Alice

Estaba recostada en el sofá de la sala de estar, aun sintiendo el peso de la conversación con Akari cuando decidí que necesitaba distraerme. Y si había algo que siempre lograba sacarme de mi propia cabeza, era la música.

Sin pensarlo demasiado, saqué el terminal de Naomi.

Era un aparato viejo, gastado por el tiempo, pero su contenido era un tesoro prohibido. Terabytes de música que Sibyl había censurado, canciones que no existían en los registros oficiales, melodías que jamás habían sido transmitidas en las plataformas reguladas. Lo había encontrado hace meses en el sótano de la mansión Carter, un secreto enterrado entre reliquias de una vida que apenas conocí. Una ventana a lo que Naomi escuchaba, a lo que mi madre fue antes de que su existencia se convirtiera en un dato en un informe forense.

Lo encendí y revisé las playlists al azar, deslizándome entre nombres desconocidos y títulos que parecían salidos de otra época, hasta que encontré algo que me hizo detenerme.

Toxic – Britney Spears.

Fruncí el ceño. No conocía la canción, pero el título era lo suficientemente llamativo como para que mi curiosidad se encendiera. Conecté mis auriculares y le di play.

La primera nota me atrapó.

El ritmo, la tensión, la forma en que la melodía serpenteaba con una sensualidad descarada, la instrumentación electrónica que se sentía hipnótica. Era todo lo que me gustaba en una canción: pegajosa, intensa y con un aire de peligro implícito.

Para cuando terminó, ya sabía lo que tenía que hacer. Me levanté, busqué la guitarra y empecé a jugar con los acordes.

Un cover. No había mejor idea que esa. Escuche la canción durante un rato para aprender la letra, que anote en un cuaderno, para poder tenerla a mano.

Podía hacerla sonar más cruda, más real. Si cambiaba la base instrumental y la adaptaba a un sonido más rockero, podía darle un giro completamente distinto. Me tomó menos de media hora encontrar el tono perfecto, ajustar la melodía a mi voz y grabarlo en una sola toma. Nada elaborado, solo yo, mi guitarra y un poco de creatividad prohibida.

Cuando terminé, lo escuché una vez más, satisfecha con el resultado. Era perfecto.

Sin pensarlo demasiado, envié la grabación al chat de Irohanabi.

Alice: Les dejo esto. Es material prohibido, literalmente.

No pasaron ni diez segundos antes de que Akari respondiera.

Akari: ALICEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEE

Souta: ¿Qué carajos es esto?

Kaede: ¿De dónde sacaste esto?

Haruto: Nunca había escuchado esta canción.

Shiori: ¿Esto es ilegal?

Solté una risa mientras miraba la pantalla.

Alice: Muy ilegal. Pero es una joya.

Akari tardó exactamente tres segundos en atar cabos.

Akari: Oye, oye, oye… ¿tuvimos INSPIRACIÓN ANOCHE?

Rodé los ojos con fuerza.

Alice: NO. Solo encontré la canción y me gustó.

Pero ya era tarde.

Souta: Seh, esto suena sospechosamente a inspiración.

Kaede: Mucha sensualidad en la voz, Alice.

Haruto: La letra… Alice…

Shiori: Voy a fingir que no sé nada.

Hundí la cara en mis manos. Era demasiado tarde para detenerlos.

Y lo peor estaba por venir.

Horas después, revisé el chat y noté que Shiori había publicado el video.

Me congelé.

Alice: SHIORI, ¿QUÉ HICISTE?

Shiori: Difusión cultural.

Alice: DIME QUE LO SUBISTE PRIVADO.

Shiori: Demasiado tarde.

Akari: Jajajajajajaja, ¡ALICEEEEE! ¡Vas a ser VIRAL OTRA VEZ!

Solté una maldición, pero luego suspiré con alivio.

Por lo menos estaba vestida decentemente cuando lo grabé.

Otra vez. Otra maldita vez.

El sonido incesante de las notificaciones en mi terminal ya era suficiente para ponerme de mal humor, pero lo peor era la forma en que Akari y Hinata me arrastraban por los pasillos de la academia con la fuerza de un tsunami descontrolado.

Al llegar al aula donde nos reuníamos con Irohanabi, me encontré con Shiori revisando su terminal con una expresión que solo podía describirse como hambre digital.

—Los comentarios son excelentes —anunció sin apartar la vista de la pantalla— "Alice Carter es una diosa prohibida", "¿De dónde sacó esta canción?", "Dios bendiga a quien la convenció de grabarlo".

—¿Dios bendiga?

Souta resopló desde su asiento, con la misma tranquilidad de quien está disfrutando el espectáculo sin tener que ser parte del desastre.

—Me gusta que la audiencia aprecie la calidad.

—¡Claro que la aprecian! —Akari se dejó caer en una silla con una energía dramática— ¡Alice, no solo desafías la censura, sino que lo haces con estilo!

No dije nada, principalmente porque tenían razón.

Jamás pensé que Shiori publicaría mi cover tan rápido, ni que explotaría en 2channel con una respuesta tan positiva.

—Necesitamos más. Más. —Shiori levantó la mirada con la frialdad calculada de una estratega.

Parpadeé.

—¿Más?

—Más contenido. Más Alice Carter prohibida.

Solté un suspiro, resignada. Sabía que, si no le daba lo que pedía, Shiori encontraría una forma de conseguirlo. Así que, sin decir nada, saqué mi terminal, busqué en mis archivos y seleccioné el otro cover.

Trigger Finger – Prophecy.

El ambiente en la sala cambió en cuanto vieron el título del archivo.

Souta alzó una ceja, pero fue Akari la que prácticamente gritó.

—¡¿QUÉ?!

Shiori ya estaba descargando el archivo antes de que pudiera retractarme.

—Alice, ¿me estás diciendo que grabaste esto hace tiempo y RECIÉN AHORA NOS CUENTAS?

Hinata puso ambas manos en la mesa con la seriedad de una fiscal en juicio.

—¿Es REAL?

No tuve tiempo de responder antes de que Akari, fanática absoluta de Rina y Prophecy, literalmente muriera.

—¡ALICEEEEEEEEEEEEEEEEEEEE!

Se llevó ambas manos a la cabeza y su cara se transformó en puro éxtasis.

—¡¿QUÉ ES ESTO?! ¡¿POR QUÉ NO NOS DIJISTE?!

Suspiré, cruzándome de brazos.

—Lo grabé después de Shelter 440, un par de días después. Estaba investigando la estructura de las canciones de Prophecy, los arreglos, los efectos… y decidí grabarlo.

Shiori y Akari se miraron, y fue ahí cuando supe que estaba perdida.

—Lo subo.

—¡SUBELO!

—No lo subas.

—DEMASIADO TARDE.

Las notificaciones explotaron en mi terminal antes de que pudiera protestar.

Shiori lo había subido. Y acabábamos de reventar todo por los aires.

Akari

Cuando llegamos a la cafetería de la academia, todo el mundo estaba susurrando.

Podía sentirlo en el aire, en la forma en que las miradas se desviaban en dirección a Alice, en los murmullos apenas contenidos de los estudiantes sentados en cada mesa. Algunos hablaban con emoción, otros con incredulidad, y unos pocos con ese tono venenoso que solo la envidia podía generar. Pero el punto era el mismo: los covers de Alice Carter eran el tema del día.

Así que, por supuesto, la llevé como si estuviera escoltando a la maldita reina del mundo.

Hinata y yo nos posicionamos a su lado, flanqueándola con la determinación de dos guardaespaldas personales, avanzando con la seguridad de quienes saben que están moviéndose con una leyenda en formación. Alice, en cambio, parecía completamente ajena a su propio fenómeno, con la mirada fija en la bandeja de comida como si estuviera intentando decidir si quería curry o udon.

