Alice
El gimnasio estaba casi vacío cuando terminamos de calentar y comenzamos a entrenar.
Nos movíamos en sincronía, los golpes eran más rápidos, más calculados. Aún tenía que esforzarme para alcanzarlo, pero ya no me sentía fuera de lugar, ya no era una principiante sin esperanza. Me adaptaba a su ritmo, esquivaba con más precisión, contraatacaba con la suficiente seguridad como para hacerlo dar un paso atrás.
Cuando logré bloquear uno de sus golpes y devolver un ataque lo suficientemente bueno como para que lo tomara en serio, él sonrió apenas.
—Mejoraste.
Había algo en su tono que me hizo sonreír también. Estábamos cómodos juntos y eso me hacía feliz.
Seguimos peleando, moviéndonos en el tatami con la confianza de quienes han hecho esto suficientes veces como para que ya no haya nervios ni incomodidad. Cuando Kougami ejecutó una toma y me empujó contra el suelo, asegurándose de que no pudiera liberarme fácilmente, su voz sonó tranquila, casi casual.
—Tomoyo quiere que vayas a cenar el viernes.
Parpadeé, mi cerebro tardando un segundo en procesar sus palabras.
—¿Es por lo de cocinar?
—Sí.
Solté un suspiro, aun intentando liberarme de su agarre, pero sin demasiada prisa.
—Está bien.
Kou sostuvo la posición por un momento más antes de aflojar su agarre. Justo cuando me incorporé, sacudiéndome la ropa, lo soltó.
—Quiere que te quedes a dormir.
Me detuve y lo miré con una ceja arqueada, evaluando su expresión.
—¿Estás seguro de eso?
Lo pregunté con calma, sin ningún tono malicioso, sin ninguna intención de provocarlo. Pero en el instante en que lo dije, algo cambió en el aire entre nosotros.
Estábamos cerca, demasiado cerca.
Podía sentir su aliento contra mi piel, el aroma de su sudor mezclado con su perfume, la temperatura de su cuerpo irradiando calor en la poca distancia que nos separaba.
Y supe que lo hice recordar. Sin querer, lo llevé de vuelta a esa noche.
A los besos entrecortados en la habitación en penumbras, a las manos recorriendo piel desnuda, a la respiración entrecortada cuando él decidió detenerse.
Kougami se quedó en silencio por un segundo demasiado largo.
Así que lo corté antes de que se volviera incómodo. Lo miré a los ojos, con la seguridad de alguien que sabe exactamente lo que tiene que decir.
—Vamos a dormir como amigos. Nada más.
Esperé a ver si decía algo, si intentaba discutirlo, si intentaba contradecirme, pero no lo hizo.
Solo asintió con la cabeza, con la mandíbula apretada, y desvió la mirada por un instante antes de soltarme por completo y en ese momento supe que esto nunca iba a ser solo dormir.
No porque fuéramos a hacer algo.
Sino porque los dos íbamos a recordar esa noche en cada maldito segundo que pasáramos juntos.
Akari
Esto ya no es una simple afición. Esto es una misión.
Hinata y yo seguimos con nuestra tradición de espiar a Kougami en el gimnasio, pero ya no lo comentamos en el chat grupal, no después de que Alice nos atrapo por mi infinita estupidez. No, esto se ha convertido en una práctica privada, un ritual exclusivo donde nos dedicamos a admirar al pináculo del atractivo masculino sin interrupciones, sin testigos. Es nuestro secreto. Nuestro pequeño y bien merecido placer visual.
Porque sí, Kougami es el hombre de Alice, pero eso no importa, porque admirar no es traicionar. Y sería un crimen contra la humanidad no reconocer la perfección física que representa.
Desde nuestra ubicación estratégica, podemos verlo con claridad, con sus músculos marcándose con cada golpe que lanza, con la forma en que se mueve con una precisión que solo alguien con su nivel de control puede lograr. Es como ver una obra de arte en movimiento. Una pintura renacentista hecha carne.
—¿Sabes qué? —susurra Hinata, con los ojos fijos en la escena— No es solo lo guapo que es. Es la actitud.
Asiento con gravedad.
—Sí. Es el aura.
—Sí. El aura.
Suspiramos al mismo tiempo, pero entonces ocurre lo de siempre.
Alice aparece.
Nos pegamos más contra nuestra cobertura improvisada, sin hacer ruido, observando la interacción con una mezcla de asombro y fascinación. Ver a Alice y Kougami juntos es algo que debería ser normal, pero hay algo distinto hoy. Algo en la manera en que Kougami la mira.
Nos congelamos cuando escuchamos la invitación.
Miro a Hinata. Hinata me mira a mí. Esto ya es alarmante.
Pero no termina ahí. Alice dice que sí, por supuesto, pero entonces lo dice.
Kougami, con su tono grave y despreocupado, suelta la bomba. Quiere que Alice se quede a dormir en su casa.
Mi mandíbula se afloja. Hinata me agarra del brazo con una fuerza descomunal.
¿QUÉ?
Alice se queda en silencio por un momento. Luego pregunta algo que ni siquiera escucho, porque mi cerebro sigue procesando lo que acaba de pasar.
Va a dormir en casa de Kougami. EN CASA DE KOUGAMI.
Esto es grave. Esto es muy grave.
Nos miramos con pánico, intentando hacer un análisis de la situación.
Uno: Alice nunca fue clara con nosotras sobre lo que pasó entre ellos. No sabemos si se acostaron o no.
Dos: Si Alice no dijo nada, es porque probablemente no lo hicieron.
Tres: Alice es presuntamente virgen.
Cuatro: NO PUEDE IR A CASA DE KOUGAMI EN ESE ESTADO.
Tengo que prepararla, asegurarme de que no se vaya a ese campo de batalla sin las herramientas necesarias. Es un asunto de emergencia.
Me giro hacia Hinata, con la urgencia de quien acaba de ser testigo de algo catastrófico.
—Tenemos que hablar con Alice.
Hinata asiente con seriedad absoluta.
—Sí. Es nuestra responsabilidad.
—Nuestra misión.
—Nuestra obligación.
Nos damos la mano con solemnidad.
Alice Carter no va a entrar a esa casa sin estar preparada. No en mi guardia.
Ginoza
La clase de ciencias había sido un campo de batalla. No había otra forma de describirlo.
Desde que el semestre comenzó, cada vez que Kougami y yo estábamos en la misma sala, la competencia era inevitable. No necesitábamos provocarnos, no necesitábamos decirnos nada. Solo existíamos en el mismo espacio y eso era suficiente para que cada problema, cada ecuación, cada teoría se convirtiera en un duelo encubierto.
Desde el primer minuto de la clase, Alice había estado tan activa como nosotros, respondiendo con la misma rapidez, lanzando argumentos afilados, usando cada fragmento de información con la precisión de alguien que no tenía intención de quedarse atrás. Y lo peor de todo era que tenía razón en muchas cosas.
No era como en matemáticas, donde Alice nos aplastaba sin esfuerzo. Aquí estábamos en igualdad de condiciones, lo que significaba que la batalla se había convertido en un caos absoluto, con el profesor observándonos con la paciencia de un hombre que ya había perdido la fe en el orden.
Cuando la clase terminó, Hinata y Akari se llevaron a Alice antes de que pudiera decir algo.
No hubo advertencias, no hubo tiempo de reacción. Simplemente aparecieron, la arrastraron fuera del aula como si fuera un paquete que necesitaba ser entregado con urgencia, y Alice, en lugar de resistirse, se dejó llevar con la resignación de alguien que ya había aceptado su destino.
Me quedé en mi asiento, observando la escena con incredulidad. Luego giré la cabeza hacia Kougami. Él estaba guardando sus cosas con su actitud despreocupada de siempre, pero notó mi mirada y levantó una ceja, sin apurarse en responder.
—¿Sabes qué está pasando? —pregunté con tono seco.
Kougami se detuvo un segundo, como si estuviera evaluando la pregunta, y luego negó con la cabeza.
—No tengo idea.
