Capítulo 250. Recuperando fuerzas
La hermana de Tetis se sentía exultante. Sí, aún tenía el mismo miedo, las mismas dudas. No se había vuelto más fuerte, ni las circunstancias se habían vuelto menos adversas. La diferencia estribaba en que volvía a recordar quién era, y más importante, qué era. A partir de ahí, ni el miedo, ni la incertidumbre, importaban. Como diosa no podía permitirse ceder a las maquinaciones de los hijos de Ares.
Tampoco podía dejar que todos siguieran así de tristes, errando de un lado a otro sin saber bien qué hacer. Los más disciplinados eran los caballeros negros, pues se limitaban a seguir órdenes. El resto, cosa mala, pensaba, dándole vueltas a la situación hasta que caían en la cuenta de que por mucho que encontraran soluciones estaban lejos del campo de batalla y quizá nunca podrían regresar a tiempo. Hasta Makoto, tan simple como era, evitaba acercarse a Emil, un compañero, por alguna duda sin importancia de esas que atormentaban a los mortales. Por la mente de Aqua pasó la idea de echarle una mano, como él se la echó a ella, sin embargo, en medio apareció Shaula de Escorpio, otra persona muy joven y aún más optimista que andaba cabizbaja, con los dos amigos de siempre y un pequeño grupo de caballeros negros haciendo de cortejo fúnebre.
Las dos hablaron un buen rato en el que la intención de Aqua fue siempre animarla, a pesar de lo cual Shaula solo prestó atención a un par de detalles: la mala costumbre del enemigo de copiarle diálogos al dios del miedo y la estrategia que aun para ese momento discutían con fervor el Sumo Sacerdote y el caballero Orestes.
—Las memorias son importantes para los Astra Planeta. Muy importantes —aseguró Shaula, rememorando sin duda alguna vieja experiencia—. ¡Muchas gracias, Aqua!
—¡De nada…! —trató de decir la hermana de Tetis, antes de verse abrazada por la ninfa. Como parte del Pueblo del Mar, fue una experiencia de lo más curiosa.
Se separaron pronto, Shaula murmurando para sí que lucharía a pesar de todo y Aqua con la sensación de haber hecho una buena acción. Fue agradable ver a la santa de Escorpio, seguida de su séquito, marchar hacia donde estaban Ofión y los demás para hablarles a viva voz de las memorias de Júpiter y otras muchas cosas. Fue divertido ver las caras del Sumo Sacerdote y el caballero Orestes, unos sabiondos de campeonato, quedar sorprendidos por cuanto oían de la recién llegada. Y, al fin, fue raro, en el buen sentido, ver que el santo de Reloj le guiñaba el ojo, felicitándola por su actuar.
Aquello era el impulso que necesitaba para hacer lo que pensaba hacer. Con rápida elegancia, pasando entre el santo de Lagarto y la sombra de Reloj, a quien el primero reprendía por inexacto, Aqua llegó hasta el callado Makoto, sorprendiéndolo.
Al menos, había querido sorprenderlo.
—¿Querías algo? —preguntó Makoto, quien sin duda la había visto venir.
—Oraciones —dijo Aqua, acercándose más a él.
Lejos, el desorejado Almaaz y algunas sombras rieron. Lesath habló de siembra y cosecha por alguna razón, mientras que Marin y Zaon discutían en voz baja, apartados.
—No es un buen momento para esto —comentó Makoto, rascándose la cabeza. Miraba a Margaret, el santo de Lagarto. De reojo, la santa de Cefeo hizo lo mismo, notando que estaba contrariado a pesar de que apenas lo empujó—. Estamos mal.
—Si rezas te sentirás mejor —asintió Aqua—. Ya que soy tu diosa.
—Dioses… —suspiró Makoto—. Dije que eras una diosa, no mi diosa. Ya sabes que los santos de Atenea solo luchamos por la diosa de la guerra y la sabiduría.
Esa era una discusión vieja que había tenido un par de veces, sabía cómo responder.
—Los griegos son politeístas.
—Yo no soy griego, soy japonés.
—Eso es peor, los japoneses sois unos libertinos.
—Sí, bueno, nunca fui muy religioso, así que no aplica conmigo. No soy polígamo.
—Politeísta —corrigió Aqua antes de que el chico se diera cuenta del error.
—Sí, eso —asintió Makoto—. ¡Momento, tampoco soy…!
El mundo seguía avanzando mientras Aqua picaba a Makoto. A Bianca, sola y apartada de todos, acudió como caballero de brillante armadura la sombra de la Cruz del Sur Negra. Shaula, cansada del estancamiento en que quedaba la discusión sobre las memorias y la estrategia a seguir, se apartó de todos, hasta de sus amigos. Margaret golpeó a Tokisada de Reloj Negro en la cara, mandándolo al suelo.
—¿Crees que podemos permitirnos creer que ese guerrero celestial sigue con vida? —exclamaba el santo de Lagarto—. Tómatelo en serio, maldita sea, no seas como esa… como esa… —según hablaba, fue dando la vuelta hacia donde estaba Aqua.
La santa de Cefeo se apareció entre él, derribándolo de un golpecito en la nariz.
—Despreocúpate —dijo Aqua, golpeándose la grisácea pechera—. Nadie es como yo.
—¿Te burlas de mí, de nosotros? —cuestionó Margaret, sin levantarse—. Puede que nos falte fuerza, pero al menos tratamos de hacer algo, de arreglar las cosas.