—Alice, esto es un momento histórico, deja de mirar la comida —dije, dándole un codazo ligero.

Ella resopló con fastidio.

—Si es tan histórico, deberían permitirme comer en paz.

—¡ALICE! —la voz de Souta irrumpió en la cafetería, cargada de una euforia peligrosa.

Nos giramos justo a tiempo para ver cómo Souta llegaba casi corriendo, con su terminal en la mano y una sonrisa que solo significaba que algo enorme acababa de pasar.

—¡NOS LLEGÓ UN MALDITO MAIL!

Hinata y yo intercambiamos una mirada rápida, porque Souta estaba demasiado exaltado incluso para sus estándares. Alice, por otro lado, todavía no entendía nada.

—¿Qué mail?

Souta apoyó la terminal en la mesa con un golpe seco y la giró hacia nosotros.

ORIENTAL WORLD COMPANY

Asunto: Contacto con Irohanabi

Silencio. dejó de funcionar.

Hinata dejó escapar un sonido que pareció más bien una mezcla entre un grito y una exhalación contenida. Alice parpadeó lentamente.

—¿Qué…?

—Nos quiere conocer la compañía de management más grande de Japón. —Souta casi gritó las palabras.

Alice frunció el ceño, como si todavía estuviera procesando lo que eso significaba.

—Espera…

—ALICE, POR EL AMOR A TODO LO SAGRADO, ORIENTAL WORLD COMPANY QUIERE CONOCERNOS.

—… ¿Eso es bueno?

Hinata y yo le golpeamos los hombros al mismo tiempo.

—¡ES EXCELENTE, IDIOTA!

La cafetería entera nos estaba mirando ahora, pero no me importaba, porque Alice Carter lo había vuelto a hacer.

Habíamos reventado todo por los aires. Y esto recién estaba comenzando.

Ginoza

Los gritos de Akari se escucharon desde el otro lado del comedor.

—ALICE, POR EL AMOR A TODO LO SAGRADO, ¡ORIENTAL WORLD COMPANY QUIERE CONOCERNOS!

—…

—¡ES EXCELENTE, IDIOTA!

Cerré los ojos y exhalé lentamente, sintiendo la presión instalándose en mi sien. Dios.

¿Otra vez?

Sabía que Alice se había vuelto viral de nuevo. No sabía por qué, tampoco sabía si quería saberlo. Desde la mañana, había estado escuchando murmullos, comentarios aislados en los pasillos, frases como "¿Lo escuchaste?", "Alice Carter lo volvió a hacer", "¿De dónde saca estas canciones?" Pero me había negado a preguntar. No quería meterme en otro desastre.

Pero al parecer, ahora habían conseguido algo importante.

No hice preguntas de inmediato. Estaba sentado en mi mesa habitual, con Kougami a mi lado, porque después de haber intentado sentarme con los de artes, entendí que simplemente no había feeling. No los soportaba y ellos no me soportaban a mí. Alice podía amarlos, podían ser su nueva familia musical, pero yo no iba a forzarme a encajar en algo que no tenía sentido. Kougami tampoco parecía demasiado interesado en quedarse allí, así que, por amistad o por simple costumbre, terminábamos almorzando juntos.

Pero incluso Kougami, con toda su paciencia entrenada, levantó una ceja cuando Akari prácticamente gritó a los cuatro vientos que habían recibido un contacto de Oriental World Company.

—Esto se está yendo de las manos —dije, con la mandíbula tensa.

Kougami bebió su té con calma.

—Sí.

—Y a ti no te preocupa en lo absoluto.

—No.

Lo odiaba. Mi pie golpeaba el suelo con una ansiedad creciente. Sabía que Alice hacía estupideces, era parte de su naturaleza, pero esto era otro nivel. Si Oriental World Company quería conocerlos, significaba que no podían negarse. Ya no era solo un cover subido a escondidas. Ya no era solo un video en 2channel.

Era algo que no tenía vuelta atrás.

Apenas unos minutos después de la explosión de gritos, vi a Alice escapar de la mesa de los de artes.

Se movía con rapidez, con una mezcla de urgencia y frustración, como si estuviera buscando refugio de una tormenta que ella misma había desatado. La observé acercarse sin decir nada, mientras Kougami solo giró la cabeza levemente, sin sorprenderse en lo absoluto.

Alice se dejó caer en la silla frente a nosotros, dejando escapar un suspiro de agotamiento absoluto.

—Voy a vomitar.

Me crucé de brazos y la miré fijamente.

—¿Quieres explicarme qué está pasando ahora?

Alice se pasó una mano por el cabello, claramente en crisis.

—Grabé un cover.

Esperé.

Ella cerró los ojos, como si le costara encontrar la forma correcta de explicarlo.

—Shiori lo publicó.

Mi ojo se crispó.

—¿Qué más?

Alice apoyó la frente en la mesa por un segundo antes de levantarla y seguir hablando.

—Pidió más. Solo tenía otro cover.

No me gustaba hacia dónde iba esto.

—¿Qué cover?

Alice tragó saliva.

—Uno de la banda que escuchamos en Shelter 440.

Mi cuerpo se tensó al instante.

—¿Una banda ilegal?

Alice se encogió ligeramente en su asiento.

—Sí.

—Alice.

No respondí de inmediato. Sentí cómo la frustración se acumulaba en mi pecho, cada músculo de mi cuerpo reclamando por la tensión. No importaba si las canciones eran buenas. No importaba si el público las amaba. Alice estaba jugando con fuego.

—Y ahora… Oriental World Company nos quiere conocer.

Solté una carcajada sin humor.

—Por supuesto que sí.

Kougami, que hasta ahora solo había estado escuchando en silencio, dejó su vaso en la mesa y la miró con la misma calma de siempre.

—No pueden negarse.

Alice lo miró, aún más desesperada.

—Lo sé.

Y por primera vez, supe que ella tampoco tenía idea de qué hacer.

Kougami

La terminal brillaba en la penumbra de mi habitación, con la nitidez de siempre mientras el cursor parpadeaba sobre la publicación más reciente en 2channel. Había tardado más de lo que debía en revisar el contenido. No porque no quisiera verlo, sino porque sabía exactamente qué iba a encontrar. No era la primera vez que Alice se volvía viral, pero esta vez había algo diferente, algo que no podía sacarme de la cabeza desde que escuché su nombre murmurado por todo el maldito campus.

Tomé un sorbo de mi bebida con calma, con la tranquilidad de quien quiere convencerse de que esto no va a significar nada. Pero en el momento en que el video comenzó a reproducirse, casi lo escupo todo.

Alice, vestida exactamente igual que cuando salió de mi casa.

La misma camiseta de Tomoyo, que le quedaba demasiado grande, la tela suelta cayendo sobre su clavícula con ese descuido que parecía planeado. Los mismos pants que había usado después de cambiarse el pijama de satén. La forma en que se movía, con el cabello aún algo revuelto, me decía que había grabado esto después del beso.

Exhalé lentamente, sintiendo el calor ascender por mi columna con una intensidad insoportable. No podía decir nada, no podía reclamar nada. Nadie más iba a notarlo. Para el resto del mundo, Alice Carter solo estaba interpretando una canción en la intimidad de su habitación, sin pistas evidentes sobre lo que significaba. Pero para mí, no era una coincidencia.

La melodía comenzó a envolver la habitación, con ese ritmo serpenteante, hipnótico, peligroso.

"With a taste of your lips, I'm on a ride..."

Mierda.

