Kougami

Esta banda de idiotas estaba sugiriendo que Alice descarga su libido cuando compone. Y lo peor de todo es que… posiblemente tengan razón.

No podía decirlo en voz alta, no en una mesa donde Gino estaba sentado justo frente a mí con la mandíbula tan tensa que parecía a punto de romperse. No en un grupo donde la única persona que no parecía estar disfrutando del tema era la propia Alice, que mantenía la espalda recta y los dedos apretados contra el vaso, como si pudiera hacer que el tema desapareciera por pura voluntad. Pero yo lo sabía. Lo sabía porque hacía no tanto tiempo había visto con mis propios ojos lo que pasaba cuando Alice no tenía dónde descargar esa energía, porque no me lo dijo con palabras, pero me lo dejó claro en cada respiración contenida, en cada mirada que no se atrevía a sostener demasiado, en cada roce accidental que parecía quemarle la piel.

Akari, por supuesto, no tenía intención de dejarla escapar tan fácilmente.

—Vamos, admítelo —canturreó, con una sonrisa traviesa—. Hay algo que te inspira. Algo o… ¿alguien?

Alice le lanzó una mirada de advertencia, pero Akari solo se rió.

—O tal vez deberíamos decir que te quita la inspiración —añadió Souta con una sonrisa maliciosa.

Alice dejó su vaso en la mesa con más fuerza de la necesaria y se giró hacia él con frialdad.

—¿Quieres seguir viviendo, Souta?

—Depende —respondió él con fingida inocencia—. ¿Vas a darnos otra obra maestra pronto?

Era demasiado.

Demasiado para Alice, que no iba a aguantar mucho más sin explotar.
Demasiado para Ginoza, que probablemente estaba a dos segundos de hacer preguntas que nadie quería responder.
Y demasiado para mí, porque si los dejaba seguir, iban a empujar a Alice más allá de su límite, y aunque me resultara gracioso verla acorralada, no tenía intención de dejar que eso pasara.

—Ella no compone por razones tan simples —intervine con calma, tomando un sorbo de mi Mitsuya sin apurarme—No es tan predecible como creen.

Alice me miró de reojo, entendiendo lo que estaba haciendo. Yo no la iba a salvar directamente, pero iba a mover la conversación lo suficiente para que pudiera recuperar el control.

Akari ladeó la cabeza con diversión.

—Oh, ¿y tú qué sabes, Shinya?

—Más de lo que ustedes creen —respondí con una sonrisa casual.

Era lo suficientemente ambiguo como para que Ginoza no pudiera agarrarse de nada, lo suficientemente provocador como para que Akari y los demás supieran que no estaba completamente mintiendo, y lo suficientemente directo como para que Alice entendiera que no tenía intención de dejar que la arrinconaran más.

Kaede, que hasta ahora había permanecido callada, me miró de soslayo. No había dicho nada en toda la conversación, pero había estado observando. Y ahora, cuando notó que estaba defendiendo a Alice, su mirada se afiló apenas.

No tenía dudas de lo que eso significaba.

Kaede me estaba analizando.

Y si la forma en la que su atención se había posado en mí era alguna indicación, la conclusión a la que estaba llegando no le estaba gustando.

Alice

La primera clase de música de tercer año fue un caos hermoso y no esperaba menos.

Después del almuerzo, los once nos dirigimos al aula con la energía de un grupo que, a pesar de haber pasado todo el verano juntos, aún tenía demasiado que decirse. El pasillo se llenaba con nuestras voces, con Akari contando algún chisme de dudosa procedencia, con Souta y Ryota discutiendo sobre el mejor solo de guitarra de la historia, con Hinata planeando una salida de karaoke como si no hubiéramos tenido una la semana pasada. Kenta intentaba meter un comentario entre tanto ruido, pero se veía resignado a su destino: en este grupo, el volumen nunca bajaba.

Cuando entramos al aula, me relajé al instante. Este era nuestro espacio. No había miradas extrañas, no había presión. Solo nosotros y la música.

Y luego, casi al unísono, diez pares de ojos se posaron en mí con el mismo brillo acusador.

—Alice —dijo Akari con tono solemne, cruzándose de brazos— Tenemos que hablar.

—¿Qué? —pregunté, con el presentimiento de que esto no iba a ser algo bueno.

—¿Dónde está tu guitarra? —soltó Souta, señalándome como si hubiera cometido el peor crimen imaginable.

Parpadeé.

—En mi habitación, ¿dónde más?

Un coro de gemidos de desesperación llenó el aula.

—Alice, por Dios —murmuró Kaede, masajeándose el puente de la nariz como si le hubiera fallado en lo más profundo.

—No puedes venir a clase sin tu guitarra —declaró Ryota, como si fuera una ley universal escrita en piedra.

—¿Por qué no? —pregunté, aunque ya sabía que me iban a regañar de todas formas.

—Porque eres la guitarrista principal de Irohanabi. ¡No puedes caminar por la academia sin tu instrumento! —dijo Miyu con la misma indignación que si hubiera dicho que olvidé respirar.

Nao asintió con los brazos cruzados.

—Es una falta de respeto a la banda.

—Y a la música —agregó Haruto con gravedad.

Shiori, que hasta ahora había estado observando con su expresión calculadora, simplemente habló con la tranquilidad de quien ya decidió el veredicto.

—Tienes que prometer que nunca más volverás a la academia sin tu guitarra.

—¿Están hablando en serio? —pregunté, mirando sus caras.

No había dudas.

—Alice, jura. —Kaede me miró con severidad.

—¿Jurar qué?

—Que nunca más en tu vida te presentarás a una clase de música sin la guitarra.

Suspiré y levanté la mano derecha.

—Juro solemnemente que nunca más pisaré la academia sin la guitarra encima.

Un suspiro colectivo de alivio recorrió el aula.

—Gracias a Dios —murmuró Kenta, el único otro desarmado aparte de mí.

—Porque si vuelves a venir sin ella, vamos a atarte el estuche a la espalda —dijo Souta con una sonrisa demasiado seria.

No tenía dudas de que lo harían.

Me crucé de brazos, mirando alrededor con fingida indignación.

—¿Y por qué Kenta no está recibiendo este juicio público?

—Porque Kenta toca el piano, Alice —dijo Shiori con una sonrisa paciente—. Y el aula ya tiene uno.

Bufé, resignada a mi destino.

—Está bien, está bien. A partir de mañana, la guitarra viene conmigo.

—Eso es lo que queríamos escuchar —dijo Akari con satisfacción.

La primera clase de música aún no había comenzado, pero ya estaba claro que este año iba a ser diferente.

Los que el año pasado habían sido un grupo un poco apartado, los que ahora éramos el centro de demasiadas miradas. Irohanabi estaba en boca de todos, y yo, aparentemente, estaba condenada a cargar con mi guitarra todos los días como si fuera una extremidad más.

Cuando llegó el profesor, la clase se volvió un descontrol musical en cuestión de segundos.

Ni siquiera fue intencional, simplemente pasó.

El hombre apenas cruzó la puerta cuando ya había un tambor resonando en el fondo del aula (cortesía de Souta, que decidió que las baquetas en sus manos no podían seguir sin golpear algo). Akari, sin ningún tipo de vergüenza, empezó a tararear una melodía inventada mientras Ryota y Haruto improvisaban acordes sueltos. Hinata marcaba el ritmo con palmadas sobre el escritorio, como si eso sirviera de algo, y Kenta, viendo el caos, simplemente se sentó en el banco del piano con una sonrisa paciente, esperando que la tormenta pasara.

Yo, por mi parte, suspiré y me levanté de mi asiento.

—Voy a necesitar un reemplazo para hoy —murmuré, caminando hacia las guitarras acústicas que estaban apoyadas contra la pared.

