— ¡Nos ha encantado, Finnick! — digo con ilusión mientras sujeto con ambas manos el dibujo que Finnick, el hijo de Finnick y Annie, nos ha hecho a Peeta y a mí. — Estonces... ¿Yo soy la del traje de baño verde?
— Sí. — responde con convicción. Finnick ya tiene cinco años y le quiero como si fuera mi hijo. Mantenemos un contacto muy estrecho con Johanna y con Annie, quien nos manda fotos de Finnick y los dibujos que nos hace, además de mantener por costumbre una llamada a la semana. Cuando escucho la vocecita de su hijo al otro lado de la línea agradezco no haber arrancado el teléfono de la pared porque podría hablar horas con él — Y el tío Peeta es el que he pintado de... de... rojo. Como cuando se quemó porque estuvimos en la playa y como se quemó mucho pues se puso muy rojo y le he pintando así.
Localizo a Peeta en el dibujo y no puedo evitar reírme con ganas al ver que es una masa roja con dos puntos azules para los ojos y un rebuño amarillo para el pelo. Recuerdo ese día.
Cada verano pasamos unas semanas en el Distrito 4, en casa de Annie, donde además, aprovechamos para ver a Johanna. El verano pasado pasamos todo un día en la playa y Peeta se quemó hasta la raíz del pelo. A Finnick le hizo mucha gracia que le comparáramos con un tomate. No dejaba de reírse y de correr por la orilla escapando de Peeta, que le perseguía y le amenazaba con comérsele si le pillaba. Aún escucho las risas de Finnick en mi cabeza, que se escondía detrás de mí y se llevaba un dedo a los labios para que le guardara el secreto.
Fue un día estupendo, aunque el recuerdo es agridulce. Cuando veía a Finny ser tan feliz, no podía evitar pensar en que su padre también debería estar ahí y el corazón se me encoge cada vez que veo a su hijo.
Si para mí es duro, para Annie es infinitamente peor. Atravesó una depresión horrible con la noticia de la muerte de Finnick y poco después supo que estaba embarazada. Por suerte salió adelante pero hubo momentos en los que pensé que no lo contaría. Mi madre, Johanna, Beetee, Peeta y yo e incluso Haymitch hicimos todo lo posible por recuperarla. Ya habíamos perdido a Finnick, fallarle abandonando a Annie y a su hijo nunca fue una opción para ninguno de nosotros.
— Tía Katnissss...
— Dime cariño. — me acomodo en la silla y apoyó el dibujo en mis muslos para poder sujetar el teléfono con la mano.
— ¿Cuando vaya a tu casa en el bosque voy a poder tocar a tu gato?
A Finny le encanta venir a vernos. Siempre que nos visita con Annie y Johanna preparamos cosas para entretenerle. La última vez hizo pan de queso y jamón con Peeta y aunque que encantó cocinar, lo que más disfrutó fue dar de comer a Buttercup, que incluso se dejó rascar la tripa.
— Claro. — escucho a Annie al otro lado. Le dice a Finny que me diga lo que ha dicho antes.
— Que me gustan los melillones. — dice, lo que vuelve a arrancarme una risa. Peeta, que ha hablado antes con él, se contagia de mi risa. Le hago señas para que se agache y pongo el teléfono entre los dos.
— No, cariño. — escucho decirle a Annie con voz dulce entre risas. — ¿Qué me has dicho antes? ¿Cuando te he dicho que íbamos a llamar a los tíos?
— ¡Ah! — dice Finny de forma dramática. — Que... que te quiero mucho tía Katnisssss.
Peeta y yo nos miramos mientras siento con todo mi corazón no poder llenarle la cara de besos a Finny. Por lo general no soy cariñosa pero con él es diferente.
— ¿Y al tío Peeta? — pregunta Annie.
— No. — suelta Finny — Solo a la tía Katnissss.
A Peeta y a mí nos da un ataque de risa mientras Annie, que también se ríe, nos asegura que antes nos ha mencionado a los dos y que ha elegido llamarnos por teléfono antes que merendar porque "no podía esperar más".
