Sobre la historia: Comencé a ver el anime de Dr. Stone hace unas pocas semanas en mis ratos libres. Mi mayor temor actualmente radica en que, en algún estúpido giro de acontecimientos, Byakuya resulte ser un villano o se transforme en algo que me rompa el corazón, a pesar de que me han asegurado de que no es nada parecido. Como sea, decidí que para combatir ese miedo, tenía que escribir de Byakuya siendo el amable padre que es, guiando a su muy inteligente pero tonto hijo, en conceptos tan poco lógicos como lo es el amor cuando de pronto a un adorable y aterrador mentalista se le ocurre aparecer. Aquí sólo hay pura cursilada.

Tendrán que disculparme e ignorar si existen algunos errores dentro de la cronología de la historia, porque sólo me he visto el anime y todavía no llego a la cuarta temporada. Así que, por favor, no se tomen este fic demasiado en serio. Sólo deseaba escribir algo dulce y añadir una canción que me gusta mucho hasta el final, que pensé quedaría demasiado bien aquí. Si pueden perdonar todo esto, espero disfruten este pequeño fic.

La historia está ubicada durante el invierno previo al enfrentamiento contra el Imperio de Tsukasa.


La historia noventa y nueve

(Sobre la cantante y el astronauta)

Por:

PukitChan

Constant as the stars above

always know that you are loved

and my love shining in you

will help you make your dreams come true.

El sonido de las hojas crujiendo bajo sus pies mientras recorría aquel solitario sendero a las afueras de la Aldea Ishigami, parecía ser lo único que interrumpía la tranquilidad de aquella despejada noche. El viento, cada vez más frío e intenso a medida que la oscuridad se volvía más densa, le anunciaba a Senku que pronto llegaría el invierno y con ello, el Mundo de Piedra se adentraría en una temporada de aparente paz y calma. Una tranquilidad tan superficial que sólo podía encontrar explicación en el duro clima y las feroces tormentas de nieve que parecían nunca detenerse. En el invierno, la vida se volvía más lenta y los avances de la ciencia parecían tardarse un poco más. Durante las fuertes nevadas, la comida se tenía que salar para hacerla durar más y no padecer hambre. En el invierno, el solitario mundo en el que habían despertado parecía volverse un sitio más oscuro.

Sin embargo, todavía tenían tiempo, unos cuantos días por delante antes de que el otoño terminara y la primera nevada del año se instalara por completo en la aldea. Avanzar a toda velocidad en un mundo que fue petrificado durante miles de años era indispensable, pero las estaciones, especialmente el invierno, estaban ahí para recordarle a Senku que a veces era necesario hacer una pausa para mirar alrededor y entender mejor las cosas. Para cerrar los ojos, respirar profundo y comprender que ya no estaba solo; que, si todo salía como lo habían planeado, ya nunca más volvería a estarlo.

Porque ahora tenía amigos a su lado.

—Ya es muy tarde y hace mucho frío para que estés aquí afuera, ¿no lo crees? —La pregunta, más bien curiosa y sin ninguna carga de enfado en ella, hizo que Senku detuviera de golpe su caminata. Aquella voz clara y juguetona, ahora tan conocida, le hizo centrar sus pensamientos y esbozar una sonrisa, listo para responder de forma mordaz. No obstante, Senku pronto descubrió que en realidad no tenía por qué hacerlo; de hecho, aquella pregunta ni siquiera le correspondía, lo cual le hizo pensar vagamente si no era un poco arrogante de su parte creer que cada palabra que Gen Asagiri dijera en voz alta estaba dirigida exclusivamente para él.

—Estoy mirando a la luna —respondió entonces una vocecita infantil fácil de identificar. Senku, que se había detenido sin darse cuenta, retomó su caminata, encontrándose a pocos metros de distancia con Suika y Gen, sentados el uno junto al otro, sobre un manto de hojas secas. Ambos estaban mirando hacia arriba y la fascinación en sus rostros era tanta, que acabó imitándolos también. En lo alto del cielo, una brillante luna llena anunciaba el fin del otoño y las estrellas parpadeaban tan claro que señalar las constelaciones sería relativamente fácil si tenías el suficiente conocimiento sobre ello. Senku, por supuesto, lo tenía, pero no era el momento para hacerlo saber, sobre todo cuando la conversación en la que se había inmiscuido por accidente seguía su curso—. Antes de que Senku hiciera estos lentes para mí —continuó entonces diciendo Suika, emocionada—, no podía ver bien el cielo. ¡Las estrellas no eran tan claras! Por eso, ahora que puedo, trato de verlo muy seguido. ¡Es hermoso! ¡Con la luna y ese camino de estrellas tan brillantes! ¿Verdad que lo es, Gen?

—Lo es —respondió el mentalista con suavidad, una que todo el mundo se permitía siempre para Suika—. A mí también me gusta mucho la luna, pero no olvides que en noches tan frías como ésta debes tener cuidado. No dejemos que te enfermes, ¿de acuerdo? Sobre todo cuando se aproxima el invierno.

Senku dio otro paso, llamando así la atención de Gen quien, al verlo, le dedicó una sonrisa ladeada para luego centrarse en Suika. En silencio, Senku observó la delicada manera en la que el mentalista se quitaba el abrigo púrpura claro para colocarlo sobre los hombros de la niña, acurrucándola con cuidado. Ella le sonrió y agradeció con dulzura antes de levantar la vista hacia el cielo una vez más, dejándose llevar por la vista. Al parecer, Asagiri no pretendía decirle a Suika que era hora de volver al interior de la aldea ni tampoco parecía interesado en invitar a Senku a formar parte de la escena. Lo que ocurría allí, aquella inocente conversación sobre la luna y las estrellas le pertenecía sólo a ellos dos.

O tres, en realidad, si Senku seguía mirándolos en silencio, escuchando cada una de sus palabras.

