Tras la primera experiencia con Grok, he decidido continuar.

Técnicamente se puede considerar coautoría, ya que yo he escrito el guion, y parte de los diálogos. Grok el texto, y yo de nuevo los retoques.

Este es el resultado.

ATENCIÓN: Por un error en Copy&Paste, creí haber perdido la primera versión del inicio del capítulo y lo reconstruí parcialmente. Luego resultó que estaba en el historial de Grok, así que lo he reemplazado, porque me gusta más la primera versión.

Es posible que hayáis leído la primera versión. Siento si esto genera confusión.


El carromato traqueteaba por el camino polvoriento, el sonido de las ruedas contra la grava y el relinchar ocasional de los caballos llenando el aire. Bruce Wayne, sentado con la espalda recta pero relajada, observaba el paisaje pasar: colinas verdes, árboles dispersos y, a lo lejos, la imponente torre de Orario recortada contra el cielo. A su lado, Bell Cranel balanceaba las piernas inquieto, con una mezcla de nervios y emoción en sus ojos rojos.

Bruce giró la cabeza ligeramente hacia él. El chico era joven, probablemente no más de quince años, con una energía que recordaba a Dick Grayson en sus primeros días como Robin, pero sin el filo que Gotham forja. Perfecto para obtener información sin levantar sospechas.

—Dime, chico —comenzó Bruce, su voz grave pero amistosa—, ¿qué te lleva a la ciudad?

Bell sonrió ante la pregunta. —¡Oh! Bueno, voy a Orario porque quiero ser un aventurero. Mi abuelo siempre me decía que es el lugar donde los héroes nacen, ¿sabes? Me contaba historias de grandes guerreros peleando contra monstruos gigantes en la mazmorra, ganando tesoros y salvando mujeres en peligro. ¡Quiero ser como ellos!

Bruce se dio cuenta del pequeño desliz del chico y aprovechó la oportunidad para jugar con la familiaridad de la conversación.

—¿Mujeres? Así que es eso… ¿verdad?

—¡Aaah! Bueno… —Bell se puso rojo como un tomate.

Bruce rió ante la inocencia del chico. Puede que Bell tuviera la energía de Dick, pero era más inocente que incluso Tim.

—No pasa nada. Es una razón tan buena como cualquier otra, supongo.

Mientras mantenía un semblante amistoso, la cabeza de Bruce continuaba procesando la información. Aventurero. Mazmorra. Términos que podían ser específicos de este mundo o solo el delirio de un cuentacuentos. El abuelo parecía clave en la motivación del chico, un punto de entrada útil.

—Tu abuelo suena como todo un personaje. ¿De qué historias te llenó la cabeza?

Bell se rascó la nuca, riendo un poco. —Bueno, muchas cosas. Decía que Orario es el centro del mundo, que los dioses bajaron del cielo para vivir con nosotros y que dan sus bendiciones a los aventureros para hacerlos más fuertes. Ya sabes… lo que todo el mundo sabe. Hablaba de las familias, como grandes grupos de héroes liderados por dioses, y de cómo todos luchan en la mazmorra para probar su valor. Aunque… a veces exageraba mucho. Una vez me dijo que había peleado contra un dragón gigante y casi lo venció, pero creo que eso era mentira. ¡Era un granjero, no un héroe!

Bruce dejó escapar una leve sonrisa, apenas un tic en la comisura de los labios. Dioses conviviendo con humanos. Bendiciones como potenciadores. Familias como organizaciones. Si era cierto, este mundo tenía una estructura social única, quizás con poder centralizado en esas deidades. Dependiendo de las intenciones reales y la forma de actuar de estos dioses, podía ser un mundo terrible… o no. El abuelo podía ser un fabulador, pero incluso las exageraciones suelen basarse en algo real. Necesitaba más sin parecer un forastero total.

—La mazmorra, ¿eh? ¿Es por eso por lo que vas? ¿Qué te contó tu abuelo sobre ella? —preguntó, inclinando la cabeza con interés casual.

—¡Oh, sí! —Bell se inclinó hacia adelante, gesticulando con las manos—. Decía que es un lugar enorme bajo la ciudad, lleno de pisos y monstruos que nunca se acaban. Los aventureros bajan ahí para pelear, recoger cristales mágicos y hacerse más fuertes. La llamaba 'el corazón de Orario que late con aventuras'. Aunque no sé mucho más, nunca he estado ahí. ¡Pero pronto lo veré con mis propios ojos!

Ante la mirada pensativa de Bruce, que Bell interpretó como impasible, el chico desvió la vista avergonzado, creyendo que había relatado de forma épica algo mundano para alguien experimentado como Bruce.

—Bueno… Supongo que esto no es nada nuevo para usted. A fin de cuentas, "La ciudad laberinto" es otro nombre famoso de Orario.

—Tranquilo. No tienes nada de qué avergonzarte. Es normal emocionarse a tu edad.

Bruce cruzó los brazos, procesando sin alterar su fachada. Un laberinto subterráneo con recursos y amenazas constantes. Los "cristales mágicos" sonaban a una moneda de cambio o fuente de poder, algo que podría sostener una economía o una jerarquía. Si la mazmorra era tan central como decía Bell, explicaría la torre y el flujo de gente hacia Orario. Su mente ya catalogaba posibilidades: ¿monstruos naturales, artificiales, controlados? Tendría que confirmarlo más adelante.

