Ginoza

Si no me diera tanta ternura, pensaría que Alice está completamente demente.

Está acurrucada en mi cama, envuelta en las mantas como un gato perezoso en invierno, con Dime dormitando a su lado como si fuera el rey del lugar. Y está hablando. No conmigo, otro humano, sino con mi perro. Como si fuera la cosa más natural del mundo mantener una conversación unilateral con un husky.

Dime lanza un gruñido bajo, más por comodidad que por otra cosa, pero Alice lo interpreta de inmediato, incorporándose un poco sobre el colchón con un aire solemne.

—Sí, lo sé, bebé, es un problema. —Su tono es serio, demasiado serio para lo que está diciendo—. Nobu y yo tenemos que hablar sobre su actitud. Es demasiado terco.

Me detengo a medio paso en la habitación, observando la escena con incredulidad. Dime bosteza, Alice asiente como si le hubiera dicho algo importante.

—Exacto. Nos hace sufrir. Pero lo perdonamos porque es lindo.

Carraspeo.

Alice y Dime giran la cabeza al mismo tiempo, sincronizados de una manera inquietante.

—¿De qué están hablando? —pregunto con calma.

Alice sonríe, con esa sonrisa suya de gato travieso.

—Dime y yo estamos analizando tu desempeño como pareja y padre.

Me cruzo de brazos, apoyándome contra el marco de la puerta.

—¿Y?

—Promedio. —Alice suspira teatralmente y se recuesta sobre Dime, que mueve una oreja con desinterés—. Puedes mejorar.

A veces no sé si Alice es consciente del nivel de ridiculez que maneja en su vida diaria. A veces creo que lo hace a propósito.

—Oh, qué lástima —digo con ironía, quitándome las gafas para frotarme el puente de la nariz—. ¿Cómo puedo mejorar mi evaluación?

Alice finge pensarlo, jugueteando con la oreja de Dime. Luego, sin previo aviso, me lanza una mirada especulativa y pregunta:

—Nobu, ¿cuándo vamos a tener una cita?

Parpadeo.

—¿Esto no cuenta como una?

Ella rueda los ojos.

—Esto es cumplir nuestro acuerdo de coparentalidad. No cuenta.

Exhalo con resignación y me acerco a la cama, sentándome en el borde.

—Bien, ¿adónde quieres ir?

Alice se encoge de hombros, enterrando el rostro en el pelaje de Dime.

—No sé. Quiero tener una cita… normal.

Una cita normal. Considero la idea por un momento.

—Los chicos de secundaria suelen ir a los parques de diversiones.

Ella levanta la cabeza con curiosidad.

—Nunca fui a uno.

La miro, sorprendido.

—¿Nunca?

Alice niega con la cabeza, sus dedos aún enredados en el pelaje de Dime.

Claro. Criada en una mansión con todo lo que el dinero puede comprar, pero sin las experiencias comunes de alguien de su edad. No sé por qué me sorprende.

No soy un fanático de los parques de diversiones. No me emociona la idea de pasar el día rodeado de niños gritando y de juegos diseñados para hacerte perder dinero. Pero Alice nunca ha ido a uno.

Y me encanta Alice. Así que…

—Podemos ir. Hay uno no muy lejos.

Los ojos de Alice brillan.

—¿En serio?

—Sí. —Me inclino un poco más sobre la cama, viendo cómo su emoción crece—. Así lo conocerás.

Alice sonríe de una manera que hace que algo en mi pecho se sienta liviano. Se levanta de la cama con una facilidad que me desconcierta, como si la energía la hubiera golpeado de golpe, y sin previo aviso, me besa.

Su boca es cálida contra la mía, suave, pero con la firmeza suficiente para dejarme sin reacción por un segundo. Mis manos, casi por instinto, suben a su cintura, sujetándola en el beso antes de que pueda apartarse demasiado rápido.

Alice se separa apenas, su nariz rozando la mía, con una sonrisa que no necesita palabras.

—Entonces, tenemos una cita.

Miro sus ojos, su sonrisa, la forma en que su cuerpo todavía está cerca del mío.

—Sí —digo, con más certeza de la que pensé que tendría—. Tenemos una cita.

Alice vuelve a su posición original sin perder un segundo, acurrucándose de nuevo con Dime como si no acabara de dejarme sin aire hace un momento. Su sonrisa se mantiene mientras el perro la recibe con la misma paciencia infinita de siempre, acomodándose mejor para que Alice pueda seguir usando su pelaje como almohada.

—¿Oíste eso, Dime? —dice con entusiasmo fingido, rascándole detrás de la oreja—. Nobu y yo vamos a tener una cita.

Dime abre un ojo, lo cierra de inmediato y suelta un gruñido bajo, neutral.

—Exacto. —Alice asiente como si él hubiera dicho algo trascendental— Yo sé que esperabas más emoción de su parte. Lo entiendo. Pero Nobuchika es así. Hay que quererlo igual.

Me cruzo de brazos, observando la escena con incredulidad.

—Alice, no puedes simplemente interpretar cada sonido que hace el perro como si fuera una opinión válida.

Ella gira la cabeza hacia mí con una expresión de total convicción.

—¿Por qué no? Lo que importa es la intención.

Dime bosteza, mostrando todos sus colmillos en el proceso, y Alice aprovecha la oportunidad.

—¿Ves? Dice que está cansado de la falta de compromiso emocional en este hogar.

Resoplo.

—Eso fue un bostezo.

—¿O fue un reclamo sutil?

Dime mueve una pata sin mucho interés, rodando sobre su costado con un suspiro. Alice sonríe con triunfo.

—Es una señal de resignación. Pobrecito. Le rompiste el corazón.

No puedo evitar sonreír. Es tan absurda que ni siquiera tengo fuerzas para discutir. Me dejo caer sobre la cama con un suspiro resignado, apoyando la cabeza junto a Dime, que levanta una oreja y luego decide que no soy una amenaza lo suficientemente interesante como para molestarse en moverse.

Alice me observa con los ojos brillando de diversión.

—¿Así que al final decidiste integrarte a nuestra dinámica familiar?

Me acomodo mejor, sintiendo el calor del pelaje de Dime contra mi mejilla.

—No tenía opción. Parecía que estaba perdiéndome una conversación importante.

—Lo estabas. —Alice asiente con gravedad—. Dime y yo estábamos debatiendo si en nuestra futura casa él va a dormir en la cama con nosotros o si le vamos a conseguir su propia habitación.

Levanto una ceja.

—¿Una habitación?

—No es cualquier perro, Nobuchika. Tiene estándares.

Dime se estira con un bostezo enorme y Alice lo abraza con suavidad, apoyando la cabeza en su costado con una expresión de absoluta paz.

Y yo… bueno, yo también me quedo ahí.

Porque es cómodo, porque el cuerpo de Alice encaja perfectamente en el desorden de mantas, porque el calor de Dime es reconfortante, porque la voz de Alice, incluso cuando dice estupideces, me relaja más de lo que debería.

Alice suspira con satisfacción, acurrucada contra Dime, con una mano jugando distraídamente con su oreja.

—Nuestra futura casa debería tener un jardín grande —dice de repente, como si ya lo hubiera decidido—. No quiero que Dime se sienta encerrado.

La miro de reojo, sin moverme demasiado.

—¿Nuestra futura casa?

Alice asiente con naturalidad.

—Obvio. Vamos a casarnos eventualmente, así que tiene sentido planearlo.

Parpadeo, sorprendido por la forma casual en la que lo dice, como si fuera un hecho tan innegable como la ley de la gravedad. Pero cuando la miro, su expresión es completamente sincera. Alice no está bromeando. Ella ya asumió que este es el camino que vamos a tomar.

Y lo más extraño es que… yo también.

No me imagino un futuro sin ella. Sin sus ideas descabelladas, sin su forma de llenar el espacio con su voz y su presencia, sin su caos que de alguna manera siempre termina encajando perfectamente en mi orden.

