Habían recorrido varios kilómetros, y aún faltaba más para llegar al poblado La Perla. Dos chicas caminaban bajo la luz solar, sintiendo como la piel les ardía y las gotas de sudor les empañaban la frente.
Rodeadas por vastos campos de hierba amarilla que se extendían hasta el horizonte, no veían ni rastro del lugar que buscaban.
Se detuvieron un momento, a la sombra de una ceiba. Kagome se tumbó en el suelo, y sacó un poco de agua de su mochila. Kikyo marcó un número de teléfono, tras un breve intercambio de palabras con su tía Naomi, colgó y se dirigió a Kagome.
–Va a venir el señor Valenzuela a recogernos en su carretón.
Luego de esas palabras, se sentó junto a su prima al pie de la ceiba. La espera fue larga. Las nubes por el cielo fueron y volvieron arrastradas por el viento. Las hojas de la ceiba se mecieron con fuerza, y pudieron escuchar el canto de los gorriones.
Un trote lejano reveló la llegada del señor Naraku Valenzuela en su carretón. Llevaban almenos unos cinco años sin ver a ese hombre, pero él parecía casi igual, su inalterable cabello negro y su mirada de lince se mantenían. Él las saludó con un apretón de manos, y ellas con un beso en la mejilla. Sin esperar más, se subieron en el vehículo de madera.
–¡Arre, Entei! – gritó Naraku al enorme caballo albino que tiraba del carretón.
El animal relinchó, y con fuerza descomunal, reanudó el trote.
Avanzaron con velocidad por la carretera. Dejaron atrás pastizales y una que otra cooperativa. Vieron una presa, y eso les hizo saber que ya estaban cerca. Finalmente, divisaron La Perla. Al entrar se encontraron con un diminuto poblado agreste, habitado por más o menos unas diez familias. Frente a una casa pintada de azul humilde, el viejo abuelo se balanceaba en su sillón. Al ver llegar a Kagome y a Kikyo, llamó al interior de la casa. Salió la señora Naomi con una sonrisa que no le cabía en el rostro. Apenas las chicas se bajaron, recibieron un enorme abrazo.
–¡Ay!, ¡Mis niñas!, ¡Mis niñas graduadas! – exclamó la señora.
Tras cuatro años en la Universidad de La Habana, estudiando hasta el cansancio, fue reconfortante escuchar eso.
–Es un gusto verte, tía. – agregó Kikyo, con una pequeña sonrisa.
Por otro lado, Kagome buscaba con la vista a su hermano Sota y a su primita Kaede, no los veía por ninguna parte. Al preguntar por ellos, su madre respondió:
– Aún no regresan de la secundaria, ¡Sabes cómo es el director Sesshomaru!, Siempre los hace salir lo más tarde posible. En fin, mis niñas, estoy muy feliz por ustedes. Hubiera querido ir a su graduación, pero jamás encontré el transporte, ¡Imagínense un viernes!, ¡Todos los boteros están ocupados!
En ese momento, se asomó al portal un joven alto y atlético, Koga Lobato. A la chica no le había costado reconocerlo, ya que él siempre había llevado (desde la adolescencia) una cola de caballo para su inusualmente largo cabello.
– ¿Acaso escuché la hermosa voz de Kagome?
Ella lo saludó con un beso en la mejilla. Él era uno de sus mejores amigos de la infancia. El señor Naraku Valenzuela, al terminar de acomodar a Entei, se paró al lado de la señora Hecheverría, y le sugirió celebrar el reencuentro por todo lo alto.
Una expresión amarga cruzó el rostro de la mujer. La situación no era buena, las cosas estaban demasiado caras. Naraku, con sus dotes de negociante, le ofreció venderle la carne de puerco más barata. Koga colocó su mano en el hombro de Kagome, en un gesto cariñoso.
– Pues, yo les doy el puerco de regalo y hasta les ayudo a prepararlo.
– ¡Ay, joven Koga!, No podemos aceptar eso. – dijo la universitaria con una sonrisa nerviosa.
Él siempre había sido así de amable, pero a ella no le gustaba abusar de la buena voluntad de su amigo.
Koga no aceptó una negación por respuesta, incluso le pidió a Kagome que le acompañara para que juntos pudieran escoger el mejor puerco de su finca. Ambos se fueron caminando a "El huracán", propiedad de los Lobato. Naraku Valenzuela se rió mientras los veía marcharse por el sendero de tierra y hierbas.
