Ginoza

La idea de esta cita había surgido de la manera más lógica posible: busqué en internet qué hacer. No porque no supiera cómo pasar tiempo con Alice, sino porque quería que todo saliera bien. No había margen para improvisaciones. No con ella.

Así que, después de revisar listas y recomendaciones, opté por algo sencillo, estructurado y sin riesgos: un café pet-friendly con terraza y un paseo con Dime. No era una idea innovadora, pero era práctica. Alice siempre insistía en que quería ver más a Dime, y si eso significaba que podíamos pasar tiempo juntos en un ambiente relajado, era una decisión eficiente.

Llegué puntual con Dime trotando a mi lado, su energía inagotable moviendo la correa con pequeños tirones mientras avanzábamos. No tenía motivos para estar nervioso, pero noté que estaba más alerta de lo normal. Tal vez porque yo no era alguien que planeara citas de manera tradicional. Esto no era un evento casual, era algo que había decidido hacer con intención.

Cuando la vi en la entrada del café, mi respiración se ralentizó por un instante. Se había vestido para la ocasión.

Alice nunca se vestía mal, pero esto era diferente. Había hecho una elección deliberada. No era el vestido esmeralda que tanto me había torturado aquella vez, no era un atuendo diseñado para provocar ni para llamar la atención de los demás. Era exactamente lo que me gustaba. Sencillo, elegante, sin excesos, pero con una presencia que la hacía imposible de ignorar.

No pude evitar recorrerla con la mirada. La caída sutil del vestido negro, la camisa blanca estructurada, las medias que le daban un aire delicado sin perder sobriedad. Todo en ella estaba perfectamente equilibrado. Ella lo había hecho a propósito.

Dime fue el primero en reaccionar, tirando de la correa para alcanzarla y moviendo la cola con la emoción de quien había encontrado a su persona favorita. Alice sonrió, agachándose de inmediato para recibirlo, sus manos deslizándose por su pelaje con la devoción de una madre reencontrándose con su hijo.

—Dime, mi amor, te ves más hermoso que nunca.

El tono de su voz cambió por completo, pasando de la Alice calculadora a una versión ridículamente dulce que solo Dime lograba sacar. Sus manos sostuvieron su rostro, y cuando el perro le lamió la mejilla con entusiasmo, ella rió de una manera que no se forzaba para nadie más.

—Si lo sigues malcriando así, no va a querer volver conmigo —dije con un tono seco, aunque sin ninguna verdadera intención de detenerla.

Alice levantó la vista con una sonrisa ligera, todavía agachada junto a Dime.

—Tú solo estás celoso.

No respondí, porque quizás tenía razón.

Entramos al café y nos acomodamos en la terraza, donde Dime se echó tranquilamente junto a Alice, completamente satisfecho con la adoración ininterrumpida que estaba recibiendo. La dinámica estaba clara: yo estaba en una cita con Alice, pero Dime estaba en una cita con ella también.

—¿Vas a pedir lo de siempre? —pregunté, porque ya conocía la respuesta.

Alice apenas levantó la vista del menú, como si mi pregunta no mereciera discusión.

—Mocaccino y red velvet.

Por supuesto.

Yo pedí un café negro y algo que no importaba demasiado porque, en el fondo, sabía que Alice no iba a tardar en intentar robarme de mi plato. Era parte del ritual.

El ambiente en la terraza era tranquilo, con un par de personas sentadas en mesas cercanas y una leve brisa moviendo su cabello con suavidad. Alice no estaba en guardia, no estaba midiendo cada palabra, no estaba jugando. Se limitó a mirar el lugar con calma, tomando pequeños sorbos de su mocaccino mientras sus dedos se movían distraídamente sobre la oreja de Dime.

—¿Qué? —pregunté, al notar que me estaba observando por el borde de la taza.

Ella ladeó la cabeza levemente, sin dejar de mirarme.

—Nada.

El café estaba tranquilo, con una suave música de fondo y el sonido constante de tazas chocando contra los platillos. Dime, el traidor absoluto, estaba sentado junto a Alice, con la cabeza apoyada sobre sus piernas, completamente relajado. Sus orejas se movían con cada ruido interesante que captaba en el ambiente, pero en ningún momento despegaba su hocico del regazo de Alice, como si ella fuera lo único importante en el mundo. Y, por supuesto, Alice estaba completamente concentrada en él, como si yo no estuviera sentado justo en frente.

—Eres un buen chico, ¿lo sabías? —murmuró Alice en un tono exageradamente dulce, acariciándole la cabeza con ambas manos.

Dime suspiró con satisfacción, mientras su cola golpeaba el suelo con ritmo constante. Intenté ignorar cómo Alice se inclinaba un poco más sobre él, dejando que su cabello cayera alrededor de su rostro mientras lo acariciaba con la devoción de una madre con su hijo preferido.

—¿Piensas ignorarme todo el día o en algún momento vamos a hablar?

Ella levantó la vista con una ceja arqueada, como si recién recordara que estaba aquí.

—Estoy ocupada.

—Sí, claro. Malcriando a mi perro.

—No es malcriarlo si se lo merece —replicó sin perder la compostura, rascándole detrás de las orejas con más suavidad—. Además, míralo, Nobu. ¿Cómo puedes decirle que no a esta cara?

Dime, como si entendiera que era el centro de la conversación, se estiró un poco y apoyó más peso contra Alice. Definitivamente, era un traidor.

Suspiré y tomé un sorbo de mi café, intentando ignorar el hecho de que Alice probablemente se olvidaría de comer si Dime seguía absorbiendo toda su atención.

—El lunes volvemos a la academia —dije finalmente, logrando captar su atención por más de dos segundos.

Alice suspiró dramáticamente y se acomodó en su asiento, pero sin dejar de acariciar a Dime.

—Lo sé. Se sintieron eternas estas vacaciones.

—¿Estás lista para comenzar música y danza con el grupo de tercer año?

Ella asintió con más entusiasmo del que esperaba, sus ojos brillando apenas al mencionarlo.

—Sí. Eso es lo que realmente me importa.

No me sorprendió la respuesta. Desde que comenzó en Nitto, Alice siempre se destacó, y aunque intentara fingir que no le importaba, se notaba en la forma en la que hablaba de ello.

—Yo revisé mi cronograma también. Este año tengo derecho romano, administrativo, civil y sociología jurídica.

Alice hizo una mueca, claramente menos emocionada que yo con mi carga académica.

—Eso suena a una tortura lenta y estructurada.

—Es interesante —dije, porque, al menos para mí, lo era.

Alice tomó un sorbo de su mocaccino antes de responder.

—Yo también tengo materias nuevas. Psicología del arte suena interesante, aunque también tengo lenguaje musical como añadido.

—Eso tiene sentido.

—Lo que no tiene sentido —continuó ella, dejando su taza en el platillo con una expresión de fastidio— es que tengo teoría del color y escultura.

—¿No te interesa?

Alice me miró con la expresión de alguien que estaba a punto de decir una gran verdad universal.

—Nobu, soy terrible dibujando en 2D. Imagínate cómo será si intento esculpir.

Me reí bajo, sin sorprenderme por la confesión. Alice era increíble en la música, en la danza, pero no todo el arte era lo suyo.

Dime se estiró y Alice le rascó el cuello con un cariño que parecía infinito.

—¿Sabías que en las materias específicas estamos los tres juntos?

Alice dejó de acariciar a Dime por un segundo y parpadeó.

—¿Los tres?

—Tú, Kougami y yo. Ciencias, matemáticas, lenguaje.

Se quedó en silencio, claramente procesándolo, y luego me miró con algo parecido a la sorpresa.

—No tenía la menor idea.

—Yo ya comencé a estudiar.

Alice se rió con burla y negó con la cabeza.

—Obviamente.

No hizo falta que dijera más. Sabía que mi competencia con Kougami no había terminado. Alice había terminado el primer año como la mejor de la generación, Kougami segundo, yo tercero. Pero eso no significaba que iba a quedarme en ese puesto sin pelear.

Dime bostezó y Alice le acarició la cabeza nuevamente, antes de mirarme con una expresión pensativa.

—Tenemos que comprar el material de este año.

—Lo sé.

—Pero esta vez no quiero comprarte todo en secreto.

Fruncí el ceño, recordando lo que había hecho el año pasado.

