Bruce se detuvo frente a la puerta de una habitación en la planta superior, ajustándose la manga de su camisa con un movimiento preciso. Era temprano, y el silencio de la casa solo se rompía por el leve crujir de las tablas bajo sus pies. Golpeó la madera con los nudillos, un toque firme pero sin impaciencia, y esperó. Al no recibir respuesta, giró el pomo con cuidado y entró, dejando que la luz del pasillo se colara en el cuarto aún en penumbra.
- Al… Ya va siendo hora de levantarse - dijo, su voz resonando con calma en la habitación.
Desde la cama, un bulto de sábanas se removió ligeramente. Una mano despeinada asomó, seguida de un murmullo somnoliento.
- Un poco más, mamá - respondió Al, claramente atrapado entre el sueño y la realidad.
Bruce se quedó inmóvil por un instante, procesando la respuesta con una mezcla de sorpresa y diversión contenida. Luego, elevando el tono y adoptando una seriedad casi teatral, replicó:
- No soy tu madre.
El efecto fue instantáneo. Al abrió los ojos de golpe, parpadeando mientras su mente pugnaba por salir de la neblina del sueño. Un par de segundos después, se incorporó de un salto, sentándose erguido sobre la cama como si lo hubieran atrapado en un acto delictivo. Su rostro se tiñó de un rojo intenso, rivalizando con el color de las cortinas que colgaban a su espalda.
- Lo… ¡Lo siento mucho, señor Wayne! Yo… - balbuceó, las palabras tropezándose entre sí mientras intentaba explicarse, claramente mortificado por el desliz.
Unos minutos más tarde, en la amplia zona de comedor de la planta baja, Bruce y Al estaban sentados a la mesa, rodeados por el aroma del café que aún no llegaba.
La luz de la mañana se filtraba por las ventanas, bañando las paredes de madera en tonos cálidos, pero el ambiente entre ellos era una mezcla peculiar de silencio y tensión contenida. Al mantenía la mirada fija en la superficie pulida de la mesa, su vergüenza aún palpable tras el incidente de la habitación.
Bruce, por su parte, ocupaba su silla con esa postura impecable que lo caracterizaba, las manos cruzadas frente a él. Aunque su rostro permanecía impasible, como una máscara de seriedad, en su interior se estaba divirtiendo de lo lindo con la situación. Era un placer sutil que, fiel a su costumbre, no dejaba traslucir ni en un gesto.
Tras un momento de silencio, Bruce decidió romper el hielo, inclinándose ligeramente hacia el chico.
- Sabes, Al, para ser un huérfano me sorprende que hayas dicho esa expresión - comentó, su voz grave y deliberada, como si estuviera señalando un misterio digno de investigación -. Incluso papá sería demasiado.
Era obvio que le estaba tomando el pelo, pero lo dijo con tal seriedad que cualquiera podría haber pensado que lo consideraba un problema real. Al levantó la vista, alarmado.
- ¡Es irónico! - se apresuró a disculparse, agitando las manos -. A veces, cuando Mary se pasa de buena, la llamamos así.
- Mary, ¿eh? - repitió Bruce, dejando que la palabra colgara en el aire -. Y si hubieras tenido otro guardián…
- No me habrían preguntado - interrumpió Al, todavía a la defensiva -. Me habrían sacado de la cama a patadas.
- Ajá - dijo Bruce, arqueando una ceja. Su mirada se clavó en el chico con una intensidad casi teatral, como si estuviera evaluando cada palabra mientras Al se retorcía bajo el escrutinio, su vergüenza creciendo por segundos.
- ¡No es culpa mía! - exclamó finalmente, alzando la voz -. ¡Estas camas son demasiado buenas! Si hubiera dormido en el orfanato, ¡me habría despertado a tiempo!
Bruce y Al seguían sentados a la mesa, con las tazas vacías frente a ellos, cuando Aaron, el posadero, se acercó con pasos lentos y trabajosos. Era un hombre mayor, de pelo gris desordenado que caía sobre su frente arrugada, y su espalda encorvada lo hacía parecer más frágil de lo que su voz firme sugería. A pesar de su postura, había una calidez en sus ojos cansados que contrastaba con las líneas duras de su rostro curtido. Llevaba una bandeja en las manos, cargada con una jarra, una tetera humeante y un pequeño plato de pastas, y la depositó sobre la mesa con un cuidado casi reverente, como si temiera que el esfuerzo pudiera traicionarlo.
- Me alegro de que hayan tenido una buena noche - comentó Aaron, mientras vertía leche en un vaso para Al y café en la taza de Bruce.
Luego, con un leve encogimiento de hombros que acentuó su curvatura, añadió:
- Siento no poder ofrecerles nada más.
Colocó la bandeja con las pastas al alcance de ambos, el mimbre crujiendo bajo sus dedos nudosos.
- No. Es más que suficiente - dijo Bruce diplomáticamente, inclinando la cabeza en un gesto cortés.
Aaron esbozó una sonrisa torcida, dejando entrever un destello de orgullo en su mirada.
- Las ha hecho mi mujer. A pesar de sus problemas de movilidad, se empeña en seguir cocinando en casa, aunque sea en algo tan simple como esto.
Bruce tomó una pasta y la examinó un instante antes de llevársela a la boca, como si evaluara su calidad con la misma precisión que aplicaba a todo lo demás.
- Tenéis otra casa, entonces - preguntó, manteniendo un tono casual pero inquisitivo.
Aaron asintió, apoyándose con una mano en el respaldo de una silla para aliviar el peso sobre su espalda.
- Heredada de mi suegra. Es un sitio más pequeño, pero más que suficiente para los dos. La idea original era vender este sitio cuando nos jubiláramos… pero… ahora es complicado.
Su voz se apagó en un suspiro, y Bruce alzó la vista, captando la sombra de preocupación que cruzó el rostro del posadero.
- ¿Cuál es el problema? - preguntó, directo pero sin presionar.
Aaron giró la cabeza hacia la ventana, su mirada perdiéndose en la calle desalineada que rodeaba la posada. La luz del sol apenas llegaba al interior, atrapada por los edificios vecinos que parecían haber conspirado para aislar el lugar.
- Supongo que os habréis dado cuenta de que es raro que parezca dentro de una calle sin salida. Pero no era así antes. Hace unos siete años, un grupo de fanáticos que tenían en verdaderos problemas a la ciudad causaron muchos daños. Este edificio se salvó de milagro, pero no las viviendas circundantes. Se incendiaron parcialmente, y decidieron tirarlas y reconstruirlas. Y cuando lo hicieron, cambiaron la línea de la calle, dejando este edificio totalmente desalineado, creando esta calle interior que no existía. No tener visualización es un gran problema para una posada.
Bruce asintió, comprendiendo el dilema. Sus ojos recorrieron el comedor, notando las grietas sutiles en las paredes y el desgaste de los muebles, ecos de un pasado más próspero que se desvanecía bajo el peso del tiempo.
- Pero la parcela seguirá teniendo valor - comentó, su tono práctico pero alentador.
Aaron dejó escapar una risa seca, enderezándose lo poco que su espalda le permitía.
- Técnicamente sí, pero la ley me obliga a reformar para vender. Incluso si decidiera derruirlo, como tiene edificios parcialmente adosados, hay que hacerlo con cuidado y hay que gastar una cantidad importante. Y ese dinero tendría que adelantarlo yo, antes de formalizar ninguna venta. No tengo muchos ahorros y es arriesgado. Por eso, mientras pueda seguir trabajando, tengo la intención de hacerlo.
Bruce asintió de nuevo, esta vez con una leve inclinación de cabeza que denotaba interés. Sus manos, cruzadas frente a él, se mantuvieron inmóviles, aunque su mente ya estaba calculando posibilidades.
