Está inspirado inicialmente en la canción "So it goes", de Taylor Swift. Quizás en algunas otras de otros artistas. x

Ubicado 5 años después de Luna Nueva, y al día siguiente de que Anastasia deja a Christian.

Debería estar ambientando alrededor del año 2011, pero, honestamente acomodaré el tiempo en la historia para que sea a mi beneficio y es muy probable que coloque cosas o situaciones de hoy en día.

Por cierto, aunque creo que es algo obvio al ser un crossover con 50SoG, de todos modos, lo diré, esto contiene escenas hot y temas relacionados al BDSM. Por favor si vas a leerlo, QUE SEA BAJO TU RESPONSABILIDAD.


Disclaimer, ya se la saben… Twilight y sus personajes pertenecen a Stephanie Meyer. La serie de 50 Shades y sus personajes son de E.L. James. Yo juego con los personajes y los hechos. Si ven algo que sea reconocido, no es mío. Bla, bla.


Isabella POV

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Hoy es 13 de agosto.

Han pasado 15 días desde la gala de beneficencia de la familia Grey. Han pasado 14 noches desde que Jack decidió ser un imbécil, atacarme, intentar violarme y golpear a Rhian en el proceso. Han pasado dos semanas desde nuestra última visita -obligada- a Forks y ahora todo ese maldito pueblo sabe que Angela y yo estamos vivas.

Jessica y Lauren se encargaron de que todos los habitantes del pueblo supieran que éramos nosotras quienes se paseaban en la enorme Cadillac Escalade con carrocería blindada y con cristales polarizados que -según ellas- conseguimos gracias a que nos dedicamos a la prostitución y a que tenemos un Sugar Daddy que patrocina nuestros gustos caros.

Elliot se indignó cuando se enteró que ya se le veían las canas, lo siguiente que supimos fue que estaba en la peluquería para un retoque de su cabellera en el tono "rubio completamente natural". Christian solo se rio, me miró y dijo que ahora sí se sentía el protagonista de Pretty Woman. Supongo que ya tiene una idea de cuál será nuestro disfraz para Halloween.

—¿Isabella? —una voz me saca de mis pensamientos. Levanto mi cabeza para mirar el rostro de la joven mujer que me observa. —Está todo listo. ¿Estás lista?

Bajo mi mirada, analizo mi ropa para el día de hoy. Angela insistió en ser ella quien lo eligiera, dijo que usar un traje sastre de color rosa sería perfecto para la ocasión, además, me regaló unos nuevos zapatos Louboutin de color blanco.

Paso mis manos por mi cabello para quitar la estática y mantenerlo alisado.

Cuando estoy satisfecha con lo que mis ojos ven, miro a la joven frente a mí.

—Lo estoy —le sonrío. Julie asiente, se mantiene a mi lado mientras empujo la puerta de color rosa.

Los gritos de mi familia y amigos no se hacen esperar.

—Mira nada más —Angela silba. —Es Bella, la Barbie empresaria.

Suelto una risa.

—Isabella —Ray me llama. Mi atención se concentra en mi compañero, el fotógrafo del Seattle Times que al parecer tiene la encomienda de estar presente en cualquier evento al que yo asista. Supongo que es él a quién debo culpar si alguna vez se publica un mal artículo sobre mí. —¿Podemos tener algunas fotos antes de que cortes el listón?

—Es buena idea, Ray —asiento.

Sigo las instrucciones de Ray, sacamos algunas fotos frente a la puerta, algunas con mis nuevos socios, otras cuantas, con mi familia y amigos, también los señores Roberts, los antiguos dueños, hacen acto de presencia y consiguen su fotografía conmigo, y por supuesto, sacamos fotografías con todo el equipo del Pink Door.

Cuando firmé el contrato de compraventa estaba segura de que iba a mantener al personal que solía trabajar para los antiguos dueños. Le pedí al señor Roberts que me ayudara a realizar una reunión con el personal para que pudiéramos aclararles la situación y presentarles el nuevo proyecto. Todo el personal accedió a continuar trabajando en el restaurante.

—Ahora sí, jefa —Julie me empuja hacia adelante. —Haz lo tuyo.

Enderezo la espalda, cuadro mis hombros, elevo mi barbilla, aclaro mi garganta. Mis ojos se pasean por los presentes, las conversaciones están al máximo y realmente nadie ha notado que estoy de pie mirándolos como una estúpida a la espera de un poco de su atención.

—Tranquila, yo te ayudo —Angela me guiña un ojo. Avanza hasta mi lado, sube a la pequeña plataforma que hemos puesto para el evento y se gira para mirar a las personas. Su mano sube a sus labios produciendo un ruidoso silbido. —¡¿Pueden cerrar lo puta boca?!

En automático, el silencio es el único sonido que se escucha a nuestro alrededor, todas las miradas están puestas sobre nosotras, todos tienen los ojos muy abiertos y las cejas elevadas por la sorpresa.

—Gracias —Angela sonríe. —Es tu turno, mi amor.

Sonrió burlonamente mientras la veo bajar y colocarse al lado de Elliot.

—¿Porque a ella si le dices "mi amor"? —Elliot se queja.

—¡Cierra la boca! —le gruñe mi amiga. —Bella tiene derecho de antigüedad, puedo llamarla mi esposa si eso quiero.

Elliot abre la boca para decir algo más, pero una mirada de mi amiga es suficiente para que el rubio vuelva a cerrar la boca.

—¿Me conceden el honor de tener un poco de su atención, por favor? —pregunto elevando ligeramente mi voz, pongo mi mejor expresión inocente. Todos mueven sus cabezas afirmativamente y guardan silencio —Gracias.

Tomo una respiración profunda.

Muy bien, Isabella. Aquí vamos.

—Damas, caballeros, Elliot —un par de risas se escuchan. —Hoy es un día muy especial para mí y quiero comenzar agradeciendo a todos ustedes por estar presentes para compartir este momento con nosotros.

Una pequeña ronda de aplausos me interrumpe.

—Es sorprendente cómo puede cambiar tu vida cuando conoces a las personas correctas —un suspiro me atraviesa. —Hace seis años yo era una niña de 17 años que se mudaba a un pueblo de apenas 3 mil habitantes. Era una niña que se preocupaba por la alimentación de su padre porque el hombre no podía hacer un par de huevos revueltos sin quemarlos.

Todas las miradas se colocan sobre Charlie.

—¿Se te quema la comida? —Sue lo mira con los ojos entrecerrados y una ceja elevada. El rostro de mi padre se cubre de color rojo.

—¿Creías que tu difunto esposo me llevaba el pescado ya frito solo por su buena voluntad? —mi padre le responde.

Todos ahogamos una risa.

—Continua, Bella. Por favor —Charlie me presiona para desviar la atención de él.

—Hace casi seis años, tomé los pocos ahorros que tenía, los trozos de mi vida y a mi mejor amiga y los traje conmigo a Seattle —mis ojos se colocan sobre Angela, ella me mira con los ojos en lágrimas, pero con una sonrisa en sus labios. —Entre ambas, construimos una vida en este lugar, nos tomó sangre, sudor y lágrimas además de muchas visitas a restaurantes y puestos callejeros de comida para poder mantenernos alimentadas. ¿Les digo un secreto? The Pink Door siempre ha sido mi favorito.

—¡Si lo sabré yo! —bufa Angela. —Cada dos malditas semanas, me obligaba a venir a cenar con ella.

Otra ola de risas. Me permito mirar a los antiguos dueños, la señora Roberts me mira con una expresión cálida en sus ojos. Desde que la conocí no he parado de decirle cuánto amo este lugar. Supongo que ahora es mi momento de demostrarlo.

—Hace tres meses, un idiota vino conmigo a este lugar, armó un escándalo, amenazó a algunas personas y a varios trabajadores de este lugar —siseo las palabras entre dientes. —Por su culpa me prohibieron la entrada a mi restaurante favorito.

—Jodido cabrón. Desgraciado. Mal nacido. Hijo de puta. Poco hombre con las bolas caídas —los coloridos insultos no se hacen esperar. Permito que se desahoguen un poco, yo misma quisiera hacerlo, pero las 3 cámaras enfocadas directamente a mí, me obligan a controlarme.

—Esa misma noche, conocí al hombre más maravilloso de este mundo —mis ojos se colocan sobre los ojos grises de Christian. Un gruñido me distrae. —Sin contar a Charlie, claro. Mi padre es el hombre más maravilloso que jamás podré conocer.

—Aprende tu lugar, Christian —Charlie mira presumidamente a mi novio. Christian le da una mirada divertida pero no le responde, se limita a posar sus ojos grises sobre mis ojos chocolates.

—Christian, quiero darte las gracias por mirarme la noche que nos conocimos. Desde ese momento llenaste mi vida de felicidad, diversión y magia, desde ese momento te has mantenido a mi lado, me cuidas, me apoyas, y me alientas a seguir mis sueños, sin importar el costo de estos —Christian ríe por mis últimas palabras, yo lo intento, pero mi voz se rompe por la emoción que siento en este momento. No hay suficientes palabras para dedicarle a este hombre. —Te amo, Christian.

—¡Vivan los novios! —Elliot grita desde el otro lado. Todos silban y aplauden, pero Christian y yo continuamos mirándonos, diciéndonos sin hablar todo lo que sentimos.

—Los últimos años de mi vida han estado repletos de incertidumbre, de cambios constantes, de retos inesperados. Hubo momentos donde me sentí perdida, sin rumbo y sin la voluntad de seguir adelante, he de admitir que en un inicio eso me molestó, pero ahora, con las personas correctas a mi lado, he aprendido a apreciar la belleza que se esconde en lo desconocido.

Mis ojos se posan sobre todas las personas frente a mí. Mi pequeña gran familia, todos mis amigos de La Push, la familia de Christian, mis amigos. Cada uno de ellos ha llegado a mi vida de maneras inesperadas, pero su presencia ha cambiado mi vida para mejor.

—Hoy, a un mes de cumplir 24 años, he vivido cosas que no son humanamente posibles, pero he decidido cumplir el único sueño que he tenido desde niña —una sonrisa se expande en mis labios. —Y no, Elliot, no soñaba con un caballero de brillante armadura que viniera a rescatarme del castillo encantado y custodiado por un feroz dragón.

La carcajada del rubio no se hace esperar. Los demás lo secundan.

—Mi sueño siempre ha sido tener mi propio restaurante —digo con orgullo. —Y hoy, 13 de agosto, finalmente es posible.

—¡Bravo! —más chiflidos, gritos y aplausos.

—The Pink Door es el resultado de años de sueños, trabajo y una pasión inagotable por la cocina, los señores Roberts, los anteriores dueños, nos han compartido su historia a través de cada plato servido. Los trabajadores de este lugar han compartido durante años sus aventuras, secretos, preocupaciones, logros y emociones, se han vuelto una familia —todos los mencionados se miran cómplices. —Quiero agradecerles por abrirme los brazos, recibirme y permitirme guiarlos en esta nueva etapa.

Todos ellos me sonríen, aplauden y me dedican palabras de aliento y aprecio.

—Desde el momento en que supe que era la nueva dueña de The Pink Door sabía que quería convertirlo en un lugar donde la comida no fuera solo un plato en la mesa, si no una experiencia que toqué el corazón y el paladar de cada uno de nuestros visitantes. Cada ingrediente ha sido escogido cuidadosamente, cada receta ha sido perfeccionada con amor, y cada plato ha sido preparado con la esperanza de llevarlos en un viaje de sabores inigualables. Cada detalle de este restaurante, desde la decoración hasta el menú, ha sido pensado en cada uno de ustedes, porque sabemos que rememorar los recuerdos es inevitable, pero crear nuevos es nuestra elección.

Todo el personal está regado a mis costados. Por la esquina de mis ojos noto los pequeños gestos y asentimientos como respuesta a mis palabras.

—Hoy es un día que marca no solo el inicio de una nueva etapa en el establecimiento, es la materialización de un sueño que he tenido durante toda mi vida y que el día de hoy no sería posible sin todos ustedes. Mi familia, mis amigos, mis seres queridos y mi maravilloso equipo de trabajo —Mis ojos se posan en esas cuatro personas que estuvieron conmigo durante estos días tan estresantes. —Elliot, Rhian, gracias por escucharme, regañarme, asesorarme y ayudarme a hacer esto posible. Julie, gracias por sacrificar incontables días para estar a mi lado y mantenerme cuerda. Christian, gracias por ser mi patrocinador principal.

—Sugar Daddy les dicen a esos —Angela como siempre con sus acertados comentarios que me hacen reír.

—Es emocionante ver cómo la pasión y el compromiso de un grupo de personas puede dar lugar a proyectos tan maravillosos como este. Gracias por creer en la belleza de lo desconocido y por ser parte de este sueño que ahora es una realidad —Julie se acerca a mí con un par de enormes tijeras. Mis manos las toman, avanzo un par de pasos y me coloco delante del enorme moño de color rosa. —Ahora, sin más preámbulos, los invitamos a sumergirse en esta aventura, a redescubrir este lugar y a disfrutar de la magia que se oculta detrás de la puerta color rosa. Es un honor y un placer inmenso decir las siguientes palabras. ¡Bienvenidos al nuevo The Pink Door!

Con ayuda de mis manos, las enormes tijeras cortan el listón inaugural.

—¡Bravo! ¡Felicidades! ¡Estoy orgulloso de ti, niña! —el grito de mi padre es el que más se escucha. Incluso sobre los aullidos de los lobos. Es inevitable la sonrisa cariñosa que se desliza en mis labios.

—¡Congratulazioni!

—¡¿Quién invitó al italiano falso?! —Angela grita.

Quiero mirar la escena, pero estoy en medio de un abrazo grupal con todo el personal del restaurante. Es inevitable la calidez, alegría, entusiasmo y felicidad que me embarga en este momento. Sé que nos han sacado demasiadas fotografías, sé que varios reporteros querrán entrevistas, sé que varias personas quieren acercarse a mí, pero en este momento las personas que me están ahogando en sus brazos, son lo más importante, ellos serán la base para que esto funcione, sin ellos, el restaurante no va a sobrevivir.

