CHICKEN TERIYAKI

por Syb

Capítulo XIII: Laberinto


—No quise hacerlo —dijo su esposa apenas él abrió los ojos esa mañana, unos minutos antes de que sonara el despertador. Se veía radiante con esa bata nueva rosada de plumajes sintéticos, como si ya hubiese empezado su día en medio de la madrugada y, en todo ese tiempo, se hubiese arreglado y perfumado. La mueca que adornaba su cara cuando se sentía culpable estaba ahí—. La fotografía era tuya.

—Lo sé —le respondió sin darle mucha importancia. ¿Qué si le molestaba que Michael Barton tenía una fotografía de su esposa en el celular? Un poco, pero no era algo que el rubio no hubiese visto antes.

Intuía que había pasado algo entre Michael y su esposa cuando ella vivía sola en Nueva York, antes de que se rencontrara y se casara con él; pero ella nunca había presentado al rubio como un novio. Koushiro había tenido dudas al respecto cuando Mimi empezó a hablar del chico estadounidense cuando se fue por primera vez a Nueva York, como el resto del grupo. Taichi aseguró que era su novio rico sin siquiera conocerlo y que se casaría con Michael Barton al ser ella una princesita mimada. Miyako esperaba asistir a la boda cuando sucediera. Sin embargo, y luego de pasar por un enamoramiento adolescente vergonzoso, se dio cuenta que al parecer no era del todo cierto. En el inicio del CITD, solo contaban con unas pocas oficinas en una única planta de un edificio y Miyako se caracterizaba por hablar demasiado fuerte y claro como para que su puerta cerrada ofreciera un poco de intimidad. Ella siempre le preguntaba a Mimi por su noviazgo con Michael, pero la castaña siempre inventaba una excusa para evitar el tema.

—Entonces Michael lo ha intentado todos estos años y Mimi no cede —murmuró Taichi cuando salieron a comer luego de salir tarde de la oficina, Miyako y Mimi hablaron por una hora durante el almuerzo. «Michael» y «es solo un amigo» se repitieron una y otra vez en el discurso de la princesita—. Pobre, es rubio y millonario y la guapa de las elegidas no lo quiere ni por su dinero. ¿Quién lo diría?

Él no respondió a su mejor amigo en esa vida pasada. De todas formas, si Mimi ignoraba a Michael, ¿qué quedaba para él? Solo pudo hacerle una tiendita online para que le dedicara una sonrisa solo para él y seguir con su vida. Para el resto de su vida, se conformaba con trabajar hasta que los dedos se le atrofiaran, le saliera una joroba en la espalda y sus ojos se quedaran ciegos. Saciar su curiosidad era lo que lo mantenía adelante. Mientras su madre insistía en los supuestos amoríos entre él y Sora o Miyako o Mina o Hikari, él solo se permitía fantasear con Mimi Tachikawa muy de vez en cuando. Y Mimi Tachikawa, contra todo pronóstico y lógica, un día despertó y decidió casarse con él.

—No quiero que pienses que lo hice adrede —insistió su esposa cuando él le dio un beso en la mejilla antes de levantarse.

—Sé que fue un error —respondió él entrando al baño y cerrando tras de sí.

—¿Seguro? —preguntó ella a través de la puerta y su voz se oyó amortiguada.

—Sí.

Para él no era de importancia porque Michael no era una amenaza como insinuaba Daisuke cuando el rubio aparecía en la vida de Mimi. Tal cual Miyako, Daisuke no era capaz de bajar el sonido de su voz ni siquiera cuando susurraba y no había puerta ni habitación que impidiera que todo lo que tenía que decir lo escuchara la ciudad completa. Algo de un buitre y un no sé qué. Además, por cómo se comportaba Mimi el día que fue a verla a Nueva York, cuando Michael llamaba al celular o al citófono del apartamento, fue un indicio inequívoco de que Michael no era una amenaza para quien ella aceptara como pareja.

