Capítulo 2
Nostalgia
La mañana se despliega ante nosotros, bañada en los primeros rayos dorados del sol. La luz pinta de colores cálidos la vastedad del valle que se extiende frente a nosotros. Decidimos levantarnos más temprano de lo normal, no solo para disfrutar de un desayuno ligero, sino también para atravesar las zonas más peligrosas antes de que el sol se alce en todo su esplendor. Si bien es imposible estar en peligro real, la eficiencia es clave.
El tiempo no es algo que debamos desperdiciar.
Aun así, hay momentos que nos alejan de esa rutina. Momentos que, por algún motivo, nos obligan a detenernos y aprovechar lo que tenemos frente a nosotros.
Estiro los brazos hacia el cielo, un gesto casi mecánico, mientras mi mirada se fija en Reinhard. Estamos en un valle solitario. No hay árboles que ofrezcan sombra, ni animales que interrumpan el silencio del paisaje. Un par de horas más, y cruzaremos una pequeña montaña que se alza en la distancia.
Es ahora o nunca.
Una sonrisa se dibuja en mi rostro, mientras siento la mirada seria de Reinhard sobre mí, como si quisiera respetar mi deseo. ¿Respetar mi deseo? Es curioso, porque lo que realmente me impulsa aquí no es el deseo de ganar.
No es la emoción de una pelea cualquiera.
—Sé que perderé, no me mires tan serio —le digo con una sonrisa burlona, mientras trueno mis nudillos, sabiendo que todos los ojos del grupo están fijos en mí.
Esta pelea tiene dos objetivos claros: primero, quiero probar los límites de mi cuerpo, quiero ver hasta dónde he llegado con las adiciones y modificaciones que he sufrido. Segundo, quiero que Garfield entienda que la única forma de aprender es perdiendo. A veces, enfrentar nuestras debilidades es la única forma de crecer.
Garfield, tan lleno de orgullo, tendrá que enfrentarse a lo que le espera. No ha visto su propio pasado, no ha aprendido a aceptarlo, y eso debe corroerlo por dentro. Pero todos pasamos por eso. La prueba de Echidna es solo una forma fácil de confrontar el pasado. La verdadera prueba es aceptar que no podemos cambiar lo que ya fue. No podemos hacer que las cosas sean diferentes ni tendremos la oportunidad de ver un pasado donde nuestras acciones fueron diferentes. Y ahí es donde Crusch, Emilia y hasta yo hemos tenido que encontrar nuestra paz.
Ese es el verdadero cambio.
El desafío real.
Así que ahora, con todo lo que tengo, voy a luchar.
—Gracias por permitirme ir con todo, será un honor. —Me inclino ante él, y luego le guiño el ojo, mostrando un toque de humor, como si estuviera restando importancia al reto—. Si te lastimo, también me disculpo.
Reinhard, sosteniendo una pequeña rama imbuida con maná, me observa en silencio. Emilia, por otro lado, me mira con una sonrisa de aliento, su voz rompe el aire.
—¡Dalo todo! —grita con todas sus fuerzas.
—¡No dejes que te den una paliza! —comentan Luan y Garfield al unísono.
—¡No le des una paliza al hermano mayor, que tiene que luchar luego! —grita Felt con un tono juguetón.
Con esos ánimos a flor de piel, me concentro. El maná fluye a través de mí, y me sumerjo en la esencia misma de la pelea. Reinhard, en cambio, es como un vacío. Puedo sentir cómo su maná actúa como un agujero negro, absorbiendo todo a su alrededor. Los ataques furtivos no servirán.
Puede esquivar cualquier golpe dirigido a él.
Pero no todo está perdido.
Y eso lo aprendí gracias a la historia en la novela.
—¡Toma esto! —exclamo, lanzando un golpe directo hacia su estómago. Mi maná de viento se concentra en mi mano, creando una presión creciente. El aire se condensa y se comprime. Cada músculo de mi cuerpo trabaja en sincronía con el maná, y mi puño se lanza con una fuerza brutal.
El impacto suena como un trueno, un estruendo tan fuerte que mis propios tímpanos resuenan con el eco.
¡Boom!
El golpe lo lanza hacia atrás. Reinhard da una voltereta en el aire y aterriza de pie, pero noto que la tela de su ropa se ha quemado en el lugar del impacto y su abdomen se encuentra rojo con la marca del golpe.
Mi sonrisa es una mezcla de satisfacción y desafío, mientras observo cómo se recupera.
—¿Qué te parece? ¿Te sorprendí? —le pregunto, notando cómo el calor de la pelea me invade. Mi mano arde de la presión, pero no importa.
Reinhard, imperturbable, mira el agujero en su traje y su sonrisa asombrada indica que he roto todas sus expectativas. Miro hacía Julius, cuyo asombro es palpable, mientras que Garfield se queda con la boca abierta.