Es injusto que el hijo de Finnick me adore porque todo este amor tendría que tenerlo su padre. Me llena de rabia y de tristeza saber que yo he pasado tiempo con Finnick Odair mientras que él y su hijo ni siquiera coincidieron en el mismo mundo. A veces me los imagino juntos. Sé que Finnick adoraría a su hijo tanto como lo hace Annie. Se me rompe el corazón cuando me da la mano y me mira a los ojos porque puedo saber perfectamente cómo era Finnick Odair de pequeño y sé que esa sensación me va a acompañar toda la vida, porque veré a Finny convertirse en Finnick Odair.
Annie dice que soy su persona favorita. Obviamente Finny aún no sabe nada de la guerra, solo que su padre murió luchando por un mundo mejor con nosotros, pero él me adora simplemente porque soy su tía Katniss.
Annie cree que me adora porque la primera vez que le tuve en brazos y me miró con esos ojos verdes y enormes, no pude evitar cantarle. Finny ni siquiera pestañeó pero Annie asegura que cuando terminé sonrió sin dientes porque se había enamorado de mi voz.
La llamada se prolonga un poco más, pero antes de cortar, Finny consigue que le prometamos que haremos galletas de colores cuando venga de visita.
Hablar con él siempre nos deja con una sensación extraña. Siento como escucharle me llena el corazón pero a la vez un vacío horrible por la falta tan injusta de su padre en su vida.
Peeta me abraza por la espalda como si supiera lo que estoy pensando y yo le acaricio los brazos. No se me escapa que Peeta, a parte de compartir mis sentimientos, tiene su propio dilema.
Sigue queriendo que tengamos hijos.
Me encantaría tener la tranquilidad de poder tener hijos. La seguridad de que todo va a ir bien, de que estarán a salvo, que serán felices. Pero eso no existe. Los dos lo sabemos. Peeta dice que el mundo nunca me parecerá lo bastante seguro y yo insisto es que no pienso exponer a mis hijos al mismo dolor al que yo me he enfrentado. Hace mucho que no me dice nada, pero yo sé que sigue queriéndolos y la verdad es que el repertorio de monerías de Finnick (obviamente también heredadas de su padre) no ayudan mucho para quitarle a Peeta la idea de la cabeza.
Cada vez que veo a Peeta con Finny me siento una egoísta porque siento que le estoy quitando lo que quiere pero... ¿Cómo podría arriesgarme yo, que he visto morir a tantos niños cuando yo era otra niña?
Ayudo a Peeta con la cena y siento como, pese a todo, la llamada de Finny ha mejorado nuestro estado de ánimo. Ha pasado una semana desde aquella conversación con Plutarch y desde entonces, no hemos hecho más que ultimar los detalles del encuentro.
Plutarch nos envió una lista con cosas que para él son "recomendables". Por supuesto, ninguna de ellas tenían cabida en la lista de peticiones que redactamos con Haymicth. En la de Plutarch, estaban entre otros, la instalación de micros temporales en nuestra casa para poder escuchar nuestro encuentro con Tigris, lo que ha sido un no rotundo. También la instalación de ventanas de cristal grueso y anti explosión, lo que me hizo replantearme si realmente quiero hacer esto, y por último, lo único a lo que sí hemos accedido y probablemente, lo más invasivo de todo.
Que la unidad de élite examine nuestra casa el día antes para determinar si es un lugar seguro.
De primeras tampoco quisimos aceptar esto, pero Plutarch insistió en que desde hace un par de meses Tigris requiere un nivel de alerta elevado y temen que se pudiera atentar contra ella. Él insiste en que entenderemos todo, que por eso nuestro encuentro es vital, pero empiezo a estar harta de tanto secretismo. Al final, como siempre, gracias a Peeta llegamos a un acuerdo. Solo Gale y un compañero designado por él (puesto que él es el líder de la unidad) podrán inspeccionar nuestra casa. Aún así, nos garantizarán ser respetuosos en todo momento y mantendrán la privacidad de nuestra vida. Plutarch nos asegura que se cumplirá y aunque su palabra me importa poco, sí que confío en Gale en ese sentido.
Las cosas con él no han sido fáciles pero después de todo, le he perdonado. Fue Peeta el que insistió en que debía hacerlo y la verdad es que ya no siento ningún tipo de rencor hacia él. La guerra nos hizo hacer cosas horribles a todos y nos convirtió en personas que no seríamos capaces de reconocer. En mi interior sé que Gale nunca quiso hacer lo que hizo, de la misma forma que yo tampoco quise hacer lo que hice desde que me presenté voluntaria en la Cosecha. Aunque nuestra relación no ha vuelto a ser como antes, no puedo pasarme toda la vida cargándole con una responsabilidad que en el fondo no le corresponde.