Así que, sin pensarlo demasiado, respondo:

—Supongo que sí.

Alice sonríe con satisfacción.

—Claro que sí.

Me dejo caer un poco más contra la almohada, relajándome junto a ella.

—Si va a ser nuestra casa, al menos asegúrate de que tenga un estudio decente.

—¿Para qué? —pregunta con curiosidad.

—Para que pueda trabajar en paz.

—Oh, cierto. —Alice asiente como si estuviera imaginándolo—. Serás un inspector famoso. Te veré en la televisión, con tu placa y tu traje impecable, resolviendo crímenes con esa actitud tuya de "soy más inteligente que todos ustedes".

Exhalo un leve suspiro.

—No es una actitud, es la realidad.

Alice ríe suavemente y se gira hacia mí, su mano aun descansando sobre Dime.

—Y yo seré una estrella de rock. Una artista reconocida, llena de giras y entrevistas.

—Una estrella de rock que se casó con un inspector de la Oficina de Seguridad Pública —comento, imaginando el titular en mi cabeza.

—Suena como un gran concepto para una película —dice Alice con una sonrisa divertida—. La vida pública de la artista excéntrica y la vida estructurada del hombre de la ley.

—Más bien suena como un desastre.

—¿Un desastre feliz?

La miro, y ella me devuelve la mirada con esa seguridad suya que nunca tambalea.

—Sí.

Alice asiente, satisfecha con la respuesta.

—Entonces, nuestra casa debería tener una sala de música insonorizada —añade—. No quiero que mis ensayos te distraigan de tus tareas.

—¿Y tú crees que voy a tener tiempo para ir a tus conciertos?

—Sí. —Su respuesta es inmediata—. Aunque estés ocupado atrapando criminales, siempre tendrás tiempo para mí.

No puedo discutir eso. No quiero discutir eso.

Alice vuelve a acomodarse contra Dime, acariciándolo con un cariño distraído.

—Ah, y por supuesto, Dime tendrá su propia habitación.

—Alice.

—¿Qué?

—No podemos darle una habitación al perro.

—¿Por qué no?

—Porque es un perro.

—Un perro que ha sido testigo de nuestra relación desde el principio y te quiere casi tanto como me quiere a mí. Un perro que nos une.

—Alice.

—Un hijo.

La miro con incredulidad.

—Dime no es nuestro hijo.

—Lo es en espíritu.

Dime, completamente ajeno a la conversación, lanza un suspiro pesado y se acomoda aún más contra Alice, como si reforzara su punto.

—Está conspirando contigo —murmuro, viendo cómo Dime actúa como si entendiera lo que estamos discutiendo.

—Lo está.

Dejo escapar un suspiro largo y exasperado.

—Alice, Dime no va a dormir en la cama de matrimonio.

—Pero mira qué lindo es.

—No.

—Pero…

—No.

Alice frunce los labios, pensativa, y luego me mira con esos ojos suyos que saben exactamente cómo quebrar mi resistencia.

—¿Ni siquiera cuando haga frío?

Dios. Apretó los dientes.

—Alice…

—Solo a veces.

—Alice.

—Solo en invierno.

Exhalo, frustrado, y cierro los ojos un momento, tratando de resistirme. Pero Alice me conoce demasiado bien, y yo la quiero demasiado como para sostener mi postura con firmeza absoluta.

Me paso una mano por la cara antes de finalmente admitir la verdad.

—…Solo en invierno.

Alice sonríe triunfante, enredando sus brazos alrededor de Dime en un abrazo que el perro acepta con total indiferencia.

—Sabía que cederías.

No digo nada. Solo suspiro y me recuesto de nuevo, permitiéndome sentir la calidez de Alice a mi lado, la suavidad del pelaje de Dime contra mi brazo, el sonido tranquilo de la respiración de ambos.

Tal vez nuestra casa tenga un jardín grande, Alice sea una estrella de rock y yo sea un inspector reconocido. Quizás Dime duerma en la cama en invierno.

Y tal vez… sí, definitivamente, vamos a ser felices.

Alice

Caos. Caos absolutísimo.

Mi habitación parece una escena de crimen. Ropa por todas partes. Montones de telas desparramadas sobre la cama, sobre el suelo, colgadas de la lámpara como si hubieran intentado huir de su destino y se hubieran quedado a medio camino. El reflejo en el espejo muestra a alguien que claramente está al borde de una crisis existencial.

Esa persona soy yo.

Porque tengo una cita con Nobuchika y no tengo ni la más mínima idea de qué ponerme.

No es que no tenga ropa. Claro que la tengo. Pero mi guardarropa parece haber sido diseñado por un comité de ancianos con demasiado dinero y sin sentido de la realidad.

La selección se divide en tres categorías principales:

Conjuntos elegantes que parecen sacados de un catálogo corporativo de alguien que realmente asiste a juntas de accionistas, Vestidos largos, de diseñador, la mayoría con etiquetas aun colgando porque jamás he tenido la oportunidad ni el deseo de usarlos y la categoría de "Ropa de pordiosero para usar dentro de casa"

Y, por supuesto, el uniforme de Nitto. Pero nadie en su sano juicio va a una cita en sábado vestida con el uniforme escolar.

Antes, cuando Nobu y yo solo nos veíamos en la academia, esto no era un problema. El uniforme era el punto de conexión, la excusa perfecta para no pensar demasiado en qué ponerme. Pero ahora, fuera del entorno estructurado de Nitto, cada elección de ropa se siente como una decisión crítica de vida o muerte.

No tengo nada que ponerme.

Revolviendo desesperadamente el armario, mis manos se detienen sobre algo familiar.

El vestido lila.

Es uno de los pocos recuerdos físicos que conservo de mi madre. No tengo mucha ropa de Naomi, pero este vestido es especial. Siempre lo fue. Y ahora, de alguna forma, lo es aún más.

Lo sostengo entre mis dedos, deslizándolo sobre mi piel. La tela es suave, ligera, encaja perfectamente. Es una de las pocas prendas en este armario que realmente se siente mía.

Pero en cuanto lo tengo puesto, la memoria me golpea con la fuerza de un tren.

Kougami me lo sacó.

El recuerdo es nítido. Sus manos recorriendo la tela con una paciencia calculada. La cremallera bajando lentamente. El sonido del vestido deslizándose por mi piel. Su respiración sobre mi cuello. Me estremezco.

No, Alice, concéntrate. No puedo dar marcha atrás. No tengo otra opción razonable.

Me obligo a respirar hondo y sigo preparándome. Busco unas medias abrigadas que simulan el tono de la piel, unas botinetas de tacón medio, un abrigo para soportar el frío. Me coloco un collar pequeño, casi imperceptible.

El maquillaje no es lo mío. Apenas sé aplicar delineador sin parecer un mapache en crisis. Así que simplemente uso un poco de máscara para pestañas y dejo que mi cabello caiga en ondas sueltas.

Cuando finalmente salgo de la mansión, Nobuchika está esperándome afuera.

Se ve impecable, como siempre. Brazos cruzados, postura rígida, su ceño fruncido en la expresión de quien no tiene idea de que acabo de atravesar una crisis emocional por culpa de mi propio guardarropa.

Y cuando me ve, algo en su expresión cambia. No dice nada al instante. Solo me observa, su mirada recorriéndome con una mezcla de análisis y algo más que no logro descifrar del todo.

Me detengo frente a él y sonrío con una confianza que definitivamente no tenía hace cinco minutos.

—Espero no haber tardado demasiado.

Nobu exhala lentamente, su mirada aún fija en mí.

—No. —Hace una pausa, y luego añade, con un tono más bajo—. Te ves… bien.

Mi sonrisa se amplía.

—¿Solo bien?

Él desvía la mirada, visiblemente incómodo.

—Te ves… más que bien.

Me río suavemente.

—Bien, más que bien. Lo tomaré.

Sin darle oportunidad de replicar, me acerco un poco más y, con la misma facilidad con la que respiro, enlazo mi brazo con el suyo.

