque nunca he dejado de serlo desde el primer momento en que te vi.
Ella sonrió con dulzura, una sonrisa que llevaba consigo todo el amor del mundo.
—He estado contigo todos estos días, en esta extraña forma, por muy raro que parezca. Acabo de recordar todo. No me preguntes cómo lo sé, pero estoy segura que no he muerto. Lo siento aquí. — se señaló su corazón con ímpetu. —¿Me crees? ¿Confías en mí, Terry?
—Con mi vida. — dijo él sin reflejo de duda.
—Entonces vamos.
Ella le ofreció su mano simbólicamente, complementando su gesto con una tierna sonrisa en su rostro que le hinchaba el corazón. Terry asintió, incorporándose del sofá con decisión. Su mundo, que antes había estado en tinieblas, comenzaba a iluminarse. No obstante, esa luz fue interrumpida por la helada realidad que lo esperaba al otro lado de la habitación.
Susana había permanecido callada, observando aquel intercambio con pavor. Para ella, Terry parecía estar hablando solo, completamente fuera de sí. ¿Se había vuelto loco? ¿Había perdido la razón tras la noticia de la muerte de Candy?
Antes de que pudiera procesar su creciente miedo, un empleado irrumpió por la puerta, portando un telegrama en la mano.
—Señorita Marlowe, le ha llegado un telegrama urgente desde el teatro Stratford.
Terry enfocó la mirada en el sobre que el empleado sostenía, y una sensación inquietante le recorrió el cuerpo. Poco a poco, comenzó a atar cabos, las palabras anteriores de Susana comenzaron a cobrar sentido ahora que no estaba bajo el furor del miedo. Todo comenzaba a encajar en su mente como piezas de un rompecabezas oscuro.
Rápidamente, lanzó una mirada acusadora a la ex actriz, que se encogió de temor en su sitio.
—¿Por qué llegan telegramas del teatro a tu casa?
—Yo… yo.
Sin darle tiempo de contestar, arrebató el telegrama de la mano al empleado que acababa de ingresar. Algo no le cuadraba bien.
—Incluso viene dirigido a mí. — lo dijo con una seriedad que resultaba muy intimidante.
— Yo… no sé… — tartamudeó Susana, incapaz de responder.
—¡No trates de engañarme! Yo no soy ningún estúpido.
Susana optó por quedarse callada sin algún argumento válido para defenderse.
—Es de Albert. — murmuró para sí mismo y para Candy cuando leyó quién lo enviaba.
La furia lo invadió por completo, y su cuerpo casi vibraba de rabia contenida. No era demasiado difícil imaginar la razón por la que mensajes que deberían ser enviados a él, llegaran a Susana.
—Nunca más. — pronunció esas palabras como una promesa. —¿Me oyes? ¡Nunca más!
La fría mirada de desdén que Terry le dirigió, la dejó congelada por un momento. Cuando por fin pudo reaccionar, Susana intentó acercarse en su silla de ruedas, pero él se alejó con una frialdad implacable. La señora Marlowe, alarmada por los gritos que se escuchaban por la puerta abierta, apareció en la sala.
—¿Qué pasa aquí?
Al ver a su hija con el rostro cubierto de lágrimas, se acercó de inmediato hacia ella para abrazarla, y no perdió el tiempo en irse contra Terrence.
—¿Qué le ha hecho a mi hija?
—Pregúntese más bien qué me han hecho ustedes a mí.
La voz de Terry tenía un filo cortante y acusador, soltando un resoplido amargo que hizo que la tensión en la sala se volviera prácticamente asfixiante.
—De todas formas, ya no importa. — continuó, tomando su abrigo que era lo único que habría traído consigo al ingresar. —Porque esto termina hoy.
Susana se cubrió su rostro y empezó a llorar amargamente, totalmente deshecha. A él ni le importó, simplemente comenzó a caminar hacia la puerta con la firme intención de irse.
—¡Vuelva aquí inmediatamente, Terrence! No me deje con la palabra en la boca. ¡Le ordeno que vuelva y me explique qué pasó! — gritó la mujer mayor con histeria, su voz quebrada por la rabia y la aprensión.
El joven actor se detuvo de golpe, irguiéndose en toda su estatura para volverse hacia ella con una lentitud deliberada. La mirada helada que le dio a la mujer la atravesó sin piedad, envolviéndola en un escalofrío punzante que le erizó la piel y la hizo sentir absolutamente pequeña. Encogiéndose instintivamente, la Sra. Marlowe sintió cómo el suelo bajo sus pies se volvía incierto. Sus manos se aferraron agitadas a las faldas de su vestido en un intento inútil de encontrar seguridad frente a la amenaza latente en los ojos del joven que la hacía sentir vulnerable ante su furia.
—Escúcheme bien, señora. ¡Usted no me da órdenes! ¿Me entendió? ¡Nunca más!