Meneando la cabeza, Aqua corrigió aquel error:
—Nadie está haciendo nada. ¡Ni siquiera ellos de ahí! —exclamó la hermana de Tetis, señalando al Sumo Sacerdote y el caballero Orestes—. Lo que hacéis es perder el tiempo preguntándoos por qué pasaron las cosas como pasaron y cómo podrían pasar las cosas en el futuro, en lugar de vivir el presente. Es por eso digo que nadie es como yo, yo sí tengo meses, siglos y milenios que desperdiciar haciendo lo que me apetezca. Vosotros no. Tú no, Makoto —concluyó, dando la vuelta y señalándole—. Si vas a hacer algo, hazlo. Si no vas a hacer nada, al menos diviértete. Es solo el fin del mundo.
La cara de Makoto enrojeció, los ojos se le abrieron de par en par.
—Quiero hacer algo —reconoció el santo de Mosca—. Quiero luchar.
—Pues lucha. —La santa de Cefeo se encogió de hombros—. Después de hacer tus oraciones —insistió, con una gran sonrisa que la máscara ocultó.
—¿Estos son los santos de Atenea? —dijo Mirfak de Perseo Negro.
—Parecen niños pequeños —señaló Ennead de Escudo Negro—. He visto reuniones informales de oficiales de Hybris más serias. Oficiales borrachos.
—¿Qué clase de ejército es este? —sentenció Johann de Cuervo Negro.
Otras sombras de menor rango que aquellos tres asintieron, aprobadores. Shinon y Archon de Flecha Negra, en especial, tenían miradas reprobadoras. No debían ser los únicos en aquel valle dejado de la mano de los dioses, sin embargo, Lesath de Orión, quien había escuchado todo, no tenía ya el gusto por el chisme de otros años, cuando creía en el supuesto Sumo Sacerdote, Saga, y gustaba hacer de inquisidor.
—El mejor ejército del mundo —dijo el santo de Orión, más viejo, aunque igual de ingenuo, que aquel joven descerebrado—. Sin la mejor líder que podríamos tener.
El recuerdo de aquel momento sublime, a las puertas de la guerra entre los vivos y los muertos, le estremeció el cuerpo y el alma. Ver el ejército unido le pareció entonces algo maravilloso, un prólogo del mundo unido por el que luchó durante seis años.
Las palabras y actitudes de Aqua agitaron las aguas de modos inesperados. El Sumo Sacerdote y el caballero Orestes detuvieron la airada discusión que tenían, dándole ocasión a otros de participar. No solo los que ya estaban allí, viéndolo todo en silencio, sino también otros que se les unieron, como Margaret. El santo de Lagarto, después de disculparse con Tokisada, le pidió que lo acompañara para anunciar que los caballeros negros quizá podrían llegar hasta las memorias de Caronte, en tanto poseían armaduras capaces de repeler la vasta fuerza física del astral así fueran solo los golpes convencionales. Cincel Negro y Escultor Negro, azuzados por el discurso del santo de Tauro y con el respaldo de las Copas Negras y otros oficiales, sirvieron de apoyo para refutar un pensamiento que los supervivientes del asalto a las memorias de Macuil arrastraban de forma irremediable: solo eran carne de cañón y la única aspiración que podrían tener era entregar sus fuerzas a hombres mejores que ellos, por lo que quizá lo mejor era que se limitaran a ayudar a alguien como el general Ícaro para llegar hasta las memorias y destruirlas. Lisbeth les recordó que la diosa les había permitido dejar de ser sombras y ya era hora de que dejasen de comportarse como tales. Si Soma se había definido como un santo negro, ¿por qué no honrar la memoria de aquel valiente? Margaret les hizo recordar que unidos y mediante el hechizo de Noa pudieron expulsar a todo un ángel del barco; estaba convencido de que pronto podrían replicar esa magia, lo que quizá sería un refuerzo más para el asalto de las memorias. Ofión de Aries dio por buenas las intervenciones de todos, asegurando que, de esa forma, quizá evitaría la maldición. Su mente no se sumergiría del todo en las memorias de Caronte y las de los demás tendrían la protección que el santo de Aries les podía ofrecer desde el exterior.
Parecía un buen plan, aunque seguía siendo solo un plan, solo hablar del futuro en lugar de disfrutar del presente. Así pues, cuando Grigori de la Cruz del Sur reconoció el talento de Aqua para traer esperanzas a los hombres, a la vez que confesaba haber sentido de siempre envidia por lo fácil que le salía todo, no le costó mucho fingir demencia. El avejentado de forma antinatural sonrió, susurrando que sería buena espía.
—Si tan solo supiera lo que es eso —musitó Aqua, siendo tan sincera como podía ser.
—A pesar de todo… —El semblante de Grigori se ensombreció—. ¿Sirve de algo hacer planes? Estamos muy lejos de la batalla y no sabemos cómo está yendo.
—Podríamos usar la isla como barco —sugirió Aqua.
Grigori se limitó a sonreír y retirarse.
Entretanto, el grupo explorador estaba por regresar, distanciado del valle apenas por unos cien kilómetros. Aqua podía verlos a todos, yendo a trote ligero, muy contentos y a algunos canturreando. Todavía le estremecía el gigante esmeralda.
«Él no estaba cuando me mataron —se dijo la santa, cuidándose de no ponerse a llorar.»
Los santos no lloraban. ¿O qué era lo que decía la finada Suma Sacerdotisa…?
—Ejem —carraspeó Makoto, sobresaltándola—. ¿Vais a quedaros aquí todo el rato?
Mientras que Lesath de Orión se había retirado junto a los caballeros negros de Perseo, Cuervo y Escudo, entre otros. Almaaz el desorejado, Güney y Spear seguían allí, expectantes. Los tres se miraron, inseguros de si responder esa pregunta.
—Tenemos una apuesta entre manos —dijo Almaaz—. Si os vais a besar, o no.