—Y dime. ¿Ya sabes cómo funcionan? Las bendiciones de los dioses, me refiero. ¿Qué te contó tu abuelo?

Bell se animó aún más, aunque su respuesta fue vaga. —Decía que los dioses te dan una especie de poder especial. La llaman "falna"… una ¿marca divina? Eso te hace más fuerte y rápido. Creo que las familias lo usan para pelear mejor en la mazmorra. Mi abuelo hablaba de eso como si fuera un regalo divino para los héroes, pero no sé exactamente cómo se hace. ¡Solo sé que quiero una para ser como los héroes de sus historias! ¿Usted sabe sobre ello, señor Bruce?

—Me temo que sé lo mismo que tú. En mi hogar, no hay ningún dios que haya decidido formar una familia como lo que me has comentado de Orario —se excusó Bruce.

Bruce asintió, su mente evaluando el continuo flujo de información. Una marca que otorga habilidades. ¿Un ritual, un contrato, un implante místico? Sonaba a un sistema de poder regulado, posiblemente con los dioses como guardianes o árbitros. Si las familias dependían de esas bendiciones, tenían que ser leales a sus patrones divinos. Un equilibrio interesante entre fe y fuerza. Bell no sabía los detalles, pero su idealismo era una mina de oro para entender la cultura de este lugar.

—Parece que tienes grandes sueños —comentó Bruce, guiando al chico con suavidad—. ¿Ya pensaste en qué familia te gustaría unirte?

Bell se sonrojó, mirando al suelo del carromato. —No… aún no. Mi abuelo decía que los dioses son todos geniales y poderosos, pero no me dio nombres. Solo decía que encontraría al correcto cuando llegara. Espero que alguno me acepte… no tengo mucho que ofrecer por ahora.

Bruce guardó silencio por un momento, evaluando. El chico era un novato puro, guiado por cuentos heroicos pero sin un mapa claro. Vulnerable, pero con una chispa que podría encender algo grande. Le recordaba a los Robins, a Jason antes de que todo se torciera. Desechó el pensamiento antes de que lo arrastrara.

Entonces, Bell levantó la vista, curioso. —¿Y usted, señor Wayne? ¿Qué le lleva a Orario?

Bruce tensó la mandíbula por un instante, pero su rostro no traicionó nada. Había anticipado la pregunta y tenía una respuesta lista. —Busco un nuevo comienzo —dijo, su tono firme pero tranquilo—. De donde vengo, las cosas se derrumbaron. Fue… duro. Prefiero no entrar en detalles, si no te importa.

Bell abrió los ojos, sorprendido, pero asintió rápidamente. —¡Oh, no, claro que no! Lo siento, no quería… Bueno, espero que Orario le guste. Seguro que encuentra algo bueno ahí, como yo.

Bruce miró al chico y luego al horizonte, donde la torre de Orario se alzaba cada vez más cerca. —Quizás —respondió, más para sí mismo que para Bell—. Ya veremos.

El carromato siguió avanzando, y mientras Bell divagaba sobre una historia, que su abuelo le contó y a él le encantaba —algo sobre un héroe enfrentando a un minotauro para salvar a una princesa—, Bruce dejó que la conversación fluyera sin interrupciones. El chico continuó parloteando, relatando anécdotas de su vida en el campo y más cuentos exagerados del abuelo, menos útiles que la información inicial pero cargados de entusiasmo. Bruce no presionó; ya tenía lo esencial para orientarse en Orario y no quería que su curiosidad sonara a interrogatorio.

Si la información que Bell le había facilitado era correcta, todo giraba en torno a Orario, un núcleo de poder y caos. No sabía cuánto era verdad y cuánto fantasía del abuelo, pero incluso las medias verdades eran pistas. Por ahora, escuchaba, asentía de vez en cuando y dejaba que Bell llenara el silencio con su energía juvenil.

El traqueteo del carromato se detuvo al fin cuando las murallas de Orario se alzaron ante ellos, imponentes y bulliciosas. Una larga cola de viajeros serpenteaba hacia la entrada principal, una mezcla de aventureros con armas al hombro, mercaderes con carretas repletas y algún que otro curioso. Bruce y Bell bajaron del carro, estirando las piernas tras el viaje. El aire aquí era más denso, cargado de polvo, sudor y el murmullo constante de la multitud.

Bell se adelantó en la fila, nervioso pero decidido. Cuando llegó su turno, los guardias —hombres fornidos con armaduras desgastadas y expresiones hastiadas— le hicieron unas pocas preguntas rutinarias. —¿Motivo de entrada? —preguntó uno, garabateando en un pergamino.

—Quiero ser un aventurero —respondió Bell, enderezándose con orgullo.

—Sin falna ni familia, supongo —replicó el guardia.

Bell asintió.

El guardia gruñó, señalándole que se levantara la camisa por detrás. Bruce, a unos pasos de distancia, observó con atención: revisaban la espalda del chico, buscando algo.

Bell no mostró resistencia. Los guardias aplicaron un líquido translúcido sobre su piel, que no reveló nada tras unos segundos, y tras confirmar que no había marcas, el guardia asintió.

—Sin falna. Pasa. Regístrate en el Gremio si quieres quedarte.

—¡Sí, señor! —dijo Bell entusiasmado, saludando a Bruce con la mano mientras pasaba.