–Ese muchacho me recuerda a mí de joven. Yo también tenía las mujeres "apululu". – mencionó, mientras hacía la típica seña de Ruperto.
–Con razón usted tiene tantos hijos. – murmuró Kikyo, mientras se colocaba a un lado de su abuelo.
Mientras tanto, Kagome y Koga caminaban juntos hasta "El huracán". A ambos lados del camino habían corrales y cercas. El lado derecho era la finca "Las arañas", la cual pertenecía precisamente al señor Valenzuela y a su familia. A la izquierda se encontraba la finca El Colmillo, propiedad de los Jiménez.
Desde niña había escuchado historias controversiales sobre esa gente. El señor Toga, el dueño de El Colmillo, había estado involucrado con dos mujeres: Irasue e Izayoi en secreto, y tuvo hijos con ambas. Cuando cada una se enteró del hijo de la otra, hubo un gran escándalo, con machetes levantados y toda la cosa. Según dicen, ese día alguien mató a Toga de un machetazo. Luego iniciaron más problemas porque Irasue consideraba que su hijo Sesshomaru debía ser el dueño de El Colmillo, mientras que Izayoi también buscaba tener su parte de la finca para InuYasha. Finalmente se la dividieron entre ambas. Kagome veía a la señorita Izayoi como una mujer amable, y siempre fue muy amiga de su hijo InuYasha.
La universitaria notó que El Colmillo parecía casi abandonado. La hierba estaba alta, como si no la hubieran chapeado en meses, y los terrenos de cultivo vacíos. Pasaron frente al portón de los Jiménez. Sesshomaru apenas llegaba, traía puesto un traje elegante.
–Socio, estás loco. – dijo Koga, dándole un apretón de manos. – ¿Caminaste por pleno campo con pantalón blanco?
–No te importa.
–¡Oye, calma!, por cierto, ¿Ya viste a Kagome?
El director de la secundaria miró a la muchacha de arriba a abajo, como inspeccionándola minuciosamente.
–Sí, oí que se graduó. – contestó. – ¿Le interesará trabajar?, tengo plazas en la secundaria.
–¡Pues sí!, ¡Sí quiero! – respondió Kagome con una sonrisa amable.
–Podrías ser laboratorista de Informática. El único inconveniente es que en la secundaria no hay computadoras.
– Ah, no, ¡Paso!
Los tres se despidieron entre sí. Koga y Kagome avanzaron otro tramo hasta llegar a "El huracán". En contraste a El Colmillo, esta finca tenía buena apariencia. La hierba estaba cortada, los bebederos de los caballos estaban limpios, el enrejado se decoraba de bungavillas, la casa de Koga aunque humilde, bien cuidada. Él la guió a los corrales de los cochinos. La cochiquera tenía el típico e inevitable olor nauseabundo de las bóñigas. Los cerdos gruñían, en busca de algún grano de palmiche que hubiera quedado escondido al alcance de sus vistas. La chica miró a un cochino regordete que se movía con dificultad por el interior del corral. Lo señaló. Koga sonrió, y le aseguró que había escogido bien. Él tomó un machete que tenía en la ventana del corral, haciendo función de barrote. La chica dio las gracias y salió de allí, pues sabía que se vendría una escena agitada. Se paró en el portal de la casa Lobato. La brisa del campo la golpeaba en la cara. Miró a todo el paisaje frente a ella. Aquello le recordaba a su niñez: las tardes de juegos por los corrales, cuando recolectaba flores, se trapaba a los árboles para alcanzar mangos, cazaba lagartijas, se bañaba en la presa. Sin dudas La Perla era pobre pero era su lugar en el mundo.
Se marchó, y recorrió el mismo camino de regreso. Al día siguiente casi por las cinco de la mañana, ya había gente en la casa de los Hecheverría ofreciendo su ayuda para la celebración, la mayoría de ellos eran hijos de Naraku Valenzuela. El abuelo de Kagome no hacía nada, solo andaba en debate con el señor Santana y con Naraku sobre las vacas, la electricidad y los meteoritos. De ahí saltaron al deporte, el señor Santana a fingir que conocía a Alberto Juantorena, y Naraku a decir que fue entrenador de Mijaín López. La señora Naomi se hallaba en el patio, preparando el congrís en una gran caldera sobre el fuego. Kikyo ayudaba a preparar la yuca.