—¿No estás enojado? —preguntó otra vez su esposa a través de la puerta.

—No —respondió él, mientras abría la puerta y se dirigía a buscar su ropa de trabajo.

—¿Y por qué cerraste la puerta?

—Siempre la cierro —le recordó pacientemente mientras se calzaba la camisa del trabajo y ella lo encontraba en la puerta del walking-closet que Mimi siempre soñó con tener.

Había visto a Satoe y Keisuke Tachikawa actuar de la misma manera dramática cuando uno de los dos pensaba que el otro estaba enfadado. Mimi se avergonzó de ellos cuando lo hicieron por primera vez frente a su prometido, el jefe del CITD, y le hizo prometer que, si lo llegaba actuar así con él, Koushiro podía dispararle en la cabeza. Nunca se daba cuenta de que sus genes Tachikawa estaban a flor de piel casi todo el tiempo. Y Osen se lo hacía saber siempre, con sus gestos y comentarios de desagrado, aun así, Mimi no se daba cuenta, o fingía no hacerlo.

Apenas él se puso los pantalones, sintió cómo la energía culposa de su esposa se diluyó en un torrente de hormonas que le indicó que podría estar ovulando. Como princesita mimada que era, Mimi siempre obtenía lo que quería y, en esos momentos, ella quería disculparse por su error con todo su amor, aunque él insistiera que no le importaba.

—No puedo evitarlo —dijo Mimi una vez en la cama de algún hotel en el inicio de su romance—. Cada vez que me ignoras, o pienso que lo haces —se corrigió cuando él frunció el entrecejo—, es como si volviera al laberinto. Necesito llamar tu atención con desesperación. Me he dado cuenta últimamente que lo logro con facilidad si me quito la ropa —confesó con risa.

No sabía por qué ese recuerdo lo asaltó hasta que Mimi se abalanzó hacia él y le aprisionó los labios con los suyos. Sabía a su bálsamo labial de cerezas. Deshizo su cinturón con destreza torpe y le bajó la cremallera tan rápido que se le pasó por la mente que no la había subido realmente. Sabía en su interior en llamas que no había caso en resistirse, pero de todas formas lo intentó. Quiso razonar un poco hablando de la hora, del desayuno de los niños y de su escuela, también de su reunión con Iori Hida, Catherine y Wallace, pero todo lo que salía de su boca era confuso ya que su lengua quería hablar y sus labios querían besarla.

—Deberías escribirle a Michael —dijo su esposa entre besos. Su mano guio la de su esposo hacia lo que ocultaba su bata rosa y plumífera y él casi pierde la cabeza al sentir su humedad en llamas—. Escribe: «Hola, Michael, te esperamos a las ocho de la noche de hoy.» Sentirá que marcas tu territorio y no querrá venir por mí.

Koushiro no era un tonto, sabía que Mimi estaba manipulándolo y parte de su amor era para hacer que él alejara las ideas de Michael con respecto a la fotografía de la discordia y la cena improvisada que podía haber evitado si pusiera límites con el rubio. Ella no quería hacer el trabajo sucio.

—Mimi…

—Hazlo por mí —habló con los labios presionados a los suyos.

—Puedes escribirlo tú —propuso, de la misma forma que insistía desde que ella le cocinó por primera vez pollo con salsa Teriyaki en Nueva York. Michael era un adulto y debía comprender.

—¡Ya lo hice! Sabía que dirías que sí —respondió con una sonrisa y un nuevo cambio de energía, a uno más optimista y menos hormonal, para su desgracia—. No quería despertarte antes de tiempo porque llegaste tan tarde ayer, así que lo envié unos diez minutos antes que despertaras. La paciencia no es lo mío.

Koushiro suspiró, no podía luchar en contra de su esposa. Recordó el desayuno y la escuela de los niños, también la reunión con Iori, posterior su conversación con sus asesores. No llegaría tarde si iba a despertar a Benjamin y bajaban a desayunar en ese mismo instante. Por suerte, pensó con una pizca de alegría, el pantalón solo se le había arrugado un poco y no había alcanzado a sudar como para estropear la camisa.