—Vamos. Tenemos una cita.

Nobu no se aparta. No discute. No intenta darme una respuesta mordaz.

Solo asiente.

Y eso me basta.

Ginoza

Nunca en mi vida había visto a Alice así.

Y eso es decir mucho, considerando que la he visto en demasiados contextos, pero nunca la había visto así.

Con el viento enredándole el cabello—ese maldito cabello que está volviendo a su color natural, un castaño cobrizo que brilla bajo el sol—con sus ojos reflejando cada luz brillante del parque de diversiones, con la expresión de alguien que no sabe qué hacer con tanta felicidad.

Y lo peor de todo es que no está tratando de ocultarlo.

Alice, que siempre está en control, que siempre maneja la situación, que siempre encuentra la manera de adelantarse a todos, está genuinamente impresionada.

Y jodidamente feliz.

—¡Nobu, mira! —Su voz tiene un tono que rara vez le escucho. No sarcasmo, no burla, no provocación. Es pura emoción.

Su mano, cálida y firme, sigue agarrada de la mía sin darse cuenta, sin pensarlo. Y yo, que debería haberme acostumbrado a Alice hace tiempo, me encuentro atrapado en la paradoja de no saber qué hacer con esto.

Porque Alice no parece la chica que conocí en Nitto, sino una niña descubriendo algo que nunca pensó que podía tener.

Me enderezo, observándola mientras su mirada va de una atracción a otra con una intensidad absurda, como si intentara absorberlo todo al mismo tiempo. La rueda de la fortuna, los puestos de comida con algodón de azúcar, las luces de neón reflejándose en el suelo húmedo, las risas de los niños que corren entre los juegos mecánicos. Todo es nuevo para ella.

De repente, se gira hacia mí con la determinación de quien acaba de tomar la decisión más importante de su vida.

—Vamos a subirnos a todo.

Parpadeo.

—Alice…

—A todo, Nobuchika.

Su tono no admite discusión.

Y yo, que debería tener más dignidad, cedo.

La primera atracción es una montaña rusa que parece sacada de un castigo divino. Madera rechinante, estructura temblorosa, una fila de niños que parecen mucho más seguros que nosotros dos. Alice no titubea. Yo sí.

—Alice, esto no es una buena idea.

Ella me ignora.

Cuando nos subimos, se ríe. Como si estuviera realmente disfrutando la idea de desafiar la gravedad y mi sentido común al mismo tiempo. Cuando el carrito comienza a subir, siento sus dedos aferrarse con fuerza a mi brazo. No me suelta.

Y cuando cae, grita. No de miedo. De emoción pura.

La chica que ha vivido toda su vida rodeada de lujos, de expectativas, de un apellido que pesa demasiado, está gritando de emoción en una montaña rusa de mala muerte como si esto fuera lo mejor que le ha pasado en la vida.

Y joder, es hermosa.

Cuando bajamos, sus piernas tiemblan. Su cabello está más revuelto que nunca, sus mejillas enrojecidas, sus ojos brillando con la adrenalina.

Y yo no sé cómo manejar esto.

—¡Otra vez! —exclama, arrastrándome de nuevo hacia la fila.

—Alice, ¿estás loca?

—Sí, pero eso no es novedad. Vamos otra vez.

Y lo peor es que, maldita sea, la dejo convencerme.

Nos subimos otra vez. Y otra vez.

Para cuando salimos de la zona de juegos mecánicos, Alice tiene en una mano un algodón de azúcar ridículamente grande y en la otra, mi dignidad.

No la suelta.

—Esto es lo mejor que me ha pasado en la vida —declara con absoluta seriedad, arrancando un pedazo de algodón de azúcar y metiéndoselo en la boca con la satisfacción de alguien que acaba de descubrir el propósito de su existencia.

—Te estoy recuerdo que literalmente podrías comprar este parque.

—Pero no lo haré, porque así es más divertido.

Y, por primera vez en mucho tiempo, le creo.

Lo supe desde el momento en que nos subimos a la noria.

Alice había hecho lo que quiso durante toda la tarde. Montañas rusas absurdamente peligrosas, atracciones que desafiaban mi sentido común, juegos de feria donde demostró que tenía mejor puntería que cualquiera de los empleados que trabajaban ahí. Me arrastró de un lado a otro, comió cosas que probablemente acortarían su expectativa de vida y se rió como si no existiera el mañana.

Y yo la dejé.

Porque verla así, con el atardecer reflejándose en su cabello castaño cobrizo, con su vestido lila moviéndose con el viento, con sus ojos iluminados por la emoción de cada pequeña cosa nueva que descubría, era demasiado.

Demasiado para procesarlo, y para evitarlo.

Así que cuando el carrito de la noria se detuvo en la cima, con el sol hundiéndose lentamente en el horizonte, lo supe.

Esta vez, tenía que ser yo quien la besara.

Nos quedamos en silencio por un momento. No porque no tuviéramos nada que decir, sino porque el momento en sí mismo era suficiente. Alice miraba la ciudad extendiéndose debajo de nosotros, con las luces comenzando a encenderse una a una, con la brisa enredándose en su cabello de una manera que no tenía derecho a ser tan hermosa.

No hablaba, y eso me decía más que cualquier comentario mordaz que pudiera hacer.

Porque Alice, la que siempre está diciendo algo, que siempre está provocando, que siempre encuentra la forma de llenar cualquier espacio con su presencia, se había quedado sin palabras.

Y entonces, sin pensarlo más, sin dudarlo por primera vez en mi vida, la besé.

No fue el primer beso. Nos habíamos besado hasta el cansancio. Con más o menos pasión, con más o menos desesperación, con el frenesí de quienes se encuentran y con la pereza de quienes ya saben que se tienen.

Pero esta vez fue diferente, se sintió especial, yo fui quien se inclinó, quien la buscó, quien decidió que este momento no podía quedarse sin ser marcado en su piel, en mi memoria, en todo lo que éramos y quería que Alice supiera que esto no era solo un beso más.

Mis labios encontraron los suyos con una suavidad que no solíamos tener. Sin prisa, sin urgencia, sin la necesidad de probar algo o de provocar una reacción. Solo un beso lento, profundo, que se sentía como la respuesta a todas las preguntas que nunca dijimos en voz alta.

Alice se quedó quieta al principio, como si no hubiera esperado que yo tomara la iniciativa. Como si, por primera vez, fuera ella quien necesitara un segundo para entender lo que estaba pasando.

Y luego, sin resistencia, sin dudar ni un instante, me respondió.

Sus manos se deslizaron hasta mi rostro, su boca se amoldó a la mía con la misma facilidad con la que todo entre nosotros parecía encajar. Su beso no fue demandante, no fue un juego, no fue una provocación. Fue real.

Y por primera vez, supe con certeza absoluta que estaba completamente perdido.

El parque de diversiones desapareció. El ruido de la feria, las luces parpadeantes, la ciudad extendiéndose debajo de nosotros, todo se volvió irrelevante.

Lo único que existía era ella, su aliento contra mi piel, la forma en que su cuerpo se inclinaba apenas hacia mí, como si este beso no fuera algo que planeaba, sino algo que necesitaba.

Cuando nos separamos, solo lo hicimos lo suficiente para respirar.

Sus ojos seguían cerrados, su frente apoyada contra la mía, su sonrisa apenas visible en la penumbra.

—Esta vez fuiste tú. —susurró, con una suavidad que no esperaba.

Acaricié su mejilla con la yema de los dedos, aun sintiendo el calor de su piel, aún con la certeza de que esto no era solo un beso más.

—Alguna vez tenía que suceder.

Alice se rió, apenas, y volvió a besarme.

Y esta vez, supe que no tenía escapatoria.

Alice

Disparar a los drones ya no es lo mismo.