—No me había dado cuenta de que la luna me perseguía, Gen —comentó Suika de repente, poniéndose de pie para moverse de un lado a otro, en un intento de ejemplificar lo que quería decir—. ¡No importa para dónde vaya, sigue persiguiéndome! ¿Por qué hace eso?

Por un instante, el corazón de Senku pareció olvidar un latido. Viejos recuerdos que había guardado en alguna parte de su mente y que siempre volvían a él cuando miraba la luna, le hicieron pensar en la cálida noche en la que, siendo apenas un niño, había mirado al cielo y le había preguntado a su padre exactamente lo mismo. Un fuerte sentimiento de nostalgia recorrió su cuerpo desde su pecho mientras veía ahora cómo Gen ocultaba su sonrisa tras el dorso de su mano, luego de que Suika comenzara a dar unos cuantos brincos en un espectáculo que resultaba adorable porque su abrigo era demasiado grande para ella.

—Bueno, quizá Senku te daría una explicación muy diferente y precisa sobre ello, pero… —Gen estiró su mano y alcanzó la cabeza de la niña, acariciando con ternura su cabello rubio—, hay una explicación que a mí me gusta muchísimo más. ¿Qué me dices? ¿Quieres saber cuál es?

Ella, ilusionada, asintió la cabeza y esperó paciente mientras Gen sonreía y le guiñaba el ojo.

—Tal vez la luna se enamoró de ti, Suika-chan.

«Tal vez la luna se enamoró de ti, Senku».

Uno, dos, tres latidos. Senku contuvo la respiración unos segundos al escuchar aquellas palabras, dibujando en sus labios un débil intento de sonrisa. Sabía que esa explicación era cotidiana en su época, pero tras tantos años y a causa de todo lo que estaban viviendo, no esperaba escuchar algo así. En medio de una guerra, la ciencia y los desesperados intentos para mantenerse vivos buscando reconstruir la civilización, era fácil olvidar que también había espacio para los sueños y así mantener la inocencia de los niños. Era muy fácil mirar hacia otro lado.

Pero Gen nunca había sido de aquellos que apartaban la mirada de los detalles más pequeños. Si había alguien que lo sabía muy bien, ése era él.

—¡Ruri…! —gritó de pronto Suika, emocionada y dando unos saltitos, llamando así la atención de ambos hombres, quienes no esperaban escuchar aquel nombre tan repentinamente—. ¡Ruri también nos decía eso! ¡Antes, cuando todo era borroso, no entendía a qué se refería, pero ahora por fin lo sé! ¡Es una de las cien historias! ¡Una historia de amor!

Al escucharla, Senku resopló y soltó una risita. Sin embargo, en lugar de elevar su vista al cielo, como quizá debió haber hecho, se descubrió mirando a Gen, su expresión de sorpresa y cómo su cabello podía verse de un tono más gris cuando la luna brillaba de esa manera en el cielo.

—Viejo —dijo entonces Senku, regresando al interior de la aldea. Después de todo, él no tenía nada que hacer ahí, ¿verdad? Se había encontrado con ellos por casualidad—, ¿por qué desperdiciarías una historia hablando sobre amor?

Era seguro a diez mil millones por ciento que aquello debía ser una de las tonterías de su papá.

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Ruri era, desde luego, una chica encantadora. Delicada y femenina, se movía con la elegancia con la que unamikolo hubiera hecho miles de años atrás, en uno de los tantos santuarios esparcidos por Japón y que ahora ya no existían. Cuando ella estaba cerca, Gen no podía evitar imaginarla vestida de blanco y rojo, danzando para los dioses mientras dejaba tras de sí un dulce tintineo proveniente de los cascabeles con los que hubiera sido adornada. Si bien, no había algo japonés en su apariencia, sí podía notarse los rastros de ello en su educación. Gen lo sabía por la forma en la que caminaba, siempre pausada y digna, con sus manos entrelazadas al frente de su cuerpo, evitando así discreta y hábilmente el ser tocada por alguien. Era una sacerdotisa después de todo y la estoicidad era importante. Por ello, Ruri nunca alzaba la voz, ya que no era necesario. Representando el rango al que pertenecía, estaba acostumbrada a ser escuchada, incluso si susurrara, porque cuando ella salía de su habitación, todos los demás callaban y aguardaban por sus palabras.

Tal vez por eso, Gen no se sorprendió la fría tarde en la que, sentada a su lado, Ruri le preguntó directamente algo que no cualquiera se hubiera atrevido a decir. Algo que, si proviniera de otra persona, él hubiera evitado responder con una calculada facilidad y una frívola sonrisa que expresaba palabras carentes de sinceridad. Pero quien lo miraba a los ojos queriendo conocerlo era Ruri, y ella no era alguien que se dejaba engañar fácilmente, Gen lo sabía.

Era de las personas que comprendían en silencio y sonreía.

Ella siempre sonreía.

—Dime, Gen, ¿a ti te gusta Senku?

Estaban solos en la choza, por supuesto, y quizás en otros tiempos eso nunca hubiese sido posible. Pero desde que la salud de Ruri había mejorado, era ella misma la que se ofrecía para hacer ciertos trabajos y hacer baterías de manganeso fue uno de ellos. Sin embargo, Gen no había esperado que al mirarla con detenimiento mientras realizaba aquella tediosa acción, fueran justamente esas palabras las que salieran de sus labios.

—¿Di-disculpa? Creo que no te oí bien, Ruri-chan. ¡Tal vez fue por todo el ruido que están haciendo allá afuera! ¡Todos están trabajando muy duro! ¿Verdad?

Aquello sonó exactamente como lo que era: una mentira. Sin embargo, Ruri no se molestó por las descaradas palabras del mentalista, sino que, al contrario, pareció disfrutarlo. Y por unos instantes, el mundo se redujo a los suaves sonidos de ella trabajando mientras ordenaba meticulosamente cada una de las pequeñas baterías que estaba construyendo con sus manos. No tenía ninguna prisa. Con ella, parecía que la nieve podía extenderse para siempre.