Bell sonrió, aliviado, y cruzó la puerta con un pequeño salto en su paso. Bruce archivó el detalle en su mente. Falna. La marca divina de la que Bell habló. Un sistema de identificación, quizás un requisito para operar aquí. Si los dioses otorgaban ese poder, los guardias debían usarlo para diferenciar a los aventureros de los demás. ¿Quizás había dioses enemigos externos? Interesante.

Llegó su turno. Bruce avanzó con calma, mochila al hombro y expresión serena. —¿Motivo de entrada? —repitió el guardia, mirándolo de arriba abajo.

—Soy mercader —respondió Bruce, su tono firme pero neutro—. Vengo a explorar oportunidades.

El guardia entrecerró los ojos, y otro se acercó, cruzándose de brazos. —Mercader, ¿eh? Nombre y procedencia.

Bruce arqueó la ceja al notar el diferente tratamiento.

—Bruce Wayne. De una ciudad lejana que ya no existe —dijo, manteniendo la vaguedad que había perfeccionado durante años.

Los guardias intercambiaron una mirada. —¿No perteneces a ninguna familia mercante conocida ni al Gremio de Comercio, verdad? —preguntó el segundo, más inquisitivo.

Bruce negó con la cabeza.

—¿Es un requisito? No lo sabía —dijo Bruce, haciéndose el inocente—. No habéis parado al chico. ¿Ocurre algún problema?

—Las reglas son diferentes para los mercaderes. Los aventureros entran fácil; el problema es salir. Pero con los mercaderes, revisamos entrada y salida. Si quieres sacar bienes de Orario —señaló una carreta cercana cargada de sacos—, necesitas autorización del Gremio de Aventureros o del Gremio de Comercio. Sin eso, pagas impuestos altos por todo lo que saques. Te revisaremos cada vez que salgas. Y créeme, somos exhaustivos. Piedras mágicas, equipo, lo que sea… todo pasa por control. Y sin autorización, hay cosas que no puedes sacar de la ciudad.

Bruce inclinó la cabeza, procesando. Control estricto de recursos. Una economía regulada para proteger la mazmorra y sus productos.

Era un sistema lógico para una ciudad construida alrededor de un recurso tan único como los cristales mágicos. Las familias y los gremios parecían actuar como intermediarios, manteniendo el poder centralizado. ¿No existía el puesto de antes precisamente por esto? A pesar de las restricciones, es inevitable que surja un mercado negro. Pero parece que la ciudad al menos intentaba minimizar las exportaciones fuera de control.

—¿Y si no pertenezco a ningún gremio? —preguntó, probando los límites.

—No es obligatorio —concedió el primer guardia, aunque su tono era seco—. Puedes entrar como independiente, pero REALMENTE —dijo enfatizando mucho esa palabra— te sugerimos que te unas a una familia o al Gremio de Comercio. Si no, cada vez que quieras salir, revisaremos todo. Y créeme, los impuestos no son baratos. Nadie mueve mercancías grandes sin aprobación. Además, a algunas familias no les gusta que se metan en su terreno. Yo solo te aviso.

Bruce asintió, imperturbable. —Entendido.

—¿Entonces? —insistió el segundo guardia—. ¿Te apuntarás a algo o vas por libre?

—No me interesa unirme por ahora —respondió Bruce, tranquilo—. Solo quiero ver la ciudad. Ver las posibilidades.

El guardia gruñó, claramente molesto, pero no había nada en las reglas que lo prohibiera. —Es tu funeral. Pasa. Si cambias de idea, pregunta por el Gremio de Aventureros. Cualquiera que lleve aquí un tiempo sabe dónde está. No digas que no te advertimos.

Bruce cruzó la puerta sin mirar atrás, adentrándose en el bullicio de Orario. No le preocupaban las restricciones de salida. Si decidía quedarse en este mundo por un tiempo, la ciudad ofrecía todo lo que necesitaba para observarla y entenderla. Y si quería irse, el portal en su tablet oculta era su vía de escape; no dependía de las puertas ni de los gremios. Por ahora, su plan era simple: explorar, aprender, adaptarse.

A lo lejos, vio a Bell esperando, mirando alrededor con ojos brillantes. Bruce ajustó su mochila y avanzó hacia el chico. Al acercarse, Bell lo saludó con una sonrisa.

—Bueno, Bell, aquí es donde nos separamos —dijo Bruce, deteniéndose a su lado.

—¿Eh? —Bell parpadeó, sorprendido—. ¿No va a acercarse al Gremio de Aventureros?

Bruce negó con la cabeza, ofreciendo una leve sonrisa. —No. Soy mercader, ¿recuerdas? Voy a echar un vistazo a las tiendas y los puestos, situarme un poco. Vender algo de mi mercancía, buscar alojamiento.

Bell frunció el ceño por un momento, pensativo. Recordó cómo Bruce había pagado sin pestañear un sobreprecio por el carromato solo para llegar antes. Tiene dinero, pensó. Probablemente una posada decente para él estaría fuera de su propio alcance. Asintió, entendiendo que Bruce estaba siendo amable al no señalar la diferencia.

—Ha sido un placer conocerte —dijo Bruce, tendiéndole la mano con un tono solemne pero cálido—. Suerte encontrando la familia adecuada para ti.

Bell sonrió ampliamente y tomó su mano, apretándola con fuerza, como si quisiera probar algo. —¡Igualmente, señor Wayne! Espero que nos veamos pronto. La próxima vez que nos encontremos, ¡ya seré un aventurero!

—No lo dudo —respondió Bruce, con un dejo de aprobación en la voz.