—Alice…

—Ya somos novios, Nobu. No puedes quejarte si quiero comprarte cosas.

—No tienes que hacer eso.

Alice tomó otro sorbo de su café antes de mirarme con la tranquilidad de quien ya había ganado la discusión antes de empezarla.

—No lo voy a pagar yo, sino el dinero mal habido de Adam Carter.

Solté un suspiro, anticipando hacia dónde iba la conversación.

—Alice…

—Si no lo usamos nosotros, Adam podría comprarse algo absurdo como un tigre, o alguna de esas cosas estúpidas de nuevos ricos.

Dime, ajeno a la conversación, giró sobre su espalda para recibir más mimos de Alice.

—¿Sabías que los tigres pueden nadar? —preguntó ella de la nada, mientras rascaba la barriga de Dime.

Me pasé una mano por la cara.

—Sí…

—¿Y que pueden trepar árboles?

—Alice.

—No hay escapatoria. Si Adam compra un tigre, será el fin.

Suspiré profundamente, dándome por vencido.

—Si eso te hace feliz, entonces haz lo que quieras.

Alice tomó otro sorbo de su café, acariciando a Dime con una mano mientras con la otra jugueteaba distraídamente con la cuchara. Su expresión tenía ese brillo peligroso de cuando estaba a punto de decir algo que no tenía absolutamente ningún sentido, pero que, de alguna forma, terminaría teniendo demasiado sentido.

—No es tan absurdo que Adam compre un tigre —dijo, con total seriedad.

Suspiré, apoyando un codo en la mesa y mirándola con cansancio anticipado.

—mph…

—Lo digo en serio, Nobu. Es completamente factible.

Dime, sin preocuparse por el rumbo de la conversación, se estiró en su regazo, y Alice le rascó la cabeza con la devoción de quien tenía prioridades más importantes que mi incredulidad.

—Después de todo, la sala de música de la mansión Carter está llena de instrumentos que nadie usa.

Fruncí el ceño.

—¿Qué?

—Sí. Hay un montón de instrumentos de viento que jamás han sido tocados. Un arpa que ni siquiera sé por qué está ahí. Un contrabajo. Alguna vez consideré intentarlo con el clarinete, pero desistí después de veinte minutos.

Intenté imaginarlo. Alice Carter, con su atención dispersa y su paciencia limitada, intentando tocar el clarinete antes de rendirse y volver a su amada guitarra.

—Deberías haberlo grabado —murmuré más para mí mismo que para ella.

—Fue una tragedia. Y es una prueba de que Adam hace compras estúpidas. Porque ¿para qué tener un arpa si ni siquiera contrató a alguien que lo toque?

El argumento, aunque completamente absurdo, tenía algo de lógica.

—Además —continuó Alice, como si hubiera estado esperando este momento toda su vida—, en el garaje hay casi una decena de autos.

Dime bostezó, como si ya hubiera escuchado esta conversación antes, y Alice continuó rascándole la oreja con ternura.

—Y no cualquier tipo de autos. Son todos de lujo, pero sin alma. Negros, grises, perfectamente alineados, como si fueran parte de un catálogo de empresarios aburridos.

—No me sorprende —dije, sin mucho interés.

—Pero hay uno que sí me gusta —añadió con una sonrisa ligera, inclinándose sobre la mesa.

Levanté la vista.

—Ah, ¿sí?

—Un descapotable morado.

Parpadeé.

—¿Morado?

Alice asintió con una expresión satisfecha.

—Sí. Claramente perteneció a Naomi. No hay otra explicación. Adam nunca habría comprado algo con personalidad.

No pude evitar imaginarlo. Un garaje lleno de autos negros y grises, alineados como soldados, y en medio de todos ellos, un descapotable morado, brillando como un acto de rebelión contra la monotonía.

—Cuando pueda sacar la licencia, lo voy a conducir.

—¿Sabes manejar?

—No. Pero lo aprenderé.

No dudé ni por un segundo que lo haría. Y que cuando maneje, rompería absolutamente todas y cada una de las reglas de tránsito.

Alice le dio un último sorbo a su café antes de volver a concentrarse en su teoría.

—En fin, si Adam fue capaz de comprar autos que nadie usa y llenar la casa de instrumentos que nunca se tocan, no veo por qué no compraría un tigre.

—No creo que Japón permita la compra de tigres.

—Adam siempre encuentra la manera.

Suspiré.

—¿Qué otras compras absurdas crees que podría hacer?

Alice apoyó la barbilla en una mano, pensativa.

—Podría comprar una isla. No una grande, pero una lo suficientemente privada como para construir algo ridículo encima.

—Como un castillo.

—Exacto. Un castillo de mármol. Con columnas doradas. Algo completamente impráctico.

Dime solo levantó la cabeza lo suficiente como para mirarme, antes de volver a apoyar su hocico en el regazo de Alice.

—Nos ignora —dije.

—Porque sabe que tengo razón —afirmó Alice con una sonrisa de autosatisfacción.

Me pasé una mano por la cara, pero no pude evitar sonreír un poco. Por mucho que intentara llevar la conversación a un punto racional, Alice siempre encontraba la manera de convertirla en un ejercicio de caos.

Y lo peor es que, en el fondo, parte de mí sabía que tenía razón.

Dime se quedó quieto cuando llegamos a la guardería, pero su cola dejó de moverse en cuanto se dio cuenta de lo que estaba pasando. Alice, con una suavidad ridícula en la voz, intentó explicarle que era solo por un rato, que íbamos a volver por él antes de que pudiera extrañarnos demasiado, pero Dime no era estúpido. Su mirada pasó de la felicidad absoluta a una mirada lastimera en cuestión de segundos.

—No me mires así —susurró Alice, agachándose para sostenerle el rostro entre las manos—. Vas a estar bien, mi amor, es un lugar hermoso, con gente hermosa.

Dime no pareció convencido. Me miró a mí, buscando algo de apoyo, y solté un suspiro.

—No va a funcionar, Alice. Se da cuenta de que lo estamos dejando.

—Pero vas a estar con otros perritos —intentó decir, su tono lleno de convicción vacía—. Vas a hacer amigos.

—Alice, este perro tiene menos interés en socializar con otros de su especie que tú con las clases de escultura.

Alice me fulminó con la mirada y volvió a enfocarse en Dime. El traidor absoluto ya se había pegado a su pierna, como si ella pudiera salvarlo de su destino.

—Si me sigues mirando así, voy a tener que secuestrarte.

La mujer encargada de la guardería dejó escapar una risa suave y Alice levantó la vista con la expresión de quien estaba a segundos de cometer un crimen.

—Va a estar bien, señorita —dijo la mujer con calma— Se acostumbrará en unos minutos.

Alice apretó los labios, visiblemente frustrada, pero finalmente se inclinó y le dio un beso en la cabeza a Dime antes de levantarse.

—Vamos, Nobu, vámonos antes de que me arrepienta.

Apenas cruzamos la puerta, Alice se giró para mirar a través del vidrio de la recepción y lo que vio la destrozó. Dime, con las orejas caídas y la expresión más triste del universo, la observaba fijamente, sin moverse ni un centímetro.

—No podemos dejarlo.

—Alice.

—Mira su carita.

—Alice.

—Voy a llorar.

—Por favor, compórtate como una persona adulta.

Alice se cruzó de brazos, claramente al borde de girarse y entrar de nuevo, pero suspiró con dramatismo y decidió seguir caminando.

El mall estaba repleto de gente, pero Alice se movía con determinación, como si tuviera un plan perfectamente estructurado que, evidentemente, yo desconocía. No tardé en darme cuenta de que no íbamos directo a la sección de libros. No. Alice tenía una misión previa.

—¿Qué estamos haciendo?

—Comprando material de arte.

—Alice, ¿por qué?

—Voy a mejorar.

—¿Mejorar en qué?

—En dibujo.

Por un instante, me quedé en silencio, esperando que se riera, esperando que dijera que era una broma. Pero Alice Carter nunca bromea con este tipo de cosas.

—Alice, sabes que…

—Soy terrible, lo sé —dijo rápidamente, sin inmutarse—. Pero solo soy terrible porque nunca lo practiqué lo suficiente.

Me pasé una mano por la cara. Esto iba a ser una inversión completamente inútil.