- ¿Y si el comprador adelantara el dinero de las reparaciones?
Aaron parpadeó, sorprendido por la sugerencia, y su mano tembló ligeramente al rascarse la nuca.
- Eso sería ideal - dijo, rascándose la cabeza -, pero francamente es dudoso que eso ocurra. ¿Por qué tomar un riesgo así? Vendedores sin escrúpulos podrían aprovechar un trato así para retractarse y no vender después.
Bruce reprimió una sonrisa. Sabía que había una solución sencilla: en Orario, un dios como testigo podía garantizar un acuerdo vinculante. Pero no lo mencionó. En lugar de eso, vio una oportunidad y decidió aprovecharla.
- ¿Y si yo lo hiciera? Lo cierto es que estoy interesado en comprar una casa en Orario, y este edificio es discreto. Eso me gusta.
Aaron lo miró fijamente, sus ojos entrecerrándose como si intentara leer más allá de las palabras. Sus hombros encorvados se tensaron por un instante.
- ¿En serio? Quiero decir… las reparaciones no son baratas… ¿Probablemente millones?
- Unos diez millones. Me he informado - respondió Bruce con calma, como si hablara de algo trivial.
Aaron abrió los ojos de par en par, claramente desconcertado. Cuando Bruce llegó a la posada, lo había tomado por un aventurero experimentado: su porte seguro y su manera de moverse lo sugerían. Pero tras verlo cambiarse, con ropa más refinada y un aire cultivado que contrastaba con su llegada discreta, Aaron había comenzado a sospechar que era algo más. Ahora, esa cifra dicha con tanta naturalidad lo confirmaba. Sin embargo, una oferta tan generosa podía ocultar intenciones dudosas.
- Y… ¿de qué cantidad sería la oferta? - preguntó con cautela, su voz más baja de lo habitual.
Bruce tomó un sorbo de café antes de responder, dejando que el silencio se asentara un momento para medir la reacción del posadero.
- En realidad, aún estoy obteniendo los fondos para establecerme aquí, en Orario. No me gustaría ofertar algo antes de disponer del dinero de la oferta. ¿Qué tal si lo volvemos a hablar en unos días, y así puedes pensar en cuánto deseas obtener?
- Es… - Aaron titubeó.
La propuesta sonaba demasiado buena para ser cierta. Su mente giraba, buscando trampas. Por un lado, un comprador fraudulento lo presionaría para cerrar el trato rápido, no le daría tiempo para pensar. Por otro, no podía descartar que fuera una estrategia elaborada. Incapaz de encontrar una respuesta clara en ese instante, decidió que aceptar una conversación futura no lo comprometía a nada.
- Supongo que está bien - concedió, aunque un dejo de duda persistía en su tono.
A un lado, Al observaba la escena en silencio, su vaso de leche intacto frente a él. Un nudo se formó en su estómago mientras miraba las volutas de vapor que se elevaban de la bebida. Bruce estaba planeando asentarse en Orario; eso era evidente. Pero su contrato como guía terminaba hoy. ¿Seguiría contando con él? Como guía, ya no tenía sentido. Su mirada se perdió en la superficie de la mesa, cargada de una tristeza silenciosa que contrastaba con el murmullo de la conversación.
El sol ya había trepado alto en el cielo de Orario, bañando las calles del mercado con una luz dorada que rebotaba en los adoquines. Bruce y Al estaban frente a una tienda de ropa modesta pero concurrida, rodeados por el bullicio de compradores y el relincho de los caballos de un carromato que esperaba a un lado. La tendera, una mujer menuda de mejillas sonrosadas y ojos brillantes, prácticamente vibraba de entusiasmo mientras despedía a Bruce, sus manos apretadas en un gesto de gratitud.
- ¡Muchas gracias por su compra, señor Wayne! - exclamó con una voz que resonó por encima del ruido -. ¡Espero que podamos seguir colaborando en el futuro!
Bruce inclinó la cabeza ligeramente, esbozando una sonrisa seductora que parecía calculada para desarmar.
- Seguro que sí. Tenga una buena mañana - respondió, su tono diplomático cargado de esa calidez controlada que tan bien dominaba.
Al salir de la tienda, Al se quedó rezagado un momento, observando con una mezcla de asombro y desconcierto cómo los trabajadores cargaban las últimas cajas en el carromato. El polvo del camino se arremolinaba a su alrededor mientras Bruce sacaba una bolsa de valis y pagaba al conductor con un movimiento rápido y preciso. Al, incapaz de contenerse, comenzó a rascarse la frente repetidamente, un tic nervioso que acompañaba el ceño fruncido que arrugaba su rostro joven.
Bruce giró la cabeza hacia él, captando el gesto de inmediato.
- ¿Todo bien, Al?
- No - admitió Al con una honestidad cruda -. No sé qué es peor. Que te hayan hecho un descuento del ochenta por ciento, o que a pesar de todo te hayas gastado más de la mitad de los ahorros con esto.
Bruce dejó escapar una leve risa, ajustándose el cuello de la camisa mientras los trabajadores terminaban su tarea y el carromato se ponía en marcha con un chirrido.
- Bueno… tú dijiste que en el orfanato erais más de sesenta niños, ¿no es cierto? Hemos logrado que todos tengan ropa nueva. Así no destacarás tanto - dijo, guiñándole un ojo con un aire juguetón.
Al suspiró, rindiéndose ante la lógica de Bruce, aunque su expresión seguía siendo una mezcla de incredulidad y resignación.
- No lo entiendo. Sinceramente, no lo entiendo. No son tan generosos cuando somos nosotros los que pedimos ayuda - comentó, su voz teñida de amargura al referirse a los huérfanos.
Bruce se detuvo un momento, girándose para mirarlo de frente mientras el bullicio del mercado seguía zumbando a su alrededor.
- No creas. La gente buena no le importa ayudar un poco. Generalmente, lo que más miedo les da es ayudar personalmente, porque, ¿qué crees que pasaría si te regalara ropa?
Al bajó la mirada, reflexionando un instante antes de responder con una certeza que solo la experiencia podía dar.
- Que el siguiente día aparecerían otros diez huérfanos a la puerta - dijo, sabiendo bien cómo funcionaban las cosas en su mundo.
- Exacto - confirmó Bruce, asintiendo con una leve sonrisa -. Además, en realidad el mayor gasto de la ropa, aunque no lo parezca, suele ocurrir en el último tramo. Ella tiene muchas prendas que tiene que asegurar, deteriorándose con el tiempo. Cada vez que alguien la mira la puede descolocar o probar, así que ella debería limpiarla. Vender una prenda cuesta mucho esfuerzo, y la mayor parte del pago es para compensar eso. Vender muchas permite bajar el precio.
- Aún así… un ochenta por ciento... - murmuró Al, todavía atrapado en la enormidad del descuento.
Bruce se encogió de hombros con una naturalidad que desmentía la complejidad de la negociación que acababa de cerrar.
- Nos hemos llevado las más baratas, pero no estaban en oferta. Las han podido mover en volumen. Y sí… aún con todo, supongo que ha reducido el margen a lo mínimo cuando le dije que era una donación a un orfanato. Todo ha ayudado.
Al asintió lentamente, sus ojos recorriendo el carromato que se alejaba con las cajas apiladas. Intentó hacer un cálculo mental, imaginando cuánto podría haber ganado la tendera. Incluso con un margen reducido del 10% sobre el medio millón de valis de la compra, seguía siendo una suma considerable. Su expresión se suavizó, y levantó la vista hacia Bruce.
- Gracias - dijo sinceramente, su voz cargada de gratitud -. El orfanato… realmente ha sido un gran gesto.