—Suika me contó que dijiste las mismas palabras que yo —comenzó a decir con suavidad, al parecer demasiado concentrada en sus acciones para siquiera mirarlo—. Ella estaba muy feliz, muchísimo más que la primera vez que le conté esa historia. —Se detuvo un momento para analizar su trabajo y después aclarar—: Una de las cien vez la luna se enamoró de ti.

Gen miró su batería a medio hacer. Entendía el punto de la conversación, pero no la manera en la que Ruri había llegado a aquella conclusión sobre sus sentimientos ni cómo quería llegar a ellos a través de Suika. Él era hábil, mucho, una persona que durante años se entrenó para ocultar la verdad de quien era y lo que hacía ante cientos de miradas. Escondía sus emociones con la misma facilidad con la que respiraba y conocía todas y cada una de las señales que revelaban un enamoramiento. Los sonrojos, las sonrisas tímidas, las miradas que duraban más de cinco segundos. Sabía cómo identificarlo y, por lo mismo, también cómo ocultarlo.

Y aun así estaba allí, con un nudo en el estómago, sin saber qué decir o qué hacer para no caer ante las tranquilas palabras de una chica cuya apariencia contradecía en más de un sentido todo lo que guardaba.

—Era algo que se les decía a los niños en la era moderna —contó Gen, decidiendo que si no podía salir de allí corriendo, porque eso sólo haría todo mucho más obvio, bien podría entonces entender cómo Ruri se desenvolvía en verdad—. Probablemente no querían darles una explicación científica compleja sobre el movimiento lunar y era más simple y poético decir que la luna se había enamorado. —Él bajó la mirada y sonrió, jugueteando con la pila—. O tal vez, sólo querían que los niños fuesen niños. ¡Cómo sea! ¡Imagino que el papá de Senku quiso conservar algo así para la humanidad! ¡Eso es muy adorable de su parte! ¿No lo crees así? Ellos dos se parecen demasiado.

No era necesario ser un experto en la psique humana para comprender que, con sus palabras, Gen se había vuelto a tropezar una vez más. Lo había notado mucho antes de que terminara siquiera de hablar: otra vez estaba nombrando a Senku. Inclusive tratando de evitarlo, parecía que no podía dejar de llegar a él. Dejar de pensar en él.

Maldito seas, Senku-chan.

Pero Ruri ni siquiera señaló su evidente desliz. En cambio, empezó a alinear las pequeñas baterías de manganeso, una tras otra. No llevaban más de doscientas. Todavía faltaban demasiadas, lo que significaba que les quedaba mucho tiempo por delante, juntos.

—La historia número noventa y nueve—continuó diciendo Ruri, levantando por fin su rostro para encontrarse con los ojos de Gen—, habla sobre el amor. Es la única que cuenta eso, en realidad, así que es una de las historias que las sacerdotisas sólo contamos en días importantes. Antes de la unión de una pareja, por ejemplo. Nos ayudaba a explicarle a los niños lo que ocurría y por qué la aldea entera estaba tan emocionada y haciendo preparativos.

En la mirada de Ruri, Gen adivinó la nostalgia de una chica que se había enamorado, sabiendo que quizá nunca podría estar con esa persona. Ahora todo era diferente para ella y Chrome, claro, pero en el pasado, Ruri seguramente había pasado muchas noches pensando en el destino que se le había asignado al ser la sacerdotisa de la aldea.

—Debe ser una hermosa historia —musitó Gen, sintiéndose extrañamente conmovido por algo que aún no había escuchado.

—Pero ¿sabes? Esa historia nunca ha sido contada a los demás completamente. Durante miles de años, las Cien Historias se conservaron, transmitieron y guardaron hasta el momento en el que Senku Ishigami apareciera. Hasta que… —Ella se acercó a Gen y con la ternura que sólo podía provenir de alguien que sabía muy bien lo que significaba el amor, acunó su rostro con la palma de la mano y le sonrió—, hasta que llegara el momento en el que alguien también amara a Senku.

Gen contuvo la respiración unos segundos, deseando poder decir algo en su defensa, lo que fuera. Cualquier cosa que le ayudara a proteger esos sentimientos que había estado ocultando tan cuidadosamente. Pero, con Ruri mirándolo de esa manera, diciéndole sin palabras que podía confiar en ella, lo único que encontró fue un fuerte sonrojo que acumuló en sus mejillas con tanta intensidad que casi le hacía llorar.

—¿Cómo…? —preguntó en un suspiro, casi maldiciéndose a sí mismo. Ella se alejó, satisfecha con esa respuesta que aparentemente lo decía todo, y terminó jugueteando con la pila de manganeso una vez más. En serio, si Senku entrara en ese momento, los regañaría por no trabajar más rápido. O quizá no. Gen era consciente de que incluso con Ruri, Senku solía ser más suave en aquello que le encomendaba. Quizá porque era su exesposa después de todo.

Y al parecer la exesposa conocía a su exesposo mucho mejor de lo que las personas creían.

Rápidamente, Gen repasó en su mente cada una de las acciones que había hecho durante la última estación, intentando adivinar el momento en el que Ruri lo descubrió. Quizá fue durante el cumpleaños de Senku, cuando le entregaron el observatorio. Dado que toda la aldea lo había hecho y estaban felices por demostrar cariño al científico, Gen pensó que la suavidad de sus palabras pasaría desapercibida. Que lo tomarían como ese permiso que todos obtenían en fechas especiales para decir lo que sentían.

Sus palabras habían sido sinceras, por supuesto, pero apenas reflejaban lo que sentía. Decirlas en ese momento fue un verdadero alivio, porque aquello que sentía estaba desbordándosele del pecho.

—Me di cuenta de lo que sentías cuando te vi contando números.

Gen parpadeó, giró la cabeza y la miró. No era la respuesta que estaba esperando. Y quizá ya era momento de empezar a acostumbrarse a ello.

—¿Qué?