—¡Y espero que usted encuentre lo que busca también! —añadió Bell, con entusiasmo genuino.

Bruce inclinó la cabeza ligeramente. —Eso espero. Cuídate, Bell.

Con un último saludo, Bell se giró y se alejó hacia el corazón de la ciudad, su figura pequeña pero decidida perdiéndose entre la multitud. Bruce lo observó por un momento, luego ajustó su mochila y tomó su propio camino, listo para sumergirse en el caos organizado de Orario.

Bruce se sumergió en las calles de Orario, dejándose llevar por los flujos más animados de gente. Confiaba en que las corrientes humanas lo guiarían hacia los puntos clave de la ciudad, como siempre había hecho en los callejones de Gotham o los mercados de ciudades extranjeras.

El bullicio lo envolvió: voces gritando precios, risas, el tintineo de monedas y el roce de armaduras. Sus ojos entrenados escaneaban a la multitud, captando detalles que otros ignorarían.

La variedad era asombrosa. Elfos de orejas puntiagudas negociaban con gestos elegantes, enanos de barbas trenzadas cargaban martillos más grandes que sus torsos, y hombres-bestia de colas agitadas regateaban con vigor. Incluso escuchó a una mujer gato, su voz entremezclada con maullidos juguetones, un cliché sacado directamente de las fantasías que inundaban los mangas y animes japoneses.

Bruce frunció el ceño ligeramente, pensativo. Este mundo se parecía demasiado a esas historias, como si hubiera sido moldeado por una mente caprichosa más allá de la realidad misma —quizás una de esas criaturas multidimensionales que habían creado el artefacto que lo trajo aquí—. La idea le provocó un escalofrío, pero no tenía tiempo para detenerse en ella.

Mientras avanzaba, una sensación familiar lo alertó: estaba siendo observado. Disimuladamente, ajustó su paso y giró la cabeza lo justo para confirmar. Era un chico, aún más joven que Bell, delgado y de aspecto malnutrido, pero con una chispa de energía en sus movimientos. Humano, de pelo negro desordenado, piel pálida y ropa raída que apenas le cubría. Sus ojos estaban fijos en Bruce, no con hostilidad, sino con un propósito claro.

Bruce evaluó sus opciones. ¿Un ladrón marcando un objetivo? Posible, pero el chico no parecía sigiloso; su postura era demasiado abierta. ¿Curiosidad, entonces? Decidió esperar. Finalmente, el joven pareció tomar una decisión, enderezó los hombros y se acercó con paso rápido.

—Oiga, señor, ¿es usted nuevo en Orario? —preguntó, su voz aguda pero firme.

Bruce lo miró de arriba abajo, manteniendo su expresión neutra. —Sí. ¿Qué quieres?

El chico sonrió, mostrando dientes desiguales. —¡Yo soy tu hombre! Puedo guiarte por la ciudad. Conozco cada rincón. ¿Qué te parece cien valis la hora?

Bruce arqueó una ceja. Gracias al puesto fronterizo, ya tenía una idea aproximada de los precios en este mundo. Cien valis era poco —probablemente el costo de una comida sencilla—. Podría haber regateado, pero no vio necesidad de apretar a un chico claramente necesitado.

—¿Tienes un límite de tiempo? —preguntó en cambio.

El joven asintió, apuntando al cielo. —Hasta que anochezca. Unas cinco horas, más o menos.

—Trato hecho —dijo Bruce, y la cara del chico se iluminó con una mezcla de alivio y alegría.

—Soy Bruce Wayne —se presentó, extendiendo la mano.

El chico la tomó con entusiasmo. —¡Alc! Me llamo Alc.

—¿Solo Alc? —preguntó Bruce, inclinando la cabeza.

El joven se rascó la nuca, avergonzado. —Bueno… Mi guardiana, la que me cuidaba, quería apellidarme 'Ohol'. Ya sabes, Alc Ohol. —Soltó una risa seca—. Estaba borracha cuando se le ocurrió, pero por suerte la gente del registro lo rechazó, así que me quedé con Alc solamente. Igual, no es raro. Los huérfanos como yo no solemos tener apellidos hasta que nos unimos a una familia y nos inventamos algo.

Bruce lo observó por un momento. —¿Te importa si te llamo Al?

—¡Para nada! —respondió Alc, encogiéndose de hombros—. Algunos hasta prefieren así. Hay quien no puede pronunciar bien la 'c' al final.

Una pequeña sonrisa asomó en los labios de Bruce, teñida de melancolía. El nombre le trajo recuerdos de Dick en sus días como Robin, cuando, en plena adolescencia, fastidiaba a Alfred llamándolo "Al" solo para sacarlo de quicio. El mayordomo, siempre diplomático, pedía que usara su nombre completo, a lo que Dick respondía con un alegre "Claro, Al", insistiendo en la broma. Eran recuerdos agridulces, de tiempos más simples antes de que todo se oscureciera. Sacudió la cabeza para despejarlos y volvió al presente.

—¿Tienes un mapa de la ciudad? —preguntó a Al.

El chico se golpeó la frente con el dedo. —¡Aquí arriba lo llevo todo!

Bruce alzó una ceja. —¿Y uno de papel?

Al rió, un poco nervioso. —Eso no es barato, señor. Los mapas buenos cuestan una fortuna.

—Entonces llévame a donde pueda conseguir uno —dijo Bruce, firme pero sin rudeza.