Como era sábado, nada más llegaron las ocho de la mañana, Kaede y Sota salieron a jugar con el resto de sus compañeros de clase. Sesshomaru los reprendió por no estudiar, pero ellos prefirieron ignorarlo.
–Mejor dicho, ¿Por qué no se va usted a estudiar? – preguntó el pequeño Shippo.
–Porque yo ya estudié y me gradué. Te aconsejo que tú también lo hagas, en vez de perder el tiempo con tus cuatro jevitas.
–Espera..., ¿Cuatro? – preguntó Soten acercándose a Shippo con el ceño fruncido. – ¿Quiénes son las otras tres?, ¡Dime, zorro!
–¡Shippo!, ¡Tú me dijiste que no eras novio de Soten! – contradijo Misuki.
–¿Estás con ellas dos? – preguntó Koome.
–No te creí capaz de esto. – dijo Satsuki, bajando la cabeza.
–¡Me alegra haber seguido el consejo del señor Sesshomaru y no fiarme de Shippo! – agregó Lin. – Sino yo sería la quinta jevita.
–¡Y yo la sexta! – respondió Kaede.
Se hizo un gran revuelo. Sesshomaru pensó para sus adentros "Estos adolescentes son candela", y estuvo casi convencido de que Shippo sería el próximo Toga Jiménez.
Kagome decidió visitar a Koga para ver cómo le iba con el asado del puerco, pero fue detenida por Kagura, una de las hijas de Naraku.
–Bienvenida de nuevo a La Perla, ya pensaba yo que no regresarías. La Habana es muy impresionante.
–Pues, ¿Qué puedo decirte?, "sé cuál es mi posición, yo sé cuál es mi lugar".
–¡Ah!, ¡Como esa canción! – respondió y se rió. – Hablando de eso. No entiendo por qué a nadie en este pueblo le gusta la misma música que a mí. Todos aquí escuchan puro Polo Montañes, Celia Cruz, Benny Moré... y pensé que luego de que ustedes vinieran de La Habana cambiarían sus gustos musicales, pero ya veo que no. Quise poner "Héctor Letton", y me dijo Kikyo que apagara esa basura.
–Es mi prima, ¿Qué esperabas que te dijera? – dijo Kagome, soltando una risa.
Se dispuso a irse, pero otra vez fue detenida, esta vez por el propio señor Valenzuela, el cual vino acompañado de un joven a quien ella reconoció enseguida, InuYasha Jiménez. Enseguida le llamaron la atención los fuertes músculos de aquel, que se notaban por encima de su camiseta.
–Es un gusto verte por aquí de nuevo, Kagome. – dijo el chico, con una pequeña sonrisa. Naraku le dió una palmada en la espalda.
–¡Vamos, InuYasha!, ¡Espabila!, ¡Ala pa' tu mano!
–¡Déjeme en paz! – contradijo, mientras fruncía el ceño.
El otro se fue con una sonrisa pícara.
–Ha pasado mucho tiempo, InuYasha, ¿Cómo has estado?, ¿Y tú mamá? – preguntó la chica, tratando de ser amable.
–Ella murió el año pasado. – murmuró él.
Kagome se llevó ambas manos a la boca, ¿Cómo podía ser algo así?, Aquella era una señora muy dulce y buena, sobre todo fuerte. Recordaba como en las mañanas, salía a atender a la finca: araba la tierra, daba de comer a los animales y chapeaba la hierba. No temía a ensuciarse las manos de lodo o a adentrarse en un pastizal. Las gentes le decían que aquello era cosa de hombres, pero Izayoi no se daba el lujo de permanecer inactiva. Después de todo, su hijo necesitaba comer. Era cierto que todas aquellas actividades le habían generado dolores en la columna con el tiempo, quizás su condición había empeorado, y eso la había llevado a su muerte. Tras superar el shock inicial, Kagome abrazó a InuYasha.
–¡Cuánto lo siento!, ¿Quieres hablar sobre eso?
–No pasa nada, mas bien, ¿Cómo has estado tú? ¿Necesitas algo para esa fiesta?
–Estoy bien. Ahora voy a casa de Koga Lobato, él está preparando el puerco.
InuYasha frunció el ceño, y la joven no entendió qué le molestó. Él decidió acompañarla.
Ambos recorrieron el sendero hasta "El huracán". Notaron una gran humareda y el fuerte olor del cerdo asado. Adentro encontraron a Koga con sus primos Ginka y Hakkaku. El Lobato se levantó y saludó a Kagome con un gran abrazo, a InuYasha sólo le dió un apretón de manos algo superficial.
