Capítulo 04.
Golpe de Inspiración
El siguiente par de días fueron bastante más sencillos de lo que Gemma se hubiera imaginado. Esther resultó ser en realidad una niña muy calmada, y sobre todo independiente. Ella misma se levantaba, se vestía, se peinaba, se cepillaba los dientes, y hasta se hacía el desayuno si era necesario. Se entretenía también por su cuenta, lo que resultaba bastante conveniente para Gemma. Pero también resultaba un poco particular, pues lo que recordaba de la Esther de seis años era que era una niña mucho más dependiente y pegada a sus padres. Pero bueno, ahora era una señorita de diez, y había pasado por… muchas cosas. Difícilmente podría ser la misma que ella recordaba.
Adicional a comprarle algo de ropa nueva (toda del mismo estilo que ya usaba), accesorios de higiene personal y de uso diario, Esther sólo le pidió algo más. Un sólo capricho: material de pintura. Le habían entrado enormes ganas por pintar algo, y todo lo que tenía en casa se quemó también. Gemma accedió, pensando que sería una manera de mantenerla ocupada.
Esa misma tarde, cuando volvió de su travesía para obtener el material de pintura, al ingresar a la casa Gemma divisó a su sobrina observando con detenimiento los estantes que tenía en la sala. Otros colocaban en estos libros, decoración, fotografías de la familia… Pero Gemma tenía juguetes. Pero no juguetes cualquieras, sino juguetes antiguos y clásicos, en su empaque original y en perfecto estado. Era una colección pequeña y modesta, pero era suya. Había pensado muchas veces conseguirles una vitrina con llavee, pero lo había ido postergando. Pero lo volvió a considerar fuertemente en el momento en el que vio como Esther estiraba su mano y tomaba uno de ellos entre sus dedos.
—Oh, no, no —exclamó Gemma, intentando que la alarma no se notara de más en su voz. Esther volteó a mirarla, un tanto confundida, mientras ella se aproximaba con paso presuroso hacia ella—. Estos se miran pero no se tocan, ¿de acuerdo? —comentó con un tono que intentaba ser amable, mientras le quitaba la cajita cuadrada de los dedos, y la colocaba de nuevo sobre el estante.
—Lo siento —se disculpó Esther, apenada—. Pensé que eran juguetes.
—Sí son… juguetes… —masculló Gemma, dubitativa—. Pero no de los que se juega con ellos. Son de colección.
—¿Valen mucho? —preguntó la pequeña con curiosidad.
—¿Monetariamente? Eso depende del comprador, pero no tengo intención de venderlos pronto.
Gemma se giró a apreciar la colección, e instintivamente extendió una mano y tomó uno de los juguetes, un robot de tamaño mediano color plateado, con luces y sonido. Un clásico de los 80's.
—Me gustan sus diseños —comentó mientras inspeccionaba el robot—. Es interesante ver cómo en esa época podían hacer tanto, manteniéndose tan simples. Ese es mi problema, ¿sabes? Siempre quiero hacer todo a lo grande. Pensar en lo simple me resulta…
Calló de golpe al darse cuenta de que se había dejado llevar un poco. Esther la miraba atenta, aunque también con mirada un confusa.
—Lo siento, estoy desvariando en voz alta —se disculpó acompañada de una risilla nerviosa. Volvió a colocar entonces el juguete en el estante—. Te conseguí lo que me pediste.
Se giró entonces hacia la sala, en donde había colocado las cosas que trajo consigo: un caballete de madera, tres lienzos medianos, óleos, acuarelas, lápices y pinceles. Esther le había dado una lista lo suficientemente detallada, así que no tuvo problemas en obtenerlo todo en una tienda de arte de la ciudad.
Esther miró todo aquello con su rostro iluminado por la alegría, y una amplia sonrisa de oreja a oreja.
—¡Gracias! —exclamó Esther con entusiasmo, y de inmediato abrazó a su tía con fuerza. El abrazo tomó un poco desprevenida a Gemma, pero intentó corresponderlo.
Esther se separó de ella y se dirigió al material del arte. Comenzó por parar el caballete y acomodarlo ahí mismo en el centro de la sala, entre el sillón y la televisión.
