Masaoka Tomomi
La División 03 no se destaca por tomar casos que alguien como yo podría considerar divertidos. No es que disfrute el trabajo, no en el sentido convencional, pero cuando se llega a cierta edad en esta línea, lo que se puede considerar novedad o interesante se reduce a poco y nada. Después de décadas en el campo, después de haber visto la escoria de la sociedad en su máxima expresión, los crímenes más retorcidos, las perversiones más profundas, literalmente de todo, es difícil sorprenderse.
Yoshitoshi, el único inspector de la unidad 03, prefiere que nos ocupemos de nimiedades. No es un mal tipo, pero es de esos que creen que a los perros hay que alimentarlos regularmente para que sean funcionales, pero castigarlos si empiezan a pedir demasiado. No nos somete a misiones innecesarias, pero tampoco nos da demasiado margen. A menos que Kasei lo ordene, por supuesto.
Pero de vez en cuando, nos toca cooperar con la División 01 o la 02 en casos donde la verdadera podredumbre de la sociedad queda al descubierto. Esos son los días en los que recuerdo por qué sigo aquí.
Cada vez que me toca lidiar con uno de esos casos, me repito lo mismo: estoy haciendo mi parte para que mi hijo pueda vivir en una sociedad más segura. Es una excusa, claro, una mentira piadosa que me cuento a mí mismo para justificar cada escena grotesca, cada asesino al que persigo, cada víctima que veo demasiado tarde. Pero me aferro a ella, porque es mejor que la alternativa.
Nobuchika está bien y eso es lo que importa.
Akiho, su abuela, es la única familia que me queda además de él, y nuestras comunicaciones son escuetas, formales. Quizás una vez al año, por mi cumpleaños. Nunca más que eso. No es que tenga derecho a pedir más, claro.
La última vez que hablamos, Akiho estaba extrañamente animada. Me dijo que Nobuchika consiguió amigos en Nitto.
Un chico y una chica, encantadores, según sus palabras. Me contó que le llevan las tareas cuando se enferma, que pasa casi todos los días con ellos, que incluso va a la casa de la chica de vez en cuando. Quizás sea su novia, dijo Akiho.
No supe qué responderle a eso.
También me contó, con ese orgullo velado que siempre lleva en la voz cuando habla de su nieto, que Nobuchika está en el cuadro de honor de su escuela. Segundo lugar. Becado. El mejor era otro chico, en ese momento.
Yo, por supuesto, lo conté en la sala común de ejecutores, entre whiskys de cumpleaños y una partida de shogi con Sasayama y los demás.
No dije su nombre, porque prefiero que sea un secreto, nunca se sabe. Siempre me refiero a él simplemente como mi hijo.
—Así que el crío salió inteligente —comentó Sasayama, moviendo una pieza en el tablero sin mucho interés.
—Siempre lo fue —respondí, con mi vaso a medio camino de mis labios.
—Y tiene amigos, un milagro en esta época.
—Más que nosotros, por lo menos —dijo Abe, otro ejecutor, sonriendo con cierta ironía.
Sasaki, quien hasta ese momento estaba más enfocado en su propio juego, soltó una risa seca.
—¿Y qué vas a hacer cuando te dé un nieto, Masaoka?
Lo dijo con tono burlón, con esa actitud suya de empujar justo donde sabe que hay algo.
No respondí de inmediato, porque la verdad es que sí lo he pensado.
Me imagino un niño con los ojos de Nobuchika, con su expresión concentrada, con su terquedad. Un nieto al que tal vez nunca llegaría a conocer, porque Nobuchika no me habla, porque no cree que tenga un lugar en su vida.
Y probablemente tenga razón.
—Sería bueno —murmuré finalmente, con la mirada fija en el tablero—. Pero no sé si llegue a verlo.
Sasayama chasqueó la lengua.
—Bah. Deja de ser un viejo melancólico. Nunca se sabe.
Tal vez, nunca se sabe.
Pero lo que sí sé es que estoy orgulloso de mi hijo, a pesar de que me desprecia, aunque sé que nunca va a perdonarme y probablemente prefiera pretender que no existo.
Porque él tiene una oportunidad de tener la vida que yo no tuve. Y con eso, me basta.
Akari
No sé en qué momento la noche pasó de ser un simple concierto clandestino a convertirse en el mejor maldito momento de nuestras vidas, pero aquí estamos.
El bajo de Trigger Finger! sigue golpeando en mis costillas, la multitud se mueve en una ola caótica, el aire está cargado de electricidad, sudor y la dulzura artificial de la Mitsuya Cider. Y en medio de todo, encuentro a Alice, la estrella en ascenso, la hija pródiga del rock, la chica que hace unas horas ni siquiera sabía cómo bailar en un club como este, ahora saltando con la multitud como si hubiera nacido para esto.
—¡ALICEEEE! —grito por encima de la música, empujándome entre la gente hasta llegar a ella.
Alice gira la cabeza y su sonrisa me golpea como un rayo de neón en plena cara.
—¡AKARI!
Nos tomamos de las manos y saltamos juntas, como si fuéramos dos partículas vibrando en el mismo caos. No hay coordinación, no hay ritmo exacto, solo el instinto de dejarse llevar por el momento.
Y entonces aparecen Hinata y Kaede, de vaya a saber qué rincón del universo se habían perdido.
—¡AKARI! ¡ALICE! —Hinata se lanza hacia nosotras, casi derribándonos en el proceso, pero no importa porque estamos en la misma frecuencia.
—¡¿Dónde demonios estaban?! —grito mientras Kaede llega detrás de ella con su calma habitual, pero incluso ella está sonriendo, y eso significa que esta noche es verdaderamente legendaria.
—¡Experiencia extracorpórea! —responde Hinata, sin dar más explicaciones, lo cual es exactamente lo que espero de ella.
Ahora estamos las cuatro.
Nos miramos, sudorosas, despeinadas, con la respiración entrecortada y los ojos brillando con la intensidad de la música y la adrenalina. El momento se siente eterno.
Y sin necesidad de decirlo, sabemos que esto es más que un simple concierto.
Es un puto pacto de sangre.
—¡MITSUYA CIDER, AHORA! —declaro con autoridad, y como si el destino nos guiara, Souta aparece de la nada con botellas frías.
—Sabía que lo pedirían —dice con esa sonrisa suya de sí, estoy rodeado de lunáticas, pero las quiero igual.
Nos pasa las botellas y, sin pensarlo, las levantamos al aire en una sincronización perfecta.
—¡POR LA MEJOR NOCHE DE NUESTRAS VIDAS! —grita Hinata.
—¡POR EL CAOS! —sigo yo.
—¡POR LA MITSUYA! —añade Kaede, sorprendiéndonos a todas.
Alice nos mira, su expresión aún teñida de incredulidad y emoción. Esta noche le pertenece tanto a ella como a nosotras.
—¡POR NOSOTRAS! —dice finalmente.
Brindamos. La Mitsuya es dulce y burbujeante y tiene el sabor de la eternidad encapsulada en una botella de plástico.
Nos reímos. Saltamos de nuevo. Nos abrazamos.
Y en ese instante, con la música rugiendo en el fondo, con los colores de las luces bañándonos en destellos eléctricos, con el mundo entero girando en esta locura perfecta, sé que somos amigas para siempre.
Porque hay noches que lo sellan todo.
Y esta es una de ellas.
Nao Himura
El mundo está vibrando al ritmo de Prophecy, pero para mí, la música dejó de importar en el momento exacto en que Miyu Hanazawa me besó. No sé cómo pasó. O tal vez sí, pero mi cerebro no está funcionando lo suficiente como para entenderlo todavía.
Hablamos toda la noche, con nuestras voces apenas audibles por encima del estruendo del club, pero aun así nos mantenemos cerca, casi pegadas, compartiendo palabras entre susurros mientras el resto de Shelter 440 se desmorona en luces de neón y caos controlado.
Miyu estaba contándome sobre la última pieza que tocó en la flauta traversa, sobre lo complicado que era sostener ciertas notas con la respiración correcta, sobre la dulzura escondida en cada compás, y yo la estaba mirando. Dios, la estaba mirando demasiado.
No debería estar sintiéndome así.
No cuando sé perfectamente que a Miyu le gustan los chicos, si la escuché hablar de Kougami más veces de las que quiero contar y yo misma he hecho lo mismo, pretendiendo que él me interesa, pretendiendo que me importa, porque es más fácil seguir la corriente que dejar que alguien sospeche.
