Capitulo 8 - acto 3
Volumen 2 - El némesis del dragón: La calamidad
Acto 3
En el corazón de la bulliciosa capital de Vigoor, la ciudad cobraba vida con una energía vibrante y palpitante. Las calles empedradas estaban repletas de personas que se apresuraban en sus quehaceres diarios: comerciantes que anunciaban sus productos, estudiantes charlando después de la escuela y trabajadores que cruzaban de un lado a otro. El sol en su cenit, proyectaba las siluetas entre los imponentes edificios, mientras los murmullos constantes se mezclaban con el suave zumbido de los vehículos que serpenteaban por las transitadas avenidas.
Sobre la ciudad, Ayane se movilizaba entre edificios siguiendo el cauce del río que dividía la ciudad: Inmersa en sus pensamientos analizando la información recibida.
Tras cruzar una columna de edificios, Kaede apareció frente a ella en un tejado de los rascacielos; obligándola a detener su marcha. Con una risa sutil mientras caminaba de un lado a otro, dijo: — Oh... Ayane, siempre tan hermosa. ¿No es un día precioso para una charla? —.
Ayane, levantando una ceja, miró con cautela a aquel hombre y respondió: — ¿Qué significa esto? ¿Por qué diste información falsa a los comandantes? ¡¿Sabes lo que eso significa!? —.
Deteniendo su errática marcha, esbozó una nueva risa mientras decía: — Tranquila, tranquila, solo he venido a arreglar un asunto. Después de todo, eres mi maestra, ¿no? Grandes aliados que compartieron luchas desde la infancia —.
Apretando los dientes con disgusto y sin bajar la guardia, desenvainó una de sus wakizashi para responder: — ¿Aliados? No puedo confiar en las palabras de alguien que se hace pasar por otro. ¿Qué has hecho con Kaede y los demás? —.
Haciendo un gesto para tranquilizarla, deslizó su mano en sus propias ropas extrayendo un dedo cortado, para un instante después, lanzarlo en dirección a Ayane. Mientras contemplaba lo recibido, aquel hombre respondió: — ¿Lo vez? Hay tienes lo que quedo de tu querido Kaede... Solo he actuado según las circunstancias. Sobrevivir es duro... Ayane. Es lo mismo que ustedes han hecho contra esos estúpidos seguidores de la deidad ¿verdad? —.
Sin más, Ayane desenvaino su otra espada en tanto el ser dio un paso adelante diciendo: — Tú y yo somos iguales, el uno para el otro... un alma gemela... me rompe el corazón el aprecio que tenían esos tres contigo. ¿Qué hice? Averígualo tú misma. Oh si, los otros dos... me asegure de que no sufrieran... tanto —.
Soltando una sonrisa y cruzando los brazos, Ayane respondió: — Has venido a hacer lo mismo conmigo. Veamos de lo que eres capaz —. Cruzo ambas wakizachi a la ofensiva mientras aquel impostor hacía lo mismo y, enseñando el arma de Kaede y Suzaku, dijo: — Veamos de que es capaz la sexy mariposa de los Tenjimon, maldita perra —.
Bajo la luminosidad del sol, ambas figuras caminaban en círculos detallando los movimientos de su adversario y tras sonar el reloj del campanario de la capital, se abalanzaron el uno contra el otro.
Tras el choque inicial de espadas, Ayane lo repelió con una patada en el estómago, obligándolo a retroceder. Por su parte, aquel ser a toda velocidad se lanzó girando sobre ella; golpeándola en la armadura con ambas espadas para luego propinarle un puñetazo en el rostro, enviándola impulsada contra una pared cercana.
La ofensiva de Ayane se intensificó al verse herida; tenía sangre y raspones en el rostro y enfurecida lanzó un kunai al rostro del hombre, mientras por uno de los costados lo alcanzó para propinarle una patada en el rostro: tumbándole la máscara. Sin detenerse, ambos se movieron intentando cortar al otro, chocando espadas, deslizándose por el suelo y paredes mientras intercambiaban cortes y puñetazos. En un instante, aquel hombre logró asestar un rodillazo en el costado de Ayane, enviándola unos pasos hacia atrás.
Con una sonrisa desafiante y con el rostro revelado, el hombre preguntó: — ¿Eso es todo lo que puedes hacer? Ahora entiendo por qué esos inútiles no pudieron hacer frente más de un minuto... qué decepción —.
Sin decir palabra, la joven tomó un respiro profundo y se lanzó en su dirección, haciendo girar su cuerpo en el aire, tomó por sorpresa al objetivo y lo hirió con un corte en el brazo.
