Kougami
El almuerzo transcurre como siempre. Tomoyo se encarga de llenar los platos con más comida de la que Alice jamás admitiría que puede comer, y Alice, por supuesto, lo acepta sin discutir, porque nadie le dice que no a Tomoyo. Yo como en silencio, observando de reojo cómo Alice se desenvuelve en la mesa como si hubiera estado en mi casa toda la vida.
Y luego, cuando la comida está terminando y Alice se levanta para ponerse el abrigo, digo lo que ya había decidido hace rato.
—Voy contigo hasta la estación.
Alice se detiene, mirándome con una ceja arqueada mientras se envuelve en su abrigo pesado que no combina con nada.
—Ah, ¿sí?
Me encojo de hombros, como si fuera algo casual.
—No hay mucho que hacer en la tienda ahora. Te acompaño hasta el tren.
No le doy espacio para discutirlo. Alice me observa unos segundos más, como si intentara descubrir qué estoy pensando realmente. Y no lo logra.
Sonríe.
—Bueno, qué caballeroso.
Y con eso, salimos.
El aire en la calle es frío, con el viento cortando entre los edificios mientras caminamos hacia la estación. Alice tiene las manos en los bolsillos de su abrigo ridículo, con el hoodie de gatos sobresaliendo por el cuello como un recordatorio de lo diferente que se ve ahora. Pero no menciona nada de eso.
—Entonces, ¿a dónde vas exactamente? —pregunto, como si no lo supiera.
—Shinjuku —responde con tranquilidad—. Me voy a encontrar con los chicos de Artes.
—Mmm.
No digo nada más, pero Alice no es idiota. Me mira con los ojos entrecerrados.
—No me mires así —dice—. No estoy haciendo nada ilegal.
Eso es técnicamente cierto, por ahora.
—Nunca dije que lo estuvieras haciendo.
Alice resopla, como si no tuviera ganas de discutir, y el resto del camino hasta la estación transcurre en silencio. Cuando llegamos, subimos al tren y nos mantenemos de pie en el vagón, rodeados de oficinistas que parecen no notar el peso de la conversación implícita entre nosotros. Alice mira por la ventana. Yo la miro a ella.
Cuando llegamos a Shinjuku, la dejo caminar adelante, como si simplemente estuviera ahí por coincidencia, como si no estuviera siguiéndola con la intención exacta de ver con quién se encuentra y qué demonios están planeando.
No tengo que esperar mucho.
Alice se reúne con un grupo de chicos y chicas en la entrada de una cafetería. Souta, Ryota, Kaede, Akari, Miyu, Nao, Shiori y Hinata. Algunos me resultan vagamente familiares. Otros, no tanto.
Pero hay dos que sí reconozco al instante… a las stalkers del gimnasio.
Alice, como si nada, se gira hacia mí con una sonrisa despreocupada.
—Chicos, él es Kougami Shinya.
Las chicas reaccionan primero. Algunas se miran entre sí, otras parecen contener una reacción más obvia. Alice las ignora y sigue como si nada.
—Kougami, ellos son los del grupo de Artes.
No es necesario que los presente uno por uno. Ya tengo los nombres en la cabeza. Ya sé quiénes son.
—Un placer. —Mi tono es neutral, aunque mis ojos se detienen apenas un segundo en Akari y Hinata, porque ahora sé exactamente quiénes son las que nos estaban espiando en el gimnasio.
Hinata sonríe con demasiado entusiasmo.
—Oh, el famoso Kougami.
Akari, en cambio, me analiza, como si no estuviera segura de qué hacer con la información de que ahora sabe que sé quién es.
Antes de que pueda decir algo, Kaede entrecierra los ojos, señalando a Alice con un gesto vago de la mano.
—¿Vamos a hablar de lo que todos estamos viendo o lo vamos a ignorar como si no pasara nada?
Alice ladea la cabeza.
—¿De qué hablas?
Kaede levanta una ceja.
—De tu nuevo look.
Alice se encoge de hombros, pero antes de que pueda responder, Akari toma la palabra como si fuera la líder de una investigación de alto secreto.
—Para empezar, el hoodie de gatos es una elección magistral. Pero el abrigo… —Hizo una pausa dramática—. El abrigo no tiene absolutamente nada que ver con el resto.
Hinata asiente con gravedad.
—Es un caos visual.
Alice suspira, como si estuviera cansada del tema antes de que realmente comience.
—Sí, sí, ya entendí. Es lo que había.
Akari chasquea la lengua, como si acabara de ver un crimen estético.
—Esto es inaceptable. Tendremos que asegurarnos de que tu estilo sea consistente.
Miyu, que parece estar divirtiéndose con la conversación, asiente.
—Lo arreglaremos después de tomar café.
No sé qué esperaba, pero ciertamente no esto.
Entramos a la cafetería y nos sentamos en una mesa grande, donde cada uno pide su bebida con la misma confianza de quienes han hecho esto miles de veces. No parecen un grupo desorganizado. No son simplemente estudiantes de arte. Son una unidad.
Y aunque son intensos—especialmente Akari, que habla con una energía inagotable—también son agradables.
Hablan de todo y de nada, con Alice encajando en la conversación con facilidad. Se ríe, los interrumpe, recibe burlas y las devuelve sin dudarlo. Se siente cómoda.
Y entonces, el tema del recital vuelve a surgir.
—Alice, no tienes nada de qué preocuparte —dice Souta, con un tono despreocupado—. El grupo entero ha ido a Kitazawa muchas veces.
Ryota asiente.
—Sí, Shelter 440 es un buen lugar. Solo tienes que seguirnos y actuar como si ya hubieras estado ahí.
Kaede, que está revisando algo en su terminal, mira a Alice por encima del borde de la pantalla.
—¿Nunca fuiste a un club nocturno?
Alice se encoge de hombros.
—¿Tengo cara de haber ido a uno?
—No. —Kaede sonríe—. Pero es una experiencia formativa.
Miyu asiente con emoción.
—Exacto. Y, además, Prophecy es una locura en vivo.
Alice los escucha con atención, absorbiendo la información con la misma intensidad con la que ha absorbido todo lo que ha descubierto en estos últimos meses. Es nueva en todo esto.
Y ahí está el problema.
Alice estuvo ocho años aislada. Su mundo fue la mansión Carter y nada más. Y aunque es inteligente, sigue siendo ingenua. No es que no sepa cuidarse, pero no sabe realmente a qué se está metiendo. No tiene la experiencia para notar ciertas cosas.
Yo sí.
Por eso no digo nada. No la voy a detener. No voy a decirle que no vaya. Pero voy a estar cerca.
Porque Alice Carter no tiene ni idea de cómo es el mundo cuando las luces del escenario se apagan.
Y alguien tiene que asegurarse de que salga de esto entera.
Akari Takasago
Cuando Alice llegó al punto de encuentro con el pináculo del atractivo masculino de Nitto, también conocido como Kougami Shinya, estuve a punto de perder la compostura.
Porque, vamos a ver, ¿qué está pasando aquí?
Es Kougami, el chico que rechaza a la mitad de las chicas que se le acercan, el que no se involucra demasiado con nadie fuera de su círculo de confianza, el que tiene un aire de misterio y peligro controlado que lo hace ridículamente atractivo… ese Kougami.
Y, sin embargo, ahí está, junto a Alice, como si fuera lo más normal del mundo.
Voy a morir.
Casi tuve un momento fangirl extremo, pero logré contenerme porque no puedo desperdiciar esta oportunidad.
Ahora estamos en la tienda de ropa y la misión está clara: renovar por completo el guardarropa de Alice Carter.
Desde el primer encuentro con ella en Nitto, quedó clarísimo que su ropa no tenía sentido. No porque no tuviera estilo, sino porque claramente no tenía opciones adecuadas para su edad, su actitud ni su potencial de futura estrella de rock.
Es una Carter. No tiene problemas con el dinero.
Tiene la oportunidad de vestirse como una diosa de la escena musical y ha estado desperdiciándola con un guardarropa que parece salido de tres realidades paralelas incompatibles. Esto tiene que cambiar.
Así que aquí estamos, escaneando ropa con una precisión quirúrgica, seleccionando prendas que gritan Alice, proyectando hologramas de cómo se verían puestas sobre cada una de nosotras, porque obviamente no hay probadores físicos en una tienda como esta.
Pero, mientras ayudamos a Alice a elegir su futuro icónico look, no vamos a desaprovechar la oportunidad de hacer lo que mejor hacemos: interrogarla.
Miyu es la primera en disparar.
—Entonces… ¿quieres explicarnos por qué Kougami Shinya te siguió hasta aquí?
Nao ajusta el Holo traje que está probando y sin levantar la vista añade:
—Sí, considerando que este plan fue organizado en el último minuto…
Kaede, que no se mete en chismes a menos que sean realmente jugosos, simplemente observa con los brazos cruzados. También quiere respuestas.
Alice, que está viendo una chaqueta de cuero como si su vida dependiera de ello, responde sin inmutarse:
—Porque estábamos juntos antes de venir.
No es la respuesta equivocada. Es la respuesta peor pensada posible.
Hinata, que ha estado relativamente en silencio, grita.
—¡¿QUÉEEE?!
Suelto la prenda que estaba sosteniendo y me giro tan rápido que casi tiro el expositor de accesorios.
—¿ESTABAN JUNTOS?
Alice frunce el ceño y suspira.
—Sí. Pero no de esa manera, Akari.
No me convence. No nos convence a ninguna.
Miyu se acerca un paso más, afilando la mirada como si estuviera interrogando a un criminal.
—Define "estar juntos".
Alice nos mira, evaluando cuánto tiene que decir para salir de esta. Al final, cede un poco.
—Ayudo a Kougami y a su madre en la tienda de comestibles en las mañanas.
Silencio absoluto.
Kaede es la primera en romperlo, con una expresión que no puedo interpretar del todo.
—¿Conoces a la madre de Kougami?
Alice parpadea.
—Sí.
Hinata, que aún no ha superado la primera parte de la revelación, vuelve a gritar.
—¡¿QUÉEEE?!
Miyu nos mira a todas con una mano en la boca.
—Alice, Alice. Por favor. Esto es muy importante.
Nao inclina la cabeza.
—¿Cómo es?
—Es encantadora. —Alice responde con una tranquilidad que me hace querer sacudirla—. Tomoyo es increíblemente amable.
Nos miramos entre nosotras, procesando la información.