Las relaciones homosexuales son completamente aceptadas en la adultez. Pero en Nitto, en la adolescencia, en este microcosmos de expectativas y normas invisibles, no es lo mismo.
Y yo… yo la amo.
No de una manera ligera, no con esa fascinación pasajera de quien se siente atraída por una amiga. No. Esto es profundo, denso, visceral… me encanta Miyu.
Su voz tranquila, su forma de hablar con paciencia infinita, la manera en que su cabello negro azabache brilla bajo las luces, enmarcando su rostro con delicadeza. Me encanta cómo sus ojos grises parecen tener siempre una paz que yo no poseo, cómo cada movimiento suyo es ligero, etéreo, como si fuera de otro mundo.
Y ahora… la tengo aquí, demasiado cerca, con su piel perfumada con Aurora, con el aroma de Alice envolviéndola como un halo de algo prohibido, dulce… y me dan ganas de comérmela entera.
Miyu sonríe, apenas. Sus labios están húmedos con el residuo burbujeante de la Mitsuya Cider, y sin pensarlo, sin calcularlo, sin darme ni un solo segundo para detenerme, me besa.
Es como morder un rayo de luna.
Suavidad, dulzura, un leve sabor ácido de la Mitsuya que se funde con el calor de su boca.
Miyu no se aparta y la beso de vuelta. Ella responde con la misma entrega tranquila con la que hace todo en su vida, con la misma ternura con la que toca la flauta, con la misma paz con la que siempre me ha mirado. Y yo no puedo parar.
Mis manos encuentran su cintura, la atraigo más, más cerca, hasta que no hay espacio entre nosotras, hasta que su aliento es el único aire que respiro, hasta que el sonido de Trigger Finger! se vuelve una melodía lejana, irrelevante, como un eco de otra vida.
El mundo podría acabarse ahora mismo y no me importaría. Lo único que necesito es esto.
Miyu, su boca, su piel perfumada de Aurora y su sabor a Mitsuya Cider.
Somos suaves, infinitas, eternas.
Sus manos en mi rostro, sus dedos en mi cabello, el ligero temblor en su respiración cuando me separo apenas para verla, para asegurarme de que esto está pasando de verdad.
Miyu me mira con sus ojos grises brillando bajo las luces del club, con los labios enrojecidos y entreabiertos, y no dice nada y no tiene que hacerlo.
Porque ya lo entendí. Ya lo sé. Ella también me quiere.
Souta Naruse
Desde la barra, sosteniendo mi tercera Mitsuya de la noche, veo cómo Akari sigue haciendo lo que mejor sabe hacer cuando no está cantando: coquetear como si su vida dependiera de ello.
Prophecy hizo una pausa, probablemente para cambiarse de vestuario y preparar la segunda mitad del show, lo que significa que el frenesí del concierto se ha detenido por unos minutos. Para la mayoría de los asistentes, este es el momento de recuperar el aliento, de pedir otra ronda de lo que sea que estén tomando, de hablar sin tener que gritar sobre la música. Para Akari, este es el momento perfecto para reanudar su coqueteo intenso e infernal.
La veo moverse con la facilidad de quien ha ensayado esto un millón de veces. Su sonrisa brilla tanto como las luces del club, su cabello castaño con reflejos dorados capta cada destello de neón cuando se inclina sobre la barra para hablar con otro chico más, con una confianza que hace que todos caigan en su órbita sin darse cuenta. Ella es así, siempre, radiante, intrépida y completamente irresistible.
Y yo -como siempre- me pregunto qué pasaría si de una vez le dijera la verdad, si le dijera que me gusta.
Desde que la vi cantar en nuestra primera clase de música, cuando ni siquiera nos conocíamos del todo, cuando aún no era la Akari que ahora forma parte de mi día a día, supe que estaba jodido. Ella se subió al escenario del aula sin dudar, con la seguridad de alguien que nació para esto, y cuando abrió la boca, todos nos callamos. Su voz tenía algo que no podía describir en palabras, algo que se sentía como una llamarada encendida en el pecho.
Y desde entonces, estoy atrapado en su fuego, pero Akari nunca me ha visto de esa manera. ¿Verdad?
Para ella, soy el bromista del grupo, el que se ríe de todo, el que puede hablar con cualquiera sin problemas, el que hace estupideces para aligerar el ambiente. No soy el tipo de chico que ella ve como algo más. No soy el tipo de Akari, porque, por lo visto, le gustan los tipos como Kougami Shinya.
El tipo serio, el tipo que proyecta un aura de peligro contenido, el tipo con la estructura ósea perfecta y la mirada intensa que hace que todas las chicas de Nitto hablen de él en voz baja.
Y yo no puedo competir contra alguien así.
No es como si Kougami estuviera interesado en Akari—de hecho, el tipo solo tiene ojos para Alice—pero eso no cambia el hecho de que, cuando ella habla de lo que le gusta, cuando fantasea en voz alta sobre su tipo ideal, nunca es alguien como yo. Nunca es el tipo que hace chistes estúpidos en medio de los ensayos ni el que prefiere tomarse una Mitsuya en la barra mientras la ve deslumbrar a todos en la pista.
Pero Akari brilla, y lo peor es que lo sabe.
Hoy, con ese vestido tornasolado que fluctúa entre púrpura y azul dependiendo de la luz, se ve espléndida. Pero, en un giro inesperado, ha decidido ser recatada. Lleva una camiseta de mangas largas debajo del vestido, probablemente porque el escote es demasiado profundo. Podría haber salido sin la camiseta, haberse mostrado como siempre, sin miedo a las miradas. Pero no lo hizo.
Tal vez porque no necesita mostrar más de la cuenta para llamar la atención, porque todo el mundo la mira de todas formas.
Me termino la Mitsuya de un solo trago y dejo la botella sobre la barra con un golpe sordo.
Algún día, tal vez, le diré que me gusta. Tal vez, pero hoy no.
Porque esta noche, Akari sigue siendo la estrella de mi firmamento, y yo sigo siendo el tipo que la observa desde el suelo.
Kaede
No me gusta admitir que me equivoqué. Siempre he sido una persona lógica, meticulosa, alguien que evalúa las situaciones antes de actuar. No me dejo llevar por impulsos innecesarios ni por emociones que puedan nublar mi juicio. Pero aquí estoy, con una Mitsuya en la mano y con el ruido ensordecedor de Prophecy vibrando en mis costillas, aceptando algo que he estado evitando desde hace semanas: quiero ser amiga de Alice Carter.
Al principio, quería que me cayera mal, muy mal.
Hubiera sido fácil. Alice es el tipo de persona que debería detestar sin esfuerzo, porque tiene el corazón de Kougami Shinya, el chico que llevo observando desde que entramos a Nitto, el que no se deja alcanzar por nadie, el que mira a todos con una indiferencia cortante… excepto a ella. La forma en que la trata, la manera en que siempre está cerca, el simple hecho de que Alice puede entrar en su espacio personal sin que él se aparte, sin que se cierre sobre sí mismo, es suficiente para que cualquiera que tenga interés en él la vea como una amenaza.
Pero Alice no es una amenaza, es más bien un cachorrito que está dando sus primeros pasos en la vida real. Y ese es mi problema.
Porque sería más fácil si pudiera decir que lo tiene todo, que es simplemente una chica privilegiada con un talento descomunal para la música—natural o construido desde el nacimiento, no importa—y que su vida es perfecta. Pero no es así.
Porque Alice Carter vive sola, su madre murió cuando era niña y su padre, el poderoso y omnipresente Adam Carter, ni siquiera vive con ella. Y lo peor es que estuvo aislada del mundo durante dieciséis años.
Su educación fue a través de homeschooling desde el nacimiento, sus interacciones sociales fueron limitadas a eventos donde la exhibían como una extensión de la empresa de su padre, su infancia no fue normal. Probablemente no tuvo una infancia.
Lo confirmé cuando revisé 2channel antes de ir a su casa. Sé que es una madriguera de basura, pero si sabes buscar, obtienes información valiosa. Y allí estaba todo, registrado con la frialdad de un foro anónimo diseccionando su vida sin que ella lo supiera.
"Carter nunca asistió a una escuela antes de Nitto."
"No hay registros de interacción con personas de su edad antes de los eventos sociales donde la veían junto a Adam Carter."
"Básicamente, una muñeca de exhibición con talento musical sobrehumano."
