Alice
Días después del desastre en Shelter 440, cuando el caos había bajado y la mayoría de mis amigos aún estaban lidiando con el trauma de haber sido retenidos por Seguridad Pública, mi terminal vibró con una notificación nueva.
Akari había creado un nuevo grupo de chat: Irohanabi
El chat se llenó de mensajes en segundos.
Akari: ¡BIENVENIDOS, MALDITOS!
Souta: Dios, ¿otra vez?
Kaede: … ¿Por qué estamos aquí?
Haruto: No fui notificado de esto.
Alice: ¿Tengo que preocuparme?
Shiori: …No sé si quiero estar en este grupo.
Akari: Oh, oh, esperen, esperen, esperen. Primero que nada, aclaración: Shiori está aquí porque ella es la culpable de todo esto.
Shiori: ¿Perdón?
Akari: ¡Subiste el video sin avisar!
Shiori: Lo hice por la música.
Haruto: No estoy en contra de la viralidad, pero ¿no era algo que queríamos controlar mejor?
Souta: Sí, bueno… demasiado tarde para eso.
Mi estómago se hundió un poco cuando abrí la pestaña de 2channel y revisé el contador de visitas del video que Shiori había subido.
1,230,459 visitas.
Más de un millón de personas ya nos habían visto.
Alice: Ok… ¿Cómo pasó esto?
Kaede: …Yo también quiero saberlo.
Akari: Porque somos unos malditos genios musicales.
Souta: Más bien porque la gente ama el morbo.
Alice: ¿El morbo?
Souta: Tú eres una Carter.
Ah.
Shiori: …Sí.
Kaede: Sí, esto tiene sentido.
Akari: ¡NO! No solo por eso. O sea, sí, en parte. Pero el video es bueno. No solo por Alice. Haruto propuso el nombre cuando grabamos ese cover en casa de Kenta. Y ahora… ¡SOMOS IROHANABI!
Haruto: Yo solo dí una idea.
Akari: ¡Y fue una idea increíble!
Alice: ¿Entonces de verdad vamos a hacer esto?
Souta: Miren, voy a ser realista. No podemos dejar pasar esto.
Haruto: …Sí, Souta tiene razón.
Kaede: ¿Vamos a ser una banda en serio?
Akari: ¡OBVIO!
Shiori: Yo no.
Akari: Ya sabemos, ya sabemos.
Haruto: No es obligatorio.
Shiori: Solo quiero ver hasta dónde llegan.
Alice: …Entonces Souta va a ser el manager.
Souta: ¿Qué?
Akari: ¡SÍ!
Kaede: ¿Souta?
Haruto: Él es el que tiene contactos.
Alice: Shelter 440, por ejemplo.
Shiori: …Eso es cierto.
Souta: Ustedes no tienen remedio.
Akari: ¡Exacto!
Alice: Entonces… ¿qué sigue?
Souta: …Primero, tenemos que hacer algo más que un cover.
Haruto: ¿Componer?
Akari: SÍ, MALDITOS.
Haruto: Pequeño detalle…
Kaede: ¿Alguien aquí sabe componer?
Silencio… y yo tuve que intervenir
Alice: …Bueno, yo escribí algo hace un tiempo.
Los mensajes tardaron menos de dos segundos en explotar.
Akari: ¡¿QUÉ?!
Souta: Espera, espera, espera.
Haruto: ¿Desde cuándo?
Kaede: ¿Por qué no lo dijiste antes?
Shiori: …Esto me interesa.
Alice: No es gran cosa.
Akari: ¡ALICE! ¡CÓMO QUE NO ES GRAN COSA!
Alice: Bueno… fue la primera vez que intenté componer. Fue más un experimento que otra cosa.
Kaede: ¿Cómo se llama?
Alice: Opus No. 01 de Carter.
Souta: …Dios. Suena como si fuera una obra maestra.
Haruto: ¿Y lo es?
Alice: No lo sé. No soy objetiva con mis propias creaciones.
Akari: ENVÍALO.
Suspiré y busqué la grabación en mi terminal. La demo no era perfecta, pero era lo más cercano que tenía a algo sólido. La subí al chat sin pensarlo demasiado.
Alice: Aquí está.
Se pusieron a reproducir el audio y el chat quedo en relativa paz.
Pasaron unos segundos. Luego más.
Y entonces…
Akari: …Alice.
Alice: ¿Qué?
Akari: ¿QUÉ TE PASÓ CUANDO COMPUSISTE ESTO?
Souta: …Sí, eso.
Haruto: Dios, esto está lleno de sentimiento.
Kaede: Es increíble.
Shiori: Demasiada pasión aquí.
Cerré los ojos con un ligero suspiro, sabía que esto pasaría.
Akari: Alice… esto suena como algo que alguien compone cuando está atravesando algo.
Alice: …
Akari: Espera, espera, espera.
Akari: ¿Esto lo compusiste después de la vez que tuviste "más que solo besos" con Kougami?
El silencio en el chat duró exactamente tres segundos antes de que los mensajes explotaran.
Souta: …Oh.
Haruto: JAJAJAJAJAJA.
Shiori: …Interesante.
Kaede: Akari.
Akari: ¡¿QUÉ?!
Alice: No voy a responder a eso.
Akari: ¡ESO SIGNIFICA QUE SÍ!
Souta: Esto explica muchas cosas.
Haruto: Así que Alice compone bien cuando necesita un lugar donde descargar su libido.
Alice: No.
Akari: Sí.
Shiori: Es un punto a considerar.
Kaede: Dejen a Alice en paz.
Akari: NO PUEDO. ESTO ES ORO.
Souta: Bueno, en ese caso… Alice, necesitamos que sigas virgen.
Alice: ¿Disculpa?
Haruto: Por el bien del arte.
Shiori: Sí. Si esto es lo que sale de tu mente cuando no tienes forma de canalizar tu deseo… no podemos arriesgarnos a que eso cambie.
Akari: Exacto. Por el bien de Irohanabi, Alice debe permanecer pura.
Alice: Voy a asesinarlos a todos.
Kaede: Esto se salió de control demasiado rápido.
Akari: ¡Pero tiene sentido! ¿Qué pasará cuando Alice finalmente haga algo más que besos? ¿Su música perderá intensidad?
Souta: ¿Nos arriesgamos a descubrirlo?
Alice: Me largo de aquí.
Haruto: Dilo, Alice. Dinos que no tienes inspiración ahora mismo.
Alice: Muéranse.
Akari: JAJAJAJAJAJAJA.
Shiori: Es un fenómeno fascinante.
Kaede: Voy a fingir que no vi nada.
La conversación en el chat seguía activa, pero yo ya no quería formar parte de ella. Había cometido un error. Uno muy grave, porque había dejado que estos imbéciles pensaran que mi capacidad de composición mejoraba cuando tenía acumulación de deseo reprimido.
Alice: Voy a eliminarlos a todos uno por uno.
Akari: NO PUEDES, ERES NUESTRA COMPOSITORA MALDITA.
Souta: La Mozart del celibato.
Haruto: Cuando toquemos nuestro primer álbum, el subtítulo va a ser "Mientras Alice siga virgen".
Alice: Voy a incendiar este grupo.
Kaede: Tienen que parar.
Shiori: No, no pueden parar. Esto es científicamente fascinante.