Desde que tengo trece años, salir al jardín trasero con la Beretta en la mano ha sido mi única tradición constante. No ha habido invierno, primavera, verano u otoño en el que no haya sentido la adrenalina recorrerme la piel cuando aprieto el gatillo. Al principio, todo era sobre el sonido. El estallido seco de la detonación, el retroceso en mi brazo, la vibración en mis huesos. Después, cuando eso dejó de ser suficiente, fue sobre la precisión. Aprender a calcular distancias, a compensar el viento, a manipular el peso del arma hasta que se sintiera como una extensión de mi propia mano.

Pero ahora… ahora simplemente disparo. Y acierto, porque siempre acierto.

El problema no es que haya perdido habilidad. El problema es que ya no hay nada que mejorar, o al menos eso siento.

Hoy, como cada tarde, programé los drones para moverse en patrones erráticos, ajusté su velocidad, aumenté la dificultad. Los drones aéreos zigzagueaban por encima de mí como si fueran pájaros desorientados, los terrestres se escabullían entre la maleza, rápidos, impredecibles. Pero mis balas aún los encontraban. Siempre los encuentran.

Incluso cuando intento fallar, no lo hago.

Persigo a los terrestres, derribo a los aéreos, recargo la Beretta con la misma precisión mecánica de siempre y disparo hasta que ya no quedan más objetivos en pie. Hasta que el jardín se llena de cuerpos metálicos destrozados y el único sonido es el eco de mis propios disparos disipándose en el aire.

Hasta que me doy cuenta de que estoy aburrida.

Me quedo de pie en medio del desastre, con la pistola aún caliente en mi mano, y no siento nada.

No hay satisfacción, no hay emoción. Solo la rutina. Solo el conocimiento de que, sin importar cuántas veces repita esto, el resultado será el mismo.

Gano. Y ganar sin esfuerzo no es divertido.

Respiro hondo y bajo el arma. Observo los restos de los drones esparcidos por el suelo, sus circuitos expuestos, el humo ascendiendo en pequeños hilos grises. Antes, esta escena me hacía sentir poderosa. Antes, me llenaba de algo indescriptible, de una sensación que rozaba la euforia. Ahora solo me recuerda que esto no tiene sentido.

No puedo hacerlo más difícil, no puedo programar los drones de una forma que me haga sentir desafiada. Ya soy mejor que ellos.

La idea de rendirme me asquea. Pero no es exactamente eso. No me estoy rindiendo. Simplemente no quiero hacerlo más.

Mañana limpiaré la Beretta con la meticulosidad que merece, desmontaré cada parte, engrasaré cada mecanismo, dejaré su estructura impoluta hasta que parezca recién salida de fábrica. Y luego la guardaré en el sótano de la mansión.

No tiene sentido seguir teniéndola a mano.

No tiene sentido disparar si ya no hay nada que disparar.

La mesa de la sala de estar está impecable. No hay ni una sola mota de polvo, ni una fibra fuera de lugar. No podría ser de otra forma. No cuando estoy a punto de desmontar mi Beretta.

Los paños de microfibra están alineados en perfecto orden a mi derecha, junto con el aceite especial para armas y los bastoncillos de precisión. Frente a mí, sobre la superficie pulida de la mesa, descansa la pistola, descargada, con el seguro activado. La observo por un momento, recorriendo con los ojos su estructura negra, la solidez del metal, la forma en que la luz de la lámpara resalta los grabados en la corredera.

Con movimientos cuidadosos, retiro el cargador y lo dejo a un lado. Luego deslizo la corredera hacia atrás, asegurándome de que la recámara está vacía. Siempre vacío la recámara, pero lo reviso igual. Un mal hábito no mató a nadie, pero la falta de uno sí.

Desarmo la pistola con la facilidad de quien ha hecho esto más veces de las que puede contar. Separo las piezas con precisión milimétrica: la corredera, el cañón, el resorte recuperador, el armazón. Cada parte se apoya sobre el paño con exactitud quirúrgica.

Empiezo por la corredera. Humedezco un bastoncillo con el aceite de limpieza y lo paso con movimientos lentos pero firmes a lo largo de los rieles, asegurándome de que no quede ni un rastro de polvo. Luego repito el proceso con el cañón, verificando el interior con el ojo crítico de quien no tolera imperfecciones. Deslizo un parche de tela impregnado en solvente por el ánima y lo retiro, inspeccionando la suciedad atrapada en las fibras.

No hay mucho que limpiar. Siempre mantengo mi arma en perfectas condiciones. Pero, aun así, lo hago una segunda vez. Y una tercera.

El resorte recuperador es más tedioso. Me aseguro de que no tenga ninguna tensión innecesaria, que el metal no presente irregularidades. Sé que está bien, pero lo reviso de todas formas.

Cuando todas las piezas están limpias, vuelvo a ensamblar la Beretta con el mismo cuidado con el que la desmonté. El sonido de las partes encajando es familiar, casi reconfortante. Cargo el mecanismo, pruebo la fluidez del movimiento, escucho el clic preciso del martillo al accionarse. Todo está perfecto.

Cierro los ojos un instante, sosteniendo la pistola en mis manos. Es la primera vez en años que no la voy a guardar en su sitio habitual, lista para usarla en cualquier momento.

No la necesito más.

Abro el bolso de cuero cuadrado donde la encontré por primera vez, hace demasiado tiempo. El tacto del material es viejo, gastado en las esquinas, pero aún conserva la firmeza de algo que fue hecho para durar. Dejo la pistola dentro con una lentitud absurda, como si el simple acto de guardarla pudiera cambiar algo.

La cremallera se cierra con un sonido breve y definitivo.

Me levanto.

El pasillo está silencioso cuando bajo las escaleras hacia el sótano. No hay nadie para verme, solo las luces automáticas que se encienden a mi paso, proyectando sombras alargadas en las paredes de hormigón.

El sótano no es un depósito caótico de objetos olvidados. Nada en la mansión Carter es caótico. Todo está exactamente en su lugar. Adam no permite el desorden, ni siquiera en las cosas que ha relegado a este espacio. Las estanterías están organizadas por categorías, cada caja etiquetada con precisión.

Encuentro el compartimento secreto sin dificultad. Siempre supe dónde estaba. Con un movimiento ágil, desplazo un panel en la pared y revelo el pequeño espacio oculto detrás. Es profundo, lo suficiente como para que el bolso encaje sin problemas.

Miro el compartimento por un segundo. Me digo a mí misma que no siento nada.

Pero eso es mentira.

Coloco el bolso dentro y deslizo el panel de vuelta a su sitio. Es un cierre definitivo.

Ya no voy a dispararle a los drones, no necesito tener la Beretta a mano.

Respiro hondo y giro sobre mis talones para inspeccionar el sótano con más atención. Años de historia enterrados aquí. Objetos demasiado insignificantes para un espacio en la casa, pero demasiado valiosos para ser desechados.

Mis ojos recorren las etiquetas de las cajas apiladas hasta que una en particular llama mi atención.

"Cosas de Naomi".

El aire se me queda atrapado en la garganta. No hay solo una caja. Son varias. Todas con la misma etiqueta.

No lo pienso ni me cuestiono si debería o no hacerlo. Simplemente las tomo, una por una, cargándolas con más fuerza de la necesaria, sintiendo el peso de algo más que solo cartón y objetos viejos.

Cuando llego a mi habitación, dejo las cajas en el suelo y me quedo mirándolas por un largo momento. Siento que estoy a punto de abrir algo más que simples recuerdos.

Las cajas huelen a polvo y a tiempo detenido. No a abandono, porque los drones de la mansión Carter limpian cada rincón con meticulosidad, pero sí a algo que ha permanecido en pausa, esperando. Naomi está aquí, en estos objetos, en estos recuerdos que Adam decidió relegar al sótano, porque no eran lo suficientemente importantes para ocupar un espacio en la casa.

Me arrodillo en el suelo y abro la primera caja con cuidado, como si estuviera desenterrando algo sagrado. Lo primero que encuentro es ropa. Telas suaves, delicadas, algunas con bordados sutiles, otras con cortes que me resultan inesperadamente modernos. Pero lo que me golpea no es el diseño, sino el olor. El perfume es inconfundible. Aurora.

