Capítulo 6
Del 13 al 16 de julio
Boda de Sōta
Regresar a la casa de su infancia siempre le producía a Kagome una mezcla de nostalgia y ternura, pero esta vez era diferente. Esta vez, no venía sola. Inuyasha caminaba a su lado, cargando una maleta y observando cada rincón como si volviera a un sitio que también había sido suyo alguna vez.
Porque, de alguna forma, lo era.
—¡Ya era hora de que estuvieran juntos! —exclamó la madre de Kagome apenas los vio cruzar la puerta—. En esta familia todos lo sabíamos desde hace años.
Kagome solo sonrió, intentando ignorar el ardor que subía a sus mejillas. Inuyasha se limitó a soltar una risa incómoda.
—Solo eramos amigos —repitió por costumbre, aunque las palabras se sintieron ajenas en su propia boca.
El abuelo, desde el otro lado del recibidor, asomó la cabeza con su bastón en la mano.
—¿Se tardó tanto porque le dan miedo las mujeres fuertes?
Inuyasha levantó las cejas, resignado, con media sonrisa en los labios.
—Tal vez un poco… —contestó en tono burlón, esquivando por completo la verdad.
Después de un largo día de preparativos en el templo —ensayos, decoraciones, discusiones sobre flores, horarios y papelería—, la noche por fin cayó, y Kagome se refugió en el baño de su antigua habitación, ahora compartida con Inuyasha.
Él se encontraba ya acostado sobre la cama, una pierna cruzada sobre la otra, con las manos detrás de la cabeza, mirando el techo como si esperara que le respondiera algo. El lugar le resultaba absurdamente familiar: las paredes, los muebles, incluso la forma en que la luz entraba desde la ventana… todo seguía igual. Todo olía a ella. A jacintos. A seguridad.
Entonces, una vibración suave interrumpió su quietud. El teléfono de Kagome, sobre la mesita de noche, iluminó la habitación a medias.
Solo alcanzó a ver un nombre.
Koga.
El mensaje se desvaneció antes de que pudiera leer el contenido, pero no hizo falta. El solo hecho de ver ese nombre le revolvió el estómago.
Antes, ese tipo de cosas no le habrían afectado. Pero ahora… ahora ardía. Ahora dolía.
El clic de la puerta se escuchó y Kagome salió del baño, con el cabello húmedo y una pijama infantil que parecía sacada de una caricatura. Era todo lo opuesto a seductora, y sin embargo, a él le pareció lo más irresistible del mundo.
—¿Te gusta lo que ves? —preguntó con un tono coqueto, subiendo una ceja y sonriendo con descaro mientras se subía sobre él en la cama.
—Es lo más sexy que te he visto usar jamás —contestó él, sin pensarlo.
Ella se rió. Le dio un beso suave, casto, pero lo suficientemente cargado de intención como para electrizarle la piel.
Pero Inuyasha no pudo más.
—Vi que Koga te escribió —soltó de pronto.
Kagome se detuvo un segundo, sin moverse. Su rostro no cambió.
—Está bien —dijo simplemente, como si no tuviera importancia.
—¿No quieres leerlo?
—No hace falta —respondió con un suspiro divertido, bajando de él con tranquilidad—. Ya sé lo que dice.
Lo imitó con una voz dramática y caricaturesca:
—"Cometí un error… quiero que regreses conmigo."
Inuyasha la miró fijamente.
—¿No lo extrañas?
Kagome negó con la cabeza sin dudar.
—No. Estoy contigo ahora, ¿no? Y eso es lo único que necesito.
Se inclinó hacia él y volvió a besarlo, esta vez con más hambre, con más pasión. Sus manos buscaron el dobladillo de su camiseta, empezando a levantarla, mientras sus labios se entrelazaban con los de él una vez más.
Pero Inuyasha no respondió.
No como ella esperaba.