Al asintió y lo guió a través de las calles concurridas, esquivando carros y vendedores hasta llegar a un edificio de piedra desgastada. Era una mezcla curiosa entre librería y biblioteca, con estanterías repletas de tomos polvorientos y pergaminos enrollados. Un guardia en la entrada revisaba a los visitantes, usando un artefacto con una piedra mágica incrustada que emitía un leve resplandor al tocar las manos de los recién llegados —una especie de lector dactilar místico, dedujo Bruce—. Tras registrarse, podían consultar lo que quisieran, pero comprar algo tenía un precio.

Bruce observó el lugar con interés. Era un tesoro de información esperando a ser explorado. Por ahora, se acercó al mostrador y pidió un mapa. El vendedor, un hombre de mirada cansada, desenrolló uno sobre la mesa: un plano detallado de Orario, con la torre en el centro y las calles extendiéndose como venas. —Tres mil valis —dijo.

Bruce no lo consideró caro; con lo que llevaba encima, era una fracción de su presupuesto. Pero notó cómo Al se movía incómodo a su lado, mirando el mapa como si fuera un lujo inalcanzable. La diferencia entre sus mundos era evidente, y aunque no lo dijo, Bruce lo registró en silencio

Bruce guardó el mapa en su mochila y miró a Al, que esperaba con las manos en los bolsillos, balanceándose sobre los talones. —Quiero encontrar joyerías —dijo, su voz calmada pero directa.

Al parpadeó, sorprendido. —¿Joyerías? ¿Vas a comprar joyas?

—No, lo contrario —respondió Bruce. Desenganchó un pequeño compartimento de su cinturón rústico y sacó un rubí del tamaño de una uña, su rojo intenso atrapando la luz del sol. Con un movimiento casual, se lo lanzó a Al, quien lo atrapó por reflejo. —Quiero vender. Dame un momento. —Se dio la vuelta y fingió ajustar una tira de su bota, dejando al chico con la gema en las manos.

Era una prueba deliberada. Bruce sabía que el rubí valía una pequeña fortuna aquí; si Al intentaba huir con él, revelaría sus intenciones. Pero también sabía que la tentación podía ser abrumadora para alguien en su situación. Mantuvo al chico en su visión periférica, esperando.

Al no se movió. Se quedó ahí, con los ojos abiertos como platos, girando el rubí entre los dedos. —¿Esto vale una fortuna, verdad? —dijo al fin, su voz temblando de asombro.

Bruce se enderezó y lo miró, evaluándolo. —La riqueza es relativa, Al. Pero supongo que sí.

El chico tragó saliva y, tras un segundo de duda, se lo devolvió con cuidado, como si temiera romperlo. —No sé mucho de joyas, lo confieso. Nunca he entrado en una tienda de esas. Pero como guía, sé dónde están. He visto los escaparates… brillantes y todo eso.

Bruce asintió, satisfecho. Al había pasado la prueba, al menos por ahora. —Guíame entonces. Quiero un sitio con varias tiendas juntas.

Al dudó un momento, luego señaló el mapa que Bruce sostenía. Mientras examinaban las calles trazadas en el pergamino, el chico sugirió un distrito comercial al oeste de la torre, conocido por sus artesanos y mercaderes de lujo. Bruce marcó el lugar con un dedo y asintió. —Vamos.

Caminaron entre la multitud, esquivando vendedores ambulantes y aventureros. La conversación surgió de forma natural, y Bruce, como había hecho con Bell, optó por un enfoque indirecto. —¿Vives en un orfanato, supongo? —preguntó, manteniendo el tono casual mientras observaba una pareja de enanos discutiendo precios frente a un puesto.

Al no titubeó. —Sí, en el Orfanato Hearthstone. Por eso tengo que volver antes de que anochezca. Si no, cierran las puertas y me quedo fuera. —Hablaba con franqueza, sin rastro de vergüenza. No era tan ingenuo como Bell, pero tampoco parecía ocultar nada.

Bruce inclinó la cabeza, curioso. —¿Tan estrictos son?

Al se encogió de hombros, pateando una piedra suelta en el camino. —Bastante. Orario está lleno de huérfanos, ¿sabes? Hay muchos aventureros, y no es raro que ambos padres sean de la misma familia. Si algo sale mal en la mazmorra —hizo un gesto vago con la mano—, los dos mueren y los críos se quedan solos. Algunas familias los acogen, otras los mandan a sitios como el Hearthstone. Depende del dios, supongo. Cada uno tiene sus reglas.

Bruce lo escuchó en silencio, archivando los detalles. —¿Y tú? ¿Qué sabes de tus padres?

—Nada —admitió Al, sin alterar su tono—. Debo haber sido un bebé cuando pasó, porque no recuerdo otra cosa que el orfanato. Los responsables cambian cada pocos años, así que nadie sabe quiénes eran. No me molesta mucho. Es una historia como la de muchos aquí.

Caminaron unos pasos más, y Bruce aprovechó para indagar. —¿Por qué tantos huérfanos, entonces?

Al suspiró, mirando al cielo como si contara algo rutinario. —El Gremio de Aventureros da algo de dinero a quien quiera montar un orfanato, pero no alcanza. Hay demasiados niños y pocos sitios. El Hearthstone está a reventar. Para que funcione, ponen normas duras. La comida, por ejemplo, va primero a los pequeños o a los enfermos. Si eres mayor y estás sano, te toca esperar. Después de los diez años, hay días que no comes si no traes algo tuyo. No lo dicen directamente, pero te 'sugieren' que trabajes para ganarte un extra.