Mi mandíbula se tensó cuando la escuché pronunciar cada palabra con una dicción perfecta, con ese acento británico impecable que solo usaba cuando cantaba en inglés. Su voz era suave, seductora sin esfuerzo, como si no le costara deslizarse entre las notas con una facilidad antinatural. No estaba tratando de sonar así, no era una actuación forzada. Era ella.

Las palabras hablaban por Alice y yo entendía cada maldita línea.

"You're toxic, I'm slipping under..."

Apreté los dientes y dejé la terminal sobre la mesa, sin pausar el video, sin moverme demasiado. No necesitaba que nadie me dijera lo obvio.

Sabía lo que había hecho, lo que me estaba diciendo sin decirlo y ella sabía que yo iba a entender, pero lo peor de todo era que tenía razón.

Alice no era de las que enviaban mensajes encriptados sin razón. Siempre decía que las canciones hablaban mejor que las palabras. Y ahora, en una madrugada donde la ropa que llevaba era una confesión en sí misma, donde cada palabra pronunciada con ese tono suyo cargado de una sensualidad inconsciente era una sentencia, me estaba diciendo lo que no podía decir en voz alta.

La imagen de ella deslizándose sobre mí, la manera en que su cuerpo se amoldó al mío con una familiaridad que jamás debería haber existido, la sensación de su piel bajo mis manos, su aliento contra mi cuello, todo regresó con una precisión dolorosa.

Respiré hondo, cerrando los ojos por un momento, intentando dejar que la sensación de su voz vibrando en mis oídos se disipara. No funcionó.

Abrí los ojos de nuevo y la pantalla seguía ahí, Alice seguía ahí, con los labios rozando el micrófono, con los dedos tocando la guitarra con la facilidad de quien tiene el control absoluto de la situación.

Pero no lo tenía, porque si Alice cree que puede hacerme esto, si cree que puede deslizarse en mi mente con un simple video, si cree que puede hacerme recordar sin que yo reaccione, entonces está equivocada.

Voy a encontrarla. Y esta vez, voy a hacer que lo diga en voz alta.

Encontrarla no fue difícil. Alice nunca se escondía de verdad, al menos no cuando quería que la encontraran. Caminaba por el pasillo con la misma ligereza de siempre, como si no tuviera nada de qué preocuparse, como si no hubiera hecho nada que justificara que ahora estuviera buscándola. Pero lo sabía.

Lo sabía porque su paso se volvió más lento cuando me vio esperándola, porque su respiración cambió lo suficiente como para que notara la pausa entre un paso y el siguiente. Se detuvo frente a mí con una expresión cuidadosamente neutral, pero su cuerpo hablaba de otra cosa. No dijo nada, solo inclinó la cabeza apenas, con ese brillo en los ojos que solo tenía cuando sabía que había hecho algo que se suponía que no debía hacer.

—Así que ahora te comunicas conmigo por 2channel.

Alice pestañeó, como si realmente no esperara que fuera tan directo.

—¿De qué hablas?

Sonreí apenas, sin apresurarme en responder. Observé su rostro con calma, dejando que sintiera el peso de mis palabras antes de decir nada más. La tensión era tan obvia que casi podía palparla en el aire entre nosotros.

—No hagas eso.

—¿Hacer qué?

—Fingir que no sabes de qué hablo.

Alice exhaló pesadamente, rodando los ojos con exageración, pero no se movió ni intentó alejarse.

—¿Qué? ¿No puedo subir un cover sin que hagas una escena?

Le sostuve la mirada con la misma calma con la que entrenaba, con la paciencia de quien sabe que su oponente va a caer en su propio juego antes de darse cuenta.

—¿Por qué con esa ropa?

Alice parpadeó de nuevo, con un pestañeo más lento esta vez, como si el golpe la hubiera tomado por sorpresa. No esperaba que lo notara, o al menos no esperaba que lo mencionara tan rápido. Se cruzó de brazos con una postura de falsa indiferencia, como si pudiera minimizar el hecho de que había grabado ese video con la misma ropa que usó cuando salió de mi casa.

—Porque me gusta.

—Porque te gusta…

—Sí.

El silencio entre nosotros se hizo más denso.

Alice no era de las que se acobardaban, no era de las que retrocedían cuando la confrontaban. Pero esta vez, no estaba ganando.

—Si querías que recordara esa noche, podías habérmelo dicho de frente.

Su respiración cambió otra vez.

La vi reaccionar antes de que ella misma lo notara. Un ligero temblor en sus pestañas, la tensión apenas perceptible en su mandíbula. Solo fueron segundos, pero fueron suficientes.

—No estaba pensando en eso.

—No mientas.

Alice me observó, con la mirada afilada, como si intentara decidir si debía seguir tirando de la cuerda o simplemente aceptar que ya la tenía atrapada.

—No voy a disculparme por nada.

—Nunca te pedí que lo hicieras.

Ella sonrió apenas, pero era una sonrisa peligrosa, la clase de sonrisa que usaba cuando se negaba a perder.

—¿Entonces qué quieres, Kou?

No respondió con provocación, no con burla. Me desafió a decirlo, a poner en palabras lo que ambos sabíamos que flotaba en el aire entre nosotros.

Di un paso más cerca, no lo suficiente como para que pareciera intencional, pero lo bastante para que sintiera mi presencia. Vi su respiración acelerarse, vi la forma en que sus pupilas se dilataron apenas. No iba a tocarla. No iba a cruzar la línea que yo mismo había trazado. Pero si Alice creía que podía jugar conmigo y salir ilesa, estaba equivocada.

—Nada. Solo quería verte decirlo en voz alta.

Se quedó callada.

Por primera vez en toda esta conversación, Alice no tenía una respuesta inmediata.

La dejé con eso. No porque no quisiera quedarme más tiempo, no porque no quisiera empujarla hasta que ella misma admitiera lo que hizo, sino porque sabía que la semilla ya estaba plantada. Alice iba a pensar en esto. En cada palabra, en cada pausa, en cada segundo que pasamos midiendo nuestras respuestas como si esto fuera otra pelea de entrenamiento.

Cuando me di la vuelta para irme, sentí su mirada ardiendo en mi espalda y supe que esto no había terminado.

Souta

Llamé a la reunión porque esto no podía esperar.

Shiori no estaba invitada esta vez. No porque no fuera importante, sino porque esto tenía que discutirse primero entre nosotros. Entre Irohanabi.

Nos encontramos en el mismo salón vacío de siempre, con las sillas dispuestas en círculo y la sensación de que esto podía cambiarlo todo. Me apoyé en la mesa con los brazos cruzados y miré a cada uno de ellos con la seriedad que rara vez usaba. No era el momento para bromas.

—Oriental World Company quiere una reunión con nosotros.

El silencio que siguió fue breve, pero denso. Alice parpadeó con sorpresa, porque claramente no tenía idea. Kaede inclinó la cabeza levemente, ya analizando las implicaciones. Haruto exhaló suavemente y se acomodó en su asiento, dejando que la información se asentara.

Y Akari… Akari golpeó la mesa con ambas manos, los ojos brillando con una emoción que me hizo sonreír, aunque no debería.

—¡¿QUÉ?!

Verla así, completamente atrapada en la emoción del momento, hizo que el peso en mi pecho se aligerara solo un poco.

—Nos contactaron formalmente. Me escribieron a mí porque soy el contacto de la banda. Quieren coordinar una reunión la próxima semana.

Alice no dijo nada. No reaccionó con la misma euforia de Akari, ni siquiera con la cautela de Kaede. Solo se quedó en silencio.

—Es un día de semana —continué— así que tenemos que decidir qué hacemos.

Haruto asintió lentamente.

