arvel ni High School DxD son de mi propiedad, pertenecen a sus respectivos autores. Yo hago esto sin ánimo de lucro, solo para pasar el rato. Este fic contiene/contendrá violencia, palabrotas y demás cosas. Leedlo bajo vuestra responsabilidad, que yo ya lo he puesto en categoría M.
—comentarios.
—pensamientos.
—*hablando por teléfono, comunicador, etc.*
—[Ddraig, Albion, etc.]
Capítulo 15:
CONTACTOS
El tren avanzaba lento, sereno, dejando atrás la última gran estación antes de llegar a Kuoh. Fuera, el paisaje invernal se deslizaba bajo un cielo gris perlado, y pequeños parches de nieve se acumulaban junto a los postes y márgenes del camino. El vagón en el que viajaba Issei estaba en silencio, salvo por el suave murmullo de las ruedas sobre los raíles. Viajaban pocos pasajeros, la mayoría dormidos o absortos en sus pensamientos.
Issei apoyaba la frente contra el cristal, sintiendo el leve frío filtrarse a través de él. Su aliento formaba nubes breves, que desaparecían antes de hacerse reales. Había pasado casi medio año desde la última vez que estuvo en Kuoh. Medio año que no se medía solo en tiempo, sino en experiencias, sudor, silencios, disparos de entrenamiento, nuevas costumbres. Y, sin embargo, allí estaba, volviendo a casa como si nada hubiera cambiado. Aunque, en realidad, todo lo había hecho.
El sonido del freno hidráulico le sacó de sus pensamientos. El tren se detuvo con suavidad y, al abrirse las puertas, un soplo de aire frío le dio la bienvenida a su ciudad. Bajó con su mochila al hombro y una pequeña maleta rodando a su lado. El andén estaba vacío, salvo por un par de personas mayores y una pareja de adolescentes que hablaban en voz baja.
Sus padres le esperaban al pie de las escaleras. Su madre fue la primera en verle, y alzó la mano con energía. Su padre, más comedido, esbozó una sonrisa franca. Issei les devolvió el gesto y, al alcanzarlos, se dejó abrazar por su madre sin decir palabra. Era ese tipo de abrazo que no necesitaba explicaciones: cálido, envolvente, lleno de alivio.
—Te has vuelto más alto —dijo ella, apartándose apenas para mirarle—. ¿Te dan de comer bien en ese sitio?
—Lo suficiente —respondió Issei con una sonrisa torcida—. Aunque el arroz sigue sabiendo a cartón.
Su padre soltó una risa leve y le dio una palmada en la espalda. No era un hombre de muchas palabras, pero su mirada decía más que un discurso. Caminaron de vuelta a casa entre calles familiares, ahora decoradas con tímidas luces de Navidad colgadas entre los postes. Algunos escaparates mostraban árboles decorados, figuras de Papá Noel y copos de nieve pegados en los cristales. Kuoh no cambiaba mucho. Quizá por eso reconfortaba tanto.
La casa olía como siempre: a madera vieja, a sopa recién hecha, a hogar. Issei dejó sus cosas junto a la puerta y se quitó el abrigo. Su madre no tardó en ponerle una taza de té caliente entre las manos, mientras su padre encendía la estufa del salón. Esa noche, cenaron como siempre, charlando de temas triviales, esquivando con naturalidad todo lo que no podía contar. Hablaron del barrio, de los vecinos, del gato que había vuelto a tener crías en el cobertizo. Issei escuchaba más que hablaba, agradeciendo que no le presionaran, que le dejaran estar simplemente… allí.
Cuando se acostó en su antigua habitación, ya entrada la noche, se quedó largo rato mirando el techo. La colcha era la de siempre, las paredes seguían decoradas con los viejos pósteres de series que ya no veía, y aún quedaban libros escolares olvidados en una estantería.
Suspiró, cerrando los ojos. Esto es casa, pensó. Al menos por ahora.
Y, por primera vez en semanas, se quedó dormido sin tener que repasar tácticas, sin el eco de una alarma, sin el peso constante del deber. Solo el silencio. Y la paz. La luz matinal se colaba por la rendija de la persiana, tiñendo de dorado las paredes de su habitación. El reloj marcaba las ocho y veinte cuando Issei abrió los ojos, despacio, con esa placidez propia de las mañanas sin obligaciones. Por un momento, pensó que estaba en su dormitorio de S.H.I.E.L.D, con su cama impersonal y su despertador vibrando junto a la oreja. Pero el olor a tostadas y sopa de miso desde la cocina disipó toda duda.
Se desperezó, se sentó al borde de la cama y se quedó unos segundos con la cabeza entre las manos. Se sentía descansado, sí… pero también algo fuera de lugar. Como si su cuerpo recordara instintivamente que tenía que estar en guardia, incluso allí, entre esas paredes tan familiares. Bajó a la cocina en pijama y calcetines, y encontró a su madre ya con el delantal puesto y una sartén en la mano.
—Buenos días —le dijo con una sonrisa cálida—. Hoy he hecho tu desayuno favorito.
—¿Sopa de miso, arroz y salmón? —preguntó él, aún con voz ronca.
—Con un poco de natto, sí. Para que no se te olvide que estás en casa.
Issei sonrió y se sentó en la mesa mientras su madre servía. Su padre ya había salido a trabajar, y el ambiente era tranquilo. Familiar.
—¿Tienes planes para hoy? —preguntó ella mientras se sentaba frente a él.
—Pensaba pasar por el centro. Ver si me encuentro con Matsuda y Motohama. Dicen que hay luces nuevas este año, algo más… elegante, según ellos.
—Mmm. ¿Y vas a contarnos algo de lo que hacéis allí en ese centro tan especial?
Issei se quedó en silencio un momento, removiendo el arroz con los palillos.
—No puedo decir gran cosa —dijo finalmente—. Ya sabes cómo es eso de la confidencialidad.
—Lo sé, lo sé… Solo quería intentarlo —respondió ella, riéndose—. Mientras estés bien y no vengas hecho un trapo, me conformo.
Después del desayuno se duchó, se vistió y salió con una bufanda al cuello y las manos en los bolsillos. El aire de diciembre era seco, frío, pero no incómodo. Caminó por las calles de su barrio sin prisa, reconociendo cada esquina, cada poste torcido, cada vieja bicicleta oxidada. Algunos vecinos lo saludaban al verle pasar, sorprendidos de que hubiera vuelto. Él devolvía las sonrisas, aunque sin detenerse demasiado. En el camino al parque donde solían quedar, se permitió detenerse un instante. Miró al cielo despejado. Respiró hondo.
Este sitio… sigue siendo mi casa, aunque ya no sea mi mundo.
Sacó el móvil del bolsillo. Un mensaje de Motohama había llegado hacía rato:
—*Ya estamos en el parque. Te hemos guardado tu sitio de mirón oficial.*
Issei soltó una carcajada floja.
Sí, esto sí que es volver a la normalidad.
Y entonces, sin más, siguió caminando, rumbo al reencuentro con sus dos amigos de siempre. El parque no había cambiado nada. Los columpios oxidados, la fuente que llevaba años sin funcionar, el banco de siempre con la pintura pelada… todo estaba exactamente igual que como lo recordaba. Era como si el tiempo allí se hubiera detenido, esperando a que los tres volvieran a reunirse.
Issei los vio desde lejos: Matsuda con una gorra calada hasta las cejas, el abrigo abierto pese al frío, y Motohama con su habitual chaqueta marrón y las gafas empañadas por el vaho del aliento. Estaban junto al banco, de pie, discutiendo sobre algo, probablemente tan irrelevante como siempre. Matsuda fue el primero en verle. Alzó un brazo exageradamente.
—¡Eeeeeh, si es el agente secreto!
Issei tuvo un leve escalofrío momentáneo, pero rápidamente se relajó, pues estaba claro que era un simple comentario por la confidencialidad de su vida, no porque supieran algo. Motohama se giró al instante y levantó una ceja.
—¿Seguro que es él? No parece más alto.
Issei resopló, medio sonriendo, y se acercó con las manos aún en los bolsillos.
—Y vosotros seguís siendo igual de idiotas, ¿eh?
—Por supuesto —respondió Matsuda, dándole una palmada en el hombro—. Uno no abandona la excelencia así como así.
—Además —añadió Motohama, acomodándose las gafas—, alguien tiene que mantener viva la leyenda del trío legendario de Kuoh. Aunque uno de nosotros haya desertado para irse a una institución misteriosa.