No supe si eso me tranquilizaba o me preocupaba más, porque si Kougami no tenía idea de lo que estaba pasando con Alice, entonces lo que fuera que esas dos estuvieran planeando tenía que ser algo realmente estúpido.
Alice
No me llevaron al comedor.
Las chicas me sacaron del aula como si estuviera bajo un protocolo de protección secreta, llevándome por pasillos menos transitados, esquivando estudiantes con la precisión de dos agentes encubiertas, hasta que finalmente me arrastraron a un rincón apartado donde claramente nadie iba a escucharnos.
Ahí fue cuando me di cuenta. No querían que nadie supiera de esta charla.
Pavor.
—Bien, Alice —suspiró Akari, cruzándose de brazos como si estuviera a punto de darme un discurso importante—. La situación es esta: tu virginidad es claramente el motor creativo de Irohanabi.
Abrí la boca. La volví a cerrar.
Akari continuó como si no hubiera dicho algo que acababa de provocar un cortocircuito en mi cerebro.
—Pero estamos dispuestas a que se pierda… si vas a perderla con Kougami.
Pestañeé.
—¿Qué?
Hinata asintió con gravedad.
—Es un sacrificio artístico necesario.
—Akari, no sabes si soy virgen.
Ella me miró fijamente con la paciencia de una madre que ya está acostumbrada a las excusas de su hijo.
Hinata se inclinó un poco hacia adelante y me señaló con un gesto lento y deliberado.
—Eso es exactamente lo que una virgen diría.
No podía con esto. Me pasé una mano por la cara, inhalé lentamente, intenté recordar qué hice en mi vida para terminar en esta conversación. Y entonces lo entendí.
—Siguen espiando a Kougami en el gimnasio, ¿verdad?
Akari no titubeó.
—Por amor al arte.
—Por amor al arte, mis ovarios.
Me crucé de brazos, mirándolas con incredulidad. Lo peor era que no me sorprendía.
Pero eso significaba que ellas vieron la invitación. Vieron cómo Kougami me miró, vieron la forma en la que estuve cerca de él. Y ahora estaban sacando conclusiones.
Decidí cambiar de táctica.
—¿Ustedes no son vírgenes también?
Akari rió. Hinata también.
Mierda.
—No tienes escapatoria, Alice —dijo Akari con una sonrisa triunfante.
Y así, sin que pudiera hacer nada para evitarlo, tuvimos "la charla".
Akari
Alice estaba completamente petrificada.
Hinata y yo la teníamos acorralada en este rincón, donde nadie podría escuchar sus gritos de horror e indignación cuando nos pusiéramos serias con el asunto. No es que quisiera verla sufrir, pero es nuestro deber sagrado como mujeres experimentadas preparar a la cachorrita para su gran noche.
—Cariño, preciosa, mi estrella del rock en formación —dije, apoyando las manos en sus hombros con una ternura exagerada— Vamos a hacer esto bien.
—No quiero hacer nada, Akari.
—Tarde. No puedes ir a la boca del lobo sin un plan.
Hinata asintió con gravedad.
—Si no te preparamos, te vas a congelar en el momento crítico.
—¡No hay momento crítico! —exclamó Alice, levantando las manos en señal de rendición—. ¡Voy a dormir y ya!
Hinata y yo nos miramos. Nos reímos al unísono.
Alice nos miró con una mezcla de pánico y resignación.
—¿Se están escuchando? Voy a dormir como amiga. Nada más.
—Alice, Alice, Alice… —canturreé con paciencia infinita—. Así empieza. Pero luego, estás en su casa, en su habitación, en su cama…
Hinata siguió el ritmo con voz dramática.
—Sus miradas se encuentran, la tensión en el aire se hace insoportable…
—Las respiraciones se entrecortan, el instinto toma el control…
—Y antes de que te des cuenta, BAM.
Golpeé las manos en el aire como si estuviera ilustrando un choque de galaxias.
Alice parpadeó.
—¿BAM?
—BAM.
—Ustedes no están bien.
—Lo que no está bien es que vayas a esa casa sin estar lista —dijo Hinata, con los brazos cruzados— ¿Acaso tienes ropa interior apropiada para la ocasión?
La expresión de Alice se congeló.
—¿Qué?
—Ya sabes. Lencería.
—¿Para qué demonios necesito lencería?
La miré con absoluta seriedad.
—Para tu entrega.
dejó de funcionar. Su cara pasó por todas las etapas posibles del colapso mental.
Negación. Pánico. Absoluta incapacidad para procesar la información.
Y entonces el golpe final.
—Mañana tenemos una cita para comprar lencería.
Alice se quedó inmóvil, completamente en shock.
La acaricié en la cabeza como si estuviera consolando a un animal en crisis.
—Mañana a las cinco. No te preocupes, te vamos a elegir lo mejor.
Alice abrió la boca. No salió sonido alguno.
—Alice, respira —dijo Hinata, dándole golpecitos en la espalda.
—No quiero respirar.
—Sí quieres, porque mañana tienes que estar fresca para tu gran transformación.
Alice estaba atrapada.
Lo supo en el instante en que nos miró y vio la determinación en nuestros ojos. Ya no había escape. No había manera de salirse de esta conversación. Su destino estaba sellado y nosotras íbamos a asegurarnos de que estuviera preparada.
—Bien —dije, acomodándome como si estuviera a punto de impartir una conferencia— repasemos los puntos clave.
Alice dejó caer la cabeza sobre la mesa con un golpe sordo.
Hinata la ignoró y levantó un dedo con solemnidad.
—Uno: tienes que respirar.
—Sí, ya me quedó claro lo del oxígeno.
—Dos: si te pones nerviosa, toca su rostro.
—No quiero tocarle la cara a nadie.
—Tres: si él te toca, déjate guiar, pero no te quedes pasiva.
Alice levantó la cabeza con el ceño fruncido.
—¿Por qué suena como si estuvieran narrando una escena de acción?
—Porque es una batalla, Alice.
—Dios, no.
Me crucé de brazos y la miré con severidad.
—Si no participas, será incómodo. ¿O acaso quieres que Kougami piense que estás muerta?
—¡NO ESTOY MUERTA, AKARI!
Hinata soltó una risa ahogada y le dio palmaditas en el hombro.
—No tienes idea de lo educativo que es esto para ti.
—No quiero educación. Quiero que esto se acabe.
—Cuatro —continué sin piedad— si en algún momento tienes dudas, mueve las caderas.
Alice me miró, horrorizada.
—¿M-mover qué?
Hinata chasqueó los dedos.
—Ese es el espíritu.
—No, no es el espíritu, ¡es una locura!
—Alice, si él está encima de ti y tú no haces nada, ¿qué crees que va a pasar?
—DÉJAME VIVIR.
—Cinco —dije con una sonrisa diabólica— la lencería importa.
Alice cerró los ojos con fuerza.
—Sabía que iban a volver a ese tema.
—Por supuesto que sí.
—No necesito lencería.
—Sí la necesitas.
Hinata se inclinó hacia ella con una expresión cómplice.
—Alice, imagina esto. Se acerca el momento, la ropa empieza a desaparecer y, en lugar de algo bonito, llevas ropa interior que parece sacada de un paquete de seis unidades del supermercado.
Alice abrió los ojos, con el terror genuino reflejado en su rostro.
—… No uso ropa interior de supermercado.
—¿Estás segura?
—¡POR SUPUESTO QUE ESTOY SEGURA!
Suspiré con satisfacción.
—Bueno, de todas formas, mañana tenemos nuestra cita de lencería.
Alice parpadeó lentamente.
—No voy a ir.
—Claro que vas a ir.
—No.
—Sí.
—Hinata, dime que esto no es real.
Hinata le palmeó la espalda con ternura.
—Lo siento, cariño. Es por tu bien.
Alice miró hacia el techo, como si estuviera rogando a los dioses que la sacaran de esta situación.
—No quiero vivir más.
—Demasiado tarde —dije con una sonrisa victoriosa—. Mañana, cinco de la tarde. Te queremos lista.