–Mi vida, ¿Podrías ir a vigilar el fogón?, estoy haciendo unos boniatos. – le dijo él a Kagome, sin apartar la vista del Jiménez, para averiguar su reacción. Tal cual un perro, InuYasha enseñó los dientes.
La chica asintió con la cabeza y se fue al interior de la casa. Cuando ambos hombres se quedaron solos, Koga comenzó a reír.
–Debí haberlo sabido, no sólo quieres competir conmigo en quién atiende mejor las fincas, ¿No?, también quieres ver quién logra volver a Kagome su jevita.
– ¿Hay algún problema con eso?, Tú no eres su dueño.
–Es verdad, pero tal cual te rendiste de atender El Colmillo, te vas a rendir con ella. Es sólo cuestión de tiempo.
Koga se acercó al enrejado de la finca, en el cual se trepaban las bungavillas, y arrancó varias de ellas. Cuando Kagome regresó, se las colocó en el pelo. Ella comenzó a reírse.
—¡Eres tan considerado, Koga!
—Nada qué presumir, así soy, naturalmente.
InuYasha apretó más los dientes.
—Oye, Kag, ¿No quieres unos huevos?, Te puedo dar. — agregó el Jiménez.
Ella alzó una ceja, y dio unos pasos hacia atrás.
—¿Huevos de gallina?
—Sí, obviamente.
Kagome soltó un suspiro de alivio. Luego negó con la cabeza.
—Pudieras hacer un "quei". — añadió él.
La chica se llevó una mano al mentón. No era mala idea. Aceptó la propuesta y acompañó a InuYasha. Koga los siguió por detrás con un saco, donde tenía guardado el cerdo asado.
Llegaron hasta la finca de los Jiménez. Atravesar la hierba alta fue incomodísimo, y al tocar el portal, la chica tenía los zapatos enfangados. La finca parecía aún más abandonada desde dentro. El bebedero de los caballos estaba lleno de agua verde, donde nadaban diminutos renacuajos. Dos vacas flacas daban vueltas al libre albedrío.
Sesshomaru los vio llegar. InuYasha le hizo un par de señas, y ambos se apartaron a un rincón, dejando a Kagome y a Koga en el portal.
—¿Qué quieres? — preguntó el director de la secundaria.
—Dame los huevos, te los pago en dos meses.
—¿Estás loco?, ¿Sabes a cuánto venden las mipymes el cartón?
InuYasha negó con la cabeza.
—Además, ¿Con qué piensas comer el resto del mes? — interrogó Sesshomaru. — ¡No me digas que piensas matar alguna de las vacas!, Si es así, nos cae la policía arriba.
El hermano menor se rascó la parte de atrás de la cabeza.
—Socio, necesito ayuda, ¡Sino Koga Lobato me ganará la jevita!
—¡Oh~!, ¡Le pusiste el ojo a Kagome Hecheverría!
InuYasha asintió. Sesshomaru soltó una sonrisa picarona, algo que no era común en él.
—Si quieres que ella se fije en ti, pídele consejos al señor Valenzuela. Así hasta terminarás con tantos hijos como él.
El menor de los Jiménez le dio un manotazo a su hermano y se marchó. Regresó al portal.
—Ya no habían huevos.
—Bueno, no importa. — contestó Kagome, con una sonrisa.
Los tres regresaron a la casa de los Hecheverría. "La vida es un carnaval" de Celia Cruz, resonaba en el aire, y el abuelo hacía bailar a una tiesa Kikyo. Naraku Valenzuela echaba un pasillo con una de sus hijas. También había llegado Sango, la hija del señor Santana, y estaba enseñando a su hermano Kohaku a bailar. Todos movían, al ritmo de la salsa.
Kagome recordaba cómo la señora Izayoi, la madre de InuYasha, era la que mejor bailaba en todo el poblado La Perla. Sin dudas, faltaba su presencia allí. Miró a InuYasha, y notó cierto aire melancólico en sus ojos. Lo tomó de las manos.
—¡Vamos!, "Todo aquel que piensa que la vida que es desigual, tiene que saber que no es así, que la vida es una hermosura." — comenzó a cantar ella mientras seguía la canción y se movía.
—¡Hay que vivirla! — contestó InuYasha, con una risa.
Ambos comenzaron a bailar.
