Boruto bajó la mirada hacia el pequeño zorro dormido en su regazo. Le dio unas suaves palmaditas en la cabeza, haciendo que el animal se moviera ligeramente, pero no despertó. La calidez del amanecer continuaba envolviéndolos, y por un instante, casi olvidó dónde estaba. Pero aquella sensación, esos diminutos chakras rodeándolo, le recordaron que este no era su hogar. Esa verdad lo devolvió de golpe a la realidad.
—¿Capturar la bandera, eh? —murmuró para sí mismo.
Su sonrisa se desvaneció lentamente, y su rostro se tornó imperturbable. Recordó aquellos días lejanos, tiempos de paz en los que los exámenes chunin eran una tradición alegre para la paz, y también los tiempos oscuros de guerra, cuando el mundo tuvo que recurrir a entrenamientos sangrientos para demostrar el poderío de sus aldeas.
Con cuidado, levantó al zorro y lo sostuvo entre sus brazos. El pequeño animal abrió un ojo brevemente, pero al reconocerlo, volvió a cerrarlo con confianza y se acurrucó contra su pecho. Se puso de pie y se estiró, sintiendo cómo sus músculos protestaban tras haber pasado la noche en la rama del árbol. Aun así, el dolor no le molestaba; la naturaleza lo había acogido cuando el mundo le dio la espalda.
Desde la colina, observó el campamento más abajo, lleno de vida incluso a estas horas. Los campistas corrían de un lado a otro, emocionados, preparándose para el juego que el centauro había mencionado. Aunque no le sentó del todo bien ver aquel entusiasmo, no podía negar que aquella escena le recordaba los días en los que también tuvo amigos y un hogar.
—Todo estará bien —se susurró a sí mismo, mirando al zorro que movió las orejas suavemente—. Al menos ya no estoy solo... tengo a Kurama. Él será mi único amigo.
De pronto, una sensación familiar lo sacudió. Sintió una mano en su hombro, pero al mirar a su alrededor, no había nadie. Desde que llegó aquí, cosas extrañas le habían estado ocurriendo.
—Ya es hora de bajar... supongo —le dijo al zorro, que apenas se movió en respuesta.
El árbol que lo había resguardado pareció inclinarse, facilitándole la bajada. Agradeció con una leve reverencia.
—Gracias.
Al tocar el suelo, comenzó a descender la colina. El pequeño zorro seguía dormido en sus brazos, y mientras avanzaba, sintió algo extraño, una mezcla de nostalgia y gratitud.
Este lugar, tan lleno de vida y belleza natural, era algo nuevo, pero le recordaba lo que alguna vez tuvo y perdió. Por un momento, se preguntó qué habría sido de su hermana, de los shinobis... Preguntas sin respuesta que quizás era mejor dejar en el olvido.
A lo lejos, escuchó risas y voces. Los campistas ya estaban divididos en equipos, listos para el juego. Era curioso, niños que nunca habían visto una guerra real simulaban una de manera inocente y primitiva.
Mientras se acercaba, notó una figura familiar cerca de una cabaña. Había mesas con armaduras y armas dispuestas para elegir. Era Percy, el chico al que había salvado. Se veía indeciso, como si no supiera qué hacer.
—Percy, ¿Qué sucede, chico? —preguntó Boruto al acercarse.
El niño se sobresaltó al escuchar su voz.
—¿Eh? ¿Cuándo llegaste? No te escuché acercarte.
—No te preocupes por eso, mocoso —respondió con calma, su voz era fría pero tranquila—. Mantente firme y elige un arma apropiada.
Sin esperar respuesta, tomó una armadura y se la colocó a Percy a la fuerza.
—¡Oye! ¿Qué haces? —se quejó el niño, intentando resistirse, pero fue en vano.
Le ajustó la armadura y le entregó una espada de tamaño medio, adecuada para un principiante. Luego, al ver un escudo en la mesa, lo colocó también en las manos del niño.
Más vale prevenir que lamentar.
—¿Por qué me ayudas? —preguntó Percy, confundido—. Apenas nos conocemos. Sé que me salvaste, pero... ¿por qué sigues cuidándome?