Alice Carter no solo está cerca de Kougami, no solo llegó con él, no solo trabajan juntos, sino que también conoce a su madre.
ha dejado de funcionar. Hinata toma mis manos, dramática como siempre.
—Esto es demasiado.
Miyu está a punto de desmayarse.
—¿Y tú te atreves a decirnos que solo son amigos?
Alice levanta una ceja, con una calma desquiciante.
—Porque lo somos.
Nao suelta un resoplido.
—Eso dices tú.
Hinata nos mira a todas y junta las manos en un gesto de súplica.
—Chicas, ¿se dan cuenta de lo que esto significa?
—Que Kougami está más cerca de Alice que de cualquier otra chica en Nitto y que esto podría ser el mayor chisme de la historia. —respondo sin dudar.
—Exacto.
Alice rueda los ojos y vuelve a concentrarse en la ropa.
—Mejor hablemos de lo que importa. ¿Qué me pongo para el recital?
No podemos insistir más. Por ahora, pero esto no se termina aquí.
Kougami
La conversación en la cafetería fluye con facilidad, el grupo de Artes es ruidoso y caótico, pero al mismo tiempo tiene una dinámica que, de alguna forma, funciona. Alice encaja bien con ellos, se ríe con sus chistes, los desafía con comentarios afilados y se deja llevar por su intensidad sin perderse en ella. Es extraño verla así. Tan… cómoda.
Pero cuando las chicas terminan su café y Akari declara que es hora de la misión, sé que el verdadero infierno está por comenzar.
—Bien, bien, suficiente charla, tenemos un objetivo —anuncia Akari, levantándose con una energía agotadora.
Hinata se estira como un gato y la sigue.
—Exacto. Alice, prepárate.
Alice, que ya estaba esperando esto, suspira con resignación y se pone de pie.
—Siento que voy a arrepentirme de esto.
—¡Confía en el proceso! —exclama Miyu, arrastrándola hacia la salida.
Nao, Kaede y Shiori también se levantan, aunque con menos entusiasmo. No necesitan estar en modo "agentes de compras" como Akari y Hinata, pero el deber las llama. Y el deber es transformar a Alice en la estrella del rock que supuestamente está destinada a ser.
Ella me lanza una mirada rápida antes de salir, como esperando que diga algo. No lo hago. Solo la observo y me encojo de hombros… ella se metió en esto.
Cuando la puerta se cierra tras ellas, quedamos solo los tres.
Ryota, Souta y yo.
Los dos chicos no tardan en retomar la conversación donde la dejaron. Siguen hablando sobre el recital, sobre cómo Kitazawa no es un lugar del que preocuparse demasiado. Yo no digo nada. Solo los escucho. No interrumpo, no opino.
Pero hago preguntas indirectas, que no demuestren que estoy preocupado por Alice.
—Así que han ido varias veces —digo con calma, tomando mi café con aparente indiferencia.
Souta asiente, apoyando los codos en la mesa.
—Sí, Shelter 440 es un buen lugar. Es de los más confiables dentro de los clubes ilegales.
Ryota, que hasta ahora había estado callado, se inclina un poco hacia adelante.
—Y, además, no somos los únicos que van. Hay otros estudiantes de Nitto que han pasado por ahí.
—¿Sí? —Levanto una ceja, fingiendo leve interés.
—No somos los primeros ni los últimos —continúa Ryota—. Siempre hay alguien que conoce a alguien que puede hacerte entrar. No es raro.
Souta asiente con seguridad.
—Mira, sabemos que no es un lugar "seguro" en el sentido convencional, pero no es como si fuéramos a meternos en problemas. Solo vamos a escuchar música y ya.
No me convence del todo. Ninguno de estos lugares es realmente seguro. Kitazawa no es el peor distrito, pero tampoco es un parque de diversiones. Y Alice no tiene ni idea de cómo moverse en estos espacios.
—¿Y cómo piensan entrar esta vez?
—Tengo un contacto —dice Souta, con la confianza de alguien que cree que todo está resuelto—. No es la primera vez que hacemos esto.
Ryota sonríe, un poco más relajado.
—No tienes que preocuparte. Vamos a cuidar de Alice.
Demasiado tarde, no lo digo, pero ya me estoy encargando de eso.
No hago más preguntas. No los interrogo ni les doy motivos para sospechar que me importa más de lo que quiero admitir. Pero me quedo con la información.
Porque si algo sale mal, quiero saber exactamente a quién buscar.
Akari Takasago
Esto ya no es una simple tarde de compras. Esto es una misión de inteligencia de alto nivel.
Alice Carter, la chica más enigmática de Nitto, está aquí, frente a nosotras, con un abrigo que no combina, con un hoodie de gatos que la hace ver como una adolescente normal por primera vez en su vida, pero nada en ella es normal.
Miyu cruza los brazos, su expresión dulce desapareció por completo.
—Alice. Vas a tener que explicarnos cómo demonios llegamos hasta aquí.
Hinata asiente con urgencia.
—Sí, porque no tiene sentido. Nada de esto tiene sentido.
Kaede, la más pragmática del grupo, deja de ver su Holo traje por un momento y se gira con interés.
—Si son solo amigos, ¿por qué está tan cerca de ti?
Alice suspira, como si estuviera demasiado harta demasiado rápido, pero ella se lo buscó. No puedes aparecer con Kougami Shinya y esperar que no te interroguemos. No somos idiotas.
—Las cosas con Kougami son… complicadas.
Miyu suelta un leve jadeo y me agarra el brazo. Hinata se cubre la boca. Shiori, que hasta ahora no había dicho nada, levanta la vista de su terminal con un brillo peligroso en los ojos.
Yo, por mi parte, estoy procesando esas palabras con la intensidad de alguien que acaba de descubrir la conspiración del siglo.
—¿Complicadas? —repito, con el tono de quien está a punto de morir por la cantidad de información que acaba de recibir.
Alice nos mira, como si lamentara haber dicho algo, pero ya es demasiado tarde.
—Sí.
Hinata parece al borde del colapso.
—Explícate.
Alice cruza los brazos, su expresión es de fastidio absoluto. Pero se lo buscó.
—Kougami tiene esta estúpida idea de esperar la compatibilidad de Sibyl para emparejarse.
Silencio absoluto.
Yo me tambaleo. Literalmente. Esto me sacudió demasiado fuerte.
—¿Qué?
Nao frunce el ceño, genuinamente confundida.
—Espera, espera, espera. ¿Me estás diciendo que el tipo más deseado de Nitto, el que no deja que ninguna chica se le acerque demasiado, el que llegó contigo hasta aquí y se queda en silencio mientras te mira como si fueras su debilidad, está esperando a que Sibyl le diga que puede estar contigo?
Alice se encoge de hombros.
—Básicamente, sí.
Mi vida acaba de terminar. Me acabo de morir.
Miyu se aferra a mí con la desesperación de quien está perdiendo la cordura.
—ESTÁ ENAMORADO EN SERIO.
Hinata está en modo catatónico, con las manos en la cabeza.
—Alice, Alice, Alice, no puedes decirnos esto y esperar que sigamos actuando con normalidad.
—¿Y qué quieren que haga?
—¡Que hagas algo al respecto! —exclama Miyu—. Por favor.
Shiori, que hasta ahora ha estado tranquila, lanza la bomba.
—Pero pasó algo entre ustedes, ¿no?
Alice nos mira en silencio, los ojos entrecerrados, el ceño fruncido. Está atrapada.
—Alice, por favor. Sabemos que sí.
Alice se pasa una mano por la cara, exhala con fastidio y, finalmente, dice lo que nos va a matar.
—Sí. Pasaron cosas.
Hinata casi se cae al suelo.
—¿QUÉ COSAS?
Alice levanta una mano, como si quisiera que nos calmáramos. Imposible.
—Nada demasiado grave.
Miyu está al borde de las lágrimas.
—Define "nada demasiado grave".
Alice aprieta los labios, dudando por un momento antes de soltar la frase que nos va a matar a todas en este preciso instante.
—Pasaron algunas cosas más que solo besos. Pero no cruzamos ninguna línea.
Me muero. Literalmente me muero.
Hinata suelta un grito ahogado. Miyu parece al borde del colapso. Yo tengo que sentarme.
Kaede, que rara vez pierde la compostura, se lleva una mano a la boca.
Shiori ajusta sus lentes, con una expresión de quien ya sospechaba algo, pero esto fue demasiado.
Nao no dice nada. Solo nos mira a todas y luego a Alice, evaluándola como si acabara de descubrir el dato más jugoso de la historia.
—No puedo más. —digo finalmente, tomando a Miyu y sacudiéndola para que volvamos en nosotras.
Hinata se agarra a Kaede, como si necesitara apoyo físico para sobrevivir a esta conversación.
—Alice. Alice. Alice.
Alice nos mira, sin expresión.
—¿Qué?
—¿Y TÚ ME ESTÁS DICIENDO QUE TODO ESTO ES PORQUE ÉL QUIERE ESPERAR A SIBYL?
—Sí.
—ME ESTÁS JODIENDO.
Hinata se cubre la cara.
—Kougami Shinya es un maldito romántico reprimido.
Shiori anota algo en su terminal. Dios sabe qué, pero seguro es algo importante.
Miyu, que finalmente logra recuperar el aliento, sacude a Alice con ambas manos.
—Pero si pasaron cosas, si ustedes dos claramente tienen algo, si hasta conoces a su madre, si él literalmente se queda callado mirándote todo el tiempo, ¡¿POR QUÉ NO ESTÁN JUNTOS?!
Alice suspira.
—Porque él quiere esperar.
Silencio. Miyu se deja caer contra un estante.
—No puedo con esto.
Hinata se abanica a sí misma con la mano.
—No lo supero.
Yo, todavía en estado de shock, tomo a Alice por los hombros y la miro a los ojos.
—Alice, ¿tienes idea de lo que acabas de decirnos?
Alice suspira de nuevo.
—Sí.
Hinata se lleva las manos a la cara.
—No puedo. No puedo. Esto es demasiado para un solo día.
Kaede, que aún se está recuperando, se cruza de brazos y mira a Alice con seriedad.
—Entonces, ¿qué piensas hacer?
Alice frunce los labios.
—Nada.
Miyu la sacude.
—¿¡NADA!?
—Nada. —repite Alice con calma—. Si él quiere esperar, que espere.
Hinata jadea.
—Esto es guerra psicológica.
Shiori asiente con calma.
—Y Alice sabe que va a ganar.