Alice
No podía mirarlos a la cara. No era un problema de orgullo, ni siquiera de nerviosismo real. Era puro trauma.
Después de la emboscada, de haber sido sometida a la peor conversación de mi vida y de que mi dignidad hubiera sido pisoteada, arrastrada por el suelo en nombre de mi "preparación", lo último que podía hacer era sentarme en la mesa del almuerzo y fingir que nada había pasado.
Pero ahí estaban. Shinya y Nobuchika, sentados en la mesa como si todo estuviera normal, como si yo no acabara de ser atacada verbalmente con instrucciones sobre cómo mover las caderas en una situación que ni siquiera estaba en mi radar.
Me senté en mi lugar, en silencio, agarrando mis palillos con una firmeza innecesaria. Sabía que, en algún momento, tendría que levantar la mirada. Que no podía simplemente ignorarlos. Pero cada vez que intentaba hacerlo, recordaba sus nombres saliendo de la boca de Akari en una conversación que jamás debería haber existido.
Quise desaparecer.
Podía sentir sus miradas sobre mí, expectantes, como si estuvieran esperando que dijera algo, que actuara como siempre, pero no podía. No después de eso.
Tomé un bocado de mi comida sin levantar la vista. Masticar. Tragar. Respirar. No hacer contacto visual.
Me concentré en el sonido del comedor, en la conversación de fondo de los demás estudiantes, en cualquier cosa que me distrajera de la absoluta humillación que aún ardía en mi cabeza.
—Alice —la voz de Ginoza interrumpió mis intentos de bloquear la realidad.
Casi me atraganté con el arroz.
Asentí sin mirarlo. Asentí. Como si eso fuera suficiente respuesta.
Desde el otro lado, Kougami soltó un leve resoplido.
—¿Pasa algo?
Dios mío.
No. No iba a tener esta conversación. No con ellos. No ahora.
Negué con la cabeza. Todavía sin mirarlos. El silencio entre nosotros se hizo más denso.
Sabían que algo me pasaba. Y no podía permitir que lo averiguaran.
Así que hice lo único que podía hacer en este momento.
Seguí comiendo como si mi vida dependiera de ello.
Ginoza
Desde el momento en que Alice se sentó en la mesa, supe que algo estaba mal.
No lo dijo, no lo mostró de manera obvia, pero lo supe. Alice nunca había sido alguien particularmente reservada con nosotros, y aunque podía ser evasiva cuando le convenía, nunca había actuado de manera tan evidente como lo estaba haciendo ahora.
No nos miró ni a mí ni a Kougami a la cara en toda la comida.
No es que esperara que me diera un reporte detallado de su día, pero ella tenía una manera particular de existir en cualquier espacio. Siempre con un comentario, siempre con una mirada afilada, siempre encontrando la forma de meterse en medio de la competencia implícita que Kougami y yo manteníamos en cada conversación. Pero ahora, estaba comiendo en silencio, sin levantar la vista, como si cada grano de arroz en su plato fuera lo más fascinante del universo.
Algo estaba mal.
—Alice —dije con calma, esperando que al menos reaccionara.
Asintió sin mirarme. Asintió. No respondió, no comentó nada.
No hizo ningún esfuerzo por disimular que estaba evitando el contacto visual.
Intercambié una mirada rápida con Kougami, que también parecía haberlo notado. Él solo resopló suavemente, sin decir nada, pero no apartó la vista de Alice, probablemente esperando que yo sacara algo en claro.
Dejé mis palillos sobre la mesa y crucé los brazos, observándola con detenimiento.
—¿Pasa algo?
Negó con la cabeza, pero no la dejé escapar tan fácil.
—Alice.
Esta vez, suspiró, pero aun así no levantó la vista.
—Nada.
Mentira. Estaba actuando como si hubiera sido víctima de un evento traumático, como si su cerebro estuviera atrapado en un estado de negación absoluta.
Fruncí el ceño y solté un suspiro, porque no iba a dejar que esto se quedara así.
—Si te pasara algo, ¿lo dirías?
—Sí.
—No te creo.
Alice finalmente se detuvo, dejando sus palillos en la mesa con un movimiento lento.
Hubo un momento de pausa en el que, por fin, se atrevió a mirarme. No directamente a los ojos, pero lo suficiente como para que viera la sombra de desesperación oculta tras su expresión de aparente calma.
—Hinata y Akari… —empezó a decir, con una voz tensa.
Esperé. Su mandíbula se apretó ligeramente antes de soltarlo con resignación.
—Intentaron darme una de sus… lecciones.
Pestañeé, procesando la información. Lecciones.
Mi cerebro tardó exactamente un segundo en hacer la conexión, y cuando lo hizo, un escalofrío de incomodidad recorrió mi espalda.
Exhalé con cansancio y me froté el puente de la nariz.
—Dios.
Alice apoyó la frente en la mesa.
—No quiero hablar de eso.
—Voy a matarlas.
—No lo hagas, ellas creen que están ayudando.
Kougami, que hasta ahora solo había estado observando la conversación con una expresión neutral, dejó escapar una leve risa.
—Sí, claro. Por amor al arte.
Alice levantó la cabeza lo justo para mirarlo con una mezcla de horror y sospecha.
—No me digas que ustedes dos ya sabían de esto.
No respondí, porque lo cierto era que no quería saber nada de esto.
Kougami
Ese par de estúpidas seguro le dieron consejos inútiles a Alice sobre cómo perder la virginidad. Podría apostarlo.
Ellas no tenían filtro, y si Alice había salido de esa conversación con una expresión que mezclaba horror y resignación, era porque había sido sometida a un nivel de humillación que ni siquiera yo quería imaginar. Pobrecita.
Así que cuando quedamos solos en el gimnasio, supe que no iba a ser un entrenamiento normal. Estaba más callada de lo usual, más contenida. Movía los brazos con precisión, esquivaba bien, pero no hablaba. Y ella siempre hablaba.
Esperé a ver si lo mencionaba por sí misma, pero en lugar de eso, cuando tomamos una pausa, soltó algo completamente inesperado.
—Deberíamos entrenar sin conversar.
Levanté una ceja.
—¿Desde ahora?
Asintió, con la vista fija en sus vendas mientras las ajustaba con más fuerza de la necesaria.
—Sí. Es mejor.
—¿Mejor para qué?
Alice suspiró y me miró de reojo.
—Porque esas dos evidentemente están demasiado pendientes de ti.
No podía discutir eso.
Era consciente de que nos estaban vigilando. Lo sabía desde antes de que lo mencionara, porque ellas nunca eran discretas cuando se proponían algo. La diferencia es que no me importaba.
Alice, en cambio, estaba incómoda.
—Si vas a estar en tu mente todo el tiempo, no tiene sentido entrenar —dije con tranquilidad, cruzándome de brazos mientras la observaba.
Tensó los labios. Sabía que tenía razón, pero no quería admitirlo. Así que decidí hacerle la situación aún más difícil.
—Seguro ahora van a hacer algo estúpido.
—¿Como qué? —preguntó con un dejo de sospecha.
—Llevarte a comprar lencería.
Se puso roja de inmediato. Sonreí.
No me burlé, no me reí. Simplemente la miré con la misma calma de siempre, dejando que el peso de mis palabras hiciera el trabajo por sí solo.
Alice intentó recomponerse, pero yo no pensaba dejarla escapar tan fácil.
Me acerqué con naturalidad, sin apurarme, inclinándome lo justo para que mi aliento rozara su oído.
—Si fuéramos a hacer eso… —mi voz fue baja, dejando que la cadencia de las palabras fuera la correcta— No importa lo que lleves.
Su piel se estremeció apenas.
La toqué con la suficiente suavidad para provocar sin cruzar ninguna línea, sin apretar demasiado, sin hacer que pareciera más de lo que era. Solo lo justo.
—Porque tú, sin nada puesto, eres lo más hermoso que he visto.
Alice se quedó completamente inmóvil.
Su rostro se tornó de un rojo tan intenso que casi sentí orgullo de mi obra.