Bruce frunció el ceño ligeramente, aunque su rostro permaneció sereno. —¿Y el alojamiento?

—Parecido —respondió Al—. Entre más grande te haces, menos espacio tienes. Primero compartes cama. A los quince, te mandan al suelo. Por eso casi nadie se queda después de esa edad. O te apuntas a una familia o te las arreglas solo.

—¿Y las familias son la solución? —preguntó Bruce, guiándolo con suavidad.

Al soltó una risa seca. —No siempre. Las buenas, las que dan comida y un techo decente, tienen filas de gente esperando. Solo abren plazas cuando hacen reclutamientos, y la competencia es feroz. Las que aceptan rápido… bueno, si fueran tan geniales, ¿por qué nadie las quiere? Tienen problemas: dioses raros, deudas, o te mandan a la mazmorra sin prepararte. Los huérfanos como yo no tenemos prisa hasta los catorce. Intentamos entrar en las mejores primero, y si no sale, pues… a las otras, antes de que el tiempo se acabe.

Bruce asintió, procesando en silencio. Este mundo tenía una crueldad práctica bajo su fachada de aventuras heroicas. La mazmorra no solo mataba aventureros; dejaba tras de sí un rastro de niños abandonados, atrapados en un sistema que los empujaba a sobrevivir o perecer. Las familias parecían una red de seguridad imperfecta, y los orfanatos, más un filtro que una solución. Al hablaba con una resignación que contrastaba con su energía; no era inocente como Bell, pero tampoco estaba roto. Solo pragmático.

Siguieron caminando hacia el distrito de las joyerías, el ruido de la ciudad envolviéndolos mientras Bruce ajustaba su plan: vender el rubí, reunir recursos, y seguir desentrañando este lugar, paso a paso.

El distrito comercial bullía de actividad, una calle estrecha flanqueada por tiendas con escaparates relucientes. No era raro ver varias joyerías agrupadas así; la competencia atraía a más clientes, un fenómeno que Bruce había visto en Gotham y en innumerables ciudades de la Tierra. Para él, era tan predecible como el caos de un callejón en la noche.

Al dudó un momento, mirando las fachadas. —Esa de ahí —dijo al fin, señalando una tienda con un letrero dorado—. He visto al tipo por el escaparate alguna vez. Parece… no sé, listo. Un buen comerciante.

Bruce no respondió, pero arqueó una ceja internamente. "Listo" no siempre era sinónimo de honesto; a menudo significaba que sabía manipular a los demás.

El chico entró primero, con un brío que sorprendió a Bruce. —¡Queremos vender una joya! —anunció, su voz resonando en la tienda—. ¿Compran joyas aquí, verdad?

El joyero, un hombre corpulento con dedos llenos de anillos, levantó la vista desde un mostrador cubierto de terciopelo. —Claro, pequeño. ¿Qué tienes? —respondió con una sonrisa que no llegaba a sus ojos.

Bruce se acercó sin decir palabra, sacó el rubí de su cinturón y lo colocó sobre el mostrador. Al tomó el silencio como una señal para seguir hablando. —¡Es buena!, ¿eh? ¿Cuánto nos das por ella?

El joyero tomó la gema, la examinó bajo una lupa y frunció el ceño, fingiendo desinterés. —No está mal. Setenta mil valis —dijo, dejando la oferta en el aire como si fuera generosa.

Al abrió los ojos como platos. —¡Por los dio...! —soltó, pero cortó sus propias palabras antes de terminar la frase, y cambió el tono, cruzándose de brazos—. Aunque… no sé, creo que vale el doble. Ciento cuarenta mil, fácil.

Bruce observó en silencio, conteniendo una mueca. El joyero gruñó y, tras un breve regateo, acordaron noventa mil valis. Al salió de la tienda con el pecho inflado, contando las monedas en la bolsa que Bruce le dejó sostener. —¡Ua! ¡Menuda fortuna! Lo hice bien, ¿verdad? —dijo, casi brincando.

Pero Bruce no compartía su entusiasmo. Su mirada era dura, aunque contenida, y su silencio pesaba. Al lo notó y frunció el ceño. —¿Qué ocurre? ¿No le gustó el trato?

—¿Por qué hablaste por mí? —preguntó Bruce, su voz baja pero firme.

Al se rascó la nuca, nervioso. —Lo siento, señor Wayne. Solo quería que sacaras algo bueno. Pensé que… no sé, que le ayudaba.

Bruce lo miró fijamente. —Nos timó, Al.

—¿Qué? —Al parpadeó, incrédulo—. ¡Pero si nos dio un montón! —Sus gestos, sin embargo, traicionaban su duda; tamborileó los dedos en la bolsa, inseguro.

—Quédate callado esta vez —dijo Bruce, ajustando su mochila—. Y mantente a un paso atrás. Observa.

Al lo siguió, confundido, y aún más sorprendido al ver que Bruce sacaba otra joya de su cinturón, mientras entraban en otra joyería al final de la calle. Esta vez, Bruce tomó las riendas. Colocó una esmeralda aún más brillante frente al nuevo joyero, un hombre mayor de manos temblorosas pero ojos agudos. —¿Cuánto por tasar esto? —preguntó, sin mencionar venderla.

El joyero lo miró, luego a la gema. —Cinco mil valis por la tasación.