Koga los miraba de soslayo. Se fue para el interior de la casa, y dejó allí el saco con el puerco. Al salir, se acercó a Kagura, la cual estaba sentada al lado de la bocina Bluetooth con un bochorno sin igual, ¡Pues no le dejaron escuchar "Marca Mandarina"!
El joven Lobato le susurró algo al oído. Ella frunció el ceño. Aún así, se limitó a obedecer. Cuando terminó "La vida es un carnaval", sonó una guitarra. Kagome reconoció la melodía enseguida. Era "Yolanda", su canción favorita desde que era niña.
—"Esto no puede ser más que una canción." — brotó de sus labios, mientras la música avanzada. — "quisiera fuera una declaración de amor"
No continuó cantando, ya que una dulce sonrisa transformó su semblante. Se acercó a Koga, y le dio las gracias.
InuYasha se cruzó de brazos, y se quedó observando cómo la chica conversaba con el Lobato. Él era un cheo, todas esas cursilerías le iban bien de la mano. Por detrás, el señor Valenzuela le dio una palmada en el hombro al joven Jiménez.
—Dime algo, tigre, ¿Qué tal tienes a la jevita?
InuYasha suspiró.
—Cachita se va, y no precisamente conmigo. — contestó. — Bueno, tampoco quiero parecer un acosador.
—¡Socio!, ¿Cómo la quieres enamorar?, ¡Mira la mala facha y el tufo que te traes!, ¡Báñate!
El Jiménez se rascó la cabeza. Sin dudas lo menos que le hacía falta en ese momento era que alguien le echara insultos.
—Mira, yo te diré lo que tienes que hacer. — agregó Naraku.
Días después, Koga invitó a Kagome y a Kikyo a conversar un rato en su casa. "Por los viejos tiempos", decía. Pasaron frente a la finca de los Jiménez, y parecía un lugar diferente. Sesshomaru se hallaba sentado en una butaca en el portal, con una cara de sádico, observaba como Inuyasha y todos los hijos varones de Naraku, incluyendo los más jóvenes, chapeaban la hierba debajo del sol. El sudor les corría por las frentes y les empapaba las camisas.
Los tres sintieron curiosidad y entraron. Sesshomaru los miró de arriba a abajo.
—¡No tengo huevos! — agregó, en un tono cortante.
—Se nota. — contestó Koga, y luego se carcajeó.
InuYasha también escuchó la broma, y dejó caer el machete de la risa. Pronto, todos quedaron contagiados.
—¡Huevos de gallina!, ¡Estúpidos! — contradijo Sesshomaru, molesto.
Kagome tomó un rastrillo, preguntó si podía ayudar, y comenzó a mover la hierba que chapeaban los chicos. Kikyo se le unió en aquella tarea. Koga, resignado, tomó otro machete y ayudó a los demás.
Luego del mediodía, ya toda la finca estaba limpia de hierbas. Sesshomaru trajo un plato con galletas de sal y pasta.
—¡Esto es lo que hay! — exclamó. Luego fue a lavarse las manos como Poncio Pilato.
Todos se sentaron en torno al plato y comenzaron a comer. Desde el portal podían ver el resultado de su esfuerzo. El Colmillo parecía haber regresado a su antigua apariencia. Las vacas devoraban con gusto la hierba chapeada. El bebedero de los caballos, recién lavado, se encontraba libre de los renacuajos y el moho de hace unas semanas. Un pequeño potro daba saltos tras su mamá. Sin embargo, aún faltaba más por hacer. Había que rastrillar y preparar el área de cultivo, también había que comprar unos cochinos para criar, InuYasha debía volver a practicar las visitas a la provincia para vender productos. Aún así, aquel ya era un gran paso.
Desde la muerte de su madre, había perdido el ánimo de atender El Colmillo, por otro lado Sesshomaru se consideraba demasiado fino como para hacerlo. Agradeció el consejo de Naraku Valenzuela de arreglar el lugar. Ahora la joven Kagome Hecheverría, y cualquier otra persona, podría visitar la finca y encontrarla amena.
—Creo que deberías recompensar nuestro trabajo. — dijo el joven Akago, el menor de los Valenzuela. Provocó las risas de sus hermanos. — ¡Es enserio!, ¡Estas galletas están socatas!
—Lo único que puedo hacer es tumbar unos cocos de aquellas matas de allá. — respondió InuYasha, mientras apuntaba a lo lejos.
—¡Agua de coco!, ¡Tiempo sin probarla! — exclamó Kikyo. Kagome asintió.