—¿Nos han dicho qué quieren ofrecernos exactamente?

—No todavía. Solo dijeron que están interesados en lo que estamos haciendo y que quieren discutir posibilidades.

—Mierda —murmuró Akari, aún en shock.

Kaede, en cambio, mantuvo la calma.

—Entonces la pregunta es simple. ¿Queremos esto o no?

La miré con aprobación, porque, como siempre, Kaede iba directo al punto.

—Exacto. Esto es una oportunidad que no pasa dos veces. Si aceptamos la reunión, estamos diciendo que nos interesa que Irohanabi se vuelva algo real. Si no, significa que preferimos ir a nuestro ritmo o que el proyecto no es tan importante.

Silencio otra vez. Sabía lo que esto significaba. Irohanabi tenía apenas unos meses. Seguíamos en la academia. Apenas teníamos tres canciones originales, porque Alice no es una máquina de componer. Pero las canciones que tenía eran excelentes.

El problema era Alice. Sabía que esto la afectaba más que a nadie. Porque, así como mucha gente la alababa, muchos la atacaban.

Había leído los comentarios en 2channel, las cosas que se decían de ella. No importaba lo talentosa que fuera, algunos nunca la iban a ver como una artista real. Para ellos, siempre sería una heredera. Alguien que podía hacer lo que quisiera porque tenía dinero y conexiones.

Y eso no era justo.

—Alice —dije, asegurándome de que me mirara— ¿quieres hacer esto?

Ella dudó. Y ella nunca duda.

Antes de que pudiera responder, Kaede habló con la calma de quien ya tenía una conclusión.

—Alice, si no aceptamos esta reunión, significa que vamos a seguir como hasta ahora, publicando cosas cuando podamos y viendo qué conseguimos por nuestra cuenta. No es un mal plan, pero es mucho más lento.

Alice apretó los labios. Kaede no bajó la mirada.

—Pero si aceptamos, podemos tener la oportunidad de hacer esto de verdad. Tú decides.

Alice suspiró y tamborileó los dedos sobre la mesa. Entonces miró a Kaede.

—¿Tú quieres aceptar?

Kaede asintió sin dudar. Alice sostuvo su mirada un segundo más, luego asintió también.

—Entonces acepto.

Respiré hondo, sintiendo cómo la presión en mi pecho se disipaba.

La reunión aún estaba tensa, con Alice en silencio, con Kaede observándola con la paciencia de alguien que sabe que va a ganar, con Akari tamborileando los dedos contra la mesa, inquieta. Aceptar la reunión con Oriental World Company era un gran paso, pero lo que Alice no decía en voz alta aún pesaba en el aire. Sabía que su cabeza seguía llena de comentarios de 2channel, de gente que la veía como una heredera con un hobby y no como una artista.

Y justo cuando iba a abrir la boca para intentar convencerla de que no pensara en esa mierda, Shiori irrumpió en el salón.

—¡ALICE, HIJA DE PUTA!

Nos giramos al mismo tiempo. Shiori jamás levantaba la voz, jamás se salía de su tono calculado y frío. Pero ahora corría hacia nosotros con la terminal en la mano, con los ojos abiertos como platos, con la respiración entrecortada como si acabara de enterarse de que el mundo estaba colapsando.

Se detuvo frente a la mesa y apoyó la terminal con fuerza.

—RINA ACABA DE COMPARTIR TU COVER.

Silencio absoluto.

El aire se volvió denso en un segundo.

—¿Qué? —Akari fue la primera en hablar, pero su voz salió en un murmullo, como si no pudiera creérselo.

—RINA. Compartió tu video en sus redes y lo recomendó. Acaba de publicar esto.

Mis manos se tensaron en los bordes de la mesa mientras Shiori volteaba la pantalla y nos mostraba la publicación. Ahí estaba. La cuenta oficial de Rina de Prophecy. Su nombre validado con el ícono de autenticidad, con millones de seguidores, y justo debajo, el video de Alice con la guitarra, su versión de "Trigger Finger".

"No puedo creer que alguien haya hecho este cover. Lo amé. Escúchenlo. Alice Carter, esto es increíble."

Akari gritó.

Se puso de pie de golpe, con una velocidad absurda, y en menos de un segundo tomó a Alice de la cara y empezó a besarle toda la cara.

—¡ALICEEEEEEEEEEEEEEEEEE!

Alice chilló.

—¡AKARI, SUÉLTAME, ¡SUÉLTAME!

Pero Akari no iba a soltarla.

—¡ME ENGAÑASTE! ¡TODO ESTE TIEMPO TUVISTE ESTE COVER Y NO DIJISTE NADA! ¡AHORA RINA LO COMPARTIÓ! ¡ME VOY A MORIR!

Kaede se cruzó de brazos y observó la escena con la calma de quien ya se resignó a vivir con el caos.

—Bueno, ahora Irohanabi es viral otra vez.

Haruto suspiró y se pasó una mano por la cara, intentando ocultar su sonrisa.

Alice se revolvió entre los brazos de Akari, tratando de escaparse mientras esta seguía llenándole la cara de besos escandalosos.

—¡AKARI, ME VAS A MATAR!

—¡VOY A ADORARTE PRIMERO!

—¡DEJAME EN PAZ!

Hinata entró en ese momento y se detuvo en la puerta, viendo la escena con incredulidad absoluta.

—…Ok, ¿qué me perdí?

Me reí, porque la verdad era que nos habíamos vuelto locos. Pero esto estaba pasando.

Alice Carter acababa de ser reconocida por Rina de Prophecy.

Y ya no había forma de frenar lo que venía después.

Ginoza

Alice me interceptó antes de que pudiera llegar a la biblioteca. No la vi venir, pero no me sorprendió en lo más mínimo. Desde el momento en que la vi aparecer en mi camino con esa expresión de determinación absoluta, supe que no iba a salirme con la mía.

—¿Qué quieres, Alice? —pregunté con cansancio, deteniéndome a un par de pasos de ella.

—Necesito ver a Dime —respondió sin rodeos, cruzándose de brazos como si estuviera lista para cualquier objeción.

Fruncí el ceño.

—¿Y eso no podía esperar hasta el fin de semana?

—No.

Suspiré pesadamente.

—Tengo cosas que hacer.

Ella ignoró mi comentario con la facilidad de quien ya había planeado todo sin mi consentimiento.

—Podemos hablar en la mansión o en tu casa.

La miré con incredulidad.

—¿Y por qué yo tengo que estar en esta ecuación?

—Porque tenemos que hablar.

Alice lo dijo demasiado seriamente y ahí noté que Dime era una excusa para estar juntos. Me quedé en silencio un momento, sopesando mis opciones. Ir a la mansión Carter significaba tener que estar en ese espacio demasiado grande, demasiado vacío, demasiado lleno de cosas que Alice nunca usa. No me gustaba.

—A mi casa —terminé eligiendo a regañadientes.

Alice sonrió con satisfacción, como si acabara de ganar una batalla que ni siquiera había comenzado.

—Bien.

Ya me estaba girando para seguir con mi camino cuando Alice dejó caer la verdadera trampa.

—Voy a quedarme a dormir.

Me detuve en seco.

—¿Qué?

—Voy a quedarme a dormir.

Apreté la mandíbula.

—Alice, no.

—Sí.

—No hay espacio.

—Dormimos en tu cama.

La miré con una mezcla de irritación y resignación. Cuando Alice decidía algo, no había poder en la tierra que pudiera detenerla.

—No quiero que te quedes a dormir.

Alice ladeó la cabeza con un gesto pensativo.

—No tienes opción.