—El que gane será el último en cargar contra el enemigo —asintió Güney—. O las memorias del enemigo, o el corazón del enemigo. ¡Ya ni sé qué vamos a hacer!
De nuevo, Makoto enrojeció, de coraje más que de vergüenza.
—¡Por supuesto que no vamos a…!
—Si lo besara, tendría que quitarme la máscara. Eso me obligaría a mataros a todos —le interrumpió Aqua, llenándose de un cosmos plateado—. Así es la ley.
—O lo mata, o lo ama —tartamudeó Spear—. Pero usted ama a Makoto, ¿no?
La santa de Cefeo hizo desaparecer todo rastro visible de cosmos.
—No mucho ahora mismo. —Se llevó las manos a la cabeza—. Me debe oraciones.
Cerrando los ojos, se felicitó por ese pequeño juego, que acaso aligerara el peso del miedo que representaba Caronte de Plutón. Notó en eso que los exploradores acababan de regresar, saltando a través de la montaña, y que Makoto no había reaccionado.
A cierta distancia, a la vista de todos incluido el equipo de exploración, Kazuma de Cruz del Sur Negra besaba los labios metálicos de una sorprendida Bianca.
Almaaz, Güney y Spear se quedaron mirándolos un rato más.
La santa de Can Mayor no estaba segura al cien por cien de haber hecho bien. Era lo correcto, de eso no tenía duda alguna, sin embargo, lo correcto no siempre era bueno. A veces estaba bien mentir, manipular, robar y hasta matar, si era por una buena causa.
De no haber enfrentado sus propios miedos en el Argo Navis Negro, sin duda habría callado. Se habría sentido demasiado sucia, demasiado malvada, como para juzgar a Arthur de Libra, al Juez. Las cosas se habían dado de otro modo, en cualquier caso, y ahora no se arrepentía ni de lo que sintió entonces, ni de lo que había hecho ahora. Por eso se mantuvo apartada de todos, temiendo por igual la reprobación y la compasión de tantos aliados distanciados entre sí. Kazuma no le dio ni lo uno, ni lo otro, ni siquiera hizo comentario alguno sobre qué opinión le merecía el Ocaso de los Dioses. Se limitó a acompañarla, a escucharla. Al final fue ella la que hubo de consolarlo a él, pues Cruz del Sur Negra se le descubrió asustado. Un buen muchacho murió ante sus ojos mientras él no podía hacer nada, debido al miedo tan profundo que sentía, que aún sentía.
—Ojalá pudiera hacer algo —respondió Bianca a aquel hombre asustado que se negaba a sollozar como los niños—, algo que no lo estropee todo.
—Puedes hacer algo —dijo Kazuma—, amarme.
Ella rio.
—Ya te he amado un par de veces.
Kazuma tomó su rostro con ambas manos. Estaba muy serio.
—Ámame, aunque sea solo hoy, solo ahora.
La miró por un momento, pidiendo permiso, el muy canalla. Después, cuando ella barajó lanzar esa máscara maldita contra los fríos vientos, él la besó.
Fue todo tan repentino, que ella quedó sin reacción, expuesta a las miradas de todos.
—Sí que son raros los humanos —dijo Alcioneo, recién llegado.
—Esto… —empezó a decir, cohibida, Bianca, para luego reforzar la voz—. Esto es lo que parece —admitió, cruzándose de brazos.
Mera y Pavlin se le quedaron viendo. Rin meneó la cabeza.
—¿Qué importa? Eres tú.
Después, la hija de Arthur voló hasta las alturas, quizá para hablar con su padre.
Bianca dejó que los exploradores pasaran a los costados de ella. Las enmascaradas ignorándola, Cristal mostrándole una admirada sonrisa y otros confundidos. Ninguno importaba, porque, como había dicho la hija del Juez, ella era ella.
—Yo soy yo —dijo Bianca, acariciando el mentón de Kazuma..
—¿Eso es un sí? —preguntó el hombre, atolondrado.
Ella se limitó a sonreír bajo la máscara que no le había permitido quitarse.
El regreso de Alcioneo supuso un punto de inflexión, no solo porque el grupo en torno a Ofión se iba disgregando, interesado en las noticias sobre su lugar de procedencia, sino porque trajo bajo el brazo respuesta a una de las principales inquietudes de todos.
—Podremos usar Flegra como un barco —decía el gigante—. Con él, volveremos al campo de batalla y tendremos nuestra revancha contra Caronte de Plutón.
Para dar muestra de esas palabras, el hijo de la Tierra se recubrió de un cosmos esmeraldino que impresionó a muchos, incluso entre los santos de oro. Sin lugar a dudas poseía una fuerza mayor a la de antes, lo que daba solidez a una sugerencia que ya había dado Aqua, medio en broma, medio en serio. Ni siquiera el hecho de que Alcioneo buscase, sin éxito, a Shaula de Escorpio, le restó méritos, ya que supo recobrar la compostura enseguida para así exponer el plan a quienes quisieran escucharlo.
Apenas un tercio del grupo explorador se quedó junto a Alcioneo. Los demás se desperdigaron, unos para rendir parte al general de los caballeros negros, otros para contar las maravillas que habían visto en el laberinto bajo la isla, de una agradable calidez e incontables esmeraldas otorgando luz desde las paredes, techo y suelo de las cavernas, en el viaje hacia su corazón. Sin duda, conocer los detalles de la aventura que había otorgado al gigante una fuerza tan grande era muy útil, pero fue Aerys de Erídano quien dio un aporte decisivo a los perdidos héroes, al acercarse al santo de Orión.