Tomé una de las guitarras y probé las cuerdas con un rasgueo rápido, ajustando la afinación mientras a mi alrededor la locura seguía escalando. Miyu estaba haciendo trinos con su flauta como si estuviera llamando a los dioses, Nao había tomado su violín y ya estaba probando escalas con la precisión de quien no tolera el más mínimo error, y Kaede… Kaede simplemente me miró con desaprobación antes de levantar su propia guitarra y comenzar a tocar con la misma eficiencia meticulosa de siempre. Shiori tenia una pandereta con la que acompañaba el ritmo de Hinata, masomenos.

El profesor, que claramente estaba acostumbrado a este nivel de caos, se apoyó contra el escritorio y nos observó con la paciencia de un santo.

—Así que esto es lo que tengo que soportar este año —dijo con un suspiro.

—Profesor, no lo piense como soportar —intervino Akari, con su sonrisa más encantadora—. Piénselo como vivir una experiencia musical completa.

El profesor le lanzó una mirada aburrida antes de girarse hacia mí.

—Carter, ¿vas a tocar algo o solo estás buscando un arma para defenderte de tus compañeros?

—Ambas —respondí, antes de rasguear un acorde mayor con la guitarra acústica.

El sonido se expandió en el aula, y de inmediato, el desastre encontró algo de forma.

Kaede siguió mi ritmo sin esfuerzo. Haruto entró con el bajo sin necesidad de que nadie le dijera nada. Ryota se sumó con unos arpegios suaves, y antes de que nos diéramos cuenta, Souta ya estaba marcando un ritmo estable con las baquetas contra el pupitre.

Akari fue la primera en reconocer la melodía.

—¡Oh, esto me gusta!

No tenía idea de qué estábamos tocando. Solo había dejado que mis dedos se movieran por el diapasón, guiándome por lo que sonaba bien en el momento. Pero de alguna forma, eso bastó para que la clase entera se acoplara.

El profesor, con los brazos cruzados, nos observó durante unos segundos más antes de soltar un leve resoplido.

—Bien. Ya que claramente tienen energía de sobra, quiero ver si pueden seguir así cuando les ponga algo de verdad.

Y con esa frase, el descontrol musical se convirtió oficialmente en el primer desafío del año.

Kougami

El gimnasio estaba casi vacío a esta hora. La mayoría de los estudiantes prefería relajarse después de las primeras clases del semestre, pero para mí, este era el mejor momento del día. Cambié mi uniforme por la ropa de entrenamiento y me vendé las manos con la rutina automática de siempre. Me aseguré de que la cinta quedara firme sobre mis nudillos antes de probar la tensión con un par de golpes rápidos al aire. Satisfecho, me dirigí hacia el tatami.

El silencio del gimnasio era cómodo, interrumpido solo por el sonido sordo de mis golpes contra el saco. Ritmo controlado, precisión, fuerza. Mis músculos respondían con la facilidad de quien lleva años haciendo esto, cada movimiento calculado sin necesidad de pensarlo demasiado. La familiaridad del entrenamiento me permitía vaciar la mente, dejar de lado las distracciones innecesarias.

Por eso, cuando escuché la puerta abrirse y cerrarse, supe inmediatamente que mi tranquilidad estaba por terminar.

No necesité girarme para confirmarlo. Sus pasos eran ligeros, pero inconfundibles. Se movía con la misma despreocupación de siempre, como si la idea de irrumpir en mi entrenamiento no tuviera absolutamente nada de extraño.

Me detuve y me giré para encontrarme con su expresión determinada, con las manos en la cintura y esa mirada que siempre anunciaba problemas.

—¿Vas a quedarte parado o vamos a entrenar? —preguntó, con una sonrisa que rozaba lo desafiante.

Suspiré, pasándome una mano por la nuca.

—Pensé que hoy ibas a tomarte un respiro después del caos de la primera clase.

—Me aburro si no hago algo útil —respondió con simpleza, ya caminando hacia el tatami.

Me reí por lo bajo, sin sorprenderme en lo más mínimo. Alice no sabía quedarse quieta. Después de todo, habíamos pasado las vacaciones enteras entrenando en este mismo gimnasio. Para ella, la pelea aún era un desastre en términos de técnica, pero había mejorado. Mucho. Al menos ahora no se lanzaba de cabeza contra alguien sin pensar, y eso ya era un avance.

Me coloqué en posición mientras ella hacía lo mismo frente a mí, sacudiendo un poco los brazos como si con eso pudiera sacarse la tensión del cuerpo.

—Vamos a ver qué aprendiste—dije, flexionando las rodillas levemente.

—Lo suficiente para que no vuelvas a tirarme al suelo en menos de diez segundos —replicó con una sonrisa confiada.

Rodé los ojos y lancé el primer ataque.

Alice esquivó con rapidez, moviéndose con esa agilidad innata que siempre la había hecho destacar en otras disciplinas. Pero no lo suficientemente rápido. Mi pierna barrida atrapó su tobillo y la hizo perder el equilibrio. No cayó, pero tuvo que dar un paso atrás para estabilizarse.

—Ocho segundos —comenté con diversión.

Alice me fulminó con la mirada antes de lanzarse hacia adelante con un golpe directo. Lo bloqueé con facilidad, atrapando su muñeca antes de que pudiera retractarse y girándola con firmeza para hacer que perdiera el balance otra vez. Esta vez, sin embargo, ella reaccionó a tiempo y logró liberarse.

—Eso estuvo mejor —admití, soltándola.

—Lo sé —respondió con una sonrisa satisfecha.

Seguimos intercambiando golpes y defensas por un rato, sin palabras innecesarias. Ya no tenía problemas en corregirla físicamente cuando hacía algo mal. Al principio, fue complicado. Alice me gustaba demasiado, y tenerla tan cerca mientras entrenábamos había sido un problema real. Cada roce accidental, cada vez que su respiración se mezclaba con la mía en medio de un enfrentamiento, había sido una prueba de paciencia. Pero con el tiempo, me acostumbré.

Ahora, corregirla era parte del proceso. Incluso si eso significaba golpearla cuando era necesario. Ella no tenía problemas con eso, aprendía con rapidez, encajando cada golpe como una señal de que estaba mejorando. No era frágil. Nunca lo había sido.

Pero hoy, después de unos minutos, decidí cambiar el tema.

—Pensé que estarías intentando explicarle a Gino por qué le ocultaste la mitad de tu vida —dije, lanzándole un golpe ligero que bloqueó con dificultad.

Alice parpadeó, sorprendida por el comentario, antes de responder con sarcasmo.

—No sabía que te preocupaba tanto el bienestar de mi relación con Gino.

Aproveché su distracción para atraparla por la muñeca y girarla con rapidez, empujándola contra el tatami sin demasiada fuerza. Su espalda golpeó la lona con un sonido seco, y me incliné sobre ella sin soltar su brazo.

—Es mi amigo —dije, con un tono firme— Así que sí, me preocupa.

Alice me miró con los ojos entrecerrados, su respiración acelerada por el esfuerzo del combate más que por otra cosa.

—No lo oculté con mala intención —dijo finalmente.

—Eso no significa que no lo hicieras.

Solté su muñeca y me aparté, dejándola incorporarse con un leve gruñido de frustración.

—No quería lidiar con su reacción —admitió, sacudiéndose el polvo de la ropa.

—¿Y cómo crees que se siente ahora que lo sabe?

Alice suspiró y me miró con una mezcla de fastidio y resignación.

—Probablemente como si quisiera golpearme.

Sonreí.

—Tal vez deberías dejar que lo haga.

Alice rió por lo bajo y negó con la cabeza antes de volver a ponerse en posición.

—Si lo dejo, lo hará con demasiada emoción.

Volví a levantar las manos, listo para seguir con el entrenamiento.

—Tal vez te lo mereces.

Alice sonrió con diversión, pero no negó nada.

Y con eso, seguimos peleando.

Ginoza

Salía de la biblioteca cuando Alice me encontró.

No fue algo planeado. Simplemente apareció de la nada, con la misma facilidad con la que entraba y salía de conversaciones sin pedir permiso. Su cabello estaba húmedo, lo que me hizo fruncir el ceño antes de que pudiera procesar cualquier otro detalle.

—¿Por qué tienes el cabello así?

