Ginoza

Cuando la veo al final del pasillo, siento un latigazo en el estómago, algo que no sé si es rabia, miedo o una desesperación tan cruda que me cuesta respirar. No sé si quiero matarla, besarla o simplemente sacudirla hasta que entienda lo que acaba de hacer. Todo está absolutamente mal. Aprieto la mandíbula con tanta fuerza que un dolor sordo se instala en mis sienes. No solo fue lo suficientemente idiota como para ir a un club clandestino, sino que además lo hizo con ese vestido, un maldito pedazo de tela que claramente es parte de las compras que hizo con sus amigas, y seguramente entra dentro de la categoría de la ropa que no quiso mostrarme cuando modeló para mí en la mansión Carter.

No es algo que Alice debería usar en ningún sitio, jamás, tal vez solo en su habitación, cuando esté casada, para su esposo, para alguien que pueda tocarla como se debe… pero… se ve preciosa. Y me odio por pensarlo, porque Alice es hermosa de una manera que me resulta insoportable cuando no tengo control sobre la situación, y en este momento, no tengo control sobre nada. Intento exhalar lentamente, pero el aire se atasca en mi pecho. Sin embargo, lo que más me molesta no es el vestido ni su imprudencia. Es el hecho de que su padre la dejó completamente sola en esta situación. Alice no es huérfana, no tendría que llamarme a mí para que la saque de esto, pero su padre ni siquiera puede solucionar algo tan simple. Aprieto los puños con tanta fuerza que las uñas se me clavan en la piel. Y eso me da más perspectiva del tipo de basura que es Adam Carter, porque si ni siquiera puede intervenir en algo así, entonces realmente no le importa nada de lo que le pase a su hija.

Y entonces lo veo. Masaoka.

Un escalofrío me sube por la espalda antes de que mi cuerpo reaccione y todo dentro de mí se ponga rígido. Está caminando junto a Alice, con su traje marrón gastado, con ese maldito brazo protésico que yo no sabía que tenía hasta que los hijos de puta de Nitto dejaron una foto de él en mi casillero hace unos meses. De repente, siento que el suelo no es firme, que todo se desmorona bajo mis pies, porque su presencia es un recordatorio de todo lo que llevo años intentando ignorar. Tiene cicatrices nuevas que antes no estaban, la cara más avejentada que la última vez que lo vi. Y lo peor de todo es que Alice se ve cómoda junto a él.

Incluso cuando llegan hasta nosotros, le hace una reverencia.
—Gracias por quedarse conmigo, y disculpe las molestias.

El sonido de su voz es un golpe en la boca del estómago. No es que Alice no deba disculparse, porque claramente debería estar pidiendo perdón de rodillas por la estupidez que hizo esta noche… pero no con él. No con el hombre que me destrozó la vida, no con la persona que es la razón por la que he pasado toda mi infancia intentando probar que no soy como él. Mi corazón martillea contra mis costillas y la sangre me retumba en los oídos, pero no digo nada, porque no quiero que Alice se entere de quién es, menos de esta manera.

Así que, en lugar de hablarle a Alice, lo miro con todo el resentimiento que he acumulado a lo largo de los años. Quiero decir algo, quiero escupirle en la cara todo lo que he guardado, todo lo que se me atraganta en la garganta desde que tengo memoria. Pero si abro la boca ahora, no voy a poder parar.

Alice se gira hacia Akiho, con el rostro lleno de culpa.
—Perdón por hacerla venir hasta aquí.

Akiho, con su infinita paciencia y esa calma que siempre ha sido su escudo, niega suavemente con la cabeza.
—Todo está bien, Alice.

Pero Masaoka sigue sin irse.

Alice me mira, y aunque no dice nada, sé que se siente culpable.

No es el momento para hablar de esto. No ahora.

Pero cuando todo termine, voy a dejarle claro que no voy a tolerar otra estupidez como esta.

Masaoka Tomomi

Estoy de pie en medio del pasillo, con Alice Carter inclinando la cabeza en una disculpa impecable, con Akiho ofreciéndole su paciencia infinita y con Nobuchika mirándome como si quisiera reducirme a polvo con la fuerza de su desprecio. Sé que debería irme. Debería darme la vuelta y salir de aquí antes de que mi sola presencia haga todo esto peor.

Pero no lo hago, porque no solo estoy embelesado con la imagen de mi hijo, después de ocho años sin verlo, sino que también hay algo en esta chica, en Alice, que me hace quedarme unos segundos más. No porque sea una Carter, no porque tenga un apellido importante, sino porque es alguien que cuida de Nobuchika. Y eso se nota.

Se nota en la forma en la que él la mira, incluso cuando está molesto. Se nota en cómo ella parece genuinamente preocupada por haberlo hecho venir hasta aquí. Se nota en la manera en que, aunque sea joven, aunque apenas tenga experiencia en este mundo, ya entiende lo difícil que es Nobuchika y aun así lo elige … y eso es algo que nunca pensé que vería.

Amo a mi hijo, pero sé que es complicado. Sé que vive atrapado en su propia rigidez, en su necesidad de demostrar que es mejor, en la maldita idea de que todo lo que es debe estar calculado y contenido. Pero con Alice… Con Alice, por algún milagro, ha podido abrirse.

No sé cómo lo hizo. No sé qué vio en él que lo hizo bajar la guardia, qué encontró en su mundo ordenado y estructurado que la hizo quedarse. Pero ahí está, de pie junto a él, con la misma determinación con la que seguramente lo ha acompañado todos estos años. Y lo más sorprendente es que esto no es algo nuevo.

Alice siempre estuvo allí.

No lo recordará, estoy seguro. Ni ella ni Nobuchika. Pero hace mucho tiempo, cuando eran niños y el mundo aún no los había convertido en quienes son ahora, ya se habían encontrado una vez.

No puedo decirle eso. No puedo hacer nada más que verla ahora, mucho mayor, con su postura erguida, con ese aire de control y paciencia que no encaja del todo con su edad, pero que le pertenece de una forma natural.

No tengo derecho a dirigirme a Nobuchika. No después de todo lo que pasó, no después de ocho años de distancia y silencio. Así que hago lo único que puedo hacer: me dirijo a Alice.

—Es una buena chica. No la castigues demasiado.

No espero su reacción. Tampoco quiero verla.

Me doy la vuelta y me voy, sin apurar mis pasos, pero sin detenerme tampoco. Prefiero no escuchar lo que Nobuchika tenga que responderme, prefiero no darle espacio a esa furia contenida que sé que siente cada vez que me ve.