—Deberíamos empezar el día —sugirió con una sonrisa conciliadora, besó su mejilla y empezó a deshacer el desastre de su esposa: se subió la cremallera y empezó a ajustarse el cinturón.

—¿Qué pasa? —preguntó asustada.

No podía decir que estaba enojado con ella. Aun si Michael no fuese una amenaza para su matrimonio, le cansaba que Mimi no pudiese decirle que no (podría hacerlo con cualquier otra persona, pero no a Michael). Satoe Tachikawa no poseía esa habilidad, Keisuke Tachikawa tenía un poco más de valor para decir que no, pero solo lo lograba si su esposa o su hija estaban de espectadoras. Conocer a sus suegros le dio una idea de por qué Mimi era tan extravagante, mimada y pura. Por alguna razón que escapaba de su lógica, podía destruir el corazón de cualquiera, pero no el del estadounidense.

—¿Estás enojado?

—No —respondió en lo que se sintió la milésima vez esa mañana y se dirigió a la puerta. Primero Benji, luego el desayuno. Pero, antes de desayunar, tenía que llamar a Mina para confirmar la charla con Catherine y Wallace por todo lo relativo al nuevo contrato de Michael Barton como inversionista, y luego tener la reunión con Iori. Sin duda, la parte económica del CITD era lo que menos le gustaba de su trabajo y, para su desgracia, cada año que pasaba todo se trataba más burocracia y menos de investigación. Sin embargo, lo que peor que llevaba en esa mañana era tener que llegar a casa aquella tarde y tener a toda la comitiva elegida con sus respectivas parejas y proles. Debía empezar rápido con ese día eterno—. Despertaré a Benjamin. Se hace tarde.

—¿Por qué siento que sí estás enojado?

—Solo estoy ocupado —respondió a la desesperación Tachikawa con su paciencia infinita.

Cuando su mano tocó la manilla de la puerta, sus neuronas se tomaron de las dendritas fuertemente y le regalaron otra vez esa sinapsis en forma del recuerdo de Mimi en esa cama de hotel, envuelta pobremente con las sábanas de algodón, mientras hablaba del laberinto y la desesperación que sentía ella cuando la ignoraba. Inmediatamente después de ese recuerdo efímero, escuchó cómo los pasos de su esposa se acercaban a él; sintió cómo sus manos se cerraron en su cintura y lo volteaban con fuerza para luego empujarlo en contra de la puerta.

—Es tarde —se resistió, pero no había caso, ese día llegaría tarde.

Catherine no era paciente, pero Wallace podía ser el mejor compañero de esperas largas, solo si no empezaba a hablar de Hikari Yagami.

Su esposa lo besó ignorando su protesta vaga, mientras volvía a deshacer el cinturón y bajaba lentamente la cremallera de su pantalón (ahora no estaba jugando). No le dio tiempo para responder, porque cuando terminó su tarea y estuvo expuesto, se lo llevó consigo a la cama y él comprobó que, debajo de la bata rosada y plumífera, no había nada. Él obedeció porque su sueño adolescente había sido poder besar solo una vez a Mimi Tachikawa, pero su realidad era más increíble aún, podía estar dentro de ella.

Su celular se iluminó de pronto con un mensaje, a un lado la cintura de su esposa.

Mina [8:16: Catherine y Wallace están en camino. ¿Dónde vienes?

—¿Michael respondió algo? —preguntó su esposa al borde de la locura. Casi no podía concentrarse con una visión tan etérea y peor fue cuando por fin pudo meterse en ella.

—Nada —respondió rápido para que la idea no se le fuera a escapar en forma de diversos fluidos.