Y aun así, cuando entré a su casa, no encontré a una princesa de torre de marfil. No encontré a una arrogante heredera con aire de superioridad. No encontré a alguien que se cree mejor que los demás.
Encontré a una chica que no sabe ni maquillarse sola, que se ríe con el entusiasmo torpe de quien nunca tuvo una habitación llena de amigas y que, en su closet gigante y caótico, tiene vestidos de gala y ropa de negocios, pero apenas tenía ropa casual hasta hace unas semanas.
Ella no lo tiene todo y pasó toda su vida sola.
¿Cómo podría culparla por aferrarse a alguien como Kougami y la su madre?
¿Cómo podría juzgarla por encontrar refugio en una familia que no es la suya, cuando nunca tuvo a nadie realmente cerca?
No puedo y no quiero. Y eso es lo que más me jode.
Porque en lugar de verla como una rival, en lugar de envenenarme con el resentimiento de saber que él solo tiene ojos para ella, en lugar de querer apartarla de mi camino, lo único que siento es…
Que quiero cuidarla y quiero ser parte de su vida.
Quiero que este cachorrito en formación, esta chica que está descubriendo el mundo a una edad en la que ya debería haberlo conquistado, tenga a alguien más en su esquina.
Y no voy a seguir negándolo.
Así que cuando la veo saltando entre la multitud, con su vestido verde esmeralda brillando bajo las luces del club, con la emoción en su rostro iluminándolo todo, rodeada en un círculo de pura euforia, sé que ya tomé una decisión.
Voy a ser la mejor amiga de Alice Carter, porque alguien tiene que asegurarse de que llegue a donde pertenece.
Y esta vez, voy a ser yo.
Masaoka Tomomi
Cuando Yoshitoshi nos dijo que íbamos a investigar un club underground ilegal en Kitazawa, casi me sorprendí. No demasiado, claro, porque después de tantos años en el departamento, pocas cosas lograban sacarme de mi letargo profesional, pero sí lo suficiente como para parpadear un par de veces.
Esta vez, parecía que la orden venía de más arriba.
—El lugar se llama Shelter 440 —anunció, con su tono relajado de siempre—. Hay indicios de que ciertos disturbios entre civiles que hemos estado investigando tienen que ver con grupos que se reúnen en esa zona. Nos aseguraremos de ver qué encontramos.
Nadie discutió. No había razón para hacerlo.
Apenas dio la orden, Abe, Sasaki y yo bajamos al estacionamiento y subimos al furgón de ejecutores.
Mientras me acomodaba en mi asiento, me hice la pregunta más lógica que cualquiera en mi posición se haría: ¿cómo demonios se supone que vamos a infiltrarnos en un club nocturno vestidos de traje y corbata?
Los tres pasábamos los 35 años. Estábamos demasiado bien vestidos, demasiado rígidos, demasiado fuera de lugar para un sitio así. La imagen mental era ridícula. Pero me guardé esos pensamientos para mí.
El furgón se detuvo a dos cuadras del lugar, suficiente distancia para no llamar la atención de inmediato.
Un dron de seguridad emergió del compartimiento trasero y se abrió, desplegando los Dominator. En cuanto lo tomé escuche la maldita voz direccional 'Sistema de supresión y diagnóstico psicológico portátil, Dominator, activado...' y todas las autenticaciones insoportables que siguieron después. Luego de tantos años en esto, creo que a veces sueño con esta maldita voz, pero, sentir el peso del arma en mi mano siempre me recordaba lo rápido que las cosas podían cambiar.
Yoshitoshi se giró hacia nosotros con una expresión tranquila, como si estuviéramos a punto de entrar a una cafetería en lugar de a un foco de actividad clandestina.
—No usen el Dominator a menos que sea necesario —dijo—. No queremos levantar sospechas antes de tiempo.
Asentimos. No hacía falta que lo dijera. Disparar el Dominator en un sitio así podría provocar el tipo de histeria que preferíamos evitar. Así que todos lo guardamos en la funda.
—Entraremos por la salida de emergencia en la parte trasera. La entrada principal está controlada —continuó—. Si encontramos a alguien sospechoso, evaluamos la situación antes de actuar.
Y con eso, nos movimos.
Al llegar a Shelter 440, la primera señal de que Kitazawa no era un distrito completamente abandonado, pero tampoco uno regulado fue la salida de emergencia camuflada con un holograma mal hecho. Casi patético. Si los escáneres de Sibyl estuvieran realmente prestando atención a esta zona, este tipo de detalles no existirían, pero existen.
Pasamos sin dificultades y nos encontramos dentro del club.
Y era, exactamente, el tipo de lugar que me recordaba por qué la sociedad estaba podrida.
Luces de neón vibraban entre el humo, distorsionando los rostros y las sombras de los asistentes. Las paredes estaban cubiertas de hologramas dañados, proyectando imágenes glitch que se mezclaban con la multitud como una pesadilla digital. La música retumbaba en el aire, sintiéndose más en los huesos que en los oídos, con bajos pesados y ritmos caóticos que gritaban rebelión en cada nota.
Me tomé un momento para escuchar.
No era mi estilo, pero tampoco era mala. Tenía una energía particular, un descontrol calculado, un sonido que no encajaba del todo en la categoría de basura comercial. Pero la letra… era otra historia.
No había duda de que esto estaba censurado.
Nos movimos con cautela, caminando entre la multitud con la esperanza de no llamar demasiado la atención. Por suerte, la banda acaparaba el foco, y los asistentes estaban demasiado metidos en la música como para notar a un grupo de tipos de traje que claramente no pertenecían aquí.
Todo parecía dentro de lo normal para un lugar como este.
Hasta que la vi… y no estaba sola.
Había varias chicas con ella, todas demasiado jóvenes para estar aquí. A lo sumo 17 años, pero ella era la que más resaltaba. No por su ropa. Aunque sí, el vestido verde esmeralda era demasiado llamativo, demasiado revelador para alguien de su edad, ni por su maquillaje. Aunque intentara aparentar más edad, seguía pareciendo lo que era: una niña que se puso la ropa de su madre frente al espejo y se convenció de que podía engañar al mundo.
No, lo que me llamó la atención fue su expresión, porque a pesar de todo, no tenía la mirada de alguien que pertenecía aquí. En sus ojos había demasiada inocencia. No importaba cuántas capas de maquillaje llevara, eso no se podía ocultar.
¿Qué clase de padres permiten que sus hijas vayan a un sitio como este?
Sentí un peso extraño en el pecho. Estas chicas tenían la edad de Nobuchika.
Y aunque él nunca se metería en un lugar como este, aunque era lo suficientemente inteligente para evitar situaciones así, no pude evitar pensar en él.
Mi mandíbula se tensó.
—Abe, Sasaki —murmuré, sin apartar la vista del grupo—. Miren eso.
Ellos siguieron mi mirada.
—Mierda. ¿Cuántos años tienen esas crías?
Abe soltó un suspiro.
—No importa. No podemos sacarlas sin una razón legítima.
—No por ahora —dije, sin dejar de observar a la chica del vestido verde.
Ella estaba riendo, parecía estar divirtiéndose. Pero su risa tenía un matiz que reconocía. Un intento, un esfuerzo por encajar en un lugar que no era el suyo.
El primer grito cortó el aire, un disturbio en el otro lado de la pista.
Giré la cabeza de inmediato y vi a un tipo junto a la barra, sujetando al bar tender con un brazo y presionándole un cuchillo contra el cuello con la otra mano. Perfecto.
Abe no esperó ni medio minuto.
Levantó el Dominator con precisión instintiva y, en cuanto el arma escaneó al agresor, entró en modo Lethal Eliminator.
El disparo resonó incluso por encima de la música, un destello de luz azul que iluminó el espacio por un segundo antes de que el cuerpo del tipo se pulverizara en una nube de sangre y restos.
El bar tender cayó de espaldas, con la expresión congelada en un horror absoluto.
Y entonces, el club entero entró en pánico. Los gritos se multiplicaron.
Algunos trataron de correr hacia las salidas, otros simplemente se quedaron paralizados, sin saber qué hacer. Los más inteligentes entendieron la situación de inmediato: Seguridad Pública estaba aquí. Y eso significaba que cualquiera que tuviera algo que ocultar debía salir ya mismo.
La estampida comenzó al instante. La multitud se volvió una bestia desesperada, empujándose entre sí, tratando de escapar de la manera más rápida posible.