Boruto lo miró a los ojos. En ese cruce de miradas, vio confusión, temor y muchas dudas. Era normal. No todos los días te enteras de que los dioses existen y que los mitos eran más reales de lo que parecían.
—¿Por qué necesito un motivo para ayudar? —respondió con una pequeña sonrisa, revolviéndole el cabello—. No siempre hacen falta razones para ayudar a alguien.
Percy lo miró en silencio, sin saber qué decir, mientras Boruto se giraba para observar a los demás campistas. En su interior, el pelirrojo no ayudaba por buscar reconocimiento; era parte del legado de su padre, ayudar a quienes lo necesitaban.
Pero también había un segundo motivo, uno que lo mantenía cuerdo en estos momentos oscuros: aquello que todavía lo hacía humano, lo que lo alejaba de ser el monstruo que había encadenado muy en el fondo de sí mismo.
Con un suspiro casi inaudible, dejó de revolverle el cabello y su expresión cambió. Aquella mirada, que a momentos podía ser cálida, ahora estaba en un estado de ataraxia.
Entonces, una autoridad indiscutible salió de su boca, esa voz tenía un tono de alguien que había visto y sobrevivido a demasiadas guerras. No había espacio para ternura.
—Eres un civil sin entrenamiento, un mocoso debilucho que está obligado a hacerse fuerte antes de que los monstruos te devoren —dijo con franqueza, cada palabra siendo un golpe directo. No fue suave ni se permitió ser amable; esas cosas mataban en la realidad que conocía—. Chico, ¿sabes usar una espada?
Percy se encogió de hombros, su expresión un reflejo de incomodidad y duda. El peso de aquellas palabras le caló profundamente, como un martillo golpeando su orgullo.
No era su culpa ser débil; todavía era un niño. Sin embargo, algo en ese pelirojo lo hacía sentir pequeño, casi insignificante, como si lo mirara desde una cima que nunca podría alcanzar. Y, pese a ello, también percibía algo más, experiencia. Una experiencia tan vasta y marcada por cicatrices que resultaba imposible de ignorar.
Este joven pelirrojo no era lo que aparentaba ser.
—No —admitió Percy finalmente, su voz apenas un susurro.
Boruto dejó escapar un gruñido de desaprobación mientras lo observaba de arriba a abajo. Luego, con movimientos firmes y precisos, tomó la espada de entrenamiento que Percy sujetaba torpemente y se colocó a su lado.
—Levanta la espada —ordenó, sin darle espacio para replicar—. La sostienes como si fuera un palo cualquiera. No lo es. Aquí, la diferencia entre vivir y morir puede depender de cómo manejas el arma en tu mano.
Percy obedeció, aunque sus músculos protestaron ante el peso del arma. El pelirrojo observó cada uno de sus movimientos, con esa misma mirada crítica y severa que lo hacía parecer un veterano de mil batallas.
—Vamos, chico —añadió con voz baja pero firme, dándole una ligera palmada en el hombro—. Si no aprendes rápido, no sobrevivirás.
Percy tragó saliva, asustado, pero se le veía decidido. No entendía del todo quién era este hombre ni por qué lo ayudaba. Era un sujeto extraño, a pesar de sus palabras duras y esa mirada que lo intimidaba, algo en él le decía que podía confiar.
—¿Por qué me estás enseñando? —preguntó finalmente el niño, levantando la mirada hacia su extraño mentor, repitiendo la pregunta—. No tienes ninguna razón para hacerlo...
el pelirojo hizo una pausa, clavando sus ojos azules en los verdes del muchacho. Una sombra cruzó brevemente su rostro antes de que una sonrisa fugaz, apenas perceptible, apareciera en sus labios.
—¿Por qué necesito una razón para ayudar? Ya te lo dije —respondió con otra pregunta, su voz más suave, aunque aún firme—. A veces, ayudar a alguien más... es lo único que nos queda para recordarnos que somos humanos.