Todas las mujeres Carter lo usan. Es casi una insignia, una marca invisible que anuncia quién eres antes de que siquiera abras la boca. Es manzana caramelizada y frambuesa madura, es bergamota y pera blanca abriéndose con una frescura elegante, es ámbar dorado, vainilla y sándalo cremoso dejando una estela cálida en el aire. Es un aroma que nunca se olvida. No solo es el perfume que usaba mi mamá, sino que es el perfume que yo uso diariamente.

Deslizo los dedos sobre una blusa de seda negra y la acerco a mi rostro, respirando hondo. No sé por qué lo hago. Tal vez porque es lo más cerca que he estado de mi madre en años. Tal vez porque quiero recordarla de alguna forma más tangible que un puñado de recuerdos borrosos de la infancia.

Sigo revolviendo y encuentro accesorios: pulseras de plata, collares con dijes pequeños, anillos finos con piedras incrustadas. Pero hay algo más al fondo de la caja, algo diferente. Es un libro de cuero, con las esquinas gastadas y la tapa apenas descolorida por el uso. Lo saco con cuidado y lo abro.

Es un diario.

Las páginas están llenas de tinta apretada, la caligrafía rápida y decidida, con notas en los márgenes, con frases tachadas que revelan pensamientos demasiado crudos, demasiado personales. No debería leer esto. No debería. Pero tampoco debería haber encontrado esto en un sótano, olvidado como si no importara.

Así que leo.

"Oxford no era lo que esperaba. O tal vez yo no era lo que Oxford esperaba de mí. Desde el primer día, lo supe. Las personas como yo no se mezclan con esta parte de la sociedad, no intentan cambiar el sistema, no pisan calles llenas de estudiantes que gritan por condiciones más justas. Pero yo sí. Y eso les molesta.

Al principio, solo iba a las reuniones por curiosidad. Luego, por convicción. Y luego, porque me necesitaban. No porque fuera más inteligente, ni más valiente, ni porque tuviera ideas más brillantes. Sino porque era una Johnson, y la gente escucha a las Johnson, aunque no quieran hacerlo. Aunque me odien por estar aquí.

Nunca quise ser la cara visible de las revueltas estudiantiles. Solo pasó. Un discurso en el momento correcto, una foto en el periódico equivocado, y de repente mi apellido dejó de ser un escudo y se convirtió en una bomba de tiempo. Mi familia me miraba como si estuviera echando a perder generaciones de esfuerzo. Como si no comprendieran que nunca pedí ser parte de ellos."

Las palabras son fuego en mi piel. Naomi nunca encajó. Ni siquiera cuando intentó hacerlo.

Paso las páginas con más urgencia, sintiendo su rabia, su frustración, pero también su fuerza, su seguridad de que lo que estaba haciendo valía la pena.

Y luego, la narrativa cambia. Se vuelve más contenida. Más tensa.

"Hoy me dijeron que mi nombre ya no es mío. Que mi apellido ya no me pertenece. Que no tengo opción.

Adam Carter. Así se llama el hombre con el que me van a casar. No lo conozco. No me interesa conocerlo. Pero me aferro a una idea, a una posibilidad. Tal vez él no sea como mi familia. Tal vez, con él, pueda construir algo real."

Páginas después, encuentro lo peor.

"No, No es real.

No me quiere. Me tolera cuando le conviene y me ignora el resto del tiempo. Creo que me desprecia. Creo que ni siquiera piensa en mí como una persona. Y lo peor es que ya no me importa. Mi error fue pensar que todavía tenía algo de poder sobre mi vida."

Las letras son más apretadas, más caóticas. Las últimas páginas están llenas de frustración muda, de intentos por convencerse de que todo tiene un propósito. Y luego, de resignación.

"Japón no me acepta. No importa cuánto aprenda sobre la cultura, no importa cuánto me esfuerce en hablar el idioma. No soy de aquí y nunca lo seré. Pero me encanta.

No hay nada más hermoso que un festival en verano, con las linternas flotando sobre el río y el sonido de la música en el aire. Me escapo de la mansión cada vez que puedo solo para verlos, para caminar entre la gente sin que me reconozcan, sin que me miren como si fuera un error que alguien olvidó corregir.

La Mitsuya Cider es mi nueva obsesión. Me costó un tiempo entender que no tenía alcohol. No entendía ni una palabra en japonés al principio, pero aprendí. Aprendí porque tenía que hacerlo. Aprendí porque quería entender el lugar donde mi hija va a crecer."

Las palabras se quedan suspendidas en mi mente. Mi hija.

Ella sabía que iba a tenerme. Sabía que iba a crecer en esta tierra que me rechazaba tanto como a ella.

Paso las páginas hasta el final, esperando algo más, alguna respuesta que me ayude a entenderla mejor. Pero solo hay una frase en la última hoja.

"Espero que, algún día, ella pueda estar orgullosa de mí."

Me quedo inmóvil, con los dedos temblando sobre la página.

No sé cuánto tiempo pasa antes de que finalmente cerré el diario y lo deje sobre mi escritorio, junto a las cajas. Mis ojos se sienten pesados, mi pecho tenso con emociones que no sé nombrar.

Muevo la mano con lentitud hasta mi cuaderno rosado y lo abro en la solapa. Guardo la foto que encontré ahí.

La foto en la que Naomi está en medio de una manifestación, con una remera de Nirvana que tiene un hipocampo estampado, una camisa de franela roja y negra, jeans rotos y borcegos desgastados. Está fumando, con una expresión desafiante, con su cabello rizado y perfecto desordenado por el viento.

No sé si algún día podré verla sin sentir este nudo en la garganta.

El terminal que encontré en otra de las cajas es más pequeño y grueso de lo que estoy acostumbrada, con una pantalla que no cubre toda la superficie, botones físicos en la parte inferior y un diseño que grita otra década. Lo sostengo entre mis manos con cuidado, como si fuera un artefacto arqueológico en lugar de un simple teléfono. Es antiguo, pero no lo suficiente como para ser obsoleto. Cuando lo conecto a la corriente, la pantalla parpadea con una luz tenue antes de encenderse del todo. La carga avanza lentamente, como si el dispositivo despertara de un sueño largo y pesado.

Espero.

No lo encontré en una caja importante. No era un objeto que Adam considerara valioso. Solo estaba ahí, guardado junto a un par de cosas pequeñas, sin un estuche especial ni una etiqueta que indicara su procedencia. Pero ahora que está en mis manos, sé que esto le perteneció a Naomi. Y lo sé porque, junto al terminal, estaban sus auriculares y no de cualquier tipo, High Fidelity, in-ear, inalámbricos.

Los examino con atención. Son de un modelo viejo, pero siguen siendo de una calidad superior a la mayoría de los auriculares que cualquiera podría comprar ahora. No son algo que alguien adquiriría si no tomara la música en serio. Y eso es lo que me da la primera pista.

Cuando el terminal finalmente carga lo suficiente, lo enciendo. No tiene señal, obviamente. No hay mensajes, no hay llamadas, pero lo que sí hay es música.

Terabytes de música.

Es lo primero que veo cuando desbloqueo la pantalla. No hay aplicaciones llamativas, no hay redes sociales, no hay fotos personales. Solo una biblioteca musical ridículamente extensa. Hay álbumes completos, listas de reproducción organizadas con nombres que no entiendo, géneros que claramente no se alinean con lo que Sibyl aprobaría. No tiene sentido que alguien con un apellido tan grande haya tenido acceso a toda esta música, pero Naomi no era cualquier persona.