Mientras camino de regreso a la oficina, pienso en Alice Carter.

La heredera. La niña prodigio. La estrella en ascenso. Y la misma niña que alguna vez escuchó atentamente mientras mi hijo le explicaba las reglas del parque.

Sin saberlo, sin quererlo, sin hacer nada más que ser quien es, ha hecho algo que yo jamás pude hacer: ha hecho feliz a mi hijo.

Y con eso, me basta.

Sé que Nobuchika no está solo. Sé que Akiho sigue cuidando de él, pero ahora tiene a alguien más en su vida. Y eso es suficiente para que yo pueda respirar un poco más tranquilo.

Pero el mundo tiene una forma extraña de hacer que los caminos se crucen una y otra vez.

No sé cuándo, no sé cómo, pero tengo la certeza de que volveré a ver a Alice Carter.

Y cuando lo haga, me aseguraré de devolverle el favor. Porque, de una manera que ni ella misma entiende, le debo una.

Ginoza

El viaje del DIC a casa transcurre en un silencio insoportable. Alice está sentada a mi lado, quieta, con la mirada perdida en la ventana del auto, como si pudiera desaparecer en la noche si se concentrara lo suficiente. No quiero verla, no con ese vestido del demonio, no con el maquillaje corrido en los bordes de sus ojos, no con la evidencia de todo lo que pasó esta noche aún marcada en su piel.

No puedo seguir viéndola así.

Sin decir nada, me quito mi abrigo y se lo paso. No le doy opción a rechazarlo, simplemente lo dejo caer sobre sus hombros y ella lo acepta, sujetándolo con los dedos como si fuera lo único que la mantuviera en este asiento, en este momento. Le queda enorme. La envuelve de una forma que la hace ver aún más hermosa que antes, con el cuello levantado ocultando parte de su rostro y las mangas cubriendo casi por completo sus manos. No ayuda en nada.

La miro de reojo y aprieto la mandíbula antes de hablar.

—¿En serio saliste de casa sin abrigo?

Alice parpadea, como si la pregunta la sacara de un pensamiento lejano.

—Los abrigos estaban en el guardarropa del club y no los pudimos retirar.

Cierro los ojos y suspiro. No hay nada que pueda decir sobre lo que pasó que haga esto mejor. Nada de lo que salga de su boca va a mejorar la situación, porque todo lo que ha hecho esta noche fue un error tras otro.

El resto del camino seguimos en silencio, con el ruido del motor como único sonido acompañándonos hasta que finalmente llegamos a casa. Akiho nos recibe con su calma habitual, pero está cansada. No nos sermonea, no hace preguntas. Solo nos mira a los dos y nos dice, con la serenidad de quien ya decidió dejar las lecciones para otro momento:

—Vayan a dormir.

No discuto. No hay nada más que decir aquí.

Tomo la mano de Alice sin darle oportunidad de resistirse y la llevo a mi habitación. No es una invitación. Es una orden. No voy a dejarla sola esta noche, no cuando claramente no tiene idea de lo mucho que me acaba de preocupar.

Cuando llegamos, Alice comienza a quitarse el abrigo, con la intención evidente de devolvérmelo.

—No te atrevas.

Mi voz es baja, pero lo suficientemente afilada como para que se detenga de inmediato.

Si Alice se quita el abrigo, si vuelve a quedar frente a mí con ese maldito vestido, del maldito color que me vuelve loco, no voy a poder pensar en otra cosa. No voy a poder decirle lo que tengo que decirle.

La observo, veo el reflejo tenue de la luz sobre su rostro cansado, el peso de la noche en su expresión. Respiro hondo y finalmente comienzo a decirle lo que tengo que decir.

Alice se queda quieta, sosteniendo mi abrigo sobre sus hombros, con esa expresión serena que siempre usa cuando sabe que va a recibir un sermón. No parece asustada ni nerviosa, pero sí está esperando que diga algo. Y lo voy a hacer. No puedo dejar que esto pase sin más.

Cruzo los brazos y la miro con el peso de toda la frustración contenida en mi pecho.

—¿Eres consciente de todos los riesgos que corriste esta noche?

Alice asiente, sin dudarlo.

—Sí.

Su tono es tranquilo, pero no suficiente para calmarme. No cuando aún tengo en la cabeza la imagen de ella en el DIC, con Masaoka a su lado, como si esa fuera la imagen más natural del mundo. No cuando la tuve que ver vestida así, rodeada de gente que probablemente la observó con intenciones que no quiero imaginar.

Me acerco un paso y dejo que todo lo que estoy conteniendo salga.

—Entonces dime, Alice. ¿Qué parte exactamente crees que fue la peor?

Ella no se mueve.

—¿Meterte en un club clandestino?

Su mirada no cambia.

—¿Quedarte atrapada en una redada?

Nada.

—¿O tener que llamarme a mí porque tu padre decidió que no valía la pena mover un dedo por ti?

Alice baja la mirada por un segundo, apenas perceptible, pero lo suficiente para que sepa que eso le dolió.

—No es necesario que me recuerdes que no tengo ninguna familia a la que recurrir —responde, con un tono que no es de enojo, sino de agotamiento. Levanta la vista y sus ojos miel reflejan algo más que culpa—. Y ya pedí disculpas por molestar a Akiho.

Ese no era el punto, nunca fue el punto, pero antes de que pueda responder, Alice suelta algo que me hace perder la calma por completo.

—Sabía perfectamente que me ibas a odiar por esto. Pero preferí llamarte a ti antes que a Kougami.

Mis manos se tensan en un puño antes de que pueda evitarlo.

—¿Qué tiene que ver Kougami en esto?

Alice suspira, como si ya hubiera anticipado esta parte de la conversación.

—Él sabía sobre el concierto. Me dijo que, si pasaba cualquier cosa, lo llamara a él.

No sé qué me molesta más. Que Kougami supiera esto antes que yo, que le ofreciera ser su opción de emergencia, o que Alice haya tenido que tomar esa decisión en primer lugar. Pero cuando habla de nuevo, termina de desarmarme por completo.

—Pero te llamé a ti.

No lo dice con desafío, no lo dice para provocarme. Lo dice porque es la verdad.

—Porque eres mi novio.

Esa frase me golpea más de lo que esperaba, porque tiene razón.

No importa lo mucho que odie esta situación. No importa que Kougami estuviera en la ecuación desde el principio. No importa nada de eso.

Porque al final, ella me eligió a mí, pero eso no cambia que toda esta situación me haya hecho pasar por el infierno.