—Contando números —repitió Ruri con una risita suave y divertida—. No parecía como si hacer eso fuera tu actividad favorita, pero aun así, te vi una y otra vez haciendo cuentas para descubrir cuándo era el cumpleaños de Senku. Sentado en el suelo, mientras trazabas números y contabas una y otra vez. Nunca te había visto tan concentrado. Y a pesar de que te equivocaste muchas veces, hiciste todo lo posible para conocer su fecha de nacimiento. —Pausó un momento antes de añadir—: Kohaku te lo dijo, ¿no? Aquí no importa tanto eso, pero, Gen, tú… tú querías conocer su cumpleaños, ¿verdad? Querías saber el día en el que Senku llegó a la vida. Agradecerle por nacer.

Él se sonrojó. Durante semanas ignoró cómo debió parecer ante los aldeanos su insistencia por conocer la fecha de nacimiento de Senku. Recordó todas las veces en las que se mordió el labio, arrojó tierra sobre sus cuentas y volvió a hacer operaciones hasta conocer el día exacto. Al principio, se dijo a sí mismo que era por agradecimiento, que aquello que burbujeaba en su estómago y exigía ser visto era porque Senku le estaba dando esperanza. Pero cuando por fin descubrió que el cuatro de enero era su cumpleaños, tuvo que admitir, al menos para sí mismo, que por improbable que fuera, sin importar lo inadecuado que era, se había enamorado.

Gen estaba enamorado de Senku.

Comenzó a reír de lo estúpidamente obvio que había sido. ¡Vaya mentalista que era!

—Ruri-chan —dijo Gen, limpiando el pequeño rastro de lágrimas que habían caído sin su permiso y que intentaba ocultar con su sonrisa—, ¿por qué me dices todo esto?

—Ya te lo dije, ¿no? La historia número noventa y nueve.

—¿Eh?

—Durante años, las sacerdotisas hemos contado incompleta la historia noventa y nueve. Porque sólo la persona que ame a Senku Ishigami puede escuchar la versión completa. Byakuya así lo quiso. —Hubo un suave silencio antes de que Ruri lo mirara fijamente al decir—: Dime, Gen, ¿te puedo confiar completa la historia número noventa y nueve?

Un prolongado silencio. Luego, Gen asintió lentamente.

—Cuéntame.

La historia noventa y nueve.

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I'll cradle you in my arms tonight

as sun embraces the moonlight.

The clouds will carry us off tonight

our dreams will run deep like the sea.

Senku Ishigami estaba acostumbrado a estar solo. O, cuánto menos, eso era lo que alguna vez pensó y hasta había creído que era cierto. Sabía valerse por sí mismo desde que era pequeño y no le molestaba dormir sin compañía. Sus experimentos, su constante búsqueda del conocimiento lo llevaron innumerables veces a estar solo, sumergido entre las páginas de algún libro de la biblioteca en lugar de estar en el patio, jugando con los otros niños. Mientras que sus compañeros, llegados a cierta edad, comenzaban a fijarse en las personas que les atraían, él continuaba averiguando qué pasaría si por casualidad algo llegara a cambiar el destino de la humanidad.

Por supuesto, eso no significaba que no le interesaran en absoluto las personas. Taiju y Yuzuriha eran sus mejores amigos y además estaba Byakuya, su padre. Ellos eran importantes para él y Senku sabía que sin su presencia todo hubiese sido más difícil, incluso cuando el mundo estaba repleto de posibilidades y tecnología. Pero al final de todo eso, no era extraño para él sentarse en una mesa y comer solo mientras revisaba las últimas novedades científicas en su teléfono, deslizándose a través de los innumerables artículos científicos que inundaban el internet cada día.

Era emocionante e inclusive casi frustrante porque quería saberlo todo, entenderlo con tanta profundidad que no importaba lo demás. Nunca se había dado cuenta de que no le preocupaba la distancia o la ausencia de alguien porque en el momento en el que lo necesitara, podía tomar un vuelo a Estados Unidos y ser recibido por los empalagosos abrazos de su padre. Sabía que, sin importar la hora o el momento, Taiju y Yuzuriha se harían un espacio en su vida para estar con él, acompañarlo y ayudarlo en todo lo que fuese necesario.

La ciencia le había dado todo para tener cerca a los que más quería, incluso si estaban en el espacio.

Qué extraordinario, ¿no lo crees? Aun si te encuentras en las estrellas, soy capaz de alcanzarte.

Al final, ni siquiera alguien como él pensó que una petrificación le arrancaría aquella seguridad que, por momentos, llegó a pensar sería para siempre. Y cuando despertó después de milenos contado el paso del tiempo y se descubrió a sí mismo mirando el cielo despejado, sin más ruido que el de los animales y el murmullo de los árboles, entendió por primera vez lo que en verdad significaba la soledad y por qué tantos avances científicos nacieron buscando desesperadamente el más mínimo contacto. Anhelando, sin importar de qué forma, el poder vivir entre las personas.

Y pensando en ello, el Fluido Milagroso había sido una prioridad para ser creado; para ser capaz de poder encontrarse con alguien, inclusive viviendo en un silente mundo petrificado.

Sin embargo, ni siquiera ese ferviente deseo evitó que las despedidas volvieran a ocurrir, una tras otra. Al principio fueron sus amigos. Taiju y Yuzuriha tuvieron que alejarse de su lado, sabiendo que aunque no pudieran comunicarse ni verse durante mucho tiempo, algún día volverían a encontrarse. Ya lo habían hecho antes en un mundo donde ni siquiera parecía posible, ¿cierto? Entonces, definitivamente volvería a suceder mientras no fueran estatuas destruidas.

«Y aun así»,se había dicho Senku a sí mismo, «encontraría la manera de que ustedes regresaran».

Quién habría imaginado que sería gracias a Gen Asagiri, por quien lograrían cumplir aquella vieja promesa.

«¡Senku-chan! ¡Llevar un celular en medio del invierno de un territorio a otro será un gran trabajo! ¡Así que espero varias botellas de refresco sólo para mí cuando estemos de regreso!»