Al tragó saliva, impactado por el precio, pero mantuvo la boca cerrada como le habían pedido. Bruce pagó sin pestañear, y el hombre examinó la esmeralda bajo una lámpara. Silbó, genuinamente impresionado. —Esto es… increíble. La talla, la pureza… ¿De dónde sacaste algo así?

—Vengo de muy lejos —respondió Bruce, evasivo—. Allí hay sitios donde se consiguen estas cosas.

El joyero asintió, respetando la vaguedad. —Vale cinco millones de valis, fácil. Quizás más en una subasta.

Bruce apreció la aparente sinceridad del comerciante. Parecía que esta vez sí estaban ante alguien confiable.

Al se giró de golpe, dándole la espalda al mostrador para ocultar su expresión. Sus hombros temblaban ligeramente, abrumado por la cifra. Bruce, impasible, continuó.

—¿La comprarías?

El hombre suspiró. —No tengo tanto aquí. Podría darte un millón a descuento, o esperar a un comprador dispuesto a pagar el valor completo. Mi comisión habitual es un diez por ciento. Tú decides.

—¿Cuánto tardaría? —preguntó Bruce.

—Una semana, probablemente. Si no aparece un comprador, en dos semanas hay subasta de joyas en el Gremio de Comercio. Ahí la venta estaría asegurada.

—Espero —dijo Bruce, tranquilo—. No tengo prisa.

Salieron de la tienda, y Al explotó tan pronto estuvieron fuera. —¿Cinco millones? ¡El otro tipo nos estafó! —Se dejó caer de rodillas en la calle, inclinándose al estilo japonés—. ¡Lo siento mucho, señor Wayne! ¡Tenemos que volver y exigirle que nos devuelva la joya!

Bruce lo miró desde arriba, imperturbable. —No, Al. La transacción está hecha. La ley está de su lado, y el error fue nuestro por aceptar. Así funciona el comercio.

Al se levantó, aún agitado. —¿Entonces por qué lo dejaste? ¡Sabías que te estaba timando!

Bruce esbozó una leve sonrisa, casi imperceptible. —¿Crees que esa era mi última joya?

Al parpadeó, y la comprensión lo golpeó como un martillo. Sus ojos se abrieron tanto que parecían a punto de salirse. —¿Tú… tienes más? Eres rico... ¿verdad?

Bruce no respondió. Solo sonrió. Esa fue respuesta suficiente. Al comprendió que la riqueza de ese hombre estaba más allá de su imaginación.

—Aún así, no es justo —insistió Al, frunciendo el ceño.

Bruce lo miró con calma. —¿Crees que él salió ganando? Sí, tiene una joya, pero perdió algo mucho más valioso.

—¿El qué? —preguntó Al, desconcertado.

—La confianza de un cliente importante —respondió Bruce, dejando que las palabras flotaran.

Al se quedó en silencio, procesando. Por un momento, pareció entenderlo, pero luego sacudió la cabeza, como si la lógica de Bruce estuviera fuera de su alcance. Este hombre era un misterio que no podía descifrar.

El sol comenzaba a bajar, tiñendo las calles de Orario con tonos dorados. Bruce miró al cielo y luego a Al, que caminaba a su lado con las manos en los bolsillos. —Necesito una posada —dijo, su voz tranquila pero firme—. ¿Qué opciones hay?

Al sonrió, claramente en su elemento. —Las posadas son lo que más me preguntan los viajeros. Hay de todo: las lujosas, con camas de plumas y comida decorada con oro; las normales, decentes para el bolsillo; y las baratas… bueno, digamos que tienen 'carácter'. —Hizo una pausa, mirándolo de reojo—. Con lo que lleva encima, podría quedarse en la Rosa Dorada. Es de las caras, pero elegante. Creo que le pega.

Bruce negó con la cabeza. —No.

Al frunció el ceño, desconcertado. ¿Qué, es un tacaño después de todo? pensó, pero no lo dijo. —¿Por qué no? —preguntó en cambio.

Bruce lo miró con serenidad. —¿Te parezco alguien rico?

Al parpadeó y recorrió con la vista su atuendo: capas oscuras de tela robusta, botas gastadas, nada que gritara riqueza. —Pues… no, la verdad —admitió, rascándose la nuca—. ¿Por qué va así si puede permitirse lujos?

—Apenas estoy asentándome aquí —respondió Bruce—. Ser rico atrae atención, y no siempre de la buena. Quiero pasar desapercibido por ahora.

Al asintió lentamente, todavía procesando. Bruce continuó, precisando su pedido. —Busco algo discreto. Con varias entradas, si es posible, para moverme sin que me vean.

El chico pareció extrañarse por un momento, pero luego reflexionó. Claro, él sabía de aventureros de alto nivel que manejaban millones de valis sin pestañear, pero ellos eran fuertes, capaces de aplastar a cualquiera que los desafiara. Bruce, en cambio, no parecía un guerrero… o al menos no lo aparentaba. No con esas ropas, al menos.

Quizás un hombre normal con dinero necesitaba ser más cauto. Guardó sus pensamientos y se enfocó en la petición. —Daedalus Street tiene posadas así —sugirió—. Es el barrio bajo, un laberinto en sí mismo. Los ladrones y los tipos raros hacen sus tratos ahí. Podrías despistar a cualquiera.

Bruce tomó nota mentalmente. Daedalus Street. Un reflejo de los bajos fondos de Gotham. Podría ser útil más adelante, pero no mostró interés evidente. —Si doy esa dirección para negociar, podría levantar sospechas —dijo en cambio—. ¿Qué más tienes?