Deslizo el dedo por la pantalla, viendo la cantidad de discos almacenados. Hay rock británico, grunge, punk, shoegaze, trip-hop, electrónica experimental, incluso jazz y música clásica. Muse está ahí, obviamente. Ya entiendo de dónde viene todo lo que he escuchado y visto a lo largo de mi vida… pero hay más, mucho más. Bandas y artistas que evidentemente no pasaron la censura de Sibyl. Canciones que nadie a mi alrededor ha escuchado en ningún momento, tal vez nadie las ha escuchado en décadas.

La música de Naomi.

Siento un nudo en la garganta, uno que no esperaba. Esto es ella. No sus vestidos de gala, no los perfumes que se esperaba que usara, no los eventos a los que la arrastraron. Esto es lo que ella elegía.

Me coloco los auriculares. Son viejos, pero la calidad sigue intacta. La primera canción comienza a sonar. La percusión es hipnótica, el bajo profundo, la guitarra un lamento distorsionado. Cierro los ojos. Me hundo en el sonido.

Esto va a ser mi entretenimiento ahora.

Cuando los auriculares quedan en su estuche y el terminal está a salvo en mi escritorio, saco las otras cajas. Sé que hay más de donde vino todo esto. Lo que encuentro es ropa, y no cualquier ropa. No los vestidos de Naomi como señora Carter, no la ropa que Adam habría aprobado. Ropa de Naomi antes de ser la muñeca que Adam moldeó.

Los jeans son ajustados, gastados en las rodillas, algunos tienen rasgaduras intencionales. Hay camisetas de bandas con estampados de álbumes viejos, algunas con letras desvaídas por los lavados, otras con impresiones vibrantes que siguen resistiendo el paso del tiempo. Hay una chaqueta de cuero, suave por el uso, con un par de parches cosidos a mano en el forro interior. Hay camisas de franela en todos los colores posibles, gruesas, cómodas, con la tela desgastada en los codos.

Encuentro un corsé de cuero negro con hebillas metálicas en el frente y no puedo evitar reírme en voz baja cuando me lo pruebo y me queda enorme en el pecho. Naomi tenía pechos grandes. Me da un poco de esperanza. Tal vez, para cuando tenga veinte, podré llenar el maldito corsé.

Pero lo mejor de todo es lo último que saco. Un hoodie viejo, desgastado en los puños y el cuello, con un diseño ridículo en el pecho. Son cuadros en colores neón, azul, fucsia y verde, cada uno con un gato diferente expresando una emoción absurda. Hay unos veinte gatos en total. Algunos con cara de indignación, otros de felicidad absoluta, otros con el ceño fruncido en pura confusión. Es tan estúpido, tan increíblemente estúpido, que no puedo evitar sonreír de verdad.

Me lo pruebo y es perfecto. Es exactamente lo que necesitaba.

La ropa que me queda la guardo en mi armario sin dudarlo. Voy a usar esto. No para quedarme en casa, no para enterrarlo en un cajón y olvidarlo. Voy a usar esta ropa en el día a día, especialmente el hoodie de gatos.

Porque sé que, si Naomi me viera ahora, sonreiría.

Adam Carter

El error de Robert Carter no fue un negocio fallido ni una mala inversión. Fue Naomi Johnson.

Mi padre no creía en los sentimientos ni en la suerte. Todo era estrategia, cálculo, precisión quirúrgica. Cada decisión tenía un propósito, cada movimiento un beneficio. Y, sin embargo, incluso él, con su meticulosidad implacable, cometió un error.

Pensó que casarme con Naomi consolidaría una alianza, que su apellido serviría a los intereses de la familia. Pero Naomi nunca fue un activo. No era útil, no era moldeable. Fue una anomalía.

Desde el principio, su mera existencia fue un obstáculo. Hablaba demasiado, reía demasiado alto, desafiaba con la mirada cuando debería haber bajado la cabeza. No era como las otras esposas de empresarios y políticos, mujeres que entendían su papel, que sabían cuándo callar… Naomi no.

No tardé en darme cuenta de que nunca encajaría. Creyó que podía adaptarse, que con el tiempo aprendería, que la cultura la aceptaría. Incluso pensó que podía amarme. Patética.

Se refugiaba en trivialidades: festivales sin sentido, películas absurdas, discos de bandas insignificantes. Actuaba como si su vida aún le perteneciera, como si tuviera opción.

Ahora Alice ha encontrado sus cosas.

Observo las pantallas desde mi oficina, el resplandor de los monitores iluminando la estancia en un frío azul pálido. Los sistemas de seguridad de la mansión Carter han registrado cada movimiento dentro de esas paredes durante años. Cada paso, cada mirada, cada sombra.

Y ahí está Alice, hurgando en cajas que debieron desaparecer hace mucho. Un terminal aún funcional. Un diario. Dándole demasiado interés en algo que no merece ni un segundo de su tiempo.

Naomi nunca debió ser mi esposa.

Si el mundo fuera lógico, si todo respondiera a la estructura que tanto defiendo, jamás habríamos cruzado caminos. Pero las alianzas, las decisiones políticas y los acuerdos familiares la pusieron en mi camino.

Desde el inicio, fue una mancha en un sistema diseñado para la perfección. Vestía como si aún estuviera en Oxford, rodeándose de objetos sin valor, aferrándose a una identidad que ya no le pertenecía. No entendía su lugar.

Podría haberla ignorado, dejar que la frustración la consumiera hasta que comprendiera que la resistencia era inútil. Pero el matrimonio exigía algo más: consumación.

No fue difícil por mí, sino por ella. Naomi no era sumisa, no aceptaba su rol. Cada vez que la miraba, veía a alguien que aún creía tener elección. Pero lo hice, porque tenía que hacerse.

Porque un Carter no deja asuntos sin concluir.

Naomi cerraba los ojos cuando la tocaba. No sé si lo hacía para fingir que estaba en otro lugar o porque aún se aferraba a la ilusión de que eventualmente sentiría algo. Al principio, pensé que su resistencia era una provocación más, otra forma de desafiarme. Pero con el tiempo entendí que simplemente había aceptado su papel.

Lo irónico es que, cuando finalmente se quebró lo suficiente como para entender que nunca encontraría lo que buscaba en mí, fue cuando se volvió más fácil. Cuando dejó de esperar. Cuando se convirtió en un cuerpo más, en una función que debía cumplirse y nada más.

Cuando nació Alice, el propósito se cumplió. Naomi, en cambio, dejó de existir.

Dejé de verla. Dejé de buscarla. Me daba igual en qué rincón de la mansión se ocultaba cuando ella entendió que nunca la amaría.

Y desde ese momento Naomi dejo de ser un error para pasar a ser una vergüenza, cuando ya no tenía ni siquiera la dignidad de comportarse como lo que se suponía que era.

Siempre supe que Naomi no era el tipo de mujer que podía adaptarse. No era una Carter, ni siquiera intentó serlo. Pensó que podía encontrar su propia forma de existir dentro del mundo que le había sido impuesto, como si fuera algo más que un simple intercambio entre familias. Creyó que podía enamorarse de mí, como si ese fuera el propósito de nuestro matrimonio. Me observaba con expectativas, con la estúpida esperanza de que en algún momento le devolvería algo que nunca existió. Lo único que encontró fue vacío, porque eso es lo que merecía.

Cuando dejó de esperar, dejó de importarme. Se volvió invisible, un objeto dentro de la casa, un ruido de fondo que apenas registraba. Solo tenía valor por la hija que me dio, pero fuera de eso, no era nada. Y ella lo sabía. Lo entendió en el momento en que su existencia se convirtió en la de una prisionera dentro de la mansión Carter, en el instante en que supo que nunca la vería como algo más que una mujer de transición, una pieza dentro de una transacción que solo tenía sentido en papel.

Por eso, cuando se degradó al punto de traer amantes a la casa, ni siquiera me sorprendió.

Fue una de las pocas veces que algo me pareció realmente patético. Naomi ni siquiera tenía la decencia de mantener su humillación en privado. Lo hizo aquí, en la mansión Carter, en los pasillos donde Alice dormía, en las habitaciones donde nunca debió entrar nadie más que yo. Ni siquiera tuvo la astucia de esconderlo bien. Las cámaras de seguridad registraron cada uno de sus movimientos, cada hombre que entró y salió de su habitación en las noches en que pensó que estaba sola. Me enteré antes de que ella supiera que lo sabía, y, aun así, no hice nada.