Nos miramos todas, en estado de shock absoluto, mientras Alice simplemente sigue viendo ropa como si no acabara de destruirnos a todas con su confesión.
Esta compra de ropa dejó de ser una misión de vestuario, ahora es una misión de supervivencia emocional.
Kaede Shiranagi
No quería saber esto.
No quería estar en esta tienda, viendo cómo Alice Carter se probaba ropa con la facilidad de alguien que no tiene que preocuparse por absolutamente nada. No quería escuchar cada una de sus respuestas mientras las demás la acribillaban a preguntas sobre Kougami Shinya. No quería enterarme de que el chico al que llevo observando en la biblioteca durante meses, el chico que creí inalcanzable pero tal vez—solo tal vez—podría haber sido una posibilidad, ya tiene a alguien más.
Y no solo a alguien más, a ella, de entre todas.
Todo en ella es caótico, imposible de controlar, y, sin embargo, de alguna forma, todo parece girar a su favor. No es como las demás chicas de Nitto. No es como ninguna otra persona que haya conocido. Nunca ha intentado encajar, nunca ha tratado de suavizarse para caerle bien a nadie. Y, aun así, todo el mundo la sigue. Todo el mundo se siente atraído por ella. Y ahora, resulta que incluso él.
No debería estar sorprendida. Lo vi antes que nadie. Lo noté la primera vez que entró en la biblioteca con Kougami y Ginoza, la forma en la que Kougami, que nunca parece prestarle atención a nadie más de lo estrictamente necesario, la miraba. No solo con interés, sino con algo más. Algo que en su momento no supe identificar, algo que no quise admitir.
Ahora lo sé, él está enamorado de ella.
Y no de una forma superficial, no de esa manera en la que alguien se siente atraído por lo imposible. No, en serio. Con la convicción de quien ha tomado una decisión y la va a seguir hasta el final. Con la paciencia de quien está dispuesto a esperar porque cree que no hay otra opción.
Lo veía en la biblioteca, cuando se quedaba hasta tarde, concentrado en sus notas, cuando creía que nadie lo observaba. Lo veía en los pasillos, cuando su presencia bastaba para hacer que todos a su alrededor se hicieran a un lado. Lo veía en los entrenamientos, cuando cada movimiento suyo tenía una precisión que solo alguien con su disciplina podía tener.
Y lo vi cuando dejó de estar solo, cuando Alice entró en su espacio y él la dejó quedarse.
No me engañé a mí misma. Sabía que entre ellos había algo, que la forma en la que Kougami se comportaba cuando Alice estaba cerca no era normal. Pero parte de mí quería creer que aún no había pasado nada. Que aún existía la posibilidad de que fuera solo eso, una relación indefinida, un lazo que podía romperse en cualquier momento.
Pero no, Alice no solo lo sabe, lo tiene.
Tal vez aún no lo acepta completamente, tal vez sigue diciendo que "son solo amigos", pero lo dice con la certeza de quien ya ha ganado la guerra y solo está esperando que el otro lo admita.
Las demás siguen reaccionando, Miyu y Hinata están en completo colapso emocional, Akari está gritando de la emoción y Shiori está procesando la información con la misma calma analítica de siempre. Pero yo no estoy reaccionando como ellas. Yo solo quiero salir de aquí.
Alice sigue viendo ropa, indiferente a la tormenta que acaba de causar, como si esto no fuera importante, como si hablar sobre cómo ellos han estado juntos de una forma que va más allá de simples besos no fuera algo que acaba de cambiar por completo mi día, mi semana, mi maldito año.
No quiero saber más.
No quiero pensar en Kougami con Alice, en lo que pasó entre ellos, en la forma en la que él probablemente la miraba en esos momentos, en cómo la tocaba, en cómo se estaba conteniendo. Porque ahora todo encaja. Ahora entiendo por qué rechaza a todas las demás.
Porque está esperando a Alice y ella sabe que no tiene que hacer nada.
Que solo tiene que existir y eventualmente él va a ceder.
Me doy cuenta de que estoy apretando demasiado fuerte una de las prendas que estaba viendo. La suelto y exhalo despacio, sin mirar a nadie, sin dejar que se note lo que realmente estoy sintiendo. No quiero que lo sepan. No quiero que ninguna de ellas lo note, porque no quiero que Alice lo note. Porque, a pesar de todo, Alice me cae bien.
Kougami
Ryota y Souta siguen hablando con la seguridad de quienes ya han hecho esto muchas veces, con la tranquilidad de quienes creen que no hay absolutamente nada de qué preocuparse. Los dejo hablar, los dejo explicar, los dejo soltar cada detalle sin que se den cuenta de que los estoy analizando. Si fuera cualquier otra persona, probablemente no me molestaría en hacer esto. Pero es Alice y ella no tiene ni idea de lo que está haciendo.
Souta gesticula con calma mientras describe cómo funciona todo, como si estuviera explicando algo tan mundano como el proceso de comprar entradas para el cine. Dice que su contacto en Kitazawa es confiable, que han entrado antes sin problemas, que todo el grupo de Artes es experimentado en esto.
—Además, Alice es la más joven y después de todo, nosotros somos su senpais —añade Souta con un encogimiento de hombros—. Es natural que la cuidemos.
Esa parte no me gusta. No porque no tenga sentido, sino porque significa que Alice va a depender de ellos. Pero Ryota asiente con la misma seguridad, reafirmando la idea como si ya fuera un hecho.
—No es nada complicado —dice con su tono relajado— Vamos, ¿qué crees que va a pasar?
No lo digo en voz alta, pero sé lo que podría pasar.
Es inteligente, sí. Pero ha estado aislada del mundo real por ocho años. No sabe reconocer cuando alguien tiene intenciones equivocadas, no sabe qué hacer si se encuentra con una situación que no puede controlar con su carisma y su actitud desafiante. No tiene experiencia suficiente para medir el peligro real, pero ellos sí.
Y por más que no me agrade la idea de dejar esto en manos de otros, tengo que admitir que no están mintiendo. Han hecho esto antes. Conocen el lugar, saben qué esperar y van a cuidar de Alice.
Souta se cruza de brazos y me observa con una media sonrisa, como si ya supiera que estoy evaluando la situación más de lo necesario.
—Así que, ¿qué dices?
Ryota toma un sorbo de su café, con la misma calma de siempre.
—¿Sigues pensando en ir a vigilarla?
No respondo de inmediato. No porque no tenga una respuesta, sino porque sé que ellos la van a cuidar.
Sé que, si Alice se mete en problemas, van a estar ahí. Sé que no es un grupo de idiotas que la va a dejar tirada. Sé que no soy el único que se preocupa por ella.
Exhalo despacio, dejando la taza en la mesa.
—Está bien —digo con calma— No voy.
Ryota sonríe con satisfacción. Souta asiente, como si hubiera esperado que llegara a esa conclusión.
—Te preocupas demasiado.
No lo niego, pero tampoco lo confirmo. No hace falta.
Alice va a estar bien y si algo sale mal, voy a ser el primero en enterarme.
Alice
Hinata habla con la despreocupación de quien no tiene idea de la bomba que acaba de lanzar.
—Igual, según escuché, Kougami salió con una chica de Sociales, de tercer año, Yuzuki, dos veces, hace una semana o poco más.
No sé qué esperaba escuchar después de todo lo que ya dijeron hoy, pero definitivamente no esto.
Desactivo el holo traje después de probarme un abrigo y miro a Hinata con calma, porque no tiene sentido hacer una escena, porque esto no debería importarme.
—¿Sí? —pregunto, sin que se note absolutamente nada en mi voz.
—Sí —asiente Hinata, probándose un holo traje con un diseño que no tiene nada que ver con la conversación—. Yuzuki es amiga de mi hermana, y por lo que me contó, Kougami fue muy grosero con ella en la segunda cita.
Nao levanta una ceja.
—¿Grosero?
—Sí. O eso dice ella. Según mi hermana, Yuzuki solo dijo la verdad sobre alguien de la academia y él se lo tomó mal.
No necesito escuchar mucho más, porque me imagino lo que sucedió.
Probablemente la "verdad" que dijo Yuzuki era sobre mí, sobre Ginoza o ambos.
Tomo una respiración lenta y sigo viendo ropa, como si nada hubiera cambiado, como si mi mente no estuviera corriendo en círculos. No puedo hacer otra cosa más que aceptar la información como si fuera irrelevante. Porque debería ser irrelevante.
Pero algo dentro de mí se remueve, sé que no debería estar celosa. No puedo estar celosa.
Soy la novia de Ginoza y lo amo. Amo a Dime. Amo la forma en la que Nobu siempre se esfuerza por mantenerse firme, la forma en la que me mira cuando cree que no me doy cuenta, la forma en la que aún intenta mantenerse al margen, pero nunca puede realmente. Y sé que lo nuestro es real.
Pero también amo a Kougami.
Y aunque no lo piense demasiado, aunque no lo deje salir, aunque ya le haya dicho que lo amo, aunque ya le haya escrito una maldita carta de amor, aunque no pueda hacer absolutamente nada más que estar ahí con él, esto duele.
Porque si Kougami cambiara de idea… si de repente me dijera que también me ama, que ya no va a esperar la compatibilidad de Sibyl y quiere hacer algo al respecto…
¿Qué haría yo?
No quiero pensar en eso porque no quiero arruinar nada, no quiero perder a Ginoza, no quiero perder lo que tenemos y mucho menos quiero hacerle daño.
Pero en las noches, cuando todo está en silencio, cuando mi mente no puede distraerse con otra cosa, cuando mi corazón insiste en que hay algo que no estoy enfrentando del todo…
A veces me lo pregunto… ¿Y sí?
Pero me conozco, lo conozco y sé que no puedo hacer más de lo que ya hice.
Así que lo único que me queda es seguir estando ahí, como podemos. Como él quiere.
Kougami
Las chicas vuelven después de dos horas. Dos horas enteras. No sé qué demonios hicieron durante todo ese tiempo, pero por la expresión de Alice, salieron victoriosas.
No tiene ni una sola bolsa en las manos porque, obviamente, la tienda enviará todo a la mansión Carter, como es usual. Su abrigo pesado sigue sin combinar, pero no parece importarle en lo absoluto. Se ve relajada, incluso satisfecha con lo que sea que haya comprado, pero hay algo más que no termino de identificar.
Nos despedimos del grupo de Artes, con Souta y Ryota dándome una última mirada cómplice antes de que cada uno tome su camino. No digo nada más, simplemente empiezo a caminar junto a Alice, en silencio.
