Capítulo 6: Un encuentro impactante

A la mañana siguiente, Harry bajó a primera hora al Departamento de Misterios y le volvió a pedir al viejo guardián que llamara a Hermione.

—No hay acceso. —Repitió el anciano con la misma indiferencia, tras una breve manipulación de su bola de cristal.

—¡¿Está bromeando?! —Estalló enfurecido Harry. —¡Ya debería estar en el trabajo!, ¡Miré otra vez!

—Gritar no servirá de nada. —Respondió secamente el inefable, alzando sus pequeños ojos turbios hacia el impulsivo visitante. —Repito: No hay acceso.

Por su expresión, Harry entendió que la conversación había terminado, y que cualquier nuevo intento de comunicarse con Hermione sería en vano. Pensó que, años atrás, probablemente habría aturdido a ese viejo desagradable con un hechizo y entrado a la fuerza, sin importarle las reglas ni las consecuencias. Pero ahora, desde hacía tiempo, aprendió que actuar impulsivamente rara vez conducía al resultado deseado. Al contrario, ese comportamiento sólo traería una gran cantidad de problemas, no sólo para él, sino también para quienes lo rodeaban.

Harry decidió conformarse con enviar un Patronus. Para su sorpresa, la nutria plateada acudió pronto a su señal y le comunicó, con la alegre voz de su amiga, que todo estaba bien y que simplemente había decidido tomarse un par de días libres. Hermione también le dijo que en ese momento estaba trabajando en algo importante, del cual le contaría con más detalle cuando se vieran.

Harry se sorprendió. En todo el tiempo que llevaba conociendo a Hermione, nunca se había tomado días libres. Ni siquiera solía irse de vacaciones, algo de lo que Ron siempre se quejaba. De cualquier forma, el sonido de su voz logró tranquilizarlo: Si Hermione estaba enviando un Patronus, entonces no había duda de que, al menos, estaba bien.

Con eso, decidió poner en pausa cualquier intento de aclarar las cosas con sus amigos y, finalmente ocuparse de los papeles, que ya llevaban varias semanas acumulándose en su escritorio en un completo caos, esperando ser ordenados. Harry se pasó toda la mañana intentando entender los informes de sus subordinados, visitó al ministro en dos ocasiones y envió otra vaga respuesta al abogado de Lucius Malfoy, amenazándolo con que, si seguía presionando para que se revisara el caso, el auror también revisaría toda la lista de acusaciones presentadas contra su cliente, y quien sabe, podría encontrar un par de cargos que antes se habían pasado por alto.

Justo después de la guerra, Harry, en señal de agradecimiento a Narcissa, no testificó contra su esposo. Lucius ya tenía suficientes acusaciones para ser enviado a Azkaban. Pero gracias a los esfuerzos de ese molesto abogado, Harry estuvo a punto de cambiar de opinión, ya que era evidente que la conciencia de los Malfoy no había mejorado ni un poco después de la muerte de Voldemort. Liberar a uno de los mortífagos más cercanos al señor Tenebroso sería un muy mal ejemplo para los demás. Harry no podía ni quería permitirlo. Lucius debería de estar agradecido con las autoridades por no haber sido condenado al beso de dementor.

No fue hasta después del almuerzo que sus asuntos del día empezaron a reducirse, y Harry decidió finalmente, aclarar lo que no lo había dejado en paz durante casi un día.

En Sortilegios Weasley ya reinaba el bullicio habitual. El negocio prosperaba, ganando más impulso cada año. Magos de todas las edades se amontonaban alrededor de los estantes repletos de productos extraños, bombardeando a Verity con preguntas. En cuanto George reabrió la tienda después de la guerra, la joven y alegre bruja volvió a sus funciones como asesora.

Aquí se podía encontrar de todo: Pantanos portátiles, barras para vomitar, puffs miniatura, pociones de amor, calderos explosivos, kits de magia muggle y mucho más. La mirada se perdía entre la enorme variedad de productos y las vitrinas llenas de luces brillantes.

Harry encontró a su amigo en el rincón más apartado, mostrándole a un niño de unos catorce años unas plumas mágicas con corrector ortográfico incorporado. Caminó con paso decidido en su dirección, agarrando firmemente con su mano su varita por si acaso.

