El silencio se alargó entre ellos. La hoguera chisporroteaba suavemente, pero el sonido apenas llegaba a los oídos del pelirrojo. Su mirada permanecía fija en la diosa frente a él, buscando algún atisbo de engaño en sus facciones.
—Necesito un campeón. Te necesito, Uzumaki Boruto —repitió Hestia.
El chico soltó una pequeña carcajada. No había burla en ella, solo vacío, una risa carente de propósito.
—¿Campeón, eh? —murmuró, desviando la vista hacia el fuego. Se cruzó de brazos, su cuerpo tensándose apenas—. Es curioso… Es difícil aceptar esa petición. Hace mucho tiempo que dejé de ser Uzumaki Boruto.
La diosa no lo interrumpió. Lo observó con paciencia, con la serenidad de alguien que ha visto incontables eras pasar ante sus ojos.
Boruto inspiró hondo.
—No soy el tipo de campeón que un dios bondadoso elegiría —continuó, apartando la mirada del fuego y fijándola en los ojos de la diosa virgen—. No soy misericordioso. No doy compasión. No ofrezco segundas oportunidades. No soy la enseñanza de mi padre.
Su voz era firme, como una verdad esculpida en piedra. Su presencia caótica parecía a punto de desbordarse, pero el aura de Hestia lo envolvió con calidez, sofocando su tormento. Era un alivio tan sutil que apenas lo notó, pero su cuerpo, sin darse cuenta, lo aceptó.
Su respiración, antes tensa, escapó de sus labios en un suspiro contenido.
—No soy un siervo que adore a los dioses.
Hestia no mostró sorpresa ni molestia. Su sonrisa, en cambio, se suavizó.
—Lo sé —susurró.
Eso sí lo tomó desprevenido.
Boruto frunció el ceño.
—¿Lo sabes?
—No pido que me sirvas, joven. Oh, aquel que protege el bien disfrazando su bondad con maldad. —Se inclinó levemente hacia él, sus ojos reflejando la luz de la hoguera—. Solo te pido una cosa. —Desvió la mirada hacia el cielo estrellado—. Protege este mundo de los dioses… de los necios.
El shinobi entrecerró los ojos. Dudó de sus palabras. Era una diosa, incluso si los campistas la consideraban la más bondadosa, al final, seguía siendo una de ellos.
Hestia se enderezó, sin dejarse intimidar. Sus ojos permanecieron fijos en las estrellas, ignorando la oscura sensación que lo rodeaba, esas serpientes invisibles de miedo que se aferraban a su cuerpo.
—Usa mi nombre para difundir el bien —continuó la diosa—, para recordarles a los olvidados, a los perdidos, a los necesitados de este mundo sobrenatural que no están solos. Que siempre habrá alguien iluminando su camino.
Las palabras de aquella gentil mujer calaron en el corazón del shinobi. Cerró los ojos sin responder de inmediato. Algo en su pecho se apretó, pero lo ignoró.
"No lo olvides, chico. Incluso las cosas más pequeñas pueden traer un bien mayor."
Esa frase… se la había dicho un hombre de cabello blanco. No recordaba su nombre, pero por alguna razón, sintió que había sido alguien importante para su frío corazón, que latió con una nostalgia inesperada.
Después de unos segundos, habló en voz baja:
—Lo haré, Hestia. Solo que… no hago promesas.
Hestia asintió, satisfecha, con una sonrisa serena. Dejó de mirar las estrellas y posó su vista en esos ojos fríos, los mismos que habían llamado su atención. Ahora brillaban con un propósito, aunque tenue.
—Está bien, chico. Este es solo el primer paso… No nos apresuremos.
Desde los rincones más recónditos, donde la comprensión humana no tenía cabida, observaban con atención a aquel que no debía existir. Una entidad que no estaba atada a la lógica ni de los mortales ni de los dioses.
No era un héroe, eso estaba claro, pero tampoco un villano, pues no buscaba el mal. Que Hestia lo hubiera elegido demostraba que no era indiferente a los débiles, que en su esencia existía una luz, una que guiaba los caminos de aquellos perdidos.
Ese era el tipo de hombre que Hestia buscaba.
Los observadores lo sabían bien. Conocían el corazón bondadoso de la diosa del hogar, y ahora que había encontrado a un posible campeón, no dudaba en actuar, incluso si ese ser roto apenas podía llamarse humano.
No comprendían del todo qué era él, pero la sensación que emanaba los inquietaba. Más allá de su cansada y fría expresión, percibieron algo mucho más profundo. Era un monstruo, una sombra que había derramado incontables vidas, y al mismo tiempo, una paradoja.
Era una máquina con propósito, inquebrantable, dictada por una moral definida que, a pesar de todo, se sostenía en emociones que aún lo hacían humano.
Era el bien. Era la maldad que protegía al bien. Era la sombra que se sacrificaba.