—¿Está bien si pinto aquí? La luz que entra por esta ventana es ideal.
Gemma vaciló un momento, no muy convencida de la idea al inicio. Aun así no se sintió capaz de decir algo que menguara su entusiasmo. En su mente quizás pintar sería una forma de estar cerca de su padre. Allen era un reconocido pintor, y era claro que Esther había heredado su sangre artística.
—Sí… claro —respondió esbozando una casi forzada sonrisa—. Sólo no manches la alfombra o los muebles, por favor.
A Gemma le pareció detectar un pequeño rastro de inconformidad en la mirada de Esther tras decirle eso. Sin embargo, al parpadeo siguiente la niña volvió a sonreír con la misma alegría de antes.
—Descuida, tendré cuidado —le indicó con su dulce vocecilla.
De seguro había sido su imaginación.
Esther colocó uno de los lienzos en el caballete, y comenzó preparar todo lo demás con suma minuciosidad.
—¿Segura que con eso estarás bien? —preguntó Gemma, algo escéptica—. ¿No quieres que te preste mi tableta para que hables con algún amigo o… algo?
—Quizás después —le respondió Esther, volteándola a ver sobre su hombro con una dulce sonrisa.
—Está bien… Bueno, entonces estaré en mi estudio si necesitas algo.
—¿Trabajando?
—Sí, un poco —murmuró Gemma, sonando tan apenada como si estuviera admitiendo un crimen—. Es que me tomé demasiado tiempo libre la semana pasada, y está este proyecto del trabajo que debo…
—No te preocupes —le cortó Esther con actitud despreocupada, antes de que tuviera que explicarse más—. Yo entiendo.
—Gracias, pequeña. Quizás más tarde podríamos ir a pasear, o a comer, o lo que quieras.
—Yo estaré bien aquí.
—Perfecto —exclamó Gemma, mucho más tranquila y relajada.
Se puso entonces manos a la obra. Mientras se dirigía a su taller, pudo ver cómo Esther se sentaba frente al caballete en un banco de la cocina y comenzaba a trazar sobre el lienzo con un lápiz. Parecía toda una profesional al hacerlo; igual que su padre.
Ya con su sobrina entretenida, Gemma se concentró en continuar como podía con el diseño de las nuevas PurrPetual Petz. Pero a diferencia de Esther que estaba volcando toda su inspiración en lo que hacía, Gemma tenía que hacer acopio de toda su fuerza de voluntad para siquiera avanzar un poco en su diseño. Podría culpar a los hechos más recientes de esto, pero la realidad era que ese proyecto no le inspiraba en lo más mínimo. Pero, lamentablemente, no estaba en posición de postergarlo más.
En un momento mientras trabajaba en el diseño, se contactó con su compañera Tess por videollamada, para compartirle su pantalla y mostrarles su avance. Aunque Tess aceptó la llamada, ciertamente le sorprendió bastante.
—¿En serio estás trabajando en este momento? —le cuestionó Tess, su voz sonando en los audífonos de Gemma, y su rostro proyectándose en un pequeño recuadro en la esquina inferior de la pantalla—. ¿En dónde está Esther?
—Ella está bien —le respondió Gemma de forma despreocupada, mientras retocaba el modelo en su programa de diseño—. Le conseguí lienzos y pinturas, y está muy entretenida con eso. Y si no, le dejé mi tableta para que la use si quiere.
Tess dejó escapar en ese momento un pequeño quejido. Y si acaso aquello no fue suficiente indicativo de su descontento, y vistazo a la expresión de su rostro en la pantalla lo dejaba más claro.
—¿Qué? Te digo que está bien, en serio.
—¿Y tú? ¿Estás bien? —preguntó Tess, entre curiosa y preocupada.
—Bueno, para ser alguien que no sabe cuidar ni sus plantas, creo que lo hago bien. Digo, a lo largo de la historia, las mujeres se han encargado de cuidar niños en situaciones peores que la mía, ¿no? Sin internet ni televisión incluso. Y la humanidad ahí continúa, a su modo.
—No sé si es un comentario muy o poco feminista, pero yo te apoyo, hermana —exclamó Tess con actitud más bromista. Al menos había logrado sacarle una sonrisa.