Vi a gente tropezar y ser arrastrada por el mar de cuerpos en movimiento. Botellas de vidrio cayeron al suelo y se rompieron en mil pedazos, mesas fueron volcadas, los gritos ahogados por el sonido ensordecedor de la música y el caos.
Y entonces, mis ojos volvieron a la chica del vestido verde.
Estaba en medio del desastre, claramente desorientada, con el cabello desordenado y la mirada aterrorizada mientras el caos la envolvía. Pero antes de que pudiera siquiera empezar a moverse, un par de chicos se acercaron a ella.
No eran desconocidos.
Cubrieron su cuerpo con los suyos, protegiéndola de la estampida humana que se estaba desarrollando a su alrededor. Uno de ellos tenía el cabello castaño rojizo despeinado, el otro era más alto, con el rostro serio y el ceño fruncido en concentración. No eran idiotas. Sabían lo que estaban haciendo.
Bien. Alguien la estaba cuidando.
Pero esto era un desastre.
—¡Inspector! —gruñí, levantando la voz por encima del bullicio—. ¡Tenemos que controlar esto antes de que alguien más termine hecho polvo!
Yoshitoshi estaba cerca de la salida de emergencia, observando la situación con una calma exasperante.
—Tomen el control de la puerta trasera. No podemos dejar que todos huyan sin verificar quiénes están involucrados en esto.
Abe y Sasaki se movieron de inmediato, pero yo no aparté la vista de la chica del vestido verde.
No sé por qué, tal vez porque me recordaba demasiado a alguien a quien solía proteger.
O quizás porque, aunque su apariencia intentara decir lo contrario, seguía siendo solo una niña atrapada en algo mucho más grande que ella.
Alice
Cuando todo estalló, el mundo se convirtió en una masa de caos y movimiento descontrolado.
No supe qué hacer. Ninguna de nosotras lo supo.
El rugido de la multitud en estampida nos rodeó como un torbellino de desesperación, empujándonos en todas direcciones sin darnos la oportunidad de pensar. El estruendo de un disparo, el eco de los gritos, el sonido de sillas y botellas estrellándose contra el suelo, todo se mezcló en una cacofonía aterradora. No veía quién había disparado, ni a quién, pero eso no importaba. Lo único que tenía claro era que Seguridad Pública estaba aquí.
Souta y Ryota reaccionaron primero. Nos cubrieron con sus cuerpos sin dudarlo, atrayéndonos hacia ellos con firmeza, formando una barrera protectora entre nosotras y la estampida de gente desesperada por salir del club.
—¡No se muevan! —gritó Souta sobre el estruendo, su tono lo suficientemente severo como para que le obedeciéramos sin dudarlo—. Si intentan escapar ahora, van a terminar en la cacería.
Eso fue lo que realmente me congeló en mi lugar.
No el caos, ni los gritos, ni el hecho de que un segundo antes habíamos estado saltando y brindando con Mitsuya en la mano como si fuera la mejor noche de nuestras vidas. La palabra cacería, porque Souta tenía razón. Si corríamos ahora, nos iban a ver como presas.
Me quedé en silencio, pero no porque estuviera aterrada por la situación. El miedo que sentía era otro. Era el de la multitud, el de la marea de cuerpos moviéndose sin control, el de ser arrastrada sin poder hacer nada. No me gustaban las multitudes descontroladas. No después de haber pasado toda mi vida en espacios calculados, en habitaciones vacías, en lugares donde podía anticipar cada movimiento. Esto era lo opuesto.
—¡¿Dónde están Miyu y Nao?! —gritó Akari, con los ojos abiertos de par en par, escaneando frenéticamente el lugar.
—Haruto y Kenta las están buscando —respondió Souta sin perder la calma—. No podemos separarnos.
No supe cuánto tiempo pasó, si fueron cinco minutos o diez. Eventualmente, todo empezó a calmarse.
Los gritos fueron disminuyendo, las luces volvieron a estabilizarse, los restos de la estampida quedaron esparcidos por el suelo en la forma de mesas volcadas y cristales rotos. La música había desaparecido, dejando solo un eco lejano en mis oídos. La adrenalina aún estaba en mi cuerpo, en mis músculos tensos, en mi respiración entrecortada, pero ya no había peligro inmediato.
Souta, siempre el que intentaba aliviar la tensión en el peor momento posible, soltó una risa seca.
—Bueno, he tenido noches peores.
Nadie se rió.
Kaede le lanzó una mirada incrédula, Hinata todavía estaba con la mirada perdida en el desastre a su alrededor, y Akari cruzó los brazos con una expresión que decía cállate, por favor.
Cuando estábamos a punto de movernos, un hombre apareció delante de nosotros.
No era parte de la multitud. No era uno de los asistentes del club. Era diferente.
Vestía un traje negro impecable, con una corbata roja que parecía demasiado llamativa para un oficial, lentes de forma ovalada que reflejaban la poca luz que quedaba en el club. Sus ojos eran de un color claro que contrastaba con su cabello castaño rojizo y despeinado. Se veía relajado, demasiado relajado para alguien que acababa de presenciar el desastre de este sitio.
Y entonces, sin previo aviso, mostró su ID holográfico.
—Inspector Yoshitoshi Waku, de la Oficina de Seguridad Pública.
El aire en mi pecho se detuvo por un instante. Esto es malo.
—Voy a pedirles amablemente que permitan que mida su Psycho-Pass con el Dominator —continuó, su tono tranquilo pero firme—. No estamos buscando problemas. Solo es un procedimiento estándar.
Nadie respondió de inmediato.
Miré a Souta, esperando una señal de qué hacer. Él mantuvo la calma, como siempre, y tras unos segundos que se sintieron eternos, asintió.
—Adelante.
El inspector sacó un arma extraña, un dispositivo negro y angular que no se parecía a nada que hubiera visto antes. Por un momento, su superficie pareció brillar con un resplandor frío, como si estuviera despertando, ajustándose a algo más allá de nuestra comprensión. Nos escaneó uno por uno, sus ojos moviéndose con la precisión de alguien que ya ha hecho esto demasiadas veces. No disparó. No dijo nada. Solo esperó, dejando que aquel objeto decidiera por él.
El arma no mostró ninguna alerta. Todos estábamos bien, pero eso no significó que fuéramos libres de irnos.
Yoshitoshi guardó el Dominator con calma y luego nos miró, sus lentes reflejando una tenue luz azul cuando sonrió levemente.
—Voy a tener que pedirles que nos acompañen a la Oficina de Seguridad Pública.
El silencio que siguió fue abrumador.
—¿Qué? —preguntó Akari, rompiendo la burbuja de incredulidad que se había formado a nuestro alrededor.
Él se encogió de hombros con la tranquilidad de quien ya tenía la decisión tomada.
—Son claramente menores de edad en un lugar ilegal, completamente riesgoso para sus coeficientes criminales. No podemos dejarlos ir, así como así.
Un escalofrío recorrió mi espalda, esto era un desastre.
Nao Himura
Cuando todo el problema estalló, Miyu y yo seguíamos besándonos.
No podía pensar en nada más que en la suavidad de sus labios, en la calidez de sus manos en mi cuello, en el leve temblor de su respiración cuando me acerqué aún más, como si temiera que esto no fuera real.
Y entonces llegaron los gritos.
Nos separamos de golpe, la realidad estrellándose contra nosotras con la violencia de un disparo. La música ya no dominaba el espacio, sino el eco de una estampida de cuerpos empujándose, el sonido de vidrios rotos y sillas cayendo.
Justo a tiempo.
Kenta apareció de la nada, arrastrando a Shiori con una mano y con la otra buscando equilibrio entre la gente que intentaba salir en masa. Ryota nos empujó sin ceremonias, su expresión tensa, su voz cortante.
—¡Vámonos, ahora!
Miyu todavía estaba procesando lo que estaba pasando cuando preguntó, con la respiración entrecortada:
—¿Y los demás?
Ryota no se detuvo al responder.
—Souta se encargará. Pero nosotras tenemos que salir, ya.
No había tiempo para dudar.
Nos dejamos arrastrar por la corriente de gente que se precipitaba hacia la salida, con la mente aún dividida entre lo que acababa de pasar entre nosotras y lo que estaba pasando afuera. Todo era demasiado rápido, demasiado confuso. Las luces de Shelter 440 parpadeaban en rojo, el aire estaba denso con la desesperación de quienes solo querían evitar cualquier enfrentamiento con Seguridad Pública.