Peeta suelta el tenedor y pone su mano sobre la mía. Por como me mira, creo que he debido quedarme un rato mirando a la nada.
— Estoy bien. — digo mientras me remuevo en la silla — Es que ahora mismo no entiendo nada y siento que cada vez que nos dan algún otro detalle sobre Tigris todo se desordena aún más.
— Katniss, tienes que asumir que no puedes tener el control de esto. — frunzo en ceño pero Peeta continúa — Hemos controlado lo que hemos podido pero lo que Tigris tenga que decir no depende de nosotros.
— Ya. Ya lo sé. Es que estoy saturada de todo esto. Solo eso.
Peeta me acaricia los nudillos con el pulgar. Me da rabia estar enfadada. He estado tan agusto desde que hablamos con Finny que incluso he podido reírme con Peeta y disfrutar del rato que hemos preparado la cena pero en cuanto las distracciones desaparecen, el tema vuelve a opacar todo lo demás.
Intento sacar otro tema, pero no se me ocurre nada.
— ¿Has traído algo de la panadería? — pregunto dejando el tenedor sobre el plato. Los dos odiamos tirar la comida. Nunca tiramos nada a menos que no quede más remedio. En la panadería, Peeta tiene la norma de que lo que no se vende en el día hay que venderlo más barato a última hora de la tarde, regalarlo o traerlo a casa.
— Puede. — alzo la vista y él me señala el pequeño puñado de guisantes que me quedan en el plato. — ¿Cuela si te digo que sin guisantes no hay postre? Te doy un adelanto, es tarta de limón.
Nos aguantamos la mirada un par de segundos hasta que niego con la cabeza y no puedo evitar sonreír un poco. Me como los malditos guisantes y mientras termino de masticarlos Peeta se lleva los platos, los sustituye por unos limpios y trae la tarta.
— Da pena comérsela. — comento. Es preciosa. El merengue tostado tiene una especie de azúcar por encima que le hace brillar aún más.
— No tiene mucha aceptación entre los clientes — dice Peeta mientras se come un trozo — reconozco que la hago para poder traerla.
— Deberías rebajar tu umbral de maldad.
— ¿Ah, sí?
Peeta alarga el brazo con la cuchara en la mano para robarme un trocito pero le paro con mi cuchara porque ya le conozco y siempre lo hace. Solo le funcionó el primer día.
— Tienes los mismos reflejos que un gato. — comenta con maldad para picarme.
— Por desgracia para ti, sí. — le doy un golpecito en el dorso de la mano con la cuchara.
Intento no pensar demasiado en el tema durante el postre pero o la frustración o el agotamiento deben de vérseme en la cara, porque Peeta me da un beso rápido y me anima a subir a ducharme antes de irme a la cama.
— No. — niego mientras alzo la vista para mirarle — Tú también estás cansado, yo recojo.
— Eres una mandona — dice Peeta mientras deja los platos en la pila del fregadero antes de meterlos en esa máquina que los limpia solos — pero no tienes nada que hacer hoy.
Me quejo un poco más pero Peeta no cede así que subo la escalera en dirección al baño de nuestra habitación. Cuelgo el pijama al lado de la toalla antes de desnudarme y meterme en la ducha. El agua caliente me relaja pero en los días como hoy, todo me recuerda a la de cosas que la Katniss de antes de la cosecha ni siquiera conocía. En aquel momento, no teníamos agua corriente en la casa de la Veta y para poder ducharme como hoy, habría tenido que estar al menos una hora antes hirviendo cubos de agua.
Me froto la cara con las manos bajo el agua. Tengo que asumir que hoy mi cabeza no va a darme ni un respiro.
Cuando salgo, me seco rápido, me pongo el pijama y me suelto la trenza de tal forma que el pelo un poco húmedo me cae hasta casi la cintura.
En la habitación, Peeta ya está tumbado en la cama leyendo un libro bajo la luz de la mesilla. Aunque la televisión ha cambiado mucho y el gobierno de Paylor se esfuerza en poner una programación que entretenga con películas o documentales (algo que no existía en los Distritos pero sí en el Capitolio) ni a Peeta ni a mí nos termina de gustar, sin embargo, ambos hemos encontrado un nuevo pasatiempo en la lectura.