Akari: ES QUE ENCIMA LA PIEZA ES PERFECTA.
Alice: No es perfecta.
Akari: ¿¡ALICE!? ¿¡NO ESCUCHASTE EL FINAL!? ¿¡EL CRECIMIENTO DE LA INTENSIDAD!? ¿¡EL MOMENTO EN EL QUE SE SIENTE COMO SI TU CUERPO NO PUDIERA SOPORTAR MÁS TENSIÓN Y LUEGO EL RESOLUTIVO FINAL QUE ES COMO UN ALIVIO DESGARRADOR!?
Alice: Akari.
Akari: Eso es literalmente un orgasmo musical.
Alice: Voy a matarte.
Haruto: Yo no quería decir nada, pero es verdad.
Souta: Es más expresivo que cualquier canción de amor que haya escuchado en mi vida.
Alice: ¿Podemos dejar de hablar de esto?
Akari: ¡No! ¡Porque ahora sabemos cómo hacer que sigas componiendo!
Alice: No voy a responder a esto.
Shiori: Lo cual significa que estamos en lo correcto.
Alice: Dejen de analizar mi psicología sexual a través de la música.
Souta: No podemos. Esto es demasiado relevante.
Haruto: Es parte de nuestra identidad como banda ahora.
Alice: Voy a demandarlos a todos.
Akari: Alice, por favor. Necesitamos que sigas componiendo.
Alice: Voy a bloquearlos.
Souta: Pero antes de que lo hagas…
Silencio. Esperé. Sabía que iba a ser algo malo.
Souta: ¿No será que no quieres que lo hablemos porque te dio más inspiración para una nueva composición?
Alice: DIEZ SEGUNDOS PARA DESPEDIRSE DE SUS VIDAS.
Haruto: JAJAJAJAJAJAJA.
Akari: ¡SEGURO QUE SÍ! ¡ALICE, ESTÁS HACIENDO MÚSICA EN TU CABEZA AHORA MISMO!
Alice: ¡NO!
Shiori: Pero te detuviste antes de responder.
Alice: NO SIGNIFICA NADA.
Souta: Ahí lo tienen. Alice Carter, la genio musical más frustrada de la historia.
Akari: ALICEEEEEEEEEEEE, NECESITAMOS QUE SIGAS PURA POR EL BIEN DEL ARTEEEEEE.
Alice: No existe una fuerza en el universo que me haga continuar esta conversación.
Y antes de que pudieran seguir molestando, bloqueé el grupo de chat temporalmente, pero ya sabía que no iba a terminar ahí.
Esta gente no me iba a dejar en paz.
Y lo peor de todo es que Souta tenía razón, pero no por las causas que él creía.
Me dejo caer en la cama, con la guitarra apoyada contra mi abdomen, las cuerdas vibrando suavemente bajo la presión de mis dedos. Afuera, el cielo está limpio y el sol atraviesa las ventanas con una calidez que me da la impresión de que el tiempo se ha detenido. No hay clases, no hay responsabilidades inmediatas, no hay ruido en mi cabeza más que el eco de una idea que se niega a tomar forma.
Funk.
Llevo toda la tarde pensando en acordes de funk. Es un género que nunca exploré demasiado, pero ahora, con la guitarra eléctrica descansando sobre mí, siento que es lo único que tiene sentido. Funk es groove, ritmo, movimiento. Es hacer que la música fluya sin esfuerzo aparente, que cada nota parezca deslizarse por sí sola, pero en realidad esté calculada con precisión. Y si vamos a tener una banda, si vamos a hacer esto en serio, necesito empezar a construir algo con eso en mente.
Deslizo mis dedos sobre las cuerdas y dejo que los acordes salgan sin pensar demasiado. Empiezo con un E7, ligero, con ese toque percutivo que lo hace sentir vivo, lo dejo resonar y le sumo un A9, suave, pero con suficiente ataque para mantener la energía. Sigo con un B7, agregando un poco de tensión antes de volver al inicio. Suena bien. Es simple, pero tiene esa cadencia que hace que el cuerpo quiera moverse.
Empiezo a tocar en serio. Primero solo marcando los acordes, dejando que las notas se acomoden, luego añado pequeños golpes de la mano derecha, acentuando el ritmo. La guitarra casi parece hablar. Añado un riff entre los cambios de acorde, algo breve, pero lo suficientemente pegajoso como para que el oído se aferre a él.
Mis pies empiezan a marcar el tiempo en el suelo sin que me dé cuenta. No necesito una base de batería para imaginar a Souta acompañando con un hi-hat cerrado, manteniendo un groove constante, dejando espacio para que el bajo de Haruto haga lo suyo. Puedo ver a Kaede, tranquila en su rincón, marcando los acordes rítmicos con la precisión de quien no se deja llevar por la euforia, pero sostiene el andamiaje sobre el que todo se construye.
Toco más fuerte. Me pierdo en la repetición, en la manera en que mis dedos empiezan a moverse por sí solos, en la forma en que cada nota se acomoda con la naturalidad de algo que siempre estuvo ahí, esperando a ser descubierto.
Y entonces, casi sin pensarlo, empiezo a tararear.
Primero solo sigo la melodía de la guitarra, luego las notas en mi voz empiezan a separarse, a tomar su propio camino. Sigo tocando mientras intento capturar lo que mi instinto ya sabe que está ahí, escondido entre los acordes. Es pegadizo. Es ridículamente pegadizo.
Cierro los ojos y dejo que la melodía fluya. Subo en la segunda vuelta, la hago más brillante, más juguetona. No tiene letra todavía, pero no importa. La voz no necesita palabras para encontrar su lugar en la música.
Me detengo un momento, dejando que el silencio me devuelva la perspectiva.
Mierda, esto es bueno.
Suelto una risa corta y vuelvo a tocar desde el inicio, ahora con más seguridad. La melodía encaja perfectamente, como si siempre hubiera pertenecido ahí. Es una de esas frases musicales que se te quedan pegadas en la cabeza sin que lo notes, que tarareas sin darte cuenta, que se instalan en algún rincón de la memoria y se niegan a salir.
Apoyo la guitarra en la cama y me quedo mirando el techo, todavía tarareando en voz baja.
Tenemos algo. No sé qué es todavía, no sé si va a convertirse en una canción completa o si quedará como un fragmento, pero tenemos algo.
Me siento en el escritorio, con la guitarra colgada de mi hombro y la terminal encendida frente a mí, la pantalla proyectando una partitura en blanco. El cursor parpadea en espera de que mis ideas tomen forma. Respiro hondo y acomodo los dedos sobre el teclado.
Si vamos a hacer esto bien, necesito pensar en todo.
No se trata solo de mi guitarra. Irohanabi no es un proyecto solista, no es una excusa para que haga un solo de dos minutos en cada canción y los demás me acompañen. No. Esto tiene que sonar como una banda real.
Empiezo con la base. Batería primero. Imagino a Souta marcando el groove, con ese hi-hat preciso, el bombo rebotando en el ritmo, algo funky pero con la solidez suficiente para que el bajo de Haruto pueda deslizarse encima sin sentirse forzado. Escribo el patrón en la partitura digital, ajustando la dinámica en cada golpe, asegurándome de que cada acento caiga justo donde debe.