En cuanto Ron lo vio, se giró bruscamente y gritó:

—¡¿Qué estás haciendo aquí?!, ¡Lárgate! Y que tu espíritu nunca más se aparezca en esta tienda…

El hechizo inmovilizador salió de su varita de forma no verbal. Esta vez, Harry decidió evitar hacer un espectáculo para los curiosos, algunos de los cuales ya habían estirado el cuello en su dirección. Sin decir palabra, agarró a Ron por la nuca y lo arrastró rápidamente hacia los cuartos del fondo.

—No tardaremos mucho, sólo será una charla sincera. —Le dijo a George, quien los miraba de reojo. —Prometo devolvértelo sano y salvo.

George asintió levemente. Él más que nadie era consciente del temperamento explosivo y la tendencia de su hermano a sacar conclusiones apresuradas. Seguramente había vuelto a malinterpretar algo y terminó peleándose con su amigo. Que se las arreglaran entre ellos.

Harry empujó con fuerza a Ron hacia un viejo sofá cubierto con una manta de retazos, y conjuró unas resistentes cuerdas para sujetar firmemente al Otelo. Luego, lanzó un hechizo silenciador, por si acaso: Ron era capaz de gritar como una mandrágora enfurecida y eso bastaría para ahuyentar a todos los clientes. Sólo después de haber hecho todas estas sencillas precauciones, Harry le retiró el hechizo inmovilizador a su amigo.

Ron inmediatamente comenzó a retorcerse en el asiento, haciendo todo lo posible por liberarse.

—¡¿Por qué demonios has venido aquí, bastardo?!

Harry se sentó frente a él en una vieja silla de madera y suspiró, agotado.

—Si tu plan es soltar todo el diccionario de insultos, adelante. —Dijo con calma. —Pero no me voy a ir hasta que me digas qué te pasa.

—¡¿Me estás tomando el pelo, idiota?! —Escupió Ron, sin dejar de forcejar, aunque fuera inútil. —¡La besaste!, ¡La besaste delante de mí y luego se fueron juntos por la chimenea!, ¡Me quitaste a mi novia!, ¡¿Qué más quieres?!, ¡¿Por qué estás aquí?!, ¡He dicho que te largues!, ¡No soporto ver tu cara! O desátame y pelea como un hombre, de lo contrario estás usando estás malditas cuerdas porque tienes miedo de que te parta la cara, ¡Eso es, ¿Verdad?!

—Ron, nunca he besado a Hermione. —Harry empezó a alterarse. —No tengo ni idea de por qué te dejó, ¡Pero yo no tuve nada que ver con eso!

—Ah, claro, te creo. —Musitó Ron. —¿Crees que no me doy cuenta que sólo intentas engañarme para recuperar a Ginny?, ¡Ja!, ¡Buena suerte! Le conté todo sobre ti y Hermione. Para que ella también sepa qué clase de personas son, ¡Traidores!

—Ron…

—¡¿Ron qué?!, ¡¿Sabes?, Aún no sufro alucinaciones!

Harry estaba harto de discutir con él. La furia de Ron no estaba aclarando la situación en lo más mínimo, sólo la estaba haciendo más confusa. Lo último que Harry quería era recurrir a ese método, pero lamentablemente, su amigo no le dejó otra opción. Apuntó la varita hacia él, poniendo toda su determinación en el hechizo, y dijo:

—«¡Legilimens!».

Tomado por sorpresa, Ron no pudo evitar la intrusión a su mente, y ante los ojos de Harry, comenzaron a aparecer imágenes como un remolino colorido. Al principio estaban borrosas, pero pronto se aclararon, formando una escena que dejó en shock a Harry. De repente, se vio claramente a si mismo por la noche en medio del Atrio del Ministerio, abrazando fuertemente a Hermione y besándola con fervor, ¡Esto no podía ser cierto!, ¿Se estaba volviendo loco? No había duda: Hermione definitivamente lo estaba besando. O a alguien que se parecía exactamente a él. Qué extraño…

Sumido en una gran confusión, Harry perdió el control y al instante se vio bruscamente forzado a salir de la mente de Ron.

