Nombre de la lista de Spotify: iDance.
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Lista de videos:
1. Enchanted- "So Close" Dance Scene (HD) Music Video:
-Encantada- "Aquí" Escena de Baile (HD) Español Latino.
2.Juan Luis Guerra- "La Llave De Mi Corazón".
3. The Mask of Zorro (4/8) Movie CLIP - A Very Spirited Dancer (1998) HD.
4.Michael Bublé- "Sway" Latino Wedding Dance Pierwszy Taniec KURS TAŃCA ONLINE.
Estos de aquí no tienen que verlos necesariamente, puesto que solo usé las canciones para la playlist, pero aun así me parecieron muy buenos los bailes y se los quise compartir acá.
- Baile el Farolito.
-Take the Lead- Antonio Banderas Wedding Dance Online Night Version
-A. Piazzolla. Libertango.
Ojalá que los pasos se entiendan bien. Por si acaso, les pondré en los párrafos más o menos qué canción corresponde a cada momento.
Por cierto, si alguien se inspira y hace más dibujos del fanfic, siéntase libre de hacerlos y publicarlos en Pinterest, que los compartiré por esta la misma vía o quizás en Tumblr con sus respectivos derechos de autor.
¡Disfruten su lectura! :D
Capítulo 9
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[ Parte 2: iDance ]
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Tal como dijo Sam, encontraron a Carly con un chico alto cerca de los casilleros. Él hablaba con entusiasmo, y ella lo escuchaba mientras revisaba su teléfono de vez en cuando.
—Por cómo Carly hablaba de él, pensé que sería más lindo —comentó Sam.
—Yo también —dijo Freddie—. Pero al menos parece que la están pasando bien.
—Eso espero, porque si no, lo del otro día habrá sido una pérdida de tiempo.
Freddie asintió sin añadir nada, para no hablar tan cerca de la pareja. Ya frente a ellos, decidió saludarlos de forma "creativa" en inglés.
—Good evening, sweet couple.
El chico lo miró con confusión, y Sam disimuló una sonrisa, rodando los ojos.
—Ya empezaste con tu ridiculez —se quejó, fingiendo disgusto. Por dentro le divertía, porque seguro Freddie pensaba que eso era "cool".
—Parece que tenemos compañía —dijo el chico.
Carly, ocupada escribiendo un mensaje, empezó a hablar sin levantar la vista:
—Ya era hora. Han pasado más de...wow.
Cuando por fin levantó la vista, se interrumpió al hablar, sorprendida, y sonrió al notar lo bonitos que eran sus atuendos.
—Sabía que iban a arreglarse, pero no pensé que los dos... que tú —miró primero a Freddie y luego a Sam—. ¿No se supone que vinieron juntos solo porque no tenían de otra?
Sam solo sonrió. Seguramente, Carly no se había imaginado que ambos se esmerarían tanto solo para asistir con alguien a quien, en teoría, no soportaban.
—¿Y quién dice que no podemos hacerlo con estilo? —respondió Freddie con confianza, señalándose con un gesto para luego posar dramáticamente con una mano en el mentón—. Ni siquiera puedo decidir en qué ángulo me veo mejor.
—No le hagan mucho caso —comentó Sam, acercándose a ellos mientras murmuraba—: Se cree gran cosa solo porque hoy parece gente. Aunque, lamentablemente, el pobre no puede hacer nada por su rostro.
—¡Escuché eso! —se quejó Freddie, haciéndose el ofendido, aunque en el fondo le dio gracia. No había pasado ni media hora desde que ella le había dicho lo contrario.
—Sam, ¿qué dijimos de hablar del rostro de Freddie? —le reprochó Carly, y esta vez Freddie las miró verdaderamente confundido.
—Que no puedo hacerlo porque es grosero —citó Sam, arrastrando las palabras como si les pesaran—. Pero el tonto tiene razón en algo. Si yo iba a cumplir con el juramento del tobillo, al menos debía verme bien y sentirme cómoda en el proceso.
—Y terminaste viéndote más que bien. Te ves increíble —aseguró Carly—. Ambos se ven increíbles. Aunque sí es verdad que no esperaba que ustedes se esmeraran tanto. ¿Qué los inspiró?
—Melanie —respondieron al unísono.
—¿Melanie? Oh, espera... —Carly miró a Freddie, recordando algo—. Dijiste que se encontraron con ella. ¿Fue entonces cuando los ayudó?
—¿Quién es Melanie? —interrumpió Austin, antes de que pudieran contestar.
Los tres lo miraron. Se habían olvidado por completo de que seguía ahí. Ups.
—Mi gemela —explicó Sam.
—Nos ayudó mucho a elegir la ropa —añadió Freddie—. Aunque me sorprende que Sam le dé crédito.
—Y a mí me sorprende que tú no lo hayas hecho antes, si te la pasaste dándole las gracias cada vez que hacía algo.
—Eso no es cierto.
—Eso no es cierto —lo imitó Sam con un tono más agudo.
—Mi voz no suena así.
—Ay, perdón. Me cuesta un poco imitar el tono de los tontos.
—Chicos, por favor —intervino Carly mientras ponía una mano en el hombro de cada uno—. Vinimos a divertirnos, ¿recuerdan? No a pelear.
—¿Estaban peleando? Pensé que estaban coqueteando —comentó el chico de pronto.
El comentario hizo que Sam y Freddie se quedaran en silencio, sin saber cómo reaccionar. Carly, en cambio, se rio, tomándolo como un simple malentendido.
—Qué va, ellos siempre discuten por cualquier cosa, pero son buenos amigos. ¿Verdad, chicos?
Freddie murmuró un"Eh, sí, claro",mientras que Sam solo hacía un gesto de"más o menos"con las manos.
—¿Y cuál es tu nombre? Creo que todavía no nos hemos presentado bien —inquirió Freddie para cambiar de tema.
—¡Cierto! ¿Dónde están mis modales? —Carly se giró hacia su cita y le tomó el brazo—. Austin, ellos son Sam y Freddie, mis mejores amigos y compañeros del programa iCarly. Sam, Freddie, él es...
—Austin Tartlet, su cita de hoy, mucho gusto —se presentó él, tendiéndoles la mano.
Freddie le devolvió el apretón con cortesía, pero Sam lo miró con una ceja alzada.
—¿Tartlet? ¿Como...tarta?
—Exactamente —confirmó Austin con una sonrisa—. Mis tatarabuelos eran reposteros, muy famosos por sus tartas. Mi tatarabuelo era huérfano y nunca supieron su apellido, así que la gente empezó a llamarloTartlet, por su especialidad. Con el tiempo, se quedó como apellido oficial.
Sam ladeó la cabeza, ahora claramente interesada.
—¿Y todavía preparan tartas en tu familia?
—Ah, no —negó él con un encogimiento de hombros—. A mi abuelo le apasionaba la arquitectura, y como nadie más en la familia quiso seguir el negocio, lo cerraron. Así que pasamos de la crema pastelera a los planos en 3D.
—Qué desperdicio —dijo Sam, negando con la cabeza.