Cuando finalmente salimos, el aire frío de la noche golpeó mi piel, despejando un poco la neblina de adrenalina en mi cabeza. Pero seguíamos sin saber qué había pasado con los demás.
No podíamos quedarnos en la calle, así que Kenta nos llevó al primer sitio abierto que encontró.
Terminamos en un café de Shinjuku, uno de esos lugares que parecen existir fuera del tiempo, con luces cálidas y música suave en el fondo, un contraste absoluto con la locura de la que acabábamos de escapar.
Nos sentamos en una mesa junto a la ventana, las botellas de Mitsuya reemplazadas por café negro y bebidas calientes, intentando recuperar algo de energía.
Nadie hablaba demasiado, porque todos estábamos con la mirada fija en nuestros terminales, esperando algún mensaje, alguna señal del resto.
Nada. Los mensajes en el grupo no se entregaban y no los habíamos visto salir.
Miyu, sentada a mi lado, frotó sus manos sobre la taza de café como si el calor pudiera ayudarla a calmarse.
—Esto es una locura…
Asentí, sin saber qué decirle. Una noche inolvidable, sin dudas.
Pero ahora solo quedaba esperar.
Masaoka Tomomi
De vuelta en el Departamento de Investigación Criminal, me encuentro a cargo de seis malditos niños. Cuatro chicas, dos chicos. Todos menores de edad.
Los tenemos en una sala de usos múltiples, no en una celda, porque no son criminales, pero bien podrían haber terminado como tales si la noche hubiera tomado otro giro. No sé qué estaban pensando. No sé qué demonios hacían en un club clandestino, en un ambiente lleno de adultos demasiado alterados para su propio bien, rodeados de gente que no dudaría en aprovecharse de ellos si se les daba la oportunidad.
Los varones parecen más despiertos. Uno de ellos, el de cabello castaño rojizo, parece el más astuto del grupo. Sabe que están en problemas, pero no está asustado. Evalúa la situación con la mirada de alguien que ha estado en este tipo de escenarios antes, aunque dudo que haya sido en este contexto. El otro chico, más alto, con aire melancólico, se mantiene en silencio, con una calma que roza la indiferencia. No parecen preocupados, solo cautos.
Pero las chicas… las chicas son otra historia.
Una de ellas, la del vestido tornasolado, es histriónica hasta el hartazgo. Habla demasiado, se mueve demasiado, exagera cada reacción con un dramatismo que me recuerda a ciertas actrices en películas antiguas. Es el tipo de persona que probablemente podría quedar fuera de cualquier problema… si estuviera lidiando con alguien más blando que yo.
Y luego está la otra, la del vestido verde esmeralda, la más joven de todos.
Y ahora que la veo de cerca, no hay dudas. Es descendiente de extranjeros.
No es completamente japonesa. Los rasgos en su rostro lo delatan. Quizás estadounidense. Quizás europea. Su piel es demasiado pálida, su estructura ósea demasiado marcada, los ojos de un color más claro de lo que es común en este país. Y su actitud… No ha dicho una sola palabra.
No se ve particularmente asustada, pero tampoco desafiante. No parece el tipo de chica que busca problemas, pero tampoco la que simplemente sigue a los demás sin pensar. Su silencio es un escudo, y aunque no se note a simple vista, puedo ver el cansancio en sus hombros, como si estuviera habituada a mantenerse alerta.
No soy quién para regañarlos. No soy su padre ni soy su profesor. Pero esto es peligroso.
He visto a demasiados adolescentes pensar que son intocables, que nada les va a pasar, que el mundo es solo un escenario para su diversión. No es así. El mundo se los come si no son lo suficientemente listos para ver el peligro antes de que los alcance. Y en este contexto, en este país bajo el sistema de Sibyl, un mal paso no es solo un mal paso. Es una condena.
Así que hablo con ellos. Les hablo como le hablaría a Nobuchika, si mi hijo fuera tan idiota como para hacer algo así.
—No sé qué clase de idea brillante creyeron que era esto, pero les aseguro que no lo fue.
El grupo se mantiene en silencio.
—No voy a hacerles una conferencia sobre moralidad —continúo—. Sé que los adolescentes han hecho este tipo de cosas desde que el mundo es mundo. Pero si creen que vivir en esta sociedad les da el lujo de tomar riesgos estúpidos, están muy equivocados.
La del vestido tornasolado rueda los ojos, claramente harta de la lección de vida.
—Ay, por favor —dice, con una mezcla de sarcasmo y fastidio—. Solo estábamos en un concierto.
La del vestido verde esmeralda gira la cabeza y la fulmina con la mirada.
—Akari, cállate.
Es la primera vez que la escucho hablar. Su voz es más baja de lo que esperaba, pero firme, con ese tono particular de alguien que ha aprendido a controlar su temperamento. No es alguien que hable solo por hablar.
La chica del vestido tornasolado—Akari, aparentemente—hace un puchero dramático, como si la hubieran ofendido gravemente.
—Ay, Alice, no seas así…
Ahí es cuando lo escucho por primera vez. Alice. Y dejo de pensar por un segundo.
No es un nombre japonés. No es común en este país. Y ciertamente no es un nombre que pase desapercibido. Hay nombres que se graban en la memoria colectiva, que la sociedad no olvida sin importar cuántos años pasen. Este es uno de ellos.
Alice.
Mi mente comienza a unir piezas que no había considerado antes, fragmentos de un recuerdo enterrado en una época que ya parece lejana. No es solo su nombre lo que me llama la atención. Es la manera en que suena. Es el peso que lleva detrás.
Hace años, hubo una niña con ese nombre que fue noticia nacional. Su nacimiento fue un evento público, televisado hasta el cansancio, un símbolo de poder envuelto en pañales y lujos. Durante meses, Japón entero fue bombardeado con imágenes de su cuna dorada, con análisis sobre lo que significaba su existencia, con especulaciones sobre el futuro que le esperaba.
Yo recuerdo ese circo. Todos lo recuerdan.
Mi mirada vuelve a la chica frente a mí, a Alice. Y algo dentro de mí encaja en su lugar.
No puede ser.
¿O sí?
Uno a uno, los chicos del grupo fueron retirados por sus padres. Vi salir a cada uno de ellos, algunos con la cabeza gacha, otros con una expresión de fastidio mal disimulado, todos con la certeza de que los sermones que recibirían en casa no iban a ser cortos ni indulgentes. Yoshitoshi se aseguró de darles a los padres un resumen claro y contundente de lo riesgoso que era para el futuro de esos críos meterse en un lugar como Shelter 440, pero yo sabía la verdad.
Así como estuvieron allí esta noche, lo estarán en el futuro de nuevo, porque así son los jóvenes. Piensan que el peligro es algo que solo les ocurre a los demás, que son inmunes a las consecuencias, que el mundo es solo un escenario donde pueden moverse sin restricciones. Y tal vez lo sea, hasta que un día deja de serlo.
El anteúltimo en irse fue el chico de cabello castaño rojizo. Souta, según recordaba. De los más astutos del grupo. Y entonces Alice habló.
—No le digas nada sobre esto.
Su tono era bajo, sin urgencia ni desesperación, pero con una firmeza que me hizo levantar la vista de inmediato. Souta, que ya estaba de pie, guardando su terminal en el bolsillo, simplemente asintió.
—Sí.
Nada más. Se despidió y se fue.
Mi atención se quedó en Alice.
¿A quién hay que ocultarle la verdad? ¿Por qué lo pide así?
No parecía nerviosa. No parecía asustada. Parecía acostumbrada. Como si ya hubiera hecho esto antes, como si mantener ciertos asuntos en secreto fuera algo natural para ella.
Antes de que pudiera seguir pensando en ello, la puerta se abrió y Yoshitoshi entró con pasos rápidos y un aire de frustración mal contenida.
—Tu padre no atiende el teléfono.
No fue una pregunta, ni una observación casual. Era una queja.
Alice ni siquiera parpadeó.
—No va a atenderlo.
Lo dijo con una tranquilidad que no pertenecía a una adolescente en problemas. Yoshitoshi la miró, esperando que elaborara, y ella, con la paciencia de quien ya ha dado la misma explicación demasiadas veces, continuó:
—Aunque lo atendiera, de todas maneras, no vendría a buscarme.
Algo en mi cabeza hizo clic.
—¿Por qué no? —preguntó Waku, con el ceño fruncido.