- De nada… - respondió Bruce, dándole una palmada ligera en el hombro -. Y ahora, vamos a comer. Es tu último día de contrato, así que tengamos un pequeño exceso. Escoge el lugar que más te apetezca. Mientras la comida no exceda de veinte mil valis por persona, nos lo podemos permitir.
Al soltó una risa breve, casi incrédula. ¿Veinte mil valis por persona? Era una locura para gastar en comida. Podrían ir a restaurantes lujosos, con manteles de lino y cubiertos que brillaban como espejos, pero él sabía que no disfrutaría de ese ambiente. Prefirió algo más cercano a su gusto, un lugar que había oído mencionar en las calles. Uno de los locales preferidos de los aventureros que prosperaban.
- Creo que sé el lugar perfecto. La Anfitriona de la Fertilidad - dijo, con una chispa de entusiasmo en los ojos.
El bullicio del mercado había quedado atrás, reemplazado por el murmullo tranquilo que llenaba La Anfitriona de la Fertilidad. La posada estaba casi desierta a esa hora, con solo unas pocas figuras esparcidas por las mesas de madera gastada, sus voces apenas un eco bajo el techo de vigas expuestas. El aroma a estofado especiado flotaba en el aire, mezclado con el sonido de platos chocando que llegaba desde la cocina. Era un poco pronto para la hora punta del mediodía, y la calma reinante parecía un respiro bienvenido tras el ajetreo de la mañana.
Cuando Bruce y Al cruzaron el umbral, una chica de orejas felinas y cola ágil se giró hacia ellos desde el centro del salón. Su cabello castaño claro caía en mechones desordenados alrededor de su rostro, y sus ojos brillaban con una mezcla de curiosidad y picardía. Vestía un uniforme sencillo pero impecable, con un delantal que ondeaba ligeramente al moverse. Con un salto en su paso, levantó una mano en un saludo exagerado.
- ¡Bienvenidos, nyah! - gritó, su voz resonando con un tono juguetón que llenó el espacio.
Bruce y Al respondieron al unísono, alzando las manos en un gesto cordial, casi instintivo. La chica ladeó la cabeza, observándolos un instante antes de girarse hacia la puerta de la cocina, sus orejas temblando de emoción.
- ¡Niuevas caras, jefa, nyah! - exclamó, proyectando la voz hacia el interior.
Inmediatamente, el sonido de pasos pesados retumbó desde la cocina. Una mujer fornida emergió, llenando el marco de la puerta con su presencia imponente. Su cabello oscuro estaba recogido en un moño práctico, y sus brazos, musculosos y curtidos, sugerían años de trabajo duro. A pesar de su tamaño, había una calidez ruda en su expresión, suavizada por las arrugas que marcaban su rostro. Caminó hacia ellos con una confianza que hacía temblar ligeramente el suelo de madera, deteniéndose frente a la mesa con las manos en las caderas.
- Es bueno ver a nueva gente por aquí - dijo, su voz grave cortando el aire -. Oh. A ti te conozco, chico. ¿No eres el huérfano ese que intentó vender lámparas a los aventureros?
Al soltó una risa incómoda, rascándose la nuca mientras una sombra de vergüenza cruzaba su rostro.
- Bueeeno… Fue un intento de negocio una vez, pero no salió bien.
La mujer lo miró con una ceja arqueada, esperando más detalles.
- ¿No te explicaron que los aventureros suelen tener mejor vista que la gente normal, y que además la mazmorra brilla en los primeros niveles?
- Me lo explicaron demasiado tarde - admitió Al, encogiéndose de hombros.
Mia dejó escapar una risa estruendosa que reverberó en las paredes, haciendo que un par de clientes alzaran la vista desde sus platos.
- ¡Ah! No te preocupes. Al menos demuestras iniciativa. Todos hemos pasado por tropiezos - dijo, suavizando el tono -. Además, se te ve con mucho mejor aspecto ahora. ¿Te has unido a una familia?
- No. Me ha salido un patrón generoso - respondió Al, señalando a Bruce con un movimiento de cabeza.
Mia giró su atención hacia Bruce, entrecerrando los ojos como si lo evaluara por primera vez.
- Ya veo… Jajaja. Bueno. Espero que sea tan generoso como para invitarte a comer.
- Para eso estamos aquí - contestó Bruce, su voz tranquila pero firme.
- Así me gusta - aprobó ella, cruzando los brazos -. ¿Y tú? ¿Familia?
- No. Soy mercader - respondió Bruce, manteniendo su tono neutro.
Mia alzó una ceja, y un destello de escepticismo cruzó su rostro. Sin previo aviso, dejó caer una mano pesada sobre el hombro de Bruce con un golpe que resonó como un trueno sordo. El impacto fue sobrehumano, una fuerza contenida que podría haber derribado a cualquiera desprevenido, pero lo más asombroso fue la precisión: no buscaba herir, sino probarlo. Su expresión permaneció relajada, casi divertida, como si no hubiera hecho más que dar una palmadita amistosa.
- No tienes el cuerpo de un mercader - dijo con una sonrisa maliciosa, retirando la mano.
Bruce apenas se inmutó, sosteniendo su mirada con una calma que desmentía el golpe.
- En mi hogar también era un guardián. Pero mi familia perdió la vida en un ataque de monstruos. Es por eso que he venido a Orario.
La reacción de Mia fue instantánea. Soltó el hombro de Bruce como si quemara, retrocediendo un paso. Se rascó la nuca con una mano, desviando la mirada hacia el suelo mientras una sombra de incomodidad reemplazaba su sonrisa.
- Siento oír eso - murmuró, su tono cargado de disculpa -. No es una historia tan rara lamentablemente. Pero imagino que será duro para ti.
- Intento no pensar en ello - respondió Bruce, su voz baja pero firme, cerrando el tema con una nota de distancia.
La posadera asintió, dejando que el silencio se asentara por un instante antes de señalarse a sí misma con el pulgar, esbozando una sonrisa amplia que buscaba aligerar el ambiente.
- Mia Grand. Pero todos por aquí me llaman Mama Mia - dijo, claramente buscando cambiar el tono a uno más ligero.
Bruce inclinó la cabeza en un gesto cortés, manteniendo su aire sereno.
- Bruce Wayne.
- Alc. O Al. Como prefieras - añadió el joven, metiendo las manos en los bolsillos.
Mia ladeó la cabeza, entrecerrando los ojos con curiosidad.
- ¿Sólo Alc?
- Sólo - confirmó Al, encogiéndose de hombros.
- Ohol. Alc Ohol - replicó Bruce al mismo tiempo que Al, su voz grave cargada de un humor sutil.
El comentario pilló a Al desprevenido, y un rubor instantáneo trepó por sus mejillas, tiñendo su rostro de un rojo que rivalizaba con el vino de las jarras cercanas. Mia parpadeó, procesando el juego de palabras, y luego estalló en una carcajada estruendosa que hizo temblar las vigas del techo.
- ¡El registro nunca aprobó mi apellido! - protestó Al, alzando la voz para hacerse oír por encima de la risa.
- Al. Solo Al, entonces - dijo Mia, calmándose con una palmada amistosa en el aire, como si quisiera tranquilizarlo.
Al lanzó un refunfuño bajo hacia Bruce, quien apenas disimulaba una sonrisa traviesa. Era evidente que se estaba divirtiendo a costa del chico, y sus ojos brillaban con una chispa de diversión que rara vez dejaba salir tan abiertamente.
Bruce señaló una mesa en la esquina del salón, apartada del resto, con solo dos sillas enfrentadas. La madera estaba desgastada, pero la posición ofrecía una discreción que encajaba con su naturaleza reservada.