—Misteriosa no, "especial" —corrigió Issei con sorna—. Eso es lo que os dijeron, ¿no?
—"Centro especial de formación avanzada", sí —repitió Matsuda, imitando una voz seria—. Vamos, que nadie tiene ni idea de lo que haces.
Issei se encogió de hombros.
—Y así va a seguir siendo, lo siento.
—Bah, mientras no nos hayas sustituido por nuevos pervertidos de élite…
—No hay ninguno como vosotros, eso te lo aseguro.
Los tres rieron con esa ligereza de quien se conoce desde hace demasiado tiempo. Después de los saludos, se echaron a andar por el parque sin rumbo fijo, simplemente hablando, molestándose los unos a los otros como siempre.
—¿Te acuerdas de aquella vez que casi nos pillan espiando en el club de natación? —dijo Motohama, medio nostálgico.
—¿"Casi"? A mí me dieron con un palo de kendo en la espalda —gruñó Matsuda—. Esa tipa tenía brazo.
—¿Esa tipa? Era la capitana, y aún me acuerdo de su nombre: Murayama —dijo Issei riendo—. Aunque creo que ella me odiaba especialmente.
—Te odiaban todas. Aunque claro, ahora, como has desaparecido, hasta te echan de menos.
—¿En serio?
—Bueno, alguna lo ha dicho. "El idiota de Hyōdō al menos ya no molesta", o cosas así. Lo típico —dijo Matsuda encogiéndose de hombros.
Issei negó con la cabeza, entre divertido y resignado.
—A saber qué piensan si me ven ahora.
—Pues mírate —intervino Motohama, mirándole con detenimiento—. Te has puesto más cuadrado, más serio, incluso tienes un aire a protagonista de peli americana.
—Eso lo arreglamos esta noche —dijo Matsuda con una sonrisa traviesa—. Fiesta en casa de Takeshi. Cerveza, karaoke, y muchas excompañeras con espíritu navideño.
—No pienso cantar —respondió Issei al instante.
—Eso es lo de menos. Lo importante es que vuelvas a ser tú.
Matsuda le miró un momento, más serio.
—Te has vuelto demasiado… normal. Tranquilo. Como si te hubieran arrancado el alma pervertida.
—No es eso —replicó Issei, algo incómodo—. Es solo que… en ese sitio, uno aprende a controlar algunas cosas.
—Pero no estás allí ahora —dijo Motohama, dándole una palmada en la espalda—. Hoy estás aquí. Con nosotros.
Issei se quedó en silencio unos segundos.
No puedo usar mi Sacred Gear. No puedo hablar de S.H.I.E.L.D. No puedo decir nada de lo que soy ahora. Pero aquí… puedo volver a ser el idiota de siempre por un rato.
—Vale. Pero si me pongo a hacer el tonto, luego no os quejéis.
—Eso es justo lo que queremos —dijeron los dos al unísono.
Y así, con bromas tontas, comentarios descarados y una energía contagiosa, el trío volvió a su rutina de siempre, como si el tiempo no hubiera pasado. El día se mantuvo nublado pero sin lluvia, con ese aire fresco que anuncia la llegada inminente del invierno. Tras el reencuentro matutino, Issei, Matsuda y Motohama pasaron el resto de la mañana caminando por las calles de su viejo barrio. No había un destino claro, ni prisa, ni planes rígidos: solo la necesidad de compartir tiempo juntos, de recuperar la normalidad que poco a poco parecía disolverse en la memoria.
Charlaron de tonterías, recordaron anécdotas del instituto, criticaron a los profesores que aún seguían en la academia Kuoh y se rieron con esas bromas privadas que solo los tres entendían. La ciudad parecía haberse quedado atrás con ellos, como si el mundo no hubiera cambiado desde que Issei partió.
Después de mediodía, comieron en uno de sus sitios de siempre, una pequeña cafetería algo escondida que servía katsudon con una salsa picante que a Matsuda le encantaba. El dueño, un hombre ya mayor, los reconoció de inmediato y les hizo descuento "por ser los gamberros más habladores del barrio".
Con el estómago lleno, pasaron por una tienda de videojuegos, curiosearon sin comprar nada, y acabaron yendo a casa de Motohama, que tenía el salón libre durante unas horas. Allí, entre risas y videojuegos, se relajaron por completo. En algún momento, Matsuda sacó una pequeña botella de sake suave que había robado del mueble bar de su padre. No era mucho, y ninguno lo mencionó como algo importante. Simplemente, sirvieron tres pequeños vasos, levantaron uno en el aire y brindaron:
—Por lo que sea que venga —dijo Matsuda.
—Y por seguir vivos para reírnos de ello —añadió Motohama, entre risas.
Issei no dijo nada, solo alzó su vaso y lo vació de un trago. El sabor le resultó extraño, áspero, pero no desagradable. Más que por el licor, el momento quedó grabado por la calidez, por la normalidad. Por ese respiro.
La tarde cayó lenta. Afuera ya oscurecía, pero el interior de la casa seguía cálido y lleno de voces. Hablaron de chicas, por supuesto. De antiguas compañeras de clase, de rumores del instituto, y también, inevitablemente, de la misteriosa Yuuma Amano. Issei no dijo mucho, limitándose a sonreír con aire distante. Para sus amigos, aquello había sido solo un lío mal cerrado, una historia sin importancia. Para él, era otra cosa. Pero no dijo nada.
Ya bien entrada la noche, después de una cena sencilla entre risas y televisión de fondo, decidieron salir a dar una última vuelta por el barrio, como en los viejos tiempos. Sin rumbo fijo, con las manos en los bolsillos y el vaho escapando de sus bocas en cada exhalación. Había una paz silenciosa en el aire. Un equilibrio frágil, quizás. Issei lo notaba. Como si esa parte de su vida estuviese hecha de cristal. Lo apreciaba más que nunca.
—¿Sabes? —le dijo Motohama de pronto, mirándolo de reojo—. Te has vuelto más serio, pero no es malo.
—Sí, antes parecías un idiota más —añadió Matsuda, riéndose—. Ahora pareces un idiota con experiencia.
Issei sonrió, con las manos en los bolsillos.
—Supongo que crecer es eso, ¿no? Seguir siendo un idiota, pero con un poco más de conciencia.
Y así, caminando entre farolas, bromas tontas y recuerdos compartidos, se fue apagando el día. Nada fuera de lo común. Pero para Issei, esa normalidad era más valiosa que cualquier entrenamiento o misión. A los pocos minutos, cuando las calles comenzaron a vaciarse y los comercios a bajar sus persianas, Matsuda sacó el móvil y lo revisó rápido.
—Por cierto, nos ha escrito Takeshi —comentó, mostrando la pantalla—. Que sigue en pie lo de esta noche. Fiesta en su casa. Cerveza, karaoke... y chicas.
—¿No decías que querías algo tranquilo hoy? —preguntó Issei, medio en broma.
—Y lo quiero. Tranquilo. Con cerveza. En una casa llena de chicas.
—Además, ¿vas a desperdiciar tu primera Navidad de vuelta en casa encerrado en tu cuarto?
Issei dudó unos segundos, mirando al cielo despejado. Era una noche clara, el tipo de noche que parecía prometer algo, aunque no supieras qué.
No es como si tuviera otra cosa que hacer.
—Vale —dijo al final—. Pero no más de dos cervezas. No quiero dar la nota.
—Eso ya lo haces con tu cara —soltó Motohama, dándole una palmada en la espalda.
—Y no me hagáis bailar. Ni hablar.
—Ya veremos —contestó Matsuda, guiñándole un ojo—. ¡Venga, que empieza a las nueve!
Siguieron caminando, ya rumbo a casa para cambiarse, dejar las mochilas, tal vez echarse algo al estómago antes de salir de nuevo. El ambiente seguía siendo relajado, pero la emoción empezaba a agitarse bajo la superficie. Issei notaba la tensión habitual de antes de una misión, pero esta vez tenía otro matiz: era expectación por una noche sin obligaciones, sin entrenamiento, sin vigilancia. Solo él, sus amigos, y una parte de su antiguo mundo que aún seguía viva. La fiesta aún no había empezado, pero la noche ya prometía.
Al llegar a casa, el ambiente olía a cena reciente y calefacción. Su madre estaba en la cocina, fregando los últimos platos del día mientras tarareaba una canción de las que siempre ponía en la radio local. Su padre estaba en el salón, hojeando un periódico mientras bebía té.