—Recuerdo también los coquitos acaramelados que preparaba la mamá de InuYasha. — agregó Kagome, con algo de nostalgia.
El joven Jiménez asintió. El grupo terminó de comer galletas, y luego fueron caminando hasta la parte inferior de la mata. El paisaje rural estaba sumergido por una ardiente luz de sol. A lo lejos, se observaban los montes, la manigua. InuYasha, y Koga bajaron los cocos. Hakudoshi Valenzuela se encargó de partirlos a machetazo limpio. Notaron que al abrirlos, muchos de ellos estaban podridos.
No todo podía ser tan perfecto. Los Valenzuela decieron que ya no tenían nada más qué hacer allí. Se marcharon, dejando a las primas Hecheverría, a Koga y a InuYasha, solos bajo la mata de coco.
El cuarteto vio pasar a lo lejos al mismo potro de antes, junto a su mamá. El Jiménez tuvo una pequeña idea.
—Kag, ¿Quieres montar a la yegua?
—Ay, ¡No sé hacerlo! — contestó ella, agitando las manos en señal negativa.
—Yo te enseño. — dijo él, mientras la tomaba de la mano y se la llevaba.
Koga y Kikyo los vieron irse. Observaban a la distancia, como InuYasha le hablaba a Kagome de cómo acercarse a la yegua sin asustarla. Ambos se reían.
Kikyo llegó a la conclusión de que su prima parecía más feliz desde el regreso a La Perla. Observó a Koga, y notó un semblante serio. Cuando le preguntó, recibió una respuesta grosera.
—¡No es asunto de mujeres!
—¡Pues tira pa' tu casa y deja de molestar!
El Lobato hizo caso, y se marchó. Kikyo fue a mirar más de cerca cómo su prima montaba a la yegua.
Pasaron más días. Naraku Valenzuela hacía muchas visitas a El Colmillo, y le daba consejos a InuYasha sobre detalles y cosas que podía hacer para enamorar a Kagome. Sesshomaru sabía que desde esas conversaciones, su hermano había vuelto a tomar el mando de la finca, y eso le convenía. Además, no podía evitar reírse para sus adentros. Al final, InuYasha sí le había pedido consejos al viejo. Solo era cuestión de tiempo que terminara con tantos hijos como él.
Luego de pensar en eso último, le entró cierto fastidio. Si Kagome e InuYasha se casaban, ella tendría que recibir parte de las ganancias de la finca, y habría que mantener a toda la partida de muertos de hambre de los Hecheverría. Para colmo, dar de comer a todos los hijos del matrimonio.
Decidió pensar que su imaginación iba demasiado rápido, ¡Ellos no tendrían nada!, De tantos hombres hermosos y fuertes en La Perla, InuYasha no destacaría.
De todas formas, decidió asegurarse de que las cosas no fueran más allá. En la tarde, fue a casa de Koga Lobato. Lo encontró jugando dominó en la sala, junto con sus primos Ginka y Hakkaku. Cuando estos dos últimos lo vieron, comenzaron a hacer gestos, uno susurró "¡Se formó lo que se formó!"
—Oigan, ya les dije que no tengo problemas con Sesshomaru. — aclaró Koga. — La cosa es con InuYasha.
—Más te vale, porque tengo una idea para ti. — agregó el director de la secundaria, con su pantalón blanco. Se sentó en la mesa del dominó.
Estuvieron un rato conversando mientras movían fichas. Koga alzó una ceja.
—Es tu hermano, ¿Por qué no quieres que tenga jeva?
—¡Mientras más lejos puedo estar de los Hecheverría mejor!, Oye, socio, ellos son tan pobres que las ratas no se meten en su casa porque no encuentran nada qué comer allí.
—Tampoco te pases.
Revisó sus fichas, y soltó un doble blanco.
—¡Blanquizal de Haruko!
Sesshomaru miró las suyas, y echó alante un cinco blanco.
—¡Quintín el amarga'o!
—No, es "Sin comer no se puede vivir". — corrigió Ginka.
—¿A ti quién te preguntó?
El primo de Koga se quedó callado. Continuaron todos con el juego.
Pasaron algunos meses desde esa conversación, pues el plan llevaba un día específico para ejecutarse Sesshomaru había notado desde mucho tiempo atrás, que Naraku ya no visitaba la finca, al contrario, Inuyasha pasaba las tardes en Las Arañas, la finca de los Valenzuela. Decidió no darle tanta importancia, mientras Inuyasha no desatendiera El Colmillo, le daba igual como distribuía su tiempo.
