CAPÍTULO III
Hermione caminaba desorientada entre un extenso campo de trigo. El sol se ocultaba lentamente detrás de las montañas, tiñendo el cielo de un naranja intenso que parecía incendiar el horizonte. A pesar de la confusión, se sentía extrañamente en paz. No sabía por qué, pero había algo en el aire, en el murmullo del trigo al ser acariciado por el viento, que le ofrecía una tranquilidad casi imposible.
Entonces lo vi.
Un ciervo apareció a su lado, majestuoso, irreal. Su cuerpo parecía hecho de agua plateada, como si su forma apenas contuviera la luz que irradiaba. No era un animal común. No pertenece a ese mundo.
Hermione sintió cómo su respiración se detenía.
—No vine a que me admiraras, niña —dijo una voz grave y profunda. Retumbó en su mente como si brotara desde algún rincón olvidado del universo.
Ella parpadeó, confundida. El ciervo no había abierto la boca, pero entendía perfectamente sus palabras. Sacudió la cabeza, como si intentara apartar una niebla invisible. Entonces lo recordé. Aquel ser… aquel ser era quien la había enviado de vuelta al pasado.
—Me puedes llamar Naelith, niña.
— ¿Qué eres Nae? —acortó su nombre intencionadamente, buscando provocarlo.
Pero él solo río. Sus ojos blancos e inmóviles la observaban con una intensidad inquietante, como si pudieran atravesar cada rincón de su alma.
—Todo a su tiempo, niña. Esa respuesta no es lo que necesitas ahora. Primero, debes liberarme, si quieres que te enseñe a usar la magia ancestral. Solo así podrás proteger a tu alma gemela.
Hermione sintió un temblor en la columna.
—¿Alma gemela? —repitió, llevándose una mano a la sensación. La cabeza le empezaba a doler, como si la presencia del ciervo se volviera cada vez más insoportable.
—Aún no estás preparado para recibir toda la energía de la magia antigua. Me sorprende que sigas en pie —su voz era más suave ahora, casi preocupada—. Pero estás lejos de estar lista. Eres… frágil —la miró de arriba abajo—. ¿Acaso no te alimentas en esa escuela? Pareces una ramita con túnica. Necesitas fortalecer cuerpo y mente. La magia ancestral, la real, consume lo que no puedes imaginar.
El zumbido detrás de su cabeza se hizo más fuerte, como un enjambre de avispas.
—Nae, espera... Mi cabeza...—respiró hondo—. ¿Qué tiene que ver eso con el alma gemela?
El ciervo soltó un resoplido.
—Tu alma gemela es la única persona en el mundo que puede comprenderte sin máscaras, sin palabras. El vínculo entre ustedes trasciende el tiempo y la sangre. Búscalo en tu biblioteca, si necesitas explicaciones banales. No tenemos tiempo para eso ahora.
Hermione lo miró, más confundida que nunca.
—Y ¿quién se supone que es?
— ¿De verdad no lo has notado? —preguntó con ironía. Naelith señaló con su hocico la mano derecha de la joven. Hermione bajó la vista y se le escapó el aliento: atado a su dedo meñique había un delgado hilo rojo, casi etéreo, que se extendía hacia la nada.
—Esto… ¿siempre estuvo ahí? —susurró, tocándolo con la otra mano.
—Creí que lo sabías. Claro… tiene sentido. ¿Qué otra razón tendrías para hacer un trato como el que hiciste? ¿Por qué pedirías un deseo tan estúpido y pagarías un precio tan alto por ello?
Hermione tragó saliva.
—Lo amo —admitió con voz baja—. No sabía de esto. No del hilo. No del alma gemela.
—Bien. Entonces haz lo que debas. Entreña. Ven por mí. Pero antes… —la voz de Naelith se volvió más densa, casi dolorosa—Pregúntate: si tú eres su alma gemela… ¿quién es el amor de su vida?
Hermione sintió cómo su estómago se encogía.
No necesitaba pensarlo. La respuesta estaba ahí desde hacía mucho tiempo, escondida en lo más profundo, como una verdad incómoda que se aprende a ignorar, pero nunca desaparece.