Luego, el bajo. No quiero que sea solo un soporte. Haruto es demasiado bueno para quedarse en notas raíz sin más. Necesito algo que se mueva, algo que haga que la canción no dependa exclusivamente de la guitarra para mantener la energía. Escribo una línea de bajo que camina entre las notas con fluidez, con slides en puntos estratégicos, con suficiente espacio para que el groove respire sin volverse denso.
Después, la guitarra rítmica de Kaede. Algo limpio, conciso. No tiene que ser complicado, pero sí tiene que sentirse vivo. Acordes cortados, staccato, dejando huecos para que la melodía se luzca sin que la base pierda fuerza. Sé que Kaede lo va a tocar exactamente como está escrito, porque es así de confiable.
Finalmente, mi guitarra. No necesito anotarla en detalle, porque ya la tengo en la cabeza, pero escribo lo básico para que los demás entiendan cómo encaja en la estructura general. Marcas de acentuación, indicaciones de feeling, pequeñas notas sobre la interpretación. No me gusta dejar nada al azar cuando se trata de música.
Cuando termino de escribir la partitura, me recuesto en la silla y la observo con satisfacción. Funkasista.
Sí, así le puse. No me juzgo demasiado porque los nombres no son lo mío y en este punto, si lo pienso demasiado, voy a perder el impulso.
Conecto la guitarra a la interfaz de la terminal y abro mi software de grabación. No puedo esperar a que todos aprendan sus partes para escuchar cómo suena esto en conjunto, así que programo los instrumentos digitalmente, usando los mejores samples que puedo encontrar. No es lo mismo que tenerlos a ellos tocándolo en vivo, pero servirá para darles una idea clara de lo que quiero.
Grabo la guitarra principal en una sola toma, sin cortes. Si me equivoco, vuelvo a empezar. No edito, no corrijo con efectos. Si va a sonar como quiero, tiene que salir perfecto desde el principio. Cada nota tiene que caer en el lugar exacto, con el ataque correcto, con el groove necesario para que se sienta bien.
Cuando termino, exporto la demo y la adjunto junto a las partituras en un mensaje para el grupo.
Alice: Bien, escuchen esto. Se llama Funkasista. No me pregunten por el nombre. Es lo primero que se me ocurrió.
Alice: La partitura para cada instrumento está adjunta. No me vengan con excusas de que no saben qué tocar.
Alice: Y antes de que empiecen con sus idioteces, NO PASÓ NADA RARO PARA QUE YO COMPONGA ESTO. SOLO TUVE GANAS.
Envío el mensaje y me cruzo de brazos, esperando las reacciones. Sé que van a decir estupideces. Siempre lo hacen. Pero en el fondo, quiero ver qué piensan.
El mensaje no tardó ni cinco segundos en explotar el chat de Irohanabi en mi terminal.
Akari: ¡¿QUÉ?!
Souta: ¿Funkasista?
Haruto: Dios mío, Alice, qué demonios es este groove.
Kaede: Alice… esto es impresionante.
Shiori: …Tengo que admitir que es bastante sólido.
Akari: ¡ESTO ES MÁS QUE SÓLIDO! ¡ESTO ES UNA OBRA MAESTRA!
Alice: Es una demo. No exageren.
Souta: ¿Exagerar?
Haruto: Hiciste esto en un día, Carter. Un. Día.
Alice: ¿Y qué con eso?
Akari: ¡ESO NO ES NORMAL, ESTÚPIDA!
Shiori: Sí, esto es inhumano.
Suspiré y apoyé la guitarra en mi regazo, esperando el siguiente ataque verbal.
Souta: Ok, ok. Primero que nada… esto suena increíble. Segundo…
Akari: ¡¿POR QUÉ DIJISTE QUE NO PASÓ NADA RARO PARA QUE COMPONGAS?! ¡ESO SOLO HACE QUE PAREZCA QUE PASÓ ALGO!
Cerré los ojos un momento.
Sabía que iban a decir esto.
Alice: ¡PORQUE LOS CONOZCO! ¡Sé que iban a preguntar idioteces!
Akari: Ahá, ahá… Pero dime algo, Alice…
Akari: ¿Tienes tensión acumulada otra vez?
Alice: Akari.
Haruto: JAJAJAJAJAJAJA.
Souta: Confirmado, Alice solo compone cuando está desesperada por algo.
Alice: NO ESTOY DESESPERADA POR NADA.
Akari: Entonces explícame el nivel de groove sexual que tiene esta canción.
Kaede: Akari.
Akari: ¿QUÉ?
Shiori: Para ser justa, la línea de bajo sí es bastante sensual.
Alice: Haruto, di algo.
Haruto: Me niego a comentar.
Alice: Maldito traidor.
Souta: Bueno, bueno, dejando de lado el hecho de que Funkasista suena como la banda sonora de alguien seduciendo en una pista de baile…
Alice: NO ERA MI INTENCIÓN.
Souta: Ya lo sabemos, Alice. Eres inocente y pura.
Akari: Alice Carter, Virgen del Groove.
Alice: Voy a matarte, Akari.
Haruto: Antes de que la mates, admitamos algo… Funkasista está increíble.
Kaede: Sí. Esto tiene potencial real.
Me recosté en la silla y solté un suspiro largo, sintiendo la tensión de mi cuerpo aflojarse.
Podían decir todas las estupideces que quisieran, pero lo que realmente importaba era lo que acababan de admitir.
Souta: Entonces… ¿cuándo ensayamos?
Me enderecé de inmediato.
Alice: ¿Mañana?
Akari: ¡Mañana!
Haruto: Mañana.
Kaede: Está bien. Pero prepárense para trabajar.
Shiori: Voy a observar con una libreta y tomar notas sobre la evolución de la Virgen del Groove.
Alice: Muéranse.
Shiori: Por cierto, mañana los voy a grabar.
Silencio.
Souta: ¿Cómo que nos vas a grabar?
Haruto: Define "grabar".
Alice: Sí, Shiori, define "grabar".
Shiori: Voy a documentar los ensayos para generar contenido en redes sociales. No podemos ser una banda sin presencia digital.
El chat explotó.
Akari: ¡SÍIIIIIIIIIIIII!
Souta: ¡NOOOOOOOO!
Haruto: Shiori, ¿de qué tipo de contenido estamos hablando?
Kaede: Esto suena sospechoso.
Shiori: Videos de los ensayos, fragmentos de las canciones, entrevistas improvisadas. Nada que los haga ver mal.
Akari: ¡Esto es brillante! ¡Vamos a ser una banda de verdad!
Alice: No estoy en contra, pero no quiero que los ensayos se vuelvan un circo.
Shiori: Tranquila, Carter. Solo quiero documentar el proceso.
Haruto: Ya está planeando cómo humillarnos en la red.
Souta: No me sorprende. Ella fue la que subió el video que nos hizo virales.
Alice: Es cierto. En realidad, esto es culpa de Shiori.
Shiori: Sí. ¿Y?
Akari: JAJAJAJAJAJAJA.
Souta: Bueno, supongo que es mejor que controlemos nuestro propio contenido en lugar de que lo haga alguien más.
Kaede: Entonces está decidido. Shiori maneja la imagen pública de Irohanabi.
Alice: ¿Por qué siento que esto va a salirse de control?