Aprieto los dientes y miro hacia otro lado, intentando calmar la oleada de emociones que se mezclan en mi cabeza. No quiero pensar en Masaoka. No quiero pensar en que tuve que verlo esta noche. No quiero pensar en cómo Alice se veía cómoda junto a él, como si no tuviera idea de lo que significa para mí.

Cuando la miro de nuevo, ella ya sabe lo que estoy pensando.

—No puedo prometerte que no volveré a ir a esos lugares —dice, con esa voz suave que usa cuando sabe que lo que va a decir no me va a gustar.

No la interrumpo. Quiero saber hasta dónde va con esto.

—Soy una artista. Y los artistas terminamos en lugares como esos.

Eso no es una excusa.

—Pero te prometo que no volveré a dejarme atrapar por el DIC.

No sé si me tranquiliza o si me enfurece aún más que sea tan realista con esto.

Alice se saca el abrigo y, en el instante en que lo deja caer sobre la cama, siento cómo la furia me sube por la garganta como un incendio imposible de contener.

—Alice.

No necesito decir más. Mi tono lo dice todo.

Pero ella simplemente me mira con esa mezcla de desafío y calma que solo ella puede manejar, como si no entendiera—o peor, como si no le importara—lo que acaba de hacer. Está parada frente a mí con ese maldito vestido, el que nunca debió usar fuera de su habitación, el que hace que verla sea insoportable.

—Es solo un vestido.

No, no lo es.

Cruzo los brazos, tratando de mantener la compostura, pero el enojo es demasiado.

—Eso solo deberías usarlo a solas.

Alice alza una ceja, con esa expresión que grita ¿en serio? pero que aún no ha decidido si burlarse o tomárselo en serio.

—¿A solas?

Mi mandíbula se tensa.

—Cuando estés casada, solo con tu esposo.

Espero que eso la haga entender, que la haga ver lo inapropiado que es esto, lo peligroso que fue salir así, lo imposible que es para mí verla de esta manera y mantener la cabeza fría.

Pero Alice, por supuesto que no lo entiende así.

Inclina la cabeza apenas, mirándome con los ojos entrecerrados, evaluándome. Y entonces pregunta, con una voz tan suave y afilada como un cuchillo bien afilado:

—¿Por qué hablas de un esposo como si fuera otra persona?

No respondo de inmediato.

—Estoy en una relación contigo, Nobuchika.

El aire en la habitación cambia.

—¿O crees que esto no es en serio?

No respondo de inmediato, porque no sé cómo responderle.

Alice sigue mirándome, su expresión sin un rastro de inseguridad, solo expectante, como si de verdad quisiera entender por qué dije lo que dije, por qué hice esa separación entre su esposo y yo, pero lo cierto es que yo mismo no quiero enfrentar la respuesta.

Respiro hondo, paso una mano por mi cabello y exhalo despacio antes de hablar.

—Alice, esto no tiene nada que ver con si lo nuestro es serio o no.

Ella no dice nada, pero la tensión en su cuerpo lo dice todo. No le gusta cómo empecé la frase.

—Entonces explícame qué significa.

Mi mandíbula se aprieta. No quiero hacer esto, no quiero que esta conversación tome el rumbo que sé que va a tomar.

—Significa que hay cosas que solo deberían hacerse cuando una relación ha llegado a cierto punto.

—¿Y qué punto es ese?

Sus ojos miel brillan con una mezcla de desafío y algo más profundo, algo más peligroso, algo que no quiero descifrar en este momento.

—Cuando estemos casados.

Alice se queda en silencio un instante, el suficiente para que mi propio pulso se vuelva insoportablemente ruidoso en mis oídos.

—¿Y por qué eso tiene que ser un después, Nobuchika?

No dice mi nombre en vano. Mis labios se abren, pero no encuentro las palabras correctas.

Alice da un paso hacia mí, cruzando la distancia que yo inconscientemente intenté marcar entre nosotros. Se detiene justo frente a mí.

—¿Para ti lo nuestro está en pausa?

Cierro los ojos por un segundo, porque odio esta conversación.

Pero Alice no se detiene.

—¿Para ti esto no está pasando realmente?

Levanto la mirada y me encuentro con la suya, y es entonces cuando lo veo con toda claridad. Ella no está enojada porque le dije que ese vestido solo debería usarlo a solas.

Está molesta porque piensa que, para mí, ella es algo temporal, que esta relación es algo que se sostiene con condiciones, con límites, con barreras que no podemos cruzar hasta que algún ente invisible decida que es el momento adecuado.

Y no es eso en absoluto.

Pero ¿cómo se lo explico sin destruirme en el intento?

—No es que no sea en serio. —Mi voz es más baja de lo que esperaba, casi una súplica para que no siga con esto.

Pero Alice no retrocede.

—¿Entonces qué es?

Trago saliva. No quiero decirlo, pero lo que Alice no entiende es que todo en mí ya le pertenece y que, si dejo de contenerme ahora, si cruzo la línea que ella quiere que cruce, no habrá forma de volver atrás.

Me paso una mano por la cara, tratando de despejar el nudo en mi garganta antes de hablar.

—No es que no sea en serio.

Es lo único que consigo decir, y es una respuesta mediocre, una respuesta que no es suficiente para ella. Alice aprieta los labios, entre frustración e incredulidad.

—Entonces dime qué es, Nobuchika. Porque desde aquí, parece que estás esperando algo que ni siquiera yo entiendo.

Su voz no es dura. Es honesta. No está jugando, no está provocando, no está buscando sacarme de quicio. Solo quiere entenderme.

Y eso es lo peor, porque si me entiende, lo arruina todo.

Respiro hondo. No quiero responderle, pero Alice está esperando.

Así que le digo lo único que puedo decir sin desmoronarme por completo.

—Es porque te amo demasiado como para hacer esto mal.

El aire en la habitación cambia. Alice parpadea, y por primera vez en toda la noche, parece sorprendida.

—¿Hacer qué mal? —pregunta, con la voz más baja, como si no estuviera segura de querer conocer la respuesta.

Mi mirada recorre su rostro, su piel aún brillante por el maquillaje ligeramente corrido, su cabello desordenado por la noche, el maldito vestido que no debería estar usando frente a mí.

Podría tocarla ahora, tomar su rostro entre mis manos y besarla hasta que olvide la conversación y decirle lo que quiere oír, podría dejarme llevar, podría ceder.