—No deberíamos hacer esto aquí —dijo al fin, tomando sus muñecas suavemente para detenerla—. Tu abuelo… si escucha algo… me mata.
Kagome, desilusionada, se apartó. Se acostó a su lado sin decir nada y le dio la espalda.
—Está bien —susurró.
Inuyasha se giró hacia ella, sabiendo que la había hecho sentir mal. La abrazó por la espalda, pegando su frente a su nuca.
—Cuando volvamos a casa —le dijo al oído—, no te voy a dejar en paz. No vas a poder salir de la cama de tanto sexo que vamos a tener.
Kagome no respondió, pero una pequeña sonrisa, cansada y dulce, se dibujó en su rostro. Poco después se quedó dormida, su respiración volviéndose lenta, serena.
Pero Inuyasha no podía cerrar los ojos.
Las preguntas lo asaltaban desde la oscuridad como cuchillos.
¿Qué era esto?
¿De verdad quería a Kagome de esa forma… o solo era sexo?
¿Dónde estaba el amor fulminante, ese de película, donde una mirada bastaba para saber que era para siempre?
Todos parecían verlo claro. Su madre, su abuelo, incluso la gente en las bodas. "Están hechos el uno para el otro." ¿Entonces por qué él no lo vio hasta ahora? ¿Por qué no sintió esa certeza desde el principio?
¿Y si se estaba forzando a creer algo que no era real?
La habitación que tantas veces había sido su refugio ahora se sentía como un interrogatorio. Entre el perfume suave de Kagome, la tibieza de su cuerpo, y el peso de sus propias dudas, apenas logró dormir.
Y por primera vez, el lugar más familiar del mundo… le pareció extraño.
La fiesta de la boda de Sōta era todo lo que una celebración familiar podía ser: colorida, ruidosa, alegre, llena de gente que hablaba al mismo tiempo y abrazaba sin pedir permiso. Para Kagome, era regresar a un lugar seguro. Para Inuyasha, era como estar atrapado en una vitrina con los focos encima.
Desde el momento en que llegaron al salón decorado con guirnaldas de papel y luces cálidas, sintió cómo todas las miradas se posaban en él. No solo porque era "el novio de Kagome", sino porque, al parecer, todos sabían que ese rol no era reciente. Que llevaba años esperándose.
—¡Míralos! —decía una tía—. Siempre fueron tal para cual.
—¡Ya era hora! —agregaba otra.
Y luego venía la pregunta, disfrazada de chiste, de interés, de tradición:
—¿Y ustedes? ¿Cuándo se casan?
Inuyasha solo atinaba a sonreír, con los labios apretados, como si la mandíbula se le hubiera endurecido de la incomodidad. Kagome, en cambio, salvaba la situación con dulzura.
—Recién empezamos —decía. Otras veces solo se reía y cambiaba de tema.
Pero hubo una vez —solo una— en que ella, ya harta, respondió con una sonrisa forzada:
—Tal vez pronto. ¿Quién sabe?
Y esa frase detonó algo en él. Como una sirena interna que empezó a sonar con fuerza.
¿Pronto?
De repente, no podía respirar.
Todo el aire de la sala se volvió espeso. La música, las risas, los brindis… todo se mezclaba como un zumbido en su cabeza.
Se aflojó la corbata, el cuello de la camisa se sentía como una soga. Su corazón latía rápido, no por emoción… sino por algo más cercano al pánico.
¿Cómo era posible que esto estuviera yéndose tan rápido?
Apenas hace unas semanas eran solo amigos.
Ahora ya estaban hablando de boda. Ya salía en las fotos familiares.
¿En qué momento pasó esto?
Intentó evitar las cámaras. Se escabulló hacia las orillas de la celebración, escapando de las selfies, los brindis y las poses forzadas. No quería quedar impreso como parte de esa historia, no todavía. No quería ser otra silueta recortada como Koga.