—Sí, mi mamá también dice eso —dijo él, riéndose solo mientras los tres se miraron entre sí—. Ahora, volviendo al tema de las personas que discuten todo el tiempo...
—Pensé que ya habíamos aclarado eso —comentó Carly, frunciendo el ceño.
—Mi hermano mayor tenía dos amigos, un chico al que no le importaba nada y una chica muy responsable —contó Austin, ignorando a Carly—. Siempre discutían por cualquier cosa, pero en el fondo se tenían mucho cariño. Más de lo que querían admitir.
—¿Y qué pasó con ellos? —preguntó Freddie, solo para llenar el silencio.
—Bueno, resulta que el chico la molestaba porque le gustaba y quería llamar su atención.
Al escuchar eso, Sam empezó a jugar con su collar.
—Y ella siempre le respondía y lo provocaba porque, en el fondo, también le gustaba cómo era él.
Freddie apartó la mirada, fingiendo repentinamente interesarse en la decoración del pasillo.
—De hecho —continuó Austin, sin notar la tensión creciente entre ambos—, mi hermano fue a su boda hace unos meses. Qué loco, ¿no?
La palabrabodahizo que Sam y Freddie se miraran, luego apartaran la vista y se dieran un paso lejos del otro, repentinamente abrumados por la idea de un compromiso de tal magnitud cuando apenas tenían unas semanas de noviazgo.
Carly notó que estaban incómodos, pero por las razones incorrectas.
—Me alegro por los amigos de tu hermano, pero Sam y Freddie solo son amigos. Los tres lo somos —aclaró amablemente, sin notar cómo Sam y Freddie se miraban de reojo, sintiéndose un poco culpables—. Como sea, no vinimos aquí a hablar de parejas de familiares, sino a divertirnos. Escuché que trajeron una cabina de fotos. ¿Quieren ir?
—¡Claro! Aunque eso me recuerda que un primo mío...
Y Austin siguió con su historia mientras los cuatro caminaban hacia la cabina de fotos.
Freddie, en silencio, no pudo evitar preguntarse si Carly realmente estaba disfrutando de su compañía o si solo estaba soportándolo por mero compromiso.
Después de otra tanda de fotos, esta vez con Carly y Austin—aunque en su mayoría con Carly—, los cuatro finalmente llegaron al gimnasio. Luces de colores iluminaban el lugar, y el retumbar de la música hacía vibrar las paredes. Apenas cruzaron la entrada, Sam salió disparada hacia la mesa de bocadillos como si estuviera en una competencia de velocidad.
—¡Recuerda comer despacio para no atragantarte! —le gritó Freddie desde atrás, pero ella ya había desaparecido entre la multitud.
Freddie sonrió con ternura al notar que ella podía correr tan rápido incluso con esos zapatos. Luego se volvió hacia Carly y Austin, que se habían quedado más cerca de la entrada.
—¿Quieren venir? Con un poco de suerte, ella no habrá devorado todo cuando lleguemos.
Carly sonrió.
—Lo haríamos con gusto, pero...
—No tengo mucha hambre —dijo Austin, encogiéndose de hombros—. Además, no me gustan los bocadillos de escuela.
—¿De qué hablas? —preguntó Carly, extrañada—. Comimos algunos antes de reunirnos con ellos, ¿recuerdas?
—Lo sé, solo quería bromear.
Se rio solo (otra vez). Carly no respondió. Freddie tampoco dijo nada y, al final, se formó otro silencio incómodo que él mismo tuvo que romper.
—Bueno, será mejor que vaya con Sam, pero antes... —Le dio una mirada significativa a Carly—. ¿Me acompañas un segundo?
—Claro, ¿nos disculpas? —le dijo a Austin, quien asintió antes de irse a socializar con la primera persona que vio por ahí.
Freddie no habló hasta que estuvieron a una distancia considerable.
—¿Segura de que quieres seguir con tu cita? No digo que parezca mala persona, pero es un poco... rarito.
Carly suspiró, como si ya hubiera anticipado la pregunta.
—Sí. Es lindo y tiene buenas anécdotas. Además, hice un acuerdo con Sam, y ella ya cumplió su parte.
—Bien. Pero si el chico actúa más raro de la cuenta, nos dejas saber por mensaje.
—Eso haré. Gracias por preocuparte. Ahora ve y disfruta del baile con Sam. Solo intenten no matarse antes —bromeó, y ambos rieron, aliviando la tensión.
—Lo intentaré, pero no puedo prometer nada por Sam —respondió él sonriendo antes de ponerse más serio—. Cuídate, Carly.
Freddie se alejó, pensando en lo evidente que era que Carly se sentía incómoda con ese chico, aunque intentara ocultarlo por su amabilidad. Le daba pena, porque había esperado que, después de tanto esfuerzo, ella realmente pudiera disfrutar la noche. Pero si su decisión era seguir con la cita, él la respetaría.
. . .
Mientras él se alejaba, Carly lo observó por unos segundos. Todavía le costaba un poco asimilar que Freddie ya no estuviera interesado en ella después de tantos años, aunque sabía que era lo mejor para los tres. Un romance entre ellos solo habría complicado su amistad y no es como si ella le correspondiera. Era un buen chico, sí, pero no era para ella. Eran demasiado parecidos, y lo veía más como un amigo, quizás incluso como un hermano.
No obstante, no podía negar que le habría gustado recibir un poco de ese tipo de atención. No de él, claro, sino del chico con quien estaba, que, poco a poco, comenzaba a gustarle menos. Pero había hecho una promesa, y marcharse sin más sería grosero de su parte.
Pensando en eso, sintió unos brazos rodeándola por detrás.
—¡Boo! —gritó alguien, haciéndola saltar del susto.
—¡Ay! —Carly dio un paso atrás hasta que lo reconoció y, con una sonrisa juguetona, le dijo—: Ay, eres tú, Austin. Mira que casi me das un ataque hace un momento.
Austin cambió su expresión al instante, luciendo preocupado.
—Oh, perdón, no quería molestarte.
Carly parpadeó, confundida.
—No estoy molesta, solo estaba jugando porque tú estabas bromeando.
Austin volvió a sonreír.
—¿En serio? Qué bien. Entonces hablemos un rato.
—¿No hemos hecho mucho eso ya? ¿Qué tal si bailamos un rato?
—Ya habrá tiempo para eso —insistió—. En fin, como te decía antes de que llegaran Jam y Eddie...
—Sam y Freddie —lo corrigió Carly, algo decepcionada.
—Sí, ellos. Es que tengo un primo llamado Eddie y una tía llamada Jam, por eso me confundí.
Carly suspiró mientras él continuaba hablando. Cada vez estaba menos segura de que realmente llegaría a bailar esa noche.
—Hola de nuevo —saludó Freddie al acercarse a la mesa de bocadillos.
Sam lo miró de reojo, pero continuó masticando.
—¿Están buenos los pastelitos? —preguntó él con curiosidad.
Ella asintió y le extendió uno para que probara. Freddie se inclinó y le dio un mordisco.
—Mhm. Está mucho mejor de lo que imaginé.
—Lo sé —respondió Sam después de tragar—. Me dan ganas de comerlo lento y disfrutarlo bien.