Estoy seguro de que nadie lo había pensado, pero la solución era simple.
—Golpeaste el viento, no me empujaste. Te concentraste en golpear con todas tus fuerzas al aire —dice mientras da un paso hacia mí—. Ese estruendo es solo el resultado de alcanzar una gran velocidad.
Me encojo de hombros, sin perder la compostura.
—Lo que hice fue romper la barrera del sonido, no atacarte —le respondo, acercándome a él con una sonrisa confiada—. No pienso tocarte, después de todo no puedes ser tocado.
Es cierto. No voy a ganar. No voy a atacarlo de la forma en que él lo espera. Pero no necesito hacerlo. Mi maná fluye como nunca, rodeando mi cuerpo, calentando mis músculos, preparando cada célula para lo que viene.
Aprieto mis puños, sintiendo que mi corazón late emocionado.
—Vamos a tener una pelea de verdad, Reinhard. —Sonrío, apretando mis dientes y concentrando todo mi maná.
Mis ojos se iluminan con maná, y mi sensibilidad aumenta a niveles extremos. Todo se vuelve más claro, más nítido. Siento un leve dolor en mis ojos, pero todo lo que importa está por venir.
—Entonces, ahora es mi turno —dice Reinhard, con un tono que no deja lugar a dudas. En un parpadeo, ha cerrado la distancia entre nosotros.
Intento retroceder, pero es demasiado tarde. Reinhard ya está sobre mí. Su puño se dirige hacia mí con una rapidez asombrosa, pero siento cómo su maná se concentra en su pierna.
«Una finta», pienso, mientras levanto mi pierna para recibir su patada. El impacto es brutal, pero logro intentar un contraataque. Mi mano es atrapada con facilidad, y justo cuando intento liberarme, un rodillazo me golpea en el estómago.
El dolor es inmediato. Mi respiración se corta, y mi cuerpo parece caer en cámara lenta.
—Maldito... eso fue muy rápido —sonrío a pesar del dolor, escupiendo al suelo y apoyándome para levantarme.
Reinhard podría haber terminado la pelea en ese momento. Podría haberme noqueado de un solo golpe. Pero aquí estoy, de pie, listo para seguir. No tengo la bendición del viento, ni los mismos poderes que Felt o Crusch. Solo tengo mi cuerpo, y lo he entrenado hasta el límite.
—¡AHHH! —grito con toda la fuerza que me queda, concentrando mi maná en una explosión de energía.
¡Boom!
Una onda de choque me lanza hacia Reinhard. El viento me golpea con fuerza, y mis ojos se cierran por la presión. Pero lo siento. Puedo sentir cómo el maná de Reinhard lo atrae hacia mí.
¡Boom!
Lanzo un puñetazo al aire, a la vez que comienzo a calentar el ambiente. Otro. La velocidad me supera, pero no voy a parar. Mis articulaciones crujen, pero sigo avanzando.
Abro los ojos y, para mi sorpresa, sangre comienza a brotar de los oídos de Reinhard. Su rostro está iluminado por el resplandor carmesí de la presión, pero su mirada se dirige hacía mi mano.
Entonces, miro mi mano.
—Jaja, esto duele como la mierda —sonrío a pesar de la sensación de mis tendones rotos, cayendo al suelo mientras Emilia corre hacia mí, tomando mi mano con ternura.
El dolor es insoportable… pero sé que cada segundo de esta pelea ha valido la pena.
—¡Ahg! —Gimo entre dientes, levantando la mirada. Emilia me observa con desaprobación.
—¡Te dije que no debías excederte! —Su tono es firme, pero está teñido de preocupación.
La magia curativa de Emilia comienza a aliviar el ardor de mi cuerpo. Siento cómo el frío viento deja de rozar los músculos expuestos, y poco a poco, capas de piel vuelven a cubrir mi mano destrozada. Emilia, por sí sola, solo puede sanar heridas menores, pero su enfoque, su constancia, su ternura… hacen que incluso las heridas más graves cedan ante ella.
—Me emocioné un poco… pero funcionó —digo con una sonrisa dolorida.
Ella suspira, haciendo un puchero tierno. En ese momento, Reinhard se acerca, conteniendo con esfuerzo su absorción natural de maná.
Me mira preocupado, pero una leve sonrisa suaviza su expresión.
—Esta batalla me ha enseñado mucho —murmura, y asiento. No soy el único que ha cambiado.
—¡El hermano mayor es increíble! —Felt me lanza una mirada llena de emoción, agachándose con una expresión traviesa y adorable—. ¿Me enseñas a darle una paliza? No, ¡debes enseñarme!
Con su bendición divina, el estilo de pelea que utilicé hoy podría adaptarse perfectamente a ella. No tiene los mismos efectos que en mí, y su velocidad supera incluso la del sonido. Si logra hacer sus movimientos más explosivos… sería imparable.
—Te enseñaré en el camino, pero hoy necesito descansar.
