A pocos minutos del amanecer, ya había dado el discurso que daba inicio a las competencias femeninas, donde básicamente cualquier mujer podía retar a otra a un duelo siempre y cuando entrara dentro del rango etario apropiado. La ganadora se llevaba un enorme botín simbólico en comida, muchas frutas… una módica suma de dinero y mucho respeto dentro de la comunidad.
Observaba desde lo alto, en una tarima que me daba visión completa de los tres duelos simultáneos que se celebraban en ese momento. Estaba cansada; había dormido pésimo. Mi encuentro con Ranma me había mantenido despierta toda la noche.
¿Qué pasaría ahora si todos sabían dónde estaba? Había sido muy cuidadosa en ocultar mi paradero y ahora todo se había ido al carajo. ¿Debería hablar con él?, convencerlo de que no hablara de mi ubicación. Descarté esa idea de inmediato. Hablar con él significaba una conversación más larga y no estaba mentalmente preparada para escarbar en el pasado.
Cuando supe que había sido padre de una niña, la primera y única de la que tuve noticia, pensé que tarde o temprano aparecería por estas tierras. Pero los años pasaron, y no hubo rastro ni de él ni de Shampoo. Supuse que jamás volverían por aquí. Pero claro… esperaron a tener un mini ejército de amazonas antes de aparecerse por estos lares.
Por otro lado, era evidente que Ranma no tenía idea de mi presencia en este lugar. La reacción de ambos fue demasiado sincera como para haber sido fingida. Nuestro encuentro fue completamente imprevisto, él no tenía intención de encontrarme por aquí.
—¿Qué tal todo? —pregunté a Aio, cuando apareció a mi lado.
—Tenías razón… ese hombre es muy obstinado —rió—. Ha tratado de alcanzarte muchas veces. También de interceptar tu camino hacia el templo, y luego del templo hacia aquí. Incluso, al parecer, intentó colarse en la casa matriz un par de veces esta mañana.
—¿Aún crees que estoy exagerando? —pregunté con un dejo de melancolía y diversión.
—No, definitivamente no. Todas las guardias están muy atentas a cualquier indicio de su presencia. Aunque… creo que entendió que interceptarte no iba a funcionar.
—¿Se rindió? —pregunté, interesada. Y quizás, aunque no lo admitiera, un poco decepcionada. Ranma no tenía verdaderos motivos para insistir una reunión conmigo, nuestras vidas se habían separado hace muchos años. Quizás quería hablar conmigo para alertar a mi familia, porque definitivamente yo no era importante para él. Solo fui una prometida más, su verdadero amor fue Shampoo. Y eso, para mi pesar, aún me duele.
—No —respondió, sonriendo mientras me entregaba un papel doblado.
La miré con odio. Ella solo extendió su sonrisa. No podía creer que fuese tan manipulable.
—¿Tú de qué lado estás? —pregunté, molesta.
—Ese muchachito tiene mucho interés en ti, Akane. Deberías hablar con él.
—Olvídalo. Bota, destruye o quema ese papel. Hablar con él solo traerá problemas. Y no me llames Akane… ella ya no existe.
—¿Bromeas? Estoy muy interesada en saber qué dice. Quizás es un poema. Una declaración. ¡Una propuesta de matrimonio!
—Pff, él no siente nada de eso por mi. Además no es para nada uno de esos.
—Bueno, si no quieres leerlo tú… supongo que sí puedo hacerlo yo —dijo, abriendo el papelito. Su sonrisa lentamente se desdibujó en una expresión indescifrable. Para colmo, abrió mucho los ojos mirando de lado a lado el maldito papel, dramatizando la escena de forma tan exagerada que tuve que contener una respuesta de histeria nerviosa.
Alterada por lo que fuera que ese idiota pudiera haber escrito, le arrebaté el papel y lo leí:
"Permíteme aclarar las cosas"
"Por favor"
R.S.
—¿Qué es lo tan grave como para que pusieras esa cara? —pregunté, confundida luego de leer la insignificante nota.
—Pues… supongo que eso es japonés, y yo no sé leer japonés —rió a carcajadas.
—Eres… una tramposa, ¿lo sabes, verdad? —le dije, sobrepasada, aguantando un insulto mientras arrugaba la desastrosa nota.
—¿Qué dice? ¿Qué le vas a responder?
—Uff, dice lo que todas, a estas alturas, ya sabemos. Dame un papel.
—¿Sí le vas a responder? —comentó excesivamente emocionada Aio.
Escribí rápido:
"No me molestes más.
