Capítulo 4: La furia del príncipe
La noche envolvía la cabaña en un silencio opresivo, roto solo por el crujir ocasional de la madera bajo el viento frío. Lirien dormía inquieta, atrapada en sueños sombríos donde el vacío la perseguía, cuando un ruido la arrancó del sueño. Un golpe sordo, seguido de risas bajas y el roce de objetos siendo movidos, resonó desde el salón. Se incorporó de golpe, con el corazón latiendo rápido y la sábana cayendo de sus manos. "¿Vegeta?" pensó, con una chispa de esperanza cortando su tristeza. Había creído que se había ido para siempre, pero quizás había vuelto. Se levantó, con la camisa larga rozándole las piernas, y caminó hacia la cortina que separaba su cuarto del salón, descalza y temblando por el frío.
Pero al asomarse por una rendija, la esperanza se deshizo en miedo. No era Vegeta. Tres figuras estaban en el salón, rebuscando entre sus cosas con manos torpes y risas ásperas que llenaban el aire. Eran hombres desaliñados, con ropas sucias y barbas descuidadas, iluminados por la lámpara de aceite que aún ardía en la mesa. Uno de ellos, un tipo flaco con dientes torcidos, pateó un cuenco de madera al suelo, gruñendo:
— ¡Aquí no hay nada que valga la pena! ¡Todo es basura!
Otro, más corpulento, revisaba un saco de raíces y lo arrojó contra la pared con un bufido.
— ¡Maldita sea, pensé que tendríamos suerte con esta choza!
Lirien retrocedió, con el aliento atrapado en la garganta, pero fue demasiado tarde. El tercer hombre, un sujeto alto con una cicatriz cruzándole la mejilla, giró la cabeza y la vio a través de la rendija. Sus ojos brillaron con una mezcla de sorpresa y malicia, y una sonrisa torcida se dibujó en su rostro.
— Eh, chicos —dijo, con la voz ronca y cargada de veneno—, mirad lo que he encontrado aquí.
Corrió la cortina de un tirón, dejando a Lirien expuesta en el umbral. Ella dio un paso atrás, con el miedo subiéndole por la espalda, pero los otros dos se acercaron rápido, bloqueándole el paso.
La sacaron a rastras al salón, con manos ásperas agarrándola de los brazos y el pelo.
— ¡¿Dónde está el dinero, mujer?! —gritó el corpulento, zarandeándola mientras sus botas resonaban contra el suelo—. ¡Habla!
Lirien intentó soltarse, con la voz temblando pero firme.
— ¡No tengo dinero! —dijo, con los ojos verdes abiertos de par en par—. ¡Lo juro!
El de la cicatriz se acercó, inclinándose hasta que su aliento fétido le rozó la cara.
— Te vimos en la ciudad —escupió—, llevándote mucha mercancía de la tienda. ¡No nos mientas!
Ella negó con la cabeza, con el pelo alborotado cayéndole sobre el rostro.
— Compré eso porque le vendí al tendero una joya familiar —dijo, y era verdad —un colgante de su madre, lo último que le quedaba de valor—.
Pero ellos no la creyeron. El flaco soltó una risa seca.
— ¡Mentiras! ¡Vamos a sacártelo de otra forma!
De pronto, el ambiente cambió. El de la cicatriz la miró de arriba abajo, con una sonrisa que heló la sangre de Lirien.
— Si no tienes dinero —dijo, con un tono que destilaba crueldad—, podemos pasar un rato divertido contigo.
Los otros rieron, y antes de que ella pudiera reaccionar, la levantaron del suelo entre los dos, con manos brutales sujetándola por los brazos. La arrojaron boca abajo sobre la mesa del comedor, con un golpe que hizo temblar la madera. Lirien gritó, pateando y resistiéndose mientras el pánico la consumía.
— ¡Soltadme! —chilló, pero sus voces se ahogaron en risas y gruñidos.
El flaco y el corpulento la sujetaron, uno por los brazos y otro por las piernas, mientras el de la cicatriz se posicionó entre sus piernas, desabrochándose los pantalones con una lentitud sádica.