Alice se detuvo frente a una de las góndolas y agarró absolutamente todo. Bloques de hojas de diferentes grosores, lápices de grafito en una escala absurda de dureza, estilógrafos, marcadores de punta fina, carboncillos, por alguna razón.

—No vas a usar todo eso.

—Claro que sí.

—Alice.

—Nobu.

Suspiré. Ya había perdido.

No podía decir que no tenía determinación. Alice estaba realmente convencida de que con suficiente práctica iba a mejorar. Yo ya podía ver el desastre desde ahora.

Luego de que llenara la canasta con suficientes materiales como para reabastecer un departamento entero de arte, finalmente nos dirigimos a la librería. Y aquí es donde Alice se volvió completamente peligrosa.

Sabía que iba a intentar esto. Sabía que iba a comprar más de la cuenta. Lo que no esperaba era la cantidad.

—Alice, esto es una cantidad absurda de libros.

—No es absurda.

—Es ridícula.

—No quiero que te falte nada, Nobu.

Mi paciencia se estaba agotando. Pero la suya no.

—Voy a pagar mis propios libros.

Alice me miró con un brillo peligroso en los ojos.

—No.

—Alice, en serio.

—Nobu, en serio.

Cerré los ojos por un segundo. Esto no iba a ninguna parte.

—Ya lo hiciste una vez.

—Y ahora lo estoy haciendo bien, contigo presente.

—No tienes que—

—Voy a hacerlo de todas formas.

Suspiré con fuerza, sintiendo la pelea escaparse de mi control. Alice ya había tomado una decisión, y cuando Alice tomaba una decisión, no había fuerza en el universo que pudiera detenerla.

Para cuando llegamos a la caja, mi dignidad había sido aplastada.

Alice pasó todos los libros sin pestañear. Todo el material extra que yo no hubiera considerado necesario. Libretas, marcadores, organizadores, papelería en una cantidad absolutamente innecesaria.

Cuando la transacción terminó y recibió las bolsas, me miró con una sonrisa de satisfacción.

—¿Ves? Ya está.

—No estoy feliz con esto.

—Pero no lo puedes evitar.

Suspiré de nuevo.

Alice Carter era un huracán de decisiones arbitrarias y gastos innecesarios. Y, aun así, no pude evitar sentirme extrañamente agradecido.

Por suerte, no tuvimos que cargar con las bolsas. La tienda ofrecía envío a domicilio, así que todo el material escolar, los libros en cantidades absurdas y la montaña de insumos de arte de Alice llegarían a nuestras casas al día siguiente. Un alivio para mi espalda y para mi paciencia, porque si hubiera tenido que caminar con todo eso, posiblemente habría considerado dejar algunas cosas abandonadas en el camino. Alice, en cambio, parecía satisfecha con sus compras, como si acabara de hacer una inversión crucial para su futuro. Preferí no pensar en los intentos desastrosos de dibujo que seguramente iban a resultar de esta decisión.

Cuando salimos del mall y nos dirigimos a la guardería, Alice caminaba con un ritmo cada vez más acelerado, hasta que terminó prácticamente marchando hacia la entrada. Intenté mantener el paso con normalidad, pero ella claramente no tenía tiempo para formalidades. La separación de una hora había sido demasiado para su relación con Dime.

Cuando la encargada abrió la puerta y nos dejó entrar, lo primero que vi fue a Dime levantándose de inmediato, sus orejas erguidas y su expresión pasando de la indiferencia absoluta a la emoción más desbordante en cuestión de segundos. Su cuerpo entero se tensó con una energía imposible de contener y, antes de que Alice pudiera siquiera llamarlo, el traidor ya estaba corriendo hacia ella con una desesperación digna de una película romántica.

—¡Mi amor! —exclamó Alice, agachándose con los brazos abiertos.

Dime saltó sobre ella, casi derribándola en el proceso, su cola agitándose tan rápido que parecía a punto de despegar del suelo. Se restregó contra Alice como si hubieran pasado años en lugar de una hora, como si la vida sin ella hubiera sido un tormento insoportable. Alice, por supuesto, correspondió con la misma intensidad, sosteniéndolo por el rostro y llenándolo de besos sin el más mínimo pudor.

—Te extrañé tanto, tanto —murmuró, su voz cargada de dramatismo, mientras Dime le daba lametones frenéticos en toda la cara.

Me crucé de brazos, observando la escena con una mezcla de incredulidad y resignación. La gente a mi alrededor probablemente pensaba que Alice se estaba reencontrando con un ser querido que había estado en guerra.

—Alice, literalmente fueron sesenta minutos.

—¡Para él fue una eternidad!

Dime se aferraba a ella como si temiera que volviéramos a dejarlo, enterrando su hocico en su cuello y dejando escapar pequeños sonidos que no eran exactamente llantos, pero que definitivamente parecían la versión perruna del drama absoluto.

La encargada de la guardería rió suavemente.

—Se portó muy bien. Solo estuvo un poco inquieto al principio.

Alice me miró con una expresión de triunfo.

—¡¿Ves?! ¡Te lo dije! ¡Sufrió!

Suspiré, pasándome una mano por la cara.

—No sufrió. Solo dramatiza.

—¡No, Nobu, esto es real! ¡Su amor es real!

Dime, como si quisiera probar su punto, se pegó aún más a Alice, lanzándome una mirada que claramente decía que yo era el villano en esta historia.

Me arrodillé a su lado y le di un par de palmadas en la cabeza.

—Te malcría demasiado —murmuré, aunque en el fondo ya sabía que no había vuelta atrás.

Alice y Dime eran una unidad, y por mucho que intentara razonar con ella, sabía que nunca iba a ganar esta batalla.

Ella me miró con una sonrisa satisfecha, todavía abrazando a Dime con una devoción absoluta.

—Es el amor más puro que existe, Nobuchika. Aprende algo de él.

Negué con la cabeza y me puse de pie.

A veces me preguntaba quién quería más a quién.

Pero viendo la forma en que se miraban, sabía que nunca iba a obtener una respuesta clara.

Alice

El camino de regreso fue tranquilo, si ignoraba el hecho de que Dime no había superado el abandono temporal y se mantenía pegado a mi costado, como si todavía temiera que desapareciera otra vez. Cada tanto, se detenía y me miraba con ojos de tragedia absoluta, como si quisiera asegurarse de que realmente estaba de vuelta.

—Dime, ya estamos juntos de nuevo —murmuré, rascándole las orejas mientras caminábamos—. No me voy a desvanecer.

Dime suspiró, literalmente suspiró, como si mi promesa no fuera suficiente para sanar su corazón roto. Ginoza, que venía caminando a mi otro lado, estaba observando todo con la exasperación de un hombre que ha perdido la batalla hace mucho tiempo.

—No le hables como si te entendiera.

—Pero sí me entiende —respondí de inmediato, sin dudarlo un segundo.

Ginoza resopló y siguió caminando. Claramente, no tenía argumentos contra esto.

Mi terminal vibró en mi bolsillo, y cuando lo saqué para revisar, vi que el chat grupal estaba completamente en llamas. Akari, con su energía inagotable, había tomado el control absoluto.

Akari: ¡Antes de que terminen las vacaciones, VAMOS A UN KARAOKE!

Souta: Dios, Akari. Es sábado. Cálmate.

Ryota: ¿Esto es obligatorio?

Akari: ¡SÍ! ¡Sí lo es! ¡No podemos empezar el nuevo semestre sin una noche de karaoke épica!

Shiori: Es un plan aceptable.

Hinata: Solo si hay buenas canciones.

Kaede: Lo importante es la humillación pública.

Nao: Ok, pero si alguien se toma esto demasiado en serio, me voy.

Miyu: Eso es exactamente lo que Akari quiere.

Alice: Nunca fui a un karaoke.

El chat se detuvo por exactamente cinco segundos antes de que explotara de nuevo.

Akari: ¡¿QUÉ?!

Souta: Esto es inaceptable.

Haruto: Estás mintiendo.

Ryota: No puede ser.

Shiori: Interesante.

Hinata: Esto tiene que ser corregido de inmediato.

Kaede: Alice, eres la única persona que conozco que es genio musical y nunca pisó un karaoke.

Nao: Vergüenza.

Miyu: ¿Cómo sobreviviste sin esta experiencia?