—Sólo tengo que encontrar cómo hacer todo esto sin que me despidan. David me va a matar si le pido que me dé más tiempo libre.
—Gem, acabas de perder a tu hermana…
—¿Y cuánto tiempo crees que pueda usar esa carta? —le cortó de forma tajante antes de que dijera más—. Nos había dado un ultimátum, ¿recuerdas? Y esa fecha límite fue hace una semana. Y eso sin mencionar que gastamos cien mil dólares de los fondos de la compañía, en algo que específicamente nos dijo que no hiciéramos. Si no le damos el maldito prototipo que tanto quiere, despedirme va a ser lo de menos: me va a demandar por todo lo que tengo; mi casa y sobrina incluidos.
Gemma dejó escapar un quejido de frustración. Soltó el mouse y teclado, y se apoyó por completo contra el respaldo de su silla, mirando pensativa hacia el techo.
«Vaya que elegiste el momento justo para morirte, Tricia» pensó de pronto, sorprendiéndole a sí misma que dicha idea le cruzara siquiera por la mente. Intentó rápidamente hacerla a un lado y guardarla en un cajón. Y, por supuesto, desterrar cualquier posibilidad de que se le escapara decirlo en voz alta.
—Oye —pronunció Tess, sacándola de su ensimismamiento—, David puede echar humo por las orejas todo lo que quiera. Pero si hay una pizca de humanidad en él, tiene que entender que en estos momentos debes enfocarte en tu sobrina.
—No tengo mucha confianza en mi futuro si debo apelar a la pizca de humanidad de David…
El timbre de la puerta principal sonó en ese momento, aunque con los audífonos puestos no estuvo muy segura de haberlo oído o no. Se retiró un auricular y paró oreja. El timbre sonó una segunda vez tras unos segundos.
—Llaman a la puerta —le informó a Tess rápidamente—. Voy a seguir trabajando en los diseños y te los envío mañana en la mañana para que los revises.
—¿Estás segura, Gem? —inquirió Tess con preocupación.
—Sí, te digo que sí. Te hablo luego.
Cortó en ese momento la llamada y se paró de su silla, saliendo presurosa del taller hacia el recibidor.
—Llaman a la puerta —le avisó Esther, sentada aún frente a su caballete, cuando Gemma pasó cerca de la sala.
—Sí, ya voy…
Se giró en ese momento hacia Esther, y en cuanto sus ojos se fijaron en su pintura, sus palabras se cortaron de golpe, y se quedó unos instantes anonadada. Desde que la vio dibujar en el avión supo que su sobrina era buena, pero no había dimensionado qué tanto…
Sobre el lienzo, distinguió la figura de una mujer, de las pantorrillas para arriba, con un elegante vestido que se extendía hacia abajo, y sus cabellos largos agitados por el viento. La gran parte de dibujo seguía sin color, pero pudo distinguir que el vestido era blanco, y que se extendía hacia abajo como difuminándose como parte de la nieve del fondo. Y sus cabellos eran castaños, bellamente iluminados lo que los hacía parecer dorados en ciertas zonas.
Las facciones de la mujer eran también bastante detalladas. La mirada en sus ojos se veía muy natural, así como la pequeña sonrisa en sus labios delgados. Ese rostro además le pareció conocido… ¿Acaso podría ser Tricia…?
—Oye, eso está… —comenzó a decir, sin tener claro de entrada cuál sería el halago que le daría. No creía tener las palabras adecuadas para describirlo. Por suerte el tercer toque del timbre evitó que tuviera que hacerlo, y reanudó rápidamente su avance hacia la puerta.
Al otro lado, parada en el pórtico, se encontraba una mujer de cabellos rojizos, ondulados y largos, con labios pintados de un bonito rosado que dibujaron una amplia sonrisa amistosa en cuanto la vio.
—Hola, ¿Sra. Forrester? —pronunció la desconocida con cordialidad.
—Eso depende... —masculló Gemma en voz baja, un tanto desconfiada. Aquella mujer no le resultaba en lo absoluto conocida, y Gemma era el tipo de persona a la que no le agradaba recibir inesperadas visitas de personas desconocidas en su casa.