Poco a poco las personas que me rodean se van alejando. Elegimos hacer la ceremonia de inauguración una hora antes de la apertura oficial, para que estuviera todo listo para cuando las personas llegaran. Cuando anunciamos que The Pink Door volvería a abrir su puerta rosada, la reacción de las personas fue esperanzadora, además de que toda mi familia se ha encargado de invitar a algunos de sus amigos al evento.

Para la hora de apertura, ya tenemos el restaurante completamente lleno.

—¡Señores, señoras, señoritos y señoritas! Quiero que todos vayan a sus lugares, se aseguren por última vez que todo esté en orden, ¡tenemos 20 minutos antes de que nuestros comensales lleguen! —Julie grita a viva voz. Comienza a dar indicaciones y órdenes a diestra y siniestra, incluso puedo escucharla cuando se pierde al interior del establecimiento.

—Felicidades, señorita Swan —una voz grave, seductora, orgullosa dice esas palabras causando que mi corazón dé un salto. Me giro para mirar al sexy hombre que camina en mi dirección, sus ojos llenos de orgullo, satisfacción y calidez, mirándome con esos orbes color plata como si yo fuera la única persona en este lugar.

Es inevitable el impulso de lanzarme a sus brazos.

—¡Lo hice! —grito emocionada, mis brazos rodean su cuello acercando mi cuerpo al suyo. Christian se ríe, sus brazos ya están abiertos esperándome y se cierran a mi alrededor en cuanto chocamos.

—Lo hiciste, cariño —acepta. Su cabeza se inclina hacia la mía, sus labios chocan contra mis labios en un beso firme, lento y amoroso. —Lo hiciste, mi Isabella.

—Gracias por ayudarme —digo cuando dejo ir sus labios. —No lo hubiera hecho sin ti, Christian.

Si él no fuera tan terco, no habría comprado este lugar para mí y entonces yo no habría querido probarme a mí misma que puedo hacer las cosas sin necesitar a Christian. Pero la realidad es que lo necesito más de lo que me gustaría admitir.

—Para ti, nena —Christian coloca frente a mí un ramo de rosas color blanco mezcladas con astromelias de color rosado.

—Son hermosas —suspiro. Mis manos toman el arreglo floral. —Gracias, señor Grey.

Nunca me cansaré de agradecerle. Sin Christian, yo no hubiera conocido a las personas correctas.

Después de que Christian me diera la noticia de que era la nueva dueña del Pink Door, supe exactamente qué debía hacer. Lo primero fue hablar con Rihan, le pregunté todas mis dudas respecto a la administración de un restaurante y ella muy amablemente me compartió su experiencia, me costó un poco, pero la convencí de que ambas tuviéramos un trato profesional cuando se tratara del proyecto. Rihan quería ayudarme por ser mi amiga, pero escuchó mis razones y accedió. Luego, me dediqué a hacer el proyecto, se lo presenté, Rhian lo revisó y me asesoró hasta que obtuve su visto bueno.

Lo más fácil de todo fue contactar a mi arquitecto de confianza. Hablé con Elliot sobre la remodelación del lugar, él, encantado de pasar tiempo conmigo y además tener un "hobbies" accedió rápidamente.

Sabía que era lo que no me gustaba del establecimiento. La pared de ladrillo color gris petróleo que simulaba una funeraria, las pequeñas ventanas por todo el exterior, el interior con los muebles grandes y pesados, además del techo con decoraciones que simulaban una carpa de circo. Y la terraza que se estaba desaprovechando.

Decirle a Elliot mis ideas fue complicado, pero él lo plasmó como si hubiera leído mi mente.

—¡Cuñada de mi corazón! —Elliot grita rompiendo mi momento con Christian. Viene apresuradamente hacia mí. —Te quedó muy bien.

—Nos quedó perfecto, Elliot —digo permitiendo que me rodeé con su brazo los hombros. —No habría quedado bien sin tu ayuda.

Ambos nos giramos para mirar la obra de arte que hemos creado. Mis ojos se pasean por la nueva fachada, admirando los cambios que ha sufrido; La pared con textura de ladrillos ahora es de color rosa muy pálido, las ventanas ahora son amplios ventanales que permiten que la luz natural entre al lugar, los marcos de los cristales de los ventanales ahora son de madera. Además, hay preciosas decoraciones de enredaderas y plantas de rosales en colores blanco y rosado que se extienden por toda la fachada, un precioso regalo de Christian que solo ha alimentado mi nueva obsesión por las flores.

Por supuesto, la icónica puerta que le da el nombre al lugar, sigue siendo de color rosa y sigue custodiando la entrada al restaurante.

—Lo sé —se carcajea. —Necesitaba un poco del toque Elliot para funcionar.

—¿Por toque te refieres a sudor? —Angela pregunta llegando a nuestro lado, la mueca de desagrado en su rostro me resulta divertida.

—Ya sabes, Isabella tiene un don para hacer sudar a los hombres Grey —se burla Elliot. Suelto un bufido.

—Vaya si lo tiene —Carrick se acerca a nosotros. Me remuevo con incomodidad.

Estoy agradecida con Carrick por preocuparse tanto por mí. Desde que me conoció no ha hecho otra cosa que ayudarme, primero ayudando a Christian cuando Charlie pensó que era buena idea encarcelar a mi novio, y ahora con lo que pasó con Jack, fue amable en ir y solucionar legalmente ese problema. Si no fuera por Carrick, no podría caminar por las calles de Seattle sin sentirme horrorizada con la idea que ese hombre volviera a aparecer para atacarme y lograr su cometido o incluso, matarme.

Pero me avergüenza haberlo hecho pasar por todo eso.

Esta es la segunda vez que tengo un suegro. Esta es la segunda vez que mi suegro me cuida y me aprecia de esta manera, es la segunda vez que mi suegro se asegura de mantener mi vida a salvo. Eso me avergüenza.

—Nunca había visto a papá sudar así —Elliot continúa burlándose.

—Tu madre si me ha visto —Carrick responde con picardía.

—¡Oh, que asco! —Elliot chilla histéricamente. Christian hace una mueca y sacude su cabeza.

—Ese tema no es de mi interés —Angela dice quejumbrosamente.

Yo parpadeo, incapaz de pensar en las palabras correctas para dispersar el sentimiento de incomodidad que hay en el aire. Carrick se carcajea,

—Felicidades, Isabella —Carrick me sonríe. —Estamos muy orgullosos de ti.

—Gracias, Carrick —le digo. Él coloca su mano en mi hombro dando un ligero apretón a la vez que me regala una sonrisa. —Gracias por todo.

El hombre no dice nada, pero me regala una sonrisa brillante.

—¡Bella! —la voz de Charlie llama mi atención.

—Papá —me giro en su dirección. Él y Sue vienen caminando hacia mí. —Sue, hola.

—¡Oh, Bella! —Sue se lanza a mis brazos. —¡Está precioso! ¡Te quedó excelente! ¡Será un éxito, te lo aseguro!

—Eso espero, Sue —le digo a la mujer.

—Yo… err... Bella —Charlie me mira, sonrojado. —Todo estará bien, te irá muy bien… al negocio, también.

—Gracias por venir, papá —me separo de los brazos de Sue y le doy un fuerte abrazo a mi padre. Al inicio titubea, pero termina devolviéndome el abrazo.

—¡Sonrían para la foto! —Angela grita. Se escucha el clic antes de que Charlie y yo podamos esquivar la fotografía. Ambos nos miramos con vergüenza

—¿Y los demás? —pregunto.

—En la terraza —Sue se ríe. —Ya sabes, todos tienen un apetito lobuno.

—Deberían alcanzarlos —les indico a mis padres. —Subiré en un momento.

—Vamos, Charlie —Sue tira del brazo de mi padre que ya se encuentra hablando animadamente con Carrick.

—Los acompaño —Angela dice.

—Los acompañamos —Elliot salta al lado de mi amiga que ya se está quejando por tener al rubio como sombra. Elliot no se inmuta, con su brazo rodea la cintura de Angela y la arrastra hacia el interior del restaurante. Charlie y Sue van detrás de ellos, riendo.

—¡Isabella! —Grace llega hasta mí. Mi jefe, el señor Grayson y Carol, su esposa, vienen con ella. Los tres me felicitan, me dan sus buenos deseos y nos quedamos conversando algunos minutos.

—Deberíamos subir con los demás —Carol empuja a su marido. —Isabella debe estar muy ocupada en estos momentos y nosotros la estamos distrayendo.

—¿Nosotros la distraemos? —el sr. Grayson junta las cejas. —Ese es el trabajo de Christian.

Carol le lanza una mirada amenazadora a su esposo. Mi jefe se ríe, toma a su esposa y entran al restaurante.

—¿Grace? —llamo la atención de la mujer, con un gesto le pido que se acerque a mí. Ambas miramos a nuestro alrededor para asegurarnos que nadie está escuchando nuestra conversación. —¿Sabes algo acerca de la presencia de Lucas?

—No lo escuchaste de mí —me dice. —Mía lo invitó. Según sé, han estado hablando mucho últimamente. Las pocas veces que Lucas ha estado en la ciudad, pasa a visitar a Mia.

—¿Elliot lo sabe? —pregunto. —¿Christian?

—Oh, querida. ¡No! —Grace chilla. —Ya sabes como son. Si se enteran son capaces de meter a Mía en un convento y al pobre Lucas lo desaparecen de la faz de la tierra.

Ambas nos estremecemos al imaginar la escena.

—Además, Mia dice que no es nada serio.

—Aun —digo distraídamente. La risa de Grace es la única respuesta que necesito.

—¡Isabella! —la voz de Rhian llega a mis oídos. Mis ojos la buscan, está a varios metros de mí, hablando con Jhon y Christian.

—¡Hola! —la saludo. Ella viene hacia mí, con los dos hombres siguiéndole.

—Iré a buscar a mi esposo —dice Grace. Su mano descansa en mi brazo donde deposita una caricia cariñosa.

—Ahora subimos —le digo a mi suegra.

—¡Es hermoso, Bella! —Rhian me abraza con fuerza.

Después del incidente con Jack, Rhian y yo nos hemos vuelto más cercanas, sin mencionar nuestra nueva relación laboral. Cada tarde, después de que mi turno en el periódico terminaba, pasaba por su casa para disculparme con ella y para saber cómo evolucionan las heridas que tenía. Por suerte, la férula en su nariz solo fue necesaria una semana y su hermoso rostro quedó a la perfección, sin ninguna marca o cicatriz.

Ella ha dicho hasta el cansancio que no es mi culpa. Pero si lo es. Es por mí que ella salió herida, Jack quería atacarme a mí, y Rhian trató de evitarlo.

—Felicidades, Isabella —Jhon dice cuando su esposa me libera. —Estoy seguro de que este es solo un logro que tendrás que sumar a tu vida.

—Gracias, Jhon.

—Sabemos que aun tienes muchas que hacer —Rhian me toma de la mano. —Pero si te parece, nos gustaría ir a celebrarlo, cuando tengan la oportunidad.

—Hace mucho que no vamos al Lounge —Christian comenta.

—¡Si! —chillo emocionada. Los tres se ríen. La conversación cambia, ahora hablamos animadamente organizando nuestra visita al Lounge, no me pasa desapercibido el rostro en shock de Jhon al escuchar a Christian hablar sobre salir a divertirnos.

—¡Isabella Marie Swan! —un grito nos interrumpe. Me giro para mirar a Julie, viene en mi dirección dando pisotones furiosos.

—¿Qué sucede, Julie? —pregunto.

—Esto es lo que sucede, amiga —escupe con furia. Mis ojos se abren por su tono.

—Oh, oh —Rhian jadea. Ella ya ha visto a mi secretaria hecha una furia y sabe que eso es un mal augurio. —Será mejor que entremos.

Me da una mirada de lastima y comprensión antes de tomar a su esposo de la mano y casi corre al interior del restaurante.

—Te espero dentro —Christian carraspea. Apenas alcanza a esquivar a la joven antes de perderse por la puerta de color rosa.

¡Cobarde!

—Estoy harta de la universidad, estoy harta de mi tesis y estoy harta de ser tu secretaria en el periódico.

Doy un respingo. No me sorprende que me esté diciendo esto, por supuesto que ya me lo esperaba, de hecho, creo que se ha tardado demasiado tiempo en venir a decirme estas palabras, sobre todo porque el señor Grayson lleva bastante tiempo intentando convencerla de que renuncie a ser mi secretaria para volverse editora a tiempo completo. Yo apoyo completamente a mi jefe.

—En el periódico tengo que salvarte el trasero, agendar citas, revisar artículos y escritos, pelearme con tus hombres, llevarte café a tu escritorio y andar detrás de ti como un maldito perro, ¿me quejo? A veces. ¿Es lo peor? No. ¿Es todo lo que hago? ¡Ja! Obvio no. ¿Sabes qué más hago? Saliendo de la oficina tengo que ser tu maldita guardaespaldas para que no te tiñan el cabello de verde —abro la boca para intentar justificarme, ella levanta una mano haciéndome callar. —¿Ahí termina mi trabajo? Claro que no. Tengo que ser tu niñera, tu agenda, tu secretaria, tu asistente, tu enfermera, tu mandadera y todavía desperdiciar 3 fines de semana de mi nula vida amorosa para ayudarte a decorar el restaurante.

—Julie… —intento hablar de nuevo. Ella me silencia, de nuevo.

—Conozco mis derechos, Isabella —escupe fríamente. —Así que, o me contratas oficialmente como tu secretaria personal, me das un sueldo del doble de lo que el periódico me ofrece y me regalas la membresía del Lounge. ¡Oh! Y me permites seguir estudiando y trabajando en el periódico hasta que sea la mejor periodista de todo el maldito país. ¡O te juro que la próxima vez que vayas al salón de belleza yo misma te pongo el tinte verde en el cabello!