Justo cuando la tela empezaba a caer, una ráfaga de luz blanca y crepitante atravesó el aire. Fue un destello cegador, un poder que cortó la noche como un filo, y el hombre de la cicatriz cayó al suelo como plomo, con un agujero humeante en el pecho. Su cuerpo se desplomó con un golpe sordo, los ojos abiertos en una expresión de sorpresa congelada, y la sangre se esparció por las tablas de madera. Los otros dos soltaron a Lirien, girándose con pánico, y ahí estaba él: Vegeta, de pie en la puerta, con el ki aún crepitando en su mano derecha y los ojos oscuros brillando con una furia asesina.
— ¡¿Quiénes son estos gusanos?! —rugió, con la voz resonando como un trueno mientras avanzaba.
Llevaba la camisa y el pantalón burdos que había tomado del armario, manchados de tierra, y el scouter colgaba en su oreja, intacto pero apagado. El corpulento, con un grito de rabia, sacó un cuchillo de su cinturón y se lanzó hacia él, blandiendo el arma con torpeza. Vegeta no se inmutó. Con un movimiento rápido, levantó el puño y lo estrelló contra la cara del hombre, aplastándolo como a un insecto. El golpe fue brutal: el cráneo cedió con un crujido húmedo, la nariz y los dientes se hundieron en un amasijo de sangre, y el cuerpo cayó hacia atrás, retorciéndose en el suelo antes de quedar inmóvil, con la cara irreconocible.
El flaco, temblando de terror, intentó huir hacia la puerta, pero Vegeta fue más rápido.
— ¡No tan rápido, basura! —gruñó, extendiendo una mano.
Una bola de ki, pequeña pero brillante, salió disparada de su palma y golpeó al hombre en la espalda. La explosión fue instantánea: el cuerpo se desintegró en una nube de cenizas y sangre, con pedazos de tela y hueso cayendo al suelo como lluvia macabra. El aire se llenó de un olor acre a carne quemada, y el silencio regresó, roto solo por el jadeo pesado de Vegeta y el crepitar del ki que aún danzaba en sus dedos.
Se giró hacia Lirien, que había caído al suelo junto a la mesa, con las manos temblando y la camisa desgarrada en un hombro. Sus ojos verdes lo miraron, llenos de una mezcla de alivio y shock, mientras el sudor y las lágrimas le corrían por el rostro. Vegeta gruñó, apagando el ki con un movimiento brusco, y dio un paso hacia ella.
— ¡Levántate, mujer! —rugió, con la voz cortante pero sin el desprecio de siempre.
No dijo más, solo la miró un segundo, con el ceño fruncido, antes de girarse hacia los cuerpos destrozados. La furia aún ardía en él, pero había algo más en su mirada, un destello que no podía nombrar. Lirien se levantó del suelo, con las piernas aún temblando y la camisa desgarrada colgándole del hombro.
— Gracias —murmuró, con la voz baja pero firme, mientras sus ojos verdes se alzaban hacia Vegeta.
Él no respondió, solo gruñó por lo bajo, con la mirada fija en el desastre que había dejado atrás. La cabaña estaba en ruinas: la mesa del comedor estaba torcida, con una pata medio rota y arañazos marcando la madera donde la habían sujetado. Los sacos de comida estaban rasgados, con raíces y granos esparcidos por el suelo como restos de una batalla. El cuenco de madera yacía volcado cerca del hogar, y la cortina que separaba su cuarto colgaba de un lado, arrancada por la violencia de los intrusos. Los cuerpos de los tres hombres estaban desparramados en el salón: el de la cicatriz con un agujero humeante en el pecho, el corpulento con la cara aplastada en un amasijo irreconocible, y el flaco reducido a cenizas y fragmentos que manchaban las tablas con sangre y hollín. El aire olía a muerte, a metal quemado y a miedo.
Vegeta no dijo nada. Con un resoplido de desprecio, se acercó a los cadáveres, agarrando al primero por el brazo como si fuera un saco de basura. Los arrastró fuera de la cabaña uno por uno, con las botas dejando marcas en el suelo, y los apiló a unos metros del porche, en el claro donde solía entrenar. Sus movimientos eran bruscos, prácticos, sin un ápice de ceremonia. Cuando terminó, levantó una mano, y una ráfaga de ki blanco brotó de su palma, envolviendo los cuerpos en una llamarada cegadora. El fuego crepitó con furia, consumiendo carne y hueso en segundos, hasta que solo quedaron cenizas grises que el viento nocturno esparció entre los árboles. El olor a quemado llenó el aire, y Vegeta se quedó ahí un momento, con el ki aún crepitando en sus dedos, antes de girarse y volver al interior.