Al chasqueó la lengua, pensando. —Espera, creo que sé un sitio perfecto. Lo encontré por casualidad hace un tiempo y ya lo he recomendado. —Se animó mientras lo guiaba por calles más tranquilas—. No está mal ubicada, pero casi no se ve. Da a dos lados: una calle comercial decente y una plaza con una iglesia vieja, abandonada.

Bruce lo siguió, atento. —¿Abandonada?

—Dicen que la familia Hephaestus la compró hace años —explicó Al—. La gente pensó que la reformarían, porque esa familia tiene recursos, pero nada. La plaza se ha ido apagando poco a poco. Todos esperan que algún día hagan algo con ella.

—¿Hephaestus? —preguntó Bruce—. ¿Un dios constructor?

Al rió. —Diosa, en realidad. Y no tanto constructora, más herrera. Hacen armas y equipo increíble, aunque sí construyen para ellos mismos. Para obras grandes a terceros, suele ser la familia Goibniu. —Bruce asintió, recordando al vendedor del carburador que había mencionado ese nombre. Archivó la corrección del género de Hephaestus; un error así podría ser una ofensa grave aquí, y no quería problemas innecesarios.

Llegaron a la posada. Desde la calle comercial, la entrada parecía un callejón estrecho, encajado entre dos edificios como si alguien hubiera forzado el espacio. A veinte metros, el paso se cortaba abruptamente por un edificio delgado y desgarbado, con paredes que parecían apretarse contra sus vecinos. Al lo llevó al interior, donde un hombre mayor, de pelo gris y espalda encorvada, los recibió tras el mostrador.

—Bienvenidos —dijo el posadero, con una sonrisa cansada—. Perdón por el desorden. Mi esposa ya no puede ayudar, la edad no perdona, y yo estoy contando los días para jubilarme. El sitio tiene sus años… hay goteras en el ático, así que esas habitaciones están cerradas. Pero abajo está todo en orden.

Bruce inclinó la cabeza. —Busco algo tranquilo. ¿Tienes una que dé a la parte trasera?

El hombre asintió. —Segunda planta, mirando a la plaza. Es silenciosa. Es lo que buscas, ¿verdad? —Lo guió escaleras arriba, dejando a Al esperando abajo.
La habitación era sencilla: una cama con sábanas limpias pero gastadas, una mesa coja y una ventana que daba a la plaza. Bruce se acercó al cristal y miró la iglesia abandonada, sus contornos difuminándose en la penumbra del atardecer. Satisfecho, volvió al posadero y cerró el trato.

De regreso abajo, se giró hacia Al. —Hora de pagar. Quinientos valis por hoy… o podría darte la mitad.

Al frunció el ceño, sintiendo un nudo en el estómago. ¿Me está timando ahora él? pensó, apretando los puños. Lamentablemente era una experiencia demasiado habitual, pero no lo había esperado de ese hombre, que había parecido tan cordial con él hasta ahora. Pero antes de que pudiera protestar, Bruce continuó.

—La mitad ahora, a cambio de contratarte una semana entera. Día completo, mil valis por día. ¿Qué dices?

El chico parpadeó, confundido. ¿Un regateo… o una oferta? —¿No dijiste que una vez aceptado, las condiciones no se cambian? —preguntó, entre desafiante y curioso.

Bruce sonrió, satisfecho de que recordara. —Y no las cambio. Te doy a elegir: beneficio rápido o más trabajo por un sacrificio. Tú decides.

Al dudó, tamborileando los dedos contra su pierna. Temía que Bruce se echara atrás si pedía demasiado, pero la oferta era tentadora. —Está bien —dijo al fin—. Me quedo con la mitad.

Bruce sacó una bolsa, contó doscientos cincuenta valis y se los tendió. Luego, sin previo aviso, añadió otros mil. —De propina —dijo, casual.

Al se quedó boquiabierto. —¿Qué? ¿Entonces por qué regatear?

Bruce solo sonrió, dejando la pregunta en el aire. Al lo miró fijamente y de pronto lo entendió. —¿Fue una prueba, verdad?

Bruce asintió, y esta vez ofreció más. —Quería ver si irías por lo seguro o negociarías. Tu curiosidad también cuenta.

—¡Y acerté! —dijo Al, sonriendo de oreja a oreja.

—Casi —corrigió Bruce—. La jugada perfecta habría sido contraofertar sin dudar, vendiéndote como valioso y ofreciendo tus servicios igual. Pero esto está bien. ¿Al amanecer, entonces?

—¡Aquí estaré, señor! —respondió Al, casi saltando de entusiasmo.

Bruce le dio una palmada leve en el hombro y subió a su habitación. El espacio era rústico pero limpio: paredes de madera desgastada, un colchón firme con una manta áspera, y la ventana ofreciendo una vista silenciosa de la plaza. La iglesia abandonada se alzaba como una sombra en la oscuridad creciente, sus vitrales rotos apenas visibles. Se sentó en la cama, dejando la mochila a un lado, y por primera vez en horas se permitió relajarse.

Este mundo era un rompecabezas, pensó. Orario mezclaba heroísmo y miseria, riqueza y trampas, dioses y huérfanos. Había encontrado un punto de partida: discreto, estratégico, conectado a algo más grande que aún no entendía. Cerró los ojos, dejando que el silencio lo envolviera. Sus hombros se relajaron por primera vez en días.