—¿Y bien? —Sonrió su amigo, mirándolo con odio. —¿Vas a seguir negándolo?, ¿Dirás que no eres tú, sino tu maldito doble?, ¿O te inventarás una mentira más interesante?

—No lo entiendo… —Susurró Harry. —¡Ron, de verdad que no entiendo nada!, ¿Cómo… por qué…? Espera, ¿Estás seguro de que este es tu verdadero recuerdo?, ¿Estás seguro de que nadie ha manipulado tu mente con magia oscura?

—¡Vete al diablo, imbécil!, ¡Eres un pésimo actor, así que deja de hacerte el sorprendido! —Gritó Ron con más fuerza. —¡No me trago que no hayas reconocido tu cara!

Harry se frotó las sienes. Le dolía la cabeza. No entendía qué demonios estaba pasando en los recuerdos de Ron ni con él mismo. Podía jurar que tenía la impresión de ver a alguien que no era él. O al menos, no del todo. Aquel tipo estaba demasiado arreglado, además, Harry no recordaba haber tenido ropa tan cara en su armario. Nunca se había preocupado mucho por la moda, pero estaba seguro que jamás en su vida se habría atrevido a ponerse una camisa blanca de satén con brillo. Y esos ridículos gemelos. Tenía la sensación de que Malfoy había ingerido la Poción Multijugos usando su cabello y se le había insinuado a Hermione delante de Ron. Una bajeza muy propia de él, pero, aun así, la suposición le parecía una completa tontería. Malfoy y los de su clase preferirían lanzarse una maldición asesina en la sien antes que acercarse a una bruja nacida de muggles. Ni siquiera las reformas tras la guerra podían cambiar ese hecho.

—Piensa lo que quieras, pero ese no era yo. —Declaró Harry, levantándose de la silla y liberando a Ron de las cuerdas con un movimiento de varita. —Te prometo que voy a aclarar todo esto.

—Si, como no. Seguro que lo vas a aclarar…—Gruño Ron, frotándose las muñecas. —¡Lárgate de aquí!

Harry suspiró profundamente. Al parecer, Ron no tenía intención de escucharlo, ¿Y qué podía decirle, si ni él mismo entendía lo que acababa de ver? Sentía un nudo en la garganta. Tenía un mal presentimiento.

Hermione llevaba toda la mañana estudiando las notas que había conseguido en la Sala de Conocimientos. Su nuevo huésped roncó en la habitación de al lado hasta la hora del almuerzo. Después de su breve altercado durante la cena, Hermione se había calmado bastante rápido y ahora sentía una intensa incomodidad y culpa. Anoche había exagerado al darle consejos no solicitados a alguien que ni siquiera conocía. Por mucho que se pareciera a Harry, estaba claro que era una persona completamente diferente. Y en ese caso, ¿Qué podía importarle a Hermione con quién salía el Harry de otra realidad? Astoria Greengrass… ¡O incluso Padma Patil! Hermione negó con la cabeza, ¿Y por qué hablar de su vida amorosa le afectaba tanto que incluso la hacía olvidar su discreción y caer en sermones?

Sin querer empeorar la situación, la chica decidió preparar el desayuno. El café y los huevos revueltos, por supuesto, no podían competir con la obra maestra culinaria que Harry había hecho la noche anterior, pero no tenía energías para hacer algo mas elaborado.

Harry apareció en la cocina justo cuando Hermione retiraba la sartén caliente del fuego.

—Buenos días. —Dijo, frotándose los ojos con sueño. —Mmm… Huele delicioso.

—Hola. —Respondió ella, colocándole enfrente un plato con huevos revueltos, un par de tiras de tocino y una taza de café. —Toma, sírvete.

—Pero que linda estás hoy. —Tomó el tenedor y le guiñó un ojo. —Dulce caramelo.

—Sí. Y será mejor que no me hagas enojar. Verás, normalmente no suelo ser una mujer muy agradable…

Harry se metió un trozo de tocino en la boca y cerró los ojos con expresión de placer.