Recordó lo que había visto más temprano: la madre de Kagome preparando un collage en la sala. Una foto vieja cayó al suelo. Kagome y Koga, en una salida familiar. Ella, sonriendo; él, abrazándola por detrás.
La madre la recogió, tomó unas tijeras, y con un solo corte limpio, eliminó al exnovio de la escena.
El trozo con Koga fue a parar a la basura. La foto de Kagome quedó intacta. Bonita. Presente. Pero sola.
Inuyasha no quería terminar igual. No quería ser ese recorte olvidado. No sabía si eso significaba que no quería estar… o que no quería estar a medias.
—¡Ah, ahí estás! —dijo el abuelo, apareciendo en la cocina.
Inuyasha pegó un brinco. El anciano lo miró con picardía, lo tomó del brazo con una fuerza sorprendente y lo arrastró sin explicaciones.
—¡Vamos! ¡La foto grupal!
No tuvo escapatoria.
Kagome, mientras tanto, no dejaba de flotar. Ver a Inuyasha entre su familia, compartiendo risas con sus primos, hablando con su madre como si siempre hubiera sido parte de la casa, le provocaba algo que no sabía cómo describir.
Era paz. Era certeza. Era amor.
Y no uno nuevo, no uno que acababa de nacer en un hotel junto al mar.
Ella lo amaba desde antes. Mucho antes.
Desde la universidad, cuando salían al cine y él le contaba sus planes mientras comían palomitas. Desde aquellas tardes interminables donde caminaban por el campus hablando de todo y de nada. Desde cada vez que él empezaba a salir con alguna mujer, y ella fingía interés, fingía consejos, mientras por dentro su corazón se hacía trizas.
Estuvo tentada a decírselo muchas veces. Cuando él reía demasiado fuerte con otra, cuando le contaba emocionado sobre una cita que había ido bien, o cuando la abrazaba sin sospechar que para ella ese contacto era todo. Pero el miedo siempre fue más grande.
¿Y si él no sentía lo mismo? ¿Y si solo la veía como a su mejor amiga, como a su confidente?
Prefería esto, prefería tenerlo así, cerca, suyo aunque sea a medias, que perderlo para siempre. Y ahora, en medio de esa boda, con la brisa de verano entrando por las ventanas y el atardecer tiñendo el salón de naranja, ella se sentía feliz.
Tan feliz que no veía la tensión en los hombros de Inuyasha.
No notaba la rigidez en su sonrisa.
No escuchaba el ruido en su cabeza.
Porque mientras ella soñaba con quedarse ahí para siempre…
Él solo podía pensar: ¿Y si esto no es lo que imaginé? ¿Y si esto no es amor… sino miedo a perder lo que ya tengo?
Esa noche, entre luces cálidas, brindis y abrazos, dos personas muy cercanas compartieron el mismo espacio, el mismo baile, los mismos besos…
…pero no el mismo sueño.
La mañana después de la boda de Sōta amaneció lenta y tibia. El aire aún olía a incienso del templo y a flores frescas que alguien había dejado en el pasillo. En la habitación que alguna vez fue solo de Kagome, ahora se sentían dos presencias en direcciones opuestas: una abrazando con fuerza, y la otra intentando no hundirse.
Inuyasha despertó antes que ella. Se quedó en silencio, contemplando el techo, sintiendo cómo el calor del cuerpo de Kagome aún lo rozaba por la espalda. La noche anterior había sonreído, bailado, comido pastel, e incluso besado a Kagome en más de una ocasión sin que nadie lo notara.
Pero por dentro, había empezado a resquebrajarse.
El amor no se suponía que llegaba así, ¿no?
Se suponía que debía ser fulminante, inesperado, incontrolable.
Algo que te golpeaba de golpe y te dejaba sin aire.
Y esto... esto era cálido. Constante. Conocido.
Hermoso, sí. Pero ¿era amor?