—Ya estás de vuelta —dijo su madre, asomándose al pasillo con una sonrisa cálida—. ¿Todo bien con Matsuda y Motohama?
—Sí, como siempre —respondió, dejando la chaqueta colgada en el perchero—. Solo hemos estado dando una vuelta.
—¿Vais a quedar otra vez esta noche?
—Sí... hay una pequeña reunión en casa de un amigo. Nada loco —añadió enseguida al ver la ceja levantada de su madre—. Solo algo de música y hablar un rato. No te preocupes.
Su padre se levantó del sofá, acercándose con su paso tranquilo.
—Sabemos que ya no eres un crío, Issei. Pero tampoco queremos que olvides que esta sigue siendo tu casa.
—Lo sé, papá —respondió con una sonrisa cansada—. De hecho... quería deciros que mañana estaré todo el día con vosotros. Nada de amigos, ni salidas. Solo con vosotros. Como antes. Después de todo, será Navidad.
Su madre se le quedó mirando en silencio unos segundos, como si no se esperase esas palabras. Luego, asintió, y le acarició el hombro al pasar.
—Eso nos haría muy felices.
Issei subió a su habitación, con esa promesa dándole vueltas en la cabeza. No era gran cosa. Un día en casa. Pero para ellos —y para él, en el fondo— tenía más valor del que quería admitir.
Al llegar, se quitó la ropa de calle y se puso algo más desenfadado: vaqueros oscuros, una camiseta negra sencilla, y una chaqueta abierta que solía usar en los inviernos previos. Aún le quedaba bien, aunque estaba más ancho de hombros ahora. Al mirarse al espejo, se vio un poco distinto. No solo por el físico. Era otra mirada, más firme. Y, sin embargo, esa ropa vieja, esa habitación llena de pósters, ese escritorio polvoriento... todo eso lo mantenía anclado. Se echó un poco de agua en la cara, se perfumó con algo discreto —porque Matsuda decía que así se ligaba más, aunque él no se lo creyera— y bajó las escaleras con las manos en los bolsillos.
—No vuelvas muy tarde —dijo su madre al verle salir.
—Lo justo para que no me congelen los pies —respondió él, abriendo la puerta.
Y con una última mirada a la cálida luz del salón, se adentró en la noche invernal rumbo a la fiesta. La casa de Takeshi estaba en una de esas calles tranquilas, no muy lejos del instituto Kuoh. Desde fuera ya se escuchaba el murmullo apagado de música y voces, y algunas luces de colores decoraban el balcón del segundo piso. Al llegar, Issei no tuvo ni que llamar. Nada más subir el escalón del porche, la puerta se abrió de golpe.
—¡Issei! —exclamó Matsuda, sacando la cabeza—. ¡Pensaba que te habías echado atrás!
—¿Y dejaros solos a vosotros con alcohol, karaoke y chicas de uniforme invernal? —respondió con una sonrisa ladeada—. Ni de coña.
Motohama apareció detrás de su amigo, levantando una lata de cerveza medio vacía en señal de saludo.
—Ya era hora. Dentro están varias del club de voleibol... y Aika Kiryu preguntó por ti. Con ese tonito suyo tan... peculiar.
—Perfecto... —Issei se llevó una mano a la nuca, medio avergonzado, medio divertido.
Entró, y enseguida el calor de la calefacción y el bullicio le dieron de lleno. Era una de esas casas unifamiliares donde el salón y la cocina compartían un espacio amplio, ideal para fiestas. El árbol de Navidad parpadeaba al fondo, con adornos que claramente habían sido puestos con prisas y cervezas de por medio. Una mesa repleta de snacks, botellas y vasos de plástico presidía la escena. Algunas chicas del instituto charlaban en un rincón, mientras un grupo de chicos se peleaba por el control del karaoke.
—¡Hyōdō, me alegra saber que venías! Coge lo que quieras —dijo Takeshi, saludándole con un gesto desde la cocina—. Todo es libre, menos mi PlayStation.
—Anotado —rió Issei.
Se abrió paso entre la gente, saludando con una inclinación de cabeza aquí y allá, encontrándose con más de una cara conocida. Aika Kiryu no tardó en aparecer.
—Vaya, vaya... si es el chico reformado —dijo, acercándose con un vaso en la mano y esa media sonrisa suya que siempre parecía saber más de lo que decía—. ¿No se te cae la cara al verte entre mortales, ahora que eres una persona metida en un mundo misterioso?
Issei se rio con suavidad.
—No soy nada de eso. Solo un estudiante más de vuelta por vacaciones.
—Y sin embargo, todos te miran como si fueras James Bond versión instituto.
Issei negó con la cabeza, aunque con una sonrisa sincera.
—Solo quiero pasar una buena noche. Nada más.
—Pues entonces, ven al karaoke. Están por convencer a Motohama para que cante una de Ayumi Hamasaki.
—Eso tengo que verlo.
Y así, la noche fue avanzando. Hubo risas, conversaciones cruzadas, momentos incómodos con chicas demasiado curiosas y algún que otro tropezón de alguien que se había pasado con la cerveza. Matsuda se lanzó a cantar con su voz desafinada, Motohama terminó dándolo todo con una canción de anime, e Issei, tras mucha insistencia, acabó compartiendo un dúo con Aika que fue más divertido que afinado.
No hubo nada extraordinario. No hubo monstruos ni alarmas. Solo una noche con luces tenues, música a medio volumen, y gente que formaba parte de ese rincón de su vida que se negaba a desaparecer. Cuando la fiesta fue decayendo y algunos empezaron a irse, Issei se despidió de Aika con un gesto, de Takeshi con una palmada en el hombro, y salió con sus dos amigos al aire frío de la madrugada.
—No ha estado mal —dijo Motohama, metiéndose las manos en los bolsillos.
—Lo justo para recordarnos que aún somos nosotros —añadió Matsuda—. Aunque tú ya estés medio metido en donde demonios estés.
—Puede... —dijo Issei, mirando las estrellas—. Pero vosotros sois mi mundo de siempre. Y eso no lo pienso soltar.
Caminando por calles dormidas, los tres siguieron hablando en voz baja, con ese tono que solo se usa de madrugada, cuando todo parece más íntimo. La casa estaba en silencio. Tras la fiesta y el paseo de vuelta, Issei se había despedido de sus amigos en la esquina de siempre, con promesas de verse otra vez antes de fin de año. Había regresado a casa sin hacer ruido, subido a su habitación, se había cambiado de ropa y, aún con la mente girando por los recuerdos, se tumbó en la cama. El techo blanco apenas se distinguía en la penumbra. Afuera, el viento movía suavemente las ramas del árbol junto a su ventana. Había silencio. Y paz. Demasiada, quizás.
¿De verdad fue todo tan normal? ¿Es esto lo que quiero proteger? ¿O es simplemente lo que temo perder otra vez?
Se tumbó, se dejó envolver por la penumbra... y entonces ocurrió. No se durmió. No del todo. Fue más bien como caer. Como si la conciencia se deslizara fuera del cuerpo. Abrió los ojos. Lo primero que vio fue fuego. Un mar de llamas eternas se extendía en todas direcciones. No quemaban, pero el calor era real. Intenso. Antiguo. El cielo, si podía llamarse así, era negro y rojo, surcado por nubes de humo denso que parecían formar símbolos desconocidos.
Issei dio un paso, y el suelo bajo él crujió como roca volcánica. Un aire pesado lo rodeaba, como si todo el espacio latiera con un solo propósito: poder. Entonces lo sintió. Una sombra descomunal se alzó entre las llamas. Una figura titánica, reptiliana, cuyos ojos verdes brillaban como esmeraldas incandescentes. Cuernos curvos, alas como montañas y escamas de un rojo profundo que parecían absorber la luz misma. El dragón. Issei se quedó estático y asombrado ante la colosal figura que se presentaba ante él. A pesar de todo, por algún motivo desconocido, no sentía el más absoluto miedo.
—Así que por fin te presentas... —murmuró Issei, casi sin voz.
La criatura inclinó la cabeza, su aliento humeante llenó el aire con un zumbido profundo.
—He estado aquí desde el principio. Observándote. Esperando.