Quise discutir, quise decirle que claro que tenía opción, que esta era mi casa, que ella no podía simplemente decidir estas cosas por mí. Pero Alice Carter hacía lo que quería, y yo siempre terminaba cediendo. Exhalé con pesadez.

—Al menos déjame ir a mi entrenamiento de kendo.

—Por supuesto, Nobuchika. No quiero interponerme entre tú y tu camino del guerrero.

Su tono era puro sarcasmo, pero lo ignoré.

—Vamos.

Alice sonrió como si hubiera ganado algo importante, y lo peor es que probablemente lo había hecho. No tenía sentido discutirlo más. Se iba a quedar a dormir en mi casa.

Y ya no había nada que pudiera hacer al respecto.

Alice

Nobuchika entrenando era un espectáculo.

No uno de esos espectáculos caóticos y ruidosos como cuando Akari decidía que necesitábamos "expresión corporal" en la banda, ni tampoco como la intensidad física que era ver a Kougami en el gimnasio, siempre tan metódico, tan perfectamente sincronizado con cada movimiento. No, Nobu en el kendo era otra cosa.

Era la precisión absoluta, el cálculo perfecto, la disciplina hecha arte.

Me quedé sentada en un rincón del dojo, con las piernas cruzadas y los codos apoyados en las rodillas, observando con una fascinación que no tenía ninguna intención de disimular.

Dios, mi hombre era hermoso. Sin sus lentes, sus ojos verdes brillaban con una intensidad completamente distinta.

¿Por qué no estaba así todo el tiempo?

Parecía una maldita pintura japonesa antigua, el guerrero impecable con su postura recta, con la mandíbula apretada, con cada músculo de su cuerpo en control absoluto de sus movimientos. Su kendogi y hakama se ajustaban a su figura con la elegancia de quien nació para llevar ese uniforme, el shinai en sus manos deslizándose con una precisión que me hacía querer gritar de emoción.

¿Por qué era tan sexy haciendo esto?

Cada vez que avanzaba contra su oponente, lo hacía con la rapidez calculada de alguien que no desperdiciaba ni un milisegundo. Cada golpe, cada bloqueo, cada movimiento era afilado, directo, eficiente. Me mordí el labio sin pensarlo, porque esto no era normal. Nadie debería verse tan bien mientras golpea a alguien con un palo de bambú.

El combate era intenso, pero no por el dramatismo, sino por la tensión contenida en cada movimiento. Su adversario era bueno, pero Ginoza era mejor.

Cuando se movió en un men limpio, el sonido del impacto resonó en el dojo, y algo dentro de mí colapsó.

Dios, mi novio era perfecto.

¿Cómo demonios logré esto?

Se inclinó en reverencia cuando el combate terminó, su respiración aún controlada, sin una sola gota de sudor que le hiciera perder el porte impecable. Mientras se quitaba el men, su cabello ligeramente desordenado cayó sobre su frente, dándole un aire de cansancio moderado que solo lo hacía más atractivo.

No era justo. No estaba bien.

¿Se veía mejor sin lentes? Sí.

¿Me estaba afectando esto de una manera completamente ridícula? También sí.

Ginoza dejó el shinai a un lado y caminó hacia mí.

—¿Cuánto tiempo llevas mirándome así?

Tragué saliva.

—¿Así cómo?

Suspiró y se secó el rostro con una toalla antes de inclinarse un poco hacia mí.

—Con la cara de alguien que quiere hacerme un altar.

Sonreí, sin negar nada.

—Mira, Nobuchika, no es mi culpa que seas el pináculo del atractivo masculino.

Rodó los ojos con exasperación, pero noté el leve color en sus orejas. Lo había logrado.

Victoria.

Ginoza

En el fondo, me gusta que Alice haga eso.

No lo admitiría ni bajo tortura, pero cada vez que la veo mirándome así, me dan ganas de seguir entrenando solo para darle más razones para hacerlo. Kougami tiene su séquito de admiradoras silenciosas, chicas que lo espían en el gimnasio, que murmuran su nombre cuando creen que no escucha, que lo siguen con la mirada como si fuera un maldito ídolo de película. Yo no necesito eso. No quiero eso, porque tengo a Alice.

Y Alice no se esconde.

No mira con disimulo, no desvía la vista cuando la atrapo observándome, no se contiene. Me mira con devoción descarada, con admiración pura, como si estuviera presenciando algo sublime. Y no es que crea que haya algo particularmente hermoso en la forma en la que entreno, pero Alice hace que lo parezca. La veo sentada en su rincón del dojo, con las piernas cruzadas y los codos apoyados en sus rodillas, mirándome como si estuviera viendo algo que solo ella puede entender, como si cada golpe con el shinai, cada desplazamiento, cada bloqueo fuera algo digno de ser observado con tanta intensidad.

Cuando salí del tatami y me acerqué a ella, no intentó ocultar nada, porque nunca oculta nada.

Me dijo, sin vergüenza alguna, que soy el pináculo del atractivo masculino. Y me encantó.

La forma en que lo dijo, con esa naturalidad suya, con esa certeza sin reservas, como si fuera un hecho universal e incuestionable. Como si yo no tuviera derecho a debatirlo, como si simplemente lo supiera y eso bastara.

Porque para Alice, yo soy eso.

Yo, que nunca me consideré atractivo, que nunca pensé que mi físico tenía importancia, yo, que toda la vida me enfoqué en ser el mejor en lo que hago, no en cómo me veo. No tengo el carisma de Kougami, ni la facilidad para atraer miradas. Nunca pensé que alguien como Alice Carter se fijaría en alguien como yo.

Pero lo hizo. Y lo sigue haciendo.

A veces me pregunto qué ve en mí. Qué es lo que hace que me mire de esa forma, qué es lo que la lleva a verme como si yo fuera lo más impresionante en la habitación cuando claramente ella es la más impresionante en cualquier lugar donde esté.

Porque yo también la tengo en un pedestal. No puedo evitarlo.

Es caos, arte y genio puro envuelto en la piel de una chica que no tiene miedo de decir lo que piensa. Es la persona más brillante que he conocido, la que puede reducirme con una mirada, la que me hace cuestionarme cada decisión sin siquiera intentarlo. Y lo peor es que ella no lo sabe.

No sabe que la miro de la misma manera en que ella me mira a mí.

No sabe que, aunque me haga reír su fascinación absurda, aunque finja que no me afecta cuando me dice esas cosas con su voz llena de convicción, en el fondo, me hace sentir como si realmente fuera algo más.

Y aunque no entiendo del todo cómo pasó, aunque aún me sorprenda cada vez que lo hace, no quiero que Alice deje de mirarme así nunca.

Alice

Dime y yo estábamos desparramados en la cama de Nobuchika, con la comodidad de quienes no planeaban moverse en lo absoluto. Dime era un excelente compañero de conversaciones. No interrumpía, no cuestionaba mis decisiones, no me miraba con desaprobación cuando decía cosas absurdas. Solo estaba ahí, con su enorme cuerpo estirado a mi lado, con sus orejas atentas y su mirada inteligente, como si realmente estuviera procesando cada palabra que le decía.

—Dime, escucha, soy una estrella de rock en ascenso.

Mi bebé giró la cabeza hacia mí, ladeándola con interés, dejando escapar un sonido entre un suspiro y un gruñido ligero.

—¡Sí, lo soy! ¡Voy a firmar con una compañía gigante!

Dime aulló levemente, como si entendiera la magnitud de la noticia.

—Exacto, es una locura. Pero no puedo evitarlo, la gente me ama.

Ahora gruñó, esta vez más grave, como si estuviera evaluando la situación.

—Sí, sí, también hay muchos imbéciles que me odian.