Pero si lo hago, la pierdo, porque Alice no es un capricho, no es una noche, no es un deseo pasajero.

Es todo para mí.

—Hacer todo mal.

Mi respuesta la deja en silencio. Puedo verla procesándolo, tratando de entenderlo.

Alice exhala lentamente, como si intentara calmarse. Como si no quisiera gritarme.

—No voy a ninguna parte, Nobuchika.

Mi pecho se aprieta. Dios, ojalá pudiera creerle, pero no puedo.

Porque si Alice cambia de opinión, si un día decide que esto no es suficiente, si se cansa de esperar... yo no voy a sobrevivirlo.

Así que, en lugar de responder, cierro los ojos y me obligo a respirar.

Alice no dice nada más. No discute, no insiste, no sigue empujando esa conversación hasta el límite como suele hacerlo. Solo se recuesta en la cama con ese maldito vestido puesto, con la mirada perdida en el techo, con la tensión aún atrapada en sus hombros, como si no supiera qué hacer consigo misma.

Y yo no voy a soportar dormir con ella así.

No puedo verla con esa tela abrazando su cuerpo, con ese color que me enloquece, con la forma en la que la luz tenue de la habitación resbala sobre el terciopelo y me obliga a pensar en cosas que no puedo permitirme pensar ahora. No después de todo lo que pasó esta noche.

Me doy la vuelta y busco en mi armario algo que pueda ponerse. No voy a darle la opción de dormir vestida así. Saco una de mis camisetas, una vieja, de tela suave, lo suficientemente grande como para cubrirle todo el cuerpo. No es un pijama, pero es lo mejor que puedo darle.

—Cámbiate.

Alice gira la cabeza apenas para mirarme. Sus ojos están oscuros, agotados, con algo más en la expresión que no puedo descifrar del todo. Pero no discute. Solo se sienta en la cama y toma la camiseta de mis manos sin decir nada.

Me doy la vuelta cuando empieza a cambiarse. No es que no la haya visto antes, pero si la veo ahora, después de todo esto, después de todo lo que no dije y de todo lo que intenté contenerme, no voy a poder respirar.

Cuando me giro de nuevo, el vestido ya no está. Y puedo respirar un poco mejor.

Apago la luz y me meto en la cama sin pensarlo demasiado. No quiero darle oportunidad de seguir hablando. No quiero seguir hablando yo.

Pero cuando me acomodo, cuando el calor de su cuerpo comienza a filtrarse en el mío, cuando el olor de Aurora sigue impregnado en su piel, cuando escucho su respiración aún un poco irregular, no puedo evitarlo.

Me acerco. No la toco de inmediato, pero ella lo hace primero.

Se gira hacia mí en la oscuridad, y aunque no puedo verla completamente, sé que está buscándome, como siempre. Y entonces, me aferro a ella.

Porque, aunque estoy enojado, porque, aunque es estúpida, porque, aunque me sacó años de vida esta noche, la amo más de lo que puedo decirle.

Y porque, por primera vez en mi vida, tuve verdadero miedo de perderla.

Alice

Despierto en la oscuridad de la habitación de Nobuchika, sola en su cama, envuelta en el calor de las mantas que aún conservan su olor. No sé cuánto dormí. Me siento extrañamente liviana, como si la noche anterior hubiera sido un sueño confuso del que acabo de despertar. Pero no lo fue.

Me muevo lentamente, girándome en la cama y extendiendo una mano por el espacio vacío a mi lado, sintiendo solo las sábanas frías. No sé si se levantó temprano o si simplemente no pudo seguir durmiendo después de todo lo que pasó.

Suspiro y busco mi terminal en la mesita de noche. En cuanto la desbloqueo, veo la avalancha de mensajes, y es que todos mis amigos están en sus casas. Todos han estado hablando. Todos se han estado preguntando dónde estoy.

Akari: ¡ALICEEEEE, CONTÉSTANOS!

Kaede: No ha leído nada en horas.

Hinata: Dios, que alguien me diga que no está presa.

Ryota: Seguro está bien. Pero ya deberíamos haber sabido de ella.

Souta: El DIC no la va a retener sin razón. Pero igual, si no responde pronto, vamos a buscarla.

Shiori: ¿Alguien puede llamar a Kougami? Quizá él sepa algo.

Mi estómago se hunde cuando veo su nombre.

No deberían llamarlo. No deberían involucrarlo.

Con los ojos aún pesados por el sueño, escribo rápido, antes de que esto se salga de control.

Alice: Estoy bien. Me quedé en casa de Ginoza.

Los mensajes tardan menos de un segundo en explotar.

Akari: ¡OH POR DIOS! ¡OH POR DIOS! ¡OH POR DIOS!

Miyu: Menos mal. Pensé que tendríamos que hacer una misión de rescate.

Kaede: Estás bien, eso es lo importante.

Akari: NO, NO, NO, ¡RETOMEN EL PUNTO IMPORTANTE! ¿ALICE TUVO QUE PEDIRLE A GINOZA QUE LA SALVE?

Hinata: JAJAJAJAJAJAJAJAJA.

Nao: ¿Y cómo lo tomó?

Me masajeo la sien con los dedos antes de responder.

Alice: mal.

Akari: ¡OBVIAMENTE QUE MAL! PERO—ALICE, POR FAVOR, POR FAVOR, ¡POR FAVOR! —¡¿Ginoza vio el vestido?!

Mi ojo tiembla.

Alice: Akari.

Akari: ¡ALICEEEEEEE! ¡¿HICIERON ALGO CON ESE VESTIDO?!

Alice: Akari, juro que te voy a matar.

Miyu: Akari, ¿puedes respirar?

Souta: Bueno… ya que Alice está bien…

Souta: Al final sí le dije a Kougami lo que pasó.

El chat se congela por un instante y yo también.

Alice: ¿Qué?

Souta: No podíamos localizarte. No respondías. No sabíamos qué hacer. Kougami preguntó por ti, así que le dije la verdad.

Cierro los ojos y respiro hondo, porque sé que Kougami va a querer hablar conmigo después de esto y no sé si estoy lista para esa conversación.

Kougami

El mensaje de Souta llega temprano en la mañana, cuando apenas estoy terminando mi entrenamiento. No necesito leer más de una línea para sentir cómo la frustración me invade. Redada en Shelter 440 y no pueden contactar a Alice.

Sabía perfectamente que algo así podía pasar, lo tuve en cuenta desde el primer momento en que me enteré del concierto. Pero confié en ellos, confié en Souta y Ryota, que me dijeron que habían hecho eso muchas veces y que todo estaría tranquilo. Pensé que, si algo salía mal, serían lo suficientemente inteligentes como para mantenerla fuera de peligro, sin embargo, me equivoqué.