—Como si tuvieras que pedirlo, idiota —musitó mientras alineaba la tercera botella de cristal que había fabricado esa noche. El diseño era más bien tosco en comparación con otras cosas que ya había creado, pero se negaba a mejorarlo sabiendo cuán irracional resultaba no dar un paso más hacia el progreso. Sin embargo, en aquella fría noche de insomnio a finales del invierno, Senku había descubierto dos cosas y, desafortunadamente para su mente racional, ambas estaban relacionadas con el mago.

La primera, que se había acostumbrado a la constante compañía de Gen muchísimo más de lo que había pensado. La segunda, y quizá la más incómoda desde su punto de vista, tenía que ver con la razón de su insomnio: esa primera noche, luego de que Gen, Chrome y Magma hubieran partido hacia el territorio de Tsukasa tras la captura de Homura, Senku descubrió cuán difícil le resultaba conciliar el sueño sin la presencia del mentalista a su lado.

«Es absurdo»,se había dicho mientras buscaba una posición más cómoda para dormir, sin lograr nada en absoluto. «No tengo tiempo para esto», se repetía una y otra vez cuando, varias horas después, finalmente se rindió y decidió hacer algo productivo con su insomnio, terminando en el laboratorio haciendo cuidadosamente las botellas de cristal que después ocuparía para el momento en el que Gen regresara. «Es imposible que no pueda dormir porque él no está a mi lado»,musitó mientras caminaba hacia el observatorio con las botellas entre sus manos, sin saber exactamente la razón. Pero lo cierto era que mirar un cielo despejado desde el sitio que todos le habían dado como regalo de cumpleaños, hacía que el mundo se sintiera menos inmenso y él más acompañado.

Y así es como había terminado divagando en aquel observatorio, tratando de poner en orden todos sus sentimientos. No porque los odiara o le tomaran por sorpresa, sino porque sabía que no tenía tiempo para ello. No mientras hubiera una civilización por reconstruir; no mientras Tsukasa estuviera allá afuera, impidiendo que la primera promesa que había hecho con sus amigos, la de reencontrarse, fuera concedida.

Sin embargo…

Sin embargo, no era tan idiota para creer que podía controlar algo así. Podía hacer todo lo posible para ignorarlos, dejarlos de lado y concentrarse en su objetivo, pero sabía que mientras más pasara el tiempo y eso que surgía en su interior creciera, volverían a ocurrir noches como éstas, donde sus sentimientos exigieran ser vistos y peor aún, dichos en voz alta con la esperanza de ser correspondidos.

Senku suspiró pesadamente, notando el suave vapor brotar de sus labios. En serio, qué inoportuno era eso de sentir algo por alguien. Se preguntó si por eso Taiju había esperado tanto para confesarle sus sentimientos a Yuzuriha; mejor dicho, si continuaba esperando tanto a pesar de que cada día aumentaran más y más. Después de todo, no se necesitaba ser un genio para saber que Taiju seguramente aún no había dicho nada sobre cuánto quería a Yuzuriha a pesar de que era obvio, tanto para ella como para cualquiera que los mirara durante más de dos segundos, que el amor estaba desbordándoseles del pecho.

Senku se rio por sus propios pensamientos mientras se acercaba al telescopio, tocando el instrumento con una delicadeza que, sabía, era inusual en él pero no podía evitar porque Gen, quien con toda su inexperiencia y basándose únicamente en lo que recordaba, había reunido a toda la aldea Ishigami para crear ese lugar sólo para él. Un observatorio que no tenía nada que ver con la guerra ni con los conflictos entre la ciencia y la ideología de Tsukasa. Un sitio que no requería de prisa por ser construido, pero que aun así habían hecho porque Gen quería que Senku mirara al cielo y recordara que allí estaba esperando aquel lugar que desde niño deseaba alcanzar: el espacio.

Levantó su brazo y miró hacia el cielo. Allá arriba las estrellas brillaban tanto que por un ilógico instante, llegó a pensar que si estiraba lo suficiente su mano, sería capaz de atrapar una entre sus dedos. Y si avanzaba un poco más, siguiendo aquel viejo camino que lo conducía afuera de la aldea, sería capaz de alcanzar a la luna en lugar de que ella estuviera persiguiéndolo todo el tiempo.

«Tal vez la luna se enamoró de ti, Suika-chan».

La voz de Gen que resonaba en su mente se escuchaba fuerte y clara. La noche en la que encontró al mentalista hablando con Suika, había sido tan casual que era casi absurda la fuerte impresión que dejó en él. Recordaba a la perfección la amable manera de Gen con la niña, sabiendo que para ella su sonrisa siempre era sincera. Su preocupación y la delicada forma en la que se quitó su abrigo, buscando protegerla del frío, sin percatarse de que así Senku era capaz de mirar la forma de su cuerpo. Ni siquiera era la primera vez que lo veía sin menos ropa, pero aun así, no pudo evitar repasar con la mirada aquella delgada anatomía.

Ahí estaba Gen, bajo la luz de la luna.

Ahí estaba, a su alcance.

Ahí estaba, con ese cabello de dos colores que le recordaba a Senku la noche que tanto anhelaba porque podía ver muchísimo mejor el espacio.

Ahí estaba, Gen Asagiri, con los mechones negros cayendo sobre su rostro, y de pronto combinándolos con cabellos blancos jugueteando sobre él, pareciéndose a la luna cuando aparecía con su brillo en medio de la noche más oscura.

Y ahí estaba él, siendo un completo idiota, comparando al mentalista con lo que más amaba.

—Maldita sea, viejo —dijo Senku en voz alta, riéndose sin poder evitarlo, acudiendo a la persona que ya jamás podría escucharlo—, ¿qué se supone que debo hacer ahora?

Ahí estaba él, Senku Ishigami, aceptando la inmensidad de sus sentimientos por Gen Asagiri.

«Tal vez la luna se enamoró de ti, Senku».