Me aparté con la misma tranquilidad con la que me había acercado y le di un par de segundos para procesarlo, para recomponerse, para intentar fingir que no la acababa de hacer perder la compostura por completo.
Luego sonreí apenas y me coloqué en posición de combate.
—Bien. Ahora que ya dejamos claro ese punto, podemos entrenar sin hablar.
Alice tardó en reaccionar. Pero cuando lo hizo, su golpe fue mucho más fuerte de lo necesario.
Y valió la pena completamente.
Akari
AAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAA.
Hinata y yo lo vimos. LO VIMOS.
Desde nuestro puesto de observación ultra secreto (detrás del equipo de pesas, porque claramente nadie usa esa parte del gimnasio y porque la discreción es nuestra especialidad), fuimos testigos de un evento que cambiaría el curso de la historia.
Primero, la charla. Casual, inofensiva. O eso creímos.
Alice estaba tensa. Kougami, en cambio, tenía ese maldito aire de tranquilidad que solo los hombres peligrosamente atractivos y emocionalmente complejos pueden tener. Nos miramos con emoción contenida, porque claramente Alice estaba procesando nuestra enseñanza, asimilando cada una de nuestras sabias palabras con el peso que se merecían.
Pero luego. LUEGO.
Algo cambió en la conversación. Kougami dijo algo. Alice se puso roja.
Nos inclinamos al mismo tiempo, como si hubiéramos sido invocadas por la tensión palpable en el aire, sintiendo en el alma que estábamos presenciando algo grande.
Y entonces. Ocurrió. Kougami se acercó.
Demasiado. Le susurró algo al oído.
LA TOCÓ.
Y ALICE SE CONGELÓ EN EL ACTO.
Le cubrí la boca a Hinata antes de que soltara un grito de histeria, y las dos nos quedamos petrificadas, con los ojos abiertos de par en par, viendo cómo Kougami se apartaba con toda la calma del universo, satisfecho, mientras Alice seguía completamente en shock.
Esto no era un simple golpe de efecto, fue premeditado.
Lo hizo con intención. Sabía exactamente lo que hacía. El hombre era un estratega, un depredador.
—¿QUÉ CARAJO LE DIJO? —susurró Hinata con los ojos desorbitados, aferrándose a mi brazo.
—NO SÉ, PERO LA DESPROGRAMÓ.
La cachorrita no se movía. Ni siquiera intentó recuperar su postura. Seguía ahí, congelada, con la mente evidentemente en otra dimensión, atrapada en el eco de lo que fuera que Kougami le había dicho.
Mientras tanto, él parecía satisfecho. Demasiado satisfecho.
—Esto es el fin. —susurré, sintiendo el peso del evento histórico aplastarme.
Hinata respiró entrecortada.
—Akari… nuestra cachorrita está en peligro.
Asentí, aún en shock.
—Necesitamos una reunión de emergencia.
No sé qué demonios pasó en esos segundos entre ellos, pero Kougami tenía control total de la situación.
Y eso NO PUEDE SER.
Nos miramos, con la urgencia de dos generales en medio de una batalla perdida.
—Plan B. —declaré con la solemnidad de quien acaba de ver el destino escribirse frente a sus ojos.
Hinata asintió con la misma seriedad. Alice Carter no estaba lista para el lobo.
Y NOSOTRAS NO IBAMOS A DEJAR QUE LA DEVORARA SIN UNA PELEA.
Ginoza
Después del entrenamiento de kendo, la vi.
Alice estaba sentada al borde del tatami, con las piernas cruzadas y los codos apoyados en las rodillas, observando en completo silencio. No había dicho nada cuando llegó a mitad del entrenamiento, no interrumpió, no intentó llamar mi atención. Simplemente esperó.
Me acerqué, quitándome el men y sacudiendo el cabello, todavía sintiendo el calor de la práctica en mi piel. Me pasé una toalla por la cara antes de hablar.
—¿Cuánto tiempo llevas aquí?
—Lo suficiente para verte hacer pedazos a ese pobre tipo en el último combate.
Su tono era casual, pero la forma en que sus ojos recorrieron mi rostro delataba algo más.
Me quedé en silencio un momento, observándola con curiosidad. Ella rara vez se quedaba quieta tanto tiempo sin hacer ruido. Entonces suspiró con exageración y ladeó la cabeza con esa mirada perezosa que usaba cuando quería provocarme.
—Entre esos ojos verdes y el uniforme de kendo, Nobuchika, vas a terminar matándome.
Pestañeé. Alice sonrió, y algo en mi estómago se tensó de una forma que no quería analizar.
Maldita sea.
Ignoré el comentario, como si no hubiera pasado nada, y me incliné levemente hacia ella.
—Voy a ducharme. Espérame aquí.
Alice levantó una ceja.
—¿Me estás dando órdenes?
—No, te estoy avisando.
Ella rodó los ojos, pero no discutió.
Me fui a las duchas sin mirar atrás, pero la imagen de Alice mirándome con esa sonrisa ladeada se quedó en mi cabeza más tiempo del que quería admitir.
Cuando terminé de bañarme, Alice todavía estaba allí, esperándome como si fuera lo más normal del mundo.
—¿Y ahora? —preguntó, como si no hubiera sido idea suya quedarse.
—Vamos a cenar.
—¿A dónde?
—Lo decidiré en el camino.
Ella arqueó una ceja.
—¿No vamos al hot pot de siempre?
—No.
No le di más explicaciones. Solo la tomé de la muñeca con suavidad y la guie fuera de la academia. No quería rutina esta vez.
No quería seguir haciendo lo mismo de siempre con Alice, porque, aunque me reconfortaba la idea de la estabilidad con ella, había algo en su forma de mirarme hoy que me hacía querer sorprenderla.
Así que elegí otro lugar. Un restaurante pequeño y discreto, con un ambiente cálido, donde la comida era casera y el ruido del mundo exterior parecía quedar en pausa.
Alice me miró con una mezcla de curiosidad y aprobación.
—Mmm. Me gusta.
Nos sentamos en una mesa cerca de la ventana, con la luz tenue del restaurante iluminando el espacio con un brillo cálido y discreto. No era un lugar pretencioso, ni elegante, pero tenía algo que me hacía sentir que había tomado la decisión correcta al traerla aquí.
Alice tomó el menú con la misma calma con la que hacía todo cuando no estaba en modo tormenta, hojeándolo lentamente mientras se acomodaba en su asiento. Yo la observé de reojo, todavía con la toalla alrededor del cuello, sintiendo los músculos relajarse después del entrenamiento.
—Tienes buen gusto, Nobuchika —dijo finalmente, sin levantar la vista.
—Siempre lo tuve.
—Bueno, eso es discutible.
La miré con el ceño levemente fruncido, pero Alice solo sonrió con burla, dejando el menú a un lado.
—¿Ya sabes qué vas a pedir? —pregunté, más por romper la pausa que por otra cosa.
—Mmm, creo que quiero algo con pescado.
—Eso es muy amplio.
Suspiré y llamé al mesero, sin dignarme a darle la satisfacción de reaccionar. Terminé ordenando por los dos, algo simple pero bien preparado, lo suficientemente distinto a lo que solíamos comer juntos para que sintiera la diferencia.
Alice apoyó un codo en la mesa y me observó con una media sonrisa.
—¿Por qué no el hot pot de siempre?
Le sostuve la mirada sin responder de inmediato.
—Porque quiero cambiar un poco las cosas.
Alice no dijo nada, pero pude notar el brillo de interés en sus ojos. No era común en mí hacer cambios sin motivo, y ella lo sabía.
El silencio entre nosotros era cómodo, de esos que no necesitan ser llenados con conversación forzada. Aun así, Alice no era alguien que dejara que las cosas fluyeran sin más.
—Entonces —murmuró, girando levemente su vaso entre los dedos— ¿cómo te sientes con el kendo?
La pregunta me tomó un poco por sorpresa, aunque no debería haberlo hecho. Alice siempre estaba prestando atención a lo que hacía, incluso cuando no parecía interesada.
—Bien —respondí con simpleza—. Es un buen entrenamiento.
