Semana 22
Narrador omnisciente, tercera persona.
Recién comenzó el verano en la prefectura de Shizuoka. Taro caminaba hacia la salida de la escuela en el último día de clases. Alrededor había algunos chicos que acababan de rendir el examen del primer trimestre.
Unos metros más adelante de Taro estaban Kumi y Tsubasa, tomados de la mano. Detrás iban Yoshiko, Yayoi, Jun y Hikaru; ya habían invitado a Taro a unirse, pero como él declinó la oferta con una sonrisa, no tuvieron mayor problema en seguir con lo suyo.
Lejos de Tsubasa y Kumi, caminaban Aoi y Akai. Por lo poco que Taro escuchó de boca de Matsuyama y Misugi –debido a que pasó el último mes deprimido–, Aoi se distanció de Tsubasa a manera de protesta silenciosa.
La causa no se encontraba presente. Ella se fue antes que el resto del grupo –y Yukari corrió para alcanzarla–, quizá para no ver a una de sus amigas junto al chico de sus sueños.
En todo caso, ella no fue la única en aislarse por voluntad propia. Kōjiro pasó de largo a Ken y Takeshi: ahora era él quien debía apurarse para alcanzar a su novia a tiempo.
Takeshi se limitó a bajar la cara y apretar los puños con discreción. Taro lo notó, pero no quiso acercarse, por prudencia. Ken ya estaba ahí para cuidar de él, y Taro pensó que era mejor no interferir para no incomodar.
Él no había prestado la atención debida en el momento correcto, así que ahora sería un mal amigo si se acercara a preguntar de forma pública algo tan personal. Sobre todo si ya tenía una idea de cómo habían ido las cosas entre Takeshi y Kōjiro.
Taro le preguntaría luego y, a cambio, le contaría su propia experiencia con Genzo; se acercaría a intercambiar los detalles con Takeshi cuando reavivar los recuerdos no se sintiera como quitarle la costra a heridas en cicatrización.
Ya de por sí era bastante difícil hablar de cómo se sentía frente a un adulto desconocido. Su padre lo había llevado a terapia. Taro se negó en cuanto supo que eso tenía un costo que le pareció caro, y que, además, podría atraer miradas.
Sin embargo, Ichiro le dijo que ésta era una decisión que no le correspondía, sino que él asumiría la responsabilidad como padre. Por supuesto, tampoco iba a someter al chico a un estrés traumático: si tras la tercera sesión semanal Taro no se sentía seguro, Ichiro lo dejaría en paz e iría a orientarse por su cuenta sobre cómo tratar a un adolescente deprimido siendo un padre divorciado.
Debió de haber sabido que Taro no se iba a quejar, pero al menos se aseguró de que su hijo no estuviera siendo complaciente y ya; Ichiro puso su fe en que el gesto retraído de Taro durante las sesiones fuera más honesto que las sonrisas brillantes que solía hacer.
Hacía apenas dos días tuvieron la cita más reciente y Taro parecía más tranquilo que la primera vez. Conservaba el gesto retraído, pero ya hablaba un poco más fuerte y, al despedirse, le dijo al adulto que lo atendía "nos vemos la próxima semana", dando por hecho que sería así.
En esa cita hablaron del examen que Taro estaba por rendir; tanto él como su padre se sorprendieron de que, según la mujer a cargo, Taro realmente era un niño muy nervioso. No lo mostraba porque suprimía la angustia para no preocupar a otros, pero sostener esa imagen en plena etapa hormonal le estaba drenando el ánimo.
Mucho más tarde, la mujer habría de expedir un diagnóstico y le compartiría a Ichiro que, en realidad, Taro llevaba años tratando de engañarse a sí mismo a manera de defensa psíquica, pero aún no lo lograba del todo. Taro sí tenía sueños propios, pero se avergonzaba de ellos y los hacía a un lado. Quizá por considerarlos banales; quizá por ser imposibles.
