Gracias a mi cómplice Li por su lectura previa. Los errores siguen siendo míos.


Disclaimer: la mayoría de los personajes mencionados son propiedad de Stephenie Meyer, la trama pertenece a mi imaginación.

Capítulo 10

Edward

La vi sonreír y mi corazón se desarmó.

Porque sus sonrisas no eran para mí, sus miradas dulces no eran dirigidas a mí. Comprendí que estaba irremediablemente celoso, y aunque sabía que ella estaba siendo educada, no podía evitar sentirme terriblemente mal.

Ella era tan deseada, tan perseguida, tan asediada. Bien podía elegir entre cualquiera de esos tipos que se acercaban con algún pretexto, sobre todo con James que parecía estar prendado de ella.

Sin embargo, yo quería que me eligiera a mí.

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Bella

Los días pasaban rápido y se convertían en semanas, casi sin darme cuenta el recuerdo de Miami empezaba a desvanecerse entre planos, reuniones y reportes que no terminaban nunca. A veces me detenía a mirar por la ventana de la oficina y me daba cuenta de que el cielo seguía estando ahí, pero yo ya no lo contemplaba igual.

A mitad de semana, Rosalie me pidió salir de compras. Decía que necesitaba aire fresco y aunque no solía disfrutar de los centros comerciales abarrotados, acepté. Había algo en su tono quizás una mezcla de vulnerabilidad que me hizo querer acompañarla.

Recorrimos tiendas durante un par de horas. Rosalie era experta en gastar dinero con estilo, pero esta vez parecía más interesada en distraerse que en comprar. Me confesó mientras estábamos en el vestidor que había discutido nuevamente con Emmett.

— ¿Y qué pasó? —le pregunté mientras me probaba una blusa blanca frente al espejo—. ¿Mi hermano y tú lo intentarán?

Soltó un hondo suspiro.

— Piensa que quizá me estoy viendo con alguien más —exhaló—. Ya sabes terminamos discutiendo nuevamente.

— ¿Y?

— Lo amo, Bella. Pero pienso que si no hablamos como dos personas civilizadas, lo perderé y no, no estoy de acuerdo.

Me regaló una tímida sonrisa.

— Quiero recuperarlo. No me importa cuán testarudo se ponga.

La miré de reojo. Esa era la Rose que conocía; intensa, decidida, con el corazón en llamas aunque le gustara fingir que nada le tocaba.

— ¿Y tú? —me preguntó, cruzándose de brazos—. ¿Qué pasa con Edward?

Me tomó por sorpresa. Bajé la mirada hacia el espejo y me observé en silencio. Había algo en mi rostro, una especie de tristeza camuflada entre el cansancio y la frustración.

— Nada —murmuré— o todo, no lo sé. Desde que volvimos de Miami el trabajo nos ha consumido, pienso que no hemos tenido oportunidad de avanzar en nada, ni siquiera hemos comido juntos, él siempre está con Ángela —hice una mueca.

Rosalie no respondió de inmediato. Se limitó a sentarse en un banco frente al probador y me miró fijamente. Conocía de más esa risita.

― ¿Estás celosa?

Negué con la cabeza, no teníaganas de explicar qué muchas veces le echaba unas miradas asesinas a Angela. Aunque estaba segura que Rosalie podía adivinarlo, resopló.

— Edward no es del tipo que juega con los sentimientos. No lo conozco, pero por todo lo que me has contado de él me atrevo asegurar que es un chico noble, sin maldad. Tú lo sabes mejor que yo. Algo debe estar pasándole.

— Tal vez —me encogí de hombros—. Pero me siento decepcionada. Por un segundo pensé que lo estaba conociendo de verdad, que nos estábamos acercando. Ahora no sé qué pensar.

— Entonces haz lo que yo —expresó con firmeza—. Pelea por lo que quieres. Pero solo si realmente lo quieres, Bella.

No le respondí, asentí en silencio mientras me cambiaba de ropa. No sabía si quería pelear. Lo que sí sabía era que Edward me estaba doliendo y que no podía seguir fingiendo que no me importaba.

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Había sido una semana ajetreada en la constructora.