Decido romperlo primero.
—Son agradables.
Alice tarda un segundo en responder.
—Sí.
No suena entusiasmada. No suena como alguien que acaba de pasar dos horas de compras con un grupo de personas con las que, supuestamente, se está llevando bien.
Frunzo el ceño.
—¿Y ese tono?
Alice niega con la cabeza.
—No es nada.
No le creo. No sé qué demonios pasó ahí adentro, pero Alice no es Alice ahora mismo.
Sigo caminando en silencio, dejándole espacio, esperando que hable por su cuenta. No lo hace.
Y eso me molesta.
No porque Alice tenga que decirme todo lo que piensa, sino porque siempre dice todo lo que piensa. Nunca se queda callada. Si algo le molesta, lo dice. Si algo la irrita, lo deja claro. Pero ahora no lo está haciendo.
—¿Alice?
—¿Qué?
—¿Qué pasa?
No responde enseguida. Tarda demasiado en decir algo. Cuando finalmente lo hace, su tono es medido, demasiado medido.
—Nada.
Me detengo en seco y la miro. Ella también se detiene.
—Alice.
Ella exhala con frustración, como si intentara decidir si vale la pena hablar. Y si Alice está dudando en decir algo, significa que algo importante está pasando.
Finalmente, me mira.
—Sé que no tengo derecho a reclamar nada y no es la idea.
No entiendo a dónde quiere llegar con esto.
—¿Qué?
Alice desvía la mirada por un segundo y luego vuelve a enfocarme. Su voz es calmada, pero hay algo debajo de esa calma.
—Me enteré de que saliste con Yuzuki.
Me quedo en silencio por un momento, mirando a Alice, intentando entender por qué me está diciendo esto.
—Sí, salí con Yuzuki. Pero ya no.
Alice asiente lentamente, como si ya lo supiera.
—Me enteré de eso también.
Entonces, ¿para qué lo menciona? ¿Para qué trae esto a la conversación si ya sabe cómo terminó? Si no es para reclamarme nada, si no es la idea, ¿qué es exactamente lo que quiere escuchar de mí?
—¿Entonces por qué lo dices?
Alice no responde de inmediato. Su mirada es firme, pero hay algo en sus ojos que no suele estar ahí. Algo que no sé si quiero ver.
—Porque me cuesta entenderlo.
Levanto una ceja, esperando que continúe.
—Conmigo quieres esperar tres años… pero sales con otras chicas.
No sé qué responder ni cómo explicarle algo que ni siquiera sé si entiendo del todo.
Alice sigue observándome, esperando una respuesta, y yo busco la forma de dársela sin decir lo que realmente quiero decir.
Que no es lo mismo, que las cosas con ella no son lo mismo.
Que lo que tuve con Yuzuki fue un intento de normalidad, una distracción, algo sin peso real, porque no había nada en ella que pudiera hacerme temblar el mundo como Alice lo hace cada vez que me mira así, cada vez que me desafía con una simple pregunta que no sé responder sin traicionarme.
Pero no puedo decirle eso, mucho menos puedo decirle que la amo.
Así que miento. O al menos, digo una verdad a medias.
—Porque contigo es diferente.
Alice no aparta la mirada. No baja la cabeza, no cambia su postura. Solo me estudia.
—¿Diferente cómo?
Apretó la mandíbula, sintiendo el peso de cada palabra antes de decirla.
—Porque si cruzo esa línea contigo, no hay vuelta atrás.
Lo digo sin cambiar la expresión, sin darle más detalles, sin darle espacio a que interprete lo que realmente significa.
Alice no responde enseguida. No sé si es porque lo está procesando o porque ya sabía que iba a decir algo así. Pero cuando habla, su voz es baja, casi un susurro entre el frío de la noche.
—Ya la cruzamos, Shinya.
Mi corazón se salta un latido. No puedo discutirlo, porque Alice tiene razón.
Pero ella no entiende. No como yo.
Porque lo que pasó entre nosotros no fue solo un error, no fue solo una noche, no fue solo algo que se puede dejar atrás. Fue una promesa rota antes de siquiera haber sido dicha.
Y por eso me aterra.
Me aferro a la idea de esperar porque es lo único que me queda para no perder el control, porque si Alice supiera lo cerca que estoy de dejar todo eso atrás por ella, no volvería a dudar de lo que realmente somos, pero no puedo decirle eso.
Así que no digo nada. Y Alice tampoco lo hace.
Solo seguimos caminando, con el peso de lo no dicho colgando entre nosotros.
Alice
Cuando llego a casa, subo las escaleras sin pensarlo dos veces y cierro la puerta de mi habitación con más fuerza de la necesaria. No prendo la luz. No me molesto en quitarme los zapatos. Solo camino directo hacia la cama y entierro la cabeza en la almohada como si pudiera ahogar el peso de todo lo que siento en este momento.
Quiero romper algo.
Debería hacerlo, tomar el primer objeto frágil que encuentre y estrellarlo contra la pared. La idea me quema las manos, me sube por la garganta como una fiebre insoportable. Pero no lo hago, porque romper cosas no sirve de nada y porque nunca es suficiente. Porque lo único que realmente quiero es hundirme en el pelaje de Dime y desaparecer en su calor.
Dime es el único ser vivo en este mundo al que puedo demostrarle todo mi amor sin que se asuste, sin que se aleje, sin que me diga que no es apropiado. Puedo abrazarlo con toda la desesperación del universo y él solo se quedará ahí, respirando, sintiendo mi peso, existiendo sin preguntas, sin juicios. Dime nunca va a decirme que esperemos tres años.
Saco el terminal del bolsillo y marco sin dudar. Nobuchika atiende al segundo tono.
—¿Alice?
Su voz suena confundida. Son las ocho de la noche. No suelo llamarlo a esta hora, y menos sin motivo. Pero no tengo ganas de pensar en justificaciones.
—¿Cómo está Dime?
Escucho un suspiro breve, la pausa de quien ya debería estar acostumbrado a este tipo de preguntas.
—Bien. Durmiendo.
—¿Segurísimo?
—No le pasa nada, Alice.
Cierro los ojos. Me doy la vuelta en la cama y me quedo viendo el techo, con la pantalla iluminando mi rostro en la penumbra de la habitación.
—¿Quieres venir a casa?
Silencio.
Nobuchika no responde enseguida. Sé que no esperaba la invitación. Sé que probablemente debería dudar, que debería encontrar una excusa, que debería decirme que ya es tarde y que no tiene sentido. Pero no lo hace.
Exhala lentamente y su voz suena más cansada que antes cuando finalmente responde.
—Está bien.
Y por alguna razón, eso es suficiente para calmarme.
Ginoza
Cuando Alice me preguntó si quería ir a su casa, mi mente entró en un debate interno que no duró segundos, sino minutos, tal vez hasta una eternidad comprimida en el lapso de su silencio expectante. Objetivamente, esto no es algo que debería estar haciendo.
No estamos casados. No llevamos tanto tiempo juntos como para que estar a solas en la misma casa sea algo normal, algo esperado. No debería estar metiéndome en su espacio de esta manera. No debería estar acostumbrándome a su presencia al punto de no saber qué hacer con la distancia. No debería estar cediendo tan fácilmente a sus invitaciones.
Pero Alice es Alice y, cuando estamos a solas, es un problema.
Porque cuando me besa, me desarma, rompe mis estructuras, mis reglas, la lógica que tanto me esfuerzo por mantener en pie. Cuando estamos juntos y no hay nadie más alrededor, ella es demasiado intensa, demasiado real, o al menos lo suficiente para que yo no pueda ignorarlo. No sé qué hacer con lo que me provoca, no sé cómo procesar la forma en la que su cuerpo encaja en el mío, la manera en la que me sostiene la mirada antes de besarme como si cada beso fuera una certeza más en su lista de cosas inquebrantables.
Por eso no debería ir. Por eso, sin embargo, voy.
No me arrepiento demasiado cuando meto en una mochila una muda de ropa para dormir (porque, dada la hora sé que voy a dormir allí), algo de alimento para Dime y su correa. No me arrepiento cuando salgo de casa y cierro la puerta detrás de mí, sintiendo el peso de la noche en el aire frío. No me arrepiento cuando comienzo el camino hacia la mansión Carter, aunque no esté especialmente cerca, aunque implique una caminata larga y un viaje en tren que probablemente me hará cuestionar mis decisiones en cada estación.
Porque quiero verla, hace varios días que no la veo.
Alice nunca ha sido una persona con una vida social particularmente activa, al menos hasta ahora… pero ahora tiene un grupo y tiene amigos. Pertenece a un mundo que parece absorberla en lugares donde yo no existo, donde no hay espacio para mí, donde su tiempo no es mío, sino de los demás. Y yo no soy la persona más apegada del mundo, pero lo siento.
Siento cómo Alice se está alejando, no porque lo haga intencionalmente, sino porque tiene demasiadas cosas nuevas con las que distraerse. Porque yo ya no soy lo único que tiene.
Cuando llego a la mansión, la puerta se abre antes de que toque el timbre. Alice me mira con una dulzura que no reconozco en ella. Es extraña en su rostro, en su expresión usualmente desafiante. Es algo que no me esperaba ver.
Dime se adelanta, moviendo la cola con entusiasmo, y Alice lo recibe con los brazos abiertos, abrazándolo con la facilidad de quien lo ha adoptado como propio. Pero algo en la forma en la que me mira me dice que esta vez no es solo por él.
No sé si Alice extrañó a Dime. O si Dime es la excusa para que yo venga.
Porque esta vez, quizás por primera vez desde que somos novios, su atención está en mí.
Alice me besa como si no hubiera un mañana en cuanto me tiene cerca. No hay preámbulos, no hay advertencias, no hay siquiera un segundo de respiro entre el momento en que cierro la puerta detrás de mí y el instante en que sus labios ya están en los míos. Es intensa, como siempre. Como si me estuviera reclamando, como si en estos días de distancia hubiera acumulado una urgencia que ahora no puede contener. Y yo cedo.
Porque Alice me besa con la certeza de que lo va a conseguir todo. Porque sé que no hay escapatoria y en el fondo, no quiero escapar.
Sus manos se aferran a mi camisa, tirando de mí con más fuerza de la que debería ser necesaria, como si no fuera suficiente con tenerme ahí, como si necesitara asegurarse de que no voy a ninguna parte. Y por un momento, por un segundo demasiado largo, quiero perderme en ella, olvidarme de la razón, del control, de lo que se supone que no debemos hacer.