- ¿Podemos sentarnos allí? - preguntó, su tono casual pero firme.
Mia giró la cabeza para echar un vistazo rápido, encogiéndose de hombros con una naturalidad que desmentía su tamaño.
- Si no está ocupado, ni tiene un cartel de reservado, primero en llegar, primero en servirse - respondió, y luego alzó la voz hacia la cocina -. ¡Anya! ¡Llévales la carta!
- ¡Marchando, nyah! - gritó la chica gato desde el otro lado del salón, su cola balanceándose mientras corría a cumplir la orden.
Bruce y Al se dirigieron a la mesa, el crujir de las tablas bajo sus botas mezclándose con el leve zumbido de la posada. Al tomar asiento, Bruce se inclinó ligeramente hacia Al, bajando la voz con un tono más suave.
- Relájate… Sólo es una broma.
- Ya, ya - murmuró Al, aún con un dejo de fastidio mientras se acomodaba en la silla.
Bruce enderezó la espalda, y su expresión se tornó más seria, como si cambiara de máscara en un instante.
- Ahora, necesitamos hablar sobre el futuro - dijo, cruzando las manos sobre la mesa -. Hoy es tu último día bajo nuestro último trato. Y yo ya no necesito un guía. Pero no me vendría mal un ayudante. ¿Te interesa?
La cara de Al se iluminó como si alguien hubiera encendido una lámpara en su interior. Desde la noche anterior, un nudo de preocupación lo había acompañado, robándole el sueño y dejándolo agotado, lo que había culminado en el incidente vergonzoso de esa mañana. Había albergado en secreto la esperanza de que Bruce extendiera su contrato, y ahora esa posibilidad se hacía realidad.
- ¡Sí, por favor! - exclamó, inclinando la cabeza en un gesto humilde que casi rozó la mesa.
Al levantarla, se encontró con la mirada seria de Bruce, fija en él como si evaluara cada detalle de su reacción. Bruce suspiró, un sonido que mezclaba exasperación y diversión contenida.
- Creí que habías aprendido - dijo, su tono casi de regaño, aunque un atisbo de broma se colaba en sus palabras.
- Ah - Al captó el error al instante, enderezándose con una risita nerviosa.
En un gesto teatral, cruzó los brazos y adoptó una expresión seria que parecía más una caricatura de sí mismo.
- ¿Cuánto dinero me ofrece, señor Wayne?
Bruce sonrió, una curva leve pero genuina en sus labios.
- ¿No deberías empezar preguntando en qué consiste tu trabajo?
Al se rascó la cabeza, dejando escapar una sonrisa incómoda mientras se daba cuenta de su precipitación.
- ¿Asumí que era lo mismo que hemos hecho?
- Es parecido. Pero deberías haberlo preguntado - replicó Bruce, inclinándose hacia adelante -. La gran pregunta es… ¿estás dispuesto a limpiar mi ropa interior?
Al se quedó petrificado, sus ojos abriéndose de par en par mientras procesaba la idea. La imagen mental lo dejó mudo por un segundo.
- ¿En serio tengo que ocuparme de eso? - preguntó, su voz temblando entre la incredulidad y el horror.
Bruce dejó escapar una risa contenida, sus hombros temblando ligeramente mientras dejaba claro que era otra broma.
- Técnicamente. Pero solo tienes que ponerla en un cesto y llevarla a una lavandería.
- ¡Oh! - exclamó Al, aliviado, soltando el aire que había estado reteniendo.
- En cuanto pueda, tengo intención de instalar una lavadora - añadió Bruce, como si fuera un detalle menor.
Al frunció el ceño, recordando algo.
- Eso… ¿no es uno de esos artefactos supercaros que miramos?
Bruce lo miró, alzando una ceja con esa calma imperturbable que desarmaba cualquier objeción. Al captó el mensaje al instante: el precio no era un problema.
- Olvida lo que he dicho - murmuró, agitando una mano para desechar su comentario.
- Ok. Es tu turno. Pregunta lo que quieras - dijo Bruce, cediéndole la iniciativa con un gesto de la mano.
Al se enderezó, sus ojos brillando con una mezcla de curiosidad y nerviosismo.
- ¿Dinero?
- ¿Qué te parecen sesenta mil al mes? - respondió Bruce sin dudar -. El resto de gastos, alojamiento, comida, ropa o cualquier otra necesidad, va todo por mi cuenta.
Los ojos de Al se abrieron como platos, y su mente comenzó a hacer cálculos a toda velocidad. Bruce le había pagado mil valis por día como guía; un mes serían unos treinta mil. Había esperado que negociara a la baja, no que duplicara la oferta. Para un aventurero de nivel uno, sacar el doble o triple de la mazmorra no era raro, pero ellos gastaban mucho en equipo: armaduras, armas, pociones, todo costoso. Lo que Bruce ofrecía era un ingreso similar, sin riesgos ni inversiones.
- Es una oferta muy generosa - dijo, casi sin aliento -. ¿Y durante cuánto tiempo?
- Indefinido - contestó Bruce, su tono firme pero tranquilo.
La sonrisa de Al se extendió, plena y brillante, iluminando su rostro por un par de segundos. Luego, como si un pensamiento repentino la hubiera pinchado, se torció en una mueca más incómoda.
Bruce ladeó la cabeza, notando el cambio.
- ¿Algún problema?
- Acabo de recordar que Mary me pidió que enseñara a leer y escribir a los pequeños - explicó Al, rascándose la nuca -. Ella… bueno, como es tan buena, le cuesta que los chicos la obedezcan. Me había comprometido…
Bruce sonrió, esta vez con una calidez comprensiva que suavizó sus rasgos.
- No es problema. Podemos acordar luego un horario más flexible - dijo, tranquilizándolo -. Esa es otra cuestión. No es como ahora. No estarás conmigo todo el tiempo. Necesito que hagas tareas por ti mismo.
Al asintió, comprendiendo que las condiciones serían distintas, pero confiando en la fiabilidad que Bruce había demostrado hasta ahora.
- Sin embargo, respecto al tiempo, necesito comentarte un detalle importante - continuó Bruce, bajando ligeramente la voz -. Es posible que surja algo en cierto momento y tenga que regresar a mi hogar. Puede ocurrir mañana, o puede ocurrir en años. Quizás nunca. Quiero que lo tengas en cuenta. Por supuesto, para compensarte, te dejaré un fondo equivalente a cinco meses. Si tuviera que irme precipitadamente, tendrás al menos cinco meses de ahorro, además de lo que ahorres por ti mismo, para buscar otra forma de vida.
Al asintió de nuevo, esta vez con una sombra de preocupación cruzando su rostro. Era un detalle nuevo, inesperado, pero la honestidad de Bruce y la compensación ofrecida lo hacían manejable, aunque no negociable.
- Y hay otro detalle muy importante - añadió Bruce, su tono volviéndose más grave -. Tengo secretos. Algunos muy importantes. Como parte de tu trabajo, esos secretos tendrás que guardarlos pase lo que pase.
Al asintió una vez más, con una seriedad que reflejaba su entendimiento. Guardar secretos era una expectativa común al unirse a una familia, y esto no parecía tan diferente.
- Las condiciones las he formalizado en un contrato - explicó Bruce, sacando un papel doblado del bolsillo interior de su chaqueta -. Un dios hará de testigo y corroborará nuestra intención de cumplir. Luego volveremos a firmar el contrato ante el Gremio de Comercio. Así tendremos garantías de cumplimiento por ambas partes.
Colocó el papel frente a Al, deslizándolo sobre la mesa con un movimiento preciso.
- Por ahora, solo léelo. Si tienes dudas, pregunta. Y esta tarde, ve al orfanato. Háblalo con tus tutores. Tómate tu tiempo para estar totalmente seguro, o si quieres negociar algo.