—Porque mi padre está en Dejima desde hace años, y yo vivo sola en la mansión Carter.
Me congelé.
Carter. Alice Carter.
Mis pensamientos corrieron más rápido de lo que pude procesarlos. El evento nacional. El nacimiento de la heredera Carter. La niña que fue televisada hasta el hartazgo.
Es ella.
Alice Carter estaba sentada frente a mí con un vestido verde esmeralda que no debería estar usando una chica de su edad, con maquillaje que intentaba hacerla ver mayor pero que no podía ocultar lo que realmente era. Una cría, sola en el mundo.
Pero hay algo más.
No es solo su nombre lo que me resulta familiar. Es la forma en que se mueve, la manera en que sus ojos parecen medir cada palabra antes de ser pronunciada, la seriedad con la que escucha y responde. Algo en su postura, en su manera de observar el mundo, en la forma en que se aferra al silencio como si le perteneciera.
No luce igual. Ha crecido, su cabello ya no es como lo recordaba, su expresión es más madura, sus rasgos más marcados. Pero hay un eco de algo en ella, algo enterrado en mi memoria.
Un parque.
Una niña en un columpio.
Un apodo que no entendí en su momento.
Pero es imposible.
O, al menos, eso quiero decirme.
Waku dejó escapar un suspiro y cruzó los brazos.
—Entonces, ¿hay alguien a quien puedas llamar para que te busque?
Alice pensó por un momento.
—Podría llamar a mi novio —dijo finalmente—, quizás si su abuela puede venir por mí.
Yoshitoshi la observó en silencio.
—O podrían simplemente dejarme ir.
No era una súplica. No era un intento desesperado por salirse del problema. Era una alternativa lógica, pero lo que dijo después fue lo que realmente me hizo mirarla con otros ojos.
—Solo una cosa. Sea quien sea que venga a buscarme, no tiene ni idea de lo que hice esta noche. Así que no merecen un sermón sobre cómo dejaron que me pusiera en riesgo.
El silencio que siguió fue denso.
—No es como si tuviera una familia a la que responder —continuó, con ese tono neutro que oculta demasiado—. Si la abuela de mi novio viene, ya la estaría molestando más de la cuenta. Es una anciana, y ya hace demasiado por su nieto como para que encima tenga que hacerse cargo de mí.
Hubo algo en su voz. Algo pequeño, casi imperceptible.
Resignación.
No rabia, no tristeza, no desafío. Resignación.
Lo ha dicho tantas veces que ya lo dice sin pensarlo. Como si ya no doliera.
Yoshitoshi la miró por un momento más, luego se pasó una mano por la cara y suspiró.
—No le diré nada. Pero no vuelvas a hacer algo así.
Alice inclinó ligeramente la cabeza.
—Ya entendí el riesgo.
Waku asintió, todavía con la frustración en los hombros.
—Entonces llama.
Ella sacó su terminal, marcó un número y la llevó a su oído.
Yo la observé en silencio, sin poder apartar la mirada de la niña que una vez fue noticia en todo el país y que ahora estaba aquí, sola, en una sala del DIC, buscando a alguien que pudiera venir por ella.
Y por un momento, una imagen superpuesta se formó en mi mente.
Alice Carter en un parque, con un vestido lila, con rizos castaños, escuchando atentamente mientras un niño le explicaba las reglas de los juegos.
Alice Carter hoy, con un vestido que no debería estar usando, con el rostro aún manchado de la noche, con una expresión que parece no pertenecerle a una adolescente de su edad.
No digo nada. No puedo decir nada.
Porque si lo que estoy pensando es cierto… entonces la única vez que Alice Carter fue realmente una niña fue en ese parque, hace tantos años, cuando aún no sabía quién era realmente.
Alice
Miro la pantalla de mi terminal, los números parpadeando en mi lista de contactos, y siento el peso del dilema apretándome el pecho. Sé a quién tengo que llamar. Sé cuál es la opción lógica. Pero no quiero hacerlo.
Podría llamar a Shinya. Si lo hiciera, Tomoyo vendría por mí, es más joven, más tranquila. Me daría un sermón, por supuesto, porque es Tomoyo y no hay forma de que no me diga lo irresponsable que fui, lo peligrosa que es la ciudad, lo inconsciente que es ir a un sitio así. Pero al menos no se preocuparía demasiado. No de la forma en que Akiho lo haría.
Porque Akiho es una anciana, y no quiero ser una carga para ella. No quiero hacerla salir en medio de la noche para resolver un problema que ni siquiera debería haber existido en primer lugar. Ella ya hace demasiado por Nobuchika. No tengo derecho a sumarle más preocupaciones, pero si no llamo a él, si decido eludirlo y hacer esto por otro lado, eventualmente se va a enterar. Porque siempre se entera, y cuando lo haga, si descubre que no lo llamé, me va a odiar más de lo que me odiaría si lo llamo ahora.
Después de saber lo que hice esta noche, después de saber que fui lo suficientemente estúpida como para terminar en el DIC, me va a odiar, porque se preocupa por mí y me ama.
Cierro los ojos y suspiro, antes de finalmente apretar el botón y llevarme el terminal al oído. Espero.
Tarda más de lo normal en contestar, pero cuando lo hace, su voz suena adormilada, baja, pero con esa calidez suya que solo tiene cuando aún no se ha dado cuenta de lo que está pasando.
—¿A…Alice?
Mi estómago se aprieta. Me tomo un segundo antes de hablar, porque sé que apenas lo haga esto va a desmoronarse.
—Necesito que hagas algo por mí.
Lo escucho moverse, el sonido de las sábanas arrugándose cuando cambia de posición.
—¿Qué pasa?
—Estoy en el DIC.
Silencio. Un segundo. Dos.
—¿Qué?
No puedo retractarme ahora. No quiero justificarme, porque sé que nada de lo que diga va a hacer que esto suene mejor de lo que es.
—Estuve en un concierto con el grupo de artes. Era en un club clandestino. Hubo una redada o algo así, y como éramos menores, nos retuvieron.
La calidez en su voz desaparece de inmediato.
—¿Eres idiota?
No discuto. No intento defenderme. Porque tiene razón.
—Sí.
Se queda en silencio por un momento más, y casi puedo imaginar su rostro, el ceño fruncido, la mandíbula tensa, el gesto de incredulidad absoluta que debe estar haciendo.
—¿Y tu padre?
Respiro hondo, preparándome para decir lo que ya debería haber esperado.
—Decidió que no va a atender el teléfono. Que me las arregle sola. Como siempre.
No hay sorpresa en su voz cuando responde. Solo frustración.
—Por supuesto que sí.
Un peso extraño se instala en mi pecho cuando escucho la exhalación pesada que deja escapar. No sé qué esperaba. No sé por qué todavía me molesta.
—¿Tu tono está bien?
Su tono es más bajo, más controlado. No está preguntando por cortesía. Está preguntando porque realmente necesita saberlo.
—Sí —respondo sin dudar—. Solo tomé Mitsuya toda la noche. Bailé un poco. Nada serio.
No hay alivio en su respuesta, pero tampoco más enojo. Sigue frustrado, pero ya no por mí, sino por la situación.
—Lo solucionaré.
No es una promesa. Es una sentencia.
—Gracias —murmuro, y sé que no es suficiente, pero es lo único que puedo decir ahora.
No responde. Solo corta.
Me quedo con la terminal en la mano, la pantalla negra reflejando mi propia expresión.
No tengo que verlo para saber que está molesto, que está cansado, que esto lo agotó de una forma que probablemente nunca va a decir en voz alta.
Pero me va a ayudar, porque, aunque se enoje. Aunque piense que soy una idiota. Aunque esto le dé una razón para odiarme… no puede dejarme sola.
Ginoza
No sé si matarla o si sentirme mal por ella.
Me quedo mirando la pantalla oscura de mi terminal, sintiendo una mezcla de emociones que no sé cómo procesar. Alice es una maldita idiota. Pero, al mismo tiempo, fue completamente abandonada por su padre en un momento de necesidad. No sé cuál de las dos cosas me enfurece más.
Lo bueno—si es que hay algo bueno en esto—es que me llamó a mí y no a Kougami.
Eso significa algo, aunque no sé si debería sentirme aliviado por ello. Alice sabe perfectamente que cualquier sermón que le den por esto va a ser insignificante en comparación con el que le voy a dar yo. Y, aun así, confió en mí lo suficiente como para pedirme ayuda.