No le pregunté qué hacía aquí o si estaba buscándome. Solo me enfoqué en ese pequeño detalle que no encajaba.

Alice parpadeó, como si la pregunta le pareciera extraña.

—Estuve entrenando en el gimnasio.

Mi ceño se frunció más.

—¿Entrenando?

—Sí, Pelea.

Pausa.

—¿Con Kougami?

Otra pausa. No necesitaba decirme más. Otro asunto del que no tenía idea.

Alice se cruzó de brazos y me miró con una expresión que no tenía el más mínimo rastro de culpa, lo que solo logró irritarme más.

—Sé que tenemos que hablar —dijo con calma— Así que aquí estoy. Pregunta lo que quieras.

Exhalé lentamente. No sabía si quería hacer esto aquí, en medio del pasillo, pero Alice claramente no estaba interesada en postergarlo.

—Irohanabi —solté, sin rodeos— No planeabas decírmelo, ¿verdad?

Alice suspiró, como si ya hubiera anticipado esa pregunta.

—No es que no quisiera decírtelo. Es que después del caos de Shelter 440, no sabía si valía la pena hacerlo. Es un proyecto que apenas está comenzando, no sé cómo va a progresar.

—Eso no cambia el hecho de que me lo ocultaste.

—No quería preocuparte —admitió, sin titubear— Pensé que no tenía sentido decirte algo que aún no es seguro.

Apreté la mandíbula.

—No me gustan los chicos del grupo de artes.

Alice levantó una ceja.

—Lo sé. Pero son mis compañeros por todo este año. Y nos llevamos bien. Artísticamente, al menos.

No respondí. No porque no tuviera qué decir, sino porque sabía que Alice tenía razón. Esos idiotas eran su grupo ahora. No importaba cuánto me molestara.

—Sé que puede ser riesgoso —continuó— Pero quiero tomar el riesgo de intentar construir algo. Después de todo, quiero ser artista. Lo que pasó con el video en 2channel fue solo un chispazo inicial, pero podría salir mal más adelante. La banda no es algo seguro.

Ese no el único problema

—No es solo la banda, Alice.

Su expresión se tornó más cautelosa.

—¿A qué te refieres?

La miré directamente, observando su reacción mientras hablaba.

—Sé que trabajaste en la tienda de la madre de Kougami todo este tiempo.

Por primera vez, Alice pareció sorprendida.

—Oh. Eso.

—Sí, eso.

Alice suspiró, cruzándose de brazos con un aire de exasperación.

—Estás agrandando la situación, Nobu.

—¿Lo estoy?

—Sí. Tomoyo es una mujer muy dedicada y trabajadora. Desde que la conocí, sentí que tenía que ayudar un poco.

No respondí de inmediato. Algo en mi cabeza comenzaba a encajar, pero todavía faltaban piezas.

—¿Cómo la conociste?

Alice ladeó la cabeza, como si la pregunta le pareciera extraña.

—En las vacaciones de mitad de año, el año pasado. Kougami me llevó a su casa para que la conociera. Como amigos.

Ah. Las piezas hicieron clic en ese momento.

En ese momento ella podía hacer lo que quisiera. No había lugar para reclamos.

Pero Alice no entendía lo que significaba en la cultura japonesa llevar a alguien a casa para que la conocieran, no se hacía con cualquiera. Significaba que las cosas iban en serio.

Me quedé en silencio por un momento, procesando lo que acababa de descubrir.

Si Kougami la llevó a conocer a su madre, ¿por qué no avanzó con Alice después?

Después de esas vacaciones, poco tiempo después, Alice y yo comenzamos a salir en serio.

Entonces…

¿Por qué demonios Kougami haría algo así si luego no hizo nada?

Kougami

El gimnasio estaba en silencio, salvo por el sonido de mis golpes contra el saco de arena. Ritmo controlado, respiración estable. Era un ejercicio repetitivo, mecánico, pero eso era precisamente lo que me gustaba. No tenía que pensar, no tenía que analizar nada más allá de la distancia entre mis puños y el objetivo. Cada golpe era una pausa en mi cabeza, una interrupción en la maraña de pensamientos que últimamente se volvían demasiado ruidosos.

Escuché pasos acercándose.

No tuve que girarme para saber quién era. La cadencia ligera, la forma en que el sonido era más ágil que firme, me dijo todo lo que necesitaba saber.

—¿Otra vez vienes a acosarme al gimnasio, Alice? —pregunté, sin dejar de lanzar golpes.

No hubo respuesta inmediata y fue suficiente para hacerme girar.

Y ahí estaba Gino, mirándome con la mandíbula tensa y los brazos cruzados, con una expresión que dejaba en claro que no estaba de humor para bromas.

Ah.

—Eres menos divertido de lo que esperaba —murmuré, sin perder el ritmo mientras volvía a mi entrenamiento.

No me molesté en preguntarle qué hacía aquí. Estaba claro que había venido con un propósito.

—¿Por qué llevaste a Alice a conocer a tu madre? —soltó sin rodeos.

Suspiré, lanzando un último golpe antes de detenerme. Esa pregunta no me la esperaba, pero no lo iba a demostrar.

—¿Eso es lo que te tiene tan tenso?

Gino no reaccionó a la provocación.

—Responde.

Me quité las vendas de las manos con calma, sin apurarme, sin darle la satisfacción de hacerle creer que esta conversación era urgente para mí.

—Porque en ese momento, pensé que íbamos a terminar juntos en algún momento.

No me molesté en suavizarlo, porque no había razón para hacerlo.

Él se mantuvo impasible, pero sus dedos se crisparon apenas contra sus brazos.

—Pero no pasó.

—No.

—¿Por qué?

Esta vez, levanté la vista y lo miré directamente.

—Porque decidí esperar.

Su expresión no cambió de inmediato, pero vi el momento exacto en que las palabras empezaron a asentarse en su cabeza.

—Esperar, ¿qué?

Me incliné contra la pared, sintiendo la frialdad del concreto en la espalda.

—La compatibilidad neuronal.

Gino parpadeó, como si la respuesta no fuera lo que esperaba.

—¿Eso lo decidiste antes o después de llevarla con tu madre?

Sonreí apenas.

—Desde antes.

Él exhaló con frustración y desvió la mirada, como si intentara encontrar un ángulo lógico a todo esto.

—Y asumiste que Alice esperaría también.

No era una pregunta.

—Sí.

—Pero ella no espero.

—Exacto.

Ginoza se quedó en silencio por un momento.

—Entonces, ¿por qué sigues esperando?

Le sostuve la mirada.

—Porque no creo que Alice sepa lo que quiere.

Ginoza se rió, pero sin diversión.

—Qué arrogante de tu parte pensar eso.

—Tal vez.

No era la primera vez que alguien me decía algo así. Pero lo que Ginoza no entendía—o no quería entender—era que Alice es una persona que actúa por impulso.

Ella vive en el presente y no piensa en lo que viene después.

—Así que solo estás esperando —dijo Ginoza, con una rigidez en la voz que delataba su irritación contenida.

—Sí.

—¿Y si cuando llegue el momento, ella todavía está conmigo?

Esta vez, sonreí con algo de diversión.

—Entonces, no haré nada.

Ginoza no dijo nada por varios segundos. Me sostuvo la mirada, con esa intensidad suya que siempre usa cuando está procesando algo que no le gusta. Aún tenía los brazos cruzados, pero su postura ya no era tan rígida como antes. Sabía que estaba tratando de encontrar una respuesta que pudiera cerrarme la boca, algo que hiciera que mi argumento se desmoronara. Pero no lo había, porque era la verdad, él también lo sabía.

Exhaló con un gesto lento, bajando la mirada solo por un instante antes de volver a mí con la misma dureza.

—Entonces, ¿Vamos a seguir con esta dinámica de mierda hasta que sea el momento? —preguntó con voz tensa.

Me pasé una mano por la nuca, pensando en qué decirle para que esto no terminara de la peor manera. No quería pelear con él, ni provocarlo.