De forma simultánea a una pequeña charla sin importancia entre Llama de Centauro Negro y Makoto de Mosca, Aerys dio a Lesath el impulso que necesitaba para tomar una decisión. Los dos compañeros, de pronto seguidos por Fang de Cerbero, anduvieron hacia el círculo estratégico que Ofión de Aries había iniciado hacía ya un rato.
—Tu hermana es más lista de lo que parece —dijo Garland.
—Siempre fue lista, lista y fuerte —trató de decir Tetis, siéndole imposible contener una pequeña risa—. La verdad es que nunca nos lo habríamos imaginado, era tan miedosa. —Le vinieron recuerdos de otros tiempos, cuando lloraba a mares debido a un desafortunado encuentro con quien se convertiría en Pirra de Virgo diez mil años atrás. Los recuerdos no tardaron en adquirir solidez, pues, abrumado por el número de gente que daba su granito de arena al proyecto de asalto de las memorias de Caronte, Gestahl Noah abandonó el círculo estratégico y avanzó hacia ellos.
El contraste era sorprendente. Deucalión era un hombre puro, el escogido de Poseidón por sobre toda la vieja humanidad, corrupta e irredimible. El tiempo, empero, lo había convertido en un ser vil, capaz de organizar asesinatos en masa y maquillarlos como justicia, capaz de arrastrar a los defensores del mundo hacia una misión que no era sino su venganza personal, nacida de un odio que para ella era evidente. Del otro lado estaba Garland de Tauro, quien se había convertido en un buen hombre, si bien propenso a la ira. ¿Qué conclusión había que sacar de eso? ¿Era Poseidón el que estaba en lo correcto, al ser la maldad inherente al género humano, o era Atenea la victoriosa, al revelarse que el más malvado de los hombres podía redimirse si se daban las circunstancias?
—Miradnos —dijo Gestahl Noah, al llegar—. Apartados de todos los demás, como dioses del Olimpo, mientras un gigante saluda efusivo al pueblo.
—Habla por ti —desechó Garland.
—¿Deseas ocupar el lugar de Alcioneo? —preguntó Tetis.
—En absoluto —respondió Gestahl Noah—. Por ahora, me conformo con ver cómo todos los problemas se van resolviendo, poco a poco. —Sonrió.
Ninguno de los dos quiso interrogar al líder del Santuario. A fin de cuentas, era el Segundo Hombre, quien jamás conocería la muerte y quien se hallaba atado a la humanidad entera. No era fácil penetrar en sus pensamientos. Lo que sí hizo Tetis, en cualquier caso, fue atar cabos. Entre los que separaron del círculo estratégico de Ofión, hubo quienes repartieron aquí y allá rumores nacidos de una observación de Shaula de Escorpio, deducida a partir de unas frases de Aqua de Cefeo que Zaon de Perseo y Marin de Águila, los primeros en escucharla, confirmaron. Frente al deseo de ayudar, la búsqueda del papel adecuado de los caballeros negros, el planeamiento del asalto a las memorias de un astral y la idea de Alcioneo para regresar a la batalla, aquel rumor parecía poca cosa, pero anidó en la mente de muchos con raíces fuertes. ¿Era por el normal funcionamiento de la mente humano, o por la sutil habilidad de un jardinero?
Fuera como fuese, lo cierto era que cada vez más miembros del ejército aliado empezaron a sentir que aquel rumor, tan descabellado en un principio, era cierto. Que Caronte no era solo cómplice de Fobos, quien lo ayudó a escapar, sino que era el propio Fobos, organizador de los Días de la Locura y el asesinato de la Suma Sacerdotisa.
Eso sí que podía unir a luces y sombras, al Pueblo del Mar y a los hijos de la Tierra. No había nada como el mal absoluto para unirlos a todos de verdad.
—Qué conveniente —fue todo lo que Tetis pudo decir al respecto.
xxx
Shaula de Escorpio decía otro tanto. Había dejado a Mithos y Subaru para que descansaran mientras ella se aclaraba las ideas. Veloz como la luz, no le costó mucho ascender a la montaña desde la que Triela observaba las alturas en total silencio. Así, en un punto en que se sentía entre el cielo y la tierra, buscó el cosmos de Arthur de Libra, el más grande que hubo sentido jamás. No sobrevolaba la isla, lo que hacía infructuoso el empeño de Rin de Caballo Menor en volar más allá de las nubes. El Juez, como de costumbre, estaba más allá de cualquier otro ser humano, más allá de los mares olvidados, protegiendo ese pequeño rincón de la historia de un terrible mal.
Pudo comunicarse con él gracias a la telepatía. Así supo que lidiaba con una nube de antimateria enviada por Titania de Urano para liquidarlos. También impedía a los mares olvidados consumir la isla entera y ayudaba a Aubin de la Audacia a combatir contra Caronte de Plutón, así fuera para distraerlo mientras un aliado inesperado, Nova Astreo, buscaba darle fin; con la ayuda de ese guerrero celestial, de la Primera Orden, acaso sería posible lograr la muerte del enemigo del Santuario sin sacrificar a más compañeros. Por su parte, Shaula le contó el plan que pensaban llevar a cabo: asaltar la mente de Caronte con un ejército. Ambos sabían lo importantes que eran las memorias para un astral, pues Arthur le había contado lo sucedido con las memorias de Júpiter. La estrategia de Ofión parecía, pues, tan acertada como necesaria.
—Llévanos de vuelta —pidió la santa de Escorpio—. Sé que puedes hacerlo.
—Puedo —respondió Arthur con sencillez.
Puesto que el Juez no seguía hablando, la Muerte Roja decidió argumentar:
—Incluso si tú, el antiguo Sumo Sacerdote y los ángeles os bastarais para vencer a Caronte de Plutón, ¿no crees que os sería más fácil con nuestra ayuda?