Suspiré y guardé el terminal antes de que Akari decidiera aparecer en mi casa a buscarme por la fuerza.

—¿Y ahora qué pasa? —preguntó Ginoza, mirándome con el ceño fruncido.

—Los chicos de Artes quieren ir al karaoke antes de que terminen las vacaciones.

Ginoza hizo una pausa, claramente analizando la información, antes de exhalar con resignación.

—Por supuesto que sí.

Dime me miró con curiosidad, como si esperara ser incluido en el plan.

—No, mi amor, no puedes venir —le dije con una caricia en la cabeza—. Pero cantaré algo en tu honor.

Ginoza no dijo nada, pero pude notar cómo sus labios se curvaban apenas en una sonrisa.

No sabía qué esperar de mi primera vez en un karaoke, pero algo me decía que esto iba a ser un desastre memorable.

Akari
El karaoke era un desastre absoluto, como siempre. Entre botellas de Mitsuya y un caos generalizado, el grupo de artes estaba en su elemento. Souta y Ryota discutían sobre quién tenía la peor voz, Hinata ya estaba buscando qué canción ridícula cantar para arruinar la noche de alguien, y Shiori grababa absolutamente todo con la precisión de una documentalista. Pero lo importante no era eso.

Lo importante era Alice, porque, la genio musical, la niña prodigio, la estrella de Irohanabi, jamás en su vida había pisado un karaoke y por supuesto, esto no podía ser ignorado.

—¡ALICE, TE TOCA! —grité, señalándola dramáticamente con mi Mitsuya medio vacía.

Alice, que estaba demasiado cómoda en su rincón bebiendo como si pudiera evitar lo inevitable, me miró con terror absoluto.

—No.

—¡Sí!

—No.

—¡SÍ, ALICE! ¡ES TU DESTINO!

El grupo entero se unió al clamor popular. Todos coreamos su nombre, golpeando la mesa como si estuviéramos en una taberna medieval a punto de iniciar una pelea. Shiori no decía nada, pero tenía la cámara lista.

Alice dejó caer la cabeza contra la mesa con un suspiro, sabiendo que no había escapatoria.

—No sé qué cantar.

—¡Busca en la lista! —exclamó Hinata, pasándole el micrófono.

Alice tomó la tablet y comenzó a deslizar la lista de canciones con la misma cara de alguien viendo un menú de comida completamente en otro idioma. Y entonces, se detuvo.

Parpadeó.

Volvió a mirar la pantalla.

—Esta.

Me acerqué a ver qué había elegido y…

—¡¿FLYDAY CHINATOWN?!

Alice asintió.

—Mi mamá la cantaba. Es la única que conozco.

No sé qué esperaba, pero definitivamente no era eso.

La música comenzó a sonar y, por un momento, todo pareció alinearse. Alice Carter, con un micrófono en la mano, lista para cantar su primera canción de karaoke.

Y, por supuesto, lo hizo perfectamente.

No había dudas sobre su voz. Alice sabía cantar. Su tono era impecable, su pronunciación clara, su control del aire natural. Mientras la melodía de Flyday Chinatown llenaba la habitación, Alice Carter no solo cantaba, interpretaba. Sus gestos, su expresión, todo tenía una precisión que cualquiera diría que esto era algo que hacía seguido.

Pero entonces, pasó lo peor. Alice intentó bailar.

Oh, Dios.

Oh, no.

La bailarina disciplinada, la que podía ejecutar una coreografía compleja con perfección absoluta, intentó improvisar un baile sensual.

Y fue el desastre más glorioso que había visto en mi vida.

No parecía una mujer seductora. No parecía una estrella de pop.

Parecía un potrillo recién nacido.

Sus piernas se movían con una falta de estabilidad que no tenía sentido en alguien con su entrenamiento. Sus caderas intentaron girar, pero lo hicieron con una torpeza que no tenía explicación. Y sus brazos… bueno, sus brazos parecían completamente ajenos al resto de su cuerpo.

Souta se atragantó con su Mitsuya. Kaede tapó su boca con una mano, intentando no reírse. Ryota se inclinó hacia atrás en su asiento con los ojos abiertos de par en par.

Y yo… yo sentí que mi vida había alcanzado su punto más alto.

La canción terminó con Alice aún en su intento fallido de moverse con sensualidad, sin saber que había hecho historia.

El silencio duró exactamente dos segundos antes de que todo el grupo explotara en carcajadas.

Alice, con el micrófono en la mano, nos miró sin entender qué había salido mal.

—¿Qué?

Yo apenas podía respirar.

—Alice… —logré decir entre risas—. Eso fue lo mejor que he visto en mi vida.

Souta golpeó la mesa, todavía sin aire.

—Nunca… nunca vuelvas a hacer eso.

Alice frunció el ceño.

—No estuvo tan mal.

Kaede le tocó el hombro con compasión.

—Alice, lo estuvo.

Alice miró a Shiori, buscando apoyo.

Shiori solo sostuvo su terminal y dijo una palabra.

—Guardado.

Alice abrió la boca en una expresión de horror absoluto.

—NO.

Pero ya era demasiado tarde.

—Alice —dijo Kaede, con la voz ronca de tanto reír—, eres un prodigio en todo, pero por favor… nunca vuelvas a improvisar un baile sensual.

—No estuvo tan mal.

—Sí lo estuvo.

—Es que la canción lo pedía.

—La canción no pidió nada de eso, Alice.

—¡Fue instintivo!

—Pues tu instinto apesta.

Alice le lanzó una servilleta a Kaede, que la esquivó sin esfuerzo.

—No sé de qué se ríen, porque, de todas formas, acabo de encontrar mi canción de karaoke.

El grupo hizo silencio un segundo, digiriendo la información.

—¿Vas a cantar Flyday Chinatown cada vez que vengamos? —preguntó Miyu, aún con incredulidad.

Alice asintió con total seguridad.

—Sí.

Souta se llevó una mano al pecho.

—Dios nos ayude.

—Y esta vez lo haré mejor —añadió Alice, con una sonrisa peligrosa.

—Mejor en la parte de la coreografía, espero —murmuró Ryota.

—Voy a practicar.

—Eso suena como una amenaza.

—Lo es.

El grupo gritó colectivamente, no porque temieran que Alice volviera a cantar, sino porque sabían que ella nunca habla en vano. Si dice que va a practicar, va a hacerlo.

Y eso significaba que, tarde o temprano, Alice Carter perfeccionaría su coreografía de Flyday Chinatown.

Kougami

El uniforme azul marino de Nitto se sentía más cómodo de lo que recordaba, o tal vez solo me había acostumbrado a él. Me aseguré de que la chaqueta estuviera bien ajustada, alisé la corbata con un gesto automático y salí de mi habitación con la sensación de que algo en el aire había cambiado. No era solo el inicio del segundo año, era la certeza de que este año no iba a ser como el anterior.

Al bajar a la cocina, el aroma del miso y el arroz recién hecho me recibió como todas las mañanas. Tomoyo estaba sirviendo el desayuno con la misma eficiencia de siempre, pero cuando levantó la vista y me vio, su expresión se suavizó con una sonrisa tranquila. Me senté frente a ella, tomando los palillos sin pensar demasiado, dejando que la rutina me guiara mientras mi mente seguía atrapada en la transición de las vacaciones a la academia.

—Te queda bien —comentó, sirviendo té en mi taza antes de hacer lo mismo con la suya—. ¿Listo para el segundo año?

Encogí los hombros mientras tomaba el primer bocado de arroz.

—Más o menos.

—¿Qué materias nuevas tienes?

—Epistemología social, psicología de la identidad y la cultura, neurociencia social y cognitiva, y estadística aplicada a ciencias sociales.

Tomoyo soltó un leve silbido antes de soplar su té con calma.

—Eso suena complicado.

—Lo es.

Masticaba en silencio, tratando de ordenar mis pensamientos. No estaba nervioso exactamente, pero había algo distinto esta vez. El año pasado todo era nuevo, y lo único que me preocupaba era mantenerme en la cima. Ahora, sabía que esta vez no iba a ser tan simple.

Tomoyo dejó la taza sobre la mesa y me miró con una expresión que reconocí al instante.

—Los voy a extrañar en la tienda.