—A mí también —coincidió él, tomando otro pastelito de la mesa. Sin embargo, al notar los hot dogs, se le ocurrió una idea—. Oye, ¿cómo crees que sepan los hot dogs y los pastelitos juntos?
Sam lo miró con interés.
—No tengo idea, pero ahora quiero averiguarlo.
Ambos tomaron un hot dog y un pastelito, y al mismo tiempo, les dieron un mordisco alternado. Se observaron con complicidad antes de asentir con aprobación.
—No está mal. Creo me gusta —comentó él.
—A mí me fascina, pero si me da dolor de estómago, será tu culpa.
—Asumiré la responsabilidad, entonces —respondió Freddie con una sonrisa, volviendo a concentrarse en su comida.
Freddie echó un vistazo a su alrededor. Hacía rato que había dejado los bocadillos; estaba satisfecho y prefería no llenarse mucho. A diferencia de Sam, no podía moverse mucho con el estómago lleno. Y, hablando de moverse, llevaba ya un buen rato deseando levantarse. La música llenaba el gimnasio, envolviendo cada rincón con su ritmo contagioso, y le resultaba imposible quedarse quieto cada vez que reconocía alguna de las canciones. Tanto así que su pie se movía al compás y sus dedos tamborileaban sobre la tela del pantalón.
Realmente quería bailar.
Así que, poco a poco, empezó a alistarse. Se limpió la boca y las manos con una servilleta, pero aún sentía ese molesto rastro pegajoso del azúcar. Decidió ir al baño a arreglarse un poco. Mientras se enjuagaba las manos y revisaba su reflejo en el espejo, tarareó para sí mismo una de las canciones que había sonado hace poco.
Al regresar, su mirada recorrió el lugar de nuevo, observando a las parejas que bailaban; algunas se movían con torpeza, mientras que otras lo hacían con una confianza y destreza que resultaba envidiable. No pudo evitar pensar que pronto él y Sam también estarían bailando. La idea lo entusiasmó, pero esa emoción se desvaneció un poco cuando notó que ella ya no estaba junto a la mesa de bocadillos.
«Tal vez fue al baño», concluyó, tomando asiento nuevamente.
Esperó unos minutos, pero Sam no aparecía. ¿Dónde se habría metido?
Justo cuando estaba a punto de escribirle, un murmullo en su oído casi lo hace saltar del asiento.
—¿Me buscabas, Fredward?
—¡Sam! —la regañó, levantándose rápidamente—. ¡No hagas eso, me asustaste!
—Solo te hice una pregunta —se defendió, inclinando ligeramente la cabeza en un gesto que pretendía inocencia—. No entiendo cómo eso puede sacudirte tanto.
Mentira. Lo sabía muy bien. Y él también, pero no pensaba darle la satisfacción tan fácilmente.
—No te hagas. Lo sabes.
—¿Ah, sí?
Freddie alzó una ceja. Sam pestañeó con inocencia fingida antes de encogerse de hombros y observar a su alrededor casualmente, como si todo lo que había a su alrededor fuera de repente más interesante que él.
Entonces, él se tomó unos dulces segundos para admirarla una vez más.
Esta vez, se veía algo más agitada, como si la noche estuviera empezando a dejar su huella en ella. El maquillaje, que antes resaltaba, ya no se notaba tanto, pero, para él, se veía igual de hermosa. Tal vez incluso más. Sus rizos caían con una suavidad que invitaba a tocarlos, y sus mejillas, cada vez más regordetas por el paso del tiempo, le parecían absolutamente adorables...
—Freddie —llamó ella, sin mirarlo, con la voz clara, pero ligera, como si estuviera hablando consigo misma.
—¿Sí?
—¿Vas a quedarte ahí, parado, mirándome toda la noche, o finalmente te animarás a invitarme a bailar?
—Podría hacer lo primero toda la noche... si no te molesta, claro.
—Halagador, pero aburrido.
—En ese caso... —Freddie avanzó un paso y se colocó frente a ella, inclinándose ligeramente mientras colocaba una mano detrás de su espalda y le extendía la otra—. ¿Me concederá usted esta pieza, bella dama?
Freddie esperaba que Sam respondiera con algún comentario sarcástico o que se hiciera de rogar un poco, pero, para su sorpresa, la respuesta fue un dulce:
—Sería un placer.
Sin más, ella hizo una pequeña reverencia, sonriendo de una forma tan genuina que a Freddie se le encogió el estómago. No pudo evitar sentir de nuevo esa mezcla de nervios y emoción. Respiró hondo y soltó un suspiro, reuniendo algo de valentía mientras ambos se dirigían hacia la pista, donde bailaban otros estudiantes e incluso algunos maestros.
Freddie notó que había menos personas que antes. Probablemente, muchos se habían cansado o habían ido a comer algo. Por un lado, eso era bueno: podrían moverse con más libertad. Pero también significaba estar más expuestos. Con un poco de suerte, la mayoría estarían distraídos en sus propios asuntos y nadie notaría nada.
Se detuvieron en un lugar donde había suficiente espacio para bailar, pero lo bastante rodeado de otras parejas como para camuflarse un poco. La canción que sonaba en ese momento tenía un vaivén lento y elegante. Era un baile lento, de esos que invitan a las parejas a moverse juntas, en pasos cercanos y pausados.
Él colocó una mano en la cintura de Sam, sintiendo el leve calor de su piel a través de la tela del vestido. Ella, con la misma delicadeza, apoyó la suya sobre su hombro, y el corazón de Freddie se aceleró. Sus manos libres se encontraron entre ambos, y sus dedos se entrelazaron suavemente, como si siempre hubieran encajado así.
Freddie intentó llevar el ritmo. Mantuvo los pasos con esfuerzo, pero su cuerpo estaba tenso, como si cada movimiento estuviera demasiado calculado. Su mente saltaba de un paso al siguiente, buscando siempre la perfección, pero sus piernas no le respondían como esperaba.
Con cada segundo, sentía que lo estaba arruinando. Se suponía que había practicado en casa esa mañana para evitar esto. No debía sentirse tan torpe, tan fuera de lugar. La idea de estar estropeando un momento que ambos habían preparado con ilusión le apretaba el pecho. Cuanto más se preocupaba, más se equivocaba. Una y otra vez. Toda la emoción inicial fue desvaneciéndose poco a poco, hasta que solo quedaron las ganas de salir corriendo y esconderse en algún lugar donde nadie pudiera verlo.
La canción apenas iba por la mitad, pero él ni siquiera se atrevió a mirarla a los ojos. Mantuvo la vista en sus propios zapatos, incapaz de sacarse de la cabeza la idea de que había fallado. Imaginó que Sam se burlaría y, honestamente, no la culparía. Él mismo se reiría... si no se sintiera tan mal en ese instante.
Pero en lugar de reírse o hacer un comentario despectivo, como había temido, Sam lo abrazó suavemente. Freddie, sorprendido, pero agradecido, cerró los ojos un momento, dejando que el calor de ese gesto lo envolviera. Ella comenzó a cantar en voz baja. Él cerró los ojos, dejándose llevar por la melodía, sintiendo que todo el nerviosismo se desvanecía, y poco a poco, el nerviosismo comenzó a disolverse.