—Lo sería.
—¡Maldita sea, Arthur! —Shaula aceptaba que la mayor parte del ejército se quedó paralizada de terror. Sin embargo, eso se debía en parte a que no tenían una estrategia bien definida. Aquellos santos de bronce y de plata, junto a las sombras y Cristal, veían a la élite de diversos ejércitos sucumbir frente al enemigo, ¿qué podían sentir, si no terror? ¿De qué valdría un golpe a la velocidad del sonido, o del rayo, o aproximado a la velocidad de a luz, si quienes trascendían la velocidad de la luz no lograban nada? Si concentraban esfuerzos en asaltar las memorias unos, los demás podrían ocuparse de los brazos de oscuridad de Caronte para que los más fuertes le diesen muerte. Eso era lo que el santo de Libra sabía—. Se están uniendo, ¿sabes? Piensan que Fobos y Caronte son la misma persona. No me hace nada de gracia que te eximan de culpa —se sinceró—, sin embargo, en la lucha contra los ángeles y los horrores quedó claro. Unidos son fuertes, Arthur, todos esos guerreros sagrados a los que menosprecias son fuertes. Si asumen que esta guerra es justa, ni siquiera el miedo los podrá detener.
En silencio, el santo de Libra escuchó cuanto tenía que decir, para después darle un vistazo de la batalla contra Caronte de Plutón. Noa de la Nobleza y Kanon de Géminis habían caído, siendo ahora turno de Aubin de la Audacia de presentar batalla.
Shaula se arqueó de inmediato, sintiendo ganas de vomitar. El terror era una flecha disparada por el mejor de los arqueros, la cual se había clavado en su corazón.
—Aún no estáis preparados —aseguró Arthur—. Si estáis dejando de lado el miedo a Caronte es porque no lo tenéis delante. En cuanto piséis el campo de batalla, ocurrirá lo mismo que la otra vez, si no es que algo peor. Por eso os envié lejos.
—¿Cómo puedes soportarlo? —cuestionó Shaula, titiritando. Hacía mucho frío.
—La sangre de Atenea —respondió Arthur—. Aubin cuenta con las alas de un guerrero celestial, aun así, no aguantará mucho. Tengo… tengo que confiar en él.
Si algo era más aterrador que ver la auténtica forma del enemigo, pura oscuridad, dolor y muerte encarnados, debía ser escuchar un titubeo del santo de Libra. Siempre fuerte, siempre seguro de sí mismo, aun después de causar la muerte de quien llamaba hermana, tenía que estar en verdad asustado como para confiar en alguien en quien no deseaba confiar. Silenciosa, Shaula de Escorpio escuchó de quién se trataba.
—¿Te preocupa la santa de Escorpio? —cuestionó Noesis a Retsu, a quien había visto deambular de uno u otro lado. La muerte de Soma, un hermano de armas, lo había afectado y no hallaba consuelo en lo que luces y sombras lo encontraban.
—Debemos hacer algo —dijo el santo de Lince—. Esto no puede quedar así.
Noesis asintió, se había apartado del círculo de estratégico porque parecía que el equipo de asalto sería formado por caballeros negros. Sin embargo, eso no significaba que le sentara bien. Ya había pasado toda una vida apartándose del conflicto.
—Dime en qué piensas —pidió Noesis.
—Creo que es tiempo de que les pidamos ayuda —respondió Retsu—. Aunque sea más fuerte que un santo de oro, aunque sea más peligroso que un ángel y una nereida…
—¿Aun así, confiarás en ellos?
—Pues claro que sí, son mi familia.
Noesis se llevó la mano al mentón, decidido en tomar en cuenta esa propuesta.
Mientras que la mayoría de los santos paladeaban la posibilidad de que el asesinato de la Suma Sacerdotisa hubiese sido orquestado por Caronte de Plutón —la teoría principal era que aquel buscaba, además de liberarse, evitar que lo volvieran a sellar—, los caballeros negros se acogían a una esperanza bien distinta. Incluso si se debía, sobre todo, a tener unas armaduras únicas, sentían un gran orgullo por poder hacer algo.
Fly de Mosca, junto a las compañeras que habían sobrevivido al macabro viaje a través del universo, se vio a sí mismo siendo tan respetado como su tocayo sideral. No parecía tan descabellado: Makoto era, a parecer suyo, bastante mundano. Hasta se ponía a ligar en medio de una isla congelada, antes de una batalla en que acaso todos morirían.
—¿Te parece bien? —preguntó Fly, no obstante sus sueños de gloria, a Komachi.
—Para nada —respondió Mosca Negra, quien junto a Naoko había preferido ir de aquí para allá, evitando los grupos de Almaaz, Eren y otros—. Si las memorias del enemigo se parecen un poco a él, todos vamos a mojar la armadura en cuanto pongamos un pie ahí. —Nadie rio el comentario, habían sentido el frío del terror en el vientre.
—Aun así…
—Aun así, mi querido cavernícola, cargaré si Padre y el general lo ordenan.
—Amén —sentenció Naoko.
Fuera por honor y gloria, fuera por un sentido del deber enraizado en seis años de militancia, si no más, todas las sombras estaban dispuestas a sacrificarse.
Lesath de Orión puso fin a aquella muestra de valor temerario con dos palabras:
—Iremos nosotros.
Para ese momento, conformaban el círculo estratégico Ofión, Orestes y el caballero negro de Sagitario, quien harto de ser examinado y sabiendo renovados los ánimos de las sombras, decidió que era buen momento de hacer algo más, ser partícipe del plan de batalla ahora que en verdad tenían algo más que suposiciones.
—¿Desde cuándo las luces envidian a las sombras? —acusó Ícaro.