Observando el rostro y los ojos del hombre, quedó estupefacta al reconocer la similitud con Ryu, solo diferenciada por la inscripción de un sello en la parte trasera de uno de sus brazos.
El sujeto haciendo un suspiro de placer, se lanzó a gran velocidad contra Ayane, mientras combinaba varias series de golpes con ambas espadas sin descanso. Y así... el rostro y cuerpo de Ayane empezaba a sufrir cortes y rasguños a medida que el impostor continuaba su ofensiva.
Consciente de su fatiga, arrojó un artefacto explosivo al suelo y dio un salto atrás. De su cinturón sacó una bengala que disparó al cielo, dejando tras su paso una alta estela de humo y la figura morada de una mariposa se alzó en el cielo, captando la atención tanto de los habitantes de la ciudad como de los miembros del clan cercanos a su posición, incluido su hermano.
Con sorpresa, el hombre observó la figura en las alturas, admirando el espectáculo en el cielo despejado: — ¿Qué demonios es eso? —. Se preguntó a sí mismo y un instante después observó a Ayane intentando escapar.
El hombre corrió a toda velocidad aprovechando la apertura en su defensa, desapareció un instante solo para aparecer frente a ella, sorprendiéndola y dándole apenas tiempo de reaccionar.
Las espadas chocaron de nuevo con un estruendo atronador y Ayane luchó por mantenerse a la par. El ser, aprovechándose del sobresalto de la joven, combinó rápidas embestidas mientras continuaba hiriéndola y rasgando tenuemente su traje.
Ayane en su fatiga creciente, amortiguó con las espadas cada golpe y, sin embargo, la potencia con la que llegaban le hacía vibrar los músculos en lo que era obligada a retroceder.
Una escalinata irregular la hizo perder el equilibrio, haciéndola tambalear por un instante. Para su infortunio, con una potente patada envió a Ayane al borde del edifico y luego con la empuñadura de sus espadas; la golpeo en la cabeza y arrojo al vacío. Cayendo en picado, su linda figura desaparecía con rapidez de la vista del sujeto a medida que se alejaba del tejado.
El hombre observó imperturbable cómo Ayane caía hacia el cauce del río de la ciudad. Su grito de dolor se desvanecía mientras atravesaba el aire con la fuerza del viento en su contra.
Al caer, un chapoteo se elevó, generando ondas alrededor que se expandían en todas direcciones golpeando las orillas amuralladas del cauce. La corriente la arrastró sin piedad, llevándola aguas abajo. La figura morada de la mariposa continuaba su vuelo en el cielo, mientras Ayane inconsciente era transportada hasta desaparecer de la vista.
Mientras tanto, a lo lejos la figura de la mariposa se elevaba en los cielos para un instante después... desaparecer. Sin dudarlo, Hayate se dirigió a toda velocidad al lugar. Pero... al llegar no encontró a nadie, en cambio, en el tejado del edificio, los restos de una batalla se evidenciaban en las paredes fracturadas y restos de sangre por el suelo.
Tras su llegada, varios miembros del clan surgieron tras él, mirándose unos a otros buscaban pistas sobre el paradero de Ayane y tras una orden, se dispersaron por el área buscándola en cada rincón de los barrios aledaños.
Kaede emergió de un edificio cercano combinándose con los miembros aprovechando el desconcierto y tras no encontrar nada en las cercanías; se reunió con los demás en el lugar de los hechos.
Posándose en medio de todos, Hayate hizo una señal para ser escuchado, captando la atención de los miembros emitió su orden: — Continuaremos con la operación, cada líder de escuadrón llevara a sus hombres a los puntos indicados. Buscare a Ayane con algunos mientras terminan el trabajo, mantengan las órdenes y nos reuniremos en la madrugada —. Tras asentir la cabeza, los miembros desaparecieron en múltiples estelas de humo.
En el tejado Hayate observaba el cauce del rio mientras un puñado de hombres aun continuaban investigando los alrededores. Kaede emergió tras de él y tras tocar su hombro dijo: — La maestra es una mujer hábil comandante, dudo mucho que este en problemas ¿Porque no nos juntamos a los escuadrones y continuamos la misión mientras aparece? —.
Negando con la cabeza hizo un gesto de descontento diciendo: — No... es imposible. Hay pocas cosas que puedan hacerla pedir refuerzos más a plena luz del día... algo... algo no está bien... Kaede, sigue las órdenes y reúnete con los escuadrones. La buscare rio abajo —.