Es inevitable el escalofrío que recorre mi espina dorsal. Esta maldita niña puede ser aterradora cuando se lo propone.

—Tienes razón, Julie —la miro, avergonzada. —Haces demasiado por mí, mucho más de lo que es en realidad tu trabajo.

—Si, lo hago —dice desafiante. Resoplo internamente, se nota que ha pasado demasiado tiempo con Elliot estas últimas semanas.

—Y sé que el señor Grayson te ha hecho muchas propuestas de trabajo, entre ellas mi anterior puesto de Associate Publisher, aunque también sé que volviste a negarte —le digo. Julie no se mueve, aun me mira desafiante. —Soy muy consciente que mereces más que ser únicamente mi secretaria en el periódico, por eso ya tenía pensado que dejaras de serlo.

—¡¿Qué?! —grita. Ahora soy yo quien la mira fijamente. —¡Mierda! Esto no está resultando como se suponía.

—Julie —intento llamar su atención, ella continúa despotricando al aire.

—¡Yo no quiero dejar de ser tu asistente! —hace un puchero. —¡No puedes dejarme, Isabella! No puedes echar lo nuestro a la basura. ¿Qué vas a hacer sin mí?

Si, la relación con mi secretaria es tóxica y codependiente. Y la más longeva que he tenido.

—Ya me las arreglaré —murmuro.

—¿Así es como va a terminar? —solloza. —¿Qué hay de todo lo que hemos pasado?

Pongo los ojos en blanco.

—Yo quiero ser tu asistente, me gusta mi trabajo —toma mis manos con desesperación, rogando que no haga lo que ella misma me pido hacer.

—Acabas de decir que no te gusta —levanto una ceja. ¿Quién la entiende?

—¡Me encanta ser tu secretaria! —chilla con falsa emoción. Entrecierro los ojos y cruzo mis brazos. —¡Oh, vamos! ¡Vas a necesitarme ahora más que nunca! —intenta convencerme. —Ahora eres una mujer de negocios. Eres una mujer con un empleo fijo y demasiado demandante, en casi cinco horas vas a inaugurar una pequeña empresa nueva. ¡Vas a necesitar una secretaria! ¡Me vas a necesitar!

Finjo pensar en sus palabras.

—Si, tienes razón —asiento. Sus ojos se iluminan con esperanza. —Creo que conozco a alguien dispuesta a ese empleo tan demandante.

La esperanza se evapora de su rostro.

—¿Me vas a reemplazar? —dice al borde del llanto. Finjo ignorarla.

—Supongo que fue buena idea hablar con el abogado —murmuro, aunque me aseguro que Julie escuche mis palabras.

—¿Isabella? —Julie hipa. Ya no puede contener los sollozos.

—El abogado y el señor Grayson te están esperando en la oficina. Necesito que subas ahora mismo a firmar el contrato Julie, por favor —le indico. —Aunque tendremos que añadir una cláusula sobre la membresía del Lounge.

—¿M-me vas a contratar? —jadea como si no se creyera lo que está escuchando. Sus ojos brillan de nuevo.

—¿No era ese tu cometido al venir a amenazarme de esa manera? —le pregunto.

—Err, pues yo… —se aclara la garganta. —Yo no te amenacé —se defiende usando una voz chillona e indignada. Yo río. —Espera, ¿cómo sabías que vendría a hablar contigo? ¿Cómo sabías que quería decirte?

—El señor Grayson —es toda la explicación que le doy.

Mi jefe y yo hablamos la semana pasada, tuvimos una muy larga conversación sobre Julie. Ambos tenemos muy en claro el enorme potencial que tiene Julie, hemos intentado hasta el cansancio de convencerla de que acepte otros puestos en el periódico, pero Julie siempre se niega a dejar de trabajar a mi lado, supongo que le resulta más entretenido lidiar con el drama que hay en mi vida. Pero, no puedo pedirle que sea mi asistente personal a tiempo completo, resulta que Julie no puede dejar su empleo en el Seattle Times hasta que no se gradúe de la universidad, si lo hace, puede perder su beca estudiantil.

Así que, el señor Grayson y yo llegamos a un acuerdo; Julie va a continuar siendo mi asistente en el periódico, al menos hasta que se gradúe y tenga que tomar una decisión más seria sobre su vida laboral. Pero, mi adorado jefe va a permitirle ser mi asistente personal, sí, eso incluye ir y venir fuera de las oficinas del Seattle Times.

Contratar a Julie como mi secretaria personal, será un reto para ella, tendrá que balancear su vida, la universidad, su empleo en el periódico y las actividades de su nuevo empleo, pero confío en que lo va a lograr.

Además, tengo un plan a futuro para Julie.

—Ese hombre no sabe cerrar la boca —Julie sisea entre dientes.

—Muy bien, señorita —aplaudo dramáticamente. —Es hora de que comiences con tu nuevo empleo. Tenemos muchas cosas que hacer.

—¡Si, jefa! —Julie hace un saludo militar. Le doy una mirada divertida.

—¿Señorita Swan?

Me giro, sorprendida por escuchar a la voz desconocida decir mi nombre. Julie ha imitado mis movimientos.

—¿Señorita Bella Swan? —repite la chica joven que se me acerca con cautela. Parece un fantasma, tan pálida y con sus facciones inexpresivas que permanecen

estáticas, aunque esté hablando.

—¿Sí? —titubeante pregunto para alentarla a hablar. Se detiene a un metro de distancia, yo le devuelvo la mirada.

¿Quién es? ¿Qué quiere? ¿Cómo carajos saben mi nombre?

—¿Puedo ayudarte? —pregunto. Miro fugazmente a Julie, ella analiza a la joven con una mirada seria.

—No… solo quería verte —habla con una voz muy baja, inquietante.

Tiene un pelo color café, ligeramente más oscuro que el mío, que contrasta radicalmente con su piel blanca. Sus ojos son castaños, color whisky, pero inexpresivos. No hay la menor chispa de vida en ellos. La tristeza aparece grabada en su precioso y pálido rostro.

Ella me resulta familiar.

—Lo siento… pero no lo entiendo —le digo educadamente, intentando ignorar el escalofrío de advertencia que me sube por la columna vertebral.

La miro de cerca, y tiene un aspecto raro, descuidado y desvalido. La ropa

que lleva le queda grande, incluida la gabardina de marca que estoy segura se parece a una que tengo en mi armario. ¿Es mía?

Se echa a reír, con un sonido extraño y discordante que incrementa mi ansiedad.

—¿Qué tienes tú que yo no tenga? —pregunta con tristeza.

Mi ansiedad se convierte en miedo. ¿Qué carajo está pasando?

—Perdona… ¿Quién eres?

—¿Yo? No soy nadie.

Levanta un brazo para pasarse la mano por la melena que le llega al hombro, y al hacerlo se le levanta la manga de la gabardina y se le ve un sucio vendaje

alrededor de la muñeca.

A mi lado, Julie ahoga un grito de sorpresa.

—Que tenga un buen día, señorita Swan —tras decir eso, da media vuelta y se pierde por la calle.

—¿Qué demonios fue eso? —Julie pregunta.

Confundida, me lanzo a cruzar la calle intentando mirar la silueta de la joven. Cruzo sin siquiera mirar si algún carro venía en mi dirección, mi mente está intentando asimilar lo que acaba de pasar.

—¿Señora? —Sawyer aparece a mi lado al instante. Su rostro lleno de preocupación me dice que él ha sido testigo de lo que acaba de pasar.

—Investiga —le ordeno. —Y no le digas nada a Christian.

—Si, señora.

Ambos volvemos al frente del restaurante, junto a Julie.

—¿Quién era? —me pregunta. —¿La conoces?

—No.

—Pues, creo que ella tiene algo que ver con Christian —murmura Julie. Sus ojos me miran pidiendo perdón por sus palabras.

—Christian la conoce, si —acepto. —Pero lo que sea que esté pasando, tiene que ver conmigo.

Julie no dice nada, se mantiene en silencio haciendo mil y una suposiciones de lo que acaba de ver. Yo me encierro en mi mente, repasando el hecho para buscar una respuesta a las preguntas en mi cabeza.

—¿Isabella? —una de las empleadas llama mi atención. Esa fue la manera en la que les pedí que me llamaran y me da demasiada alegría escuchar que aquí nadie me llama "señora".

—¿Están listos? —pregunto volviendo a la realidad. Mis ojos descubren que ya hay bastante gente frente a mí, formada a la espera de entrar al restaurante.

—Vamos adentro —Julie me empuja. Muevo mi cabeza afirmativamente, escucho a Sawyer caminar detrás de mí.

Christian y Taylor están al interior del restaurante. El cobrizo me sonríe y el otro hombre me brinda una señal de reconocimiento.

Mientras voy caminando para cruzar el lugar, me permito observar el nuevo interior del restaurante que solía ser mi favorito pero que ahora es completamente mío.

Mis ojos se pasean por cada detalle; Las paredes están pintadas de color blanco, hay nuevos y más amplios ventanales que permiten la entrada de la luz natural, las esquinas y rincones están decoradas con plantas, algunas enredaderas de hierba verde y rosales de color blanco y rosa. Los muebles del lugar también han sido cambiados, ahora son mesas de madera que combinan con los detalles de los ventanales, las sillas están acojinadas y son del mismo color rosa que la icónica puerta que le da el nombre al lugar.

Los meseros ya se han encargado de montar las mesas, colocaron copas, cubiertos y platos de servicio, además, ya se encuentran en sus posiciones, listos y a la espera de que las personas entren.

Doy un par de indicaciones antes de permitir al personal hacer completamente su trabajo.

—Es oficial —digo al aire. Es inevitable la ola de alivio que me llena cuando veo a la primera pareja que cruza la puerta rosa.

Una mano cálida se desliza sobre la mía entrelazando sus dedos con los míos. Miro a Christian, él también está admirando la escena. Nos sonreímos, apretamos nuestro agarre de manos y continuamos nuestra travesía para llegar con el resto de nuestras familias. Julie se va directamente a la oficina para resolver sus asuntos pendientes.

—¡Ahí está! ¡La mujer del año! —el grito de Jacob es lo que nos recibe al salir a la terraza. Una ola de aplausos les hace segunda a sus palabras.

Es inevitable la carcajada que brota de mi boca. Rápidamente llego hasta el medio de todos ellos, uniéndome a su júbilo, a su emoción y a la alegría que emana de las sonrisas en sus rostros. Todos ellos han llegado a mi vida en diferentes momentos; Charlie, aunque me he alejado de él demasiadas veces, sigue siendo el único de mis padres que me apoya sin dudarlo y ahora, Sue se ha vuelto como una madre para mí además me ha regalado la oportunidad de tener a mis nuevos hermanos, Seth y Leah. Todos mis amigos de la Push, que casi creí con ellos y que ahora ellos me cuidan y me protegen de cosas inimaginables, además de sus familias que me han adoptado como una más de la manada. Angela, mi alma gemela, mi hermana de otra madre, mi mejor amiga, la mujer a la que le debo mi vida y que también me ha regalado la oportunidad de ser querida por su familia como parte de ella.

Christian… mi Christian. Él hombre de mi vida y la persona a la que le debo muchas cosas, incluyendo el deseo de volver a vivir. Él es la persona que me ha dado la vida que tengo ahora, me ha ayudado a recuperar a mi familia, me ha dado una nueva oportunidad de pertenecer a un nuevo lugar, a una nueva familia y a un nuevo grupo de amistades que me están volviendo una nueva versión de mí.

—¡Hey! —Elliot grita rompiendo el momento. —¡¿No se suponía que esto es una fiesta?!

—¡Tenías que arruinarlo! —Angela grita en respuesta.

Sacudo la cabeza, poco a poco el enorme abrazo se va deshaciendo y se va abriendo paso al ambiente de celebración. No pasa mucho tiempo antes de que todos tengamos una copa de champagne en la mano.

—¡Sam! —Paul grita desde el otro lado de la terraza. —¡¿Por qué no podemos tener esto en las hogueras?!

—¡Porque eres un maldito tacaño y no compras! —le responde el alfa.

—Es lindo tener a la familia reunida —Elena, la mamá de Angela murmura en medio de las demás voces.

—Bella —Seth me llama, tímido. —¿P-podemos hablar?

—Claro —me acerco a mi hermanito. Puede parecer un hombre de casi 30 años, pero todavía tiene 22 años, sigue siendo mi hermano pequeño. —¿Qué sucede Seth?

Con suavidad me toma del brazo y me lleva lo más lejos que se pueda del resto. Él y yo sabemos que sus hermanos aún pueden escucharnos, él y yo sabemos que mi sombra, Sawyer, viene detrás de mí y que él también va a escuchar nuestra conversación.

—¿Seth? —lo miro, preocupada y consternada por el tono en que me habla. —¿Estás bien? ¿Qué sucede?

—Es que… yo… —se remueve. Mira hacia un costado, supongo que mirando a sus hermanos. —Bella…. yo…

—Seth, me estás asustando —digo con el nudo en la garganta. —Lo que sea que este pasando, puedes decírmelo.

—¿Puedo pedirte algo? —me pregunta. Yo asiento. —¿P-puedes hablarme d-de J-Julie?

Me atraganto.

—¿De Julie? —pregunto. Seth asiente. —Pues, Julie tiene veintidós años, trabaja conmigo en el periódico y aún está estudiando en la universidad. Es mi secretaria también y ella… espera, Seth ¿porque quieres que te hable de Julie?

—C-curiosidad —dice desviando la mirada. Lo miro con los ojos entrecerrados.

—¿Seth? —pregunto con sospecha.

El joven exhala, sus hombros caen, derrotado.