Percy no supo qué decir. Por un momento, vio una ilusión, por raro que raro parezca, detrás de él, se hallaba el mismo sujeto, pero mas rígido, mas poderoso, mas como un monstruo... uno que luchaba para mantener su humanidad.
—Entrena, Percy. El mundo no será amable contigo.
Entonces, el joven Percy escuchó una voz familiar que le hizo volver a la realidad. Era Annabeth, la chica que lo había guiado por todo el campamento y que, hasta ahora, parecía saber todo lo que él no.
—¡Vamos, Percy! —gritó con impaciencia desde la distancia, con los brazos cruzados y una mirada de frustración—. ¡Apúrate, que ya empezamos!
Su tono era como si regañara a un niño pequeño que no lograba entender algo obvio, pero detrás de esa dureza había algo más: preocupación. Annabeth no solía perder tiempo con quienes no valían la pena, así que, si seguía allí, gritando su nombre, significaba que esperaba algo de él.
Percy parpadeó, un poco aturdido, y se giró hacia Boruto, quien seguía a su lado con aquella expresión imperturbable. apenas esbozó una sonrisa ladeada.
—Esa chica parece tener más agallas que tú, chico —murmuró el pelirrojo, con cierto sarcasmo en la voz—. No la hagas esperar. Y cuando termines, vuelve. No has terminado de aprender lo que necesitas para sobrevivir.
Percy tragó saliva, mirando de reojo a Annabeth, quien ahora le hacía señas para que corriera hacia ella.
—Gracias... supongo —dijo Percy, sin estar seguro de cómo debía dirigirse a su nuevo y extraño "mentor".
no respondió. En su lugar, se dio la vuelta y comenzó a caminar hacia las sombras, como si ya estuviera acostumbrado a desaparecer sin dar explicaciones. La sola imagen del pelirrojo alejándose hizo que Percy se estremeciera; algo en él seguía pareciendo un misterio demasiado grande para entender.
—¡Percy! —gritó Annabeth nuevamente, visiblemente molesta—. ¿Qué estás esperando? ¿Una invitación en papel dorado?
Percy dejó escapar un suspiro exasperado y comenzó a correr hacia ella.
—¡Ya voy! —respondió, tropezando un poco con la espada que seguía cargando torpemente.
Cuando llegó junto a Annabeth, ella lo miró de arriba abajo con esos ojos grises que parecían ver directamente a través de él.
—¿Qué hacías ahí parado? —le preguntó, mientras comenzaba a caminar hacia la arena de entrenamiento—. ¿Y por qué tienes esa cara de "acabo de conocer a alguien aterrador"?
—Larga historia —respondió Percy, todavía sin aliento—. Más tarde te lo cuento.
—Más te vale —dijo ella, girando ligeramente la cabeza para mirarlo de reojo—. Y sujeta mejor esa espada, Cabeza de Alga. Si piensas que vas a sobrevivir aquí sin aprender a pelear, estás más loco de lo que creía.
Percy no respondió, pero en el fondo, la voz de aquel salvador seguía resonando en su mente: "La diferencia entre vivir y morir puede depender de cómo manejas el arma en tu mano".
Annabeth le lanzó una mirada curiosa, notando que tenía una espada de madera en sus manos.
—Ahora ven. Te toca con Luke. —La sonrisa que apareció en su rostro no fue nada alentadora—. Prepárate para que te pateen el trasero.
Percy dejó escapar un quejido, sabiendo que ese día iba a ser largo. Muy largo.
Cuando retiraron los platos, la caracola sonó y todos se pusieron de pie.
Los campistas gritaron y vitorearon cuando Annabeth y dos de sus hermanos entraron en el pabellón portando un estandarte de seda. Medía unos tres metros de largo, era de un gris reluciente y tenía pintada una lechuza encima de un olivo.
Por el lado contrario del pabellón, Clarisse y sus compañeros entraron con otro estandarte, de tamaño idéntico pero rojo fuego, pintado con una lanza ensangrentada y una cabeza de jabalí.
Percy se volvió hacia Luke, y le grito por encima del bullicio:
—¿Esas son las banderas?