Entonces, Sam murmuró algo que él no entendió.
—Perdón, ¿dijiste algo?
—Izquierda —repitió ella—. Da un paso a la izquierda. Lentamente.
Él no cuestionó sus palabras ni dudó. Simplemente, la siguió, dando ese paso con cuidado. Poco a poco, sus movimientos se fueron haciendo más naturales, más cómodos. Continuaron así, uno tras otro, ella guiándolo con ternura. Aunque ella fue amable, él no podía evitar sentirse un poco estúpido por no haberlo hecho bien desde el principio.
Cuando la canción cambió y las instrucciones de Sam continuaron, él no pudo callar más.
—Lo siento.
—¿Por?
—Por ser tan torpe, por no hacer las cosas bien... cuando ambos nos esforzamos tanto para este momento y... —Él cerró los ojos con fuerza. No era momento ni lugar para llorar, pero la frustración se le acumulaba en el pecho—. Perdón por estropearlo.
Escuchó un suspiro de ella. Al principio, dudó en mirarla, pero cuando ella posó sus manos suavemente en sus mejillas, no tuvo más opción que encontrarse con su mirada.
—No has estropeado nada.
Freddie abrió la boca para rebatirla, pero Sam no se lo permitió.
—No estoy aquí por un tonto baile, Freddie. Estoy aquí porque quiero pasar tiempo contigo. Porque yo... te quiero.
La confesión pareció tomarla por sorpresa, incluso a ella misma, pero eso no la detuvo.
—Te quiero, ¿sí? Así que no me importa si no bailas tan bien.
—Sam...
—De hecho, no me importaría enseñarte en otro momento. Por ahora solo sígueme. Sin caras largas, y sin pensar que eres un tonto por equivocarte o cosas por el estilo.
—Yo... está bien —respondió él, conmovido—. Gracias por no burlarte.
—Ya habrá otras ocasiones para eso.
Esta vez, él le devolvió la sonrisa. Una sincera.
Ahora estaban tan cerca que sus narices casi se rozaban. Antes de pensarlo demasiado, él se inclinó y dejó un beso en su frente, cerrando los ojos por un instante. Como si así pudiera disipar los últimos rastros de ansiedad y tristeza, para recuperar su confianza y volver a sentirse él mismo.
Una melodía diferente llenó el aire. Freddie se obligó a tomar un poco de distancia, intentando no levantar sospechas innecesarias. Pero Sam no se apartó. Solo lo miró, como si quisiera asegurarse de que él ya se sentía mejor antes de continuar. Era un gesto muy tierno de su parte y él sabía muy bien cómo responder a su duda silenciosa.
—¿Vas a estar mirándome toda la noche, o seguiremos bailando, Su Alteza?
Sam soltó una risita, relajándose al instante.
—Copión —le acusó ella, tomando su mano—. Sé que suena cliché, pero solo intenta no pensarlo tanto y sigue el ritmo de la música, ¿está bien?
Él asintió. Respiró hondo y trató de sentir la música en lugar de analizar cada paso.
Un movimiento cuidadoso. Luego, otro.
Él se concentró en sus instrucciones. Dio un paso cuidadoso, luego otro, tratando de seguir el ritmo con atención. Sus ojos se mantenían en los movimientos de Sam, observando cada gesto, cada cambio de dirección. Ella se movía con ligereza, como si flotara sobre el suelo. Era flexible, fluida... de una forma que hacía parecer fácil lo que en realidad no lo era.
Sus movimientos empezaron a soltarse, dejando atrás la rigidez. Cinco pasos a la izquierda, seis a la derecha y luego un giro: Sam se apartó con elegancia, solo para volver a él con la misma suavidad.
La canción terminó. Una nueva melodía comenzó a sonar por las bocinas. Era lenta, pero cargada de emoción. Freddie estaba casi seguro de haberla escuchado antes en una película de Dingo. No recordaba el nombre exacto, pero sí la escena: un hombre serio y una mujer de cuento de hadas compartiendo un baile.
—Creo que la he escuchado antes —dijo Sam, tomando su mano de nuevo.
—Yo también —respondió él, mientras más imágenes de la película venían a su mente.
Recordó a los protagonistas: un hombre serio, estructurado, con todo un futuro planeado, dispuesto a estar con alguien que creía amar... hasta que apareció ella. Una mujer alegre, espontánea, extrovertida e impredecible, con una visión del mundo muy distinta a la suya. Eran diferentes, venían de mundos diferentes, pero, de alguna manera, lograron aprender el uno del otro y complementarse.
Inconscientemente, aquella situación le recordó un poco a la suya con Sam. No era lo mismo, claro. Ellos eran adolescentes, y Sam no era precisamente la persona más optimista del mundo. Pero había algo en la canción, en la historia que contaba, en ese sentimiento de estar tan cerca y, a la vez, tan lejos, que lo hizo sentirse identificado. Porque ahora mismo no podía hacer pública su relación con ella. Tenía que medir sus gestos, sus impulsos, sus emociones. No solo por el contrato, sino por la reacción de sus amigos, del público deiCarly... y especialmente de su madre. No quería ni imaginarlo.
Su mente volvió a la escena de la película, y sin darse cuenta, empezó a repetir algunos de los pasos que recordaba. Sam notó el cambio, pero no dijo nada. Solo se dejó guiar por él, curiosa por ver qué haría.
Freddie la hizo girar suavemente y luego guio sus movimientos con precisión hasta que ella quedó de espaldas a él, sujetando su mano izquierda con la suya. Con delicadeza, colocó su otra mano en su cintura y la condujo a través del espacio, llevándola a dar vueltas por el gimnasio. Cuando se detuvieron, Sam se alejó con un giro elegante antes de quedar nuevamente frente a él. Ya más cerca, ella comenzó a tararear la melodía en voz baja, lo que lo hizo sonreír de nuevo.
Con más confianza, continuó liderando el baile, dejando atrás el nerviosismo y la timidez inicial. Entonces, impulsado por el momento, Freddie reunió todas sus fuerzas y la levantó por la cintura, alzándola con ambos brazos cuando la canción alcanzó su punto más intenso. Sam se sorprendió un instante, soltando un pequeño jadeo, pero rápidamente se acomodó, colocando sus manos en sus hombros. Cuando él la bajó con suavidad, ella lo miró con incredulidad.
—¿Cómo tú...? ¿Desde cuándo te volviste tan fuerte?
—Supongo que vino con la voz más grave —contestó, moviendo las cejas de arriba hacia abajo con una sonrisa de lado.
Sam rodó los ojos y le dio un golpecito en la frente con dos dedos.
—¿Y eso por qué? —preguntó Freddie, frunciendo el ceño entre divertido y confundido.
—Solo un recordatorio de quién es la más fuerte aquí —respondió ella sonriendo.
Esta vez fue el turno de Freddie de rodar los ojos, pero pronto volvió a sonreír, igual que ella.
Mientras conversaban, una nueva canción comenzó a sonar. Se pusieron a bailar suavemente al compás. Freddie reconoció la letra al instante. Estaba en español, de un artista dominicano que le encantaba.