Debería haber ido con ella. No para detenerla, porque Alice nunca me habría escuchado, sino para asegurarme de que, si algo pasaba, no fuera así. Porque no importa cuán buenos sean sus amigos, Alice sigue siendo Alice. Sigue siendo demasiado ingenua, demasiado nueva en este mundo, demasiado fácil de leer cuando está fuera de su zona de control.

Respiro hondo y me obligo a juntar paciencia antes de marcar su número. Intentaré llamarla primero y si no atiende, tendré que ir al DIC con Tomoyo para buscarla.

El tono suena tres veces antes de que Alice atienda.

—Shinya… hola

Su voz es tranquila, sin rastro de miedo o nerviosismo, pero la conozco demasiado bien para creerle.

—¿Estás bien?

—Sí.

Cierro los ojos un segundo. No quiero estar molesto con ella.

—Souta me dijo lo que pasó.

Alice no responde de inmediato. Seguro está pensando en cómo manejar la conversación, en cómo medir sus palabras. No tiene sentido que intente hacerlo conmigo.

—Lo sé. Ginoza me fue a buscar.

Las palabras caen con el peso de algo que no quiero escuchar.

Lo sabía antes de que lo dijera, porque no habría otra persona que pudiera ayudarla en esa situación. Pero saberlo no hace que me moleste menos, no porque me moleste que la haya sacado sino porque él fue a buscarla y yo no. Ella lo busco a él y no puedo reclamar nada, porque Alice es su novia y yo sigo firme en esperar tres años por la compatibilidad de Sibyl.

—Bien.

Es lo único que puedo decir, porque no tengo derecho a decir nada más.

Alice parece esperarlo. Sabe que estoy molesto. Pero no insiste en el tema.

—Shinya, ya sé que fui idiota. No tienes que decirlo.

—No voy a decirlo.

La escucho exhalar, una risa sin humor escapando de su boca.

—Eso es nuevo.

No la regaño, porque sé que no serviría de nada, y, además, no la detuve, aunque sabía que este lugar no era para ella y que ella es demasiado ingenua para un sitio así.

Sabía que esto podía pasar. Y no hice nada para evitarlo.

Estoy molesto con sus amigos, pero no podían hacer nada más en esa situación. Era un sitio ilegal. Nadie podría haberla sacado de ahí sin consecuencias. Souta se veía preocupado, y eso me basta para saber que no fue negligencia.

No quiero darle un sermón, así que hago lo único que me permito hacer.

—No vuelvas a asustarme así.

Es un pedido, no una orden.

Alice no dice nada al principio, pero luego suelta una respuesta en voz baja.

—Lo intentaré.

No es una promesa. Pero es suficiente, por ahora.

Ginoza

El té está caliente entre mis manos, pero no consigo que el calor me relaje. Lo sostengo con fuerza, como si pudiera encontrar algo de estabilidad en ese gesto simple y no lo consigo.

Frente a mí, Akiho bebe con calma, como si la conversación que estamos a punto de tener fuera inevitable. Y lo es. Hay silencio entre nosotros, pero no porque no haya nada que decir. Al contrario, hay demasiado.

—¿Cómo te sientes con todo esto? —pregunta, sin siquiera levantar la vista de su taza.

No necesito que especifique a qué se refiere. Ambos sabemos de qué está hablando. Pero, aun así, elijo la salida fácil.

—Estoy absolutamente molesto con Alice.

Akiho sonríe con esa expresión de quien ya conoce la respuesta antes de hacer la pregunta. Deja su taza en la mesa con un movimiento controlado y me mira con paciencia infinita, la misma que me ha tenido desde que era un niño.

—No hablaba de Alice.

Mi mandíbula se tensa.

—Hizo una tontería, pero es normal en alguien de su edad. Más aún en alguien como ella.

No puedo discutir eso. Sé que tiene razón Alice cometió una estupidez, pero también sé que no es lo que realmente me tiene así. Aprieto el mango de la taza con más fuerza de la necesaria y suspiro, tratando de aliviar la presión en mi pecho.

—No esperaba verlo.

Akiho asiente con la cabeza, como si hubiera estado esperando que lo dijera.

—Ha cambiado mucho desde lo que recuerdas, ¿verdad?

Muevo la cabeza en un gesto apenas perceptible. Sí, cambió. Mucho. Su cabello está más canoso en las sienes, su postura es la de un hombre que ha visto demasiado y vivido aún más.

—Hablamos cuando es su cumpleaños.

La frase de Akiho me hace levantar la mirada de inmediato. No sabía eso.

—Siempre pregunta por ti.

El té de repente me sabe amargo. Desvío la vista, mi piel sintiéndose incómodamente caliente, como si la habitación se hubiera vuelto más pequeña de golpe.

—No necesito saber eso.

Akiho no parece afectada por mi tono cortante. Simplemente sigue observándome con su paciencia infinita.

—Posiblemente, si Alice estuvo muchas horas en el DIC, hablaron lo suficiente como para que Masaoka se diera cuenta de que eres su novio.

Las palabras caen pesadas en la mesa, como un mazo golpeando madera.

Mi estómago se revuelve.

—¿Por qué tendría que importarme eso?

Akiho suelta una leve risa, corta, casi imperceptible.

—Tal vez porque en nuestra última llamada, a mitad de año, le conté que estabas saliendo con una chica.

El escalofrío de molestia me recorre la espalda en un segundo.

No quiero que él sepa nada de mi vida.

La irritación se instala en mi pecho, haciéndome apretar la mandíbula con fuerza. No entiendo por qué Akiho haría algo así. No entiendo qué necesidad tenía de darle esa información a alguien que no quiero en mi vida.

—¿Para qué le dijiste algo así?

—Porque es tu padre.

La forma en que lo dice, sin rodeos, sin intentar suavizarlo, hace que un nudo de incomodidad se forme en mi garganta.

—Eso no significa que tenga que saber lo que hago.

Akiho suspira con suavidad y ladea la cabeza, mirándome como si todavía fuera un niño que se niega a aceptar algo evidente.

—Sigue siendo tu padre, aunque quieras negarlo.

Desvío la mirada, pero no puedo evitar sentir el peso de esas palabras.

—Y te ama, aunque no quieras ese amor.

La frase me golpea con más fuerza de la que debería.