Una mañana, Kagome y Kikyo se levantaron y encontraron La Perla llena de cadenetas y papeles de periódico recortados, de arriba a abajo. Sota fue a mirar en el calendario de la casa. Se llevó una mano a la cabeza.
—¡No puede ser!, ¡No puede ser!
Kagome se le acercó por detrás.
—¿Qué es lo que no puede ser?
—Es el Día mundial contra la homofobia. Ahora todos mis amigos me van a felicitar.
La muchacha se rió, recordando esos juegos de niños.
—Bueno, hoy también es el Día de los campesinos. Nosotros somos campesinos.
"Y aunque yo sea guajiro natural, no te equivoques" dijo una voz femenina desde el portal, Kagura que venía con una libreta y un bolígrafo.
—¿Ahora eres inspectora? – preguntó Kikyo, en un tono sarcástico.
—¡Sí!, ¡Denme quinientos pesos de la luz o se las corto!
—¡Oye!, ¡Eso es un abuso!
Kagura se carcajeó.
—¡Claro que no, tontita!, Solo estoy recogiendo los nombres de los que van a participar de la fiesta campesina.
—¿A poco ahora te gusta la música campesina?
—¡No!, ¡Qué va!, Solo estoy fingiendo, quiero llamar la atención de… cierto maestro de la secundaria que sí le gusta.
Las primas se encogieron de hombros. Sota se llevó las manos a la cara. Les rogó a Kagome y a Kikyo que si participaban, no cantaran El Punto Cubano, que eso ya era un cliché.
—Oye, ¿Qué cliché de qué?, Tu primita Kaede, que me la encontré por allá afuera, va a cantar Amiguitos vamos todos a cantar.
Sota corrió puerta hacia afuera, dispuesto a detener a Kaede de hacer un papelazo frente a toda La Perla. Kagome y Kikyo querían cantar "Yolanda", pero Kagura les dijo que ya alguien más se había anotado con esa canción, ¿Quién sería?, al final, optaron por entonar "Canten"
En la tarde había gran reguero de caldosas, humo, y olores por todo el poblado. Como siempre, a Kagura le había tocado aportar su bocina Bluetooth para la música.
Naraku Valenzuela se había puesto a enseñar a bailar a Kohaku, el hijo del señor Santana. El propio señor Santana los vigilaba. No por nada, sabía que su vecino era un buen tipo, a su manera. Habían varias mesas de dominó, donde se hacía ruido de fichas en "agua". Sobre una tarima de yagua, se encontraba un reguero de cables con cinta, y un micrófono en medio. Allí se paró la bruja Urasue, la jefa del CDR. Comenzó a llamar a la gente. Cuando todos estuvieron alrededor de la tarima, ella comenzó a leer el típico informe sobre el Día de los campesinos y la importancia que estos tenían para el desarrollo del pueblo. Comenzó a contar toda la historia de la Primera Ley de Reforma Agraria. La gente se miraban los unos a los otros, con caras largas. El único que estaba haciendo caso de aquello, era Sesshomaru el cual anotaba datos de lo que hablaba Urasue. Ya después les metería un examen a los alumnos de su escuela, preguntándoles en qué lugar se firmó la Ley de Reforma Agraria, después de todo, eso era una pregunta de prueba de ingreso, y así se ganaría el mérito de los metodólogos por "alentar la preparación temprana para la educación media superior y la superación de pruebas de ingreso"
Después del discurso, se presentó Shippo, con una pequeña guayabera. Comenzó a cantar "Veinte años atrás" Para Sesshomaru, ver aquello fue lo más vergonzoso de la tierra.
"Si las cosas que uno quiere, se pudieran alcanzar, tú me quisieras lo mismo que veinte años atrás."
Cantaba el pobre desafinado mientras se le salían los lagrimones. Sus "exjevas" lo miraban, llevándose manos a la cara.
Luego de la canción, todos aplaudieron, para que el pobre no se sintiera mal. Después entró Sango Santana con "El Punto Cubano". "¡Típico!" pensó Sota.
Atrás entró Kaede con su "Amiguitos vamos todos a cantar". Sota se tuvo que tapar la cara, para aguantar la pena. Sentía que eso era una fiñería. Al final, todo salió bien. A la mayoría de la gente en La Perla, le pareció tierna la voz de la muchachita.
Fue el turno de Kagome y Kikyo. A Kikyo le costaba bailar, era bastante tiesa en ese sentido. Kagome se desenvolvía con facilidad.