—Soy Lydia —se explicó la mujer al notar el desconcierto en la mirada de Gemma. Sin embargo, fue evidente que aquello la dejó aún más pérdida de lo que ya estaba—. De Protección Infantil…
—¡Oh! —exclamó Gemma rápidamente, pues aquella había sido la pista que le hacía falta para comprender—. La terapeuta, ¿cierto? La visita, claro… ¿Eso… era hoy?
—Es hoy —aclaró Lydia, con sólo el justo toque de rigor—. No lo habrás olvidado, ¿verdad?
—No, claro que no —respondió Gemma con total seguridad; aunque claro, estaba mintiendo totalmente—. Pase, por favor…
Gemma se hizo a un lado y le dejó el camino libre para que entrara a la casa. Y mientras lo hacía, se maldecía a sí misma por dentro por haber olvidado totalmente la visita. Repasó mentalmente su casa, intentando hacer un recuento de los daños. ¿Había lavado los platos? ¿Había sacado la ropa sucia? ¿El baño estaba limpio? ¿La alfombra estaba aspirada? ¿Qué hora era? ¿Esther ya había comido…?
—Linda casa —escuchó que la terapeuta comentaba, forzándola a concentrarse en lo que había frente a su nariz en ese momento.
—Gracias…
Cerró la puerta una vez que estuvo dentro, y ambas avanzaron juntas unos pasos hacia la sala, en donde Esther continuaba con su hermosa pintura. En cuanto notó su presencia, se giró a mirarlas sobre su hombro, observando a la visitante con curiosidad.
—Hola —le saludó la terapeuta con amabilidad—. Tú debes ser Esther.
—Hola —le respondió ésta, esbozando una pequeña pero gentil sonrisa.
—Ella es Lydia —le explicó Gemma desde detrás—. Es una terapeuta del estado que viene a... No sé qué exactamente, lo siento.
—Descuida —indicó Lydia—. Sólo vengo a observarlas, y verificar que éste sea un hogar apto para Esther.
—Entiendo —masculló Gemma, asintiendo, aunque en realidad volvía a mentir. No entendía bien qué lineamientos debía seguir un "hogar apto" para un niño a ojos de esa mujer. Toleraba ser juzgada por su trabajo, pero no por… todo lo demás.
La atención de Lydia se fijó en el lienzo frente a Esther, y su reacción de asombro fue aún mayor a la de Gemma.
—Eso es muy bonito —indicó genuinamente maravillada—. ¿Tú lo hiciste?
—Sí —respondió Esther, riendo un poco—. Mi tía Gemma me consiguió los materiales.
—Qué bien. Y, ¿cómo te has sentido, Esther?
La niña agachó la mirada, y ésta se ensombreció notoriamente.
—Ha sido difícil a veces —le respondió con tristeza en su voz, pero casi de inmediato volvió a sonreír, y alzó su vista de nuevo, aunque ahora hacia Gemma—. Pero mi tía ha sido muy buena conmigo. Le agradezco mucho que me haya recibido en su linda casa. Estando aquí me siento mucho mejor.
Gemma se sorprendió un poco al escuchar eso, pero no pudo evitar sonreír también por tan lindas palabras. Lydia igualmente pareció conforme con esa respuesta, y lo dejó ver por la forma en la que miró a ambas.
—Me alegra mucho escuchar eso —indicó con tono afable.
La siguiente hora fue un poco de lo mismo. Lydia platicando mayormente con Esther, observando cómo Gemma y ésta interactuaban, y echando un vistazo rápido a la casa. Para suerte de Gemma, todo estaba lo suficientemente limpio y arreglado para quedar bien. Así que conforme la visita progresó, se fue sintiendo más segura de sí misma.
Ya cuando fue tiempo de retirarse, Lydia y Gemma salieron al pórtico para platicar, estando para ese punto la última más que convencida de que había pasado la inspección, como si de un examen se tratase.
—Pues ya la vio —indicó Gemma con tono confiado—. Esther está bastante bien, y se está adaptando rápido a la nueva casa.