Kagome abrió los ojos y lo vio a su lado. Se estiró con lentitud, y al encontrar su mirada, le sonrió.
—Buenos días —susurró, acercándose a besarlo.
Él le devolvió el beso, pero algo en su expresión fue distinto. Un poco más contenido. Un poco menos entregado.
Kagome lo notó, pero no dijo nada.
Durante el desayuno familiar, las bromas volvieron a empezar. Que si ella ya tenía su vestido listo, que si él tenía que pedir la mano antes de que se le escapara.
Inuyasha reía, sí, pero de forma automática. Mecánica. Como si su cuerpo supiera qué hacer, aunque su mente estuviera en otro lado.
Kagome, por su parte, empezó a sentirlo. Esa ausencia suave que aparece en la mirada de alguien cuando está demasiado presente físicamente… y demasiado lejos emocionalmente.
Él aún la abrazaba. Aún le tomaba la mano. Pero algo estaba empezando a cambiar. Un pequeño espacio invisible crecía entre los dos, y Kagome lo sentía… aunque no supiera aún cómo nombrarlo.
Por la tarde, ambos salieron a caminar. Era una tradición que habían hecho mil veces antes, desde que eran adolescentes: caminar por las calles cercanas al templo, comprar bebidas en la tiendita de la esquina, sentarse en la barda del parque a ver pasar la vida.
—¿Te sientes bien? —preguntó ella, por fin.
Inuyasha la miró y asintió, aunque demasiado rápido.
—Sí. Solo... cansado. Fue mucha gente. Muchas fotos.
—Sí, fue un día largo.
Pero la respuesta no la convenció. Porque ella conocía a Inuyasha. Lo conocía más que a nadie. Sabía cuándo algo lo estaba carcomiendo por dentro. Y ese día, esa expresión perdida que se le escapaba entre gesto y gesto... no era cansancio.
Era confusión. Era duda. Era algo que no quería decirle.
Y a Kagome le empezó a doler.
No porque ya no la quisiera.
Sino porque empezaba a sospechar que tal vez nunca la había querido como ella a él.
Del 17 al 19 de agosto
Boda de Jakotsu y Brett
Kagome se apoyaba contra la puerta del departamento, cruzada de brazos, mirando a Inuyasha con una mezcla de impaciencia y ternura mientras él terminaba de escribir la tarjeta para el regalo de bodas.
—¿Sabías que los cojines de su sofá parecen piedras? —comentó, sin dejar de mirarlo—. No entiendo cómo pueden invitarte a sentarte en algo tan incómodo.
Inuyasha no respondió. Solo seguía escribiendo con letra apretada y seria.
—Por eso —continuó ella, con una sonrisa—, tú les vas a regalar unos nuevos. Algo suave. Esponjoso. Que diga: este sofá es seguro para el amor.
—Listo —dijo él, dejando la pluma y poniéndose de pie—. ¿Vamos?
Ambos empezaron a tomar sus cosas. Ella buscó sus llaves y su bolso. Justo antes de salir, Inuyasha frunció el ceño y preguntó:
—¿El regalo ya está en el auto?
Kagome se congeló, sin saber qué responder.
Inuyasha se volvió hacia ella con lentitud, ya anticipando la respuesta.
—Kagome… ¿es en serio?
—Lo olvidé —admitió ella, encogiéndose de hombros—. Lo dejé en casa, pero podemos pasar a buscarlo. Está envuelto, listo.
—No hay tiempo —dijo él, molesto, bajando la mirada—. Ya vamos tarde.
Durante todo el camino a la recepción, Inuyasha no paró de mencionar el maldito regalo. Su voz no era enfurecida, pero sí punzante. Cada comentario era una pequeña herida que se iba acumulando.
—No puedo creer que vayamos sin regalo —decía, apretando el volante—. A mí me gusta llegar con algo. Es lo correcto. Es educación.
Kagome intentaba mantener la calma.