—Esa debe de estar en español —comentó Sam al escuchar la letra.
—Lo está. Se llamaFrío, Frío, de Juan Luis Guerra. La he escuchado antes.
Muchas veces, en realidad. Sobre todo cuando buscó videos de bachata para practicar pasos de baile. Pero eso era algo que Sam no necesitaba saber.
—Suena bonita. ¿De qué trata?
Freddie se inclinó hacia su oído, como si estuviera a punto de compartirle un secreto.
—Amor —susurró.
—Ay, aja. —Ella lo empujó suavemente de la nariz para alejarlo—. Ya en serio, ¿de qué se trata?
—Ya te lo dije, de amor. Muchas de sus canciones lo son.
—¿Y tú entiendes lo que dice?
—Solo algunas cosas, si soy honesto, pero igual creo que la melodía es linda. Aunque tiene otras canciones más movidas que esta.
Como si el DJ —o quien fuera que estuviera a cargo de la música— los hubiera escuchado, la canción cambió a otra del mismo artista, pero con un ritmo más animado. En cuanto sonó la introducción, tanto Sam como Freddie se emocionaron.
—No sé cómo se baila esto, pero... ¿Te animas? —preguntó Freddie.
—¿Para eso estamos aquí, no?
Iban a seguir bailando como antes, pero entonces notaron que un grupo comenzaba a reunirse en el centro, organizando lo que parecía ser una coreografía improvisada en conjunto. Tras intercambiar una mirada cómplice, Sam y Freddie decidieron unirse, imitando algunos pasos de los demás y agregando los suyos propios con entusiasmo.
La canciónLa llave de mi corazónllenaba el gimnasio con su energía contagiosa. Había partes en inglés que entendían sin problema, y otras en español que tarareaban con alegría, sin preocuparse por la pronunciación. Solo querían disfrutar.
En un momento, quedaron uno frente al otro, dando varios pasos hacia los lados antes de tomarse de las manos y girar. Cuando en la canción sonaron palmas, se unieron sin dudar, aplaudiendo y riendo.
Freddie le dio una vuelta más, y luego ambos cruzaron al centro como si estuvieran en un pequeño duelo, moviendo los pies al ritmo rápido y juguetón del estribillo. Finalmente, terminaron con una pose exagerada, los dos riendo sin poder contenerse.
—¿Qué estamos haciendo? —preguntó Sam entre carcajadas, justo cuando comenzó la siguiente canción, que Freddie reconoció de inmediato comoEl Farolito.
—No tengo ni idea —respondió él, volviendo a la posición de baile con una sonrisa.
Al poco tiempo, sus movimientos se sincronizaron con los de otras parejas que habían formado un círculo. Había algo casi de musical en la forma en que todos se movían en sintonía con la música, con los pies rápidos y los giros perfectamente calculados. Sam y Freddie captaron el patrón y, sin necesidad de hablar, comenzaron a seguirlo con más confianza. Con cada cambio de ritmo, se adaptaban, dejándose llevar por la energía contagiosa de la canción. Cuando llegó el clímax, se animaron aún más. Se tomaron de las manos y empezaron a dar vueltas sin soltarse, riendo mientras la música los envolvía.
Al llegar al final, Sam tomó a Freddie por la cintura e, imitando una escena de película, lo inclinó hacia atrás. Él se sostuvo de ella con dramatismo y, para rematar, levantó una pierna hacia arriba, como hacían las parejas en las películas. Solo que esta vez los roles estaban invertidos. Por supuesto, Sam no pudo contener la risa por lo ridículo que se veía y lo dejó caer sin piedad.
—¡Oye, con cuidado! —protestó él, entre indignado, adolorido y divertido.
—Lo siento, lo siento —se excusó Sam, todavía riendo, mientras le ofrecía la mano para ayudarlo a levantarse.
Freddie la tomó con una sonrisa traviesa y, en un rápido movimiento, la jaló con él al suelo.
—¡Freddie! —protestó ella, sorprendida.
Antes de que pudiera reaccionar, él aprovechó la oportunidad para atacarla con cosquillas, haciendo que Sam soltara una carcajada escandalosa mientras intentaba zafarse. Justo en ese momento, comenzó a sonar otra canción:La Cosquillita. Freddie no pudo evitar pensar que era irónicamente perfecta para el momento.
Sam logró calmarse y ambos se pusieron de pie, pero en lugar de seguir bailando, ella lo miró fijamente. Él entendió de inmediato: era su señal para echarse a correr.
Freddie lanzó a correr en medio del gimnasio, sabiendo muy bien que los zapatos de Sam no serían un obstáculo para que lo alcanzara. Esquivó a algunas parejas, casi tropieza con una mesa y terminó en la zona de los bocadillos, rodeando la mesa en un intento desesperado por evadirla. Cada vez que se movía hacia un lado, Sam lo imitaba, bloqueándole el paso con precisión.
El juego continuó hasta que ella tomó un atajo y lo atrapó, cobrando su dulce venganza. Aprovecharon para tomarse un descanso allí, comiendo mientras una o dos canciones más sonaban.
En algún momento, su mano se dirigió a la mesa, en busca de la última galleta disponible. Justo cuando la iba a tomar, sintió otra mano posarse sobre la suya. Cualquier otra pareja podría haber compartido la galleta en una escena tierna y romántica, pero ellos no eran cualquier pareja. Ambos sabían perfectamente en qué se convertiría eso: una competencia.
Sus miradas se encontraron. Un segundo de silencio bastó para que la tensión se instalara en el aire. Y entonces, sin necesidad de palabras, comenzó la guerra.
Sam fue la primera en lanzarse, pero Freddie reaccionó rápido, tomando la galleta y alejándola con un movimiento ágil. Comenzaron a rodear la mesa como en un duelo improvisado, evaluándose con la mirada, atentos a cualquier oportunidad para hacerse con la galleta.
De algún modo, esa pequeña batalla los llevó de vuelta a la pista de baile, justo cuando los altavoces comenzaron a reproducir un tango dramático, como si el DJ hubiera decidido intensificar el momento.
Aprovechando su altura, Freddie mantuvo la galleta fuera del alcance de Sam, retrocediendo mientras ella, decidida, se aferraba a su brazo para evitar que se alejara más. Él intentó zafarse, pero Sam se enganchó con fuerza, aferrándose a su manga para que no se escapara. Con un gruñido frustrado, ella lo golpeó ligeramente en el costado, obligándolo a bajar el brazo instintivamente. Ese segundo de distracción fue suficiente: Sam se abalanzó y, con rapidez, logró apoderarse de la galleta, mirándolo con una sonrisa triunfante. Pero Freddie no era de los que se rendían tan fácil. Antes de que ella pudiera alejarse, la tomó firmemente de la cintura en un agarre casi posesivo.
Por un instante, se quedaron así, respirando entrecortadamente, hasta que comenzó otra canción con un ritmo similar, marcando el inicio de otra ronda.