- ¿Esta tarde? ¿No había una cita con la diosa Hephaestus? - preguntó Al, frunciendo el ceño.
- Sí. Tengo intención de ir solo. No te preocupes - respondió Bruce, sacando mil valis de su bolsa y colocándolos sobre la mesa junto al contrato -. Ya no tienes que hacer nada más por hoy. Y… ¿qué tal si dejamos el contrato por el momento y nos centramos en la comida?
Mientras Anya tomaban sus pedidos, la posada comenzaba a cobrar vida. Más aventureros cruzaban el umbral, llenando el aire con carcajadas espontáneas, voces altas y bravuconadas exageradas. El sonido de jarras chocando y el chirriar de las sillas al ser arrastradas se mezclaban con el aroma de la comida que pronto llegaría, transformando el lugar en un hervidero de energía que contrastaba con la calma de su llegada.
El taller de la Familia Hephaestus resonaba con el eco lejano de martillos golpeando metal, un pulso constante que parecía latir a través de las paredes de piedra pulida. El aire estaba cargado con el olor acre del carbón y el brillo tenue de las forjas que ardían en la distancia, proyectando sombras danzantes sobre las herramientas y armas colgadas en las paredes. Una trabajadora de la familia, una joven de rostro curtido y manos callosas, se inclinó respetuosamente ante una figura que dominaba el centro del espacio, antes de anunciar con voz clara:
- Diosa Hephaestus, Bruce Wayne está aquí.
La diosa, que estaba de pie junto a una mesa cubierta de planos y fragmentos de metal, giró la cabeza ligeramente, su ojo visible brillando con un destello carmesí bajo la luz del fuego.
- Que pase - respondió, con un tono firme
Bruce cruzó el umbral con pasos silenciosos, su figura recortada contra la luz del pasillo que dejaba atrás. Cerró la puerta tras de sí con un movimiento preciso, el clic del pestillo resonando en el taller como un punto final al bullicio exterior. Sus ojos se posaron en la diosa, y por un instante, evaluó su presencia con la misma atención que dedicaba a cualquier adversario o aliado.
Hephaestus no era alta, pero su figura exudaba una autoridad que trascendía su estatura. Sus hombros anchos y su postura firme parecían forjados en el mismo acero que manipulaba, como si cada músculo hubiera sido moldeado por años de trabajo en la fragua. Su cabello, rojo como las llamas que lamían los hornos cercanos, caía en mechones desordenados sobre su frente, enmarcando un rostro de rasgos duros pero no desprovistos de calidez. Un solo ojo, del mismo tono ardiente que su melena, lo observaba con intensidad, mientras el otro permanecía oculto tras un parche negro que añadía un aire de misterio a su apariencia.
- Es un honor, diosa - dijo Bruce, inclinando la cabeza con una mezcla de diplomacia y encanto que suavizaba su voz grave.
Hephaestus cruzó los brazos, el cuero de su delantal crujiendo ligeramente mientras lo estudiaba con una mezcla de interés y escepticismo.
- El famoso Bruce Wayne, por fin - replicó, su voz cargada de un sarcasmo sutil.
Bruce esbozó una sonrisa leve, apenas un destello en su rostro compuesto.
- ¿Famoso? Sólo soy un humilde mercader - respondió, manteniendo un tono modesto que rozaba lo teatral.
La diosa ladeó la cabeza, su ojo brillando con una chispa de desafío.
- Demasiada humildad no es diferente de presumir - contraargumentó, dando un paso hacia él -. Además, crear gemas artificiales no sería algo que yo llamaría "simple". Por si fuera poco, has sido capaz de empatar con un dios de la guerra - añadió, señalando con un gesto de la barbilla la espada que Bruce llevaba en la mano.
Bruce inclinó la cabeza en reconocimiento, extendiendo la hoja con un movimiento fluido para entregársela.
- Ah, sí. Por supuesto. Veo que Takemikazuchi ha sido puntual - dijo, su tono tranquilo pero con un dejo de diversión.
Era de esperar, pensó Bruce mientras la diosa tomaba la espada entre sus manos. Si Takemikazuchi reflejaba el carácter japonés que tan bien conocía —disciplinado, directo y con un toque de orgullo—, no había duda de que habría compartido cada detalle del combate con su círculo divino.
Hephaestus examinó el arma por un instante, sus dedos recorriendo el filo con una precisión casi reverente antes de devolverle la mirada.
- Solo para que lo sepas, yo no hago copias - afirmó, su voz firme como el acero que forjaba.
- Siendo sincero, sólo buscaba una forma diplomática de devolver la espada a la familia - explicó Bruce, encogiéndose de hombros con una naturalidad calculada -. Pero el dios Takemikazuchi es testarudo.
- ¡No me digas! - exclamó Hephaestus, su tono cargado de una ironía tan afilada que casi cortaba el aire.
Se giró parcialmente, apoyando la espada contra la mesa con un golpe seco que resonó en el taller. Luego volvió a encararlo, cruzando los brazos de nuevo.
- Todos los dioses nos conocemos, pero Take forma parte de mi círculo cercano, como Hestia - continuó, su ojo entrecerrándose ligeramente -. Por cierto, a Hestia también la tuve aquí protestando porque un tipo llamado Bruce Wayne quería comprar SU iglesia.
Bruce captó el énfasis mordaz en "SU", un matiz que la diosa recalcó con una ceja arqueada y un leve rictus en los labios. No era difícil deducir que Hephaestus no estaba del todo complacida con la actitud posesiva de Hestia sobre una propiedad que, en realidad, no le pertenecía por completo.
- Ah. Hestia ha sido un poco exagerada. Estoy alojado en la vecindad y estoy buscando una propiedad. Me pareció un sitio abandonado e interesante y lo investigué. Cuando nos encontramos y le conté que estaba interesado en comprarlo, ya no escuchó nada más. Por supuesto, no estaba pensando en desalojarla. Ni siquiera sabía que estaba viviendo allí.
Hephaestus dejó escapar un resoplido leve, casi una risa contenida, mientras se apoyaba en la mesa con una mano. Su delantal de cuero crujió al inclinarse hacia adelante, y el parche sobre su ojo derecho parecía absorber la luz como un vacío en contraste con el brillo de su mirada.
- Bueno, no estoy preocupada por Hestia - corrigió, su voz grave resonando con un matiz de diversión -. Pero estoy fascinada por la conversación que tuvimos juntos los tres. Por un lado, Takemikazuchi revelándonos que eres un maestro de artes marciales, con múltiples estilos, incluyendo algunos que son conocidos por muy pocos grupos como ciertas sectas de asesinos del Lejano Oriente. Mientras, mi amiga Hestia me decía que, según su conversación con el señor Wayne, es un hombre sin falna que no mataba si no tenía alternativa. Y para colmo, mi confiable Vaeryl cree que eres alguien con la habilidad de Misterio, cosa imposible si no tienes falna. Como comprenderás, con este rompecabezas, me resulta muy complicado saber quién exactamente tengo delante.
Bruce maldijo para sus adentros, su rostro manteniendo una máscara de calma mientras su mente trabajaba a toda velocidad. ¿Los dioses eran tan parlanchines entre sí? ¿O había tenido la desgracia de cruzarse con un grupo tan unido como Hephaestus había insinuado? Las probabilidades de tropezar con un círculo tan íntimo de deidades parecían infinitesimales, pero ahí estaba, atrapado en una red de rumores divinos. Apretó los labios por un instante, un gesto fugaz que traicionó su frustración antes de recomponerse.