Akiho no me deja desviar la conversación. Lo sé porque sigue mirándome con esa expresión tranquila y medida que siempre usa cuando está esperando que diga algo que no quiero decir. Sé que no va a soltar el tema hasta que lo enfrente, así que mantengo la mirada fija en mi taza, viendo cómo el líquido oscuro se agita con cada leve movimiento de mi mano.

—¿Vas a decirle a Alice?

Sus palabras caen con un peso diferente al de antes. No es una pregunta casual, ni siquiera parece un consejo. Es un hecho. Como si ya supiera que, tarde o temprano, Alice va a descubrirlo.

No respondo de inmediato.

—No lo sé.

No quiero decir que no, porque sé que Alice no es idiota, porque en algún momento la información va a encontrarla, porque Masaoka no es alguien que pueda simplemente desaparecer. Pero decir sí es otra historia completamente diferente, porque implica abrir una puerta que llevo ocho años cerrando con llave.

Akiho suspira y deja su taza en la mesa con un movimiento pausado.

—Si pretendes tener una relación seria con ella, no puedes mantener este secreto para siempre.

La irritación en mi pecho crece, no porque esté en desacuerdo, sino porque ella tiene razón.

—No es tan simple.

—Nada lo es.

Aprieto los labios, sintiendo la incomodidad ardiendo en mi columna, extendiéndose como una presión insoportable en mi pecho. Sé que Alice no es como los demás, sé que no es alguien que trate estos temas con ligereza, que no me miraría con lástima si llegara a enterarse. Nunca lo ha hecho.

Incluso cuando vio dónde vivo, cuando cruzó la puerta de este apartamento pequeño y destartalado, cuando se sentó en mi futón barato como si fuera el sofá de una sala de estar de lujo, nunca hizo un solo comentario sobre el estado del lugar.

Alice lo adoptó como si fuera el mejor sitio del mundo, como si no viera lo que le falta, sino lo que significa para mí… pero esto es diferente. Esto es Masaoka.

Es todo lo que he tratado de enterrar, todo lo que no quiero que forme parte de mi vida.

Akiho me observa, conociéndome demasiado bien para creer que esto no me está carcomiendo por dentro.

—No te estoy diciendo que le digas ahora.

Sus ojos se suavizan, aunque su voz sigue firme.

—Solo piensa en qué pasará cuando lo descubra por sí misma.

No necesito pensarlo demasiado. Lo hará.

No soy idiota. Sé que hay información sobre mí en la red y que, en algún rincón de esos foros anónimos, en medio de rumores y especulación sin sentido, mi nombre está escrito junto al de Masaoka.

Es por eso que me acosaron en Nitto desde el principio. No porque me conocieran, sino porque sabían lo suficiente como para atacarme donde más duele. Sabían que mi madre me cambió el apellido, que mi pasado no era como el de los demás. No tenían todos los detalles, pero tenían los suficientes.

Si ellos lo encontraron, Alice también puede hacerlo.

Y si Alice decide investigar, si quiere saber más, si por alguna razón empieza a atar los cabos sueltos… lo va a terminar descubriendo sola.

Exhalo lentamente, dejando la taza de té sobre la mesa con un movimiento controlado. No hay escapatoria para esto. No es una posibilidad lejana, no es algo que puedo seguir ignorando. Es solo una cuestión de tiempo.

Akiho sigue observándome con esa mirada serena, paciente, esperando que yo llegue a la conclusión por mi cuenta. Y ya llegué.

Tengo que tomar una decisión. Puedo callarme y esperar a que Alice lo descubra sola, arriesgándome a que cuando lo haga, me lo eche en cara con la misma intensidad con la que pelea por lo que le importa. O puedo decírselo yo, antes de que la verdad la alcance por otro lado.

La idea de verla reaccionar, de verla procesar el peso de ese nombre, de verla conectar las piezas y entender quién soy en realidad es algo que me revuelve el estómago. Pero si Alice se entera y sabe que fui yo quien decidió ocultárselo, entonces lo nuestro no va a sobrevivir.

Respiro hondo y levanto la mirada hacia Akiho.

—Voy a decírselo.

No sé cuándo, ni cómo, pero voy a hacerlo. Antes de que sea demasiado tarde.

Cuando entro en la habitación, Alice está recostada sobre mi cama, recién despierta, con el cabello revuelto contra la almohada y su piel aún con rastros de sueño. Y, por supuesto, Dime está acurrucado junto a ella.

La escena es demasiado dulce para el desastre de la noche anterior.

Dime levanta la cabeza cuando me ve, moviendo la cola con pereza antes de apoyarla otra vez sobre el colchón, completamente satisfecho con su posición. Alice me observa con los ojos entrecerrados, la voz todavía somnolienta cuando habla.

—¿Al menos puedo tener un beso?

La miro, con la luz tenue de la mañana colándose por las cortinas, con mi camiseta vieja cubriéndole el cuerpo, con la forma en la que me espera sin apurarse, sabiendo que no puedo decirle que no.

Me acerco, apoyo una mano en la cama y la beso, porque, aunque estoy enojado y aunque quiero seguir molesto, Alice sigue siendo Alice.

Y porque anoche, cuando la vi en el DIC, con la sombra de Masaoka junto a ella, con ese vestido que nunca debió usar en público, con la imagen de su padre desmoronándose aún más ante mis ojos, tuve verdadero miedo de perderla.

Cuando me separo, Alice suspira y desliza sus dedos entre el pelaje de Dime con movimientos distraídos.

—Tengo que preguntarte algo.

No me gusta la forma en que lo dice, como si estuviera tanteando el terreno, como si no quisiera molestarme.

—Pregunta.

Alice se queda en silencio por un momento. No parece dudar de qué decir, solo de cómo decirlo.

—No importa cómo llegué ahí, pero revisé los hilos en 2channel sobre Nitto.

Siento cómo mi cuerpo se tensa al instante.

—Descubrí que "Ginoza" no es tu apellido paterno.

No me sorprende. Era cuestión de tiempo.

—Y que tu padre es ejecutor en el DIC.

La miro, completamente inmóvil, sin reaccionar de inmediato. No sé qué esperaba que dijera.

Alice inclina la cabeza y su mirada se afila, porque me conoce lo suficiente para notar cada uno de mis gestos.

—Ayer en el DIC, miraste a Masaoka con demasiado desprecio.

Mi garganta se aprieta, pero sigo sin decir nada.

—Y lo que él te dijo… sonó más a un consejo de un padre que a algo dicho en el aire.