Pero no era el bien que ellos promovían.
Un búho revoloteó sobre la rama más alta, sus ojos dorados reflejando el resplandor de la hoguera. Desde el Olimpo, Atenea lo observaba con una mezcla de curiosidad y cautela. Había visto tiranos, reyes y guerreros, pero nunca a alguien como él.
No tenía ambición, ni deseo de gloria, ni necesidad de reconocimiento. No buscaba poder, porque ya lo tenía. No buscaba comprensión, porque la comprensión humana le era irrelevante.
"No es un hombre, ni un dios… Es la herramienta perfecta de su propia moral." pensó la diosa de la sabiduría.
A unos metros, en la espesura del bosque, un ciervo plateado se detuvo, con sus ojos fríos siguiendo cada movimiento del shinobi. Artemisa lo vigilaba en silencio.
Había sentido su energía antes, el rastro de su hermano y de ella fluyendo en aquel joven. Cuando notó que Hestia posaba su mirada en él, supo que su intuición no había sido errónea. Este humano no era un hombre al que pudiese despreciar.
Ella confiaba en su tía, en su juicio. incluso si lo conoció, dudaba por haberlo dejado ir. Por el poder que demostró en aquel entonces.
"No es un animal. No es un cazador. Ha alcanzado lo que los humanos llaman iluminación. Es uno con el universo."
Donde Atenea observaba con lógica y Artemisa con instinto, otra diosa se ocultaba, contemplándolo con una emoción distinta.
Desde la sombra de un pavo real, Hera lo miraba con una atención calculadora. No pasó por alto su presencia, al igual que su hermana, había visto lo que él era. Esculpido por un oscuro pasado, marcado por cicatrices que lo definían.
Pero lo que más la incomodaba era su naturaleza.
No era un hombre que se doblegara ante los dioses. No era un rebelde, ni un siervo.
Era simplemente… otra cosa.
Un concepto que no debía existir.
"No se someterá, no se corromperá, no se apartará de su camino. No con ambiciones humanas, no con tentaciones divinas."
Y eso lo hacía peligroso.
Los dioses temen aquello que no pueden controlar.
Sin embargo, entre tantas miradas divinas, hubo un dios que también lo observaba. No necesitaba búhos ni ciervos, ni la majestuosidad de un pavo real para espiar. Él miraba desde la penumbra, desde el reino donde yacían los olvidados, los héroes caídos, las almas que conocían el peso de la existencia.
Y lo vio.
Vio al shinobi que no era un dios, pero tampoco un hombre. Vio su carga, su sufrimiento, la forma en que se había convertido en un monstruo para erradicar a otro. Vio la sangre, el sacrificio, la soledad.
Y sintió tristeza.
Los dioses rara vez sentían compasión por los mortales. Eran criaturas caprichosas, egoístas en su divinidad, alejadas del dolor que los humanos sufrían.
Pero él no era como los otros dioses.
Él entendía la pérdida, la tragedia, el peso del deber que jamás se alivia.
El shinobi no buscaba el cielo ni el infierno. No ansiaba el descanso ni la gloria. Solo seguía avanzando, destrozándose a sí mismo para que otros no sufrieran el mismo destino. No pedía gratitud. No pedía compasión. Era una máquina de justicia en un mundo injusto.
"Qué trágico eres, chico..." pensó el dios, con un pesar que pocos de su clase serían capaces de comprender.
Lo reconoció.
Lo aceptó.
No como un monstruo.
Sino como un héroe.
Y así, hizo un juramento silencioso.
"Si alguna vez caes, si alguna vez el peso de tu existencia te consume… te recibiré en mi reino como un héroe. No como una sombra más, sino como alguien digno del Elíseo."
Porque para Hades, Boruto Uzumaki era más héroe de lo que muchos jamás podrían ser.
Mientras tanto, el shinobi se alejó del bosque, dejando atrás a aquella mujer valiente. No actuó en su contra, pues vio bondad en su carácter y en su mirada. La propuesta lo dejó pensativo.
Proteger. Servir a la luz. Como alguna vez lo hizo su padre, el héroe del mundo, aun cuando el mismo mundo lo despreciaba. A pesar de todo, él soportó las dificultades que la vida le impuso y nunca se desvió de su camino.
Eso era algo que alguna vez admiró de su padre cuando le contaban aquellos relatos. No obstante, cuando lo experimentó en carne propia, cuando enfrentó a uno de los mismos adversarios que su padre combatió, él, como su hijo, soportó.
Aguantó el odio de una multitud ignorante que lo creía culpable de asesinar a su buen padre. Lo consideraron un farsante, un ingrato, un impostor… un monstruo destinado a convertirse en un devorador de mundos.
Oía los murmullos de la gente, las falsas historias, los rumores que lo convertían en algo aún más temible de lo que realmente era. Lo acusaron de crímenes que nunca cometió, de atrocidades que solo existían en sus mentes.