Edward y yo nos sumergimos por completo en el trabajo como si cada cálculo estructural fuera una vía de escape. Cada uno estaba en lo suyo y estaba bien, no podía quejarme.

Hasta que llegó James Witherdale.

Apareció un miércoles por la mañana acompañado de su perfume empalagoso y una sonrisa demasiado confiada. Según los cotilleos de pasillo, había venido a una reunión con Aro, quizás un nuevo proyecto. Era un hombre adinerado y seguramente podía entablar todo tipo de negocios.

Algo dentro de mí me hacía pensar que solo estaba usando pretextos para acercarse y no me equivoqué cuando lo vi entrar en mí oficina.

— Bella Swan —comentó al estrechar mi mano de esa forma coqueta que me asqueaba—. De verdad que estoy fascinado con tu trabajo.

Le sonreí forzada deseando que se fuera y no me quitara el tiempo.

— El arquitecto Cullen y yo hicimos nuestro mejor esfuerzo —respondí, dejando claro que Edward era parte del proyecto.

James no se inmutó. Al contrario, se rio con gusto. Tenía esa clase de actitud que no se tambaleaba por nada, probablemente porque no estaba acostumbrado a importarle la opinión de los demás.

Tuvimos una conversación rápida. Fingí no tener tiempo para continuar platicando y probablemente lo entendió o quizás no.

A partir de ese día, me buscó con cualquier excusa. Una consulta sobre el diseño, una duda con el presupuesto del resort, una charla sobre arquitectura en pleno horario de almuerzo. Cada mañana empezó a dejarme cafés en el escritorio que mandaba al cesto de basura apenas desaparecía por la puerta, me elogiaba frente a todos como si fuéramos viejos conocidos y yo apenas y lo volteaba a ver.

Pero el colmo fue una mañana; me envió una caja con un collar de diamantes con una nota que decía: Para iluminar aún más lo que ya brilla con luz propia.

Casi me atraganté con la carcajada. Era lo más ridículo que había leído en mi vida. Sabía que debía ponerle un alto, ya estaba cansada de su atosigamiento.

Por eso al día siguiente lo confronté.

— ¿Qué se supone que haré con esto? ¿Pagar el alquiler de medio año? —le cuestioné, dejando la caja sobre sus manos.

— Es solo un detalle —articuló, como si regalar joyas fuera tan normal como ofrecer una goma de mascar.

— Entonces qué bueno que no trajiste flores. Soy alérgica a los gestos desesperados.

Su sonrisa vaciló por una fracción de segundo.

Pero lo que de verdad me sacó de quicio era que Edward parecía más ausente que nunca. Cuando pasó por mi lado, ya ni siquiera me sonrió. Ahora solo era un leve asentimiento, un escueto saludo y todo el tiempo evitaba mirarme directamente y fingía que todo estaba bien, mientras la tensión en su mandíbula gritaba lo contrario.

No sabía si había notado la atención que James me dedicaba. No sabía si le importaba. Aunque a veces, cuando James se detenía demasiado cerca de mí o soltaba uno de sus comentarios ingeniosos, sentía que Edward se tensaba más. No decía nada, claro. Ni una palabra pero lo conocía y me daba cuenta que no le hacía gracia su presencia.

Una noche al salir de la oficina, James me alcanzó en el vestíbulo.

— ¿Te apetece cenar? Hay un lugar espectacular a unas cuadras de aquí. Prometo que no hay diamantes en el menú.

— Qué alivio. Me reservo los metales preciosos para las ocasiones importantes —dije sin detenerme.

— ¿Eso es un no? —me detuvo sutilmente del codo.

Me giré hacia él. Necesitaba ser directa y no dejar ninguna opción disponible.

— Es un rotundo no.

Su semblante se veía contrariado.

― Nunca me habían rechazado, señorita Swan. Supongo que debo ser más insistente.

Suspiré.

― No hace falta, señor Witherdale. No aceptaré ninguna cita para cenar ningún regalo, nada.

― ¿Acaso no está soltera? Tal vez me confundí con lo que me dijeron de usted.

Bufé.

― No sé qué le han dicho. Pero yo no estoy interesada en salir con usted. Y le pido que se abstenga de enviar regalos y café, no me gusta que me hostiguen.