— La moral de los hombres bajará si no ven al comandante tras de ellos, maestro. Si me lo permite yo la buscare mientras usted mantiene la misión en curso ¿Le parece bien? —. Respondió mientras presentaba una reverencia.
Deteniéndose un momento para pensar recordó la orden de su padre y el castigo que recibirían de volver con las manos vacías, volvió las espaldas hacia Kaede y le pregunto: — ¿Puedes hacerlo? No puedo pensar bien hasta ver que este a salvo... —.
Inclinando la rodilla y besando la mano de Hayate respondió: — Encontrare a la maestra y la traeré ante usted, puede confiar en mi... comandante —.
Tras tomar un respiro de alivio hizo un silbido llamando a sus hombres, observando a los ojos a Kaede dijo: — Encuéntrenla y únanse a la operación de hoy, nos reuniremos en la base cuando todo acabe ¿Entendido? —.
Tras un apretón de manos Hayate desapareció y seguidamente sus hombres también lo hicieron. Por su parte, el ser conteniendo las risas se lanzó a las orillas del rio; siguiendo el cauce empezó a explorar cada rincón en busca de ella.
Al mismo tiempo, las corrientes con su ruido ensordecedor arrastraban con violencia a Ayane. El agua, furiosa y tumultuosa, tiraba de ella con violencia estrellándola contra las piedras y los árboles. El dolor agudo y la furia de las aguas se mezclaban en un torbellino que la mantenía en un estado entre la inconsciencia y la agonía.
Conforme que el trayecto avanzaba, las embestidas del agua provocaron que recobrara la conciencia en breves instantes. La visión del cielo despejado y los destellos del sol entre las olas rompían la oscuridad de su desorientada percepción. Sin embargo, la fuerza del agua seguía siendo su enemiga, arrastrándola sin compasión.
En las afueras de la parte sur de la capital, un grupo de ancianos disfrutaba de un día de pesca tranquila. Entre ellos se encontraba Muramassa, con su red de pesca compartiendo risas y anécdotas. De repente, una silueta emergía y se ocultaba mientras era guiada cerca a la barcaza, sus miradas se volcaron hacia el cauce reconociendo la figura de una joven. El anciano, con su aguda visión, reconoció de inmediato el rostro de Ayane casi inerte, mientras sus ojos rojos casi imploraban entre lágrimas su ayuda..
— Ella es... ¡Ayane! —. Dijo mientras se ponía en acción junto a los demás. — ¡Preparen las redes, sáquenla de ahí de inmediato! —.
Las manos curtidas y hábiles de los ancianos se movieron con rapidez, lanzando redes al agua. A pesar de la tenacidad de la corriente, lograron atraparla y tiraron con fuerza para traerla al bote.
Su frágil figura cayo dentro de la barcaza acompañada de peces que habían sido arrastrados y una vez a salvo tosió agua de sus pulmones, recuperando el aliento. Sus ojos, aún nublados por el recuerdo de la batalla, se encontraron con la mirada preocupada del anciano. Con un gesto de gratitud, acarició suavemente el rostro arrugado de Muramassa.
Al intentar agradecer con sus palabras, un ataque de tos la ataco impidiendo su habla, por lo que el anciano comprendiendo su situación, la abrazo y la dejo descansar en una almohadilla: — Puedes estar tranquila, aquí estarás a salvo. Descansa querida, volveremos de inmediato a la ciudad —.
Asintiendo la cabeza cerró los ojos tras un suspiro, abrumada por la fatiga y el dolor, se desplomó en el bote, entregándose al reposo y a la bondad del anciano que tanto necesitaba.
Entre tanto, el hombre bajo las ropas de Kaede recorría las orillas con detalle. Tras abandonar la ciudad, la rivera lo guio hasta una laguna en las afueras. En la distancia, pudo divisar un extenso claro en el río, donde varias barcazas pesqueras se agrupaban. La mirada del hombre se estrechó con frustración al darse cuenta de que su presa se le había escurrido entre los dedos.
— ¡No! ¡Maldita sea! —. Murmuró para sí mismo, mientras las barcazas se movían de un lado a otro con lentitud haciendo resonar los silbatos rompiendo el aire a la distancia. Sus puños se cerraron con rabia y una mirada desafiante se perfilo tras la máscara diciendo: — Maldita enana... esta vez escapaste, nos veremos pronto —.
Tras lanzar unas series de maldiciones, el sujeto decidió retirarse momentáneamente: — Esa perra... debo actuar rápido antes de que abra la boca —. Su silueta, se elevó entre las copas de los árboles dejando tras de sí una estela de plumas, resignado... pero lejos de rendirse.