Su voz resonó con una firmeza que no admitía réplica. Luego, con un destello de indignación en la mirada, dirigió un vistazo a Susana, quien continuaba sollozando sin cesar. Su desesperación no parecía conmoverlo en absoluto. Volvió los ojos a la mujer mayor con una intensidad demoledora, obligándola a retroceder un paso, como si un abismo se abriera entre ellos.
—Nunca más le daré a usted y a su hija el poder de dominar mi vida. ¡Es mi vida! Y sólo yo decido sobre ella.
Susana se estremeció, su cuerpo sacudido por sollozos entrecortados. Su pecho subía y bajaba con cada jadeo de angustia, y en un último acto de desesperación, estiró una mano temblorosa hacia él, queriendo poder aferrarse a lo que ya se le escapaba irremediablemente.
—¡Terry! ¡No te vayas! ¡No puedes dejarme así! — exclamó con la voz rota por la angustia, estando casi dispuesta a caerse de esa condenada silla con tal de retenerlo a su lado.
En cambio, él permaneció impasible, y con su característico porte arrogante junto a una mirada insolente, simplemente se limitó a enarcar una ceja con altivez.
—Pues mírame hacerlo ahora, Susana.
El aire pareció congelarse entre ellos. Incapaz de aceptar que él acababa de ignorar su súplica, la ex actriz soltó un jadeo incrédulo y sintió su esperanza resquebrajarse en cientos de pedazos. Su desesperación se transformó en un absoluto pánico que le explotó en la garganta en forma de gemido ahogado.
—Todo esto me ha demostrado que debo hacer una sola cosa. — prosiguió él sin dejar de lado su tono implacable. —Algo que me he estado negando durante mucho tiempo.
Respirando con mucha dificultad, Susana a las justas pudo murmurar en un susurro tembloroso:
—¿Qué cosa?
—Ya es momento.
—¿Momento? ¿Momento para qué?— balbuceó la rubia, agrandando sus ojos con terror, temiendo con cada fibra de su ser escuchar la respuesta.
Él se acercó a la puerta, pero antes de cruzarla, giró levemente el rostro hacia ella para verla por última vez en su vida.
—Ya es momento para que sea feliz de nuevo.
Y con esas palabras complementadas con una irreverente sonrisa, Terrence salió del salón, llevándose consigo el peso de su decisión y dejando tras de sí un eco de desesperación. Sin controlar sus lágrimas, Susana se desplomó en los brazos de su madre, mientras el sonido de la puerta cerrándose resonaba como el golpe definitivo de una historia que había llegado a su dramático fin.
Aferrado a su corazón, y a Candy, Terry caminó hacia la salida en lo que sentía el inicio de una nueva vida, dejando atrás las sombras que lo habían mantenido encadenado.
Por primera vez en años, el futuro era suyo.
Continuará…
ANOTACIONES:
(*1) John Barrymore: fue un actor estadounidense de teatro y cine, llegando a ser el más ilustre miembro de la "familia real de Broadway", volviéndose famoso gracias a sus representaciones shakesperianas. Fue varias veces considerado como el más grande actor de su generación.
(*2) Para mí, nunca nada cambiará: Un guiño a la frase de Terry en su carta de CCFS. ;)
o-o-o
"Las palabras no esperan el momento perfecto, crean sus propios momentos perfectos convirtiendo los instantes más ordinarios en segundos especiales."
Espero haber hecho especiales estos momentos dedicados a mi historia.
Gracias por leer.
. . . . . .
By: Sundarcy
NOTAS DE LA AUTORA:
Mil disculpas por no haber actualizado desde hace semanas, he estado con bastante trabajo y no he tenido tiempo para prácticamente nada. Y bueno, vengo hoy actualizando, porque si no lo hacía hoy de aquí no sería hasta la otra semana. Por lo que, aquí estamos al fin con este capítulo que, en realidad, es de mis favoritos.
Nunca me había sentido tan liberada como cuando terminé de escribirlo. Sabía que Terry debía poner fin a lo de Susana de una manera contundente, pero sin ser cruel. Y finalmente, que lo hizo y pudo alejarse de ella, yo soy muy feliz. Había planeado esta parte desde que esta loca idea de historia se metió en mi cabeza. De hecho, esta fue la primera escena que imaginé y escribí hace varios años: Terry en una sala, con Candy invisible para todos menos para él a su lado, confesándole a Susana a quién amaba realmente.
Mi idea inicial, la que he querido mantener todo este tiempo, era que Candy recordara su accidente justo en el momento en el que Terry le dijera finalmente que la ama, es ahí cuando el deseo de Año Nuevo de Terry por fin se terminaría por cumplir. Porque si recuerdan Terry había deseado "ver a Candy y decirle cuanto la ama." En cierta forma, quería que la escena sea una reafirmación del vínculo que los une. Sé que puede sonar un poco trillado, pero sentía que debía ser así.
Gracias por toda su paciencia y espero sinceramente que el capítulo les haya gustado tanto como me encantó escribirlo. Cuéntenme qué tal les pareció, por favor.
Con suerte regresó la otra semana con el siguiente capítulo. ¡Besos a la distancia!
Sunny =P
02/04/2025