Me tumbo a su lado y me acoplo poniendo la cabeza sobre su hombro.
— Te escucho pensar. — dice a los pocos segundos mientras cierra el libro y lo deja en la mesilla.
Chasqueo la lengua pero dejo que Peeta me abrace cuando se da la vuelta.
— Hacía tiempo que no me constaba tanto no pensar en algo. — admito.
— Puedo intentar ayudarte.
Peeta me besa. Al principio es muy despacio. Le devuelvo el beso mientras le acaricio la nuca con una mano. Me besa tan despacio que las gana de más aparecen en seguida pero no es hasta que se me escapa un gemido cuando se pone encima de mí y mete la mano por debajo de la camisa de mi pijama.
— Olvídate de todo. — susurra contra mi cuello para después pasarme la lengua por la clavícula. Mis manos bajan por su espalda hasta meterse por debajo de su camiseta. Peeta levanta los brazos y se la quito.
— Esto ayuda bastante.
Peeta sonríe mientras me ayuda a liberarme del resto del pijama. Esa noche me dejo hacer y al menos durante un rato, Peeta y todo lo que siento por él son lo único que existe.
Al principio, la intimidad me daba vergüenza. Curiosamente a él le resultó mucho más familiar que a mí y con su ayuda, poco a poco, me di cuenta de que no había ninguna razón para sentir vergüenza, al menos no con él.
Llegados a este punto, ya incluso casados, disfruto tanto de estos momentos que me parece mentira que en algún momento tuviera miedo de que las cosas no fueran bien.
Peeta me abraza por la espalda cuando terminamos y me besa el hueco del cuello. Tengo los ojos cerrados y estoy apunto de quedarme dormida cuando de lejos me parece escucharle decir:
— Me amas. ¿Real o no?
— Real.
La estación de tren del Distrito 12 tiene muy poco que ver con lo que fue en el pasado. La han modernizado totalmente, han cambiado las vías del tren y ahora se puede ir a cualquier otro lugar de Panem.
Peeta me aprieta la mano cuando el tren gris con el sello del Nuevo Centro frena en el andén. Mis ojos se encuentran con los suyos y yo asiento con la cabeza en un forma de decirle que estoy bien y que quiero seguir aquí.
Las puertas del tren se abren y un grupo de soldados descienden de él. No van armados, pero visten un uniforme militar de color azul. Se ponen firmes cuando un chico muy alto que lleva un uniforme azul más oscuro se pone frente a ellos. Les dice algo que no alcanzo a escuchar y el pelotón se pone a descargar el tren en cuanto abren las puertas de carga.
Gale parece mucho más grande que la última vez que le vi. Como si supiera que le estoy mirando, se da la vuelta y tarda un segundo en reconocernos a Peeta y a mí. Nos sonríe mientras se acerca a nosotros.
— Hola, Catnip. — me abraza con fuerza y yo le devuelvo el abrazo.
— ¿Soy yo o eres más grande que la última vez que te vi? — es cierto que hará algo más de un año pero está tan musculado que me parece poco tiempo para un cambio tan grande.
— La tecnología del Distrito 2 funciona. — dice Gale antes de mirar a Peeta y extenderle la mano — ¿Cómo estás, Peeta?
— Me alegro de verte, Gale. — contenta mientras le estrecha la mano. — Así que líder de una unidad. Debes estar muy orgulloso.
— Lo estoy. Pero mi madre aún más — sonríe Gale — No fue nada fácil superar las pruebas, pero al final lo he conseguido.
— Nos gustaría que cenaras en casa, con nosotros. — digo pero Gale niega con la cabeza.
— No, no quiero molestaros. Bastante mal me parece tener que revisar vuestra casa. — responde Gale con el ceño fruncido y bajando la voz. — Lo haremos Dax y yo. Es uno de los mejores soldados de la unidad, además confío en él.
— No pasa nada. — suspiro — Si alguien tiene que hacerlo, me alegro de que al menos seas tú. Pero por favor, quédate. Nos gustaría agradecerte que hayas venido hasta aquí por... esto.
Los dos nos miramos. Ambos nos conocemos lo bastante como para ver en la expresión del otro que a ambos nos falta información sobre la visita de Tigris.
A los pocos segundos, Gale sonríe.