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Una cosa era cierta; al menos en ese momento, Senku no tenía tiempo para ser un joven de corazón puro. O quizás de eso quería convencerse mientras miraba el teléfono que había creado, aguardando a que éste sonara, completamente seguro de que Gen, Chrome y Magma habían cumplido su objetivo. Y era tan grande su certeza que mucho antes de responder a la llamada que sonaba insistente desde el territorio enemigo, Senku ya sabía que quienes estaban al otro lado de la línea eran Taiju y Yuzuriha.

Y cuando lo confirmó, escuchando el llanto de sus amigos mientras decían su nombre, Senku no sólo tuvo un momento para amar la ciencia una vez más, sino que su caprichoso corazón volvió a saltarse un latido cuando le susurró al oído que Gen, al guiar al grupo, también le había devuelto a sus amigos. Escuchar sus voces y saber que estaban vivos aligeró el peso que oprimía su pecho desde que los mandó a infiltrarse en el Imperio de Tsukasa.

«Gracias»,quería decirle a Gen, aunque todavía no estuviera de regreso, «gracias por escoger quedarte a mi lado y así lograr llegar hasta ellos».

Sin embargo, el alivio que sintió por sus más antiguos amigos no duró lo suficiente porque, en esa llamada, Taiju le informó que Gen no había dejado alguna otra cosa además del teléfono; ninguna señal o aviso que los ayudara a empujar ese plan hacia adelante. Al saber eso, todos a su alrededor en la aldea comenzaron a murmurar y hacer suposiciones sobre lo que había ocurrido con ellos tres, incluyendo escenarios donde habían acabado en manos de Tsukasa.

Senku tuvo que obligarse a pensar con lógica, sabiendo que debía mantener la calma. Si él perdía la tranquilidad, toda la aldea lo haría y, francamente, no estaba preparado para lidiar con ello cuando ni siquiera acababa de decidir qué haría con el caos de sentimientos que traía en su mente.

«No se preocupen», dijo entonces con una sonrisa llena de seguridad, «están con el mentalista». Y aunque nadie lo notara, Senku se aferró a sus propias palabras, decidiendo que debía seguir con el plan y tan sólo confiar en que Gen volvería a cumplir con su parte, siendo el mago que era.

Pero Senku había olvidado que Gen no era el único capaz de entender lo que él se empeñaba en esconder al mundo.

—¿Estás triste, Senku?

Aquella voz, dulce e inocente, fue suficiente para hacerlo sonreír. En medio de su segunda noche de insomnio desde la partida de Gen, Suika fue la primera en descubrir que, en lugar de descansar, Senku caminaba por la aldea de un lado a otro, con una botella de cristal bajo su brazo, como si dentro de ella pudiera guardar todas las variables de cada uno de sus planes.

Como si dentro de ella pudiera esconder todo lo que sentía en la ausencia del mentalista.

—¿A qué te refieres, Suika? —preguntó Senku con una risita al mismo tiempo que detenía sus pasos para pararse frente a ella. No se había dado cuenta de que inconscientemente estaba caminando rumbo al observatorio y, tal vez por ello, había sido descubierto—. Tenemos todo listo para cualquier situación que pueda presentarse. No es algo por lo que debas preocuparte.

Suika infló una de sus mejillas en un gesto de reproche que resultaba tan infantil como adorable. Gen definitivamente lo hubiera adorado.

—¡No me refiero a eso! —exclamó la niña levantando sus brazos con ambos puños cerrados, como si de esa manera tuviera el valor para expresarse muchísimo mejor—. ¡En verdad pareces triste, Senku! ¡Y… si yo puedo hacer algo, ser de utilidad, en verdad me gustaría ayudarte!

Tenía que admitir, al menos para sí mismo, que tal vez sí existía dentro de él un joven de corazón puro si una niña era capaz de ver lo que lo atormentaba con tanta facilidad. Sin embargo, no podía explicarle algo que ni siquiera él había comprendido y, Suika en su inocencia, sólo buscaba entender lo que pasaba, sin imaginar si quiera todo lo que implicaba tratar de descifrar a alguien como él.

—Gracias por preocuparte, Suika —dijo con calma, colocando una mano sobre su cabeza rubia—. En verdad todo está bien. Es sólo que a veces me da por pensar demasiado.

—¿Quizá una historia antes de dormir te ayude a descansar esta noche?

Tanto Suika como Senku giraron el rostro al mismo tiempo al escuchar la delicada voz que se dirigía a ellos. La niña sonrió entusiasmada y él se limitó a arquear una ceja con gracia cuando descubrieron a Ruri caminar hacia ellos. La sacerdotisa estaba envuelta en un grueso abrigo de piel y sus mejillas estaban sonrojadas por el frío de la noche. En otros tiempos, enferma como estaba, jamás se hubiera aventurado a salir de esa manera a tan bajas temperaturas; no obstante, gracias a la ciencia, ahora caminaba en medio de la nieve con gran naturalidad y parecía disfrutarlo enormemente.

O tal vez, dedujo Senku, Ruri adoraba entrar a la vida de las personas en el momento más inoportuno e incómodo posible.

—¡Ruri! —gritó la niña, acercándose a ella antes de que Senku tuviera tiempo de responder—. ¡Sí! ¿Puedo oírla también? ¡Amo las historias que cuentas! ¡No importa cuál sea, Senku, todas las historias de Ruri son geniales!

Senku miró los ojos de Ruri. Su expresión calma y su diminuta sonrisa, acompañada de una pose digna, delataba a alguien que estaba acostumbrada a tener la razón. Ella había sido criada para ser la esposa del líder de la aldea, después de todo. Y a través de las Cien Historias, dejadas por Byakuya y transmitidas de generación en generación, Senku había entendido que Ruri estaba ahí para ayudarle a poner orden a las dudas que a veces tenía.

«Tus amigos son tu regalo»,y con esas palabras en su mente, Ruri le había recordado que, aunque su padre ya no estuviera a su lado, tal vez pudiera encontrarlo.

—¿Alguna historia específica que quieras contarme?

Ruri sonrió ampliamente. Al parecer, Senku había dicho las palabras perfectas.