Tienes prohibido acercarte a mí.
Si continúas insistiendo, haré que te expulsen de la aldea."
—No eres nada romántica, ¿sabes?
—No buscaba ser romántica, Aio —contesté, cansada.
—¿Y cómo esperas que ese muchachito lea esto? ¡Está en chino!.
—Ese no es mi problema. Y no le llames "muchachito", tiene treinta y dos años. Es bastante grande.
—¿Tiene tu misma edad? El amor joven es tan lindo…
—Que no somos jóvenes.
—Pues para mí no son más que unos críos demasiado arrogantes.
—Como sea… haz que le entreguen esto a él. Yo iré a meditar un rato al templo.
—Qué fome —dijo, aburrida suspirando con exageración—. Supongo que te buscaré más tarde para las finales de categoría.
Estaba en el templo, arrodillada, alejada del bullicio exterior buscando lograr calmar mi mente de todo el estrés que sentía en ese momento.
Mi intento de meditación se vio interrumpido por unos sonidos provenientes del entretecho. Sonidos sutiles de cascabeles.
Debía ser una amazona… y una muy estúpida como para no quitarse los cascabeles antes de un atraco que, aparentemente, buscaba ser sorpresivo.
Los cascabeles son importantes para una amazona. No son solo adornos que todas llevamos en nuestros cabellos: son una declaración. Siempre los vestimos y decoran nuestro cabello porque una amazona que se respete pelea de frente. Nunca se oculta, nunca embosca. El sonido de los cascabeles es su forma de anunciarse, de decir: aquí estoy, y no te temo. Es símbolo de orgullo, de franqueza, de respeto al enemigo.
Quitárselos antes de una pelea es casi como renegar de todo eso. Como cubrirse el rostro o apuñalar por la espalda. Una falta de honor.
Pero por lo que puedo notar… esta vez tenemos una "compañera" que no le hace justicia a esa ley de no atacar por la espalda.
No era la primera vez que burlaban a las guardias para atacarme por sorpresa, y el que sean días de celebraciones no necesariamente amedrenta a los atacantes. Aunque era la primera vez que lo hacía una Amazona.
Si creían que podrían vencerme así de fácil, estaban muy equivocados. No en vano soy la matriarca de este lugar.
Lo mejor era hacerme la desentendida, fingir no haber notado la presencia de la intrusa, y esperar su infructífero ataque.
La intrusa saltó desde el entretecho y, apenas tocó el suelo, le presenté mi daga que fielmente siempre escondida en mis ropas, entre los ojos y le sometí contra el suelo con una facilidad casi ofensiva para alguien supuestamente entrenado.
—Matriarca… Akane —dijo una voz ahogada, casi infantil, que miraba con preocupación la proximidad del objeto cortante sobre su tabique nasal.
Me alejé unos centímetros para ver a mi novata atacante. Ese cabello exótico y esos ojos azules eran demasiado característicos. No podía ser nadie más que Kumiko.
—Yo soy la matriarca, Aka —le corregí, retirando la daga de su visión—. No creí que él fuera capaz de enviar a su propia hija a cumplir su cometido.
—Mi padre no me envió, él jamás haría algo así. Yo vine por cuenta propia.
—¿Y de verdad creías que podrías burlarme haciendo todo ese ruido con los cascabeles?
Ella me miró algo avergonzada.
—No buscaba burlarme de usted. Solo de sus guardias.
Me levanté, suspiré audiblemente, extendí el cuello pidiendo ayuda a los dioses, y me alejé hacia una mesita donde había un jarrón. Lo levanté y lo sacudí un poco antes de invitarla:
—¿Quieres?
—Tengo trece —me miró algo contrariada.
—Es jugo —corregí.
—¡Oh! Emm… no, gracias.
—De acuerdo —respondí, sirviéndome un poco del brebaje.
—Si quieres que me aleje de tu padre, no debes preocuparte. No tengo intenciones de reunirme con él. Aunque sería bueno que le dijeras tú a él que no me busque —dije, antes de beber un sorbo.
—No quiero que se aleje de él. Quiero que ustedes se reúnan.
Su confesión me pareció de lo más inusual.
—Creo que no estás pensando correctamente, además de estar del lado equivocado de la historia, pequeña.
—¿Del lado equivocado? —preguntó, confundida.
—Deberías estar del lado de tu madre. Ella fue la elegida por tu padre. Yo no fui nada más que un estorbo para ellos… y me di cuenta muy tarde de ello —comenté, mientras me dirigía a la vitrina de GUNs.