Él aprovechó la cercanía e intentó recuperar lo que había perdido, pero Sam se alejó justo a tiempo, obligándolo a seguirla. Ambos comenzaron a moverse en direcciones opuestas, girando alrededor del otro con movimientos medidos, miradas desafiantes y cómplices al mismo tiempo. Ya no se trataba solo de disfrutar el momento; ahora también ardía entre ellos ese espíritu competitivo que ninguno estaba dispuesto a ceder.
Sin decir una palabra, sus cuerpos empezaron a moverse al compás del tango-flamenco. Se retaban con cada movimiento, intentando imponerse en el ritmo sin perder la elegancia del baile.
Él terminó acorralándola contra una pared, cerrándole cualquier escape con sus brazos. Viéndose sin salida, Sam optó por la única alternativa: llevó la galleta a su boca y la mordió con un gesto desafiante y mirada victoriosa.
Freddie no dudó. Se acercó más, sin apartar la mirada, y mordió la mitad restante, sus labios rozándose apenas con los de ella.
Sam se quedó inmóvil, no tanto por el casi beso, sino por eldescarocon el que él se echó hacia atrás con total naturalidad, masticando la galleta con una expresión divertida.
—¿Pasa algo, Sam? —preguntó tras tragar, haciéndose el loco—. ¿El gato te comió la lengua?
Oh.
Oh.
Oh, dulce e ingenuo Freddie.
Si él creía que con eso estaban a mano o que la había intimidado, siquiera un poco... estaba muy, muy equivocado. Porque, lejos de frenarla, lo único que había logrado era avivar aún más su espíritu competitivo.
Sam tragó con calma y le dedicó una sonrisa falsa, casi encantadora. Entonces deslizó su mano hasta la cintura de él, acercándolo tanto que sus narices rozaron. Sonrió con satisfacción al ver cómo la manzana de Adán de Freddie descendía al tragar saliva.
—Quizás —murmuró mientras pasaba su mano libre por el rostro de él, apartando una gota de sudor antes de llevarla a su propia cadera—. Espero que no estés cansado, bebé, porque apenas estamos empezando.
Freddie enderezó la espalda e imitó su postura, colocando su otra mano en su propia cadera.
—No lo estoy —afirmó, aceptando el desafío, mientras continuaba deSpanish Tangosonando. Ambos reconocieron la canción de una película muy conocida.
Con solo un par de acordes, Freddie sentía la emoción recorrer su cuerpo, pero estaba esperando a que ella lo guiara. Sam notó eso y, con gusto, lo hizo.
Siguiendo la melodía y recordando algunos pasos de esa película (aunque menos atrevidos y más inexpertos). Sam se movió hacia la izquierda, y Freddie la siguió. Giraron por el gimnasio, relajando los brazos y dejándolos caer a los lados mientras mantenían las manos sobre la cadera del otro.
En un momento, Freddie la dejó ir para que diera una vuelta, y él mismo giró antes de volver a tomar su mano. Luego, le dio varias vueltas seguidas hasta que Sam terminó en sus brazos. Inspirada, ella se deslizó hacia la izquierda, extendiendo su brazo con elegancia antes de regresar a él, rodeando su cuello con sus manos. Esperó unos segundos y luego lo soltó, echándose hacia atrás y bailando por su cuenta, mientras él la seguía.
Sam hacía poses divertidas, y él no se quedó atrás, imitando sus movimientos con su propio estilo. Ambos reían, llamando la atención de quienes estaban a su alrededor. Se tomaron de las manos nuevamente, acercándose y alejándose en un juego constante. Finalmente, Sam quedó de espaldas a él, tal vez mostrando más emoción de la que pretendía, hasta que su cabello rozó el rostro de él. A Freddie no le importó, simplemente giró hacia otro lado, lo que dio a Sam una idea.
Cuando él sujetó su cadera con la mano izquierda, Sam comenzó a moverse hacia su derecha, obligándolo a cambiar de mano con cada paso. Freddie captó la intención al segundo intento y le siguió el juego. Repitieron el movimiento un par de veces hasta que, en un giro final, él dejó su mano en su estómago en lugar de en su cadera.
Sam colocó su mano derecha sobre la de él, permitiéndole tomar su izquierda unos segundos mientras daban pasos lentos hacia adelante y atrás, recuperando el aliento.
Fue entonces cuando Sam habló.
—Detente ahí un segundo.
Sam vio el pánico en los ojos de Freddie. Él apartó su mano del estómago de ella de inmediato.
—Perdón, no quise incomodarte.
—No es eso. Es la chaqueta —explicó entre pausas, todavía recuperando el aliento—. Por mucho que me guste, voy a sudar como langosta en una olla si sigo con esto puesto otro rato.
Se quitó la chaqueta e intentó amarrarla a su cintura.
—¿No se dañaría así?
—Espero que no, porque si la dejo junto con la cartera en la silla, seguro que se la llevan —dijo Sam, pensándolo un segundo—. Espera, ¿quién intentaría robarme a mí?
—Eso decía yo.
—Ven, llevemos esto allí, entonces. Perdón por romper el ambiente.
—No has roto nada —aclaró él, mirando su propio chaleco—. De hecho, creo que yo también me quitaré el chaleco y la corbata un momento. Me siento un poco asfixiado también.
—Bien.
. . .
Cuando regresaron a la pista, el ritmo había cambiado. Ya no tenía aquel toque retador y aventurero del tango improvisado de antes, pero al menos se sentían más ligeros sin esas prendas. Sam, más fresca; Freddie, con más libertad para moverse.
—¿Lista para otra ronda? —preguntó él, extendiendo su mano.
—Ya sabes la respuesta —respondió ella, tomándola sin dudar.
Justo cuando encontraron un espacio,Swayempezó a sonar. Freddie pensó en retomar la posición clásica de baile, pero Sam se puso de espaldas a él. Con su mano derecha, tomó la mano izquierda de Freddie y la sostuvo a un lado. Luego, guio la mano derecha de él hasta su propio estómago.
—Te dije que no me molestaba —explicó cuando notó su sorpresa.
Él sonrió, comenzando a balancearse con ella al compás de la música.
Siguieron bailando, con Sam tomando el liderazgo, marcando el ritmo con pasos pequeños y coordinados. Con un giro de muñeca, se dio la vuelta para quedar de frente a Freddie. Le sonrió con aire desafiante y avanzó unos pasos, haciéndolo retroceder. Él reaccionó enseguida y le respondió del mismo modo, obligándola ahora a retroceder, sin soltarle las manos en ningún momento.
Luego, Sam se acercó de nuevo y se dejó envolver por los brazos de Freddie durante unos segundos, disfrutando del calor que le brindaba esa cercanía al estar de espaldas a su pecho. Entonces tomó una de sus manos y la levantó con suavidad. Freddie captó la indirecta y la giró con delicadeza. Al terminar el giro, volvieron a tomarse de las manos y comenzaron a dar pasos cortos hacia la derecha, luego hacia la izquierda. Dos hacia adelante y tres hacia atrás.
—Sam.
—¿Sí?
—Tengo una idea.
—Te escucho.
Freddie se inclinó un poco más, susurrándole a Sam un paso que quería probar. Ella lo escuchó con atención y asintió, aceptando su propuesta.