— En ese caso, me encantará cenar con vosotros.
A la unidad le lleva casi toda la mañana descargar el tren. Peeta y yo nos vamos a casa y no es hasta media tarde cuando Gale aparece con su soldado, Dax, un chico muy amable pero profesional. Está encantado de conocernos. Es originario del Distrito 9, a penas tiene veintidós años y parece que si continúa por este camino, pronto conseguirá ser líder de su propia unidad.
Aunque tanto él como Gale nos prometen molestar lo menos posible "asegurando el terreno" en que que se ha convertido nuestra casa, tanto Peeta como yo nos sentimos como extraños. Incluso Buttercup parece sentirse incómodo porque mientras Peeta y yo esperamos sentados en el sofá a que terminen, se sienta en mi regazo y maúlla pidiendo que le rasque.
Peeta se frota la cara con las manos y cuando le pongo la mano en el muslo se la lleva a los labios y me da un beso en el dorso.
— Ahora vuelvo. ¿Estarás bien?
— ¿A dónde vas? — preguntó frunciendo el ceño. Peeta me mira nervioso. Tiembla un poco, aprieta las manos y estira los dedos una y otra vez a la vez que parece estar un poco desorientado.
Esto solía ser el previo a que le diera una crisis y el corazón me da un vuelto al recordar aquellas épocas en las que tenía que agarrarse a una silla para no estrangularme o peor, hacerse daño a sí mismo.
— Necesito un ansiolítico, Katniss. — lo dice con una voz tan cargada de angustia que hace que me ponga de pie de un salto y Buttercup gruña por dejarle caer.
Le cojo la cara con la manos pero Peeta cierra los ojos con fuerza.
— Estoy aquí — le susurro. Peeta asiente mientras escuchamos un ruido en la planta de arriba. Gale y Dax deben de estar en su estudio de pintura. — Estas bien, son solo los nervios. Voy a traerte un ansiolítico, ¿Vale? Te va a sentar bien. Quédate aquí.
Peeta está tan aturdido que no se queja cuando le siento en el sofá. Salgo corriendo a la cocina. Cojo las pastillas que guardamos en la repisa y las sujeto bajo el brazo mientras tengo que sostener con ambas manos el vaso de agua para que no se me estrelle en la pila de lo mucho que tiemblo.
Todo esto ha sido un error. Peeta llevaba años sin tener un brote y es por mi culpa. No tenía que haber accedido a esto. No tenía que ponerle en peligro.
Una vez más, como en épocas pasadas, Peeta sufre por mi culpa.
Cuando vuelvo, Peeta tiembla todavía más. Tiene los ojos cerrados con fuerza pero cuando le levanto la cara con cuidado veo que las lágrimas se le resbalan por las mejillas. Me arriesgo, pero me agacho y le doy un beso en los labios.
— Katniss...— susurra, pero sigue sin abrir los ojos.
— Estoy aquí, cariño. Toma. — le pongo la pastilla en la mano y él se la lleva a la boca para después dar un trago de agua. Cuando se recuesta en el sofá le acaricio el pelo con las manos.
Siempre tenemos la medicación en caso de emergencia. Cuando el doctor Aurelius le dio el alta a Peeta, nos aseguró que estaba recuperado en un ochenta por ciento, mucho más de lo que esperaban. No necesita tomar medicación normalmente pero Aurelius insistió en que siempre mantuviéramos en casa una medicación de emergencia en caso de que algo le hiciera saltar las alarmas y le diera un brote. En un primer momento, yo no quería pero a Peeta le aterraba tanto la idea de no poder controlarse que me obligó a aceptar y a prometerle que no tendría reparos en dárselas si le hacían falta.
Es una medicación fuerte. Le deja muy cansado y no sé quién de los dos sufre más al verle tan vulnerable, pero cumplo mi promesa, al menos esta vez.
— ¿Estás mejor? — Peeta asiente ligeramente pero sigue sin abrir los ojos.
— Ve a buscar a Haymitch — abro la boca para responder pero él continúa — no quiero que duermas sola conmigo hoy. Por favor, Katniss.