—Sí. —respondió Luke.
—¿Ares y Atenea dirigen siempre los equipos?
—No siempre —repuso—, pero sí a menudo.
—Así que si otra cabaña captura una, ¿qué hacéis? ¿Repintáis la bandera? —pregunto de nuevo, el joven.
Luke sonrió.
—Ya lo verás. Primero tenemos que conseguir una.
—¿De qué lado estamos?
Le lanzó una mirada ladina, como si supiera algo que Percy ignoraba. La cicatriz en su rostro le hacía parecer casi malo a la luz de las antorchas.
—Nos hemos aliado temporalmente con Atenea. Esta noche vamos por la bandera de Ares. Y tú vas a ayudarnos.
Se anunciaron los equipos. Atenea se había aliado con Apolo y Hermes, las dos cabañas más grandes; al parecer, a cambio de algunos privilegios: horarios en la ducha y en las tareas, las mejores horas para actividades.
Ares se había aliado con todos los demás: Dioniso, Deméter, Afrodita y Hefesto. Dos de los hijos de Dionisio eran buenos atletas. Los de Deméter poseían grandes habilidades con la naturaleza y las actividades al aire libre, sin embargo, ellos carecían de agresividad.
Por el otro lado, los hijos e hijas de afroditas no se preocupaban demasiado por combatir, eran narcisistas, muy cuidadosos con sus apariencias y por lo general parecían querer evitar los combates a toda costa.
Los únicos cuatro niños de Hefesto no eran guapos, pero sí grandes y corpulentos debido a su trabajo en la herrería todo el día. Para Percy, eran un problema. Y dejando de lado eso, estaba la cabaña de Ares, la cabaña que le tenían un rencor.
Una docena de los jóvenes más grandes, feos y marrulleros de Long Island, y de cualquier otro lugar del planeta.
Quirón coceó el mármol del suelo.
—¡Héroes! —anunció—. Conocéis las reglas. El arroyo es la frontera. Vale todo el bosque. Se permiten todo tipo de artilugios mágicos. El estandarte debe estar claramente expuesto y no tener más de dos guardias. Los prisioneros pueden ser desarmados, pero no heridos ni amordazados. No se permite matar ni mutilar. Yo haré de árbitro y médico de urgencia. ¡Armaos!
Abrió los brazos y de repente las mesas se cubrieron de equipamiento: cascos, espadas de bronce, lanzas, escudos de piel de buey con protecciones de metal.
—Impresionante—exclamo Percy, con la boca semiabierta—. ¿De dónde salió eso? ¿enserio usaremos armas reales.
Luke lo miró como si fuese un tonto.
—A menos que quieras que tus amiguitos de la cinco te ensarten. Ten. Quirón ha pensado que esto te iría bien. Estás en patrulla de frontera.
El escudo era el mismo que su extraño mentor le había dado elegir, del tamaño de un tablero de la NBA, con un enorme caduceo en el medio. Pesaba mil kilos.
Habiendo practicado unos cuantos movimientos, se había acostumbrado un poco, pero confiaba en que nadie esperara algo de él y pasara desapercibido. Se había puesto un casco, al igual que todos los del equipo de Atenea, tenía un penacho Azul encima.
Ares y sus aliados lo llevaban rojo.
—¡Equipo azul, adelante! —gritó Annabeth.
Vitorearon, agitaron las armas y la siguieron por el camino hacia la parte sur del bosque. El equipo rojo los provocaba a gritos mientras se encaminaba hacia el norte.
Percy alcanzo a Annabeth sin tropezar con su equipo.
—¡Eh! —Ella siguió marchando—. Bueno, ¿y cuál es el plan? —preguntó Percy—. ¿Tienes algún artilugio mágico que puedas prestarme?
Ella metió la mano en el bolsillo, creyendo que el joven le hubiese robado algo.
—Ojo con la lanza de Clarisse —dijo Annabeth—. Te aseguro que no te conviene que esa cosa te toque. Por lo demás, no te preocupes. Conseguiremos el estandarte de Ares. ¿Te ha dado Luke tu trabajo?