"Canten, conmigo canten,
hagamos una canción que se levante.
¡Vamos todos!, ¡Vamos todos!,
en esta guagua gigante,
tarareando una canción que todo el mundo la cante,
¡Que se levante!"
La gente siguió el coro.
"Canten, conmigo canten,
hagamos una canción que se levante.
¡Que todos canten!"
Las chicas se llenaron de aplausos. Tras ellas entró Koga. Él se acercó al micrófono.
—Esta canción va dedicada a mi querida Kagome.
Comenzó a sonar "Yolanda". La susodicha se sonrojó completa. Miró hacia todas partes. Solo veía las miradas picaronas de la gente.
"Yolanda, Yolanda, eternamente Yolanda"
Todos aplaudieron a Koga, incluso Kagome. La interpretación le había quedado bien. En medio del escenario, se paró Inuyasha.
—¡Lobato!, ¡Te reto a una controversia!
Todos comenzaron a echar palmadas, y a gritar "¡Controversia!" Kagome quedó impactada, para empezar, ¿Acaso Inuyasha sabía cantar? Sesshomaru se carcajeó, pensó que su hermano iba a hacer un papelazo en la tarima, y al final, aquello reforzaría la victoria de Koga. Luego se dió cuenta, de que Naraku Valenzuela se reía más que él.
Koga aceptó el reto. Kohaku Santana agarró una guitarra y se encargó de la música. Trajeron otro micrófono, para que ambos duelistas pudieran tener uno. Inuyasha comenzó:
Hoy nos encontramos en la campiña frente a frente.
Hoy nos encontramos en la campiña frente a frente.
Espero que no hagas un papelazo frente a la gente.
Más aplausos, la guitarra de Kohaku resonó.
Inuyasha, tú sabes que vas a perder,
Inuyasha, tú sabes que vas a perder,
mejor bájate y no molestes.
Enseguida, todos notaron de que Koga había metido pie con la rima. Incluso, se habían oído extraños sus versos. Sonó la guitarra y le tocó a Inuyasha.
¿Cómo es posible un poeta que no rime?
¿Cómo es posible un poeta que no rime?
Lo que tengo son ganas de reírme.
La gente aplaudió a Inuyasha, ante la envidia evidente de Koga. El Lobato se retiró, frustrado. Sesshomaru andaba verde de arriba a abajo. Miraba como el viejo Valenzuela seguía con su risa.
—¿De qué te ríes?
—¡Ay, Sessho!, Cuando tú viniste al mundo, ya yo había ido y vuelto, tres y cuatro veces. Inuyasha siempre ha sido bueno para las décimas y lo estuve entrenando en mi finca.
El director de la secundaria no soltó una grosería porque sabía que sus alumnos lo iban a imitar.
Inuyasha quedó parado en la tarima. Estaba nervioso, ¡Por Dios!, las palabras que tenía en su mente las había ensayado un montón en Las Arañas. Ahora debía poder decirlas, aun cuando le diera pena. Agarró el micrófono con una mano temblorosa.
—Esta canción va dedicada a Kagome Hecheverría.
El corazón de ella latió con fuerza. Comenzó a sonar un violín, con la música de "Flor Pálida".
De aquella flor surgieron tantas cosas,
nació el amor que ya se había perdido,
y con la luz del sol se fue la sombra,
y con la sombra la distancia y el olvido.
Le fui poniendo un poquito de amor.
La fui abrigando en mi alma,
y en el invierno le daba calor,
para que no se dañara.
De aquella flor hoy el dueño soy yo,
y he prometido cuidarla,
para que siempre esté cerca de mí,
para que nunca se vaya.
Los ojos de Kagome se llenaron de lágrimas. Cuando el muchacho bajó de la tarima, lo abrazó con fuerza.
—Eso es lo más hermoso que me han dedicado nunca.
—Te lo mereces, Kagome. – respondió él, aún con temblores en la voz. – Tu presencia en La Perla me ha hecho más feliz.
—Ay, no sé cómo pude haber hecho tanto, pero gracias, ¡Qué lindo fue todo!, Creo que desde ahora, esa será mi nueva canción favorita.
Naraku los miró, con más risas. Sacó un periódico, el cual, tenía escrito por la parte de atrás "¡Dale tigre, hala pa'tu mano!", con pluma. Cuando Inuyasha se dio cuenta, le encorvó los ojos.