— Vale. — la casa de Haymitch está literalmente al lado de la nuestra. Podría sacar la cabeza por la ventana del salón y gritarle para que viniera pero si está en la Pradera con los gansos ya puedo desgañitarme gritando. Gale está arriba. Solo será un minuto si salgo a buscar a Haymitch — Quédate aquí. — le empiezo a decir a Peeta mientras le subo las piernas al sofá. El ansiolítico ha hecho efecto y no se va a ir a ninguna parte, lo sé de sobra, pero estoy tan nerviosa que aún así se lo digo.
Salgo corriendo a la casa de Haymitch, que por suerte, está en el patio trasero alimentando a los gansos en el corral donde los guarda.
Por la cara que pone cuando me ve llegar sabe que algo va mal, porque les tira el puñado de avena que tiene en la mano a los gansos y se me acerca con urgencia.
— Peeta — digo con voz ahogada mientras Haymitch se me acerca— creo que me ha empezado un brote. Le he dado un ansiolítico. El equipo de élite está en casa. Me ha pedido que venga a buscarte.
Haymitch no necesita más. Tira de mi brazo y los dos salimos corriendo a casa. Cuando llegamos, Peeta está como le dejé, solo que Buttercup se le ha tumbado encima del pecho. Haymitch se agacha a su lado y le da unos toquecitos en el brazo para espabilarle.
— Eh, chico. Despierta. ¿Cómo estás? — le pregunta cuando Peeta abre los ojos. Al menos esta vez ha podido abrirlos.
— Mejor. Pero cansado. — susurra.
— Venga, voy a levantarte. No estaría bien dejarte vaguear el resto del día. Alguien tiene que ponerle la cena a Katniss — frunzo el ceño al ver que habla de mí como si fuera uno de sus gansos — y ya sabes que no se come nada de lo que hago.
Haymitch sienta a Peeta en el sofá que parece estar un poco mejor. Me pongo de rodillas delante de él y apoyo los brazos en sus muslos.
— Me has dado un susto de muerte. — le digo y noto que la voz se me quiebra un poco.
— Lo siento. — Peeta me recoge un mechón de pelo detrás de la oreja.
— No tienes que pedir perdón. Es solo que... Peeta casi me muero. — le abrazo y cuando empiezo a llorar me dejo hacerlo. Ahora soy yo ya que entra en un deja vu. Me siento como en la arena del Segundo Vasallaje de los Veinticinco y veo como a Peeta se le para el corazón por unos segundos.
— Katniss, estoy bien — susurra abrazándome — Pero quiero que me des la otra pastilla. Y quiero que Haymitch se quede aquí contigo esta noche.
Asiento e intento dejar de llorar pero las lágrimas se ven sustituidas por un temblor que me recorre el cuerpo.
La otra pastilla es un relajante muscular que solo debe tomar si le da un brote fuerte o si hay peligro de que el brote que ha conseguido controlar en un primer momento empeore. Esa pastilla le deja durmiendo hasta el día siguiente y además, es una bomba para el hígado. No puede tomar más de tres al año y en caso de tomarlas y quedarse sin ellas, debería volver a terapia.
Esta es la primera. Estás lleva al menos tres años sin usarlas.
— Me quedo con vosotros. — dice Haymitch tajante antes de que yo pueda pedírselo, lo que agradezco. — Katniss, tráeselo. Y tu descansa chico.
Saco la otra pastilla de la caja y me la pongo en la palma de la mano. Es roja. Simplemente con verla sabes que las cosas no van bien pero me obligo a fingir que estoy más tranquila cuando se la pongo a Peeta en la mano. Tras tragársela con agua, se tumba en el sofá. Me pongo de rodillas delante de él. Le acaricio la frente y esta vez abre los ojos. Le cuesta mantener los párpados abiertos pero sus ojos azules me sonríen ligeramente cuando susurrra.
— Quédate conmigo.
— Siempre.
Se queda dormido en cuestión de segundos. Tiemblo tanto que Haymitch me obliga a levantarme y después me abraza mientras me dice que todo va a ir bien.
— He vuelto a hacerlo. Tenía que protégele. Haymitch mira que he hecho.
— Tu no has hecho nada, preciosa. Se te olvida que Peeta estuvo a punto de perder la cabeza por culpa del secuestro. Es un milagro que haya conseguido vivir con ello con normalidad, Katniss, pero el daño sigue ahí y cualquier cosa puede devolverle esos recuerdos. — Haymitch me separa de él y me limpia las lágrimas con los dedos — ¿A qué hora te ponen la cena?