Porque no importaba, después de todo, Naomi ya estaba muerta desde el momento en que comprendió que no podía obtener nada de mí.

El que le quitó la vida no fui yo, pero bien podría haberlo hecho. Fue uno de esos amantes suyos, alguien que no supe quién era ni me molesté en averiguar. Algún idiota con las mismas ilusiones estúpidas que ella tuvo en su momento, que creyó que podía poseerla, que creyó que podía sacar algo de todo aquello. La mató en su propia cama y la dejó ahí como una muñeca rota. Cuando la encontré, Alice estaba acurrucada junto a su cadáver, demasiado pequeña para entender la diferencia entre el sueño y la muerte.

Las cámaras, en cambio, capturaron todo: El momento exacto en que su amante la apuñaló, su último aliento, el instante en que Alice entró y se quedó allí, esperando a que despertara.

A veces, solo por diversión reviso esa secuencia. La situación, en general, es patética… incluso en sus últimos momentos, la idiota quiso demostrarle sentimentalismos a Alice, intentó envenenarla con la mentira del cariño. Pero no pudo hacerlo, porque no tuvo suficiente tiempo.

Naomi no dejó nada de valor en este mundo. Su vida terminó del mismo modo en que vivió: siendo un desperdicio de recursos. Pero Alice… era diferente, perfecta.

Era un error corregido.

Era la prueba de que no importa cuán impura sea la sangre de alguien, puede ser moldeado si se empieza lo suficientemente temprano.

Naomi fue la última mancha en mi historial. Alice es la demostración de que incluso de los errores más vergonzosos, puede surgir algo útil.

Por eso no me importó enterrarla en la historia como si nunca hubiera existido.

Porque en mi legado, Naomi Johnson no fue nada, pero Alice Carter será todo.

Kougami

La mañana es fría, más de lo habitual. El invierno cubre la ciudad con su aire cortante y el sonido de la nieve bajo las botas de los pocos que caminan por las calles se mezcla con el eco lejano del tránsito matutino. La tienda aún está tranquila, con Tomoyo organizando algunos estantes y yo en la caja, revisando mentalmente el inventario mientras espero a que alguien entre. Es una rutina simple, pero funcional.

Entonces, Alice entra y lo primero que pienso es que se ve diferente. La última vez que estuvo frente a mí, llevaba el vestido lila, ese que todavía me persigue en recuerdos que no quiero analizar demasiado. Ahora… ahora es otra cosa completamente distinta.

Lleva un hoodie de gatos.

No cualquier hoodie. Es un desastre visual, de color negro y con el pecho lleno de pequeños cuadros en colores neón, con estampados de gatos en cada uno de ellos expresando emociones ridículas. Veinte gatos, para ser exactos. Uno indignado, otro llorando, otro con una sonrisa idiota, todos en azul, fucsia y verde. Es lo más Alice que he visto en mi vida.

El abrigo que lleva encima no combina con nada, pesado, oscuro, como si lo hubiera tomado sin pensar solo porque hacía frío. Pero debajo, lleva jeans claros y borcegos. Nada extravagante, nada que parezca haber salido del mismo guardarropa de la Alice Carter que todos conocen.

La miro por un segundo más de lo necesario antes de hablar.

—Ese look es nuevo.

Alice, que se sacude la nieve del cabello con una sacudida rápida, sonríe con una naturalidad exasperante.

—Te gusta, ¿no?

No respondo de inmediato. Me cruzo de brazos, apoyándome contra el mostrador con aparente indiferencia, pero con la mente girando sobre algo que no puedo ignorar. Porque sí, me gusta. Me gusta porque se siente más real, porque no parece un disfraz, porque de alguna manera hace que Alice se vea más ella que nunca.

Levanto una ceja.

—¿Qué pasó con los vestidos de princesa?

Alice se ríe, una risa baja y relajada, mientras deja su bolso en una de las sillas junto al mostrador.

—Decidí que era hora de cambiar un poco.

—Ya era hora.

Alice finge indignación, pero no le dura ni un segundo antes de sonreír con algo más genuino. Luego, como si no fuera gran cosa, dice:

—Es ropa de Naomi. La encontré en el sótano de la mansión.

Por un momento, no respondo, no porque no sepa qué decir, sino porque eso no era lo que esperaba escuchar.

Naomi. Su madre. Una sombra en la historia de los Carter, alguien de quien nunca se habla, alguien que Alice no menciona demasiado. La observo con más atención, buscando algún cambio en su expresión, alguna señal de lo que realmente significa para ella estar usando esa ropa. Pero Alice sigue con la misma naturalidad de siempre, acomodándose el hoodie como si nada.

—Encontré un montón de cosas —continúa—. No solo ropa. Música, diarios, fotos. Cosas que Adam decidió que no valían la pena.

Lo dice con un tono ligero, pero sé que detrás de esas palabras hay algo más. Alice nunca dice todo lo que realmente siente.

—¿Y qué vas a hacer con todo eso?

Alice se encoge de hombros, metiendo las manos en los bolsillos de su hoodie de gatos.

—Usarlo. Escucharlo. Leerlo. Supongo que… conocerla.

Algo en mi pecho se aprieta con esa última frase. Conocerla. Alice nunca tuvo la oportunidad real de hacerlo. Nunca supo quién era Naomi más allá de los retazos que quedaron después de que su padre se encargara de borrar su existencia.

No digo nada más. No hace falta.

Alice me mira por un segundo, como esperando que haga un comentario sarcástico, pero cuando no lo hago, simplemente sonríe y camina detrás del mostrador, como si estuviera en su propia casa.

—Bueno, deja de mirarme y dime qué hay que hacer.

Resoplo, pero no discuto.

Alice se mueve por la tienda con una familiaridad que no debería tener, pero la tiene de todos modos. Desde el primer día en que apareció aquí para "ayudar", sin que nadie se lo pidiera, decidió que este lugar también era suyo. No se limita a quedarse detrás del mostrador como cualquier otra persona que no trabaja aquí haría. No, Alice tiene que moverse.

Se deshace del abrigo pesado y lo cuelga en el perchero junto a la entrada, dejando al descubierto el hoodie de gatos en toda su gloria ridícula. No puedo ignorarlo, es imposible. Es una combinación de colores tan absurda que debería desentonar con todo, pero de alguna forma le queda bien. Como si siempre debió llevar algo así y solo ahora se diera cuenta.

—Vale, dime qué hay que hacer —dice, ajustándose las mangas con un movimiento ágil.

Me apoyo en el mostrador, cruzándome de brazos.

—Tú dime. Tú eres la que insiste en venir aquí todas las mañanas.

Alice me dedica una mirada que dice "no me hagas perder el tiempo", pero en lugar de discutir, se pone en marcha. Sabe perfectamente qué hacer. Sabe dónde están los productos que hay que acomodar, sabe dónde encontrar la caja registradora, sabe cómo Tomoyo organiza los estantes. Sabe más de lo que debería saber alguien que no trabaja aquí, pero es Alice, y Alice no sabe estar en un lugar sin adueñarse de él.

La observo mientras mueve algunas cajas cerca de la entrada, emparejando los estantes con la precisión de alguien que ha hecho esto demasiadas veces. Y no debería decirlo, pero me gusta verla aquí.

No sé si es porque esta versión de Alice es diferente, más relajada, más auténtica, o porque simplemente estoy acostumbrado a ella. Porque ya no me sorprende que, en vez de pasar sus vacaciones en algún lugar caro, decida venir a trabajar gratis a una tienda de barrio.

Pero hay algo más.

No es solo que esté aquí, no es solo que parezca que encaja en un lugar en el que jamás imaginé verla. Es la ropa.