—Íbamos subiendo, y ella… ella estaba allí, gritando y dándoles órdenes a todos y luego yo… yo estaba allí, estorbando y ella… —Seth balbucea frases, su voz cohibida me dificulta la tarea de entenderle. —Ella me miró, Bella. Ella me miró.

—Claro que te miró, Seth —resoplo. —Julie no es ciega.

—¡Bella! —el joven Quileute me mira impaciente. —¡Julie me miró!

Yo lo estoy mirando, ¿cuál es su punto? Aunque no los he visitado tan seguido, si he visto a mi hermano, por fotos, videollamadas, el par de veces que he visitado la reserva, o el par de veces que he necesitado que la manada…

Mi cerebro hace clic.

¡Seth es un lobo!

—Ca-ra-jo —jadeo. —¿Tú…?

Seth asiente al ver que la pregunta muere en mi garganta.

—¿T-te… tu…? —tartamudeo, —¿i-impri… en J-Julie?

—¿E-es malo que y-yo…? —Seth pregunta. Su voz es apenas un susurro.

—¡Sí! ¡No! —grito. Él salta. —Digo, tal vez —sus ojos se llenan de lágrimas. Quiero golpearme —Bueno… no lo sé, Seth.

—Sabes que no podemos controlarlo —susurra. Puedo escuchar los sollozos que esconde detrás de su falsa tranquilidad. —N-no era mi intención Bella.

—Seth, no estoy molesta. No has hecho nada malo —tomo sus enormes manos entre las mías. —Es algo bueno ¿verdad? ¡Sí! Se supone que es algo bueno, es un regalo de los espíritus y toda esa mierda ¿correcto?

Seth me mira con los ojos muy abiertos. Si, acabo de referirme a la imprimación como "mierda de los espíritus" Taha Aki muerde mi trasero.

—Escucha Seth, solo tú puedes decidir si esto es algo bueno o malo —exhalo. Por la esquina de mis ojos observo a los lobos que están teniendo una pelea nada silenciosa por la comida. —¿Ya se los dijiste a tus hermanos? ¿A Leah?

Seth niega con la cabeza.

—Quería hablar contigo primero. Tú me conoces y también la conoces a ella… Pensé que podrías ayudarme…

Él quería mi ayuda y yo solo acabo de decir que esta mierda mágica podría ser lo peor que le vaya a suceder en toda su vida. ¡Soy un asco de hermana!

—Seth, eres mi hermano, y te amo. A mi manera de ver, ninguna persona va a ser suficiente para ti, me importa un carajo que Taha Aki y sus espíritus perrunos decidan lo contrario —mis palabras causan una risa en el joven. —Tú y yo sabemos lo complicado que puede llegar a ser la impronta, lo viviste en carne propia al lado de Leah.

Seth se estremece. Esos no son buenos recuerdos.

—Julie… —murmura su nombre con adoración. —¿E-ella tiene a alguien?

—No que yo sepa —respondo. Seth toma una gran bocarada de aire. — Julie es… es una buena chica, ¿ok? Pero eso no va a evitar que le patee el trasero si te lastima.

—Yo… quiero conocerla —anuncia el joven. —Quiero intentarlo como cualquier persona normal haría. Sin usar la huella.

—Bien, supongo que puedo ayudarte con eso —le sonrió.

—P-pero… —se atraganta con sus palabras. sus ojos me miran con ese brillo tímido que lo caracteriza. —N-no puedo estar tan lejos de ella…

Cierto. Los lobos me explicaron que estar lejos de tu impronta duele, para ambas partes. Seth vive en Forks y aunque no está lejos, son más de 200 kilómetros los que los separan.

—Escuché que Elliot está buscando personal para la constructora —digo pensativamente. —Quizás puedas comenzar el lunes. Aunque tu anterior empleo…

—No creo que haya problema —exclama optimista. —De todos modos, nos turnamos para que siempre haya un lobo cerca de ti.

Anoto ese dato en mi mente. Sospechaba que los lobos habían extendido sus patrullas hasta Seattle, pero no imaginaba que siempre hubiera un lobo cerca de mí. ¿Desde cuándo sucede eso?

—Puedes quedarte en mi casa —anuncio. —Yo vivo con Christian, ahora.

—¡Gracias, Bella! —Seth me mira sonriendo brillantemente. Me toma en sus brazos brindándome un abrazo aplastante. —¡Muchas gracias, hermanita!

—Pero tengo una condición —le digo con el poco aire que me queda. El joven me suelta y me mira con temor.

—Tu solito vas a contarle la verdad a Julie cuando sea el momento —sentencio. Abre la boca para protestar, pero yo ya me encuentro de regreso con los demás con Sawyer pisándome los talones.

—¿Todo está bien? —Christian me pregunta cuando llego a su lado. Está de pie en una de las pequeñas mesas tipo coctel que se han colocado por toda la terraza.

—Lo está —afirmo. Él me rodea con sus brazos y me pega a su cuerpo. —Te guardé un plato con comida. Come.

Mis ojos miran el plato con comida que ha aparecido frente a mí. De repente recuerdo que no he probado bocado alguno desde el desayuno, de repente tengo bastante hambre. Obedezco la orden de Christian.

—¿Qué demonios tienen en su estómago? —bufa Julie a mi lado. La miro, tiene sus ojos fijos en las mesas repletas de lobos hambrientos que aún pelean entre ellos por la comida. —¿Un barril sin fondo? ¿Un agujero negro espacial?

—Es que hacen mucho ejercicio —le brindo esa estúpida explicación.

—¿Son strippers? —me pregunta girando su rostro hacia mí. De repente me atoro con la comida en mi boca.

—Si, lo son —digo maliciosamente. —Pero si alguien pregunta, oficialmente son fisicoculturistas.

—¿Strippers? —Christian me mira con las cejas arriba. —Creí que Sam tenía una pequeña empresa de construcción.

—Si, también.

—¿Todos ellos trabajan con él? —Julie me mira, curiosa.

—Si —Christian le responde.

—No —respondo al mismo tiempo. Me gano un par de miradas.

—Jacob tiene un taller mecánico —me encojo de hombros. Mis ojos se colocan en la comida en mi plato.

—¿Qué hay de tu h-hermano? —Julie me pregunta. Siento el impulso de sonreír como el Guasón

—¿Qué hay de él? —pregunto sin importancia.

—¿T-también es Stripper? —Julie pregunta. Yo levanto una ceja. —¿Q-quiero decir, también trabaja en la construcción y esas cosas?

—Sí, aunque hace poco, me comentó que está en busca de una nueva oportunidad, quiere buscar algo fuera de Forks —digo al aire. —Ya saben, tal vez un empleo en algo más grande que la pequeña constructora de Sam.

—¡Qué casualidad! —Elliot comenta. Mi cuero salta al escuchar su voz repentinamente cerca de mí. —¡Yo tengo una empresa constructora internacional! ¡¿Y adivinen qué?! Estoy reclutando personal para la empresa. Dime, nena, ¿quién busca empleo? ¡Yo puedo satisfacer sus necesidades!

Hago una mueca por la manera en la que dice las palabras. Esta es la oportunidad perfecta para lanzar la moneda al aire y rogar que caiga del lado de Seth.

—Mi hermano —comento. —Lleva trabajando para Sam desde que abrió el negocio, pero dice que es momento de buscar algo más.

—¡Seth! —Elliot grita de nuevo. —Ven aquí, nene, te tengo una propuesta que no vas a poder rechazar.

Mi pobre hermano mira al rubio con una cara de horror. Supongo que el caminar lento y sensual de Elliot no ayuda a su pobre imaginación. Lo único que puedo hacer es sonreír y levantar los pulgares en dirección a mi hermano, la moneda ha caído de su lado.

—¿Eso significa que Seth va a vivir ahora en Seattle? —Julie pregunta. ¿Es esperanza en su voz?

—No lo sé —me encojo de hombros. —Quizás su nuevo jefe decida enviarlo a Suiza.

—¡Elliot! —mi secretaria grita a todo pulmón. —No se te ocurra sacarlo del maldito país. ¡Aun no me he acostado con él!

Todos explotamos en risas al ver la cara de Seth convertirse en un tomate. Por supuesto las burlas de la manada no se hacen esperar aumentando nuestras risas y los sonrojos de los dos jóvenes. El resto del tiempo pasa de manera similar, burlas de los lobos con todos como sus objetivos, unos cuantos regaños de sus esposas, nuevos regaños de Sue y Emily, conversaciones de todos los presentes, risas, un par de brindis por diferentes razones, pero siempre siendo yo el centro de ellas.

—¡Isabella, cariño! —la voz de Lucas es un grito que llama la atención de todos.

—No es tu cariño —escupe Christian,

—Supéralo, Christian —el hombre de cabello negro pone los ojos en blanco. —Ya sabemos que tu ganaste, que es tu novia, que es tuya, bla bla. Aunque Isabella aún puede cambiar de opinión.

—¡Hey! —Angela le grita. —¡Ponte en fila, idiota! Ya somos muchos queriendo andar con Bella.

Christian se burla con su sonrisa, Lucas se prepara para responder, pero yo soy más rápida.

—¿Qué sucede, Lucas? —miro a los ojos verdes que están del otro lado de la terraza.

—El Lounge, a las 10, ya tenemos reservación —mueve sus cejas arriba y abajo.

—No aceptamos negativas —Mia dice mordaz —Todos vamos a ir.

—Mia —Grace dice su nombre como una advertencia.

—Bueno, todos aquellos que tengamos menos de 40 años —la rubia pone los ojos en blanco. —Si a alguien le truena la rodilla, tiene la opción de ir o quedarse, pero si nos acompaña, no queremos quejas después.

—¿Q-qué es el Lounge? —la pregunta proviene de una avergonzada Nessie. Cierto, ellos no saben de lo que hablamos.

—Es el club más lujoso y exclusivo de la ciudad —Mia le explica.

—Oh —exhala Nessie. Su rostro cae con vergüenza, pesar y tristeza.

—Supongo que nosotros volveremos a casa temprano —Sam me mira al momento que dice esas palabras.

—¡¿A casa?! —Mia jadea visiblemente ofendida. —¿Tienen más de 40? ¿Problemas en las rodillas?

Todos sacuden la cabeza en negativa.

—¿Que no escucharon? —Mia se cruza de brazos. —¡No se aceptan negativas!

—¡Vamos, Sam! —le digo yo. —¡Será divertido!

—Bella… —el hombre moreno me mira mostrándome la vergüenza que hay sus ojos negros. Segundos después baja su mirada y sus manos sacuden sus ropas.

Comprendo su mensaje silencioso; Sé que la manada hizo un esfuerzo por conseguir la mejor ropa que pudieron para la ocasión, también soy consciente de cuánto les costó eso. La tribu Quileute tiene sus recursos limitados, Sam y los chicos han levantado un poco la economía con la empresa de construcción, además de que aprovechan la oportunidad para sacar un poco de la energía que hay constantemente en su interior. Emily y Kim también han puesto sus granitos de arena con la venta de la comida que preparan, además de que Joshua tiene un empleo fijo en Forks. Todos ellos tienen una vida digna, pero sé que llegar aquí, ver a Christian y a su familia les ha dado un golpe de realidad.

La manada no puede ni permitirse soñar tener la misma vida que los Grey.

—Antes de ir al Lounge tendremos que cambiarnos, Mia —le digo a mi cuñada.

—Obviamente —dice ella con ternura. —Todos los hombres, sí, Elliot, tú también, se van a la casa Grey. Sé que algo de la ropa de Elliot o de papá tiene la ropa correcta para ustedes.

—¿Y nosotras? —junto las cejas.

—Todas nosotras iremos a la Escala a asaltar tu armario, Isabella —me dice como si hablara con una niña pequeña.

—¿Disculpa? —jadeo. —¿Por qué mi armario?

—Porque hay unos zapatos Jimmy Choo que se le verán encantadores a Emily y unos Mach & Mach que combinan con el vestido que Nessie va a usar —Mia se enoje de hombros. Los jadeos de las mencionadas no se hacen esperar.

—Y-yo no traje un vestido p-para…—Nessie balbucea mientras da pasos apresurados hacia Mia. Sus manos se sacuden frente a su pecho en un gesto de negatividad

—No, pero Isabella si tiene uno que vas a usar —Mia le sonríe. Nessie me mira, la duda escrita en su rostro. Le ofrezco un guiño para tranquilizarla.

—Sí, Leah —asiento antes de que mi hermana me haga la pregunta. —Si tengo el conjunto de piel que me mostraste el otro día. También las botas.

—¡¿Que carajos estamos esperando?! —Leah empuja a su prima, Emily se deja llevar sin perder la expresión de incredulidad en su rostro. —¡Vamos a asaltar su armario!

Tras las palabras de la loba, un chillido comunitario de las mujeres se escucha, los hombres se relajan al escuchar la emoción proveniente de sus parejas. La emoción vuelve a sentirse en el ambiente.

Miró a Sam. No tiene que decirme nada, su expresión es suficiente. Sé que odia recibir lo que él llama "lastima de las personas", pero también sé que haría cualquier cosa, incluso destruir sus propios ideales, con tal de mantener a Emily feliz. Sé que a las chicas les va a entusiasmar la idea de ver mi ropa, se van a asustar con el precio, pero van a terminar accediendo a usarla y si tengo suerte, van a llevarse las prendas a casa después de pasar un muy divertido rato en el Lounge.

—Nos vemos en el lounge —le digo a Sam. —Más vale que te arregles.

—Yo me encargo —Christian dice contra mi oído. —Ve, diviértete. Te veo en el Lounge, de nuevo.

Su voz y sus palabras envían una corriente eléctrica por todo mi cuerpo. Es inevitable el recuerdo de Christian y yo en ese lugar; la música, el alcohol, el calor, él.

—¡Déjala en paz! —su hermana nos grita. —Tendrás mucho tiempo para eso más tarde. ¡Tenemos que irnos, Isabella!