Garfield se posiciona frente a mí. Sus manos están cerradas en puños, tensas. Esta pelea también fue para él. Espero que haya podido ver más allá del poder.
—No se trata de qué tan fuerte golpeas, Garfield… —digo, mirándolo con serenidad—. La verdadera fuerza está en aprovechar todo lo que ya eres.
Mi sonrisa le arranca un suspiro. Puedo notar que algo en su pecho se libera.
Los días siguientes no hay descanso. Entrenamos sin falta. Me concentro en afinar mi sensibilidad mágica, analizando qué hechizos puedo crear para hacerme más poderoso. No solo se trata de fuerza… sino de precisión.
Pienso en los mayores peligros.
Las balas pueden encargarse de muchas amenazas… pero el problema está en los números. Los mercenarios de Anastasia deberán contener la horda de mabestias mientras nosotros enfrentamos a los Arzobispos.
Una sola bala puede acabar con Roy y con Ley.
Pero Capella… es inmortal.
Disparar a Ira es condenar a los inocentes a su alrededor.
Regulus no morirá hasta que sus esposas sean congeladas.
Roswaal puede ser un inconveniente si aparece. Ahora, sobre todo, Subaru Natsuki… él también ha preparado sus propios secretos.
Entre el traqueteo de la carroza, una luz cegadora me obliga a abrir los ojos. Emilia señala emocionada por la ventana.
—¡Mira, Marco!
Un paisaje deslumbrante se extiende ante mí.
Un lago inmenso, tan vasto que parece tocar el horizonte. Azul como el cielo antes de la tormenta. Y, sobre sus aguas, una ciudad flota con majestuosidad: Priestella. La ciudad construida por la Bruja de la Codicia.
La imaginaba imponente… pero esto supera cualquier expectativa.
Las murallas alcanzan, al menos, los veinte metros de altura. Mantener esa estructura a flote es un logro en sí mismo. Debe haber metías que reducen el peso, o una base estructural oculta que equilibra las cargas.
Es magnífico.
Respiro hondo y tomo la mano de Emilia.
Mi preocupación por el futuro es clara. Si queremos proteger a esta ciudad… a esta gente… tendremos que sacrificarnos.
Ya no tengo el Retorno por Muerte, pero mi batalla contra Reinhard me demostró que aún puedo pelear.
Aunque salga herido, seguiré luchando.
Las construcciones de Priestella se asemejan a las de Irlam, pero la ciudad tiene un aire distinto… como si estuviera suspendida en el tiempo. Me recuerda a Venecia, aunque más intacta, más pura. La magia ha protegido sus calles de la decadencia.
Cuando finalmente descendemos de la carroza, Anastasia nos espera con los brazos abiertos.
—Bienvenidos a Priestella —dice con una sonrisa amplia. Y con eso, todo comienza.
Sabemos que para organizarnos bien tendremos que separarnos, pero primero debo inspeccionar las murallas. Necesito entender cómo funcionan los mecanismos de apertura y cómo detenerlos si es necesario. No hay tiempo que perder.
Después de comer, salgo con Anastasia, Crusch y Ricardo. Emilia y los demás se quedaron a organizar las cosas en la posada. Necesito que Emilia esté en plenitud para lo que viene… ella es el corazón de todo esto.
No hay espacio para emociones en este momento.
—¿Si pueden detenerse? Ni en mis sueños más extraños pensé ver algo así —murmura Ricardo, rascándose la cabeza mientras llegamos a la base del muro.
Varias personas están reunidas. Entre ellas, una figura llama mi atención.
Cabello dorado, peinado elegante, chaqueta blanca, postura firme. Parece un noble europeo, sobrio y sereno. Está claro que comprende la gravedad de la situación.
Anastasia da un paso al frente y toma la palabra, girándose hacia nosotros.
—Permítanme presentarles a Kiritaka Muse, miembro del consejo de Priestella.
Kiritaka se inclina con formalidad, su postura impecable, casi ceremonial.
—Kiritaka —dice Anastasia—, él es Marco Luz. Y junto a él está Crusch Karsten, general del famoso ejército de Irlam.
Avanzo, extendiendo mi mano.
—Es un honor conocerle en persona, señor Muse —digo con cortesía—. He revisado los detalles de la sede y estoy sumamente interesado… pero he tenido que posponerlo por las circunstancias actuales.
Él sonríe levemente.
—Era de esperarse. De hecho, agradezco que haya apartado tiempo de su apretada agenda… y que ponga en riesgo a su gente para salvar esta ciudad. Tal como se esperaría del héroe de Lugunica.
Suelta mi mano con otra reverencia.
—Como miembro del consejo, agradezco sinceramente su presencia.
Kiritaka y Crusch se saludan con respeto. Luego, él saca un collar. Es negro… igual al que yo llevo en el pecho, igual a los que ya he visto antes.