—No estoy de acuerdo. —Respondió brevemente. —Eres demasiado dura contigo misma.

Hermione se sirvió una taza de café y se sentó frente a él.

—Oye, perdón por lo de anoche. Me permití hablar demasiado. Tu vida sentimental no es asunto mío.

Él alzó las cejas, sorprendido. La mirada de sus ojos verdes adquirió un tono burlón, lo que hizo que Hermione se sintiera avergonzada una vez más y se dio cuenta de que aquel demonio disfrazado de amigo podía ser realmente atractivo. Era tan fácil confundirse por su gran parecido con Harry… De vez en cuando se olvidaba de que frente a ella no estaba su mejor amigo, sino un desconocido.

—En realidad, tenías razón en lo que dijiste ayer. —Coincidió él de manera inesperada, haciendo que Hermione se quedara paralizada con la boca abierta. —Realmente es una relación de mierda. Ni siquiera sé por qué me metí en ella. Supongo que quería molestar a Malfoy.

—¿Malfoy?

—Sí. Draco Malfoy también está detrás de Astoria.

—¿Así que incluso allá también están peleados? —

Harry frunció el ceño.

—Necesito salir un rato. —Informó Hermione, apartando su plato de huevos revueltos sin terminar. —Quiero encontrar un libro. Ya encargué la comida, debería llegar en cualquier momento. Espero que no intentes escaparte de nuevo.

—¿Qué?, ¿Otra vez?, ¡Voy a empezar a trepar por las paredes, cariño!, ¡Odio estar encerrado tanto tiempo! Y además, ya que estoy atrapado aquí, necesito algo de ropa, y también… —Harry se interrumpió a mitad de la frase, pero enseguida se recompuso y continuó: —Maldición, nunca pensé que llegaría a decirle algo tan humillante a una mujer, pero la verdad es que no tengo ni un solo knut encima, ¿Podrías prestarme algo de dinero? Te lo devolveré cuando… bueno, si encuentro la forma de enviar efectivo desde una realidad alterna.

Hermione se detuvo en medio del pasillo, ¿Por qué no se le había ocurrido antes que algo así podía pasar?

—Por supuesto. Te daré dinero…

—Créeme, gano bien. Soy un deportista profesional. Es sólo que…

—No lo dudo, Harry. Difícilmente llevarías contigo tus ahorros del banco cuando emprendiste un viaje entre mundos paralelos. Perdón por no haber considerado ese detalle. Solo que… —Él la miró con curiosidad mientras le daba un sorbo a su taza. —¿Te importaría si vamos al barrio muggle? Ya te dije que no quiero que me vean en la parte mágica de Londres por ciertas razones… Eres demasiado famoso en este mundo para ese tipo de paseos, así que, si quieres ir al Callejón Diagon primero tendrías que tomar Poción Multijugos o…

—No hay problema, caramelo. —Sonrió. —Los muggles se visten mucho mejor que nosotros. Yo sólo tengo túnicas y uniformes deportivos de las tiendas mágicas.

—Perfecto. Entonces hagamos lo siguiente: Yo me ocupo de mis asuntos, paso por el banco y después vamos a Oxford Street. —Sugirió Hermione.

—¡Oh!, ¿Aún no quieres perderme de vista? —Se rio él. —Hermione Granger no confía en nadie, ¿Verdad?

—No. Confío en Harry.

—Que suerte tiene. —Su mirada se volvió tan intensa y escrutadora, que Hermione prefirió dar por terminada la conversación y salir de la cocina. Tenía que admitirlo, a este Harry le resultaba demasiado fácil ponerla nerviosa.

En la mente de Harry reinaba un completo caos. No se había sentido tan confundido desde que había llevado el horrocrux de Voldemort en el cuello. No entendía nada de lo que estaba ocurriendo a su alrededor, pero estaba completamente seguro de que todo era parte de algún complot contra él, Ron y Hermione.

¿Qué eran esos besos delante de su amigo? Definitivamente, debía de haber un doble involucrado, Harry no tenía ninguna duda de eso. Pero entonces, ¿Quién era él y de dónde había salido? Además, no podía descartar la posibilidad de la Poción Multijugos. La idea de que unos desconocidos pudieran haber sometido a Hermione a una maldición imperius le helaba la sangre.