—Eso ya no se usa tanto. Ahora la gente hace envíos o transferencias. Nadie llega con una caja envuelta…
—Pues yo sí —respondió él, sin mirarla—. No soy desentendido como tú.
Kagome se mordió el labio, reprimiendo la respuesta. Sabía que no era por el regalo. Lo sabía desde que lo vio en la boda de Sōta, con esa sonrisa tensa que no le llegaba a los ojos. Algo en él estaba cambiando. Y eso… dolía.
La recepción era hermosa. Todo estaba decorado con detalles que hablaban del carácter alegre y creativo de Jakotsu y Brett. Había luces de colores, flores exóticas, estaciones de comida, e incluso un rincón de fotos divertidas para parejas.
Por un momento, la tensión se disipó. Reían con otros invitados, brindaban, bailaban.
Kagome, buscando suavizar lo que ya se sentía como un nudo en el pecho, tomó a Inuyasha de la mano y lo arrastró hacia el set de fotografías.
—Vamos, una foto tonta. Prometo no obligarte a sonreír —le dijo con una risita.
Él accedió, a regañadientes.
Posaron juntos, pero Inuyasha no se prestaba. No hacía caras, no jugaba, no la miraba.
Kagome intentó aligerar el momento.
—Pensaba que para la próxima boda podríamos quedarnos unos días más. Como en Hawaii. Tú y yo.
Inuyasha la miró con fastidio evidente.
—No voy a poder ir a esa boda —dijo, sin rodeos.
—¿Qué? ¿Por qué no?
—Tengo cosas que hacer. Trabajo.
—Pero yo quería que vinieras conmigo.
—No hay otra forma, Kagome. Tendrás que ir sola.
El corazón de ella se encogió de golpe.
—No voy a ir sola solo porque estás de mal humor por un regalo olvidado.
Fue ahí cuando la bomba explotó.
—¡No es por el regalo! —espetó él, alzando la voz más de lo que quiso.
El ruido de la fiesta pareció detenerse por un segundo. Algunas cabezas voltearon hacia ellos. Kagome se quedó completamente quieta, mirándolo con los ojos muy abiertos.
Inuyasha tragó saliva, arrepentido de inmediato. Se llevó una mano al cuello, frustrado consigo mismo.
—Lo siento. Solo… necesito un momento.
Y sin decir más, se dio media vuelta y la dejó ahí, parada, entre luces de colores y una cámara que aún seguía tomando fotos automáticas en fondo difuso.
Kagome no se movió. No sabía si ir tras él, o simplemente quedarse donde estaba.
Porque en ese instante, por primera vez desde que todo había empezado…
Sintió miedo de que tal vez ya lo había perdido.
Inuyasha estaba afuera, en la calle, con las manos en los bolsillos y la mirada perdida entre las luces lejanas de la ciudad. Aunque la noche era tranquila y el aire tibio rozaba su rostro, por dentro se sentía fatal.
No debí hacer eso.
No debió levantar la voz. No debió irse. No debió dejarla ahí, en medio de la fiesta. Pero no sabía qué le pasaba. Todo era un torbellino de pensamientos que no lograba ordenar. Emociones que se contradecían. Miedo. Culpa. Confusión.
Escuchó el crujido de la puerta y pasos apresurados.
—Ahí estás —dijo Kagome, deteniéndose a unos pasos de él—. ¿Qué te está pasando, Inuyasha?
Él se pasó la mano por el cabello plateado, despeinándoselo aún más. No podía mirarla.
—No lo sé —respondió, con voz baja—. Estoy… pensando.
—¿Pensando en qué?
Él tragó saliva antes de responder.
—En nosotros. En… qué es esto.
Kagome lo miró directamente, con los ojos fijos en los suyos.
—Estamos saliendo, Inuyasha. Eso es esto. No es un misterio.