Me respondió con un sonido más largo, casi como una queja profunda desde el fondo de su garganta.

—Lo sé, Dime, la envidia es muy triste.

—Alice.

Ginoza estaba apoyado en el marco de la puerta, los brazos cruzados, la expresión exasperada, pero, claramente, me había estado escuchando todo este tiempo.

Lo miré con total inocencia.

—¿Sí?

—¿Quieres explicarme por qué estamos teniendo esta conversación importante a través del perro?

Dime aulló con dramatismo, como si se sintiera ofendido por la pregunta.

Sonreí y acaricié su cabeza con exagerada ternura.

—Porque Dime me entiende.

Ginoza apretó el puente de la nariz con ambas manos, exhalando con frustración contenida.

—Eres imposible.

—¿Pero lo escuchaste, cierto?

Ginoza me miró con el ceño fruncido, pero no negó nada. Gané.

Ginoza

Me senté en la cama, apoyando los codos en las rodillas mientras Alice seguía fingiendo que estaba más interesada en Dime que en la conversación que claramente había venido a tener. El perro suspiró pesadamente y se estiró aún más en el colchón, como si ya hubiera decidido que no quería ser parte de esto. Lo entendía.

—Alice —dije con tono firme, esperando que dejara de jugar— Hablemos en serio, si viniste para eso.

Alice tardó exactamente tres segundos en responder, como si todavía estuviera considerando la posibilidad de desviar la conversación. Luego, exhaló y se giró hacia mí, sentándose con las piernas cruzadas en la cama.

—Ya sabes lo de Oriental World Company, ¿verdad?

Asentí.

—Sé que se contactaron con ustedes.

—Bueno, aceptamos la reunión.

Cerré los ojos por un momento y suspiré profundamente. Por supuesto que aceptaron.

—¿Cuándo?

—En dos días. A las diez de la mañana.

Apreté la mandíbula. No dije nada, pero Alice sabía perfectamente lo que pensaba.

—Antes de que digas algo —dijo, levantando una mano como si pudiera detener mi objeción antes de que existiera— ya lo sé. Si tenemos una agencia, no puedo seguir publicando música prohibida.

La miré con seriedad, asegurándome de que entendiera el peso de lo que estaba diciendo.

—Alice, piensa en tu futuro.

—Lo hago —respondió sin dudar— Estoy estudiando artes. Esto es literalmente mi futuro.

Alice nunca había sido de las que planeaban a largo plazo, pero esta vez tenía razón. No podía ignorarlo. Esta era una oportunidad real.

Lo sabía, pero también sabía algo más.

—Sabes que los artistas corren un riesgo real de que sus coeficientes criminales se disparen más fácil que en el resto de las personas.

Alice me miró con una mezcla de diversión y desafío.

—Oh, qué forma tan elegante de decir que piensas que todos los artistas están medio locos.

No respondí, porque no era tan simple como eso. El arte, en todas sus formas, podía ser una fuerza poderosa, algo que podía desestabilizar a las personas si no tenían el control suficiente sobre sí mismas. Alice no tenía problemas con su coeficiente criminal ahora, pero no podía decir lo mismo de muchos otros. La historia estaba llena de ejemplos.

—Necesito que vengas conmigo a la reunión.

Fruncí el ceño.

—¿Por qué?

Alice me miró como si la pregunta fuera estúpida. Lo peor era que probablemente lo era.

—Lo más probable es que nos exijan sacar la calificación de artista aprobada por Sibyl, pero dejando ese tema de lado… te necesito ahí.

Esperé, porque sabía que había más.

—Akari firmaría cualquier papel que le pusieran enfrente. Souta es demasiado relajado. No puedo confiar solo en Kaede y Haruto para negociar.

Se inclinó apenas hacia mí, asegurándose de que la escuchara bien.

—Necesito a mi hombre de leyes para negociar las condiciones del contrato y evitar que nos estafen.

Rodé los ojos.

—Estoy en segundo año. No soy un hombre de leyes.

—Eres la única persona que pasa sus vacaciones leyendo el Código Civil y Comercial.

No lo negué.

—Además —continuó Alice, con una sonrisa ladina— tienes la testarudez necesaria para negociar lo mejor para mí.

—No vas a ganarme adulándome.

—Oh, qué lástima. Entonces, según tú, es mejor que firme el contrato sin mirar.

La miré con el ceño fruncido. Sabía exactamente lo que estaba haciendo.

Alice me miró con esa mezcla peligrosa de confianza y ternura, la misma expresión que usaba cuando sabía que estaba a punto de ganar. Ya lo había decidido antes de venir aquí. No había venido a convencerme. Había venido a informarme de que iba a hacerlo.

—Eres la única persona a la que puedo confiar esto.

Sus palabras cayeron como un peso sobre mi pecho.

—Y sé que eres el mejor en lo que haces.

Apreté los labios con fuerza. Era una maldita manipuladora cuando quería.

Sabía exactamente qué decir, también sabía que no me gustaban las alabanzas vacías, pero también sabía que esto era verdad. No era solo un halago, no era un intento de suavizarme con palabras bonitas. Era una realidad innegable.

Ella confiaba en mí, más de lo que confiaba en cualquiera de los idiotas con los que estaba formando una banda, más de lo que confiaba en su propio juicio en este tipo de situaciones. Y tenía razón.

Como su novio, era mi responsabilidad velar por su bienestar. No solo porque la amaba, no solo porque ella no entendía del todo en qué se estaba metiendo. Sino porque las compañías de management en general eran usureras.

Alice tenía el dinero para romper un contrato si algo salía mal. Pero el resto de sus amigos no. Ellos dependían de esto. Si firmaban algo que los atrapaba en un mal contrato, ellos no podrían salir tan fácil como Alice. Realmente necesitaban a alguien que velara por sus intereses.

Y si alguien podía hacerlo bien, era yo.

Me pasé una mano por la cara, cerré los ojos un segundo y exhalé.

—Alice…

Ella esperó, sin decir nada más. Porque ya había ganado.

—Está bien.

La satisfacción en su rostro fue instantánea. Y entonces me golpeó otra verdad.

Iba a faltar a clases. Yo, Nobuchika Ginoza, que nunca faltaba a clases por nada excepto enfermedad.

Alice me besó antes de que pudiera procesar del todo lo que acababa de hacer.

No fue un beso suave ni medido, no fue una de esas muestras de afecto casuales que podía pasar por alto. Fue un beso de emoción pura, de gratitud desbordante, de alguien que ama sin reservas ni miedo al exceso. Puso sus manos en mi rostro y lo sostuvo como si me estuviera asegurando de que no me escaparía, como si quisiera dejarme claro que esto era real.

—Eres lo mejor del mundo, Nobuchika.

Mi respiración se trabó por un segundo.

Alice siempre ha sido así. Siempre se entrega por completo, sin medir la intensidad de lo que siente. No teme decir lo que piensa, no teme demostrar lo que le pasa por la cabeza, porque para ella, el amor no se guarda. Pero yo no soy así. Yo siempre he sido el que mide, el que se contiene, el que no permite que las emociones sean más grandes que la razón.

Y, sin embargo, no puedo decirle que está equivocada, porque en este momento, en este preciso instante, sé que Alice está diciendo la verdad.

Me ama, y me ama de la única forma en que sabe hacerlo: con todo su ser.

—Te amo tanto que no sé qué hacer con todo esto.

Nunca nadie me ha dicho algo así. No de esta manera, con este peso, con la certeza absoluta de que no espera nada a cambio porque ya lo tiene todo.

Alice no espera que le responda con la misma intensidad. No me mira como si necesitara que le devuelva las palabras, porque ya sabe lo que siente por mí. Y por primera vez en mi vida, alguien está seguro de que me quiere.