Dime suspira pesadamente entre nosotros, completamente ajeno al peso de la conversación, mientras Alice mantiene la mirada fija en mí.

—Entonces… necesito una respuesta.

El aire se siente denso entre nosotros.

No puedo evitar pensar en lo fácil que hubiera sido seguir ocultándoselo. Pero Alice ya ató los cabos, y ahora no tengo más opción que decirle la verdad.

Alice no aparta la mirada de mí, esperando, sin impaciencia, pero sin intenciones de retroceder. No preguntó con miedo ni con duda, preguntó porque ya sabe la respuesta. Solo necesita que yo se la confirme.

Mi cuerpo sigue tenso. Me preparo para decirlo. Para soltar las palabras que llevo toda mi vida enterrando, para dejar que este momento termine de quebrar algo que quizás Alice ni siquiera sabía que existía entre nosotros. Pero cuando abro la boca, cuando intento forzar la confesión, no puedo.

En su lugar, desvío la mirada.

—¿Qué más leíste?

Alice no se inmuta ante la evasiva. Su voz sigue siendo baja, casi paciente.

—No mucho más de lo que ya te dije.

Exhala y se incorpora lentamente, dejando que Dime se estire y acomode mejor entre nosotros. No está atacando, no está presionando, solo espera.

—Pero lo suficiente.

Sigo sin mirarla, porque si la miro ahora, lo va a ver todo, porque Alice nunca ha sido tonta.

Porque Alice sabe leerme mejor de lo que me gusta admitir.

Pero esto es diferente, no es el tipo de verdad que puede tomar con su ligereza usual, con su manera despreocupada de aceptar la vida y sus complicaciones. Esto es otra cosa.

—Entonces ya tienes tu respuesta.

Alice aprieta los labios, su mandíbula se tensa apenas, y me doy cuenta de que eso no es suficiente para ella.

—No quiero asumir cosas que no me dijiste tú.

Levanto la cabeza lentamente, con el peso de la conversación marcando cada uno de mis movimientos. Finalmente, la miro.

Y Alice, con su cabello revuelto, con mi camiseta cubriéndole el cuerpo, con la expresión firme, pero con un atisbo de vulnerabilidad en los ojos, con esa intensidad suya que nunca tambalea, espera.

Mi pecho se aprieta, porque sé que no hay escapatoria.

—Sí.

Las palabras caen en el aire, más densas de lo que pensé que serían.

—Masaoka es mi padre.

Alice parpadea lentamente, como si quisiera procesarlo con calma, pero no se ve sorprendida.

Solo triste.

Alice suspira y cierra los ojos por un instante antes de hablar. Su voz es baja, medida, pero no frágil. La forma en que elige sus palabras es cuidadosa, no porque tema mi reacción, sino porque quiere que la escuche de verdad.

—No tienes que preocuparte porque sepa la verdad.

Me tenso. No sé si es porque Alice es demasiado perspicaz o porque ya ha pasado por suficientes cosas en su vida, pero su tono no es el de alguien que ha descubierto un secreto y lo usa como un arma, es el de alguien que entiende la situación.

—Masaoka probablemente no tuvo una decisión consciente de abandonarte. —Su mirada se suaviza apenas, pero no hay lástima en ella— Seguramente solo fue alguien que, en algún momento, no pudo lidiar con su realidad.

Mi mandíbula se aprieta. No quiero escuchar esto.

—No quiero disminuir lo que sientes. —Alice respira hondo y baja la vista, su mano deslizándose sobre la tela de la manta como un gesto inconsciente de búsqueda de control—. Pero yo también sé lo que es crecer sin un padre.

No me muevo.

—Sé lo que es saber que hay alguien que podría estar ahí… pero nunca está.

El peso de sus palabras me golpea en el estómago antes de que pueda evitarlo. Porque Alice tiene razón. Y porque lo que dice después lo hace aún peor.

—Cuando el inspector que me custodiaba dijo que Adam no atendía el maldito teléfono, fue de las peores humillaciones que viví.

Aprieto los labios con fuerza. Sé exactamente a qué se refiere. Esa sensación de estar completamente expuesto, de que el mundo entero sepa que la persona que debería estar a tu lado no lo está y nunca lo hará. La diferencia es que Alice aún tiene la esperanza de que Adam algún día haga lo correcto.

Yo dejé de esperar eso de Masaoka hace años.

Alice aparta la mirada por un instante, como si necesitara ordenar sus pensamientos antes de seguir hablando.

—No me imaginaba que tu padre fuera así.

Su voz es más suave, casi pensativa. La observo con cautela. No quiero preguntar, pero lo hago de todos modos.

—¿Cómo te lo imaginabas?

Alice esboza una sonrisa breve, sin burla, sin exageración. Solo una sombra de lo que alguna vez pensó.

—Como un hombre frío. Metódico —Su tono se vuelve reflexivo, como si estuviera recordando algo lejano— Un policía que seguía las reglas al pie de la letra. Uno de esos tipos que creen en la disciplina como la única forma de orden, que no se ríen fácilmente y que juzgan con la mirada antes de hablar.

Cada palabra me duele más de lo que debería, porque eso es exactamente lo que yo me esfuerzo por ser.

Porque Alice no se imaginaba a Masaoka. Me imaginaba a mí.

Y lo peor es que, en el fondo, una parte de mí sabe que si no hubiera sabido quién era mi padre, probablemente yo también habría imaginado lo mismo.

Masaoka Tomomi

Sasayama está insoportable. No es una novedad, pero hoy es especialmente irritante. Su parloteo suele ser un ruido de fondo que ignoro sin problemas, mezclado con el sonido de vasos chocando, las risas roncas de los ejecutores que han visto demasiado y el murmullo constante de conversaciones sin importancia. Pero esta vez no puedo desconectarme.

Estoy sentado con Sasaki y Abe, un vaso en la mano, con la mente demasiado ocupada en Nobuchika como para prestar atención a cualquier otra cosa.

¿Y cómo podría pensar en otra cosa?

Mi mente sigue atrapada en el DIC, en la imagen de Alice Carter sentada con la espalda recta y la mirada firme, demasiado educada, demasiado contenida, demasiado acostumbrada a lidiar con momentos incómodos sin inmutarse.

Intento concentrarme en otra cosa, pero es inútil. Vi cómo Nobuchika la miraba. Vi la rabia en su postura, el enojo latente, la tensión en sus mandíbulas cuando la vio salir junto a mí. Y no era solo enojo. Es preocupación.