—¿Y no se te hace raro? —preguntó él, al fin girándose hacia ella—. Hace nada éramos solo amigos… y ahora estamos saliendo.
—No —respondió sin titubear—. No me parece raro. Porque de alguna manera, ya estábamos saliendo desde hace tiempo. Solo que no había sexo de por medio.
Hizo una pausa.
—Y probablemente por eso no funcionó con Koga… porque aunque nunca te lo dije, Koga estaba celoso de ti.
Inuyasha se quedó en silencio. Bajó la mirada.
—El trato era ir a bodas juntos. Solo eso. Yo… nunca vi esto como algo serio. Nunca lo vi como algo más allá de una amistad.
Kagome lo sintió como una bofetada. Pero respiró hondo. Intentó mantenerse firme.
—Yo tampoco pensé que pasaría. Pero sí quería que pasara. Siempre quise que pasara.
Inuyasha no respondió de inmediato. La tensión entre ambos era tan espesa que casi podía tocarse.
—Tengo dudas —dijo al fin, casi en un susurro.
Kagome tragó saliva. Trató de entenderlo, de abrir un puente.
—Es normal tener dudas. Todos las tienen. Es parte de esto.
Él negó con la cabeza.
—No creo que tengamos lo que tienen las parejas de las bodas a las que hemos ido.
—¿Ellos tienen… qué?
—Amor —respondió él.
Hubo un silencio.
—¿Y tú crees que no lo tenemos? —preguntó Kagome, con un nudo en la garganta.
—Yo… no lo sé.
Kagome se acercó un paso, con los ojos cristalinos.
—Yo te amo, tonto. ¿Cómo no te das cuenta de eso? Siempre te he amado.
Ella lo miró esperando que dijera lo mismo. Que la abrazara. Que dijera que también lo sabía, que también lo sentía.
Pero no hubo respuesta.
—¿Tú me amas? —preguntó, con voz temblorosa.
Inuyasha tardó demasiado en responder. Y cuando lo hizo, fue aún peor.
—No lo sé.
Kagome sintió cómo algo dentro de ella se rompía.
—Entonces es un no.
—Es un "no lo sé", Kagome —dijo él con frustración—. No estoy seguro de lo que siento. Tal vez debí haberlo parado antes, cuando todavía estábamos a tiempo.
—No me hagas esto —suplicó ella, ya con lágrimas en los ojos—. Tenemos algo bueno. Algo bonito. No te estoy pidiendo que te cases conmigo, o que nos vayamos a vivir juntos. Solo… esto es bueno, Inuyasha. Tienes que darle una oportunidad.
Él la miró, dolido.
—No puedo. No puedo mandar todo al diablo y después terminar haciéndote daño. No quiero ser otro Koga.
Kagome dio un paso atrás. Su rostro estaba descompuesto por la tristeza, pero sus ojos ahora también brillaban con rabia.
—No me digas eso. No me hagas esto. Me estás hiriendo más de lo que Koga me hirió jamás. Tú… tú siempre hablas de encontrar el amor. De buscarlo en todas partes. ¡Y yo estoy aquí! Parada frente a ti. Y no puedes ver cuánto te amo.
Inuyasha bajó la cabeza.
—Lo siento mucho.
—¡No! —gritó ella, alejándose—. ¡No lo sientes! ¡Eres un maldito imbécil!
Él alzó la vista justo para ver cómo las lágrimas corrían libremente por su rostro.
—No me busques. No quiero saber nada más de ti. Lo nuestro… se acabó aquí.
Y se dio la vuelta.
Y se fue.
Inuyasha la vio alejarse sin poder moverse. Quiso detenerla, pero no sabía qué decir. No sabía cómo reparar algo que ni siquiera entendía. Sentía el corazón apretado y una maraña de pensamientos que no podía desenredar.
Ella desapareció en la esquina.
Y él se quedó ahí.
Sin respuestas.
Solo.
Y más perdido que nunca.