Quiero que la noche se reduzca a esto. Pero Alice no me deja perderme.
Es ella quien se separa primero, aunque su respiración todavía está desordenada, aunque sus manos aún siguen agarrando mi ropa como si dudara si soltarme o no. Apoya su frente contra la mía y me sonríe, apenas, con ese aire de victoria que siempre tiene cuando consigue lo que quiere.
—Te extrañé mucho.
Y ahí lo entiendo. Dime era una excusa, me llamó porque me extrañaba a mí.
Exhalo lentamente y, cuando finalmente logro mirarla con más claridad, lo noto.
El hoodie de gatos.
Mi ceño se frunce al instante. Es ridículo. Completamente ridículo. Y no solo es eso. La forma en la que está vestida es extraña. No es la elegancia controlada que siempre maneja, la que la hace parecer como si pudiera estar en una portada de revista sin esfuerzo. Esa que me gusta tanto.
—¿Qué te pasó?
Alice sonríe como si estuviera esperando la pregunta.
—Podemos hablar de eso más tranquilamente después de cocinar la cena.
Eso me dice todo y nada a la vez. Algo pasó. Algo que no está lista para soltarme todavía. Algo que, por la forma en la que me mira, es importante.
—¿Cocinar? —repito, entrecerrando los ojos—. ¿Desde cuándo cocinas?
Alice se cruza de brazos y levanta la barbilla con orgullo.
—Desde hoy.
Eso no me tranquiliza en lo absoluto.
—Alice…
—He estado pensando seriamente. Mientras venías, fui a comprar ingredientes orgánicos.
El comentario me hace parpadear.
—La comida orgánica podría nublar el tono.
Alice me mira con una expresión que me hace sentir completamente estúpido.
—No seas un aguafiestas, Nobu.
—No soy aguafiestas, es un hecho.
Alice pone los ojos en blanco y cruza los brazos.
—No puedes decirme que un plato de pasta con hongos va a hacer que te vuelvas un criminal latente.
Quisiera discutirlo. Quisiera tener algún argumento lógico que rebata eso. Pero Alice tiene razón.
—No voy a convencerte, ¿verdad?
—Para nada.
Suelto un suspiro y me paso una mano por el cabello.
—Al menos dime que tienes idea de cómo cocinar.
Alice sonríe como si estuviera a punto de meterme en un desastre del que no voy a poder escapar.
—Vamos a descubrirlo juntos.
Esa frase debería ser suficiente para que me dé la vuelta y me vaya. Pero no lo hago.
Nos lavamos las manos en el fregadero, lado a lado, y cuando miro de reojo a Alice, me doy cuenta de que realmente no sé en qué nos estamos metiendo.
La cocina de la mansión Carter es tan impecable que parece que nadie ha cocinado en ella nunca. Lo más probable es que sea cierto. Hasta ahora.
Alice pone los ingredientes sobre la isla con la confianza de alguien que nunca ha usado una sartén en su vida, pero cree que el proceso es intuitivo. Hay pasta, hongos frescos, crema, ajo, cebolla, un par de especias que probablemente compró solo porque sonaban bien. Lo observa todo como si estuviera resolviendo un acertijo.
Yo no estoy en una mejor posición. Sé hacerme el desayuno nada más. Pero al menos sé prender la cocina.
—Primero, necesitamos agua hirviendo.
Alice abre el grifo y mete una olla bajo el chorro de agua.
—Fácil.
La coloca sobre la hornalla con un golpe de confianza y me mira.
Tomo un encendedor de la encimera y giro la perilla del gas con una precisión que hace parecer que sé lo que estoy haciendo. Alice me observa con una mezcla de asombro y burla.
—Vaya, Nobu, todo un chef.
Ignoro el comentario y me enfoco en la siguiente parte del proceso.
—Ahora corta los hongos.
Alice agarra el cuchillo con la precisión de alguien que nunca ha usado uno para nada más que abrir paquetes. Lo sujeta con demasiada firmeza y baja la hoja con un golpe seco.
El hongo se aplasta en lugar de cortarse y nos quedamos mirándolo en silencio.
Alice levanta la vista.
—Eso cuenta, ¿no?
—Definitivamente no.
Suspira y vuelve a intentarlo. Le sale un poco mejor. Solo un poco.
Yo, por mi parte, intento cortar la cebolla sin destrozarla, pero no lo logro.
Para cuando tenemos los ingredientes listos, el agua de la pasta casi se evaporó porque nos distrajimos discutiendo si la salsa debía ir antes o después de la pasta. Alice sostiene el paquete de fideos con el ceño fruncido.
—¿Ahora los tiro?
—Sí.
—¿Y si salpica?
—No va a salpicar.
Alice me mira con desconfianza. Tira la pasta de golpe y salpica.
Me echo un paso atrás justo a tiempo, pero Alice no.
—¡Demonios, Nobu!
—Te dije que no pasaría si lo hacías bien.
—¡¿CÓMO SE SUPONE QUE SE HACE BIEN?!
Respiro hondo. No vamos a sobrevivir esta cena.
Cuando finalmente la pasta está lista y la salsa, aunque de consistencia dudosa, parece comestible, nos servimos en silencio, observando lo que hemos creado como si fuera una criatura extraña que podría matarnos en cualquier momento.
Alice toma el tenedor y lo gira en la pasta con determinación.
—Bueno, sí morimos, morimos juntos.
Me encojo de hombros y pruebo un bocado. No está mal.
Alice me observa con atención.
—¿Y?
Mastico, evalúo.
—He comido peor.
Alice sonríe, satisfecha.
—Yo también.
Alice está sentada frente a mí con la postura relajada de quien ha logrado algo importante. A pesar del desastre absoluto que fue cocinar esta cena, se ve satisfecha. Como si realmente creyera que hemos hecho algo bien. Yo, por mi parte, sigo intentando procesar el hecho de que sobrevivimos a nuestra primera experiencia en la cocina.
Mientras comemos, Alice empieza a hablar. Lo hace con la facilidad con la que siempre lo hace cuando algo la emociona, cuando está en esa energía suya de soltar todo lo que está pensando sin filtros, sin preocuparse por medir sus palabras. Y yo la escucho.
Me cuenta que encontró ropa y el diario de Naomi en el sótano de la mansión Carter. Así que eso explica el cambio de look. Lo dice con calma, pero sé que no es algo insignificante para ella. Alice no guarda cosas por nostalgia. Las usa. No está guardando la ropa de su madre en una caja para verla de vez en cuando y recordar. Se la puso. La hizo suya. Y aunque no dice demasiado sobre lo que escribió Naomi en ese diario, sé que le importa más de lo que quiere admitir.
—Así que por eso el hoodie de gatos. —digo, girando el tenedor en la pasta.
Alice sonríe, divertida.
—Es ridículo, ¿verdad?
—Completamente.
Ella se ríe y sigue comiendo, como si estuviera satisfecha de que yo también lo reconociera.
Pero entonces, sin previo aviso, suelta la bomba.
—Me compré una guitarra eléctrica.
Dejo el tenedor en el plato.
—¿Qué?
Alice sigue comiendo como si nada.
—Eso. Me compré una guitarra eléctrica.
—Alice.
—Nobu.
Mi ceño se frunce automáticamente.
—Esa música puede nublar el tono.
Alice me mira con una expresión que no puedo describir de otra manera que exasperación pura.
—Por el amor de Dios, Nobuchika, no puede ser que una guitarra eléctrica me vuelva una criminal latente.
—Depende de qué toques con ella.
—¿Y si toco canciones de cuna?
Resoplo y sigo comiendo, porque sé que esta conversación no tiene sentido. Alice ya tomó la decisión. Y no importa lo que diga, no va a cambiar de idea.
Ella sonríe con triunfo antes de cambiar de tema.
—Conocí a un montón de gente en Artes.
Me tenso un poco sin querer, pero no digo nada. Ya sabía esto. Lo he visto en cómo Alice ahora tiene planes que no me incluyen, en cómo su tiempo ya no es solo mío. Pero dejo que siga hablando.
Empieza a contarme sobre sus nuevos amigos con la emoción de quien ha descubierto un mundo completamente nuevo. Me habla de cómo son, de sus dinámicas, de sus obsesiones ridículas.
—Están completamente obsesionados con la Mitsuya Cider.
Alzo una ceja.
—¿Qué?
—Sí. La toman como si fuera elixir de los dioses. No entiendo por qué, pero es su cosa.
Lo dice con una sonrisa pequeña, como si realmente le pareciera entretenido. Como si disfrutara la excentricidad de estos nuevos amigos.
—Akari es… intensa. —continúa.
—¿Más que tú?
—Sí.
Eso me preocupa.
—¿Y Kaede? —pregunto, porque la conozco.
Alice asiente y se toma un segundo antes de responder.
—Me cae bien.
—Pensé que era muy tranquila.
Alice sonríe con algo de burla en los ojos.
—Es tranquila.
—…
—La única tranquila.
Suelto un suspiro.
—Voy a tener que conocerlos mejor.
Alice me mira con diversión y sigue comiendo. No dice nada. Pero lo sabe.
Sabe que eventualmente voy a terminar involucrado en esto.
Porque, aunque no me agrade, aunque no lo quiera, Alice ya hizo de estas personas parte de su mundo y yo quiero estar en su mundo.
Alice
Nobuchika se sienta en la sala de estar como si hubiera sido arrastrado aquí en contra de su voluntad, aunque sé que en el fondo no está tan molesto como finge. Dime se echa en el suelo cerca de él, con la tranquilidad absoluta de quien sabe que es el centro del universo. En este momento, esta es su casa, su momento, su reino.
Miro a Nobuchika por un instante, luego a Dime. Es ahora o nunca.
Me levanto sin decir nada y voy a buscar la guitarra eléctrica. La saco con el mismo cuidado con el que otras personas manejarían una obra de arte. La observo, brillante y perfecta, con su peso familiar en mis manos. Y, por supuesto, observo la pegatina.
Apenas la ve, Nobuchika frunce el ceño.
—Alice.
—Nobu.
—¿Por qué le pusiste esa pegatina ridícula?
Sonrío, inclinando la cabeza con la satisfacción de quien ya ha ganado antes de que empiece la discusión. No le voy a decir que Shinya me la regaló y por eso la pegué.
—Porque estaba destinada a estar aquí.
—No lo estaba.