Fruncí levemente el ceño y desvié la mirada hacia ella.

—¿"Los"?

—Tú y Alice.

No respondí enseguida, pero sentí un peso extraño en el pecho.

—Alice solo trabajaba gratis porque quería estar conmigo.

Tomoyo sonrió con diversión, como si ya supiera exactamente lo que iba a decir.

—Y fue muy útil.

Exhalé suavemente y volví a enfocarme en la comida, pero no pude evitar pensar en ello. Alice apareció un día, se puso un delantal sin que nadie se lo pidiera y empezó a ayudar, como si hubiera trabajado ahí desde siempre. Nunca pidió nada a cambio, nunca se quejó, nunca actuó como si fuera una carga. Hacía ese tipo de cosas.

Tomoyo tomó otro sorbo de té antes de inclinarse levemente hacia mí.

—Alice hace esas cosas.

No encontré una respuesta.

Porque en el fondo, sabía que Tomoyo tenía razón.

Alice siempre hacía esas cosas. Y por alguna razón, darme cuenta de eso me molestó más de lo que estaba dispuesto a admitir.

Suspiré y miré el reloj.

Era hora de volver a Nitto. A un segundo año que ya sabía que iba a ser más complicado de lo que esperaba.

Alice

Llegué sola a la academia, lo que de por sí ya era raro. Por lo general, en algún punto del trayecto, Ginoza aparecía. No era algo que planificáramos ni algo que discutíamos, simplemente pasaba. A veces él llegaba primero y esperaba en algún punto estratégico del recorrido, a veces era yo quien terminaba encontrándolo de casualidad en los pasillos. Pero hoy no. Hoy, por alguna razón, no estaba.

No era difícil entender por qué. Si la competencia entre él y Kougami había sido intensa el año pasado, este año había escalado a niveles ridículos. No se trataba solo de estudiar más, de absorber cada fragmento de información como si su vida dependiera de ello. Se trataba de la guerra psicológica. Y al parecer, la primera jugada era esta: hacerme llegar sola.

Entré al aula de matemáticas con la sensación de que algo iba a estar mal, y por supuesto, lo estaba. No por la materia, no porque estuviera particularmente agotada por el regreso a clases, sino porque Ginoza y Kougami estaban sentados en la primera fila, con un asiento en el medio.

Para mí. Nobuchika a la izquierda, Kougami a la derecha.

Apenas crucé la puerta, levantaron la vista al mismo tiempo, y sus expresiones lo dijeron todo.

Ginoza tenía la mandíbula apretada, su espalda perfectamente recta, la mirada fija en la pizarra, aunque todavía no había nada escrito en ella. Serio, impenetrable, concentrado. Su lenguaje corporal decía "no voy a perder", pero su expresión decía algo peor. "Voy a destrozar a cualquiera que intente interponerse."

Kougami, en cambio, tenía una sonrisa apenas visible en los labios, pero su mirada tenía ese filo característico suyo. Relajado en la superficie, pero afilado como una cuchilla por dentro. Parecía completamente cómodo con la situación, como si ya supiera que iba a ganar. O como si estuviera disfrutando más el hecho de competir que el resultado en sí.

El asiento en el medio parecía un campo de batalla.

Me quedé en la puerta por un segundo, mirándolos con incredulidad.

—¿Van en serio con esto?

Ninguno de los dos respondió. Pero no tenían que hacerlo. Sus caras lo decían todo.

Suspiré y me senté en el lugar que habían preparado para mí. Estúpidos, los dos.

La clase comenzó, y fue una masacre.

No sé en qué momento exacto empezó la guerra abierta, pero en cuanto el profesor planteó el primer problema en la pizarra, Ginoza y Kougami ya estaban escribiendo las respuestas como si su vida dependiera de ello. La velocidad con la que pasaban de una ecuación a otra era absurda, como si cada uno intentara adelantarse al otro por fracciones de segundo. El ambiente era tan tenso que hasta el resto de los estudiantes los miraban con cautela.

Ecuaciones en derivadas parciales, transformadas de Fourier, matrices jacobianas. Todo era un caos numérico en el que cada quien intentaba demostrar que podía hacerlo más rápido, con menos pasos, con más eficiencia. Ginoza nunca levantaba la vista del papel, su escritura meticulosa y estructurada, su enfoque absoluto. Kougami, en cambio, a veces terminaba primero y se recostaba en la silla con una expresión de satisfacción, como si estuviera esperando que el otro se diera cuenta de que le iba ganando. Cada mirada que se cruzaban era un golpe sin palabras.

Pero al final del día, yo era la mejor en esto.

Porque mientras ellos estaban ocupados tratando de aplastarse el uno al otro, yo resolvía los problemas antes de que cualquiera de los dos pudiera terminar de analizarlos. No me importaba la velocidad, no me importaba la presión. Mi cerebro simplemente veía la ecuación y la entendía.

Cuando terminé el último ejercicio antes de que el profesor pudiera siquiera llegar a la mitad de su explicación, dejé el lápiz sobre el escritorio y suspiré.

Ginoza y Kougami se giraron a la vez para mirarme, y por primera vez en toda la clase, sus expresiones cambiaron.

Porque en su guerra privada, en su obsesión por destruirse mutuamente, se habían olvidado de que yo también estaba aquí.

Sonreí con calma y apoyé la barbilla en una mano, mirándolos con tranquilidad absoluta.

—Sigan peleando entre ustedes. Yo ya gané.

El silencio que siguió fue la mejor parte de la mañana.

Kougami

La clase de lenguaje no fue mejor que la de matemáticas. No podía serlo. Ginoza y yo seguíamos en competencia, y Alice, que normalmente se mantenía al margen de nuestras guerras ridículas, parecía haber decidido que no iba a quedarse atrás.

El profesor repartió los textos con la intención de que analizáramos los estilos narrativos y argumentativos, pero la clase se convirtió en una pelea de egos disfrazada de debate académico. Cada pregunta que el profesor hacía era un disparo, cada respuesta nuestra, una bala. Ginoza era meticuloso, estructurado, su análisis impecable, con cada argumento hilado de manera lógica y precisa. Yo, en cambio, iba con la naturalidad de quien ya entendió el juego y sabe exactamente cómo moverse dentro de él.

Pero lo que realmente me desconcertó fue Alice.

No era solo que estuviera compitiendo con nosotros. No era solo que analizaba los textos con una precisión que incluso al profesor pareció sorprenderle. Era su forma de hablar. La manera en la que construía cada argumento, la estructura de sus frases, la floritura verbal que nunca había usado en clase.

La reconocí al instante.

Era la misma Alice que me escribió aquella carta.

Mi mente retrocedió sin que pudiera evitarlo. Recordé la sensación del papel entre mis dedos, las palabras impresas con una seguridad absoluta, la manera en la que sus frases, afiladas y sin adornos innecesarios, se habían incrustado en mi cabeza. En ese momento, mientras Alice hablaba con una confianza casi feroz, me di cuenta de que la misma persona que me había escrito aquello estaba aquí, en este aula, desarmando cada texto con la misma intensidad con la que me había desarmado a mí.

—El texto juega con la noción de la memoria como una herramienta de poder. No se trata solo de recordar o de olvidar, sino de quién decide qué se recuerda y qué se deja fuera del registro histórico —dijo Alice, con una tranquilidad que me resultó inquietante.

El profesor asintió, claramente intrigado por su interpretación.

—Es un punto interesante, Carter. Pero entonces, ¿dirías que la historia no es objetiva?

Alice entrecerró los ojos apenas, como si la pregunta fuera demasiado simple.

—Diría que la historia nunca fue objetiva. Se escribe desde la perspectiva de quienes tienen el poder para registrarla. La memoria colectiva es solo el eco de una narrativa que favorece a quienes la controlan.

El aula quedó en silencio por un segundo.

Esa era la Alice que escribió para mí.

Ginoza fue el primero en reaccionar.

—Pero eso no significa que toda la historia sea manipulada. Hay registros que buscan neutralidad, fuentes cruzadas que permiten contrastar versiones.

Alice giró la cabeza hacia él, y su sonrisa fue apenas perceptible.

—Eso asume que la neutralidad existe.

Vi cómo Ginoza se tensó. Alice estaba jugando con nosotros.