—Sí, eso parece —masculló Lydia en voz baja, y por primera en esa tarde a Gemma le pareció percibir cierta reticencia en ella—. Pero no hay que pasar por alto que este tipo de cambios tan extremos en la vida de un niño, siempre son difíciles de lidiar, y pueden causar daños que no se ven a simple vista. Y en el caso de Esther, por todo su antecedente, puede serlo muchísimo más.
Gemma respingó un poco al escuchar cómo mencionaba los "antecedentes" de Esther, un elefante en la habitación que la terapeuta deliberadamente había omitido en esta primera visita.
—Sí, lo sé —respondió Gemma, cabizbaja.
—Su terapeuta anterior me pasó sus expedientes —explicó Lydia—. Leí sobre lo que ocurrió hace cuatro años. También leí que aún no se ha abierto del todo a hablar sobre lo que le pasó en aquel entonces.
—La Dra. Segar dijo que estaba intentando primero que se adaptara a su vida y su familia luego de volver, y que poco a poco iría tocando el tema del secuestro con más detalle. Pero luego pasó… esto, y bueno…
Gemma dejó la frase al aire y se encogió de hombros. Lydia la miró fijamente, de una forma que a Gemma le resultó indescifrable.
—¿Te diste cuenta que esa gargantilla y pulseras que usa son para esconder cicatrices? —soltó la terapeuta de golpe sin menor filtro, tomándola totalmente desprevenida.
—¿Qué? ¿En serio? —cuestionó Gemma con genuina confusión.
Desde la visita que había hecho días antes de la muerte de Tricia, le había llamado la atención esos listones que Esther usaba siempre en el cuello y las muñecas. Pero luego de ver su gusto particular por la moda, supuso que era parte de eso; su manera de combinar accesorios con su vestimenta. Incluso le había comprado un par más de estos para que combinara mejor.
Pero nunca pensó que estuviera ocultando algo debajo de ellos, mucho menos cicatrices… ¿Serían acaso marcas que se había hecho durante su secuestro? Era evidente que Lydia así lo pensaba, y por eso lo comentó.
Gemma sintió en ese momento que le dolía un poco el estómago al pensar al respecto. ¿Cómo esa mujer se había dado cuenta con sólo observarla una hora, y ella no lo había visto en todos esos días que llevaban conviviendo?
—Deberías considerar buscarle un especialista en traumas —indicó Lydia con seriedad—. Lo antes posible.
—Sí, claro… pero, ¿será en verdad necesario hacerlo ya? Temo que empezar a llevarla con un psiquiatra así tan repentino y que comiencen a rascar en eso, pudiera afectarla o algo. En especial cuando aún no se ha instalado del todo. Además, yo en estos momentos la veo bien. Digo, obviamente no "bien bien". Esta triste y todo eso, pero tampoco es que esté tirada en el suelo llorando ni nada así.
—Acaba de perder a sus padres y a su hermano —señaló Lydia con dureza en su voz—. Es cierto que cada quien lidia con el duelo a su manera. Pero en una niña de diez años, ¿te parece normal que no llore?
Gemma se encogió de hombros.
—No lo sé… Yo tampoco lloré mucho cuando perdí a mis padres, ni cuando…
Calló de golpe, al momento de darse cuenta de lo que estaba por decir. Pero igual fue muy tarde, y lo notó por la forma inquisitiva en que Lydia la miró justo en ese momento.
—Dime, ¿qué tan unida eras a tu hermana? —preguntó de pronto, de nuevo tomándola desprevenida.
—¿Qué? ¿Por qué me pregunta eso? No estábamos hablando de mí.
—Tú lo hiciste primero.
—No, sólo estaba… dando un ejemplo, de que a veces no llorar no significa algo necesariamente malo.
De nuevo Lydia se le quedó viendo, de una forma que Gemma sintió totalmente que la estaba juzgando. Y eso ciertamente disparaba algo en su interior que no le agradaba. Se puso tensa al momento, se cruzó de brazos, y cambió el peso de sus pies de uno al otro.
—Respóndeme otra cosa —comentó Lydia a continuación, con actitud una pizca más conciliadora—. ¿Realmente querías esto?
—¿Qué si quería qué? ¿Qué mi hermana y su familia murieran? —exclamó Gemma, defensiva.