—Claro que sí. Ahora combina con el hoodie.
Nobuchika se pasa una mano por la cara, como si reconsiderara todas sus decisiones de vida que lo llevaron hasta este momento. Pero no insiste. Sabe que no hay vuelta atrás.
Conecto el amplificador, asegurándome de mantener el volumen bajo, lo suficiente para que el sonido tenga cuerpo, pero no para molestar a Dime, porque es importante cuidar su salud auditiva. Si estuviera sola, la casa entera temblaría con cada acorde, pero no puedo hacerle eso a mi hijo.
Me siento en el suelo, justo al lado de él. La madera es fría bajo mis piernas, pero no me importa. Esto es lo que quiero hacer.
Empiezo a tocar.
Primero, notas sueltas, un par de acordes para entrar en calor. Dime suspira, moviendo apenas una oreja, reconociendo que esto es parte de la rutina ahora. Luego dejo que mis dedos se deslicen con más intención sobre las cuerdas, formando progresiones más suaves. No son canciones para hacer temblar la casa. Son canciones para él.
Dime cierra los ojos cuando empiezo a cantar.
—Love of my life, don't leave me…
Su cola se mueve apenas, como una respuesta muda. Lo observo por un instante y sonrío antes de seguir.
—Love of my life, can't you see? …
Dime aúlla. Su aullido es suave, casi tierno, una imitación torpe pero sentida del tono de mi voz. Me río y sigo tocando, mirándolo con la devoción de quien ha encontrado la única constante en su vida.
El hombre de mi vida es este perro, lo supe desde el primer momento en que lo vi, pero ahora es oficial.
Ginoza
Alice le está cantando a Dime y tengo que hacer un esfuerzo considerable para no reconocer que esto es demasiado tierno hasta para mí.
Verla ahí, sentada en el suelo con su guitarra, con su voz suave y cálida en un volumen contenido, con Dime acurrucado a su lado, respondiéndole con aullidos torpes y felices, es una imagen que no encaja con la chica que la gente en Nitto conoce. No es desafiante, ni arrogante, ni la que juega con la paciencia de todos a su alrededor solo porque puede. Esta es otra cosa, es real.
Dime está echado a su lado, con la cabeza apoyada en sus piernas, completamente entregado a la melodía como si supiera que esto es para él, como si entendiera que Alice le está cantando con la misma devoción con la que alguien declararía su amor eterno. Su cola se mueve de vez en cuando, su respiración es tranquila, su cuerpo relajado en la alfombra, completamente seguro, completamente en paz. Es la imagen de un animal amado. De un ser que sabe que pertenece.
Y lo que más me afecta, lo que más me sorprende de todo esto, es que Alice ama a Dime.
No como alguien que simplemente tolera a un perro. No como alguien que lo ve como una mascota ajena. Lo ama como si fuera suyo, como si siempre hubiera sido suyo, como si no pudiera concebir su vida sin él.
Dime fue mío primero, mi compañero cuando nadie más lo fue, cuando la soledad era algo que no podía nombrar, pero que existía en cada rincón de mi vida, la única constante que tuve, la única presencia que no exigía nada, que no esperaba nada, que simplemente estaba.
Y ahora, verlo así, completamente entregado a Alice, completamente rendido ante su cariño, completamente suyo, es algo que no sé si debería molestarme o si es simplemente inevitable.
Porque Dime eligió a Alice tanto como Alice lo eligió a él y eso es algo que valoro más de lo que jamás admitiría.
No todas las personas aceptan a los perros, no los miran con el respeto y la devoción que se merecen, mucho menos entienden lo que significan.
Para muchos, los perros son una carga, un estorbo, un animal que requiere cuidado y que ensucia la casa. Pero Alice nunca lo vio así, nunca trató a Dime como algo secundario, nunca lo miró como si fuera un extra en su vida. Lo hizo parte de su mundo sin dudarlo.
Alice hizo de Dime su familia. A costa mía, pero lo hizo.
Y si soy honesto conmigo mismo, tal vez fue por eso que acepté venir esta noche, aunque sabía que no era lo que "debería" hacer y luego acepté la idea de Alice cocinando, aunque no tenía sentido. Tal vez fue por eso ahora estoy aquí, escuchando su guitarra y su voz, sin encontrar nada de qué quejarme.
Porque la verdad es que la guitarra no está haciendo sonidos horribles, la voz de Alice es dulce hasta el extremo y verla con ese hoodie ridículo que perteneció a su madre, sentada en el suelo con Dime como si él fuera su universo, hace que todo encaje de una manera que no sé cómo procesar.
Ella ha pasado por demasiados cambios en muy poco tiempo. Ha encontrado un mundo nuevo, amigos nuevos, intereses nuevos. Se ha abierto de una manera que nunca pensé que haría. Y, sin embargo, aquí está, exactamente donde quiero que esté.
A veces siento que Alice es como una fuerza de la naturaleza. Un huracán que arrasa con todo a su paso, alguien que no pide permiso para existir ni para ocupar el espacio que quiere. Ha cambiado su vida por completo en cuestión de meses, ha salido de la jaula en la que vivió toda su infancia y se ha encontrado a sí misma en cada nuevo descubrimiento, en cada nueva decisión. Pero en este momento, en esta habitación, con su guitarra en brazos y Dime acurrucado junto a ella, no parece alguien que está arrasando con el mundo.
Parece alguien que finalmente encontró su hogar.
Y lo extraño es que, por primera vez desde que puse un pie en esta mansión, yo también siento que este lugar se siente como un hogar.
No es el mármol pulido, ni las luces tenues, ni la perfección arquitectónica de cada rincón de la mansión Carter. Es Alice. Es su voz llenando el espacio con una calidez que antes no estaba aquí. Es Dime durmiendo tranquilo a su lado. Es la forma en la que, de alguna manera, ella convirtió este lugar en algo habitable.
Y yo, que nunca pensé que podría sentirme cómodo en este lugar, ya no quiero irme.
Alice termina su serenata para Dime con un último acorde, dejando que las vibraciones de la guitarra se desvanezcan en el aire. Dime suspira y se acomoda mejor en la alfombra, como si el concierto privado lo hubiera relajado por completo. Alice sonríe, como si también estuviera satisfecha, como si esto fuera exactamente lo que necesitaba.
Entonces, sin previo aviso, deja la guitarra a un lado y se acurruca contra mí en el sofá, hundiendo su cuerpo contra el mío con la facilidad de quien ya ha hecho esto antes y sabe que no la voy a apartar. No quiero apartarla.
Paso un brazo por su cintura y ella apoya la cabeza en mi hombro. Su cabello roza mi cuello, su perfume—ese maldito perfume que ya reconozco como suyo—me envuelve. Su respiración es tranquila, pausada, y por un momento, todo está en calma.
Levanto una mano y, casi sin pensar, deslizo mis dedos por su cabello.
Alice suspira con satisfacción.
—Podría acostumbrarme a esto.
Sonrío levemente, sin decir nada. Yo también podría.
Nos quedamos en silencio por un rato, en una de esas pausas donde no hace falta llenar el espacio con palabras innecesarias. Alice solo se acurruca más contra mí, dejando que mi mano siga recorriendo su cabello con caricias lentas y distraídas.
Y entonces me mira.
Sus ojos se encuentran con los míos, fijos, directos. Alice nunca aparta la mirada. Nunca se esconde. Me observa con una expresión suave, pero determinada, y antes de que pueda anticiparlo, levanta una mano y me quita las gafas.
Lentamente. Deliberadamente.
Porque sabe que no me gusta que me las quiten. Porque sabe que no me gusta que la gente vea mis ojos demasiado tiempo.
Pero Alice no es la gente.
Sostiene las gafas en su mano y las deja a un lado, sin apartar su mirada de la mía. No dice nada al principio. Solo se queda ahí, analizándome, absorbiendo cada detalle de mi rostro sin la barrera de los cristales, sin la distancia que a veces intento poner entre nosotros.
Y entonces, en voz baja, con esa convicción suya que nunca titubea, dice:
—En serio, Nobuchika. Tus ojos son preciosos.
No sé qué se supone que debo decir a eso.
Así que no digo nada. Solo la beso.
No hay prisa en este beso. No hay urgencia. Solo suavidad. Solo el reconocimiento de que estamos aquí, juntos, y que no quiero estar en ningún otro lugar.
Alice se entrega sin dudarlo, como siempre lo hace. Como si besarme fuera la única respuesta posible a todo lo que somos.
Alice se acomoda aún más contra mí mientras el beso se profundiza lentamente, con esa naturalidad suya que hace que todo parezca inevitable. Su mano sube por mi cuello, hasta enredarse en mi cabello con la suavidad de quien ya sabe exactamente cómo hacerme perder la razón sin siquiera intentarlo.
No hay desesperación en esto, no hay hambre descontrolada, solo un entendimiento mutuo que no necesita ser dicho en voz alta. Alice sabe lo que significa este beso tanto como yo lo sé. No es un juego, no es una provocación, no es una excusa para buscar más. Es simplemente un beso. Y, por alguna razón, eso lo hace aún más intenso.
Mis dedos siguen en su cabello, deslizándose con lentitud, sintiendo la textura sedosa mientras la acerco más a mí. Alice suspira contra mi boca y la siento sonreír apenas antes de volver a besarme, con la misma confianza de siempre, con esa seguridad irritante que me hace querer rendirme y dejar que haga lo que quiera conmigo.
Mi otra mano sigue en su cintura, sintiendo la tela de su hoodie entre mis dedos, ese hoodie ridículo que ahora parece ser una extensión de ella. Y de alguna forma, ahora mismo, no puedo imaginarla usando otra cosa.
Cuando el beso finalmente se rompe, Alice no se aparta. Se queda ahí, con su frente apoyada en la mía, con sus ojos todavía cerrados, con una sonrisa tranquila en los labios.
—Sabía que ibas a besarme —murmura, su voz baja, casi perezosa.
Resoplo suavemente, sin abrir los ojos.
—¿Sí?
—Sí. No ibas a dejar pasar la oportunidad.
Me río entre dientes, porque tiene razón.
Alice levanta la cabeza y me observa con la misma intensidad de siempre, pero ahora hay algo más. Algo que no sé si quiero identificar. Algo que me dice que está a punto de decir algo que me va a hacer perder la calma que tanto intento mantener con ella.
Y entonces lo dice.
—Nobu, quédate esta noche.