Alice ladeó la cabeza, como si estuviera evaluando mis palabras.
—¿Solo entrenamiento?
Le sostuve la mirada, sin dejar que me analizara demasiado.
—También me ayuda a despejarme.
Alice sonrió con suficiencia, como si hubiera ganado algo con mi respuesta.
—Sabía que te iba a gustar.
—No dije eso.
—No tienes que hacerlo. Se te nota.
La forma en que lo dijo, con esa certeza tranquila, hizo que algo en mi pecho se sintiera menos tenso. Alice siempre hacía eso. Me leía incluso cuando yo intentaba no ser leído.
El mesero llegó con la comida, interrumpiendo el momento justo a tiempo. Alice se enderezó en su asiento y tomó los palillos con facilidad, probando un bocado con una expresión de satisfacción.
—Mmm. Buena elección.
—Lo sé.
Alice rió suavemente y siguió comiendo.
La cena transcurrió con la misma naturalidad con la que hacíamos todo últimamente. Alice comía con calma, disfrutando cada bocado con esa facilidad suya para encontrar placer en las cosas simples, mientras yo observaba cada uno de sus gestos con la costumbre de quien ya la conoce demasiado bien.
No hablamos de cosas trascendentales. No discutimos sobre Sibyl, ni sobre la competencia absurda entre Kougami y yo, ni sobre Irohanabi. Pero tampoco hacía falta.
Alice estaba relajada, más de lo que la había visto en días. Y yo… yo también.
En algún punto de la conversación, Alice dejó los palillos sobre la mesa y exhaló con algo parecido a la nostalgia.
—Extraño a Dime.
La miré de reojo mientras tomaba un sorbo de mi té.
—Lo viste hace unos días.
—No es lo mismo —dijo, con un ligero puchero que intentó disimular, pero que no pasó desapercibido.
—Literalmente lo trataste como si hubieras estado separada de él por años.
Alice hizo rodar los ojos y apoyó la barbilla en su mano.
—Es que no lo veo tan seguido ahora que estamos en la academia. En las vacaciones pasaba casi todo el día con él.
No podía discutir con eso. Durante el receso, Alice había estado prácticamente fusionada con Dime. Entre las visitas a la mansión y las veces que fue a mi casa, ese perro estaba recibiendo más atención de la que jamás había recibido en su vida.
—Seguramente te extraña también —dije, más por seguirle la conversación que por otra cosa.
Alice suspiró dramáticamente.
—Estoy segura de que su corazoncito está sufriendo.
No pude evitar soltar una leve risa.
—O está durmiendo como si nada.
Alice me miró con algo parecido a la traición.
—No digas eso, Nobu. Dime es un alma sensible.
—Dime es un perro.
—Dime es el mejor perro.
No discutí. No porque estuviera de acuerdo, sino porque era una pelea que nunca iba a ganar.
Alice tomó su vaso y lo giró distraídamente entre las manos, con la mirada perdida en el líquido antes de hablar de nuevo.
—Voy a intentar verlo más seguido. Aunque sea en los fines de semana.
—Sería lo mejor. Si sigues con este nivel de abstinencia, vas a terminar secuestrándolo.
Alice sonrió con burla.
—No lo descarto.
Negué con la cabeza y terminé el último sorbo de mi té, mientras Alice hacía lo mismo con su bebida.
La conversación sobre Dime no había sido nada importante, pero de alguna manera, sentí que era lo mejor que podríamos haber hablado.
Alice
El jueves terminó con una nota particularmente humillante en la clase de escultura.
Desde el primer día, supe que esto iba a ser un desastre, pero, aun así, no podía haber previsto el nivel de catástrofe que se desarrolló hoy. La tarea consistía en hacer una escultura en grupos, lo que significaba que mi inutilidad con la arcilla al menos estaría diluida entre las habilidades de mis compañeros. O eso creí.
Spoiler: no fue así.
Terminamos creando una aberración deforme, una masa de arcilla que no se parecía a nada en particular, con proporciones que desafiaban todas las leyes del sentido común. Algo entre un híbrido de humano y un monstruo marino, pero con menos gracia.
Cuando el profesor pasó a observar nuestras creaciones, hubo un momento de silencio sepulcral.
Luego, suspiró.
—Voy a fingir que no vi esto.
A nadie le sorprendió. Al menos no estaba sola en mi fracaso.
Cuando las clases terminaron, Akari me emboscó con la misión de "emergencia de lencería".
No importaba que estuviera agotada de haber pasado horas intentando moldear arcilla con la destreza de un niño de cinco años. No importaba que quisiera ir a casa y dormir durante mil años. Akari tenía planes, y eso significaba que yo no tenía opción.
—Vamos —dijo, tomándome del brazo y arrastrándome sin que pudiera resistirme— Es por tu propio bien.
Hinata iba a su lado, con la misma expresión de quien ya lo tenía todo planeado.
—Y también queremos saber qué te dijo Kougami al oído.
Ah. Por supuesto.
Rodé los ojos con cansancio.
—¿Cuánto tiempo piensan seguir espiándolo?
—Hasta que nos cansemos —respondió Akari sin dudar.
—Es ilegal.
—Solo si nos atrapan.
Hinata asintió con solemnidad.
—Alice, es por amor al arte.
Suspiré y me dejé arrastrar, sabiendo que no tenía escapatoria.
No solo iba a ser forzada a comprar lencería, sino que también iba a ser interrogada como si estuviera en una sala de interrogatorios de Seguridad Pública.
Akari
¡ESTA CHICA VA A HACERLO CON ESTILO!
No hay discusión, no hay opción, no hay escapatoria. Alice Carter va a entrar en la batalla bien equipada, y eso significa lencería de primera.
La arrastramos sin piedad por las tiendas, con la precisión de dos estrategas que saben exactamente lo que buscan. Alice, en cambio, caminaba como si estuviera rumbo a la ejecución, con la resignación de quien ya sabe que no tiene control sobre su destino.
—Esto es una pesadilla —murmuró, mientras sostenía en sus manos un delicado conjunto de encaje negro.
Hinata le dio una palmada en la espalda.
—No, Alice. Esto es tu renacimiento.
—Si van a matarme, háganlo rápido.
Ignoramos su queja y seguimos buscando, porque esto no era solo una compra.
Esto era una inversión en su futuro.
Y claro, además de asegurarnos de que tuviera lencería digna del evento, había que darle más consejos.
—Bien, escucha —dije con seriedad, apoyando las manos en sus hombros— Siempre ten protección a mano.
—Esto es un infierno.
—Estoy hablando en serio —insistí— No confíes en que el otro la tenga.
Hinata asintió con gravedad.
—Siempre hay que estar preparada.
—Y si las cosas se ponen demasiado intensas y necesitas una pausa, hazlo notar.
—¿Saben qué? —interrumpió Alice con los ojos entrecerrados— Tal vez debería contarle a Nobuchika que están haciendo esto.
Me reí con burla.
—Por favor, Nobuchika se desmayaría solo con escuchar la palabra lencería.
Hinata se cruzó de brazos, pensativa.
—Hablando de eso… ¿Shinya será virgen?
Nos quedamos en silencio.
Alice nos miró como si no pudiera creer lo que estaba escuchando.
—No. No vamos a hacer esto.
—Yo digo que no lo es —dije con seguridad.
—¿Por qué lo dices? —preguntó Hinata, genuinamente interesada.
—Porque es Shinya. Porque es caliente. Porque… mira cómo se mueve en el gimnasio.
Hinata se lo pensó.
—Sí, pero también es un nerd.
—Exacto, es el equilibrio perfecto. Un nerd peligroso.
Alice se frotó la cara con frustración.
—Voy a saltar desde esta ventana.
—No hasta que termines de elegir —respondí, sonriendo triunfalmente.
Alice estaba totalmente derrotada.
No solo la habíamos arrastrado por cada tienda de lencería en el mall, también le habíamos dado más consejos de los que probablemente necesitaba o quería. Pero esto no era negociable. Esta misión no iba a fracasar en nuestras manos.