—Vamos a ingresar a los mecanismos internos del muro —nos advierte—. Tengan en cuenta que cualquier contacto con maná o con elementos sensibles podría activar el sistema por error.
Nos observa con seriedad.
—Las pruebas aportadas por la señorita Anastasia han sido suficientes para permitirles el acceso. Pero esto es información de máximo nivel. No puede ser revelada.
El cristal que lleva toca una sección del muro que, a simple vista, parece idéntica a las demás. Sin embargo, en cuanto entra en contacto, se ilumina. Un flujo pesado de maná se siente en el aire.
Aumento mi sensibilidad mágica y confirmo mis sospechas: se trata de magia de gravedad.
Una sección del muro comienza a desplazarse, revelando una puerta oculta. Una nube de polvo se levanta, obligándonos a cubrirnos el rostro.
—Vamos —ordena Anastasia, avanzando con paso firme.
Entramos.
Lo primero que noto son unas escaleras estrechas que descienden a lo profundo. Y luego… el sonido del agua.
Las murallas están huecas por dentro. Pero poseen mecanismos de contrapeso que se equilibran mediante el flujo del agua.
Es un diseño inteligente… y hermoso.
De la forma en que el agua puede fluir y crear cierta flotabilidad, ya veo.
Varias fuentes de maná diferentes están cumpliendo distintos propósitos, pero aún no los comprendo lo suficiente como para identificar qué hace cada una. Miro hacia los mecanismos: varios engranajes sostenidos por láminas de lamicta y, por supuesto, un metía central.
Subimos unos diez metros hasta la mitad de la estructura, lo que me permite observarlo con más detalle.
Mide aproximadamente tres metros de diámetro; es básicamente un recolector de señales que redirige la energía hacia los mecanismos. Hay una parte sin mucha fluctuación, que supongo es el receptor del metía ubicado en la torre.
«Debo analizarlo más tiempo.»
Manipular lo mínimo para que no funcione como se debe.
Ver a Marco Luz tan concentrado es interesante, pero yo también tengo un deber que cumplir, una razón para estar aquí. Anastasia Hoshin lo observa con una sonrisa; parece que ambos se respetan mutuamente, lo cual me sorprende de ella.
Aprieto los puños mientras subo las escaleras junto al resto, hasta llegar a la cima.
Cubro mi rostro; el sol y el viento me reciben con fuerza. Entre los rayos, la inmensidad se revela: la vida de miles de personas habita este lugar.
Yo, como una Karsten, soy consciente del deber que me corresponde. Incluso si mi nombre fue arrebatado. Incluso si mis relaciones fueron olvidadas.
Lo que soy no va a cambiar.
Yo soy Crusch Karsten. Mientras yo lo sepa, me mantendré firme.
—Marco me dijo que te dejaría completamente la estrategia de batalla de las tropas —Anastasia se coloca a mi lado, mientras Ricardo permanece detrás—. Por tu desempeño durante la guerra puedo decir que eres buena en lo que haces, pero el misterio siempre se asoma.
Se inclina levemente, con esa sonrisa confiada de quien siente tener todo bajo control.
—Espero que puedas guiarnos por el camino correcto.
Debería inclinarme, como alguien que ya no ostenta el mismo poder.
Pero…
—Esto es por Lugunica. Pondré toda mi habilidad en ello. —Sonrío, manteniéndome erguida.
Mi orgullo es algo que no pienso dejar ir.
Ella sonríe, mirando hacia la ciudad.
Analizo la situación: las posibles entradas de mabestias y los lugares que requieren atención inmediata. Las primeras apariciones serán por el alcantarillado, así como por el agua que fluye.
—Ubica una décima parte de las tropas en el alcantarillado. —Sostengo mi mentón—. No deben luchar; su deber es activar los metías de alarma. Eso iniciará todo.
Por el agua. Por el subsuelo.
—Los arzobispos ingresarán con normalidad, pues no tienen un trasfondo identificable. —Cierro los ojos, pensando con claridad—. La evacuación debe hacerse junto con escuadrones de ataque.
Grupos que tomen rutas para evacuar personas en las calles, mientras aseguran las viviendas.
—Para el anuncio por megáfono, según Marco Luz, debemos usar a Liliana Masquerade. Con ella, podremos disminuir los efectos de un arzobispo.
Desde las escaleras, Kiritaka se asoma con fiereza.
—¡Ponerla en peligro está fuera de lugar! —Camina con firmeza, mirándome con molestia—. No sé qué clase de planes tienen, pero no permitiré que alguien le toque un solo cabello.
Sus ojos arden en fuego, pero la calma siempre debe prevalecer.
—Estando en ese lugar, rodeada de guardias, estará más segura que en cualquier otro sitio. —Suspiro, señalando hacia la ciudad—. Eres un gobernador. Te lo explicaré correctamente, pero no puedes anteponer una vida a la protección de la gente.