La voz del Dragón Galés, el dragón Ddraig era un estruendo contenido. Grave, poderosa, y, sin embargo, calmada. Como un volcán que, aunque no ruge, no deja de recordar su poder. Issei tragó saliva, impresionado. A pesar del calor, sentía un escalofrío en la espalda.
—¿Eres... Ddraig?
—Ese es el nombre que me dieron los humanos... hace mucho. Ddraig, el Emperador del Dragón Rojo. El Dragón Celestial de la Dominación —Las palabras retumbaban por el aire como si cada una fuese un golpe de martillo—. Has crecido, portador. Lentamente. Pero con firmeza. Por eso ahora puedes estar aquí.
Issei lo miró, todavía abrumado por su presencia.
—¿Por qué ahora? ¿Por qué no cuando todo aquello con Raynare...? ¿O cuando me entrenaban?
—Porque hasta ahora no habías dejado de temer tu propio poder. Has empezado a aceptarlo. A aceptarte. Aunque no lo comprendas del todo, tu alma... ha llamado a la mía. No estás listo aún, pero lo estarás.
Issei bajó la mirada, asintiendo lentamente.
—¿Volveré aquí?
—Cuando sea necesario. O cuando estés preparado para comprender más. Hasta entonces... sigue caminando.
El mundo comenzó a desvanecerse. Las llamas se extinguieron sin humo, como si nunca hubieran estado. El cielo ardiente se volvió negrura. Y la voz de Ddraig resonó una última vez, ya lejana.
—No olvides esto: no estás solo. Yo te observo, siempre.
Y entonces despertó. Con los ojos abiertos, respirando con fuerza, cubierto de un leve sudor. El techo de su habitación le pareció extrañamente lejano. Pero ya no había duda.
Era real.
XXXXX
La luz de la mañana era tenue, azulada, apenas rompiendo el frío de la noche anterior. Las calles de Kuō estaban en silencio, solo el murmullo suave de algún motor a lo lejos, o el golpe metálico de las máquinas expendedoras reponiéndose. Issei caminaba con las manos en los bolsillos, la bufanda bien ceñida al cuello y el aliento dibujando nubes que se deshacían al instante.
Se había despertado con el corazón agitado, la espalda cubierta de sudor. Aquel encuentro… la mirada ardiente de un ser que no era humano, el rugido grave que aún retumbaba en su mente. Ddraig…, pensó, frunciendo el ceño. No quería pensar en ello. No en ese día.
Sus padres dormían aún. Su madre había prometido preparar un desayuno especial, su padre incluso había conseguido días libres para estar con él. Pero la inquietud de la madrugada había sido más fuerte. Así que ahí estaba, caminando sin rumbo, buscando un poco de calma entre luces navideñas y escaparates silenciosos. Giró una esquina, pasando junto a un pequeño parque. Y fue entonces cuando la vio.
Sentada en un banco, con un abrigo oscuro y el cabello rojo cayéndole por los hombros y la espalda, Rias Gremory parecía sacada de una postal invernal. Miraba al frente, pensativa, una taza de café humeante entre las manos. No estaba disfrazada de noble, ni vestía su uniforme de la academia. Era solo una chica. Pero una que Issei no podía mirar como si nada. Se detuvo unos pasos, apenas visible. Ella ya le había notado.
—Feliz Navidad —dijo, con voz suave, sin moverse del banco.
Issei se acercó lentamente, sin tensarse, pero sin bajar la guardia. No había temor, sino esa cautela que uno aprende a tener cuando ya sabe que el mundo es mucho más complejo de lo que parecía.
—Feliz Navidad, Gremory-senpai —respondió él, manteniendo una expresión neutral.
Ella sonrió apenas, sin apartar la mirada de la calle vacía frente a ellos.
—No esperaba encontrarte tan temprano por aquí.
—Yo tampoco. Pero me desperté antes de lo previsto. Pensé en salir a estirar las piernas.
Silencio. Cómodo, en cierto modo. Como si ambos supieran que hablar demasiado pronto sería romper algo.
—¿Y tú? —preguntó Issei, finalmente—. ¿También madrugadora en Navidad?
—Digamos que… tenía cosas en las que pensar. Y este sitio siempre ha sido tranquilo a estas horas.
Él asintió, y tras un momento, se sentó en el otro extremo del banco, dejando espacio entre ellos.
—No ha cambiado mucho todo esto —dijo él, mirando los árboles desnudos del parque—. Ni las farolas, ni los bancos oxidados. Todo sigue igual.
—Salvo tú —añadió ella, mirándole de soslayo.
Issei no respondió al instante. Se limitó a encogerse de hombros. Después de todo, ya le habían informado que ambas herederas habían estado investigando su desaparición y que parecía que habían dado con la base, pero por algún motivo no parecía que hubiesen informado a sus superiores. Ellas ya sabían sobre él, al menos que estaba en S.H.I.E.L.D., y él ya sabía sobre ellas.
—Supongo que las cosas cambian. Algunas de golpe. Otras sin que te des cuenta.
Otro sorbo de café por parte de Rias. Issei bajó la vista hacia el suelo, como si esperase que el asfalto le diese respuestas.
—¿Cómo estás? —preguntó Rias entonces, en voz baja—. De verdad.
Issei respiró hondo, dejando que el vapor saliese despacio de entre sus labios.
—Estoy bien. Mejor que hace meses. Supongo que... he aprendido algunas cosas.
Ella asintió, como si esa respuesta bastase. No presionó.
—Sin irnos por las ramas, no vine para hablarte como demonio, pues ambos sabemos que ya sabes —dijo después, en tono casi íntimo—. Solo quería... verte. Saber si estabas bien. Nada más.
Issei la miró entonces por primera vez de forma directa. Sus ojos azules, intensos, no mostraban hostilidad. Solo sinceridad. Y eso le descolocaba un poco.
—Lo agradezco —dijo, sincero—. Aunque no puedo evitar pensar que haya más.
—Puede que lo haya. Pero no ahora. Hoy no.
Volvieron a mirar al frente. El sol, por fin, empezaba a asomar tímidamente entre los tejados, y un par de oficinistas cruzaban la calle, ajenos al pequeño universo que se había formado en ese banco del parque.
—¿Te quedarás en Kuoh por mucho tiempo? —preguntó ella al cabo de unos minutos.
—Solo hasta Año Nuevo. Después...
—Entiendo.
Y por un momento, solo hubo viento entre los árboles.
—¿Puedo invitarte a un té? —preguntó ella, de pronto.
Issei dudó un segundo. Luego sonrió, leve.
—Solo si no es en una cafetería donde tengan pactos demoníacos.
Rias rió por lo bajo.
—Prometido.
Y juntos se levantaron, caminando sin prisas por las calles, dejando que aquella Navidad, por un instante, se sintiera como si todo estuviese bien.
El aroma del té recién hecho se mezclaba con el aire frío, y el vapor de las tazas aún subía en espirales perezosas mientras caminaban por las calles tranquilas. Habían optado por una pequeña cafetería sin pretensiones, abierta para quienes trabajaban incluso en días festivos. Ahora se dirigían sin rumbo fijo, taza en mano, compartiendo silencio y palabras a partes iguales.
—Aún recuerdo cuando llegaste por primera vez a la academia —comentó Rias, con una sonrisa nostálgica—. Parecías completamente perdido.
—Lo estaba —admitió Issei—. Aunque no ayudaba tener a Matsuda y Motohama como guías espirituales.
Ella rió suavemente.
—Tenías un aura… ingenua, inofensiva, a pesar de tu gran nivel de lascivia y lujuria.
Issei se sonrojó por la vergüenza.
—Y mira en lo que me he convertido —dijo él, con un tono entre irónico y resignado.
—¿Te molesta?
—No. Pero tampoco me enorgullece. Solo… ha pasado. Como cuando te despiertas un día y ya no eres el mismo. Solo que esta vez lo sabes.
Rias asintió, comprendiendo. Luego hizo una pausa, observándole con un leve gesto pensativo.
—No has cambiado tanto, ¿sabes?
—¿Ah, no?
—Sigue habiendo algo de ese chico que sonreía sin malicia —dijo, sin rastro de burla—. Solo que ahora lo escondes mejor.
Issei no respondió al instante. Su mirada se había perdido en la fachada de una tienda cerrada, en los reflejos de las luces navideñas.
Quizá tiene razón.
—¿Y tú? —preguntó, girando hacia ella—. ¿Has cambiado?
—Mucho más de lo que parece. Pero… al final, sigo siendo yo.
—¿Y eso es bueno o malo?