A regañadientes me desprendo de Christian. Me despido de los señores Roberts y de los señores Grayson agradeciéndoles que me acompañaran el día de hoy, luego me despido de los padres de Angela, de Charlie, Sue, y por último de Grace y Carrick. De nuevo les agradezco su presencia, su apoyo y sus buenos deseos por esta nueva etapa en mi vida, ellos vuelven a repetirme lo orgullosos y felices que están. Cuando bajo al restaurante, doy una última vuelta para ver como continua todo. El chef me asegura que está todo bajo control y que soy libre de irme a celebrar con mi familia, con todo el equipo realizamos una celebración el día de ayer, además me despido con la promesa de regresar mañana antes de abrir.

No tengo idea de cómo llegamos a la Escala, tampoco tengo idea de cómo Sawyer logró dividirnos en 3 autos, pero sé que Gail casi se desmaya cuando nos vio entrar como un torbellino directamente a mi vestidor, apenas la notamos, íbamos envueltas en conversaciones que murieron en el momento en que mis hermanas de La Push entraron al pent-house, supongo que no imaginaban cómo sería y si lo hacía, la Escala siempre resulta impresionante la primera vez que la ves.

Dos horas después del shock inicial y de la enorme discusión que tuvimos Mia, Angela y yo sobre mi armario, estoy frente al enorme espejo admirando a la sensual mujer en el reflejo. Llevo un vestido muy pegado color rosa oro que cubre lo esencial, en el muslo derecho es ligeramente más largo dándole un corte asimétrico; mi maquillaje es ahora más cargado de lo que usé durante el día, mi cabello está limpio, cepillado y con sus ondas naturales más marcadas.

—Te falta tela o te sobran piernas, nena —Angela da un silbido. Escucho el ruido de sus zapatos acercándose a mí por detrás. —Te ves sexy.

—Soy sexy —le guiño un ojo a través del espejo. Regreso mi vista a mi reflejo, mi amiga tiene razón, mis zapatos Louboutin color blanco combinan con el bolso que Mia ha seleccionado como accesorio para el vestido.

—Vas a volver loco a Christian —Mia dice uniéndose a nosotras.

—¿Más? —Angela la mira con una ceja arriba. Mia se ríe.

—¡Ya vámonos! —Julie grita desde algún lugar de la casa, supongo que cerca de la puerta.

Nosotras tres rápidamente nos unimos al grupo que salta y grita ansiosamente en el recibidor. Gritamos para despedirnos de Gail, pero no recibimos ninguna respuesta, supongo que la señora Jones ya se ha ido.

El camino al Lounge es similar a nuestro trayecto a la escala, pero cuando mis ojos divisan las letras de color negro, el exterior del edifico color blanco, y las personas en la entrada o bajando de sus autos, sonrió alegremente.

Ahora es nuestro turno.

Bajamos de los autos, los valets de la puerta se encargan de llevarlos a otro lugar. Caminamos a la entrada, el guardia nos mira, luego mira a nuestras amigas, con un par de palabras provenientes de Mia, nos permite atravesar las puertas de cristal color negro.

Mi sonrisa se expande.

Mis ojos recorren el lugar. Hay grupos de personas que hablan animadamente en las lujosas mesas, hay sillas vacías, de las personas que están teniendo el tiempo de su vida en la pista de baile, moviéndose al ritmo de la música que hay en el ambiente. Mi cabeza se eleva obteniendo una vista de la parte alta del lugar. Mi corazón se acelera.

—¡Los chicos están por allá! —Mia grita sobre el sonido de la música.

—Vayan —les digo. Todos los rostros se vuelven hacia mí con sorpresa. —Tengo que hacer algo antes.

No les doy tiempo a realizar más preguntas, me giro y voy a la escalera, subo pausadamente los peldaños de vidrio con cristales incrustados que me conducen a la parte alta del lugar. Mientras subo, son pocos los que se atreven a mirarme o a ofrecerme algún gesto, yo, en cambio, mantengo mi rostro en blanco, sin emoción alguna.

Ninguno de ellos merece mi atención.

Con calma, llego hasta el fondo del lugar, hasta la barra del bar que se esconde en esa área. Mis manos toman el respaldo de una de las sillas altas, mi cuerpo se deja caer en el asiento, mis pulmones toman una profunda respiración. Mis ojos buscan al hombre al otro lado de la barra, veo el traje de su uniforme tan reluciente como siempre, veo que su rostro brilla en reconocimiento a mí, veo su mirada que me hace la pregunta en silencio.

El hombre se acerca, se queda de pie frente a mí.

—Un whisky, doble —pido. El hombre me mira, sus labios se levantan en un gesto divertido y extrañado a la vez. El hombre se encoge de hombros en silencio, se mueve y comienza a servir mi bebida.

Mientras espero, doy una mirada a mí alrededor. El sonido de la música retumba en mis oídos, los gritos de euforia y las risas provenientes de euforia de la planta baja resultan un murmullo familiar.

—¿Mal día? —alguien pregunta.

Un movimiento en la silla de al lado capta mi atención, mi cabeza se gira, mis ojos se colocan en el hombre a mi lado. Casi me caigo de mi asiento. Se ve tan jodidamente guapo.

—No, para nada —le respondo. Mis ojos se colocan en esos malditos ojos que veo a diario, en esos ojos color gris casi plateado que son la cosa más perfecta que he visto en mi vida.

—¿Un whisky para un buen día? —sus cejas se levantan. —La mayoría, pensaría en un cosmopolitan, margaritas, quizás algunos mojitos o piñas coladas.

—Supongo que soy diferente al resto —digo con orgullo.

Sus ojos se entrecierran, su mirada se coloca sobre mí, paseándose por mi cuerpo de arriba hacia abajo. Sus labios se estiran en una sonrisa, su lengua se asoma entre sus dientes. Mi temperatura sube.

—Lo eres —acepta. —Eres deslumbrante.

Su cuerpo se inclina en mí dirección, sus músculos casi tocando mi brazo, su perfume envolviendo mis sentidos, su aliento casi rozando mi rostro. No está lo suficientemente cerca. Quiero sentirlo, quiero que me toque, que me acaricie, que me sostenga contra él.

—Además, ese vestido me está matando —el gemido que acompaña sus palabras casi me hace soltar uno propio. —Luces hermosa, elegante, sensual y muy apetecible.

Mi ego aumenta. Es inevitable.

—Esta vez no eres el primero en notarlo —digo presumida.

Ahora, mi acompañante se asombra. Puedo ver el destello de celos que cruza su mirada.

—Es imposible no notarte —suspira.

El hombre de la barra coloca frente a mí el vaso con el líquido color ámbar, el sonido del cristal golpeando la barra nos interrumpe. Le miro con molestia, no me ha gustado que interrumpa la conversación, el hombre a mi lado tampoco luce feliz. A ninguno le ha hecho gracia la interrupción, mucho menos tener que alejarnos del otro.

—Yo tampoco he tenido un mal día —comenta casual el hombre a mi lado. —No los he tenido desde la última vez que estuve aquí.

—Eso es una mentira —me rio bebiendo de mi vaso. —Por supuesto que has tenido días malos. Yo soy la causante de ellos.

Él se ríe por lo bajo, toma su vaso, lo lleva a sus labios y bebe todo el contenido de un sorbo.

—Tu vales cada maldito momento, cariño —dice, penetrándome con su mirada seria, dura, cálida y firme. Sus palabras son honestas, son un juramento y yo le creo.

Siento la calidez en mis mejillas que anuncian el sonrojo colocándose debajo de mi piel. Quiero evitar que note mi sonrojo, quiero evitar que vea cuánto me afecta su presencia. Enderezo mi espalda, intentó lucir desinteresada, ambos sabemos que miento, desde el momento en que me senté a su lado, él tiene por completo mi atención. Bajo mi vista, el movimiento de su mano derecha llama mi atención, sus dedos juegan con el borde del vaso que sostiene.

Mi mente juega en mi contra.

Quiero sentir sus dedos recorriendo mi piel como lo hacen con el cristal, quiero sentir sus dedos recorrer el borde de mi vestido, pasearse por mi espalda casi desnuda erizando la piel que tocan, quiero disfrutar de las descargas eléctricas que hormiguean en mi piel cuando me toca.

Mi postura también ha cambiado, una de mis piernas se ha colocado sobre la otra revelando más piel que antes, mi espalda se ha inclinado en su dirección, mis sentidos se han embriagado de su esencia, el anhelo ha crecido en mi interior. Lo quiero, lo deseo, lo necesito.

Lee mi mente como solo él puede hacerlo. Su mano izquierda cae de la barra directamente hasta mi rodilla, sus dedos juguetean en la zona descendiendo hacia el dobladillo de mi vestido que apenas y toca mi muslo. Sus largos dedos rozan mi piel dejando un cosquilleo a su paso.

Mi respiración se entrecorta, mi corazón se acelera.

—Carajo —se relame los labios. —No sabes lo que le haces a mi control, nena.

Mi cuerpo se inclina hacia mi acompañante. Sé que en mi nueva posición le doy un vistazo al escote en forma de corazón de mi vestido, sobre todo a la superficie de mi pecho, mi movimiento también le da un vistazo a mis piernas, puedo ver en sus ojos el deleite que le ofrezco, pero no me importa.

Mi nariz roza con delicadeza su cuello, me permito absorber el aroma que emana de él. La mezcla de su perfume, la esencia del alcohol y el aroma natural de su cuerpo hace que mis piernas tiemblen. Su respiración se vuelve pesada, sus manos se acercan a mi cintura, pero no me tocan, tampoco me aparta.

—A veces —murmuro cerca de su oído, —es inevitable perder el control, cariño.

Mis labios depositan un beso en su mandíbula, dejando la marca de mi labial. Regreso mi espalda a mi lugar en mi asiento deleitándome con su expresión. Su mirada ha cambiado, es de un color oscuro, hay tanto dentro de sus ojos, hambre, sed, deseo. Sus manos sujetan el respaldo y el borde de mi silla, con un movimiento me arrastra hacia él.

—Isabella… —jadea mi nombre.

—¿Señor? ¿Señorita? —el hombre de la barra llama nuestra atención de nuevo.

—¿Qué? —escupe Christian, claramente encabronado por la nueva interrupción.

El hombre salta pero rápidamente se recompone. Hay unas cosas en sus manos, las coloca frente a nosotros.

—Dos vasos y una botella de Hennessy —dice apresuradamente.

—¿Disculpe? —pregunto sin comprender. Estoy segura que ninguno de nosotros ha pedido lo que ha traído.

—La última vez que estuvieron aquí, el señor ordenó esto —explica. Nos brinda una sonrisa tímida. —Esta vez va por la casa.

—¿Puedo saber la razón? —Christian pregunta, escéptico.

—Porque soy un romántico empedernido que fue testigo de cómo ustedes se conocieron —el bartender se sonroja.

Christian se ríe y toma la bandeja en la que descansa la botella y los dos vasos.

—Gracias —le digo yo al hombre, asintiendo en reconocimiento a su gesto. El bartender me devuelve la sonrisa y se aleja al otro lado de la barra.

Christian toma entre sus manos la botella, la abre con la misma elegancia que recuerdo, me sonríe una vez más mientras vierte el líquido ámbar en ambos vasos. Me ofrece uno.

—Vamos, ven conmigo —sus palabras son una orden. Se pone de pie, me tiende una mano. No lo dudo, obedezco. —Los demás deben preguntarse dónde estamos.

Tomados de la mano, atravesamos el bar de la planta alta del lugar, las miradas comienzan a posarse sobre nosotros, pero ni él ni yo les ponemos atención.

Bajamos la escalera de cristal, su cabeza se gira ocasionalmente para mirarme, yo no despego mis ojos de su espalda. Su caminar es masculino, casual, despreocupado, pero dominante en cada movimiento. Observo su vestimenta, luce su traje de la misma manera que esa primera vez que lo vi, su perfecto pantalón de color negro, su camisa de un color similar a mi vestido fajada con su pantalón y con las mangas arremangadas hasta sus antebrazos, los primeros botones de la camisa desabrochados.

Luce malditamente sexy.

—¡Ahí están! —grita Angela al vernos acercarnos a ellos. Al igual que nosotros, todos tienen ya unas bebidas en sus manos.

—¿Tu bolso tiene una "C"? —Elliot ríe. —¿Marcando territorio, hermano?

—Es mía —la mano de Christian me presiona contra su cuerpo. —Y todos deben saberlo.

Me río tontamente.

—¡Arriba, chicas! —Mia se levanta, mueve sus manos al aire para animar a las demás a imitarla. — Vamos a romper la pista, a mover el trasero.

—¡Ven, Isabella! —Rihan tira de mi cuerpo, separándome de Christian. —¡Vamos, vamos!

—¿Vienes? —Angela le pregunta a Elliot.

—Prefiero verte desde aquí —dice el rubio con lascivia,

—Joder —sacudo la cabeza. —Hasta yo me sonrojé con esa mirada.

El rubio se carcajea.

—¡Isabella! —Christian gruñe. —No te agaches. Ese maldito vestido es demasiado corto.

Le guiño el ojo y corro para alcanzar a Mia, Angela y Julie que ya están en la pista de baile.

La música retumba por todas partes, un ritmo tecno con el sonido repetitivo de un bajo. La pista de baile está ligeramente llena de personas que hacen lo mismo que nosotras, bailar hasta que el cuerpo ya no lo soporte.

—¡Esto es tan divertido! —Escucho el grito de Emily a mi lado. Me giro para mirar a mis amigas de La Push, Ness y Kim están tomadas de la mano, girando y lanzándose a bailar por todas partes, Emily y Rhian también hacen lo suyo riendo y moviéndose.

Julie y Mia están bailando a espaldas de mí como la última vez que vinimos a divertirnos. Angela está frente a mí, moviéndose al ritmo pegadizo de la música.