—Patrulla de frontera, sea lo que sea.
—Es fácil. Quédate junto al arroyo y mantén a los rojos apartados. Déjame el resto a mí. Atenea siempre tiene un plan.
Annabeth se encogió de hombros.
—Ya te lo he dicho. Atenea siempre tiene un plan.
Apretó el paso, dejando a Percy en la inopia.
—Vale —murmuró él—. Me alegro de que quisieras que estuviera en tu equipo.
Era una noche cálida y pegajosa. Los bosques estaban oscuros, y las luciérnagas parpadeaban. Annabeth lo había ubicado junto a un pequeño arroyo que borboteaba por encima de unas rocas, mientras ella y el resto del equipo se dispersaban entre los árboles.
Allí de pie, solo, con su gran casco de plumas azules y su enorme escudo, Percy se sintió como un idiota. La espada de bronce, como todas las espadas que había probado hasta entonces, le parecía mal equilibrada. La empuñadura de cuero le resultaba tan cómoda como una bola de jugar a los bolos.
Pero nadie le haría daño, ¿verdad? Vamos, que el Olimpo debía de tener algún tipo de responsabilidad a terceros, se dijo.
En la lejanía se oyó la caracola. Percy escuchó vítores y gritos en los bosques, entrechocar de espadas, chicos peleando. Un aliado emplumado de azul pasó corriendo a su lado como un ciervo, cruzó el arroyo y se internó en territorio enemigo.
—Vale —pensó Percy—. Como de costumbre, me pierdo toda la diversión.
Entonces, en algún lugar cerca de donde estaba, oyó un ruido, una especie de gruñido desgarrador, que le provocó un súbito escalofrío. Levantó instintivamente su escudo, con la impresión de que algo le acechaba. Entonces los gruñidos se detuvieron. Percibió que la presencia se retiraba.
Al otro lado del arroyo, de pronto la maleza explotó. Aparecieron cinco guerreros de Ares gritando y aullando desde la oscuridad.
—¡Al agua con el pringado! —gritó Clarisse.
Sus feos ojos porcinos despidieron odio a través de las rendijas del casco. Blandía una lanza de metro y medio, en cuya punta de metal con garfios titilaba una luz roja. Sus hermanos sólo llevaban las espadas de bronce típicas; tampoco es que eso le hiciera sentir mejor.
Cargaron a través del riachuelo. No había ayuda a la vista. Percy podía correr o tratar de defenderse de la mitad de la cabaña de Ares.
Consiguió evitar el lance del primer chaval, pero aquellos tipos no eran tan tontos como el Minotauro. Lo rodearon y Clarisse lo atacó con la lanza. Su escudo desvió la punta, pero sintió un doloroso calambre por todo el brazo. Se le pusieron los pelos como escarpias y el brazo del escudo le quedó entumecido. Jadeaba.
Electricidad. La estúpida lanza era eléctrica. Percy se replegó. Otro chaval le asestó un golpe en el pecho con la empuñadura de la espada, y cayó al suelo. Habrían podido patearlo hasta convertirlo en gelatina, pero estaban demasiado ocupados riéndose.
—Sesión de peluquería —dijo Clarisse—. Agarradle el pelo.
Percy consiguió ponerse en pie y levantó la espada, pero Clarisse la apartó de un golpe con la lanza, que chisporroteaba. Ahora tenía entumecidos los dos brazos.
—Uy, uy, uy —se burló Clarisse—. Qué miedo me da este chico. Muchísimo.
—La bandera está en aquella dirección —le dijo Percy, tratando de fingir que estaba enfadado de verdad, aunque no lo consiguió del todo.
—Ya —contestó uno de los hermanos de Clarisse—. Pero verás, no nos importa la bandera. Lo que nos importa es un tipo que ha ridiculizado a nuestra cabaña.
—Pues lo hacéis sin mi ayuda —respondió Percy. Quizá no fue lo más inteligente que pudo decir.