Los ojos grises de James me observaban casi desorbitados. Con su rostro ligeramente enrojecido, comprendí que no le hacía gracia que lo rechazaran y yo acaba de hacerlo. De herir su ego.

Sonreí y esta vez hubo algo distinto en su mirada. Tal vez sorpresa, quizá fastidio, no me importaba.

— Quiere decir que Cullen tampoco tiene posibilidades.

El coraje subió a mi cara ya que podía sentir mis mejillas arder.

— Señor Witherdale ―expresé secamente― mi vida amorosa es parte de mí privacidad, pero ya qué veo mucho interés. Le diré que lo que Edward y yo tengamos es asunto nuestro y créame que a nadie más le incumbe.

Yo di media vuelta sin despedirme mientras él se quedaba ahí quizá desmenuzando mis palabras.

Llegué a casa agotada, pero con esa sensación de haberme mantenido fiel a mí misma. Y por alguna razón que no quería analizar todavía, me pregunté si Edward me habrá visto decirle que no. Me pregunté si sintió algo.

Aunque no tenía respuestas. Solo una certeza; a James no lo quería cerca mientras que a Edward lo extrañaba más de lo que me gustaría admitir.

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El sábado por la tarde Rose trajo una botella de vino y una bolsa llena de ingredientes que claramente no eran de mi alacena habitual.

— Vamos a cocinar —dijo como si fuera lo más natural del mundo.

— ¿Qué celebramos?

— Nada en especial pero estoy deprimida y me dijeron que hacer lasaña ayuda —me explicó mientras se colocaba un delantal que sacó quién sabe de dónde.

Entre risas, cortamos vegetales, preparamos la salsa y encendimos el horno. El ambiente estaba cálido y por primera vez en días, sentí que podía respirar con normalidad. Hasta que solté un suspiro largo, ese tipo de suspiro que viene con palabras guardadas.

— Estoy harta de James —articulé en voz alta de pronto, al tiempo que picaba una cebolla con más fuerza de la necesaria.

— ¿El tipo del perfume empalagoso?

Asentí. Rosalie se rio.

— ¿Qué hizo ahora?

— ¿Además de acosarme todos los días, regalarme joyas y proponer cenas como si estuviéramos en una telenovela barata? Hoy me trajo flores, Rose. Pero no cualquier ramo, no. Me llenó por completo la oficina, ni siquiera podía caminar en mi propio espacio, lo bueno que empecé a regalar las flores a mis compañeros.

Ella abrió los ojos con una mezcla de horror y burla.

— ¿Flores? ¿Qué clase de flores?

— No sé —alcé mis hombros— grandes, rojas y horribles. Como él.

En ese momento sonó el timbre. Rosalie me miró con una ceja arqueada.

— ¿Y si son otras flores?

Fui a la puerta refunfuñando y efectivamente, allí estaban; sin embargo este ramo se veía más hermoso que el anterior, con un sobre pequeño atado con una cinta dorada.

— Esto ya es acoso floral —murmuré, arrancando la tarjeta mientras Rosalie se acercaba por detrás, secándose las manos con un trapo.

Abrí el sobre dispuesta a romperlo sin leerlo pero algo en la caligrafía me detuvo. No era la letra imprenta sino que era; sobria, torpe, como él.

Mi corazón empezó a martillar fuertemente. Rosalie se acercó y me arrebató la tarjeta antes de que pudiera reaccionar.

— Para cuando necesites que el cielo vuelva a ser cielo. Perdóname por este silencio entre nosotros. Te extraño. E

Se quedó en silencio. Yo también.

— Esto no es de James —musitó con un tono completamente distinto.

— Lo sé —murmuré, sintiendo cómo la rabia que cargaba encima se derretía en algo más confuso.

— ¿Es de Edward? ―preguntó.

No respondí, pero ella ya lo sabía. Mi cara me traicionaba.

— ¿Y ahora qué vas a hacer? —indagó mientras me miraba con esos ojos intensos que todo lo ven.

— No lo sé —susurré, pero por primera vez en días sentí algo parecido a la esperanza.

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Después de cenar y despedirme de Rosalie, me fui a encerrar a mi habitación. Tenía la copa de vino en mi mano estaba a la mitad, pero mis pensamientos ya no estaban ahí. Me tiré en la cama con el ramo de flores en la mesita de noche y la tarjeta cuidadosamente doblada en la palma de mi mano.