—Así que… ropa de Naomi, ¿eh?

Alice se detiene un segundo y me mira por encima del hombro. No parece sorprendida de que saque el tema. Siempre sabe qué voy a decir antes de que lo diga.

—Sí. Tenía más estilo del que esperaba.

Su tono es ligero, pero hay algo en su voz que no estaba ahí antes. Un matiz de algo que todavía está procesando, algo que no ha terminado de asimilar.

Me acerco y tomo un paquete de Mitsuya Cider de una caja recién abierta. Alice me sigue con la mirada mientras lo coloco en el estante sin apuro, como si esto fuera una conversación cualquiera.

—No pensaba que fueras de usar cosas de tu madre.

—Yo tampoco. —Se apoya en el estante junto a mí, con las manos metidas en el bolsillo de su hoodie—. Pero cuando la encontré, me di cuenta de que nunca supe quién era en realidad.

No dice más, pero no necesita hacerlo. Entiendo lo que significa.

Naomi Johnson no fue más que una sombra en la historia de Alice. Algo de lo que no se hablaba, algo que desapareció sin dejar rastro. Pero ahora, entre un montón de cajas olvidadas en un sótano, Alice encontró algo que la conectaba con ella.

Y en lugar de ignorarlo, lo está usando.

Suelto un leve resoplido.

—El hoodie es muy tú.

Alice se ríe, sacando una de sus manos del bolsillo para tomar un paquete de galletas de arroz de una caja abierta y dármelo sin preguntar si lo quiero.

—Lo sé. Apuesto a que Naomi lo amaba.

Miro el diseño absurdo otra vez y asiento.

—No tengo dudas.

Nos quedamos en silencio por un momento, acomodando los estantes como si esto fuera una rutina de siempre. Y tal vez ya lo sea.

Porque Alice Carter, heredera de la familia Carter, una niña que creció en una mansión donde no se le permitía ser, está aquí, en la tienda de mi madre, usando la ropa de una madre que nunca llegó a conocer realmente, con un hoodie ridículo de gatos y una expresión de quien está empezando a entender algo.

Y yo no puedo hacer otra cosa más que mirarla y pensar que esto le queda bien.

Que ella le queda bien a este lugar.

Que Alice le queda bien a mi vida.

Alice

Las cajas ya están casi vacías y los estantes empiezan a verse ordenados cuando siento la vibración en mi bolso. No necesito mirarlo para saber quiénes son. Solo hay un grupo de personas en este momento que tienen la energía suficiente para mandar mensajes como si estuvieran en medio de una crisis nacional.

Tomo el terminal y desbloqueo la pantalla con la misma calma con la que alguien abriría la puerta a un tornado.

Souta: Ok, entonces, ¿quién está dentro?

Hinata: OBVIAMENTE YO.

Akari: ¿Eres idiota? ¡Por supuesto que todos estamos dentro!

Kaede: Yo solo quiero señalar que esto es técnicamente ilegal.

Ryota: Técnicamente.

Haruto: Técnicamente.

Nao: Extremadamente ilegal.

Kenta: ¿Y?

Akari: Exacto, ¿Y?

Shiori: No me sorprende que estemos teniendo esta conversación.

Souta: Ok, repito, ¿QUIÉN ESTÁ DENTRO?

Miyu: ¡Yo!

Hinata: ¡OBVIAMENTE YO!

Nao: … suspira Sí.

Ryota: Sí.

Haruto: Sí.

Kenta: Sí.

Shiori: Sí.

Kaede: Sí.

Souta: Bien, entonces, Alice…

Alice: ¿Qué?

Akari: Dios mío, Alice, dime que estás leyendo esto.

Alice: Estoy leyendo esto.

Miyu: ¿Vas a venir?

Alice: ¿Ir a dónde?

Akari: NO PUEDE SER QUE NO ESTÉS PRESTANDO ATENCIÓN.

Souta: A ver, Carter, te explico.

Souta: Hay un recital de Prophecy en Kitazawa.

Alice: ¿Quiénes son?

Akari: Me estás matando, Alice.

Hinata: ¿ES EN SERIO?

Nao: Pobre Akari, la acaban de romper en mil pedazos.

Alice: Bueno, ¡lo siento! ¡No tengo idea de quiénes son!

Akari:

Souta: Ok, vamos por partes. Prophecy es una banda increíble, aunque no exactamente aprobada por Sibyl.

Ryota: Por no decir completamente ilegal.

Akari: ¡PERO ESO ES LO QUE LOS HACE MEJORES!

Souta: Y tienen un recital en Shelter 440, un club nocturno ilegal en Kitazawa.

Alice: … ¿Vamos a un club nocturno ilegal?

Kaede: Sí.

Alice: ¿Esto no es un poco estúpido?

Haruto: Muchísimo.

Hinata: Pero divertido.

Miyu: MUY divertido.

Alice: … Está bien. Estoy dentro.

Akari: ¡ESO ES LO QUE QUERÍA ESCUCHAR!

Souta: Bien. Pero hay condiciones.

Souta: Para empezar, hay que parecer adultos. No nos van a dejar entrar si no damos el pego.

Nao: Especialmente Alice.

Alice: ¿Perdón?

Kaede: No es tu culpa, Carter, pero eres la más pequeña.

Ryota: Y pareces una bebé.

Alice: …

Alice: Los odio.

Akari: Alice, por favor, dime que tienes algo que ponerte.

Alice:

Miyu: Oh no.

Nao: OH NO.

Akari: ¡¿NO TIENES ROPA PARA ESTO?!

Alice: ¡Acabo de encontrar ropa de mi madre en un sótano, Akari! No tenía ropa para esto en ningún momento de mi vida.

Akari: NO, NO, NO, ESTO ES UNA TRAGEDIA, UNA CATÁSTROFE, UN ESCÁNDALO INTERNACIONAL.

Akari: DEBEMOS SOLUCIONAR ESTO INMEDIATAMENTE.

Alice: No hace falta que dramatices.

Akari: ALICE, TENEMOS QUE VESTIRTE COMO UNA ESTRELLA DEL ROCK EN ASCENSO.

Akari: ¡¿CÓMO SE SUPONE QUE VAS A CONVERTIRTE EN UNA DIOSA DEL ESCENARIO SI NO TIENES UN GUARDARROPAS QUE ESTÉ A LA ALTURA?!

Alice: … Entonces supongo que ahora tengo una cita de compras.

Akari: SÍ. NOS VEMOS A LA TARDE.

Bloqueo el terminal y dejo escapar un suspiro. Me tomo un segundo para procesar lo que acabo de aceptar antes de volver a la realidad.

Kougami me está mirando.

Alzo la cabeza y lo encuentro apoyado contra el mostrador con los brazos cruzados, mirándome con una expresión neutral. Demasiado neutral.

—No digas nada —murmuro, guardando el terminal en mi bolso.

Kougami no dice nada, pero tampoco deja de mirarme.

—¿Estás saliendo con tus nuevos amigos? —pregunta con una indiferencia que no le creo ni por un segundo.

—Sí. Me estoy llevando bastante bien con ellos. Son intensos.

Kougami levanta una ceja.

—Tienes experiencia manejando intensos.

—Lo sé.

—¿Y qué vas a hacer?

Me encojo de hombros con la naturalidad de quien no tiene nada que ocultar.

—Solo ir de compras con las chicas.

Kougami no responde de inmediato. Solo mantiene su mirada fija en la mía, como si estuviera analizando cada palabra que digo. Sé que vio el chat. Sé que sabe exactamente lo que voy a hacer.

Pero Tomoyo está en la caja registradora, escuchando todo.

Así que Kougami no dice nada y yo tampoco.

Lo miro una última vez y le sonrío, porque sé que en algún punto del día va a mencionarlo. Solo que no aquí. No ahora.

Mientras tanto, tengo una misión: conseguir ropa nueva.

Porque según Akari, mi destino es convertirme en una estrella de rock y al parecer, tengo que vestirme como tal.