La camisa sudada y el pantalón arrugado fueron un problema cuando estaba de camino al trabajo, apenas la claridad mental se hizo presente (y la oxitocina ausente). No se sentía cómodo, pero ya era demasiado tarde cuando se despidió de su familia. Pensó la petición de desayuno de su hija y eso lo hizo sonreír a pesar de traer su ropa arrugada. La niña era su copia exacta, pero tenía la lengua mortal de su madre. A causa de los eventos de esa semana, Koushiro se preguntaba si alguna vez su hija conocería a alguien como Michael y tendría el mismo problema de su madre al no poder ponerle límites. En ese caso, esperaba que sus genes fuesen más fuertes que los Tachikawa.

Al menos, la niña estaba inexplicablemente en paz ese día ya que no peleó a su madre por cualquier cosa, y ese era un alivio que no esperaba. Sin embargo, lo raro de aquella paz fue que Osen quisiera leer la saga de su tío Takeru sin dar una explicación. Esa curiosidad hizo que salieran unos minutos más tarde por sobre la tardanza que ya traían a cuestas, solo por buscar alguna de las dos copias del primer libro de la saga que tenían en casa.

—Tú eres el que dice que no debemos ignorar a la curiosidad —le recordó su hija cuando él propuso buscar la copia de su libro o el de su madre al día siguiente, cuando tuviesen más tiempo.

Su esposa lo miró triunfante parada frente una estantería en el despacho, ya que la urgencia de la curiosidad de su hija estaba retrasando sus planes en la oficina y Osen estaba ignorando activamente los deseos de su padre. A los ojos de Mimi, era justicia divina por los eventos ocurridos en el laberinto.

Mimi no tardó en encontrar su copia con la dedicatoria escrita con el puño y letra de Takeru Takaishi a la guapa de las elegidas. Estaba dentro de una caja con las pocas pertenencias que quedaban de su apartamento en Nueva York, una vida que se le hacía ajena en esos tiempos.

Mina [9:12: Estamos esperando.

Estaba llegando al edificio cuando Mina envió ese mensaje.

—Llegas tarde —dijo Catherine encendiendo un cigarrillo frente a las puertas del CITD.

Koushiro asintió con vergüenza a la abogada asociada al CITD, pero su sonrisa de satisfacción por las actividades de aquella mañana no la podía ocultar. Mimi con su bata, el desayuno tradicional, Osen con un nuevo hiperfoco. Fue entonces que se dio cuenta de que Benji estaba curiosamente callado.

—Dame cinco minutos —le pidió y ella bufó molesta.

Dentro de su oficina, encontró a Wallace que lo esperaba sentado en un sofá, mientras tomaba un café que posiblemente un asistente le había ofrecido por la tardanza de su jefe. No hacía más que revisar su correo electrónico con hastío. Las notas que había hecho del contrato se encontraban en la mesa que tenía enfrente.

—Tu oficina sigue pareciendo un altar a Mimi Tachikawa —murmuró el rubio cuando se supo descubierto. Se levantó del sofá y lo encontró en su escritorio, fue entonces que Wallace apuntó la fotografía digital que tenía, en la que iban apareciendo varias imágenes de su esposa en una secuencia interminable—. Perdón, Mimi Izumi —se corrigió, pero algo en su tono de voz le indicaba que había sido intencional.

—Dame cinco minutos.

Wallace asintió con la cabeza y siguió inspeccionando la oficina mientras fingía esperar con paciencia.

—Hikari estará invitada a la cena en tu casa, ¿verdad? —preguntó como si hablaran del tiempo—. Miyako me preguntó si ella iría, pero ni siquiera sabía que darías una cena. Catherine también irá, supongo que debí casarme con Hikari Yagami hace años, algo así como Catherine que logró meterse en esas fiestas que dan para el primero de agosto cuando se casó con Taichi. Imagina si lo hubiese hecho, el casarme con Hikari, sería concuñado de Catherine, la chica es hermosa, pero no es la más simpática. ¿Acaso la viste afuera? Habría ganado una concuñada fastidiosa, pero sería invitado a las fiestas de mi jefe, podría soportarlo, ¿sabes?