Taro soñó con ser el mejor futbolista, vivir aventuras y ser un chico rodeado de compañeros con los que jugar. Pero lo que más había querido fue tener una familia completa, unida y feliz.
Taro todavía había soñado, después del juicio, con ver a su mamá visitándolo algún día; que ella y su padre pudieran sonreír entre ellos mientras veían, junto a su hermanita Yoshiko y desde las gradas, a Taro anotando un gol.
Taro en realidad había renunciado a esos sueños desde que vio a su madre riendo junto a alguien más, y a su padre con una cara tan seria la única vez que llevó a Taro a verla.
Renunció porque no había más qué hacer. No era un sueño que se pudiera alcanzar esforzándose. Con el tiempo, a Taro incluso le pareció absurdo llamarlo un sueño.
Taro ya no se consideraba un soñador, sin embargo, quizá realmente era el soñador más absurdo de todos. Quería complacer tanto a su padre, que nunca le daba una sola queja de nada para que él pudiera concentrarse en su trabajo.
Quería complacer tanto a sus compañeros de equipo en cualquier deporte, que prefería relegarse a sí mismo a un segundo puesto, ceder el balón y dar palabras de ánimo, porque cuando sus compañeros se lucían, siempre había alguien orgulloso de ellos, esperándolos con los brazos abiertos para felicitarlos por su victoria.
Para Taro, en cambio, no existían derrotas o victorias, sólo viajes. Sólo el mismo apartamento frío, aunque fuera uno diferente en cada ciudad; aunque su padre estuviera siempre ahí y lo amara.
Sin embargo, nunca renunció. No pudo hacerlo, por más que intentó engañarse. Era demasiado inteligente para eso. Quizá las palabras de su padre calaron más profundamente en él de lo que creyó. "Luchar por no renunciar".
Quizá cada día que Taro se ponía el pie solo para no avanzar y no opacar a nadie porque no le veía el sentido a lucir su propio talento, si irónicamente no iba a ganar nada en la vida ganando un partido; quizá lo hacía para no tener que afrontar lo mucho que le dolía soñar.
¿Para qué soñar con anotar el gol ganador del partido más importante? Su mamá no estaba ahí y, a veces, tampoco su papá. ¿Para qué comprometerse con un equipo? Si al mes, la semana o incluso el día siguiente de haberse unido, estaría avisándoles que no podrían jugar más juntos.
¿Para qué esforzarse en mejorar como jugador? Ya era lo suficientemente bueno, para un chico que siempre se muda. Se conformaba con ser útil al equipo de turno, no tenía otra cosa por ofrecer; no se consideraba bueno en nada más. A sus ojos, soñar sólo le traía dolor.
Sin embargo, lo hacía. Como cualquier niño, Taro seguía soñando y, por ende, seguía sufriendo. "Luchar por no renunciar", dijo su padre, y Taro lo hizo en silencio.
Éstas serían las observaciones de la mujer cuando declarara que el chico sostenía un estrés postraumático complejo que lo llevó a deprimirse. Por ahora, Ichiro no sabría nada de esto, y Taro estaría en la escuela pasando el rato con sus compañeros antes de las vacaciones de verano.
Sería la primera vez que viviría esa transición en un mismo sitio desde la primera mudanza, así que, a pesar de la tensión que Taro alcanzaba a percibir de parte de algunos y de su propia tristeza, estaba a la expectativa.
—¡Misaki!
Taro no tuvo tiempo de darse la vuelta para cuando Ishizaki ya lo tenía abrazado de un hombro.
—Los muchachos y yo estábamos hablando de las buenas nuevas: ¿es verdad que vas a quedarte en Shizuoka para siempre? —Taro rio ante la locuacidad de Ishizaki. Se movió un poco para mirar hacia atrás y comprendió quiénes eran "los muchachos".