—Encargarte de la noche a la mañana de una niña de diez años. Pasar en un segundo de estar sola, ser independiente y hacer lo que te plazca, a ser madre…
—Yo no soy su madre —soltó Gemma de golpe por mero reflejo, sin que lo pensara mucho en realidad. Ella misma se sorprendió por esto, pero no se arrepintió—. ¿Y cuál era la alternativa? ¿Dejar que enviaran a mi sobrina a un orfanato?
—¿Es por eso que aceptaste? —inquirió Lydia con curiosidad—. ¿Porque no había otra alternativa?
—Lo hace sonar como algo terrible. Sólo intento hacer lo mejor para Esther.
—Y yo también. Ese es literalmente mi trabajo. Así que no me consideres tu enemiga, por favor. Ambas queremos lo mismo.
Gemma ya no respondió nada, y se limitó sólo a asentir. Objetivamente sabía que ella tenía razón, en cada una de las cosas que había dicho. Pero la parte más emocional y reactiva de su ser, le impedía verlo con esa claridad.
Una vez que Lydia se fue, Gemma se tomó un rato para estar con Esther, pues quizás el pequeño gusano de la culpa le había picado. Luego de lo que Lydia le dijo, no pudo evitar fijarse más en los listones que la niña usaba. Mientras cada una comía un emparedado de mantequilla de maní sentadas en la mesa, a Gemma le pareció en efecto vislumbrar un poco de las marcas en su cuello que se asomaron de debajo del listón, y eso le puso la piel de gallina al instante.
¿Qué le habían hecho las personas que se la llevaron? Consideró por un momento seriamente preguntarle, pero no tuvo el valor.
Ya más noche, luego de cenar, Esther se fue a su habitación a dormir, y Gemma volvió a su estudio a continuar con el diseño del infame prototipo. Quería al menos terminar tres propuestas para que Tess y Cole las revisaran mañana, y decidieran la factibilidad de alguna de ellas. Pero sus intenciones no daban resultados, pues ahora encima de su nula motivación para hacer su trabajo, tenía que sumarle los varios pensamientos que le revoloteaban en la cabeza tras lo de esa tarde.
¿Cómo iba a lidiar con todos esos problemas que Esther tenía dentro y de los que aún no se había atrevido a hablar? Sí, podría enviarla a terapia y que el especialista se encargara de eso. Pero tarde o temprano vendría a ella en busca de apoyo y consejo, como su tía… o como su madre. Y ella ni siquiera podía lidiar con sus propios problemas, ¿cómo lo haría con los de una niña?
A pesar de lo segura que se había sentido más temprano, para esos momentos comenzaba a sentirse abrumada por la realidad de todo eso…
Ya bien entrada la noche, aún no lograba progresar demasiado, o no de una forma que le fuera completamente satisfactorio. Y cuando quiso dar un sorbo de su taza de café en busca de inspiración liquida, notó que ya se había acabado. Así que aquello parecía ser un buen momento para hacer una pausa e ir a la cocina por otra.
Caminó por los pasillos oscuros, aun dándole vueltas en su cabeza a una u otra cosa. Colocó la cafetera prácticamente en piloto automático, y se quedó de pie observando y esperando a que el café estuviera listo, aunque en realidad no mirando nada en particular.
«¿Habrá sido en verdad buena idea?» Pensó un tanto perdida en sí misma. «Si tan sólo tuviera un poco más de ayuda…»
¿De quién? ¿Sus padres fallecidos? ¿Su pareja inexistente? ¿Sus amigos que en realidad no eran más que sus compañeros de trabajo…?
Debía afrontar la realidad: estaba sola en eso. Aunque bueno, quizás sola no. Después de todo, ahora estaba…
Al girarse hacia un lado, soltó de golpe un pequeño gritito y se sobresaltó asustada, al percibir la presencia de alguien más en la cocina que no había notado. Esther, con su largo camisón blanco para dormir (otra moda anticuada que al parecer le gustaba), estaba justo entrando a la cocina y caminando hacia el fregadero.
—Santo cielo, Esther —exclamó Gemma aún alterada, con una mano en su pecho—. Casi me matas del susto.