Shiori: Porque va a salirse de control.
Suspiré, pero ya no podía hacer nada al respecto. Shiori tenía razón en algo: si vamos a hacer esto en serio, tenemos que tener presencia digital.
Irohanabi ya no era solo un grupo de chat.
Mañana ensayábamos por primera vez. Y ahora, oficialmente, íbamos a ser vistos.
Kougami
El olor de la carne chisporroteando en la sartén llenaba la cocina con un aroma que siempre había significado lo mismo: hoy había hamburguesas.
No era algo común. Tomoyo no las hacía todas las semanas ni mucho menos. Pero cuando lo hacía, cuando conseguía los ingredientes justos, cuando se tomaba el tiempo de prepararlo todo desde cero, sabía que iba a ser una de esas cenas que recordaría incluso cuando ya no estuviera en esta casa.
Me apoyé en la mesa, observando con los brazos cruzados cómo mi madre trabajaba con la facilidad de alguien que ha repetido la receta tantas veces que ya es puro instinto. La carne estaba en el punto justo, jugosa pero firme, cocinándose en su propia grasa sobre la sartén de hierro fundido que había usado desde que tengo memoria. El queso cheddar ya estaba empezando a derretirse sobre la carne, goteando lentamente por los costados, adhiriéndose como si supiera que ese era su lugar.
—Shinya, ¿me pasas los panecillos? —dijo sin apartar la vista de la sartén.
Me moví sin responder, porque estas cosas no necesitaban palabras. Ya sabía qué venía después. Coloqué los panecillos en la otra sartén, donde el calor los iba a tostar justo lo suficiente para que quedaran crujientes por fuera pero todavía suaves por dentro.
—No los dejes mucho —me advirtió con una sonrisa leve, revolviendo una bandeja con tomates recién cortados.
—Lo sé.
Sabía cada paso de esta rutina de memoria. No porque alguna vez me hubiera sentado a memorizarlo, sino porque lo había visto tantas veces que era parte de mí. Como una coreografía repetida hasta que los movimientos se volvían naturales.
Tomoyo siempre decía que una buena hamburguesa no era complicada, pero sí meticulosa. No era solo juntar ingredientes y esperar lo mejor. Cada parte tenía que estar en su punto justo. La carne tenía que ser ternera de verdad, sin agregados raros, solo con la cantidad justa de sal y pimienta para resaltar su sabor. El pan, tostado lo suficiente para que aguantara la jugosidad sin volverse un desastre. Los tomates, dulces, pero con la acidez justa. La lechuga, fresca y crujiente. Y el queso... el queso tenía que derretirse hasta abrazar la carne sin ahogarla.
Era simple. Y, al mismo tiempo, era un arte.
Giré los panecillos justo a tiempo, sacándolos del fuego antes de que se pasaran. Mi madre ya tenía todo listo: la carne reposando en la tabla, los vegetales alineados con la precisión de quien respeta cada ingrediente, la mostaza y la mayonesa en pequeñas cucharadas exactas, listas para esparcirse sin exceso.
Me quedé en silencio mientras ella armaba la primera hamburguesa, colocando los ingredientes con la misma calma con la que doblaba la ropa o arreglaba el negocio. No se apuraba, no hacía movimientos innecesarios. Sabía exactamente cómo hacerlo para que quedara perfecta.
Cuando me pasó mi plato, ya sabía que iba a ser la mejor comida del mundo.
No es que yo fuera quisquilloso con la comida. Nunca lo fui. Siempre comí lo que hubiera, sin hacerme problema. Pero si había algo en lo que podía ser exigente, eran estas hamburguesas.
Tomé la mía con ambas manos y le di el primer bocado.
El pan estaba dorado y ligeramente crujiente en los bordes. La carne, tierna, pero con ese sabor fuerte que solo el sellado perfecto podía darle. El queso se fundía con la textura de la hamburguesa, mezclándose con la frescura del tomate y el crujido ligero de la lechuga.
Era perfecta.
Mastiqué en silencio, disfrutando cada segundo.
Tomoyo me miró desde el otro lado de la mesa, con una sonrisa divertida.
—¿Qué tal?
No respondí enseguida. Me tomé mi tiempo para saborearlo, para dejar que cada capa de sabor se asentara antes de responder.
—Es la mejor comida del mundo.
Tomoyo sonrió levemente antes de tomar un sorbo de su té, observándome con una expresión que ya reconocía. No estaba simplemente disfrutando la comida. Estaba esperando el momento exacto para decir algo.
—Shinya.
No levanté la vista enseguida, pero ya sabía que lo que venía no iba a ser casual.
—¿Mmm?
Ella dejó la taza sobre la mesa con cuidado, como si estuviera midiendo cada palabra antes de decirla.
—Quizás podríamos invitar a Alice algún día.
Me detuve a medio movimiento.
No porque fuera una idea descabellada. De hecho, tenía sentido, Alice ya había estado aquí. Pasó tiempo en esta casa más veces de las que cualquiera hubiera imaginado, incluso durante las vacaciones, apareciendo en la tienda con cualquier excusa para ayudar, cuando ambos sabíamos que lo único que quería era estar cerca de mí. Tomoyo la conocía bien y sabía que Alice no hacía cosas sin razón.
Pero lo que me hizo detenerme no fue la idea de invitarla. Fue la forma en que lo dijo.
—¿Invitarla? —repetí, tomándome mi tiempo para limpiar los bordes del plato con un último pedazo de pan.
—Sí —respondió con total naturalidad—. Alice siempre se ve cómoda aquí. Creo que le vendría bien otra cena.
No dije nada enseguida. Porque Tomoyo no estaba solo sugiriendo una cena.
Tomoyo era inteligente y peligrosamente astuta.
Y antes de que pudiera siquiera intentar darle una respuesta neutral, ella continuó, con esa sonrisa suya que no dejaba espacio para dudas.
—Tal vez incluso podría enseñarle a cocinar.
Tragué lentamente, con el ceño levemente fruncido.
—Alice no cocina.
—Bueno, nadie nace sabiendo —dijo Tomoyo con una dulzura que no me engañó ni por un segundo—. Y yo soy buena enseñando.
La miré con escepticismo.
—¿Desde cuándo te interesa enseñarle a Alice a hacer hamburguesas?
Tomoyo sostuvo mi mirada sin vacilar, con una calma impecable.
—Desde que sé que son tu comida favorita.
Cerré los ojos un momento y exhalé con resignación. Así que eso era.
Suspiré, pasándome una mano por la cara, intentando no reaccionar de más. Tomoyo sabía perfectamente lo que estaba haciendo, y lo peor de todo era que ni siquiera intentaba disimularlo.
Me acomodé en la silla, cruzando los brazos sobre la mesa.
—No es que Alice no pueda aprender a cocinar —dije con calma, midiendo mis palabras— pero no la veo teniendo la paciencia para hacerlo.
Tomoyo sonrió con ese brillo astuto en los ojos que solo una madre con segundas intenciones puede tener.
—Oh, pero es cuestión de enseñarle de la manera correcta —respondió, fingiendo inocencia—. Si algo le interesa lo suficiente, estoy segura de que pondría todo su esfuerzo en ello.
No me pasó desapercibido el subtexto.
"Si algo le interesa lo suficiente."