Se colocaron uno frente al otro y dieron varios pasos al ritmo de la música. Primero, se tomaban de las manos, se daban la espalda y, al girar, volvían a enlazarse. Luego se volteaban hasta quedar de nuevo cara a cara. Repitieron la secuencia tres veces, buscando siempre encontrarse con la mirada del otro.
Al final, Freddie tomó a Sam por la cintura, y ella apoyó una mano en su hombro mientras con la otra enlazaba la suya.
Seguir bailando les resultó bastante fácil. Su baile no era una coreografía estructurada, sino más bien un juego entre los dos. Pero era increíble cómo, después de tantos años de desacuerdos, finalmente lograban coordinarse sin mucha dificultad en una cosa. Además, a Sam le encantaba cómo Freddie se esforzaba. Aunque había dicho que no sabía mucho de baile, realmente lo estaba haciendo muy bien.
«Y se está comportando como todo un príncipe», susurró la vocecita traicionera en su mente.
Tratando de deshacerse de esa idea para no sentirse apenada, intentó concentrarse en lo que hacían sus pies, pero eso solo la hizo más consciente de lo que estaba haciendo, y terminó tropezando hacia un lado.
Freddie la sostuvo de la cintura, y ella se aferró a sus hombros para no caer. Estaban en la misma posición que antes de ir por los bocadillos, solo que ahora era Sam quien estaba ligeramente inclinada.
—¿Estás bien? —preguntó él mientras la ayudaba a enderezarse.
Sam asintió, tratando de no pensar en lo cerca que estaban. Se preguntó si entre tantas parejas bailando alguien notaría un par de besos, pero decidió no correr el riesgo. Luego, sintió sus pies palpitar y consideró si sería buena o mala idea quitarse los zapatos un rato.
—¿Pasa algo? —inquirió Freddie al notarla callada.
—Me están molestando un poco los zapatos —explicó Sam. Sin esperar respuesta, se apoyó en él para quitarse ambas botas rápidamente, sorprendiendo a Freddie. Después, tomó del hombro a la persona más cercana y, sin rodeos, le dijo—: ¡Oye, tú! Sí, tú. Llévame esto a aquella mesa, donde hay una cartera, una chaqueta, entre otras cosas. Asegúrate de que no les pase nada y él te dará cinco dólares —añadió, señalando a Freddie—. ¿Entendido?
El chico asintió, encogiéndose de hombros. Eh. Ella esperaba que se quejara al menos un poco. Seguro que no tenía nada más que hacer.
Cuando Sam miró a su novio, él la observaba con incredulidad.
—Eres increíble. —Antes de que ella pudiera contestar, él también se descalzó y le pidió amablemente al mismo chico que se llevara sus zapatos—. Ahora estamos a mano —agregó, sonriendo y levantando una ceja en su gesto tan característico.
Sam correspondió su sonrisa, sintiendo el calor en sus mejillas. Sí, por eso le gustaba este chico.
Ahora, sin restricciones, se miraron con complicidad antes de tomarse del brazo y avanzar en línea recta, como si caminaran por una pasarela improvisada en medio de la pista.
Para cuando se ubicaron entre las demás parejas, ya había comenzadoEntre tu cuerpo y el mío, una canción muy movida. Al principio se limitaron a moverse al ritmo, adaptándose, pero pronto se dejaron llevar por la melodía. Sam hizo girar a Freddie, y él pronto respondió, dándole una vuelta a ella por igual, hasta que ella terminó nuevamente en sus brazos.
Entonces, retomaron la posición inicial: los brazos de Sam descansaban sobre sus hombros, mientras Freddie la tomaba de una mano y de la cintura para guiarla. Así, continuaron bailando con pasos improvisados, pero en buena sintonía.
Aunque el cansancio ya se notaba en sus cuerpos, ninguno quiso detenerse. Querían exprimir cada segundo del momento. No importaba la torpeza, ni que no entendieran bien la letra. Bailaban con libertad, dedicándose mutuamente la canción en un idioma que apenas podían pronunciar, pero que transmitía todo lo que sentían en ese instante.
Pasaron veinte o treinta minutos, y Sam todavía se sentía como en el aire. A ella casi siempre le había parecido un poco exagerado cuando, en las películas, hablaban de sentirse dentro de una burbuja, aislados del mundo, como si solo existieran dos personas entre la multitud. Pero ahora que estaba en esa posición, podía entenderlo mejor.
El gimnasio seguía lleno, el aire denso por el calor, los pasos y los murmullos constantes, pero Sam apenas lo notaba. Estaba agotada, con los pies adoloridos, los músculos quejándose y una fina capa de sudor en la piel, pero no le importaba. Aún no quería parar, porque en cuanto lo hiciera, la burbuja se rompería y la realidad la alcanzaría. Y ella no estaba lista para eso.
Quería quedarse así para siempre, derretirse en él, apoyar su frente contra la suya y dejar que el ritmo de su corazón la arrullara. Deseaba enredar los dedos en su cabello, llenar su carita de bebé de besos suaves, y susurrarle todas esas cosas bonitas que pensaba de él, pero nunca se atrevía a decirle en voz alta.
Cerró los ojos, dejándose envolver por esos pensamientos. No es como si tuvieran que quedarse ahí toda la noche. Podían escabullirse, encontrar un rincón solo para ellos, sin miradas ni expectativas. Un karaoke, una heladería... incluso ese lugar donde se dieron su primer beso y tuvieron su primera cita. Podían ir a cualquier parte.
Una pequeña sonrisa se dibujó en sus labios mientras se movía ligeramente en los brazos de Freddie, lo justo para que él levantara la cabeza de la suya y la mirara con curiosidad.
—¿Nos fugamos? —pidió ella, susurrando.
Freddie solo parpadeó, como si intentara procesar lo que ella acababa de decir. Luego, la comprensión le iluminó el rostro. Sam no necesitó escucharlo; con solo verlo sonreír suavemente, supo que su respuesta era un sí rotundo.
Lo tomó de la mano y lo guio a través de la multitud. Primero, fueron a buscar sus cosas y le pagaron al chico, que se había parado junto a sus cosas como si fuera un guardia de seguridad.
Sam ayudó a Freddie con los botones del chaleco y la corbata, aunque no sabía mucho cómo ayudarlo con lo último. Luego, Freddie la ayudó a ponerse la chaqueta, sujetándole el cabello para que no le estorbara. Entonces, él se puso los zapatos con prisa. Ella iba a hacer lo mismo, hasta que notó que él se había quedado mirándola.
—¿Qué pasa? ¿Me ensucié con algo? —preguntó, mirándose, un poco preocupada por haber manchado su ropa. (Algo raro en ella).
—No, estás perfecta. Es solo que, uh...
—Solo dilo.
—¿Puedo ayudarte con eso? —preguntó, señalando sus botas.
Sam asintió, intentando no sonreír mientras recordaba su pensamiento de hace un rato sobre ser Cenicienta. Se regañó mentalmente por eso, sin saber que Freddie pensaba algo parecido.
Después de descansar un rato, salieron al pasillo, que, en comparación con la pista de baile, se sentía sorprendentemente tranquilo. Parecía no haber nadie allí, aunque Sam tenía la ligera sensación de que sí, pero no le dio importancia.