—Gino, esto no tiene que ser un problema entre nosotros —dije con más seriedad, dejando de lado cualquier atisbo de burla.

Me miró con incredulidad, soltando una risa seca.

—¿Cómo no va a ser un problema? Me acabas de decir que solo estás esperando a que mi novia me deje.

—No dije eso.

—Pero lo pensaste.

No lo negué. Porque, en el fondo, sí, lo había pensado, pero no porque quisiera que Alice y él terminaran, sino porque… sabía que lo harían. No hoy, no mañana, tal vez en meses o en años.

Me enderecé y di un paso hacia él, manteniendo la calma.

—No estoy esperando que Alice te deje —dije, midiendo mis palabras— Estoy esperando a ver qué elige ella cuando llegue el momento. Eso es todo.

Ginoza apretó la mandíbula con frustración.

—Eso es lo mismo.

—No lo es.

—Para mí sí —soltó con una frialdad calculada.

Cruzamos miradas por un segundo más. No era la primera vez que discutíamos, ni la primera vez que algo relacionado con Alice se interponía entre nosotros, pero si no manejaba esto bien, sí podía ser la última.

Respiré hondo, manteniendo mi tono neutro.

—Gino, escúchame. No quiero que esto termine jodiendo lo que tenemos. Si te soy honesto sobre esto, es porque eres mi amigo. No porque quiero verte como un enemigo.

Sus cejas se fruncieron, con un destello de duda en su expresión.

—¿Y se supone que tengo que estar agradecido por tu sinceridad? —preguntó con sarcasmo.

—No. Pero tienes que decidir qué vas a hacer con ella —repliqué con calma—. Porque, al final del día, no soy yo quien define nada de esto. Es Alice. Y si confías en lo que tienen, si crees que esto es lo que ella quiere… entonces no tienes por qué preocuparte.

Me observó con una intensidad que casi me hizo reír. Tenía esa maldita manía de intentar leer entre líneas, de buscar la trampa oculta en cada palabra, como si no pudiera simplemente aceptar una verdad sin diseccionarla hasta que perdiera el sentido.

Pero esta vez, no había trampa.

Lo dejé procesarlo. Sabía que no iba a aceptar nada de inmediato, que esta conversación iba a seguir dándole vueltas en la cabeza durante días. Pero al menos, ya estaba sobre la mesa.

Soltó un suspiro pesado y sacudió la cabeza, visiblemente irritado.

—Eres un bastardo.

Sonreí levemente.

—Lo sé.

Por primera vez desde que entró al gimnasio, sus hombros parecieron relajarse. Seguía molesto, seguía frustrado, pero ya no estaba listo para partirme la cara. Un avance.

—Voy a ver qué hace Alice —murmuró finalmente.

Lo dejé irse sin decir más. Porque no necesitaba agregar nada. Porque en el fondo, Ginoza ya tenía claro lo que iba a pasar, aunque no quisiera admitirlo.

Y yo, por mi parte, solo podía seguir esperando.

Alice

Ese día llevé la guitarra.

No era una sorpresa para nadie después del escándalo del día anterior, pero, cuando entré al aula de música con el estuche colgado al hombro, Akari lanzó un exagerado grito de victoria y se abalanzó sobre mí como si hubiera logrado domesticar a un animal salvaje.

—¡LO LOGRAMOS, CHICOS! —exclamó con dramatismo, girándose hacia el grupo como si fuera la líder de una secta— ¡ALICE FINALMENTE TRAJO SU GUITARRA!

—Akari, te juro que, si sigues gritando así, te voy a lanzar el estuche en la cara —respondí con calma, mientras me dirigía a mi asiento.

Kaede suspiró con paciencia infinita, como si ya estuviera acostumbrada a esta clase de espectáculo. Souta y Haruto solo intercambiaron miradas con la resignación de quienes sabían que esto era inevitable. Miyu, por otro lado, sonrió dulcemente, disfrutando del caos sin participar demasiado en él.

Pero la verdad es que Akari tenía razón en algo: finalmente íbamos a tocar como se debía.

El profesor nos dio libertad para improvisar, así que cuando comenzamos a tocar, todo fluyó con naturalidad. No había la tensión del día anterior, no había quejas ni disculpas por la falta de instrumentos. La Gibson se sentía perfecta en mis manos, cada nota salía con la precisión que me hacía sentir en casa, y Akari, feliz de la vida, cantaba como si el universo estuviera alineado en su favor.

Por un momento, todo era música.

Hasta que llegó la clase de danza. Ahí todo se fue al demonio.

No debería haberme sorprendido, aun así, al ver cómo el caos se desataba en el estudio, me pregunté en qué momento pensé que este grupo de personas tenía algún tipo de coordinación.

Akari, para empezar, era un desastre absoluto. Improvisaba demasiado, moviéndose con la energía de quien está convencida de que puede bailar sin reglas ni límites, ignorando por completo que la coreografía existía por una razón. Cada vez que intentábamos sincronizarnos, ella terminaba haciendo algo completamente distinto, sin el más mínimo intento de corregirse.

Kaede y Miyu, en cambio, eran lo opuesto. Movimientos calculados, delicadeza absoluta, precisión extrema. Pero eran tan cuidadosas que a veces parecían dudar en cada paso, como si estuvieran más preocupadas por la estética que por la fluidez.

Nao y Hinata… bueno, si alguien les hubiera atado baldes de concreto a los pies, no habría diferencia alguna. Se movían con torpeza evidente, sus intentos por seguir el ritmo eran un constante tropiezo, y en más de una ocasión casi se llevaron a alguien por delante.

Y los chicos…

Dios. Los chicos eran un desastre en estado puro.

Haruto parecía estar sufriendo físicamente con cada paso, como si el simple hecho de mover los pies con coordinación fuera en contra de su programación interna. Souta intentaba seguir el ritmo, pero su estilo era más de alguien que estaba escapando de una situación incómoda que de un bailarín. Kenta, Ryota… todos en su propio nivel de ineptitud, contribuyendo al desastre colectivo de la peor forma posible.

Yo, por mi parte, hacía lo que mejor sabía hacer: seguir la coreografía sin errores. Si había algo que podía hacer sin pensar demasiado, era esto. Mi cuerpo reaccionaba automáticamente a los movimientos ensayados, mis pies encontraban el ritmo sin esfuerzo. Pero era evidente que no podía salvar esta clase por completo.

Cuando finalmente terminó la sesión, el profesor nos miró con la resignación de un hombre que había visto suficiente desastre en su vida y decidió no hacer comentarios.

—Bien… intentaremos mejorar esto la próxima clase —fue lo único que dijo antes de dejarnos ir. Nadie tuvo energía para responder.

Después de clases, Irohanabi se reunió en un aula vacía. También estaba Shiori, que había decidido sumarse para ayudarnos a organizar el desastre que llamábamos una banda en formación.

—Bueno, señores —dijo Souta, apoyando los codos en la mesa con una expresión seria—. Si queremos hacer esto en serio, necesitamos un plan.

—Oh, un plan, qué profesional —comenté, acomodándome en mi asiento.

Souta ignoró mi sarcasmo y continuó.

—Mi idea es que podamos presentarnos en los festivales de verano durante las vacaciones. Hay un montón de eventos en los que podríamos participar, pero para eso, necesitamos estar preparados.

Akari aplaudió emocionada.

—¡Sí! ¡Festivales de verano! ¡El escenario, la multitud, la Mitsuya Cider fluyendo como el agua!

—Siempre con lo importante —murmuró Kaede con una leve sonrisa.

—Eso significa que necesitamos más canciones —continuó Souta—. Solo con Funkasista no vamos a sobrevivir. Una canción original y un cover están bien para empezar, pero si queremos tomarnos esto en serio, necesitamos suficiente material para llenar un set completo.

Todos asintieron, pero entonces sus miradas se dirigieron lentamente hacia mí.

—Alice —dijo Akari con una sonrisa que no presagiaba nada bueno— Necesitamos que compongas más.

Suspiré.