—Depende del día.
Ambos sonrieron, y siguieron caminando. Caminaban en paralelo, sin mirar el reloj ni marcar rumbo fijo. Solo dejándose llevar por esa extraña calma que el invierno ofrecía.
—¿Qué harás luego de volver?
—Luego sigo caminando. Viviendo. Supongo que, al igual que tú, aún estoy averiguando en qué me estoy convirtiendo.
Rias lo miró de lado, con una leve sonrisa.
—Sea lo que sea… espero que sigas siendo tú.
Issei bajó la vista, sin saber muy bien qué responder.
Espero no perderme por el camino.
—Gracias —dijo al final.
Ella asintió, y durante unos segundos, todo volvió a estar en silencio, salvo por el crujido de la escarcha bajo sus zapatos. El silencio volvió a apoderarse del parque. Solo se oía el crujir suave de las hojas bajo sus zapatos, y algún que otro coche madrugador que pasaba a lo lejos. Rias paseó la mirada por el cielo plomizo, y entonces, con ese tono más profundo que solo usaba cuando hablaba desde su verdadero rol, dejó caer las palabras:
—Cuando desapareciste, fue como si algo se hubiese desconectado de la ciudad. Como si una parte del equilibrio se tambaleara sin que nadie entendiera por qué. —Su voz era calmada, casi melancólica—. No solo por lo que ocurrió, sino por cómo te fuiste. Por cómo te sacaron.
Issei no respondió al momento. Miró al suelo, luego volvió a alzar la vista.
—No fue mi decisión. Pero... lo entendí. Tenía que aprender a ver las cosas desde otro ángulo. Y no podía hacerlo aquí.
Rias asintió levemente.
—Aquí también hemos cambiado. Las cosas siguen tranquilas, pero esa tranquilidad es frágil. Lo sabes, ¿verdad?
—Lo sé —dijo él—. Y no me gustaría que esa tranquilidad se rompiera. Pero si llega a pasar... espero que no estemos en lados opuestos.
Rias ladeó la cabeza, con una pequeña sonrisa.
—No depende de nosotros formalizar alianzas. Pero sí podemos decidir cómo tratarnos. Y por lo que veo, todavía podemos hablar, ¿no?
—Claro. Mientras no pongáis en peligro a los de aquí... no soy una amenaza para vosotros.
—Y nosotros tampoco para ti —añadió Rias, con un tono algo más suave—. Aunque algunos lo olviden, nosotros también protegemos este lugar. No por deber, sino por decisión.
Hubo un momento de pausa. Rias caminó unos pasos, luego se giró hacia él. Issei no pudo evitar perderse en sus ojos. Desde la distancia Rias Gremory siempre le había parecido una chica sumamente hermosa y atractiva, y ahora que la tenía tan cerca solo podía confirmar que se había quedado corto. Estuvo tentado a mirar más abajo, su alma pervertida lo pedía, pero pudo mantener la mirada en esos ojos azules que le observaban tan fijamente.
—No somos aliados, lo sé. Pero tal vez, algún día... podamos luchar por lo mismo.
—Quizá. Pero hoy... solo soy un chico que ha vuelto a casa por Navidad.
Ambos compartieron una breve sonrisa. Sin promesas, sin pactos. Solo una comprensión tácita que flotaba entre ellos. Rias se despidió con una leve inclinación de cabeza.
—Pasa un buen día, Hyōdō.
—Tú también, Gremory-senpai.
Y así, sin más palabras, se alejaron. Cada uno por su camino. Sin cruzar una línea, pero sin levantar muros. La ciudad seguía dormida. Pero algo en el aire se había aclarado.
…..
A una manzana de distancia, el agente Momono observaba sin intervenir, auriculares en su sitio, grabando cada palabra sin necesidad de escucharlas en tiempo real. Sus dedos bailaban sobre el teclado mientras enviaba el informe cifrado.
—Contacto confirmado. Gremory, Rias. No hay señales de captación. Conversación fluida, sin palabras clave ni señales sospechosas. Hyōdō mantiene la línea.
En la base, en una sala sumida en penumbra, el Director japonés Hajime Arakawa cerró el informe sin expresión alguna. Se giró apenas, mirando de reojo al hombre calvo y de gesto impenetrable que le acompañaba.
—Ha habido movimiento, pero ningún intento de captación. El muchacho mantiene la línea. No traicionó nada. Ni a nosotros, ni a sí mismo.
Fury asintió apenas.
—Sigue observando. Si las piezas se acercan, quiero saberlo antes de que toquen el tablero.
…..
Cuando regresó a casa, el sol apenas había asomado del todo. Unos tímidos rayos se filtraban entre los edificios y tejados, tiñendo las calles de un tono anaranjado suave. El aire era frío, pero no cortante; era ese frío que te espabila, que te recuerda que es invierno, pero que también te hace apreciar el calor del hogar.
Issei abrió la puerta con cuidado, procurando no hacer ruido. Se descalzó en la entrada, dejó su abrigo colgado en el perchero y subió a su habitación sin encender las luces. Todo seguía igual, pero había algo distinto en cómo lo miraba ahora. Tal vez porque sabía que cada rincón de aquella casa guardaba un recuerdo, una versión anterior de sí mismo que ya no existía.
Se tumbó en la cama unos minutos, cerrando los ojos, permitiéndose simplemente estar. Luego, al escuchar movimiento desde la planta baja, se levantó. Sus padres ya estaban despiertos. El desayuno fue sencillo, pero cálido. Tostadas, sopa de miso, arroz y un poco de pescado. Lo de siempre, lo que había comido toda su vida, pero que ahora le sabía a hogar más que nunca.
Su madre lo miraba con ternura, como si aún no terminara de creerse que lo tenía delante. Su padre, algo más reservado, se limitaba a observarle entre sorbo y sorbo de té, con una media sonrisa de satisfacción.
—Hoy es todo tuyo, hijo —dijo su padre al cabo de un rato—. Sin interrupciones, sin llamadas, sin trabajo. Lo prometí.
—Y lo cumplirá —añadió su madre, guiñándole un ojo—. Hoy solo somos nosotros tres.
Issei sonrió, agradecido. Esa era la verdadera celebración. Sin grandes gestos, sin decoraciones excesivas. Solo ellos, y el tiempo que podían compartir. Salieron a dar un paseo por el vecindario, como hacían antes. Compraron un pequeño pastel en una pastelería local, pasaron por el templo cercano a saludar al anciano monje, y luego volvieron a casa para preparar una cena sencilla pero especial. Nabe caliente, arroz recién hecho, y algunos platos tradicionales que su madre había empezado a preparar desde la mañana.
Durante todo el día, Issei logró no pensar en S.H.I.E.L.D, en Ddraig, en demonios o dragones. No porque los quisiera ignorar, sino porque entendía que este momento no pertenecía a ese mundo. Era un paréntesis. Un descanso. Por la noche, mientras miraban una vieja película en la televisión, Issei se dejó caer en el sofá, entre sus padres, como cuando era más niño. Su madre se recostó ligeramente en él, y su padre cruzó los brazos con una sonrisa serena.
—Estás más fuerte —comentó el padre, dándole un golpecito en el brazo—. Pero sigues siendo nuestro chico.
—Y lo seguiré siendo —respondió Issei, sin dudarlo.
Aquella noche, mientras el reloj se acercaba a la medianoche y la televisión emitía un especial de Navidad sin mucho interés, Issei sintió algo que no había sentido en meses: paz. No la que se gana en una batalla, sino la que simplemente se encuentra, en el lugar donde empezó todo. Y por esa noche, eso fue suficiente.
Los días siguientes a Navidad transcurrieron con una mezcla de calma y actividad. Issei aprovechó el tiempo como solo alguien que ha estado lejos demasiado tiempo sabe hacerlo.
El día veintiséis, por la mañana, lo pasó en casa ayudando a su madre a limpiar unas cajas viejas del trastero, donde encontró algunos recuerdos de la infancia: fotos descoloridas, dibujos torpes con dragones y robots, y un viejo videojuego portátil que aún funcionaba a medias. Se rieron juntos recordando anécdotas que parecían sacadas de otra vida. Su padre volvió algo antes del trabajo y salieron a cenar ramen en un local cercano, como hacían algunos fines de semana antes de que todo cambiara.