Como si Alice no fuera alguien obsesiva por naturaleza. Como si Tomoyo no estuviera insinuando descaradamente que, si yo estuviera en la ecuación, Alice haría cualquier cosa.
Me llevé la taza de té a los labios solo para evitar darle una respuesta inmediata.
—No sé si Alice querría pasar más tiempo en la cocina.
—No parecía tener problema en quedarse en la tienda ayudándome estas vacaciones —respondió con una sonrisa suave.
Mi mandíbula se tensó apenas, porque tenía razón. Alice había pasado varias tardes en la tienda con Tomoyo durante las vacaciones. No porque le gustara especialmente atender clientes ni acomodar estantes, sino porque yo estaba ahí.
Nunca lo dijo en voz alta, pero no hacía falta. Lo confirmé la tercera vez que Tomoyo la puso a atender la caja y, en lugar de quejarse o aburrirse, Alice simplemente aceptó el trabajo con una naturalidad desconcertante. Y ahora, mi madre estaba usando eso como argumento.
Tomoyo tomó otro sorbo de su té antes de seguir hablando, con esa calma absoluta que me ponía cada vez más alerta.
—Además, creo que sería bueno para ella aprender algo nuevo. No tiene que ser una experta, pero… —se inclinó un poco hacia mí—¿No sería lindo que algún día ella pudiera prepararte algo?
Casi me atraganto. La miré fijamente.
—Mamá.
—¿Qué? —respondió con total inocencia.
—Deja de intentar casarme con Alice.
Tomoyo soltó una risa baja y meneó la cabeza.
—No estoy haciendo nada de eso.
—Sí, lo estás.
—Solo digo que, si le enseño a Alice a cocinar, a lo mejor empieza por algo simple… y luego, quién sabe.
Me pasé una mano por la cara con cansancio.
—No va a aprender solo para cocinarme a mí.
Tomoyo levantó una ceja, divertida.
—¿Estás seguro?
No respondí. Porque no estaba tan seguro.
Alice era Alice. Si un día decidía que quería sorprenderme con algo hecho por ella, lo haría. Aprendería desde cero si hiciera falta. Tal vez lo haría mal al principio. Tal vez frustraría a Tomoyo con su tendencia a querer perfeccionarlo todo antes de siquiera entender lo básico.
Pero si se le metía en la cabeza, lo haría.
Y esa idea… esa maldita idea de Alice cocinando algo para mí en algún futuro incierto…
No sabía si me aterraba o si me hacía sentir algo que no quería analizar en este momento.
Tomoyo notó mi silencio y sonrió, triunfante.
—Entonces, ¿qué dices? ¿La invitamos?
Me apoyé en el respaldo de la silla, soltando una exhalación pesada.
—Si Alice dice que sí, no voy a oponerme.
Tomoyo asintió con satisfacción.
—Sabia decisión.
Me llevé el resto del té a la boca sin decir nada más, porque Tomoyo ya había ganado.
Alice
El sonido del escáner marcaba el ritmo de mi trabajo en la caja, una sucesión de bips mecánicos que, de alguna manera, se mezclaban con el groove de Funkasista en mi cabeza.
E7, A9, B7.
Mis dedos pasaban los productos por la cinta con la misma fluidez con la que tocaría la guitarra, sintiendo el tempo en cada movimiento, como si la rutina de la tienda y la música que daba vueltas en mi mente fueran una misma cosa.
—Serían 1350 yenes —dije automáticamente, con una sonrisa neutral.
La clienta, una señora mayor con una expresión amable, sacó su billetera con la tranquilidad de quien no tiene apuro.
¿El riff necesita más peso en la transición? Quizás si lo conecto con un slide más pronunciado…
—Aquí tienes, querida.
Tomé el billete con una inclinación leve de cabeza y marqué el pago en la terminal.
—Gracias, que tenga un buen día.
La mujer tomó su bolsa con una sonrisa y se alejó mientras yo volvía a mi cabeza, a la estructura de Funkasista, al ensayo que me esperaba en la casa de Kenta, a la Gibson Les Paul que estaba apoyada contra una pared y que ya sentía como una extensión de mi cuerpo.
Funkasista… ¿le hace falta una segunda melodía en el estribillo? Algo más arriba, algo que le dé un brillo adicional sin saturarla…
—Querida, ¿puedes pasarme otro paquete de arroz?
Parpadeé y miré a la siguiente clienta: una señora de mediana edad que estaba organizando su compra con precisión milimétrica.
—Claro —respondí con cortesía, girándome hacia los estantes detrás de mí para alcanzarle el paquete de arroz extra.
—Muchas gracias, eres muy atenta.
Atenta y absolutamente atrapada en mi cabeza.
—Son 2230 yenes —dije, con la misma sonrisa automática, mientras deslizaba los productos por la cinta.
La señora pagó con su tarjeta, y mientras la transacción se procesaba, mi mente volvió a la canción.
El bajo de Haruto… sí, podría acentuar más las notas graves en la segunda vuelta del groove. Algo que haga que el estribillo se sienta más redondo.
El ticket salió impreso, lo corté con rapidez y se lo entregué con un gesto amable.
—Que tenga un buen día.
—Alice.
La voz de Tomoyo me sacó de mi ensimismamiento. Me giré y la vi apoyada en el marco de la puerta que daba al depósito, con su mirada astuta de siempre y su sonrisa tranquila.
—Vamos a almorzar.
Asentí, desconectando la caja con un movimiento rápido y quitándome el delantal. Me colgué la guitarra al hombro y caminé hacia la cocina trasera, donde Kougami ya estaba sirviéndose té con la misma expresión relajada de siempre.
Me senté frente a él, soltando un suspiro mientras dejaba mi guitarra apoyada contra la mesa.
Tomoyo sirvió los platos con la misma eficiencia con la que manejaba la tienda.
—Hoy hay karē raisu —anunció con orgullo.
—Gracias —dije automáticamente, pero mi mente seguía dividida entre la comida y Funkasista.
Tomé los palillos y empecé a comer con lentitud, pero mi nerviosismo estaba empezando a filtrarse en mi postura, en la manera en que tamborileaba los dedos contra la mesa sin darme cuenta.
—Alice —la voz de Kougami interrumpió mi trance—. ¿Qué te pasa?
Lo miré, y su expresión no era la de alguien que preguntaba por preguntar. Me estaba analizando.
Suspiré, dejando los palillos a un lado.
—Voy a ensayar después de salir de la tienda —admití, cruzándome de brazos.
Kougami arqueó una ceja.
—¿Ensayar qué?
Sentí el nudo de ansiedad en mi estómago. Era la primera vez que decía esto en voz alta.
—Tengo una banda.
El silencio duró exactamente un segundo.
—¿Qué? —Kougami dejó los palillos sobre el plato y me miró con atención.
Tomoyo también levantó la vista con interés.
—Se llama Irohanabi.
Kougami frunció el ceño, como si estuviera intentando procesar la información.
—¿Desde cuándo?
—Oficialmente, hace cinco días —dije con una ligera sonrisa.
—¿Y ya tienen ensayos?
—Y una canción original.
—¿Y una base de seguidores?
Me incliné un poco hacia adelante y apoyé los codos en la mesa, sintiéndome un poco más cómoda ahora que había soltado todo de golpe.