Mi cuerpo se tensa un poco. No es que no lo haya considerado, de hecho, traje ropa para pasar la noche. No es que no quiera hacerlo. Es que Alice lo dice con tanta facilidad que me desconcierta.
—Ya estoy aquí —respondo, como si fuera suficiente para evadir el peso de lo que me está pidiendo.
Pero Alice no deja que esquive esto.
—No. Quédate conmigo. Aquí.
Su tono no es suplicante, ni provocador. Solo es directo. Como si fuera lo más lógico del mundo, como si la respuesta ya estuviera decidida.
Lo cierto es que no quiero irme. No quiero dejar este momento atrás. No quiero alejarme de Alice cuando se ve así, cuando su mirada todavía tiene rastros de la ternura con la que me miró al abrir la puerta, cuando su voz aún suena baja y pausada, como si estuviéramos en algún tipo de burbuja donde el resto del mundo no importa.
No quiero irme, y no lo hago.
Solo asiento, despacio, sin romper el contacto visual.
Alice sonríe.
—Sabía que ibas a quedarte.
Y, por supuesto, tenía razón.
Alice
Llega la hora de dormir y, apenas la oportunidad se presenta, salgo disparada hacia mi habitación con Dime siguiéndome de cerca, su cola moviéndose con energía renovada. La travesía nocturna ha comenzado.
Nobuchika no lo sabe, pero estoy llevando a cabo un programa de educación alternativo con Dime, completamente a sus espaldas. Es un plan que requiere paciencia, astucia y, sobre todo, una ejecución impecable. La meta es clara: hacerle entender a Dime que la cama es territorio permitido.
El primer paso de la lección es siempre el mismo. Me detengo al lado de la cama y le digo con voz firme, pero entusiasta:
—Dime, a la cama.
Dime inclina la cabeza, su oreja derecha se mueve apenas en señal de duda. Pero luego, como si finalmente entendiera el mensaje, sube con un salto ágil y se acomoda con la tranquilidad de quien ha estado esperando este momento toda su vida.
Éxito.
Justo en el instante en que Dime se instala cómodamente sobre las sábanas, la puerta de la habitación se abre y Nobuchika entra, cambiado con su ropa para dormir.
Me doy la vuelta para mirarlo y veo cómo su postura se tensa de inmediato.
Porque ahora nota lo que llevo puesto: un pijama de satén rosado, lo más cercano a no llevar nada. Las tiras son finas, el escote es apenas un roce de tela sobre la piel, la tela se desliza con cada movimiento. No llevo sujetador.
Y Nobuchika lo nota. No dice nada, pero lo noto yo también.
Sigo mirándolo con una expresión inocente mientras él, con el ceño fruncido y los labios presionados en una línea tensa, evalúa la situación como si estuviera en medio de un interrogatorio criminal.
Pero no le doy oportunidad de decir nada. Me tiro a la cama con Dime y comienzo a hacerle mimos, ignorando por completo la tensión que acaba de instalarse en la habitación.
Dime rueda sobre su espalda con las patas estiradas, completamente sumiso ante la perspectiva de recibir caricias ilimitadas. Todo va según el plan.
Nobuchika sigue ahí, en la puerta, con su expresión de quien claramente no sabe si quiere pelear por el perro en la cama o por otra cosa completamente diferente.
Pero yo ya gané.
Así que me estiro un poco más sobre el colchón, dejando que mi pijama haga lo suyo, y continúo acariciando a Dime con toda la dedicación del mundo.
Ginoza
Alice Carter me va a matar.
No en un sentido figurado, no en el sentido de que está haciendo algo molesto o irritante. No, me va a matar de verdad.
Porque la tela de satén de su pijama rosa se desliza sobre su piel con cada movimiento, brillando con la luz tenue de su habitación, ajustándose a su cuerpo de una forma que no es justa, que no es lógica, que me destroza la capacidad de pensar en cualquier otra cosa que no sea ella.
Y no puedo dejar de mirarla.
No puedo dejar de mirar su piel pálida, la curva de sus hombros, la forma en que las finas tiras del pijama apenas sostienen la tela sobre su cuerpo, el escote que me obliga a desviar la mirada antes de que me atrape observándola como un completo imbécil.
No puedo dejar de mirarle los pechos. Quisiera no hacerlo, juro que quisiera no hacerlo. Pero Alice es perfecta. Su cuerpo es perfecto. Sus pechos son perfectos. Cada parte de ella fue diseñada para destruirme.
Y el problema no es solo que lo piense, sino que lo sé con certeza, con la misma certeza que me ha acompañado desde la primera vez que la tuve entre mis brazos, desde la primera vez que la besé hasta perder el aliento, desde la primera vez que su cuerpo se moldeó contra el mío como si hubiera sido diseñado para encajar ahí.
No es la primera vez que dormimos juntos. No es la primera vez que compartimos una cama. Pero sí es la primera vez que Alice no lleva ropa prestada para dormir. La primera vez que parece haberse molestado en ponerse algo que no amortigüe el impacto de su propia existencia sobre mi autocontrol.
Me quedo ahí, en la puerta, sin moverme, sin saber exactamente cómo proceder cuando Alice, todavía tumbada en la cama, con Dime felizmente instalado a su lado, me mira con una media sonrisa.
—No me mires así, Nobuchika.
Intento recomponerme.
—No te estoy mirando de ninguna manera.
—Sí, lo estás.
Se estira un poco más, como si no supiera exactamente lo que está haciendo, como si el satén no se ajustara aún más a su cuerpo con ese movimiento, como si sus muslos no quedaran más expuestos con cada gesto aparentemente descuidado.
Me esfuerzo en mirarla a los ojos y no a ningún otro lugar, pero fracaso miserablemente.
—Es solo un pijama.
—Eso no es "solo" un pijama.
Alice sonríe con diversión antes de soltar la frase que termina de destruirme.
—En general, duermo sin nada.
Mi cerebro se reinicia por completo.
Puedo sentir el calor subir por mi rostro en el mismo instante en que lo dice, como si mi propio cuerpo estuviera conspirando en mi contra. Y Alice lo ve. Por supuesto que lo ve.
—¿Te sonrojaste?
—Cállate, Alice.
Ella se ríe y vuelve a acomodarse sobre la cama, completamente satisfecha de haber ganado esta batalla innecesaria. Y yo, que ya no puedo retroceder, que no tengo excusas para salir de la habitación sin quedar como un completo idiota, me recuesto a su lado.
Dime, que esta vez decidió no ser un traidor absoluto, se acomoda entre los dos, su cálida presencia funcionando como una barrera conveniente entre mi cuerpo y el de Alice. Acaricio su pelaje con lentitud, sintiendo su respiración tranquila, estable, como si él fuera el único en esta habitación que realmente tiene paz.
Alice hace lo mismo, sus dedos recorriendo suavemente el lomo de Dime mientras el perro suspira con satisfacción. Pero ella no se queda quieta.
Se mueve.
Sutilmente, apenas lo suficiente para que el satén se deslice sobre su cuerpo con una fluidez hipnótica, apenas lo suficiente para que la piel de su brazo roce la mía, apenas lo suficiente para hacerme consciente de lo cerca que está.
No debería ser un problema. Hay un perro entre nosotros.
Pero su perfume sigue envolviéndome, su calor sigue alcanzándome, su presencia sigue quemándome. En algún momento, sin pensarlo, nuestras manos se encuentran.
No es intencional, ni premeditado. Solo pasa.
Nuestros dedos se entrelazan con la misma facilidad con la que nos encontramos en la misma cama, con la misma naturalidad con la que ahora Alice es parte de mi vida.
Mi respiración es más lenta, más profunda, tratando de calmar algo que no tiene solución. Alice sigue ahí, con su pijama de satén, con su piel contra la mía, con su boca demasiado cerca, con su aliento cálido rozándome la mandíbula cada vez que suspira.
Cierro los ojos. No puedo hacer esto. Pero Alice no me deja escapar.
Gira su rostro apenas, su nariz rozando la mía, sus labios a milímetros de los míos, su sonrisa suave, tranquila, con esa confianza suya que siempre me desarma.
Y en ese instante, ya no estoy pensando. La beso.
Alice suspira contra mi boca y me responde sin titubear, sin contenerse, como siempre lo hace, como si besarme fuera la única respuesta posible a todo lo que somos.
Dime, en su infinita capacidad de detectar cuándo su madre y su padre humano están haciendo algo que no lo involucra, decide que es el momento perfecto para interrumpir.
Se mueve con la precisión de un asesino silencioso y, antes de que pueda reaccionar, un hocico húmedo se estrella contra mi mandíbula.
Alice se ríe contra mis labios en el mismo instante en que Dime, satisfecho con su intervención, decide aplastar su peso sobre mí para asegurarse de que la atención vuelva a donde debe estar: en él.
—Dime… —gruño, sintiendo cómo su pata se apoya con firmeza en mi pecho.
Alice no puede parar de reírse.
—Lo siento, Nobu. Parece que no aprueba nuestros besos.
Me dejo caer de espaldas en la cama con un suspiro, pasando una mano por mi cara mientras Dime se acomoda con la misma tranquilidad de siempre, convencido de que ha cumplido su misión.
Alice sigue riendo, su cuerpo relajado junto al mío, su mano todavía entrelazada con la mía, como si no acabáramos de ser interrumpidos en el peor momento posible.
Y yo, con Dime aplastándome el pecho y Alice sonriéndome con la certeza de quien ha ganado otra batalla que ni siquiera sé cuándo empezó, sólo puedo pensar en que esta noche no es justa.
Porque Alice me va a matar.
No hay ninguna posibilidad de que duerma después de esto, porque ella sigue ahí, tan hermosa, tan perfecta, tan inalcanzable.
Y porque, aunque todo esto sea una tortura, aunque mi corazón lata demasiado rápido, aunque me haya quedado atrapado en su mundo sin poder escapar…
No hay ningún otro lugar en el que quisiera estar esta noche.
Alice
La mañana llega con una luz tenue filtrándose a través de las cortinas, suave y discreta, como si supiera que no es bienvenida todavía. Pero yo ya estoy despierta, porque a mi lado está el ser más hermoso del mundo.
Dime duerme profundamente, su respiración es pausada, su lomo sube y baja con un ritmo tranquilo, su pelaje esponjoso se ve aún más suave con la luz matutina. Su hocico marrón descansa sobre la almohada con una expresión de absoluta paz, sus orejas, una atentas y la otra floja en un gesto adorable, se mueven levemente cuando sus sueños lo alcanzan. Es perfecto. Y, como cualquier madre amorosa y devota, lo lleno de besos.