—Sabía que esto iba a pasar.

Haruto sonrió apenas.

—Bueno, eres la única compositora del grupo, así que…

—No es como si no pudieran intentar escribir algo ustedes —murmuré, cruzándome de brazos.

Souta se rió.

—Por favor, no compares tu talento con el nuestro. No queremos que nuestra banda se hunda antes de empezar.

Resoplé, pero no discutí. Sabía que tenían razón.

—Entonces, ¿qué necesitas para componer algo nuevo? —preguntó Kaede, con su tono práctico de siempre.

Me quedé en silencio por un momento, considerando la pregunta.

—Tiempo —respondí finalmente—Y paciencia.

Shiori tomó nota en su terminal con la misma eficiencia de siempre.

—Perfecto. Tenemos varias semanas antes de que empiecen las audiciones para los festivales de verano. Eso significa que deberíamos establecer un ritmo de ensayos y composición desde ahora.

—¿Eso significa que oficialmente nos estamos tomando esto en serio? —preguntó Akari con emoción.

Souta sonrió.

—Eso significa que oficialmente nos estamos tomando esto en serio.

Sentí cómo una pequeña chispa de emoción se encendía en mi pecho.

Nao Himura

La sala de danza estaba en silencio después de que todos se fueron. No era un silencio absoluto, todavía se escuchaban pasos en el pasillo, voces lejanas de otros estudiantes, pero dentro del estudio, con sus espejos reflejándonos a las dos, la sensación era de aislamiento. No había ruido externo que pudiera ahogar la incomodidad que flotaba entre nosotras.

Miyu y yo no habíamos estado a solas desde esa noche en Shelter 440. Desde que nos besamos. Desde que lo único que existía era la música, la euforia del concierto y la certeza de que ese momento era nuestro, de que no había nadie que pudiera mirarnos y juzgarnos, de que estábamos protegidas por la oscuridad, las luces de neón y el estruendo de la banda en vivo.

Pero después de eso… nada.

Ni una conversación. Ni una mención al tema. Solo nos habíamos movido alrededor de la situación con la precisión de dos bailarinas esquivando un obstáculo en la coreografía. Pero ahora, no había música. No había gente alrededor. Solo Miyu y yo.

Ella me miró con esos ojos suyos, siempre serenos, siempre con esa dulzura que no parecía forzada, pero que ahora se sentían demasiado calculados. Como si ya hubiera tomado una decisión antes de que yo pudiera decir cualquier cosa.

—Es mejor que dejemos lo que pasó esa noche en esa noche —dijo finalmente, con un tono suave, pero definitivo.

Parpadeé. No porque no lo hubiera anticipado, sino porque la seguridad con la que lo dijo me dejó sin reacción inmediata.

—¿Por qué? —pregunté, aunque ya sabía la respuesta.

Miyu suspiró y apartó la mirada por un momento, como si necesitara reorganizar sus pensamientos antes de continuar.

—Es el anteúltimo año, Nao. Tenemos que empezar a prepararnos para la aptitud laboral del próximo año. No podemos distraernos con esto.

Esto.

No lo llamó lo que sentimos, ni lo que pasó entre nosotras, ni siquiera ese beso. Solo esto, como si fuera algo menor, algo que podía encapsularse en una palabra y empujarse a un rincón de la memoria sin mayor esfuerzo.

Apreté los labios y crucé los brazos, sin desviar la mirada de ella.

—El grupo lo aceptaría. Lo festejarían, incluso.

Miyu rió por lo bajo, con esa risa suya que nunca era burlona, pero que igual tenía un matiz de tristeza en esta ocasión.

—Lo sé. No es por ellos.

—Entonces, ¿por qué?

Miyu levantó la cabeza y me miró directamente, y por primera vez, vi en su expresión algo que rara vez mostraba: miedo.

—Porque es mejor esperar a ser adultas para encarar algo así —dijo, sin titubear.

Entendí lo que quería decir. No era miedo a que los demás supieran. No era miedo a que el grupo de artes lo tomara mal. Era miedo al lugar en el que estábamos. A Nitto. A lo que significaba ser diferente en un entorno donde todo parecía perfectamente calculado, donde no había espacio para desviaciones del camino establecido.

Porque, aunque Sibyl aceptaba la homosexualidad, Nitto no era Sibyl.

Y Miyu sabía, igual que yo, que, en esta academia, todo lo que se salía del molde era observado con lupa.

No respondí de inmediato. No porque no tuviera qué decir, sino porque sentí la presión de sus palabras acomodándose sobre mi pecho como una piedra. Porque no podía decirle que estaba equivocada. Porque no podía forzarla a algo para lo que no estaba lista.

Pero aun así, la pregunta salió de mis labios antes de que pudiera detenerla.

—¿Y si Sibyl nos dice que somos compatibles?

Miyu pestañeó. No esperaba que dijera eso.

El silencio entre nosotras se alargó. Por primera vez en todo este tiempo, vi que ella no tenía una respuesta inmediata, que no había ensayado lo que venía después de este punto.

Y eso, más que todo lo demás, me dio una pequeña chispa de esperanza.

Porque eso significaba que, en el fondo, ella también lo había pensado.

Alice

Cuando la reunión de Irohanabi terminó, decidí buscar a Nobuchika en la biblioteca. No tenía un plan en mente, más allá de estar con él. Tal vez podríamos ir al restaurante de hot pot de siempre, tal vez sushi, o simplemente volver a la mansión Carter y cenar algo allí. No importaba realmente el lugar. Solo quería estar con él.

Cuando llegué, lo encontré en su mesa habitual, con libros abiertos y su terminal encendida, pero no parecía realmente concentrado en lo que estaba haciendo. Levantó la vista en cuanto me vio, y lo primero que noté fue la forma en que su expresión cambió. No como cuando alguien se sorprende, sino como cuando alguien ya estaba esperando una presencia y solo está confirmando su llegada.

—Alice —dijo con una suavidad extraña, demasiado ensayada.

—Nobu —respondí con naturalidad, sentándome a su lado sin pedir permiso.

Cerró el libro que tenía frente a él con una lentitud deliberada, como si quisiera asegurarse de que notara su gesto. Luego, sin apartar la vista de mí, alzó una mano y acomodó un mechón de mi cabello detrás de mí oreja.

Me gustó. Siempre me gustaba cuando hacía cosas como esa, cuando se tomaba libertades pequeñas pero significativas, como si pudiera hacerlas sin pensar demasiado. Pero esta vez… algo no cuadraba.

Era demasiado complaciente. Demasiado… intencional.

Nobu no era una persona fría conmigo, pero tampoco solía esforzarse tanto en la cercanía física. Y ahora, de repente, parecía estar buscando contacto con una delicadeza que se sentía casi forzada.

—¿Cómo estuvo la reunión? —preguntó, inclinándose ligeramente hacia mí, acortando la distancia más de lo normal.

Entreabrí los labios, analizando su rostro.

—Bien. Souta quiere que toquemos en los festivales de verano, pero para eso tengo que componer más.

—Eso no será un problema para ti —murmuró, con un tono que me desconcertó.

No era la respuesta que esperaba. Normalmente, me debatía todo, cuestionaba, encontraba algún ángulo pragmático que yo no había considerado. Pero hoy, solo estaba… aceptando.

Fruncí ligeramente el ceño y apoyé el mentón en mi mano.

—¿Quieres ir a cenar? —pregunté sin rodeos, mirándolo con detenimiento.

Su mandíbula se tensó apenas por un segundo antes de sonreírme.

—Sí, claro. Donde quieras.

Me quedé en silencio. Algo en su tono me hizo sentir que estaba dándome la respuesta que creía que yo quería escuchar.

—Hot pot, entonces.

—Perfecto.

Pero no se levantó de inmediato. En cambio, se inclinó un poco más, apoyando un brazo en el respaldo de mi silla, como si estuviera buscando acortar aún más la distancia. Su mano se deslizó hasta mi rodilla, un gesto pequeño pero inusual en él.

Mis ojos se entrecerraron.