Me paso una mano por la cara y respiro hondo antes de levantarme de la cama. No hay tiempo para enojarme con ella ahora. Primero tengo que sacarla de ahí. Me visto con lo primero que encuentro: una camiseta simple, pantalones de diario y una chaqueta de chándal. No quiero perder tiempo buscando algo más formal, no lo necesito para esto.
Voy hacia la habitación de Akiho. Seguramente accederá a ayudar, porque quiere mucho a Alice. Lo ha dejado claro más de una vez. Tal vez porque Alice es educada y le habla con respeto, tal vez porque la ve como una niña que necesita cariño, tal vez porque en el fondo entiende lo que significa estar sola.
Toco la puerta suavemente y espero. Apenas la abro, Akiho parpadea con somnolencia, sentada en su futón, con su cabello gris suelto y la expresión tranquila de siempre.
—Nobu… ¿qué pasa?
No doy rodeos.
—Necesito que vengas conmigo al DIC.
Sus ojos se abren un poco más. Ahora está completamente despierta.
—¿El DIC?
Asiento.
—Alice está ahí. La retuvieron porque estaba en un club clandestino con su grupo de amigos. Es menor, así que necesita que alguien la saque.
No necesito decir nada más.
Akiho suspira, se incorpora lentamente y sin dudarlo, asiente.
—Voy a prepararme.
Se mueve con la calma de quien ya tomó una decisión. No pregunta por qué Alice estaba en un club. No me pregunta si sé lo que estaba haciendo. Solo acepta ayudarla.
Me quedo de pie en el pasillo, con los brazos cruzados, esperando que se aliste.
Me siento impotente. Si fuera mayor de edad, podría solucionar esto por mi cuenta. No tendría que despertarla, no tendría que molestarla en medio de la noche, no tendría que depender de nadie más para arreglar las cosas. Pero soy menor. Y aunque sé perfectamente que Alice es la única responsable de haberse metido en este problema, no puedo dejarla sola.
No me gusta la idea de ir al DIC por esto.
Siempre pensé que mi primera vez allí sería en mi primer día como inspector.
Pero es Alice y no puedo dejarla sola.
Masaoka Tomomi
Alice cortó la llamada y dejó el terminal sobre la mesa con un gesto lento, como si le pesara la conversación que acababa de tener. Luego, levantó la mirada hacia Yoshitoshi y, con una expresión medida y serena, le dijo:
—Pronto vendrán a buscarme. Lo siento mucho por los inconvenientes. No quiero entorpecer su trabajo más de lo necesario.
Si cualquier otra persona dijera esas palabras, pensaría que está tratando de adularnos, de ganarse nuestra simpatía con frases políticamente correctas. Pero no era el caso. Su disculpa era genuina. Se notaba en su tono, en la manera en que mantuvo la espalda recta, pero sin tensión innecesaria, en la forma en que sus ojos no esquivaban el contacto visual.
A primera vista, parece una chica que no se inmuta fácilmente, pero algo en su postura, en la manera en que dejó escapar un pequeño suspiro después de la llamada, me hizo pensar que ahora estaba más abatida que antes.
No escuché toda la conversación, pero fuera quien fuera la persona al otro lado de la línea, no la dejó mejor que antes.
Dijo que llamaría a su novio, así que supongo que debe ser otro aristócrata. Los aristócratas se juntan con aristócratas, es lo que siempre pasa. No me sorprendería que se tratara de algún heredero de otra familia poderosa, alguien criado en la misma burbuja en la que ella creció, alguien que, como ella, ha pasado toda su vida lejos del mundo real.
Eso pensé en un principio.
Pero entonces, Alice dijo algo durante la llamada que me quedó dando vueltas en la cabeza. Mencionó un grupo de artes.
Esa parte me interesó. Y, siendo sincero, también quiero intentar conectar con esta chica.
—¿Dijiste que estabas con un grupo de artes? —pregunto con tono casual, observando cómo su atención se vuelve hacia mí.
Alice asiente sin dudar.
—Sí. Estudio en la Academia Nitto, en la rama de artes.
Levanto una ceja. Nitto. La misma academia de Nobuchika.
—Después del primer año, mis profesores de música y danza decidieron adelantarme un par de cursos. Los chicos con los que estaba en el club son mis nuevos compañeros, ellos son de tercer año y yo estoy por empezar segundo.
Todo encaja.
Ella no estaba en Shelter 440 porque fuera el tipo de chica que frecuenta esos lugares. No es parte de su mundo, estaba ahí porque estaba buscando pertenecer.
Había querido encajar en un grupo ya formado, encontrar su lugar en algo más grande que ella misma. No era una noche cualquiera para ella.
Antes de que pudiera seguir preguntando, la puerta se abrió sin previo aviso y una voz burlona rompió el ambiente.
—Bueno, bueno, bueno… ¿qué tenemos aquí?
Rodé los ojos antes siquiera de girarme a mirar. Sasayama. El infierno de la División 01.
Se aprovechó de que Yoshitoshi salió un momento, porque si no, lo habría echado a patadas antes de que pudiera siquiera abrir la boca. Pero ahí estaba, de pie en la puerta con su expresión de me voy a divertir con esto, mirando a Alice con el mismo brillo travieso que pone cada vez que encuentra algo que considera entretenido.
—Escuché que la princesa Carter estaba detenida y tuve que venir a verlo con mis propios ojos.
Alice, que hasta ahora había sido respetuosa y contenida, simplemente lo miró sin cambiar su expresión.
—No hay mucho que ver.
La respuesta fue tan inesperadamente calmada que hasta Sasayama parpadeó antes de soltar una carcajada.
—Dios, esto es hasta gracioso. —Se pasó una mano por el cabello y se inclinó un poco hacia ella—. Tienes modales, ¿eh? No esperaba eso.
Alice no respondió. Se limitó a mirarlo con esa mezcla de paciencia infinita y ligera incredulidad, y entonces Sasayama hizo lo impensable.
Sacó un paquete de cigarrillos, lo abrió con un movimiento hábil y extrajo uno antes de ofrecérselo a Alice.
—¿Quieres uno?
El gesto me hizo tensarme de inmediato.
Alice lo miró. Luego miró el cigarro. Luego lo miró de nuevo, como si no pudiera creer que esto estuviera sucediendo en serio.
Y, por un instante, mi mente viajó a otro lugar. A otra época.
Al humo disipándose en un parque, a una mujer que sostenía un cigarrillo con una elegancia inconsciente, preguntándome si me molestaba.
"No me molesta", le dije entonces.
Pero ahora, viendo a Alice con un cigarro ofrecido frente a ella, sentí que no debía estar ahí.
—¡Sasayama! —gruñí, exasperado—. ¡Contrólate! Es una niña.
Esperaba que Alice se indignara, que dijera que no era una niña, que reaccionara de alguna forma impulsiva, pero en lugar de eso, simplemente ladeó la cabeza y respondió con total calma:
—Agradezco la oferta, pero por ahora no quiero fumar.
Me quedé en silencio. Sasayama también.
No era lo que esperábamos. La frase tenía algo… extraño.
No fue un rechazo categórico, no fue una indignación fingida. Fue una respuesta medida.
"Por ahora."
Sasayama sonrió, mirándola con curiosidad antes de encender el cigarro que tenía en la mano.
—Eres interesante, princesa.
Alice no dijo nada. No tenía que hacerlo. Yo solo la observé por un momento más, intentando ver más allá de su fachada controlada. Ya no me resultaba una desconocida.
No me daba la misma sensación de los aristócratas que he conocido, esos niños de cuna dorada que no saben lo que significa luchar por algo, que se creen invulnerables porque su apellido los protege.
No. Alice Carter me recordaba a alguien más.
Tal vez porque ya la había visto en otro contexto. Tal vez porque no era la primera vez que la veía encontrar su camino en un mundo que no terminaba de pertenecerle.
O tal vez, solo tal vez, porque hace mucho tiempo, en una tarde lejana, bromeé con que Nobuchika y una niña de rizos castaños podrían casarse algún día.
Y ahora, esa niña ya no tenía rizos.
Sasayama se va con la misma energía con la que entró, dejando tras de sí solo el eco de su burla y el olor a cigarrillo impregnado en el aire. La puerta se cierra con un leve chirrido y la habitación vuelve a quedar en silencio. Alice Carter y yo, solos otra vez.