—Aquí no hay lugar para envidias ni orgullos —dijo Orestes, mirando por igual a Lesath e Ícaro—. Cada cual tendrá un papel que cumplir.
—Sí, y me queda claro que el papel de los caballeros negros, los únicos que tienen una armadura, no debe ser ir al matadero. —Lesath se cruzó de brazos—. Caronte no puede mataros con facilidad, sois muchos y con el hechizo de Noa podéis aproximaros a la velocidad de la mayoría de nosotros. —No tenían modo de saber si Noa estaba vivo, sin embargo, entre las conversaciones en el círculo estratégico y la noticia traída por Alcioneo de que podían volver a la batalla, Margaret y Tokisada habían redoblado esfuerzos para replicarlo. De reojo, el santo de Orión pudo ver círculos mágicos aparecer y desaparecer, ralentizando y acelerando el tiempo así fuera por unos pocos segundos—. Sois el ejército que la élite necesita para llegar hasta Caronte de Plutón y darle una buena tunda. Solo tenéis que hacer lo que nosotros no pudimos: cortar los brazos de oscuridad. —Sagitario Negro esbozó una sonrisa irónica, pero Lesath no le dio tiempo a replicar—. Con tu ayuda, podrán hacerlo, sabes que así es. Y es mucho más fácil transportar a una docena a las memorias del enemigo que a cien, ¿verdad?
Ahora miraba a Ofión de Aries, quien tras un breve momento de duda, asintió.
—Cuantos menos seáis, más podré protegeros —dijo el Ermitaño—. El problema es que del mismo modo, cuanto menos gente envíe, más difícil será destruir las memorias, si es que es posible. Esto no será igual como cuando asaltamos las memorias de Macuil.
En aquella ocasión, buscaban un conocimiento oculto en la mente del ángel del Fuego, ahora se trataba de causar un daño considerable en la mente de un ser superior a aquel.
—Solo mis hombres tienen el poder y la protección necesaria para hacer eso —asintió Ícaro—. También tendrán la velocidad. ¿Tanto deseas morir, santo de Orión, que negarás a los caballeros negros incluso el deseo de protegeros?
—Yo soy el santo de Atenea aquí —le recordó Lesath—. Soy yo quien protege…
Antes de que el santo de plata dijera algo que pudiera echar por tierra los esfuerzos previos, Noesis de Triángulo, acompañado por Retsu de Lince, intervino. Ahora que Lesath sugería que fueran los santos de bronce y de plata los que entraran en las memorias de Caronte, maestro y discípulo consideraron que era el momento de exponer el plan que acababan de discutir, apartados de todos.
—No es fuerza bruta lo que hará falta en las memorias de Caronte —observó el santo de Triángulo—. Lo más probable es que el poder de nuestro enemigo esté distribuido entre el cuerpo que hemos visto siempre y el verdadero, la Esfera de Plutón.
Ofión, Orestes e Ícaro asintieron. Esa suposición era fundamental para la estrategia del santo de Aries. Que las memorias del astral no estaban tan protegidas.
—A como veo, corregidme si me equivoco, tenemos dos problemas —dijo Retsu, alzando dos dedos que luego fue bajando uno tras otro—. Cómo entrar en las memorias de Caronte sin quedarse catatónico como el Ermitaño. No te ofendas.
—Me hago cargo —dijo Ofión—. Estaré mejor preparado.
Por la parquedad de las palabras, era claro que el santo de Aries ocultaba algún as bajo la manga, pero Retsu era de la división Dragón, no indagaba en la vida de los demás.
—Qué hacer cuando estemos dentro —prosiguió el santo de Lince—. Resulta que mi padre…, ejem —carraspeó, sonrojado—, mi maestro y yo tenemos a unos aliados que podrían ayudarnos a entrar en las memorias. No preguntéis, es cosa de chamanes. —Nadie lo hizo. Todos, hasta Lesath, estaban expectantes—. Y sobre el segundo problema, también tenemos la solución: haya lo que haya en las memorias de Caronte, no pensamos destruirlo. Para empezar, lo más seguro es que no podamos hacerlo.
En ello, tanto Orestes y Ofión asintieron, mientras que Ícaro hizo una mueca. A la vez, varios santos de plata se iban uniendo al círculo estratégico, intrigados. Los caballeros negros que estaban al tanto de la situación dirigieron sus miradas y anhelos al general: ahora que habían encontrado la manera de ser útiles, ¿se la iban a arrebatar?
—Los santos de Atenea hacemos posible lo imposible —rumió Lesath, descubriendo que Aerys asentía a su lado—, ¿no es un poco pronto para rendirnos sin más?
—Es un poco pronto para que hables —replicó Fang—. Aún no acaba la explicación.
—Atacar la mente del enemigo ayudará a que sea más fácil matarlo —señaló Noesis, dejando claro que aquello era una obviedad—. Si ese es nuestro objetivo, distraerlo, porque solo hay una forma de asesinar a un astral, no es necesario destruir la mente. Al revés, es contraproducente, porque hablamos de un enemigo inmortal.
—¡Acaba de una vez! —exigió Lesath, apoyándose en un gruñido de Ícaro. Si el poder no bastaba, las sombras no podrían ir a esa misión—. ¿Qué esperas…? —De algún modo, quizá por ver de reojo a Aqua y Makoto, que se les unían, intuyó lo que Noesis de Triángulo estaba planteando. Una sonrisa se le formó en la cara—. No hace falta destruir las memorias de Caronte, solo tenemos que sellarlas.
De entre lo poco que sabían de Caronte de Plutón, podían estar seguros, al menos, de que sellarlo era una solución temporal a su inmortalidad.