—¡Mi padre no eligió nada! —exclamó molesta—. ¡Usted no sabe todo lo que ha pasado, simplemente desapareció!
—Me parece que hay que dejar el pasado atrás, pequeña. Cada uno ha vivido su vida —dije con un tono que intentaba ser definitivo.
Pero Kumiko no se dejó intimidar. Su mirada firme, la tensión en su postura y sus puños apretados me indicaban que no pensaba retroceder.
"Igual a su padre", pensé.
—Hablas muy bien el chino —elogié sincera tratando de aligerar el ambiente.
—Mi madre y abuela me enseñaron desde pequeña. Hablo los dos idiomas a la perfección, mis hermanas también. Aunque a Azumi aún se le enredan varias palabras.
Sonreí con nostalgia.
Con calma, tomé uno de los GUNs de la vitrina a mi costado y se lo extendí.
—¿Ya has participado en los enfrentamientos de tu categoría?
—No.
—¿Lo harás?
—Eso quiero.
—Pues me gustaría probar tu nivel. ¿Estás familiarizada con este tipo de arma?
—Sí. He entrenado con mi madre y luego con mi abuela —respondió con naturalidad, girando la vara entre sus manos con precisión antes de adoptar una postura firme.
La observé con atención. Su agarre era seguro, sus movimientos fluidos y su centro de gravedad, bien equilibrado. No era solo una niña con talento; era una guerrera totalmente entrenada.
—Como buena amazona, y con sangre Saotome, supongo que no rechazarás una batalla.
Su mirada brilló con determinación. Sin decir palabra, tomó el arma con ambas manos y se colocó en guardia. Los cascabeles en sus trenzas tintinearon con suavidad, como si anunciaran su intención de enfrentarse de frente, con honor. Esta vez no intentaba ocultarse. Esta vez, luchaba como debía hacerlo una amazona.
—Eso creí —sonreí, adoptando mi propia postura.
No hubo vacilación. Kumiko atacó primero, con un golpe descendente limpio y potente. Sin embargo, yo ya había visto ese tipo de apertura demasiadas veces antes. Moví mi GUN en el último instante, desviando su ataque con un giro sutil de muñeca.
No se detuvo. Usó el retroceso para girar sobre sí misma y lanzar un golpe lateral con una velocidad impresionante. Bloqueé con facilidad, pero la fuerza del impacto vibró en mis brazos. Era fuerte. Rápida. Técnica.
Sonreí.
Había fuego en esa niña. Orgullo. Coraje. Un espíritu que no conocía la rendición.
Y lo peor… o lo mejor, según se viera, es que empezaba a agradarme.
Esto iba a ser interesante.
—¿Eso es todo lo que tienes? —pregunté, buscando provocarla.
Kumiko no cayó en la trampa. No respondió con palabras, sino con una ofensiva aún más agresiva y precisa. Su GUN se movió con velocidad endiablada, atacando desde múltiples ángulos, obligándome a reajustar mi postura. Cada uno de sus movimientos parecía calculado para probar mis reflejos, como si tratara de desentrañar mis puntos débiles.
Bloqueé un golpe descendente con facilidad, pero antes de poder contraatacar, Kumiko giró sobre sí misma, utilizando el impulso para lanzar un tajo ascendente. Apenas logré esquivarlo con un salto hacia atrás, el filo rozando mi ropa.
Sonreí.
—Mejor —admití con el mismo orgullo que me provocaba ver progresar a uno de mis estudiantes. Ella volvió a la carga.
Cada golpe era más calculado, más certero. Kumiko no solo estaba atacando, estaba analizando. Adaptándose. Su técnica era impecable, pero lo que realmente la hacía peligrosa era su capacidad para aprender de inmediato. No repetía errores, no caía en los mismos patrones dos veces.
Golpeó desde la izquierda, y bloqueé, desviando su GUN con un giro de muñeca. Esperaba que retrocediera, pero en lugar de eso, cambió la dirección en el último instante, moviendo la vara en un arco bajo que casi me impacta en las piernas. Tuve que saltar para evitarlo, perdiendo momentáneamente el equilibrio al aterrizar.
No esperaba que me hiciera perder la postura. Me sorprendió.
Por un instante, la sonrisa se me congeló. Era demasiado tarde para el arrepentimiento, pero el respeto había surgido sin que lo deseara. Esta niña no solo tenía fuerza. Tenía algo más, algo más peligroso: inteligencia. Y aunque aún no estaba ni cerca de ganarme, había algo en sus ojos que me dijo que lo intentaría hasta el final.