Cuando Marco me lo propuso, también fui escéptica. Pero para contener a esa persona, debemos jugar nuestras cartas con total seguridad.
—Yo… entiendo. Pero estaré con ella, en todo momento, con mi guardia personal. No aceptaré un no por respuesta. —Sus ojos no muestran temor, solo determinación. Eso me hace sonreír.
—Gracias por su apoyo. —Asiento y paso al siguiente punto—. Las mabestias deben ser eliminadas en espacios amplios. Hacer múltiples puntos de evacuación es bueno, pero disminuirá la efectividad.
Los arzobispos no buscan a la gente. Buscan el objeto que mencionó Marco.
Sin embargo, alguien más parece estar moviendo los hilos. Por eso, las cosas podrían no desarrollarse exactamente como él explicó.
Detener al arzobispo de la codicia solo es posible con la ayuda de Reinhard, Marco y Emilia.
Solo ellos tres son necesarios.
Pero con los dos arzobispos de la gula, y con el más mortal, el de la lujuria, la única opción es separarlos.
—Añadir tropas para enfrentar a los arzobispos es simplemente enviar soldados a morir. —Pongo mis manos sobre el muro—. Una vez evacuadas las zonas, atraeremos a las mabestias hacia nuestro equipo.
Las mabestias son seres nacidos del miasma, pero también lo consumen.
Esto se comprobó tras la guerra: buscaban con desesperación cuerpos corrompidos antes que a los vivos.
—Una vez evacuada la población del perímetro, usaremos miasma líquido para atraer a todas las mabestias.
Eso concentrará las fuerzas enemigas, pero reducirá significativamente las muertes.
—Tendrán que luchar en campo abierto mientras se aproximan, así que el señor Ricardo deberá liderar desde el frente.
Con eso, las mabestias podrán ser contenidas.
—Si la situación se vuelve insostenible… lo detonaremos todo. —La voz de Anastasia corta el aire como un filo helado. Me mira, con esa tristeza que se disfraza de racionalidad, y añade—: Si medio distrito debe caer por el bienestar del resto, no dudaremos. Mientras personas no tengan que morir, los bienes se pueden recuperar.
Trago saliva, asintiendo. No porque esté de acuerdo, sino porque no puedo darme el lujo de vacilar.
—Redistribuir a los sobrevivientes entre los distritos vecinos es lo más sensato. El escuadrón de Frey Karsten controlará las salidas y ofrecerá apoyo médico.
Garfield, Luan, Felt y Wilhelm enfrentarán a los cadáveres que traerán consigo. —Mi voz tiembla un poco al recordar lo que Marco nos confesó—. Wilhelm… no podrá pelear en igualdad. Usarán el cuerpo de la Santa de la Espada, su esposa fallecida.
Bajo la mirada.
—Marco insistió. Por respeto, debemos dejarle enfrentarla… Necesita hablar con ella, aunque solo sea un cadáver manipulado.
Un silencio incómodo se apodera del grupo. No hay palabras para lo que eso significa.
—Julius y yo enfrentaremos a Gula —continúo, más seria—. Según Marco, su nombre podría ser borrado… pero el insistió en luchar en contra de Gula. Trataremos de tener una batalla uno a uno.
Una vez Derroten a Codicia, Marco vendrá con Reinhard y Emilia para apoyar.
—¿Y Frey? —pregunta Anastasia con frialdad—. ¿Se quedará como discutimos?
Asiento,
—Protegerá el metía de la torre. Pero si nos traiciona, Marco ya ha preparado una contingencia.
Lo que eso implica no se dice en voz alta. Pero lo sabemos. Se le declarará traidor. Su vida política y sus derechos reales quedarán enterrados para siempre.
El plan es sólido. Medido. Frío. Pero hay una sola pieza fuera de lugar…
«Marco Luz. ¿Podrá descifrar el mecanismo y detener la inundación a tiempo?»
Las horas se desangran lentamente. El sol está por caer. Ya todos se han movilizado. Incluso Frey llegó, un poco tarde, sí… pero llegó.
Y Marco… aún no sale de los muros.
Mi corazón late con fuerza. Un ritmo irregular, molesto. Y estoy cansada.
Cansada de sentir.
De vacilar.
De dudar.
De tener que verlo con miedo en los ojos. De recordar el instante exacto en el que pensé en matarlo. De ver cómo él lo entendió… y no hizo nada.
Solo me miró con tristeza.
—¿Crusch? —La voz suave de Emilia me alcanza desde atrás. Me abraza por la espalda, cálida, sincera—. ¿Estás bien?
Cierro los ojos. Acaricio su mano con suavidad.
—Sí… más que nunca. —Miento, porque no tengo otra opción.
El ataque de los Arzobispos podría suceder mañana. O tal vez esta misma noche. Nadie lo sabe. Solo sabemos que cuando comiencen, no habrá vuelta atrás.