—Lo siento —se disculpó la pequeña, apenada—. Sólo quería lavar mis pinceles.
Esther se paró entonces frente al fregadero, y Gemma notó entonces que en efecto traía tres pinceles en su mano derecha. Abrió la llave del agua, y comenzó a remojarlos bajo el chorro.
—¿Estabas pintando tan tarde? —preguntó Gemma con curiosidad—. Pensé que ya estabas dormida.
—Tenía un golpe de inspiración y quise terminar los últimos detalles. ¿Estás enojada?
—No, no. Yo entiendo lo que es eso.
Esther terminó de enjuagar los pinceles, los sacudió un poco, y luego los puso en la orilla del fregadero para que escurrieran.
—¿Por qué tú sigues despierta, tía? —preguntó ahora la pequeña.
Gemma suspiró con pesadez.
—Se podría decir que estoy buscando mi propia inspiración. Oye, me vendría bien la opinión de un niño. ¿Me ayudarías un minuto?
Esther respondió con un asentimiento de su cabeza, y siguió a su tía hacia su taller.
—¿Recuerdas la mascota que te quise regalar la última vez que fui a tu casa?
—Sí… —respondió Esther, un poco dudosa.
—Bueno, debo presentar un nuevo modelo esta semana. Tiene que ser más simple y económico, pero sin comprometer la calidad. Y eso es más fácil decirlo que hacerlo. Pero mira.
Gemma se sentó en su silla frente a la computadora, y abrió su programa de diseño con el modelo que estaba realizando. En éste se proyectó una visualización 3D del prototipo, que giraba, se movía, y se podía ver desde diferentes direcciones. Con unas opciones del panel lateral, podía cambiar a diferentes gamas de colores, incluyendo el pelaje, los ojos, los pies y los brazos. Era un diseño bastante parecido al que Gemma le había querido regalar, aunque sí había pequeños detalles visuales que lo hacían ver un poco distinto; y, en efecto, más simple.
—¿Qué te parece? ¿Sigue viéndose como algo que le gustaría a un niño de tu edad?
Esther observó el modelo en silencio. Su boca se torció en una mueca que rozaba ligeramente el desagrado.
—Yo prefiero las muñecas normales —indicó tras un rato, para el desaliento de su tía.
—Sí, seguro —susurró Gemma despacio—. Pero con una muñeca convencional no puedes platicar ni interactuar.
—¿Y con esto sí? —cuestionó Esther con confusión, señalando hacia la pantalla.
—Claro, mira.
Gemma minimizó en ese momento la ventana del programa de diseño, y abrió en su lugar uno de los videos de pruebas que tenía almacenados. En éste e veía a un niño, en una habitación colorida, con uno de los PurrPetual Petz de los modelos más recientes. El niño le hablaba a la mascota, y ésta le respondía con una voz chillona y divertida; el niño reía, y el juguete reía con él. Y así seguían por casi tres minutos, intercambiando frases entre sí, siempre con tono jocoso.
Esther se inclinó hacia adelante, viendo el video detenidamente, con su ceño fruncido.
—Impresionante, ¿no? —comentó Gemma, casi con orgullo. No obstante, su sobrina no parecía compartir su emoción.
—Pero en realidad no le está respondiendo, ¿o sí? —preguntó la niña de pronto, tomándola por un poco por sorpresa—. Son sólo respuestas programadas que tú le diste al juguete. Ni siquiera comprende lo que le está diciendo a ese niño.
Gemma se impresionó por la deducción tan atinada, en especial viniendo de alguien de su edad.
—Eres una niña muy lista —señaló Gemma—. Pero no son como tal respuestas programadas, como los juguetes de hace veinte o treinta años. Es un poco más complicado… Las mascotas cuentan con una IA básica, que formula la respuesta más adecuada al comentario del niño, en base a patrones de comportamiento y diálogos que han alimentado nuestro algoritmo por una larga temporada. En términos simples…
—En términos simples —le cortó Esther primero—, sólo simula que entiende al niño y que le habla…
—Bueno… algo parecido —reconoció Gemma, resistiendo el impulso de enfatizar que se trataba de algo más complejo que eso. Aunque debía aceptar que a grandes rasgos así era: sólo una mera simulación, por más buena o creíble que fuera. Algo más sofisticado que eso superaba las limitaciones de estas mascotas, y con más razón las de este modelo nuevo y simple que David tanto quería.