—La hay.

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Había una vez seis astronautas que quedaron varados para siempre en una isla desierta. Se decía que eran los únicos seres humanos que quedaban en el mundo. Y también, que lamentaban profundamente saber que todo lo que conocían y habían dado por sentado, algún día desaparecería, sin siquiera estar ahí para intentar detenerlo.

Ciencia. Conocimientos. Artes.

Amor.

—Aunque estoy feliz por su existencia, no puedo evitar pensar que es bastante triste, ¿no lo crees?

Lilian Weinberg fue la primera que había hablado, interrumpiendo el sonido de las olas al romperse en la arena. Se decía que ella cantaba cada noche desde que habían llegado a la tierra y, también, era la más sensible y torpe de todos. Había nacido con una voz privilegiada y una ternura que pasaba fronteras. Decían que su voz la había llevado hasta el espacio y ahí es donde se había encontrado con las personas que más querría.

Con la persona que más amaría.

—¿Triste? ¿Por qué crees que el nacimiento del hijo de nuestros amigos es triste, Lilian? ¡Es un día para celebrar!

Byakuya Ishigami la había mirado, contestando a su pregunta. Él siempre había sido juguetón y parecía tener siempre una sonrisa en sus labios. Desde el momento en el que se encontraron, habían confiado el uno en el otro y por ello no era extraño para los demás que compartieran sus pensamientos cuando se sentaban en la orilla de la playa, buscando por sobre todas las cosas no sentirse desamparados.

Ella miró sus manos, jugueteando con la arena.

—Porque pienso en todo aquello que no conocerá. Byakuya, tú mismo lo dijiste, ¿recuerdas? Lograste llegar al espacio gracias a todas las personas que estuvieron antes de ti y yo… —suspiró y sus ojos se humedecieron, intentando que su sonrisa no se desvaneciera—, y yo nunca me rendí por todos esos cantantes que existieron y llenaron al mundo con fe. Y ahora ese bebé jamás los conocerá.

Byakuya y Lilian no se parecían mucho. Habían nacido en países distintos y su vida fue completamente diferente. Él era un hombre de ciencias y ella una chica de artes. Él tuvo una familia y ella creció sin una. Ninguno de los dos tuvo tiempo hasta ese momento en su vida para enamorarse, porque habían estado tan ocupados cumpliendo sus metas y sueños que ni siquiera se les había ocurrido planteárselo, a pesar de que ambos eran unos románticos empedernidos. Un cliché tan conocido y repetitivo que nadie esperaba que ocurriera.

Hasta que fue cierto.

Hasta que dos mundos diferentes colapsaron y en alguna parte del universo una estrella explotó.

—Tal vez no habrá pasado, pero existirá el futuro —dijo Byakuya y aquello que repetía una y otra vez, se volvió la promesa a la que Lilian se aferró y por la que sobrevivió. Una promesa de que el mundo no se detendría en esa pequeña isla y que las próximas generaciones conocerían algo más. A alguien más. Alguien a quien podrían encontrar inclusive si estaba en un lugar tan lejano como lo era el espacio. Tal y como había ocurrido con ellos.

—Porque Senku lo logrará, ¿verdad? —musitó, limpiando sus lágrimas.

—Porque Senku lo logrará.

Qué curioso es eso de la fe, ¿no? Crees con todas tus fuerzas en alguien que nunca conocerás por el simple hecho de que si Byakuya le ama y cree en él, ella también lo hará.

Sin embargo, aunque para el resto de los astronautas era fácil entender lo que ocurría entre ellos (sus momentos a solas, los roces casuales y las miradas tiernas), para Lilian y Byakuya fue muy diferente. ¿Eso que sentían era resultado del tiempo que habían estado juntos? ¿Y si sólo ella lo sentía? ¿Y si era él quien simplemente estaba imaginándolo todo? Después de todo, ella alguna vez había sidoDivan Liliany él uno de los astronautas de la NASA.

Es casualidad,se repetían,todo esto es una casualidad.

Porque Daria y Yakov se habían encontrado y elegido desde antes, y Shamil y Connie se conocieron a través del trabajo de aquello que más amaban. Pero ¿ellos? ¿Qué tenían Lilian y Byakuya de parecido? ¿Por qué el uno escogería al otro?

«Sé que no te gustan las historias de amor, pero ¿puedes creerlo, Senku? Aun siendo las únicas personas en este mundo petrificado eres capaz de sentir que no eres suficiente para alguien».

Había una vez una hermosa mujer que todas las tardes cantaba frente al mar.

Había una vez un astronauta que se sentaba a su lado para escucharla sin jamás cansarse de ello.

Él pedía una canción y ella lo complacía.

Hasta que una vez él le cantó, horriblemente además, una canción de amor.

Y ella se sonrojó.

—¿A qué te refieres con ello? —preguntó Lilian, mirando como Byakuya escribía una de las historias que esperaba transmitir a sus descendientes—. ¿Crees que Senku no se dará cuenta cuando esté enamorado?

Byakuya se carcajeó entonces, mirando hacia el cielo nocturno.

—Lo sabrá, pero quizá tenga otras prioridades. Conozco a mi hijo muy bien y sé que por eso va a necesitar a este viejo cuando trate de poner orden a algo que no lo tiene. A algo que simplemente pasa, aunque no sea de la forma en la que quieres o esperas. Por eso, quiero escribirle una historia de amor.

—¿Qué tal la nuestra? —sugirió ella, con ternura—. Podrías hablar sobre cómo nos perseguimos, aunque ninguno de los dos estuviera escapando.

—Como la luna, Lilian.

—¿Uh?

—Como la luna que siempre persigue a Senku y Senku que nunca dejará de perseguir a la luna.

—¿Y cómo recordarán eso en el futuro?

Byakuya respiró profundamente, buscando entre sus recuerdos hasta que sonrió.

—Tal vez la luna se enamoró de ti, Senku.