Le beso la frente, las orejas, el hocico, y cuando sus ojos heterocromos parpadean con la lentitud de quien aún no quiere despertar, sonrío y sigo. Dime es el único ser en este mundo que recibe todo mi amor sin quejarse, que nunca me dice que es demasiado, que no se aparta, que no me pone límites. Así que me inclino y lo beso más.
—Buenos días, mi amor, mi hijo, mi bebé hermoso.
Dime parpadea otra vez, pestañeando con la diferencia de sus ojos, uno marrón profundo y el otro azul grisáceo, y apoya la cabeza en mi brazo con un suspiro satisfecho. Este es el mejor momento del día, o al menos lo es hasta que Nobuchika se despierta.
—Alice…
Su voz baja y rasposa por el sueño me interrumpe. Lo miro de reojo, aún medio dormido, con su cabello desordenado y los ojos entrecerrados, su expresión relajada en esa versión de él que solo existe en la madrugada. Ridículamente atractivo para alguien que apenas abrió esos ojos perfectos.
—¿Qué?
—Le das demasiados besos a Dime.
Me detengo un segundo, dejando mi rostro hundido en el pelaje tibio de mi hijo, antes de girarme completamente hacia él.
—¿Te estás quejando?
—Sí.
Dime mueve una oreja con interés, pero no interviene. Él sabe que lo amo más que a la vida misma, pero como no puedo permitir que Nobuchika se sienta excluido, decido corregir este problema de inmediato.
Con un movimiento rápido, me tiro encima de él y lo beso.
Nobuchika suelta un sonido ahogado, atrapado entre la sorpresa y la inevitabilidad de lo que acaba de pasar, pero no se resiste. No lo hace nunca. Mis labios encuentran los suyos con la misma facilidad con la que nos encontramos siempre, con la misma certeza de que esto es lo que tiene que pasar.
Intento provocarlo, hacerlo quejarse, hacerlo fingir que no lo disfruta tanto, pero Nobuchika ya tiene las manos en mi cintura antes de que pueda apartarme, atrapándome con la facilidad de quien ya aceptó su destino.
—¿Satisfecho ahora? —murmuro contra su boca, mi sonrisa apenas separándose de él.
—No lo sé.
—Entonces más.
Y lo beso otra vez, porque si va a reclamarme por darle demasiado amor a Dime, tendrá que soportar recibirlo también.
Pero antes de que pueda profundizar el beso, antes de que Nobuchika pueda responder como sé que quiere, un golpe súbito interrumpe todo. Un peso inesperado se estrella entre nosotros, separándonos bruscamente, y de pronto un hocico húmedo se mete en medio de nuestras caras.
Dime.
El traidor absoluto, el villano inesperado, el único ser en el mundo que se atreve a interrumpirme cuando tengo a Nobuchika justo donde lo quiero.
Su hocico se mueve con insistencia, empujándome primero a mí, luego a Nobuchika, luego a ambos al mismo tiempo, como si no pudiera entender por qué su madre y su padre humano estaban enredados de esa manera sin incluirlo. Sus patas delanteras se apoyan sobre mi pecho y su cola se mueve con tanta fuerza que casi nos tira de la cama.
—Dime… —gruño, intentando empujarlo suavemente sin mucho éxito.
—Alice, esto es tu culpa —murmura Nobuchika, con su voz aún ronca, pero con un toque de resignación absoluta.
—¡¿Mi culpa?!
Pero no puedo discutir. No cuando Dime decide, con todo su entusiasmo, que ahora es su turno de recibir amor y comienza a repartir lengüetazos sin discriminación. Su lengua cálida y húmeda aterriza primero en mi mejilla, luego en la nariz de Nobuchika, luego en mi cuello mientras intento esquivarlo con risas sofocadas, y cuando Nobuchika intenta apartarse, también recibe un ataque en la mandíbula.
—¡Dime, basta! —se queja, apartándolo con una mano en el pecho del husky, pero el perro solo se emociona más.
Es un desastre. Es perfecto.
Me río entre jadeos, sujetando a Dime por el cuello para evitar que nos tire de la cama con su peso descomunal, y Nobuchika suspira profundamente antes de pasarse una mano por la cara, como si estuviera considerando todas sus decisiones de vida.
Y entonces, en el instante en que el ataque de Dime parece calmarse, cuando el husky finalmente decide que hemos recibido suficiente amor matutino, Nobuchika hace lo inesperado.
Me besa.
No espera, no duda, no me da tiempo de burlarme de él ni de procesar lo que acaba de hacer. Se inclina sobre mí con la precisión de alguien que, después de toda la interrupción, ha decidido tomar el control de la situación.
El beso no es brusco ni desesperado, pero es firme, decidido. Sus labios se mueven contra los míos con la certeza de alguien que ya no está fingiendo que puede resistirse, que ya no está tratando de ganar una batalla que sabe que ha perdido hace tiempo.
Dime hace un sonido de confusión, como si no entendiera por qué de repente lo hemos ignorado, pero Nobuchika no se detiene, y yo no me aparto. Mi cuerpo reacciona antes que mi mente, mis dedos se enredan en su cabello desordenado y tiro de él con la misma intensidad con la que siempre lo he querido.
El mundo se reduce a esto. A la calidez de su boca, a la manera en que su peso sobre mí es justo lo que necesito, a la forma en que sus manos en mi cintura me sostienen con la firmeza de quien no está dispuesto a soltarme.
Cuando finalmente nos separamos, su respiración está agitada, la mía también. Dime nos mira con la cabeza ladeada, claramente confundido, su cola todavía moviéndose como si estuviera esperando que retomemos la sesión de besos caninos.
Yo sonrío, y con la voz aún entrecortada, murmuro:
—¿Satisfecho ahora?
Nobuchika exhala, sus dedos aún aferrados a mi cintura.
—No lo sé.
Dime ladra en protesta.
Y yo me río, porque esta es la mejor manera de empezar el día.
Ginoza
La habitación aún está sumida en la penumbra del amanecer, el aire tibio atrapado entre las sábanas, el peso de Alice sobre mí manteniéndome anclado en un estado de calma engañosa. Su piel se desliza contra la mía con la suavidad del satén de su pijama, su boca sigue explorando la mía con esa mezcla perfecta de ternura y necesidad que me desarma por completo.
Por un instante, no hay dudas, no hay preocupaciones, no hay pensamientos racionales que me hagan detenerme. Solo está Alice, su cuerpo encajando contra el mío con una familiaridad peligrosa, su respiración aún tranquila por el sueño, su fragancia a frambuesa y manzana impregnada en mi piel como una marca indeleble. Mi mente está vacía de todo lo que no sea ella, mis manos recorren su espalda, atrapándola con más firmeza de la que debería, mis dedos rozan la curva de su cintura antes de subir hasta sus costillas, sintiendo el calor de su cuerpo filtrarse a través de la fina tela de su pijama.
Hasta que mi cuerpo reacciona.
No lo planeo, no es algo que pueda controlar. Es una respuesta natural, inevitable, tanto como la forma en la que Alice suspira contra mi boca cuando lo nota.
Y lo nota.
Se detiene un segundo, sus labios aun rozando los míos, y entonces su cuerpo se acomoda mejor sobre el mío, su peso encajando perfectamente donde ya debería saber que es peligroso. Suavemente, sin apuro, sin temor.
El instante en que se da cuenta lo cambia todo.
Mi cuerpo se tensa, la vergüenza me golpea como un puño directo al estómago. Mi primer instinto es apartarme, alejarme antes de que esto se vuelva más evidente, antes de que Alice pueda decir algo, antes de que la realidad nos alcance. Pero no lo hago. No puedo. Porque Alice no me deja.
En lugar de retroceder, me abraza.
Sus brazos me envuelven con una calidez que me paraliza, con la facilidad de quien no tiene miedo, de quien no ve esto como un problema. No se aparta, no se ríe, no hace un comentario sarcástico para disipar la tensión. No juega conmigo esta vez.
—Nobu, no te preocupes. Todo está bien.
Su voz es baja, tranquila, como si pudiera sentir la lucha dentro de mí y quisiera acallarla antes de que siquiera comenzara. Su respiración es pausada contra mi cuello, su cuerpo relajado encima del mío, como si realmente creyera que esto no es algo de lo que yo debería avergonzarme.
Y yo la miro. Y Alice me mira también.
Hay ternura en su expresión, pero no la ternura juguetona con la que suele manipularme, no la ternura burlona con la que consigue lo que quiere. Es algo más. Es real.
Es devoción.
La ternura en su expresión me deja sin aire. Porque no hay burla en sus ojos, ni diversión maliciosa. Solo hay amor.
Alice me entiende y me cuida.
Si yo quisiera hacer algo al respecto, si dejara que la necesidad me dominara, si la tomara en este instante y le hiciera todo lo que realmente deseo, Alice no dudaría, no se apartaría, no me detendría.
Pero eso no es lo que quiero.
No cuando ella no está exigiéndome nada.
Alice solo está aquí, conmigo, y cree que eso es suficiente.
Y lo es.
Porque el deseo es intenso, abrumador, incontrolable, pero Alice es más que eso. Alice es el primer lugar en el que me siento seguro. Es la primera persona que me hace sentir que no tengo que temerme a mí mismo.
Dejo escapar el aire con lentitud, sintiendo el peso de la emoción en mi pecho, en mi piel, en mis manos que han dejado de sujetarla con fuerza y ahora solo la sostienen con cuidado. Apoyo mi frente contra la suya, mi nariz rozando la suya en un gesto que se siente más íntimo que cualquier beso.
Alice sonríe apenas, con una suavidad que nunca antes le había visto.
Mi pecho sube y baja con la respiración contenida, con la certeza de que Alice nunca me pediría más de lo que quiero dar, pero que, si la beso ahora, si la beso como realmente quiero hacerlo, va a entenderlo todo.
Así que la beso.
No con prisa, ni con hambre, ni con el deseo que me quema la sangre, sino con la certeza de que Alice Carter es la única persona a la que podría amar así.
Su cuerpo se relaja aún más contra el mío cuando mis labios encuentran los suyos, cuando mi mano sube a su nuca y la atrae más cerca, cuando la beso como si esto pudiera explicarle todo lo que todavía no sé cómo decirle en voz alta.
Y Alice me responde con la misma seguridad de siempre, como si supiera que esta vez no es un juego.