En su mirada brilló un destello de satisfacción antes de lanzar un nuevo ataque directo a mi hombro. Usé la base de mi GUN para desviar el impacto y giré sobre mi eje, creando espacio entre nosotras.
Ella respiraba con pesadez, pero no se detenía.
—Eres persistente, lo reconozco —comenté, antes de lanzar mi primer contraataque real.
Mi golpe fue rápido, dirigido a su flanco derecho. Kumiko logró desviarlo, pero el impacto la hizo retroceder un paso. No le di tiempo a recuperarse. Me moví con precisión calculada, lanzando una ráfaga de ataques para probar su defensa.
Ella bloqueó el primero. Esquivó el segundo. Intentó frenar el tercero, pero esta vez la desestabilicé con un giro inesperado de mi GUN, cambiando el ritmo de la ofensiva.
Aproveché el instante de vacilación para adelantarme un paso y bajar mi centro de gravedad. Con un movimiento fluido, usé el extremo de mi GUN para desarmarla, atrapando su arma entre la base de la mía. En el mismo instante, barrí el suelo con mi pierna, desestabilizándola.
Kumiko perdió el equilibrio, pero antes de que tocara el suelo, la sujeté con firmeza.
Por primera vez en el combate, ella pareció sorprendida.
—Eres buena, Kumiko. Muy buena. Eres una excelente amazona —dije, sin ocultar el respeto en mi voz.
Ella jadeaba ligeramente, pero su determinación no se había apagado. Se inclinó para recoger su arma, con la cabeza en alto y el orgullo intacto.
—Otra vez —declaró con firmeza.
Reí suavemente.
—Será en otro momento, pequeña. Comprenderás que es un día agitado y debes guardar energías para tu combate.
Me di la vuelta con la intensión de guardar mi arma pero ésta nunca encontró su destino, aún podía sentir su mirada en mi espalda. No era frustración. Era hambre. Hambre de mejorar, de aprender, de volver a enfrentarme hasta vencer.
Sí. Definitivamente, era hija de Ranma Saotome.
—Me gustaría saber en qué fallé —declaró firme aún con un deje de jadeo por el esfuerzo físico.
Cuando Kumiko se me acercó, la vi con nuevos ojos. No necesitaba correcciones menores; su técnica ya era impecable para su edad. No, lo que realmente le faltaba era algo que la diferenciara del resto.
Me acerqué con calma, sosteniendo el GUN entre mis manos con la misma naturalidad que si fuese solo una extensión de mi brazo.
—No voy a corregir lo que ya haces bien —dije, captando su atención—. Pero si quieres ganar sobre el tronco de lucha, necesitas algo más que velocidad y fuerza. Necesitas adaptabilidad y control del terreno.
Kumiko frunció ligeramente el ceño, interesada.
—Sobre el tronco, el equilibrio no es solo una cuestión de pies firmes. Es una cuestión de flujo. Cada paso, cada movimiento, afecta la estabilidad de la superficie. Si solo te enfocas en atacar, te volverás vulnerable a la oscilación. Pero si aprendes a usar ese movimiento a tu favor…
Di un paso sutil sobre el suelo de madera, apenas imperceptible, como si estuviera tanteando un tronco imaginario bajo mis pies.
—Puedes hacer que tu oponente pierda el equilibrio sin que se dé cuenta.
Kumiko asintió, procesando la idea. Pero yo tenía algo más grande para ella.
—Ahora, escúchame bien. Voy a enseñarte una técnica que si bien no es letal puede ayudarte mucho a desestabilizar a tus adversarios, además hará que cualquier ataque que recibas se convierta en un arma a tu favor. Esto se llama "Respuesta Amazona". No es solo una contraofensiva, es una transformación. Es convertir la fuerza de tu oponente en tuya y devolverla con el doble de intensidad. Quiero ver si logras dominarla tan rápido como creo que puedes.
Kumiko no apartó la mirada de mis manos, sus músculos tensos, lista para absorber cada movimiento.
—La clave está en la energía. Todo lo que hacemos en combate genera un flujo, como las corrientes en un río. La mayoría de los luchadores intentan nadar contra ellas, resistiendo los golpes, bloqueando con pura fuerza. Pero lo que harás tú… —sonreí con un destello de desafío— es convertirte en el río. Una gota de agua no te hará daño, pero millones de gotas te pueden hacer pasar un muy mal rato.
Elevé el GUN, marcando la postura inicial.