Hinata sostenía un delicado conjunto de encaje azul mientras lo evaluaba con ojo crítico.
—Este me gusta. Tiene clase, pero sigue siendo sexy.
Alice enterró la cara en sus manos.
—Dios, por favor, mátenme.
Yo, por mi parte, levanté un conjunto rojo.
—Este también es una opción. Es atrevido.
—No soy atrevida, Akari.
—Lo serás.
Alice nos miró con la expresión de quien acaba de perder toda esperanza.
—¿Cuántos tengo que comprar?
Sonreí, satisfecha con su rendición.
—Un par de opciones para cada escenario.
—¿Cada escenario?
—Claro —dijo Hinata, como si fuera lo más lógico del mundo—. Algo simple para cuando empiecen. Algo más elaborado para cuando quieras deslumbrarlo. Algo transparente para cuando estés lista para destruirlo por completo.
Alice se quedó en silencio absoluto.
Su cara pasó del horror al pánico, luego a la completa resignación.
—Voy a matarlas.
—Después de tu noche de pasión, lo aceptamos.
—NO VA A HABER NOCHE DE PASIÓN.
Hinata y yo nos miramos y asentimos al mismo tiempo.
—Seguro que no —dije con una sonrisa falsa.
Alice apretó los dientes, agarró dos conjuntos al azar y los tiró en la canasta de compras.
—Ya está. Nos vamos.
—Necesitas al menos tres.
—Akari.
—Alice.
Nos quedamos en silencio, viéndonos fijamente.
Alice gimió en frustración, tomó un tercer conjunto con los ojos cerrados y lo lanzó sobre los otros.
—Ahí tienes. ¿Contentas?
—Mucho.
—Me alegra que una de nosotras lo esté.
Hinata le pasó un brazo por los hombros con orgullo.
—Alice, has crecido tanto.
—No quiero crecer más.
Pagué antes de que pudiera escapar y salimos de la tienda con Alice completamente traumatizada.
Mientras caminábamos, Hinata volvió al tema que nos tenía debatiendo antes.
—Entonces, volviendo a la pregunta importante… ¿Kougami es virgen o no?
Alice se quedó tiesa.
—No sé y no me importa.
Yo sonreí con diversión.
—Mentirosa.
—¿Y qué si lo fuera?
Hinata levantó una ceja.
—Entonces vas a tener que enseñarle cosas, Alice.
Alice se atragantó con el aire.
—¡¿QUÉ?!
Me reí, completamente satisfecha con la reacción.
—Tranquila, tranquila. No te pongas nerviosa. No importa si él tiene experiencia o no. Lo importante es que ambos se diviertan.
—Voy a fingir que esto nunca pasó.
Hinata suspiró dramáticamente.
—Pero Alice, cariño, tu gran transformación está en marcha.
—No quiero transformarme en nada.
—Demasiado tarde.
Nos detuvimos en un café y Alice se dejó caer en la silla con la expresión de alguien que acaba de sobrevivir a una guerra.
—¿Ya acabó mi tortura?
—Por ahora.
—Bien.
Pero mientras bebía su café en absoluto silencio, con la bolsa de la lencería a su lado como si fuera un recordatorio constante de su destino, supe que Alice Carter nunca olvidaría esta noche.
Y nosotras tampoco.
Alice
El día comenzó como cualquier otro.
Estaba en la mansión Carter, preparándome para salir hacia la academia, con la rutina de siempre. El uniforme ya estaba listo, el cabello perfectamente arreglado, la terminal en la mesa mostrando los horarios del día. Todo normal.
Excepto por una sola cosa. Frente a mí, sobre la cama, estaban los conjuntos de lencería.
Los había dejado ahí sin pensarlo mucho la noche anterior, pero ahora, en la luz de la mañana, parecían mirarme de vuelta.
Tomé uno, el más normal de todos los que Akari y Hinata me obligaron a comprar. Rosado, de encaje, con pequeñas flores blancas bordadas. Un bustier más que un sostén, algo que cubría más de lo necesario, sin demasiada transparencia, sin la audacia de los otros conjuntos que habían insistido en que probara. Era el más seguro.
Pero, era lencería. Y si lo usaba… significaba algo.
Exhalé, sintiendo el peso de mi propia indecisión, porque la verdad era que quería que pasara algo. Pero también era verdad que era la novia de Ginoza y era verdad que Kougami no iba a dejar que nada pasara.
Y, aun así, mi mano se movió sola.
Tomé las prendas y las deslicé sobre mi piel con la precisión de alguien que no quiere pensarlo demasiado, que no quiere detenerse a analizar si esto tenía sentido o no. El encaje se ajustó cómodamente contra mi cuerpo, el color rosado contrastando con la palidez de mi piel. No era provocador, pero tampoco era inocente.
Me miré en el espejo por un segundo más de la cuenta antes de terminar de vestirme.
Para evitar problemas, metí en mi maletín algo de ropa para cambiarme. Uno de mis pijamas de satén. Ligeros, suaves, lo suficientemente discretos como para no levantar sospechas si alguien los veía en mi bolsa. Entraban perfectamente dentro del maletín, como si hubieran sido hechos para esto.
Suspiré. Todo estaba en su lugar, excepto mi cabeza.
Las clases fueron movidas.
Ginoza, Kougami y yo seguimos con la misma dinámica de siempre, con la tensión implícita, con la competencia que ninguno de los dos iba a abandonar y que, a estas alturas, yo había decidido que no podía evitar, así que mejor me unía.
Luego tuve Psicología del Arte, y esa clase me gustó. Tenía sentido. Hablar de la percepción, de la relación entre la mente y la creación artística, de cómo cada emoción se traducía en una expresión distinta… todo eso resonaba conmigo.
Pero luego tuve Teoría del Color. Y, en teoría, debería gustarme.
Los colores son lindos, la teoría es interesante, pero en la práctica… no.
No me gustaba. No entendía por qué tenía que pasar una hora analizando combinaciones y contrastes cuando simplemente podía decir "esto se ve bien y esto no".
Cuando las clases terminaron, me encontré caminando hacia donde había quedado en encontrarme con Kougami.
Y entonces la voz de Kougami regresó.
"No importa lo que tengas puesto, porque tú, sin nada, eres lo más hermoso que he visto."
Me detuve por un segundo en el pasillo, sintiendo que mi cuerpo entraba en colapso.
Dios.
¿Por qué me había puesto esto? ¿Por qué escuché a Akari?
¿Por qué Kougami tenía que decir cosas como esa?
Seguí caminando con la sensación de que todo el mundo podía ver a través de mi uniforme, que, de alguna manera, llevaba escrito en la frente que debajo de la ropa estaba usando algo que no era normal en mí.
Cuando lo vi esperándome, apoyado contra la pared con su postura relajada de siempre, quise que la tierra me tragara.
Y lo peor de todo es que él aún no había dicho nada.
Kougami
Tomoyo, sencillamente, ganó esta vez.
Estoy sentado en la mesa del comedor, viendo cómo Alice amasando panecillos como si lo hubiera hecho toda su vida, con una camiseta y un pantalón de mi madre porque la idiota pensó que podía cocinar con el uniforme de la academia, o peor aún, que Tomoyo la dejaría cocinar con el uniforme de la academia. Claramente, Alice no sabe cocinar. Pero aprende rápido. Observa con detenimiento, sigue cada instrucción con la precisión de quien se niega a fallar y, aunque todavía no confía del todo en sus manos, su concentración es absoluta.
—Más presión con los dedos, Alice —dice Tomoyo, guiando sus movimientos con paciencia infinita—. No tienes que tratarlo como si fuera una pieza de porcelana.
—¿Y si lo rompo?
Tomoyo suelta una risa suave mientras acomoda su propio panecillo en la bandeja.
—No vas a romperlo. Pero si lo sigues tocando con esa delicadeza, se va a quedar sin forma antes de entrar al horno.
Alice frunce el ceño, claramente insultada por el comentario, pero no responde. Se muerde el labio mientras aplica más presión, amasando la masa con un movimiento más seguro, y por un instante, me quedo mirándola sin pensar en nada más.