Había anticipado preguntas incómodas; era inevitable al tratar con seres capaces de oler una mentira a leguas. Su estrategia estaba clara desde el principio: ser directo hasta donde fuera necesario y trazar una línea firme cuando llegara el momento de proteger sus secretos. Respiró hondo, enderezando los hombros como si se preparara para un combate verbal.
- Es cierto que no tengo falna - comenzó, su voz firme pero medida -. Si me preguntan por mi familia, suelo referirme a que murió durante el ataque a mi hogar, lo que es cierto, aunque suela esconder el hecho de que por familia no me refiero a la creada por un dios, sino a la que tenía por lazos fraternales. Respecto a esa habilidad, en ningún momento he reclamado ser poseedor de ella. Sin embargo, es posible que mi insistencia por mantener mi privacidad en relación a mi estatus pueda haber generado confusión. En ese sentido, me disculpo.
Hephaestus ladeó la cabeza, su ojo único entrecerrándose como si intentara atravesar las capas de cortesía que Bruce había tejido con tanto cuidado. Dejó de tamborilear los dedos y cruzó los brazos, el movimiento haciendo que las cadenas de herramientas colgadas en la pared cercana tintinearan ligeramente. Una sonrisa tensa curvó sus labios, revelando que no se tragaba del todo la fachada de humildad.
- No es necesario que te disculpes, especialmente si no te sientes culpable - replicó, su tono cortante viendo a través de la máscara de cordialidad de Bruce -. Estoy más preocupada por el origen de esas gemas, entonces. Porque si tú no tienes la habilidad, o tienes detrás a alguien que la tiene, o puedes crearlas de otro modo. No sé cuál me preocupa más, la verdad.
El aire entre ellos se espesó, cargado de una tensión que parecía vibrar al compás del calor de las forjas.
Bruce permanecía inmóvil, su figura recortada contra la luz parpadeante de las llamas, mientras la diosa lo observaba desde el otro lado de la mesa. Sus dedos, curtidos por siglos de trabajo, descansaban sobre la superficie de madera marcada por golpes y quemaduras, y su ojo carmesí brillaba con una intensidad que parecía atravesar cualquier fachada.
Bruce decidió que dar más rodeos sólo complicaría las cosas; la franqueza era su mejor arma contra una mente divina.
- El segundo caso. Alquimia avanzada, sin poder divino involucrado. Pero no tengo intención de revelar el método.
La diosa esperó un segundo, su mirada clavada en él como si intentara desentrañar cada palabra. El silencio entre ellos se alargó, roto solo por el crepitar lejano de las brasas, mientras ella inclinaba la cabeza ligeramente.
- ¿Por qué "alquimia" no suena completamente sincero en tus labios? - preguntó, su voz baja pero afilada.
La perspicacia de Hephaestus era tan palpable como el calor que los rodeaba. Bruce mantuvo su expresión impasible, aunque reconoció internamente la habilidad de la diosa para captar matices.
- En mi hogar, usamos otras palabras. Pero es un problema de traducción - respondió, su tono firme y sin titubeos.
Esta vez, Hephaestus no detectó falsedad. Sus hombros se relajaron apenas un ápice, pero su ojo siguió escrutándolo, como si buscara una grieta invisible.
- Y ese hogar es…
- No revelaré ese dato - cortó Bruce, su voz tranquila pero inamovible.
La mirada de la diosa se volvió penetrante, un fuego que oscilaba entre la curiosidad y la sospecha. Dio un paso lento hacia él, el cuero de su delantal crujiendo con el movimiento, y por un instante pareció debatirse entre verlo como amigo o enemigo.
- ¿Y cómo sé que no formas parte de Rakia o cualquier otro enemigo? - insistió, su tono endureciéndose.
- Ni mi hogar ni yo somos enemigos de Orario ni de este mundo. No tengo conexión con Evilus ni con otro grupo de similar naturaleza, si es lo que te preocupa - replicó Bruce, sosteniendo su mirada sin retroceder.
Hephaestus respiró hondo, el sonido resonando como un fuelle en el taller. Sus hombros se alzaron y cayeron, y por un momento, ambos se midieron en silencio. Ella podía ver a través de él, detectar la verdad en sus palabras, pero él también había anticipado sus dudas, respondiendo antes de que las formulara. En ese intercambio tácito, se reconocieron como adversarios dignos en una danza verbal cargada de tensión.
Finalmente, la diosa dejó escapar un suspiro teatral, pasándose una mano por el cabello rojo como si quisiera sacudirse la frustración.
- Qué demonios… necesito un trago - dijo, poniendo fin a la inquisición momentáneamente.
Se levantó de su asiento con un movimiento enérgico, el crujir de las tablas bajo sus botas resonando en el espacio. Cruzó el taller hasta un pequeño mueble bar en la esquina, donde el polvo se mezclaba con el hollín. Sacó una botella de vidrio oscuro y la sostuvo en alto.
- Ron, sake, vino… - ofreció, su tono una clara invitación.
- No rechazaría una buena copa. Ron está bien - aceptó Bruce, inclinando la cabeza con una leve sonrisa.
La diosa asintió, cogiendo la botella y dos vasos pequeños de arcilla que parecían haber sido moldeados por sus propias manos. Sirvió el líquido ámbar en ambos con un chorro preciso, el aroma fuerte del ron elevándose en el aire cálido. Tomó un trago de su vaso y lo saboreó un instante antes de hablar.
- Siento si está caliente, pero no suelo traer hielo. No dura mucho al lado de la forja - dijo, señalando con un gesto vago el área de trabajo, donde el resplandor rojizo de las llamas lamía las paredes.
Bruce tomó su vaso y dio un sorbo, el calor del licor apenas perceptible contra el sofoco de la habitación. Había aprendido a relajar su cuerpo en condiciones extremas, a controlar su respiración y evitar que el calor lo afectara más de lo necesario. Sus ojos se encontraron con los de Hephaestus por encima del borde del vaso, y vio en ellos un torbellino de pensamientos.
En la mente de la diosa, las piezas del rompecabezas giraban sin encajar del todo. Podía preguntarle qué no era —un enemigo, un agente de Evilus— y sus respuestas parecían limpias, sinceras. Pero su negativa a revelar qué era, de dónde venía, su pasado, seguía siendo un enigma. ¿Ocultaba un secreto dañino para Orario? ¿O protegía algo más personal, algo relacionado con ese hogar que, según Hestia, estaba destruido? La contradicción la inquietaba.
- ¿Es cierto que tu hogar está destruido? - preguntó, dejando el vaso sobre la mesa con un golpe seco.
Bruce asintió, su expresión ensombreciéndose por un instante.
- ¿Por qué protegerlo entonces? - presionó ella, inclinándose hacia adelante.
- Siendo exactos, murió el noventa por ciento de la gente. Hubo un pequeño grupo de supervivientes, pero la reconstrucción, si prospera, tomará mucho tiempo. Probablemente más de lo que me queda de vida - explicó, su voz baja pero cargada de una certeza resignada.
Hephaestus asintió lentamente, tamborileando los dedos contra el borde del vaso. Si esa era la verdad, entonces tal vez había un motivo lógico para su secretismo: proteger a esos pocos que quedaban. Pero ¿protegerlos de qué? Su curiosidad seguía ardiendo, tan intensa como las forjas a su espalda.
- ¿Y es cierto lo que me contó Hestia? ¿Que no matas? - preguntó, cambiando de rumbo con una ceja arqueada.
- Lo que le dije es que solo mataría para proteger más vidas, si no hubiera más elección. Pero siempre hay más elección - respondió Bruce, su tono firme pero matizado por una sombra de introspección.
- ¿Y nunca has matado? - insistió ella, su ojo entrecerrándose.