Harry salió de Sortilegios Weasley decidido a salvarla. La pelea con Ron y la discusión con Ginny dejaban una dolorosa sensación en su corazón, pero incluso ese sentimiento se desvanecía ante el peligro real que amenazaba a Hermione. Lo más importante ahora era encontrar a ese maldito doble y sacarle toda la verdad a golpes.

Harry ya estaba acostumbrado a los psicópatas problemáticos que aparecían en su vida con una sorprendente regularidad. Por ejemplo, un año atrás, apareció un anónimo que daba entrevistas a todos los periódicos mágicos, acusando abiertamente a Harry de estar poseído por el alma del Señor Tenebroso. Harry tuvo que luchar con la "libre" prensa, que se negaba a revelar a su supuesto informante. El propio Harry pasó varios meses esquivando a los periodistas hasta que finalmente se encontró al mentiroso.

Lo curioso fue que ni siquiera se trataba de un ex mortífago, sino del antiguo compañero de habitación de Gilderoy Lockhart, que había logrado escapar de San Mungo. Resultó que aquel sujeto había escuchado fragmentos de las historias de su trastornado amigo (Lockhart había perdido la memoria, pero no su desarrollada imaginación), había leído todos sus libros y terminó inventando su propia historia, que él mismo se creyó.

Harry había desarrollado una fuerte inmunidad ante este tipo de problemas. Pero esta vez, la situación estaba tomando un giro mucho más serio: Algún desgraciado, al parecer, había logrado acercarse a Hermione y pretendía hacerle daño.

Harry pasó rápidamente por el Ministerio, donde tomó un par de pociones por si acaso, y sin previo aviso, viajó a través de la Red Flu, directo al apartamento de su amiga.

Harry Potter se sentó cómodamente en el sofá de la sala y se entretuvo leyendo las últimas notas de la prensa. Ya había guardado en la alacena la comida recién entregada y ahora se estaba volviendo loco de aburrimiento esperando a Hermione. En este mundo gris y aburrido, ella se había convertido en su única distracción y, lo que era más importante, en su única esperanza de volver a casa. Por eso, al menos por ahora, apartó cualquier pensamiento de huir y decidió comportarse.

El fuego verde que estalló de la chimenea lo arrancó de su pasatiempo inútil, obligándolo a girarse hacia el origen del ruido. Esperó ver a Hermione, pero en lugar de ella, su doble entró en el salón.

—Vaya, llegué justo a tiempo. —Siseó Harry y al instante lanzó un hechizo inmovilizador contra el intruso.

El otro Harry, por puro instinto, arrojó el periódico arrugado contra el rayo volador y lo esquivó milagrosamente, lanzándose detrás del sofá.

—¡¿Quién demonios eres tú?! —Rugió Harry, sacudiéndose la ceniza. —¡¿Y qué quieres de Hermione?! —Avanzó con cautela, notando de reojo que la varita del imbécil seguía tirada sobre la mesa de centro.

—¡Oye, tranquilízate! —Harry intentó asomarse por detrás del respaldo del sofá, pero el siguiente hechizo pasó a escasos centímetros de su cara, provocando que el sillón se volcara por completo. El visitante se quedó completamente expuesto.

Retrocedió, mirando horrorizado a su copia enfurecida. La expresión severa en aquel tipo no presagiaba nada bueno, y su impecable dominio de la magia no verbal demostraba que era un excelente duelista. Tenía el rostro pálido, los labios apretados en una delgada línea y sus ojos brillaban de pura rabia. El Harry que había llegado de otra realidad, pudo ver claramente en su doble los rasgos de James. En combate, su padre no tenía piedad.

—Te lo pregunto de nuevo: ¿Quién eres?

—Hablemos con calma. —Balbuceó Harry. —Yo soy tú… Bueno, casi…

—Bien. Vamos a intentarlo de otra manera…

El siguiente hechizo de su oponente lo golpeó con fuerza en el pecho, y su conciencia se convirtió en una niebla blanca.