Pero… no superaba las limitaciones de lo que Gemma sabía que podía hacer. De hecho, ella sabía muy bien que podía hacer algo mucho más avanzado que eso; algo mucho, mucho mejor…
—Pero… —susurró con un aire de misterio, jalando toda la atención de la niña hacia sí. La emoción brilló intensamente en los ojos de Gemma—. ¿Y si te dijera que sí podría existir un juguete que no tendría que simular que habla contigo, sino que en verdad comprendería lo que le dice, te respondería y aprendería junto contigo de sus interacciones contigo?
—¿Cómo si fuera una persona? —preguntó Esther, curiosa.
—Casi como si fuera una persona, sí —asintió Gemma rápidamente—. ¿Cómo te sonaría algo así?
Esther arrugó el rostro en un gesto pensativo, mirando hacia la pantalla de soslayo. El video del niño y el PurrPetual Petz seguía reproduciéndose en bucle.
—Si fuera así, entonces eso no sería un juguete o una mascota —indicó Esther con dejo pensativo—. Sería más como un amigo.
El rostro de Gemma se iluminó, alimentado por el fulgor que siempre provocaba el inicio de una idea; la revelación que se le había escapado, y que ahora llegaba a ella con gran fuerza.
—Sí, así es —exclamó con ímpetu, soltando después una aguda risa—. Gracias, pequeña —pronunció justo después abrazado rápidamente a una confundida Esther—. Tengo que seguir trabajando. Ve a dormir, ¿sí?
Se apartó entonces de ella, y Esther la miró, aún el desconcierto apoderado de su expresión, así como quizás el deseo de preguntarle qué había sido eso. Pero al final la niña no dijo nada, y mejor se limitó a acatar la instrucción de su tía.
—Hasta mañana —le respondió en voz baja, al tiempo que se dirigía con paso tranquilo hacia el pasillo.
Una vez que Esther se fue, Gemma no perdió el tiempo; de inmediato tomó su teléfono y le marcó a Tess. La primera vez no le respondió, por lo que le marcó una segunda. Tardó un poco en responder, pero al final logró escuchar un largo bostezo que surgía del otro lado de la línea, seguida de la voz adormilada de su amiga.
—¿Gemma? ¿Sabes la hora que es?
—En realidad no —confesó Gemma sin miramiento—. Lo siento, pero tengo un golpe de inspiración. Quiero verlos a Cole y a ti mañana muy temprano aquí en mi casa. Junta de emergencia.
—¿Ya tienes el modelo terminado? —preguntó Tess con interés, sonando para ese momento un poco más despierta.
—Al demonio con los PurrPetual Petz. Retomaremos el Modelo 3 Generativo Androide. Moveré la presentación con David para el viernes, le guste o no. Usaré la carta de mi sobrina huérfana si es necesario. Y enfocaremos todas nuestras fuerzas y tiempo de esta semana para terminar nuestro prototipo funcional como lo habíamos planeado hace tiempo, y presentárselo a David ese día.
—¿Hablas en serio? —exclamó Tess en el teléfono, ya para ese momento no sólo despierta, sino casi escandalizada—. David espera ver un nuevo prototipo de PurrPetual Petz. Si llegas con algo diferente…
—O me amará o me odiará. O me promueve o me despide —concluyó Gemma sin el menor temblor en su voz—. Todo o nada, Tess; me la voy a jugar a todo o nada.
—Y nosotros contigo, al parecer.
—Si esto no funciona, diré que los obligué, y ustedes aférrense a esa versión. Estarán bien, lo prometo.
Incluso en el silencio y la distancia, Gemma pudo percibir la duda en Tess, escurriendo del teléfono como líquido.
—¿Estás segura de esto, Gem? —le preguntó su amiga con voz vacilante.
—Lo suficiente —le respondió Gemma con bastante más firmeza que ella—. Este viernes, M3GAN verá al fin luz.