—Se me está antojando un helado —expresó Freddie, soltando un suspiro.
—A mí también. Hacía demasiado calor ahí dentro —coincidió Sam, abanicándose con la mano.
—¿Vamos por uno, entonces?
—No lo sé. No tengo mucho dinero ahora mismo.
—No importa, yo invito.
—Vayamos por ese helado, entonces —declaró Sam, enlazando su brazo con el de Freddie.
Mientras caminaban por el pasillo, pasaron junto a la cabina de fotos. A Sam se le ocurrió una idea al verla.
—Oye, Freddie. ¿Tienes monedas, verdad?
—Sí. ¿Por qué?
No respondió. Solo lo agarró de la corbata y prácticamente lo arrastró hacia la cabina. Para cuando Freddie reaccionó, la cortina ya había caído detrás de ellos, aislándolos del resto del pasillo.
—¿Por qué estamos aquí otra vez, Sam? Si ya nos hemos tomado muchas fotos hoy.
En vez de responder, Sam deslizó sus brazos alrededor de su cuello, atrayéndolo hacia ella con una suavidad que contrastaba con la acción impulsiva anterior. Antes de que él pudiera decir algo, le robó un beso corto. Cuando se apartó, Freddie se quedó mirándola, sorprendido, como si finalmente comenzara a entender lo que estaba pasando.
—Eres demasiado lista, a veces, Puckett —la halagó Freddie, sonriendo con admiración y diversión.
—Es una de mis muchas cualidades.
—¿Ah, sí? ¿Y cuáles son las otras?
Por andar de chistosito, Sam le pisó el pie con suficiente fuerza (solo con la parte de adelante de la bota, no con el taco) para hacer que él se sujete el pie y empiece a quejarse en voz alta.
—¡Auch! ¡Eso dolió!
—Shhh. No arruines el momento, Benson.
—¿¡Y no crees queesolo arruinó!?
Bien. Tal vez no fue su mejor idea. Sintiéndose un poco culpable, lo besó en la mejilla y le pidió disculpas. Bastó con eso para que él soltara un suspiro derrotado y se apoyara contra ella, ocultando su rostro en la curva de su cuello.
—Me rindo —murmuró él, su aliento cálido sobre su piel.
Sam pasó los dedos por su cabello, acariciándolo con suavidad, disfrutando de la ligera sensación de cosquilleo que le daba esa cercanía.
—Si te sirve de consuelo, estoy en las mismas.
—¿En serio?
—Sí. Creo que nunca me ha irritado y gustado tanto alguien al mismo tiempo.
—Tal vez sea una señal de que estamos hechos el uno para el otro.
—Tal vez —repitió ella, distraída, dejando una lluvia de besitos en su frente y mejillas.
Freddie se enderezó y la besó en los labios, soltando una risa suave al separarse.
—¿Qué te causa tanta gracia, Fredison?
—Nada en particular.
—Eres raro.
—Solo por ti —replicó él, cubriendo su mejilla de pequeños besos que la hicieron reír.
—¡Oye, eso hace cosquillas!
—¿Ah, sí?
—¡Sí!
Ambos rieron en voz baja, sus frentes apenas rozándose. Entonces, hubo un beso. Después, otro. Y otro más. Poco a poco, ambos se olvidaron por completo del mundo exterior, perdidos en el cariño del otro.
—Deberíamos salir antes de que alguien sospeche —sugirió Freddie después de un rato.
Sam pensó en decirle que, después de estar tan pegados toda la noche, era imposible que nadie lo notara, pero se dio cuenta de que eso solo lo preocuparía, así que asintió de acuerdo y se separó de su novio. De todas formas, decidieron tomarse unas últimas fotos en la cabina.
Entraron las monedas y la cabina comenzó la cuenta regresiva.
La primera foto los mostró simplemente sonriendo. En la segunda, Sam sacaba la lengua mientras Freddie arqueaba una ceja, con una mano apoyada en su mentón. La tercera fue diferente: los captó en medio del movimiento, con sus rostros muy cerca, inclinándose el uno hacia el otro, aún atrapados en su propio mundo. Pero la última... En la última, se veían claramente besándose. La felicidad era más que notoria en cada una de las fotos.
Sam miró la tira de fotos en su mano y sonrió.
—Creo que esa será mi favorita —dijo Freddie, señalando la tercera foto.
—La mía está —añadió ella, refiriéndose a la segunda—. ¿Las guardarás tú? Mi casa no es precisamente el lugar más seguro.
—Tampoco el mío, pero supongo que tendré que ideármelas. —Tomó las fotos y las guardó con cuidado en su billetera—. Creo que las guardaré en un álbum de tecnología. Mi madre casi nunca revisa mis libros o cuadernos sobre eso, así que supongo que será un lugar seguro mientras tanto.
—No es mala idea —admitió Sam, tomando su mano nuevamente. Ambos empezaron a caminar—. ¿También te quedarás con las que tomamos más temprano?
—Si estás de acuerdo, sí.
—Bien. Tal vez podríamos hacer un álbum juntos para guardar nuestros recuerdos o algo así.
Freddie la observó, entre extrañado y divertido.
—¿Y ahora por qué me ves así?
—Porque te acabas de ofrecer voluntariamente para hacer algo que implique esfuerzo, sin que yo tuviera que mencionar comida o dinero —explicó él—. ¿Quién eres tú y qué hiciste con mi novia?
—Sabes, estaba pensando en ayudar, pero si estanextraño para ti, entonces serás tú quien se encargue de los materiales y de todo lo demás —respondió Sam, cruzando los brazos con una sonrisa traviesa—. Yo solo me encargaré de la parte divertida: pegar las fotos.
—Y ahí está la Sammy que conozco —suspiró Freddie, negando con la cabeza, pero sin dejar de sonreír.
—Y a la que todavía le debes un helado —le recordó ella.
Se sumergieron en otra conversación mientras salían de la escuela, caminando uno junto al otro, demasiado envueltos en el otro como para pensar o recordar algo más.
Definitivamente, la noche había salido mucho mejor de lo que imaginaron.
¡Y eso fue la segunda parte! No se lo esperaban tan pronto, ¿no?
Espero que no se les haya dificultado mucho la parte de los bailes. Intenté que fuera una lectura sencilla. Ojalá y hayan seguido mi consejo y visto los videos o escuchado un momento las canciones para que tuviera más sentido para ustedes, así como lo tuvo para mí cada vez que los imaginaba mientras lavaba los platos :D
Por cierto, lo que dijo Freddie sobre la voz fue una referencia del mismo capítulo deiThink they kissed (Creo que se besaron).Esa línea siempre me pareció muy divertida y quise incluirla aquí de alguna forma.
Por otro lado, díganme que no fui la única que se sonrojó de vez en cuando. Todavía editando, había cosas que me emocionaban mucho, luego recuerdo que lo escribí yo y me daba. Pero es que ellos coquetean solos, insisto ahahslamks
De todas formas, espero que tengan una linda Semana Santa. Bendiciones y que tengan un buen descanso.