—Las fuentes cruzadas sirven para acercarnos a una versión más equilibrada de la verdad —insistió él, con la misma rigidez de siempre—. No puedes asumir que todo está manipulado solo porque quienes escriben la historia tienen intereses.

Alice apoyó la barbilla en su mano, y su expresión era la de alguien que estaba genuinamente entretenida.

—¿No puedo?

—No.

—Entonces explícame por qué los registros históricos que usamos en educación priorizan ciertas figuras y silencian otras. ¿Por qué hay eventos documentados en detalle y otros reducidos a notas al pie de página?

Ginoza abrió la boca para responder, pero Alice no había terminado.

—La historia no es objetiva porque la humanidad no lo es. Nos contamos a nosotros mismos las versiones que podemos soportar. Llamamos héroes a los que nos conviene, ignoramos a los que no encajan en nuestra narrativa. El silencio en la historia no es un error, es una decisión.

El profesor estaba fascinado.

Yo estaba en problemas, porque no podía ignorarlo más.

Alice estaba frustrada, probablemente por la competencia implícita en las interacciones entre Ginoza y yo.

Si no, ¿por qué demonios estaba hablando así? Este no era el tono que usaba en clase. Este era el tono de la Alice que, una noche, me dejó una carta con palabras demasiado pesadas para fingir que no significaban nada.

Me incliné hacia adelante en mi asiento, entrelazando los dedos sobre la mesa.

—Si todo es una narrativa, ¿dónde entra la responsabilidad individual? —pregunté, con voz neutra, como si fuera solo otra pregunta académica.

Alice se giró hacia mí, y ahí estaba. La intensidad de su mirada, la chispa de algo peligroso en el fondo de sus ojos.

—No existe responsabilidad sin agencia —respondió de inmediato—. Y la agencia es un privilegio que no todos tienen.

No parpadeé.

—Entonces estás diciendo que quienes escriben la historia son los únicos responsables de sus consecuencias.

Alice sonrió de lado.

—No. Estoy diciendo que quienes escriben la historia son los únicos que pueden decidir quién es responsable.

No me sorprendió. Porque esto no era solo sobre historia.

Esta era la misma Alice que me había dicho, en palabras impresas y sin margen de error, que había cosas que nunca podían romperse.

El problema era que yo sabía exactamente de qué estaba hablando.

Ginoza

El sonido del timbre marcando el receso me pareció más fuerte de lo normal. Tal vez porque estaba particularmente irritado. Tal vez porque estaba empezando a notar una tendencia molesta.

Alice, como siempre, caminaba con tranquilidad entre Kougami y yo, ajena al torbellino de pensamientos que se acumulaban en mi cabeza. Pero antes de que pudiera decir algo, antes de que pudiera intentar recuperar algo de control sobre la situación, todo se desmoronó en cuestión de segundos.

Dos figuras aparecieron de la nada, como un par de huracanes humanos, y sin previo aviso, Alice fue arrancada de nuestro lado con una rapidez desconcertante.

—¡ALICE! —gritó una de ellas, dramáticamente agarrándose la cabeza como si acabara de presenciar una tragedia de proporciones épicas—. ¡¿Por qué demonios no trajiste la guitarra?!

Alice parpadeó, desconcertada.

—No pensé que tenía que traerla.

La otra chica, igual de escandalosa, le dio un suave golpe en el brazo como si acabara de cometer el peor crimen imaginable.

—¡¿Cómo qué no?! ¡¿Cómo no vas a traer tu guitarra a la academia?!

Alice suspiró con resignación, pero no tuvo tiempo de responder. La primera chica, la del drama excesivo, se giró de repente y con una sonrisa descarada saludó a Kougami, inclinándose ligeramente con una energía que no dejaba lugar a dudas.

—¡Hola, Shinya! —canturreó, con un brillo coqueto en los ojos que me hizo apretar la mandíbula.

Kougami, en su infinita tranquilidad, asintió con una leve sonrisa, sin darle más importancia de la necesaria.

—Akari —respondió con su tono despreocupado.

La otra, que hasta ahora había estado ocupada regañando a Alice, se giró y le lanzó una mirada cómplice a su amiga antes de enfocarse en nosotros.

—¡Nos robamos a Alice un ratito! —avisó, como si fuera la cosa más normal del mundo, y sin más, ambas tomaron a Alice por los brazos y la arrastraron sin darle opción a negarse.

Alice apenas logró girar la cabeza para lanzarnos una mirada de resignación antes de desaparecer entre la multitud.

Me quedé ahí, completamente desconcertado, mientras Kougami simplemente suspiraba, como si esto fuera lo más común del mundo.

—¿Qué… qué carajos acaba de pasar? —pregunté, sin molestarse en ocultar mi irritación.

Kougami se encogió de hombros con la misma calma exasperante de siempre.

—Son Akari y Hinata. Del grupo de artes.

Fruncí el ceño.

—¿Del grupo de artes?

—Las nuevas amigas de Alice —aclaró, como si eso explicara algo.

—¿Con las que fue a Shelter 440? —solté, sintiendo que la paciencia se me agotaba más rápido de lo normal.

—Sí —confirmó, con una leve sonrisa como si estuviera disfrutando esto.

Refunfuñé por lo bajo, incapaz de ignorar otro detalle molesto en todo esto.

—Todas las malditas chicas de Nitto están detrás de ti por alguna razón inexplicable —solté, cruzándome de brazos.

Kougami se rió por lo bajo, sin molestarse en negar la afirmación.

—No es culpa mía que sean insistentes.

—¿Insistentes? —bufé—. Espían cuando entrenas en el gimnasio, Kougami. Eso no es insistencia. Eso es acoso.

Él solo levantó una ceja con diversión, claramente sin tomárselo tan en serio como debería.

Pero mi verdadero problema no era Akari ni Hinata. Mi verdadero problema era que, por lo visto, había toda una parte de la vida de Alice en Nitto que yo desconocía por completo.

—Tú las conoces —solté de repente, mirándolo con sospecha.

—Sí.

—Pero yo no.

Kougami se encogió de hombros otra vez.

—Alice se hizo amiga del grupo de artes de tercer año. Te enteras ahora porque te preocupas más por ganarme en clase que por escuchar lo que pasa alrededor.

Lo fulminé con la mirada, pero él solo me devolvió una sonrisa burlona.

—Además —continuó— ahora está con Irohanabi.

Fruncí el ceño.

—¿Irohaqué?

Kougami soltó un leve suspiro, como si estuviera explicándole algo obvio a un niño pequeño.

—Irohanabi. Es su banda.

Me tomó un segundo procesarlo.

—¿Alice tiene una banda? —pregunté, incrédulo.

Kougami asintió, como si no fuera nada del otro mundo.

—Se formó incidentalmente.

—¿Cómo demonios se forma una banda incidentalmente?

Él sonrió con algo de diversión, claramente disfrutando mi ignorancia en el asunto.

—Una de las chicas grabó un cover que estaban tocando en una reunión, sin permiso. Lo subió a 2channel. Se hicieron virales porque Alice era la guitarrista.

—¿Y? —insistí, porque aún no veía cómo eso derivaba en una banda.

—Y porque Alice pegó una pegatina en su guitarra y la destrozaron en los comentarios.

Cerré los ojos un segundo, tratando de procesar todo esto.

—¿Me estás diciendo que hay un debate en internet sobre una maldita pegatina?

Kougami asintió, completamente serio.

—Extenso.

Solté un suspiro frustrado y volví a mirarlo con irritación.

—¿Y tú cómo demonios sabes todo esto?

No dudó ni un segundo en responder.

—Alice fue varias veces a ayudar a mi madre al negocio durante las vacaciones.

Lo miré, esperando que agregara algo más, pero Kougami se limitó a dejar caer la frase como si fuera completamente irrelevante.

—¿Qué? —pregunté, sintiendo un pinchazo molesto en el pecho.

—Vino casi todos los días —explicó con simpleza

Apreté la mandíbula, cruzándome de brazos.

—¿Y por qué no sabía nada de esto?

Kougami se inclinó levemente hacia mí con una sonrisa burlona.

—Porque nunca preguntas.

La irritación me recorrió por completo.

No solo Alice había hecho un montón de cosas sin decirme nada, sino que Kougami estaba enterado de todo, como si fuera lo más natural del mundo. Como si él estuviera en una parte de su vida que, aparentemente, yo desconocía por completo.