Para el mundo, él era el demonio que traería calamidad mientras permaneciera con vida. Por eso se marchó de su hogar. No solo para asesinar a sus enemigos, los Ōtsutsuki, los verdaderos responsables de su vida maldita y de todo lo que perdió…
Se marchó solo y destrozado, pero soportó. Porque era lo que un hombre debía hacer.
Pero también hubo otra razón: un poder casi omnipotente había cambiado las memorias de las personas.
Nadie recordaba quién era. Nadie recordaba a Uzumaki Boruto.
Ni sus amigos, ni su familia.
Para ellos, solo era un forastero malagradecido que despreciaba la mano de su salvador.
Poco a poco lo olvidaron, y finalmente lo consideraron un enemigo. Se alejó por ellos, para no matarlos, para no destruirlos, por no creer en sus palabras.
Sin embargo, en el fondo lo sabía muy bien… ellos no tenían la culpa.
No tenían la culpa de ser simples mortales, de poseer mentes frágiles, incapaces de resistir la voluntad de los dioses.
Así como mató a un dios y se convirtió en un asesino de dioses, también marcó el principio del fin de una era.
Y cuando inició aquella guerra para unificar a la humanidad bajo una sola nación, se convirtió en el enemigo común.
Protegió a esos necios humanos, sí… pero no lo hizo por ellos.
Lo hizo por aquellos que soñaron con una paz verdadera. Una paz que no dependiera de la existencia de un hombre poderoso ni de un pueblo completamente militarizado.
Porque, como todo ser humano, era un soñador. Y con todo el poder que tenía en sus manos, hizo su sueño realidad. No importó si tuvo que arrebatar vidas inocentes… si era necesario, así sería.
Por eso, la propuesta de la diosa lo dejó pensativo. Después de haber leído su carácter, sabía que ella no aprobaría esas acciones. No le molesto en lo absoluto, entendería que se enojara, eso demostraría cuan preocupada esta de la humanidad y la haría una diosa más humana de lo que es.
Por eso, la propuesta de la diosa lo dejó pensativo. Después de haber leído su carácter, sabía que ella no aprobaría esas acciones. No le molestó en lo absoluto; entendería su enojo, pues eso solo demostraba cuán preocupada estaba por la humanidad, lo que la hacía una diosa aún más humana de lo que ya era.
Le recordó lo humano que él podía ser. Esas vagas sensaciones cálidas, hermosas y relajantes atraparon su cuerpo y revivieron recuerdos difusos: las reuniones familiares, los amigos…
Esas caras felices, y al mismo tiempo tan borrosas, apenas distinguía sus peinados. ¿Cuánto tiempo había pasado? Estaba seguro de que eran siglos. Claro, no importaba… al final, todos estaban muertos.
Sin embargo, tenía curiosidad. ¿Cuán viejo era en mente? Su cuerpo seguía joven, y dudaba que envejeciera. Sentía cómo hilos divinos recorrían su sangre, impidiendo el paso del tiempo.
Era como si estuviera en piloto automático, conservándolo en su mejor momento. A los ojos del público, no aparentaba más de veinte años. Por lo tanto, no se molestaba en corregir la forma en que lo trataban… quizás, después de todo, le resultaba útil.
Caminó, caminó y siguió caminando. La noche había alcanzado su punto cúlmine, y la luz de la luna iluminaba su sendero. Se mantenía relajado; en este campamento no había peligros, más allá de esas extrañas mujeres que parecían mitad búho o alguna ave desconocida para él.
Las llamaban harpías.
No lo molestaban. Apenas lo veían, se alejaban rápidamente de su presencia. Se preguntó la razón. ¿Qué había en él que las asustaba? Podía distinguir el miedo en su chakra.
Ah, cierto.
Ellas podían ver el mal, olerlo. Quizás percibían los actos crueles que había cometido, aquellos de los que decía arrepentirse pero que, en el fondo, no le pesaban en absoluto. Lo que realmente temían era su verdadero yo.
Un monstruo que no siente, que no disfruta, que solo destruye todo a su paso. Un heraldo de la desgracia. Así lo llamaban.
El presagio del principio y el fin de una era.
Esa era la clase de existencia en la que se había convertido.
Voces. Oyó voces cerca de él.
Las reconoció al instante. Pertenecían al muchacho cuya vida había salvado, a cierta cabra y a una niña arrogante que se llamaba a sí misma sabia, solo por llevar en sus venas la sangre de una diosa de la sabiduría.
Sí.
Él también había sido arrogante alguna vez. Pero no por su linaje, sino por su propio talento prodigioso. Creyó que podía permitirse serlo.
Pero no siempre era prudente.
Y ese precio lo pagó.
Ahora, debía de ver que estaban haciendo aquellos pequeños semidioses.