Lirien ya estaba recogiendo, con manos temblorosas pero decididas. Enderezó la mesa lo mejor que pudo, empujándola contra la pared para que no cojeara, y recogió los granos del suelo, amontonándolos en un saco roto. Barrió las astillas y la sangre seca con una escoba de ramas, intentando devolver algo de orden al caos que habían dejado los intrusos. Cuando Vegeta entró, con la camisa burda manchada de tierra y el scouter colgando en su oreja, ella levantó la vista.
— ¿Has comido? —preguntó, con esa calma extraña que volvía a su voz, como si la violencia de la noche fuera solo un eco pasajero.
— Apenas —gruñó él, cruzándose de brazos mientras se apoyaba contra la pared.
Su tono era seco, cortante, pero no había desprecio en él esta vez. Lirien asintió sin decir más y se dirigió a la cocina. Encendió el fuego con un movimiento rápido, poniendo una olla de hierro sobre las llamas, y empezó a cocinar como si nada hubiera pasado. Cortó raíces y añadió tiras de carne seca, moviéndose con una eficiencia que parecía automática, mientras el aroma cálido llenaba el aire y cubría el hedor de la muerte.
Más tarde, se sentaron a cenar en la mesa reparada, con el silencio pesando entre ellos otra vez. Vegeta devoró su plato con la voracidad de siempre, mientras Lirien comía despacio, con el cuenco entre las manos. De pronto, ella rompió el mutismo.
— ¿Dónde estabas? —preguntó, con los ojos verdes alzándose hacia él—. Pensé que te habías ido.
Había un matiz en su voz, una vulnerabilidad que no podía esconder del todo. Vegeta la miró de reojo, con el ceño fruncido y una mueca de fastidio.
— Me llevé el scouter —dijo, sin muchas ganas, como si explicarse le costara un esfuerzo—. Pensé que quizás funcionaría o emitiría algo si lo hacía desde lugares diferentes del planeta. Pero nada.
Golpeó la mesa con un puño, haciendo temblar los cuencos.
— ¡Si al menos encontrara algo con lo que repararlo, quizás conseguiría algo! ¡Maldita sea! —Su voz se alzó en un rugido, y el ki crepitó brevemente en sus manos antes de apagarse.
Lirien lo observó en silencio, con el cuenco quieto entre sus dedos y la luz del fuego reflejándose en sus ojos. Mientras él hablaba, su mente giraba, atrapada en lo que había pasado esa noche. Esos hombres habían irrumpido en su casa, rompiendo el frágil refugio que había construido tras años de pérdida. Sus risas, sus manos ásperas, la forma en que la habían sujetado contra la mesa —todo había sido un eco de la impotencia que había sentido cuando la fiebre se llevó a su familia—. Había gritado, se había resistido, pero no había sido suficiente. Y entonces, él había aparecido. Vegeta, como una furia desatada, una tormenta de poder que había cortado la noche con su luz blanca. Lo vio en su mente otra vez: la ráfaga que atravesó al primero, el puñetazo que aplastó al segundo como a un insecto, la explosión que redujo al tercero a cenizas. Había sido salvaje, brutal, una violencia que no pedía permiso ni ofrecía piedad.
"Es un guerrero," pensó, con el corazón latiendo más rápido mientras lo miraba. Sus manos, ahora quietas sobre la mesa, eran las mismas que habían destrozado a esos hombres sin esfuerzo, las mismas que la habían sujetado contra la pared noches atrás. Su furia era un arma, un fuego que ardía sin control, y aunque la había usado para salvarla, no era por bondad. Lo sabía. Para él, esos tipos eran solo molestias, gusanos que había aplastado porque estaban en su camino. Pero para ella, había sido más. Él había vuelto, no se había ido como temía, y esa certeza la golpeó como un rayo. "No me abandonó," pensó, con un nudo en el pecho. Ese hombre, con su ira y su poder, era un ancla en su mundo roto, una presencia que la hacía sentir viva incluso en su brusquedad.