Dos chavales se abalanzaron sobre él. Percy retrocedió hasta el arroyo, intentó levantar el escudo, pero Clarisse era demasiado rápida. Su lanza le dio directamente en las costillas. De no haber llevado el pecho protegido, se habría convertido en kebab de pollo. Como sí lo llevaba, el aguijonazo eléctrico sólo le dio la sensación de que le arrancaban los dientes. Uno de los compañeros de Clarisse le hizo un buen tajo en el brazo.
Ver su propia sangre, cálida y fría al mismo tiempo, lo mareó.
—No está permitido hacer sangre —farfulló Percy.
—Anda ya —respondió el tipo—. Supongo que me quedaré sin postre.
Lo empujaron al arroyo, y Percy aterrizó con un chapuzón. Todos rieron. Supuso que moriría tan pronto terminaran de divertirse. Pero entonces ocurrió algo. El agua pareció despertar sus sentidos, como si acabara de comer una bolsa de las gominolas de su madre.
Clarisse y sus colegas se metieron en el arroyo para acabar con él, pero Percy se puso en pie dispuesto a recibirlos. Sabía qué hacer. Al primero le atizó un cintarazo en la cabeza y le arrancó el casco limpiamente. Le dio tan fuerte que le vio los ojos vibrar mientras se derrumbaba en el agua.
El feo número dos y el feo número tres se le arrojaron encima. Percy estampó el escudo en la cara de uno y usó la espada para esquilar el penacho del otro. Ambos retrocedieron con rapidez. El feo número cuatro no parecía tener demasiadas ganas de atacarlo, pero Clarisse llegaba embalada, y la punta de su lanza crepitaba de energía. En cuanto embistió, Percy atrapó el asta entre el borde de su escudo y la espada y la rompió como una ramita.
—¡Jo! —exclamó Clarisse—. ¡Idiota! ¡Gusano apestoso!
Y le habría llamado cosas peores, pero Percy le atizó en la frente con la empuñadura y la envió tambaleándose fuera del arroyo.
Entonces oyó chillidos y gritos de alegría, y vio a Luke correr hacia la frontera enarbolando el estandarte del equipo rojo. Un par de chavales de Hermes le cubrían la retirada y unos cuantos de Apolo se enfrentaban a las huestes de Hefesto. Los de Ares se levantaron, y Clarisse murmuró una torva maldición.
—¡Una trampa! —exclamó—. ¡Era una trampa!
Trataron de atrapar a Luke, pero era demasiado tarde. Todo el mundo se reunió junto al arroyo cuando Luke cruzó a su territorio. Su equipo estalló en vítores. El estandarte rojo brilló y se volvió plateado. El jabalí y la lanza fueron reemplazados por un enorme caduceo, el símbolo de la cabaña 11.
El equipo azul agarró a Luke y lo alzó en hombros. Quirón salió a medio galope del bosque e hizo sonar la caracola.
El juego había terminado. Habían ganado.
Percy estaba a punto de unirse a la celebración cuando la voz de Annabeth, justo a su lado en el arroyo, dijo:
—No está mal, héroe.
Percy miró, pero ella no estaba allí.
—¿Dónde demonios has aprendido a luchar así? —le preguntó Annabeth.
El aire se estremeció, y ella se materializó a su lado quitándose una gorra de los Yankees. Percy se enfadó. Ni siquiera le alucinó el hecho de que acabara de volverse invisible.
—Me has usado como cebo —le dijo—. Me has puesto aquí porque sabías que Clarisse vendría por mí, mientras enviabas a Luke por el otro flanco. Lo habías planeado todo.
Annabeth se encogió de hombros.
—Ya te lo he dicho. Atenea siempre tiene un plan.
—Un plan para que me pulvericen.
—Vine tan rápido como pude. Estaba a punto de saltar para defenderte, pero... —se encogió otra vez de hombros—. No necesitabas mi ayuda.
Entonces se fijó en su brazo herido.
—¿Cómo te has hecho eso?
—Es una herida de espada. ¿Qué pensabas?
—No. Era una herida de espada. Fíjate bien.
La sangre había desaparecido. Donde había estado el corte, ahora había un largo rasguño, y también estaba desapareciendo. Ante sus ojos, se convirtió en una pequeña cicatriz y finalmente se desvaneció.