—Vamos a darles un espectáculo —Angela dice en mi oído, sus ojos están puestos en las mesas desde donde nuestros hombres nos observan. Sonrió maliciosamente.

Cierro los ojos y me rindo ante el ritmo lento, pegadizo y seductor de la música. Angela se pega completamente a mí, su cuerpo se frota contra el mío y viceversa. Mia rápidamente nota lo que estamos haciendo, comienza a formar un círculo a nuestro alrededor y a gritar y chillar cosas sin sentido. Las manos de Angela acarician mi cuerpo por sobre la tela de mi vestido, nos agachamos, subimos bajamos, movemos las caderas, el trasero, el cabello, las manos, las piernas, gritamos, cantamos, reímos.

La diversión es inevitable.

Alguien ha llegado a nosotras con las copas nuevamente llenas de alcohol. Es la gasolina que necesitamos para seguir bailando. Algunos de los chicos se nos unen en algún momento, cada uno buscando a su pareja, incluso Seth se ha animado a bailar con Julie sin importarte las miradas curiosas y divertidas del resto del grupo.

De repente un par de manos toman mis caderas con firmeza, separándome de mi amiga y deteniendo nuestro baile.

—Aparta tus jodidas manos de mi mujer —dice Christian con voz ronca pero divertida. Sus manos rodean mi cintura descansando en mi abdomen.

—Amargado —Angela le saca la lengua, pero me deja ir. Elliot ya está detrás de ella, sosteniendo su cuerpo contra el suyo y murmurando cosas a su oído que la hacen reír.

Me giro en los brazos que me sostienen, contoneo mi cuerpo al ritmo de la música buscando provocar en él una reacción. Sus manos grandes y masculinas viajan por mi cuerpo, suben y bajan al compás de mis movimientos. Sus labios están sobre mi cuello y mis hombros descubiertos por el vestido.

Nuestros ojos están conectados, mirando en lo más profundo de nosotros.

—Baila conmigo —le pido. El no responde, pero no se niega. Ambos dejamos que nuestros cuerpos actúen por sí solos, bailando, disfrutando y moviéndonos al ritmo de la música.

Pero no es suficiente, con Christian nunca ha sido suficiente.

Siento sus manos moverse por todo mi cuerpo, bajando por mis costados solo para subir de nuevo, tomándome de la cintura para asegurarse que esté cerca de él, recorriendo el dobladillo de mi vestido e incluso levantando un poco más para acariciar mis piernas. Sus labios no dejan nunca mi piel, mis mejillas, el lóbulo de mi oreja, mi cuello, mis hombros, deja besos por cada centímetro de piel expuesta por mi vestido.

En algún momento he comenzado a gemir.

—Eres hermosa —murmura antes de reclamar mis labios en un beso hambriento y desesperado. Su lengua se enreda con la mía en una danza erótica, sus manos bajan a mis caderas, luego a mi trasero que masajea y aprieta. Mis manos se van a su cabello, a esos sedosos rizos cobrizos que amo con locura Christian suelta un gemido contra mis labios.

Mi cuerpo se sacude, él gruñe al sentirlo. Necesito tener su cuerpo sobre mí, necesito que me bese, me toque, me acaricie, lo necesito dentro de mí haciéndome suya una y otra vez. Sé que é lo sabe. La erección que se frota contra la fina tela de mi vestido es la evidencia más pura de cuanto me desea este hombre.

—Vámonos de aquí —murmura contra mis labios. No se molesta en avisarle a nadie, no se molesta en volver por mi bolso, sabe que Taylor o Sawyer se encargaran de eso.

Llegamos hasta la puerta, el personal de la puerta le entrega unas llaves de un auto con un llavero con la estatua de la libertad en ellas. Sé cuál auto es.

—¡No puede ser! —jadeo al ver el Jaguar E-Type de los 60ˋs. Es el auto que compró en nuestro viaje a Nueva York. ¿En qué momento lo trajo a Seattle? Christian se ríe y me guiña un ojo.

Me ayuda a subir al auto, él hace lo mismo detrás del volante y nos conduce hasta la escala. A trompicones nos adentramos en el ascensor, ahí dentro se desata una nueva ronda de besos, caricias y gemidos que no se detienen en ningún momento, incluso cuando las puertas de la Escala se abren.

—Al cuarto de juegos —me avisa.

—Oh, joder ¡sí! —exclamo sintiendo la excitación recorrer mis venas.

Christian me conduce a la segunda planta, abre la puerta con una magistral destreza permitiendo que el aroma a madera de la habitación me golpee primero. Aunque la luz está apagada, conozco esta habitación casi de memoria.

Christian toma mi cintura, me gira hasta que quedo de espaldas a él, tira un poco para obligarme a dar un paso atrás y pegarme a él.

—Tengo un plan —susurra seductoramente a mi oído. Deposita un beso en el hueso detrás de mi oreja.

Es inevitable que mi cuerpo se estremezca por la expectación.

—Pero, primero tenemos que desnudarte —ronronea desde lo más profundo de su garganta. —Déjame ayudarte a salir de esa cosa tan pequeña que llamas vestido.

Me gira para que le mire de frente. Sus manos se pasean por los costados de mi cuerpo, sintiendo la tela que se adhiere a mi cuerpo como una segunda piel, sus dedos toman el cierre que se encuentra en mi costado izquierdo bajándolo con un movimiento.

Se acerca todavía más a mí, tira de los tirantes del vestido para bajarlos por mis hombros, luego empujando la tela por mis pechos tan despacio como puede permitírselo la gravedad, aprovechando para pasar sus dedos por mis pezones ya erectos.

—¿Sin sujetador? —pregunta elevando su ceja.

No me da tiempo de responder, continúa empujando la tela del vestido por mi abdomen, las caderas y mi trasero. Lanza la prenda al suelo. Sus dedos toman los bordes de mis bragas, sé lo que va a hacer, pero no lo detengo. Escucho el rugido de la tela al ser desgarrada por sus dedos. Lanza lejos los retazos de la tela.

Levanta la mano y me la tiende.

—Sal —me ordena y yo doy un paso para salir del vestido, agarrándole la mano para mantener el equilibrio.

Estoy casi pegada a él. Puedo sentir el calor de su cuerpo contra mi piel desnuda. Sus ojos grises brillan con malicia, una de sus manos se mueve colocándose en mi nuca, otra va directamente a mi culo. Me aprieta contra él y su boca se cierra sobre la mía besándome como si su vida dependiera de ello. Me empuja, contonea su cuerpo obligándonos a girar para cambiar la dirección, su cuerpo se presiona contra el mío para que camine hacia atrás. Noto algo frío detrás de mí. Es la cruz de madera que está en un extremo de la habitación.

Se separa de mí, está jadeante y con los labios abiertos en busca de aire. Su mirada arde y quema mis entrañas.

—Levanta las manos —ordena. Yo obedezco. Parpadea una vez, su cabeza se ladea y sus ojos se suavizan. Está pidiéndome permiso como suele hacerlo. Yo accedo sin moverme, él sabe leerme. Una sonrisa de admiración, orgullo y satisfacción se desliza en sus labios.

Sus manos conducen mis brazos, uno en cada parte de la cruz, aprisiona mis muñecas con las esposas de piel que descansan en esos lugares. Mis dos brazos están elevados por sobre mi cabeza.

—Te voy a volver loca —me susurra. Un gemido brota de mis labios.

Su nariz toca la mía con ternura. Agarra mis caderas con las manos, se agacha acariciando mis piernas a su paso. Se arrodilla ante mí, sus dedos acariciando mis zapatos, mis tobillos y mis pantorrillas.

—Levanta el pie —ordena sujetando un tobillo, lo obedezco y su mano tira de mi pierna hacia la derecha. Siento la presión de una nueva esposa de piel rodear mi tobillo y sujetarme contra la cruz. —Ahora el otro.

Hago lo que me dice.

Estoy completamente expuesta e indefensa ante él, con los brazos y las piernas extendidos y sujetos a la enorme cruz de madera. Christian se levanta, da un par de pasos hacia atrás para admirar su obra de arte.

—Estás preciosa así, Isabella —su voz es suave. —Quédate quieta.

Todo mi interior se tensa. Ahora mismo frente a mi tengo al amo y señor, tengo al Christian dominante, el que necesita ejercer su control sobre mí. Es inevitable que mi lado sumiso salga a la superficie.

—Sí, señor Grey —murmuro en tono bajo, pero claro. Sus dedos toman mi barbilla, su pulgar se pasa por mis labios.

Se da la vuelta bajo mi atenta mirada, camina hasta la cómoda y abre uno de los cajones, observó sus brazos moverse cuando sus manos sacan algo, se escucha el golpe del cajón cerrándose. Se gira hacia mí con un vibrador tipo micrófono de color rojo. Camina hacia mí.

Christian se pega a mí, sus labios rozan mi mandíbula, mi cuello, mi clavícula, deposita un beso húmedo en el medio de mis pechos. Gira su rostro, sus labios se colocan sobre mi pecho derecho, su lengua se pasa por sobre mi piel, sus dientes rozan y muerden mi pezón.

Un gemido brota de mis labios. Él no se detiene, su cabeza se mueve dando atención a mi otro pecho, sus dedos juguetean con el pezón que acaba de liberar. Mis brazos tironean de las esposas en mis muñecas cuando las olas de placer recorren mi cuerpo, apenas y puedo moverme.

—Christian… —le suplico.

—Lo sé —murmura con voz ronca. Se hace hacia atrás, sus manos toman los bordes de su camisa y da un tirón rápido para deshacerse de ella. Su pecho queda al descubierto y mi desesperación por tocarlo hace que mis manos piquen.

Él empieza de nuevo a someter a mis pezones a esa dulce agonía que provoca su lengua, una de sus manos baja por mi vientre y cubre mi sexo, sus dedos se abren paso entre mis pliegues. Grito cuando su dedo roza mi clítoris.

—Estás tan mojada, cariño —dice en un tono de adoración.

Uno de sus dedos juguetea en mi entrada, provocándome y tentándome antes de deslizarse muy lentamente en mi interior. Bombea un par de veces y desliza un segundo dedo. Gimo su nombre, mis caderas se mueven en busca de más fricción, pero mis piernas abiertas y atadas y mis tacones altos que no me ha quitado, hacen que me tambalee. Hace movimientos circulares con los dedos que tiene en mi interior, una y otra vez, y me acaricia el clítoris con el pulgar, arriba y abajo, sin parar. Es el único punto del cuerpo en que me está tocando y toda se están concentrando en esa parte.

Sus ojos grises no han dejado los míos en ningún momento.

Estoy muy cerca del clímax, toda esta estimulación ha hecho que se acelere la sensación. Echo atrás la cabeza y dejo escapar un gemido muy alto. Entonces Christian para de mover los dedos y todas las sensaciones se esfuman.

—¡No! Christian. No pares, por favor… —le suplico desesperada.

—Quieta, nena —me dice mientras siento que la posibilidad del orgasmo se aleja y se desvanece

Se inclina, recoge de su lado el vibrador.

—No quiero que te corras. No hasta que yo lo diga —me dice serio. —¿Entiendes?

—Si —jadeo.

Sus dedos vuelven a moverse en mi interior. Se escucha un suave zumbido. Sin aviso, el juguete se desliza por mi estómago, mi vientre y mi sexo hasta tocarme el clítoris.

—¡Ah, joder! —grito. Mi cuerpo se sacude, mi espalda se arquea, mis piernas tiemblan y tiro fuerte de las esposas. Los gemidos no paran de brotar de mí. Siento el familiar nudo en mi vientre, las vibraciones en mi cuerpo, mi corazón latiendo desbocado. Estoy tan malditamente cerca. Mi cuerpo pidiendo a gritos la liberación, y entonces se detiene.

—No —gimoteo.

—Buena chica —me apremia. Se coloca delante de mí, me coge con fuerza por el culo y aprieta su cadera contra mí. Eso me provoca un respingo porque su entrepierna está en contacto con la mía a pesar de la ropa.

—Christian —pido, suplico.

—Me vuelves loco —susurra empujándome con la cadera una vez. —Te necesito, cariño.

—Yo también te necesito —le susurré con urgencia. —Tómame, Chris, soy tuya.

Necesito demostrarle cuando me gusta ser suya, necesito que él me tome, me ame, me recuerde porque él es todo en lo que puedo pensar. Necesito que borre todo lo que ha pasado en estos últimos días, quiero embriagarme en él, en sus palabras, sus caricias, sus besos, su manera tan única de hacer el amor. Su manera silenciosa, pero a la vez tan ruidosa de amarme.

Mis palabras hacen efecto en él. Se aleja de mí, sus manos bajan hasta su cinturón, lo abre con facilidad, sus dedos se ocupan de los botones y el cierre de su pantalón, lo lanza al suelo, las yemas de sus dedos trazan el borde de sus bóxers, mete los pulgares y los empuja hacia el suelo.

Me relamo los labios al ver su erección.

El resto de sus movimientos son casi un borrón. Patea su ropa lejos, se arrodilla y se quita los zapatos, sin levantarse del suelo se estira y abre las esposas que rodean mis tobillos, liberando mis piernas.

Se levanta rozando mi cuerpo con su nariz, sus manos sujetan mi trasero, sus brazos se tensan y me veo en el aire. Mis piernas se enroscan con su cintura buscando la manera de sostenerme.

Nuestras bocas se unen de nuevo. Otro gemido nos acompaña.

—Por favor, Chris. Por favor, cariño —le pido con la voz ronca y llena de necesidad. Su mano se mueve, siento la punta de su erección en mi entrada. Con un movimiento rápido se desliza hasta el fondo de mí.

—¡Christian! —grito de sorpresa y placer. Su longitud, dura, grande, caliente y palpitante me roba el aliento.

Gruñe y toma prisionera mi boca de nuevo. Ahoga los gemidos de ambos en nuestros labios, pero el sonido de sus caderas chocando contra las mías vuelve esto más excitante.