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El calor que desprendía la chimenea era bastante agradable para una noche como esa. Ruri, con la dulzura que siempre había poseído, acariciaba el cabello de Suika, quien hacía mucho tiempo se había quedado dormida, con la cabeza recargada en sus piernas. Ella sonrió permitiéndose una pausa en la historia que estaba contando y levantó su rostro, buscando al joven hombre que continuaba escuchando cada una de sus palabras.

Sin embargo, él no la miraba. Toda su atención estaba puesta en las estrellas que veía desde la entrada del lugar donde estaban refugiados mientras sonreía.

—¿Eso es todo? —musitó al voltear a verla—. Porque parece que hay más. Aunque por fin entiendo por qué Suika decía con tanto entusiasmo esa expresión.

—Hay más pero… ¿no te sorprende esta historia?

—Me sorprende que alguien como Lilian se haya fijado en mi viejo —dijo, riéndose por lo bajo—. De verdad, qué irracional es el amor.

—Yo también estoy preocupada, Senku —dijo de pronto Ruri y con ello, la expresión de Senku cambió. Se volvió sólo un poco más suave y menos fría mientras la comprensión caía sobre él—. Chrome… no sabemos cómo está, así que estas noches tampoco he podido dormir. No me imagino cómo será para ti, ahora que Gen no está aquí.

Debía sorprenderse, ¿cierto? Se suponía que al escuchar el nombre de Gen en los labios de Ruri, Senku debía tratar de negarlo o simplemente fingir que no entendía a qué se refiriendo. Pero en ese momento, tan sólo se sintió comprendido.

—¿Cómo termina la historia?

Ruri lo miró directo a los ojos.

—Con una canción.

—¿Qué?

—¿Sabes? Esta historia no suele contarse completa. Esta parte, la que ahora voy a decirte, sólo se cuenta entre sacerdotisas. Al principio no entendía el por qué de esta regla. Pero —Ella bajó la mirada hacia la niña que dormía y colocó un mechón detrás de su oreja—, después de escuchar a Lilian cantar con la ayuda de la ciencia que tú trajiste aquí, pude entender por que la canción que compone esta historia, sólo la puede cantar una persona.

Senku la miró extrañado.

—¿A qué te refieres?

—Se dice que Byakuya le pidió a Lilian que compusiera una canción para el final de esta historia. Y se estableció que sólo la persona que te amara, pudiera cantarla. Las sacerdotisas la sabemos, pero no la entonamos. Así como las Cien Historias cuentan que Byakuya cantó sólo para Lilian, el deseo de tu padre fue que esta canción le perteneciera sólo a quien más te amara y así pudieras finalmente escucharla.

Una historia de amor para Senku. Porque la cantante y el astronauta se encontraron en las estrellas, el lugar que Byakuya más amaba, y se enamoraron entre el sonido de las olas, como las melodías por las que Lilian había dado su vida.

—Así que, aunque me digas la canción, no vas a cantarla.

—No —dijo Ruri con calma, sintiendo cómo la ternura desbordó sus palabras al decir—: Pero si quieres escucharla, Gen sabe la letra.

Un largo silencio. Luego, un suave murmullo rompió la calma.

—No puedo dormir sin el mentalista.

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Había ocurrido una guerra sin muertes. Tsukasa había sido derrotado y herido. Problemas se habían desatado y los contratiempos acabaron formando nuevos planes que los impulsarían al futuro, una y otra y otra vez. Era normal no tener tiempo, ¿cierto? No había espacio para ello.

Y sin embargo…

—¡Vaya, Senku-chan! ¡No pensé que prepararías tanto refresco en mi ausencia!

Sin embargo, compartiendo el mismo suelo en el observatorio, Senku miró a Gen resplandecer bajo la luna y las estrellas. Lo vio sonriendo y de pronto tuvo consciencia de cuánto había echado de menos un momento a su lado, porque aunque la vida iba de prisa por tener una civilización reconstruida, todo lo que él quería no era dejar a un lado sus sentimientos, sino más bien, continuar por ellos.

—¿Senku-chan?

Sin prisa, caminó hacia Gen hasta recostarse en el suelo y acomodar su cabeza en las piernas del mentalista, quien al darse cuenta de lo que estaba ocurriendo se sonrojó hasta las orejas y comenzó a tartamudear torpemente, buscando una explicación a lo que sucedía sin que él lo comprendiera.

Pero no hacía falta ninguna explicación para lo que ambos sentían.

—Quiero escuchar una canción —Senku se acomodó mejor en las piernas de Gen. Bocarriba como estaba, era capaz no sólo de apreciar el desconcertado rostro del mago, sino también la luna y las estrellas. Era tan hermoso que Senku no resistió el impulso de levantar la mano y tocar su mejilla, sintiéndola suave y tibia. Temblaba con ligereza y el sonrojo de sus mejillas era tan ridículamente adorable. Vaya, así que su viejo había acertado. Senku sí se había enamorado—. Cántame una canción, mentalista.

—¿Te refieres a la canción de Lilian? Si es así tenemos que bajar de aquí y…

—Gen—interrumpió Senku, mirándolo con seriedad. No lo dejaría escapar—, Gen, quiero que tú cantes mi canción.

El mago lo miró sorprendido unos segundos antes de simplemente aceptar lo que pasaba, sonreír, cerrar los ojos y apoyarse más en la mano de Senku que acariciaba su mejilla mientras él mismo hundía sus dedos en el cabello del científico.

Y entonces Gen cantó.

Constant as the stars above

Always know that you are loved

And my love shining in you

Will help you make your dreams come true

Will help your dreams come true

The lamb lies down and rests it's head

On it's mother's downy bed

Dolphin plays in the moonlight's glow

And butterfly dreams of a violet rose

Dreams of a violet rose

I'll cradle you in my arms tonight

As sun embraces the moonlight

The clouds will carry us off tonight

Our dreams will run deep like the sea

Our dreams will run deep like the sea

Constant as the stars above

Always know that you are loved

And my love shining in you

Will help you make your dreams come true

Will help your dreams come true