No hay maquillaje en su cara, su cabello está desordenado en una media coleta floja, hay harina pegada en su piel y, aun así, se ve jodidamente hermosa. Hay algo hipnótico en verla así, con la ropa suelta de mi madre, con la expresión completamente absorta en lo que está haciendo. Y sin quererlo, sin planearlo, mi mente me juega una imagen que se siente demasiado clara, demasiado real.
No ahora, pero más adelante.
Cuando Alice ya no tenga que preguntarle a Tomoyo si la masa está bien, cuando sepa hacerlo de memoria, cuando esto no sea algo nuevo sino parte de nuestra vida juntos. No como una visita a mi casa, no como un juego, sino como nuestro hogar.
No me veo sentado en la mesa como ahora, esperando, observando en silencio. Me veo junto a ella, con las mangas arremangadas, con las manos en la harina, riéndome cuando finge molestarse porque hago las cosas demasiado rápido. Me veo a su lado, haciéndole bromas, robándole un bocado de la carne cruda solo para verla fruncir el ceño en falso reproche antes de besarme para callarme.
Porque si esto va a pasar, si va a llegar el día en que Sibyl nos declare compatibles, entonces Alice va a ser mía.
Y no hay otra imagen en mi cabeza que me haga más sentido que esa.
—Muy bien —dice Tomoyo, sacándome de mis pensamientos—. Ahora, los dejamos reposar y vamos con la carne.
Alice suspira, sacudiéndose la harina de las manos antes de mirarme de reojo.
—Si sigues mirándome así, Kou, voy a pensar que esperas que te cocine todas las noches.
Sonrío apenas, sin responder, porque Alice no se da cuenta.
No entiende que esto no es un simple juego para mí.
Alice
Tomoyo volvió de este asunto un arte. No era solo cocinar hamburguesas, no. Era un ritual.
Primero, la carne. Tomoyo me enseñó a molerla correctamente, a agregar la sal en el momento exacto para que no soltara demasiado líquido, a darle forma con el peso justo de las manos, sin presionar demasiado para que no se volviera densa ni compactarla hasta que pareciera cartón. Luego, los panecillos que amasé con más concentración de la que jamás puse en mi vida en una clase de escultura. Ya habían reposado, estaban listos para el horno, y mientras se cocían, pasamos al siguiente paso.
—Lo más importante aquí es el hierro —explicó Tomoyo, con la sartén de hierro fundido en la mano—. No uses cualquier sartén. Si quieres que la carne se selle bien, si quieres ese dorado perfecto, esto es lo que necesitas.
Asentí con la seriedad de quien está recibiendo conocimiento sagrado. Tomoyo sonrió con satisfacción y me hizo seña para que pusiera el primer medallón en la sartén caliente. Cuando lo hice, el sonido del chisporroteo llenó la cocina, y algo dentro de mí se sintió ridículamente orgulloso.
—Bien —dijo Tomoyo, observando la carne dorarse con precisión calculada—. Ahora, no la toques.
—¿Por qué?
—Porque necesita tiempo para desarrollar la costra. Si la mueves demasiado, arruinas el sellado.
Me mordí el labio y asentí, resistiendo la tentación de moverla.
Tomoyo esperó el tiempo justo antes de decirme que la girara, y cuando lo hice, se veía perfecta.
—Ahora el queso —indicó.
Tomé una lámina de cheddar y la puse sobre la carne, viendo cómo empezaba a fundirse lentamente con el calor.
—Y ahora, el panecillo —continuó Tomoyo, sacando los primeros del horno—. Los vamos a tostar en la sartén con un poco de mantequilla.
Hice lo que me dijo, observando cómo los panecillos tomaban un color dorado perfecto mientras el aroma de la mantequilla invadía la cocina. No tenía idea de que estos pequeños detalles hicieran tanta diferencia, pero Tomoyo lo hacía ver como un proceso exacto, meticuloso.
Luego, el armado. La primera hamburguesa obviamente era para Shinya.
Me giré con el plato en la mano y se lo pasé sin decir nada. Él la tomó, me miró brevemente con ese brillo de aprobación que rara vez mostraba, y luego le dio el primer bocado.
Y en ese instante, pareció estar en otro mundo.
Se quedó en silencio, masticando con calma, sin decir absolutamente nada. No sé si estaba procesando, si estaba evaluando, si simplemente no tenía palabras. Pero cuando finalmente me miró de nuevo, su expresión lo dijo todo.
—¿Está bien? —pregunté, más por confirmar que por dudar de mi creación.
Shinya solo asintió, tomando otro bocado sin molestarse en responder.
Tomoyo soltó una risa suave.
—Creo que lo aprobó.
—Es lo mejor que ha comido en su vida, y lo sabe.
Shinya resopló suavemente, pero siguió comiendo como si fuera la última comida que iba a tener en el mundo.
Sonreí satisfecha y volví a la cocina para armar una para Tomoyo y otra para mí.
La miré con orgullo antes de darle el primer mordisco.
Y lo entendí, porque era la mejor hamburguesa que había comido en mi vida.
Kougami
La hora de dormir llegó con una calma engañosa, con esa tranquilidad cargada de tensión que solo existía cuando Alice estaba demasiado cerca. Yo ya estaba acostado, con la luz baja filtrándose por la ventana, dejando sombras suaves en el techo. Escuché el sonido del agua en el baño, el eco de su rutina nocturna, y luego, la puerta se abrió y Alice apareció, vestida con un pijama de satén que claramente había traído de casa, porque no tenía nada que ver con la ropa que mi madre tenía en el armario.
La observé acercarse con la misma indiferencia que siempre intentaba fingir, aunque no sirviera de nada.
—Bueno, es un alivio saber que no te pusiste la lencería —dije con una sonrisa ligera, sin moverme de mi posición.
Alice se detuvo un segundo, con una expresión que no delataba nada, pero sus ojos brillaban con algo peligroso.
—¿Cómo sabes que no lo hice?
Mi sonrisa no se borró, aunque internamente supe que acababa de pisar un terreno del que no podía salir ileso.
—Supongo que no lo sé —respondí con calma— Pero lo dudo.
Alice inclinó la cabeza con un gesto pensativo, como si estuviera considerando algo, y luego me miró directamente.
—Podría mostrártelo.
Mi respiración se hizo más lenta, no porque me sorprendiera la respuesta, sino porque sabía que lo decía en serio.
No respondí de inmediato. Solo la miré, dejando que el silencio hablara por mí, antes de soltar un simple:
—Haz lo que quieras.
Alice no titubeó.
Llevó las manos a los botones de su pijama y los desabrochó lentamente, con una deliberación que me hizo sentir cada segundo de esa decisión. Cuando la parte superior del satén se deslizó de sus hombros, el bustier rosado quedó al descubierto, con su encaje delicado y las pequeñas flores blancas bordadas en la tela.
No pude dejar de observarla.
El rosa contrastaba con su piel pálida, con la suavidad de su cuello, con la forma en que la luz tenue del cuarto delineaba cada curva con precisión quirúrgica. No era algo provocador en exceso, no tenía la intención descarada de seducir, pero quizás por eso mismo se sentía aún más peligroso.
Intenté encontrar las palabras, la fuerza para decir algo que no me traicionara, pero todo lo que pude soltar fue:
—Te queda bien.
Alice sonrió apenas, como si hubiera conseguido exactamente la reacción que quería, y luego volvió a subirse el pijama, acomodándose como si nada hubiera pasado. No lo dijo en voz alta, pero sabía que acababa de ganar.
Se recostó a mi lado sin pedir permiso, sin dejar espacio entre nosotros, sin fingir que no estaba buscando algo en mí.
El perfume llegó antes de que pudiera detenerlo, el aroma inconfundible de manzana caramelizada y frambuesa, dulce y cálido, demasiado Alice. Era ridículo lo mucho que provocaba con tan poco, lo fácil que hacía que mi propio cuerpo reaccionara a su cercanía sin que yo lo decidiera.
Quería comérmela, pero no lo haría.