Por la tarde-noche, se encontró con Motohama y Matsuda otra vez, esta vez en el centro comercial, donde pasaron un buen rato entre tiendas, videojuegos y risas. Había bromas pesadas, sí, pero también una camaradería sincera. Incluso Issei se sorprendió de lo mucho que los había echado de menos. Terminaron en un parque, hablando tonterías hasta que el frío les empujó a volver a casa.
El día veintisiete, Issei lo reservó más para sí mismo. Se levantó temprano y salió a correr, cruzando el vecindario todavía adormilado. No llevaba nada de entrenamiento encima, solo el impulso de moverse, de sentirse presente. Se detuvo en un mirador desde donde se veía parte de la ciudad, y allí permaneció un buen rato, simplemente dejando que el aire le despejara la mente.
Más tarde, volvió a encontrarse con sus amigos, esta vez en un karaoke improvisado en casa de uno de ellos. Nada salvaje como la noche del 25, más bien íntimo, entre risas, canciones ridículas y recuerdos de secundaria. Incluso Issei se animó a cantar, a regañadientes, ante los vítores burlones de los demás.
Pero también tuvo momentos a solas. Un paseo vespertino sin rumbo fijo, un rato leyendo en su habitación, o simplemente acostado en la cama mirando al techo, repasando mentalmente todo lo que había pasado en estos meses. Lo vivido. Lo perdido. Lo ganado.
XXXXX
El sol del mediodía colgaba alto en el cielo, filtrándose entre las ramas desnudas del parque con una luz pálida, invernal. El aire estaba frío, pero no helado. El tipo de frío que mantenía las manos en los bolsillos, que dejaba las mejillas algo rosadas, pero aún permitía moverse con libertad.
Issei trotaba a ritmo constante por el sendero de tierra que rodeaba el parque. No llevaba nada especial encima, solo ropa deportiva, auriculares colgando del cuello y una botellita de agua a medio llenar. No buscaba entrenar, no de verdad. Solo moverse, sentir el cuerpo en funcionamiento. Vaciar la cabeza.
Se detuvo bajo un árbol sin hojas para estirar las piernas. Fue entonces cuando lo vio.
Había un chico, sentado en uno de los bancos, con una chaqueta negra de invierno, bufanda oscura y auriculares puestos. No hacía nada en particular. Simplemente observaba el parque, tranquilo, como si estuviera esperando a alguien, o a nadie.
Issei no le dio demasiada importancia… hasta que el chico levantó la mirada y sus ojos se encontraron. Fue un momento breve, pero suficiente. Algo en la mirada del otro le resultó familiar, aunque no podía decir por qué.
El chico se quitó los auriculares y se levantó con calma.
—Hyōdō, ¿verdad?
Issei se tensó ligeramente, pero asintió.
—Sí… ¿nos conocemos?
—Tobio Ikuse —respondió él, acercándose con una expresión neutral, pero amable—. No, no nos conocemos. Pero he oído hablar de ti. Soy miembro de la facción Grigori. Creo que has oído hablar de nosotros, los ángeles caídos, aunque bueno, yo soy igual de humano que tú.
Hubo un pequeño silencio. Issei desvió la mirada un segundo.
Vale… esto no es casualidad. Pero tampoco parece una emboscada.
Tobio se adelantó un poco y señaló el banco vacío.
—¿Te importa?
—Adelante.
Ambos se sentaron. El aire seguía frío, pero no incómodo. Durante unos segundos, solo se oyeron los pájaros a lo lejos y el murmullo de un par de niños jugando en una zona cercana.
—No vengo a reclutarte —dijo Tobio, sin mirarlo—. Ni a presionarte. Solo quería conocerte.
Issei asintió lentamente. Esperaba algo así… y sin embargo, no del todo.
—¿Y por qué yo?
—Porque sé cómo fue lo de Raynare. No todo, claro. Pero lo suficiente. Y también sé que saliste de allí vivo, aunque no indemne.
Issei apretó los labios, sin responder. Sus puños se cerraron sobre las rodillas, casi sin darse cuenta.
—Lo que pasó… no debería haber pasado así —continuó Tobio, con la voz baja, pero firme—. Y si te sirve de algo, no fue culpa tuya. Fue un fallo en cadena. Y tú quedaste en medio.
—¿Es una disculpa?
—De parte de mi organización. Sí. Quiero hacerte saber que en ningún momento se quiso nada de lo que pasó, que desgraciadamente todo fue hecho sin nuestro conocimiento, un caso aislado.
Issei soltó el aire despacio.
—Ya lo sé… supongo. Pero escucharlo así… no es tan fácil.
—No lo es —respondió Tobio al instante—. Yo también fui "rescatado", entrenado, cambiado. Y hay noches en las que me sigo preguntando si lo que hacemos tiene sentido. Si estamos donde queremos estar… o simplemente donde pudimos caer de pie.
Issei lo miró, por fin. No como a un extraño. Sino como a alguien que, tal vez, entendía algo que nadie más había entendido hasta ahora.
—¿Y has encontrado respuesta?
Tobio se encogió de hombros, mirando al frente.
—Algunas. Otras no. Pero aprendí que no siempre se trata de elegir un bando. A veces solo tienes que saber quién eres… incluso cuando el mundo intenta arrastrarte en otra dirección.
Issei bajó la mirada, pensativo.
—Suena más fácil de lo que es.
—Lo es. Pero ya estás caminando ese camino, ¿no?
Hubo otra pausa. Más tranquila, más cómoda. Sin presión. Finalmente, Tobio se puso de pie.
—Eso era todo. Pero si alguna vez necesitas hablar… ya sabes que hay otros como tú ahí fuera.
Issei lo miró, con una expresión difícil de leer. Y por primera vez en mucho tiempo, no se sintió tan solo.
—Gracias.
Tobio asintió con la cabeza y se alejó por el sendero del parque, sin mirar atrás. Issei se quedó sentado un rato más, respirando hondo, con los ojos cerrados. El sol seguía brillando, pero el mundo se sentía un poco más… soportable. El banco crujó levemente cuando Issei se recostó en él, apoyando los brazos sobre el respaldo. Observó el cielo, de un azul limpio pero apagado, como si el invierno mismo contuviera la luz. La figura de Tobio ya había desaparecido entre los árboles, como si nunca hubiese estado allí.
Así que Grigori sigue interesado… pero envían a alguien como él. Sin símbolos, sin trajes, sin alas. Solo palabras... y experiencia compartida.
No era una amenaza. No era una advertencia. Era otra cosa. Un gesto. Un mensaje sutil: "Sabemos quién eres. Y sabemos cómo se siente."
Y eso… eso fue lo que más desconcertó a Issei. Se había preparado para muchas cosas desde que entró en S.H.I.E.L.D. Para pelear. Para callar. Para sobrevivir. Pero no para alguien que hablara su idioma sin necesidad de explicar nada. Alguien que, como él, había caído en un mundo nuevo sin pedirlo. Y que aún así había seguido adelante.
¿Quién eres cuando el mundo intenta arrastrarte en otra dirección?
Las palabras de Tobio seguían resonando en su cabeza. Más que una lección, era una pregunta abierta. Una que no tenía respuesta inmediata. Y eso lo molestaba… y lo calmaba al mismo tiempo. Cerró los ojos y respiró hondo. No tenía todas las piezas. Pero tampoco sentía que estuviera perdiendo el control. No aún.
Sabía que no podía fiarse de todo el mundo. Que el hecho de que Grigori mandase a alguien como Tobio era tan estratégico como humano. Pero también sabía que había una diferencia entre manipular y tender la mano. Y Tobio… no lo manipuló.
Solo me ofreció un espejo.
Issei se levantó con lentitud. Estaba más tranquilo. Más en paz, incluso si no entendía del todo por qué. Caminó hacia la salida del parque, dejando atrás el banco, el silencio y el frío. No corría. No huía. Solo avanzaba. La Navidad seguía su curso, con sus luces tenues y el murmullo lejano de la ciudad despertando del almuerzo. Y él aún tenía un hogar al que volver. Al menos por ahora.
Mientra tanto, igual que cuando se reunión con Rias Gremory, el agente Momono se mantuvo a distancia, simplemente observando cómo se desarrollaban los encuentros.