—Nobu, ¿qué estás haciendo?

Se detuvo por una fracción de segundo antes de responder.

—Nada.

—No. Estás raro.

Su expresión no cambió, pero noté el leve movimiento en su garganta cuando tragó saliva.

—¿Raro cómo?

—Como si estuvieras… demasiado de acuerdo con todo. Como si estuvieras esforzándote por estar cerca de mí.

Su mano permaneció donde estaba, pero ya no se sentía tan natural.

—¿Eso es algo malo?

—No —respondí sin dudarlo—, pero no es típico de ti.

La tensión en sus hombros aumentó apenas.

—¿No puedo simplemente querer estar cerca de mi novia?

Lo miré fijamente.

—Claro que puedes. Pero no es eso, y lo sabes.

No me aparté. No retiré su mano, ni rompí el contacto visual. Solo esperé.

Nobu nunca hablaba de más. Nunca actuaba sin una razón.

Y lo que estaba haciendo ahora… tenía un motivo.

—¿Qué pasó? —pregunté con suavidad.

Por primera vez en toda la conversación, desvió la mirada.

Y supe que había algo que no me estaba diciendo.

Ginoza

Le di un beso en la frente antes de que pudiera seguir interrogándome. Fue un gesto calculado, suficiente para distraerla sin que pareciera que la estaba evadiendo, suficiente para que bajara la guardia, aunque fuera por un momento. No insistió. Sabía que no lo haría. Solo me miró con los ojos entrecerrados, como si estuviera debatiendo internamente si debía presionarme más o simplemente dejarlo pasar.

—Vamos —le dije, tomándola de la muñeca con suavidad, guiándola fuera de la biblioteca

— Dijiste que querías hot pot.

Alice no se resistió, pero su mirada se quedó fija en mí por un segundo más antes de asentir y caminar a mi lado.

El restaurante estaba casi vacío cuando llegamos, lo cual era perfecto. No tenía ganas de lidiar con demasiada gente ni de preocuparme por quién podía estar observándonos. Nos sentamos en nuestra mesa habitual y, sin siquiera mirarme, Alice tomó el menú y, como siempre, ignoró por completo todo lo que tuviera picante.

—No lo voy a pedir —dije antes de que pudiera decir algo.

Levantó la vista con una sonrisa satisfecha.

—Aprendes rápido.

La vi marcar las opciones con la misma indiferencia de siempre. Le gustaba el caldo suave, con carne de res y verduras, y nunca se molestaba en intentar innovar. Yo también pedí lo mío sin demasiado esfuerzo. Ni siquiera la molesté con las reglas del hot pot, como hacía a veces, cuando insistía en que tenía que seguir cierto orden, que había una manera correcta de hacerlo. Hoy no tenía energía para eso.

Cuando la mesera llegó, Alice pidió Mitsuya Cider sin la más mínima vergüenza, y aunque por costumbre mi primera reacción fue quejarme, me quedé en silencio.

Lo notó. No dijo nada al respecto, pero lo notó.

Dejó el menú a un lado y se reclinó en su asiento, mirándome con algo parecido a la paciencia. No era un silencio incómodo, pero tampoco era completamente relajado.

Ella no habló del grupo de artes, lo que me pareció… curioso. No porque esperara que me diera un reporte de su nueva vida, sino porque Alice no solía evitar temas. Y, sin embargo, esta vez, se quedó en su zona de confort, hablándome sobre cosas triviales, sobre la rutina del día, sobre la clase de música y la de danza, pero sin mencionar a ninguno de esos diez.

Así que fui yo quien preguntó.

—¿Cómo van las cosas con el grupo?

Alice parpadeó, como si la pregunta la hubiera tomado por sorpresa.

—Bien —respondió con simpleza.

Esperé un poco más. No dijo nada más.

—¿Solo bien?

Suspiró, rodando los ojos.

—Sí. Nos estamos organizando, estamos ensayando. No hay un escándalo que reportar.

No me gustaba cómo lo dijo. No con fastidio, sino con un intento de cansancio anticipado. Como si ya estuviera esperando que le discutiera algo.

—Solo estoy preguntando —dije, con un tono deliberadamente neutro— No significa que me caigan bien, pero tampoco quiero aislarme completamente de lo que haces.

Alice me estudió por un momento.

Luego dejó sus palillos sobre la mesa con una lentitud irritante y apoyó la barbilla en su mano.

—¿Qué está pasando?

Podría haber evadido la pregunta. Podría haber cambiado de tema. Pero ella me miraba con esa insistencia que no aceptaba juegos, con esa certeza de que algo estaba fuera de lugar, y supe que, si intentaba esquivar la conversación otra vez, no lo iba a dejar pasar.

—Hablé con Kougami —dije finalmente.

Alice no reaccionó de inmediato. Parpadeó una vez, y luego entrecerró los ojos levemente, evaluándome.

—¿Sobre qué?

—Sobre el hecho de que estuvo esperando todo este tiempo.

Ella inclinó la cabeza apenas.

—¿Y qué?

Esa respuesta me irritó más de lo que debería.

—Alice.

Suspiró y se enderezó, cruzándose de brazos.

—Lo que pasa con Kougami no tiene nada que ver con nosotros. No me voy a alejar de ti solo porque Kougami piense hacer el examen de compatibilidad más adelante. No es como si nuestra relación tuviera fecha de expiración, y Kougami tomo una decisión.

Eso era lo que quería escuchar. Pero no era suficiente.

Alice me miró directamente, sin vacilaciones, con la misma seguridad desafiante de siempre, pero había algo diferente esta vez. No había provocación en su mirada, ni esa sonrisa de media luna que solía usar cuando me quería sacar de quicio. No, lo que había en sus ojos era certeza.

—Siempre estuve segura de lo que siento por ti, Nobuchika. Yo te amo.

Las palabras salieron de su boca sin dramatismo, sin rodeos. Como si fueran una verdad obvia, algo que no necesitaba ser probado ni cuestionado. Me quedé en silencio, porque no sabía qué responder. Porque sentí cómo mi pecho se apretaba con una mezcla de alivio y frustración al mismo tiempo.

—En realidad, fuiste tú quien estuvo lleno de dudas todos estos meses.

No lo dijo como un reproche, pero tampoco era una simple observación. Alice sabía lo que estaba haciendo.

Desvié la mirada por un instante, porque no podía contradecirla. Porque sabía que tenía razón.

—No es tan simple —respondí, apretando la mandíbula.

—Lo es —dijo sin dudar—. Porque si las cosas entre nosotros terminan, no va a ser por Kougami. Va a ser porque nosotros no podemos sostener esto.

Su tono era claro, inamovible. No había dudas en su voz. Y lo peor era que le creía.

Alice nunca me había mentido en este tipo de cosas. Podía ser terca, podía ser insoportable, podía desafiarme hasta el límite, pero jamás había jugado conmigo cuando se trataba de lo que sentía.

Ella sabía exactamente lo que quería y ahora me estaba dejando claro que la decisión era mía.

—Quiero algo en serio contigo, Nobuchika.

Mi respiración se volvió más lenta, como si mi propio cuerpo intentara procesar lo que acababa de escuchar. Alice me miraba con calma, con paciencia, con esa extraña combinación de ternura y desafío que solo ella podía manejar.

—Incluso casarme —continuó, y su tono cambió apenas, inclinándose hacia algo más travieso— Así puedes sacarme los vestidos por las noches sin quejarte tanto.

Mi mente regresó de inmediato al vestido esmeralda, a la discusión en el DIC, a la imagen de Alice con esa maldita tela abrazando su cuerpo de una manera que me había vuelto loco, a la rabia y la desesperación de esa noche, a la impotencia de verla en un lugar en el que nunca debió estar, sabiendo que no podía hacer nada para protegerla.

Alice notó el cambio en mi expresión y sonrió apenas. Sabía exactamente en qué estaba pensando.

—¿En qué piensas? —preguntó, como si no lo supiera.