—¿Cómo has hecho eso? —preguntó Percy, alelado.
Annabeth reflexionó con repentina concentración. Casi parecía que los engranajes en su cabeza giraban. Lo miró a los pies, después la lanza rota de Clarisse, y por fin dijo:
—Sal del agua, Percy.
—¿Qué...?
—Hazlo y calla.
Lo hizo e inmediatamente volvió a sentir los brazos entumecidos. El subidón de adrenalina remitió, y casi se derrumbó, pero Annabeth lo sujetó.
—Oh, Estige —maldijo—. Esto no es bueno. Yo no quería... Supuse que habría sido Zeus.
Antes de que Percy pudiera preguntar qué quería decir, volvió a oír el gruñido canino de antes, pero esta vez mucho más cerca. Un gruñido que pareció abrir en dos el bosque.
Los vítores de los campistas cesaron al instante. Quirón gritó algo en griego clásico, y sólo más tarde Percy advirtió que lo había entendido a la perfección:
—¡Apartaos! ¡Mi arco!
Annabeth desenvainó su espada. En las rocas situadas encima de ellos había un enorme perro negro, con ojos rojos como la lava y colmillos que parecían dagas. Lo miraba fijamente.
Nadie se movió, y Annabeth gritó:
—¡Percy, corre!
Intentó interponerse entre la criatura y él, pero el perro era demasiado rápido. Saltó por encima de ella —una sombra con dientes— y se abalanzó sobre Percy. De pronto, cayó hacia atrás y sintió cómo las garras afiladas perforaban su armadura. Oyó una cascada de sonidos de rasgado, como si rompieran pedazos de papel uno tras otro, y de pronto la bestia tenía un puñado de flechas clavadas en el cuello. Cayó muerta a sus pies.
Por algún milagro, Percy seguía vivo. No quiso mirar debajo de su armadura destrozada. Sentía el pecho caliente y húmedo; sin duda tenía cortes profundos. Un segundo más y la criatura lo habría convertido en picadillo.
Quirón trotó hasta ellos con un arco en la mano y el rostro sombrío.
—¡Di immortales! —exclamó Annabeth—. Eso era un perro del infierno de los Campos de Castigo. No están... se supone que no...
—Alguien lo ha invocado —dijo Quirón—. Alguien del campamento.
Luke se acercó. Había olvidado el estandarte y su momento de gloria se había esfumado.
—¡Percy tiene la culpa de todo! —vociferó Clarisse—. ¡Percy lo ha invocado!
—Cállate, niña —le espetó Quirón.
Todos observaron el cadáver del perro del infierno derretirse en una sombra, fundirse con el suelo hasta desaparecer.
—Estás herido —dijo Annabeth a Percy—. Rápido, métete en el agua.
—Estoy bien.
—No, no lo estás —replicó ella—. Quirón, mira esto.
Percy estaba demasiado cansado para discutir. Regresó al arroyo, y todo el campamento se congregó en torno a él. Al instante, se sintió mejor y las heridas de su pecho comenzaron a cerrarse. Algunos campistas se quedaron boquiabiertos.
—Bueno, yo... la verdad es que no sé cómo... —intentó disculparse—. Perdón...
Pero no estaban mirando cómo sanaban sus heridas. Miraban algo encima de su cabeza.
—Percy —dijo Annabeth, señalando.
Cuando alzó la mirada, la señal empezaba a desvanecerse, pero aún se distinguía el holograma de luz verde, girando y brillando. Una lanza de tres puntas: un tridente.
—Tu padre —murmuró Annabeth—. Esto no es nada bueno.
—Ya está determinado —anunció Quirón.
Todos empezaron a arrodillarse, incluso los campistas de la cabaña de Ares, aunque no parecían nada contentos.
—¿Mi padre? —preguntó Percy, perplejo.
—Poseidón —repuso Quirón—. Sacudidor de tierras, portador de tormentas, padre de los caballos.
—Salve, Perseus Jackson, hijo del dios del mar.