Pongo una mano sobre la empuñadura de mi espada. La otra, sobre la funda oculta de mi pistola.
«Obtendré mi venganza… pase lo que pase.»
Desde lo alto de las murallas, observo las puertas, la ciudad, las calles que se pierden entre la neblina del atardecer. He identificado cada punto débil, cada entrada oculta, cada trampa.
Una matriz mágica recubre los accesos. Si alguien las manipula sin permiso, explotarán.
Pero Echidna no las diseñó. Ella misma lo admitió: pensaba mejorarlas… y murió antes de hacerlo.
Aun así, en cada una de las cuatro puertas hice una pequeña pero notoria modificación. Cada puerta funciona con engranajes que giran acorde al metía, la diferencia entre modificarlo y destruirlo es que cada engranaje no está correctamente protegido.
«Ellos no lo entendieron... y ese fue su error.»
Los engranajes brillaban bajo la tenue luz de los lamictas, mientras el agua interna estabilizaba la presión, sus dientes perfectamente tallados, sincronizados en una danza de precisión absoluta. Cualquier intruso habría intentado detenerlos, romperlos, forzar su mecanismo... y habría activado la magia de protección.
Pero yo no soy cualquier intruso.
Mis dedos trazaron el contorno del engranaje más pequeño, aquel que parecía insignificante, un simple eslabón en la cadena de fuerza que movía la gran máquina. Parecía trivial, solo un refuerzo, un apoyo de fuerza para el engranaje central.
Una sonrisa se dibujó en mis labios. «Pero es el latido del sistema.»
Con un movimiento calculado, saqué una sierra de acero reforzada una gran cantidad de veces, pero tan fina que cortaba sin dejar rastro. Dos dientes. Solo dos. Ni uno más, ni uno menos. La magia de protección escaneó los engranajes, buscando fallas, roturas, algo que justificara su ira... pero no encontró nada.
«La máquina sigue funcionando, después de todo.»
Y entonces, el milagro de la imperfección entró en acción.
El mecanismo siguió activo, los pistones se alzaron, las ruedas giraron... pero ya no con la fluidez de antes. Ahora hay un vacío, un pequeño tartamudeo en su ritmo. El agua fluye normalmente a niveles bajos, llenando la cámara como estaba destinado—pero no cuando necesite subir. Porque cada vez que la puerta alcance cierta altura, el engranaje dañado provocará un retroceso, un suspiro en el sistema. «Subirá... bajará... subirá... bajará...»
«Me burlaré de Echidna cuando la vea.»
Como un corazón herido, la máquina luchará por mantener su función, pero ya no es impecable.
«El agua entrará, sí.» Mis ojos siguieron el flujo, calculando cada centímetro. «Pero nunca llegará a ahogarnos. Nunca alcanzará el nivel crítico.» Porque ahora, detenerla sería tan sencillo como colocar una mano en el flujo.
La puerta estará activa, pero domesticada.
«La perfección es una ilusión... y a veces, el caos controlado es la única llave que necesitas.»
El mecanismo sigue girando, atrapado en su nuevo ritmo defectuoso, mientras yo avanzo hacia la puerta. La magia anti-modificación nunca se activó. Después de todo... ¿quién dijo que un reloj roto no sigue siendo un reloj?
Y ahora, mientras observo la ciudad a punto de arder, no puedo evitar preguntarme:
—¿Algún día podré ver un mundo en paz?
Aprieto los labios. Me levanto del muro. No hay tiempo para lamentos.
Camino en dirección al hospedaje. Cada paso retumba en el adoquín como si el suelo supiera que todo puede terminar esta noche. La ciudad es bella. Cálida. Pero está detenida en el tiempo. Como si se negara a crecer.
Como este mundo.
Entonces, entre sombras, una figura cruza al otro lado de la calle. Alta. Rígida. Un casco metálico, una coleta roja, la falta de un brazo. No hay forma de equivocarme.
«¿Aldebaran…?»
Priscilla no debería estar aquí. Aldebaran tampoco. Y, sin embargo, ahí está él, con un papel arrugado entre las manos como si sostuviera el destino de alguien.
Sus pasos son rápidos, tensos. No mira con la cautela de quien se esconde, sino con la urgencia de quien busca algo… o a alguien.
Contengo mi maná, desvaneciéndome entre las sombras de los callejones. Escalo hasta un tejado con movimientos silenciosos, usando el alcance oculto para ganar altura. Desde allí, lo observo.
Se dirige a un casino. Muestra una carta. Los guardias lo dejan pasar sin cuestionarlo.
Demasiado perfecto.
Cambio de estrategia. En segundos, me infiltro en una tienda cercana y me envuelvo en un kimono negro, oscuro como la noche. Saco el cristal de comunicación y, antes de que pueda dudarlo, Anastasia aparece en la superficie bruñida.