—Nos hicimos virales.
Kougami parpadeó.
—No entiendo.
Tomoyo dejó escapar una risa baja y se acomodó mejor en su asiento, claramente disfrutando esto.
—Shiori subió un video de un cover que hicimos en casa de Kenta —expliqué—. No nos dijo nada. Y ahora tiene más de un millón de visitas.
La cara de Kougami fue imposible de describir.
—Alice.
—Sí.
—¿Eres famosa y no me habías dicho nada?
Rodé los ojos.
—No soy famosa. Pero… la banda está despegando más rápido de lo que esperaba.
Kougami entrecerró los ojos y susurro para que Tomoyo no escuche.
—El grupo de artes es un peligro. Primero te convencieron de ir a un concierto ilegal, terminaste en el DIC, y ahora te hicieron viral.
—¿Sabes qué es lo peor? —dije, sin poder evitar reírme—. Tienes razón.
Tomoyo, que había estado escuchando en silencio -lo que Kougami no susurró-, dejó la taza de té sobre la mesa y me miró con una sonrisa que me puso alerta.
—Bueno, entonces habrá que celebrar.
Kougami y yo nos giramos a verla al mismo tiempo.
—Podríamos invitarte un día a cenar —continuó, con su tono amable pero lleno de segundas intenciones—. Podría hacer hamburguesas.
Abrí los ojos con interés inmediato.
—¿Hamburguesas?
Tomoyo asintió con satisfacción.
—Las favoritas de Shinya.
Giré lentamente la cabeza hacia Kougami, que ya estaba mirando a su madre con una mezcla de resignación y advertencia.
—¿Tu comida favorita son las hamburguesas?
Kougami apretó los labios.
—No es un secreto.
Tomoyo sonrió, encantada con mi reacción.
—Y si quieres, Alice, puedo enseñarte a hacerlas.
Parpadeé.
—¿A hacerlas?
—Sí. Desde cero.
Algo dentro de mí se quedó en pausa. No tenía ninguna necesidad de aprender a cocinar, pero esto era distinto, porque era algo que le gustaba a Kougami. Algo que le recordaba su casa, su madre, su infancia. Y tal vez, quería ser parte de eso.
—Acepto.
Tomoyo sonrió de forma agradable, y Kougami se llevó una mano a la cara. Yo no entendía la dinámica que se desarrollaba frente a mí, así que solo sonreí mientras volvía a mi plato.
Porque, por alguna razón, esto me hacía sentir más en casa que cualquier otra cosa.
Kougami
Esa mujer astuta lo logró. Contra todo pronóstico, Alice aceptó venir a cocinar hamburguesas con Tomoyo.
Tomé un sorbo de té sin apartar la vista de ella, aun procesando el milagro que acababa de ocurrir. No es que dudara de la capacidad de manipulación de mi madre—porque, a estas alturas, ya tenía clarísimo que Tomoyo siempre consigue lo que quiere—pero esto… esto era otra cosa.
Alice Carter, la misma persona que apenas si podía recordar comer cuando estaba demasiado enfocada en su música, la misma que consideraba la cocina como un espacio desconocido, la misma que no tenía la menor necesidad de aprender a hacer hamburguesas porque bien podría comprar las mejores del mercado sin pestañear, aceptó.
¿Y por qué? Porque Tomoyo le dijo que eran mis favoritas.
Ese pensamiento me recorrió con la intensidad de un problema que no quería analizar en este momento. Alice no hace cosas que no le importan. Si aceptó esto, fue porque quiso. Porque en algún rincón de su mente, esto tenía sentido.
Pero ahora… ahora Alice ya no estaba aquí.
Físicamente sí. Pero su cabeza había abandonado este plano existencial.
Golpeteaba la mesa con los dedos de una mano en un ritmo preciso, inconsciente, probablemente alguna idea nueva para su canción o vaya a saber qué, mientras con la otra comía con la misma automatización de alguien que ni siquiera está registrando el acto de alimentarse. Una obsesiva de mierda.
Pero lo realmente irritante no era eso. Era que a Tomoyo sí le respondía.
—Alice, ¿quieres más arroz? —preguntó mi madre, con su tono tranquilo, casi maternal.
—Sí, por favor —respondió Alice inmediatamente, con una dulzura perfectamente programada.
Tomoyo le sirvió más arroz con la misma paciencia con la que alimentaría a una niña que necesita ser cuidada, y Alice simplemente siguió comiendo, sin dejar de golpetear la mesa con los dedos, sin siquiera levantar la vista.
Pero si yo le hablaba, nada.
Intenté una vez más, solo por el desafío.
—Alice.
Nada.
Seguía en otra dimensión.
—Alice.
Ni un parpadeo.
—Carter.
Lo único que se movió fue el ritmo de sus dedos contra la mesa.
Giré lentamente la cabeza hacia Tomoyo, que sonreía con ese maldito aire de satisfacción.
—Lo hace a propósito —murmuré.
—No, querido. Está concentrada.
Probé algo más.
—Alice, vamos a llegar tarde a tu ensayo.
Eso funcionó.
Alice parpadeó, como si el sonido de mi voz hubiera perforado la nebulosa en la que se había metido, y levantó la vista hacia mí con una expresión que tardó un par de segundos en procesar lo que acababa de decirle.
—¿Qué hora es?
—Hora de que vuelvas a esta realidad.
Alice frunció los labios y miró su terminal.
—Mierda.
Se terminó el arroz más rápido de lo que pensé que era humanamente posible, agarró su guitarra y se levantó con la precisión de alguien que acababa de aterrizar de golpe en el mundo real.
—Me tengo que ir.
Tomoyo, que ya había ganado la batalla del día, le sonrió con esa calidez natural suya.
—Nos vemos pronto, Alice. Te avisaré cuando hagamos hamburguesas.
—Está bien, Tomoyo —respondió Alice con una inclinación de cabeza perfectamente educada, como si no hubiera estado en trance absoluto hace menos de un minuto.
Yo me levanté también, más porque si la dejaba sola, podía ser problemático, o eso me dije a mi mismo.
Salimos de la tienda y, mientras caminábamos, miré de reojo a Alice, que todavía tenía la Gibson colgada al hombro y seguía golpeando el costado de su pantalón con los dedos, marcando algún ritmo que solo existía en su cabeza.
—¿Vas a poder mantener una conversación, o todavía estás en modo autómata?
Alice me miró de reojo y sonrió de lado.
—Voy a un ensayo, Kou. No tengo espacio en la cabeza para estupideces.
Rodé los ojos y seguí caminando a su lado, sin poder evitar pensar en lo que acababa de pasar.
Lo que realmente me molestaba no era que estuviera perdida en su música. Eso era normal. Lo que me molestaba era que Tomoyo la había domesticado en un solo movimiento.
—Todavía no puedo creer que aceptaste.
Alice parpadeó, como si no tuviera idea de qué estaba hablando, antes de que la información se procesara en su cabeza.
—¿Eh?
—Lo de las hamburguesas.
—Ah.
Nada más. Ni una pizca de vergüenza, ni siquiera una mínima reacción.
—¿Ah? —repetí, entrecerrando los ojos.
—Sí, ¿qué pasa?
—Alice, ¿quieres aprender a cocinar?
—No particularmente.
—Entonces, ¿por qué aceptaste?