No respondí, porque no podía decirle que, en ese momento, lo único en lo que podía pensar era en lo mucho que la deseaba y en lo mucho que la odiaba por tener tanto control sobre mí.

Alice suspiró y deslizó sus dedos entre los míos, entrelazando nuestras manos con una suavidad que contrastaba con la intensidad de lo que acababa de decir.

—Cuando llegue el momento, haremos lo que sea necesario —dijo con tranquilidad—. Pero no tienes que volverte loco ahora.

No respondí de inmediato. No porque no tuviera qué decir, sino porque no quería aceptar lo fácil que era dejarse convencer por ella.

Alice sonrió, satisfecha con mi silencio, y me apretó la mano con una certeza que me hizo entender que, aunque yo no lo tuviera claro aún, ella sí.

Y tal vez… tal vez eso era suficiente. Por ahora.

Cuando el terapeuta en la sesión de cuidado mental me recomendó que intentara aprender kendo, pensé que era una tontería. No lo dije en voz alta, pero la expresión en mi rostro seguramente lo delató. Nunca me había interesado particularmente en los deportes de combate con armas, y la idea de balancear una espada de bambú para canalizar mi estrés me parecía poco práctica. Pero el terapeuta insistió, asegurándome que tenía aptitudes, que la disciplina del kendo me ayudaría a estructurar mis pensamientos y, más importante aún, que podría mejorar mi tono.

No tenía nada que perder. Así que me inscribí en el club de kendo de la academia.

El primer día fue un desastre.

El dojo era un espacio amplio y pulcro, con el aroma tenue de la madera y la tela de los uniformes recién lavados. Todos los que estaban allí parecían haber practicado desde la infancia, sus movimientos eran precisos, seguros, como si el shinai fuera una extensión natural de sus cuerpos. Yo, en cambio, sentí que el mío pesaba el doble de lo que debería. El capitán del club, un estudiante de tercer año de porte impecable, me observó con la misma paciencia con la que se le enseña a un niño a caminar.

—Primero la postura —dijo, corrigiendo la forma en la que sujetaba el shinai—. Si tu base no es firme, tu ataque no servirá de nada.

Me pareció obvio, pero cuando intenté posicionarme correctamente, sentí que estaba forzando cada músculo de mi cuerpo.

Los primeros entrenamientos fueron frustrantes. El movimiento no era natural para mí, y mi tendencia a sobre analizar cada paso hacía que mi técnica fuera torpe. Me encontré a mí mismo cometiendo errores básicos que, en otro contexto, me habrían irritado hasta el punto de querer dejarlo. Pero había algo en la repetición, en el golpe controlado del shinai contra la armadura de mi oponente, en el kiai resonando en el aire, que lentamente comenzó a hacerme sentido.

Los días pasaron, y el kendo empezó a convertirse en una rutina.

Me acostumbré a las posiciones básicas, a la manera en que debía desplazarme sin perder estabilidad. Aprendí a respirar con cada golpe, a medir la distancia entre mi oponente y yo, a no apresurarme con un ataque que pudiera dejarme vulnerable. El capitán del club me corrigió cientos de veces, pero no me trató como alguien sin remedio. Dijo que tenía buena concentración, que mis movimientos eran rígidos, pero precisos, y que lo único que necesitaba era relajarme un poco más.

Relajarme. Eso siempre había sido un problema para mí.

Pero en el kendo no había espacio para pensamientos dispersos. No había margen para cuestionarme a mí mismo o para planear estrategias en exceso. Si me detenía a pensar demasiado, perdía. Si dudaba un segundo, mi oponente me golpeaba. Era un deporte de decisiones inmediatas, de reacción pura. Y, en algún punto, algo dentro de mí comenzó a adaptarse a ese ritmo.

Después de semanas de práctica, hubo un momento en el que, sin darme cuenta, mi cuerpo se movió antes de que mi mente pudiera cuestionarlo. Mi shinai encontró su objetivo con precisión, el golpe resonó con firmeza contra la armadura de mi compañero, y por primera vez desde que empecé, no me sentí como un principiante torpe.

Había algo en el sonido del impacto, en la sensación del peso del shinai equilibrándose en mis manos, que me hizo comprender por qué el terapeuta me lo recomendó.

No era solo el ejercicio físico, era aprender a reaccionar sin quedarme atrapado en mi cabeza, dejar de cuestionar cada movimiento y simplemente hacerlo.

Tal vez, solo tal vez, esto no era una tontería después de todo.

Kaede

Cuando decidí convertirme en la hermana mayor de Alice Carter—porque, de alguna manera, eso era lo que estaba haciendo—no imaginé que la cachorrita se me pegaría en casi todo.

Al principio, pensé que era solo dentro de la academia. Nos veíamos en clase, discutíamos sobre música, compartíamos ensayos con Irohanabi y de vez en cuando nos sentábamos juntas en el almuerzo. Pero no, Alice decidió que eso no era suficiente. Me buscaba fuera de Nitto.

La primera vez fue un mensaje a media tarde.

Alice: Kaede, te voy a mandar algo. No te rías.

Cinco segundos después, me llegó una imagen. Era un dibujo. Bueno, un intento de dibujo.

Un desastre de trazos rígidos y proporciones cuestionables que intentaba representar, según su propio mensaje siguiente, un gato sobre un amplificador.

Alice: Sé lo que estás pensando, pero el problema es la perspectiva.

Yo: El problema es que no parece un gato.

Alice: Maldita seas, Shiranagi.

Después de eso, los mensajes fueron más frecuentes. A veces eran fotos de nuevos intentos de dibujo (cada vez peores, aunque se negaba a aceptarlo), otras eran notas de voz donde me tarareaba melodías que se le habían ocurrido, o simplemente me preguntaba si cierta combinación de acordes tenía sentido. Como si yo fuera su filtro personal antes de decidir qué valía la pena desarrollar.

Un día, mientras yo caminaba de vuelta a casa, Alice me interceptó en la calle sin previo aviso, apareciendo a mi lado con la naturalidad de quien cree que las coincidencias no existen.

—Voy en esa dirección. —Ni siquiera preguntó si me molestaba su presencia.

—No sabes en qué dirección voy.

—No me importa.

Y así fue como terminamos caminando juntas hasta mi casa, hablando sobre todo y nada. Alice saltaba de un tema a otro con una facilidad absurda, como si no hubiera lógica en sus pensamientos, pero, de alguna manera, todo tenía sentido.

Luego, empezó a avisarme cuando componía algo.

No se lo muestres a nadie todavía, pero dime qué opinas.

Y, por alguna razón, yo era la primera en escucharlo.

La noche en que me di cuenta de que ya no había vuelta atrás, estábamos en un café. Un día cualquiera, sin razón especial, ella con su inevitable mocaccino con red velvet, yo con mi matcha latte.

La conversación fluía con normalidad, hablando sobre los ensayos, sobre cómo Souta y Akari discutían todo el tiempo sobre absolutamente nada, sobre cómo Ryota y Haruto parecían estar en otra frecuencia distinta al resto del grupo. Hasta que, en un momento, Alice dijo algo con total tranquilidad, sin siquiera levantar la vista de su taza.

—Kaede, eres mi mejor amiga.

No respondí de inmediato. No porque no supiera qué decir, sino porque algo en la forma en que Alice lo dijo, con esa certeza tranquila, sin necesidad de dramatismo, hizo que todo lo demás perdiera importancia.

En algún momento, sin que me diera cuenta, se había convertido en una parte constante de mi vida. No como alguien que estaba simplemente en el mismo círculo que yo, ni siquiera como una amiga más. No. Alice se había vuelto alguien con quien compartía más de lo que jamás había planeado compartir con nadie.

Y lo peor era que no lo había visto venir.

Un día estábamos ensayando con Irohanabi y ella me pedía opinión sobre la estructura de una canción, al siguiente estábamos discutiendo sobre algún acorde en plena madrugada por mensaje de voz, y luego, sin darme cuenta, me estaba mandando fotos de lo que estaba comiendo con la frase: "esto es una abominación, Kaede. Mándame un emoji de aprobación o de condena."