Sin pedirme nada. Sin dudarlo.

Se aferra a mí con más fuerza, enterrando el rostro en mi cuello, su cuerpo presionado contra el mío con la misma devoción que muestra cuando ve a Dime después de días sin visitarlo. Soy suyo. Así como ella es mía.

No hice ningún intento de alejarla, porque no quería.

Siempre he sido el que mantiene la distancia, el que evita el contacto innecesario, el que solo permite que lo toquen cuando la situación lo demanda. Pero con Alice… nunca ha sido así.

Desde el principio, Alice ha sido la única que ha cruzado cada una de mis barreras sin que yo pudiera evitarlo. Y, aunque nunca lo haya admitido en voz alta, nunca quise detenerla.

Quise creer que era solo una reacción a su personalidad, a su tendencia natural a desafiar cualquier estructura impuesta. Pero ahora, con su cuerpo pegado al mío, con su respiración cálida contra mi piel, con sus manos aferrándose a mí como si no existiera nada más en el mundo, lo entiendo.

Yo quería que Alice hiciera esto, que me tocara sin miedo, que me mirara como si yo fuera lo más importante en su vida, que me diera este amor que nunca pedí, pero que, en el fondo, siempre necesité.

—Gracias, gracias, gracias.

No podía decirle que no era gran cosa, porque para Alice lo era.

Para ella, esto significaba algo más. No solo la decisión de aceptar la reunión, no solo el futuro de Irohanabi, sino lo que significa que, en un momento importante de su vida, la persona a la que decidió recurrir fui yo.

Alice Carter puede hacer lo que quiera en este mundo. Puede aprender lo que quiera, ir a donde quiera, rodearse de quienes quiera. Y, aun así, en este momento, me está eligiendo.

Me está eligiendo para estar a su lado en lo que sea que venga después.

Cerré los ojos por un momento y exhalé. No tenía que decir nada, porque Alice ya sabía todo.

Ella se separó apenas para mirarme otra vez, sus ojos miel brillando con esa luz imposible de ignorar, con esa chispa que parecía incendiarme desde adentro.

—Voy a hacerte feliz.

Mi garganta se cerró, porque nunca nadie me ha dicho eso.

No con esa convicción, menos con esa seguridad absoluta de que lo dice en serio.

Nunca nadie me ha prometido felicidad. Nunca he sido alguien que espera cosas buenas para sí mismo, que se permite imaginar un futuro sin preocupaciones, sin el peso constante de tener que demostrar algo, pero Alice me lo está prometiendo ahora.

Alice no ve en mí lo que los demás ven. No me mira como si tuviera que cumplir con alguna expectativa, como si mi valor estuviera en lo que puedo hacer, en lo que puedo demostrar. Me ama por lo que soy.

Y aunque no entiendo del todo cómo se enamoró de mí, aunque todavía hay una parte de mí que piensa que esto no tiene sentido, que ella podría haber elegido a cualquiera, que en algún punto va a darse cuenta de que no soy suficiente para lo que necesita, ahora no es el momento para dudar.

Sus manos siguen en mi rostro, sus labios vuelven a rozar los míos en un beso más corto, más suave, pero con el mismo peso del primero. No es solo emoción, es certeza.

Y cuando me abraza de nuevo, cuando se presiona contra mí como si quisiera asegurarse de que no voy a apartarla, yo la sostengo con más fuerza.

Alice me ama y me eligió. Y aunque nunca me ha gustado depender de nadie, aunque siempre he creído que mi valor estaba en lo que puedo hacer y no en quién soy, por primera vez en mi vida, eso no importa, porque para Alice, lo único que importa soy yo.

Y si ella es capaz de verlo, entonces quizá yo también pueda hacerlo.

Alice

No me separé de Nobuchika.

No tenía intención de hacerlo. No después de esto. No después de sentir la forma en que me sostuvo, en cómo su agarre se volvió más firme cuando lo abracé con toda la fuerza de mi cuerpo, con toda la emoción que me recorría sin poder contenerla. No después de que me dejara hacerlo.

Porque Nobuchika no era alguien que se dejara tocar fácilmente. No era alguien que aceptara el contacto físico sin resistencia, que permitiera que lo arrastraran a la efusividad sin quejarse. Pero ahora, no decía nada. No me empujaba, no intentaba apartarse. Me quería aquí.

Y eso era todo lo que necesitaba saber.

Entre besos, con una mano todavía aferrada a su camisa, tomé el terminal y sin despegarme de él, escribí en el grupo de Irohanabi.

Alice: Mi única condición para aceptar la reunión con Oriental World Company es que mi hombre venga a ayudarnos a revisar el contrato.

Los mensajes no tardaron ni dos segundos en explotar.

Akari: ¡ALICEEEEEEEEEEEE!

Souta: ¿"Mi hombre"?

Kaede:

Haruto: Tiene sentido.

Shiori: Negociación inteligente.

Sonreí contra los labios de Nobuchika, sintiendo cómo su cuerpo se tensaba un poco cuando el sonido de las notificaciones llenó la habitación.

—Alice.

Nobuchika se tensó en el acto.

No porque me estuviera besando, no porque estuviera enredado conmigo en mi explosión de afecto incontrolable. Se tensó porque leyó lo que escribí.

—¿Mi hombre? —su voz tenía ese tono entre incredulidad y advertencia, el mismo que usaba cuando me metía en problemas que claramente podía evitar.

Yo no pensaba evitar nada.

Sonreí contra su piel y me acomodé mejor contra su pecho, dejando el terminal flotando sobre la cama mientras el chat explotaba en tiempo real.

Akari: ¡REINA! ¡DUEÑA DE TODO! ¡ASÍ SE HABLA!

Hinata: ¡Si no lo dice con convicción, no vale!

Souta: Alice, no puedes simplemente marcar territorio así.

Shiori: Pero lo hizo.

Kaede:

Haruto: Bueno, si lo va a ayudar con la negociación, que sea claro desde el principio.

Akari: ¡ESO NO ES LO IMPORTANTE, HARUTO!

Akari: ¡Alice acaba de llamar a Nobuchika "su hombre"! ¡Quiero analizar esto en profundidad!

Sentí la respiración de Nobuchika volverse más lenta.

Podía imaginármelo perfectamente, procesando mis palabras con la seriedad con la que analiza cualquier contrato, con la manera en que mide todo antes de responder. Pero no le di tiempo.

Me acerqué de nuevo a su oído, asegurándome de que sintiera cada palabra antes de decirla.

—Eres mi hombre.

Lo escuché exhalar, como si estuviera reprimiendo una maldición.

El chat seguía en llamas.

Akari: ¡ESTOY VIVIENDO!

Hinata: ¿Nobuchika ya colapsó?

Kaede: Probablemente.

Souta: Ginoza, si sigues con vida, responde algo.

Nobuchika no respondió, porque estaba ocupado intentando procesar el hecho de que no tenía escapatoria.

Ginoza

La forma en que lo dijo me atravesó.

No de una manera ligera, no con el simple impacto de una frase más en una conversación absurda. No. Fue una descarga directa, una punzada de deseo que me golpeó en el estómago con más fuerza de la que estaba dispuesto a admitir.

"Eres mi hombre."

Lo dijo sin pensarlo, sin medirlo, sin el más mínimo rastro de duda en su voz. Como si fuera un hecho absoluto. Como si lo hubiera sabido desde siempre y simplemente lo estuviera diciendo en voz alta ahora, porque ya no había necesidad de ocultarlo.