La ciudad se extendía ante él, con sus luces parpadeantes y sus edificios silueteados en los cielos de medio día mientras se desplazaba a toda velocidad en dirección al distrito de Dworku.
Sin saberlo, en el corazón del río, la barcaza de Muramassa se dirigía rumbo a la capital. Un farolillo titilante en la proa guiaba el camino en medio del lago y el anciano observaba con pesar a la joven tendida con sus frágiles brazos heridos y su rostro rasguñado.
Con manos diestras y un toque gentil, limpiaba las heridas en los brazos de Ayane, usando ungüentos y hierbas curativas. Los rasguños en su rostro eran tratados con igual ternura, como si cada caricia del anciano pretendiera disipar no solo las huellas físicas del dolor, sino también las lágrimas que se reflejaban en sus gráciles y tersas mejillas.
El barco se mecía suavemente con las olas; sus manos, trabajaban con ternura cada moretón y rasguño, cubriendo su cuerpo de cremas dedicando su cuidado a la muchacha que yacía allí, vulnerable y cansada.
La tarde transcurría perdiéndose con el lento avance del bote, el ruido de los motores se mezclaba con el agua que salpicaba dentro de la barcaza. La tranquilidad del viento y la sinfonía de las aves a lo lejos despertó de su dulce descanso a Ayane viéndose sorprendida, abordo junto al anciano.
Una manta cubría su cuerpo y sus heridas habían sido selladas sin dejar rastro o cicatriz, aun confundida y con cierta timidez pregunto: — Eres... Muramassa ¿Que... que ha sucedido? ¿Qué paso con ese sujeto? —.
Con su risa y voz pausada, Muramassa explicaba cómo fue encontrada en el rio, detallaba las heridas que llevaba con sigo, además informo del rumbo tomado indicando que volverían al anochecer al puerto de la capital.
Al intentar levantarse, el dolor en una de sus piernas la hizo caer, en ella se observaba una magulladura en la parte alta de la rodilla y resignada tomo asiento para observar el cielo despejado al horizonte, donde las montañas se perdían a lo lejos y las lagunas formadas por el rio se visualizaban reflejando la luz solar.
Por otro lado y en un sitio más alejado, esa misma tarde en una aldea tranquila y apartada, a las afueras de la bulliciosa capital permanecía reunido un grupo peculiar. En el interior de una modesta casa de campo, Bael yacía en una cama; aún convaleciente de los recientes eventos. Mientras que Noah y el comandante Zayd permanecían en una mesa cercana, intercambiando palabras en voz baja.
De repente, tres golpes resonaron en la puerta, llenando de intriga y alerta a todos los presentes. Las manos de los guardias empuñaron las armas apuntando a la puerta mientras Zayd hacia un gesto con su mano indicando que aún no dispararan.
La puerta se abrió lentamente, revelando la silueta de un hombre encapuchado con las vestimentas del Mugen Tenshin. Llenos de tensión todos apuntaban mientras el recién llegado avanzaba hacia ellos. Sin embargo, Bael, con gesto calmado hizo un ademán para indicar que permitieran su estadía.
Tras retirar su mascara los presentes identificaron de inmediato al hombre que había surgido del portal, desencadenando sentimientos desde la sorpresa hasta el temor.
El sujeto, de manera arrogante e inexpresiva, tomó la libreta y la arrojó con desdén sobre el lecho donde reposaba Bael. El cuaderno cayó con un golpe amortiguado por las sábanas, haciendo que las páginas se esparcieran, revelando una serie de anotaciones y ubicaciones en su interior.
Bael, a pesar del gesto despectivo del visitante, mantuvo su compostura y se esforzó por mostrar una sonrisa amable. Observó la libreta con curiosidad, sin perder la calma ante la insolencia del recién llegado. Se tomó un momento para procesar lo que acababa de suceder antes de dirigir su mirada hacia el misterioso hombre.
— ¿Que significan estos datos? Querido guardián de la deidad, ilumínanos con tu sabiduría —. Dijo Bael con voz tranquila pero firme, en busca de respuestas del enigmático visitante.
Su rostro se molestó tras la pregunta y volviendo la mirada respondió: — Solo sigo las ordenes de Orochi, tal vez eso pueda serles de utilidad —.
Bael observó con satisfacción los apuntes en la libreta y una sonrisa de victoria se dibujó en sus labios. Pasó el libro hacia Noah y el comandante Zayd, quienes lo recibieron con expresiones confundidas y al verlo, sus rostros se llenaron de júbilo al descubrir las valiosas posiciones de los enemigos para la noche. Los ojos de ambos brillaban sobre la información que aquel les ofrecía.