Sus ojos recorrieron su figura: el pelo en punta despeinado por el viento, el torso musculoso bajo la camisa burda, las cicatrices que marcaban su piel como trofeos. Había algo extraordinario en él, algo que la atraía y la asustaba a la vez. Esa noche, su furia salvaje no solo había destruido a los ladrones, sino que había roto el miedo que la había paralizado. "Me salvó," pensó, con una chispa de gratitud mezclándose con su fascinación. No era un héroe, no era amable, pero estaba ahí, gruñendo y luchando contra su propio destino, y eso la hacía querer saber más, entender qué lo movía, qué lo hacía arder así.
No dijo nada, solo bajó la vista al cuenco y siguió comiendo, pero el eco de esos pensamientos no la dejó. Vegeta, ajeno a lo que pasaba por su mente, terminó su plato con un gruñido y se levantó, caminando hacia su lecho de paja sin mirarla. Pero el silencio entre ellos, por primera vez, no se sintió tan vacío.
Lirien yacía en su cama, con la sábana raída apenas cubriéndole las piernas y el silencio de la noche pesando sobre ella como una sombra. No podía dormir. Sus ojos estaban fijos en el techo de madera, pero su mente giraba sin descanso, atrapada en los ecos de lo sucedido. Los ladrones, sus manos brutales, sus risas crueles —si hubieran entrado en su casa meses atrás, antes de conocer a Vegeta, no habría hecho nada—. Se habría quedado quieta, con el alma vacía, deseando que la mataran, que acabaran con una vida que ya no quería. Pero esa noche había sido diferente. Se había sorprendido a sí misma luchando, resistiendo, gritando para que se marcharan y la dejaran en paz. Había peleado por su vida, por su integridad, y eso la había sacudido hasta el fondo.
"Él lo hizo," pensó, con el corazón latiendo rápido mientras las imágenes de Vegeta llenaban su mente. Un hombre que mataba sin pestañear, que destruía todo a su paso, la había traído de vuelta a la vida. Su presencia, su furia, su poder crudo habían encendido una chispa en ella que creía perdida para siempre. Recordó aquella noche, su encuentro contra la pared: rápido, feroz, un torbellino de calor y fuerza que la había dejado temblando. Había sido breve, un escape para él, pero para ella había sido un despertar. Ahora, tumbada en la oscuridad, lo quería de nuevo. Quería sentir esa sensación otra vez —su poder sobre ella, su furia, su forma salvaje—, pero esta vez más tiempo, más profundo, hasta que llenara cada rincón de su ser.
Se incorporó de golpe, con la respiración agitada y una decisión ardiendo en su pecho. Se quitó la camisa con un movimiento rápido, dejándola caer al suelo, y salió de la cama desnuda. La madera fría le mordió los pies descalzos mientras cruzaba el salón, con la tenue luz de la lámpara de aceite proyectando sombras suaves sobre su piel dorada. Caminó hacia la estancia de Vegeta, con el pelo rubio suelto cayendo en mechones desordenados sobre sus hombros, y entró sin dudar. Él estaba ahí, tumbado en su lecho de paja, con un brazo bajo la cabeza y los ojos abiertos, incapaz de conciliar el sueño. La vio en cuanto cruzó el umbral, y el tiempo se detuvo.
Vegeta la miró, con los ojos oscuros abriéndose ligeramente mientras la luz de la lámpara la envolvía como un halo. Estaba desnuda, hermosa, perfecta, una visión que lo golpeó como un relámpago. Su piel brillaba bajo el resplandor tenue, suave y dorada, con curvas que el vestido raído siempre había ocultado. Sus pechos se alzaban con cada respiración, llenos y firmes, y la línea de su cintura descendía hasta unas caderas que parecían talladas por un artista. Las piernas, fuertes pero delicadas, se movían con una gracia inconsciente, y el pelo rubio caía como una cascada sobre sus hombros, enmarcando un rostro que, por primera vez, mostraba algo más que indiferencia: deseo. La deseó en ese instante, con una intensidad que lo sorprendió. No era solo una necesidad física, como con las prostitutas de los mundos de Freezer; era un hambre cruda, un impulso que lo hizo tensarse sobre la paja. "Maldita sea," pensó, con el calor subiéndole por el pecho. "Es… diferente."