—¿No vas a decir nada? —preguntó Alice, levantando la vista de su taza de mocaccino.

La miré, viendo cómo jugaba con la cuchara en la espuma del café, sin mirarme directamente. No era que dudara de lo que había dicho, pero estaba claro que esperaba algún tipo de confirmación.

Suspiré, tomando un sorbo de mi matcha latte antes de hablar.

—¿Así que ahora soy tu mejor amiga?

Alice sonrió con un gesto ligero.

—Lo eres desde hace rato. Solo lo estoy diciendo en voz alta ahora.

Resoplé, porque, por supuesto, no pregunta, ella decide.

—¿Y qué pasa si no quiero el puesto?

—Demasiado tarde. Ya firmaste el contrato con todas esas veces que me escuchaste quejarme sobre cosas que no le cuento a nadie más.

Rodé los ojos, pero no pude evitar que se me escapara una sonrisa.

—Supongo que ahora tengo que aguantar todas tus ridiculeces.

Alice se encogió de hombros, dándole otro sorbo a su café con aire satisfecho.

—Y yo tengo que aguantar todas tus críticas a mi arte.

—Eso es porque tus dibujos son objetivamente horribles.

—Mentira. Solo te molesta que no puedo mejorar.

No discutí, porque, en realidad, tenía razón. Había intentado darle consejos sobre perspectiva, sobre proporciones, sobre cómo usar sombras, pero cada intento de dibujo suyo era una catástrofe estética sin remedio.

—Sabes que no puedes retractarte de esto, ¿verdad? —dije con fingida gravedad— Si soy tu mejor amiga, significa que ahora tengo derecho a opinar sobre absolutamente todo lo que hagas.

Alice apoyó el codo en la mesa y la barbilla en su mano, mirándome con una media sonrisa.

—Ya lo haces.

Me quedé en silencio un segundo y luego solté una risa.

Maldita sea. Había caído por completo en sus redes.

Ya no importaba lo que Kougami sintiera por Alice, ni la competencia silenciosa que alguna vez creí que existía entre nosotras. Alice me había elegido. Y, sin darme cuenta, yo también la había elegido a ella.

Así que, sin pensarlo demasiado, levanté mi taza de matcha latte y la choqué suavemente contra su mocaccino.

—Por nuestra inevitable amistad.

Alice sonrió y chocó su taza contra la mía con la facilidad de quien nunca pensó que esto podría haber sido de otra manera.

—Por nuestra inevitable amistad.

Kougami

La cena transcurría como siempre. Tomoyo servía la comida con la misma eficiencia de siempre, hablando de manera casual sobre el negocio, sobre algún cliente molesto que había tenido durante el día, sobre cómo el clima estaba cambiando y lo complicado que iba a ser hacer los pedidos de productos frescos en verano. Todo normal. Hasta que, en el momento en que tomé un bocado de mi arroz, lo dejó caer.

—Invita a Alice a cenar el viernes.

La miré de reojo, masticando lentamente mientras intentaba medir su tono.

—¿Por qué?

Tomoyo levantó una ceja, como si la pregunta le pareciera innecesaria.

—Porque la última vez que vino a la tienda, estaba muy entusiasmada con la idea de hacer hamburguesas.

Tragué y exhalé con resignación.

—No vas a soltar el tema, ¿verdad?

—Por supuesto que no —Sonrió con satisfacción, cruzando los brazos— Después de todo ella acepto porque quiere aprender a cocinar para ti

—No fue por mí.

—Ah, ¿no? —Tomoyo inclinó la cabeza— ¿Y entonces por quién?

Me quedé en silencio.

Porque Alice nunca lo dijo directamente. Nunca dijo que aprendía a cocinar hamburguesas por mí, nunca lo admitió en voz alta. Pero Tomoyo no era tonta, lo sabíamos perfectamente.

—Shinya, deja de hacerte el difícil. Invítala.

—No sé si quiera venir.

Tomoyo rodó los ojos.

—Por favor. Alice te sigue a todas partes como un cachorro. Claro que quiere venir.

Exhalé pesadamente y dejé los palillos sobre la mesa.

—Está bien.

—Bien.

Pensé que ahí terminaría el tema, que solo sería una cena más, pero entonces Tomoyo decidió rematar.

—Dile que puede quedarse a dormir si quiere.

Parpadeé y levanté la mirada, pero ella ya estaba recogiendo su plato como si no hubiera dicho nada fuera de lo normal.

—¿Por qué haría eso?

—Bueno, tú te quedaste en su casa, ¿no?

Apreté la mandíbula.

—No es lo mismo.

Tomoyo se rió entre dientes, con esa expresión de madre que sabe exactamente lo que está haciendo.

—No, no lo es. Pero sigue siendo una invitación.

No respondí de inmediato.

Porque la idea no me molestaba. Porque en el fondo, la posibilidad de tener a Alice aquí, de verla en mi espacio como si fuera parte de él, como si perteneciera a mi rutina, me resultaba demasiado atractiva.

Tomoyo se giró con tranquilidad y recogió su taza de té, mirándome con diversión contenida.

—Entonces, ¿se lo vas a decir o tengo que llamarla yo?

Suspiré, porque ya había perdido esta pelea antes de comenzarla.

—Se lo diré.

Tomoyo sonrió, satisfecha.

—Perfecto.

Y yo solo podía pensar en lo que iba a decir Alice cuando se lo propusiera.

Había cosas que no podía negar.

Desde que tuve esa conversación con Ginoza, la certeza de que Alice y yo estamos atrapados en algo que no puede resolverse con el tiempo ni con la distancia se volvió insoportable. No porque fuera algo nuevo, sino porque finalmente lo puse en palabras. Lo admití en voz alta. Estoy esperando.

No sé si Ginoza lo entendió completamente o si, en su orgullo, decidió convencerse de que lo que le dije no significaba nada. Pero él no era el problema. El problema era lo que todo esto significaba para mí. Esperar implica que en algún momento podría dejar de hacerlo. Que, en algún punto, si las circunstancias son las correctas, si todo encaja, si Alice me mira de la manera en que lo hizo aquella noche en la mansión Carter… no voy a detenerme esta vez.

No puedo evitar pensar en eso mientras termino mi cena con Tomoyo.

Cuando me dijo que la invitara el viernes, no lo dudé demasiado. No porque me pareciera una idea increíblemente buena o mala, sino porque Alice iba a decir que sí. Siempre dice que sí. Si le pregunto ahora, probablemente empiece a planear lo que va a traer para dormir antes de que pueda terminar la oración.

Lo que no esperaba era que Tomoyo agregara la posibilidad de que se quedara a dormir.

Es cierto. Yo dormí en la mansión Carter. Pero eso no fue solo dormir.

No puedo engañarme sobre lo que pasó esa noche. No puedo fingir que no lo recuerdo con absoluta claridad, que no fue un punto de quiebre, que no me obligó a tomar una decisión que no quería tomar. Me dormí con Alice completamente desnuda en mis brazos, porque lo que sentía por ella nunca se trató solo de deseo.

Y ahora… ahora voy a tenerla en mi habitación.

No puedo decir que la idea no me emociona, porque sí lo hace. Alice es una presencia imposible de ignorar, porque sé que cuando entre en mi espacio lo va a llenar de la manera en que siempre lo hace, porque lo que sea que hay entre nosotros nunca ha sido algo que pueda controlarse con reglas.

Pero también es cierto que no quiero cruzar más líneas con ella. No puedo.

No después de esa noche, no después de saber que, si dejo que esto siga avanzando sin una respuesta definitiva, sin un camino claro, voy a terminar cayendo en algo que no voy a poder revertir.

Alice es de esas personas que te empujan hasta el borde y luego saltan sin avisarte. Así que yo tengo que ser quien mantenga los pies en la tierra.

Así que sí, la voy a invitar, va a quedarse en mi habitación, porque no hay otro lugar donde pueda dormir.

Pero lo que pase después de eso… voy a asegurarme de que sea distinto a la última vez.