Suspiré.

No sabía cómo explicar lo que sentía. Era una mezcla entre alegría, alivio y una punzada aguda de nervios. Como si ese pequeño gesto de Edward hubiera abierto una puerta que yo misma me había esforzado en mantener entreabierta.

Entonces sonó mi celular. La pantalla se iluminó con su nombre.

Una videollamada.

Mi corazón se aceleró sin pedir permiso. Dudé por un segundo, luego deslicé el dedo para contestar. Y ahí estaba él.

Con sus lentes un poco torcidos, el cabello más desordenado que de costumbre y esa expresión entre cansancio y ternura que tanto me desarmaba.

— Hola —susurró con voz suave. Su tono era contenido, como si tuviera miedo de que no quisiera verlo.

— Hola —dije, sintiendo cómo se me dibujaba una sonrisa inevitable.

Nos quedamos mirándonos a través de la pantalla por un instante. No hacía falta hablar para saber que ambos sentíamos lo mismo; que ese silencio de semanas nos había pesado más de lo que estábamos dispuestos a admitir.

— He estado ausente —comentó finalmente, rascándose la nuca—. Y lo siento. Mucho. No quería que pensara que-que no me importas.

— Lo pensé —admití sin rodeos—. Y me dolió. Pero luego llegaron las flores y bueno, digamos que me gustó la forma de romper el hielo.

Él sonrió aliviado.

― Espero que te hayan gustado más que las de ese tipo, Witherdale.

― No hay comparación ―aseguré, mostrándole dónde estaban sus hermosas flores.

Su sonrisa se extendió más profundamente al darse cuenta que estaban en el buró de mi habitación. Acomodó sus anteojos.

― No quiero comportarme igual que él.

Me quedé mirando la pantalla. La seriedad en su semblante me hizo sentir que realmente no sabía cómo acercarse a mí sin verse como James.

― Te aseguro que no lo haces ―pronuncié.

― Entiendo que para ti puede ser normal que los hombres sean detallistas ―suspiró―. En cambio yo… ―dudó― no sé cómo ser mejor, para ti.

Y estaba mi corazón latiendo tan fuerte que podía sentirlo tronar en mis oídos. Mordisquee mis labios presa de los nervios, incluso podía sentir mis mejillas arder.

― No hace falta que mejores, Edward. Porque ya eres el mejor, no lo olvides.

Él rio levemente bajando la mirada.

― Estoy celoso de todos lo que se te acercan.

Sonreí ante su confesión e hice un gran esfuerzo por no ponerme a saltar como loca. No sabía si esto era una declaración o cómo tomarlo, solo sabía que necesitaba abrazarlo. Envolverlo fuertemente en mis brazos y hacerlo sentir lo especial que era para mí.

Agarré fuertemente las sábanas como si fueran una ancla y suspiré hondamente.

― No tienes porqué sentir celos ―susurré. Mi corazón seguía golpeteando como fuerza y mis manos empezaban a sudar.

― No puedo evitarlo… ―miró fijamente la pantalla― yo te quiero solo para mí.

Y sus palabras fueron suficientes para sentir que desmayaba. ¿Esto era una declaración o no?


Me estoy divirtiendo mucho con estos dos, están que se mueren de amor pero nadie da el paso decisivo, aunque parece que Edward será el primero, ¿qué opinan ustedes?

Para quienes les guste el drama, ayer actualice mi nueva historia Aún te Pertenezco.

Aquí los nombres de quienes comentaron el capítulo anterior, gracias: mrs puff, Deniz, Adriana Molina, Jocelyn jazrodriguez, Pepita GY, Flor McCarty- Cullen, Noriitha, Rosemarie28, ALBANIDIA, Ary Cullen 85, Rociolujan, Dulce Carolina, marisolpattinson, Cassandra Cantú, Car Cullen Stewart Pattinson, Diannita Robles, iza, Lili Cullen-Swan, Antonella Masen, Daniela Masen, Adriana Molina, Maryluna, saraipineda44, Tata XOXO, comentarios Guest

Gracias totales por leer💕