Levanto un poco las comisuras de los labios.
Aunque a veces no le soporte, sé la suerte que tenemos suerte de tener a Haymitch.
Al rato, Gale y Dax bajan y mientras Gale confirma que la casa es un lugar seguro, tal y como esperaban, ambos se quedan clavados en el sitio cuando ven a Peeta totalmente dormido en el sofá.
Les explico lo ocurrido y ambos me piden perdón aunque tampoco tienen la culpa, y les pido ayuda para llevar a Peeta a nuestro dormitorio. Gale y Dax le suben sin mucho esfuerzo y el dejan tumbado en la cama. Con ayuda de Haymitch, le pongo el pijama y le acomodo en la cama, bien tapado con el edredón.
— Lo sentimos mucho, Katniss. ¿Está mejor? — pregunta Gale cuando bajamos al salón. Hago un gesto con la cabeza restándole importancia.
— Dormirá hasta mañana pero si todo va bien, estará como si no hubiera pasado nada.
Eso no es del todo cierto. Si el brote remite se despertará mucho más cansado de lo habitual y estará un poco desorientado el resto del día.
Si todo va bien. Porque de no ser así quizás tenga que hablar con el doctor Aurelius por teléfono.
Dax insiste en que ha sido un placer conocernos y me pide perdón mil veces antes de marcharse al cuartel del 12, donde dormirán esta noche. Gale está apunto de irse con él pero yo le convenzo de que se quede a cenar.
Haymitch y él preparan la mesa de la cocina siguiendo mis indicaciones para localizar las cosas mientras yo recaliento las sobras congeladas de la cena de hace varios días.
Cocinar no es lo mío pero recalentar es otro de mis talentos ocultos.
Cuando están calientes, sirvo los muslos de pollo en salsa en los platos y los tres nos sentamos a la mesa.
Gale nos cuenta de las cosas en el gobierno van bien. Es bastante cercano a Paylor y nos confiesa que confía en el buen hacer de la presidenta y que al parecer, por primera vez desde el fin de la guerra, parece que los ciudadanos del antiguo Capitolio se sienten un poco más atraídos por la idea de confiar en ella.
También nos pone al día de su entrenamiento en el Distrito 2. Tuvo que prepararse mucho física y mentalmente para acceder a ser líder de unidad. No siempre tuvo claro que fuera a conseguirlo pero sí que era lo que quería. De hecho, no descarta continuar su progresión en el ámbito de las operaciones especiales.
Aún así, de todo lo que cuenta, lo que más feliz me hace es que tanto él como toda su familia están bien.
— ¿Y de la reunión con Tigris? ¿Te han contado algo? — preguntó dejando la servilleta al lado del plato y acomodándome en la mesa.
— Creo que no mucho más que a ti. Tigris es una Snow, eso lo sé. Pero también sé que es una rebelde desde mucho antes de la caída del Capitolio.
Gale me confiesa que también sabe que los Décimos Juegos del Hambre estaban en una cámara de alta seguridad y que aún no los ha visto pero sospecha cosas.
— No me han dejado verlos porque no tengo un rango tan alto. Ni siquiera ha sido una opción pero llegué al despacho de Paylor cuando los estaba viendo con un equipo, en el que obviamente estaban Cressida y Plutarch. Los pararon en seguida y pusieron la pantalla del televisor en negro pero llegué a tiempo para escucharlo. — Gale pone un gesto confuso, como si no creyera del todo en lo que escucho — Me pareció que una chica cantaba. ¿Recuerdas... recuerdas aquella canción? — Gale empieza a tatarearla. — la cantaba una chica, eso seguro. Y decía algo así como que a quien iba a recurrir alguien porque todas se iban.
— No tardaré en estar enterrada, no tardarás en quedarte a solas. ¿A quién recurrirás mañana? Porque al final, amor, se van todas. — canto en un susurro y Gale me señala con el dedo mientras asiente.
— ¿Era eso? Me la cantaba mi padre.
— Yo escuchado esa canción. Y no ha sido en el 12.
Miro a Haymitch con sorpresa.