—Atácame con todo lo que tienes.
Kumiko asintió y, sin dudarlo, se lanzó con un golpe descendente. Su GUN cortó el aire con un silbido agudo. La potencia de su ataque era impecable, lo suficientemente fuerte como para hacer temblar los brazos de cualquiera.
Pero no hice lo que ella esperaba.
En el último instante, en lugar de bloquear, giré sutilmente mis caderas y relajé todo mi cuerpo. No resistí la fuerza del impacto; la dejé entrar. Sentí cómo la energía del golpe viajaba a través del GUN, recorriendo mis brazos como una corriente eléctrica, descendiendo hasta mi centro. Mis hombros siguieron el movimiento del impacto luego el torso. Desde afuera sabía que esta técnica hacía parecer como si el impacto me hubiera desestabilizado. Pero era solo una ilusión.
El mundo pareció ralentizarse.
Mis pies se despegaron levemente del suelo en busca de la nueva posición para descender mientras mi cuerpo giraba siguiendo el movimiento del impacto de Kumiko, mi respiración se tornó más profunda, y por un breve instante, fui el punto de equilibrio entre la fuerza de Kumiko y la inercia del combate. Toda esa energía no se disipó… se acumuló...
Entonces, con mis pies bien posicionados en el suelo y con un giro repentino de mi cadera, como si encendiera un resorte oculto en mi propio cuerpo, añadí mi propia fuerza y liberé toda la energía en una explosión controlada que dirigí a un costado de Kumiko para no hacerle daño.
Mi GUN salió disparado hacia adelante, canalizando el poder del golpe de Kumiko y el mío devolviéndolo en una ráfaga de viento imparable. La madera de las paredes vibró con una potencia que parecía imposible, y Kumiko apenas tuvo tiempo de saltar hacia un lado creyendo que la impactaría antes de que el violento aire mismo rugiera con el impacto, pero no pudo con la ráfaga de viento que de todas formas la zarandeó y la mandó al suelo.
El sonido de la técnica resonó en la habitación, dejando un eco tangible.
Kumiko parpadeó, con la respiración agitada.
—Eso… —murmuró, aún procesando lo que acababa de ver—. ¿Cómo ha hecho eso?
Sonreí.
—¿Te interesa aprenderlo? —pregunté aún sabiendo la respuesta.
—¡Por supuesto! —respondió como si la pregunta ofendiera. Y yo obviamente no le iba negar la oportunidad de aprender.
Después de unos pocos intentos, lo logró. Dejó fluir la energía por su cuerpo y la liberó de forma devastadora logrando desestabilizarme de forma peligrosa, abrir de golpe las ventanas y botando algunos muebles de forma estrepitosa. Las guardias del templo entraron alarmadas por el escándalo y tuve que aclarar la situación indicando y asegurando que no había ningún peligro.
—Otra vez —dijo con emoción en sus ojos una vez que las guardias dejaron la habitación.
—Me parece que ya lo haces perfectamente —sonreí.
—Siempre se puede mejorar —respondió con convicción, y nuevamente vi el reflejo de su padre en sus ojos.
—Entonces, veamos hasta dónde puedes llegar —concluí, guardando los GUNs en su lugar—. Quiero que ganes el primer lugar de tu categoría. Me aseguraré de estar presente. No me decepciones, te he enseñado una técnica muy superior para alguien de tu edad y si te la he enseñado es porque tu nivel es excelente. Pero ten cuidado, las amazonas saben luchar y por lo tanto saben que existen las supuestas "ventanas abiertas" que no son nada más que trampas para caer en algún ataque. Tienes que cuidarte de esas "supuestas ventanas" y debes esconder las tuyas para que pasen desapercibidas.
Mientras Kumiko recuperaba la compostura, supe que nadie podría hacerle frente. Ya lamentaba a quien tuviera la mala suerte de cruzarse con ella en combate. Ahora poseía una habilidad que pocos siquiera sabían que existía. Y yo no podía esperar a verla usarla.
Me sacudí esos pensamientos y observé la luz pálida de la mañana que se filtraba por las ventanas.
—Ya se nos está haciendo tarde —comenté—. Debemos volver a nuestros lugares. Fue un placer tener este pequeño entrenamiento contigo, Kumiko.
Ella dudó por un instante antes de hablar.
—¿Sobre lo de mi padre…? —preguntó con cautela.
Suspiré. Un suspiro cargado de un dolor que nunca desaparecía del todo.
—Es mejor que las cosas sigan así, Kumiko. Dices que tu padre no escogió nada, pero escogió no escucharme cuando le rogué que no fuera con tu madre.