La observo por un momento. No parece incómoda. Tampoco se ve asustada o impaciente. Solo espera. No con la indiferencia altanera de alguien que se cree por encima de la situación, sino con la paciencia de quien ha aprendido a lidiar con los momentos incómodos de la vida, porque lo hizo.
Me inclino un poco hacia adelante, apoyando los codos en la mesa con aire relajado.
—Dime, Ojou-san… ¿qué haces exactamente?
Sus ojos color miel se enfocan en los míos con un destello de curiosidad. No me responde de inmediato, pero cuando lo hace, su voz es clara, segura.
—Soy artista clásica, toco piano, violín y guitarra.
Asiento lentamente. No me sorprende en lo absoluto.
—¿Eres buena?
Ella sonríe, un destello de orgullo cruzando su expresión.
—Acabo de terminar el primer año en la Academia Nitto con la mejor calificación en los exámenes finales, y como le comenté antes, estoy en la clase de tercer año en música y danza.
Levanto una ceja. Eso sí me sorprende.
Sabía que Nobuchika había quedado segundo en el ranking a mitad de año, debajo de otro chico. Pero ahora resulta que la mejor al final del año fue ella.
Y lo dice con orgullo. Como si me estuviera hablando a mí como lo haría con un padre, y no con un ejecutor en la Oficina de Seguridad Pública. Eso me dice todo lo que necesito saber.
—Entonces estás becada.
—Técnicamente, sí —dice, pero hay algo en su tono que me hace esperar—. Pero renuncié a la beca.
Eso me toma desprevenido.
—¿Por qué?
Ella se encoge de hombros con una facilidad que no encaja con la importancia de lo que acaba de decir.
—Porque no quería afectar al que estaba segundo en el ranking a mitad de año.
La observo con más atención. Algo en su voz cambia.
—Después de todo, soy rica. No necesitaba la beca. Y era injusto que alguien que sí la necesitaba perdiera la oportunidad solo porque yo quedé arriba en el ranking.
No me toma mucho tiempo darme cuenta de quién era ese segundo lugar. Renunció a la beca para que Nobuchika pudiera quedarse con ella, porque probablemente mi hijo no puede pagar la matrícula sin la beca.
No digo nada de inmediato, solo la sigo observando mientras ella, con una sonrisa que parece disfrutar más de lo que está contando de lo que esperaba, añade:
—Tuve que pelear mucho con la dirección. No querían dejarme renunciar, pero al final lo conseguí.
Su orgullo es evidente. Le costó, pero lo logró y entonces suelta un detalle que me deja completamente claro quién es ella para mi hijo.
—No ayudaba en nada que minutos antes de entregar la renuncia me estaban amonestando.
Levanto una ceja.
—¿Por qué?
Alice sonríe de lado, casi como si estuviera recordando algo con una extraña mezcla de satisfacción y resignación.
—Por meterme en una pelea.
El cansancio en mi voz es automático.
—¿Y por qué estabas peleando?
—Porque estaba defendiendo a un amigo del acoso escolar.
No necesito más información, estaba defendiendo a Nobuchika.
Lo entiendo todo en un solo instante.
Las palabras de Akiho en nuestra última conversación, su alegría al contarme que Nobuchika tenía amigos en Nitto, un chico y una chica encantadores, que lo cuidan cuando está enfermo, que pasan todos los días con él.
Y ahora, al ver la forma en que Alice suaviza su expresión cuando menciona al segundo lugar en el ranking, al notar la chispa de anhelo en su mirada, no hay dudas.
Alice Carter es la chica de la que hablaba Akiho. Ella no solo está en la vida de Nobuchika. Lo protege. Y aunque Nobuchika no tiene idea de cuánto lo amo y probablemente nunca lo sepa, sé que Alice lo ve.
Y, aunque no quiera admitirlo, es suficiente para mí.
El mundo tiene una forma extraña de acomodar las cosas, de cruzar caminos que parecían destinados a no volverse a encontrar. Nobuchika y su Katatsumuri se encontraron otra vez, aunque ninguno de los dos lo recuerde.
Por un momento, me permito una exhalación lenta, un pequeño respiro ante la extraña sensación de ver cómo las piezas encajan sin que nadie se dé cuenta.
Ya no es la niña que hace años, en otro lugar, en otra vida, se aferraba a un columpio mientras un niño le explicaba las reglas no escritas de los juegos.
Y, aunque él ya no la llama Katatsumuri y ella ya no le dice Nobu, aunque el tiempo los convirtió en personas completamente distintas, aunque claramente ninguno de ellos lo recuerde, siguen juntos. Tal vez algunas cosas en este mundo aún tienen un orden.
Yoshitoshi entra a la sala con su andar despreocupado y la expresión cansada de alguien que ha tenido una noche más larga de lo que esperaba. Se detiene frente a Alice y le informa con su tono monótono que ya vinieron a buscarla. Ella asiente con tranquilidad y agradece con la misma cortesía con la que se ha manejado toda la noche. No parece impaciente ni molesta, simplemente acepta la situación como es, sin más.
Observo la escena en silencio, ya con las piezas suficientes en su lugar para entender que esto no es una coincidencia. Si mis sospechas son correctas, al final del pasillo estará esperando Nobuchika. O quizás no. Quizás la espera un aristócrata cualquiera, un heredero de algún otro linaje poderoso que juega a ser rebelde en su tiempo libre. Pero necesito verlo por mí mismo. No solo porque quiero confirmar mi teoría, sino porque, aunque Nobuchika me desprecie, no puedo perder la oportunidad de verlo.
—Yo la acompaño, después de todo, no hay que darle un sermón, ¿verdad?
Yoshitoshi me lanza una mirada de cansancio y se encoge de hombros. Claramente, está demasiado tapado de trabajo como para discutir.
—Haz lo que quieras.
Alice y yo caminamos por el pasillo en un silencio cómodo. Sus pasos son ligeros, pero firmes, sin ninguna señal de incomodidad o prisa. Es impresionante lo controlada que puede ser para su edad. No se nota ansiosa por salir de aquí ni especialmente afectada por la situación. Es alguien que ya está acostumbrada a manejarse sola.
—Fue una charla agradable.
La miro de reojo. Habla con sinceridad. No lo dice por compromiso ni para llenar el silencio, sino porque realmente lo siente.
—Gracias por haberse quedado estas horas conmigo.
No esperaba ese comentario. He conocido a muchas personas en este mundo, y la mayoría, cuando están en situaciones como esta, intentan congraciarse con los oficiales, mostrar una educación medida, fingir gratitud cuando en realidad solo quieren irse. Pero Alice Carter habla con honestidad.
Asiento sin decir nada, porque realmente no sé qué responder.
Y entonces llegamos al final del pasillo.
Akiho está allí, con su postura firme y la misma serenidad de siempre. No parece sorprendida de verme aquí, aunque tampoco me mira directamente. Y junto a ella, está Nobuchika.
Me detengo por un segundo, sintiendo algo en mi pecho apretarse con más fuerza de la que esperaba.
Han pasado ocho años.
Ocho años sin verlo más que en las sombras, sin escuchar su voz, sin saber cómo ha crecido realmente. Y ahora está aquí.
Y mierda… creció tanto.
Es más alto de lo que recordaba, su complexión es delgada pero firme, con la espalda recta y los hombros tensos en una postura demasiado rígida para su edad. Usa gafas que probablemente no necesita, y su expresión es severa, como si la vida le hubiera puesto demasiado peso en los hombros antes de tiempo. Es un chico sano, pero no parece un adolescente.
Entonces ve a Alice y su mirada cambia.
Es sutil, pero lo noto al instante. Se tensa, se cruza de brazos, su mandíbula se aprieta con irritación. Está molesto. Pero no de la forma en la que un amigo estaría molesto.
No, esto es otra cosa, porque Nobuchika no solo está molesto. Está preocupado y no puede ocultar lo que realmente siente por ella, porque está enamorado de esta chica.
Y en este momento, no me ha notado en absoluto.
Quizás no ha visto que estoy de pie junto a Alice, quizás su atención está completamente atrapada por la situación, por la imprudencia de ella, por la responsabilidad de tener que lidiar con esto.
Podría darme la vuelta, simplemente irme, ahora que ya vi a Nobuchika de lejos, ahora que confirmé lo que sospechaba sobre la chica que ha estado a su lado.
Pero no lo hago, porque Nobuchika es mi hijo.
Y después de ocho años, no puedo simplemente desaparecer otra vez.