Mi cuerpo reaccionó antes de que pudiera frenarlo. Sentí la tensión inmediata, el calor subiéndome por la columna, la opresión en el pecho que nada tenía que ver con ansiedad y todo que ver con el hecho de que Alice estaba pegada a mí, mirándome con esos ojos llenos de triunfo descarado.

¿Desde cuándo me tiene así?

Ella siempre ha sido un problema, alguien que desafía mi estructura, pero esto era diferente. No era la irritación que solía sentir cuando tomaba decisiones sin pensarlo, cuando se metía en problemas, cuando decía cosas sin medir consecuencias. Esto era mucho peor.

Porque Alice sabía lo que estaba haciendo.

Me había llamado su hombre y se quedó observándome, como si esperara ver qué efecto tenía en mí, como si supiera que algo en mi cabeza estaba colapsando en tiempo real.

Y lo estaba, porque lo que sentí no fue incomodidad, fue deseo.

Crudo. Rápido. Casi imposible de disimular. El tipo de deseo que no debería sentir en este momento, de ese que, si no la suelto ahora, iba a hacerme olvidar que Alice es mi novia y no alguien a quien puedo tomar sin pensar en nada más.

Alice me miró con esa expresión satisfecha, como si hubiera logrado exactamente lo que quería. No apartó la vista, no bajó la intensidad de su mirada, no intentó suavizar lo que acababa de hacer. Se quedó ahí, presionada contra mí, con su sonrisa de media luna, esperando.

Mi cuerpo aún estaba demasiado consciente de ella, de la cercanía, del calor de su piel, del peso de sus palabras en mi cabeza.

Respiré hondo, intentando recuperar el control que Alice me había arrebatado en un solo segundo. Si no me alejaba, si no cortaba esto aquí, iba a ser demasiado tarde.

Así que hice lo único que podía hacer.

Cerré los ojos, exhalé lentamente y solté las palabras con la voz más controlada que pude reunir.

—Alice.

Solo su nombre. Nada más. Pero Alice no se movió.

Sabía que en mi tono había una advertencia, que había una petición silenciosa de que no siguiera empujando, de que no siguiera jugando con fuego. Pero no sabe retroceder.

Su sonrisa se amplió apenas, y en un movimiento tan natural como inevitable, se inclinó sobre mí y presionó otro beso en mi mejilla, apenas un roce, pero lo suficiente como para hacerme apretar los dientes.

—Nobu —susurró, con su voz suave, tranquila, peligrosamente dulce.

Abrí los ojos, encontrándome con los suyos. Y ahí estaba otra vez.

La chispa. El maldito incendio que Alice siempre trae consigo, que me consume incluso cuando intento ignorarlo, que me hace querer cosas que no debería querer en este momento.

Quería una reacción, que le dijera algo, que hiciera algo.

Pero no iba a dárselo, no cuando ella ya había ganado demasiado esta noche.

Así que me obligué a mantenerme firme, a no caer en su juego, a no dejar que ese calor sofocante en mi pecho se convirtiera en algo que no pudiera controlar.

La sostuve por la cintura con firmeza, pero esta vez no para acercarla. La alejé con cuidado, sin brusquedad, sin rechazo, pero lo suficiente para que supiera que esto terminaba aquí.

Alice no se resistió, pero tampoco rompió el contacto visual. Me miró con la misma intensidad de siempre, con la misma certeza de que había dejado una marca en mí.

Y maldita sea, lo había hecho.

Alice

La reunión con Irohanabi no era un desastre, pero tampoco lo llamaría organizada.

Shiori había asegurado la sala para que pudiéramos planear la reunión con Oriental World Company sin interrupciones, y por primera vez desde que comenzamos esta locura, sentí que esto era algo serio. Había contratos de por medio, había decisiones que podían cambiar el rumbo de la banda, y más que nunca, teníamos que estar preparados.

—Deberíamos ir vestidos un poco más seriamente de lo usual —dije, con mi tono más profesional posible— Estamos en medio de una negociación.

Ginoza asintió de inmediato.

—Estoy de acuerdo.

Dios. La forma en que lo dijo, tan seguro, tan firme, con ese tono de quien ya está en modo estratega absoluto, casi me mata en el acto.

Lo miré de reojo, y maldita sea, qué buen error.

Nobu estaba demasiado atractivo en este momento. No tenía el kendogi de ayer, pero su postura, su expresión, la manera en que analizaba cada punto de la conversación con esa concentración implacable, me hacía querer saltarle encima.

Akari, sentada a mi lado, lo notó al instante. No podía decir nada en voz alta, porque cualquier comentario haría que Nobuchika la mirara con desconfianza, pero eso no significaba que no podía hacerme caras.

Movió las cejas en un gesto exagerado de "¿Vas a sobrevivir?" y yo tuve que disimular mis ganas de reír.

Souta, por su parte, cargaba con más cosas que nunca. Como manager, tenía que asegurarse de que todos estuviéramos alineados, de que nada se escapara, de que la reunión no terminara en un desastre. Pero tener a Ginoza allí lo aliviaba más de lo que quería admitir.

—Estos son los temas que queremos discutir —dijo Souta, pasándonos una lista estructurada—Básicamente, queremos que nos expliquen qué tipo de contrato ofrecen y hasta qué punto tendríamos control sobre la banda.

Ginoza revisó el documento en silencio, deslizando su dedo por la pantalla de la terminal con expresión concentrada.

—Hay muchos temas que no han considerado.

—¿Como qué? —preguntó Kaede, con su tono práctico de siempre.

—Por ejemplo, la duración del contrato. ¿Es por tiempo o por número de discos?

Todos nos miramos, y la respuesta fue obvia: nadie había pensado en eso.

—También hay que discutir las regalías, el control sobre la imagen pública y el nivel de independencia que quieren mantener. Si están firmando con una agencia, significa que ya no pueden hacer las cosas a su ritmo.

Mierda. Esto era exactamente por lo que lo necesitaba aquí.

Mientras Ginoza seguía exponiendo los puntos más importantes, Akari no pudo contenerse más y me empezó a bombardear con mensajes privados.

Akari: ALICE. ESTOY VIENDO LO QUE ESTÁS VIENDO.

Alice: Cállate.

Akari: NO PUEDO. ES TU HOMBRE EN MODO ABOGADO.

Alice: Ya lo sé, Akari.

Akari: ¡¿CÓMO ESTÁS VIVA?!

Miré de reojo a Akari y ella solo me sonrió con absoluta maldad.

Akari: Oye, no es mi tipo, pero tengo que admitir que tiene lo suyo.

Alice: NO TE METAS, AKARI.

—Alice —llamó Ginoza, y mi corazón se detuvo por un segundo.

Levanté la mirada, haciéndome la que no estaba en medio de una conversación privada de sed constante.

—Tienes que asegurarte de que el contrato no te condicione demasiado. Eres una Carter. Si aceptan manejar la banda, lo van a usar para venderte como una imagen.

Todos quedaron en silencio. Era cierto.

Alice Carter, la hija del imperio Carter, metida en una banda juvenil, tocando música que hasta hace unos días era ilegal en el sistema. Oriental World Company no iba a dejar pasar la oportunidad de capitalizar eso.

Ginoza entrecerró los ojos con una mirada calculadora.

—Tienen que asegurarse de que las condiciones sean equitativas. No solo para ti, sino para todos. Con la relevancia que tienen ahora, podrían negociar con otra compañía o incluso empezar una carrera independiente. Tienen poder en esta negociación.

Souta asintió con seriedad.

—Entonces tenemos que asegurarnos de que lo sepan.

Ginoza cruzó los brazos y recargó su espalda contra la silla con la calma de quien ya sabía que iba a hacer que nos dieran el mejor trato posible.