Apenas terminé de decirlo, lo lamenté. Me había dejado llevar por la emoción. No estaba hablando con un adulto. Estaba hablando con una niña. Con su hija, y acababa de decir algo completamente inadecuado e imprudente.
Aparté la mirada, avergonzada.
—Perdona… No debí decir eso. No deberías verte involucrada en los problemas de los adultos.
Kumiko no parpadeó siquiera. Su voz fue tranquila, pero firme.
—Sé mucho más de lo que pasó de lo que usted piensa, matriarca. Solo le pido una oportunidad con mi padre… Para que él también pueda perdonarse a sí mismo.
Me dirigí hacia una de las esquinas de la sala y tomé una cadenita que emergía desde el techo. Sentí el frío del metal en mis dedos, un ancla a la realidad que me impedía seguir hundiéndome en el pasado.
—Kumiko… No solo tu padre debe dejar ir el pasado. Yo también.
Sentí el peso de mis propias palabras. Lo sabía. Sabía que debía hacerlo. Pero también sabía cuánto me había costado seguir con mi vida sin que todo me afectara. Y la verdad era que…
Aún no lo había logrado...
Por años lloré hasta la madrugada tras dejar mi hogar. No sólo por extrañar a mi familia, sinó también por su rechazo, porque nunca me tomó en serio. Porque él no me amaba y por eso, nunca me escogió.
Porque no había nada a lo que él se sintiera atado a mí más que una simple promesa de nuestros padres.
No era la mejor cocinera. No era la más bonita. No era la más fuerte.
Y Shampoo lo era todo.
Tenía lo que yo nunca pude tener. Su destreza, su confianza, su belleza… Su amor.
Por eso, cuando llegué a la aldea, me aferré a lo único que podía cambiar y mejorar. Mi habilidad de lucha.
Entrené hasta que el cuerpo me falló. Hasta que las lágrimas se confundían con el sudor. Día tras día, sin tregua, sin permitirme pensar en lo que dejé atrás.
Las amazonas me ayudaron. Me acogieron. Me hicieron sentir aceptada, querida, parte de algo más grande.
Ellas me enseñaron cómo descubrir mi verdadero potencial.
No podía estar más agradecida con la nueva vida que construí aquí. Si flaqueaba con Ranma podría perder todo lo que había construido.
Jalé la cadenita y, a lo lejos, unas campanas resonaron a las afueras de la habitación. Las puertas se abrieron y las dos guardias que ingresaron anteriormente volvían a hacerlo con pasos firmes, inclinando la cabeza en una reverencia.
—Te deseo mucho éxito en tu pelea, Kumiko. Estaré expectante al resultado —dije con sinceridad. Esbozando una sonrisa suave.
—Nao, Mei Mei, por favor, acompáñenla a la zona de enfrentamientos —ordené.
Las guardias se inclinaron de nuevo y flanquearon a Kumiko. Una de ellas posó la mano sobre su espalda, instándola a caminar.
Pero antes de dar el primer paso, Kumiko se giró y me miró con resolución.
—Mi padre no se va a rendir —declaró con fiereza—. Hará lo que sea necesario.
Mi mandíbula se tensó.
—Te sugiero que lo alientes a hacer lo contrario. Por su bien. No quiero verme en la obligación de expulsarlo.
Kumiko ni siquiera vaciló.
—Se equivoca si cree que haré eso. Todo lo contrario. Lo ayudaré. Porque amo a mi padre.
Sus ojos brillaban con una determinación arrolladora.
—Porque quiero que sea feliz. Y viva tranquilo.
Con esas palabras, desapareció tras las puertas, que se cerraron con un sonido seco, cortante.
Exhalé lentamente, sintiendo un nudo en la garganta. Pero cuando llevé una mano a mi mejilla, me di cuenta de que estaba húmeda.
Otra lágrima.
Otra maldita lágrima por él.
Por ese traidor que solo se burló de mí.
Apoyé la frente contra la fría pared de piedra y cerré los ojos.
Ahora veo cuánto me equivoqué. Pasé años pidiendo a los dioses que jamás me volviera a enamorar. Pero…
Debí haber pedido enamorarme de otra persona.
De alguien que me permitiera olvidarlo.
Porque ese sentimiento, ese peso que aún cargaba, no era un simple recuerdo de un amor de juventud.
Era una herida abierta.
Y lo peor era que, al verlo de nuevo…
Había comenzado a sangrar otra vez.