—¿Qué demonios significa esta llamada? —pregunta, arqueando una ceja.
—Aldebaran está aquí —respondo, manteniendo la voz baja pero fallando en ocultar la tensión—. Mueve a tu gente. Encuentra a Priscilla. Esto no es coincidencia.
Anastasia frunce el ceño, los engranajes de su mente girando a toda velocidad.
—¿Estás insinuando que Aldebaran…?
—Tiene conexiones con el Culto de la Bruja. —La miro sorprenderse—. No tengo pruebas, pero su pasado es un agujero negro. Tú lo sabes. Nadie conoce su origen. Nadie sabe por qué está aquí. Pero algo se está moviendo… y no es nada bueno.
—¿Y tú qué harás?
—Infiltrarme. Necesito respuestas. Advierte a Crusch que estén preparados. Puede que actúen hoy mismo. —Cierro la comunicación antes de que pueda objetar.
Una respiración profunda.
Me acerco al casino.
El edificio bulle con energía, un templo de luces cegadoras y deseos corruptos. Dos guardias mastodónticos bloquean la entrada, escudriñándome como sabuesos hambrientos.
—¿Tarjeta? —gruñe uno, cruzando los brazos.
Niego con elegancia, luego esbozo una sonrisa impecable.
—Nobles señores, vengo a inscribirme por primera vez —digo, inclinándome levemente—. Soy Haruto Minamoto. Mi familia no olvidará vuestra cortesía.
Las monedas de oro brillan entre mis dedos. Sus pupilas se dilatan. Reconocen el apellido; es el apellido de la familia de un gobernador de esta ciudad.
La codicia se apodera de ellos.
«Perfecto.»
Y el verdadero juego comienza.
—¿Me permiten su ayuda? —pregunto con amabilidad, mientras extiendo las monedas hacia los recepcionistas del casino.
Uno de ellos las toma y, al verlas, frunce el ceño con incomodidad antes de entregarme una tarjeta temporal. Se rasca la cabeza, inclinándose levemente.
—Las más sinceras disculpas, un ilustre como usted no debería recibir esta tarjeta. Llamaremos al encargado para que…
—Vine hoy con ansias de gastar mucho —lo interrumpo, mostrando tres monedas santas entre mis dedos—. Pero quiero hacerlo en tranquilidad. Entre la gente. Me acercaré personalmente al encargado… Es un buen amigo de mi padre.
Asienten sin más, dejándome pasar.
El casino dista mucho de lo que recuerdo. El piso, pulido hasta brillar como espejo. Nada de máquinas; solo cartas, dados, ruletas de oro bruñido y juegos que no reconozco. Era de esperar que fuese distinto… pero no tanto.
Los casinos están prohibidos en Irlam. Pero esto… esto se siente como una trampa perfumada. El aire está cargado de vino, incienso y deseo. Las camareras, deslumbrantes. Los camareros, elegantes y peligrosamente encantadores.
Un teatro de máscaras.
—Guapo, una copa de vino de la casa —dice una mujer al acercarse, sonriéndome mientras me guía entre las mesas—. Te ves cómo alguien nuevo. ¡Y los nuevos siempre tienen suerte!
Su voz es dulce, pero su sonrisa es afilada como una daga. Hay hambre en su mirada.
Observo a mi alrededor, buscando algún rastro de Aldebaran. No hay señales. Me siento a una mesa. Blackjack, un juego que también existen en mi mundo.
Solo que aquí las cartas son diferentes: Dragón en lugar de Corazones, Espada por Diamantes, Lamicta por Tréboles, y Caballero por Picas. Las figuras cambian: Santo, Reina, Rey y Sabio. Un juego que aprendí con Emilia. Lo recuerdo bien.
Mientras recibo las cartas, incremento mi sensibilidad mágica. Puedo oír el corazón del crupier. Tranquilo. Demasiado tranquilo.
Necesito llegar a zonas menos transitadas. Si Aldebaran se esconde, lo hará donde la vista no alcanza.
—¿Hay zonas más privadas en este lugar? —pregunto con desdén—. Traje tres monedas santas, pero me incomoda estar rodeado de tanta servidumbre.
El crupier se tensa.
—Solo hay un área privada, señor, pero requiere un pago adicional…
Sonrío con desdén. Mis cartas son basura. Apoyo el brazo sobre la mesa y lo miro con intensidad.
—Te pagaré… y algo más para que tu familia coma bien esta semana.
Los presentes murmuran incómodos, hasta que muestro las monedas. El deseo se refleja en sus ojos. La codicia huele más fuerte que el vino. El crupier se inclina, y la chica regresa, tomándome del brazo con una sonrisa voraz.
—Usted es muy rico. Eso le gusta a Miki —dice, entregándome más vino.
Mientras soy llevado a un lugar privado, finjo estar afectado, pero mi vista se fija en el crupier. Lo veo alejarse, nervioso. Sus palabras, aunque susurradas, son mías.