—*Contacto visual establecido a las doce y treinta y tres, parque público del distrito oeste. El sujeto: Tobio Ikuse, afiliado a Grigori. Confirmada identidad por reconocimiento facial y trazado de desplazamiento. Interacción no planificada por parte de Hyōdō. Reacción inicial: cautela contenida, sin señales de alerta activa. Tono general: distendido, contenido, sin presión. No se realizó intento alguno de captación o reclutamiento. Hyōdō mostró disposición al diálogo, sin comprometer información. Mantuvo postura firme en cuanto a su afiliación y valores. Se retira sin agitación, sin llamadas ni comportamiento evasivo posterior. Recomiendo mantener observación pasiva. No se han vulnerado protocolos de seguridad.*
…..
El Director Hajime Arakawa dejó el informe sobre la mesa sin una palabra al principio. Se acomodó las gafas con calma y exhaló por la nariz.
—No intentaron atraerlo… solo hablar. Están tanteando el terreno —murmuró. Luego miró a la pantalla donde Nick Fury observaba desde Nueva York—. Primero Gremory, ahora Grigori. Ambos buscan algo, pero se mantienen respetuosos. De momento.
La imagen de Fury era como siempre: severa, de mandíbula apretada, voz cortante.
—No es un recluta cualquiera. Tiene una Longinus, y dos grandes poderes ya han mostrado interés. Es natural que lo observen… pero no me gusta que se acerquen tanto sin pedir permiso.
Hajime asintió con gravedad.
—Tampoco han cruzado ninguna línea. Hyōdō se mantiene en su sitio. Con Gremory, fue cordial. Con Ikuse, firme. No se ha salido ni un milímetro del perfil que buscamos.
Fury permaneció en silencio unos segundos antes de responder:
—De momento. Sigue observando.
Satō sonrió levemente.
—Así será.
La pantalla se apagó. Y en la sombra de ese despacho silencioso, el nombre Hyōdō Issei seguía escrito, claro y grande, en más de un tablero estratégico.
XXXXX
El día veintinueve llegó con la tranquilidad que caracterizaba a Kuoh luego del fin de semana. Issei decidió ir a un viejo templo de la ciudad, uno que no pisaba desde hacía muchísimos años, pero por algún motivo, tenía ganas de ver. El incienso flotaba en el aire como un suspiro antiguo. Las escaleras de piedra, ligeramente desgastadas, guiaban a Issei hasta el templo, apartado del bullicio de la ciudad. No buscaba nada en concreto. Solo paz. Un sitio tranquilo para sentarse, respirar… y poner en orden lo que no se atrevía a pensar.
Al llegar arriba, el silencio lo recibió con solemnidad. Solo se oía el crujir suave de una escoba sobre la madera del suelo del pabellón principal.
Allí, con el uniforme tradicional, el rostro sereno y la larga melena negra recogida con sencillez, estaba Akeno Himejima. Limpieza tranquila. Movimiento grácil. No era una pose. Era natural. Issei dudó. No por miedo, sino por lo incómodo que le resultaba no saber cómo actuar.
—Buenos días —saludó finalmente, con una leve inclinación.
Akeno alzó la vista, sorprendida, pero sin perder la compostura.
—Hyōdō-san. Qué inesperado encontrarle por aquí. —Su voz tenía ese tono suave, entre melódico y firme.
—Solo necesitaba… aire —respondió él, llevándose una mano a la nuca.
Ella asintió lentamente.
—Este lugar suele ofrecerlo en abundancia. ¿Te importaría si termino esto antes de hablar?
—Claro que no.
Se sentó en un banco cercano, observando el entorno. Durante unos minutos, solo se oyó el suave barrer de la escoba y el canto lejano de los pájaros. Cuando terminó, Akeno se acercó y se sentó a una distancia prudente. Entre ambos había respeto… y una muralla invisible.
—¿Ha sido una buena visita a casa? —preguntó ella, cortés.
—Ha sido… rara. Pero bien. Supongo que me estoy acostumbrando a eso. A lo raro.
Ella sonrió, apenas.
—A veces lo raro es solo lo que aún no hemos entendido.
Hubo un silencio cómodo. No había urgencia por decir nada. Ambos eran conscientes de que el otro sabía más de lo que decía.
—No esperaba encontrarla aquí —dijo él, por romper el momento.
—Este es uno de mis lugares favoritos. Es un poco como volver a casa.
—Entiendo eso.
Sus miradas se cruzaron, serias. Ninguno bajó la vista. Pero mientras los ojos de Issei eran directos, los de Himejima guardaban una sombra más antigua, más pesada. Como si siempre midiera cada gesto. Como si nunca bajara la guardia del todo.
—Hyōdō-san… No te sienta solo. Incluso cuando parece que hay muros entre nosotros, la comprensión puede surgir. A veces, donde menos se espera.
Él asintió, en silencio. Pero justo cuando parecía que la conversación había terminado, Akeno habló de nuevo, esta vez más despacio:
—Aunque... la comprensión no siempre implica confianza.
Issei giró un poco la cabeza, con una ceja levemente alzada.
—No lo digo por ti —añadió enseguida, mirando al frente, sin mirarlo directamente—. Solo... cuesta. Para algunos, más que para otros. Hay cosas que una no olvida tan fácilmente.
—No pretendo que confíes —dijo él, con sinceridad calmada—. Solo me pareció correcto saludar.
Un nuevo silencio. Esta vez, más tenso. Akeno lo rompió, más suave:
—Y ha sido correcto. Gracias por tu respeto.
Issei se puso en pie con tranquilidad, y se inclinó ligeramente.
—Disculpa la interrupción. Buen día, Himejima-san.
Ella asintió, sin sonreír, pero sin frialdad.
—Buen día, Hyōdō-san.
Y así, se marchó. No hubo comprensión plena, ni acercamiento real. Pero tampoco rechazo. Solo dos personas con cicatrices diferentes, cruzándose un instante en medio del invierno. Mientras descendía los escalones del templo, dejando atrás el aroma tenue del incienso y el sonido apagado de las campanas de viento, Issei se detuvo un momento en mitad del camino, mirando al cielo grisáceo de la tarde.
Akeno Himejima… No era como la recordaba.
En el instituto, ella tenía ese aire calmado, casi seductor, con una sonrisa serena que parecía saber más de lo que decía. La típica onee-sama que caminaba como si flotara, siempre elegante, siempre segura. Incluso divertida, en ocasiones. Pero lo de hoy... era otra cosa. Había cortesía, sí, pero también una tensión bajo la superficie. Como si cada palabra hubiera sido medida con cuidado, como si él fuera alguien con quien aún no se podía relajar.
¿Y si esa era la verdadera Akeno?
¿Y si todo lo que mostraba en clase era una máscara? ¿Una parte necesaria del papel que debía interpretar como parte del séquito de Rias Gremory? Issei se quedó pensativo, las manos en los bolsillos del abrigo.
¿Cómo serían los demás fuera del papel que desempeñaban?
Kiba, por ejemplo, siempre tan correcto, tan caballeroso… ¿también ocultaría algo más? ¿Una parte menos pulida, más real?
¿La pequeña Koneko también será muy distinta a como es en la academia?
Lo mismo pasaba con los de Sona Sitri. Ella se mostraba como la presidenta perfecta: fría, calculadora, de mirada analítica. Pero eso no podía ser todo. Detrás de esos lentes debía haber algo más humano. ¿O no? Y entonces se dio cuenta de lo evidente:
Él también era así ahora.
Un rostro para la familia y otro, muy distinto, para S.H.I.E.L.D. Uno más cuando se ponía el uniforme y debía actuar como si todo lo demás no existiera.
Quizás todos jugaban ese juego. Quizás todos ocultaban una parte de sí mismos al mundo. Incluso los demonios.
Suspiró, pero sin pesar. Era solo una reflexión más. Una que no cambiaría nada, pero que le hacía mirar con otros ojos aquello que antes le parecía tan simple. Con ese pensamiento, siguió caminando por la ciudad, al principio sin rumbo y sin prisa, hasta que a su mente llegó un pequeño recuerdo de la noche anterior.
El sonido suave de las páginas al pasar, el murmullo lejano de una conversación y el crujido de la madera antigua bajo los pies. Issei recorrió con la mirada los estantes alineados con precisión. La biblioteca municipal de Kuoh era uno de esos lugares que nunca cambiaban, aunque él sí lo hubiera hecho.
Caminaba por la sección de novela negra y misterio, repasando los lomos de los libros con una lentitud casi reverente. Recordaba perfectamente cómo su madre, mientras preparaban la cena el día anterior, mencionó de pasada que le apetecía leer algo diferente, algo que la atrapara desde el primer capítulo.