— Gracias a esto tendremos otra ventaja sobre nuestros enemigos —. dijo Bael con firmeza, su voz agregó con confianza: — Pensaba en deshacernos de ellos en algún momento, pero... esto adelantara nuestros planes —.
— Atacaremos esta misma noche, los apoyare con algunas criaturas mientras recobro mis fuerzas para abrir de nuevo el portal —.
Por su parte Noah, como un infante se perdió en sus fantasías ideando simultáneos planes en su cabeza. Pero, al ver el rostro eufórico del comandante volvió a la realidad. — Hemos esperado una oportunidad en mucho tiempo, no podemos dejar pasar esta ocasión mi señor —. Dijo Noah mientras apretaba un puño en señal de victoria frente a Bael.
Zayd rascándose la cabeza con intriga preguntó: — ¿Que haremos con esos malditos ninjas? si no los matamos pronto... seguro nos seguirán el rastro —.
Mientras discutían los planes y estrategias, el impostor se mantuvo en silencio, observando con desdén a los presentes. Con una sonrisa, el clon levantó un puñado de restos de cabello y huesos, mostrándolos ante el grupo con una expresión burlona.
— Ya me he encargado de varios de ellos —. dijo con desprecio — No son tan duros como aparentan ser —.
Noah, sin dejarse intimidar por la arrogancia del sujeto, procedió a proponer un plan para llevar a los hombres del comandante a emboscar a los objetivos en las zonas señaladas. Mientras explicaba los detalles de su estrategia, el ser permaneció en segundo plano, incomodo, pero ignorado.
Al finalizar la discusión, Noah se dirigió al sujeto de manera descortés, ordenándole seguir las instrucciones. Sin embargo, en lugar de obedecer, se enfureció y con un movimiento repentino agarró al joven del cuello, empujándolo contra la pared.
— No te equivoques, gusano estúpido —. Gruñó amenazante, su agarre apretaba su cuello con intensidad como una prensa aplastando mantequilla a punto de desquebrajarlo. — Estoy aquí solo porque la deidad me obligó a venir y sigo solo sus órdenes. Carne como tú no tiene derecho a hablarme —.
La expresión de Noah cambió a una mezcla de sorpresa y temor mientras luchaba por respirar bajo el agarre de las manos. Con un gesto imperioso, el impostor lo soltó bruscamente, dejándolo tambalearse mientras se esforzaba por recuperar el aliento.
Sin embargo, apenas soltó al joven, una luz empezó a iluminar su brazo con un resplandor dorado. El sello tras su brazo empezaba a girar y tomar patrones en diferentes direcciones en su piel.
El dolor lo hizo caer al suelo al tiempo que una voz proveniente del interior de Bael se comunicaba: — Recuerda para lo que has sido creado y por qué has sido enviado, no permitiré otra insolencia si vuelves a tocar a mis sirvientes. No los lastimaras, de lo contrario activare tu marca y volverás a las profundidades del abismo... No lo olvides —.
Bael volvió en si presenciando lo ocurrido, el impostor aun con dificultad se levantó frente a ellos y tras una mueca aterradora fingiendo una sonrisa y apretando los puños con ira, pregunto: — Entonces... ¿Qué quieren que su guardián haga? —.
Noah, tras recobrar la impresión de lo recién sucedido, tomo un mapa de la ciudad y guiándose por las anotaciones empezó a dictar las órdenes y movimientos a realizar para el ataque. Al terminar, pregunto a su alrededor si estaba entendido, a lo que todos asintieron con la cabeza. Noah, observo a aquel sujeto, que devolviéndole la mirada contesto con un corto: — Si... entendido —.
Las criaturas y demonios de Bael se escondían a lo lejos de la aldea, ocultándose entre la maleza. La villa, aunque silenciosa dejaba entrever grupos de niños jugando en las cercanías y sobre ellos, el vuelo de las aves provenientes de la capital.
La arrogancia y el fulgor en la mirada del impostor se perdió en el cielo mientras sus ojos seguían el rastro de las aves de colores que tras su vuelo desaparecieron en una colina cercana. Tomando un respiro y de manera resignada dijo: — Maldita sea, acabemos con esto rápido. Esa marca... así que... no me dejaras tranquilo ni siquiera en este plano ¿verdad? —. Una exhalación salió de sus labios, y su mirada se perdió en las inmensidades de las montañas, tras ellas los cálidos colores de la tarde bañaban su rostro con una luz cálida que lo hizo relajarse al tener finalmente un momento de tranquilidad.