—Mi Isabella —gruñe, suspira. —Tan cálida, apretada, suave. Tan perfecta. Tan mía.

—Tuya, solo tuya —acepto. Sus movimientos son frenéticos, me penetra con fuerza, poseyendo con necesidad, deseo, lujuria, amor. Mi cuerpo intenta responderle, me cuelgo de mis brazos sin molestarme por el dolor de las esposas alrededor de mis muñecas.

Un golpeteo se escucha, no estoy segura si es la puerta o el sonido de la madera golpeando contra la pared que está a mis espaldas.

—Christian —jadeo. —P-por favor… estoy… están cerca.

Necesito correrme, necesito que me permita perderme en la sensación de un orgasmo, del éxtasis que solo él puede provocar en mi cuerpo.

Sus movimientos aumentan, sus gruñidos contra mi oído se intensifican, sus jadeos se vuelven más ruidosos. El golpeteo vuelve a escucharse.

—Señor Grey —una voz dice titubeante a lo lejos. Golpeteo. —¿Señor?

—¡¿Qué?! —el rugido de Christian retumba en toda la habitación.

—Necesito hablar con usted —la voz tiene la decencia de sonar avergonzada.

—¡No! —chillo. Mis ojos buscan los de Christian. —No pares, por favor.

No puede detenerse, no puede parar.

—Ahora no, Taylor —ruge Christian. —Me estoy follando a mi mujer.

Los movimientos de sus caderas se aceleran. Yo me pierdo en el placer que golpea mi cuerpo.

—Señor, lamento la interrupción, pero necesitamos que vea algo —el hombre insiste. Ahogo el quejido en mis labios. —Es urgente, señor.

—Joder —Christian sisea entre dientes. Sus movimientos bajan su intensidad.

—No, por favor —suplico desesperada. —No pares, no te detengas.

Quiero tocarlo, aprisionarlo contra mi cuerpo, mantenerlo conmigo. Pero mis manos están atadas y no puedo tocarlo. No puedo moverme y eso resulta jodidamente frustrante. Lloriqueo, siento lágrimas bajar por mis mejillas, no estoy segura si es por placer o por desesperación.

—No pienso detenerme, nena —muerde mi cuello mientras dice esas palabras, vuelve a moverse, deslizándose en mi interior. —No voy a parar hasta que te corras conmigo.

Afuera de la habitación se escucha movimiento, murmullos y ruido. Ya no me importa, mi atención está de nuevo en mi amante que jadea palabras en mi oído.

Los toques en la puerta se reanudan.

—Señora Isabella —ahora es la voz de Sawyer la que llega a mis oídos.

Mierda, mierda, mierda.

La única forma en que Sawyer se atreve a interrumpir mis actividades es por un tema de alta importancia. Y si ahora parece ayudar a Taylor para llamar nuestra atención, debe ser porque lo que sea que está pasando, nos involucra a Christian y a mí.

—Es importante, señora —dice agitado. —Es el restaurante.

—¡Mierda! —Christian y yo jadeamos al unísono, nuestros movimientos se detienen bruscamente. Cualquier frenesí de placer que estuviéramos experimentando, se ha ido.

—¡Ahora vamos! —Christian grita girando su rostro ligeramente en dirección a la puerta.

—Chris… —me quejo al sentirlo deslizarse fuera de mí. El vacío que forma cuando aleja su cuerpo del mío, colocando sobre mis temblorosos pies.

—Es importante —se justifica. Sus manos se mueven a mi alrededor para desatarme de los grilletes. —El restaurante es importante para ti. No voy a perdonarme que no atiendas este asunto. Por más que quiera seguirte follando.

—Christian —suspiro con pesar su nombre.

—Vamos —me sujeta con firmeza cuando mi cuerpo tembloroso está completamente libre.

Me conduce hasta la puerta donde está el perchero con batas colgadas, toma una envolviéndome con ella, luego hace lo mismo consigo mismo. Bota el seguro de la puerta, la abre y revela a unos muy avergonzados e incomodos hombres.

—¿Y bien? —pregunto secamente. —¿Qué carajos está pasando?

Ambos hombres se estremecen.

—Lo acaba de enviar Welch —Taylor extiende una tableta hacia nosotros. Christian la toma, la activa revelando la pantalla con unas fotografías.

Me ahogo con mi propio aliento.

Es el restaurante, mi restaurante, cubierto de un líquido viscoso de color rojo carmesí. Las flores, las paredes, la puerta de color rosa, todo está manchado por ese color tan amenazante.

—¿Es…? —dejo la pregunta al aire, no me atrevo a completarla.

Taylor asiente con cuidado. —Creemos que de algún animal.

—O varios —Sawyer carraspea. Taylor lo fulmina con la mirada.

Hago una mueca de horror. Christian parece notarlo, su brazo rápidamente rodea mi cintura recargando mi cuerpo contra su costado. Mi cabeza da vueltas, pero no porque vaya a desmayarme, si no por pensar en todas las posibilidades en las que mi restaurante pudo terminar de esa manera.

Solo hay una razón detrás de este siniestro hecho y es una vampira psicópata pelirroja.

—S-Sawyer, iré a cambiarme, regreso en cinco minutos —digo. Mi cuerpo se despega del hombre que me sostiene.

—Ni lo sueñes —me gruñe Christian sujetando con fuerza mi mano. —No vas a ir.

—Si voy a ir —siseo. —Tengo que verlo con mis propios ojos para poder solucionarlo.

—Isabella —dice escondiendo una advertencia en su tono. Yo no flanqueo.

—Hay dos opciones, Christian —levanto mi barbilla, desafiándole. —Puedes ir conmigo y ayudarme a solucionar esto, o puedes quedarte aquí a esperar el periódico de mañana para enterarte de los detalles.

Christian me lanza una mirada fulminante, sus ojos grises continúan oscuros y aunque el motivo -yo- no ha cambiado, las razones sí lo han hecho. Esta vez su mirada oscura no es por deseo hacia mí, es porque la molestia que le causa que yo desafíe sus órdenes.

—Vamos a cambiarte —me dice resignado. Me toma de nuevo por la cintura y me conduce hacia el pasillo. —Bajamos en cinco minutos.

No espera respuesta alguna de los hombres, solo continúa empujándome hacia nuestra habitación. Nos separamos cuando ambos llegamos a nuestros vestidores, corro hacia el mío, de una patada lanzó los zapatos de tacón que continúan en mis pies. Agarro ropa interior, un conjunto deportivo y unos tenis deportivos que coloco rápidamente sobre mi cuerpo.

Fiel a nuestra palabra, Christian y yo volvemos al recibidor tras cinco minutos de habernos ido. Taylor y Sawyer están esperando por nosotros. En tiempo récord, y ayudados por el casi nulo tráfico de la ciudad, llegamos al restaurante, Taylor detiene la camioneta en la acera de enfrente. Yo me lanzo fuera del auto.

—Isabella —Christian se ha movido a la misma velocidad que yo, no logro llegar a medias de la calle, sus brazos y el cuerpo de Sawyer, me lo impiden.

—¡Suéltame! —me sacudo buscando liberarme de quienes me sujetan. Mis ojos están viendo la escena delante de mis narices, pero no estoy lo suficientemente cerca para comprobar que es real.

Miro a Christian con ansiedad.

—Hazte a un lado, Sawyer —Christian ordena. El hombre duda algunos segundos, pero obedece a su jefe, moviéndose hasta colocarse a espaldas de mí. —Vamos, cariño.

Sus manos dan un apretón a mi cuerpo diciendo en silencio las palabras que necesito escuchar en voz alta; "Aquí estoy". Christian reanuda su caminar conmigo a su lado, cada paso que da es firme, decidido, al compás de los míos; "Lo haremos, juntos". No detenemos nuestros pasos hasta estar a un metro de la puerta color rosa donde se encuentra un cordón de la policía,

—Señora, señor Grey —Welch se acerca hasta nosotros. Veo que hay un par de policías rodeando y vigilando el lugar, otros más están sacando fotos y hablando con otras personas de seguridad de Christian.

Mis ojos recorren la fachada del lugar, la que solo hace unas horas estaba reluciente, alegre, perfecta, ahora está cubierta de un líquido grasoso de color rojo que desprende un aroma horrible.

—M-mi r-rest-taurant —jadeo. Mi corazón golpetea en mi pecho, mis oídos zumban, mi nariz pica, las náuseas atacan mi estómago. —¡¿Qué carajos fue lo que pasó?!

—Lo lamento, señora —Welch murmura por cortesía. Sus ojos se dirigen a un costado de mí, supongo que pidiéndole permiso a Christian para hablar.

—¡Welch, ¿Qué mierda pasó?! —exijo. El hombre salta.

—Aún no estamos seguros —responde el hombre. —Una persona de los locales vecinos llamó a la policía al ver el estado en el que se encontraba la fachada, además del aroma…

—¿Qué carajos es ese aroma? —Christian hace una mueca.

—Sangre de cerdo —Welch responde. Una arcada es mi respuesta.

—¿S-sangre? —repito la palabra acompañada de una nueva arcada.

—Si, señora —Welch asiente.

Es inevitable el escalofrío que recorre mi cuerpo.

—¿Que sabemos? —Christian pregunta. Escucho su voz muy lejana, mi atención está en el líquido viscoso que se escurre lentamente por las paredes a causa de la gravedad.

—Otro de los vecinos del lugar mencionó que había una persona rondando el lugar, después de que todos se fueran —Welch dice, su voz suena igual de lejos que la de Christian. —Ya estamos procesando los videos de las cámaras de seguridad.

Mis ojos analizan las manchas de sangre. Pareciera que alguien ha lanzado cubeta tras cubeta de este líquido sobre la fachada, no con la intención de cubrirla por completo, si no para que sea notable el desastre que ha causado.

—Lleva una capucha sobre su cuerpo —dice Welch. —Pero estamos seguros de que es una mujer.

Mi cuerpo se pone alerta.

—¿M-mujer? —mi cuello se gira de golpe, las articulaciones de mi cuello truenan. Mis ojos se colocan sobre Welch.

—Si, señora.

Asiento con mi cabeza. Welch me mira, curioso, pero no me dice nada más, su atención regresa a Christian que sigue haciéndole preguntas. Mi cabeza continúa pensando en el asunto, los engranajes de mi cabeza giran a una velocidad impresionante que me da la sensación de que el humo sale de mi cráneo. Mis piernas me mueven, caminando hacia atrás hasta que llego al borde de la acera.

—Una mujer —repito para mí. La risa histérica brota de mis labios. —Por supuesto que era una mujer.

Aspiró profundamente llenando mis pulmones del aire que está impregnado del horrible aroma.

—¡¿Te diviertes, estúpida?! —grito las palabras con todo lo que mis cuerdas vocales me permiten. —¡¿Te divierte burlarte de mí?!

Jadeos de asombro es lo que obtengo de respuesta.

—¡Eres una maldita cobarde! ¡Vienes, arruinas esto y luego huyes! —mi garganta arde por los gritos. No me detengo. —¡Muéstrate, maldita loca!

Mis ojos se pasean de un lado a otro, buscándola, tratando de encontrarla, de verla venir hacia mí.

—¡¿Quieres matarme? ¿Eso es lo que quieres?! —abro mis brazos sacudiéndolos histéricamente en el aire. —¡Aquí me tienes, perra! ¡Ven a buscarme! ¡No te tengo miedo!

—¡Cierra la estúpida boca! —una enorme mano caliente se coloca bruscamente sobre mi boca. Bufando furiosamente sobre mi rostro está Paul. —¡¿Qué carajos te pasa?!

Sacudo mi cabeza.

—¡¿Qué me pasa? ¿Qué me pasa?! —escupo. —Me pasa que estoy jodidamente furiosa. ¡Son las jodidas tres de la mañana, bebí demasiado alcohol, no he dormido, estoy cansada, no me han dejado tener un puto orgasmo y una perra loca con complejos de Carrie lanzo sangre de cerdo sobre mi restaurante! ¡Eso me pasa!

—¿Y por eso te pones a gritar a media calle? —resopla. —¿Qué quieres? ¡¿Que todo el jodido vecindario se entere de tus problemas? ¿Eso quieres?!

—¡Quiero que se terminen! —chillo sacudiendo mis brazos para señalar todo a mi alrededor. —¡Eso quiero! ¡Quiero que mis malditos problemas se terminen!

—Te tengo noticias, Swan —escupe mi apellido. —Gritando no se van a resolver tus patéticos problemas.

—¿Patéticos? —le miro, incrédula. —¿Mis problemas son patéticos? ¡¿Te parece patético que un idiota haya intentado violarme la otra noche? ¿Que las jodidas exnovias de mi novio quieran arrancarme el cabello, te parece patético? —doy un paso en su dirección, lento y amenazante. —¿Que hayan cubierto de sangre mi restaurante para advertirme que soy la siguiente, te parece patético? ¿Que una perra sanguijuela psicópata con ganas de venganza quiera asesinarme es patético?!

Observo su cuerpo vibrar. Es peligroso, lo sé. ¡Pero yo también! Resulta que estoy encabronada, furiosa, horrorizada, frustrada y agobiada, por supuesto que no voy a dejar que un estúpido lobo bipolar me grite y explote en mi cara.

—Si eligieras mejor tus relaciones, no tendrías esos problemas —gruñe. Mi sangre se congela al interior de mis venas, mi corazón deja de latir, pero mi cuerpo reacciona.

Mi brazo se levanta al aire, mi mano con mis dedos y mi palma extendida impactan contra el rostro de Paul. El estruendo se escucha al mismo tiempo que su gruñido, mis ojos furiosos observan cómo su rostro se gira por la inercia y la fuerza del golpe.

Por segunda vez en mi vida, he golpeado a un hombre lobo. A Paul, ni más ni menos.