Alice se encogió de hombros como si no fuera un problema en absoluto.
—Porque Tomoyo me lo ofreció.
Solté una risa corta, sin poder creerlo.
—O sea que aceptarás cualquier cosa solo porque te lo ofrece mi madre.
Alice sonrió de lado, con ese brillo peligroso en los ojos.
—¿Te molesta, Kou?
Fruncí el ceño.
—Me molesta que Tomoyo tenga más control sobre ti que yo.
—Tomoyo es una mujer sabia.
—Tomoyo quiere que seas mi esposa.
Alice se detuvo de golpe, lo suficiente como para que me obligara a girarme hacia ella con el ceño levemente fruncido, porque ella no se detiene sin una buena razón.
Su expresión estaba en esa extraña mezcla entre calculadora y sorprendida, como si acabara de conectar un punto que antes no existía en su mapa mental.
—Kou —dijo finalmente, y su tono no tenía la ironía habitual, sino la certeza de quien está a punto de decir algo imposible de ignorar—. Si estás esperando la compatibilidad de Sibyl, entonces técnicamente tú también quieres que sea tu esposa. No es solo Tomoyo.
Me tomó un segundo procesar lo que acababa de soltarme, porque no era solo la afirmación lo que me sorprendía, sino el hecho de que ella había llegado sola a esa conclusión.
Alice no suele cuestionar las reglas del mundo hasta que algo le molesta lo suficiente como para investigarlo, y por la manera en que me estaba mirando ahora, esto claramente le había estado molestando.
No respondí de inmediato, en parte porque no sabía qué decirle sin delatarme, y en parte porque sabía que cualquier respuesta que le diera la llevaría aún más lejos en su análisis.
—¿De dónde sacaste eso? —pregunté finalmente, buscando ganar algo de tiempo, aunque en el fondo ya sabía que no tenía escapatoria.
Alice ladeó la cabeza apenas, su cabello cayendo sobre su hombro mientras me observaba con ojos entrecerrados, disfrutando demasiado el momento. Ella sabía que me tenía contra la pared.
—De internet —respondió con la facilidad de quien acaba de desarmar una ecuación compleja—. Y de Akari.
Cerré los ojos por un segundo, soltando una exhalación lenta antes de volver a mirarla. Por supuesto que Akari tenía algo que ver en esto. La misma Akari que pasó de observarme como si fuera una figura de interés a convertirse en la principal promotora del desastre que era mi relación con Alice. Sabía que no podía confiar en alguien con su nivel de energía y tendencia a hablar más de lo necesario, y ahora Alice venía a mí con la confirmación de que mi vida sentimental había pasado a ser un maldito tema de debate en su círculo de amigos.
—Y según Akari, eso significa que quiero casarme contigo.
Alice no titubeó. No dudó ni un segundo.
—La gente no espera la compatibilidad de Sibyl a menos que quiera algo serio —declaró con toda la seguridad del mundo—. Si solo quisieras algo pasajero, no tendría sentido esperar tres años. Sería de idiotas hacerlo.
Podía sentir la presión de su mirada clavada en mí, buscando cualquier señal de vacilación, cualquier intento de negar lo que ya había entendido. Pero no podía negarlo. No podía decirle "no nos vamos a casar" porque sabía que sí quería hacerlo. No era solo la compatibilidad de Sibyl lo que estaba esperando, no era solo un número en un sistema, no era solo un tecnicismo. Era Alice. Y Alice no era algo que pudiera tomarse a la ligera.
Mantuve mi postura firme, cruzándome de brazos mientras la observaba, intentando que mi rostro no delatara nada. Pero Alice siempre sabe leerme.
—Así que eso es lo que piensas —dije finalmente, más como una confirmación que como un desafío.
Alice sonrió, con esa calma suya que era mil veces más peligrosa que cualquier arrebato.
—Es lo que sé.
El golpe final llegó cuando Alice, con la misma tranquilidad con la que diría que el cielo es azul, soltó la bomba más grande de la conversación.
—De todas formas, si nos casamos, no quiero llamarme Alice Kougami.
Sentí un impacto extraño en el pecho, pero no por la afirmación en sí. Era la naturalidad con la que lo dijo. Como si el hecho de que íbamos a casarnos fuera un punto cerrado y lo único que quedara por resolver fuera su maldito nombre.
Mi mandíbula se tensó, pero no dije nada. Ella no había terminado.
—Podría cambiarme el nombre —continuó, inclinando levemente la cabeza mientras me observaba con ese brillo peligroso en los ojos—. Quizás algo bien japonés. Como… Chihiro.
El aire se volvió denso. No por el nombre, no por la referencia obvia a la cultura japonesa, sino porque yo sabía exactamente de dónde venía esa idea.
Alice nunca dice nada sin razón. Y ese nombre… ese nombre no venía de la nada.
Es por lo que pasó aquella noche.
La noche en la que la luz tenue dibujó sombras en su piel, en la que el aire pesaba, espeso, cargado de algo que ninguno de los dos nombró. Su perfume, el calor bajo la misma manta, la proximidad insoportable. Su respiración rozando la mía, el filo de una línea que no debía cruzar. Un mínimo movimiento, un segundo de duda, y todo se habría venido abajo. Fue por eso que retrocedí en esa ocasión.
Alice me miró con una sonrisa leve, consciente de que yo había entendido perfectamente.
—Chihiro, ¿eh? —murmuré, sintiendo cómo la tensión se asentaba en mi pecho.
Alice solo se encogió de hombros, como si esto no fuera la declaración más jodida que me había lanzado en toda la conversación.
—Sí. Me gusta cómo suena.
Maldita sea. Sabía exactamente lo que estaba haciendo, que estaba conectando ese nombre con algo que solo nosotros dos entendíamos.
No con el personaje de la película. No con el viaje de Chihiro en el mundo de los espíritus.
Sino con el viaje de Alice Carter en mi vida.
Y el problema era que yo no podía decirle que no. Porque la verdad es que ya había aceptado este destino hace mucho tiempo.
Akari
Cuando Alice entró finalmente al estudio de Kenta, con su guitarra colgada al hombro y el cabello un poco desordenado por la caminata, supe dos cosas al instante: uno, había llegado tarde, y dos, traía algo en la cabeza. No solo porque su expresión tenía ese aire de concentración ausente, como si su cuerpo estuviera aquí pero su mente estuviera atrapada en algún otro plano de la existencia, sino porque venía con Kougami. Y eso ya era suficiente para hacer que mis alarmas se encendieran.
El tipo no se quedó mucho tiempo. Apenas cruzaron la puerta, se giró hacia Alice con una naturalidad que no me engañó en lo más mínimo, le revolvió el cabello como si fuera una niña—cosa que Alice toleró con una sonrisa ladeada—y se despidió sin mucho más. Pero antes de irse, miró a Souta y a Ryota de una manera que me hizo enderezarme en el sofá, porque eso no fue una mirada casual. No dijo nada, pero el mensaje era claro: todavía no olvida lo de Shelter 440.
Esperé a que Kougami cerrara la puerta antes de girarme hacia Alice, cruzándome de piernas y apoyando los codos en mis rodillas, completamente lista para empezar la investigación. Alice venía de pasar tiempo con él, algo pasó, y yo iba a averiguar qué. Pero antes de que pudiera preguntar, ella ya estaba acomodándose la correa de la guitarra y revisando su terminal con una tranquilidad que me hizo arquear una ceja.