—Reuniendo el poder del santo de Aries y quienes me acompañen, creo que puedo neutralizar las memorias del enemigo, si no por un tiempo prolongado, al menos lo bastante como para nuestra élite le dé muerte —asintió Noesis—. Tritos Spuragisma pudo sellar las alas de un ángel del Olimpo. Bien es cierto que un astral dista de los guerreros celestiales tanto como estos distan de un santo de bronce… convencional —aclaró ante el alzamiento de cejas de Retsu—, puede que más.
La mente de Ofión no se había detenido ni un solo segundo desde que Noesis trajo su propuesta. Ahora, con toda la información a su disposición, pudo señalar:
—La santa de Escorpio nos trajo una información muy útil sobre las memorias, representan lo que los astrales fueron como individuos. Es posible, muy posible, que en este ataque tengamos que lidiar con quién fue Caronte antes de ser llamado tal. En ese caso, Noesis de Trángulo podría sellarlo con el Tritos Spuragisma.
—Asumiendo que lleguéis a las memorias con vida —acusó Ícaro, a lo que Retsu carraspeó—. Asumiendo que no os vengáis abajo del miedo, como la otra vez. —Aqua sacó pecho—. Asumiendo que podáis reunir el suficiente cosmos para lograrlo.
Lesath de Orión, Zaon de Perseo, Marin de Águila, Noesis de Triángulo, Mera de Lebreles, Pavlin de Pavo Real, Fang de Cerbero y Aerys de Erídano, todos los que se habían reunido allí, asintieron. Sin lugar a dudas, otros que estaban rezagados, como Bianca de Can Mayor, Nico de Can Menor, Emil de Flecha, Grigori de la Cruz del Sur y Rin de Caballo menor concordarían. Con todo, fueron las palabras de un solo santo de plata lo que dio a las presentes la sensación de que aquel plan podía funcionar.
—Podremos reunir ese cosmos —anunció Makoto—. En nuestro corazón reside el poder del universo, uniendo nuestros corazones podremos hacer el milagro.
—Qué cursis que somos —lamentó Lesath, sonriendo a su pesar.
El general de los caballeros negros estaba por reclamar que las sombras, con él al mando y Noesis de Triángulo como asesor tendrían más oportunidades, pero entonces empezaron a oírse aplausos. De los que amaban seguir a los grandes héroes, como Almaaz el desorejado, de los que carecían de esperanza, como las Moscas Negras, de los que habían prestado un juramento, como Eren. Algunos, que conocían de forma más personal a los santos de Atenea, aplaudieron con especial brío: Yuna, Llama, Kazuma… Cristal, aunque ya no era parte de aquellas sombras, aplaudió también. Incluso Alcioneo lo hizo, porque todos los caballeros negros que oían con ilusión la forma en que un hijo de la Tierra se emancipaba, decidido a ser fuerte allá donde estuviese, de pronto se pusieron a chocar las palmas como si fueran focas. Fue algo increíble que llegó al corazón de todos los santos de Atenea, humedeciendo los ojos de los más duros.
—Parece que no tenemos nada que reclamar —aceptó Ícaro, a la vez que los santos reunidos ante él intercambiaban apretones de hombros y palmadas en la espalda, al son de promesas de victoria—. Está bien, seremos jardineros entonces.
Según bajó el ritmo de los aplausos, Mithos y Subaru llegaron, acompañados por Lisbeth y Michelangelo, quienes habían analizado sus muertos mantos sagrados.
—La jardinería es como la herrería —dijo Lisbeth—. Será pan comido.
—No vendas la piel del oso antes de cazarlo —acusó Michelangelo, sonriente.
Mithos no sonreía, con la vista siempre hacia la montaña. Tampoco Subaru.
—Si estabais contando con nosotros para el asalto a las memorias, podéis descartarlo ya —dijo el santo de Reloj, sin sorprender a nadie. Ícaro sabía bien que ese par eran los brazos y piernas de la santa de Escorpio, Orestes los había visto luchar junto a la ninfa como si los tres fueran uno solo y Ofión de Aries entendía que atacar las memorias era solo una parte de un plan de tres pasos: mantener distraído al enemigo, sellarle las memorias y destruir el corazón; haría falta mucho poder para el primer paso, incluso si los caballeros negros podían ocuparse de los trece brazos de oscuridad, y aún más para darle muerte, aunque eso quedaría en manos de los santos de Libra y Géminis—. Por otra parte, creo que ya es hora de prepararnos. Hay que huir.
Se inició un murmullo lleno de inquietud. Era el santo de Reloj el que hablaba.
—¡Protegeos! —gritó de repente Rin de Caballo Menor, cayendo en picado—. ¡Protegeos, mi padre ya no está para protegernos! —reiteró mediante telepatía.
Los cosmos de todos —santos de Atenea, caballeros negros, Gestahl Noah, Orestes, Tetis, Alcioneo y Cristal—, se elevaron a no tardar, yendo a la zaga de tres destacadas excepciones. Triela de Sagitario y Shaula de Escorpio ya habían despertado el Séptimo Sentido y abrazado la Octava Consciencia, de modo que Mithos y Subaru se apresuraron a ascender por la montaña y reunirse con quien les completaba. Emil de Flecha, en todo momento atento al poder que orbitaba ese pequeño y estéril Edén, llevaba ya un buen rato cargando el Arco Solar y fue el primero en disparar al cielo.
El proyectil atravesó a velocidad relativista las nubes y la tempestad que reinaba sobre Flegra, estallando en las alturas como un sol. O eso pareció.
—No —decía Shaula, aterrada—. No otra vez.
—Sí —repuso Subaru, sombrío, justo cuando él y Mithos llegaban.