—¡¿Crees que no lo sé?! —le grito. Observo su cuello crujir, los crecientes espasmos que azotan su cuerpo anunciando su casi inminente transformación. No me importa, doy un paso más cerca. —¡¿Qué no he pasado los últimos años de mi vida arrepintiéndome de eso?! ¿O preguntándome qué carajos hubiera pasado si hubiese hecho algo diferente?

—No lo parece —escupe con una sonrisa burlona.

—¡He pasado años, imbécil, años imaginando que hubiese sido! —grito. Puedo sentir el cuerpo del lobo vibrando casi contra del mío. Mi piel se eriza gracias a mi casi nulo instinto de supervivencia. Pero no me detengo. —Si hubiera parpadeado en esa estúpida cafetería, ¿acaso él hubiera mirado hacia otro lado? Si no me hubiera sonrojado, ¿habría intentado acercarse a mí? Si nunca me hubiera tocado ¿mi vida habría seguido su curso humano natural? ¡¿Qué habría, podría, debería haber sido?!

—¿Y de qué carajos te sirve preguntarte toda esa mierda? —me grita de regreso. —Te quedaste a pesar de todo. ¡Te quedaste con él a pesar de todo lo que te pasó! ¡Te quedaste a su maldito lado!

—¡Maldita sea, Paul! —golpeo el suelo con mi pie. —¡Me quedé porque todo ese dolor me resultaba una bendición! ¡Tenerlo a mi lado era una bendición! Así que podía olvidar el dolor, podía olvidar todas esas malas situaciones, podía olvidar que yo no era como él.

—Todos te advirtieron, te rogaron que no lo hicieras ¡y te valió un carajo! Ahora dime algo, Swan, ¿valió la pena? —escupe deslizando en su rostro una sonrisa socarrona, burlesca y cínica. Ambos sabemos la respuesta.

Ahora es mi cuerpo el que tiembla, ahora es a mi quien la furia consume.

—Ahora lo sé —hago una mueca. —Y no sabes cuanto desearía haberme quedado con la curiosidad, Paul. ¡Pero ahora tengo que lidiar con esta mierda! Tengo que enfrentarme con los malditos fantasmas del pasado que tratan de asesinarme.

—¡¿Y entregarte a esa psicópata es tu puta solución?! —bufa furiosamente. —¿Vas a mandar a la chingada tu vida, de nuevo, por esa sanguijuela?

—¡Voy a entregarme a esa loca para que toda esta mierda acabe! —grito esas palabras como un juramento. —Ella está buscándome, ¡me quiere a mí! Está haciendo todo esto para tenerme y debo detenerla antes de que empeore. ¡Mira a tu alrededor! Ahora es sangre de cerdo, mañana será la sangre de mi familia, de Charlie. ¡Tengo que hacer esto!

—¡Eres una jodida humana, Swan! —Paul ruge esas palabras con su voz grave, ronca y enojada. —¡Deja de comportarte como una puta mártir! ¡Tú no pediste esto!

—¡Lo sé! —exhalo. —¡Pero ya no quiero arrastrar a más gente a esta mierda! No quiero que lastime a alguien, ¡necesito proteger a la gente que me importa!

—Somos una maldita manada de lobos rabiosos con una sola misión en esta jodida vida, Swan. ¡Salvar a nuestra gente!

—Lo sé —suspiro en un murmullo cansado.

—¡Y resulta que tú eres nuestra gente! —me da un empujón. —Deja de pensar en esas jodidas estupideces, siéntate, hazte a un maldito lado ¡y déjanos hacer nuestro trabajo!

Su cuerpo hirviendo a una temperatura sobrenatural se mantiene en una posición amenazadora cerca de mí. Continúa vibrando, alertando que está a nada de explotar en un enorme lobo plateado, pero yo no me muevo, al menos no todavía. Si me muevo pueden pasar dos cosas; demostrar que le temo a su lobo y eso solo lo va a complacer y a causar que se transforme, o va a demostrar que le temo y que no confío en ellos, los que tantas veces han salvado mi vida.

Pero no voy a permitir que alguien muera por mí culpa.

Tomo un par de respiraciones profundas. Le ordeno a mi cuerpo llenarse de calma.

—No tengo porqué discutir esto contigo. Cuando te calmes lo suficiente como para continuar esta conversación de manera civilizada, te estaré esperando —le digo cuadrando mis hombros. —Ahora tengo que encargarme del desastre que es mi restaurante.

Lentamente doy pasos hacia atrás, lejos de él. Giro mi cuerpo para enfrentarme al desastre que continua en las paredes del lugar. Christian continúa cerca de la puerta hablando con Welch y Taylor, Sawyer firme a sus labores, se ha movido cerca de mí durante mi arranque de histeria, ahora se mueve conmigo de regreso a la puerta de color rosa.

—¡¿Cuánto tiempo crees que le tome llegar a él?! —esas palabras me congelan. Mis pasos se detienen. —¿Cuánto tiempo crees que le tome romper su maldito cuello cuando lo tenga? ¿Cuánto tiempo le va a tomar dejarlo sin una gota de sangre?

Mi pecho se agita, mis ojos buscan desesperadamente a Christian. A pesar de que sigue con su conversación, sus ojos grises me observan con ansiedad, su mano está ligeramente extendida en mi dirección, una invitación silenciosa para que me acerque a él.

—Dime, Bella, ¿Cuánto tiempo crees? —el tono burlón en la voz me da asco. —¿Una hora? ¿Un segundo?

—Cierra la jodida boca —siseo sin molestarme en moverme. Mis ojos se llenan de lágrimas.

—¿Cuánto lo quieres, Swan? —su pregunta rompe mi corazón. —¿Lo amas lo suficiente?

—¿Qué? —temblorosa, me giro para enfrentarlo, de nuevo.

—¿Lo amas lo suficiente para volver a ser la mierda que fuiste durante años cuando lo mate? ¿O lo amas lo suficiente como para volverte como ella, una estúpida a la que le robaron, no, le mataron a su pareja? —pregunta mirándome a los ojos, dando pasos de nuevo hacia mí. —Dime, Swan. ¿Qué vas a hacer cuando esa perra lo mate?

Ya no puedo controlar las lágrimas que brotan de mis ojos ni los sollozos que hay en mi pecho.

—¿Por qué no se termina? —me ahogo con mis palabras. —¿Por qué si trató de borrar su existencia de mi vida no se lo llevó todo? ¡¿Por qué?! ¿Por qué soy yo quien debe pagar por pecados que no son míos? Sé que no es mi culpa, pero ¿porque soy yo quien se siente arrepentida?

—Bella… —Paul dice mi nombre con su voz más tranquila y controlada. Sacudo mi cabeza.

—Cada maldito día me arrepiento —jadeo en busca de aire. —No sabes cuánto desearía que no se hubiera aparecido en mi vida, que mi sangre no le cantara.

—Si ese cabrón no hubiera aparecido en tu vida, entonces no habrías conocido a Christian.

Mis rodillas se doblan, ya no soportan mi peso. Mis brazos rodean mi torso, buscando mantenerme completa, pero me estoy desmoronando. Paul tiene razón. Maldita sea, no puedo creer que haya pensado siquiera en esas palabras. Pero es esa razón la que me impulsa a intentar hacer estupideces, haré lo que sea necesario para que Christian no salga herido, para que esa loca psicópata no se acerque a él.

—¡¿Isabella?! —su grito alarmado y sus pasos viniendo hacia mí solo hacen que rompa en llanto.

—Jacob volvió a Forks con Nessie y tus padres. Quil y Leah volvieron con los gemelos y los padres de Angela. Brady y Collin están de patrulla en la Push —Paul habla, como si yo no estuviera llorando. —Seth está patrullando cerca de Angela, al parecer su nueva novia, Kim y Emily se quedaron en casa de ella. Embry está con los Grey, Jared estaba con ustedes hasta cuando llegaron aquí.

Me informa de los movimientos de la manada. ¿Por qué lo hace?

—¿Isabella? ¿Cariño, qué pasa? —Christian llega a mí, rodea mi cuerpo, su rostro intenta buscar el mío para ver qué es lo que está mal. No se lo permito, además, no puedo dejar de llorar.

—Cada maldito día, cada maldita noche, hay un lobo patrullando Seattle, sobre todo cuando tú estás aquí. Sam estaba de patrulla, por casualidad iba pasando por aquí justo antes de que llegara el primer policía, me llamó y entre los dos rastreamos la zona —Paul continúa con sus divagaciones. —No hay ningún rastro, aroma o sospecha de que haya sido alguna sanguijuela.

—¿Qué? —mi cabeza se levanta, mi llanto se interrumpe.

—Llevamos semanas sin percibir el rastro de la pelirroja —la confesión de Paul me deja boquiabierta.

—P-pero, el restaurante, la s-sangre —balbuceo. —Welch dijo que fue una mujer.

—Si, quizás, pero es una mujer humana —Paul se encoge de hombros. —Quizás es la misma que te persiguió en Forks.

—¡¿Qué?! ¿Cuál persecución? ¿De qué carajos estás hablando? —Christian pregunta.

—Mierda —jadeo. Se suponía que Christian no se enteraría de eso.

—Ups —Paul se encoge. Al menos tiene la decencia de mirarme con una disculpa en sus ojos negros.

—¡¿Sawyer?! —se gira buscando al hombre. Sawyer me mira, nervioso. —¡¿Que carajos pasó en Forks? ¿De qué puta persecución hablan?!

—Una camioneta nos siguió hasta la entrada a la Push —confiesa el pobre Sawyer intentando no lucir intimidado por su jefe. —La señora habló con sus… amigos… y ellos se hicieron cargo.

—¡¿Y porque nadie me dijo nada?! —Christian gruñe.

—¡Ella nos dijo que no te contáramos! —Paul y Sawyer me apuntan. ¡Jodidos cobardes!

—Traidores —siseo por lo bajo.

—¿Isabella? —Christian dice mi nombre entre dientes. Eso significa que estoy en problemas, muchos problemas.

—Yo voy a… —Paul carraspea, mira de un lado a otro. —¡Ya voy! Con su permiso, me hablan por allá.

Su enorme cuerpo se mueve en una dirección muy lejos de nosotros. Por la esquina de mis ojos observo que Sawyer da varios pasos hacia atrás, también colocándose lejos de nosotros.

—E-escucha, lo primero que pensé fue que era ella, entonces le dije a Sawyer que condujera en dirección a La Push, ahí íbamos a estar a salvo. ¡Además! llamé a los lobos para que ellos se encargaran —explico rápidamente. —Nadie se bajó del auto hasta que Sam llegó a nosotros, no intentamos seguirla, al contrario, nos alejamos, ¡nadie salió herido!

—¿Por qué no me llamaste? —pregunta destilando rabia en su voz.

—¡Tú no ibas a poder hacer nada! —le digo. Él hace una mueca de dolor ante mis palabras. —Si alguien podía ayudarnos, eran los lobos.

—¿Por qué no me lo dijiste? —ahora su voz suena dolida.

—Porque no quería preocuparte —admito. —No quería ponerte en peligro.

Christian exhala ruidosamente.

—¡Ay carajo! —se escucha el aullido de Paul. —¡Lo pisé, lo pisé! ¡Qué asco!

Una sonrisa se desliza por mis labios al ver al enorme y siempre enojado hombre lobo casi vomitando a un costado de la calle. Su pie se sacude furiosamente intentando quitar la mancha de sangre de su bota. Supongo que puede lidiar con la sangre mientras no esté sobre él.

—Idiota —Christian bufa, pero se ríe.

Sé que la tensión ha bajado, pero la discusión que tendremos cuando volvamos a casa, es inminente.

—¿Vieron a la mujer? —pregunta dirigiéndose a Sawyer que sacude su cabeza en negación.

—Los vidrios estaban polarizados —le digo yo.

—¡Yo sí! —Paul viene de regreso. —Era delgada, 1.60 aproximadamente, de tez blanca ¿o media grisácea?, cabello castaño muy despeinado y maltratado, ojos azules muertos y tristes. Parecía un cadáver andante, algo así como Bella cuando la dejaron.

Lo fulmino con la mirada. Maldito perro rabioso ¿Que no sabe cuándo dejar de ladrar?

Un momento… ¿dijo que se parecía a mí?

—N-no puede s-ser —susurro entrecortadamente. —E-esa mujer

—Si me dices que la conoces no me voy a controlar —amenaza Paul. Su cuerpo está temblando por la anticipación de transformarse.

—¿Isabella? —Christian pregunta amable, está intentando calmarme, pero puedo ver la ansiedad en sus ojos grises.

—Esta tarde, aquí afuera, había una mujer. S-se veía como yo… p-pero a la vez era muy diferente a mí —trago el nudo que se forma en mi garganta. —Julie y yo la vimos, pero no la reconocimos…

Christian se masajea las sienes.

—Grey, tú sabes quién es ella —Paul dice esas palabras como una acusación.

—Sí —Christian responde, pero sus ojos me miran fijamente.

—¿Quién es? —Paul lo presiona.

La boca del cobrizo se presiona en una dura línea.

Es inevitable que la respuesta llegue a mí.

—Ella es Leila —soy yo quien dice.

Paul me lanza una mirada de confusión. Christian se estremece, de repente la tensión se sujeta a su cuerpo haciendo que sus músculos se endurezcan.

—¿Dijo algo? —pregunta.

—Si —acepto. Carraspeo para que mi voz salga más firme. —Dijo: "¿Qué tienes tú que yo no tenga?"

Christian cierra sus ojos como si le doliera.

—Yo me encargo ¿entiendes? —sus ojos se abren y me mira, insistente, gritándome con la mirada que le deje hacer lo que me pide. —No puedo protegerte de la pelirroja, pero sí de ella. Puedo mantenerte a salvo de ella.


Uuuuy ya aparecieron nuevos problemas jijiji definitivamente en mis planes no está dejarlos tranquilos un momento.

Ahora, ¡Que lindo el discurso de Bella! Yo estaba que lloraba.

Nos leemos en el siguiente