- Siempre he intentado no matar. Pero cuando te ponen constantemente al límite, es inevitable cometer errores. Aplicar más fuerza de la necesaria. No ser suficientemente rápido… A veces, ni el mayor de los esfuerzos es suficiente - admitió, su mirada cayendo al vaso por un instante antes de volver a levantarse.
Hephaestus asintió de nuevo, un gesto más suave esta vez. Pedirle a alguien que usara la fuerza sin cruzar nunca la línea era como exigirle perfección, algo que ni los dioses podían reclamar. Sus labios se curvaron en una media sonrisa, pero la duda aún persistía en su expresión.
- ¿Nunca, nunca? ¿Jamás has matado intencionalmente? - presionó, su tono escéptico teñido de desafío.
- No - afirmó Bruce, su voz clara pero con un leve eco de tensión.
La diosa arqueó una ceja, captando algo en su respuesta, un matiz que no pasó desapercibido.
- ¿Qué es esa duda que he sentido? - preguntó, inclinándose hacia él con renovado interés.
Bruce respiró hondo, dejando el vaso sobre la mesa con un movimiento lento y deliberado.
- Bueno… Depende de tu definición de muerte… Hubo una vez. Es una larga historia.
Hephaestus sonrió con malicia, un brillo travieso iluminando su ojo mientras alcanzaba la botella para servir más ron en ambos vasos.
- Siempre tengo tiempo para una nueva historia - dijo, su voz cargada de anticipación mientras el líquido ámbar llenaba el aire con su aroma.
El taller de Hephaestus estaba impregnado de un calor que parecía emanar tanto de las forjas como de la intensidad de la conversación. Bruce se inclinó ligeramente hacia adelante, el vaso de ron olvidado sobre la mesa mientras sus manos se movían con gestos medidos, tejiendo el relato del Joker y Bane. La diosa, sentada frente a él, escuchaba con los codos apoyados en la madera y el mentón descansando sobre sus manos entrelazadas, su ojo carmesí brillando con un interés que crecía con cada palabra. Bruce había simplificado la tecnología del mundo de Gotham, envolviéndola en descripciones vagas para ocultar su origen, centrándose solo en lo esencial de la escena.
Mientras explicaba los antecedentes del demente Joker y el maniaco guerrero Bane, el rostro de Hephaestus se iluminaba con una mezcla de asombro y deleite. Sus dedos tamborileaban contra su propio brazo, un ritmo impaciente que traicionaba su entusiasmo.
- ¿Por qué un plan tan enrevesado? - preguntó la diosa, interrumpiendo con una ceja arqueada.
Bruce respiró hondo, ajustando su postura como si ordenara sus pensamientos antes de responder.
- El Joker estaba obsesionado conmigo porque creía que rendirse a los deseos propios era la forma de que uno se liberase de sus ataduras. Y como lograba frustrarle sus planes, él me reconocía como su némesis. Como verse en el espejo, antes de liberarse según su propia visión del mundo. Así que estaba obsesionado con forzarme a matar a alguien. Y ese era el objetivo de todo ese plan. O matar a Bane, o matarlo a él. La única manera de salvar al Joker era matar a Bane, y viceversa. El monitor cardíaco funcionaba solo como un reloj, que solo podía ser parado con la muerte de uno de ellos. Bane solo le siguió el juego porque quería luchar conmigo sin que yo me reprimiera.
- ¿Y cómo acabó? - presionó Hephaestus, inclinándose aún más, el cuero de su delantal crujiendo con el movimiento.
- De ahí lo de la definición de "muerte" - continuó Bruce, su voz adquiriendo un tono más grave -. Le paré el corazón a Bane. Eso detuvo el proceso. Luego solo tuve que ponerle el corazón otra vez en marcha. Él sobrevivió, pero no deja de ser cierto que lo maté… temporalmente. De ahí el dilema. ¿Maté o no maté? Depende de cómo quieras verlo. Pero en mi opinión, una muerte de unos pocos segundos no es una verdadera muerte.
Hephaestus dio tres aplausos sordos, un sonido amortiguado por el ambiente cálido del taller, y una sonrisa discreta pero satisfecha se dibujó en su rostro.
- Una gran historia - dijo, asintiendo lentamente -. ¿Realmente es cierta?
- Quizás algún detalle no sea exacto, pero sí. En esencia, la historia es cierta - afirmó Bruce, sosteniendo su mirada con una calma que ocultaba el esfuerzo de adaptar el relato.
- Realmente una gran historia - repitió ella, asintiendo de nuevo, antes de que una sonrisa pícara curvara sus labios -. Con un detalle muy interesante… Por cierto, vienes de lejos, ¿verdad?
Bruce asintió tímidamente, un movimiento casi imperceptible que no pasó desapercibido para la diosa. Algo en el tono de su pregunta, en su timing inesperado, le hizo sentir un nudo de cautela en el estómago.
- No usáis piedras mágicas en tu hogar, ¿no es así? - insistió Hephaestus, su ojo brillando con una mezcla de triunfo y curiosidad.
Bruce no respondió, su silencio cayendo como una cortina entre ellos. Pero ese mutismo fue suficiente para la diosa, que se enderezó en su asiento con una satisfacción evidente.
- Me resulta realmente curiosa tu historia, sobre todo ese "monitor cardíaco" - continuó, su voz ganando un filo inquisitivo -. Porque hasta donde yo sé, en esta ciudad muy poca gente sabría lo que significa. A fin de cuentas, los pocos que existen están en manos de la Familia Dian Cecht. Su elaboración fue una colaboración entre la Familia Hermes, la de Goibniu y la mía. Usando piedras mágicas para funcionar. Me pregunto cómo pueden llegar cosas así hasta tu hogar.
Bruce quedó aturdido, un raro instante en que su máscara de control se resquebrajó. No había previsto que un detalle tan específico como el monitor cardíaco pudiera exponer tanto. Sus manos se tensaron brevemente sobre la mesa antes de relajarse, y respiró hondo para reconducir la situación.
- ¿Alquimia avanzada, tal vez? - insistió la diosa, su sonrisa ampliándose en un gesto de victoria.
- Oh, no es tan avanzada en este caso - replicó Bruce, forzando un tono casual -. Realmente solo necesitas una pila eléctrica y cable. Con unos cables puestos cerca del corazón, y pasando otra corriente eléctrica de la forma adecuada, la sensibilidad de las corrientes del corazón son suficientes para hacer mover la aguja.
Hephaestus frunció el ceño, ladeando la cabeza con renovada curiosidad.
- ¿Pila eléctrica?
- Supongo que no usáis de eso por aquí, pero ya sabes. La carencia agudiza el ingenio - explicó Bruce, encogiéndose de hombros -. No es difícil. Un disco de zinc, uno de cobre, separados por fieltro humedecido en agua salada, por ejemplo. Y ya tienes una corriente eléctrica. No es gran cosa, pero para un monitor cardíaco…
La diosa levantó su dedo índice en un gesto que gritaba "espera un segundo", interrumpiendo sus palabras. Se puso en pie con una energía casi frenética, el crujir de las tablas bajo sus botas resonando en el taller. Con pasos decididos, cruzó hacia un conjunto de cajones metálicos apilados contra la pared, el hollín y el polvo danzando en el aire a su paso. Sacó varias piezas de metal —láminas de zinc y cobre que brillaban bajo la luz de las forjas— y las colocó sobre la mesa con un golpe seco.
- Espera… ¿Estás haciendo una pila? - dijo Bruce, alzando una ceja al ver que reproducía exactamente lo que había descrito.