La flecha de Emil había desaparecido a poca distancia de un círculo dorado, alrededor del cual giraron las nubes, la tormenta y el cielo. Eran el iris, la pupila y el párpado de un ojo inmenso, titánico. El mismo que había destruido el Santuario.
Titania de Urano se había propuesto eliminarlos.
—Esta vez no será igual —decidió Mithos—. ¡Esta vez yo…!
La voz del santo de Escudo se cortó. También Shaula y Subaru quedaron paralizados, mientras que Triela, silenciosa como la muerte, manifestó el manto celestial.
Todos aquellos valerosos humanos que hablaban de asesinar a un astral se quedaron quietos, como insectos en ámbar, bajo aquel ojo inmenso. Algunos resistían —Orestes, con dos alas de pura luz naciéndole de la espalda, Gestahl Noah, Tetis y el santo de Tauro, este último invocando el poder del Caos—, si bien no podían hacer mucho más. El universo entero se le sestaba viniendo encima y ninguno era el titán Atlas.
Alcioneo, recordando las palabras que intercambió con la consciencia dormida de Gea, madre de todos los gigantes, de todos los dioses, en las profundidades de Flegra, se llenó de un cosmos esmeraldino, a juego con la vestidura adamantina y las esmeraldas que llenaban los caminos bajo tierra. Era el verdadero poder que poseía, uno que se comparaba al de la primera generación de hijos de Gea y que solo podía manifestar allí donde había nacido, donde jamás podría morir. Después del juramento prestado, podría luchar por todos los rincones del universo con todo el poder que poseía, si bien a un alto precio, el de perder aquel refugio a prueba de todo, incluso la visita de la muerte. Henchido de fuerza y de orgullo, hizo que su cuerpo creciera hasta quince metros y extendió los brazos hacia el cielo, sintiéndose capaz de destruir aquel ojo inmenso.
—¡Narciso! —gritó una voz de mujer, omnipresente, haciendo temblar Flegra entera. El ojo se ondulaba debido al poder de Alcioneo, capaz de anular cualquier construcción sobrenatural. Pero se negaba a desaparecer del todo—. ¡No te atreverás!
Desde una de las montañas que daban sombra al valle, surgió un proyectil dorado más veloz y poderoso que el anterior, de plata. Ni siquiera Alcioneo pudo seguirlo con la vista, pero bien que fue testigo de cómo la pupila reventaba en un mar de sangre.
La presión gravitatoria, ya de por sí elevada, no hizo sino incrementarse sobre Flegra. Las montañas crujieron, los guerreros paralizados empezaron a temblar. Alcioneo soltó un grito de guerra, invocando la otra particularidad de la armadura. Si la hombrera derecha podía deshacer toda manifestación sobrenatural, ya fuera originada del cosmos, ya de la magia, la izquierda emitía ondas de disrupción sobre los componentes naturales del universo. Desde la perspectiva de los demás, era un portento de la naturaleza tratando de sostener el cielo; en realidad, estaba bloqueando la gravedad, de modo que el peso de los cielos no redujera a átomos cielo, tierra y mar.
Entretanto, el ojo, desgarrado y rojo, seguía observándolos con furia, llenándolo todo de una lluvia ensangrentada. Tal vez por eso, tal vez por el pequeño universo que latía en el corazón de todo hombre, los terrestres rompieron el hechizo y se animaron a atacar.
—Es impresionante —admitió Alcioneo, sintiendo que las piernas le flaqueaban, que el cuerpo solo resistía por la invulnerable vestidura adamantina y la gracia de Gea.
Cosmos de oro, de plata y de bronce, de negro y azul. Sin mediar técnica alguna, todos enviaron una respuesta a aquella voz ominosa en forma de un haz de luz que nacía de su propio corazón, su propia alma. Entrelazados, los halos de energía cósmica golpearon el ojo, que se movía con febril violencia a la vez que se abombaba y desgarraba. Entonces, Gestahl Noah, Orestes, Tetis y el santo de Tauro atacaron con el cosmos que habían estado reuniendo. Primero, la Sentencia de Átropos detuvo los movimientos espasmódicos del ojo, después el Resplandor de Luz incineró toda la sangre que caía antes de incendiar la pupila, dañada de forma irremediable por los ataques previos. Cruzando Hydros y Thessis, Tetis invocó lo que llamó Dunamis Pneuma, una columna de poder divino que pasó a través de la cuenca ahora vacía, semejante a un agujero negro del que provenía una nube de antimateria. Aquel tercer ataque detuvo la ola de destrucción en seco, dando tiempo al cuarto atacante para ejecutar la Tabla Rasa.
—¡Me ocuparé de ti cuando todo esto acabe! —amenazó la voz de mujer, como un eco lejano, venido desde los confines del universo. Se estaba extinguiendo.
El ojo, junto al firmamento, fue removido de la faz de la existencia, desapareciendo de improviso aquella gravedad de la que ni la luz podía escapar, pero era tarde. Alrededor de Flegra, los mares olvidados se alzaban en olas insólitas, más grandes que montañas y con el poder de desgarrar esa tierra y llevar a quienes la pisaban hacia diversas eras. La vestidura de Alcioneo no podía contrarrestar eso, no podía anular el tiempo mismo.
—Parece que nunca fui tan fuerte como creía —lamentó Alcioneo, con los brazos alzados aún tal que fuera, en verdad, el más fuerte hijo de Japeto.
Pudo ver sonreír a Cristal, el siberiano, antes de que la nada del cielo los alcanzara.
xxx
Notas del autor:
Shadir. Lost Canvas sentó cátedra de cómo debe lucirse un Papa. ¿Verdad, Sage? ¡Esperemos que esta batalla esté a la altura de semejante legado!