Alice se acurrucó más, enterrando el rostro en mi cuello, con su mano apenas rozando mi brazo, con la respiración tranquila pero expectante. Por alguna razón, necesitaba cariño, y yo no iba a negárselo.
La abracé un poco, sin exagerar, sin que pareciera que estaba cruzando ninguna línea, pero lo suficiente para que supiera que estaba ahí. Nuestras piernas se entrelazaron sin darnos cuenta.
El deseo era palpable, se sentía en la forma en que Alice se quedó inmóvil, en la manera en que mi propio cuerpo tuvo que contenerse para no inclinarme y besarla, en cómo la línea entre lo que podíamos hacer y lo que no parecía demasiado delgada.
Alice no se movió, pero su respiración se volvió más lenta.
Se quedó esperando. Yo también.
Antes de que pudiera dormirse, le susurré contra su cabello, con un tono bajo, firme, seguro.
—No importa cuánto tiempo pase. Siempre me voy a sentir igual.
Alice no respondió, pero se quedó dormida en mis brazos.
Yo no pude hacerlo. Me quedé despierto un largo rato, observándola, recordando cada segundo de lo que acababa de ver, de lo que sentí, de lo que pasó aquella noche en la mansión Carter.
Cerré los ojos, exhalé con lentitud, y me obligué a no pensar en nada más.
Porque si lo hacía, no iba a poder dormirme nunca.
Alice
Me desperté entre sus brazos.
La luz matinal se filtraba suavemente por la ventana, iluminando la habitación con un tono cálido y silencioso. El aire estaba tibio, impregnado con el aroma de su piel, con el rastro de la noche que habíamos compartido. Kougami dormía profundamente, su respiración lenta y estable, su brazo aun descansando sobre mi cintura con esa despreocupación natural suya, como si el hecho de que estuviéramos entrelazados no significara nada.
Pero para mí, sí significaba. Lo observé con el descaro de quien no tiene miedo de ser descubierta. Dios, cómo me encanta.
Su cabello, desordenado y revuelto sobre la almohada, con ese estilo desordenado que siempre lleva... La línea de su mandíbula, la forma en que su pecho subía y bajaba con cada respiración, la facilidad con la que existía en su propio espacio sin esfuerzo alguno.
Kougami siempre fue peligroso, no por su físico ni por su fuerza, sino porque hacía que sentir algo por él pareciera lo más inevitable del mundo.
Llevé una mano a su rostro, rozando con la yema de los dedos la curva de su pómulo, sintiendo el calor de su piel bajo mi tacto. No podía evitarlo. No quería evitarlo. Era mío en este momento.
Y entonces, simplemente, lo hice.
Me incliné sobre él, con la delicadeza de quien está robando algo preciado, y le di un beso.
Suavemente, brevemente. Porque no tenía que enterarse.
Pero entonces, su respiración cambió. Su cuerpo se tensó apenas, su pulso se volvió más consciente, y antes de que pudiera alejarme sus ojos se abrieron.
Mierda.
Kougami
Un beso no puede hacernos daño, ¿verdad?
Eso es lo que me digo en el instante en que mis ojos se abren y la veo tan cerca, su aliento cálido aun rozando mis labios, su mirada atrapada entre el deseo y el pánico de haber sido descubierta. No me alejo. No dejo que el momento se enfríe. La atrapo antes de que pueda huir, antes de que intente fingir que no lo hizo, antes de que pueda dar un paso atrás y escapar de lo que sabemos que siempre ha estado ahí.
La beso como se debe, con todo lo que tengo.
Con la fuerza contenida de quien ha esperado demasiado, con la desesperación silenciosa de quien se niega a admitir lo mucho que lo necesitaba, con la certeza de que no va a volver a pasar hasta que Sibyl nos declare compatibles. O eso quiero decirme, eso quiero creer. Pero ahora, con Alice bajo mis manos, con su cuerpo encajando en el mío como si lo hubiera hecho mil veces, nada de eso importa.
Me lo devuelve sin dudar.
Nos entrelazamos de una manera visceral, con el hambre de quienes se conocen demasiado bien, de quienes han estado al borde del precipicio tantas veces que ya no saben qué se siente no estar ahí. Nos encanta la forma en que nuestros cuerpos encajan, la manera en que mis manos trazan caminos por su piel aún cubierta de satén, el leve estremecimiento que provoca cuando el roce se vuelve más intencionado. Nos deseamos de una manera insana.
Siento el satén bajo mis dedos, la suavidad de la tela resbalando entre mis manos, pero debajo de eso está el encaje del bustier. Lo imagino, lo visualizo con claridad, porque sé exactamente cómo se ve, y estoy descubriendo cómo se siente.
Y ese pensamiento hace que mi pulso se acelere, que mi control se debilite por un instante.
Alice lo nota, por la forma en que mi agarre se vuelve más firme, en cómo mis labios se demoran sobre los suyos antes de separarse. Pero cuando la suelto, ella se hunde en la almohada de inmediato, con la respiración entrecortada, el rostro completamente rojo, incapaz de mirarme directamente.
Está avergonzada. Y la dejo así.
No le doy ninguna explicación, no intento suavizar lo que acaba de pasar. Porque si empiezo a explicarle que hemos hecho esto demasiadas veces sin llegar al final, si le recuerdo todas las veces en las que nos detuvimos antes de cruzar la última línea, vamos a empezar a hablar de cosas demasiado complicadas.
Y yo no quiero hablar.
Solo quiero quedarme con la sensación de sus labios en los míos. Con la certeza de que, aunque tengamos que esperar, ella sigue siendo mía.
Alice
Estoy desparramada en el sofá de la sala de estar de la mansión Carter, con la mirada perdida en el techo y la mente en el borde del colapso. El silencio de la casa es cómodo, envolvente, pero mi cabeza no deja de reproducir lo que pasó anoche. No debería estar pensando en eso, no debería sentir todavía el eco de sus labios en los míos, no debería querer revivir cada segundo de ese maldito beso.
El sonido de mi terminal vibrando rompe la tranquilidad con un anuncio claro de que mi paz está oficialmente terminada.
Akari: ALICEEEEEE, NECESITO INFORMACIÓN. ¡DETALLES! ¡DETALLES!
Me froto la cara con ambas manos, sintiendo la frustración correr por mi cuerpo antes de contestar.
Alice: No pasó nada.
Tardo exactamente dos segundos en recibir una respuesta.
Akari: JAJAJAJAJA NO PUEDE SER.
Akari: ALICE, ES KOU, ES TU PRIMERA NOCHE EN SU CASA.
Akari: ¡NO ME HAGAS CREER QUE SE ACOSTARON COMO DOS NIÑOS DE KINDER!
Mi ojo tiembla.
Alice: Solo dormimos.
Silencio.
Veo los tres puntos de Akari escribiendo y mi cuerpo entero se prepara para el ataque.
Akari: AJAJAJAJAJA SÍ, CLARO, Y YO SOY UNA MONJA.
Akari: ¡Dame una sola prueba de que esa noche fue completamente pura y te dejo en paz!
Aprieto los dientes. No quiero responder. No quiero darle material. Pero Akari no va a soltar esto hasta que tenga algo.
Alice: Hubo un beso.
Instantáneamente, los mensajes explotan.
Akari: ¡JAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJA!
Akari: ¡ATREVIDA!
Akari: ¡ALICE CARTER, ATRÉVIDA!
Cierro los ojos, deseando por un segundo que la tierra me trague y me escupa en otra dimensión.
Alice: No le digas a nadie.
Akari: ¿Crees que le voy a decir a alguien? ¡Este es un SECRETO DE ESTADO!
Akari: Si Ginoza se entera, literalmente EXPLOTA.
La forma en que lo dice me enferma aún más. Akari tiene razón.
Esto no es algo que pueda salir de aquí. Suelto un suspiro y dejo caer la terminal sobre mi pecho, sintiendo el peso de mi propia estupidez aplastándome contra el sofá.
Lo de anoche no debería haber pasado. Pero pasó.
Y ahora, tengo que vivir con ello.