Y lo peor de todo era que se notaba.

Porque Kougami hablaba con la tranquilidad de quien ya estaba acostumbrado a la presencia de Alice en su rutina, sabía cosas que yo ni siquiera imaginaba y él no tenía que preguntar, Alice se lo contaba.

Apreté los dientes y desvié la mirada hacia la dirección por la que Alice había desaparecido con esas dos.

Irohanabi, Shelter 440, el grupo de artes, las vacaciones ayudando a la madre de Kougami.

Todo esto estaba pasando en su vida. Y yo no tenía idea.

Lo peor de todo, quizás, no era que Alice tuviera una banda, ni que se hubiera hecho viral en internet, ni siquiera que Kougami estuviera al tanto de cada detalle de su vida mientras yo apenas me estaba enterando. No. Lo peor de todo era, sin lugar a dudas, que Alice había pasado las vacaciones ayudando a la madre de Kougami.

Eso no tenía sentido.

Alice no necesitaba un trabajo. No necesitaba dinero. No tenía ninguna razón práctica para hacer algo así.

—¿Por qué? —pregunté en voz baja, con el ceño fruncido.

Kougami arqueó una ceja, claramente divertido con mi estado de irritación.

—Porque ¿qué?

Respiré hondo, tratando de mantener la compostura.

—¿Por qué Alice pasó las vacaciones en tu casa ayudando en el negocio? —reformulé con más dureza—. No necesita trabajar.

Kougami se encogió de hombros con su calma exasperante, como si nada de esto fuera importante.

—Porque quiso.

Sentí la mandíbula tensarse.

—Eso no es una respuesta.

—Claro que lo es.

Exhalé con frustración, pero Kougami solo sonrió con esa maldita tranquilidad suya, como si supiera exactamente lo que estaba pensando y disfrutara dejándome revolcar en mi propia irritación.

Y lo peor de todo era que tenía razón.

Alice no le debía explicaciones a nadie. No tenía por qué justificar por qué hacía lo que hacía, ni conmigo ni con nadie. Kougami era su amigo. Alice siempre ha sido una persona que se mete en donde no la llaman, que se mueve por instinto más que por lógica, que no respeta del todo las convenciones de la mesura japonesa. Podía entenderlo.

Era completamente plausible que hubiera decidido aparecer en la tienda de los Kougami simplemente porque sí. Porque estaba aburrida en la mansión Carter. Porque quería hacer algo diferente. Porque le dio la gana.

Pero…

—¿Por qué no me llamó a mí? —pregunté, sin poder evitar que la duda se filtrara en mi voz.

Kougami me miró con algo parecido a la lástima antes de responder con la mayor simpleza del mundo.

—No lo sé, Gino. Pregúntale a ella.

Apreté los dientes.

Eso era exactamente lo que me molestaba. No era el hecho de que Alice hubiera hecho algo sin decírmelo. Era el hecho de que había compartido todo esto con él y no conmigo.

Había pasado los días en su casa, con su madre, ayudando en un negocio en el que no tenía ninguna obligación de estar. Y lo había hecho sin que yo tuviera la más mínima idea.

No es que Alice fuera alguien que pensara demasiado en esas cosas, claro. No es que le preocupara si algo era apropiado o no. Pero si estaba tan aburrida en la mansión Carter, si estaba buscando algo que hacer, si necesitaba salir de ese espacio vacío y lleno de silencio en el que vivía, ¿por qué no me llamó a mí?

¿Por qué, de todas las opciones, eligió ir a la casa de Kougami?

Kougami

Alice no le había contado nada a Ginoza sobre sus vacaciones, eso estaba claro. No solo no le había mencionado nada sobre Irohanabi, sino que probablemente ni siquiera le había dicho que había pasado días enteros en mi casa ayudando a mi madre en el negocio. Y si no le había dicho eso, mucho menos le habría contado que, hace no tantos días, me estaba diciendo que, si nos casábamos, se cambiaría el nombre a Chihiro, como si fuera la cosa más natural del mundo. Viendo la forma en que Ginoza reaccionó con la poca información que le di, no podía culparla por ocultarle el resto.

No es que Alice tuviera una intención maliciosa al hacerlo. Simplemente, era lógico. A Ginoza no le gustaba Irohanabi porque amaba a la Alice que tocaba música clásica con la precisión de un prodigio, la que vestía con elegancia y se desenvolvía con naturalidad en los espacios donde la excelencia era la norma. No le gustaba la Alice que escuchaba rock a todo volumen, la que toca una Gibson Les Paul decorada con una pegatina brillante, la que improvisaba en ensayos y lideraba con una energía caótica que contagiaba a todos. Pero eran la misma persona. Y aunque Alice lo supiera, no significaba que estuviera dispuesta a pelear esa batalla con Ginoza en este momento.

De todas formas, ocultarlo era en vano. Hinata y Akari la habían raptado para almorzar juntas, lo que significaba que, inevitablemente, la verdad iba a salir a la luz. Por inercia, Ginoza y yo nos dirigimos al comedor, aunque sospechaba que él originalmente planeaba ir a la biblioteca. Y allí estaban, los once alumnos de artes de tercer año, sentados en una mesa que atraía demasiadas miradas.

—¿Quieren sentarse con nosotros? —preguntó Alice, levantándose y mirándonos con la misma tranquilidad con la que siempre nos arrastraba a sus planes.

—Claro —respondí sin dudarlo.

Ginoza frunció el ceño, visiblemente reticente, pero después de una pausa, soltó un resoplido resignado y aceptó con un murmullo. Nos sentamos en los asientos libres, y de inmediato sentí cómo las miradas a nuestro alrededor se intensificaban.

El año pasado, este grupo había sido considerado un poco excluido. Según Yazuki, el rumor era que eran un grupo cerrado con una adoración insoportable a la Mitsuya Cider. Pero ahora, con la viralidad de Irohanabi, todos los ojos estaban sobre ellos. Y si encima Ginoza y yo nos sentábamos en esa mesa, el número de miradas solo aumentaba.

Alice, por supuesto, estaba en su elemento. Como si no hubiera un solo par de ojos clavado en ella, como si el murmullo en el comedor no existiera, discutía con la única chica tranquila del grupo, a la que ahora reconocía como Kaede.

—No puedes negar que las estructuras armónicas se resuelven mejor en un sistema funcional que en una progresión modal abierta —dijo Alice, con esa intensidad suya que convertía cualquier conversación en un debate de vida o muerte.

Kaede, con una expresión impasible, tomó un sorbo de su Mitsuya antes de responder.

—Eso es cierto en teoría, pero la funcionalidad no siempre es la mejor solución. Algunas piezas requieren esa apertura modal para generar tensión sin una resolución inmediata.

—Pero entonces no obtienes una conclusión sonora —insistió Alice— Es como dejar una frase sin terminar. Hay momentos en los que necesitas cerrar la idea.

Kaede la miró con algo que podría haber sido diversión, si es que tenía la capacidad de mostrar emociones.

—¿Y qué hay de las composiciones que juegan con la ambigüedad intencionalmente? Algunas obras funcionan precisamente porque dejan la sensación de algo inacabado.

—Eso depende del propósito de la obra —contraatacó Alice— Si el compositor quiere una estructura cerrada, necesita usar un sistema funcional. Si no, está dependiendo completamente de la interpretación del oyente, lo que es un riesgo.

Souta y Ryota, sentados a mi derecha, saludaron con un gesto antes de que Souta soltara un comentario casual.

—Alice ha estado liderando muy bien los ensayos. Es exigente, pero mantiene todo bajo control.

Todavía me quedaba algo de resentimiento con ellos por lo que pasó en Shelter 440. No porque no hubieran cuidado de Alice ese día, sino porque me aseguraron que no era necesario que yo fuera también, y al final, todos terminaron en el DIC. Pero no tenía sentido aferrarme a eso ahora.

—Alice es así con absolutamente todo —respondí con calma— Van a tener que acostumbrarse.

Ryota soltó una risa leve, como si ya supiera que no había forma de cambiar eso. Souta solo negó con la cabeza con resignación.

—Sí, ya nos dimos cuenta.