Lirien se acercó, con los ojos verdes clavados en los suyos, y subió a la cama de paja con un movimiento fluido. Antes de que pudiera avanzar más, Vegeta la atrapó, girándose con una rapidez feroz y posicionándose encima de ella. Sus manos la sujetaron por las muñecas, clavándolas contra la paja, y su cuerpo la cubrió, duro y caliente contra el suyo. La escena estalló en una intensidad salvaje, pero esta vez no fue rápida. Fue un incendio lento, una exploración que los consumió a ambos.
Él gruñó, con la respiración pesada, y bajó la cabeza para besarla con esa fiereza suya, reclamándola con labios y dientes. Pero no se detuvo ahí. Sus manos soltaron sus muñecas y recorrieron su cuerpo, palpando cada curva con una mezcla de rudeza y curiosidad. Acarició sus pechos, apretándolos con dedos callosos, y bajó por su cintura, trazando la línea de sus caderas hasta llegar a sus muslos. Los separó con fuerza, abriendo su cuerpo a él, y exploró con una intensidad que la hizo jadear. Su boca siguió, dejando marcas en su cuello, mordiendo la piel suave de su clavícula, y descendiendo hasta sus pechos, donde se detuvo, saboreándola con una hambre que no ocultaba. Lirien tembló bajo él, con las manos subiendo a su espalda, clavándose en sus músculos mientras él la llevaba al borde una y otra vez.
Ella no se quedó atrás. Sus dedos recorrieron su torso, sintiendo las cicatrices bajo la piel sudorosa, trazando las líneas duras de sus pectorales y bajando por su abdomen hasta las caderas. Lo tocó con una mezcla de asombro y deseo, explorando el cuerpo de un guerrero que parecía tallado en piedra viva. Cada roce suyo encendía algo en Vegeta, y él respondía con más fuerza, más profundidad. La giró en un movimiento brusco, poniéndola de lado, y entró en ella desde atrás, con embestidas que eran salvajes pero controladas, prolongando el momento. Sus manos la sujetaban por las caderas, guiándola contra él, y ella gritó, con el cuerpo arqueándose mientras el placer la atravesaba una vez, luego otra, y otra más, cada clímax arrancándole jadeos que llenaban la cabaña.
Vegeta gruñía, con el sudor corriendo por su frente y el pelo en punta agitándose con cada movimiento. La exploró entera, girándola de nuevo para tenerla debajo, frente a frente, y sus ojos se encontraron en la penumbra. Había furia en él, pero también algo más, un deseo que no podía nombrar. Siguió, con embestidas profundas que la hacían temblar, y sus manos no dejaron de tocarla: su cintura, sus muslos, su rostro. Ella terminó varias veces, con el cuerpo convulsionando bajo el suyo, y cada vez que lo hacía, él apretaba los dientes, prolongando su propia liberación, saboreando el control que tenía sobre ella y el poder que ella le devolvía con cada gemido.
Finalmente, cuando el fuego en él no pudo contenerse más, Vegeta dejó escapar un rugido gutural, con los músculos tensándose mientras llegaba al clímax. Fue una explosión, feroz y prolongada, que lo dejó jadeando sobre ella, con el peso de su cuerpo aplastándola contra la paja. Se quedaron así un momento, con las respiraciones entremezclándose y el calor de sus pieles fundiéndose en el silencio. Luego, él se apartó, rodando a un lado con un gruñido bajo, y se tumbó boca arriba, con un brazo sobre los ojos. Lirien, agotada y temblorosa, se quedó a su lado, con el cuerpo brillante de sudor y los ojos cerrados, sintiendo cada eco de lo que habían compartido.
La paja crujía bajo sus cuerpos, aún calientes y sudorosos después del torbellino que los había consumido. Lirien apoyó la cabeza sobre el pecho de Vegeta, sintiendo el latido fuerte y rápido bajo su piel, un eco de la furia y la vida que siempre llevaba consigo. Sus respiraciones se normalizaban lentamente, entremezclándose en el aire quieto de la cabaña, y la tenue luz de la lámpara de aceite proyectaba sombras suaves sobre sus figuras. Ella cerró los ojos por un momento, dejando que el calor de él la envolviera, y luego se animó a hablar, con la voz baja pero cargada de curiosidad.