Sus dedos temblaron al mirar el hilo rojo que conectaba su mano. Sabía lo que significaba. Sabía también lo que no significaba. Porque no todas las almas gemelas son el amor de una vida… y no todos los amores son amables con quien los sostiene, esto le dijo su madre una vez cuando era una niña muy pequeña, recordó a su madre sentada junto a ella en la cama, le hablaba de una antigua leyenda japonesa, la del akai ito —el hilo rojo del destino—. "Está atado al meñique", le había dicho mientras le acariciaba la mano, "y conecta tu alma con otra, sin importar tiempo, lugar o circunstancias". Hermione había pensado que era solo un cuento bonito, algo mágico y dulce para dormir tranquila. Una fantasía.
Pero ahora... ahora el hilo ardía. Y no era fantasía. Era destino.
Y dolía.
El rostro de Draco vino a su mente, tan nítido que dolía. Su voz apagada. Su risa sarcástica. Su mirada triste. Aquella última vez que lo vio... tan callado, tan derrotado. El vacío detrás de sus ojos.
Y luego, su muerte.
Hermione tragó con dificultad. No solo por la pérdida, sino por lo que descubrió después: cartas nunca enviadas, pensamientos rotos garabateados con desesperación, recuerdos obsesivos de alguien que jamás le devolvió una caricia, una palabra, una mirada verdadera.
Draco había amado en silencio. Había amado sin esperanza.
—Harry Potter —susurró Hermione.
Y el dolor se sintió como una grieta lenta, profunda y cruel, justo en el centro del pecho. Naelith sospechó, un sonido tan humano que la sobresaltó.
—¿De verdad vale tanto un amor no correspondido? —dijo, casi con tristeza—. Qué patético es el corazón humano. Pero tan valiente… y estúpido—sentencia.
Hermione quería hacerle más preguntas. Sentía cómo se le agolpaban en la garganta, urgentes, ansiosas, desesperadas por una certeza que no llegaba. Sobre todo, necesitaba saber a qué se refería exactamente cuando hablaba de un precio. Sabía —con una certeza punzante— que aquello no había sido un favor, y que en el mundo mágico, ningún poder se concedía sin una contrapartida. Pero ¿qué clase de precio era? ¿Monetario? ¿Moral? ¿Algo peor? ¿Sería su libertad, su cordura… su alma?
El silencio del ciervo fue su única respuesta.
Hermione abrió la boca para preguntar, para exigir, pero no alcanzó a formar las palabras.
Hermione sintió una urgencia tan intensa que dolía. No era lógica, ni física. Era algo más profundo, más profundo. Una necesidad visceral, como si su alma, desesperada, estuviera gritando por estar cerca de él. Su respiración se volvió errática, descompasada. El corazón le latía con tanta fuerza que creía escucharlo retumbando en sus oídos... o tal vez ya estaba alucinando.
Entonces, por el rabillo del ojo, distinguió un destello pálido: una cabellera rubia.
Draco.
El impulso fue más rápido que la razón. Hermione saltó de la cama con torpeza, sin recordar —o tal vez sin importarle— que aún tenía una herida abierta en la espalda. El dolor fue punzante, la hizo gemir y tambalearse, pero no se detuvo. No podía detenerse.
Corrió como si su vida dependiera de ello y, cuando lo alcanzó, lo abrazó con fuerza. Rodeó su cuerpo con los brazos y apretó los ojos mientras las lágrimas brotaban, desbordando todo el dolor contenido. Sollozo. Contra su pecho, contra su perfume, contra la única cosa que ahora parecía real.
Sentía el peso de todo:
Su pérdida.
Su suicidio.
El vacío que le dejó.
El amor que nunca pudo decirle.
La certeza de que, en su realidad, ya era demasiado tarde.
Y aun así, lo tenía ahí, de carne y hueso. Vivo. Confundido. Respirando.
Draco quedó completamente estático. Su cuerpo rígido, como si le hubieran lanzado un hechizo de parálisis. Sus ojos estaban desorbitados, como si su cerebro no pudiera procesar lo que estaba ocurriendo. No dijo nada. No se mueva. Solo...existía.
Hermione lo había tomado por completo con la guardia baja.
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Aun no sé como usar la página, si alguien sabe y me indica, me ayudaría mucho, también quisiera que me den sus opiniones o días :) gracias por leer