—Este hombre trajo tres monedas santas. Más que cualquiera antes…
Se dirige a un hombre alto, musculoso. Pero no es su físico lo que me sorprende… sino el océano de maná que percibo en él.
El hombre me mira… y cierra los ojos.
Incremento al máximo mi sensibilidad, pero todo rebota dentro de mis oídos. Un hechizo de aislamiento. El sonido no entra ni sale. Solo hay una forma de saber qué se esconde dentro.
Entrar.
En el pasillo, el guardia parece más una estatua de hierro. El crupier, más bajo que yo, camina delante. No sé si Aldebaran está aquí. Pero tengo que confirmarlo.
Lanzo tres manos ocultas. Tapo sus bocas. Uso fuego para cortar el oxígeno a su alrededor.
Sin darles tiempo para pensar, corro y golpeo al grandulón. Su mandíbula cruje y rápidamente cae al suelo.
La chica se desploma. El crupier apenas logra mantenerse en pie. Le doy un leve golpe y cae como una hoja.
No tengo magia de ocultamiento. No tengo cómo esconder mi rostro. Si Aldebaran está aquí… me reconocerá.
Pero eso no me detendrá.
Tomo aire. Disparo dos manos ocultas contra la puerta.
¡PUM!
Las puertas estallan. La habitación se revela.
Lo veo.
Y el tiempo… se detiene.
Mis ojos tiemblan. Mi corazón late con furia. Su rostro ha cambiado, pero lo reconozco. Podría hacerlo incluso entre miles. El alma no envejece. Y la suya … grita desde sus ojos.
«Nunca pensé encontrarme con él de esta forma.»
—Verte aquí… después de tantos años —dice con voz firme, levantándose mientras el techo comienza a derrumbarse con un estruendo ensordecedor.
¡BADUM! ¡BADUM!
No hay rastro de Aldebaran.
Pero ya no importa.
—¿Qué haces aquí? —pregunto, pero mi voz no se siente mía. Está rota por algo más que el miedo. Por los recuerdos.
Se incorpora. Su piel está curtida por los años. Cuarenta o más. Un traje impecable. Guantes blancos que irradian maná.
Los recuerdo… demasiado bien.
—Pensé que había sido casualidad… pero no. Fue destino. Mala suerte para ti. Buena para mí. —Sus guantes con lamictas brillan con una energía un poco diferente a esta—. Esta será la primera y última vez que nos crucemos.
Mis manos tiemblan, pero rápidamente me concentro.
El silencio del lugar es sepulcral. Solo se oye mi respiración entrecortada; si el quisiera actuar, tendría todas las de perder.
«Pero yo tengo mucho que no quiero perder»
Desenfundo mi arma, la apunto.
—¡Muere!
¡BANG!
Aprieto el gatillo. El disparo resuena seco en el aire... pero él ni siquiera parpadea.
Un latigazo invisible me golpea el pecho, arrancándome el aire de los pulmones. Mis botas pierden contacto con el suelo. Por un instante floto, ingrávido, antes de estrellarme contra el suelo con fuerza brutal.
El impacto resuena en mis huesos. El suelo se abre en una telaraña de grietas bajo mi espalda, las esquirlas saltando como dientes rotos. El dolor me atraviesa en ondas, pero lo más aterrador no es el golpe...
Ni siquiera lo vi mover un dedo.
—Alguien intentó convencerme de que debía hacerte sufrir —dice, y su sonrisa es un fantasma de lo que alguna vez fue—. Pero no pude. Fuimos amigos. Conozco tu instinto de supervivencia… y lo que eres capaz de hacer. Dejarte vivo es un error que otros no ven… pero yo no soy como ellos.
Su mano se extiende. El arma sale disparada de mis dedos, flotando hacia él como atraída por una fuerza invisible.
—Siempre te admiré. Pero ahora… al fin podré descansar.
Intento levantarme. Pero no hay maná. Nada. Ni Manos Ocultas, ni trucos, ni escapatoria. El aire mismo parece pesado, corrupto, como si su sola presencia doblegara las reglas del mundo.
—Soy un Arzobispo del Culto de la Bruja… el Elegido de la Melancolía.
Y esa calma en su voz… eso es lo que más me aterra.
El cañón del arma se alinea con mi frente. Con un último esfuerzo, alzo el brazo, como si pudiera detener lo inevitable.
El pasado que enterré…
…ha vuelto a por mí.
—John… —logro susurrar.
¡BANG!
...
Silencio.
Luego, una voz. Lejana. Fría. Demasiado familiar.
—Llegué tarde…
Tac. Tac. Tac.
Pasos resonando entre los escombros. Una silueta atraviesa la puerta destrozada.
Mis ojos nublados apenas captan el destello de luz sobre su casco.
«Aldebaran…»
Y entonces…
La oscuridad.