Hephaestus ignoró su pregunta, trabajando con una maestría divina que transformaba el metal como si fuera arcilla. Con herramientas simples —un martillo pequeño y un punzón— moldeó los discos en cuestión de segundos, sus movimientos tan precisos que parecían mecánicos. Colocó un trozo de tela humedecida entre ellos, conectó cables a cada lado y los tocó rápidamente con las puntas.
- No pasa nada - dijo, frunciendo el ceño con una mezcla de decepción y desafío.
- ¿Qué esperabas, una chispa? - replicó Bruce, conteniendo una sonrisa -. No lo lograrás con dos discos. Hay poco voltaje. Necesitas apilar múltiples discos.
Sin perder un instante, la diosa repitió el proceso con una velocidad vertiginosa, apilando más discos de zinc y cobre con capas de tela empapada entre ellos. Cuando terminó, chocó los cables con un movimiento brusco. Un destello brillante iluminó el taller, acompañado de un chasquido seco que resonó como un trueno en miniatura.
- Funciona. Realmente funciona - exclamó Hephaestus, su voz temblando de emoción mientras una sonrisa casi maniaca se extendía por su rostro.
- ¿Acaso pensabas que había mentido? - preguntó Bruce, cruzando los brazos con un dejo de diversión.
La diosa lo miró, su ojo brillando con una mezcla de asombro y respeto.
- ¿Eres consciente, Bruce, que esta información se considera conocimiento perdido? - dijo, su tono oscilando entre la incredulidad y la admiración.
Bruce reflexionó un segundo, lo suficiente para que un destello de genuina sorpresa cruzara su rostro antes de recomponerse. Sus manos descansaron sobre la mesa, y su mirada se alzó para encontrarse con la de Hephaestus.
- A mí me resulta curioso que los dioses hablen en esos términos - replicó, su voz calma pero cargada de un filo argumentativo -. Puedo entender que los mortales olviden, pero… ¿por qué los dioses, cuando viven eternamente? No sois muy transparentes cuando se trata de hablar del pasado.
Había contraatacado, girando la conversación con una precisión que hizo que Hephaestus detuviera su movimiento. La diosa suspiró profundamente, un sonido que pareció liberar la tensión acumulada en sus hombros. Apoyó las manos en la mesa, el cuero de su delantal crujiendo, y lo miró con una mezcla de resignación y reconocimiento.
- ¿Realmente no lo sabes? - preguntó, invitándolo con un gesto a retomar el asiento que había abandonado en su entusiasmo.
Rápidamente, Hephaestus desmontó la pila eléctrica con dedos hábiles, separando los discos de zinc y cobre como si deshiciera un rompecabezas. Volvió a sentarse, el crujir de las tablas bajo su peso resonando en el taller, y cruzó los brazos mientras lo observaba.
- Muchos mortales creen que son reflejos imperfectos de los dioses. Pero la realidad es justo la opuesta. Los dioses somos reflejos perfectos de los mortales… de su potencial. Parece lo mismo, pero no lo es.
- ¿En qué se diferencia? - preguntó Bruce, inclinándose ligeramente hacia adelante. Tenía hipótesis, pero prefería una respuesta clara de la diosa.
Hephaestus tamborileó los dedos contra la mesa, el sonido seco marcando el ritmo de sus pensamientos.
- Si los humanos ganan un potencial, nosotros podemos manifestarlo. Si lo pierden, nosotros también. No es necesario que todos… pero sí al menos que unos pocos. Los suficientes.
- ¿Es eso lo que pasó? ¿Que los mortales olvidaron, y por tanto vosotros también? - insistió Bruce, su tono neutro pero inquisitivo.
- Casi - respondió ella, su mirada perdiéndose por un instante en las llamas de la forja -. El conocimiento no es potencial… pero simplemente fue demasiado rápido. Apenas parpadeamos, y en unos siglos los mortales pasaron de su vida habitual a un mar de ideas que se expandía en todas direcciones. Fue tan repentino que apenas pudimos aprender nada. Y al poco tiempo, todo se derrumbó. Una guerra tan brutal como si hubiéramos usado nuestro arcanum - explicó, refiriéndose al poder divino que los dioses habían sellado al descender al mundo mortal.
- ¿Y así se perdió? - preguntó Bruce, su voz baja pero firme.
Hephaestus asintió, su expresión ensombreciéndose con un matiz melancólico.
- A la guerra se añadió luego la mazmorra. Los pocos que quedaron acabaron muertos en las oleadas de monstruos y catástrofes que siguieron a esta. Se perdió demasiado - dijo, su voz tiñéndose de un eco distante.
Bruce bajó la mirada por un instante, un destello de comprensión cruzando sus ojos.
- Sé lo que es eso - murmuró, rememorando la guerra zombi que había devastado su propio mundo.
Hephaestus ladeó la cabeza, captando el cambio en su tono. Se inclinó hacia él, su ojo brillando con renovada curiosidad.
- Había escuchado los rumores - admitió -. Un lugar escondido, incluso de la vista de los dioses, donde los restos del viejo mundo aún latían con vida. Siempre pensé que eran fantasías, cuentos de viajeros para explicar sus hallazgos de reliquias del pasado que habían llegado intactas. Pero ahora llegas tú, y me hablas de tu hogar con "pilas eléctricas" como si fuera tan normal como si la gente fuera con una pila en el bolsillo.
Bruce no pudo evitar sonreír, una curva leve pero genuina en sus labios. La imagen de Gotham, con sus habitantes llevando teléfonos con baterías en los bolsillos, era tan cotidiana para él que la observación de la diosa casi lo hizo reír.
- Sé sincero en esto, por favor, Bruce - pidió Hephaestus, su tono suavizándose -. No te preguntaré dónde está tu hogar. Pero sí quiero saber… ¿podrías devolver ese conocimiento?
Bruce mantuvo un silencio pensativo, sus dedos tamborileando una vez contra la mesa antes de detenerse. Sus ojos se encontraron con los de la diosa, evaluándola en silencio.
- ¿Qué harías si pudieras hacerte con ese conocimiento? ¿No temes acabar como la antigua civilización? - preguntó, su voz cargada de una cautela que no ocultaba su interés.
Hephaestus asintió, reconociendo la validez de su preocupación. Se reclinó en su asiento, cruzando los brazos con un movimiento lento.
- Por supuesto que lo he pensado mucho - admitió -. Pero las cosas van mal. Es un secreto a voces: la mazmorra sigue creciendo en fuerza. Lentamente, pero sin pausa, quizás incluso creciendo en pisos hacia el subsuelo. Pero lo peor no es eso. Es la propia ciudad.
- ¿La ciudad? ¿En qué sentido? - preguntó Bruce, frunciendo el ceño ligeramente.
- Dependemos de la mazmorra - explicó ella, su tono endureciéndose -. ¿Acaso crees que si hubiera una mínima posibilidad de éxito, todo el mundo cooperaría? ¿Por qué habría de hacerlo si es la mazmorra su fuente de ingresos?
Bruce asintió, aceptando una lógica que él mismo había contemplado. La paradoja de Orario —una ciudad sostenida por el mismo peligro que la amenazaba— era evidente para cualquiera que observara con atención.
- Incluso existe la posibilidad de que la mazmorra colapse si es derrotada - continuó Hephaestus -. Toda la ciudad sería destruida en ese caso.
- ¿Y cómo ayuda en eso el conocimiento antiguo? - insistió Bruce, su mirada fija en ella.
- No lo sé - admitió la diosa, encogiéndose de hombros con una honestidad cruda -. Depende de lo que descubramos. Quizás poder dar facilidades a la gente sin depender de piedras mágicas. ¿Crees que es posible?
Bruce respiró hondo, su expresión tornándose firme con una certeza que parecía tallada en piedra.
- No lo creo… Lo sé - confirmó, su voz resonando con una convicción que llenó el silencio del taller.