—Algo con asesinatos, conspiraciones, detectives listillos… esas cosas que no se parecen en nada a mi vida —había dicho entre risas.
Algo con asesinatos y conspiraciones… ironías de la vida, pensó mientras sus dedos se detenían sobre un volumen de tapa dura. Parecía prometedor.
Entonces, al girar el pasillo para dirigirse a la caja, se topó con una figura conocida. Seria. Inconfundible.
—S-Sitri —saludó con un leve gesto de cabeza.
Sona levantó la vista del libro que hojeaba. Lo cerró con suavidad antes de responder.
—Hyōdō. Vaya coincidencia.
Ambos se miraron durante un breve segundo que pareció estirarse. Luego, como si hubieran recordado el contexto, bajaron un poco la guardia. Estaban en una biblioteca, no en el instituto, ni en un terreno neutral pactado. Esto no era un movimiento estratégico.
—No sabía que te gustaran las novelas de misterio —comentó ella con tono tranquilo.
—En realidad no son para mí. Mi madre mencionó una serie que le interesaba y pensé que… bueno, sería un buen detalle.
Sona asintió, con esa expresión que no era exactamente una sonrisa, pero tampoco indiferencia.
—Considerado por tu parte. A veces los gestos más simples son los más significativos.
Issei notó que ella sostenía un tomo de historia comparada, edición académica. No le sorprendió.
—¿Estudiando durante las vacaciones?
—Aprender no entiende de calendarios —respondió ella con serenidad—. Además, es más fácil leer cuando no hay ruido de pasillos o alumnos golpeando balones en los patios.
—Supongo que sí —dijo él con una pequeña sonrisa.
Hubo una breve pausa. Ni tensa, ni incómoda. Solo… consciente. Ambos sabían lo que el otro era. Y ambos sabían que había temas que no podían tocar. No todavía.
—Por cierto —añadió ella antes de girarse del todo—. Si tu madre prefiere historias con giros inteligentes y narrativas no lineales, tal vez este autor le interese.
Le señaló con la cabeza una estantería lateral.
—Gracias, lo tendré en cuenta —dijo él, sorprendido.
—Buena lectura, Hyōdō.
—Igualmente, Sitri.
Y así, como llegó, ella se alejó entre los estantes, dejando tras de sí el suave murmullo de su andar y una estela de pensamientos revueltos en la cabeza de Issei.
Incluso en una biblioteca, sigue teniendo ese aire de autoridad tranquila. Como si siempre supiera más de lo que dice.
Se quedó un momento mirando el pasillo por el que ella había desaparecido, luego volvió la vista al libro que llevaba en las manos.
Navidad rara esta, pensó.
Pero no necesariamente mala. El sol comenzaba a ocultarse tras las casas del vecindario, tiñendo los tejados con un tono naranja cálido y familiar. Issei llegó a casa poco antes de que empezara la cena, con una bolsa de papel en la mano y el mismo abrigo que llevaba desde que volvió a Kuoh.
—¡Estoy en casa! —anunció mientras se descalzaba en la entrada.
—¡Justo a tiempo! —respondió su madre desde la cocina—. Pon la mesa, anda.
Issei obedeció con una sonrisa ligera. El olor a sukiyaki llenaba la casa, envolviéndolo todo en una burbuja de sencillez acogedora.
—¿Y ese paquete? —preguntó su padre, señalando la bolsa.
—Un libro —respondió Issei, y se lo tendió a su madre—. Dijiste que te apetecía algo de misterio. La bibliotecaria dijo que este tenía buenos giros.
Ella lo miró con sorpresa genuina, luego con ternura.
—Gracias, cariño. Qué detalle más bonito.
El ambiente era ligero, lleno de pequeñas bromas, sorbos de té y conversación sobre nada importante. La televisión sonaba de fondo con algún programa anodino, pero nadie le prestaba atención.
Cuando terminaron de cenar, su padre se retiró a leer en el sofá mientras su madre hojeaba el libro que le había regalado. Issei recogió los platos sin que nadie se lo pidiera.
Paz, pensó mientras cerraba el grifo y se secaba las manos.
No era perfecta. No era duradera. Pero ahí estaba. Silenciosa, cotidiana. Como si el tiempo se hubiera detenido por una noche para permitirle ser solo un hijo, no un agente, no un portador, no un soldado entrenado.
Esa noche se acostó temprano. No por cansancio, sino por una necesidad extraña de guardar ese día intacto, sin alteraciones, en su memoria. Pero Issei no lograba conciliar el sueño. Se removía en la cama, los ojos fijos en el techo. Algo se agita, pensó. Otra vez.
Y entonces, sucedió. La habitación desapareció de un parpadeo. Como si nunca hubiera existido. En su lugar, un mundo de llamas infinitas lo envolvió. No eran llamas destructivas, sino casi vivas, como si tuvieran memoria. Viejas. Eternas. La presión sobre su pecho volvió. Pesada, imponente… y familiar. Allí estaba él. Ddraig.
Gigantesco, rojo como el magma ardiente, con ojos que contenían siglos de guerra y silencio. No rugía, no se movía con violencia. Observaba. Respiraba profundamente, como si le costara mantenerse consciente.
—Has vuelto —dijo Issei, cruzando los brazos, aunque su voz llevaba algo de tensión.
—Y volveré. Poco a poco. Conforme tú me aceptes… y yo recuerde quién fui.
Su voz era un trueno bajo, reverberando como si la tierra misma hablase.
—¿Quién fuiste?
Hubo un silencio. Lento. Cargado.
—No lo sé. No del todo. Recuerdo fuego. Recuerdo alas. Recuerdo matar a un ser que se creía eterno. Un celestial. Y después… encontré a otro como yo. Blanco. Arrogante. Insoportable. Albion. El Blanco. Mi rival. Durante siglos, mi existencia giró en torno a destruirle. Le odiaba. Le necesitaba. El mundo olvidó nuestros nombres, pero no nuestra guerra. Luchamos tanto que se confundieron nuestros rugidos con tormentas, nuestros vuelos con eclipses.
Issei tragó saliva. Era una historia que le resultaba irreal, pero algo en sus entrañas la creía a ciegas.
—¿Y os sellaron?
—Sí… Nos enfrentábamos en una tierra de nubes, de valles verdes. No sé cómo nos trasladaron. Magia antigua. Recuerdo gritos. Ángeles. Demonios. Humanos… Dios.
El Dios que los unió solo para sellarnos. Nos llamaron plagas. Maldiciones. Longinus.
Un nuevo silencio.
—Y despertaste… durante la guerra de las tres facciones, ¿no?
—Por un momento. Solo un susurro. No era tiempo. Mi alma dormía, arrastrada en tu sangre, hasta que esa chica… Raynare… nos puso en peligro. Ese dolor… ese miedo, me rozó. Me despertó.
Issei bajó la mirada.
—Entonces… ¿esto va a seguir? ¿Vamos a hablar cada vez más?
—Sí. Y llegará el día en que te hable incluso sin llamas, sin sueños. Estaré contigo, y tú conmigo.
—No me hace gracia que quieras encontrar a ese tal Albion solo para matarlo. No soy esa clase de persona —sentenció con toda la autoridad que podía mostrar frente a aquel enorme ser.
Ddraig inclinó el enorme cuello, sus ojos clavados en él.
—Aún no. Pero lo llevarás dentro. El deseo. La rabia. La compulsión. Lo que hagas con ella… eso te definirá. No yo. No él.
—No pienso ser esclavo de tu odio, dragón.
Una chispa recorrió el cuerpo de Ddraig. No furia, sino algo parecido a satisfacción.
—Bien. Entonces tal vez, Hyōdō Issei, seas distinto. Tal vez seas el primero.
El fuego comenzó a ceder. La visión a difuminarse. Pero antes de que todo desapareciera, Ddraig dijo:
—Recuerda esto: no luchas solo contra enemigos externos. Luchas contra tu herencia. Contra el poder mismo. Contra lo que significa tenerme dentro.
Y con esas palabras, Issei despertó, empapado en sudor, el corazón latiendo con fuerza, el silencio de su habitación mucho más oscuro que antes. Pero dentro de él… ya no todo era silencio.
Bueno, primer contacto oficial. Sigo a mi ritmo, pero con tranquilidad.
Zitfeng: te he mandado un mensaje, porque sigo sin entenderte.
Y sin más que decir, me despido.
¡Nos leemos!