Es la preocupación de alguien que no está acostumbrado a lidiar con ese sentimiento, de alguien que prefiere no apegarse demasiado a nada porque sabe que puede perderlo en cualquier momento. Y eso es lo que me tiene así. Alice Carter no es solo su novia, no es solo una chica con la que sale. Es su persona.

Y justo cuando empiezo a aceptar esa idea, justo cuando empiezo a pensar que al menos ella está ahí para él, Sasayama abre la boca y echa a perder la noche.

—Dejando todo lo demás de lado, hay que admitir que Alice Carter está jodidamente sexy.

El vaso en mi mano se detiene a mitad de camino.

Sasaki levanta la mirada. Abe se queda en silencio por primera vez en toda la noche. Yo no me muevo.

Sasayama sigue, como si no acabara de decir algo repugnante.

—Esos ojos de extranjera, el cabello largo… y ese vestido que llevaba, dios, parecía hecha para…

—Cuidado con lo que dices.

No alzo la voz, pero mi tono es lo suficientemente frío como para que Sasaki y Abe se enderecen en sus asientos. Sasayama, en cambio, solo me mira con una sonrisa burlona.

—¿Qué? No me digas que no lo pensaste.

Lo observo en silencio, controlando la tensión en mis manos para no estrujar el vaso hasta romperlo.

—Es una niña.

La palabra pesa en el aire, porque eso es lo que es.

Dieciséis años. Y, encima de todo, es la novia de mi hijo.

Sasayama se ríe, un sonido áspero que me crispa los nervios.

—Relájate, viejo. No es como si fuera un santo. La niña es problemática.

No respondo. Espero a que diga lo que sea que tenga que decir, aunque ya sé que no me va a gustar.

—Se volvió viral en 2channel.

No debería sorprenderme. Pero igual siento cómo la molestia se va asentando en mi estómago, una incomodidad creciente que sé que solo va a empeorar.

—Con esos amigos suyos, hicieron un cover de mierda de una canción del siglo pasado y ahora tienen una banda o algo así.

Me inclino un poco hacia adelante, no porque me interese el chisme, sino porque necesito entender hasta dónde llega esto.

Sasayama muestra en su wristlink una imagen. La pantalla holográfica proyecta una foto de Alice Carter más joven, demasiado joven.

—Mírala.

Y ahí está, en un evento del Ministerio de Bienestar. Adam Carter de pie, imponente como siempre, con su traje perfectamente ajustado, con esa expresión de superioridad que lo hace ver intocable. Y a su lado, Alice Carter, de trece años, vestida como una mujer de negocios.

Los labios me tiemblan con una maldición que no pronuncio. Ese es el padre que no puede atender un maldito teléfono para hacerse cargo de su hija.

El silencio que sigue es denso.

Abe exhala por la nariz y aparta la mirada, como si no quisiera estar involucrado en esto. Sasaki solo observa la imagen con una expresión inescrutable, pero yo no dejo de mirar.

Alice Carter creció en esa burbuja de perfección artificial, vestida para encajar en la imagen de su apellido, tratada como un producto más de la empresa Carter.

Y ahora está en 2channel, destrozada en los comentarios, convertida en un chiste por algo tan estúpido como haber pegado una pegatina barata en una guitarra carísima.

Sasayama cambia la imagen y me muestra una de las publicaciones.

—Hay hasta encuestas sobre cómo llamarla.

Y ahí es cuando me golpea de lleno.

Ese orgullo infantil de querer nombrar a alguien. Ese deseo instintivo de ponerle un apodo.

Porque Nobuchika también lo hizo alguna vez, Alice Carter ya tuvo un nombre antes de que su apellido lo definiera todo. El vaso en mi mano se siente más pesado de repente.

Y si Nobuchika lo recordara, si ella lo recordara… pero no lo hacen.

Y tal vez sea mejor así. Esto deja de ser un problema de seguridad pública.

Porque Alice no es solo la heredera de la familia Carter.

Es la chica que protege a Nobuchika. Y eso significa que, de alguna manera, también es mi problema.

Sasayama se ríe entre dientes mientras sigue pasando las publicaciones en su wristlink, disfrutando demasiado del espectáculo, como si todo esto fuera una broma elaborada para su entretenimiento personal. Yo sigo pensando en la imagen de Alice, parada junto a su padre como si fuera un adorno bien colocado, ya atrapada en el papel que su apellido le impuso desde demasiado joven, pero yo sé la verdad.

Sé que esa imagen no es la realidad completa. Sé lo que pasó en su vida, cómo terminó la historia de su madre, sé cómo la encontraron, sé que Alice no tuvo el privilegio de una infancia normal después de eso.

Sé que se quedó sola. Y entonces Sasayama termina de cagarla.

—Igual, no hay que pensar demasiado en ella. Seguro la terminan casando con algún aristócrata igual de estirado que ella.

El vaso en mi mano se congela.

—Y ese hijo de puta la disfrutaría.

El crujido de mis nudillos resonando contra la mesa es lo único que se escucha en la sala.

Abe deja su vaso con cuidado. Sasaki ni siquiera finge estar entretenido. El aire cambia. Pero Sasayama, maldito imbécil sin filtro, sigue con la misma sonrisa despreocupada, como si no acabara de hablar de una niña como si fuera un maldito objeto transaccional.

Mi mandíbula se aprieta con una fuerza que casi me duele. No tengo paciencia para esto.

—Cierra la boca, Sasayama.

Mi voz es baja, controlada, pero hay algo en mi tono que hace que, por primera vez en toda la noche, Sasayama deje de sonreír.

No sé qué mierda esperaba, pero lo que acaba de decir no lo voy a dejar pasar.

—Relájate, Masaoka, solo decía la verdad.

No, no lo hacía.

La verdad es que Alice no es de nadie, pasó por cosas que nadie en esta habitación podría siquiera imaginar y cuando tenía seis años, perdió a su madre de una forma que ningún niño debería perder a su madre.

Y todos estos años vivió en una casa enorme, vacía, con un apellido que pesaba más que su propia existencia, con un padre que nunca la miró más allá de su valor como heredera y lo único que tiene de suyo es la música, y ni siquiera la dejaron tener eso sin imponerle condiciones.

La verdad es que Alice Carter jamás tuvo elección sobre nada en su vida.

Y si alguien se atreve siquiera a verla de esa manera, si alguien piensa por un segundo que pueden tratarla como un producto que se compra, se vende, o peor aún, que se disfruta como si no tuviera voluntad propia… voy a asegurarme de que no vivan para verlo suceder.