— ¿Cómo se llama tu planeta?
Vegeta, tumbado con un brazo bajo la cabeza, abrió los ojos y miró el techo de madera. La pregunta lo golpeó como un eco lejano, trayendo imágenes que había enterrado bajo capas de orgullo y rabia. Vegetasei, su planeta, ya no existía. Había sido destruido por un meteorito —o eso le habían dicho—, reducido a polvo cósmico junto con su pueblo. Solo quedaban él, Raditz y Nappa, los últimos saiyajins, esclavos de Freezer mientras su legado se desvanecía. El dolor de esa pérdida era una herida que no admitía, un fuego que alimentaba su deseo de superar al tirano que los había condenado. Pero no iba a contarle eso a ella. No era su carga, ni su derecho saberlo.
— Vegetasei —dijo al fin, con la voz seca y cortante, omitiendo la verdad tras el nombre.
Lirien levantó la cabeza ligeramente, con el pelo rubio cayendo en mechones desordenados sobre su rostro.
— ¿Se llama como tú? —preguntó, con una chispa de asombro en los ojos verdes—. ¿Todos os llamáis igual allí?
Había un dejo de inocencia en su tono, una curiosidad que contrastaba con la dureza de él. Vegeta gruñó, con una mueca de fastidio curvando sus labios.
— No —respondió, girando la cabeza para mirarla—. Solo la realeza tiene ese derecho.
Su voz era escueta, un filo que cortaba cualquier intento de profundizar, pero sus ojos oscuros brillaron con un orgullo que no podía ocultar. Ella se quedó atónita, con la boca entreabierta mientras procesaba sus palabras.
— ¿Eres el rey? —preguntó, casi en un susurro, como si la idea fuera demasiado grande para su mundo pequeño y roto.
— No —dijo él, con un resoplido que era mitad burla, mitad amargura—. Soy el príncipe de los saiyajins, mi raza.
La respuesta fue breve, tajante, y el silencio que siguió dejó claro que no quería explayarse más. Sus músculos se tensaron bajo ella, y su mirada volvió al techo, perdida en pensamientos que no compartía.
Lirien apoyó la barbilla en su pecho, observándolo en la penumbra. No insistió, notando la barrera invisible que él había alzado, pero su mente no se detuvo. "Un príncipe," pensó, con una mezcla de asombro y desconcierto. No era como los príncipes de los cuentos que su madre le contaba de niña, con capas doradas y palabras dulces, cabalgando para salvar doncellas. Vegeta era diferente: un príncipe de sangre y fuego, de furia y destrucción, con cicatrices en lugar de coronas y gruñidos en vez de promesas. Y sin embargo, no lo cambiaría por esos héroes de fantasía. Él era real, crudo, una fuerza que la había arrancado del vacío sin intentarlo siquiera.
Mientras lo miraba, con la luz delineando su perfil afilado y las líneas duras de su torso, empezó a darse cuenta de lo que sentía por él. No era amor, no como el que había sentido por su marido —ese amor suave, cálido, que se había roto con la fiebre—. Esto era otra cosa, un cúmulo de sensaciones contradictorias que no podía explicar. Había deseo, sí, un hambre por su intensidad, por la forma en que la hacía sentir viva. Pero también había gratitud, fascinación, y algo más profundo, una conexión que crecía con cada mirada, cada roce. No lo entendía del todo, pero no necesitaba hacerlo. Sabía que él se marcharía algún día, cuando encontrara el modo de arreglar ese artefacto y poner fin a su destierro en este planeta miserable. Pero mientras estuviera aquí, ella lo viviría con la misma intensidad que esa noche: sin preguntas, sin remordimientos, aferrándose a cada momento como si fuera un regalo robado al destino.
Vegeta no dijo nada más, con el brazo aún bajo la cabeza y la respiración volviéndose más lenta. Ella se quedó ahí, con la cabeza sobre su pecho, escuchando el latido que la anclaba a él, y cerró los ojos. Por primera vez en mucho tiempo, el silencio no se sintió vacío, sino lleno de algo nuevo, algo que la hacía querer seguir adelante.