Miré a Alice de reojo. Seguía enfrascada en su discusión con Kaede, completamente inmersa en su obsesión por un punto técnico que probablemente nadie más en la mesa entendía. Como siempre, cuando algo le importaba, no sabía soltarlo. Y aunque eso podía ser exasperante, también era la razón por la que no había una sola cosa en su vida en la que no destacara.

Ginoza

Era demasiada gente.

El comedor estaba repleto, como siempre, pero esta mesa en particular parecía un punto de atracción gravitacional. Demasiadas miradas, voces, energía caótica. Kougami se sentaba con demasiada familiaridad entre ellos, saludando con la naturalidad de quien ya era parte del grupo. Alice, por su parte, estaba en otro universo completamente distinto, enfrascada en una discusión con Kaede mientras comía, sin prestar atención a nada más.

—Si utilizas un sistema funcional rígido, entonces estás limitando la expresividad armónica —dijo Kaede con su tono pausado, sin levantar la vista de su Mitsuya.

—No es limitación, es estructura. ¿O acaso prefieres que una melodía quede suspendida en la nada? —replicó Alice, cortando su comida con precisión quirúrgica.

No parecía que fuera a presentarme a nadie. En su mente, la conversación con Kaede era lo único que existía. El resto del mundo, yo incluido, se desvanecía en el fondo.

Y entonces, Akari decidió intervenir.

—Bueno, bueno, bueno, ya que Alice está en trance y claramente nos va a ignorar a todos, supongo que tengo que hacer esto yo.

La atención de la mesa se dirigió hacia ella con la facilidad de quien está acostumbrada a ser el centro de la conversación. Akari apoyó un codo sobre la mesa, me miró directamente con una sonrisa descarada y habló con la confianza de quien no tiene ni un gramo de autocontrol.

—Nobuchika, bienvenido a nuestra mesa.

Mi ojo se crispó apenas.

—Ginoza. —Mi corrección fue automática, seca.

Akari ni siquiera pestañeó.

—Sí, sí, Nobuchika, eso dije —Sonrió como si no entendiera cuál era el problema.

Claramente, esto era normal para ellos. Me giré un poco y noté que todos en la mesa se llamaban por su nombre de pila, como si fuera lo más natural del mundo. No como en el resto de la academia, donde el apellido era la norma, la barrera de distancia respetuosa entre compañeros. Aquí, esa formalidad simplemente no existía.

—A ver, empecemos —continuó Akari, sin darle oportunidad a nadie de escapar— Yo soy Akari, vocalista de Irohanabi, la reina indiscutida del karaoke y la mejor persona que vas a conocer hoy.

Hinata levantó la mano con entusiasmo.

—Yo soy Hinata, actriz en proceso, pero mejor conocida como la que evita que Akari se meta en más problemas de los que ya tiene.

—Fracasa en eso el ochenta por ciento del tiempo —comentó Souta sin levantar la vista de su plato.

—Cállate, Souta —dijeron Akari e Hinata al mismo tiempo.

Souta levantó la mano en señal de rendición antes de sonreírme con cierta calma.

—Souta Naruse, baterista de Irohanabi y la única persona cuerda en este grupo.

—Eso es mentira —intervino Ryota, que estaba a su lado— Yo soy Ryota, guitarrista, por cierto.

—El más callado de todos —añadió Akari con una sonrisa traviesa— pero de esos que cuando hablan, dejan algo que pensar.

Ryota no discutió el punto, simplemente siguió comiendo como si nada.

Kaede, que hasta ese momento solo había estado concentrada en su conversación con Alice, levantó la vista lo justo y necesario para hablar.

—Kaede Shiranagi. Guitarra rítmica.

Y volvió a bajar la vista, aparentemente sin más interés en la conversación.

La presentación siguió, cada uno mencionando su nombre con la naturalidad de quien ya se conocía lo suficiente como para no necesitar explicaciones.

—Haruto, bajo.

—Kenta, piano y sintetizador.

—Nao, violín.

—Shiori, logística y community manager de Irohanabi.

Shiori me miró con una expresión neutra, como si ya me hubiera analizado de antemano y no necesitara más información.

Y finalmente, Miyu, que me sonrió con una dulzura genuina.

—Miyu Hanazawa, flauta y otros instrumentos de viento. Encantada de conocerte, Ginoza.

Akari, que claramente se estaba divirtiendo demasiado con todo esto, apoyó una mano en su mejilla y sonrió con un brillo de travesura en los ojos.

—Así que este es el famoso novio de Alice.

Un murmullo de acuerdo recorrió la mesa, como si todos estuvieran completamente al tanto de ese detalle.

Kaede y Alice finalmente terminaron su discusión cuando Kaede, con su tono sereno pero firme, dijo algo sobre la percepción del oyente y el equilibrio entre tensión y resolución en la música. Alice, que rara vez cedía en una discusión, pareció considerar su punto antes de asentir con una ligera sonrisa, como si hubiera encontrado en el argumento de Kaede algo digno de su aprobación. Fue un momento breve, pero conociendo a Alice, era lo más cercano a una rendición que se podía obtener de ella.

No tuvo tiempo de saborear la victoria o la derrota, porque Akari se lanzó sobre ella en cuanto la conversación con Kaede terminó, inclinándose sobre la mesa con la emoción de quien tenía algo importante que exigir.

—Alice, Alice, Alice —canturreó, golpeando suavemente la mesa con las yemas de los dedos

— Necesitamos una respuesta clara y definitiva. ¿Cuándo demonios vas a componer otra canción?

Alice la miró con una expresión completamente neutral, pero la forma en que desvió la mirada por un segundo me hizo saber que no esperaba esa pregunta.

Yo tampoco.

¿Alice componiendo otra canción?

No es que me sorprendiera del todo. Sabía que había compuesto una pieza el año pasado, un trabajo para piano que había demostrado, sin ninguna duda, que su talento no se limitaba a la interpretación. Pero nunca me había mencionado que estuviera componiendo ahora. Y mucho menos para esto.

—No sé, Akari —respondió Alice con un tono despreocupado— La inspiración no funciona con una agenda.

Akari suspiró teatralmente y se dejó caer dramáticamente sobre la mesa.

—¡No puedes dejarnos colgados así!

—Compuse una canción, no prometí escribir un álbum —replicó Alice, moviendo su vaso con calma entre sus manos.

—¡Pero lo necesitas! —intervino Souta, con un brillo malicioso en los ojos—. No puedes ser una líder de banda de una sola canción.

—Podría serlo —murmuró Alice, como si realmente lo estuviera considerando.

—¡No, no podrías! —interrumpió Akari, señalándola con un gesto exagerado— La gente espera más de ti. Eres Ari, la estrella en ascenso, la diosa del rock en formación.

Rodé los ojos con exasperación.

—No exageres.

—¡No estoy exagerando! —se defendió Akari, girándose hacia mí con una expresión conspirativa— ¡Tú deberías apoyarnos, Nobuchika!

Ignoré el uso de mi nombre de pila y crucé los brazos.

—No sabía que estabas componiendo.

Alice ni siquiera me miró.

—Tampoco es que haya mucho que saber.

Akari, en cambio, me miró con un brillo divertido en los ojos.

—Oh ¿no te contó?

Souta rió por lo bajo y Miyu, con su expresión dulce pero letal, decidió lanzar la daga.

—Quizás no quiso presumir de su fuente de inspiración.

Noté la forma en que Alice se tensó levemente antes de responder con la mayor indiferencia del mundo.

—No tengo ninguna fuente de inspiración.

Akari no perdió la oportunidad.

—No, claro que no. No es como si la última canción que escribiste estuviera llena de pasión contenida, Alice.

—Para nada —asintió Souta con fingida solemnidad—. No había nada sospechoso en la composición, en lo absoluto.

Miyu apoyó el codo en la mesa y dejó caer la cabeza sobre su mano con una expresión pensativa.

—Aunque… si recordamos la línea melódica, había algo en la forma en que la tensión crecía y crecía sin resolución inmediata…

—Casi como si hubiera sido creada desde la frustración —añadió Kaede, sin siquiera levantar la vista de su bebida.

Alice los fulminó con la mirada, pero eso solo sirvió para hacerlos reír más.

—No hay ninguna maldita inspiración —espetó finalmente, con la mandíbula apretada.

Pero el daño ya estaba hecho.

No había dudas de lo que estaban insinuando.