—No sé si para siempre, pero papá dice que no volveremos a mudarnos mientras termine la secundaria. —Incluso después de volver a mirar al frente, Taro reconoció las voces de Urabe, Nitta, Soda y los Tachibana entre los vítores que soltaron.
—¡Genial! No tendremos que esperar a que Ishizaki y Aoi aprueben los exámenes de recuperación para que le den más material al club: Misaki los ayudará a ser menos idiotas desde el principio y así aprobar el curso, ¿cierto, Misaki?
—¡Hey! Tampoco soy tan malo —exclamó Ishizaki, ofendido por las palabras de Urabe.
El resto del pequeño grupo se rio de las payasadas usuales de ese par. Ni siquiera Taro fue capaz de contener la risa.
—Está bien, Ishizaki, no te preocupes: te ayudaré tanto como lo necesites.
Ishizaki lo miró, confundido por un momento; estaba a punto de agradecerle, pero entonces oyó que las risas a su espalda subieron de nivel. Sumado a que Misaki se llevó una mano a la boca para silenciarse solo, Ishizaki se ofendió mucho más que antes.
—¡Misaki! ¿Tú también? —reclamó con un gesto de clara molestia en el rostro. Entonces, el chico mencionado ya no pudo contener una carcajada.
—¡Bravo, Misaki! Eres ingenioso hasta para bromear —felicitó Kisugi, quien hasta ahora había estado distraído charlando con Izawa.
—¡Bueno, basta ya! Si siguen burlándose, no voy a invitarlos a mi casa en las vacaciones. —Ishizaki les sacó la lengua tras decir aquello.
—¿Tu mamá te dio permiso? Creí que te había castigado por no limpiar la casa —cuestionó Morisaki con inocencia.
—Sí, bueno, ¡detalles! Haré algo para que me perdone y nos deje ver los partidos en la televisión, ¿qué dicen? —La mayoría estuvo de acuerdo al instante, sólo unos pocos dudaron sobre el permiso de sus papás o hicieron memoria de qué planes tenían hechos—. ¿Y tú, Misaki? ¿Vienes?
Ishizaki volteó a verlo con entusiasmo y, entonces, Taro repasó el panorama general de su vida en unos segundos. Él y su padre seguirían yendo a las citas con la mujer, pero no creía que se empalmara con las reuniones en casa de Ishizaki.
Seguramente irían Misugi, Matsuyama y Tsubasa, y junto a ellos, Yayoi, Yoshiko y Kumi. Eso último significaba que, probablemente, no vería a Sanae, Yukari y Aoi; no sabía qué iba a pasar con Takeshi, Ken y Kōjiro.
Probablemente Kōjiro se mantendría al margen, ya que ahora la única persona del grupo a quien trataba decentemente, era Tsubasa. No se llevaba mal con Taro y el resto, pero tampoco eran muy afines. Por lo que Jun le contó, Kōjiro solía hablar más con Hikaru, pero desde que se enteró del chisme de los vestidores, Kōjiro se distanció.
Finalmente, el viaje mental de Taro aterrizó en un viaje real. Dado que las vacaciones de verano duraban un mes antes del reinicio de clases, pero este día su grupo se presentó exclusivamente para rendir el examen de fin de trimestre, significaba que en dos semanas él ya estaría inscrito en una escuela lejos de Shizuoka.
No Taro, sino Genzo.
Suspiró al darse cuenta de que las cosas en el grupo no iban tan bien como le hubiera gustado, pero no se sentía tan mal como antes de que todo estallara. Mientras Taro lidiaba con sus propios problemas, el resto de los muchachos también lidiaba con los suyos.
A pesar de eso, Taro no tenía problemas con ninguno. Para prueba, Ishizaki estaba aquí, invitándolo a su casa, y eso lo hizo sentir más ordinario que nunca. Era un punto de anclaje para todos ellos; un chico regular entre adolescentes irregulares. Era la constante en medio del caos.
—Claro, ¿por qué no?