— Cuando gané mis juegos estuve recluido en la habitación asignada al Distrito 12. Fue raro. No sé cuántos días pude estar solo con una nevera cargada de leche y panecillos. Una día puse la televisión y en ella solo había escenas de ediciones anteriores de Los Juegos — dice con gesto de asco — hasta que en una ocasión apareció una chica cantando esa canción con una guitarra. No estoy seguro pero pensé que por la canción y por cómo iba vestida con un vestido arcoíris parecía de La Bandada. En aquel momento pensé que era la primera vencedora del Distrito 12. Lo más raro es... que... — niega un poco con la cabeza — no lo recuerdo bien porque ha pasado mucho tiempo pero estoy seguro de que Snow también estaba ahí. Le vi un segundo en el plano de televisión. Parecía tener unos dieciocho años... fue raro porque la imagen después de eso desapareció. Fue como si Snow quisiera que viera eso y supiera que conocía a La Bandada.
— Pero sigo sin... — empiezo pero Haymitch me corta.
— Tu padre era primo lejano de Lenore Dove. Ella era de La Bandada, al igual que sus tíos. La chica de la guitarra también lo era. Ganó, sí, pero nunca se supo que fue de ella. Desapareció.
— Plutarch dijo que esto tenía que ver con Tigris y con los Décimos Juegos. — digo, intentando atar cabos — ¿Qué pasó en los Juegos?
Nadie responde.
Los tres estamos aún más desconcertados que antes. Intentamos sacar algo pero es más de media noche cuando nos rendimos. Gale me da un abrazo cuando le despido en la puerta y me pide que le llame al teléfono del cuartel si cualquiera de nosotros necesita algo. Mañana es la llegada de Tigris y él y su unidad irán a recogerla a la estación para traerla a nuestra casa.
Cuando se va, le preparo un poco la habitación a Haymitch. Desde la conversación sobre la chica de la guitarra parece estar a punto de desmayarse en cualquier momento.
— Se llamaba Lucy Gray Baird.
— ¿Qué?
— La chica de la guitarra. La primera vencedora. Lo vi en su lápida cuando enterramos a Lenore Dove. Nunca supe qué pasó con ella. Esa chica se parecía mucho a la mía. Recuerdo preguntarte si escapó o si Snow la mató.
Me quedo helada. Nada tiene sentido y a la vez tengo una corazonada muy extraña.
— Haymitch, han pasado más de sesenta años desde que esa chica ganó. ¿Que está pasando?
Se quita las botas y se mete en la cama mientras niega con la cabeza.
— Van a volvernos locos a todos. Como hicieron con La Bandada. Buenas noches, preciosa.
Le cierro la puerta y me meto en mi habitación con Peeta, que sigue profundamente dormido. Me pongo el pijama rápido sin dejar de cantar en mi cabeza la supuesta canción de Lucy Gray.
Cuando me acoplo en las sábanas siento a Peeta tan lejos de mí que nos veo a nosotros mismos en la arena de nuestros primeros juegos. Tuve esta misma sensación cuando le dormí para ir a por la medicina, solo que esta vez también escucho la canción de Lucy Gray.
No tardaré en estar enterrada,
no tardarás en quedarte a solas.
¿A quien recurrirás mañana?
Porque al final, amor, se van todas.
Y yo soy la que te vio llorar,
la que conoce el alma que quieres salvar.
Lástima que perdieras mi apuesta en la cosecha.
¿Que harás cuando me vayan a enterrar?
Esa noche tengo miles de pesadillas.
Peeta muerto en la arena, con Finnick intentando reanimarle el corazón. Mi padre en el lago, cantándoles a los Sinsajos. Aquella chica que fue a los juegos con Haymitch que murió en sus brazos cuando unos pájaros le agujeraron el cuello. Prim andando hacia el escenario en la cosecha. Finnick diciendo que el Capitolio solía venderle. Johanna diciendo que no le queda nadie. Tigris alegrándose de que quiera matar a Snow.
Todo ello acompañado de la canción de la chica, solo que yo le presto mi voz a Lucy Gray.
...
No es un espejismo, soy yo, que soy como Lucy Gray un misterio. Bueno, yo soy un desastre.
Ya me he terminado "Amanecer en la cosecha" tengo un Hype que no puedo con él y quería escribir.
Espero que estéis bien. Si es que hay alguien aquí aún. Os agradezco mucho a todos los que en estos años habeis mostrado interes por mi historias y habeis comentado. No sé como se pueden responder comentarios aquí, pero mis mensajes siempre estan abiertos y os lo agradezco de corazón.