—Llegaste tarde, princesa —dije, alargando las palabras con una sonrisa inquisitiva.
Alice solo me miró con calma, sin molestarse en darme una excusa real.
—Estaba almorzando.
—¿Con quién?
Se tardó un segundo en responder.
—Con Kougami.
Ah. Interesante.
No insistí de inmediato porque ya sabía que, si presionaba demasiado, Alice se cerraría como una ostra. Así que cambié la táctica y pasé a lo realmente importante.
—Bueno, ahora que estás aquí, podemos empezar. Pero dime, ¿vas a componer más canciones o esta banda va a sobrevivir con Funkasista hasta el final de los tiempos?
Alice levantó la mirada y me dedicó una sonrisa que no significaba absolutamente nada bueno.
—Eso depende.
—¿De qué?
—De si me dejan en paz o no.
Souta se rió desde su esquina, afinando la batería. Haruto negó con la cabeza, mientras Ryota hacía una mueca divertida. Pero yo no me iba a quedar satisfecha con esa respuesta, porque esto era importante. Alice Carter era una genio musical cuando quería serlo, pero también era la persona más insoportable del planeta cuando se lo proponía.
Me acomodé mejor en el sofá, observándola con detenimiento mientras sacaba su guitarra del estuche con la misma precisión con la que se prepara un cirujano antes de operar. Había algo en la forma en que se movía, en la manera en que respiraba, que me decía que este ensayo iba a ser más que una simple prueba de sonido.
Y yo estaba lista para verlo todo.
Alice
El ensayo comenzó como siempre: con un sonido caótico de instrumentos afinándose, pequeñas pruebas individuales de ritmo y la inevitable charla previa que intentaba relajar los nervios antes de ponernos serios. Pero mi cabeza ya estaba en Funkasista, en cada nota, en cada golpe de batería, en cada espacio que podía mejorarse. Ensayo, ensayo, ensayo.
El sonido de mi guitarra llenó el estudio de Kenta con una vibración limpia, pero mi mente seguía filtrando cada pequeño detalle, escuchando más allá de lo que el resto podía notar. Kaede mantenía su ritmo sin problema, la base estaba sólida, pero el problema estaba en otra parte. Souta tenía que mejorar ese tempo, lo sentía un poco inestable, como si por momentos se adelantara y en otros estuviera pisando los golpes demasiado tarde. Haruto, en cambio, estaba perfecto. Quiero mucho a Haruto, es un buen bajista, entiende el groove, en resumen, Haruto sostiene todo.
En medio de la práctica, hice una pausa para tomar una Mitsuya. La pausa era solo física, porque mi cabeza no se detenía. Mientras bebía, con la botella fría en la mano, mi mirada se desvió hacia Kaede, que ya tenía la guitarra rítmica en posición, pero me estaba mirando con una ceja levantada. Sabía lo que venía.
—Alice, eso es un si bemol.
Tragué el último sorbo antes de responder, con la botella todavía en la mano.
—Es un la sostenido.
Kaede cruzó los brazos y me miró con la paciencia de quien ya está acostumbrada a esto.
—Es lo mismo.
—Técnicamente sí, pero en el contexto armónico de la canción tiene más sentido como si bemol.
—Eso es subjetivo.
—Eso es teoría musical.
Nos miramos en silencio por un segundo hasta que Souta golpeó la batería con fuerza, interrumpiendo la discusión con la clara intención de que siguiéramos adelante. Suspiré, dejé la Mitsuya a un lado y volvimos a ensayar.
Los primeros minutos fueron buenos. Mejoramos la entrada, Kaede marcaba los cortes con precisión, Haruto seguía impecable. Pero Souta otra vez con el tempo. Lo miré de reojo, marcándole con la cabeza el ajuste, y tras un par de intentos, se alineó mejor con el ritmo. Bien. Seguimos.
Pero algo no terminaba de encajar. No era la base, no era la batería, no era la guitarra. Era Akari.
Detuve la práctica de golpe, la Gibson todavía vibrando en mis manos cuando corté el sonido. Todos se giraron hacia mí, pero yo ya estaba mirando a Akari, que ajustaba el micrófono sin demasiado apuro.
—Estás fallando en el solo —dije sin rodeos.
Ella me miró, pero no parecía sorprendida.
—¿Sí?
—Sí. No estás pegándole a la nota en la subida.
Akari suspiró y se pasó una mano por el cabello, pero asintió sin discutir.
—Ok, dame otra vuelta.
Volvimos a empezar. Esta vez, la escuché más atenta, sintiendo cómo se aproximaba al solo con más cuidado. No fue perfecto, pero mejoró.
Ensayo, ensayo, ensayo.
No vamos a parar hasta que esto suene exactamente como quiero.
Akari
La dictadura de Alice Carter ha comenzado.
Lo supe desde el momento en que detuvo el ensayo con una exactitud quirúrgica, cortando el sonido de la Gibson como si estuviera dirigiendo una orquesta y no una banda de rock. Lo supe cuando giró lentamente la cabeza hacia mí con esa mirada de "no está mal, pero no es suficiente" y me señaló el micrófono sin necesidad de decir nada más. Lo supe cuando, después de la tercera repetición, todavía no estaba satisfecha y nos hizo empezar de nuevo.
Y tengo que admitirlo, un poco me gusta.
Ver a Alice así, completamente metida en lo que hace, obsesionada hasta un nivel peligroso, es impresionante. Mierda, la cachorrita es obsesiva, pero lo que hace es arte. Es talentosa, tiene un oído privilegiado y compone como si tuviera siglos de experiencia en lugar de dieciséis años. No puedo decidir si quiero abrazarla o matarla lentamente.
Souta ya dejó de disimular su sufrimiento con el tempo, y Haruto, que normalmente es el más tranquilo del grupo, tiene esa expresión de "te quiero mucho, Alice, pero basta." Kaede simplemente se resignó. Sabía en lo que se metía desde el momento en que aceptó ser la guitarra rítmica en un proyecto donde Alice Carter es la compositora principal. Pero lo peor de todo es que ella tiene razón.
Cada vez que la escucho tocar, sé que esta canción puede ser mejor. Cada vez que me hace repetir una nota, sé que es necesario. Cada vez que se detiene con esa expresión de concentración absoluta, casi adorable en su intensidad, sé que estamos haciendo algo increíble.
Shiori, por su parte, está en su maldito elemento.
Filma absolutamente todo con esa precisión de quien sabe que está documentando historia. Cada vez que Alice frunce el ceño, cada vez que se inclina sobre la guitarra con la mirada fija en las partituras, cada vez que nos hace repetir una sección hasta la locura, Shiori está ahí, registrándolo todo. No puedo esperar a ver los videos editados. Seguramente van a ser una combinación perfecta entre el genio de Alice y nuestro sufrimiento colectivo.
Ensayamos, repetimos, corregimos, afinamos detalles. Y la cachorrita sigue. No dice que está cansada, no dice que necesita un descanso. Si no la obligamos, va a seguir hasta que el sol salga de nuevo.
Y aunque la quiero matar un poco, también sé que es un honor estar aquí.
